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jueves, 4 de julio de 2013

Un futuro sin más (VI): La piedra filosofal



[Las personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre mera coincidencia]

[Capítulos anteriores de este relato: primero, segundo, tercero, cuarto y quinto]
  
A pesar del gran daño que había causado, la quimera de la Gran República Francesa había sido extraordinariamente efímera: poco más de siete años separaban el momento en el que que Francia invadió España del momento en que la gran tempestad de San Ildefonso destruyó el Ejército Republicano. Dos años después de los eventos que relatábamos en el capítulo anterior una relativa paz volvía a reinar en Europa. Las nuevas naciones, mucho más pequeñas que los fallidos Estados-Nación de los que se habían originado, habían conseguido superar una buena parte de sus agravios históricos y llegar a colaborar entre ellas. En muchos casos colaboraban por pura necesidad: la vida era bastante dura en aquellos años en los que el Cambio Climático se iba manifestando con cada vez más fuerza. Conseguir una cosecha suficiente era una proeza que no estaba al alcance de todos los agricultores, y la fortuna era variable y esquiva con el paso de las estaciones y los años. Faltaba prácticamente de todo y toda la población que pudo volvió masivamente al campo. Las epidemias de disentería, de cólera, de fiebre tifoidea, de tuberculosis y de tantas otras enfermedades que se creían afortunadamente olvidadas volvían una y otra vez, y a veces se propagaban por todo el continente. A pesar de las mejoras en los hábitos higiénicos y del mayor conocimiento sobre las bases microbiológicas de las infecciones a la mayoría de la gente le costaba seguir recomendaciones sencillas por falta de medios y por tener que atender siempre la más urgente necesidad de encontrar algo para comer. Con las epidemias, el hambre y la emigración a otros continentes la población europea experimentaba un paulatino pero continuo descenso.

Jan no era ajeno a todas estas calamidades, aunque su estatus de Profesor Titular Universitario le permitía vivir un tanto mejor que el resto de los conciudadanos de una Suiza que, igualmente, mantenía un nivel de bienestar superior al de cualquier otro país. Cuando terminaba las agotadoras jornadas de diez o doce horas que se autoinflingía, en la búsqueda imposible de la fuente de energía ideal, aún pasaba dos o tres horas ayudando en comedores sociales o haciendo de voluntario en hospitales para gente necesitada. Jan se sentía un privilegiado y por tanto obligado a corresponder a una sociedad que le había encumbrado. En realidad se sentía más obligado todavía porque él mismo se asignaba una importante cantidad de la culpa de las desgracias que se habían abatido sobre Europa durante los años precedentes. Si no hubiera embaucado a aquellos crédulos con los tremogeneradores de Tesla, Francia no se habría embarcado en tamaña y absurda empresa. Él no les obligó, pero fue un cooperador necesario. La vida en Europa sería mejor si Jan no hubiera dicho nada más después de su alegato contra la ignorancia en aquel juicio en París y se hubiera dejado simplemente ejecutar. Se le podía dar tantas vueltas a ese hecho como se quisiera, pero ésa era una simple e inapelable verdad. Jan sentía que tenía que compensar por todos los medios posibles el horrible mal que él había contribuido a liberar.

Después de la derrota de San Ildefonso, posiblemente impresionado por el comportamiento de Jan durante los días previos, Strauss había comenzado a tratarle de otra manera. En realidad hacía tiempo que le trataba de otra manera, pero para Jan sólo fue evidente cuando la amenaza francesa se disolvió como un azucarillo en el té que solía compartir con Strauss. Jan no tenía reparos en bajar a realizar en persona sus experiencias en el laboratorio, y en ocasiones Strauss, generalmente reacio a interactuar mucho con el aparataje experimental, a veces le seguía para proseguir sus discusiones y validar en caliente sus diferentes hipótesis, validación que generalmente refrendaba el punto de vista de Strauss. "Sólo me he equivocado una vez en mi vida", decía Strauss con cierta soberbia infantil, "y fue juzgándole a Vd., buen amigo", le decía a veces a Jan, y éste le respondía que la niebla de la guerra ofusca la razón humana y no deja ver con claridad, y que no tenía demasiada importancia lo que Strauss consideraba un error de valoración de Jan (que el propio Jan no lo consideraba tan desatinado).

Un día que Jan le estaba comentando los detalles de su último prototipo Strauss le dijo:

- Está Vd. tan cerca, tan cerca... Sí, quizá es éste el momento y es Vd. la persona.

Jan miró extrañado a Strauss, picado por la curiosidad. ¿Qué quería decir el anciano profesor?

- Venga, venga conmigo - y guió a Jan a su despacho. Sacó del bolsillo de su chaqueta  una llave que pendía de una cadenita y abrió con ella el cajón de un armario, de donde sacó una libreta con tapas azules descoloridas; se la puso entre ambas manos a Jan y le dijo: - Me gustaría que revisase Vd. los cálculos de ciertas experiencias que están relatadas en este cuaderno, y después me exponga sus conclusiones. No me malinterprete: por supuesto que no le ordeno nada, hace ya años que es Vd. profesor de esta universidad por pleno derecho. Pero realmente me gustaría conocer su opinión. Eso sí, le ruego que trate todo ese material con la máxima discreción: no quiero que se difunda entre los otros profesores. Acépteme por esta vez esta pequeña excentricidad de un profesor al final de su carrera profesional.

A Jan le chocó una solicitud tan extraña, pero la curiosidad le podía más que cualquier otra consideración, así que aceptó el encargo de Strauss, y se llevó la libreta para estudiarla tranquilamente en su casa.

Jan pasó horas y horas absorbido por la lectura de aquella extraordinaria libreta. Aquellas 100 cuartillas contenían una profundidad conceptual y técnica que no había visto en ninguna parte antes; todo escrito con la letra menuda y puntillosa de Strauss. Era obvio que Strauss le había dado muchas vueltas a esos estudios y que lo había pasado todo a limpio, quizás varias veces, hasta escribir esa libreta de humilde apariencia y grandioso contenido. Pero lo que allí se explicaba simplemente no podía ser; era tan extraordinario que por fuerza era imposible. Jan interpretó que Strauss le estaba poniendo a prueba una vez más, y se lo tomó como un reto. Fue haciendo sus anotaciones en su propia libreta, que luego fueron dos libretas, y luego cuatro, y luego... Durante días Jan dedicaba todo su tiempo libre y aún su tiempo de experimentación en el laboratorio a intentar buscar la trampa de aquellos cálculos. Concluyó la libreta al tiempo que anotaba sus últimos resultados en la última hoja de la décima libreta. No había encontrado el truco. Strauss volvía a ganar.

Con la cabeza gacha fue a buscar a Strauss a su despacho; llamó a la puerta y cuando Strauss le dijo "adelante" la abrió y desde el umbral, el pomo en la mano, le dijo:

- Me rindo, profesor Strauss. Usted gana. No he sabido encontrar el error. Todos los cálculos parecen impecables. ¿Dónde está el truco?

Strauss sonrió y le pidió que pasara y que cerrara la puerta. Jan accedió, resignado. Strauss iba a pasar un buen rato a su costa, tomándole el pelo por no ver un fallo evidente, pero como mínimo iba a aprender algo más de Física.

- Siéntese, por favor, viejo amigo - le dijo Strauss, con el tono que usaba cuando algo que había hecho Jan le placía particularmente - Usted ahora ha revisado mis cálculos durante días, y no ha encontrado ningún truco. Y es lógico, porque no hay ningún truco.

Jan le miró asombrado, con la boca abierta, durante unos segundos siendo incapaz de articular una palabra, y al cabo le dijo:

- Vamos, profesor Strauss, vamos, no se burle de mi. Me he saltado algún término, he asumido algún principio de Física que en realidad es erróneo y que Vd. conoce mejor que nadie. Dígame por favor dónde está la clave de esos absurdos resultados.

- ¡Pero es que no hay ninguna clave oculta! - dijo Strauss, y sus ojos le brillaban como los de un niño pícaro - Los resultados son correctos. La densidad energética resultante...

- ... es simplemente absurda, profesor - le cortó Jan con discreción.

- ¿Se incumple el Primer o el Segundo Principio de la Termodinámica, profesor Palermo?

- No - dijo Jan; eso fue una de las primeras cosas que comprobó, por supuesto.

- ¿Hay conservación de la masa, se han tenido en cuenta todos los calores latentes y sensibles, los potenciales químicos, los módulos de elasticidad, de compresibilidad, los puntos de ruptura, las dilataciones térmicas...? - preguntó Strauss como el que comprueba una lista de la compra.

- Todo es aparentemente correcto, profesor Strauss - dijo Palermo, y después de reflexionar un poco, añadió: - La clave está en el uso de las diversas anomalías reactivas y en ese extraño fenómeno de resonancia...

- ... todos los cuales están perfectamente documentados por infinidad de validaciones experimentales - aquí fue el que un Strauss regocijante cortó a Palermo.

Jan Palermo estaba en estado de shock. Pero es que no podía ser. Simplemente, no podía ser.

Adivinando sus pensamientos, Strauss le dijo:

- Mire, Jan - era la primera vez en su vida que le llamaba por su nombre de pila - le necesito a Vd. Yo, como sabe, soy un físico teórico, pero Vd. es muy buen experimentalista. Ahora ha visto la misma maravilla que yo vi, hace años, cuando tras unas semanas de inspiración frenética escribí esa libreta. En realidad, escribí y re-escribí, probé mil cosas buscando el error de mis argumentos, depuré hasta el máximo mis razonamientos, separando claramente todos los factores, y no encontré el error. De hecho, entendí por qué no hay ningún error. Era algo evidente, a la vista de todos, pero como las piezas de un puzzle hacía falta tener una visión de conjunto y hacerlas encajar. Después, me asusté y guardé esa libreta en ese cajón durante décadas, esperando que algún día apareciera alguien con quien poder discutir sus resultados sin que me hiciera el hazmerreír de toda la Universidad. Así que, profesor Palermo, se lo ruego: convierta mis cálculos en dispositivos, realice las experiencias. Demuestre que estoy equivocado. Encuentre mi error, se lo ruego.

A Jan la cabeza le daba vueltas, pero la petición de Strauss le gustaba. Si había un sitio donde Jan Palermo se sentía seguro era en el laboratorio; sí, allí sería capaz de encontrar el error que en la mesa de su despacho no había sido capaz de encontrar.

Ya salía por la puerta del despacho cuando Strauss le hizo una última petición:

- Pero, Jan, por favor: sea discreto.

- Por supuesto, Wilhem - dijo Jan guiñándole un ojo.

El propio Jan tenía interés en ser discreto. No sería nada edificante que se supiera que dos profesores de la Universidad Técnica perdían el tiempo intentando implementar una quimera infantil. Así que se programó su tiempo de laboratorio de modo que, entre medias de sus experimentaciones convencionales, iba probando las diversas fases que eran implicadas por la fatídica libreta azul. Pero ninguna fase falló en solitario, y todos los valores confirmaban con muy buena aproximación los cálculos de Strauss. Así que Jan se vio obligado a ensamblarlas todas juntas, lo cual ya no fue tan discreto (el dispositivo, a pesar de estar a escala, tenía casi dos metros de alto) y algunos compañeros le preguntaban en qué estaba trabajando. Él les respondía que quería montar un calorímetro de precisión para testear ciertas reacciones exotérmicas, y con esa explicación se daban por satisfechos. 

Cuando acabó el montaje, todas las piezas revisadas tres veces, trasladó su "calorímetro" al patio interior de la facultad. Lo hizo cuando ya era de noche y prácticamente no quedaba nadie en el instituto. Conectó el aparato a tierra, hizo los últimos ajustes, y lo accionó. Estuvo tomando medidas, controlando entradas y salidas, durante dos horas. No se lo podía creer. Todo funcionaba como en la libreta de Strauss.

Jan había tenido que ingeniárselas para convertir los cálculos de Strauss en un dispositivo viable, y tuvo que hacer no pocos diseños de ingeniería un tanto elaborados para poder aprovechar al máximo el potencial de los cálculos de Strauss: de la física teórica a la experimental siempre hay un trecho. Sin embargo, los márgenes que había estimado Strauss eran razonables y el dispositivo funcionaba casi igual que en el manual. Jan, simplemente, no se podía creer que había hecho lo que había hecho.

Como no podía dejar el aparato en medio del patio de la facultad, decidió llevarse el prototipo a su casa, con la ayuda de una carretilla. No vivía lejos del laboratorio; la Universidad tenía una pequeña cantidad de casas que alquilaba por precios módicos a su personal, y su pequeña morada tenía un patio trasero donde podría colocar el dispositivo discretamente y dejarlo accionado de manera indefinida. Lo instaló allá y lo conectó a un alternador y éste a un acumulador de gran capacidad, y lo dejó encendido durante días. Para justificar la salida del material, escribió una solicitud de traslado de equipos para un trabajo de campo destinado a  la determinación de enclaves favorables a la generación termosolar, rellenó los formularios de orden de misión, y se fue a su casa a vigilar el cacharro. Tras una semana de vigilar su funcionamiento, controlando cada variable, se convenció de que el dispositivo funcionaba correctamente y que lo seguiría haciendo indefinidamente.

Fue tras esos siete días en los que Jan Palermo creyó vivir en una especie de sueño irreal que decidió ir a ver a Strauss. Era una tarde de domingo y Jan encontró a Strauss  en su casa, cuidando del jardín. El jardín había sido la pasión de su esposa, y al morir ésta tres años antes Strauss había decidido mantener vivo su recuerdo manteniendo vivo su jardín.

Strauss alzó la vista y vio delante de él un Jan Palermo sucio, con la ropa arrugada y ojeras.

- ¿Ha acabado ya sus experiencias de campo, profesor Palermo? - le dijo, mientras continuaba podando un arbusto.

- Sí - dijo Jan, lacónico - Sí que las he acabado. Deberíamos hablar.

- Por supuesto - dijo Strauss - Por favor, entre en la casa.

Jan se hundió en el sillón orejero mientras esperaba a que Strauss le sirviera el té. De repente se dio cuenta de lo cansado que estaba; llevaba siete días casi sin dormir. Cuando el profeso se hubo sentado en su butaca Jan disparó.

- Profesor Strauss: el dispositivo funciona. Funciona exactamente como Vd. lo había previsto; bueno, con unos pequeños ajustes sin importancia, pero lo que sí que importa es que funciona. ¡Funciona! ¿Se da cuenta de lo que eso significa?

- Sí - dijo Strauss y dio un breve sorbo a su té - significa que hemos encontrado una fuente de energía prácticamente inagotable.

Así era. Habían encontrado esa fuente - bueno, más bien Strauss había encontrado la fuente y Jan había llevado a la práctica su explotación. Sonaba a esas conspiraciones que eran tan populares años atrás, todos esos cuentos de energía libre, Tesla usado como un icono esperpéntico y todo ese batiburrillo absurdo de conceptos de física cuántica, magnetismo y móviles perpetuos. Pero, a diferencia de toda esa palabrería hueca, el dispositivo de Jan funcionaba sobre una sólida base teórica desarrollada por Strauss, y en su deducción y en su implementación se había usado el método científico; cada hipótesis se había falsado, cada proceso se había comprobado... un trabajo de hormiguita que requería años de experimentación y desarrollo. Y no se hacían así las cosas por capricho: la necesidad de usar el método científico provenía de que se buscaba la reproductibilidad, que los resultados obtenidos hoy aquí fueran los mismos que pudiera obtener cualquier otro hombre en cualquier otro lugar. En suma, que lo que hubieran conseguido tuviera una validez universal, una garantía de funcionamiento; que no se basase en la ingenuidad y credulidad de la gente, sino que proporcionara beneficios objetivos y medibles.

Jan se sentía sobrepasado por los acontecimientos. Tantos años preconizando la escasez de recursos y de la energía para encontrarse hacia el final de su carrera científica con una fuente de energía prácticamente ilimitada y para cuya explotación se requerían materiales sencillos y con necesidades energéticas para la implementación, explotación y mantenimiento muy moderadas (Jan estimaba que la Tasa de Retorno Energético de su dispositivo era superior a 40, y probablemente podría mejorarse en diseños posteriores). Jan se sentía como el personaje de un cuento, de una fábula, de un relato escrito por un científico para alertar sobre los problemas de sostenibilidad de nuestro mundo. En realidad, le gustaría ser tal personaje de ficción. Porque no era capaz de imaginarse qué iba a suceder a partir de ese momento.

- Profesor Strauss... Wilhem - dijo al fin Jan, delante del mutismo de Strauss - éste es el descubrimiento más grande de la Humanidad. Tenemos que hacerlo público.

- Con un invento así Francia hubiera sometido todo el mundo. ¿Qué garantías tenemos de que Suiza no hará lo mismo si se le ofrecemos este Santo Grial, esta Piedra Filosofal capaz de transmutar este planeta?


- El pueblo suizo - repuso Jan - es un pueblo culto y educado.

- También lo era el pueblo francés, Jan - contestó Strauss -  ¡Mon Dieu! Pocas naciones tan cultas y avanzadas tecnológicamente como Francia habrá conocido el mundo. Y, sin embargo, cuando su sistema industrial colapsó, su caída fue más dura y más brutal que la de otros países menos avanzados como, no se ofenda, su España natal. Cuando la necesidad te aprieta la razón y el sentido común suelen escasear. Y ahora mismo la necesidad también atenaza Suiza. Yo confío en nuestro Primer Ministro, pero, ¿no confiaron los franceses en sus Presidentes? ¿Y no les acabaron traicionando, hasta llevarles a su derrota final?


- Pero, profesor... Wilhem - Jan no acaba de sentirse cómodo con tanta repentina familiaridad - si todas las naciones dispusieran de esta tecnología nadie podría invadir a nadie, nadie tendría la necesidad de invadir a nadie.

- Eso es cierto - Strauss se quedó un momento pensativo - pero igualmente se lanzarían a una loca aventura: la de expandirse sin control hasta chocar contra los límites, e intentar siempre rebasarlos. Básicamente, lo que hicimos hasta que la sociedad industrial colapsó.

- Pero, ¿qué deberíamos hacer entonces? ¿Dejar que la Humanidad se hunda en una oscuridad creciente? ¿Dejar que la gente se muera de hambre y de enfermedad?

- Sinceramente: no lo sé, Jan. No lo sé. Hace años que conozco esta fuente milagrosa de energía, y durante años me he hecho esa misma pregunta, sin saber qué responder. Dudo que la Humanidad sepa usarla correctamente. ¿Sabe? Hace muchos años un astrofísico americano hizo un curioso cálculo. Imaginó que alguien encontrase esa maravillosa fuente de energía inagotable e ilimitada, y se planteó qué pasaría en la Tierra con el calor residual que disiparían nuestras máquinas si manteníamos un ritmo creciente de consumo de energía, de un 2,3% anual (lo cual sería considerado crecimiento moderado con los estándares de comienzos de siglo). Sus conclusiones eran inapelables: en 350 años la temperatura del planeta subiría de los 16ºC de media actuales hasta los 36ºC, antes de 450 años los océanos hervirían y en poco más de 700 años el planeta estaría tan caliente que hasta el acero se derretiría. Éstas son las consecuencias de la lógica exponencial del crecimiento indefinido a la que el ser humano se ve impulsado por su propia biología. Hasta que no aprendamos a moderar ese impulso estamos condenados.

- ¿Y no deberíamos intentarlo, profesor? ¿Podemos cruzarnos de brazos y condenar a nuestros semejantes a una vida de dolor y penuria, prejuzgando que nunca serán capaces de aprender?

- La decisión final, mi querido Jan, se la dejo a usted. Mi tiempo aquí se está terminando. Me han diagnosticado un cáncer terminal; no duraré más que un par de meses.

- Wilhem... oh, Dios mío, lo siento mucho.

- No lo sienta, Jan. Me voy después de haber vivido una vida intensa y gracias a su trabajo de los últimos meses puedo marcharme con la satisfacción personal de haber resuelto el último reto científico de mi vida. Pero, sinceramente, prefiero no vivir para tomar las decisiones difíciles que tendrá que encarar usted. Llámeme egoísta si quiere. No tengo hijos, y no dejo detrás de mi más que mi obra, si esta ingrata Humanidad es capaz de aprovecharla.

Jan estaba mudo. Sentía que las lágrimas le venían a los ojos. Hacía mucho que respetaba profundamente a aquel hombre, pero sólo con el tiempo había llegado a apreciarlo. Era lo más parecido a un amigo que le quedaba en Suiza. En el mundo.

- He tomado una serie de medidas convenientes. Le lego a Vd. todas mis posesiones, que incluyen esta casa y todo lo que ella contiene. A mi particularmente me importa la biblioteca: me costó años crearla y prefiero evitar que se disperse; usted sin duda sabrá apreciarla. También le ruego que cuide del jardín. Era muy importante para mi mujer.

Jan sólo pudo articular un "sí" en voz baja. No se sentía con fuerza moral para contrariar a un moribundo, y menos a uno como aquel, hombre de carácter y que meditaba con sumo cuidado cada paso que daba. Wilhem Strauss continuó hablando de sus medidas post mortem, como el que hace un inventario.

- Durante esta semana que Vd. estaba fuera he pedido la baja médica en la Universidad, la cual me la ha acordado dadas las circunstancias en vez de forzar mi jubilación: ya sabe que hace años que podía estar jubilado. De ese modo tendrá usted tiempo de prepararse para las oposiciones de la cátedra que dejaré vacante con mi deceso. Ninguno de sus competidores tiene un nivel comparable al suyo, así que si se esfuerza se la sacará, querido Jan - y como si adivinase que Jan le preguntaría que para qué quería la cátedra añadió - Siendo catedrático de esta Universidad y con el poco de antigüedad que ya tiene su sueldo prácticamente se triplicará; ganará suficiente para poder emprender los proyectos que crea oportunos y seguir manteniendo a la viuda y los hijos de su pupilo sin necesidad de quedarse algunos días sin cenar.

A aquel hombre no se le escapaba nada.

- Creo que eso es todo - concluyó Strauss.

- No, no lo es - dijo Jan, y se abrazó con fuerza a Wilhem.

Todo transcurrió como había previsto Wilhem Strauss. Él murió a los dos meses y su plaza quedó vacante. Jan aprovechó aquel tiempo para prepararse a fondo la cátedra y ganó con claridad a sus competidores. Una vez conseguida su nueva posición Jan empezó a pensar seriamente qué hacer con el resto de su vida. Estaba a punto de cumplir sesenta años, aunque se mantenía en buena forma, en parte por el ejercicio y en parte por el ayuno involuntario que su sueldo de profesor titular y sus obligaciones morales le habían procurado. El mundo que había conocido de joven se estaba desmoronando; incluso aquel remanso de civilización que era Suiza sufría un proceso de decadencia, un peso muerto atado a los pies que arrastraba a los países y las civilizaciones hacia la miseria y la ignonimia; y, lo que era peor, la degradación se estaba acelerando. Pero él, Jan Palermo, era el único hombre sobre la Tierra que conocía los secretos de una fuente de energía asombrosa, el sueño de la Humanidad: prácticamente ilimitada, renovable, no contaminante y que no requería materiales extremadamente sofisticados o raros para su aprovechamiento. Con esa fuente de energía el Hombre podía evitar caer en el fondo del pozo al que parecía irremisiblemente abocado, eso lo sabía bien Jan, pero también podría acabar de destruir el mundo y a sí mismo. Esa energía podía ser al tiempo su salvación y su perdición final.

¿Qué debía hacer? ¿Qué podía hacer? Podría, quizá, escapar al norte de África, refugiarse en una comunidad de allí. Entre gente que había sido capaz de sostenerse durante siglos viviendo con lo justo sería más fácil hacer comprender que no se debe abusar de los recursos, que siempre hay consecuencias imprevistas, externalidades como dicen los economistas, que a la larga no son asumibles aunque nos empeñemos en que sí que lo son, por inercia mental, por no ser capaz de renunciar a cosas que creemos que son comodidades y no son más que cadenas que tiran de nosotros. Jan podría, quizá, refugiarse allá, partir de cero, volver a comenzar con medios más modestos, mientras el resto de Europa terminaba de hundirse. ¿Conseguiría así asegurar que la sostenibilidad de la acción humana estuviera incorporada en el corpus inconsciente de la sociedad? Pero, ¿eso sería justo con su país, con su continente? Al fin y al cabo él era europeo. ¿Qué derecho tenía de erigirse a "salvador" de otros pueblos, naciones elegidas que no seguirían el camino de la Gomorra europea? ¿No sería más honesto intentar salvar lo que había aquí, por difícil que fuera? ¿No le debía eso a Suiza, a Francia, a España, a Europa?


Después del trabajo y después de las muchas horas de servicios sociales Jan Palermo daba largos paseos por Zurich, frecuentemente de madrugada, siempre pensando en qué decisión tomar. Él era un hombre respetado en Suiza, y en realidad no necesita complicarse la vida: podría llevarse el secreto a la tumba. Pero una y otra vez recordaba las palabras de Strauss; él no tenía derecho a hacer algo así, quizá no era justo robarle a la Humanidad la que quizá era su última oportunidad. "En varios centenares de millones de años la Humanidad desaparecerá, destruida por el inevitable incremento de la radiación solar; ¿es éste el final que queremos? Pero, por otra parte,  sin educación, sin racionalización, nos expandiremos como un virus sin control para acabar igualmente sucumbiendo". Jamás conseguía salir de este círculo vicioso de su pensamiento.

Le sacó de su ensimismamiento un ligero tirón de la pernera de su pantalón. Justo delante de él había una niña de unos ocho años. Descalza, aparentemente afectada por la tuberculosis, desarrapada, en la calle a esas horas de la noche. 

- Señor - le dijo en francés con mirada implorante - deme algo de comer. Hace días que no pruebo bocado.

- ¿Dónde están tus padres, pequeña? - dijo Jan

- El Señor se los llevó. Tenían tubercolosis - dijo, y tosió levemente.

Jan sintió algo que nunca había sentido. Piedad. La niña tenía algo de fiebre, y estaba muy delgada. Jan la tomó de la mano, casi sin decirle nada (un "Viens!") y la niña le acompañó sin resistencia; aparentemente había llegado al punto en que le era igual confiar en un desconocido, tan pocas perspectivas de futuro tenía.

Jan la llevó al Hospital Universitario, donde hizo valer sus credenciales de Catedrático para que le dejaran pasar. Los médicos tomaron su gesto por un arranque de excéntrica filantropía, pero como pagó de su bolsillo el ingreso y el tratamiento estuvieron gustosamente de acuerdo. Cada día, después del trabajo y antes de ir a sus servicios Jan pasaba por el hospital a ver a la pequeña Margueritte. La niña recuperó en poco tiempo la salud, gracias a los antibióticos de última generación que habían desarrollado en Suiza pero que eran tan caros que sólo la gente más rica se los podía permitir (Jan tuvo que invertir una buena parte de sus ahorros para salvar a Margueritte). Dos semanas después de su ingreso Margueritte era otra niña: feliz, con ganas de jugar, con unos grandes ojos inquisitivos que se querían comer el mundo. Incluso había ganado peso.

Antes de que le dieron el alta, el día de su sexagésimo cumpleaños, Jan tomó varias decisiones. La primera fue decidir que Margueritte merecía vivir, así que la adoptó. Él era un hombre solo pero de gran prestigio, y conocía a suficiente gente en el Ministerio como para que los trámites fueran rápidos y expeditivos. La segunda fue decidir que la Humanidad merecía una segunda oportunidad. Tendría que conseguir que la sostenibilidad fuera una asignatura en las escuelas, y tendría que cambiar la forma de ser de la gente de muchas maneras, para que el hombre dejase de comportarse como un cáncer sobre la Tierra y pasase a comportarse como una especie realmente inteligente. Quedaba mucho trabajo por hacer, pero con Margueritte de la mano, con esos ojos abiertos e inteligentes que le miraban como si viesen a un Profeta, Jan se creía capaz de todo.

Antonio Turiel
Julio de 2013