viernes, 26 de octubre de 2018

El río que suena


Queridos lectores:

Cuando faltan poco más de dos semanas para que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) publique su informe anual, el World Energy Outlook (WEO), la propia AIE acaba de sacar un informe especial sobre economías productoras de hidrocarburos. Este informe especial se considera un apéndice del WEO. Es bastante habitual que la AIE saque informes especiales sobre aspectos particulares que se abordan en los WEOs, pero como norma general aparecen bastante más separados en el tiempo (por ejemplo, lo más frecuente es que saquen un informe a mitad del año que va de un WEO al siguiente). Es por eso que este informe (que se puede descargar y consultar libremente aquí) resulte un tanto peculiar, como si tuvieran una cierta urgencia por dejar algunos temas zanjados antes de que se publique el WEO 2018.

La AIE quiere analizar qué está pasando y qué va a pasar a los países con economías que dependen más fuertemente de los hidrocarburos. A tal fin, define una economía productora aquella que:
  • Produce grandes cantidades de petróleo y/o gas.
  • La exportación de hidrocarburos representan al menos un tercio del valor total de sus exportaciones.
  • Los ingresos que producen la explotación del petróleo y/o gas representa al menos un tercio de los ingresos fiscales (impuestos y tasas).

Con esta definición, la AIE identifica 6 países con economías productores (y por tanto dependientes) de hidrocarburos: Rusia, Arabia Saudita, Irak, Nigeria, Venezuela y Emiratos Árabes Unidos.

Hay una de las gráficas de la nota de prensa que resulta muy reveladora a la hora de entender qué ha pasado con esas 6 economías exportadoras durante los últimos años, y que nos muestra la evolución de sus ingresos netos:



Como se ve, todos estos países han sufrido enormemente con la caída de precios que comenzó a finales de 2014, pero no todos han sufrido de la misma manera. Mientras que Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Rusia han aguantado el tipo razonablemente bien (sus ingresos son aún alrededor de la mitad de lo que lo fueron en los buenos tiempos), el impacto ha sido enormemente mayor en Nigeria y en Venezuela, con los ingresos reducidos a una ínfima porción. Llama la atención el caso de Irak, el cual, como durante los años buenos iba muy lastrado por ISIS y por la insurgencia en general, no ha visto muy reducidos sus ingresos actuales respecto a los históricos.

Rubrica estas observaciones la gráfica sobre la evolución de la recaudación fiscal en estos países como porcentaje de su PIB.



Aquí se ve que quien claramente está en peligro es Venezuela, para quien el déficit fiscal supera el 20% del PIB durante todo el período 2015-2017. El segundo país con peor déficit fiscal es Arabia Saudita, con un déficit por encima del 10%, el cual se explica no solo por la caída de ingresos y el mantenimiento de numerosos subsidios, sino por el esfuerzo militar que está efectuando en Yemen.

Analiza el informe seguidamente cómo ha evolucionado la inversión en exploración y desarrollo (upstream) en esos 6 países. Es una información muy interesante, porque generalmente no se llega a ese nivel de detalle.





Se habrán fijado que a pesar de ser solo seis países, nos dan extrañamente agregados los gastos de Emiratos Árabes Unidos, Irak y Arabia Saudita, lo más probable para que no se note que donde está cayendo más fuertemente la inversión es en el reino saudí. Y es importante esconder ese cadáver en el armario, porque la falta de inversión en Arabia Saudita le precipita en su peak oil, el cual será el del mundo. De los otros países, llama la atención que Rusia ha mantenido, pese a todo, muy elevada su inversión en upstream: los rusos lo siguen intentando. Y donde claramente la industria del petróleo ha colapsado casi completamente es en Venezuela y en Nigeria. Como comentan en el interior, los otros 4 países se han podido adaptar mejor a la nueva situación gracias a la deflación de costes, y en el caso de Rusia al cambio de divisas favorable a la inversión en petróleo.

El resto del primer capítulo informe es una discusión bastante larga sobre la estructura productiva de estos países y se comienza a discutir sobre las alternativas de generación de energía, principalmente solar en los más insolados. Lo cual no deja de ser, irónicamente, un brindis al Sol, cuando después una gráfica del mismo informe recoge que en el período 2010-2017 el único sector que crece, o que menos decrece, es el del petróleo.



El segundo capítulo corresponde a una discusión sobre las perspectivas de futuro. La AIE utiliza aquí los escenarios habituales que se usan en los WEOs para proyectar qué concretamente pasará en estos países. Y la cosa es bastante clara ya desde el resumen ejecutivo del capítulo: en el escenario de Precios Bajos, los precios nunca se recuperan del todo y estos países sufren de déficits crecientes y reducción del gasto público (como si tal cosa se pudiera mantener así, sin un estallido social, durante 25 años, máxime cuando sabemos, por ejemplo, que hacia 2035 Arabia Saudita dejaría de exportar petróleo). En el escenario de Desarrollo Sostenible la cosa es aún peor, ya que se esperan en ese período un pico de demanda del petróleo (esa falacia lógica del pico de demanda que ya hemos discutido aquí con anterioridad). En ese caso, nos dicen que las economías productoras tendrían que adaptarse a un escenario de un mundo donde se consumiría menos petróleo. La pregunta es cómo van a hacer eso sin colapsar. La solución que propone la AIE es que estos países asciendan en la cadena de valor, concentrándose en el refinado del petróleo y en los usos no combustibles del petróleo. Esto es muy interesante, porque dada su gran riqueza como materia primera química efectivamente el peor uso que se le puede dar al petróleo es simplemente quemarlo. La AIE está probablemente sugiriendo que, en un escenario en que el petróleo no va a ser abundante ni barato, se especialice como un producto de mayor valor añadido, lo cual tiene bastante sentido. Lo que resulta cómico es que unas líneas más abajo leamos que los EE.UU. van a seguir expandiendo su explotación de fracking cuando lo que se está descontando ya es cuándo acabará colapsando (más tarde o más temprano en función de cuánto más quiera gastarse Trump en apuntalarlo).

Es en este capítulo donde se discuten los problemas sociales y culturales, aparte de económicos, muy serios que se padecen en estos lugares, particularmente Venezuela y Nigeria. A pesar de la gravedad y profundidad de los mismos (aquí se comentó en su momento sobre Nigeria), y que pueden dar al traste con cualquier previsión, el tratamiento de estos problemas es bastante epidérmico.

Se discuten otras cuestiones relevantes en el capítulo, pero la parte más interesante es la antes referida "captura del valor añadido". Hay una reveladora gráfica en esta sección, sobre la evolución del consumo de petróleo en Arabia Saudita para la producción de electricidad:



Es decir, que en Arabia Saudita se gasta de media medio millón de barriles diarios para la producción de electricidad, lo cual representa alrededor del 5% de toda la producción de petróleo de ese país. Los máximos de consumo, siempre en verano, han bajado apreciablemente los últimos años, seguramente a causa de la crisis de precios. La insistencia en que Arabia Saudita debe hacer un esfuerzo en pasarse a la fotovoltaica que se hace justo a continuación y durante varias páginas debe entenderse, por tanto, que está diciendo: "como medio para liberar al mercado ese medio millón de barriles diarios".

Para que quede claro que esto va de rebañar las ultimas migas del plato, entre los temas que se discuten a continuación nos encontramos la experiencia de Oman para hacer recuperación de petróleo mejorada usando energía fotovoltaica. En vez de intentar usar esa energía directamente, usarla para seguir extrayendo petróleo: toda una incoherencia, de no ser que lo que realmente importa aquí es que el petróleo siga fluyendo. Y por supuesto luego se habla de la reforma energética, poniendo a Indonesia y a México de ejemplos. Nuestros lectores de aquel último país podrían contarnos qué gratas experiencias tienen con esas reformas, e.g., el gasolinazo, y eso que en México solo se ha tocado, por ahora, la punta del iceberg.

El contexto de este informe es fácil de comprender cuando uno ve la distribución estadística de los costes de producción de los diferentes hidrocarburos líquidos que hay en el mundo.



Y es que los países productores de los que hablamos son los que tienen el petróleo más fácil (menos costoso) de producir. Estos países son por tanto críticos para evitar, o al menos retardar, tener que adentrarnos en el terreno del petróleo no asequible, que es el que nos precipita por la pendiente de la espiral de la destrucción de oferta - destrucción de la demanda. Los lectores más experimentados habrán notado quizá que la curva de arriba está truncada, y solo considera los 650 mil millones de barriles más asequibles del mundo. Cosa curiosa porque no hace tanto se cifraban los recursos convencionales en un billón (español) de barriles, y cuando uno se va a los no convencionales las cantidades son de unos cuantos billones, incluso más de 8 billones de barriles. La razón de este truncamiento, en esta época de la doble verdad y las realidades edulcoradas, en no enseñar toda la curva de costes: la inmensa mayoría de los recursos de hidrocarburos del mundo tienen unos costes tan estratosféricos que obviamente no son explotables. Con un consumo de petróleo global que está ya en los 36.000 millones de barriles al año, esos 650.000 millones representan a penas 18 años a ritmos constantes de consumo actual. Y como los nuevos yacimientos que se van encontrando no son, por lo general, más baratos que los actuales, quiere decirse que antes de que pasen 18 años los costes del petróleo que quede se van a disparar a valores que hacen imposible la actividad económica como está concebida actualmente.  De ahí la insistencia en aumentar el valor añadido en estos países, de ahí la invocación del "pico de demanda", porque se es consciente de que no habrá recursos de petróleo explotables a precios razonables. Esto era lo que era el peak oil: el fin del petróleo barato. No el fin del petróleo, sino del que era razonable producir, a los volúmenes de hoy en día. Se seguirá produciendo petróleo, pero cada vez menos, para un mercado cada vez más pequeño. Pero, contrariamente a lo que asume la AIE (esto es, porque se utilizarán otras alternativas energéticas mejores pero todo seguirá más o menos igual), será porque el mundo en su conjunto estará experimentando un prolongado proceso de decrecimiento económico, que será más o menos traumático en función de la inteligencia con la que se gestione.

Salu2.
AMT

miércoles, 17 de octubre de 2018

Izquierda, derecha, delante, detrás




Queridos lectores:

Años después de que se anunciase el Fin de la Historia, la Historia ha demostrado que no solo sigue vivita y coleando, sino que además está dispuesta a seguir dándole grandes sorpresas a quienes la daban prematuramente por enterrada. Lejos de la ensoñación de un mundo en calma donde nadie le disputaría ya jamás su hegemonía al capitalismo y en el que solo cabría preocuparse de la gestión de la bonanza, el mundo comienza a  caminar en una dirección muy diferente a la que se anunciaba como la Pax Capitalista. Una nueva corriente va tomando fuerza en Occidente, de Hungría a Brasil, de Estados Unidos a Gran Bretaña, de Bélgica a Italia. Es un nuevo movimiento que tiene características e idiosincrasias propias en cada país; pero, en su afán por constreñir la realidad a un marco conocido, los medios de comunicación lo retratan con una serie de adjetivos comunes: neoconservador, populista, ultra derecha, xenófobo, misógino ... Los analistas se preguntan una y otra vez qué está pasando con la ciudadanía occidental, por qué le está dando la confianza, con cada vez más fuerza y en cada vez más países, a movimientos tan retrógrados. Los partidarios de la izquierda tradicional se rasgan las vestiduras al ver a obreros votando por esas opciones, traicionando así sus valores de clase, mientras que la derecha tradicional va sucumbiendo a la tentación de integrar los elementos más reaccionarios del nuevo discurso porque perciben que es eso lo que los votantes quieren, y poco a poco van convirtiéndose en malas copias de lo mismo.

¿Qué está pasando en el mundo? Y más importante: ¿Por qué está pasando esto? ¿Por qué ahora la ciudadanía está siendo cautivada por discursos que prácticamente no se oían desde los años 30 del siglo pasado? Más inquietante aún: ¿acabará el mundo en una nueva barbarie multitudinaria como las que conocimos entonces?

No conociendo, como no conozco, todas las claves y motivos por las que está pasando lo que está pasando, me propongo en este ensayo analizar la situación socio-política de Occidente, principalmente de Europa, usando un trazo grueso y de seguro con muchas imprecisiones, errores y sesgos personales. A pesar de mi notoriamente insuficiente formación para hablar de estos temas y la imprecisión de lo que ahora comentaré, creo sinceramente que se le debería dar a la cuestión una orientación completamente diferente a la que se le está dando comúnmente, y es eso lo que me ha animado a escribir este ensayo. Comencemos, pues, con la discusión del concepto u orientación derecha-izquierda.

El origen del concepto dicotómico derecha-izquierda puede ser rastreado probablemente al final de la época moderna, cuando en los Estados Generales de Francia los representantes de la nobleza se sentaban a la derecha del rey, y los representantes de las clases menestrales y burguesas de sentaban a su izquierda. Es interesante constatar que, ya en su origen, la derecha y la izquierda representaban solo a una fracción minoritaria de la sociedad, los primeros a los muy privilegiados y los segundos a los bastante privilegiados. Aquella primera derecha se caracterizaba por la defensa a ultranza de la tradición en general y de la monarquía y el sistema estamental en particular. Su contraparte, la izquierda de aquel momento, pretendía introducir muchas reformas, en particular para permitir el florecimiento del comercio y la liberalización económica en general. Es decir, cada una de ellas pretendía defender sus privilegios o, como mínimo, aquello que le daba una ventaja. Es por eso que después de las convulsiones que generó la Revolución Francesa en todo Europa, cuando el polvo de aquella vorágine comenzó a asentarse,  por todo el continente se formuló ese eje derecha-izquierda habitualmente en forma bipartidista, adoptando habitualmente los nombres (con matices según el país) de Conservadores y Reformistas. Recordemos una vez más que en esa fase incipiente de la configuración derecha-izquierda los partidos no representaban, ni pretendían representar, al conjunto de la ciudadanía, ni siquiera a la mayoría de la misma, sino tan solo los intereses de la nobleza de sangre, la derecha, y de la nobleza del dinero, la izquierda.

Se puede argumentar, con cierta razón, que aquella incipiente izquierda representaba mejor los intereses de la mayoría que la derecha, ya que en el fondo las medidas de liberalización favorecían el desarrollo económico y a la postre debían redundar en una mejora general de las condiciones de vida. Sin embargo, carentes de los más elementales sistemas de protección social, la generalización de los nuevos sistemas de explotación económica, con un exilio del campo a la ciudad en muchos casos forzado (recordemos los "enclosures" ingleses) lo que se consiguió fue la explotación laboral de la masa de antiguos campesinos y ahora obreros que carecían de todo y cuya única riqueza era su progenie, su prole (de ahí la palabra "proletariado"). Paradójicamente, el mantenimiento de las estructuras del Antiguo Régimen como propugnaba la derecha de aquel entonces hubiera dejado al campesinado en una cierta miseria, cierto, pero menos abyecta que la que provocó el primer capitalismo. Así que al final aquella derecha tenía una visión más social, porque en el fondo propugnaba un modo de vida más sostenible.

A finales del siglo XIX, con la emergencia de los movimientos obreros, los conceptos de izquierda y derecha comienzan a evolucionar. Por un parte, cada vez más países europeos han dejado atrás la monarquía, mientras que el modelo imperante en las colonias americanas que se independizan es, de manera natural, la república. La defensa de la sociedad estamental al estilo Antiguo Régimen pierde prácticamente todo su sentido, y en los pocos sitios donde pervive una sociedad bastante estamental (como España) la nobleza de sangre y de dinero se fusionan (habitualmente, mediante matrimonios de conveniencia), convirtiéndose así la derecha en la defensora del statu quo. Por su lado, la presión de los movimientos obreristas desencadena la aparición de un nuevo concepto de izquierda que pueda ser realmente antagónico al nuevo concepto de derecha, mientras que los antiguos Reformistas se convirtieron en algo que se denominó Centro pero que era en realidad un apéndice moderado de la derecha. Mientras, la nueva izquierda se nutre de los movimientos socialistas y comunistas. No fue una emergencia nada sencilla, porque con ese nueva dicotomía el eje derecha-izquierda cubría por primera vez a toda la sociedad y además lo hacía de manera muy desigual: la derecha representaba a la mayoría del poder económico y social pero a la minoría de la población, mientras que la izquierda representaba un poder económico-social casi nulo pero con una mayoría de la población. La consecuencia directa de un cambio tan radical fue el rechazo por parte de quien detentaba el poder y la persecución y represión feroz de los izquierdosos, las cuales fueron contestadas con huelgas, sabotajes, secuestros y asesinatos.

Describir la convulsa evolución de la lucha derecha-izquierda a lo largo del siglo XX sería excesivamente largo y complejo para un ensayo que pretende centrarse en los problemas actuales. Simplificando una barbaridad lo que ha sucedido en el último siglo, podríamos decir que tras años de disputa de la hegemonía del discurso, y con dos guerras mundiales e innumerables más locales de por medio, revoluciones comunistas incluidas, se acabó fraguando un acuerdo de convivencia entre los principales representantes de los dos bandos Por un lado, la derecha aceptó que se tenían que hacer algunas concesiones en materia de prestaciones sociales para poder garantizar la paz social, mientras que la izquierda aceptó no cuestionar en lo esencial el capitalismo mientras se establecieran sistemas estatales de protección social, lo que comúnmente se conoce como "estado del bienestar". Había nacido la socialdemocracia.

Gracias a la bonanza económica (en Occidente, otra cosa sería si mirásemos al conjunto del mundo), el nuevo sistema de equilibrios pudo aguantarse bastante bien durante casi 30 años, lo cual no es nada despreciable. Es en ese momento cuando se asienta la idea de derecha e izquierda que subsiste hoy en día como un sobreentendido. Esencialmente, se considera que la derecha aboga por darle ventajas a las empresas pues considera que ello estimula el crecimiento económico y al final toda la sociedad sale beneficiada, aunque más aquellos que más se lo merecen. Por su parte, la izquierda parte de un posicionamiento más pesimista, considerando que sin la debida protección hay capas muy amplias de la sociedad que sufren y de manera muy injusta, y aboga por el establecimiento de un sistema de ayudas, protecciones y subsidios que ciertamente lastran un poco el crecimiento económico pero que garantiza un mínimo de dignidad a todos los ciudadanos. Por eso se suele considerar que la derecha es mejor gestora de la economía, mientras que la izquierda gestiona mejor los derechos sociales.

Todo este esquema se puedo mantener durante las décadas de la gran expansión, es decir, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945,  hasta el abandono del patrón oro, en 1972. Es un período caracterizado por un crecimiento económico muy constante, impulsado por la disponibilidad creciente de la energía abundante y barata del petróleo y del resto de combustibles fósiles. Sin embargo, en 1971 los EE.UU. llegaron a su cenit de producción de petróleo crudo convencional y el mundo cambió para siempre. No es ninguna casualidad que, en términos reales, la renta disponible de la clase trabajadora  occidental haya disminuido consistentemente desde finales de los años 70, y es que la energía per cápita disponible llegó a su máximo en Occidente también por esas fechas.
 

Imagen de https://ourfiniteworld.com/2012/03/12/world-energy-consumption-since-1820-in-charts/

Es pues en la década de los 70 del siglo XX que el capitalismo se ve confrontado por primera vez con la existencia de límites biofísicos a su expansión, a la obviedad de que no se puede mantener un sistema económico basado en el crecimiento infinito (encima, exponencialmente acelerado) en un planeta finito. No es por tanto una casualidad de que sea justo en ese momento que emerge una doctrina económica que tiene mucho más de ideología que de ciencia: el neoliberalismo. Frente a la obviedad de los límites planetarios, el neoliberalismo propone la desregulación como antídoto, lo cual puede parecer extraño (los cambios en las regulaciones de los hombres no modifican las leyes de la Naturaleza) pero sin embargo es una receta eficaz para evadir a corto plazo esos límites. Y es que con la desregulación, los costes implícitos, no siempre visibles, de la actividad económica no son cargados a aquél que los genera, sino que son distribuidos a otros; y cuanto más artera y disimuladamente se haga esa redistribución, más efectivo será ese endosamiento de las externalidades. Así, las industrias más contaminantes, con mayor peligrosidad laboral o simplemente más penosas se instalan en países con regulaciones más laxas, mientras que los beneficios son rápidamente importados a los países de origen mediante la apropiada desregulación de los movimientos internacionales de capital. La resultante de este movimiento de adaptación del capital es para la mayoría bastante negativo: para aquéllos que viven en países donde se protegen menos los derechos laborales, ambientales e incluso humanos, porque sus condiciones de vida se degradan directamente con el establecimiento de esas empresas; y para aquéllos que viven en los países de origen de esas empresas, ahora deslocalizadas para no tener que pagar los esfuerzos de remediación ambiental y salarios más dignos, porque se pierde empleo y hace crecer el paro.

Así que, en resumen, la respuesta que se viene dando al problema de los límites biofísicos que marca el planeta desde la primera vez que topamos con ellos, hace ya cuatro décadas, es un cambio en cómo redistribuimos los recursos. Porque la economía es, precisamente, la disciplina que se ocupa de la asignación de los recursos escasos. Mientras la disponibilidad de esos recursos creció sin problemas, así subió la población y la prosperidad general. Y cuando en los 70 del siglo XX comenzaron los problemas, lo que se ha hecho es quitarle recursos a las clases populares para garantizar que el capital continuaba teniendo el rendimiento necesario para el mantenimiento de este sistema.


La crisis de los 70 es una crisis en la que la disponibilidad de recursos per cápita llegó a su máximo y por ello la solución pudo ser atribuir menos a cada ciudadano para mantener los rendimientos, siempre crecientes, del capital. Pero ahora nos enfrentamos a una crisis peor. Ahora no es que la disponibilidad de recurso per cápita disminuya: ahora de lo que hablamos es que la disponibilidad total de recursos ha llegado a su máximo y va a empezar a disminuir.

Desde comienzos del siglo XXI, la producción de petróleo crudo convencional comenzó a dar signos de estar llegando a su máximo, al cual llegó finalmente en 2005. Tres años después se desencadenó la Gran Recesión y desde entonces vivimos en un tiempo de prestado. Prestado, literalmente, por las compañías estadounidenses que explotan el fracking a pérdidas para poder mantener este sistema a flote, y como prestatario de última instancia el Gobierno de los EE.UU., que favorece los flujos inversores hacia el fracking apoyándose en la condición de divisa de reserva que tiene el dólar. Todo lo cual significa, sin embargo, leyes humanas que regulan cuestiones humanas; pero las leyes de la Naturaleza siguen siendo las mismas y nos dicen que, simplemente, vamos a ir disponiendo progresivamente, a lo largo de las próximas décadas, de cada vez menos recursos (pues el fracking y demás hidrocarburos alternativos no aumentan la energía neta producida, y el uso de recursos subprime lo que hace es empobrecer a la sociedad). Así que en realidad no se están aumentando los recursos disponibles, sino que lo que se está cambiando es cómo se asignan los recursos. Y se está haciendo lo mismo que en los años 70, solo que con una vuelta de tuerca más. Se trata, al final, de hacer pasar cada vez más estrecheces a una capa de la sociedad cada vez más amplia, mientras progresivamente se va adelgazando la clase media y se profundiza en el proceso de devaluación interna.

Pero, a pesar de la profundidad y alcance de estos cambios, los partidos políticos anclados en la dicotomía derecha-izquierda no han modificado en lo esencial su discurso. Los unos siguen confiando en que, con las mínimas pero necesarias concesiones, se podrá mantener la cohesión y la paz social. Los otros creen que, aceptando lo fundamental del capitalismo, se podrá repartir una parte de la riqueza generada para proteger a las clases más desfavorecidas. Tanto derecha como izquierda asumen que el crecimiento va a continuar, lo cual es fundamental para que sus estrategias tengan sentido. Pero si, como parece, estamos llegando al final del crecimiento, las dos estrategias son completamente erróneas. Son erróneas hasta el punto de que no están dando respuestas a los problemas de los grupos a los que representan. Eso es especialmente grave en el caso de la izquierda, porque la clase obrera a la que creen representar es una entidad en vías de extinción, mientras la mayoría de los anteriormente obreros van cayendo progresivamente en la Gran Exclusión. En suma, la izquierda está más desconectada de la que debería ser su base electoral de lo que lo está la derecha, simplemente porque ésta era antaño más numerosa.

El error de la derecha y la izquierda es aún más grave porque no se han dado cuenta de que el neoliberalismo se mueve en un eje que no es ni derecha ni izquierda. Más allá de las cuestiones de regulación económica, el discurso del neoliberalismo se basa en un concepto que tanto la izquierda como la derecha han hecho propio hasta el punto de no darse cuenta de que no es algo que corresponda a su orientación, sino que se mueve en un eje transversal, prácticamente perpendicular con el eje derecha-izquierda. Ese concepto es el del progreso.

Nadie, ni en la izquierda ni en la derecha, quiere ser tachado de reaccionario o de retrógrado, y todos asumen que el progreso es por sí una cosa buena. Pero, analicemos: ¿qué es el progreso? Progreso, por definición, es la continuación en la dirección que uno ya llevaba: es avanzar en la misma dirección. Durante las décadas de expansión económica, progreso fue aumentar la actividad económica, aumentar el PIB, aumentar la extracción de recursos, aumentar la población. Y mientras la disponibilidad de recursos aumentaba esta estrategia podía ser más o menos discutible (debido a todos los desequilibrios que genera en materia de inequidad o degradación ambiental, por ejemplo) pero era posible, y aseguraba una mejora progresiva para la clase media de Occidente. Y ahora que la disponibilidad de recursos ya no es creciente, progresar ya no significa una mejora para la mayoría, y en particular no lo supone para la clase obrera ni para la clase media ni para las clases menestrales ni para los pequeños empresarios ni para los empresarios de medio tamaño y al final ni siquiera para los grandes empresarios (¿ya vieron la quiebra de Sears?). En suma, no es bueno para la base electoral ni de la derecha ni de la izquierda. El único que sale beneficiado de proseguir la misma dirección, aunque sea por tiempo limitado, es el gran capital financiero. Es a éste a quien sirve y protege la doctrina neoliberal, y por su falta de comprensión del momento actual, también la derecha y la izquierda.

Sin embargo, la ciudadanía ha comprendido bastante mejor que los que se dicen sus representantes políticos quién es el enemigo y cómo le está perjudicando. Los ciudadanos se han dado cuenta de que ese "progreso" que se está vendiendo como algo deseable significa más deslocalización, más contratos basura, más explotación laboral, menos oportunidades para las pequeñas y medianas empresas, más ayudas para grandes capitales sin actividad productiva, más cargas para todos excepto para el sector financiero... Escuchan lo que dicen los representantes de la derecha y la izquierda y lo único que oyen y que ven es que se sigue en la dirección del progreso, es decir, de favorecer al gran capital en detrimento de la ciudadanía, sea esta obrero o empresario, profesional liberal o funcionario. Cada vez más ciudadanos han comprendido que la discusión se ha salido de la dimensión derecha-izquierda y avanza en otra dirección que en realidad no tiene que ver, la dirección denominada del progreso. Así que el terreno estaba abonado para alguien que propusiera avanzar en la dirección contraria a la del progreso. Si el progreso era "delante", la nueva dirección a la cual moverse está "detrás" (o, por ponerles nombres más adecuados, podríamos hablar de Progreso y Conservación).

Y exactamente eso es lo que está pasando: una parte creciente de la ciudadanía occidental le está dando la espalda a la concepción política convencional y está apostando por movimientos de corte reaccionario. Porque efectivamente eso es lo que son, movimientos de reacción, reacción a un progreso en la destrucción económica, ciudadana y ambiental. Y ése es el único rasgo realmente en común a todos los movimientos que surgen por todo lo ancho de Occidente: que son reaccionarios, frente un progreso sin sentido. 

En sí, "reaccionar" contra ese "progreso" no es mala idea, viendo lo que se está entendiendo como "progreso". Lo malo es lo que se está colando en el pack, sin realmente tener ninguna justificación para ello: xenofobia, homofobia, antifeminismo, neoconservadurisimo... Nada de eso tiene que ver propiamente con la reacción necesaria al progreso (lo que debería ser la Conservación, en el sentido positivo del término: conservar aquello que es bueno y útil). Pero la percepción popular sí que engloba esos conceptos negativos con "lo que había antes", en épocas más atrasadas en las que el "progreso" no había aún arrasado todo. Y la gente compra la idea: si el lugar al que hemos avanzado es malo, el lugar de donde venimos tiene que ser forzosamente mejor. De manera intuitiva se comprende por dónde se debe tirar, aunque no tanto qué es exactamente lo que se busca.

En estos tiempos en los que está cuajando la nueva dicotomía "delante-detrás", "Progreso vs Conservación", ni desde la izquierda ni desde la derecha son capaces aún de reaccionar, incapaces como son de salirse del paradigma neoliberal. Lo que se está intentando es, a lo sumo, es negociar. Negociar una salida, algún pequeño cambio que permita prolongar el esquema habitual de las cosas sin cambiar nada de verdad. Están tan convencidos del mito del progreso que no se dan cuenta de que quizá no hay nada que negociar, que lo más probable es que no haya ninguna mejora real que se pueda hacer manteniendo el programa del progreso. Se negocia cuando desde el Gobierno de España se propone subir el salario mínimo a 900 euros al mes, y en seguida el Fondo Monetario Internacional le envía una advertencia. Pero, ¿realmente España no se puede permitir pagar un salario mínimo que apenas da para sobrevivir en una gran ciudad? Y si es así, ¿qué sentido tiene seguir adelante con este sistema? Se negocia también cuando se anuncia la próxima llegada de los coches eléctricos, a pesar de que se sabe de sobra que por sus limitaciones nunca serán una opción de masas; pero lo que sí que llegan y ya tenemos encima son nuevas medidas restrictivas para los coches de diésel, respuesta desde el Progreso al inevitable pico del diésel. Se negocia cuando se asegura que se pueden substituir sin problemas y en breve plazo las actuales fuentes de energía no renovables por sistemas de captación de energía renovable (con la idea de combatir el cambio climático, aunque por lo bajini se reconoce que también para adaptarse al declive de las fuentes no renovables), cuando las limitaciones de las energías renovables son tan evidentes que en Alemania la Energiewende ha sido un fracaso en términos de descarbonización de la economía alemana, y nadie quiere perder competitividad por introducir demasiada energía renovable en su mix. Se negocia, se negocia, se negocia, se negocia sin fin, pero al final no hay una mejora real, solo hay progreso. Esa negociación infructuosa, esos parches inútiles a un sistema que hace aguas, solo sirven para alimentar una frustración continua, y para convencer aún más a la ciudadanía de que la senda a seguir es la de la Reacción.

Aquéllos que creen que el Progreso aún es algo útil, que no está pasando nada, harían mejor en comprobar sus hipótesis y dejar de encandilarse con unas cifras macro que solo sirven al Capital, pero no a la Ciudadanía. Por su parte, la Ciudadanía sabe perfectamente lo que está viviendo y sabe por qué opta por lo más parecido que hay a la Conservación, que ahora mismo es la Reacción. Quienes no entienden lo que está pasando son la derecha y la izquierda. Y disfrazan su incomprensión de la realidad con grandes dosis de paternalismo mediocre con el que atizan a esa Ciudadanía a la que consideran desinformada y desorientada.

¿Es el retroceso en los valores fundamentales y democráticos la única respuesta posible al Progreso? ¿Es inevitable que la Reacción conlleve caer en un pozo del que nos costó tantos siglos salir? No, no lo es. Pero lo será si el discurso que se articula a nivel político continua centrado en el viejo eje derecha-izquierda, sin entender que el objetivo a alcanzar se encuentra en otra dirección.


Para la derecha, la Reacción le deja la opción de volver a conceptos de hace dos siglos, el de la vieja derecha de después del Antiguo Régimen que se unificó con la izquierda de entonces, recuperando los aires de los viejos tiempos, cuando las cosas se hacían "como Dios manda". Y es por eso que para la derecha es más fácil integrarse en el discurso de la Reacción. Por su lado, el mero retroceso en el tiempo desbanca a la izquierda, pues como hemos explicado al principio de este ensayo en los primeros tiempos no había una izquierda como se entiende ahora, basada en el movimiento obrero. Por ese motivo no puede haber una izquierda reaccionaria, ya que cualquier ideal de izquierda moderna ha de chocar forzosamente con la idea de izquierda que se tenía hace dos siglos. Por tanto, para la izquierda no cabe el retroceso, ha de buscar y construir algo nuevo; ahí radica la dificultad que está encontrando, el reto que tiene que superar. 

Pero en realidad, la construcción de un nuevo discurso, que supere el eje derecha-izquierda y que se oponga a lo negativo del Progreso, es un reto para todos. Hay que sentar las bases de un Conservacionismo que responda a los problemas reales de la sociedad. Es preciso, aquí y ahora, construir, desde una base social amplia, un discurso alternativo. Sin miedo y sin complejos. Radicalmente democrático e irrenunciablemente decrecentista (y, aunque a mucha gente le sorprenda, debe por supuesto ser ecologista y feminista). Y se debe tener, por fin desde las instituciones, el valor de llamarle a las cosas por su nombre y proponer los cambios que se tienen que hacer. Aunque algunos piensen que no es atractivo y que con ello no se ganan votos. Hay mucho más en juego.

Salu2.
AMT

miércoles, 10 de octubre de 2018

Esperando el golpe

@ Kaija Straumanis: http://www.flickr.com/photos/23558082@N03/


Queridos lectores:

Si siguen Vds. la prensa económica convencional, habrán notado que en las últimas semanas se ha estado hablando cada vez más de la próxima crisis económica, anunciándonos que cada vez está más cerca, aunque con una notable disparidad de opiniones acerca del momento concreto en el que cada analista cree que tendrá lugar. No les pondré referencias a publicaciones españolas porque mi política es no enlazar a la prensa española (por razones en su momento comentadas), pero seguro que no les costará nada encontrar tales referencias. 

En los análisis más simples, la evocación de una nueva recesión viene motivada por la efemérides de la Gran Recesión de 2008: simplemente, como pasó en el pasado, debería volver a pasar en el futuro. "Y ahora no me digan que no se les avisó", vendría a ser su divisa. Son razonamientos por analogía, sin mucho fundamento teórico, que buscan más bien dar una coartada a los analistas económicos que las escriben delante de la más que posible acusación de que no tienen ni idea de cómo funciona el sistema económico. Este tipo de artículos son recurrentes en la prensa, y salen por tandas varias veces al año: al fin y al cabo, lo más seguro es "denunciar" que hay una crisis esperándonos en algún punto del horizonte porque, más pronto o más tarde, tal crisis efectivamente va a llegar, y por tanto ésta es una predicción sin riesgo. Se puede considerar a este tipo de artículos como el "ruido de fondo": ese rumor que siempre está ahí, que tiene algún fundamento pero que en todo caso no permite anticipar absolutamente nada precisamente porque siempre está ahí y es siempre igual.

En los últimos meses, sin embargo, han aparecido otros artículos, en los que se realizan análisis más profundos y que realmente sí que aportan una señal diferente a la del ruido del fondo. Por ejemplo, éste sobre el análisis que hace JP Morgan, quien ve aparecer una grave crisis hacia 2020 de acuerdo con sus modelos numéricos. Otros analistas, sin necesidad de tanta sofisticación matemática, son capaces de ver venir la crisis debido a las múltiples debilidades financieras estructurales. Este tipo de noticias se diferencian de las anteriores en que hace tiempo ya que ubican la crisis en un marco temporal bien definido, el año 2020 - dato que coincide con alguna estimación que más de una vez ha dado Juan Carlos Barba - y lo hacen sobre la base de indicadores que van revisando a medida que pasa el tiempo y que consistentemente apuntan hacia la misma fecha. A pesar de que estos estudios tienen un contenido y significatividad muy superior a los que forman el ruido de fondo, resultan difíciles de percibir precisamente por la presencia de este último, y así la opinión pública suele ser escasamente consciente de su existencia. Peor aún, hay personas que son conscientes que la situación actual deberá acabar de manera abrupta y en la búsqueda de información no es capaz de distinguir la señal del ruido - entre otras cosas, porque los medios de comunicación no lo hacen nada fácil -  y pueden llevarse una falsa impresión de que la próxima crisis se anuncia continuamente pero nunca llega, cuando en realidad los indicadores más fiables siempre han apuntado a la misma fecha. Lo que lleva al riesgo de que acabe pasando como Pedro y el lobo.

Tanto el ruido de fondo como las verdaderas señales de la nueva crisis forman lo que podríamos denominar el paisaje estándar en lo que a este tema (la futura crisis económica) se refiere. Es lo que uno se espera encontrar en el canal informativo en cualquier momento, y que en el fondo es lo que siempre se ha encontrado allí. Hay, sin embargo, otro tipo de señal mucho menos recurrente, que lleva cogiendo fuerza en los últimos años y que se ha intensificado ligeramente durante este último año. Son los estudios, mucho más detallados y profundos, que apuntan a que el modelo capitalista, tal y como lo entendemos hoy en día, tiene los días contados. No se trata de una crisis que haya de sobrevenir este año o el que viene, o en este lustro. No se trata de un nuevo final de ciclo, más o menos traumático pero que vendrá seguido de un nuevo momento alcista. No, esos otros estudios nos informan de que estamos llegando al final de un trayecto que comenzó hace dos siglos y que ya no va a poder continuar más. Hace poco fue un informe encargado por Naciones Unidas a un grupo de científicos, que llegaron a una conclusión que hemos repetido aquí a menudo: el capitalismo ya no es viable, y cuanto más tiempo se intente mantener, peor. Este nuevo informe, este nuevo estudio, llega después de otros, también bastante recientes, también bastante impactantes. Fue la introducción de nuevos modelos numéricos que indican que un colapso puede sobrevenirnos, si mantenemos el rumbo actual. Fue la renovada advertencia de los científicos a la Humanidad, 25 años después de la primera. Son los abundantes signos de la degradación ambiental por doquiera. Son, en suma, los signos de un cambio de época. Es el fin del crecimiento. Y todas esas noticias, que los medios generalistas tratan de hacer pasar con la mayor sordina posible, es ese canto, antes rumor y mañana posiblemente fragor, que va creciendo, como una música ominosa para los estamentos económicos: "Se acaba el crecimiento, es el fin del crecimiento". Los líderes políticos y los grandes poderes económicos se niegan a aceptarlo, pero es una verdad que poco a poco se va imponiendo: se acaba el crecimiento. Por buscar ejemplos cercanos, dos tercios de los ciudadanos españoles aceptarían que se abandonase la búsqueda del crecimiento económico como un objetivo de la sociedad, y la cuestión del decrecimiento ha llegado a ser debatida en el Parlament del Catalunya (aunque ahora estemos entretenidos con otras cosas). Inclusive, hace pocos días tuvo lugar en el Parlamento Europeo una conferencia sobre "Post-crecimiento", en la que participaron destacados pensadores del decrecentismo y algunos comisarios europeos; todo un hito, a pesar de que se ha tenido que usar el eufemismo "post-crecimiento" para no asustar las delicadas sensibilidades de los políticos en la sala. Es también en esa clave de senescencia de la idea de crecimiento, de decadencia de nuestras élites, que debe ser interpretada la reciente concesión del Premio Nobel de Economía a William Nordhaus y Paul Romer, por sus contribuciones a, justamente, compatibilizar crecimiento con innovación y cambio climático. Máxime cuando especialmente Nordhaus ha minimizado el problema del cambio climático en más de una ocasión, y como siempre como algo supeditado al crecimiento económico; en su caso lo que es de destacar es que, a pesar de ser tan talibán del crecimiento haya reconocido que hay que reaccionar al cambio climático (aunque sea temperadamente).

Hay, finalmente, un cuarto tipo de noticia que nos habla de la inminente crisis pero que pasa desapercibida porque, fundamentalmente, se trata de lo que lo que se denomina un no-hecho. Es algo que, aunque pasa, se pretende que no está pasando. Hablamos, por supuesto, del tema central que se trata en este blog, de la crisis energética. A pesar de que se van acumulando los indicios de que vamos a estrellarnos muy pronto contra el muro de la dura realidad geológica, cada vez que se produce una noticia relacionada se le da una interpretación sesgada hasta el absurdo o simplemente se silencia. Como a esta información es más difícil de acceder que a las de los otros tipos, déjenme que les comente con algo más de detalle algunas noticias actuales sobre el tema.

Como hemos comentado varias veces, en este momento se está produciendo una brutal desinversión en el sector de la explotación del petróleo y resto de hidrocarburos líquidos. Este fenómeno lleva varios años de recorrido (lo comentamos en este blog a principios de 2016), pero recientemente la cosa ha tomado ya tintes dramáticos: en este momento, Norteamérica invierte más que el resto del mundo en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos.
Que una región que produce menos del 20% de todo el petróleo mundial invierta más del 50% del gasto global en exploración y desarrollo ha sido posibilitado por dos factores. Por un lado, porque después de una pequeña contracción en 2015 y 2016, el gasto en nueva exploración y explotación se ha disparado en los EE.UU., gracias fundamentalmente al fracking. Por el otro lado, en el resto del mundo la inversión cae consistentemente debido al hecho de que se acepta que no quedan ya nuevos yacimientos que merezca la pena explotar. Como ahora explicaré, ambos factores son terriblemente negativos.

Con respecto al primero, el auge del fracking no es, en absoluto, una buena noticia, y no hablo aquí en términos medioambientales (para los que también es negativo) sino financieros.. No es ninguna novedad decir que el fracking es un negocio ruinoso: yo ya lo explicaba en este blog allá por el 2013. Las compañías que se dedican al fracking no solo no consiguen beneficios, sino que acumulan cuantiosas pérdidas que financian con más endeudamiento.

Imagen cortesía de SRSrocco report, https://srsroccoreport.com/

Se trata, obviamente, de un burbuja especulativa que en cualquier momento puede explotar, pero también es algo más que una burbuja. Si no fuera por el fracking, la producción de todos los líquidos del petróleo del mundo estaría ya estancada o incluso en declive. Así que lo que EE.UU. ha hecho es subsidiar al resto del mundo el mantenimiento de nuestro estilo de vida pródigo en gasto energético. ¿Y hasta cuándo durará esta burbuja? Durante el año 2016 se observó un descenso de la producción de petróleo de fracking en los EE.UU., signo de que los productores tiraban la toalla y no querían perder más dinero. Sin embargo, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la implantación de numerosas medidas fiscales favorecedoras, la producción repuntó durante 2017 y lo que llevamos de 2018. Sin embargo, si miramos la evolución reciente de las gráficas de producción de las principales cuencas del fracking estadounidense (ver el último Drill Productivity Report del Departamento de Energía de los EE.UU.) observamos una tendencia al estancamiento en todas ellas, incluso en Permian. Durante el último mes, la producción aún ha crecido un poco, pero cada vez lo hace a menor ritmo.




Las gráficas también muestran de manera aproximada las tres fases que ha experimentado la burbuja del fracking

La primera fase fue entre 2009 y 2011, y se podría denominar la fase de tentativa. Básicamente, se tenía que intentar ver si el recurso era rentable, porque era ya la última posibilidad factible. Esta fase se caracteriza por un ascenso suave de la producción. Al final de esta fase se ve que no hay manera de hacer rentable el fracking a gran escala, pues ni siquiera con precios por encima de los 100$/barril sale rentable salvo en unas pocas localizaciones más productivas y en todo caso poco duraderas.

La segunda fase, de 2011 a 2016, es la fase de burbuja especulativa. Al principio de esta fase el precio del petróleo sube por encima de los 100$ y los grandes brokers de Wall Street consiguen convencer a muchos inversores que a esos precios todo el fracking es rentable, cuando en realidad solo lo es en determinados y escaso sitios. Esta fase se caracterizar por el fácil acceso al crédito, crecimiento exponencial de la producción y del endeudamiento de las compañías. Hacia 2014 se constata (como ya comentamos en "La ilógica financiera") que ni a 100$/barril el fracking era rentable y que las compañías petroleras de todo el mundo (no solo las dedicadas al fracking: todas) estaban perdiendo mucho dinero porque los yacimientos que quedan por explotar no son rentables a precios que la sociedad se pueda permitir. Aquí comienza una fase de contracción de la inversión global en exploración y desarrollo de nuevas explotaciones de hidrocarburos (46% menos a escala global entre 2015 y 2017), que también se da en EE.UU.: la producción de fracking cae un 10% y todo apunta a que esta burbuja se está desinflando.

La tercera fase, que comienza en 2017 y dura hasta ahora, se podría denominar la fase política o de ultima ratio. No hay duda de que el fracking no es rentable ni de que no lo será jamás, pero no se puede permitir que la producción de petróleo mundial comience ya su declive terminal, así que por razones políticas se re-impulsa la burbuja del fracking. Esta tercera fase está probablemente llegando al final debido al hecho de que los yacimientos de fracking no duran mucho tiempo y que cada vez cuesta más compensar la caída de los yacimientos actualmente en producción, como muestran las siguientes gráficas sobre la evolución de la producción de pozos preexistentes en las mismas tres cuencas indicadas arriba.




Se da la circunstancia de que el declive de los pozos en Permian es más acelerado que en las otras cuencas, como es bien conocido en el sector. Esto va a provocar que la caída del fracking será más acelerada de lo que muchos prevén, ya que Permian es y ha sido la más productiva de las cuencas asociadas a este tipo de explotación.

El final de la tercera fase del fracking va a ser doblemente negativo. Por un lado, por el descenso de la producción de petróleo, lo que va a implicar una grave crisis económica por el nuevo giro en la espiral del declive energético. Y por el otro, por la crisis financiera que va a desencadenar directamente: los inversores que han apostado fuerte al fracking están esperando a que un repunte de precios haga rentables sus inversiones y recuperen las pérdidas acumuladas, pero cuando se vea que la producción declina irremisiblemente comprenderán que no hay la más mínima esperanza de que recuperen su dinero y se desatará el pánico financiero.

Habrá más de un experto despistado que piense que la solución podría venir de fuera de los EE.UU., en esos inmensos campos de petróleo que algunos dicen que aún están por explotar. Sería mejor que se lo piensen dos veces, porque las señales que llegan del sector muestran claramente lo contrario. Circunscribiéndonos al caso de España, son bastante significativas las recientes declaraciones de Antonio Brufau, presidente de la petrolera REPSOL, en las cuales reconoce que no resulta rentable invertir en nuevas explotaciones porque cuesta mucho recuperar la inversión. De hecho, anuncia que REPSOL va a ir abandonando el negocio del petróleo, lo cual va en la línea de su reciente adquisición de centrales hidroeléctricas y su nuevo negocio como operadora eléctrica (en la misma línea que Gas Natural, ahora reconvertido en Naturgy). Según Brufau, lo que pasa es que la demanda de petróleo va a caer en los próximos años gracias a la irrupción del coche eléctrico. Lo cual es absurdo, porque ahora mismo no se ve tal irrupción y de hecho lo que sí que hay es un repunte en la demanda de petróleo que está empujando los precios hacia arriba. Aparte está el hecho de que un tipo bien informado como Brufau debe saber perfectamente que el coche eléctrico no es una opción viable a gran escala. En todo caso, la mención al fetiche del momento, el coche eléctrico, le sirve para justificar su proceso de desinversión y evitar, por el momento, el pánico financiero mientras va anunciando qué van a hacer los próximos años.

No solo es España: ayer mismo el economista jefe de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, alertaba que el precio del petróleo está entrando en la zona de peligro, y que el problema viene, precisamente, de la falta de inversión en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos a escala global. En un desesperado intento por revertir la situación, Birol llama a la OPEP a "abrir los grifos" para bajar el precio del petróleo, y les avisa de que si permiten que el precio escale a la larga les perjudicará también a ellos, porque los altos precios del crudo desencadenarán una crisis económica, y la crisis hará bajar el consumo y por tanto los precios del crudo y al final la OPEP también recibirá lo suyo. En esencia, Birol parece que por fin ha descubierto la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda. Claro que si Birol hubiera leído las declaraciones de Brufau que enlazaba más arriba sabría que probablemente Arabia Saudita ya no tiene capacidad ociosa: la OPEP probablemente ya no puede abrir más los grifos porque los tienen abiertos del todo.


Por resumir, tanto el ruido de fondo, como las noticias más analíticas, como los estudios más detallados sobre el capitalismo y como el análisis de la situación actual de la crisis energética nos indican que hemos llegado a las puertas de la siguiente crisis. Para unos, esto solo es un final y el comienzo de una nueva fase similar, después de los reajustes necesarios. Para otros, los procesos que se van a desencadenar van a cambiar nuestro mundo de manera profunda y definitiva. En lo que todos coinciden es en lo que estamos haciendo para prepararnos: nada. Así que, ahora mismo, estamos ahí quietos, plantados, esperando a que nos llegue el siguiente golpe.



Salu2.
AMT

viernes, 21 de septiembre de 2018

Distopía X: buenas vibraciones




Bajaba por las escaleras y ya casi estaba en la calle. Con prisa, como siempre. Tenía que buscar un taxi, para ir al aeropuerto o a la estación, ya no me acuerdo; sé que me iba, una vez más, de viaje de trabajo. Acababa de salir de mi casa y allí mismo, en el portal, me estaban esperando. No, no es cierto: acababan justo de llegar, porque se estaban bajando del coche cuando yo aparecí.

En seguida vi a mi hermana Marcela. No lloraba, pero sin duda había estado llorando hasta hacía quizá unos segundos. Al verme, vino corriendo hacia mi y me abrazó. Yo estaba perplejo: no esperaba verla allí, porque ella vivía muy lejos; pero al ver a otros miembros de mi familia comprendí al instante que ellos la habían traído y que debía ser un asunto importante.

Abracé a mi hermana y le di un beso en la cabeza, casi en la coronilla. Los años habían pasado para ella, igual que para mi, pero seguía teniendo un cabello muy bonito. Mi hermana pequeña, mi pobre hermanita.

Tuve que contener el llanto. No había sido un buen hermano con ella. No quiero decir cuando éramos pequeños: cuando éramos niños y vivíamos juntos y felices, ella lo era todo para mi y yo lo era todo para ella. Pero todo era más fácil cuando éramos niños. Habíamos crecido, yo tenía un trabajo importante, obligaciones, una familia... Y ella también. Bueno, tenía.

La abracé con fuerza. Cuando su familia murió, de aquella manera tan terrible, yo la llamé en seguida. Le dije palabras de consuelo y aliento que me sonaron a huecas y manidas - ¿por qué no era capaz de decir cosas que no sonaran a sandeces mil veces repetidas? -, y escuché su llanto con el corazón encogido. El día del funeral tenía una reunión muy importante en la otra punta de Europa - un contrato con muchos ceros - pero lo cancelé todo y allí estuve. Mi mano sobre su hombro, mis hombros como su pañuelo. Todos iban de negro, todo era negro y oscuro en aquel día que tuvo el poco decoro de ser resplandeciente. El contraste hacía parecer que vivíamos en blanco y negro, y así siempre ha sido mi ánimo recordando cosas tristes, en blanco y negro. Mientras descendían los ataúdes yo me acordaba de su marido - un hombre admirable y cariñoso-, de sus preciosos hijos - mis sobrinos- . Dolía recordar. Miré a mi mujer y a mis hijos y me di cuenta, no por primera vez pero quizá sí con mayor intensidad que nunca, de lo dichoso que yo era.

Después, no sé explicarlo. A nadie le gusta mirar al fondo de un pozo oscuro. Yo quería a Marcela y le llamaba a menudo, me forzaba a llamarla porque sentía que se lo debía. Quizá se me notaba demasiado que lo hacía forzado, pero de verdad quería ayudarla. Me había puesto un recordatorio en la agenda del móvil y, estuviera donde estuviera, cada viernes a la misma hora la llamaba. Como el que hace un servicio de guardia. Casi mecánicamente.

Ella se desasió suavemente de mis brazos y de mi sentimiento de culpabilidad. Marcela sabía mucho de culpabilidad. ¿Cuántas veces se habría culpado de no haber estado allí? No podía reprocharse haber sobrevivido al accidente donde los demás perecieron porque ni siquiera estaba allí en ese momento, y eso, en vez de hacerle sentir menos culpable, le hacía sentírselo más. Porque hubiera querido tener la oportunidad de morir con sus seres queridos, aunque al final la (mala) suerte le hubiera hecho sobrevivir. Pero es que ni siquiera tuvo la opción de morir con ellos cuando tocó. Llevaba un año así, mi hermana, y aún seguía muerta en vida, recibiendo mis vacías llamadas cada semana, sin que estuviera claro quién consolaba a quién de la ausencia de felicidad.

Marcela me miró a los ojos y me dijo:

- Ya no puedo soportarlo más. Voy a vibrar.

Yo la miré con estupor, no entendiendo - o no queriendo entender - qué me decía. Alcé los ojos y mi mujer me devolvió una mirada significativa. Volví a mirar a mi hermana, a los ojos, después de habérselos rehuido durante un año.

- Ellos dicen - y ladeó ligeramente la cara mientras que con un leve movimiento del hombro designaba a nuestros familiares detrás de ella - que debería primero hablar contigo. Que tú entiendes mucho más de estas cosas, y que siempre das consejos sensatos, - de repente, sentí su penetrante mirada apabullando a la mía - y hace mucho que no me das uno. Así que por eso he venido.

Hay momentos en la vida de una persona en los que ésta ha de saber exactamente lo que debe hacer. Son cosas que pasan rápido, en los que no hay mucho tiempo para decidirse, pero en los que lo que se decida será crucial. Por eso es tan importante saber reconocer esos momentos cuando llegan. Y no son muchos: quizá tres o cuatro en toda una vida, pero son de los que la definen enteramente. Yo en aquel momento no supe que mi hermana me necesitaba - porque ya lo sabía, desde hacía un año -, sino que esa vez tenía que ayudarle de verdad. Que tenía que comprometerme. Lo comprendí en un segundo, lo acepté en otro. Algo cambió dentro de mi y ella sin duda lo vio en mis ojos.

- Te quedarás con nosotros, Marcela. - y recalcándolo con la pausa -  Todo el tiempo que haga falta. Yo me tengo que ir de viaje ahora, por dos días, pero buscaré información y haré un par de llamadas. No hagas nada por el momento. Por favor.

Mi petición debió sonarle a mi hermana como una súplica, pero también como algo que ella estaba necesitando oír. Asintió, sacudiendo rápidamente la cabeza varias veces. Yo le di un beso en la frente y volviéndome a mi mujer le pedí que no le quitara el ojo de encima. Después, con un gesto rápido pedí un taxi y me fui de allí.

Vibrar. Había oído hablar de "vibrar", pero siempre como algo lejano, algo que hacen los otros, y siempre referido a gente marginal. Recordaba haber leído un texto en un semanario, titulado algo así como "¿Tiempos vibrantes?". Todo tenía que ver con un medicamento para combatir la depresión o algo así, que se llamaba Vibr. De ahí lo de "vibrar", "tomar Vibr". El tipo de simplificación lingüística que tanto gusta a la gente común.

Ya en el taxi busqué información y me descargué documentación relevante de bases de datos de referencia - porque, efectivamente, si algo se me daba bien era cribar, buscar y relacionar información - y me pasé la mitad del viaje del avión revisando los documentos del contrato que iba a firmar y la otra mitad estudiando el Vibr. Antidepresivo, ansiolítico, de la familia de las anfetaminas. Efecto neurotóxico, degeneración neuronal contrastada incluso a dosis moderadas si se produce una larga exposición, alta adictividad, síndrome de abstinencia que requiere tratamiento de choque para evitar los efectos más adversos - incluyendo paradas cardíacas... Vamos, que estaba claro que se trataba de una mierda de cuidado. Pero lo más sorprendente es que había sido aprobado como medicamento para uso en humanos (con seguimiento por especialista, eso sí). Muy recomendado para duelos patológicos - como seguro habían catalogado a mi hermana gente mucho más patológica que ella, gente incapaz de saber lo que es el amor y su pérdida.

Que el Vibr (nombre comercial del medicamento, cuyo principio activo tenía un nombre acabado en "mina" tan largo que podría rellenar él solo un crucigrama) fuese un medicamento era todavía más sorprendente después de leer los pocos ensayos clínicos que se habían hecho con él, todos ellos en terapias compasivas. El alarmante número de muertes prematuras con respecto al control se habían atribuido al mal estado basal de los pacientes (¿y para qué coño tenían entonces el grupo de control, si no era para ajustar ese parámetro?). No hacía falta ser un gran experto en salud pública - yo no lo soy - para saber que a la luz de esos estudios el Vibr no debía haber sido aprobado como medicamento. Pero había sido aprobado, unos seis meses atrás, por vaya Vd. a saber que oscuros intereses económicos.

Después de contrastar la evidencia científica, me entretuve a leer algunos reportajes en prensa generalista. Lo que leía parecía realmente un relato de ciencia ficción, con ciertos puntos comunes en todos los artículos (seguramente, el fabricante había marcado ciertas pautas de guión cuando "contrató" esos "publirreportajes"). El Vibr era el nuevo medicamento milagroso contra la depresión. Los testimonios de los pacientes atestiguaban como todas sus preocupaciones y angustias habían desaparecido, y cómo volvían a ser miembros productivos y perfectamente integrados en la sociedad. Pura basura, pensé.

No tuve mucho más tiempo para pensar en el Vibr desde que aterricé, pero aquella noche, al llegar al hotel, llamé a un viejo amigo, un compañero de la escuela con el que había compartido décadas de singladura en la vida, y que en aquel entonces era un alto cargo del Ministerio de Sanidad.

Tras los saludos cordiales y las bromas de rigor, le solté a bocajarro, con la familiaridad que daba los años que hacía que nos conocíamos y nos apreciábamos:

- Manuel, ¿qué me puedes contar del Vibr?

Él calló dos segundos, y me respondió, con tono apresurado:

- ¿No estarás pensando en tomar esa mierda?

No podía verle la cara, pero intuí que se estaba arrepintiendo de su precipitación. Alguien que aspira a ser Secretario de Estado algún día no puede decir palabras como "mierda", y menos referidas al producto estrella de un pagador de campañas electorales.

- No, tranqui, Manuel. Se trata de un allegado. Lo estaba considerando y me ha consultado. No sabía nada de ese... medicamento, pero con lo que llevo leído me hago una idea clara. Gracias por tu tiempo, me has ayudado mucho.

Manuel no dijo nada más, pero por la confianza que había entre nosotros no hacía falta decir nada más. Yo ya sabía lo que necesitaba saber, y él sabía que yo nunca le pondría en evidencia. Así funciona la amistad.

Acto seguido llamé a mi mujer. Le resumí la situación:

- María, el Vibr es una sustancia peligrosísima, muy adictiva y de seguro mortal en como mucho unos pocos años si se toma con regularidad. No quita la depresión, te convierte en un zombi. Bajo ningún concepto permitas a Marcela que la tome.

María asintió.

- Creo que lo mejor es que se quede con nosotros, por una temporada - proseguí.

- Por todo el tiempo que necesite - me dijo María - Como si quiere quedarse a vivir con nosotros. Los niños la adoran, y es una persona dulce y buena, yo también quiero que se quede.

- Te quiero, María.

- Lo sé - me dijo, y yo me imaginé la sonrisa pícara que siempre ponía al decirme eso.

Al cabo de dos días volví a casa, y todo volvió a aquella cosa que llamamos normalidad pero que no lo es, sino más bien el frenopático frenesí de nuestra vida habitual. Marcela se fue integrando en nuestra rutina diaria y yo agradecí muchas veces que estuviera allí, sobre todo los días que María o yo faltábamos.

Pasaron los años. El Vibr pasó de ser un medicamento marginal a ser la gran estrella. Se empezaba a usar no solo para tratar la depresión, sino la ansiedad y los trastornos de conducta, e incluso los déficits de atención en niños. Yo me llevaba las manos a la cabeza, pero como en muchos otros temas, al igual que la mayoría, miraba a otro lado y continuaba con mi quehacer. Al fin y al cabo, no era una cosa que me afectase a mi personalmente.

Hubo un momento en el que la verdad del Vibr quedó completamente expuesta. Quien comenzaba a tomar Vibr ya no lo podía dejar, había muy pocos casos de personas que intentaran desintoxicarse, de éstos había menos que sobrevivieran al "mono" y los que lo conseguían quedaban con secuelas terribles de por vida. Muchos de ellos acababan recayendo. Además, las estadísticas mostraban que desde que se comenzaba a tomar Vibr hasta que sobrevenía la muerte solían pasar unos 5 años. De hecho, nadie llegaba a los 6, aunque había bastante gente que moría bastante antes, sobre todo, justamente, la gente más deprimida. Los periódicos se llenaron de reportajes denunciando la situación de los "vibrantes" (así se llamaba a los consumidores de Vibr, siguiendo con la misma bromita), sobre todo cuando eran terminales. Ya no era tan raro encontrarse algún vibrante por la calle. Los podías reconocer por su porte. De alguna manera, parecía como si alguien tirase de sus hilos: eran demasiado complacientes, demasiado tranquilos, demasiado moderados. Nunca nada les molestaba, eran amables hasta la náusea. Así eran todos, aunque los vibrantes "terminales" eran más lentos, menos reactivos. Su amabilidad se iba trocando progresivamente en indiferencia. En una ocasión yo mismo me había encontrado un joven muy delgado, demacrado y sucio, sentado inmóvil en un banco, con la mirada perdida y toda la pose típica de un vibrante: era un terminal. Deduje que ya no se tomaba la molestia ni de comer. Ni siquiera de buscar un lugar adecuado para hacer sus necesidades. Duró un par de días, llegué a ver el momento en el que se lo llevaron en una ambulancia.

Pensé que al quedar expuesto el horror del Vibr habría una reacción popular y que se exigiría su prohibición primero en la calle y luego en el Parlamento. Pero no fue así. De repente, todos los medios de comunicación comenzaron a publicar estudios (quizá sería más apropiado decir "el estudio", porque en realidad todos eran el mismo, mil veces repetido), en el que se "demostraba" que aunque era cierto que el Vibr te mataba "generalmente en 5 años" las personas que tomaban Vibr hubieran "en media muerto antes de 5 años si no hubieran tomado el Vibr". Así pues, la idea central de estudio es que se trataba de personas igualmente condenadas, a las que el Vibr les concedía una mejor calidad de vida y que además durante ese "período de gracia" que les concedía el Vibr "eran miembros productivos y valiosos de nuestra sociedad", lo que ilustraban con gráficas sobre las mejoras de productividad y descenso de morbilidad (porque los vibrantes iban mucho menos al médico y mucho más al trabajo).

Yo estaba convencido de que, una vez expuesta la verdad y viendo la baja calidad de los argumentos a favor del Vibr, el destino del medicamento estaba sellado. Pero, para mi sorpresa, la sociedad entera se tragó el sapo, y el Vibr continuó siendo socialmente aceptable. Crecidos sin duda por el éxito de su campaña de márketing, los productores de Vibr consiguieron rizar aún más el rizo, y difundir la idea de que cuando el médico te recetaba Vibr es que sin duda ya estabas "en media" condenado y que por tanto tomar Vibr era la mejor opción, porque los pocos años que te quedaban de vida no serías una carga para tus seres queridos e incluso con tu esfuerzo y trabajo mejorarías la pensión que les dejarías. Y la sociedad volvió a tragarse el sapo. Yo me indigné delante de lo que pasaba. Pero no lo exterioricé de ninguna manera: fue una indignación interior. Después, como en muchos otros temas, al igual que la mayoría, miré para otro lado y continué con mi quehacer. Al fin y al cabo, no era una cosa que me afectase a mi personalmente.

Fue más o menos en aquel entonces que coincidí por primera vez con un vibrante en el avión, en uno de mis múltiples viajes. Se trataba de una mujer, de mediana edad. Ella notó que yo me había sobresaltado al darme cuenta de que era vibrante, y me hizo un razonado y ponderado análisis de por qué había tomado la decisión de hacerse vibrante. Al fin y al cabo, con la edad que tenía le quedaban pocos años en la empresa, y corría el riesgo de que la echaran antes. Al volverse vibrante, había demostrado su compromiso con la empresa, que a cambio le garantizaba el contrato por cinco años y una buena pensión. Sus hijos ya habrían acabado la Universidad "para cuando ella dejara de vibrar" (juro que lo dijo de esa manera; a mi se me revolvió el estómago) y con su aportación podrían comenzar una próspera y fructífera vida. Yo pensé en refutarle una a una todas las falacias lógicas de lo que había dicho, pero al mirarla a los ojos desistí. Era obvio que ya estaba condenada. Qué sentido tenía, por tanto, polemizar. Yo no soy de naturaleza morbosa, e intuía que si argüía con ella acabaría exaltándome y poniéndome en evidencia. Así que callé y miré, literalmente, hacia otro lado. A ella mi posición, moral e incluso física, le pareció natural y respetó todo el viaje mi muro de silencio. Salí de aquel avión con la cabeza como un bombo y con tortícolis.

Quizá mi memoria me falla o me reinventa la escena, pero yo juraría que lo siguiente pasó justo al volver de aquel viaje, quizá justo después de ese incómodo vuelo. Llegué a casa con ganas de pasar unos días tranquilo con la familia cuando Marcela se presentó delante de mi. A su lado estaba mi hija mayor, Clara. Yo no entendía nada de esa representación, hasta que Marcela abrió la mano y me enseñó una pastilla azul, que tenía unas letras grabadas: "VIBR". Nunca antes había visto una. La miré espantado, pensando que quizá había sucumbido por fin, pero la realidad era más horrible. "He encontrado esto en la mochila de Clara", anunció Marcela, y su voz se le quebraba de la angustia. Yo miré a mi hija con cara de pavor. Pero, no, Clara no era vibrante. Al menos no aún. No sabía cuántas pastillas hacían falta para volverse vibrante, aunque sí que sabía que te enganchaban desde la primera.

- Lo siento, papá - dijo Clara entre lágrimas - Pero, tranquilo, no la he probado. Me la ofrecieron unas chicas en el cole, y se pusieron tan pesadas con que la tenía que probar que al final la cogí para que se callaran. Pero no me he tomado ninguna, te lo juro.

La creía. Es verdad que quería creerla, pero de algún modo sabía que me decía la verdad. Era mi hija, al fin y al cabo.

- Clara - le dije, con la voz más calmada que pude articular - ¿tú sabes lo que hace ESO?

- Todo el mundo habla de ello, papá. Los chicos dicen que sirve para divertirse, para quitarte todos los malos rollos.

- ¿Y tú sabes que ESO mata?

- Sí, bueno, todo el mundo sabe que el Vibr te mata en cinco años si lo tomas a menudo, pero los chicos dicen que si tomas solo uno a la semana no te pasa nada malo y te lo pasas todo mucho mejor...

- Clara, una a la semana es exactamente la dosis que se administra a los vibrantes. Una a la semana, justamente. - no pude evitar recalcarlo.

Me quedé mirando a mi hija. Estaba furioso. Era evidente que el Vibr era una tentación para ella: una chica de 16 años, buena estudiante pero, como los de su generación, un poco perezosa, siempre quejándose de lo mucho que se le exige... La oferta de un paraíso artificial era demasiado tentadora, estaba claro.

No era culpa de ella. Era culpa mía. Por no haberle transmitido unas ideas claras sobre aquel veneno. Por no haber estado más tiempo en casa, ayudándole a levantar su carga, apoyándola, dándole ánimo. Mi hija había estado a punto de caer en la trampa, justo delante de mis narices. Miré a Marcela con los ojos en lágrimas  y como pude musité:

- Gracias. Eres lo mejor que le ha pasado a esta familia.

- Ésta también es mi familia.

Los tres nos abrazamos llorando.

Cancelé todas mis citas de aquella semana y me pedí los días. En menos de una semana cambié a mis hijos de colegio y de instituto. No fue difícil encontrar a dónde llevarlos: en sus páginas webs las nuevas (y caras) instituciones anunciaban: "Espacio libre de Vibr" y detallaban sus estrictos controles para evitar que sus alumnos cayeran en tal destructiva adicción. Yo ni imaginaba que hubiera colegios que hicieran tal tipo de publicidad. La sociedad había cambiado, adaptándose al Vibr.

Por supuesto, el nuevo colegio de Juan, mi hijo pequeño, y el instituto de Clara, la mayor, eran bastante más caros que el colegio público y el instituto público a los que iban antes. Afortunadamente, tanto yo como mi mujer éramos "profesionales de éxito", así que nos lo podíamos permitir, aunque a mi el tufo clasista que destilaba todo aquello me molestaba. Pero estaba claro que el Vibr corría a sus anchas en los centros públicos incluso en primaria. Leyendo informes confidenciales que me pasó Manuel (ya subsecretario de Estado) vi que hasta el 25% de los estudiantes de bachillerato eran vibrantes. Gente que ya ni optaba por ir a la Universidad, porque era malgastar el poco tiempo que les quedaba.

La reacción gubernamental a la cada vez más desatada epidemia del Vibr no fue exactamente como yo me la hubiera esperado. A la vista de que cada vez había más niños huérfanos, se amplió enormemente el Estado del Bienestar, de modo que la sanidad y la educación públicas eran totalmente gratuitos, y se establecían programas de acogida hasta la Universidad para los huérfanos del Vibr (afortunadamente, los hijos de adictos no desarrollaban ninguna adicción per se). La única condición que se pedía a los alumnos huérfanos era que demostraran su valía académica; si lo hacían así, podrían llegar a donde quisieran. Siempre me pregunté qué pasaba con los que no daban la talla. Además, a mi me sorprendía tanta generosidad del Estado, y no entendía de dónde salían los recursos para mantener el sistema en marcha. Años antes tal desarrollo del Estado del Bienestar se habría considerado excesivamente oneroso. ¿Qué había cambiado? 

Cada vez entendía menos el mundo, y cada vez me hastiaba más. En el avión, el número de vibrantes hacía tiempo que había superado al de no vibrantes. De hecho, los que no vibramos no soportábamos hablar con los vibrantes: era algo exasperante. Un vibrante parece hablar con lógica y razón, pero en sus argumentos se transluce siempre una falta de apego por las cosas. En el fondo, a un vibrante todo le da igual, con lo que realmente no tiene ninguna preferencia. Un vibrante no tiene ninguna visión de cómo debería ser la sociedad, se adapta a la que haya, y nada, por más aberrante que sea, le parece una injusticia social; para él o ella es un simple hecho que debe ser tenido en cuenta, pero nunca es algo que desee cambiar para mejorar porque un vibrante no desea nada.

Por eso, después de varias experiencias desagradables hablando con vibrantes, había comenzando a pagar más por los billetes premium "no vibrante". Éramos una casta aparte, una minoría amedrentada, refugiados en la parte delantera del avión para poder salir de él cuanto antes, precipitadamente incluso, delante de la masa informe que paciente y obedientemente esperaba detrás de nosotros para salir de manera ordenada, marcial.

Y entonces pasó. El Gobierno presentó un proyecto de Ley sobre el consumo obligatorio de sustancias reguladoras del comportamiento. Yo no me lo podía creer cuando lo leía en el diario. Me descargué el documento y dediqué el resto del día a leerlo, a analizarlo con cuidado. Después, llamé a Manuel.

- Sabía que me ibas a llamar - fue lo primero que me dijo - No podemos hablar por teléfono. Quedaremos en el Café Central a las siete. Sé puntual, a las ocho ya me habré marchado.

Algo en la voz de Manuel sonaba a despedida. Algo iba rematadamente mal.

Llegué al Café Central a las siete menos cuarto. Me senté en nuestra mesa, y me tomé pausadamente el café con leche que un solícito camarero me trajo en seguida. A las siete en punto Manuel entró en el café, pidió un coñac y se sentó directamente en mi mesa.

- ¿Qué está pasando, Manuel? - dije yo, sin más preámbulos.

- Más respeto, joven, que está Vd. hablando con el nuevo Ministro de Sanidad - me soltó él. No me dejó tiempo ni para asombrarme - Pago por los numerosos servicios prestados, supongo. También, porque ya no les queda nadie medianamente formado y que no vibre.

- ¿Has redactado tú la nueva ley? - dije, y mi voz quizá sonó un poco más alta de lo que debería.

Se sonrió amargamente.

- He luchado con todas mis fuerzas, durante años, para evitar que esa ley viera la luz. ¿Tan poco me conoces? Pero esto viene de arriba. De muy arriba. De bastante más arriba que el Presidente. Es algo global y concertado.

Yo callé, asimilando lo que me decía Manuel. Él aprovechó mi silencio para quitarse una enorme losa de encima.

- ¿Sabes todas las veces que me has preguntado de dónde salía el dinero para pagar el nuevo Estado del Bienestar? Pues del Vibr. No de la venta del Vibr, claro está: el Vibr no cuesta nada de fabricar, y se vende a un precio tirado. Pero el Vibr paga con creces. El Vibr ha disminuido enormemente las cargas sociales, y la productividad se ha disparado. ¿Sabías que parte del programa de ayudas al ciudadano lo pagan las propias empresas, para las que sale mucho más rentable el nuevo sistema que el anterior? No, claro que no lo sabes, porque lo guardamos en secreto. 

Manuel apuró su coñac, yo mi silencio.

- Mucha gente con escasa formación muere cuando aún es joven y altamente productiva en sus trabajos poco cualificados. No dan costes, solo beneficios. Y la mano de obra para esos menesteres no falta. Regulamos el flujo migratorio procedente de países mucho menos desarrollados con precisión quirúrgica. Los trabajadores menos cualificados son siempre jóvenes. ¿Has visto cómo vibra el Café Central?

Yo le miré extrañado, y de golpe lo vi. Todos los camareros. Jovencísimos, serviciales. Todos vibrantes. Un escalofrío me recorrió la espalda.

- Por supuesto, en las categorías superiores el reemplazo no es tan rápido - prosiguió Manuel - No nos sobra gente cualificada y preparada como tú - y alzó su copa como si brindase por mi. - Por eso se han dado muchos incentivos adecuados para evitar que la gente más valiosa cayese en el Vibr. 

- Pero, Manuel, ¿qué narices es esto? - fue todo lo que acerté a decir

- Lo sabes de sobra, pero no lo quieres aceptar - dijo Manuel, suavemente, con una sonrisa triste - Al final, más que ser un gran negocio para las farmacéuticas, el Vibr es y siempre ha sido un experimento de control social a gran escala, que resultaba muy idóneo para adaptarse a un mundo donde los recursos comienzan a escasear y el medio ambiente está muy desestabilizado. Gracias al Vibr, el consumo global está siguiendo una curva de suave descenso, un decrecimiento controlado y pilotado. Y todo el mundo participa de este descenso contento y colaborando. Es lo que tiene que ser.

- Pero, con la nueva propuesta ...

- Con la nueva Ley nos adaptamos a una fase de descenso más rápido - la mirada de Manuel se perdía en el fondo de su copa - Solo podrá permitirse no ser vibrante la gente excepcional. Como tú. Por eso te lo estoy contando: para que quede alguna memoria de esto. ¿Sabes? Este descenso no durará para siempre, y hará falta alguien que sepa pararlo, que accione los frenos cuando hayamos bajado ya lo suficiente y antes de estrellarnos.

- Es una locura...

- Locura o no, es cosa hecha - dijo Manuel, y de un trago apuró su copa -  La mitad del Congreso es vibrante. Sálvate tú. - y tras decir esto se levantó y se fue. 

Yo me quedé allí aún un par de minutos, estupefacto, asimilando la nueva realidad. Después recordé que estaba rodeado de vibrantes y me inundó una sensación de ahogo; me levanté de un salto y salí por la puerta. Llevaba andados ya unos metros cuando me di cuenta de que no había pagado. Tampoco Manuel. De manera instintiva saqué de mi cartera un billete, como una torpe excusa, como para parar la acusación de gorrón del camarero que había salido apresuradamente detrás de mi y cuya mano intuía que iba a posarse sobre mi hombro. Pero ningún camarero me seguía. Fue entonces cuando lo comprendí. A los vibrantes les da igual, no tienen ninguna preferencia. La sociedad se mantenía solo por costumbre, solo por apariencia. Los vibrantes ya estaban perdidos y no lucharían por nada.

Llamé a mi mujer, a Marcela y a mis hijos y quedé con todos ellos en casa. Tenía que hablar con ellos, esa misma noche. 
 
Marcela improvisó algo para picar y lo dispuso en la mesa a la que nos sentamos todos. Yo la presidía. Qué poco me ha gustado siempre tener que presidir nada. Pero en esa ocasión tenía que hacerlo. Y lo haría.

- Supongo que ya sabéis por qué os he llamado - dije.

- La nueva ley - dijo Clara.

- Con la que nos van a matar a todos - dijo Juan.

Su madre frunció levemente el ceño, reprendiéndole.

- Así es, para matarnos - dije yo, y María se me quedó mirando boquiabierta. Si yo, que siempre le quitaba hierro a las cosas, decía eso, es que la situación era grave.

- Con la nueva ley - proseguí - será obligatorio consumir Vibr "para mejorar la productividad" si no se consiguen cumplir ciertos objetivos, que dependerán fundamentalmente de la edad y del nivel de formación. Lo que cuenta, básicamente, es cuánto ganas. Así se va a valorar a las personas: por lo que ganen.

Miré a Marcela:

- Tú, Marcela, con tus clases y tus artesanías, no llegas al salario mínimo. A tu edad, que casi es la mía, se te obligará a tomar Vibr desde que entre en vigor la ley, pasado mañana.

Miré a mi mujer:

- Tú, María, eres una empleada cualificada. De momento no tendrás que tomar Vibr. Pero cuando cumplas los 55 años revisarán de nuevo tu expediente y tu salario tendría que prácticamente haberse duplicado con respecto a lo que es ahora, y estoy seguro de que eso no va a pasar. Así que no vas a llegar a jubilarte. Lo siento.

Miré a mis hijos:

- Vosotros vais a la Universidad, así que estáis exentos de tomar Vibr hasta los 30 años. Puede parecer mucho tiempo, pero no es tanto. A los 30 años tendréis que tener trabajo y vuestro salario deberá ser por lo menos 4 veces el salario mínimo. De acuerdo con las estadísticas, lo más probable es que uno de los dos no lo logréis. A los 35 años vuestro salario debería ser 6 veces el salario mínimo. Será muy difícil que el que sobreviva de los dos lo consiga, pero si trabaja como un animal quizá lo logre. A los 40 años, el salario del que aún quede debería ser 12 veces el salario mínimo. A tenor de las estadísticas, incluso teniendo en cuenta que pertenecéis al 10% más privilegiado de la sociedad, tenéis - el de vosotros que sobreviva - un 5% de posibilidades de lograrlo. Para llegar a los 45 años, un 1 por mil. Yo creo que podemos dar por seguro que no vais a conocer a vuestros nietos.

Todos me miraban desolados, encajando el golpe.

- En cuanto a mi - dije yo para acabar - soy demasiado importante para ellos, y aunque mi salario no es tan extraordinario han hecho un capítulo especial para gente como yo. Yo llegaré a jubilarme, a los 70 si el cuerpo me aguanta. Después, me dejarán dos años para que ordene mis cosas, y después podré elegir entre suicidarme o el Vibr. Valga la redundancia.

- ¿Qué vamos a hacer, papá? - dijo Clara, angustiada

Miré mi cara reflejada en el espejo del comedor. Tantos años de trabajo duro y mala vida me habían dejado una cara que era un cruce entre Papa Noel y George Clooney. Con más del primero que del segundo. Me reí, literalmente, de mi cara.

Me puse de pie. Me dolía un poco la espalda, sentí mis huesos cansados de tanto trajinar, de tanto viajar aquí y allá, de tantas reuniones. Tanto esfuerzo para llegar a este punto ¡Qué idiotez! ¡Qué inmensa insensatez, la de la raza humana!

Un segundo para pensarlo, otro para decidirlo. Saqué de mi bolsillo el billete del Café Central, y lo dejé con un fuerte manotazo sobre la mesa.

- Ahora, Clara, - dije, con voz potente - ahora iremos a la guerra.

Antonio Turiel
Septiembre de 2018