miércoles, 17 de octubre de 2018

Izquierda, derecha, delante, detrás




Queridos lectores:

Años después de que se anunciase el Fin de la Historia, la Historia ha demostrado que no solo sigue vivita y coleando, sino que además está dispuesta a seguir dándole grandes sorpresas a quienes la daban prematuramente por enterrada. Lejos de la ensoñación de un mundo en calma donde nadie le disputaría ya jamás su hegemonía al capitalismo y en el que solo cabría preocuparse de la gestión de la bonanza, el mundo comienza a  caminar en una dirección muy diferente a la que se anunciaba como la Pax Capitalista. Una nueva corriente va tomando fuerza en Occidente, de Hungría a Brasil, de Estados Unidos a Gran Bretaña, de Bélgica a Italia. Es un nuevo movimiento que tiene características e idiosincrasias propias en cada país; pero, en su afán por constreñir la realidad a un marco conocido, los medios de comunicación lo retratan con una serie de adjetivos comunes: neoconservador, populista, ultra derecha, xenófobo, misógino ... Los analistas se preguntan una y otra vez qué está pasando con la ciudadanía occidental, por qué le está dando la confianza, con cada vez más fuerza y en cada vez más países, a movimientos tan retrógrados. Los partidarios de la izquierda tradicional se rasgan las vestiduras al ver a obreros votando por esas opciones, traicionando así sus valores de clase, mientras que la derecha tradicional va sucumbiendo a la tentación de integrar los elementos más reaccionarios del nuevo discurso porque perciben que es eso lo que los votantes quieren, y poco a poco van convirtiéndose en malas copias de lo mismo.

¿Qué está pasando en el mundo? Y más importante: ¿Por qué está pasando esto? ¿Por qué ahora la ciudadanía está siendo cautivada por discursos que prácticamente no se oían desde los años 30 del siglo pasado? Más inquietante aún: ¿acabará el mundo en una nueva barbarie multitudinaria como las que conocimos entonces?

No conociendo, como no conozco, todas las claves y motivos por las que está pasando lo que está pasando, me propongo en este ensayo analizar la situación socio-política de Occidente, principalmente de Europa, usando un trazo grueso y de seguro con muchas imprecisiones, errores y sesgos personales. A pesar de mi notoriamente insuficiente formación para hablar de estos temas y la imprecisión de lo que ahora comentaré, creo sinceramente que se le debería dar a la cuestión una orientación completamente diferente a la que se le está dando comúnmente, y es eso lo que me ha animado a escribir este ensayo. Comencemos, pues, con la discusión del concepto u orientación derecha-izquierda.

El origen del concepto dicotómico derecha-izquierda puede ser rastreado probablemente al final de la época moderna, cuando en los Estados Generales de Francia los representantes de la nobleza se sentaban a la derecha del rey, y los representantes de las clases menestrales y burguesas de sentaban a su izquierda. Es interesante constatar que, ya en su origen, la derecha y la izquierda representaban solo a una fracción minoritaria de la sociedad, los primeros a los muy privilegiados y los segundos a los bastante privilegiados. Aquella primera derecha se caracterizaba por la defensa a ultranza de la tradición en general y de la monarquía y el sistema estamental en particular. Su contraparte, la izquierda de aquel momento, pretendía introducir muchas reformas, en particular para permitir el florecimiento del comercio y la liberalización económica en general. Es decir, cada una de ellas pretendía defender sus privilegios o, como mínimo, aquello que le daba una ventaja. Es por eso que después de las convulsiones que generó la Revolución Francesa en todo Europa, cuando el polvo de aquella vorágine comenzó a asentarse,  por todo el continente se formuló ese eje derecha-izquierda habitualmente en forma bipartidista, adoptando habitualmente los nombres (con matices según el país) de Conservadores y Reformistas. Recordemos una vez más que en esa fase incipiente de la configuración derecha-izquierda los partidos no representaban, ni pretendían representar, al conjunto de la ciudadanía, ni siquiera a la mayoría de la misma, sino tan solo los intereses de la nobleza de sangre, la derecha, y de la nobleza del dinero, la izquierda.

Se puede argumentar, con cierta razón, que aquella incipiente izquierda representaba mejor los intereses de la mayoría que la derecha, ya que en el fondo las medidas de liberalización favorecían el desarrollo económico y a la postre debían redundar en una mejora general de las condiciones de vida. Sin embargo, carentes de los más elementales sistemas de protección social, la generalización de los nuevos sistemas de explotación económica, con un exilio del campo a la ciudad en muchos casos forzado (recordemos los "enclosures" ingleses) lo que se consiguió fue la explotación laboral de la masa de antiguos campesinos y ahora obreros que carecían de todo y cuya única riqueza era su progenie, su prole (de ahí la palabra "proletariado"). Paradójicamente, el mantenimiento de las estructuras del Antiguo Régimen como propugnaba la derecha de aquel entonces hubiera dejado al campesinado en una cierta miseria, cierto, pero menos abyecta que la que provocó el primer capitalismo. Así que al final aquella derecha tenía una visión más social, porque en el fondo propugnaba un modo de vida más sostenible.

A finales del siglo XIX, con la emergencia de los movimientos obreros, los conceptos de izquierda y derecha comienzan a evolucionar. Por un parte, cada vez más países europeos han dejado atrás la monarquía, mientras que el modelo imperante en las colonias americanas que se independizan es, de manera natural, la república. La defensa de la sociedad estamental al estilo Antiguo Régimen pierde prácticamente todo su sentido, y en los pocos sitios donde pervive una sociedad bastante estamental (como España) la nobleza de sangre y de dinero se fusionan (habitualmente, mediante matrimonios de conveniencia), convirtiéndose así la derecha en la defensora del statu quo. Por su lado, la presión de los movimientos obreristas desencadena la aparición de un nuevo concepto de izquierda que pueda ser realmente antagónico al nuevo concepto de derecha, mientras que los antiguos Reformistas se convirtieron en algo que se denominó Centro pero que era en realidad un apéndice moderado de la derecha. Mientras, la nueva izquierda se nutre de los movimientos socialistas y comunistas. No fue una emergencia nada sencilla, porque con ese nueva dicotomía el eje derecha-izquierda cubría por primera vez a toda la sociedad y además lo hacía de manera muy desigual: la derecha representaba a la mayoría del poder económico y social pero a la minoría de la población, mientras que la izquierda representaba un poder económico-social casi nulo pero con una mayoría de la población. La consecuencia directa de un cambio tan radical fue el rechazo por parte de quien detentaba el poder y la persecución y represión feroz de los izquierdosos, las cuales fueron contestadas con huelgas, sabotajes, secuestros y asesinatos.

Describir la convulsa evolución de la lucha derecha-izquierda a lo largo del siglo XX sería excesivamente largo y complejo para un ensayo que pretende centrarse en los problemas actuales. Simplificando una barbaridad lo que ha sucedido en el último siglo, podríamos decir que tras años de disputa de la hegemonía del discurso, y con dos guerras mundiales e innumerables más locales de por medio, revoluciones comunistas incluidas, se acabó fraguando un acuerdo de convivencia entre los principales representantes de los dos bandos Por un lado, la derecha aceptó que se tenían que hacer algunas concesiones en materia de prestaciones sociales para poder garantizar la paz social, mientras que la izquierda aceptó no cuestionar en lo esencial el capitalismo mientras se establecieran sistemas estatales de protección social, lo que comúnmente se conoce como "estado del bienestar". Había nacido la socialdemocracia.

Gracias a la bonanza económica (en Occidente, otra cosa sería si mirásemos al conjunto del mundo), el nuevo sistema de equilibrios pudo aguantarse bastante bien durante casi 30 años, lo cual no es nada despreciable. Es en ese momento cuando se asienta la idea de derecha e izquierda que subsiste hoy en día como un sobreentendido. Esencialmente, se considera que la derecha aboga por darle ventajas a las empresas pues considera que ello estimula el crecimiento económico y al final toda la sociedad sale beneficiada, aunque más aquellos que más se lo merecen. Por su parte, la izquierda parte de un posicionamiento más pesimista, considerando que sin la debida protección hay capas muy amplias de la sociedad que sufren y de manera muy injusta, y aboga por el establecimiento de un sistema de ayudas, protecciones y subsidios que ciertamente lastran un poco el crecimiento económico pero que garantiza un mínimo de dignidad a todos los ciudadanos. Por eso se suele considerar que la derecha es mejor gestora de la economía, mientras que la izquierda gestiona mejor los derechos sociales.

Todo este esquema se puedo mantener durante las décadas de la gran expansión, es decir, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945,  hasta el abandono del patrón oro, en 1972. Es un período caracterizado por un crecimiento económico muy constante, impulsado por la disponibilidad creciente de la energía abundante y barata del petróleo y del resto de combustibles fósiles. Sin embargo, en 1971 los EE.UU. llegaron a su cenit de producción de petróleo crudo convencional y el mundo cambió para siempre. No es ninguna casualidad que, en términos reales, la renta disponible de la clase trabajadora  occidental haya disminuido consistentemente desde finales de los años 70, y es que la energía per cápita disponible llegó a su máximo en Occidente también por esas fechas.
 

Imagen de https://ourfiniteworld.com/2012/03/12/world-energy-consumption-since-1820-in-charts/

Es pues en la década de los 70 del siglo XX que el capitalismo se ve confrontado por primera vez con la existencia de límites biofísicos a su expansión, a la obviedad de que no se puede mantener un sistema económico basado en el crecimiento infinito (encima, exponencialmente acelerado) en un planeta finito. No es por tanto una casualidad de que sea justo en ese momento que emerge una doctrina económica que tiene mucho más de ideología que de ciencia: el neoliberalismo. Frente a la obviedad de los límites planetarios, el neoliberalismo propone la desregulación como antídoto, lo cual puede parecer extraño (los cambios en las regulaciones de los hombres no modifican las leyes de la Naturaleza) pero sin embargo es una receta eficaz para evadir a corto plazo esos límites. Y es que con la desregulación, los costes implícitos, no siempre visibles, de la actividad económica no son cargados a aquél que los genera, sino que son distribuidos a otros; y cuanto más artera y disimuladamente se haga esa redistribución, más efectivo será ese endosamiento de las externalidades. Así, las industrias más contaminantes, con mayor peligrosidad laboral o simplemente más penosas se instalan en países con regulaciones más laxas, mientras que los beneficios son rápidamente importados a los países de origen mediante la apropiada desregulación de los movimientos internacionales de capital. La resultante de este movimiento de adaptación del capital es para la mayoría bastante negativo: para aquéllos que viven en países donde se protegen menos los derechos laborales, ambientales e incluso humanos, porque sus condiciones de vida se degradan directamente con el establecimiento de esas empresas; y para aquéllos que viven en los países de origen de esas empresas, ahora deslocalizadas para no tener que pagar los esfuerzos de remediación ambiental y salarios más dignos, porque se pierde empleo y hace crecer el paro.

Así que, en resumen, la respuesta que se viene dando al problema de los límites biofísicos que marca el planeta desde la primera vez que topamos con ellos, hace ya cuatro décadas, es un cambio en cómo redistribuimos los recursos. Porque la economía es, precisamente, la disciplina que se ocupa de la asignación de los recursos escasos. Mientras la disponibilidad de esos recursos creció sin problemas, así subió la población y la prosperidad general. Y cuando en los 70 del siglo XX comenzaron los problemas, lo que se ha hecho es quitarle recursos a las clases populares para garantizar que el capital continuaba teniendo el rendimiento necesario para el mantenimiento de este sistema.


La crisis de los 70 es una crisis en la que la disponibilidad de recursos per cápita llegó a su máximo y por ello la solución pudo ser atribuir menos a cada ciudadano para mantener los rendimientos, siempre crecientes, del capital. Pero ahora nos enfrentamos a una crisis peor. Ahora no es que la disponibilidad de recurso per cápita disminuya: ahora de lo que hablamos es que la disponibilidad total de recursos ha llegado a su máximo y va a empezar a disminuir.

Desde comienzos del siglo XXI, la producción de petróleo crudo convencional comenzó a dar signos de estar llegando a su máximo, al cual llegó finalmente en 2005. Tres años después se desencadenó la Gran Recesión y desde entonces vivimos en un tiempo de prestado. Prestado, literalmente, por las compañías estadounidenses que explotan el fracking a pérdidas para poder mantener este sistema a flote, y como prestatario de última instancia el Gobierno de los EE.UU., que favorece los flujos inversores hacia el fracking apoyándose en la condición de divisa de reserva que tiene el dólar. Todo lo cual significa, sin embargo, leyes humanas que regulan cuestiones humanas; pero las leyes de la Naturaleza siguen siendo las mismas y nos dicen que, simplemente, vamos a ir disponiendo progresivamente, a lo largo de las próximas décadas, de cada vez menos recursos (pues el fracking y demás hidrocarburos alternativos no aumentan la energía neta producida, y el uso de recursos subprime lo que hace es empobrecer a la sociedad). Así que en realidad no se están aumentando los recursos disponibles, sino que lo que se está cambiando es cómo se asignan los recursos. Y se está haciendo lo mismo que en los años 70, solo que con una vuelta de tuerca más. Se trata, al final, de hacer pasar cada vez más estrecheces a una capa de la sociedad cada vez más amplia, mientras progresivamente se va adelgazando la clase media y se profundiza en el proceso de devaluación interna.

Pero, a pesar de la profundidad y alcance de estos cambios, los partidos políticos anclados en la dicotomía derecha-izquierda no han modificado en lo esencial su discurso. Los unos siguen confiando en que, con las mínimas pero necesarias concesiones, se podrá mantener la cohesión y la paz social. Los otros creen que, aceptando lo fundamental del capitalismo, se podrá repartir una parte de la riqueza generada para proteger a las clases más desfavorecidas. Tanto derecha como izquierda asumen que el crecimiento va a continuar, lo cual es fundamental para que sus estrategias tengan sentido. Pero si, como parece, estamos llegando al final del crecimiento, las dos estrategias son completamente erróneas. Son erróneas hasta el punto de que no están dando respuestas a los problemas de los grupos a los que representan. Eso es especialmente grave en el caso de la izquierda, porque la clase obrera a la que creen representar es una entidad en vías de extinción, mientras la mayoría de los anteriormente obreros van cayendo progresivamente en la Gran Exclusión. En suma, la izquierda está más desconectada de la que debería ser su base electoral de lo que lo está la derecha, simplemente porque ésta era antaño más numerosa.

El error de la derecha y la izquierda es aún más grave porque no se han dado cuenta de que el neoliberalismo se mueve en un eje que no es ni derecha ni izquierda. Más allá de las cuestiones de regulación económica, el discurso del neoliberalismo se basa en un concepto que tanto la izquierda como la derecha han hecho propio hasta el punto de no darse cuenta de que no es algo que corresponda a su orientación, sino que se mueve en un eje transversal, prácticamente perpendicular con el eje derecha-izquierda. Ese concepto es el del progreso.

Nadie, ni en la izquierda ni en la derecha, quiere ser tachado de reaccionario o de retrógrado, y todos asumen que el progreso es por sí una cosa buena. Pero, analicemos: ¿qué es el progreso? Progreso, por definición, es la continuación en la dirección que uno ya llevaba: es avanzar en la misma dirección. Durante las décadas de expansión económica, progreso fue aumentar la actividad económica, aumentar el PIB, aumentar la extracción de recursos, aumentar la población. Y mientras la disponibilidad de recursos aumentaba esta estrategia podía ser más o menos discutible (debido a todos los desequilibrios que genera en materia de inequidad o degradación ambiental, por ejemplo) pero era posible, y aseguraba una mejora progresiva para la clase media de Occidente. Y ahora que la disponibilidad de recursos ya no es creciente, progresar ya no significa una mejora para la mayoría, y en particular no lo supone para la clase obrera ni para la clase media ni para las clases menestrales ni para los pequeños empresarios ni para los empresarios de medio tamaño y al final ni siquiera para los grandes empresarios (¿ya vieron la quiebra de Sears?). En suma, no es bueno para la base electoral ni de la derecha ni de la izquierda. El único que sale beneficiado de proseguir la misma dirección, aunque sea por tiempo limitado, es el gran capital financiero. Es a éste a quien sirve y protege la doctrina neoliberal, y por su falta de comprensión del momento actual, también la derecha y la izquierda.

Sin embargo, la ciudadanía ha comprendido bastante mejor que los que se dicen sus representantes políticos quién es el enemigo y cómo le está perjudicando. Los ciudadanos se han dado cuenta de que ese "progreso" que se está vendiendo como algo deseable significa más deslocalización, más contratos basura, más explotación laboral, menos oportunidades para las pequeñas y medianas empresas, más ayudas para grandes capitales sin actividad productiva, más cargas para todos excepto para el sector financiero... Escuchan lo que dicen los representantes de la derecha y la izquierda y lo único que oyen y que ven es que se sigue en la dirección del progreso, es decir, de favorecer al gran capital en detrimento de la ciudadanía, sea esta obrero o empresario, profesional liberal o funcionario. Cada vez más ciudadanos han comprendido que la discusión se ha salido de la dimensión derecha-izquierda y avanza en otra dirección que en realidad no tiene que ver, la dirección denominada del progreso. Así que el terreno estaba abonado para alguien que propusiera avanzar en la dirección contraria a la del progreso. Si el progreso era "delante", la nueva dirección a la cual moverse está "detrás" (o, por ponerles nombres más adecuados, podríamos hablar de Progreso y Conservación).

Y exactamente eso es lo que está pasando: una parte creciente de la ciudadanía occidental le está dando la espalda a la concepción política convencional y está apostando por movimientos de corte reaccionario. Porque efectivamente eso es lo que son, movimientos de reacción, reacción a un progreso en la destrucción económica, ciudadana y ambiental. Y ése es el único rasgo realmente en común a todos los movimientos que surgen por todo lo ancho de Occidente: que son reaccionarios, frente un progreso sin sentido. 

En sí, "reaccionar" contra ese "progreso" no es mala idea, viendo lo que se está entendiendo como "progreso". Lo malo es lo que se está colando en el pack, sin realmente tener ninguna justificación para ello: xenofobia, homofobia, antifeminismo, neoconservadurisimo... Nada de eso tiene que ver propiamente con la reacción necesaria al progreso (lo que debería ser la Conservación, en el sentido positivo del término: conservar aquello que es bueno y útil). Pero la percepción popular sí que engloba esos conceptos negativos con "lo que había antes", en épocas más atrasadas en las que el "progreso" no había aún arrasado todo. Y la gente compra la idea: si el lugar al que hemos avanzado es malo, el lugar de donde venimos tiene que ser forzosamente mejor. De manera intuitiva se comprende por dónde se debe tirar, aunque no tanto qué es exactamente lo que se busca.

En estos tiempos en los que está cuajando la nueva dicotomía "delante-detrás", "Progreso vs Conservación", ni desde la izquierda ni desde la derecha son capaces aún de reaccionar, incapaces como son de salirse del paradigma neoliberal. Lo que se está intentando es, a lo sumo, es negociar. Negociar una salida, algún pequeño cambio que permita prolongar el esquema habitual de las cosas sin cambiar nada de verdad. Están tan convencidos del mito del progreso que no se dan cuenta de que quizá no hay nada que negociar, que lo más probable es que no haya ninguna mejora real que se pueda hacer manteniendo el programa del progreso. Se negocia cuando desde el Gobierno de España se propone subir el salario mínimo a 900 euros al mes, y en seguida el Fondo Monetario Internacional le envía una advertencia. Pero, ¿realmente España no se puede permitir pagar un salario mínimo que apenas da para sobrevivir en una gran ciudad? Y si es así, ¿qué sentido tiene seguir adelante con este sistema? Se negocia también cuando se anuncia la próxima llegada de los coches eléctricos, a pesar de que se sabe de sobra que por sus limitaciones nunca serán una opción de masas; pero lo que sí que llegan y ya tenemos encima son nuevas medidas restrictivas para los coches de diésel, respuesta desde el Progreso al inevitable pico del diésel. Se negocia cuando se asegura que se pueden substituir sin problemas y en breve plazo las actuales fuentes de energía no renovables por sistemas de captación de energía renovable (con la idea de combatir el cambio climático, aunque por lo bajini se reconoce que también para adaptarse al declive de las fuentes no renovables), cuando las limitaciones de las energías renovables son tan evidentes que en Alemania la Energiewende ha sido un fracaso en términos de descarbonización de la economía alemana, y nadie quiere perder competitividad por introducir demasiada energía renovable en su mix. Se negocia, se negocia, se negocia, se negocia sin fin, pero al final no hay una mejora real, solo hay progreso. Esa negociación infructuosa, esos parches inútiles a un sistema que hace aguas, solo sirven para alimentar una frustración continua, y para convencer aún más a la ciudadanía de que la senda a seguir es la de la Reacción.

Aquéllos que creen que el Progreso aún es algo útil, que no está pasando nada, harían mejor en comprobar sus hipótesis y dejar de encandilarse con unas cifras macro que solo sirven al Capital, pero no a la Ciudadanía. Por su parte, la Ciudadanía sabe perfectamente lo que está viviendo y sabe por qué opta por lo más parecido que hay a la Conservación, que ahora mismo es la Reacción. Quienes no entienden lo que está pasando son la derecha y la izquierda. Y disfrazan su incomprensión de la realidad con grandes dosis de paternalismo mediocre con el que atizan a esa Ciudadanía a la que consideran desinformada y desorientada.

¿Es el retroceso en los valores fundamentales y democráticos la única respuesta posible al Progreso? ¿Es inevitable que la Reacción conlleve caer en un pozo del que nos costó tantos siglos salir? No, no lo es. Pero lo será si el discurso que se articula a nivel político continua centrado en el viejo eje derecha-izquierda, sin entender que el objetivo a alcanzar se encuentra en otra dirección.


Para la derecha, la Reacción le deja la opción de volver a conceptos de hace dos siglos, el de la vieja derecha de después del Antiguo Régimen que se unificó con la izquierda de entonces, recuperando los aires de los viejos tiempos, cuando las cosas se hacían "como Dios manda". Y es por eso que para la derecha es más fácil integrarse en el discurso de la Reacción. Por su lado, el mero retroceso en el tiempo desbanca a la izquierda, pues como hemos explicado al principio de este ensayo en los primeros tiempos no había una izquierda como se entiende ahora, basada en el movimiento obrero. Por ese motivo no puede haber una izquierda reaccionaria, ya que cualquier ideal de izquierda moderna ha de chocar forzosamente con la idea de izquierda que se tenía hace dos siglos. Por tanto, para la izquierda no cabe el retroceso, ha de buscar y construir algo nuevo; ahí radica la dificultad que está encontrando, el reto que tiene que superar. 

Pero en realidad, la construcción de un nuevo discurso, que supere el eje derecha-izquierda y que se oponga a lo negativo del Progreso, es un reto para todos. Hay que sentar las bases de un Conservacionismo que responda a los problemas reales de la sociedad. Es preciso, aquí y ahora, construir, desde una base social amplia, un discurso alternativo. Sin miedo y sin complejos. Radicalmente democrático e irrenunciablemente decrecentista (y, aunque a mucha gente le sorprenda, debe por supuesto ser ecologista y feminista). Y se debe tener, por fin desde las instituciones, el valor de llamarle a las cosas por su nombre y proponer los cambios que se tienen que hacer. Aunque algunos piensen que no es atractivo y que con ello no se ganan votos. Hay mucho más en juego.

Salu2.
AMT

miércoles, 10 de octubre de 2018

Esperando el golpe

@ Kaija Straumanis: http://www.flickr.com/photos/23558082@N03/


Queridos lectores:

Si siguen Vds. la prensa económica convencional, habrán notado que en las últimas semanas se ha estado hablando cada vez más de la próxima crisis económica, anunciándonos que cada vez está más cerca, aunque con una notable disparidad de opiniones acerca del momento concreto en el que cada analista cree que tendrá lugar. No les pondré referencias a publicaciones españolas porque mi política es no enlazar a la prensa española (por razones en su momento comentadas), pero seguro que no les costará nada encontrar tales referencias. 

En los análisis más simples, la evocación de una nueva recesión viene motivada por la efemérides de la Gran Recesión de 2008: simplemente, como pasó en el pasado, debería volver a pasar en el futuro. "Y ahora no me digan que no se les avisó", vendría a ser su divisa. Son razonamientos por analogía, sin mucho fundamento teórico, que buscan más bien dar una coartada a los analistas económicos que las escriben delante de la más que posible acusación de que no tienen ni idea de cómo funciona el sistema económico. Este tipo de artículos son recurrentes en la prensa, y salen por tandas varias veces al año: al fin y al cabo, lo más seguro es "denunciar" que hay una crisis esperándonos en algún punto del horizonte porque, más pronto o más tarde, tal crisis efectivamente va a llegar, y por tanto ésta es una predicción sin riesgo. Se puede considerar a este tipo de artículos como el "ruido de fondo": ese rumor que siempre está ahí, que tiene algún fundamento pero que en todo caso no permite anticipar absolutamente nada precisamente porque siempre está ahí y es siempre igual.

En los últimos meses, sin embargo, han aparecido otros artículos, en los que se realizan análisis más profundos y que realmente sí que aportan una señal diferente a la del ruido del fondo. Por ejemplo, éste sobre el análisis que hace JP Morgan, quien ve aparecer una grave crisis hacia 2020 de acuerdo con sus modelos numéricos. Otros analistas, sin necesidad de tanta sofisticación matemática, son capaces de ver venir la crisis debido a las múltiples debilidades financieras estructurales. Este tipo de noticias se diferencian de las anteriores en que hace tiempo ya que ubican la crisis en un marco temporal bien definido, el año 2020 - dato que coincide con alguna estimación que más de una vez ha dado Juan Carlos Barba - y lo hacen sobre la base de indicadores que van revisando a medida que pasa el tiempo y que consistentemente apuntan hacia la misma fecha. A pesar de que estos estudios tienen un contenido y significatividad muy superior a los que forman el ruido de fondo, resultan difíciles de percibir precisamente por la presencia de este último, y así la opinión pública suele ser escasamente consciente de su existencia. Peor aún, hay personas que son conscientes que la situación actual deberá acabar de manera abrupta y en la búsqueda de información no es capaz de distinguir la señal del ruido - entre otras cosas, porque los medios de comunicación no lo hacen nada fácil -  y pueden llevarse una falsa impresión de que la próxima crisis se anuncia continuamente pero nunca llega, cuando en realidad los indicadores más fiables siempre han apuntado a la misma fecha. Lo que lleva al riesgo de que acabe pasando como Pedro y el lobo.

Tanto el ruido de fondo como las verdaderas señales de la nueva crisis forman lo que podríamos denominar el paisaje estándar en lo que a este tema (la futura crisis económica) se refiere. Es lo que uno se espera encontrar en el canal informativo en cualquier momento, y que en el fondo es lo que siempre se ha encontrado allí. Hay, sin embargo, otro tipo de señal mucho menos recurrente, que lleva cogiendo fuerza en los últimos años y que se ha intensificado ligeramente durante este último año. Son los estudios, mucho más detallados y profundos, que apuntan a que el modelo capitalista, tal y como lo entendemos hoy en día, tiene los días contados. No se trata de una crisis que haya de sobrevenir este año o el que viene, o en este lustro. No se trata de un nuevo final de ciclo, más o menos traumático pero que vendrá seguido de un nuevo momento alcista. No, esos otros estudios nos informan de que estamos llegando al final de un trayecto que comenzó hace dos siglos y que ya no va a poder continuar más. Hace poco fue un informe encargado por Naciones Unidas a un grupo de científicos, que llegaron a una conclusión que hemos repetido aquí a menudo: el capitalismo ya no es viable, y cuanto más tiempo se intente mantener, peor. Este nuevo informe, este nuevo estudio, llega después de otros, también bastante recientes, también bastante impactantes. Fue la introducción de nuevos modelos numéricos que indican que un colapso puede sobrevenirnos, si mantenemos el rumbo actual. Fue la renovada advertencia de los científicos a la Humanidad, 25 años después de la primera. Son los abundantes signos de la degradación ambiental por doquiera. Son, en suma, los signos de un cambio de época. Es el fin del crecimiento. Y todas esas noticias, que los medios generalistas tratan de hacer pasar con la mayor sordina posible, es ese canto, antes rumor y mañana posiblemente fragor, que va creciendo, como una música ominosa para los estamentos económicos: "Se acaba el crecimiento, es el fin del crecimiento". Los líderes políticos y los grandes poderes económicos se niegan a aceptarlo, pero es una verdad que poco a poco se va imponiendo: se acaba el crecimiento. Por buscar ejemplos cercanos, dos tercios de los ciudadanos españoles aceptarían que se abandonase la búsqueda del crecimiento económico como un objetivo de la sociedad, y la cuestión del decrecimiento ha llegado a ser debatida en el Parlament del Catalunya (aunque ahora estemos entretenidos con otras cosas). Inclusive, hace pocos días tuvo lugar en el Parlamento Europeo una conferencia sobre "Post-crecimiento", en la que participaron destacados pensadores del decrecentismo y algunos comisarios europeos; todo un hito, a pesar de que se ha tenido que usar el eufemismo "post-crecimiento" para no asustar las delicadas sensibilidades de los políticos en la sala. Es también en esa clave de senescencia de la idea de crecimiento, de decadencia de nuestras élites, que debe ser interpretada la reciente concesión del Premio Nobel de Economía a William Nordhaus y Paul Romer, por sus contribuciones a, justamente, compatibilizar crecimiento con innovación y cambio climático. Máxime cuando especialmente Nordhaus ha minimizado el problema del cambio climático en más de una ocasión, y como siempre como algo supeditado al crecimiento económico; en su caso lo que es de destacar es que, a pesar de ser tan talibán del crecimiento haya reconocido que hay que reaccionar al cambio climático (aunque sea temperadamente).

Hay, finalmente, un cuarto tipo de noticia que nos habla de la inminente crisis pero que pasa desapercibida porque, fundamentalmente, se trata de lo que lo que se denomina un no-hecho. Es algo que, aunque pasa, se pretende que no está pasando. Hablamos, por supuesto, del tema central que se trata en este blog, de la crisis energética. A pesar de que se van acumulando los indicios de que vamos a estrellarnos muy pronto contra el muro de la dura realidad geológica, cada vez que se produce una noticia relacionada se le da una interpretación sesgada hasta el absurdo o simplemente se silencia. Como a esta información es más difícil de acceder que a las de los otros tipos, déjenme que les comente con algo más de detalle algunas noticias actuales sobre el tema.

Como hemos comentado varias veces, en este momento se está produciendo una brutal desinversión en el sector de la explotación del petróleo y resto de hidrocarburos líquidos. Este fenómeno lleva varios años de recorrido (lo comentamos en este blog a principios de 2016), pero recientemente la cosa ha tomado ya tintes dramáticos: en este momento, Norteamérica invierte más que el resto del mundo en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos.
Que una región que produce menos del 20% de todo el petróleo mundial invierta más del 50% del gasto global en exploración y desarrollo ha sido posibilitado por dos factores. Por un lado, porque después de una pequeña contracción en 2015 y 2016, el gasto en nueva exploración y explotación se ha disparado en los EE.UU., gracias fundamentalmente al fracking. Por el otro lado, en el resto del mundo la inversión cae consistentemente debido al hecho de que se acepta que no quedan ya nuevos yacimientos que merezca la pena explotar. Como ahora explicaré, ambos factores son terriblemente negativos.

Con respecto al primero, el auge del fracking no es, en absoluto, una buena noticia, y no hablo aquí en términos medioambientales (para los que también es negativo) sino financieros.. No es ninguna novedad decir que el fracking es un negocio ruinoso: yo ya lo explicaba en este blog allá por el 2013. Las compañías que se dedican al fracking no solo no consiguen beneficios, sino que acumulan cuantiosas pérdidas que financian con más endeudamiento.

Imagen cortesía de SRSrocco report, https://srsroccoreport.com/

Se trata, obviamente, de un burbuja especulativa que en cualquier momento puede explotar, pero también es algo más que una burbuja. Si no fuera por el fracking, la producción de todos los líquidos del petróleo del mundo estaría ya estancada o incluso en declive. Así que lo que EE.UU. ha hecho es subsidiar al resto del mundo el mantenimiento de nuestro estilo de vida pródigo en gasto energético. ¿Y hasta cuándo durará esta burbuja? Durante el año 2016 se observó un descenso de la producción de petróleo de fracking en los EE.UU., signo de que los productores tiraban la toalla y no querían perder más dinero. Sin embargo, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la implantación de numerosas medidas fiscales favorecedoras, la producción repuntó durante 2017 y lo que llevamos de 2018. Sin embargo, si miramos la evolución reciente de las gráficas de producción de las principales cuencas del fracking estadounidense (ver el último Drill Productivity Report del Departamento de Energía de los EE.UU.) observamos una tendencia al estancamiento en todas ellas, incluso en Permian. Durante el último mes, la producción aún ha crecido un poco, pero cada vez lo hace a menor ritmo.




Las gráficas también muestran de manera aproximada las tres fases que ha experimentado la burbuja del fracking

La primera fase fue entre 2009 y 2011, y se podría denominar la fase de tentativa. Básicamente, se tenía que intentar ver si el recurso era rentable, porque era ya la última posibilidad factible. Esta fase se caracteriza por un ascenso suave de la producción. Al final de esta fase se ve que no hay manera de hacer rentable el fracking a gran escala, pues ni siquiera con precios por encima de los 100$/barril sale rentable salvo en unas pocas localizaciones más productivas y en todo caso poco duraderas.

La segunda fase, de 2011 a 2016, es la fase de burbuja especulativa. Al principio de esta fase el precio del petróleo sube por encima de los 100$ y los grandes brokers de Wall Street consiguen convencer a muchos inversores que a esos precios todo el fracking es rentable, cuando en realidad solo lo es en determinados y escaso sitios. Esta fase se caracterizar por el fácil acceso al crédito, crecimiento exponencial de la producción y del endeudamiento de las compañías. Hacia 2014 se constata (como ya comentamos en "La ilógica financiera") que ni a 100$/barril el fracking era rentable y que las compañías petroleras de todo el mundo (no solo las dedicadas al fracking: todas) estaban perdiendo mucho dinero porque los yacimientos que quedan por explotar no son rentables a precios que la sociedad se pueda permitir. Aquí comienza una fase de contracción de la inversión global en exploración y desarrollo de nuevas explotaciones de hidrocarburos (46% menos a escala global entre 2015 y 2017), que también se da en EE.UU.: la producción de fracking cae un 10% y todo apunta a que esta burbuja se está desinflando.

La tercera fase, que comienza en 2017 y dura hasta ahora, se podría denominar la fase política o de ultima ratio. No hay duda de que el fracking no es rentable ni de que no lo será jamás, pero no se puede permitir que la producción de petróleo mundial comience ya su declive terminal, así que por razones políticas se re-impulsa la burbuja del fracking. Esta tercera fase está probablemente llegando al final debido al hecho de que los yacimientos de fracking no duran mucho tiempo y que cada vez cuesta más compensar la caída de los yacimientos actualmente en producción, como muestran las siguientes gráficas sobre la evolución de la producción de pozos preexistentes en las mismas tres cuencas indicadas arriba.




Se da la circunstancia de que el declive de los pozos en Permian es más acelerado que en las otras cuencas, como es bien conocido en el sector. Esto va a provocar que la caída del fracking será más acelerada de lo que muchos prevén, ya que Permian es y ha sido la más productiva de las cuencas asociadas a este tipo de explotación.

El final de la tercera fase del fracking va a ser doblemente negativo. Por un lado, por el descenso de la producción de petróleo, lo que va a implicar una grave crisis económica por el nuevo giro en la espiral del declive energético. Y por el otro, por la crisis financiera que va a desencadenar directamente: los inversores que han apostado fuerte al fracking están esperando a que un repunte de precios haga rentables sus inversiones y recuperen las pérdidas acumuladas, pero cuando se vea que la producción declina irremisiblemente comprenderán que no hay la más mínima esperanza de que recuperen su dinero y se desatará el pánico financiero.

Habrá más de un experto despistado que piense que la solución podría venir de fuera de los EE.UU., en esos inmensos campos de petróleo que algunos dicen que aún están por explotar. Sería mejor que se lo piensen dos veces, porque las señales que llegan del sector muestran claramente lo contrario. Circunscribiéndonos al caso de España, son bastante significativas las recientes declaraciones de Antonio Brufau, presidente de la petrolera REPSOL, en las cuales reconoce que no resulta rentable invertir en nuevas explotaciones porque cuesta mucho recuperar la inversión. De hecho, anuncia que REPSOL va a ir abandonando el negocio del petróleo, lo cual va en la línea de su reciente adquisición de centrales hidroeléctricas y su nuevo negocio como operadora eléctrica (en la misma línea que Gas Natural, ahora reconvertido en Naturgy). Según Brufau, lo que pasa es que la demanda de petróleo va a caer en los próximos años gracias a la irrupción del coche eléctrico. Lo cual es absurdo, porque ahora mismo no se ve tal irrupción y de hecho lo que sí que hay es un repunte en la demanda de petróleo que está empujando los precios hacia arriba. Aparte está el hecho de que un tipo bien informado como Brufau debe saber perfectamente que el coche eléctrico no es una opción viable a gran escala. En todo caso, la mención al fetiche del momento, el coche eléctrico, le sirve para justificar su proceso de desinversión y evitar, por el momento, el pánico financiero mientras va anunciando qué van a hacer los próximos años.

No solo es España: ayer mismo el economista jefe de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, alertaba que el precio del petróleo está entrando en la zona de peligro, y que el problema viene, precisamente, de la falta de inversión en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos a escala global. En un desesperado intento por revertir la situación, Birol llama a la OPEP a "abrir los grifos" para bajar el precio del petróleo, y les avisa de que si permiten que el precio escale a la larga les perjudicará también a ellos, porque los altos precios del crudo desencadenarán una crisis económica, y la crisis hará bajar el consumo y por tanto los precios del crudo y al final la OPEP también recibirá lo suyo. En esencia, Birol parece que por fin ha descubierto la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda. Claro que si Birol hubiera leído las declaraciones de Brufau que enlazaba más arriba sabría que probablemente Arabia Saudita ya no tiene capacidad ociosa: la OPEP probablemente ya no puede abrir más los grifos porque los tienen abiertos del todo.


Por resumir, tanto el ruido de fondo, como las noticias más analíticas, como los estudios más detallados sobre el capitalismo y como el análisis de la situación actual de la crisis energética nos indican que hemos llegado a las puertas de la siguiente crisis. Para unos, esto solo es un final y el comienzo de una nueva fase similar, después de los reajustes necesarios. Para otros, los procesos que se van a desencadenar van a cambiar nuestro mundo de manera profunda y definitiva. En lo que todos coinciden es en lo que estamos haciendo para prepararnos: nada. Así que, ahora mismo, estamos ahí quietos, plantados, esperando a que nos llegue el siguiente golpe.



Salu2.
AMT