martes, 18 de febrero de 2020

Todos los cangrejos de la Luna son azules





Queridos lectores: 

Hace muchos años, cuando era un doctorando en el Departamento de Física Teórica de la Universidad Autónoma de Madrid, compartía despacho con otros doctorandos. Como suele pasar en estos casos, por afinidad intelectual y por todas las horas que se llegan a pasar juntos, uno acaba por entablar una buena amistad con los compañeros de fatigas y de doctorado. Yo era allí una rara avis, porque mi tesis doctoral no versaba sobre los temas habituales en aquel departamento, pero mis conocimientos de física, mi sólida formación matemática, los frecuentes seminarios y las explicaciones de mis amigos me permitían seguir un poco los intríngulis de sus complejos estudios. Uno de mis amigos en particular desarrollaba su tesis en las aplicaciones de la Teoría Cuántica de Campos (TCC) a ya no recuerdo muy bien qué, aunque sí que recuerdo que buscaba las soluciones de las ecuaciones fundamentales de la TCC para la definición de partículas elementales en geometrías complejas. Solucionar este tipo de ecuaciones no es nada sencillo, y por eso muchas veces se recurre a simplificaciones o hipótesis sobre la forma de alguna posible solución de las ecuaciones, simplemente para ver si se puede obtener tal solución y de ahí ir estirando el hilo de todo el espacio de soluciones posibles.

El caso es que mi compañero, después de darle muchas vueltas, introdujo una hipótesis sencilla sobre la forma de una posible familia de soluciones y de repente, ¡bingo!, encontró que una nueva variedad de partículas elementales que verificaban un montón de propiedades físicas de lo más interesantes y que cuadraban muy bien con propiedades conocidas de partículas reales. Realmente fue muy emocionante, y todos nos alegramos mucho por él: sus resultados parecían algo muy revolucionario.

Pasaron los meses y mi compañero seguía trabajando en su teoría, cuando, de repente, sucedió algo que le dejó desconcertado. Encontró que sus partículas verificaban propiedades contradictorias: por decirlo de algún modo, podían ser, al mismo tiempo, completamente azules y completamente rojas. Estuvo varios días dándole vueltas al asunto, sin acabar de encontrar qué estaba pasando.

Una de esas tardes hicimos todos una pausa de nuestros respectivos trabajos y nos fuimos a tomar un café en la cafetería de la facultad. Mi amigo seguía dándole vueltas, y yo le pedí que me explicara cuál era el planteamiento general del problema. En aquella época yo tenía mucho más claros que ahora algunos conceptos clave de geometría diferencial, y cuando él me expuso su problema en unos términos sencillos y muy matemáticos, de modo que yo los pudiera comprender, me di cuenta de dónde estaba el problema: su familia de soluciones contradecía una propiedad básica de la geometría del espacio donde se suponía que estaban definidas. Lo que le pasaba a mi amigo es que todas las soluciones de la familia que él estaba estudiando verificaban todas las propiedades posibles porque, simplemente, no había ninguna solución de ese tipo.

Cuando aún estudiaba la carrera de Matemáticas tuve un profesor de Análisis Funcional, hijo de un conocido líder político, al que apreciaba mucho por su calidad intelectual y humana, aparte de por el hecho de ser un gran profesor. Él a veces condensaba conceptos profundos con aforismo simples. Evoco con frecuencia uno de ellos, porque me ha sido muy útil en mi vida. Decía mi profesor: "Los elementos del conjunto vacío verifican todas las propiedades, excepto la de existir. Por ejemplo: Todos los cangrejos de la Luna son azules. Al mismo tiempo, todos los cangrejos de la Luna son rojos. De hecho, todos los cangrejos de la Luna pueden ser de cualquier color que se quiera. Y eso es así porque no hay cangrejos en la Luna, así que podemos decir cualquier cosa del conjunto de ellos y será cierta, porque todos los elementos de ese conjunto la verificarán: lógico, no hay ningún elemento en ese conjunto. El truco está, por supuesto, en que hablemos de "Todos los elementos de ese conjunto". Si intentáramos hablar de un cangrejo de la Luna concreto, entonces tendríamos problemas, porque no hay ninguno. Los elementos del conjunto vacío verifican todas las propiedades, excepto la de existir. Recordad esto, porque a veces llegamos a contradicciones simplemente por el hecho de asumir que algo existe o es posible cuando simplemente no lo es."

Pocos años después de esa lección, improvisada al final de una clase y en respuesta a la pregunta de un alumno, el aforismo de mi profesor se mostraba con toda su cruel crudeza y arruinaba la tesis doctoral de mi amigo: sus maravillosas partículas elementales verificaban todas las propiedades excepto la de existir, porque no había ninguna solución a las ecuaciones que fuera de la forma que mi amigo había ensayado.

Al final mi amigo fue capaz de reformular su tesis y sacarla adelante; poco después de defenderla, quizá por ésta y puede que por otras decepciones del mundo académico, dejó la investigación y se dedicó a otros trabajos que seguramente le han sido de mayor provecho.

Viene esta anécdota al caso por un artículo de Yanis Varoufakis, el antiguo ministro de finanzas griego, que he leído recientemente. La tesis principal del artículo de Varoufakis es que la administración Trump entiende muy bien por qué deben oponerse a los activistas y a los científicos que trabajan sobre el Cambio Climático, porque no hay solución dentro del capitalismo al Cambio Climático y ellos de ninguna manera quieren renunciar al capitalismo. Que el capitalismo es incompatible con los límites biofísicos del planeta es algo de lo que hemos hablado con frecuencia aquí y no es ninguna novedad. Lo verdaderamente interesante del artículo de Varoufakis es que explica que la teoría económica clásica, que es la que se enseña en las facultades, y que maravilla con sus fabulosos teoremas que demuestran las maravillas del libre mercado y del capitalismo, se basa en la errónea percepción de que los fallos del mercado son la excepción, cuando en realidad son la norma.

Un fallo del mercado es una situación en el que el libre mercado no asigna los recursos de manera eficiente y se generan situaciones de ventaja para algunos participantes del mercado y de desventaja para otros. Un resultado habitual de los fallos del mercado son las externalidades (negativas): costes que se generan a consecuencia de una actividad económica pero que no son asumidos por el beneficiario de esa actividad. El ejemplo más evidente de externalidad es la contaminación: el propietario de la fábrica consigue el beneficio de vender su producto, pero no asume el coste de la reparación ambiental de la contaminación que causa.

No es nada sorprendente que el mercado, en el mundo real, no asigne eficientemente los recursos y que, al contrario, a lo que tienda es al ventajismo de los cada vez más fuertes en frente de los demás. Ya explicamos en su momento que lo que hoy en día se denomina arteramente "libre mercado" es más bien un "mercado natural", que viene a ser la transposición al mercado de la ley de la jungla o del más fuerte. Por ejemplo, en las recientes protestas de los agricultores españoles, en las que éstos denuncian que la diferencia de precios de los productos agrícolas entre su origen y el punto de consumo final puede ser del 900% y más, resulta evidente que una red de unos pocos distribuidores y comercializadores fuerzan los márgenes de los productores a la baja, hasta el punto de que algunos agricultores pierden dinero; y lo hacen abusando del hecho de que controlan prácticamente todos los canales de distribución: un buen ejemplo de mercado natural, donde unos pocos abusan de su ventaja estratégica y de que realmente no hay un acceso libre al mercado. Y a pesar de lo pasmosamente evidente de la situación, me encontré por internet con el comentario de un economista de cierta prédica y orientación ultraliberal, en el que el interfecto defendía este estado de cosas porque el mayor valor añadido estaba en la distribución y que era por tanto lógico que ésta se llevara la mayor parte de los ingresos por la venta de los productos agrícolas. La afirmación de este celota del liberalismo es en realidad tautológica: el valor añadido está donde está el valor añadido, y esto no responde a ninguna ley divina ni ecuación mágica, sino más bien a la capacidad de unos agentes del mercado de imponerse a los otros. Sin embargo, nuestro encorbatado amigo asume que si las cosas pasan así es porque deben pasar así. Nada de considerar que el mercado falla. Nada de aceptar que se imponen abusivamente externalidades. Porque en ningún momento se cuestiona que su modelo del mundo sea incorrecto.

Y sin embargo lo es. La mayoría de la gente percibe claramente que la sustancia del pensamiento económico contemporáneo no solo es errónea, sino que de hecho quienes piensan así son el enemigo. La mayoría de la gente se da perfectamente cuenta de que esa ideología, que dice que lo que se debe primar es la búsqueda del beneficio propio, es una absoluta perversión social, porque por culpa de ese egoísmo (por más que se quiera vender que es beneficioso para el conjunto de la sociedad) se está  degradando ambientalmente el planeta y esquilmando los necesarios recursos naturales. Y esto es un problema: si el común de la población percibe que la gestión de la economía se hace a sus espaldas y en contra de sus intereses, ¿cuánto más podrá aguantar este sistema sin que se produzca una rebelión? ¿Qué nivel de degradación ambiental y de retroceso material soportarán las masas antes de alzarse contra quienes, cegados en su panoplia doctrinal, rigen tan implacablemente sus destinos?

Ese error de percepción, de convertir la norma en excepción, invalida toda la teoría económica clásica. Las fabulosas ecuaciones de la economía clásica, aplicables en unas condiciones que son imposibles en el mundo real, nos dicen que todos los mercados son azules, y también son rojos. Salvo honrosas excepciones, la enseñanza que mayoritariamente se imparte en las facultades, propagando la falacia de que los fallos del mercado y las externalidades indeseadas son cosas excepcionales, no solo distorsiona la percepción de la realidad de los estudiantes, sino que es verdaderamente un adoctrinamiento en el error.  Como consecuencia, ir a la universidad a estudiar economía corrompe la mente y quiebra el espíritu, como bien señala Varoufakis en su artículo.

Si las hipótesis de partida son erróneas, todo el cuerpo doctrinal de la economía clásica no se aplica (o, al menos, no completamente) en el mundo real. La discrepancia entre las predicciones de esa teoría y la realidad son tan grandes que hace décadas que se sabe que se tendría que reformular todo el pensamiento económico para integrar la realidad del mundo físico y de los límites biofísicos del planeta. Pero delante de la evidencia de lo inapropiado de la doctrina liberal, sus defensores actúan como auténticos fanáticos religiosos, confirmando que en el fondo el liberalismo económico es religión y, peor aún, una secta destructiva. Acorralados por los tozudos hechos que muestran un mundo más desigual y degradado, los celotes de este culto actúan con arrogancia, y delante de las críticas obvias se escudan en un lenguaje abstruso con el que buscan, deliberadamente, ofuscar la verdad evidente.

¿Por qué deberíamos seguir a unos fanáticos que nos llevan a nuestra destrucción? ¿Por qué deberíamos hacer caso a una gente cuya doctrina promulga la exclusión social de la mayoría de la población? ¿Por qué permitimos que sea esta gente, fanática y adoctrinada en un error que no saben reconocer, los que dirijan los Gobiernos y los consejos de administración? Si toda la teoría económica se basa en hipótesis constatadamente falsas, ¿por qué ha de guiar nuestra sociedad?

Si queremos tener un futuro, si queremos que haya una salvación posible, urge una reforma radical de los estudios de economía. Y urge reciclar a todos los que están en los círculos de decisión. Cualquier economista que no comprenda la imposibilidad del crecimiento perpetuo debe ser inmediatamente apartado de sus funciones, igual que lo haríamos con alguien que nos vendiera las maravillas de explotar como fuente de energía inagotable los cangrejos de la Luna, por más azules que sean.

Salu2.
AMT

viernes, 14 de febrero de 2020

Business as unusual (in statu quo post)



Queridos lectores:

Una de las consecuencias directas que ha tenido para mí el temporal Gloria ha sido que he tenido que coger el AVE para ir a trabajar a Barcelona, en vez de ir en el tren convencional, como he hecho siempre.  Las fuertes inundaciones en la zona de Massanet cortaron durante un par de días la vía convencional; después, el servicio volvió a funcionar con una sola vía y restricciones de velocidad. Así, si normalmente me toma unas dos horas y media desde la puerta de mi casa hasta la de mi laboratorio, este tiempo se veía incrementado en al menos una hora más, y encima con cierta incertidumbre, ya que el servicio se vio interrumpido al menos en media docena de ocasiones. Así que me decidí a utilizar el servicio del tren rápido, cuya circulación estaba asegurada y cumplía con los horarios.

¿Por qué el temporal no afectó al AVE? Porque en la zona de Massanet pasa por un gran viaducto lo suficientemente elevado para que no le haya afectado las inundaciones. Eso sí, la gran cantidad de viaductos y taludes del AVE hace que su mantenimiento resulte mucho más caro que el de la vía convencional, pero por diversos motivos siempre hay más dinero para mantener el AVE y menos para el tren convencional. Sin embargo, seguramente resultaría mejor inversión mantener en mejor estado la vía convencional.

Una cosa que me ha llamado poderosamente la atención de este cambio en mi rutina es que tardo aproximadamente el mismo tiempo en llegar al trabajo. 

Por la mañana, me levanto solo unos 5 ó 10 minutos más tarde de lo que solía: el AVE que tomo sale unos 40 minutos más tarde que el tren convencional que hasta ahora tomaba, pero como la estación del AVE está a unos tres kilómetros de casa (la del tren convencional, solo a 300 metros) tengo que salir con bastante antelación (puedo ir caminando o en autobús, tardo aproximadamente lo mismo); además, hay que llegar a la estación del AVE con cierta anticipación, ya que hay que pasar un control de seguridad con escáner de rayos X y todo. 

El trayecto del AVE es bastante rápido: en 55 minutos se planta en Barcelona, frente a la hora y 55 minutos del convencional. Pero, una vez en Barcelona el AVE te deja en la Estación de Sants, en el extremo opuesto de la ciudad con respecto a donde está mi laboratorio. Así pues, tengo que coger un tren de cercanías hasta la Estació de França, y desde allí caminar unos 10 minutos largos hasta mi laboratorio: en total, algo más de 45 minutos contando la espera del tren de cercanías. Por contraste, con el tren convencional me bajaba en la Estación de Clot-Aragó, tomaba el metro y luego tranvía y en unos 20-25 minutos estaba en el trabajo. Al final, llego al laboratorio más o menos a la misma hora, 5 minutos arriba, 5 minutos abajo; y más o menos lo mismo me pasa a la vuelta. Eso sí, el trayecto en AVE es mucho más lioso y requiere más tiempos muertos, con varios cambios de medio de transporte que requieren tiempos de espera.

El tren convencional, con su ritmo pausado pero su forma mucho más simple y humana de acceder a él y de alternar con los otros medios de transporte, me da mucha mejor calidad de transporte para el mismo tiempo total. Porque en esas casi dos horas que me tiraba en el tren tenía tiempo de leer, de trabajar y de escribir posts como éste. Ahora estoy tardando lo mismo, pero dispongo que menos  tiempo para hacer lo que yo querría.

Y sin embargo se favorece el barullo y el ajetreo absurdo de lo moderno, de lo rápido, que en realidad no es lo uno ni lo otro, pues no hay nada tecnológicamente nuevo y más que rapidez lo que hay es apresuramiento.

Algo más me ha llamado la atención durante estos días, y es el tipo de personas que frecuenta el AVE. Nada realmente sorprendente: hombre con traje, mujeres con tacón. Yendo y viniendo de Madrid, todo porte y distinción. Empresarios y cargos de empresas medianas y a veces grandes, que hablan todo el rato por su móvil, compra, vende, dile a Luis que son 10.000 como habíamos quedado... Son los mismos que luego se arremolinan en la cafetería y la llenan de grandes voces y, a veces, de astracanadas. Son los amos del país, los que sacan España adelante - o así parecen creérselo. Yo paso entre ellos y los miro con la curiosidad distraída de quien ya está acostumbrado a ir al zoo pero que ocasionalmente encuentra un ejemplar distinguido. Ellos y ellas me miran con cierto asco, como si les fastidiara que yo aparezca, esperpéntico, en un medio que no es el mío. No les culpo.

Los negocios, siguen los negocios. Es lo único importante, que los negocios sigan saliendo adelante. Da igual a qué precio.

Estos días he tenido que realizar diversos viajes, unos por AVE en medio de esta fauna, otros en avión. Hace muy poco asistí a una reunión de científicos que trabajamos en el medio marino, realizada para preparar el programa de trabajo del CSIC en este área para los próximos 10 años. Fue una reunión un tanto larga, quizá incluso pesada aunque imprescindible para hacer ese trabajo. Y mientras íbamos discutiendo los diversos temas, los investigadores que iban hablando dejaban de vez en cuando caer algún dato terrible: la extensión de la contaminación de plásticos, el ritmo de acidificación de los océanos, la extensión masiva del anisakis por las pesquerías, el rápido incremento de la frecuencia de tormentas en el Mediterráneo que rompen las estadísticas que usan los actuarios... Los científicos van desgranando esos hechos terribles de manera profesional, casi desapasionada (casi: a más de uno se le nota la crispación cuando explica su hecho, aquél que mejor conoce por su trabajo), intercalados en medio de un discurso más técnico y formal. Comentan esos hechos terribles no porque quieran regodearse en nuestra miseria o porque busquen que les consolemos por nuestra mutua desgracia, sino porque en medio de la discusión son técnicamente pertinentes. Pero no son simples hechos neutros más, sino la constatación de un desastre sin precedentes. Si algún periodista hubiera estado en aquella sala y hubiera prestado atención a estos esporádicos puñetazos de verdad, seguramente habría salido alarmado a avisar al mundo.

Algo así ha pasado recientemente en Cataluña. El grupo de Ciencias de la Tierra del Barcelona Supercomputing Center acaba de terminar una simulación, dentro de un programa internacional, para determinar cómo podría ser el clima del planeta hacia el año 2100 en un determinado escenario de emisiones. Es un trabajo periódico que hacen de revisión de las predicciones, y este año han incluido nuevas mediciones y mejores modelos. Conclusión: el planeta podría calentarse 5ºC para 2100, peor del 3,5ºC que ya estimaban con ese mismo escenario.  La noticia saltó rápidamente a parte de la prensa y de ahí a la televisión catalana, pero ahí ha quedado todo, no ha trascendido a nivel estatal. Algunos periodistas han intentado subir la voz de alarma, pero rápidamente se ha aplicado la sordina.

Hay más noticias inquietantes últimamente. Un reciente estudio publicado en Science Advances advierte que las corrientes oceánicas se habrían estado acelerando un 15% por década durante los últimos 30 años. Dado que el océano es el gran redistribuidor de calor y humedad del globo, los impactos sobre el clima en nuestras latitudes podría ser demoledor. Nadie habla de ello. Si quieren tener una visión más completa de todo lo que se está desencajando en este mundo, ahí tienen la serie "Peor de lo esperado" en el blog de referencia "Usted no se lo cree". Pero nadie habla de todo esto.

De lo que todo el mundo habla es del coronavirus.

A día de hoy, se tiene constancia de que 1.370 personas han muerto y 60.349 han sido infectadas en China por la cepa COVID-19 de la subfamilia de los coronavirus. Eso nos da una tasa aparente de mortalidad del 2,27%, que es muy parecida a la de la gripe. Lo cierto es que seguramente la tasa de mortalidad real es inferior, porque hay muchos infectados que simplemente no desarrollan síntomas y lógicamente no son registrados en ninguna parte: se estima que los registrados son solo el 30% de los totales, lo cual daría una mortalidad de menos del 1%. Lo que hace especialmente peligroso a este virus es que es muy contagioso: no es lo mismo que el virus con una mortalidad del 2% infecte a una de cada mil personas (parecido a lo que hace la gripe en España cada año) a que uno con una mortalidad del 1% infecte a una de cada diez. Siguiendo con el caso de España, y tomando una población de 50 millones para redondear, en el primer caso se infectaría 50.000 personas y de éstas morirían el 2%, es decir, 1.000 personas, mientras que en el segundo caso se infectarían 5.000.000 de personas y morirían 50.000, es decir, 50 veces más que en el primer caso. Obviamente, la incidencia de este coronavirus va a ser muy inferior al 10%, pero eso no quita que la amenaza del coronavirus COVID-19 debe ser tomada seriamente por quien le corresponde, que son los epidemiólogos y los responsables de salud pública. Se trata de una cuestión técnica, y de contener la expansión del virus durante un mes más o menos, a la espera de que con la llegada de la primavera se vaya el frío (el cual tiene un efecto negativo sobre las defensas de las personas) y, sobre todo, que el mayor contenido en radiación ultravioleta de la radiación solar esterilice las superficies y detenga la propagación del virus (por eso nos resfriamos menos y no cogemos la gripe de primavera al otoño). Durante el próximo mes veremos que la epidemia llega a una fase de contención y finalmente el número de casos comenzará a disminuir hasta desaparecer en el plazo de unas pocas semanas - lo más probable es que a mediados de abril la actual epidemia sea ya historia.

Lo que no tiene sentido es el nivel de histeria que se ha disparado, especialmente espoleada por los medios de comunicación. En España la noticia económica del momento es la cancelación del congreso mundial de telefonía móvil por miedo al coronavirus COVID-19, pero lo cierto es que en todo el mundo se están dando numerosos indicios de fuerte parón económico: cae la demanda de petróleo, cae la demanda de cobre y en general cae la demanda de todo tipo de materias primas. Lo más curioso de todo eso es que estas caídas en demanda comenzaron varias semanas antes del estallido del brote de Wuhan, lo cual ratifica la impresión de que se está usando el problema, serio, de salud pública que representa la expansión del coronavirus COVID-19 para justificar la recesión económica.

Hace meses que hay síntomas de que el mundo se encamina hacia una nueva recesión económica, y de hecho los grandes gurús económicos vienen dando por hecho que en 2020 se va a producir otra gran crisis económica. Como avanzábamos en el post de previsiones para este año, durante la primera mitad de 2020 se va a intentar hacer lo posible para domesticar la recesión, de manera que se produzca de manera más gradual y menos dañina, sobre todo para los intereses del gran capital. Básicamente, se está intentando liberar algo de presión por la espita, con la esperanza de evitar lo peor, aunque se alargue la agonía en espera de tiempos mejores. Agonía que se cierne sobre muchos sectores, en particular el del automóvil, que ve peligrar decenas de miles de puestos de trabajo en los próximos años, en una reconversión que se anticipa durísima (y que poco tiene que ver con la quimera del coche eléctrico para todos).


Todo lo cual nos prepara para esa segunda mitad del año que, según yo anticipaba, se caracterizará por una grave crisis por una subida disparada del precio del petróleo. La última gráfica sobre la producción de petróleo de la OPEP que nos trae Ron Patterson en Peak Oil Barrel nos muestra que la producción de la OPEP lleva cayendo consistentemente desde hace unos meses, y evidentemente desde mucho antes del estallido del brote de Wuhan. 



De momento la caída no ha llevado a los mínimos de enero de 2009, pero se acerca peligrosamente, y este "ajuste" que ha propiciado el virus de Wuhan puede llevarla por debajo de ese fatídico nivel, recordemos, el que se produjo por la grave caída de actividad económica de la crisis económica del 2008-2009. Pero durante la década larga que ha pasado desde entonces los costes de explotación no han hecho que subir; la caída de precio del petróleo que estamos sufriendo ahora no será soportable por los grandes productores, que tendrán que cerrar yacimientos y abandonar aún más proyectos de los que ya están abandonando. Esta salida desordenada del petróleo, que ya dura unos años y para la cual el COVID-19 es la puntilla, va a provocar un aumento descontrolado del precio de aquí en unos meses (en línea con lo esperado por la propia Agencia Internacional de la Energía) y una profundización en la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda.

En este contexto, ¿qué están haciendo los gobiernos? ¿Qué está haciendo el Gobierno de España? ¿Están viendo venir el desastre que avecina, o creen, como siempre, que el mercado se autorregula para bien? ¿Creen sinceramente que las medidas que proponen en la Ley de Cambio Climático y Transición energética que están a punto de aprobar aborda los problemas que tenemos ya, de forma inminente? ¿Se creen de verdad que fomentando la falsa solución del coche eléctrico y el innecesario y redundante fomento de las renovables van a cambiar en algo la situación actual? ¿No es el momento de dejar atrás las falsas soluciones? ¿No han escuchado lo que dicen los científicos?

Señores del Gobierno: el tiempo se está acabando, y Vds. aún no han entendido dónde está el peligro, y siguen yendo por donde no hace falta ir, por donde no se va a ningún lado. Éste no es el camino. Así, no.

Salu2.
Antonio