viernes, 21 de septiembre de 2018

Distopía X: buenas vibraciones




Bajaba por las escaleras y ya casi estaba en la calle. Con prisa, como siempre. Tenía que buscar un taxi, para ir al aeropuerto o a la estación, ya no me acuerdo; sé que me iba, una vez más, de viaje de trabajo. Acababa de salir de mi casa y allí mismo, en el portal, me estaban esperando. No, no es cierto: acababan justo de llegar, porque se estaban bajando del coche cuando yo aparecí.

En seguida vi a mi hermana Marcela. No lloraba, pero sin duda había estado llorando hasta hacía quizá unos segundos. Al verme, vino corriendo hacia mi y me abrazó. Yo estaba perplejo: no esperaba verla allí, porque ella vivía muy lejos; pero al ver a otros miembros de mi familia comprendí al instante que ellos la habían traído y que debía ser un asunto importante.

Abracé a mi hermana y le di un beso en la cabeza, casi en la coronilla. Los años habían pasado para ella, igual que para mi, pero seguía teniendo un cabello muy bonito. Mi hermana pequeña, mi pobre hermanita.

Tuve que contener el llanto. No había sido un buen hermano con ella. No quiero decir cuando éramos pequeños: cuando éramos niños y vivíamos juntos y felices, ella lo era todo para mi y yo lo era todo para ella. Pero todo era más fácil cuando éramos niños. Habíamos crecido, yo tenía un trabajo importante, obligaciones, una familia... Y ella también. Bueno, tenía.

La abracé con fuerza. Cuando su familia murió, de aquella manera tan terrible, yo la llamé en seguida. Le dije palabras de consuelo y aliento que me sonaron a huecas y manidas - ¿por qué no era capaz de decir cosas que no sonaran a sandeces mil veces repetidas? -, y escuché su llanto con el corazón encogido. El día del funeral tenía una reunión muy importante en la otra punta de Europa - un contrato con muchos ceros - pero lo cancelé todo y allí estuve. Mi mano sobre su hombro, mis hombros como su pañuelo. Todos iban de negro, todo era negro y oscuro en aquel día que tuvo el poco decoro de ser resplandeciente. El contraste hacía parecer que vivíamos en blanco y negro, y así siempre ha sido mi ánimo recordando cosas tristes, en blanco y negro. Mientras descendían los ataúdes yo me acordaba de su marido - un hombre admirable y cariñoso-, de sus preciosos hijos - mis sobrinos- . Dolía recordar. Miré a mi mujer y a mis hijos y me di cuenta, no por primera vez pero quizá sí con mayor intensidad que nunca, de lo dichoso que yo era.

Después, no sé explicarlo. A nadie le gusta mirar al fondo de un pozo oscuro. Yo quería a Marcela y le llamaba a menudo, me forzaba a llamarla porque sentía que se lo debía. Quizá se me notaba demasiado que lo hacía forzado, pero de verdad quería ayudarla. Me había puesto un recordatorio en la agenda del móvil y, estuviera donde estuviera, cada viernes a la misma hora la llamaba. Como el que hace un servicio de guardia. Casi mecánicamente.

Ella se desasió suavemente de mis brazos y de mi sentimiento de culpabilidad. Marcela sabía mucho de culpabilidad. ¿Cuántas veces se habría culpado de no haber estado allí? No podía reprocharse haber sobrevivido al accidente donde los demás perecieron porque ni siquiera estaba allí en ese momento, y eso, en vez de hacerle sentir menos culpable, le hacía sentírselo más. Porque hubiera querido tener la oportunidad de morir con sus seres queridos, aunque al final la (mala) suerte le hubiera hecho sobrevivir. Pero es que ni siquiera tuvo la opción de morir con ellos cuando tocó. Llevaba un año así, mi hermana, y aún seguía muerta en vida, recibiendo mis vacías llamadas cada semana, sin que estuviera claro quién consolaba a quién de la ausencia de felicidad.

Marcela me miró a los ojos y me dijo:

- Ya no puedo soportarlo más. Voy a vibrar.

Yo la miré con estupor, no entendiendo - o no queriendo entender - qué me decía. Alcé los ojos y mi mujer me devolvió una mirada significativa. Volví a mirar a mi hermana, a los ojos, después de habérselos rehuido durante un año.

- Ellos dicen - y ladeó ligeramente la cara mientras que con un leve movimiento del hombro designaba a nuestros familiares detrás de ella - que debería primero hablar contigo. Que tú entiendes mucho más de estas cosas, y que siempre das consejos sensatos, - de repente, sentí su penetrante mirada apabullando a la mía - y hace mucho que no me das uno. Así que por eso he venido.

Hay momentos en la vida de una persona en los que ésta ha de saber exactamente lo que debe hacer. Son cosas que pasan rápido, en los que no hay mucho tiempo para decidirse, pero en los que lo que se decida será crucial. Por eso es tan importante saber reconocer esos momentos cuando llegan. Y no son muchos: quizá tres o cuatro en toda una vida, pero son de los que la definen enteramente. Yo en aquel momento no supe que mi hermana me necesitaba - porque ya lo sabía, desde hacía un año -, sino que esa vez tenía que ayudarle de verdad. Que tenía que comprometerme. Lo comprendí en un segundo, lo acepté en otro. Algo cambió dentro de mi y ella sin duda lo vio en mis ojos.

- Te quedarás con nosotros, Marcela. - y recalcándolo con la pausa -  Todo el tiempo que haga falta. Yo me tengo que ir de viaje ahora, por dos días, pero buscaré información y haré un par de llamadas. No hagas nada por el momento. Por favor.

Mi petición debió sonarle a mi hermana como una súplica, pero también como algo que ella estaba necesitando oír. Asintió, sacudiendo rápidamente la cabeza varias veces. Yo le di un beso en la frente y volviéndome a mi mujer le pedí que no le quitara el ojo de encima. Después, con un gesto rápido pedí un taxi y me fui de allí.

Vibrar. Había oído hablar de "vibrar", pero siempre como algo lejano, algo que hacen los otros, y siempre referido a gente marginal. Recordaba haber leído un texto en un semanario, titulado algo así como "¿Tiempos vibrantes?". Todo tenía que ver con un medicamento para combatir la depresión o algo así, que se llamaba Vibr. De ahí lo de "vibrar", "tomar Vibr". El tipo de simplificación lingüística que tanto gusta a la gente común.

Ya en el taxi busqué información y me descargué documentación relevante de bases de datos de referencia - porque, efectivamente, si algo se me daba bien era cribar, buscar y relacionar información - y me pasé la mitad del viaje del avión revisando los documentos del contrato que iba a firmar y la otra mitad estudiando el Vibr. Antidepresivo, ansiolítico, de la familia de las anfetaminas. Efecto neurotóxico, degeneración neuronal contrastada incluso a dosis moderadas si se produce una larga exposición, alta adictividad, síndrome de abstinencia que requiere tratamiento de choque para evitar los efectos más adversos - incluyendo paradas cardíacas... Vamos, que estaba claro que se trataba de una mierda de cuidado. Pero lo más sorprendente es que había sido aprobado como medicamento para uso en humanos (con seguimiento por especialista, eso sí). Muy recomendado para duelos patológicos - como seguro habían catalogado a mi hermana gente mucho más patológica que ella, gente incapaz de saber lo que es el amor y su pérdida.

Que el Vibr (nombre comercial del medicamento, cuyo principio activo tenía un nombre acabado en "mina" tan largo que podría rellenar él solo un crucigrama) fuese un medicamento era todavía más sorprendente después de leer los pocos ensayos clínicos que se habían hecho con él, todos ellos en terapias compasivas. El alarmante número de muertes prematuras con respecto al control se habían atribuido al mal estado basal de los pacientes (¿y para qué coño tenían entonces el grupo de control, si no era para ajustar ese parámetro?). No hacía falta ser un gran experto en salud pública - yo no lo soy - para saber que a la luz de esos estudios el Vibr no debía haber sido aprobado como medicamento. Pero había sido aprobado, unos seis meses atrás, por vaya Vd. a saber que oscuros intereses económicos.

Después de contrastar la evidencia científica, me entretuve a leer algunos reportajes en prensa generalista. Lo que leía parecía realmente un relato de ciencia ficción, con ciertos puntos comunes en todos los artículos (seguramente, el fabricante había marcado ciertas pautas de guión cuando "contrató" esos "publirreportajes"). El Vibr era el nuevo medicamento milagroso contra la depresión. Los testimonios de los pacientes atestiguaban como todas sus preocupaciones y angustias habían desaparecido, y cómo volvían a ser miembros productivos y perfectamente integrados en la sociedad. Pura basura, pensé.

No tuve mucho más tiempo para pensar en el Vibr desde que aterricé, pero aquella noche, al llegar al hotel, llamé a un viejo amigo, un compañero de la escuela con el que había compartido décadas de singladura en la vida, y que en aquel entonces era un alto cargo del Ministerio de Sanidad.

Tras los saludos cordiales y las bromas de rigor, le solté a bocajarro, con la familiaridad que daba los años que hacía que nos conocíamos y nos apreciábamos:

- Manuel, ¿qué me puedes contar del Vibr?

Él calló dos segundos, y me respondió, con tono apresurado:

- ¿No estarás pensando en tomar esa mierda?

No podía verle la cara, pero intuí que se estaba arrepintiendo de su precipitación. Alguien que aspira a ser Secretario de Estado algún día no puede decir palabras como "mierda", y menos referidas al producto estrella de un pagador de campañas electorales.

- No, tranqui, Manuel. Se trata de un allegado. Lo estaba considerando y me ha consultado. No sabía nada de ese... medicamento, pero con lo que llevo leído me hago una idea clara. Gracias por tu tiempo, me has ayudado mucho.

Manuel no dijo nada más, pero por la confianza que había entre nosotros no hacía falta decir nada más. Yo ya sabía lo que necesitaba saber, y él sabía que yo nunca le pondría en evidencia. Así funciona la amistad.

Acto seguido llamé a mi mujer. Le resumí la situación:

- María, el Vibr es una sustancia peligrosísima, muy adictiva y de seguro mortal en como mucho unos pocos años si se toma con regularidad. No quita la depresión, te convierte en un zombi. Bajo ningún concepto permitas a Marcela que la tome.

María asintió.

- Creo que lo mejor es que se quede con nosotros, por una temporada - proseguí.

- Por todo el tiempo que necesite - me dijo María - Como si quiere quedarse a vivir con nosotros. Los niños la adoran, y es una persona dulce y buena, yo también quiero que se quede.

- Te quiero, María.

- Lo sé - me dijo, y yo me imaginé la sonrisa pícara que siempre ponía al decirme eso.

Al cabo de dos días volví a casa, y todo volvió a aquella cosa que llamamos normalidad pero que no lo es, sino más bien el frenopático frenesí de nuestra vida habitual. Marcela se fue integrando en nuestra rutina diaria y yo agradecí muchas veces que estuviera allí, sobre todo los días que María o yo faltábamos.

Pasaron los años. El Vibr pasó de ser un medicamento marginal a ser la gran estrella. Se empezaba a usar no solo para tratar la depresión, sino la ansiedad y los trastornos de conducta, e incluso los déficits de atención en niños. Yo me llevaba las manos a la cabeza, pero como en muchos otros temas, al igual que la mayoría, miraba a otro lado y continuaba con mi quehacer. Al fin y al cabo, no era una cosa que me afectase a mi personalmente.

Hubo un momento en el que la verdad del Vibr quedó completamente expuesta. Quien comenzaba a tomar Vibr ya no lo podía dejar, había muy pocos casos de personas que intentaran desintoxicarse, de éstos había menos que sobrevivieran al "mono" y los que lo conseguían quedaban con secuelas terribles de por vida. Muchos de ellos acababan recayendo. Además, las estadísticas mostraban que desde que se comenzaba a tomar Vibr hasta que sobrevenía la muerte solían pasar unos 5 años. De hecho, nadie llegaba a los 6, aunque había bastante gente que moría bastante antes, sobre todo, justamente, la gente más deprimida. Los periódicos se llenaron de reportajes denunciando la situación de los "vibrantes" (así se llamaba a los consumidores de Vibr, siguiendo con la misma bromita), sobre todo cuando eran terminales. Ya no era tan raro encontrarse algún vibrante por la calle. Los podías reconocer por su porte. De alguna manera, parecía como si alguien tirase de sus hilos: eran demasiado complacientes, demasiado tranquilos, demasiado moderados. Nunca nada les molestaba, eran amables hasta la náusea. Así eran todos, aunque los vibrantes "terminales" eran más lentos, menos reactivos. Su amabilidad se iba trocando progresivamente en indiferencia. En una ocasión yo mismo me había encontrado un joven muy delgado, demacrado y sucio, sentado inmóvil en un banco, con la mirada perdida y toda la pose típica de un vibrante: era un terminal. Deduje que ya no se tomaba la molestia ni de comer. Ni siquiera de buscar un lugar adecuado para hacer sus necesidades. Duró un par de días, llegué a ver el momento en el que se lo llevaron en una ambulancia.

Pensé que al quedar expuesto el horror del Vibr habría una reacción popular y que se exigiría su prohibición primero en la calle y luego en el Parlamento. Pero no fue así. De repente, todos los medios de comunicación comenzaron a publicar estudios (quizá sería más apropiado decir "el estudio", porque en realidad todos eran el mismo, mil veces repetido), en el que se "demostraba" que aunque era cierto que el Vibr te mataba "generalmente en 5 años" las personas que tomaban Vibr hubieran "en media muerto antes de 5 años si no hubieran tomado el Vibr". Así pues, la idea central de estudio es que se trataba de personas igualmente condenadas, a las que el Vibr les concedía una mejor calidad de vida y que además durante ese "período de gracia" que les concedía el Vibr "eran miembros productivos y valiosos de nuestra sociedad", lo que ilustraban con gráficas sobre las mejoras de productividad y descenso de morbilidad (porque los vibrantes iban mucho menos al médico y mucho más al trabajo).

Yo estaba convencido de que, una vez expuesta la verdad y viendo la baja calidad de los argumentos a favor del Vibr, el destino del medicamento estaba sellado. Pero, para mi sorpresa, la sociedad entera se tragó el sapo, y el Vibr continuó siendo socialmente aceptable. Crecidos sin duda por el éxito de su campaña de márketing, los productores de Vibr consiguieron rizar aún más el rizo, y difundir la idea de que cuando el médico te recetaba Vibr es que sin duda ya estabas "en media" condenado y que por tanto tomar Vibr era la mejor opción, porque los pocos años que te quedaban de vida no serías una carga para tus seres queridos e incluso con tu esfuerzo y trabajo mejorarías la pensión que les dejarías. Y la sociedad volvió a tragarse el sapo. Yo me indigné delante de lo que pasaba. Pero no lo exterioricé de ninguna manera: fue una indignación interior. Después, como en muchos otros temas, al igual que la mayoría, miré para otro lado y continué con mi quehacer. Al fin y al cabo, no era una cosa que me afectase a mi personalmente.

Fue más o menos en aquel entonces que coincidí por primera vez con un vibrante en el avión, en uno de mis múltiples viajes. Se trataba de una mujer, de mediana edad. Ella notó que yo me había sobresaltado al darme cuenta de que era vibrante, y me hizo un razonado y ponderado análisis de por qué había tomado la decisión de hacerse vibrante. Al fin y al cabo, con la edad que tenía le quedaban pocos años en la empresa, y corría el riesgo de que la echaran antes. Al volverse vibrante, había demostrado su compromiso con la empresa, que a cambio le garantizaba el contrato por cinco años y una buena pensión. Sus hijos ya habrían acabado la Universidad "para cuando ella dejara de vibrar" (juro que lo dijo de esa manera; a mi se me revolvió el estómago) y con su aportación podrían comenzar una próspera y fructífera vida. Yo pensé en refutarle una a una todas las falacias lógicas de lo que había dicho, pero al mirarla a los ojos desistí. Era obvio que ya estaba condenada. Qué sentido tenía, por tanto, polemizar. Yo no soy de naturaleza morbosa, e intuía que si argüía con ella acabaría exaltándome y poniéndome en evidencia. Así que callé y miré, literalmente, hacia otro lado. A ella mi posición, moral e incluso física, le pareció natural y respetó todo el viaje mi muro de silencio. Salí de aquel avión con la cabeza como un bombo y con tortícolis.

Quizá mi memoria me falla o me reinventa la escena, pero yo juraría que lo siguiente pasó justo al volver de aquel viaje, quizá justo después de ese incómodo vuelo. Llegué a casa con ganas de pasar unos días tranquilo con la familia cuando Marcela se presentó delante de mi. A su lado estaba mi hija mayor, Clara. Yo no entendía nada de esa representación, hasta que Marcela abrió la mano y me enseñó una pastilla azul, que tenía unas letras grabadas: "VIBR". Nunca antes había visto una. La miré espantado, pensando que quizá había sucumbido por fin, pero la realidad era más horrible. "He encontrado esto en la mochila de Clara", anunció Marcela, y su voz se le quebraba de la angustia. Yo miré a mi hija con cara de pavor. Pero, no, Clara no era vibrante. Al menos no aún. No sabía cuántas pastillas hacían falta para volverse vibrante, aunque sí que sabía que te enganchaban desde la primera.

- Lo siento, papá - dijo Clara entre lágrimas - Pero, tranquilo, no la he probado. Me la ofrecieron unas chicas en el cole, y se pusieron tan pesadas con que la tenía que probar que al final la cogí para que se callaran. Pero no me he tomado ninguna, te lo juro.

La creía. Es verdad que quería creerla, pero de algún modo sabía que me decía la verdad. Era mi hija, al fin y al cabo.

- Clara - le dije, con la voz más calmada que pude articular - ¿tú sabes lo que hace ESO?

- Todo el mundo habla de ello, papá. Los chicos dicen que sirve para divertirse, para quitarte todos los malos rollos.

- ¿Y tú sabes que ESO mata?

- Sí, bueno, todo el mundo sabe que el Vibr te mata en cinco años si lo tomas a menudo, pero los chicos dicen que si tomas solo uno a la semana no te pasa nada malo y te lo pasas todo mucho mejor...

- Clara, una a la semana es exactamente la dosis que se administra a los vibrantes. Una a la semana, justamente. - no pude evitar recalcarlo.

Me quedé mirando a mi hija. Estaba furioso. Era evidente que el Vibr era una tentación para ella: una chica de 16 años, buena estudiante pero, como los de su generación, un poco perezosa, siempre quejándose de lo mucho que se le exige... La oferta de un paraíso artificial era demasiado tentadora, estaba claro.

No era culpa de ella. Era culpa mía. Por no haberle transmitido unas ideas claras sobre aquel veneno. Por no haber estado más tiempo en casa, ayudándole a levantar su carga, apoyándola, dándole ánimo. Mi hija había estado a punto de caer en la trampa, justo delante de mis narices. Miré a Marcela con los ojos en lágrimas  y como pude musité:

- Gracias. Eres lo mejor que le ha pasado a esta familia.

- Ésta también es mi familia.

Los tres nos abrazamos llorando.

Cancelé todas mis citas de aquella semana y me pedí los días. En menos de una semana cambié a mis hijos de colegio y de instituto. No fue difícil encontrar a dónde llevarlos: en sus páginas webs las nuevas (y caras) instituciones anunciaban: "Espacio libre de Vibr" y detallaban sus estrictos controles para evitar que sus alumnos cayeran en tal destructiva adicción. Yo ni imaginaba que hubiera colegios que hicieran tal tipo de publicidad. La sociedad había cambiado, adaptándose al Vibr.

Por supuesto, el nuevo colegio de Juan, mi hijo pequeño, y el instituto de Clara, la mayor, eran bastante más caros que el colegio público y el instituto público a los que iban antes. Afortunadamente, tanto yo como mi mujer éramos "profesionales de éxito", así que nos lo podíamos permitir, aunque a mi el tufo clasista que destilaba todo aquello me molestaba. Pero estaba claro que el Vibr corría a sus anchas en los centros públicos incluso en primaria. Leyendo informes confidenciales que me pasó Manuel (ya subsecretario de Estado) vi que hasta el 25% de los estudiantes de bachillerato eran vibrantes. Gente que ya ni optaba por ir a la Universidad, porque era malgastar el poco tiempo que les quedaba.

La reacción gubernamental a la cada vez más desatada epidemia del Vibr no fue exactamente como yo me la hubiera esperado. A la vista de que cada vez había más niños huérfanos, se amplió enormemente el Estado del Bienestar, de modo que la sanidad y la educación públicas eran totalmente gratuitos, y se establecían programas de acogida hasta la Universidad para los huérfanos del Vibr (afortunadamente, los hijos de adictos no desarrollaban ninguna adicción per se). La única condición que se pedía a los alumnos huérfanos era que demostraran su valía académica; si lo hacían así, podrían llegar a donde quisieran. Siempre me pregunté qué pasaba con los que no daban la talla. Además, a mi me sorprendía tanta generosidad del Estado, y no entendía de dónde salían los recursos para mantener el sistema en marcha. Años antes tal desarrollo del Estado del Bienestar se habría considerado excesivamente oneroso. ¿Qué había cambiado? 

Cada vez entendía menos el mundo, y cada vez me hastiaba más. En el avión, el número de vibrantes hacía tiempo que había superado al de no vibrantes. De hecho, los que no vibramos no soportábamos hablar con los vibrantes: era algo exasperante. Un vibrante parece hablar con lógica y razón, pero en sus argumentos se transluce siempre una falta de apego por las cosas. En el fondo, a un vibrante todo le da igual, con lo que realmente no tiene ninguna preferencia. Un vibrante no tiene ninguna visión de cómo debería ser la sociedad, se adapta a la que haya, y nada, por más aberrante que sea, le parece una injusticia social; para él o ella es un simple hecho que debe ser tenido en cuenta, pero nunca es algo que desee cambiar para mejorar porque un vibrante no desea nada.

Por eso, después de varias experiencias desagradables hablando con vibrantes, había comenzando a pagar más por los billetes premium "no vibrante". Éramos una casta aparte, una minoría amedrentada, refugiados en la parte delantera del avión para poder salir de él cuanto antes, precipitadamente incluso, delante de la masa informe que paciente y obedientemente esperaba detrás de nosotros para salir de manera ordenada, marcial.

Y entonces pasó. El Gobierno presentó un proyecto de Ley sobre el consumo obligatorio de sustancias reguladoras del comportamiento. Yo no me lo podía creer cuando lo leía en el diario. Me descargué el documento y dediqué el resto del día a leerlo, a analizarlo con cuidado. Después, llamé a Manuel.

- Sabía que me ibas a llamar - fue lo primero que me dijo - No podemos hablar por teléfono. Quedaremos en el Café Central a las siete. Sé puntual, a las ocho ya me habré marchado.

Algo en la voz de Manuel sonaba a despedida. Algo iba rematadamente mal.

Llegué al Café Central a las siete menos cuarto. Me senté en nuestra mesa, y me tomé pausadamente el café con leche que un solícito camarero me trajo en seguida. A las siete en punto Manuel entró en el café, pidió un coñac y se sentó directamente en mi mesa.

- ¿Qué está pasando, Manuel? - dije yo, sin más preámbulos.

- Más respeto, joven, que está Vd. hablando con el nuevo Ministro de Sanidad - me soltó él. No me dejó tiempo ni para asombrarme - Pago por los numerosos servicios prestados, supongo. También, porque ya no les queda nadie medianamente formado y que no vibre.

- ¿Has redactado tú la nueva ley? - dije, y mi voz quizá sonó un poco más alta de lo que debería.

Se sonrió amargamente.

- He luchado con todas mis fuerzas, durante años, para evitar que esa ley viera la luz. ¿Tan poco me conoces? Pero esto viene de arriba. De muy arriba. De bastante más arriba que el Presidente. Es algo global y concertado.

Yo callé, asimilando lo que me decía Manuel. Él aprovechó mi silencio para quitarse una enorme losa de encima.

- ¿Sabes todas las veces que me has preguntado de dónde salía el dinero para pagar el nuevo Estado del Bienestar? Pues del Vibr. No de la venta del Vibr, claro está: el Vibr no cuesta nada de fabricar, y se vende a un precio tirado. Pero el Vibr paga con creces. El Vibr ha disminuido enormemente las cargas sociales, y la productividad se ha disparado. ¿Sabías que parte del programa de ayudas al ciudadano lo pagan las propias empresas, para las que sale mucho más rentable el nuevo sistema que el anterior? No, claro que no lo sabes, porque lo guardamos en secreto. 

Manuel apuró su coñac, yo mi silencio.

- Mucha gente con escasa formación muere cuando aún es joven y altamente productiva en sus trabajos poco cualificados. No dan costes, solo beneficios. Y la mano de obra para esos menesteres no falta. Regulamos el flujo migratorio procedente de países mucho menos desarrollados con precisión quirúrgica. Los trabajadores menos cualificados son siempre jóvenes. ¿Has visto cómo vibra el Café Central?

Yo le miré extrañado, y de golpe lo vi. Todos los camareros. Jovencísimos, serviciales. Todos vibrantes. Un escalofrío me recorrió la espalda.

- Por supuesto, en las categorías superiores el reemplazo no es tan rápido - prosiguió Manuel - No nos sobra gente cualificada y preparada como tú - y alzó su copa como si brindase por mi. - Por eso se han dado muchos incentivos adecuados para evitar que la gente más valiosa cayese en el Vibr. 

- Pero, Manuel, ¿qué narices es esto? - fue todo lo que acerté a decir

- Lo sabes de sobra, pero no lo quieres aceptar - dijo Manuel, suavemente, con una sonrisa triste - Al final, más que ser un gran negocio para las farmacéuticas, el Vibr es y siempre ha sido un experimento de control social a gran escala, que resultaba muy idóneo para adaptarse a un mundo donde los recursos comienzan a escasear y el medio ambiente está muy desestabilizado. Gracias al Vibr, el consumo global está siguiendo una curva de suave descenso, un decrecimiento controlado y pilotado. Y todo el mundo participa de este descenso contento y colaborando. Es lo que tiene que ser.

- Pero, con la nueva propuesta ...

- Con la nueva Ley nos adaptamos a una fase de descenso más rápido - la mirada de Manuel se perdía en el fondo de su copa - Solo podrá permitirse no ser vibrante la gente excepcional. Como tú. Por eso te lo estoy contando: para que quede alguna memoria de esto. ¿Sabes? Este descenso no durará para siempre, y hará falta alguien que sepa pararlo, que accione los frenos cuando hayamos bajado ya lo suficiente y antes de estrellarnos.

- Es una locura...

- Locura o no, es cosa hecha - dijo Manuel, y de un trago apuró su copa -  La mitad del Congreso es vibrante. Sálvate tú. - y tras decir esto se levantó y se fue. 

Yo me quedé allí aún un par de minutos, estupefacto, asimilando la nueva realidad. Después recordé que estaba rodeado de vibrantes y me inundó una sensación de ahogo; me levanté de un salto y salí por la puerta. Llevaba andados ya unos metros cuando me di cuenta de que no había pagado. Tampoco Manuel. De manera instintiva saqué de mi cartera un billete, como una torpe excusa, como para parar la acusación de gorrón del camarero que había salido apresuradamente detrás de mi y cuya mano intuía que iba a posarse sobre mi hombro. Pero ningún camarero me seguía. Fue entonces cuando lo comprendí. A los vibrantes les da igual, no tienen ninguna preferencia. La sociedad se mantenía solo por costumbre, solo por apariencia. Los vibrantes ya estaban perdidos y no lucharían por nada.

Llamé a mi mujer, a Marcela y a mis hijos y quedé con todos ellos en casa. Tenía que hablar con ellos, esa misma noche. 
 
Marcela improvisó algo para picar y lo dispuso en la mesa a la que nos sentamos todos. Yo la presidía. Qué poco me ha gustado siempre tener que presidir nada. Pero en esa ocasión tenía que hacerlo. Y lo haría.

- Supongo que ya sabéis por qué os he llamado - dije.

- La nueva ley - dijo Clara.

- Con la que nos van a matar a todos - dijo Juan.

Su madre frunció levemente el ceño, reprendiéndole.

- Así es, para matarnos - dije yo, y María se me quedó mirando boquiabierta. Si yo, que siempre le quitaba hierro a las cosas, decía eso, es que la situación era grave.

- Con la nueva ley - proseguí - será obligatorio consumir Vibr "para mejorar la productividad" si no se consiguen cumplir ciertos objetivos, que dependerán fundamentalmente de la edad y del nivel de formación. Lo que cuenta, básicamente, es cuánto ganas. Así se va a valorar a las personas: por lo que ganen.

Miré a Marcela:

- Tú, Marcela, con tus clases y tus artesanías, no llegas al salario mínimo. A tu edad, que casi es la mía, se te obligará a tomar Vibr desde que entre en vigor la ley, pasado mañana.

Miré a mi mujer:

- Tú, María, eres una empleada cualificada. De momento no tendrás que tomar Vibr. Pero cuando cumplas los 55 años revisarán de nuevo tu expediente y tu salario tendría que prácticamente haberse duplicado con respecto a lo que es ahora, y estoy seguro de que eso no va a pasar. Así que no vas a llegar a jubilarte. Lo siento.

Miré a mis hijos:

- Vosotros vais a la Universidad, así que estáis exentos de tomar Vibr hasta los 30 años. Puede parecer mucho tiempo, pero no es tanto. A los 30 años tendréis que tener trabajo y vuestro salario deberá ser por lo menos 4 veces el salario mínimo. De acuerdo con las estadísticas, lo más probable es que uno de los dos no lo logréis. A los 35 años vuestro salario debería ser 6 veces el salario mínimo. Será muy difícil que el que sobreviva de los dos lo consiga, pero si trabaja como un animal quizá lo logre. A los 40 años, el salario del que aún quede debería ser 12 veces el salario mínimo. A tenor de las estadísticas, incluso teniendo en cuenta que pertenecéis al 10% más privilegiado de la sociedad, tenéis - el de vosotros que sobreviva - un 5% de posibilidades de lograrlo. Para llegar a los 45 años, un 1 por mil. Yo creo que podemos dar por seguro que no vais a conocer a vuestros nietos.

Todos me miraban desolados, encajando el golpe.

- En cuanto a mi - dije yo para acabar - soy demasiado importante para ellos, y aunque mi salario no es tan extraordinario han hecho un capítulo especial para gente como yo. Yo llegaré a jubilarme, a los 70 si el cuerpo me aguanta. Después, me dejarán dos años para que ordene mis cosas, y después podré elegir entre suicidarme o el Vibr. Valga la redundancia.

- ¿Qué vamos a hacer, papá? - dijo Clara, angustiada

Miré mi cara reflejada en el espejo del comedor. Tantos años de trabajo duro y mala vida me habían dejado una cara que era un cruce entre Papa Noel y George Clooney. Con más del primero que del segundo. Me reí, literalmente, de mi cara.

Me puse de pie. Me dolía un poco la espalda, sentí mis huesos cansados de tanto trajinar, de tanto viajar aquí y allá, de tantas reuniones. Tanto esfuerzo para llegar a este punto ¡Qué idiotez! ¡Qué inmensa insensatez, la de la raza humana!

Un segundo para pensarlo, otro para decidirlo. Saqué de mi bolsillo el billete del Café Central, y lo dejé con un fuerte manotazo sobre la mesa.

- Ahora, Clara, - dije, con voz potente - ahora iremos a la guerra.

Antonio Turiel
Septiembre de 2018



lunes, 17 de septiembre de 2018

Las buenas noticias



Queridos lectores:

A lo largo y ancho de este blog se han discutido en numerosas ocasiones los problemas que a la sociedad industrial le va a causar la disminución de la energía disponible. Con harta frecuencia, nos hemos entretenido a analizar hasta qué punto el descenso energético puede comprometer la misma continuidad de nuestra sociedad, y si al final vamos a colapsar o no. Todo el discurso que hemos hecho hasta ahora es que la paulatina pérdida de la energía disponible es un problema gravísimo y que solo nos va a deparar pesar y sinsabores, permitiéndonos solo matizar si éstos serán más o menos profundos, más duros o más sobrellevables. El caso es que, después de los más de ocho años desde que abrí esta bitácora, aún no hemos analizado la parte positiva del descenso energético.

Y sin embargo existe, realmente, un lado positivo asociado al declive energético. El hecho de que en las próximas décadas tengamos que vivir con menos energía implica que necesariamente en ciertos aspectos se van a suceder una serie de mejoras bastante sustanciales con respecto a la situación actual. Estas mejoras, por supuesto, no cancelan o eliminan los deterioros que vamos a sufrir en otros ámbitos; pero tener constancia de estos efectos benéficos puede ayudarnos tener una perspectiva más correcta de cuál es el escenario con el que vamos a tener que lidiar. Y es que muchas veces creemos que en el futuro todo será mucho más difícil porque asumimos que tendremos que continuar destinando los mismos recursos a hacer las mismas cosas que hacemos ahora, cuando en realidad es probable que algunas cosas mejoren por sí solas y así nos aligeren en parte la pesada carga que se nos viene encima.

Nunca antes habíamos hablado de esto, y posiblemente es un buen momento para tratar este tema. Es el momento de hablar de las buenas noticias. En lo que sigue, haré una enumeración no exhaustiva de las mismas, explicándolas y contextualizándolas.

+ Vamos a limitar el Cambio Climático: En la actualidad el incremento de la concentración de CO2 atmosférico continua por encima de las 2 partes por millón (ppm) al año. En recientes declaraciones, el Secretario General de Naciones Unidad, Antonio Guterres, afirmó que "el cambio climático avanza más rápido que nosotros" y que las sociedades humanas se han de conjurar para evitar lo peor de esta amenaza, y en todo caso antes de 2020. Por supuesto, no hay ni el más mínimo indicio de que se vaya a proceder a una descarbonización tan drástica y rápida en los próximos dos años. Sin embargo, el inevitable y probablemente precipitado descenso de la producción de petróleo, justamente con la crisis económica que se desencadenará, tendrán un efecto demoledor sobre la demanda y consumo del petróleo (ya saben, la espiral) y provocará un efecto similar al que vimos en 2009 y los años siguientes: un sensible descenso de las emisiones de CO2. Pero en este caso, a medida que la crisis se vuelva sistémica e instalada, el descenso no será puntual, sino permanente. Bien es cierto que, en la desesperación del capitalismo actual por sobrevivir un poco de tiempo más, en el corto plazo se recurrirá sin duda a fuentes de energía más contaminantes y con mayores emisiones de CO2 por julio de energía producido, pero aún así nuestra curva final de emisiones va a ser sensiblemente inferior a la que prevén los modelos climáticos. 

Cabe hacer dos matizaciones importantes a esta última afirmación. La primera, que todos los modelos del IPCC sobre la previsión de la evolución del clima del planeta contemplan un gran porcentaje de absorción de las emisiones de CO2 a través de tecnologías de captura y secuestro de carbono, tecnologías que no están desarrolladas ni mucho menos implantadas a una escala significativa. Así pues, la caída de emisiones asociada al descenso energético del petróleo y demás materias primas no renovables no va a mejorar mucho las previsiones climáticas que se hacen actualmente, porque éstas contemplan esa captura de carbono que no se va a producir. La segunda matización es que, dada la inercia del clima, incluso aunque ahora mismo se detuvieran las emisiones el planeta seguiría calentándose durante muchas décadas, y no se compensarían los efectos del actual cambio climático en marcha hasta que no pasase por lo menos un milenio, que es el tiempo que necesita la Tierra para deshacerse del actual exceso de CO2 atmosférico. 

A pesar de todo ello, el descenso energético va implicar, sin duda, que no vamos a desestabilizar el clima tanto como lo haríamos si pudiéramos, si tuviéramos más combustibles fósiles disponibles; y esto seguro implica que el problema tendrá una magnitud más manejable (dentro de lo difícil que será gestionarlo en todo caso).

+ Vamos a detener (en parte) la contaminación: Relacionado con lo anterior, el descenso energético va a implicar un descenso del comercio global, del transporte de mercancías, de producción de las mismas y de generación de residuos. La actividad industrial se va a reducir enormemente y tendrá que volverse mucho más eficiente en el aprovechamiento de las materias primas. Por todo ello, la cantidad de residuos generados va a ser mucho menor que la actual, probablemente varios órdenes de magnitud inferior. Lo cual va a ser muy conveniente, porque la enorme presión humana sobre el planeta está creando problemas gravísimos, y aunque tendremos que lidiar con muchos de los problemas generados por nuestros residuos durante muchas décadas, posiblemente incluso milenios, el hecho de no generar más será sin duda muy útil. Además, al dejar de generar más residuos le vamos dando una oportunidad a la capacidad de reciclaje/regeneración del planeta que aún no hemos dañado de irlos eliminando.

+ Vamos a reducir nuestra presión sobre los ecosistemas: El potencial destructivo de la Humanidad está enormemente amplificada por la abundancia de energía asequible. El esquilmamiento de las pesquerías, el acoso a las últimas reservas de animales salvajes, la profunda transformación de la biosfera planetaria para acomodar las masivas actividades agro-ganaderas... todo eso va ir disminuyendo de intensidad a lo largo de las próximas décadas porque simplemente no vamos a tener suficiente energía para continuar con la actual borrachera extractiva y destructiva. Aquellos ecosistemas más dañados, desestabilizados o directamente destruidos irán siendo progresivamente sustituidos por otros nuevos, que pueden ser muy diferentes a los anteriores y no necesariamente muy ventajosos para los seres humanos. La principal salvedad es que en el corto plazo, en la agonía del capitalismo financiero global, lo más probable es que se intenten explotar de manera muy insostenible algunos ecosistemas fundamentales (por ejemplo, con la tala incontrolada de bosques para producir leña que se queme tanto para calefacción como para producir calor de uso industrial o gases combustibles para vehículos). Pero en el medio y largo plazo, la necesidad de adaptarse a los límites biofísicos, que además serán más territorializados, hará que se alcancen nuevos equilibrios (que en algunos casos implicarán la erradicación local de la especie humana).

+ No se va a producir la Singularidad: Una de las obsesiones recurrentes de los especialistas tecnológicos y económicos de nuestro tiempo es que, con las progresivas mejoras en el desarrollo de la Inteligencia Artificial (AI) y con la extensión de internet, en un momento próximo se producirá la Singularidad: un momento a partir del cual la AI será capaz de automejorarse de manera exponencial y que hará que la AI supere a toda la capacidad intelectual humana, lo cual llevará de manera natural a que la AI tome el control del planeta. La hipótesis de la Singularidad Tecnológica tiene dos graves problemas, hoy por hoy. El primero es que los avances en AI, importantes como son, están siendo bastante exagerados por la prensa generalista, y lo cierto y verdad es que aún estamos muy lejos de que la AI sea capaz de hacer cosas que un humano encuentra básicas (al margen se encuentra la objeción no resuelta planteada por Roger Penrose de que la inteligencia humana no es de naturaleza algorítmica y por tanto no es imitable por las AI clásicas). El segundo problema, poco estudiado en general, reside en el hecho de que los grandes expertos están dando por hecho que la AI sería un ente con poca carga material o prácticamente inmaterial, cuando es justamente lo contrario: en la actualidad, las operaciones ordinarias de internet suponen aproximadamente el 5% del consumo de electricidad mundial, y de seguir aumentando al ritmo actual serían ya el 20% del consumo eléctrico en 2025. Pero si uno tiene en cuenta el coste energético de fabricación de todos esos equipos (desde los grandes centros de datos a los miles de millones de ordenadores y teléfonos móviles, pasando por los centenares de miles de kilómetros de cableados diversos), las cantidades de energía consumidas anualmente son varias veces mayores, de modo que en la actualidad las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) implican el consumo de más del 4% de toda la energía (no solo electricidad) del mundo, y de seguir así llegaría rápidamente a más del 25% antes de una década. En modo alguno las TIC son inmateriales; peor aún, las más avanzadas tecnologías utilizan elementos químicos difíciles y caros de producir, las denominadas tierras raras, las cuales no solo llevan a importantes guerras comerciales entre los países, sino que comportan un gran consumo de energía en su extracción y procesamiento. El caso es que la Singularidad no se va a producir porque el planeta no puede soportar su inmensa huella energética y material.

+ No se van a destruir empleos por culpa de la robotización: Como una derivada a menor escala de lo anterior, otra de las amenazas con la que los expertos nos amedrentan no se va a producir: la de la substitución masiva de empleos por culpa del avance tecnológico y la robotización. Entendámonos: la robotización - más bien, la automatización - de muchos procedimientos fabriles no es algo que se vaya a producir, sino que hace ya décadas que se produjo, principalmente en aquellas tareas que se podían fácilmente automatizar; es el caso, por ejemplo, de muchas cadenas de montaje fabriles. Y sin embargo, en muchos procesos la supervisión humana sigue siendo algo fundamental, porque los actuales sistemas de AI siguen siendo demasiado imperfectos, demasiado limitados para lidiar con la enorme diversidad y casuística de los problemas físicos reales que uno se encuentra en el mundo real. Eso explica, por ejemplo, los sucesivos problemas que se ha encontrado el fabricante de coches eléctricos Tesla, que de prometer grandes producciones de coches gracias a la automatización extrema de sus fábricas se ha encontrado que la automatización extrema es menos eficiente que el uso de humanos para tal fin - pero, claro, a los humanos hay que pagarles un sueldo. Y si la cosa no acaba de pitar en una línea de ensamblaje, pueden hacerse Vds. una idea de lo lejos que estamos de que se sustituyan otros empleos más sofisticados en entornos menos controlables. El tema de la robotización es muy caro a los sumos sacerdotes de esa secta religiosa destructiva conocida como liberalismo, porque justamente les permitiría conseguir una productividad por trabajador infinita (al no tener trabajadores), pero es una completa falacia lógica. Y es que robotizar todos los ámbitos implicaría una inversión de recursos descomunal, de entrada para crear la AI, pero también para desarrollar todos esos programas que se adapten a entornos complejos (y los entornos meramente verbales no son menos complejos que los completamente físicos) y para crear los sistemas físicos que, al final, tienen también una base material.

+ Vamos a relocalizar los empleos: Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es la hipermovilidad: nos movemos continuamente, rápidamente, por todas partes. Nos vamos de vacaciones a, literalmente, el otro extremo del mundo (bueno, los que pueden permitírselo), pero incluso para ir a trabajar y el resto de actividades cotidianas nos desplazamos decenas, a veces incluso centenares de kilómetros. Los trabajadores son expulsados del centro de las ciudades por culpa de los altos precios de la vivienda, sobre todo en aquéllas que padecen ese proceso denominado "gentrificación", y se ven obligados a vivir en la periferia y a incrementar su tiempo de transporte diario (ya se sabe, los ricos pagan con dinero y los pobres con tiempo). Los trabajadores menos cualificados, encima, han perdido su trabajo ya que las fábricas se han trasladado a otros países de mano de obra más barata, y los productos ya elaborados se traen desde allí en grandes cargueros. Es un flujo rápido y constante de personas y materiales.

Todo este desenfreno ha sido posible gracias a los combustibles fósiles, a la enorme cantidad de energía barata de la que disponíamos. Pero eso es justamente lo que se está acabando. En los años que vendrán, en el transcurso de las próximas décadas, la producción de cualquier bien que se quiera comercializar aquí tendrá que radicarse en algún lugar cercano, porque transportar bienes y personas ya no será tan barato - a veces ni tan siquiera será posible. Y eso implica que se va a volver a crear empleo localmente, empleo que va a estar bastante menos automatizado - porque algunos procesos automáticos implican un gran gasto energético. Quizá no sean grandes empleos, quizá los salarios no serán tan grandes, pero cuando el fragor del derrumbe de nuestro castillo de naipes haya cesado habrá muchas oportunidades de trabajo para los que se sepan adaptar.



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Los riesgos del descenso energético siguen siendo los mismos que eran: podemos sucumbir al autoritarismo y a las guerras, podemos colapsar en mayor o menor medida, puede haber problemas de escasez de alimentos o de agua potable, podemos destruir aún muchos ecosistemas al aferrarnos a un modelo inviable, y tendremos que lidiar en todo caso con un cambio climático que va a persistir durante mucho tiempo. Y sin embargo, saber que a pesar de todo habrá efectos efectos benéficos, puede ayudar a centrar nuestra atención en esos otros aspectos cuyo devenir es más incierto o de seguro peor.

Nos centramos tanto en lo que perdemos (o en lo que creemos perder) que no vemos aquello que ganamos. Entre otras cosas porque la ganancia en muchos casos se produce mediante la eliminación de algo; algo que es malo en realidad, pero que es algo que se pierde, de las misma manera y por la misma razón que perderemos cosas buenas. Lo más curioso es que habrá no pocas personas que interpretarán esa eliminación de algo malo como una pérdida cuando en realidad es una ganancia (como si, por ejemplo, nos disgustase la eliminación de un tumor porque, al fin y al cabo, el tumor era "parte de nuestro cuerpo"). Tenemos tan subvertidos los valores que no sabemos siquiera qué es lo que tiene sentido defender, qué es lo que verdaderamente deberíamos preservar y qué en realidad deberíamos eliminar. Así que quizá la primera cosa a recuperar es el sentido común.

Salu2.
AMT

viernes, 31 de agosto de 2018

Hasta aquí hemos llegado (y II)



Queridos lectores:

Ésta es la segunda parte del ensayo que Máximo Luffiego y Julio Soto tan generosamente nos han ofrecido (enlace a la primera parte). Espero que lo disfruten como yo lo he hecho al leerlo.

Salu2.
AMT

HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO (II)

Los primeros síntomas económicos
Nos proponemos explicar aquí cómo la extralimitación del límite económico II conduce a una escasez de recursos, especialmente de los combustibles fósiles, que comienza a tener ya consecuencias económicas decisivas, tanto en el sector productivo como financiero, que no son sino la punta de lanza del colapso económico.
Dependiendo de qué tipo de capital, financiero o productivo, domine en cada momento histórico, tendrá mayor o menor protagonismo en el desencadenamiento de las crisis. Desde el fin de la Gran Depresión del 29 hasta la década de los años 80 del siglo pasado, el capitalismo industrial ha dominado sobre el financiero. En ese período, el capitalismo financiero ha cumplido un papel fundamental apoyando al industrial. Pero en la actualidad, esta supremacía está cambiando. La tasa de ganancia empresarial sufrió una caída en esa década y al término de la misma comenzó la revolución neoliberal que acabó quebrando el Pacto social y socavando el Estado de bienestar. Los salarios comenzaron a declinar y el sistema financiero abrió el crédito a familias y empresas y, desde entonces, el fuerte endeudamiento ha implantado una situación de deflación por deuda que proporciona al sistema financiero una superioridad sobre el productivo al vampirizar parte de los beneficios de las empresas mediante los intereses de la deuda (13).
En este contexto de endeudamiento, tuvo lugar un hecho importante. En 2005, se alcanzó la máxima extracción de petróleo convencional, el Pico del petróleo (Peak Oil). Según la explicación peakoilera y, en general, ecologista, la crisis financiera del 2007 tuvo que ver con este hecho. El precio del petróleo se disparó al superar la demanda a la oferta y provocó una inflación generalizada en EE.UU., pues no hay mercancía que de una u otra manera no esté relacionada con el petróleo. Para controlar la inflación, la Fed (Sistema de Reserva Federal de EE.UU.) comenzó a subir los intereses de la deuda, a partir de 2005. Dos años después, en 2007, la crisis no se pudo evitar. Se desató una oleada de impagos de las hipotecas subprime que se extendió por las entidades financieras de Estados Unidos y luego de medio mundo. Lo demás es sabido. Se instaló tal desconfianza entre los bancos que provocó el corte del flujo de crédito a empresas y particulares, desatando la Gran Recesión y la crisis productiva.
La recesión produjo una disminución de la demanda de petróleo en los países importadores que arrastró el precio a la baja a niveles del siglo pasado, hasta algo más de 30 dólares el barril, perjudicando los beneficios de los países productores. En cambio, con estos precios, los países importadores dispusieron de unas circunstancias favorables para salir de la crisis, pero la situación deflacionaria que atravesaban imposibilitó que se recuperaran con rapidez ya que tuvieron que hacer frente a las deudas y entraron en una etapa de estancamiento económico. Esta secuencia de crisis en países importadores y exportadores de petróleo a causa de la destrucción alternante de la oferta y la demanda es lo que Turiel ha denominado la espiral de la energía (14), espiral que es cada vez más compleja porque las interacciones entre los sectores productivo y financiero y entre países exportadores e importadores también lo son, lo cual se manifiesta en una fuerte volatilidad del precio del petróleo.
Junto a esta volatilidad del precio del petróleo que fue la chispa que desató la Gran Recesión, hay otro mecanismo que delata la existencia de límites físicos, tanto de energía como de materiales.
En un contexto de recursos menguantes, los procesos productivos empiezan a declinar porque el mecanismo de endeudamiento comienza a tener problemas para sostener a la economía. El endeudamiento es un sistema que proporciona recursos al presente sustrayéndolos del futuro; la deuda no es sino una forma de invadir el futuro para hacer acopio de recursos que deberían pertenecer a otras generaciones. De esta manera, el sistema retrasa la llegada de la crisis proporcionando liquidez a las corporaciones que quieren invertir y producir, así como capacidad adquisitiva a las familias para consumir.
Sin embargo, cuando los recursos declinan se llega un punto en el que el mecanismo de la deuda se vuelve inoperante, es un mal negocio tanto para el acreedor como para el deudor y el futuro del crecimiento se torna inviable. Los recursos naturales constituyen el primer eslabón de todas las cadenas productivas pero el último aval del proceso productivo financiado. Esto es así porque la circulación del dinero en las cadenas productivas tiene un sentido inverso a la de los recursos naturales (15). En la medida en que se acelere el declive geológico, los rendimientos decrecientes impondrán su ley; aumentarán los costes y será cada vez más difícil conseguir financiación (16).
En 2014, muchas empresas petrolíferas fueron a la quiebra y otras se retiraron del negocio petrolero desinvirtiendo en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos. En 2017, el banco central noruego desaconsejó al gobierno la inversión del fondo soberano en la industria del petróleo y del gas (17).
No es de extrañar entonces que el sector financiero busque otros filones de beneficio desviando inversiones hacia actividades improductivas como la de los negocios de seguros y de adquisición de bienes raíces que, junto a los intereses de la deuda del sector productivo, le aseguran unas rentas anuales sin riesgo alguno (18) y que también prefiera hacerlo en la economía de casino antes de embarcarse en negocios ruinosos.
En este contexto de declive de recursos, especialmente energéticos, el futuro de las empresas productivas se verá comprometido también por las dificultades para salir de una crisis. En caso de que puedan acceder a una financiación para la adquisición de máquinas con el fin de aumentar la productividad, mejorar la tasa de ganancia y salir de la crisis, como hasta ahora se ha venido haciendo, no lo podrán hacer si cada vez tienen más dificultades para adquirir energía que las haga funcionar (19).
En un mundo “vacío” de recursos y “lleno” de consumidores, el capitalismo dispone cada vez de menos espacio territorial y tiempo futuro para continuar creciendo.
Más problemas económicos y sociales
Tan graves como los problemas de extracción y producción son los de transporte del comercio global. Por los mismos motivos anteriormente expresados, los negocios relacionados con el comercio y el transporte de mercancías a un lado y otro del planeta, se verán mermados tanto por las crisis económicas que rebajarán el consumo, como por los problemas de las empresas con la disponibilidad de energía y crédito. Así lo atestigua el Economic Cicle Research Institute (20): a partir del 2011 las tasas de crecimiento interanual del comercio mundial son insignificantes hasta 2016. Las previsiones de la OMC para 2017 y 2018 son de una leve recuperación en la medida que mejore la economía (21).
Con el declive de la producción de petróleo, las redes de transporte mundial se deshilacharán lo cual tendrá consecuencias críticas, tanto para la economía de los países como para la alimentación de sus poblaciones.
Para oscurecer aún más el panorama futuro, los picos de otras fuentes energéticas no renovables, como los del gas natural, carbón y uranio tendrán lugar entre el 2015 y el 2030. Junto con el petróleo, estas fuentes constituyen algo más del 90% de la energía primaria que sostiene nuestra economía y modo de vida. De cualquier manera, el verdadero límite planetario de la energía acontecerá cuando la energía neta total mundial entre en declive, hecho que posiblemente ocurrirá alrededor del 2020, si no lo ha empezado a hacer ya. No parece posible encontrar sustitutos de estas fuentes en la cantidad y versatilidad suficientes como para evitar el colapso.
Si el problema del Pico del petróleo es grave para el suministro de energía exosomática a la economía, la escasez de esta sustancia junto con la de agua, será más grave aún para el suministro de alimento (energía endosomática) a la población mundial. Por una parte, el petróleo es el insumo de energía más importante de la agricultura y ganadería industriales y, por otra, el agua es el nutriente y el medio nutritivo esencial para las plantaciones agrícolas y las sociedades humanas. La sobreexplotación de este recurso, las sequías y la contaminación amenazan la alimentación humana mientras que los problemas de provisión de agua potable y las condiciones sanitarias amenazan su salud.
Hoy en día ningún país es autosuficiente. Cuando las relaciones comerciales se diluyan, y parece que las tendencias proteccionistas actuales (22) constituyen sus primeros síntomas, la biocapacidad de los distintos países, antes compartida gracias al comercio global, se verá mermada para sostener a sus respectivas poblaciones (23). Y de la misma manera que el comercio sirve para eludir los límites locales y regionales, después estos límites volverán a reinar en cada uno de los territorios. Es de esperar entonces que, en un intento de conservar el nivel de vida, la presión sobre los territorios respectivos se intensifique y se erosione rápidamente la biocapacidad de los mismos. Sería conveniente prepararse para afrontar situaciones de este tipo, empezando a adoptar políticas encauzadas hacia la soberanía alimentaria con el fin de aumentar la resiliencia y evitar así las trágicas consecuencias de llegar a situaciones extremas. Pero los obstáculos para hacerlo son enormes, pues mientras que una economía ecológica y social plantearía el comercio en términos de biocapacidad y sostenibilidad, el capitalismo lo hace en términos de negocio y de crecimiento económico.
La catástrofe ecológica
De mucha mayor enjundia es el límite ecológico; si la extralimitación del límite económico pone en jaque esta civilización, la del límite ecológico pone en riesgo además la viabilidad de la especie.
La capacidad de absorción planetaria de los múltiples impactos provocados por el crecimiento económico y demográfico está siendo desbordada desde hace décadas con la consiguiente degeneración de la dinámica de los sistemas naturales.
La globalización de la economía ha tenido nefastos impactos sobre el medio ambiente. La tecnología y el comercio han impulsado el trasiego de mercancías de un punto a otro del planeta con un gran derroche de energía no renovable, violando algunas dinámicas ecológicas. Tal es el caso del sentido vertical del reciclado de nutrientes que se establece en los ecosistemas que con el comercio pasa a ser horizontal con la consiguiente dispersión y pérdida de nutrientes y la aceleración del cénit de algunos factores limitantes, como el fósforo. Por otra parte, la globalización ha producido circuitos comerciales cada vez más amplios, lo cual, junto a la descomunal actividad industrial, ha consumido ingentes cantidades de petróleo y de materiales que ha repercutido en el equilibrio de ciclos bioqeoquímicos del carbono, nitrógeno y fósforo. Así se ha originado tal contaminación que ha derivado en problemas tan graves como el cambio climático, la acidificación de los océanos o la eutrofización de aguas embalsadas.
El auge de la economía global también ha alentado el productivismo modificando la distribución del flujo de energía renovable de los ecosistemas en favor de la especie humana. Un trabajo pionero de Vitouseck y otros autores de 1986 (24) concluía que los seres humanos se apropiaban del 20% de la biomasa, tanto de ecosistemas terrestres como marinos, producida anualmente en el planeta por las actividades agrícolas, pesqueras y deforestación, principalmente. En esa fecha la población humana era de unos 5000 millones de personas; hoy somos 2.500 millones más y con una actividad económica más intensa y voluminosa. No es de extrañar que esta sea la causa principal que está detrás del declive y homogeneización de la biodiversidad.
La huida hacia adelante que ha supuesto el crecimiento no solamente ha dañado los recursos renovables sino también los sumideros planetarios desbordando la biocapacidad del planeta. Así lo pone de relieve la huella ecológica de la Humanidad que, desde la década de 1970 a 1980, ha superado a la biocapacidad planetaria. Se puede decir que, a partir de esa fecha, el mundo entró en déficit ecológico; en otras palabras, comenzó la sobrexplotación generalizada de los recursos renovables y la saturación de los sumideros de contaminación. De seguir así, en unos años, necesitaremos un planeta más para sostener nuestro ritmo de consumo y, que se sepa, no hay mercado que nos lo pueda proporcionar. Literalmente, estamos dilapidando el “capital natural” acumulado durante años, siglos y milenios.
Otros trabajos como el de Rockström y colaboradores (25) destacan que ya se han superado 3 de los 8 límites estudiados: el cambio climático, el desequilibrio del ciclo de nitrógeno y la pérdida de biodiversidad. La extinción de especies es la transformación más alarmante que el crecimiento de las sociedades humanas está produciendo porque, además de ser irreversible, desconocemos en qué grado se está desarrollando y cuáles serán las alteraciones sufridas como secuela de la miríada de interacciones que tienen lugar entre los organismos, así como sus consecuencias sobre la funcionalidad de los ecosistemas y de la Biosfera.
El resultado de este crecimiento exponencial de la economía y población humanas es una alteración profunda a escala planetaria que nadie sabe dónde se detendrá, pero que, con toda probabilidad, significará un antes y un después en la historia de la civilización humana y del planeta. A esta época que nos ha tocado vivir se le ha dado en llamar antropoceno y también, quizá más apropiadamente, capitaloceno.
Hacia un colapso económico o/y ecológico
Quince mil científicos de más de 180 países (26) han advertido, por segunda vez en 25 años, de los daños graves e irreversibles infligidos a los sistemas naturales que son evidencias de que nuestro desarrollo es insostenible.
Descartado un cambio ordenado a escala mundial del sistema económico vigente, se abriría, no obstante, una luz de esperanza para la Humanidad si el hundimiento del sistema económico capitalista precediera al colapso climático y ecológico. A pesar del desorden que desataría, provocado por el reencuentro con los límites locales y regionales, tal colapso salvaría en cierta medida ecosistemas esenciales para el mantenimiento de una civilización sostenible con un nivel de vida digno.
Economistas de la talla de Daly sostienen que el capitalismo es compatible con un estado estacionario de la economía. En nuestra modesta opinión, no creemos que sea posible (27); el capitalismo defiende y necesita el crecimiento continuo. Pero con un decrecimiento impuesto por la naturaleza quedará deslegitimado ante la sociedad dado que este hecho refutaría su máxima principal: el aumento de riqueza de la sociedad como consecuencia de la suma de las iniciativas y actividades egoístas de los individuos. El indicador de esta riqueza es el PIB; si el PIB comenzara a estancarse y a decrecer inexorablemente, este principio quedaría impugnado y, con él, el capitalismo, con lo cual se darían las condiciones para que se abriera paso otra alternativa económica.
De acuerdo, por una vez, con Friedman (28): “Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente”. Por eso, la construcción de una alternativa económica es perentoria e inaplazable. No obstante, la elaboración y puesta en práctica de esta alternativa no es nada sencilla. El capitalismo ha desarrollado un sistema de dominación que no tiene un carácter represor sino cautivador, el ciudadano se siente libre y es este sentimiento el que aborta cualquier tipo de protesta (29). Además, en el contexto de un colapso global, no todos los países se verán afectados de la misma manera; mientras algunos países, seguramente los más desarrollados y ricos en recursos, sobrevivirán durante años o décadas manteniendo el modelo capitalista, la gran mayoría experimentará un decrecimiento de sus economías. Por otra parte, no será fácil que una ciudadanía acostumbrada a consumir abrace una nueva teoría que necesariamente debe ofrecerle austeridad. Las propias dificultades de elaborar una nueva teoría económica que funcione no son desdeñables ya que ha de dar respuesta a los dos grandes problemas que nos deja en herencia el capitalismo en su fase terminal: la necesaria adaptación de nuestras sociedades a los ecosistemas y a la Biosfera en su conjunto y la mitigación de la tragedia humana en ciernes. Finalmente, cualquier alternativa ha de resolver los problemas planetarios y no disponemos de un gobierno mundial que lo haga.
Lograr una alternativa de este tipo que, desde nuestro punto de vista no puede ser otra que ecosocialista, constituye un reto de organización económica y social y de puesta a punto de nuevas tecnologías de carácter adaptativo o sostenible a los límites locales y regionales.
De no lograrlo, el capitalismo podría continuar siendo dominante en muchos países durante décadas, con grandes desórdenes sociales y geopolíticos culminados por guerras por los recursos, guerras por el petróleo y el gas que, como estamos comprobando, han comenzado ya en Oriente Medio.
Un escenario más peligroso todavía sería aquel en el que el capitalismo encontrara la forma de eludir el límite económico II, quizá gracias a la puesta a punto de reactores de fusión viables (30) y de las minerías de fondo oceánico y de asteroides. Esta posibilidad, lejos de ser tranquilizadora, es muy inquietante. Sin duda se evitaría el colapso económico, pero la Humanidad seguiría expandiéndose agravando la mayoría de los problemas globales y encaminándose hacia un colapso ecológico por extralimitación de los límites planetarios que acabaría también con cualquier tipo de economía.
¿Puede la economía capitalista compensar los primeros síntomas de choque con los límites planetarios?
Además de la deslocalización de empresas a territorios de abundantes recursos y mano de obra barata, la creación de conflictos bélicos para hacerse con los mismos y el acceso al crédito, el sistema capitalista viene intentándolo llegando a acuerdos internacionales y adoptando una serie de medidas con el fin de sortear los primeros síntomas de esta extralimitación.

Acuerdos internacionales:
El Protocolo de Montreal de 1987 fue un acuerdo aceptado por los Estados para proteger y regenerar la capa de ozono que ha tenido un éxito indudable y que se tomó como modelo de compromiso de los países.
Sin embargo, el Protocolo de Kioto es un acuerdo logrado en 1997 que no ha resultado ser tan efectivo como el de Montreal, seguramente porque pone en cuestión el motor de esta economía de crecimiento continuo: los combustibles fósiles. Tras 21 Conferencias celebradas para establecer qué medidas tomar, no se ha logrado detener el anunciado Cambio Climático. En 2015, tuvo lugar la última de ellas, la XXI Conferencia sobre el cambio climático, donde se alcanzó el Acuerdo de París sobre el cambio climático con un consenso hasta entonces nunca conseguido, aunque sin compromisos efectivos. Este Acuerdo ha sufrido un duro golpe tras desvincularse del mismo EE.UU. bajo la égida del presidente Trump. El Acuerdo de París sobre el cambio climático establece medidas para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero de diversa índole en base a tres objetivos: mitigación, adaptación y resiliencia de los ecosistemas.
Mutación financiera
En las condiciones de unos recursos menguantes, las empresas productivas son reticentes a invertir y las financieras remisas a exponer su crédito. El capital financiero prefiere entonces jugar con el dinero invirtiéndolo en activos y derivados financieros y en “vivir y crecer de rentas” antes que destinarlo a la inversión productiva. Esta mutación del capitalismo financiero hacia operaciones especulativas y rentistas puede ser considerada una preadaptación a un mundo con recursos naturales menguantes, tal como ya sugerimos en un trabajo anterior (31).
Nuevas tecnologías
La tecnología del fracking prácticamente solo se utiliza en EE.UU. No exenta de críticas, parecía que, tras la caída de precios del petróleo, tendría dificultades para sobrevivir (en 2014, muchas empresas del fracking fueron a la bancarrota en este país). En círculos financieros y de la Administración de EE.UU., se afirma que una mejora tecnológica, denominada fracking 2.0, ha hecho competitivos los costes de extracción y producción y convertido a EE.UU. en el primer productor de petróleo del mundo. Sin embargo, más que de un milagro tecnológico, esta segunda ola del fracking parece consistir en un milagro financiero pues las ayudas de la Administración norteamericana actual en forma de exenciones fiscales y rebajas de tasas han conseguido reflotar un negocio ruinoso (32) pero necesario para mantener a este país como primera potencia mundial. Con una producción mundial de petróleo por encima de los 95 millones de barriles diarios, el mundo vuelve a disponer de la suficiente energía para encauzar la economía por la senda del crecimiento. No obstante, algunos autores no son tan optimistas. Estiman que la Tasa de Retorno Energético está descendiendo, lo que implica que la energía neta disponible no es tan elevada como parece indicar la cifra anterior.
La teoría de la desmaterialización de la economía sostiene que, a medida que hay crecimiento, las economías se van desvinculando de su base física, lo que significa una menor presión sobre los recursos y menor emisión de contaminación. Esta desmaterialización se produciría gracias a las innovaciones tecnológicas que aumentan la eficiencia energética, así como a la terciarización de la economía y a una mayor conciencia ambiental. Tal optimismo desmaterializador parece que no ha llegado a materializarse, ya que la correlación entre crecimiento y consumo energético se mantiene tan elevada, como en años anteriores (33).
Por otra parte, es sumamente grave, por ser irreversible, la disminución de la ley de mineral de numerosos yacimientos, lo que significa un mayor costo en energía y capital invertidos en su extracción y una cantidad de ganga removida cada vez mayor (34). Muchos de ellos además han alcanzado sus respectivos picos de producción o están a punto de hacerlo, tanto es así que Heinberg (35) ha denominado a esta situación Peak everything. No es de extrañar que, en una economía con un crecimiento exponencial mantenido durante casi dos siglos aparezcan simultáneamente varios picos de producción; de continuar con ese crecimiento en pocas décadas casi todos los minerales de interés industrial alcanzarán de manera coincidente sus picos respectivos. La solución de los partidarios del crecimiento consiste en la adopción de dos medidas compensatorias: el reciclado y la sustitución. Ninguna de las dos puede hacer frente a una economía con un crecimiento exponencial.
¿Estamos ante el fin de la historia?
Cuando se alcanzan los límites planetarios, los sistemas de compensación y de mitigación no solo comienzan a ser ineficaces sino que funcionan como un bálsamo para ocultar las consecuencias negativas y mantener el objetivo principal de las políticas de todos los países, sean neoliberales, postkeynesianas o socialistas: el crecimiento del PIB. Todos los organismos económicos mundiales, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, G7, G20, etc. realizan sus análisis y fijan sus objetivos para impulsar el crecimiento, como si el crecimiento fuera conveniente y bueno per se. Todos los gobiernos del mundo diseñan sus presupuestos con el mismo objetivo.
El fin de la historia, pronosticado por Francis Fukuyama, podría llegar a cumplirse pero en un sentido bien distinto al que él defendió: la idea de la superioridad y el triunfo del capitalismo frente a otras ideologías. Con años de antelación, el Club de Roma fue mucho más riguroso y certero en su estudio acerca del devenir de la Humanidad, al advertir del riesgo de colapso de la civilización industrial de continuar creciendo demográfica y económicamente. Estudios con datos actuales cotejados con las predicciones del Club de Roma muestran que las tendencias predichas se están cumpliendo con pequeñas desviaciones.
Casi con toda seguridad, ya no podrá ser evitado el colapso de esta civilización, pero el modo en que se produzca será determinante para el futuro de la Humanidad. Según el análisis histórico de Wright, la recuperación tras los colapsos producidos por motivos políticos y económicos es más rápida que la causada por desastres ecológicos (36).
En un epígrafe anterior, hemos visto que si el colapso económico precediera al ecológico, parte de los ecosistemas y de la biosfera se salvarían, pero si se llegara a un punto en el que la dinámica hacia un colapso ecológico fuera irreversible, los sistemas vitales quedarían tan dañados y las funciones y servicios que realizan tan empobrecidos que tanto la civilización como la especie humana tendrían el futuro comprometido.
Todavía hay otra posibilidad más peligrosa. Sería el caso de que una crisis o un colapso económicos derivaran bruscamente en un colapso ecológico, posibilidad que se produciría si las guerras convencionales por los recursos dieran paso a una guerra nuclear mundial. Si esto sucediera, el contexto de una guerra ya no sería apropiado para salir de una crisis económica tras recuperar la tasa de ganancia, sino que desembocaría en una hecatombe planetaria, en un genocidio y ecocidio inimaginables. Además de la pérdida de vidas humanas y de la destrucción de ciudades enteras, se produciría un invierno nuclear causado por la reducción de una parte de la radiación solar en la superficie por partículas de polvo y hollín suspendidas en la troposfera y estratosfera. Durante meses o años, la fotosíntesis disminuiría en un porcentaje significativo, se simplificarían las redes tróficas de los ecosistemas y colapsarían la agricultura y la ganadería. La radiactividad residual dañaría, tanto de manera directa como indirecta, a los seres vivos durante cientos de años a causa de la contaminación de aire, suelos y agua y de la introducción de elementos radiactivos en las cadenas tróficas. La civilización actual dejaría de existir, el patrimonio genético de la especie sufriría alteraciones y, quizá, Homo sapiens acabaría extinguiéndose junto a otras muchas especies más.
Por increíble que parezca esta posibilidad no cabe descartarla. Los expertos del Boletín de los Científicos Atómicos de Estados Unidos han situado en enero de 2018 el reloj (Doomsday Clock) a dos minutos del apocalipsis nuclear.
La razón fundamental de que pueda desencadenarse una guerra nuclear es que el riesgo mismo de una guerra de este tipo, que hasta ahora ha funcionado como un límite disuasorio, puede ser interpretado por algún dirigente como un freno al crecimiento de su país mayor que el de la guerra misma, especialmente si este país comenzara a sufrir los efectos del decrecimiento. Mientras las guerras convencionales son efectivas para hacerse con los recursos de países sin armas nucleares, como está sucediendo en Oriente Medio, no lo son, sin embargo, para países como Rusia, ricos en recursos y con armas nucleares. Esto puede suponer un freno a la reproducción del capital, controlada por EE.UU. y otros países capitalistas occidentales. En escenarios de competencia económica y geoestratégica, con crecimientos débiles o negativos, los dirigentes de alguna nación con capacidad nuclear podrían apostar por alcanzar una ventaja relativa asestando el primer golpe, creyendo evitar así la destrucción mutua asegurada. Esta posibilidad es mayor ahora que durante la crisis de los misiles de Cuba. Entonces se dirimían cuestiones geopolíticas; ahora, además de éstas, se zanjan asuntos energéticos. Como expresa el responsable del presupuesto del Pentágono, Norsquist (37): “La gran competencia por la energía, no el terrorismo, se ha convertido en el principal reto para la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos”.
La ONU, como organismo mundial creado tras la Segunda Guerra Mundial con la función de dirimir diferencias y evitar choques bélicos, ha sido despojada de autoridad a raíz de la invasión de Irak por EE.UU. Hoy en día asistimos a un incremento de las tensiones en Siria, en las fronteras europeas de Rusia y en las aguas del Mar de China; la diplomacia y las relaciones comerciales están dejando paso a la expulsión de diplomáticos, a las sanciones económicas, al proteccionismo y guerras comerciales, a una nueva guerra fría con incrementos presupuestarios desorbitantes y, lo que es más grave, a la rotura de acuerdos, como el acuerdo nuclear con Irán por parte de EE.UU., que no hacen otra cosa que invitar a otros países a hacerse cuanto antes con el arma nuclear. Este desplome de la arquitectura diplomática y del comercio mundiales aumenta los escenarios de enfrentamiento lo que, en cualquier momento, podría hacer saltar la chispa que nos arrastre al abismo.
A través de los siglos, la ciencia de occidente ha permitido a la Humanidad tomar conciencia de que la Tierra no es ni mucho menos el centro del universo. Pero al mismo tiempo, a diferencia de las culturas denominadas primitivas, el progreso experimentado nos ha alejado de la naturaleza, olvidando conocimientos elementales, como nuestra dependencia absoluta de la vida organizada en ecosistemas (Ecocentrismo). Tanto es así que algunos científicos de la talla de Hawking no ven futuro para la especie humana en este planeta y abogan por colonizar planetas extrasolares, olvidando que existen límites cosmológicos insuperables como el de las enormes distancias que nos separan de estos sistemas extrasolares y el de la velocidad de la luz. Y es que la hybris tecnológica anula la razón.
En medios académicos de Estados Unidos relacionados con el Breaktrought Institute, circula un Manifiesto Ecomodernista (38) cuya filosofía consiste en un nuevo negacionismo, esta vez, de la catástrofe ecológica, fundamentado en el desacoplamiento entre el bienestar humano y el impacto ambiental y en las supuestas dotes “milagrosas” de la tecnociencia para identificar y promover soluciones tecnológicas a los problemas ecológicos y sociales. Así, se afirma que “Los humanos fueron hechos por la Tierra y la Tierra es reformada por los humanos”, para más adelante concretar que “Un buen antropoceno exige que los humanos empleen sus crecientes poderes sociales, económicos y tecnológicos para mejorar la vida de la gente, estabilizar el clima y proteger a la naturaleza”. Los seguidores de este nuevo negacionismo parecen olvidar cómo acabó el experimento de Biosfera 2 (39) y desconocer la no linealidad que preside las interacciones entre los subsistemas planetarios, al  pretender embarcarnos en un experimento global de un riesgo inasumible.
¿No sería más inteligente reconocer nuestra dependencia de los ecosistemas, autolimitarnos y apostar por un futuro sostenible ligado al Sol en nuestro planeta? ¿No sería más prudente que, en lugar de que la naturaleza nos obligue a adoptar medidas de adaptación al cambio climático, lo hagamos nosotros previamente para evitar su intensificación?
Es suicida seguir creciendo. Ya no es posible inventar nuevos mecanismos de compensación que superen los límites planetarios, antes bien hay que recuperar e inventar sistemas de adaptación sensu lato o de sostenibilidad con el fin de respetar los límites locales y globales de la biosfera.
Hay una serpiente que habita en la cordillera del Himalaya a una altitud de 4.350 m. En tales condiciones climáticas parece imposible que pueda sobrevivir un animal de sangre fría. Afortunadamente para esta especie, hay un rincón donde lo puede hacer en un medio tan hostil. Se trata de unas pozas termales que dan el nombre genérico a esta especie: Thermophis baileyi o serpiente del Himalaya de aguas termales. Su paraíso son las pozas termales pero también su prisión.  

Referencias y Notas
  1. La capacidad de carga se define como la población de una especie determinada que un ecosistema puede mantener sin ser deteriorado de manera permanente. Sin embargo, la especie humana es singular porque no todas las personas producen el mismo impacto. Entonces, más que cuánta población podría sostener un ecosistema, la pregunta que hay que hacerse en el caso humano es ¿cuánto territorio “verde” es necesario para mantener y absorber el dióxido de carbono emitido por una población humana indefinidamente y con el consumo actual? La respuesta a esta pregunta determina la huella ecológica de esa población. La biocapacidad es el territorio “verde” de una región o un Estado, puesto que de él depende la capacidad para producir recursos renovables y de absorber dióxido de carbono. Se mide en unidades de superficie (Km2 o Hectáreas).
  2. Altares, G. Esta sí fue una auténtica revolución.  https://elpais.com/elpais/2018/04/20/ciencia/1524219983_369281.html
  3. Los factores que precisa la producción económica son: recursos naturales, trabajo, capital y tecnología.
  4. Bardi, U. Los límites del crecimiento retomados. Los libros La Catarata. Madrid. 2014
  5. Catton, W. La industrialización, preludio de colapso. Capítulo extraído del libro Overshoot, The Ecological Basis of Revolutionary Change. 1982. Illinois https://www.crisisenergetica.org/staticpages/index.php?page=20031130185100909
  6. Chang, Ha-Joon. Del proteccionismo al libre-cambismo.                                   http://monde-diplomatique.es/2003/06/chang/html
  7. Jagdish, B. ¿El libre comercio daña el ambiente? En defensa del libre comercio. Investigación y Ciencia, nº 208. 1994
  8. Daly, H. ¿El libre comercio daña el ambiente? Los peligros del libre comercio. Investigación y Ciencia, nº 208. 1994
  9. Daly, H. Three limits to Growth. http://www.steadystate.org/three-limits-to-growth/
  10. Para los recursos no renovables, este límite económico II precede al límite geológico. Si se trata del petróleo, el límite económico tendrá lugar en torno a una Tasa de Retorno Energético (TRE) de 10, mientras que el límite energético se define cuando la TRE es igual a 1, momento en el que la extracción de 1 barril de petróleo supone el consumo energético de 1 barril de petróleo. Con los recursos naturales no renovables e insustituibles o difícilmente sustituibles en declive (como el petróleo, fósforo, cobre, litio, etc.), entraremos de lleno en la era del decrecimiento impuesto por la naturaleza.
  11. Hudson, M. Las previsiones de Marx y la paradoja de la industrialización financiarizada. Sin Permiso. 29-11-2015  http://www.sinpermiso.info/textos/las-previsiones-de-marx-y-la-paradoja-de-la-industrializacion-financiarizada-de-nuestro-tiempo
  12. Odum, H.T. y Odum, E.C. Hombre y naturaleza. Bases energéticas. Ed. Omega. Barcelona. 1981
  13. Blog Knownuthing. Deuda y petróleo: los límites al crecimiento. 5-2-2015 https://www.rankia.com/blog/game-over/2649574-deuda-petroleo-limites-crecimiento
  14. Mora, V. El superfondo del petróleo de Noruega se recomienda a sí mismo no invertir más en petroleras y gasistas. 16-11-2017 http://www.bolsamania.com/noticias/mercados/el-superfondo-del-petroleo-de-noruega-se-recomienda-a-si-mismo-no-invertir-mas-en-petroleras-y-gasistas--2978447.html
  15. Hudson, M. Cómo los banqueros se convirtieron en los mayores explotadores. Entrevista. Sin Permiso 29-3-2017  http://www.sinpermiso.info/textos/como-los-banqueros-se-convirtieron-en-los-mayores-explotadores-entrevista
  16. Fernández Durán, R. y González Reyes, L. En la espiral de la energía. Libros en Acción y Baladre. 20018
  17. Economic Cicle Research Institute. Comercio Internacional: el tamaño de la tarta es cada vez más pequeño. Sin Permiso 30-8-2015 http://www.sinpermiso.info/textos/comercio-internacional-el-tamao-de-la-tarta-es-cada-vez-ms-pequeo

  1. OMC. Se prevé una recuperación del comercio en 2017 y 2018. https://www.wto.org/spanish/news_s/pres17_s/pr791_s.htm

  1. La guerra proteccionista iniciada por el presidente Trump puede ser el inicio de la explosión de la globalización y comercio mundiales. La huida de capital estadounidense hacia China y otros países asiáticos, a mediados de los 90 del siglo pasado, para recuperar los beneficios a costa de salarios de miseria, recursos más baratos y externalidades ambientales negativas, trajo consigo la desindustrialización del Medio Oeste norteamericano y el empobrecimiento de la clase media. Aquí es donde Trump ha encontrado el principal caladero de votos para ganar las elecciones. Su política proteccionista es un intento de devolver a estas zonas empobrecidas el auge perdido mediante políticas de reindustrialización a costa de la industria china y europea, principalmente. No obstante es dudoso que lo logre: muchas de estas industrias se robotizarán para aumentar la tasa de ganancia. (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=244240 ).
  2. Catton, W. La industrialización, preludio de colapso. Capítulo extraído del libro Overshoot, The Ecological Basis of Revolutionary Change. 1982. Illinois https://www.crisisenergetica.org/staticpages/index.php?page=20031130185100909
  3. Vitousek, P, Ehrlich, P, Ehrlich, A.H. y Matson, P.A. Human appropiation of the product of pfotosyinthesis. Biosciencie, 34. 1986
  4. Rockström, J. Bounding the Planetary Future. Why we need a Great Transition? http://www.resilience.org/stories/2015-04-23/bounding-the-planetary-future-why-we-need-a-great-transition
  5. El País. Más de 15.000 lanzan una alerta para salvar el planeta. https://elpais.com/elpais/2017/11/14/ciencia/1510643865_954182.html

  1. Luffiego, M. ¡Adiós crisis! ¡Hola colapso! http://www.rebelion.org/noticias/2018/1/236161.pdf
  2. Byung-Chul Han. ¿Por qué no hoy no es posible la revolución? https://elpais.com/elpais/2014/09/22/opinion/1411396771_691913.html
  3. G.C. Adiós al petróleo. El MIT está “a punto” de lograr que la fusión nuclear sea una realidad. https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2018-03-12/energia-nuclear-fusion-mit_1534401/
  4. Luffiego, M. ¡Adiós crisis! ¡Hola colapso! http://www.rebelion.org/noticias/2018/1/236161.pdf
  5. Turiel, A. Eppur peak oil. http://crashoil.blogspot.com/2018/05/
  6. Valero, A. Límites a la disponibilidad de minerales.  http://www.ecologistasenaccion.org/article10664.html
  7. Heinberg, R. Peak Everything 2007 http://richardheinberg.com/bookshelf/peak-everything
  8. Wright, R. Breve historia del progreso. Ed. Urano. Barcelona. 2008
  9. Klare, M.T. La nueva Guerra Fría y el Pentágono. Sin Permiso, 4-4-2018. http://www.sinpermiso.info/textos/la-nueva-guerra-fria-y-el-pentagono
  10. Un Manifiesto Ecomodernista. http://www.ecomodernism.org/espanol/
Wikipedia. Biosfera 2. https://es.wikipedia.org/wiki/Biosfera_2