domingo, 30 de agosto de 2015

Si me van a crucificar, por favor, usen clavos y no tornillos



Queridos lectores,

Hace tres semanas publiqué un post donde explicaba la desagradable situación por la que está pasando el sistema científico español. Lo  ejemplificaba con el caso de mi organismo, el CSIC (el organismo de investigación más grande de España), pero el problema no sólo está afectando gravemente a esta agencia estatal sino también a las Universidades y a otros organismos públicos de investigación. Explicaba en ese post que, con la excusa de auditar una tercera vez las cuentas de los proyectos ejecutados en el sistema de ciencia español, se estaba produciendo un verdadero espolio de recursos que, de hecho, estos centros de investigación no poseen; y que por tanto la quiebra de los diversos centros de investigación, a lo largo de los próximos años, es inevitable sin un cambio decidido de rumbo. Comentaba también que esa actitud espoliativa, disfrazada de una rigurosidad administrativa en realidad ausente, no sólo serviría para recortar aún más los fondos del sistema de ciencia español, sino que en el proceso se intentaría proyectar sobre los científicos españoles una imagen de ineptos, cuando no de aprovechados y corruptos, usando para ello esa artificialmente creada imagen de mala gestión de los fondos recibidos. Indicaba que esa denigración pública era estrictamente necesaria para que la mayoría de la población acepte, e incluso vitoree, la destrucción del sistema de ciencia español, quemado al tiempo que denigrado en plaza pública.

Algunas personas me han hecho notar que, como cabía esperar, en los diversos foros de internet donde se han hecho eco del post han llovido comentarios muy negativos, en los que vitriólicamente se han vertido toda una serie de afirmaciones simplemente falsas y denigrantes sobre el sistema de ciencia español, sobre los científicos españoles, y por supuesto sobre mí mismo. Tal cosa es norma para los posts de la serie "Mi colapso y yo" (que describen el declive de mi entorno profesional en esta sociedad en declive), y en general hago caso omiso de tanta tontería y tanta barbaridad como llego a leer, en el espíritu de no alimentar al troll; y también porque cuando se le cuestiona a uno mismo la respuesta ha de ser muy cuidadosa, so pena de parecer que está uno defendiendo sus privilegios adquiridos en vez de estar explicando un devenir muy negativo de los acontecimientos (por lo demás muy similar al de otros colectivos que trabajan en el sector público o privado) que perjudicará al conjunto de la sociedad. Justamente, una de las más importantes victorias del discurso actualmente dominante es la aceptación por parte de la sociedad de su segmentación, de modo que la gente tiende a agruparse por colectivos que compiten entre sí, hasta el extremo de que algunas personas se llegan a alegrar cuando las cosas les van mal dadas a los pertenecientes a un grupo distinto del propio.

En esta ocasión, sin embargo, he querido hacer una serie de aclaraciones, más que nada con la voluntad de servir mejor a la sociedad para la cual trabajo, la cual incluye a los esforzados trolls que atacan a lo que digo y a mi con poca fortuna. Espero que, con la ayuda de este post y dándoles mejores referencias, puedan urdir ataques de mejor calidad y más devastadores. Y es que, ya que tenemos los científicos que ser embreados y emplumados, que por lo menos sea con argumentos con un mínimo de categoría intelectual, y no con tres gruñidos cargados de lugares comunes, que además son fácilmente desmentibles echando abajo un esforzado y meritorio troleo de días.

Antes de comenzar, me gustaría dejar bien clara una cosa. Yo ya sé que el destino de la ciencia es tener cada vez menos fondos e ir perdiendo peso en la sociedad, hasta prácticamente desaparecer. No hablo aquí de la investigación pública solamente, o de la que se hace en España específicamente; como bien sé cada vez que viajo (y viajo mucho por motivos de trabajo) y que hablo con mis colegas de otros países, el problema es generalizado y sucede en todos los continentes, y afecta por supuesto a Grecia, Italia y Portugal, pero también a Francia, Alemania, el Reino Unido, Japón o los EE.UU.: en todos ellos, tanto en el sector público como en el privado, el presupuesto para investigación realmente ejecutado (no el típicamente muy publicitado presupuestado, sino el realmente se gasta) disminuye desde hace ya algunos años. Algunos países, como España, están más avanzados en esta ruta de descenso, y otros la están simplemente comenzando. En unos pocos países el dinero invertido en ciencia  aún aumenta, aunque con la cada vez más evidente recesión mundial encima lo más probable es que los recortes empiecen a ser notorios incluso para éstos. No me quejo de esta situación: repetidas veces he comentado que éste es el destino lógico y natural de la ciencia, en la actual situación de pérdida de recursos que se inscribe dentro de la lógica de esta crisis que no acabará nunca. El post que menciono en la entrada de este artículo, igual que los otros que fueron denigrados anteriormente, forman parte de una serie llamada "Mi colapso y yo" (si lo desean pueden leer los posts de la serie siguiendo los enlaces siguientes: 1, 2, 3, 4, 5 y 6). Esta serie tiene un doble objetivo para mi. En primer lugar, para desahogarme, explicando los problemas de mi día a día (y no todos: por razones obvias hay cierta información que no puedo revelar). En segundo lugar, como un ejercicio de honestidad: si en este blog describo los problemas de la sociedad delante del peak oil (y sobre todo de su mala gestión) y se habla del posible (aunque aún evitable) colapso de la sociedad, uno debe ser consciente de que los que colapsan no son sólo los otros, sino uno mismo, y por tanto el ejercicio autocrítico e introspectivo de esos posts me sirve para objetivar que yo también estoy colapsando, aunque sea con un ritmo propio más lento que el de la mayoría de la sociedad.


Dicho lo cual, pasemos ya a analizar algunos tornillos con los que algunos opinadores de internet han intentado clavar a los científicos, e incidentalmente  a mi mismo, a un improvisado madero.

Una de las fijaciones de algunos opinadores es una obsesión malsana contra los funcionarios. Incluso en otros posts, en los que quizá hablo de problemas en la producción de un determinado tipo de petróleo o de cuestiones ambientales, no es raro encontrar el que denosta todo lo que digo porque proviene de un funcionario. Siguiendo esa línea de razonamiento, esta gente llega a la conclusión de que todo el que es funcionario consiguió la plaza por poco más que su cara bonita y vive sin dar ni golpe. La primera cosa que convendría aclarar es que funcionario es una categoría laboral, y no un trabajo; por así decirlo, es un tipo de contrato. Saber que alguien es funcionario no nos dice más sobre qué trabajo realiza que saber si su contrato es por obra y servicio o indefinido. Entre el colectivo de científicos de este país hay una parte que son funcionarios, tan funcionarios como el policía, la médico, el bombero o la maestra. En realidad, si uno mira la composición laboral del sector público científico en España resulta que la mayoría son laborales, es decir, no son funcionarios, y de éstos la mayoría no son indefinidos, sino que tienen contratos de carácter temporal (en el CSIC los contratos temporales representa el 40% de toda la plantilla). Se cae aquí en la vieja falacia de llamar "funcionario" a todo trabajador público, es decir, toda persona que esté contratada por una administración, generalmente por sueldos bajos y con condiciones laborales que no son mejores que las del mercado. Yendo ya a describir mi caso concreto, ciertamente soy funcionario, concretamente Científico Titular de Organismo Público de Investigación, y estoy en esta situación desde el 21 de Julio de 2008, cuando tenía 38 años. Yo no elegí ser funcionario; simplemente, se presentó la oportunidad al abrirse una oposición que tuve la fortuna de ganar; de otro modo, seguramente tendría que haberme marchado de España, al acabarse mi contrato Ramón y Cajal. Personalmente, me sería igual ser laboral, en tanto que pudiera mantener una cierta estabilidad para desarrollar mi trabajo, y no me importa ser evaluado por él. El concurso-oposición en el que saqué la plaza era muy exigente, consistiendo en una prueba de méritos en la que se evaluaba la carrera científica de cada candidato, y una oposición, en la que desarrollabas un programa de investigación para al menos 10 años y tenías que responder a las críticas del tribunal, a veces muy aceradas. Comento esto porque otro error común (otro tornillo) de los trolls anti-funcis es pensarse que todas las oposiciones a funcionario consisten en empollarse un temario; se ve que no tienen amigos que se hayan presentado a las de médico o a las de bombero. 

Otro tornillo es el de la supuesta pereza de cualquiera que sea funcionario. En mi caso concreto,desde que soy funcionario trabajo todavía más horas de las que ya trabajaba antes: en media hago entre 50 y 60 horas a la semana. Mi trabajo no tiene límites horarios, entre otras cosas porque hay plazos de entrega, contratos que cumplir y obligaciones que se exigen (volveré a eso más tarde). Me levanto de lunes a viernes a las 5:30 de la mañana, y si tengo suerte voy a dormir pasadas las 11 de la noche (también tengo familia y tengo que dedicarle tiempo a mis hijos, que lo saco de las horas de sueño). Mi situación, por tanto, no es tan diferente de la cualquier currante español, por más funcionario que yo sea. Así que el tornillo de la gandulería tampoco se aplica.

Una de las críticas más tontas que he encontrado a mi post provenía de un tipo que se mofaba de que cuando se tocaron los sueldos de los funcionarios los científicos no hicimos nada, y que por tanto que ahora no podíamos venir a quejarnos. Para empezar, no se redujo y después congeló el sueldo de los funcionarios, sino el de todos los trabajadores públicos, y como la mayoría de científicos son trabajadores públicos obviamente a ellos también les afectó. En general, el sector de la ciencia no ha sido el más beligerante en este aspecto porque, contrariamente a lo que pretenden hacer ver algunos, es un sector poco corporativista. Un/a científico es una persona que escoge una carrera profesional incierta y generalmente mal pagada (aún recuerdo como mis amigos de la infancia se partían de risa conmigo cuando, con más de treinta años, yo cobraba un sueldo que apenas me llegaba para el alquiler, "tú que parecías tan listo y mira", mientras ellos cobraban el doble y el triple - era la época de las vacas gordas aún), pero la escoge por vocación. Y así los científicos generalmente consideran de mal tono quejarse por el sueldo, aunque, como a mi estudiante, la matrícula anual del doctorado - simplemente derechos, no recibe ninguna formación de la universidad  - le suponga más de la mitad del sueldo de un mes. Como digo, mis compañeros son de poco quejar. Lo que masivamente sucede es que la gente, después de años de penar por aquí, se va al extranjero, donde en la mayoría de casos se los rifan. De los cuatro estudiantes que hicieron la tesis bajo mi dirección, tres están en el extranjero y uno se fue al sector privado; y la próxima, que defenderá pronto su tesis, ya tiene apalabrado un contrato en Francia. Los que nos quedamos aquí no lo hacemos por unos inexistentes privilegios ni por un sueldo que no es malo pero que es muy inferior al que se paga en el sector privado a profesionales con un nivel de formación y experiencia equivalentes, como han comprobado tantos que han dejado la investigación pública. Los que no la dejamos no es por incompetencia, otro tornillito, sino porque aún creemos en el servicio a la sociedad y en ciertos ideales que justamente quienes más cargan contra los funcionarios consideran inútiles, cuando no directamente estúpidos.

Y aquí entramos en otro tema caro a los trolls que se cagan en toda la ciencia española, y es la discusión sobre cuál es la posición real del sistema de ciencia español. Éste sí que es un tornillo de los gordos, pues los tipos porfían que esto es un erial, y encima ratifican que eso es evidente, aunque no hayan pisado un laboratorio en su vida. Frente al tan manido lamento de que España es un país sin ciencia y que no hay nada que se haga aquí que merezca la pena, la realidad es que investigadores españoles, algunos trabajando aquí, otros formados aquí y trabajando fuera, participan en grandes proyectos de investigación internacionales o tienen una proyección internacional muy destacada. No sólo eso: contrariamente a lo que suelen decir estos trolls, muchas empresas españolas incorporan sus propios equipos de investigación y desarrollo, y colaboran activamente con las universidades y los centros de investigación públicos españoles para llevar adelante sus desarrollos. Yo personalmente conozco unas cuantas empresas españolas con actividad en el sector aeroespacial, con las que hemos colaborado y colaboramos: INDRA, GMV, CASA, Deimos, isardSat, starlab, ... Pero en España hay también empresas punteras trabajando en múltiples sectores de alta tecnología: biotecnología, nanotecnología, materiales, farmacología y un larguísimo etcétera. Simplemente, hay que molestarse en informarse de cómo está cada sector y buscar la información. A mayor abundamiento, la actividad científica más puntera que se realiza en las instituciones públicas se realiza colaborando con empresas. Yo mismo participo en varios contratos con la Agencia Espacial Europea y empresas del sector aeroespacial, y la actividad que desarrollamos en el día a día requiere, entre otras muchas cosas, mantener un servicio operacional de datos de satélite para usos académicos y comerciales. Si le echan un vistazo a las novedades anunciadas en el blog de nuestro servicio podrán ver que los servicios prestados involucran diversas áreas, desde la seguridad marítima hasta la prevención de incendios forestales. Un servicio que se mantiene gracias al dinero que ingresamos a través de proyectos y contratos, ya que en la actualidad el 75% del personal es contratado eventual, y sin dinero no hay servicio (ahora, justamente por las cosas que he explicado en los posts de la serie "Mi colapso y yo", este personal sufrirá una drástica reducción).

¿Quiere decir eso que la ciencia en España ocupe la posición que le corresponde, por ejemplo, con respecto a su PIB? ¿Quiere decir que la empresa española o el sector público destaquen por su inversión en I+D? Pues no: hay muchos errores, carencias y problemas, infinidad de cosas a mejorar. ¿Hay problemas de nepotismo en las universidades? Seguramente aún hay casos. ¿Se hace siempre el mejor uso de los recursos? Aunque en general sea adecuado, seguramente es mejorable, y en algún caso muy mejorable. Pero uno no puede empezar a criticar de manera tan descarnada y con argumentos tan erróneos como se hace, sobre todo sin aportar datos.

Pero vamos a nuestra última remesa de tornillos. Como comentaba, en última instancia las críticas se dirigen contra el mensajero, y en este caso contra mi. Como criticar, (sobre todo sin dar la cara) es muy fácil, algunos comentaristas de ésos dan por hecho que mi trabajo científico debe ser una filfa y yo un estómago agradecido, aparte de un gandul. Supongo que hay aspectos en mi propia actividad que son perfectamente criticables y mejorables, pero ya de hacerlo sería de rogar que fuera sobre la base de las cosas que realmente hago o no hago. Veamos más detalles.

De acuerdo con mi propia página web profesional, a lo largo de mi carrera he publicado 58 artículos en revistas científicas internacionales indexadas en el Journal Citation Report de Thomson ISI, una especie de índice de las revistas que tienen un estándar de calidad reconocido (el cual incluye, entre otros criterios, que los artículos tienen que ser revisados anónimamente por otros científicos) . Aparte de éstos, he publicado más de 20 artículos en revistas no indexadas, algunos capítulos de libro, y presentado más de cien comunicaciones y artículos de congreso (ese apartado de mi página web no está actualizado). Esos números brutos, por sí mismo, no dicen gran cosa acerca de la relevancia científica del trabajo que he realizado, y por eso se suelen usar ciertos parámetros bibliométricos para ver si realmente el trabajo que hace un investigador en concreto realmente le interesa a alguien. Para ello se suele contabilizar el número de citas que reciben los artículos de un investigador. De acuerdo con Thomson ISI, mis artículos han recibido poco menos de 1.000 citas desde otros artículos publicados en revistas indexadas; otros indicadores, como el de mi perfil en Google Académico, indican que son casi 2.000 las citas que ha recibido mi trabajo. Ese número de citas indican que mi desempeño está por encima de la media general, y bastante por encima de la media en el campo en el que yo trabajo (un poco difuso de definir éste, como suele pasar en la siempre difícil tarea de clasificar la actividad científica, pero que ahora es principalmente la oceanografía física). Un indicador más específico de desempeño es el denominado índice h, que nos indica cuántos artículos de un investigador han recibido realmente una atención relevante (cuanto mayor el h más relevancia, en principio). De acuerdo con ISI Thomson mi índice h es de 17, mientras que de acuerdo con Google Académico es de 25. Para que se hagan una idea, de acuerdo con un estudio publicado en 2007, cuando yo gané la oposición, el índice h de un investigador que conseguía una plaza en una universidad americana era típicamente de 10 (el mío fue exactamente ése el día de la oposición), y a partir de 20 se encuentran los investigadores que forman la élite de sus campos respectivos.

El uso del índice h, a pesar de ser un estándar internacionalmente aceptado, ha sido muy criticado por los efectos desvirtuadores que se pueden producir, como en general se critica todo sistema de medir la calidad del trabajo de un investigador a través de índices numéricos y ciegos. Estos índices, además, introducen incentivos perversos para que los investigadores publiquen de manera continua y acelerada, eligiendo por tanto temáticas con poco riesgo pero también con pocas posibilidades de aportar un avance real. Hace un par de años surgió una nueva iniciativa para mejorar la evaluación de la calidad científica, a través del portal Research Gate. Los investigadores hacen accesible su investigación en ese portal, y a partir del impacto que tiene un investigador (medido por el número de descargas por parte de otros investigadores que generan sus artículos y por otros indicadores) se determina su ranking. De acuerdo con mi perfil de Research Gate, en este momento tengo una puntuación de 33,39 puntos, lo cual me sitúa por encima del 92,5% de los miembros de Research Gate.
 
Quiere esto decir que, de acuerdo con estos diversos indicadores, mi investigación realmente sí que está teniendo un impacto bastante apreciable. Pero ciertamente todos los indicadores numéricos son sólo burdas e incompletas cuantificaciones; quien realmente quiera conocer mejor mi trabajo (en el que he hecho contribuciones verdaderamente originales, la principal de ellas una nueva teoría para la descripción efectiva de los fluidos turbulentos que puede aprovecharse, por ejemplo, para conocer las corrientes marinas a través de imágenes de la temperatura de superficie del mar) puede solicitarme copia de cualquiera de mis artículos y con mucho gusto podremos discutir sobre su contenido si así lo desean.
 
Vamos, por fin, a otro de los memes caros del trolleo anti-ciencia en España, otro tornillo más: la ausencia de patentes. Muchos de los que grandilocuentemente opinan sobre la baja calidad de la ciencia española por la escasez de patentes generadas demuestran un desconocimiento de muchos aspectos clave de la valorización de los resultados científicos. Para empezar, que hay más maneras de valorizar la ciencia que solicitar patentes, incluyendo los trabajos por encargo para empresas: una patente es un documento caro cuya solicitud no garantiza que el procedimiento descrito en ella vaya a generar ninguna rentabilidad, ni siquiera que lo que se dice sea correcto. La patente es un documento legal que lo único que busca es preservar un derecho prioritario para la explotación comercial de un procedimiento de interés industrial, pero si realmente funciona o no no es tema de la oficina de patentes. En particular, cuando se evalúa una patente no se busca comprobar la física, sino los aspectos legales implicados por ella. Tanto es así que si de repente los criterios de evaluación científica dejaran de basarse en el número de citas y se basaran en las patentes nos encontraríamos con que universidades y centro de investigación se lanzarían a solicitar patentes de cosas sin el mayor interés, y si pagasen los derechos seguramente se las concederían. En España se patente poco, en parte, por las deficiencias del sistema de ciencia español, pero también por la falta de un tejido industrial apropiado para absorber los resultados y, en general, por una cierta falta de fe en los desarrollos industriales en un país que mayoritariamente se ha orientado hacia los servicios. También en este aspecto tengo una experiencia personal, pues yo soy el inventor y actual poseedor de los derechos de una patente que promovió el CSIC en la buena época pero de la cual se desentendió cuando comenzó la crisis; desde entonces, yo estoy pagando los derechos para mantener la patente de mi propio bolsillo y estoy trabajando (cuando puedo, después de mi jornada de 50-60 horas, mis compromisos de divulgación incluyendo este blog, y mi familia) para explotarla comercialmente. Tornillo de nuevo, como ven.

Con todo, lo más grave de toda la discusión de este post es la cuestión de fondo: incluso si yo fuera un total y absoluto incompetente, un auténtico negado que hubiera conseguido mi posición por medio de favores o simplemente calentando el asiento, eso no desmiente las cosas que yo explicaba en el post de la discordia. Fuera yo la persona más abyecta o desagradable del mundo, la verdad objetiva de lo que digo no depende ni de las virtudes que me adornan ni de los defectos que me afean. 

Por todo ello, la próxima vez que vayan a despellejarme por un post que contradice sus prejuicios sobre cosas que conocen poco o nada, o simplemente si me van a masacrar verbalmente desde un inmerecido anonimato porque es su bien pagado trabajo - ya sé que no es nada personal, tranquilos- , creo que sería mejor y más útil a sus propios fines que mejoren sus argumentos, en vez de salir con exabruptos de poco estilo y peor fondo. Qué se yo: aduzcan razones reales, apunten a defectos consistentes de mi razonamiento, repróchenme, si viene al caso, defectos que objetivamente yo tengo. De otro modo, estarán haciendo un flaco favor a su causa, remunerada a no. En definitiva: si me van a crucificar, por favor, usen clavos y no tornillos. Es que si no no queda bien; recuerden - si alguna vez lo han sabido - que la muestra de ensañamiento generalmente debilita aún más la causa del que agrede. Créanme: el hombre de paja en que me convierten no se agarra bien de los dos maderos dialécticos con los que quieren escarnecerme a mi y a todos los consideran de mi especie si pretenden fijarlo dándole golpes a la cabeza de tornillos.


Sé que es mucho pedir rogar a los exaltados comentadores aficionados y profesionales que van a destrozarme por este post que se lo lean entero antes de que comiencen a vomitar su arbitraria bilis, así que si van a leer sólo una frase, aparte del título, por favor que sea la siguiente: los destornilladores no valen para clavar clavos; mejor cojan martillos.


Salu2,
AMT

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