lunes, 18 de mayo de 2020

Hoja de ruta (IV): La forja de la comunidad




(Anteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (III): Qué puedo hacer yo).

Queridos lectores:


He tenido varias semanas de receso por mis múltiples obligaciones; al trabajo ordinario, complicado de mantener en condiciones de confinamiento domiciliario, he tenido que añadir un gran incremento de las fundamentales y a menudo desdeñadas tareas reproductivas (en particular, las tareas del hogar y el cuidado de los niños). Ahora que todo parece haberse estabilizado en un nivel más soportable, retomo el hilo de la serie "Hoja de Ruta" en el punto en el que lo habíamos dejado. En esta ocasión, hablaremos de la importancia de la creación de una comunidad.

Uno de los problemas más graves a los que tendremos que hacer frente durante los próximos años, incluso durante los próximos meses, es a la incapacidad del sistema actual de proveer de medios de sustento a una parte no despreciable de la población.

Fijémonos en el caso de España: ya antes de comenzar esta nueva crisis, el porcentaje de la población en riesgo de pobreza o exclusión social en 2018 era del 26,1% (indicador AROPE), cifra impresionante porque significa que uno de cada cuatro españoles podría verse abocado a la indigencia si las condiciones materiales de la sociedad se deterioran - que es justo lo que está pasando ahora mismo. Con la actual crisis, es más que probable que muchos hogares en España tengan dificultades para llegar a final de mes, en un porcentaje que puede ser incluso mayor que el del indicador AROPE por el drástico cambio de las condiciones laborales para un gran número de trabajadores (según algunas estimaciones, entre parados y afectados por Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, hasta el 34% de la población activa no trabajaría en junio). Muchos de estos ERTEs se acabarán convirtiendo en EREs (lo mismo, pero no temporales), incrementando rápidamente el paro, sobre todo en el sector de servicios y principalmente los de hostelería.

A estas alturas, es evidente que la campaña turística en España este verano será un desastre: vendrán muchos menos turistas, en parte por los problemas económicos que también se viven en otros países y en parte por el temor a contraer la CoVid-19 estando lejos de casa, y eso por no hablar de las múltiples restricciones que aún pueden estar vigentes durante este verano, y que pueden comprometer la rentabilidad de hoteles, bares y restaurantes. Estamos hablando del sector económico que representó en 2019 más del 14% del PIB y del 10% del empleo. Pero no es el único sector severamente afectado: el consumo en general también se están resintiendo, sobre todo en bienes menos fundamentales en estos tiempos de incertidumbre, por ejemplo, la automoción (por poner dos noticias recientes, se anuncian reajustes importantes en el sector: Nissan cerrará su planta de Barcelona, y el Gobierno francés  condiciona las ayudas al sector a la repatriación de puestos de trabajo). Eso hace que el comercio esté también muy debilitado, ya que la gente pospone decisiones sobre el consumo a la espera de ver qué nos depara el futuro, y en el comercio al por menor las medidas impuestas, incluso en los territorios donde avanza la retirada de restricciones, hace que la afluencia de compradores sea mucho más pequeña. A quien esto beneficia es, por supuesto, a la compra por internet, con lo que se está premiando a los grandes distribuidores (Amazon, Alibaba) en perjuicio de los pequeños comerciantes y los pequeños productores. En todo caso, es de prever en los próximos meses el cierre de muchas empresas de todo tipo (desde hoteles y restaurantes hasta concesionarios de coches, pasando por la mercería de la esquina y la librería de al lado, y eso por no hablar de la gran industria). Va a haber un fuerte descenso de la actividad económica y un rápido incremento del paro.

Es completamente inútil esperar que desde las instancias estatales se pueda dar una respuesta efectiva a estos problemas. El Estado funciona bajo unas premisas de continuidad en la actividad, y no está en absoluto preparado para hacer frente a una verdadera transición de fase como la que estamos experimentando. En Física, una transición de fase sucede cuando el sistema analizado experimenta un cambio tan brusco y tan marcado que sus propiedades físicas son completamente diferentes tras la transición: es, por ejemplo, el paso de hielo a agua líquida, o de agua a vapor.  Lo que estamos viviendo no es un simple bache, primero por la crisis sanitaria y después por la económica, sino que realmente muchas cosas no podrán volver al punto de partida, ni siquiera a algo medianamente cercano. En los próximos años algunos engranajes fundamentales del sistema actual saltarán por los aires, y particularmente lo hará la producción de petróleo. No va a haber vuelta para atrás, pero el Estado es un mastodonte que no puede girar. Su manera de funcionar se basa en la recaudación de impuestos, la regulación legislativa y el mantenimiento del statu quo. En un momento en el que las bases físicas y productivas de la sociedad van a sufrir un deterioro tan importante, un Estado, en su concepción clásica, es completamente incapaz de adaptarse; de hecho, lo único que puede hacer es agravar aspectos de la actual crisis (discutiremos con más detalle por qué el Estado está condenado a hundirse en el siguiente post). Los próximos movimientos del Estado serán contraproducentes: intentará aumentar algunos impuestos para poder financiar su plan de choque, pero con una actividad en retroceso los impuestos también caerán y más rápido; recurrirá al endeudamiento, pero el volumen de deuda requerido será tan grande que en seguida el mero pago de los intereses le dejarán prácticamente sin recursos; recortará grandemente los salarios de los funcionarios y al hacerlo se reducirá aún más el consumo; recortará en partidas más "accesorias" desde el punto de vista de lograr la (imposible) recuperación económica y con ello aumentará el malestar - y, lo peor de todo, habrá gente que quedará completamente desprotegida.

¿Qué va a hacer esa gente que no tenga ningún tipo de ingresos a medida que la situación se vaya prolongando a lo largo de los meses? Durante un tiempo podrá vivir de los exiguos ahorros que tenga, de lo que le puedan prestar familiares y amigos, y de malvender algunas pertenencias por las que aún puedan sacar unos reales. Pero todo tiene un límite, y llegará un momento que la única opción para sobrevivir será robar; y a medida que la desesperación crezca, esos robos tendrán que ser más violentos, porque costará más encontrar algo que merezca la pena.

¿Qué puede hacer el Estado delante de esto? Nada. La primera reacción sería aumentar la presión policial, pero sin reclutar más policía, justamente por la falta de recursos. En cuanto el problema se generalice, la policía solo podrá dedicarse a las cosas grandes de verdad, y de vez en cuando atrapará y seguramente apalizará a algunos raterillos, para dar la impresión de que se está haciendo algo.

Este escenario no está tan lejos en el tiempo como podría pensarse, querido lector. ¿Cuánto tiempo falta para que la gente que se ve a quedar sin trabajo y sin cobertura de las diferentes administraciones se vea obligada a robar?

En el contexto actual, esperar a que haya una reacción de las autoridades es completamente suicida. La magnitud del problema es tal que no va  a haber una reacción útil desde el sistema. Y lo peor es que quedarse de brazos cruzados, "porque no me corresponde a mí ocuparme de eso", mientras nuestro vecino pasa hambre, es la mejor manera de minar la cohesión social y de dificultar el establecimiento de esa comunidad que necesitamos constituir.

Porque, sí, necesitamos constituir comunidades, para nuestro apoyo mutuo, y lo necesitamos con urgencia. Necesitamos crear comunidad para dotarnos de resiliencia en medio de los cambios profundos y terribles que se van a dar en los próximos años. Necesitamos crear cohesión y unión, y en medio de todas las dificultades tenemos que encontrar modos de supervivencia, sí, pero también modos de vida. Y tenemos que hacerlo por nosotros mismos, sin esperar a que venga nadie de fuera o "de arriba" a resolvernos este problema.
El hecho de que no quede memoria viva de lo que es vivir sin un Estado hace que la gente no pueda concebir lo que es vivir sin un Estado, pero desgraciadamente la desaparición del Estado es un hecho inevitable del devenir del descenso energético (de hecho, es una de las fases del colapso). A pesar de lo extraña que nos resulte la idea, es un error pensar que no es viable gestionar el descenso desde la comunidad; lo que de hecho es inviable es hacerlo sin la comunidad y desde fuera de ella, porque solo desde una comunidad bien cohesionada se puede gestionar la producción y los excedentes en una situación de descenso energético.

Hay mucho trabajo para hacer. Para crear una comunidad el primer paso es tener un plan. Hay que comenzar por algo muy concreto, muy centrado en un problema  específico y urgente. No se puede redefinir toda nuestra sociedad en un solo día, y necesitaremos de mucho ensayo y error para conseguir nuestro objetivo. Existen ya muchas iniciativas en todo el mundo, y en particular en el territorio español, que pueden ser buenos puntos de arranque para constituir comunidad, desde las cooperativas de consumo hasta las ecoaldeas, pasando por las iniciativas de transición y los movimientos sociales de base de todo el espectro. Cada uno debe buscar aquélla con la que se sienta más cómodo y comenzar a colaborar con ella en la medida que pueda. Recuerden siempre que el bien más preciado es el tiempo; úsenlo con cabeza.

La transición a la comunidad no va a ser idílica, por supuesto. Existen numerosos ejemplos de iniciativas que han fracasado, a veces por falta de concreción y a veces por exceso de la misma. Otro elemento que suele llevar al fracaso, o como mínimo a la marginalización, es el exceso de carga ideológica. Para evitar eso lo preferible es concentrarse en objetivos directos y concretos, tangibles y de primera necesidad, siendo pragmáticos cuando convenga y no dejando que nuestros posicionamientos ideológicos, que quizá no son tan compartidos como pensamos, pasen por delante del objetivo realmente compartido por los participantes en el proyecto. En la situación que vamos a vivir en los próximos meses y años va a ayudar a consolidar las comunidades que surjan el que poco a poco no habrá otra opción: o se construye alguna cosa o no habrá red de sustento para tanta gente.
Uno de los requisitos para crear una comunidad funcional es la gestión de la producción y del trabajo desde el ámbito local. No quiere decir esto que no pueda haber producción que venga de lejos o que algunas personas no puedan trabajar en lugares más distantes, pero de cara a dar una protección a los que se han quedado sin nada no se puede confiar en un sistema basado en las grandes escalas. Se tiene que garantizar la producción y distribución de alimentos de proximidad, fuera de los grandes circuitos de distribución, y se tiene que crear empleo en actividades ahora ninguneadas como la reparación (de todo tipo de cosas, desde el calzado hasta los electrodomésticos), el reciclaje/reutilización de materiales y piezas (algo muy diferente de lo que se hace ahora) o la fabricación artesanal de productos de primera necesidad. No se trata de crear grandes oportunidades de negocio, sino de dar trabajo y sustento a la gente que se ha quedado sin ellos. Aquí también la comunidad es muy importante, porque debe comprar esos productos y usar esos servicios "de la comunidad" en preferencia a otros de procedencia industrial. Eso es algo fácil y de hecho automático si la comunidad está formada por gente que ha caído en la exclusión, que de esta manera constituirían una economía al margen de la "economía oficial"; pero en el período de transición es importante fomentar esta actividad dirigiéndose preferentemente hacia estos servicios comunitarios. 

La transición tendrá que enfrentarse a muchas dificultades de implementación, y una que quizá a muchos les resulte inesperada proviene del pago de impuestos. Efectivamente, esta economía alternativa no genera excedentes de acuerdo con las expectativas de la actividad económica actual, ya que su objetivo no es la generación de beneficios sino la inserción social de sus miembros y proporcionarles medios de sustento y vida digna. Sin embargo, es difícil evitar que el Estado haga una valoración económica estándar de los beneficios que, a su entender, genera esta actividad y que reclame el justo pago de impuestos, al margen de la capacidad real de estas iniciativas de poder pagarlos. Por eso es muy importante que el uso de moneda y de servicios financieros sean, también, alternativos. De todos modos, eso tampoco impediría que el Estado, una vez que este tipo de actividades ganen volumen, acabe buscando maneras de hacer pagar impuestos, introduciendo las modificaciones legislativas pertinentes. Por ese motivo, cuando una iniciativa comience a tomar un cierto tamaño, debe contar con el asesoramiento legal y contable de expertos (voluntarios, por supuesto) que permitan evitar que la finalidad de la iniciativa se desvíe de sus objetivos de no lucro e inserción social. Esta tarea puede volverse muy compleja en los estadios finales del Estado, cuando en su desesperación por no desaparecer intente apropiarse de todos los excedentes, los reales y los percibidos.

Por todo lo dicho anteriormente, la gestión de los excedentes es una pieza clave en la comunidad. La comunidad ha de generar excedentes para hacer frente a momentos de carestía o de penalidad (como lo está siendo el confinamiento acarreado por el coronavirus). De hecho, justamente para tener resiliencia se requiere una producción deliberada de excedentes, esas reservas necesarias para los años de vacas flacas. Fíjense que el concepto de excedente aquí choca frontalmente con la gestión de excedentes en la actual economía: hoy en día, cuando hay excedentes estos se consideran capital y en la lógica del crecimiento exponencial deben ser inmediatamente invertidos de cara a hacer crecer aún más la actividad económica. En la lógica de la comunidad resiliente del futuro, los excedentes deben ser una despensa, una manera de poder afrontar baches, tanto colectivos como individuales, pero se necesita un plan adecuado para su gestión: quién los genera, quién los distribuye, quién tiene derecho a los mismos y, de nuevo, cómo se conjugan con el cobro de impuestos y con el objetivo de no crecimiento de la comunidad.


Como ven, queda mucho trabajo tanto teórico como, sobre todo, práctico para poder implementar una comunidad adecuada y resiliente en cada lugar. Las estrategias serán diferentes según los lugares de aplicación. Por ejemplo, las grandes ciudades necesitarán reducir su población y esponjar su urbanismo para introducir algunas actividades como la producción de alimentos; esto último implicada modificar la gestión de residuos de cara a producir abonos y también introducir cambios en la gestión del agua. Las urbanizaciones aisladas necesitarán ser repensadas y, en algunos casos, abandonadas. En otros lugares lo que se necesitará será adecuar la habitabilidad para acoger personas venidas de otros lugares, y gestionar adecuadamente problemas como el desarraigo, la añoranza del mundo perdido y los conflictos entre los recién llegados y los residentes tradicionales; eso, entre otras muchísimas cosas.

Ya lo hemos dicho: queda mucho por hacer, y cuanto antes comencemos a plantearlo, mejor. Hay que entender que lo que no podemos hacer es ignorar el problema, incluso desde un punto de vista del egoísmo bien entendido, porque delante de un problema de una magnitud tan masiva o nos salvamos todos o perecemos todos: no hay margen para soluciones individuales tan caras a los grupos supervivencialistas.

En el próximo post discutiremos con detalle por qué no cabe esperar ninguna reacción útil o eficaz por parte de los Estados, que, al igual que el capitalismo, encaran las décadas finales de su existencia, al menos en su concepción moderna.

Salu2.
AMT