viernes, 7 de noviembre de 2014

Diario de trinchera: Brussels, Problems as usual




Erráticos mis bautomáticos pasos por la T2, pendientes de hollar la nombrada capital de Europa...

Otra vez en el aeropuerto de Barcelona, a punto de tomar un vuelo de bajo coste para ir a Bruselas, de nuevo para asistir a una reunión organizada por la Oficina COST, en este caso la reunión de arranque de una nueva acción (las acciones COST son redes paneuropeas de colaboración científica, que duran típicamente cuatro años). Al menos esta vez yo sólo soy uno más, sólo un miembre del comité de gestión entre los otros 14 ó 15: los últimos 4 años he aprendido mucho sobre qué es gestionar una acción COST, pero la verdad es que en esta vez me apetece quedarme en la sombra, disfrutar de la discusión científica el poco o mucho tiempo que aún me quede para hacerlo, aprender y hacer cosas nuevas... hacer de científico y no de gestor, para variar.

Como he llegado con tiempo, me aparto un poco de las zonas más bulliciosas y me siento con un cortado descafeinado en una de las terrazas interiores de esta terminal aeroportuaria que, como todas, parece un centro comercial. Refuerza esa impresión que ahora, de hecho, hasta te obligan a pasar por una tienda para llegar a las puertas de embarque. Estos pensamientos me recuerdan un artículo que leí hace poco, en el que explicaban que una buena parte de los ingresos de los aeropuertos viene, precisamente, de estas tiendas... y de sus altos precios, pienso al pagar el cortado (suerte que llevaba la comida de casa y que tuve tiempo de comerla tranquilamente en el tren  - es buena cosa para el BAU aeroportuario que la comida no pueda pasar el punto de control).

Mientras mato el tiempo miro mis correos e intento publicar mi último post, pero ya he agotado la cuota del mes y la estrechez de mi banda ancha me hace imposible esta tarea (consistente básicamente en apretar un botón). Tendré que publicarlo desde el hotel por la noche, qué le vamos a hacer. Pero más que matar el tiempo lo masacro, y para cuando me voy a mi puerta la fila de espera tiene ya varias decenas de metros. Suspiro: no quiero que me obliguen a facturar (gratuitamente, eso sí) el equipaje, como hacen siempre con los últimos de la fila. Dos puestos detrás de mi un chico protesta a grandes voces: no quiere que le facturen su maleta pues no quiere tener que esperarla en la cinta de equipajes de Bruselas, y hace un rápido relato de sus desventuras con esta compañía en concreto (oyéndole hablar así, con una gran carga de epítetos poco cariñosos, me pregunto cómo es que aún usa sus servicios). Pero no hay gran cosa que hacer y al final el personal de la compañía aérea se la facturan; acto seguido, se acercan a mi. Yo disimulo: con una única muda y mi portátil en su interior mi mochila de viaje no abulta gran cosa, y colgada de mi hombro, como si tal cosa, pasa bastante desapercibida. Estoy de suerte: pasan de largo, no porque no hayan reparado en mi mochila sino porque sólo obligan a facturar maletas con ruedas (luego entiendo por qué: mi mochila cabe sin problemas debajo del asiento). Suerte, porque quiero llegar pronto al hotel, cenar y trabajar en la presentación para el instituto de física de la semana que viene.

El viaje en avión transcurre sin incidencias e incluso lo aprovecho muy bien para seguir trabajando, siempre trabajando, sin parar... Llego al aeropuerto de Zavantem sin saber muy bien qué transportes públicos tengo que coger para ir a mi hotel. Es curioso, pienso: hace unos años me preparaba muy bien los viajes, miraba con cuidado cómo debía ir de un sitio a otro y me imprimía planos y croquis necesarios, reservas de hotel, etc. Ahora, aún cuando me agendo una hora en los días previos al viaje para hacer los últimos preparativos, me limito a imprimir las tarjetas de embarque, mirar más o menos si es fácil llegar al hotel, y andando; más de una vez, ni siquiera me he molestado en mirar cómo se tiene que llegar al lugar da la reunión desde el hotel. Supongo que hace unos años viajar ejercía sobre mi la fascinación de la aventura y me lo preparaba un poco como quien idea una expedición a un lugar desconocido; elegir vuelo y hotel podía llevarme un par de días, y preparar la documentación de viaje era un rito casi sagrado que realizaba con una semana de antelación. Ahora estoy mucho más descreído de todo: busco un hotel de precio razonable y no lejos del lugar de la reunión de entre los recomendados por la organización y dedico algo más de tiempo a ver cómo haré el encaje de bolillos entre mi vida familiar y los horarios de los vuelos mientras intento que el precio se mantenga razonable, y ya está bien, que la semana que viene tengo otro viaje, y dentro de tres aún otro, y suerte que los de Toulouse y de San Francisco los he podido cancelar; y en cuanto la documentación de viaje, pues lo arriba dicho: tarjetas de embarque, vistazo rápido a la dirección del hotel, y a otra cosa, que el trabajo se amontona.

Cuando es mi turno en la taquilla del tren de cercanías, y como siempre me pasa cuando estoy en Bélgica, no sé si hablar en inglés o en francés. Opto por lo primero, por miedo a producir resquemores (la cuestión lingüística en este país es muy delicada). Como siempre (hasta que algún día esto me falle) la persona que me atiende es muy amable, acostumbrada como estará a orientar a extranjeros despistados, y me da indicaciones precisas sobre como llegar a la Avenida Louise, donde están mi hotel y la oficina COST; incluso me da una fotocopia del mapa del metro, que tendré que tomar después. Subo al tren: en media hora estaré en la Estación del Sur, y de allí en metro en un cuarto de hora podría llegar a la Avenida Louise y caminar hasta el hotel. Una hora en total: razonable; me anoto los tiempos pensando en que mañana iré justo para llegar al avión. Y pensando en éstas y otras cosas de repente me doy cuenta de que el tren se ha quedado parado en la Estación Central, sin abrir las puertas. Al cabo de un rato una voz por el altavoz dice, primero en flamenco y luego en francés, que ha habido un incendio en la Estación Central y que está siendo desalojada, por lo que continuamos trayecto a la Estación del Sur sin abrir las puertas. ¿Incidente o sabotaje? (maś tarde, viendo la televisión  en el hotel, vería que la cosa no estaba clara).

La Estación del Sur es más grande de lo previsto y no tengo ni idea de hacia dónde cae el metro, y encima la señalética es muy poco apropiada para los forasteros. Afortunadamente esta estación tiene una estructura que me recuerda a la de las de París, donde viví unos años, y por intuición encuentro la entrada del metro al primer intento. En el andén, mientras espero mi convoy, veo que anuncian por los paneles que mañana será un día movidito: huelga en el metro y en el tranvía, aunque el tren debería funcionar normalmente. Debería.


En unas llamativas pantallas verticales que hay en el metro pasan anuncios de todo tipo, incluido el de una nueva película futurista de exploración espacial, con un lema supuestamente excitante: "El fin de la Tierra no significa el fin de la Humanidad". La frase me deja pensando: queda claro que cada vez más gente asume que este planeta se va al garete, cuando la cosa ya permea al mundo del cine. Esta resignación a la destrucción me recuerda otra frase que digo a menudo: "A mucha gente le cuesta menos imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo, e incluso creen que el primero implica el segundo". Y lo que me dice esa película es "Venga, hala, vayamos a destrozar otros planetas sólo para preservar este sistema económico sin sentido".


Me devuelve al mundo real unos gritos repentinos. Desde el otro andén, un hombre de raza negra, ropa algo raída y expresión de furia desesperada, grita en algo que parece francés, renegando de todo y de todos; un hombre blanco a mi lado le grita: "¡Cierra esa bocaza!", aunque el otro parece no oírle. Después de unos segundos bastante tensos el hombre desesperado se va, escaleras arriba, sin dejar de gritar un segundo.

Hace frío hoy en Bruselas, incluso con mi abrigo.

Salgo a la calle a la altura del número 2 de la Avenida Louise, a 200 números de mi hotel. Aprovecho el paseo para ir mirando los comercios: todo parece normal, quizá hay algunos establecimientos más de compra y venta de relojes (en realidad, casas de empeño de toda la vida, que en España ahora se conocen por sus carteles de "Compro oro"). En el hotel me atiende un joven empleado al cual me dirijo en inglés, pero al oírle decir una palabra en francés cambio a ese idioma y la conversación es mucho más distendida. Aprovechando la circunstancia, le pregunto de qué va la manifestación de mañana. Me explica que el nuevo gobierno belga está aplicando muchas medidas de austeridad, y que en particular el tema principal de la manifestación de mañana son los cambios que quieren hacer en el sistema de pensiones. Coincide la manifestación (manifestación nacional, dicen aquí para recalcar que vendrá gente de todo el país) con la huelga de metro y tranvía, con lo que el caos está garantizado. Me aclara que sólo en el mes de Noviembre está previsto tres demostraciones de fuerza como ésta. Bienvenido a Bruselas, me digo.

Dejo las cosas y me voy a cenar algo rápidamente. Los restaurantes de Bruselas siguen siendo bastante caros, como los recordaba. Una mujer ya mayor, de la mesa a mi lado, aprovecha que su acompañante ha salido fuera a fumar para entablar conversación conmigo (en francés). Me cuenta que su marido está ingresado desde hace semanas, y por su expresión veo que está angustiada; creo que saldrá de esta, me dice. Tiene suerte de su primo (el que fuma afuera) que le ha sacado de casa para distraerla. Conoce de España Barcelona y Lanzarote, y la mención de esta última le trae recuerdos agradables, de otros otoños pasados ya. Le pregunto si sabe de qué va esta manifestación de mañana, y me dice que el problema son las pensiones, pero en seguida vuelve con sus recuerdos. Al marcharse me dice: "Adiós, amigo", así, en español.

Sigue haciendo frío en Bruselas.

Vuelvo al hotel, publico ya el dichoso post, respondo e-mails, trabajo un poco y por fin me voy a dormir.

Al día siguiente todo transcurre según lo previsto. Típica reunión de COST, algunas viejas caras conocidas, otras nuevas. Las horas pasan lentas según vamos desgranando las normas, la estructura del presupuesto, las tareas... Vivimos en nuestra burbuja mientras afuera suenan distantes sirenas y un sordo rumor de multitud. Yo, que no quería compromisos, acabo aceptando dos cargos dentro de la Acción: soy un pringado. No se oye gran cosa en la planta 15 de esta torre, aunque la Avenida Louise parece tranquila. 



Yo ya cuento con ir caminando desde la reunión hasta la Estación del Sur, una media hora, y allá coger el tren hasta el aeropuerto, una media hora más. No debería haber problemas.

A las 14:30 entra el oficial administrativo y nos comunica que ha habido incidentes graves y que no ya no circulan más trenes (más tarde supe que habían quemado unos coches). Decido no arriesgarme (mi avión sale a las 17:40) y dejo la reunión un poco antes de lo previsto y pillo un taxi. Intento entablar conversación con el taxista pero el inglés le cuesta; le pregunto si sabe hablar francés y resulta que es francófono. Toda la conversación hasta el aeropuerto es bastante amena. El taxista me explica que las protestas del día se deben a que el nuevo Gobierno ha elevado la edad de jubilación, y me dice indignado: "¡Están locos! ¡Quieren que trabajemos hasta los 65! ¡E incluso han llegado a decir que podrían subirlo hasta los 67 años!". Yo sonrío y le explico que en España ya estamos ahí, aunque también le cuento que no creo que yo llegue jamás a cobrar una jubilación. De ahí la conversación deriva hacia la crisis económica que no se acaba, los recortes que ahora están llegando al norte de Europa (el taxista tenía clarísimo que lo que está pasando es una lucha entre ricos y pobres) y, cómo no, yo introduzco el peak oil. El taxista se queda pensando unos segundos cuando acabo de contarle brevemente qué está pasando y me dice: "Cuando no haya petróleo esto será una guerra, o peor que una guerra". Llego al aeropuerto con tiempo suficiente.

Voy recorriendo los largos pasillos interiores, tapizados de anuncios de lencería, coches, colonias... Otro centro comercial más. Pero varios anuncios capturan mi (segada) atención: "Dando de comer al mundo" (un proyecto de cooperación con el Tercer Mundo), "Los trenes de alta velocidad de Siemens dan una respuesta para un crecimiento duradero", "Statoil: gasolina noruega que impulsa nuestra economía", "Aseguramos el crecimiento en un mundo en cambio" (BNP)... Se diría que hay una preocupación fundada por la crisis y por la energía. Pero estoy seguro que nadie más que yo ve esta conexión, y probablemente simplemente estoy exagerando.

Después, nada que destacar: avión, tren a Sants y luego otro tren (restaurante de mi frugal cena) de Sants a mi casa, donde aunque tarde aún llegaré a tiempo de leerle un cuento a mi hija. Una cara conocida al bajar del tren: "Qué, el domingo a votar, ¿eh?", en referencia a la consulta catalana sobre la independencia del 9 de Noviembre. Vuelvo a estar en casa, con las obsesiones de casa, los problemas de casa, el proceso de desintegración y colapso de casa... Durante unas horas he estado (someramente) inmerso en otra realidad, en otra "nueva normalidad" que poco a poco se está convirtiendo en la norma por toda Europa, una "normalidad" llena de recortes, de protestas y de problemas... Hemos pasado del "Business as usual" (negocios como siempre) al "Problems as usual" (problemas como siempre).

No pasa nada, sigan con sus asuntos; son los problemas como siempre.

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