jueves, 21 de junio de 2012

Cuando los problemas de la economía no dejan ver los problemas de los recursos

Imagen de http://www.123rf.com

Queridos lectores,

Son éstos días amargos para el Estado Español, principalmente para los que detentan cargos de responsabilidad económica en él. Esencialmente, España camina con paso firme hacia la bancarrota, arrastrada por su inútil intento de salvar su sistema financiero; y en su desesperación los líderes políticos están lanzando cada vez menos disimulados y más urgentes gritos de socorro, esperando que los poderes de la Gran Europa rescaten al país del marasmo. Dada la poca transparencia con la que se tratan los temas financieros, los ciudadanos españoles aún no alcanzan a comprender toda la gravedad de la situación, pero sí que entienden que los nubarrones del horizontes son cada vez más oscuros y que esta vez las consecuencias serán más graves y más duraderas que lo que se estaba dando por descontado durante los últimos meses.


Hay una parte inconfesable en el problema que ahora agobia a nuestros próceres y pronto arruinará al ciudadano medio: el Estado español está regalando dinero a empresas privadas (los bancos españoles) bajo el chantaje de los grandes capitales internacionales (representados tangiblemente por el FMI e intangiblemente por lo que se viene en llamar "los mercados") y todo ese dinero que tira ahora de esa manera nos condenará a décadas de miseria. ¿Por qué España ha de asumir el pago de esos agujeros contables cuando las empresas son privadas? ¿Por qué España ha de asumir esas pérdidas cuando esos bancos tienen intereses que van más allá de sus fronteras, o capitales de más allá de sus fronteras han invertido en ellos? Nada de eso se habla en voz alta, no sea que se vea la profunda inmoralidad de lo que está pasando. La realidad es que el Estado Español se ve coaccionado a tapar esos agujeros porque si no esos capitales internacionales  no continuarán financiando al Tesoro Público Español. ¿Es eso justo? No ¿Tiene algún sentido? No, pero nunca lo tuvo; no lo tuvo cuando lo sufrió Latinoamérica o África durante las últimas décadas del siglo XX y no lo tiene tampoco ahora. Sólo que entonces no nos importó y ahora sí porque nos toca a nosotros. Entre tanto, decenas de tertulianos del eje imaginario que une Madrid con Berlín se dedican a analizar los aspectos futiles y equivocados de la cuestión, hablando aquí del "exceso de ortodoxia presupuestaria que nos aplica Alemania" y allí "del despilfarro sin límite de los españoles", cuando resulta que más de la mitad del aumento de la deuda española durante los últimos años viene de ceder a este chantaje (al cual los dos partidos que se han alternado en el Gobierno han sucumbido) y cuando en realidad es el mismo capital internacional quien inspira aquí a Mariano Rajoy y allá a Angela Merkel, solo que les ha dado roles diferentes en esta representación. Al final, sucede que los grandes capitales no quieren arriesgarse a perder sus inversiones en España y están dispuestos a jugar sucio, haciendo uso de un poder de coacción ilegítimo -y también, por qué no decirlo, abusando de la falta de comprensión de la realidad de nuestros expertos y de nuestros gobernantes- con tal de garantizar la devolución de las deudas que los bancos tienen con ellos, aunque el proceso suponga la destrucción económica de todo el país y la aceleración del proceso que nos lleva a La Gran Exclusión - en este caso entre países.


Pero hay otro aspecto de esta exclusión creciente que seguramente se le escapa quizá en parte incluso a los que ahora la promulgan a España, otrora rico, próspero y soberbio país. Y es que en realidad la burbuja de prosperidad, la que ha permitido crear la ilusión de riqueza y mantener una clase media boyante y una apariencia de democracia, está encogiendo, y por eso nosotros quedamos ahora a la intemperie, expuestos a los elementos. Porque, ¿por qué ahora a España? ¿por qué no podemos seguir sentados en el banquete de los ricos de este mundo si hace sólo unas pocas décadas nos acogieron con los brazos abiertos? ¿por qué los más comienzan a intuir que a esta crisis le queda un largo recorrido - y eso que aún no saben que no acabará nunca?

A mi limitado entender, contribuye a la total incomprensión del proceso que está teniendo lugar el exceso de importancia que se le da al discurso económico en el debate actual. Lo que acabo de decir puede resultar paradójico, cuando no ridículo: a fin de cuentas, si el problema es económico, ¿no debe ser el debate, esencialmente, económico? Sin embargo, el problema justamente es ése. La vigente teoría económica se desarrolló en un escenario de abundancia de recursos y de manera implícita presupone que los recursos no son nunca un problema. Desde el punto de vista formal, la teoría que domina el discurso académico y práctico asume que la escasez de recursos insustituibles nunca llega a producirse porque o bien el mercado hace explotable recursos antes económicamente no explotables vía un aumento de precios (visión progresiva del mercado) o bien porque el mercado siempre encuentra sustitutos adecuados (principio de infinita sustitutibilidad). De poco sirve que a estos adalides del libre mercado y el liberalismo económico se les argumente que la economía no puede soportar un precio demasiado alto para la energía, o que en el caso del petróleo no está funcionando bien eso de la sustitutibilidad (como discutimos en el caso del pico del diésel y como abordaremos próximamente cuando analicemos la energía neta de la producción actual de petróleo); tales objeciones, razonables y avaladas con datos y estudios, son rápidamente ignoradas, si no sumariamente descalificadas, con repetidos clichés ("Eso es una falacia ricardiana"), y quien las formula es ninguneado con suficiencia ("Es que Vd. no sabe de economía"). Y lo gracioso es que quienes fustigan al lego con retahílas de datos y deducciones económicas archiconocidas muchas veces desconocen las hipótesis básicas sobre las que se basa su propia teoría y  nunca se molestan en comprobar si sus hipótesis se cumplen o no (de hecho, lo habitual es que usen generalizaciones excesivas a partir de ejemplos particulares, siendo su preferido el enorme progreso de la industria informática). Por ejemplo, resulta chocante el énfasis que de tanto en tanto se pone en que no hay un pico de producción de petróleo (peak oil) sino un pico de demanda de petróleo (peak demand), causada ésta, según sus proponentes, por una mejora de eficiencia, hipótesis que no resiste la más mínima validación contra los datos experimentales (validación que por supuesto nuestros economistas nunca hacen, no vaya ser que se desmonte su preciosa hipótesis).

El gran fracaso de la teoría económica que se aplica hoy a machamartillo, incluso fuera de sus ámbitos de competencia natural, es el de no comprender que la economía tiene, fundamentalmente, una función de asignación de los recursos en la sociedad. Es decir, nuestro sistema económico no deja de ser un complicado conjunto de reglas para decidir cómo se asignan los recursos, quién se lleva qué. La economía es importante porque explica cómo se reparten los recursos, pero no crea per se esos recursos. Se puede pensar que en ciertos momentos la economía funciona como catalizador, acelerando el acceso, incluso posibilitando el acceso a recursos de que de otro modo permanecerían inaccesibles, pero ciertamente no los crea. La distinción es importante, porque los economistas suelen abusar de esa capacidad de la regulación económica de mejorar la disponibilidad de recursos como si realmente los creara, y se piensan que en una situación de agotamiento real de los recursos físicos "el mercado proveerá alternativas", sin entender que el mercado no crea nada. Se ha de reconocer que no siempre es fácil de distinguir si el efecto de la falta de disponibilidad de un recurso es debido a una cuestión económica o a su agotamiento físico, sobre todo si sólo se mira a la serie de precios -cual se suele-; un análisis de los factores físicos, de los que este blog es pródigo, siempre da pistas útiles sobre lo que realmente ocurre.


Rafael Íñiguez ha evocado en varias ocasiones un experimento mental que permite ver con mucha claridad qué es lo que está pasando en realidad, y que con su permiso reproduciré aquí. Imagínense que nuestro planeta fuera observado por una inteligencia extraterrestre desde el espacio exterior. Esta inteligencia no podría percibir todas las sutilezas que gobiernan el comercio mundial ni cómo se valoran las mercancías, así que su idea del funcionamiento de nuestro sistema económico sería muy superficial. Sin embargo, esa inteligencia podría darse cuenta sin muchos problemas de que estamos sufriendo una crisis energética: simplemente, vería desde el espacio que cada vez se encienden menos luces, funcionan menos fábricas, se mueven menos vehículos... Observando con un poco más de detalle vería que los flujos de materias primas energéticas se está estancando y apuntan hacia un declive, en tanto que las energías renovables no son capaces de cubrir el hueco. En suma, este observador, al abstraerse de las reglas de asignación, vería con mayor claridad que nadie que el problema es un problema de recursos, particularmente de los energéticos. Sin embargo, nosotros, pegados con los pies a la Tierra, no hacemos más que fijarnos en el vehículo (la economía) sin ver el combustible (los recursos). Y por ello todas las discusiones se centran en ver cómo podemos cambiar tal o cual aspecto de los vehículos, sin entender que sin gasolina no vamos a ninguna parte.


El hecho de que los recursos impidan el crecimiento prácticamente desde ya no quiere decir que la discusión sobre la organización económica sea irrelevante. Abusando del último símil, no será igual que utilicemos un monovolumen que un triciclo: hay formas más eficientes que otras de usar los recursos restantes. Otro punto clave es el de la equidad. Vivimos un momento en que los recursos no sólo son escasos sino que menguan. Hasta ahora, el ciudadano medio en la sociedad occidental se conformaba con un porcentaje pequeño de los recursos que llegaban a nuestros países porque cubría de sobras sus necesidades, en tanto que los ricos se pegaban la gran fiesta. Ahora que los recursos disminuyen reaparece una tensión dialéctica: los ricos no quieren renunciar a su parte del pastel, pero sobre una tarta más pequeña su trozo representa un mayor porcentaje y nos deja al resto en carestía; y el ciudadano medio reclama y exige, y protesta delante de abusos y corrupción a los que hace tan sólo 5 años no hacía el menor caso, puesto que percibe que le arrebatan las migas de las que vivía. Aquí el pensamiento económico monocorde tan publicitado por los medios suele insistir en que en el fondo lo mejor es darle todo el dinero a los ricos, porque se favorece el emprendimiento y la inversión y a la larga la tarta volverá a ser mayor y volveremos a tener migas suficientes para todos. Sin embargo, si la tarta no tiene visos de crecer sino de menguar esta estrategia favorece que las migas decrezcan aún más rápido y que el descontento ciudadano sea cada vez mayor. Está, por otro lado, la cuestión moral, y es que quizá se ha de anteponer la equidad del reparto al crecimiento económico (incluso cuando éste era posible). En este momento muchos ciudadanos occidentales estarán de acuerdo con ese planteamiento: antes equidad que crecimiento. Lo malo es que la equidad no sólo debe promulgarse dentro de los países ricos, sino que al tiempo debería darse entre países, puesto que muchos países, como España, que viven de los recursos que importan, consumen mucho más que la media (Pedro Prieto resumió muy bien esta situación en su carta a los indignados españoles).

La discusión económica lo eclipsa todo, las posiciones son cada vez más enconadas, y todo el margen de movimiento es a lo largo de una recta trazada sin ver toda la complejidad que está detrás. Y mientras discutimos sesudamente si Merkel quiere implantar el III Reich por medios económicos o si se romperá el euro, la realidad es que cada día somos más pobres, irremisiblemente, y sin darnos cuenta de ello. Y mientras soñamos con un crecimiento y una riqueza que no han de volver nos vamos hundiendo cada día más en la nueva miseria que se viene.

Salu2,
AMT

lunes, 18 de junio de 2012

Técnicas para el aprovechamiento de la biomasa

 
Queridos lectores,

Me voy de viaje unos días y estoy bastante enfrascado con los preparativos. Luis Cosin, una vez más, se ha ofrecido amablemente a escribir un breve post para el comienzo de esta semana, sobre un tema que los lectores han solicitado recurrentemente: el de la biomasa. El post de hoy toca sólo las cuestiones técnicas relacionadas con su aprovechamiento para el transporte y la generación de electricidad. Particularmente interesante es la aplicación directa para el transporte (yo hace tiempo que tengo hablado con un amigo de montar un troncomóvil).

Les dejo con Luis. Yo ya les contaré cómo me ha ido mi viaje cuando vuelva de allí... de Grecia.

Salu2,
AMT

Biomasa para el transporte y la generación de electricidad
 

La gasificación


La tecnología de gasificación es ya un viejo conocido, pero vuelve a estar de actualidad por la crisis energética a la que nos enfrentamos.

Conceptualmente, es un proceso muy simple. Consiste en obtener una mezcla de gases combustibles (lo que se conoce genéricamente como “gas pobre”) a partir de materia orgánica, es decir, biomasa, mediante la combustión parcial de la misma a altas temperaturas, entre 700 y 1.200 ºC.

Este proceso genera tres tipos de gases combustibles:

  • Principalmente monóxido de cabono (CO)
  • y, si se añade vapor de agua, hidrógeno gaseoso (H2) y metano (CH4)

Que se utilizan para alimentar un motor de combustión convencional o una turbina.

CxHyOz + n H2O (vapor) + m O2 ->
p CO2 (no combustible) + q CO + r H2 + s CH4 (combustibles)

La proporción de Carbono que se convierte en CO2 es la que aporta la energía de reacción y la combustión incompleta es lo que permite que se generen gases que aun son combustibles.

Por razones termodinámicas, la reacción debe llevarse a cabo a altas temperaturas (superiores a los 700ºC) para que no se forme agua (H2O) y sí hidrógeno gas. A temperaturas inferiores, se formaría fundamentalmente agua, CO2 y carbón sólido, con un rendimiento muy inferior en gases combustibles.

La mezcla de gases generada depende de la materia prima y el proceso seguido. Son fuentes adecuadas: madera y serrín, paja, basura orgánica secada y triturada, restos animales ...etc.

Fue el ingeniero químico francés Georges Christian Peter Imbert, quien perfeccionó la técnica para obtener gas combustible a partir de madera hacia 1.920, con un éxito notable, sobre todo a partir de 1.930. En épocas de escasez de gasolinas y gasóleos, los automóviles podían llevar acoplado un pequeño gasificador (conocido como “gasógeno”) cuyos gases se mezclaban con la gasolina o el gasóleo y alimentaban el motor.



Llegó a usarse incluso en vehículos grandes, como tractores: Ara, Renault y Mac Cormick presentaron en abril de 1930 en el Salón de la Maquinaria Agrícola de París tractores con gasógenos para madera o carbón de madera.


El diseño del reactor es clave y debe ser adaptado a cada tipo de combustible. En general, los verticales (con inyección de vapor al fondo) son los más fiables.


Dentro del reactor, se distinguen varias zonas:

  • Secado, en la parte superior, con el calor que se genera en la parte inferior.
  • Pirólisis o rotura térmica de las moléculas orgánicas complejas, entre 300 y 500ºC, lo que genera parte del metano y el hidrógeno recuperados.
  • Reducción, con el hidrógeno procedente de la descomposición del vapor de agua inyectado por debajo y que genera metano.
  • Oxidación, donde la materia orgánica se combina con el oxígeno, generando CO2, H2O (agua), CO y el calor necesario para mantener la reacción. También se produce allí la pirólisis del agua (que genera H2).
  • Cenizas.

Los principales inconvenientes técnicos son:

  • La formación de gomas, resinas y carbones, que obstruyen los conductos
  • y la inestabilidad del proceso.

El uso de tecnología de lecho fluido con inyección de aire o vapor en el fondo, puede mejorar la predictibilidad y la estabilidad del mismo.

Teniendo en cuenta la heterogeneidad de la materia orgánica usada, es difícil conseguir reactores que puedan funcionar de forma fiable durante largo tiempo (sin operaciones de mantenimiento).

Además, los gases deben ser filtrados convenientemente si se quieren usar en un motor de combustión, ya que las partículas, los inquemados y los óxidos de azufre (toda materia orgánica tiene un cierto contenido en azufre) corroen y deterioran estos motores.

El gas puede ser tambien aprovechado en centrales de tipo GICC (central de Gasificación Integrada con Ciclo Combinado). Estas centrales pueden funcionar con gas natural, con carbón y con coque derivado del refino del petróleo, y son muy eficientes, por funcionar a altas temperaturas.

Un ejemplo de este tipo de centrales es la de Puertollano, de Elcogas, que produce energía eléctrica a partir de biomasa y es pionera en aspectos de rendimiento. En ella, actualmente utilizan harinas de origen animal, pero se pueden utilizar cultivos energéticos, madera provenientes de talas y podas, vísceras de animales, grasas de pescado, etc.

Ventajas:

  • Se integran bien en una explotación agrícola-ganadera y dan una vía de salida ecológica y rentable para los residuos, ya que permite valorizarlos.
  • Es un procedimiento de generación de energía a pequeña escala y local (sin necesidad de trasladar los combustibles a grandes distancias).
  • En automóviles, puede reducir (aunque no eliminar completamente!) el consumo de combustibles fósiles.
  • La adaptación de los motores convencionales para el uso de gasógeno es relativamente sencilla.
  • La tecnología es sencilla y bien conocida.
  • La biomasa es abundante y en algunos casos (como los RSU), deshacerse de ella es un problema.

Inconvenientes:

  • En general, bajo poder calorífico por unidad de volumen de los gases de síntesis, lo que obliga, por ejemplo, al uso de turbocompresores.
  • El CO es un gas muy venenoso, que debe ser manipulado con cuidado extremo.
  • La heterogeneidad de la materia prima usada dificulta el diseño de reactores que funcionen en un abanico amplio de situaciones.
  • El mantenimiento frecuente es necesario.


Referencias:









 

jueves, 14 de junio de 2012

El mito del científico malvado



Queridos lectores,

Enlazando con un post anterior, querría discutir un aspecto de la cultura popular que nos es inculcado repetidamente desde los medios de comunicación y de los vehículos de entretenimiento: el del científico malvado. De nuevo puedo servirme de la serie "Phineas y Ferb" como un ejemplo de esa prefiguración de la realidad tan repetido, puesto que uno de los personajes clave en esta serie de dibujos animados es un científico malvado, el doctor Heinz Doofenschmirtz. El tipo es una sublimación del estereotipo de científico loco/científico malvado (esa frontera siempre ha sido difusa) que hemos visto en las películas, pero como la serie es para niños este científico malvado en particular tiene unos planes que son de una ridiculez subida. El Dr. Doofenschmirtz es un tipejo amargado, resentido con el mundo por culpa de una infancia desagradable trufada de escabrosos episodios a cual más patético; ya en la edad adulta, el tipo intenta vengarse de todo y de todos usando para ello un grado de ingenio y desenvolvimiento técnico que no desmerece al de los dos héroes de la serie, Phineas y Ferb. Afortunadamente, el tipo es un pringado de mucho cuidado y siempre la acaba fastidiando, en parte por su deseo de explicarle su malvadísimo plan a su némesis, el agente secreto Perry el Ornitorrinco.  El personaje de Doofenschmirtz es de hecho uno de los grandes hallazgos de la serie, y su deconstrucción del arquetipo, abundando en las contradicciones del clásico cliché de científico malvado, es divertidísima. Como queda claro en muchos episodios, en realidad el Dr. Doofenschmirtz espera que Perry le detenga y no poder llevar a cabo su malvado plan. Más aún, Doofenschmirtz es tan patético y su vida ha sido tan miserable que muchas veces es tierno, y uno puede llegar a identificarse con esa faceta de loser, de perdedor que tiene. Y si quiere profundizarse más en la dialéctica de los personajes, la lucha eterna entre Doofenschmirtz y Perry simboliza nuestra propia lucha interna, como adultos, entre infantiles ansias de venganza/vindicación (Doofenschmirtz) y la necesidad de ser responsable, adulto y paciente (Perry).

Pero yendo al tema del post, lo que resulta curioso es la repetición una vez más del cliché "científico malvado", aunque en este caso se trate con mucha ironía. A mi me resulta chocante lo repetido que está este estereotipo, sobre todo por lo muy alejado que está de la realidad que yo mismo como científico conozco (y que a mi modo de ver está mucho mejor reflejada en el ya gran clásico PhD Comics).


Y es que en realidad los científicos son tipos que se levantan de madrugada, como todo hijo de vecino, y van a su trabajo donde se tirarán muchas horas, como todo hijo de vecino. Trabajo que la mayoría del tiempo no tiene nada de emocionante, sino de repetición cuidadosa y sistemática de ciertas manipulaciones con resultados nada espectaculares - como el de todo hijo de vecino, vamos. Es un trabajo que requiere paciencia, meticulosidad y tiempo, mucho tiempo, y no pocas dosis de reflexión y de creatividad. Es un trabajo que no se acaba cuando sales por la puerta del laboratorio, sino que te sigue a todas partes; es un trabajo que te obsesiona y te absorbe, al que acabas dedicando días y noches y con el que continúas una vez en casa, "sólo una horita más" y a las 2 de la mañana decides que quizá deberías echar una cabezada, que mañana tendrías que madrugar para acabar aquel experimento. ¿Y total para qué?, se preguntarán ustedes. Pues para sacar un pequeño resultado novedoso, publicar un artículo con él, mostrarlo en un congreso y recibir un cierto reconocimiento de la pequeña comunidad sobre-especializada a la que uno pertenece dentro de todo el rebaño de la ciencia mundial. Todo lo cual está bien, pero en realidad uno hace este trabajo por el desafío intelectual, por el placer de descubrir algo más, por desvelar un enigma. Y los enigmas que uno va desvelando son tan nimios, son piezas tan pequeñas del gran rompecabezas de la ciencia, que resulta difícil explicar nuestro entusiasmo con ellos al lego, y ya no tanto por su complejidad técnica, sino porque se hace difícil hacer comprender cómo el nimio detalle al que el científico ha conseguido dar explicación tras meses de trabajo es tan emocionante. Porque lo es sólo para el científico. Aunque gracias al trabajo desinteresado de miles de científicos que como hormiguitas aportan su pequeño saber la ciencia humana continúa avanzando a un ritmo considerable.

Pero, no nos engañemos, en la sociedad pro-BAU en la que hasta ahora hemos vivido el científico es, socialmente, un loser, un perdedor. Un tío que realiza un trabajo gris y anónimo, feliz de poder hacer 50 y 60 horas semanales, siempre pensando en su trabajo, leyendo y estudiando fuera del laboratorio para aprovechar mejor el tiempo. Un pobre diablo que va empalmando contratos precarios, saltando de laboratorio en laboratorio al principio con el fin de formarse y ser más competitivo (para poder optar a becas y contratos públicos, que son duros de conseguir) y al final simplemente por no irse al paro. Un mindundi que se tira una década o dos cobrando salarios de mileurista o poco más, a pesar de su alta formación académica, sin soñar con tener un lugar estable donde asentarse y a veces ni siquiera una familia. Desde la perspectiva dominante de esta sociedad un tipo así debería ser un amargado y un resentido; pero para sorpresa de muchos no lo es porque le apasiona y ama lo que hace, porque sacrifica el bienestar material y la estabilidad laboral por la creatividad y el desafío intelectual que supone su trabajo. Por desgracia, el sistema ha sido desde siempre, y lo es más ahora, muy duro y golpea afuera a muchos buenos científicos, y a otros muchos se lo pone fácil para que se apeen de él. Si buscan un poco encontrarán  muchos ex-científicos que en un momento dado abandonaron una brillante pero poco reconocida carrera. Ésta exclusión forzada es lo más parecido a un agravio, algo que podría alimentar el resentimiento de estos profesiones. Pero se equivocan los que creen que eso es capaz de mover a nuestro esforzado y cabreado científico a una venganza horrible contra el mundo. En realidad estos profesionales no se vengan destruyendo el mundo (algo completamente fuera de su alcance, puesto que nuestra ciencia está lejos de ser tan poderosa como la gente se cree; y además tan infantil comportamiento es carente de interés para quien ha dedicado su vida al saber por el saber), sino que se "vengan" con despecho y de una manera muy original, imposible de entender para quien no frecuenta estos ambientes: la venganza consiste en abandonar completamente la ciencia. Lo cual, por cierto, en realidad sí que es un perjuicio para la sociedad mucho mayor que los ridículos planes de un desmesurado e ilusorio científico malvado.


Resulta también curioso que este cliché llega a estar tan asentado que muchas veces la gente responde con el adjetivo "malvado" cuando dices la palabra "científico" (como el inefable crosscountry que corretea por este blog, o los que acusan al peligroso lobby de los "calentólogos" - nombre despectivo con el que el lobby bien financiado de los negacionistas del cambio climático denominan a los científicos del clima). Resulta curioso este adoctrinamiento borreguil, porque si por algo no se ha caracterizado el colectivo de científicos es por ser malvado.


Piénsenlo un momento. ¿Cuántos hombres de estado malvados - no incompetentes o manipuladores, sino radicalmente perversos- conocen Vds.? Desde Calígula hasta Hitler, continuando por Stalin o Pol-Pot, pocos son los países que no tienen en su haber a un jefe de Estado o de Gobierno que fue un verdadero monstruo. Otro ejemplo: ¿Cuántos líderes económicos malvados serían capaces de citar? No quiero poner aquí nombres -los que me salen son muy actuales- pero seguro que a Vds. se les ocurrirán más de uno a poco que piensen. Y, por terminar, ¿cuántos científicos malvados recuerdan Vds.? Para empezar, casi la mitad de la población española no es capaz de citar ni un solo nombre de un científico relevante, así que como para encima restringir más la búsqueda y pedir que sea malvado...  A mí sólo se me ocurre el doctor Josef Mengele, aunque éste era probablemente malvado más bien por nazi que no por médico. No digo que no haya más; digo que sólo éste me viene a la cabeza. Es verdad que a veces se evoca como ejemplo de malos científicos o científicos perversos a los padres de la bomba atómica, pero resulta que si se investiga un poco se descubrirá que en el proyecto Manhattan participó gente con una biografía muy rica y mucho más compleja de lo que un burdo estereotipo puede abarcar: Enrico Fermi, Albert EinsteinRobert OppenheimerRichard Feynman... Si no saben nada de estas personas les recomiendo encarecidamente que lean sus biografías y juzguen Vds. mismos. Y no olviden que el que lanza la bomba no es el científico, sino el militar siguiendo órdenes de los políticos...

Todo esto no quiere decir que no haya científicos que sean malvados, como seguramente también haya panaderos malvados o carteros malvados. Pero lo que sí que está claro es que no es lo que abunda, y desde luego los que haya tienen bastante menos impacto sobre la sociedad que algunos psicópatas que nos han gobernado y que nos gobiernan. Y sin embargo el estereotipo no está tan implantado en el caso de los gobernantes o los banqueros, incluso ahora que la percepción social de ambos colectivos es mucho más negativa.



En el fondo, el recelo contra la ciencia bebe de fuentes muy antiguas, y en general de inspiración religiosa. Veamos algunos ejemplos. La manzana que comieron Adán y Eva venía del Árbol del Bien y el Mal, al cual a veces se le llama "El Árbol de la Ciencia". Prometeo roba el fuego (que simboliza la industriosidad) a los dioses para dárselo a los hombres, y los dioses envían a Pandora y su infausta caja para seducir a Epimeteo, hermano de Prometeo (al cual, por cierto, cuentan los mitos que después Zeus condenó a una horrible tortura: un águila le devoraría eternamente el hígado). La aversión a la ciencia, al conocimiento fundado (pero no al supersticioso, al religioso o al pensamiento mágico) está muy arraigado en la tradición judeo cristiana. Baste recordar la historia de la Torre de Babel, entre otras en la Biblia, o la persecución y  muerte a las "brujas" (generalmente mujeres que se ocupaban de necesidades sociales ignoradas por la sociedad masculina) hasta fechas no tan lejanas. En la literatura moderna el mejor ejemplo y un modelo que ha inspirado muchos posteriores es el mito de Frankenstein, que también bebe de la tradición judeo-cristiana (¡cómo osa el hombre creerse Dios y crear vida!).


Subyace en el fondo un deseo de controlar la ciencia, de que vaya por cauces controlados. Mientras la ciencia sea meramente técnica y favorecedora del BAU ("neutra", he llegado a oír a veces) es aceptable; cuando comienza a mostrar los límites de la Naturaleza y las limitaciones de nuestra técnica, entonces es sospechosa y digna de reprobación. Al final, lo que se pretende es atar en corto la ciencia y que esté al servicio de los intereses económicos. Al menos así me lo indica mi propia experiencia: en cierta ocasión hice una presentación en un entorno restringido de discusión, en el que también participaba el representante de un potente lobby. Tras mi presentación, en la que la industria a la que él representaba no salía bien parada -en realidad, no salía ninguna, pero dudo que él se diera cuenta de eso- me preguntó con qué derecho hablaba yo en nombre del CSIC. Le aclaré que yo no hablo en nombre del CSIC sino como investigador de esa institución, y que el CSIC no tiene una posición fijada sobre ningún tema, no marca unas directrices políticas de obligado cumplimiento a sus investigadores (Dios Santo, ¡sólo faltaría eso!). Mi respuesta no le dejó del todo satisfecho; seguramente pensaría que qué tipo de institución tan poco seria es el CSIC que no pauta una censura informativa conveniente.


En el fondo, no nos engañemos, no queremos que la ciencia nos muestre toda la verdad, sino la que nos guste. No sea caso de que aparezcan informes como éste recientemente aparecido en Nature donde se explica que estamos a punto de cambiar nuestro planeta de manera que podría volverse inhabitable. Y siguiendo la vieja práctica de matar al mensajero, cuando nos dicen lo que no queremos oír aducimos que lo que sucede es que los científicos son malos y nos quieren hacer la puñeta. Una reacción muy adulta, vamos.


Y en este contexto, la Secretaria de Estado de Investigación, nada menos que en un artículo en la prestigiosa revista científica Nature, y después de muchos circunloquios sobre la necesidad de la excelencia y de que la crisis puede ser una oportunidad, va y anuncia que en España sobran científicos... ¡Pobre España, triste e ignorante país! Aunque bien mirado esta posición del Gobierno español es lógica, hasta humanitaria: dado que somos malvados, pobres y pringados, lo mejor que nos puede pasar es que nos extingamos.


Salu2,
AMT

lunes, 11 de junio de 2012

El fondo del pozo

Imagen de http://www.djibnet.com

Queridos lectores,

En fin, tenía otros planes de publicación, pero dados los eventos que han sucedido durante el fin de semana me ha parecido una frivolidad publicar el post que tengo preparado, y creo que merece la pena que dedique unas pocas letras al mal llamado rescate financiero de España.


Las líneas generales de la acontecido las conocen ya: el sábado hubo una teleconferencia del denominado Eurogrupo (ministros de Economía y Finanzas de la zona euro) y se decidió concederle a España un crédito de 100.000 millones de euros para que pueda refinanciar a sus bancos. Tal radical medida (la cantidad equivale al 10% del PIB oficial de España) es un bombazo a la línea de flotación a las expectativas sobre la economía española, por más que se pretenda hacer creer lo contrario. Desde el momento en que se ha anunciado el rescate, el Gobierno ha intentado transmitir una imagen de serenidad incompatible con los hechos, y en el proceso ha cometido omisiones y dicho directamente algunas mentiras que sin duda le acabarán pasando un pesada factura.


Lo primero que hay que entender es que este rescate no es un regalo, sino un crédito; un crédito que se tendrá que devolver con intereses y en unos plazos. En cuanto al interés y los plazos, no los conocemos porque el ministro de Economía, Sr. de Guindos, no ha encontrado oportuno explicitarlos. Ya nos iremos enterando.


En segundo lugar, el Gobierno, por boca del Sr. de Guindos, ha intentado transmitir el mensaje de que este crédito no se hace al Estado español sino a los bancos españoles, y que por tanto no supondrá ninguna carga para el Estado y no conllevará ajustes macroeconómicos para el Estado. Esto es directamente falso. Una pequeña cuestión de orden primero: si el crédito fuera directamente para los bancos (entidades privadas, no lo olvidemos), ¿por qué no han sido ellos, mediante algún representante escogido, quienes negociasen con el Eurogrupo (España en él incluída)? La realidad es más simple: es España la que solicita el dinero, que vendrá del Fondo Europeo para la Estabilización Financiera, y España, a través del equivalente nacional (FROB, Fondo de Reestructuración y Ordenación Bancaria) financiará a los bancos. En suma, el Estado español asume la responsabilidad de reestructurar su sistema financiero y lo hace asumiendo las cargas que de ello se deriven. En particular, Bruselas ya ha dejado claro que España estará sometida a una estricta vigilancia, y que la disponibilidad del dinero depende completamente de que España cumpla con los objetivos de déficit público. Al principio el Gobierno hará artificios contables para que no se contabilicen estas partidas en el déficit, pero finalmente de uno u otro modo tendrán que aflorar, y no son precisamente pequeñas. Se debe recordar que el objetivo de déficit para este año es del 5,3% del PIB; sin embargo, este préstamo supone un endeudamiento del 10% del PIB. Si el crédito es a 20 años a un interés del 3% (por decir algo) cada año España tendrá que pagar unos 7.500 millones de euros (0,75% del PIB) para ir devolviendo el crédito; si se le admite pagar sólo los intereses hasta cumplir los 20 años entonces cada año España pagará 3.000 millones (0,3% del PIB) pero el vigésimo año tendrá que devolver, además, los 100.000 millones del préstamo. Teóricamente serán los bancos, entonces saneados, los que deberían cubrir estos gastos, pero todos sabemos que eso es simplemente imposible, y que cuando estas entidades sean troceadas y vendidas a bancos extranjeros éstos no asumirán ninguna deuda ni compromiso (so pena de no comprar).


¿Qué implica todo esto? Que España se ha cargado con una losa, un aumento de su deuda del 10% de su PIB que se acabará convirtiendo con los intereses en un 15-16%. Encima, para poder seguir accediendo a este mecanismo de financiación tan oneroso tendrá que recortar y recortar su déficit con los únicos mecanismos que tiene a su alcance: subiendo impuestos, bajando salarios, reduciendo pensiones y deteniendo la obra pública. Todo lo cual agravará la situación económica, con lo que será aún más difícil recaudar impuestos y la situación financiera se deteriorará aún más. Al mismo tiempo, el mercado financiero mundial desconfiará más de España y el interés de la deuda pública subirá y subirá hasta quebrar las finanzas del Estado. No se confundan con el espejismo de esta semana que comienza (la bolsa sube, el interés de la deuda española baja); en el largo plazo el camino que seguirá forzosamente España es el del deterioro imparable de sus finanzas. Sólo tienen que ver qué ha pasado en Grecia, Irlanda y Portugal, y lo que está pasando con Italia.

Y mientras, ¿qué hace el Presidente del Gobierno? Pues se va volando a Polonia a ver el primer partido de la selección española de fútbol en el campeonato continental de este año. Como si intentando asociarse a un evento quizá positivo (España es la vigente campeona de Europa y del Mundo) se pudiera camuflar el oprobio del rescate. Pero España empató ayer con Italia en su debut en la Eurocopa. Todo un mensaje simbólico sobre la liga que realmente estamos jugando.


La intervención relativa a la que ahora está sometida España, con una cierta renuncia a su soberanía (al menos en materia fiscal) no debe confundirse con una mejora de la gestión y una medida eficaz. El posible hundimiento del actual Gobierno y su eventual sustitución por otro del signo opuesto, y en el más largo plazo por uno tecnocrático, no son tampoco noticias positivas. Porque no tenemos que olvidar que el Fondo Monetario Internacional (uno de los sponsors del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera) no es una ONG benéfica, sino el cobrador del frac. Por supuesto que el modelo de gestión que esta gente impondría sería el más eficaz; el más eficaz para los intereses a los que realmente responden, los de sus jefes, que lo único que pretenden es que la deuda sea devuelta a cualquier coste. Aunque eso suponga ir desmantelando la economía del país. La situación es un tanto análoga a la de aquel panadero de comienzos del siglo XX en Nueva York, el cual comete el error de pedirle prestado dinero al mafioso de turno. Cuando la situación se hace más apurada le vuelve a pedir dinero y el mafioso se lo da, pero a cambio de colocar un hombre de confianza en el negocio. Inexplicablemente todo va a peor, el pobre panadero se va teniendo que vender (a través de varios intermediarios todo acaba en manos del mafioso) las amasadoras, los moldes, los hornos... hasta que al final el mafioso, en un alarde de generosidad, le perdona la deuda a cambio de su negocio.


Ya comentamos aquí cuáles son las fases del colapso. Por si no lo han notado, España está acabando la fase primera del colapso, el colapso financiero. A partir de ahora nuestro camino lógico es el del colapso comercial, pues cada vez seremos un cliente menos de fiar. Fíjense en el caso de Grecia, que ya ni el internacionalmente repudiado Irán le quiere vender petróleo por culpa de las facturas impagadas. Es un paso más hacia la Gran Exclusión, en este caso por países (nosotros llegaremos allí más rápido que Alemania).


Éste es el camino que estamos transitando. No es el único camino ni es necesario seguirlo, pero es lo que hemos estado haciendo hasta ahora. Es hora de comprender que por aquí no vamos a ningún sitio donde queramos estar.  Este pozo no tiene fondo. Es el momento de plantearse si no es mejor cambiar la dirección de nuestros pasos.


Salu2,
AMT

jueves, 7 de junio de 2012

Para quién es el valor añadido



Queridos lectores,

Al hilo del post anterior Rafa Íñiguez me ha enviado esta pertinente reflexión sobre quién se beneficia de los productos de mayor añadido que utilizamos hoy en día y hasta qué punto ese mayor valor añadido no supone un mayor consumo energético sin implicar un mejor servicio. Por no romper la unidad temática he decidido alterar el plan de publicación que tenía (los dos próximos posts, si no hay más  cambios, serán uno mío del que no avanzo el tema pero sí que hará las delicias de Crosscountry - y será cuando le levantaré el embargo que actualmente pesa sobre él- y otro de Luis Cosin sobre biomasa). Pero por el momento les dejo con Rafa.

Salu2,
AMT


Entre los Recursos limitados, los autómatas finitos y el “Valor añadido”.

Diariamente nos convencen de que estamos en un mundo permanentemente innovador, el ’y ahora más’ que cada día nos invade es un ‘credo’ que ha calado como la religión de la sociedad del mundo desarrollado. Cada año, nos presentan nuevas versiones de todo lo que nos acompaña en el día a día, nuevos modelos de móviles, de tablets-pc, de coches, de videoconsolas, de electrodomésticos, de moda, hasta de ropa interior que debe ser de carísima marca ‘chic’... todo pasa a ser ‘antiguo’ en unos meses, obsoleto... La semana pasada me cambiaron el contador de agua, que tenía pocos años y funcionaba bien, por otro con pantalla de lectura LCD. El contador de energía eléctrica, que también funciona bien, y que además no es ni mío, lo sustituirán pronto, y hasta pretenden obligarme a que el cambio lo pague yo. Tenemos que cambiar de coche o pagar y superar obligatoriamente una ITV que fiscaliza tanto o más las luces opcionales del cuadro de instrumentos, que la eficacia de los amortiguadores. La apariencia es lo más importante y rige muchas decisiones, además, detrás de todas estas tendencias y leyes que nos obligan a consumir y reponer constantemente, están las grandes empresas y sus cómplices que "por tres perras gordas", nos envían a sus ejecutores, esbirros y lacayos: Las impersonales e implacables subcontratas.

¿Porque se remodelan tantas cosas de nuevo y se convierten en desfasadas a las anteriores?, ¿Por qué nos presionan para estar a la última una y otra vez? ¿Que obtenemos de este permanente estado de estrés? Nosotros realmente poco, pero los que nos proporcionan muchas de estas banalidades, nadan en la opulencia y ostentan el poder, el negocio es claro: Mucho beneficio y poca inversión, ya que la mayor parte de las veces solo compramos ‘humo’. Vamos tan rápido dando tumbos en el interior de la ola que no sabemos que es lo que pasa, aunque si pudiéramos pulsar el botón de pausa en el reproductor multimedia en que hemos convertido nuestra vida, y mirar detenidamente, quizás podríamos analizar la situación y ver que somos una ‘mercancía’ manipulable.

¿Qué grandes inventos se han producido en los últimos 25 años?
Una cosa es mejorar y otra inventar, hemos ‘mejorado’ en todo, ¿Pero sobre la base de qué? Si analizamos cual es la auténtica revolución, no cabe duda: El CONTROL de la potencia. Recordemos que potencia es la tasa temporal de la capacidad de producir trabajo P = W / T. Teníamos la energía, fallábamos en el control. ¿Cómo se ha producido todo esto?, Pues es sencillo, la “informática aplicada a todo” ha sido la clave. Los ordenadores no son inteligentes, pero son rápidos y exactos en los cálculos, en los que el ser humano por el contrario es lento y se equivoca. La lógica de control digital aplicada sobre casi toda la tecnología existente es el autentico protagonista, los nuevos inventos casi no se han producido, pero se han mejorado los existentes. Los protagonistas: nuevos materiales, los microprocesadores, las memorias, las sondas y los sensores, los motores paso a paso y los autómatas finitos que regulan toda la ‘dosificación’ de la potencia. Las aplicaciones se llevan a cabo en tiempo real en casi todos los usos existentes: coches, aviones, barcos, ascensores, satélites artificiales, herramientas, electrodomésticos, televisores, lavadoras, robotización de fabricas, armamento, telares, teléfonos móviles, emisoras, radio-receptores, medicina, diagnósticos y medidas, ofimática, maquinarias que diseñan y fabrican otras máquinas con control numérico, generadores de imágenes de universos virtuales..., estas han sido y son la verdadera revolución tecnológica. Los avances en control propician las diferentes versiones que se nos ofrecen de las nuevas ofertas de productos, básicamente son ‘valor añadido’, esfuerzo en software (programas, sistemas operativos) con algunas mejoras en el hardware. (Los componentes electrónicos en sí) Pero, ¿Qué pasa inadvertido en toda esta optimización y eficiencia? Lo primero es la falsa sensación de infinito poder que percibimos los humanos, solo un gesto o pulsar un botón y cualquier ‘magia’ se produce al instante en nuestra escala de tiempos, sin esfuerzo, es como una droga para nosotros y conlleva un grave riesgo por la dependencia vital en la que nos hemos instalado. También ha ocurrido que la ‘Paradoja de Jevons’ se ha manifestado en su máximo esplendor y ha multiplicado las aplicaciones y su uso, con soluciones que tienen una implementación a muy bajo coste de fabricación, pero de un altísimo ‘valor añadido’. Sin embargo, para que funcionen estos ‘gadgets’, se tiene que abastecer su gran avidez de energía, todos tienen un gran deposito de combustible, una rara batería de litio o un grueso enchufe sediento de amperios. Una energía que encapsulada en recursos finitos, demandamos para satisfacer nuestros caprichos infinitos.

Esto no es la primera vez que ocurre en la historia de la humanidad, el comercio en el nuevo mundo (descubrimiento de América) con los indígenas, se basaba en cambiar baratijas por materias primas, recursos valiosos cambiados por espejitos de colores y... armas. ¿Algo ha cambiado? Dale al botón de la pausa del vídeo de tu vida y párate a pensar, cuantas ‘pamplinas’ tienes acumuladas y cuanto has pagado o debes por ellas, y sobre todo a quien ‘sirven’, pero observa esta palabra, no es el verbo ‘servir’ sino el sustantivo ‘sirviente’ ¿Quien sirve a quien?

Pero existe otra cuestión más peligrosa: ¿A quien has otorgado el poder? Éste es el mayor problema que inadvertidamente hemos creado, firmando un pacto con el diablo. Una cesión de nuestra libertad a los dueños del ‘tinglado’, que en la mayoría de los casos no son un dechado de virtudes, sino justo lo contrario, hemos resucitado lo peor del feudo medieval, con corruptelas y amiguismos. Las oligarquías y los individuos de baja extracción moral se han adueñado de las llaves de paso del flujo de los recursos vitales, la mayoría de las veces propiedad de los mal llamados pueblos ‘subdesarrollados e ignorantes’, deslumbrados y engañados por la magia de la tecnología barata. No somos sino ganado al que se conduce a través de la cerca eléctrica al que se apalea, ordeña y sacrifica según a la casta superior le viene bien.

Además, con el poder económico que tenemos impuesto, y al que hemos cedido, tienen carta blanca para esquilmar el planeta a su antojo, un cheque en blanco, firmado sin ponderar por todos nosotros, cheque que emplean sin que les tiemble el pulso, arrasando los recursos que quedan, propios o ajenos, que lo mismo da. ¿Alguien tiene en cuenta la ‘Capacidad de Carga’ o el impacto de la ‘huella ecológica’? Estos últimos se sacan de los balances y es como en el tópico de los golfillos que entran por la cola del cine, “ya pagará el último”.

Por desgracia y como Antonio Turiel denuncia en su post, confundimos tecnología con energía y lo virtual con lo auténtico, porque ‘el valor añadido’ no es material, pero una vez convertido en dinero, sí exigirá una contrapartida física de energía y recursos, unas materias primas reales cada vez más escasas y representadas por una deuda que no podremos pagar.

Rafael Iñiguez.
Junio 2012.

martes, 5 de junio de 2012

Tecnología no es energía



Queridos lectores,

Últimamente mi hija se ha aficionado a ver una serie de dibujos animados que se llama "Phineas y Ferb" (en realidad en casa la única que ve la tele es ella). Se emite en un conocido canal de entretenimiento infantil, y tiene la virtud de incluir guiños divertidos -sin necesidad de ser picantes o escabrosos- a los adultos que seguramente están acompañando a los niños. Buena estrategia, por cierto, porque así al final los padres fomentan que sus hijos vean aquellas series que también son divertidas para ellos. En fin, el argumento de esta serie es bastante simple: en los suburbios de Nueva York y mientras sus padres están fuera de casa dos hermanastros ocupan el verano en construir los más inverosímiles y grandiosos artilugios (una montaña rusa que atraviesa la ciudad, un cohete espacial,...) mientras que su hermana mayor trata en vano de delatarles delante de su madre - fracasando siempre porque las creaciones de sus hermanos, no importa cómo sean de colosales, siempre desaparecen, generalmente como resultado de una trama paralela que enfrenta a un malvado científico y la mascota de la familia (inverosímilmente, un ornitorrinco) que es en realidad un agente secreto. La serie, por supuesto, es muy fantasiosa y la construcción del día es una excusa para desarrollar una trama ingeniosa y divertida. Sin embargo, esta serie en particular ilustra mejor que ninguna otra el grave problema de comprensión de la naturaleza que tiene nuestra sociedad.

El trasfondo de la serie es que dos chavales de los suburbios, ingeniosos y decididos, pueden ejecutar en un tiempo récord cualquier proyecto que les venga en gana, no importa cuán desmesurado sea. Está, por supuesto, la cuestión del dinero (la acción suele comenzar con la descarga de varios camiones y la típica frase gancho), pero se sobreentiende que los chicos, fruto de sus inventos anteriores, posiblemente dispondrán de grandes fondos, aunque en realidad se suele hablar poco de dinero en esta serie que, no olvidemos, es para niños. Por supuesto que es una licencia para hacer más ágil la narrativa de cada capítulo (que dura sólo 12 minutos, así que entenderán la premura). Sin embargo, es ése tipo de programa el que sirve para prefigurar los arquetipos que configuran la narrativa de la sociedad, y es lo que explica por qué nos encontramos tan a menudo con actitudes tan cerriles de tecnooptimismo.

La razón de fondo de la imposibilidad de hacer lo que consiguen los dos chavales americanos en un día no es el elevado coste económico de tal montaje (el cual la mayoría de la gente no sabría no ya cuantificar sino estimar su orden de magnitud) sino el coste energético de la proeza. Aquí hay dos dimensiones a tener en cuenta. Por un lado, la material: cuanto más acero, madera, tornillos, remaches, cristal, etc que se requieran se necesitará consumir la energía de transportarlos (ya no entraremos aquí en la que se necesita para extraer las materias primas y procesarlas), colocarlos y fijarlos. Pero hay también otra dimensión, la temporal. Y es que la cantidad de energía necesaria aumenta a medida que disminuye el tiempo requerido para la construcción. Aquí de nuevo interviene el factor entropía: como ya explicamos en el post dedicado a esa magnitud física, a medida que la temperatura de un sistema aumenta se hace más probable que nos desviemos del estado concreto al cual queremos converger. Usamos aquí "temperatura" en un sentido lato, queriendo decir tanto agitación térmica como también los movimientos mecánicos que no van en la dirección de la creación o mantenimiento del sistema objetivo (como los balonazos que deformaban las rejas del patio del colegio en aquel post). La cuestión es que el trabajo de Phineas y Ferb no requiere sólo de una gran energía, pero también de una gran potencia (ya que la tarea tiene que concluir en una mañana), y más potencia implica más entropía: piensen simplemente que si vamos aumentando el número de camiones que entran y salen, aparte de que se obstaculicen unos a otros, haremos cada vez más probable que choquen. Así pues, al aumentar la potencia necesitamos consumir aún más energía ya sea para compensar los desperfectos que pueda causar este consumo acelerado o bien para establecer más mecanismos de control y maquinaria sofisticada para hacer más difícil esa dispersión. El crecimiento de la cantidad de energía necesaria para ejecutar una tarea en menos tiempo va mucho más deprisa de lo que se acorta el plazo para ejecutar la obra: piensen, por ejemplo, en la montaña rusa que montan en el primer episodio, que cruza toda la ciudad: incluso desplegando un ejército de hombres y maquinaria sería imposible, con nuestros medios de hoy en día, ejecutar tal proeza, y sólo podría conseguirse si prácticamente cada palmo de la instalación fuese adjudicado a una cuadrilla y ésta trabajase con tal grado de precisión que el empalme de su parte con la de los otros fuese perfecta y al mismo tiempo sus máquinas no estorbasen a las de los demás.


Es obvio que la serie no quiere ni tiene por qué hilar tan fino, pero, como digo, ilustra bien los males de nuestra sociedad. Porque la energía es algo completamente transparente a la sociedad. No vemos el jardín de Phineas y Fer ocupado por gigantescas cubas de combustible que habrían de proveer toda la maquinaria pesada que tendrían que operar. No vemos las decenas de grúas que se tendrían que usar para levantar todos esos pesos, o los centenares de excavadoras que se requerirían para explanar el terreno. En aras del espectáculo se obvia la prosaica necesidad de los medios materiales que se requieren.


La energía es un fluido mágico e invisible que sirve para moverlo todo, sin el cual nada funcionaría y sin embargo tenemos tan interiorizada su disponibilidad ilimitada y a buen precio que no nos damos cuenta de hasta qué punto nuestras expectativas dependen de que se mantenga tal estado de cosas. Cuando comenzamos a hablar de los problemas de la energía con alguien desinformado es común que la persona evoque la "solución energética" más de su gusto, ya sea nuclear de fusión o fisión, las energías renovables en su conjunto o alguna opción en particular, la economía del hidrógeno o los biocombustibles. Tal "solución" es esencialmente la promesa de que un determinado desarrollo de laboratorio, que al decir de tal o cual diario generalista ha sido un éxito, acabará llevándonos al lógico El Dorado de la energía sin límites. Dejando al margen la cuestión de que el consumo de energía simplemente no puede crecer sin cesar en un planeta finito, está la cuestión no menor de que todos esos ensayos de laboratorio suelen asumir la abundancia energética bien directamente (por la energía que consume el propio proceso de fabricación) o indirectamente (por la abundancia de determinadas materias primas que en realidad sólo son explotables gracias al petróleo barato - ya discutimos el caso del neodimio como un ejemplo más de la acallada guerra por las tierras raras). De algún modo los autores reconocen el bajo rendimiento energético de su solución (medido por la Tasa de Retorno Energético o TRE) cuando dicen que su tecnología aún no es rentable, que sale demasiado cara (recordemos que la rentabilidad económica siempre es menor que la energética). Por supuesto los esforzados investigadores esperan que el progreso tecnológico vaya abaratando costes, pero aquí de nuevo el acento se pone en la cuestión económica y no en la energética, y así el desarrollo tecnológico tiende como norma general a disminuir la TRE, no a aumentarla. En definitiva, ni siquiera los investigadores que trabajan en este tipo de problemas suelen ser conscientes que parten de la premisa de que la energía es abundante y barata, lo cual hace dramáticamente inútiles sus propuestas de cara al futuro que se nos plantea.


Tenemos que entender una cosa: la tecnología no es un sustituto de la energía. Con la tecnología podemos hacer un mejor aprovechamiento de la energía, pero tal mejora tiene límites que se suelen encontrar más pronto que tarde (hace poco hemos discutido los de las máquinas térmicas, y otros límites similares aquejan a las demás tecnologías, ya sea nuclear, eólica o fotovoltaica, por poner tres ejemplos). Cuando se constata este problema, una de las respuestas usuales es comparar el progreso en tecnología energética al progreso en tecnología informática: si en tan poco tiempo hemos podido progresar tanto a nivel de computación, ¿por qué no podríamos hacer lo mismo con la energía? Se trata de un caso más de extrapolación excesiva, y es que si se mira bien las tecnologías energéticas son hoy en día poco más sofisticadas de lo que lo eran hace un siglo La generación eléctrica en las plantas térmicas, independientemente de la tecnología, consiste en hacer hervir una olla de agua para que el vapor resultante mueva una turbina, y eso es así aún cuando el combustible usado sea nuclear (en cierta ocasión, en un discurso sobre los retos de la energía del futuro, el Secretario de Estado de Energía de los EE.UU., Steven Chu, dijo que si Thomas Alva Edison reviviera sería capaz de reconocer una central eléctrica). En suma, que el discurso de progreso tecnológico imparable basado en el ingenio a la Phineas y Ferb no es válido en muchos casos, y en particular en el caso de las tecnologías energéticas. En otros casos, el optimista de turno pone sobre la mesa los buenos números de rendimiento de una determinada fuente de energía, asumiendo así que es eficiente. Sin embargo, el cálculo de la TRE engloba todo el ciclo de vida de la fuente en cuestión, y la inclusión de materiales raros que hacen más eficiente un aerogenerador o una central nuclear puede conseguir aumentar la energía generada en la operación, pero a costa de consumir más energía que la de esa ganancia simplemente para producir esa materia prima crítica de la nueva tecnología. De nuevo, sin hacer un cálculo de TRE no es posible saber si la tecnología sale realmente rentable en términos energéticos. Tendemos a pensar, por último, que es normal y fácil tener planchas de acero y lingotes de aluminio, tanto cemento y cables de cobre como queramos y así con tantas materias primas de uso industrial. Sin embargo, en el progresivo marasmo económico en el que estamos cayendo esos materiales se venderán menos, se cerrarán fábricas, la producción disminuirá y por tanto se encarecerá, hasta el punto que algunas nuevas tecnologías propuestas no serán ya rentables. Sin un consumo a escala masiva muchos de nuestros proyectos de futuro simplemente no tienen sentido porque dejan de aprovechar los beneficios de la economía de escala.


En suma, asumimos que la tecnología salvará cualquier obstáculo, siendo igual las limitaciones de la energía. A crear esta visión han contribuido mucho los economistas, que han desarrollado una bella teoría sobre la utilización de los recursos que, por supuesto, no incorpora límites. De hecho no deja de ser chocante que cuando se discute sobre las limitaciones energéticas de nuestro futuro los primeros que te empiezan a hablar de soluciones tecnológicas maravillosas aunque no las comprendan son los economistas. Todo antes de aceptar que hay límites, que no sólo de ingenio industrial se vive, que la economía no puede crecer siempre, y que esta crisis no acabará nunca.


Salu2,
AMT