domingo, 26 de julio de 2020

Hoja de ruta (y VI): Navegando en aguas turbulentas



(Anteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (V): La caída de los Estados).

Queridos lectores:

En la segunda entrega de esta serie discutía sobre cómo percibir los signos que individualmente nos deben hacer reconocer en qué momento debemos dar ese giro copernicano a nuestras vidas y abandonar la vida pasada para que una vida futura sea posible. En esta última entrega de la "Hoja de ruta" discutiré sobre una cuestión complementaria de la anterior: reconocer qué signos debemos ignorar. Si entonces hablaba de decisiones individuales, en esta entrega hablaré de inteligencia colectiva (o de su ausencia) y sobre cómo debemos hacerle frente.

Uno de los problemas obvios que tenemos por delante como sociedad es que no estamos preparados ni material ni psicológicamente para hacer frente al proceso de transformación que inevitablemente nos va a sobrevenir, transformación que muchos identifican con un colapso más o menos completo de la sociedad. Los primeros posts de esta serie hablaban de las razones de este colapso (El Cisne Negro), de cómo reconocer nuestro colapso personal para poder empezar a cambiar (Poniéndose en marcha) y de qué podemos hacer cada uno de nosotros individualmente (Qué puedo hacer yo) y colectivamente (La forja de la comunidad). El quinto post explicaba por qué no cabía esperar ninguna reacción útil de los Estados (La caída de los Estados), porque en esencia los Estados como tales también van a colapsar y porque su manera de funcionar y sus políticas solo pueden llevarles a colapsar. Pero ese colapso no va a ser sin ruido, sino que la caída de tan pesadas maquinarias de poder va a levantar una intensa polvareda, y esa polvareda es lo que nos va a dificultar la visión, y a ratos la respiración, durante los próximos años. De hecho, solo han caído los primeros cascotes pero la visión ya comienza a hacerse borrosa, lo que añade a la dificultad psicológica de aprehender y aceptar el colapso la dificultad de encontrar el camino correcto.

Los primeros signos del colapso del Estado se observan en el incumplimiento de sus compromisos. Los Estados modernos tienen su razón de ser en el contrato implícito con sus ciudadanos de ofrecerles una serie de servicios y de atender sus necesidades. Lo que lleva pasando desde hace bastantes años es que los Estados cada vez se alejan más de ese ideal de servicio al ciudadano (ciudadano que, en los países democráticos, es quien se supone que ostenta la legitimidad, y no el Estado en sí, el cual se supone que es su servidor). Con excusas cada vez más bobas los poderes públicos dan palos de ciego y emprenden políticas cada vez más erróneas, presos como están en una maraña de intereses de grandes corporaciones y de una desinformación de alta calidad diseñada específicamente para confundirles. ¿Cómo se explica, por ejemplo, que la gran mayoría de los expertos en la "Transición ecológica" con los que cuentan los ministerios del ramo no sean biólogos, físicos, matemáticos o ingenieros, sino economistas? Los Gobiernos creen realmente que su sesgada visión de la realidad es la realidad misma, son ciegos y ni siquiera saben que no ven.

A partir de aquí, confundiendo lo que se debe hacer con lo que aquéllos con acceso privilegido a las esferas de poder les dicen que se debe hacer, los Estados se lanzan a una espiral de incumplimiento de deberes. Se empieza por congelar o reducir las prestaciones sociales, luego las pensiones,  luego las becas, más tarde la inversión en investigación, después la cobertura por desempleo, luego se reduce la asistencia sanitaria y luego todo en general. Lo que se paga con los impuestos de todos sirve cada vez menos a los intereses de todos. Aquellos que creen que pagan demasiado (y en especial las empresas) se frotan las manos y promueven más desinformación con la esperanza de pagar aún menos impuestos, sin comprender que el continuo adelgazamiento del Estado lo aboca a su disfuncionalidad y, peor aún, a la pérdida de legitimidad a los ojos de los ciudadanos.

Es en esos momentos más críticos cuando más desinformación se emite, cuando se segrega la que sin duda es la substancia más tóxica que ha inventado el ser humano: la propaganda. Y es que, a diferencia de otros venenos, la propaganda tiene la capacidad de alterar las mentes de las personas afectadas hasta el punto de que olvidan cuáles son sus intereses de grupo y adoptan intereses espurios que en realidad van en su perjuicio. Se comienzan a crear facciones, en función de cuál sea el veneno que predomine en cada grupo. Un buen ejemplo de este alistamiento por facciones lo podemos ver en la actual crisis de la CoVid-19. Está un primer grupo que cree que la epidemia de la CoVid es una excusa para reducir las libertades individuales e imponernos antidemocráticas medidas colectivistas y uniformizadoras, y que por tanto consideran su deber resistirse a estas medidas como los auténticos luchadores por la libertad que son. Tenemos luego un segundo grupo, que cree que cree que el virus de la CoVid fue creado en un laboratorio chino o americano y que es un mecanismo de las farmacéuticas para ganar dinero o de los Gobiernos para eliminar población sobrante, y que por tanto dedican su tiempo a recopilar pruebas e intentar exponer esta conspiranoia. Y por último (aunque hay otros grupúsculos menores) tendríamos un tercer grupo que cree que en realidad el virus de la CoVid no existe y que se están difundiendo noticias falsas sobre enfermos y hospitalizaciones para cualquiera de los fines anteriores, y que por tanto van por todos lados sin mascarillas ni nada. El caso es que, aunque la mayoría de la población no se alinea con esas tres facciones, el hecho de que existan y de que una parte de la discusión partidista coquetee con ellas (y por eso a veces los dirigentes de los partidos políticos dicen cosas poco claras), tal ceremonia de confusión y de teorías de las conspiración hace que no se haga una pedagogía básica sobre medidas sencillas que evitarían la propagación de la enfermedad. Estamos solo a 14 días de librarnos (prácticamente) del dichoso virus, si simplemente usáramos correctamente las mascarillas y nos laváramos las manos durante ese período de tiempo; pero en la práctica igual parece que estuviéramos a 14 años de conseguirlo, porque no somos capaces de seguir todos a la vez unas normas tan sencillas durante dos puñeteras semanas. Con toda la intoxicación del debate público, alimentada por los intereses espurios de algunos y por la desconfianza de una población azotada durante años de recortes y desprecios, hemos llegado a un punto en que la gente no sabe cómo funciona una mascarilla (y suerte que estamos hablando de un simple trozo de tela: si nuestra supervivencia estuviera en juego y dependiera de algo un poco más complicado estaríamos perdidos). En vez de hacer campañas de concienciación, explicando que la mascarilla tiene que cubrir boca y nariz en todo momento, que el objetivo primario es no infectar a los demás y que por tanto se trata de una cuestión de respeto, que la clave son los espacios públicos donde haya poca separación y los pobremente ventilados, etc, etc, lo que hay es un corifeo gallináceo que apunta en todas las direcciones, cuanto más ridículas mejor.

Por cierto, aviso a mis paisanos que no estaba hablando de España. Y es que aunque en nuestro país también se ven estas cosas, en realidad están extendidas por todo el mundo: vayan al país que quieran y encontraran las mismas idioteces. Lo cual demuestra que hay una crisis de confianza global, y que, sometidos al estrés de una crisis de gran alcance como la que ha planteado la CoVid, el sistema revienta de similar manera en la mayoría de los países.

No todo el mundo es igual de susceptible al veneno de la propaganda, y eso también afecta a los servidores públicos: algunos serán más propensos a dejarse llevar por la marea de infundios y falsedades, y otros no tanto. Ese efecto desigual de la propaganda sobre las personas que accionan los resortes del Estado alimenta un creciente conflicto entre los poderes del Estado: jueces que anulan decisiones gubernamentales, policías que deciden a su arbitrio si aplican ciertas normas o no, administraciones locales que desoyen las nacionales y viceversa. Al estallido de las contradicciones internas características del desmoronamiento de los Estados, se le une esta espesa neblina de confusión que todavía genera más choques y conflictos, y que acelerará la desligitimación del poder estatal; al mismo tiempo, la misma propaganda hará difícil que se asiente un nuevo poder legítimo, puesto que el mismo lastre de desconfianza y mentiras le arrastrará, al menos al comienzo y hasta que la situación se asiente.

Tampoco cabe esperar nada bueno desde los medios de comunicación. No están pensados para esto y solo generarán ruido, amplificando toda la basura y tonterías que haya a su alrededor. Tendrán que confiar no en lo que le digan, sino en aquello que vean en su entorno cercano. Tendrán que evaluar por Vds. mismos todo, qué es lo que funciona y qué es lo que no, sin dar nada por sentado, y sobre todo, sin hacer caso a la propaganda que algunas veces interesadamente insistirá en que lo que Vds. están haciendo no puede funcionar, a pesar de que la experiencia propia les esté diciendo que sí.

Ésta es la última dificultad, la última prueba que tenemos que superar para llegar desde donde estamos hasta donde queremos ir. No escuchen el ensordecedor ruido, no se dejen engañar por los cantos de sirena, no se dejen arrastrar por las pláticas demagógicas. Tienen que tener criterio propio, tienen que ser capaces de decidir por sí mismos qué es lo que quieren hacer y ver por dónde tienen que seguir, y sobre todo establecer lazos con la gente más próxima que también quiere trabajar en construir ese futuro.

Con este post cierro la serie. Ahora ya tienen todas las recomendaciones que yo les podría dar. Ahora ya tienen una indicación de cómo hacerse su hoja de ruta, aunque cada persona deberá elaborar la suya propia. Mucha suerte en el camino.

Salu2.
AMT

(Volver al inicio de esta serie: Hoja de ruta (I): El Cisne Negro).

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