viernes, 6 de marzo de 2026

El hundimiento

La segunda temporada de Juego de Trumps está llena de sobresaltos.


Queridos lectores:

Llevamos ya una semana de guerra en el Golfo Pérsico. Sin duda, Israel y EE.UU. pensaron que si golpeaban de manera certera a Irán, dada su inestabilidad interna, el régimen de los ayatolás caería como fruta madura gracias a una reacción del pueblo iraní que los depondría inmediatamente. Confiaban, seguramente, en una capitulación completa a la venezolana, en la que los EE.UU. en la práctica se han apropiado de todos los recursos petroleros (sin que, por cierto, haya habido un cambio real del régimen político). Lo que increíblemente no se esperaban es la resistencia de la estructura política iraní, quizá porque interpretaban erróneamente que era completamente subsidiaria del liderazgo de Alí Jamenei y que, muerto éste, habría tal vacío de poder que el cambio sería inevitable. 

Pero, bien al contrario, el régimen iraní se ha atrincherado y ha contestado con rapidez y mucha contundencia, bombardeando bases militares americanas, refinerías y oleoductos por todos los países del Golfo que están prestando su apoyo tácito o explícito a la coalición agresora, y al mismo tiempo cerrando en la práctica el paso del Estrecho de Ormuz. Irán ha golpeado fuerte, ha golpeado rápido y ha golpeado masivamente. El gobierno iraní sabe que su supervivencia depende de crear un estado de postración económica tal a escala mundial que los EE.UU. se vean obligados a parar por presiones internas y externas.

Y así llegamos al momento presente. Donald Trump tiene muy difícil echarse atrás, porque no podría salvar la cara delante de su pueblo y de los intereses económicos a los que representa. Por su parte, los dirigentes de Israel están completamente alucinados y no contemplan ninguna otra posibilidad que la rendición de su enemigo más importante en la región. En cuanto al gobierno iraní su única salida es seguir golpeando, haciendo daño hasta que Israel y EE.UU. cedan. 

Pero, pase lo que pase, nadie va a salir indemne de ésta. Ni estos tres países, ni el resto del mundo en su conjunto. La situación es tan mala ya que lo menos que podemos esperar es una fuerte recesión económica y unos años de mucho sufrimiento. Aunque en realidad lo más probable es que ya nunca salgamos del proceso de descenso que seguramente ya estamos iniciando.

Por el lado de los EE.UU., las ínfulas belicistas de Trump tienen, seguramente, diversos orígenes, desde lo ideológico hasta lo religioso pasando por ese extraño ascendente que tiene Israel sobre la política norteamericana. Pero, al margen de todas esas motivaciones, hay una que también es muy clara: EE.UU. necesita petróleo y lo necesita ya.

Durante los últimos 16 años EE.UU. ha vivido la revolución del fracking, que les ha permitido pasar uno unos lánguidos 5 millones de barriles diarios (Mb/d) que producían en 2010 a los actuales más de 13 Mb/d (4 Mb/d convencional más 9 Mb/d de petróleo ligero de roca compacta extraído con el fracking), lo que le sitúan como el mayor productor del mundo con prácticamente el 13% de la producción (se producen en el mundo 103 Mb/d de todo tipo de líquidos asimilados a petróleo, aunque esto también daría para hablar mucho, ya que hay unos 20 Mb/d de líquidos del gas natural que mayoritariamente no sirven para hacer combustibles, solo plásticos, y se contabilizan igualmente aquí). Sin embargo, los días del fracking de los EE.UU. están contados: los pozos de fracking generalmente llegan al 80% de toda su producción en los dos primeros años, y habitualmente no se explotan más allá de cinco años. En sus últimas actualizaciones, el Departamento de Energía de los EE.UU. apunta por primera vez desde que empezó el fracking a que el máximo de producción de petróleo de los EE.UU posiblemente ya pasó, en octubre de 2025, y que en los próximos años viviremos un proceso de declive que aún contemplan como gradual, aunque todo apunta a que será bastante más rápido.

 

Imagen de Peak Oil Barrel, https://peakoilbarrel.com/us-december-oil-production-drops-2/

EE.UU. necesita desesperadamente petróleo. Su hegemonía de los últimos años se ha basado en el fracking, y si éste empieza a fallar necesitan pasar a controlar los recursos disponibles en el mundo. Están yendo, por supuesto, por los más grandes que aún no controlaban: primero Venezuela (aunque es dudoso que su petróleo extrapesado sea económicamente rentable) y ahora Irán. Realmente, la torpeza y apresuramiento americano, que asalta sin verdadera planificación (como está siendo evidente en el caso iraní) responde a esta urgencia vital. 

La situación no es nada buena para el gobierno de Donald Trump. Con una popularidad en caída por los excesos de la policía de inmigración y por haber traicionado el principio MAGA de centrarse en los problemas internos y no meterse en guerras extranjeras, con su sistema de aranceles puesto en cuestión y con las elecciones de noviembre en el horizonte, Donald Trump tenía la necesidad de anotarse algún que otro éxito clamoroso. La escalada de precios del petróleo y las pésimas perspectivas económicas fruto de esta guerra, combinado con el coste exorbitante de la campaña militar, solo le ponen las cosas más difíciles.

Tampoco pinta demasiado bien para el gobierno de Benjamin Netanyahu. Para el actual gobierno de Israel, la desaparición de su mayor enemigo en la región se ha convertido en cuestión existencial, una auténtica obsesión, hasta el punto de que han perdido completamente la perspectiva de su capacidad real y sobre todo de su vulnerabilidad. Los sistemas de intercepción israelíes, bien nutridos de misiles interceptores americanos, se muestran impotentes para evitar el goteo de bombardeos iraníes que ya no se limitan a objetivos militares, sino que alcanzan también a la población civil, particularmente en Tel Aviv. Irán apuesta por enviar enormes cantidades de misiles y de drones, muy baratos, mientras que los interceptores son incomparablemente más caros; y aunque Israel intercepte el 80 o incluso el 90% de los proyectiles, el 10% que llega a su objetivo está causando mucho daño. Israel sufre, y Netanyahu, muy contestado por su gestión en general, sale muy perjudicado de una guerra en la que ilusamente creyó marcarse un tanto.

El gobierno iraní también está en una situación muy precaria. El asesinato de su líder supremo y una buena parte de la cúpula política le ha obligado a rehacerse en tiempo breve, pero ése no es el mayor de sus problemas. El descontento de la población iraní es muy importante desde hace ya varios años, tras 50 años de un régimen autoritario y muy represivo. Las protestas de enero, sangrientamente reprimidas, ejemplificaron la importancia de la contestación interior. Con 90 millones de personas y una población muy joven, Irán necesita mejoras muy importantes a nivel social, aunque está claro que no será precisamente EE.UU. quien se las va a proporcionar. Para terminar de complicar la situación, Irán sufre una grave crisis hídrica que llevó hace pocos meses a plantear la necesidad de evacuar Teherán, con toda la inestabilidad social que eso implica. Crisis hídrica que por cierto también es bastante grave en la vecina Irak. Al mismo tiempo, su vecina Afganistán está ahora mismo en guerra con Pakistán por la disputa de los recursos hídricos de un río compartido. Toda la región está en una situación precaria.

Queda claro que ni EE.UU. ni Israel ni Irán parten de una buena situación. Pero ninguno de los tres puede echarse atrás en el escenaraio actual. Los tres necesitan desesperadamente una victoria en esta guerra. Y la desesperación es la peor de las consejeras, porque lleva a asumir riesgos excesivos que pueden materializarse en auténticas catástrofes.

El cierre del Estrecho de Ormuz pone al mundo de rodillas. Por ejemplo, por Ormuz pasan 20 Mb/d, el 20% del petróleo que se consume en el mundo. Pero si lo miramos desde la perspectiva del petróleo disponible para comerciar (descontando ese 50% que consumen los propios países productores), resulta que lo que pasa por Ormuz es el 40% de las exportaciones mundiales de petróleo, lo cual es gravísimo para países importadores como es España. Y poco importa que en la actualidad España importe poco petróleo de la región: el mercado del petróleo es muy fungible y los contratos se rescinden o el petróleo se encarece por la mayor demanda. Nadie está cubierto en esta crisis. Mientras esto escribo, el precio del barril de Brent ya ha llegado a los 90$, que es el umbral de dolor para la economía europea. Si esta situación se prolonga e incluso agrava durante las últimas semanas, será inevitable que se produzca una grave recesión económica.

El otro foco de atención está en el gas natural. Por Ormuz pasa el 20% de todo el Gas Natural Licuado (GNL) que se exporta en el mundo, y éste no tiene la opción de pasar por ductos internos (por cierto que de poco van a servir tampoco para el petróleo, en vista de que Irán también los está bombardeando). Europa depende en un 14% de este gas natural. El gas natural se usa en todo tipo de industria, y es fundamental para mantener la estabilidad de la red eléctrica. Europa, además, llega al final del invierno con las reservas de gas natural en mínimos, y encima con unas reservas hídricas también en mínimos después de un invierno relativamente seco - no es el caso de España, al que las fuertes tormentas al menos le han servido para llenar pantanos. Sin gas y sin hidroelectricidad, Europa se enfrenta al riesgo cierto de apagones, que incluso se podrían producir en cascada. De momento, el precio de la electricidad se ha disparado en Europa a la par que el precio del gas - en España, gracias a la bonanza hidroeléctrica, el precio está más contenido.

Pero es que por el Estrecho de Ormuz circulan muchos otros materiales críticos para el comercio y la industria mundial. Se destaca por su gran importancia el amonio y la urea, base de los fertilizantes, justo cuando está a punto de empezar la estación del crecimiento de los cultivos; y también el ácido sulfúrico, que se usa en infinidad de procesos industriales. Pero obviamente hay muchas más derivadas e interacciones que hacen muy difícil vislumbrar el alcance de todo lo que pasa. Por ejemplo, el petróleo del Golfo es fundamental para garantizar la producción mundial de diésel, ya que es el más apropiado a este fin.

Lo que suceda a continuación va a depender crucialmente de lo que se alargue el actual impasse. Unos pocos días más de bloqueo en Ormuz pueden acabar de provocar un pánico en las bolsas y desencadenar una recesión muy profunda. Teniendo en cuenta las enormes burbujas financieras de las que lleva tiempo alertando Quark (la de la deuda, la de la inteligencia artificial y la de los productos derivados sobre metales preciosos), esta recesión puede provocar el estallido final de estas burbujas y una debacle económica como posiblemente el mundo no haya visto jamás, una de la que ya jamás nos podremos recuperar completamente porque acelerará el declive del petróleo y de otras materias primas al parar la industria clave para su extracción. Hace unas horas, el fondo de inversión Blackrock decidió limitar la cantidad de dinero que permite retirar de uno de sus fondos de deuda, al observar un gran volumen de retiradas - una intervención que yo diría que raya lo fraudulento, y que puede provocar un aumento de la desconfianza. La sesión de la bolsa del próximo lunes promete ser muy movida.

Tengo claro que el gran capital y los estados va a poner en marcha todos los mecanismos a su alcance para intentar evitar la debacle; por ejemplo, EE.UU. ha anunciado un fondo de reaseguros por valor de 20.000 millones de dólares para los barcos estadounidenses, después de que hace unos días las 7 mayores aseguradoras decidiesen retirar sus seguros a los buques que operan en la zona por el riesgo de guerra (por cierto, si tienen media hora y paciencia suficiente, lean ese último enlace, merece mucho la pena, y entenderán por qué el daño que se ha hecho es mucho mayor de lo que parece). Durante este tenso fin de semana habrá seguramente muchos más anuncios y movimientos, para intentar evitar un lunes negro en las bolsas. Ahora mismo, el único punto clave es saber cuánto va a durar este bloqueo, y si es total o parcial. Lo que sí que parece claro es que si la cosa se alarga más allá de unos días, vamos a una recesión económica que puede transportarnos al declive terminal. Donald Trump tendrá el mérito de haber adelantado 5-10 años el proceso de declive de nuestra sociedad.

Esto va en serio. La situación pinta mal, muy mal. Crucen los dedos pero, por si acaso, vayan tomando sus precauciones. Sigamos la evolución de los acontecimientos y esperemos. 

Salu2.

AMT 

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