Queridos lectores:
La opinión pública española está consternada. Un nuevo accidente ferroviario, en la línea de Alta Velocidad, vuelve a dejar decenas de muertos. Un suceso absurdo, en cuya génesis se encuentra el fallo de los sistemas de seguridad de la circulación ferroviaria (un fallo bastante frecuente, como se deduce de las palabras del ministro - 170 fallos en lo que va de año) combinado con el error de un controlador que probablemente sucumbió al estrés.
A diferencia de los accidentes de avión, los accidentes de tren tienen algo que nos iguala a todos: todos tenemos la experiencia de coger un tren. No podemos evitar sentirnos identificados con las víctimas. Cualquiera podría ser nuestra hermana, nuestro padre, o nosotros mismos. Yo mismo, que cojo mucho el tren, no puedo menos que sentirme muy identificado; de hecho, yo tenía que coger un tren de la misma línea que se ha accidentado el jueves de la semana que viene para ir a Málaga - obviamente, he cancelado ese evento, ya que la línea tardará muchas semanas en estar operativa. Empiezo a escribir este post desde otro tren, de la línea que va a Figueres. Cuánta gente no pensará estos días: ¿son los trenes seguros? ¿no vendrá la muerte a sorprenderme, a mi o a los míos, el día menos pensado?
Esa insoportable cercanía nos hace sentir, más que en otros casos, el dolor de las familias de las víctimas como un dolor propio. Y ese dolor inmenso, cegador, nos hace preguntarnos por qué, por qué estas muertes sin sentido, por qué este dolor innecesario.
Por qué. El marido de una de las víctimas hacía una reflexión impecable que han recogido algunos medios (después, según contó, de llorarla durante dos días, y seguramente los que aún le quedan). La culpa de estas muertes evitables, razonaba, es del capitalismo de la prisa, de esa incesante vorágine que agita cuerpos y cosas, ese ir y venir sin parar y sin sentido, con el solo objetivo, ridículo cuando uno lo reflexiona dos segundos, de incrementar los guarismos de una cantidad abstracta a la que llamamos capital. Los amos del capital, los amos del dinero, exigen más y además más deprisa, para al finar romper las vidas de las personas, consumiéndolas lentamente en el sobreesfuerzo continuo que se nos exige y, ay, a veces de manera violenta, como ha sido este caso.
Nos dicen que esta tragedia ha sido el resultado de un fallo humano. Yo digo que no lo es. Es una pésima ingeniería aquella que depende de que nadie cometa un error; pero estoy seguro de que el diseño del sistema no tenía una ingeniería pésima, sino una completamente correcta. El problema no ha sido la ingeniería del sistema, sino cómo se ha usado. Y se ha usado de esa manera cutre y peligrosa simplemente porque el capital lo ha exigido, para maximizar beneficios, para recortar costes. Se han metido más trenes sin aumentar el mantenimiento en la suficiente medida, se ha "externalizado" la gestión de la infraestructura a empresas privadas que, a su vez, buscaban subcontratas más baratas, siempre con el objetivo de maximizar el beneficio y minimizar el gasto. Y, con el beneplácito de los sucesivos responsables políticos que han permitido este atropello, se ha cargado el peso del sistema sobre unos trabajadores con una plantilla menguada pero con una responsabilidad abrumadora. En suma, se ha sometido el sistema ferroviario a un proceso de cutrefacción, como siempre en aras del mayor beneficio del capital. Pero la cutrefacción mata, como hemos comprobado una vez más.
El caso es que vivimos en una sociedad cutrefacta, como corresponde al estadio de necrocapitalismo terminal en el que ya estamos. Y por eso muere de manera estúpida, innecesaria y cruel tanta gente.
Por ejemplo, este verano, se estima que han muerto en Europa más de 50.000 personas por culpa del calor, casi 5.000 de ellas en España. Esa gente ha muerto en última instancia por la cutrez de nuestro sistema de protección social, que no ha sabido preocuparse de buscar y proteger a la población en riesgo, pero en primera instancia por la cutrez de un sistema económico que tiene que crecer a toda costa aunque eso suponga quemar cantidades crecientes de combustibles fósiles. La depravación moral de nuestro cutre sistema económico, con tal de crecer, hace que sigamos emitiendo CO2 como si no hubiera mañana, y si seguimos así, efectivamente, no habrá mañana. Estamos degradando de manera irreversible nuestro hábitat, el único que tenemos, por pura cutrez intelectual y moral.
¿Cuánta gente muere y enferma por razón de unas condiciones laborales cada vez más degradadas? ¿Cuánta vida se pierde intentando sostener esta muerte, esta fuente inmensa de entropía?
Y ahora miremos más allá de nuestro ombligo. ¿Cuánta gente muere en otros países, sobre todo en el Sur Global, para mantener este glorioso sistema cutrefacto?
¿Cuánta gente muere en minas insalubres e inseguras? ¿Cuánta hay trabajando en fábricas durante jornadas inacabables, extenuantes, y sin protección, expuesta a sustancias tóxicas? ¿Cuánta gente es asesinada por defender los derechos de sus comunidades y que no les roben la tierra, el agua y el aire? ¿Cuántos son forzados a malvivir en barrios infectos de ciudades cutrefactas para ganarse un jornal de miseria? ¿A cuánta gente se mata así? Y de toda esa gente, ¿cuántos son niños y niñas? ¿A cuántas personas se les ha robada su infancia?
Con tan solo asomarse al abismo insondable de la miseria y cutrez de este sistema económico, con nuestro sentimiento de empatía humana activo, es imposible no sentir una oleada de dolor embriagadora, un dolor de proporciones universales, un dolor inmenso. Por qué este sufrimiento. Para qué este estúpido, maldito, malvado sufrimiento.
Por eso uno de los procedimientos de cutrefacción más importantes para el mantenimiento de esta sociedad es la anulación de la empatía. "Lo que pasa en otros países está demasiado lejos" (aunque sus materias primas y productos los consumimos aquí). "Pobre gente, cómo les cuesta salir de la pobreza" (en la que les hemos sumido). "El problema es que siempre tienen dictadores" (puestos por nuestros gobiernos y nuestras empresas). "Ya era mayor, es natural que se muriera" (decidiendo sobre la vida y muerte de otras personas). "La gente joven solo sabe quejarse, que trabajen" (en trabajos cada vez más precarizados). "La vivienda está cara porque hay mucha demanda" (y está controlada por grandes capitales que la acaparan para garantizar su retorno económico)...
Así conseguimos no sentir ese dolor. Ese dolor que es inmenso porque afecta a tantas personas, a la mayoría de la Humanidad.
Pero cuando pasa lo del tren, ahí sí que no se puede disimular. Ahí sí que es imposible no sentir el dolor, porque no hay excusa moral para no ponerse en el lugar de esa pobre gente que ha muerto por culpa de un sistema estúpido que todo lo devora para nada.
Ahora mismo en España estamos en pleno proceso electoral. Un proceso cutrefacto, como todo lo demás. Discusiones de mierda sobre asuntos de mierda, siempre intentando desviar la atención de lo importante. Si hablamos de vivienda, metemos cuestiones que no vienen a cuento. El Cambio Climático y el Niño que viene, ni mentarlos. La desigualdad social, la pérdida de oportunidades, la inflación, la precarización... No, de nada eso se hablará.
Mi tren llega a la estación, por fin a casa. Aún estoy vivo. Es como para dar gracias, en los tiempos fríos, oscuros y cutrefactos que corren.
Pero no puedo dejar de sentir ese dolor. Ese dolor inmenso...
Salu2.
AMT
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