viernes, 4 de julio de 2014

Consideraciones sobre el apocalipsis (y IV)



CONSIDERACIONES SOBRE EL APOCALIPSIS IV

Por Edgardo F. (Parroquiano)

Leemos mal el mundo y después decimos que nos engaña
  (Rabindranath Tagore)

Al final del día, un último argumento subyace en nosotros y juega un papel sutil pero firme, a la hora de descartar la posible generación de un evento apocalíptico, incluso contra lo que la propia experiencia nos señala,…es lo que llamo el argumento moral. Reducido a la frase que no repetimos en voz alta, pero que nos acompaña como un mantra, como punto final en todas nuestras reflexiones: El hombre no sería capaz de destruir el mundoya un poco más específicamente: Nuestros gobernantes nunca permitirían la destrucción del planeta… sí, tal cual, y nos quedamos tranquilos en esa convicción que es también deseo y plegaria: aceptamos que nuestras elites pueden ser un poco pérfidas y mezquinas, pero nunca tanto como para llevarnos a todos a la debacle. El argumento, la frase, deja ver algunas verdades tranquilizadoras y otras no tanto, algunas perspectivas objetivas y otras simple proyección de nuestros miedos. Una verdad objetiva es que, en efecto, nosotros hombres de a pie, no tenemos ninguna posibilidad de destruir el mundo; tranquilizador, si este se destruye será por la responsabilidad de otros no nuestra (no, no es ironía). Lo malo es que, como contrapartida, nos obligamos aceptar otra verdad y es que tampoco tenemos ninguna posibilidad de mejorarlo ni cambiarlo. Al mundo lo define y lo cambia el poder y quien lo detenta; luego, no seremos responsables de la destrucción futura de esta sociedad, e igualmente, no tenemos ni las energías y ni la potencia para cambiar su curso ya trazado. Lo cierto es que nuestro destino, mediato e inmediato, está en manos de nuestros gobernantes,  esos mismos que nos están llevando, hoy, a una debacle de proporciones…apocalípticas. Pero aun sabiéndolo, confirmándolo en el día a día y en cada noticia, salimos de nuestros hogares y decimos y repetimos: Noooo, nuestros gobernantes no podrían destruir el mundo.  A la luz de todo lo consignado en los capítulos anteriores la realidad pone en evidencia la  trampa en la afirmación: No, no podrían destruir nuestro mundo… pueden si destruir Mali, Libia, Afganistán y Siria… ahora más cerca del barrio Ucrania. ¿Pero no España?, ¿pero no Chile o Argentina? Pero no a ellos mismos o su propia nación? Pueden matar un millón en Irak, trescientos mil en Libia, ciento cincuenta mil en Siria, mil en Ucrania, ¿pero no en Francia, no en España,  no en Alemania? …alguien me puede explicar de dónde nace tamaña certeza? Hasta ayer - si ayer- cualquier ucraniano hubiese dicho en este Blog  “si, destruirán Túnez, pero no Kiev”. Nuevamente, por sanidad mental, una parte nuestra, ajena a la lógica y posiblemente a una realidad objetiva, negará el Apocalipsis mientras este no termine haciéndose presente en las puertas de mi ciudad.
Pero si la consigna es “nuestros gobernantes jamás permitirían la destrucción del mundo” lo primero que debemos preguntarnos certeramente es ¿Quiénes son nuestros gobernantes?. La mejor respuesta, a mí parecer, la da Aldous Huxley en la novela “Viejo muere el Cisne”, en el contexto de una conversación de un científico viejo y algo cínico con su pupilo joven e idealista (que propone como máximo ejemplo de altruismo su participación en las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española):
—Pero aquellos muchachos de allá de España —exclamó—. Usted no los conoció, señor Propter. Eran maravillosos; verdaderamente lo eran. Siempre generosos con uno, y bravos y leales y... todo cuanto pueda decirse. —Luchó con la insuficiencia de su vocabulario, temiendo darse demasiada importancia con palabras bombásticas y petulantes—. No vivían para sí mismos; eso se lo puedo asegurar, señor Propter. —Miró de hito en hito al anciano de un modo casi suplicante, como implorando que lo creyera—. Vivían para algo mucho más grande que ellos mismos; algo como eso de que habla usted ahora, ¿comprende?; algo que no era sólo personal.
—Y ¿qué me dice usted de los muchachos de Hitler? —preguntó el señor Propter—. ¿Qué de los muchachos de Mussolini? ¿Qué de los de Stalin? ¿Supone usted acaso que no son exactamente tan generosos entre sí, tan leales para con su causa y tan firmemente convencidos de que es la suya la causa de la justicia, de la verdad, de la libertad, del derecho y del honor? —Miró a Pedro inquisitivamente; pero Pedro no dijo nada—. El que las personas posean un montón de virtudes —continuó el señor Propter—, nada prueba respecto a la bondad de sus acciones. Se pueden tener todas las virtudes: es decir, todas menos las dos que realmente importan, cuales son el discernimiento y la compasión; se pueden tener todas las demás, y, con todo y con ello, seguir siendo completamente un hombre malo. Mire lo que sucede con el Satán de Milton, por ejemplo. Denodado, fuerte, generoso, leal, prudente, temperado, dispuesto al sacrificio. Y concedamos asimismo a los dictadores el crédito que merecen; algunos de entre ellos son casi tan virtuosos como Satán. Admitamos que no tanto, pero le van muy cerca. Por eso son capaces de hacer tanto mal. (…)Los escribas y fariseos, en último análisis, no son en nada mejores que los publicanos y pecadores. A menudo son en realidad mucho peores. Y esto por diversas razones. Gozando de la buena opinión de los demás, adquieren una buena opinión de sí mismos, y nada hay que confirme tan eficazmente el egotismo como la propia buena opinión. Además, los publicanos y los pecadores no son otra cosa que animales humanos, que carecen de la suficiente energía o dominio propio para ser muy dañosos. Mientras que los escribas y fariseos poseen todas las virtudes, menos las únicas dos que importan, e inteligencia bastante para comprender todo lo que no sea la verdadera naturaleza del mundo. Los publicanos y pecadores no hacen sino fornicar, hartarse y emborracharse. Los que hacen la guerra, aquellos que reducen a sus semejantes a la esclavitud, los que matan y torturan y dicen embustes en nombre de sus sagradas causas, en una palabra, los verdaderamente malvados no son jamás publicanos y pecadores. No; éstos son los hombres virtuosos y respetables que poseen los más refinados sentimientos, los mejores cerebros y los más nobles ideales.
John Ralston Saul (Los bastardos de Voltaire) planteó, en un ejemplo más contemporáneo, la misma situación: señaló algo así: Lawrence , Einstein, Szilard, entre otros, después de la explosión nuclear de Álamo Gordo enviaron una carta a Harry S. Truman reprochando el posible uso que se la daría a la bomba … no, ellos no estaban de acuerdo. Señala Saul : no obstante ellos, los firmantes, sabían desde el inicio de la investigación de que iba todo aquello, conocían muy bien los fines y objetivos, y ayudaron conscientemente a conseguirlos; luego, moraleja: creerse bueno no implica serlo.
En este punto  la distinción anterior elite v/s hombre de la calle es importante. El que nosotros nos creamos más buenos de lo que realmente somos no importa mucho, el daño que esa falsa creencia pueda traer consigo está, como mucho, circunscrito a nuestras familias, compañeros de trabajo, vecinos y amigos; muy probablemente, ese daño se manifieste sino de maneras, para el mundo, inocuas; chismes, pelambres, malos comentarios, miradas hoscas o una que otra palabra soez  a sus espaldas…nada. Pero el que aquel, que tiene poder para movilizar cien mil hombres armados, mil tanques y mil aviones, tenga un alto concepto de sí mismo es peligroso, porque como Huxley lo dice: Los que hacen la guerra, aquellos que reducen a sus semejantes a la esclavitud, los que matan y torturan y dicen embustes en nombre de sus sagradas causas, en una palabra, los verdaderamente malvados no son jamás publicanos y pecadores. No; éstos son los hombres virtuosos y respetables que poseen los más refinados sentimientos, los mejores cerebros y los más nobles ideales.
Nuevamente “¿Quiénes constituyen nuestras elites?” Para intentar contestar esa pregunta recurriré a la lucida y lúdica clasificación que de las personas, hizo  Carlo María Cipolla, historiador y economista italiano en su breve “Teoría sobre la estupidez”, quien dividió  a las personas en cuatro categoría:
  1. Los inteligentes: se hacen bien a sí mismo y a los demás.
  2. Incautos o sacrificados: hacen bien a los demás, provocándose un daño asimismo.
  3. Los malvados: se hacen bien así mismos, provocando un daño en los demás.
  4. Los estúpidos: se hacen daño a él mismo y a los demás.
Aquí vuelvo a enlazar a nuestras elites con un eventual evento apocalíptico; a saber:
A excepción de ciertas personas a las que podemos considerar “accidentes”, el 99% de las personas que conforman  nuestras elites pertenecen a uno de estos dos últimos grupos: o son estúpidos o son malvados, muy probablemente muchos, o todos ellos, se muevan en un arco de grado mayores y menores de ambas características. Y aquí tampoco realizo un juicio moral. El juicio es objetivo y refrendado en las personas y sus acciones…en todo el mundo...si antaño, y desde siempre el poder ha estado reñido con la bondad, hoy parece estarlo con la bondad y la inteligencia. Lo curioso es que, por mucho que despotricamos en contra de nuestras elites, íntimamente nos negamos a hacer el juicio objetivo de lo que verdaderamente son y lo que buscan; máxime cuando, en el día a día, no guardan mucho las formas para indicárnoslo. Lo anterior, lo estimo un mecanismo de sobrevivencia; por mucho que blasfememos en contra de nuestras elites, inconscientemente no nos queda sino considerarlas como las depositarias de todas las virtudes que a nosotros, hombre de a pie, nos faltan… y ese es un error que nos será fatal. Decía Tiberio de su sobrino Calígula “Tendrá todos mis defectos y ninguna de mis virtudes”…así la elite tiene todos nuestros defectos y claramente ninguna de nuestras virtudes.  
Si aceptamos la hipótesis que nuestra elites está conformada mayoritariamente por hombres malvados, podemos estar tranquilos, nuestro futuro es la esclavitud. Efectivamente las elites gestionaran el colapso, no por bondad, no por altruismo, ni siquiera por sed de poder (o más poder); lo gestionaran de manera que sean otros los sacrificados y no ellos.  Administraran la escasez, la pronunciaran, la minimizaran según sea conveniente a sus intereses, cual es el interés de cualquier elite… la supervivencia propia y de sus privilegios. Ya creo posible esta hipótesis, la creo lógica, deshumanizadamente racional, las elites en sus distintas vertientes están constituidas por tipos inteligentes que en el ámbito en que les toque actuar, a nivel nacional o internacional, económico , militar o diplomático, religioso o político, no harán nada lo suficientemente estúpido como para que las coloque en peligro.  No habrá guerra nuclear, ni un colapso financiero mundial, la elite chilena no hará nada que desestabilice a la elite argentina, como la española no pondrá en aprietos a la francesa o alemana (por acá decimos que “entre bueyes no hay cornadas”). No veremos un hongo nuclear, pero moriremos en ciudades y países convertidos en guetos de miseria y desolación.  En este punto la lógica individual con la que actuemos pueden ser dos, a) somos parte de esa elite y por tanto, estamos a salvo de los males futuros pues no nos alcanzaran ; b) más probablemente nos toque actuar desde una lógica un poco más resignada y perversa...siempre habrá alguien más desechable que nosotros , los sirios , los libios , los ucranianos , los pobres , los gitanos , los griegos , los venezolanos, los marroquíes, siempre se podrá matar a alguien mas robar su recursos y ese alguien no seré, de momento, yo. Lo paradójico, con lo terrible que resulta esta perspectiva, es que es la única que, efectivamente, nos aleja de un evento apocalíptico. Irónicamente también implica aceptar, como relativamente cierta, esa previsión de futuro que pregonan los conspiranoicos en cuanto hay en marcha un plan mundial, más o menos tácito, o expreso, para instaurar un Nuevo Orden Mundial (o asegurar el Viejo Orden Mundial diría alguien), que contempla deshacerse de todos aquellos elementos inútiles o peligrosos (personas , grupos  e incluso países) quedando todos los demás reducidos a una condición de semi esclavitud…de otra manera no se gestiona la gran exclusión.
Vamos con la otra hipótesis. Supongamos que nuestras elites no son malvadas, son simplemente tontas o estúpidas ( Un viejo axioma filosófico establece: No se le debe atribuir a la maldad, lo que puede ser explicado por la estupidez) ¿es esta razón para quedarnos más tranquilos?, ¿es más tranquilizador que el botón nuclear esté en manos de un tipo inteligente pero cruel, que no desencadenará una guerra nuclear porque no está dispuesto a privar al mundo de su propia existencia, a que esté en manos de un hombre de inteligencia mediocre, expuesto a los vicios del ego y pasiones simplonas, sin defensa a ellos, como un barco en medio de una tormenta? Ufffff, la elección es difícil, los primeros solo nos ofrecerán cadenas, los segundos que volemos todos por los aires, he ahí a nuestras elites. Si son malvados, Ucrania (para tomar un ejemplo contemporáneo) será políticamente diseccionada, y repartida. Aceptamos que Putin y Obama (por simplificar  el ejemplo) obedecen a un plan, tácito o expreso, preconcebido, cuya única premisa es no ponerse a ellos mismos (y a quienes representan) en peligro…pero el frio del pueblo en el próximo invierno ucraniano, las barricadas de Maidan y sus muertos, quienes fueron no importan, nunca importaron ni lo harán. Pero si no es así, si no son malvados, y en realidad se trata que nuestros líderes son simplemente una conjunción accidental y circunstancial de personalidades, de ambición desmedida, egos desproporcionados e inteligencias promedio; bueno entonces la tragedia cualquiera sea su carácter  está, sin duda, asegurada y servida…y si no es ahí será en otro lugar.          
Pero vamos más allá. Aun podríamos tener suerte y suponer que nuestras elites no son, ni malvadas ni necias, sino simplemente prácticas, pragmáticas. En tal caso llegaremos al mismo lugar al que nos llevarían los malvados pero esta vez justificado moralmente: era nuestro deber actuar como lo hicimos, la historia nos absolverá…y si, la historia siempre absuelve al que vence y sobrevive…sin importar los medios… se vence para escribir la historia.
Resumiendo, mi lógica (mi lógica, y lo hago presente porque no es una verdad objetiva, es una perspectiva personal que puede ser más o menos compartida)  dice que las posibilidades de una catástrofe apocalíptica, solo tiene dos o tres causas relativamente efectivas, ciertas, que las pudieran causar; todas ellas con su centro, su probable génesis y eventual mitigación de riesgo, en un solo y único elemento…el hombre…más particularmente en las elites, que son las que controlan, efectivamente, sus potenciales causas y que pueden apurar o ralentizar su desencadenamiento. Ese factor de corrección, nosotros hombre de a pie, aun en contra de las pruebas, en contra de la historia, y en contra de lo que esas mismas elites nos demuestran día a día, terminamos otorgándole un valor en positivo… y solo son nuestros buenos deseos. Vemos cotidianamente como nuestras elites nos están llevando por ignorancia o planificadamente, por acción y por omisión, al desastre; eligiendo la mayoría de las veces, ya me atrevería decir deliberadamente la peor opción. Si al abismo a se va marchando o bailando hemos elegido ambas. Y aquí quiero tomar como siguiente nexo lo planteado por Antonio en su post Apocalipsis No, “El atractivo principal de la narrativa apocalíptica es que ofrece una salida a una civilización que ha llegado a un punto muerto, a una imposibilidad de continuar por el mismo camino que venía. Todos somos capaces de ver cosas que no funcionan en nuestro entorno, en lo que percibimos como "sociedad", en nuestro país, en nuestro estado. Sólo cuando demasiadas cosas negativas se acumulan empieza a parecer deseable destruirlo todo y empezar de cero, intentando no volver a cometer los mismos errores del pasado, borrando todo aquello que se hizo mal.”. Creo que efectivamente ahí está el peligro mayor en la probabilidad de generar un evento apocalíptico, esa definición concentra los elementos que se están desencadenando, ya no como meros argumentos, sino como una realidad. El apocalipsis tiene que ver en último término con el fin de la esperanza en el sistema que declina. Esperanza, es lo que separa la Segunda Guerra Mundial, sus 60 millones de muertos y su media Europa en ruinas, del Apocalipsis. Hoy esa misma guerra seria, efectivamente, el apocalipsis… ¿porqué? Porque ya no quedan fuerzas para reconstruir, ni interés, ni –en último termino- energía. Hemos llegado a un punto muerto, porque cuando, en nuestras mentes, se plantea como atractivo la disolución del sistema es que nuestros actos, conscientes o inconscientes, apuntan a tal situación. Y lo llamamos desgano, depresión, apatía, rabia, desesperación locura, enfermedad, en todos los caso se trata de posturas contrarias a la construcción. Y no puede ser de otro modo, también ese es nuestro último reducto contra las elites, estúpidas o malvadas que nos llevan a una esclavitud o a una “destrucción contralada” (sic), es nuestro último acto de rebelión y dignidad.
Al final del día todos hemos caído en la trampa, nosotros el pueblo, por fuerza; nunca tuvimos elección frente a un futuro siempre amañado en su favor por el poder y los poderosos, las elites porque así lo quisieron. Porque ( oh, buenas o malas noticias) las elites, para hacernos caer en esa trampa, han primero debido caer en la suya, en la sutil, pero no menos fatal trampa de hacernos creer -y creer ellos mismos- que el Caos, como un negocio, como una empresa, como un banco, como un país, como el poder, es gestionable. No, el caos atiende su propia esencia, atiende nada mas a sí mismo y el mismo es solo destrucción. El camino de destrucción gestionada que nos ofrece la elite como última puerta de salida, como último tren al futuro, es falso, y como ningún otro argumento histórico, letalmente peligroso.  El caos y la destrucción no es ni predecible ni manejable, no es gestionable y lo que estamos haciendo todos, los unos porque no tenemos opción, los otros porque creen servirse de ella, es tomar por cierta esa última ilusión: creer que podemos manejar la destrucción…mucha debe ser nuestra desesperación  o nuestro miedo…mucha debe ser la estupidez y la soberbia de nuestras elites.
He aquí los elementos que  nos llevan directo, y con mucha más rapidez de lo que creemos, o esperamos, a la tormenta perfecta; al centro mismo de ese Maelstrom que esconde su secreto en el abismo y la oscuridad. Y nosotros, en la cubierta de este bajel cósmico, asustados como si fuese la primera vez que enfrentamos este trance… pero el remolino que todo lo engulle ha estado ahí desde el principio de los tiempos, y este barco ya ha surcado más de una vez sus corrientes para hundirse en la nada… solo para nosotros la historia aparenta ser nueva y no es así…ya hemos estado aquí antes y seguiremos aquí después, en otros ojos y otros cuerpos, en los ojos de nuestros padres y nuestros hijos, mismos a quienes debemos el enfrentar esta última tempestad con dignidad y decisión, con alegría y fortaleza. 

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