miércoles, 7 de agosto de 2019

Evolución del fracking en los EE.UU.



Queridos lectores:

Hace casi 9 años escribí mi primer artículo sobre la extracción de hidrocarburos mediante la técnica de fracking. En aquel entonces se hablaba sobre todo de la extracción de gas natural, aunque la técnica pronto se extendería para la extracción de petróleo en lutitas, sobre todo el denominado Petróleo Ligero de Roca Compacta (en inglés Light Tight Oil, LTO). Tres años más tarde, un artículo de Dave Hughes en Nature desmontaba la falacia de la viabilidad económica de la explotación del gas natural en estas formaciones, y dejaba claro que la rentabilidad del LTO sería muy limitada, concentrada en unas pocas explotaciones y con poco margen de ganancia (algo que también comentamos con cierta extensión en un artículo publicado en este blog). En 2014 un informe de la Energy Information Administration (EIA) del Departamento de Energía de los EE.UU. mostraba como los hidrocarburos no convencionales estaban llevando a la ruina a las compañías petroleras, y se anticipaba una fuerte desinversión global en la exploración y desarrollo de nuevos yacimientos, desinversión que se fue consumando en los siguientes años. En aquella época yo mismo afirmé que la burbuja del fracking era parecida a la inmobiliaria, solo que duraría menos tiempo. Y parecía que así iba a ser: a finales de 2015 la producción de petróleo de fracking comenzó a disminuir y a finales de 2016 ya había caído un 15%. Todo parecía indicar que el espejismo del fracking tocaba a su fin.

Sin embargo, en enero de 2017 Donald Trump entró en la Casa Blanca y el fracking retomó su rumbo ascendente.
 
Imagen de la EIA, https://www.eia.gov/todayinenergy/detail.php?id=38372


 
Rumbo ascendente que ha continuado hasta el día de hoy: de acuerdo con las últimas estimaciones de la EIA la producción total de petróleo (convencional y no convencional) de los EE.UU. se sitúa ya en los 12,2 Mb/d


Imagen de Peak Oil Barrel, http://peakoilbarrel.com/usa-and-world-oil-production-3/

Destaco la llegada de Donald Trump a la Presidencia de los EE.UU. porque sin duda las políticas emprendidas por el nuevo gabinete tienen mucho que ver con ese cambio de rumbo. Sometidas a las puras y duras condiciones del libre mercado, las compañías americanas que trabajan en el sector del LTO necesitaban reducir sus enormes pérdidas y por tanto el descenso de producción en el fracking era inevitable. No por casualidad, Donald Trump tuvo como Secretario de Estado durante el primer año de su mandato a Rex Tillerson, quien hasta ese momento era nada más y nada menos que el consejero delegado de ExxonMobil. Y sí, se trata del mismo Rex Tillerson que en 2012 había declarado en el Wall Street Journal que con el fracking estaban perdiendo hasta la camisa. Y eso que ExxonMobil era la única de las tres grandes petroleras americanas que conseguió (por poco) no perder dinero en esos turbulentos años.


Imagen de SRSRocco Report, https://srsroccoreport.com/the-blood-bath-continues-in-the-u-s-major-oil-industry/

Por supuesto, la situación es mucho más siniestra si miramos compañías de mediano tamaño, centradas solo en el fracking (y como se ve en la gráfica de aquí abajo, la carnicería continúa aún hoy).

Imagen del Institute of Energy Economics and Finantial Analyis, http://ieefa.org/sightline-ieefa-update-u-s-fracking-sector-bleeds-red-ink-in-q1/

 
Desde 2015, 172 compañías del sector han quebrado en los EE.UU., con una deuda conjunta de unos 100.000 millones de dólares. Y las compañías sobrevivientes han perdido aproximadamente el 80% de su valor.

Imagen de Bloomberg, https://www.bloomberg.com/news/articles/2019-07-02/drillers-find-few-signs-of-recovery-5-years-after-oil-s-collapse

Estos son los números del fracking. Para la mayoría de la prensa generalista, una revolución que ha permitido el sueño de devolver a los EE.UU. a la posición del primer productor de hidrocarburos líquidos del mundo y le permite soñar con ser el primer exportador en 2021. Para unos pocos que entienden mejor la economía del fracking, una pesadilla económica que debería haberse abandonado ya hace algunos años, cuando aún se podían contener las pérdidas. Lo cierto es que hora ya es demasiado tarde para retirarse: la burbuja de la deuda ha crecido por encima de cualquier expectativa de poderla devolver y un frenazo del fracking ahora desencadenaría una crisis económica de dimensiones globales.

No por casualidad hay quien opina como nuestro amigo Javier Pérez, que el fracking ha sido, es y será una herramienta de dominación política antes que un negocio en el sentido propio del término. No les falta razón. La cuestión clave es durante cuánto tiempo más se podrá mantener la farsa de que la producción de fracking se consigue en condiciones de libre mercado, en vez de ser un subsidio que el resto del mundo le paga a los EE.UU. La clave está en dos factores, uno financiero y otro físico. Por una parte, tenemos la resistencia financiera de los testaferros que respaldan este falso negocio: la exposición al fracking aumenta el riesgo los bancos y fondos y llegado el momento podrían plantear dudas públicas sobre su solvencia. Por otra parte, está la limitación física de las formaciones de lutitas de donde se saca el LTO: habrá un momento en que no se podrán perforar suficientes nuevos pozos para compensar el declive de los ya existentes, y lo agresivo de las técnicas actuales y la saturación de perforaciones puede precipitar ese límite físico. Con respecto al primer límite, seguramente el Gobierno de los EE.UU. y los Gobiernos de los países aliados/alineados con él respaldarán financieramente a las entidades que se vean comprometidas y que tanto han ayudado durante estos años para evitar el desmoronamiento del sueño occidental de un suministro de energía siempre creciente; es ese respaldo aseguro lo que les permite continuar con cotas crecientes de inversión en un negocio ruinoso. Pero el segundo límite es uno inexorable, en el cual las instituciones de los seres humanos no tienen capacidad de influir. Y no hay que olvidar que no pocos fondos buitre e inversores de oportunidad tienen echado el ojo a ese momento, pues cuando el LTO comience finalmente a retroceder se hará evidente que la deuda no se podrá pagar y las apuesta en contra en el gran casino que es el mercado financiero actual (inversiones en corto, las denominan) provocarán un efecto de avalancha.

No hay una salida honrosa a este atolladero, pero se buscan con desesperación. Cabe destacar, por la importancia de la institución, los recientes anuncios de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), y particularmente me entretendré en dos de ellos.

Hace unos días la AIE anunciaba la creación de una Comisión Global para la Acción Urgente en la Eficiencia Energética, con destacadas personalidades, todas ellas con un perfil más político que técnico. No deja de ser curioso que el foco de la Comisión sea en la eficiencia, y no en la reducción de las emisiones, lo que sería más lógico ya que se supone que el principio inspirador y lo que motiva la urgencia es el Cambio Climático, pero ya sabemos que aunque el Cambio Climático es una urgencia, la verdadera emergencia es la Crisis Energética (para los obcecados, cabe recordar que de acuerdo con el diccionario la diferencia entre emergencia y urgencia no es la necesidad de dar una respuesta inmediata a un problema grave -igual en ambos casos-, sino que la emergencia es algo imprevisto y la urgencia no).

El otro anuncio curioso fue la publicación de su informe Oil 2019, con sus previsiones hasta 2024. Si uno mira la presentación a la prensa nos encontramos que para la AIE el pilar del mercado del petróleo durante el próximo lustro es, por supuesto, el fracking norteamericano. Se hacen diversas loas a la ventaja que tiene el procesar un petróleo tan ligero, que simplifica el procesamiento en las refinerías y que permitirá reducir la inversión en las mismas, aunque deliberadamente soslayan la baja calidad del LTO incluso para la producción de gasolina y la imposibilidad económica de utilizarlo para producir diésel. Lo más curioso, sin embargo, se encuentra en la transparencia 5: las previsiones que hace la AIE para la producción de fracking estadounidense en los próximos años dependiendo del precio del barril de petróleo.



Pero si recuerdan lo que decía la misma AIE en su último informe anual, se necesita que la producción de shale americana llegue hasta los 15 Mb/d en 2025 para evitar el peor de los escenarios posibles (que en todo caso ya era muy malo), puesto que es la única fuente de hidrocarburos líquidos en el mundo que aún podría crecer. Con lo que todo apunta que vamos a un caso peor que el de referencia. Fíjense además que con el escenario de referencia (curva rellena inferior) la producción de LTO (o shale oil, en la nomenclatura de la AIE) estaría a punto de estancarse.

Y como el shale oil, como hemos dicho, es demasiado caro de procesar para producir diésel pero es en lo único que podemos confiar para compensar cualquier crecimiento de demanda en los próximos años, el mismo informe pone una gráfica bastante preocupante sobre la demanda del sector marítimo, por la necesidad de adaptarse a la nueva normativa marítima internacional que entra en vigor el 1 de enero de 2020.


En fin, como ven vamos a un escenario muy incierto en los próximos años, y ya no estamos hablando de décadas sino de los próximos 4-5 años. Y si, como algunos apuntan, en realidad el LTO ya está tocando su máximo físico (cosa que el propio escenario de referencia de la AIE parece confirmar) se podría desencadenar una tormenta perfecta, con un descenso del suministro de petróleo del mundo y una crisis financiera asociada al hundimiento del fracking

Salu2.
AMT

miércoles, 31 de julio de 2019

Venusianos

Queridos lectores:

Esta semana el maestro Beamspot nos sorprende con una crítica feroz al postureo cínico que se aprovecha del veganismo y el vegetarianismo para imponer una agenda poco confesable. Una reflexión, como siempre en él, interesante.

Les dejo con Beamspot.

Salu2.
AMT

Venusianos.

 

Jueves, 12:34.

Tengo hambre.

Se acerca la hora de ir a comer. Como la mayoría de jueves vamos a ir a comer fuera: toca paella.

Tras tres días seguidos comiendo en la cantina/comedero de la planta, ya estoy harto de comida mala, grasosa, aceitosa, con aceite de palma y a saber la proveniencia de la mayoría de comida. Seguro que el panga y resto de pescados vienen de los deltas de Vietnam y bajíos de los ríos chinos esos.

Esos que van cargados de material radiactivo, metales pesados y otros productos desechos de la minería de tierras raras, ‘fruto’ de la tecnología.

Hace unos minutos comentaba un compañero sobre una sobrasada vegana que nos trajo un compañero madrileño, de un conocido nuestro, cocinero y vegano. Hecha con soja argentina procesada, refinada, liofilizada, texturizada, estaba mejor que el ‘chorizo untable’ ese que viene en tarrina de plástico en el Mercadona (con mis respetos a los ‘illencs’).

Pero muy lejos de la sobrasada casera de esa que se hace con el intestino delgado, con forma de U, de la que no se ve fuera de las Baleares, con el cerdo además engordado en casa, como la que nos trajo un compañero en una fría noche de maniobras, a la brasa, pinchadas en un hierro, entre dos rebanadas de pan para que absorban el caldito ese que echan, con los CETME’s y la mochila a unos metros. Y a las raciones de combate, para vender a los USAnos, que las cotizan muy alto.

Normal, visto lo que les dan a ellos de comer en sus raciones de combate. Al menos las del Ejército de por aquí saben a algo.

Tengo hambre, así que todo esto me sale del estómago.

No, no pido disculpas por ser humano y tener hambre.

Dicen que el coeficiente intelectual, con la edad, describe una curva como la de Hubbert o de Tainter. Estoy en el cenit del mío, más o menos: a la altura del estómago, así que no debe extrañar.

Así que avisados estáis.

Estos comentarios sobre la sobrasada me retrotraen a una ristra de artículos recientes donde se menciona la ‘necesidad’ de volvernos todos veganos.

Entre ellos, no hace mucho, salió también un artículo de una escandinava que decía que todo el mundo debería ser vegano. Y se ponía de ejemplo (ella, y la cadena de hoteles que tiene con su marido) como vegana convencida. 

Decía que hay que predicar con el ejemplo.

Que producir una hamburguesa genera mucho CO2 y por tanto, comer carne, o cualquier cosa que sea de origen animal, como huevos o leche, ayuda al cambio climático, hace mucho daño al medio ambiente.

Lo siento, pero me gusta la carne. Y las tortillas de patatas, y los helados, hechos con producto lácticos. Más aún ahora que tengo hambre.

Pero se ve que las vacas consumen 150 litros de gasoil a los 100 mordiscos, seguidas de los cerdos y los pollos. Claro que como estos últimos son más pequeños (como 1 litro de gasolina a los 100), sale a los mismos gramos de CO2, metano (residuos del proceso digestivo, entre 21 y 24 veces más potentes que el CO2 en cuanto a efecto invernadero) y No-se-qué por cada quilo de carne.

Es lo que tienen los animales, que no son naturales, son contra natura y atacan el clima y lo vuelven hostil contra el hombre. Especialmente contra nuestros niños.

Ingenuo de mí, que me pensaba que el problema de las emisiones de CO2 y demás venían de otra parte.

Porque ese es el problema del cambio climático, ¿no?, el CO2.

Del diésel

Del diésel de los tractores y cosechadoras que se usan para sembrar la soja (transgénica), el de los barcos con que viene de Argentina (o Brasil o cualquier otro país), el de los camiones y maquinaria de la minería para extraer los fosfatos minerales del norte de África, de los barcos que llevan esos fosfatos hacia los países que producen la Soja, el CO2 que se emite en las reacciones de Haber Bosch para fabricar nitratos artificiales que sirven también para abonar las tierras de esas extensiones de monocultivos industriales de vegetales convenientemente regados de cancerígeno glifosato de Monsanto, perdón, Bayer.

Que la soja era comida para el ganado, la versión asiática de la alfalfa, es algo que nadie recuerda ni menciona.


De plásticos, usados para embalar no sólo las hamburguesas, también de los usados en invernaderos para cultivos industriales.

De las emisiones de los camiones y cosechadoras que llevan estos granos a las fábricas (y dichas fábricas) que convierten esos granos en piensos, con sus aditivos que a saber de dónde salen, con sus antibióticos, hormonas y derivados.

De las emisiones de metano y CO2 de las granjas donde se crían de forma industrial los animales que luego nos comeremos, y cuyos residuos de purines son difíciles de eliminar, causando problemas medioambientales.

De glutamato monosódico, de antibióticos de uso veterinario a mansalva, de clembuterol, de bisfenoles de la A a la Z y otras sustancias químicas.

De emisiones en el ‘procesado’ de esos animales, desde su recogida para llevarlos al matadero hasta que salen de la carnicería los productos terminados, con sus aditivos químicos, de los procesados industriales, sus bandejas de plástico, etc.

Del modelo de distribución que lleva esos productos de un lado a otro del mundo.

Ingenuo de mí, que creía que el problema de las presuntas emisiones y daño contra el medio ambiente era debido a un sistema de producción industrial intensivo, y que era esa industria la que producía las emisiones, en su conjunto.

Pero no, lo malo es la carne, los animales.

Lo dicho, son seres antinaturales.

Luego, uno de mis compañeros, permacultor, me comenta de lo bien que le va tener gallinas. Su tierra rinde más, está más sana, la gallinácea resulta ser uno de los mejores abonos, la producción es más sabrosa, los huevos, probablemente la mejor fuente de proteínas que tenemos, son espectaculares. Y además, puede comer carne de pollo sin problemas. Además, lo que sobra de comida, se lo sirve a las gallinas, y así se recicla, vuelve a la tierra de la que ha salido, de forma natural.

Es decir, que dice este compañero que lleva varios años con gran variedad de cultivos, que el hecho de tener gallinas es mucho más conveniente que no tenerlas. Para empezar, hay más biodiversidad, los cultivos rinden más (y eso que las gallinas también se alimentan del mismo trozo de terreno), se recicla mejor todo el tema biológico, hay más variedad dietética y además el terreno parece más resiliente, más equilibrado.

Se ve que este compañero y yo estamos equivocados. Que la experiencia y los datos obtenidos de primera mano, empíricamente, son falsos.

Mi padre también tenía gallinas, y me decía lo mismo. Es más, me comentaba que antes se hacía algo llamado rotación de cultivos. Con esa técnica, se reducían las enfermedades típicas de los monocultivos, la tierra se regeneraba mejor, biológicamente estaba más equilibrado todo el territorio, y además, en el trozo que se dejaba en barbecho, se hacía pastar ovejas, cabras, alguna vaca, algún que otro cerdo (más o menos sueltos y al aire libre). Y eso hacía que ese trozo estuviese mejor que si se dejase sólo y sin animales: los purines de todos estos animales ‘reforzaba’ más la tierra, cerraban el lazo del fósforo y otros elementos necesarios. Aceleraba la regeneración.

Pero eso se ve que es malo. La E. Coli es una bacteria que vive en simbiosis en nuestros intestinos, en los de los mamíferos superiores. Pero puede causar enfermedades. Razón por la que antes, la gente limpiaba la cosecha, la comida recolectada, y las manos: para eliminar la mayoría de este tipo de patógenos.

Pero ahora esto no es suficiente. Ahora está prohibido y super controlado todo este tema.

Ahora hay que comprar obligatoriamente o bien abonos minerales (extraídos de la tierra, no renovables) o bien restos de la quebrada depuradora local (para mantener así al quebrado hayuntamiento) que a saber qué productos llevan, y que, por lo que tengo comprobado, dan peor resultado que los de origen animal.

Es más, los restos de origen animal deben ser retirados para ser procesados (y hay que pagar por ello), deben estar controlados en todo momento (y pagar por ello), necesitan supervisión y permisos, así como los animales deben tener supervisión veterinaria, estar registrados, tener permisos, un lugar en condiciones (según la inspección sanitaria correspondiente – pagando, como no).

Todos estos sistemas viejunos, que funcionaban pero tenían sus problemas y sus limitaciones, ahora ya han sido ‘superados’.

Ahora tenemos alimentos ‘bio’, ‘eco’, con sus correspondientes certificaciones y papeles asociados, sus normativas, sus supervisores, sus controles, sus sistemas de reciclado (artificial) y reutilización, etc.

Sistema más moderno, actual. Ahora hemos progresado.


Pagar más por lo mismo.

Hacer lo mismo que antes, pero con un porrón más de parásitos intermediarios que no aportan nada al proceso más que costes, con lo que la misma comida ahora al final es más cara mientras el que la produce gana incluso menos, yéndose todo incremento de precio en alimentar garrapatas, pulgas y piojos de organizaciones varias que en realidad no producen nada ni ayudan en nada ni protegen nada que no sea su propio interés.

Eso es progreso. Los mismos perros con nuevos collares y un montón más de parásitos. Contenido de igual o peor calidad, menor cantidad y mayor precio en todo caso, pero con un envoltorio más bonito.

Pero bueno, pelillos a la mar y veamos cómo el progreso no se detiene ahí.

Tengo hambre. Mi mujer dice saber cuándo tengo hambre porque me pongo de mala uva.

El hambre se zampa al intelecto de primer plato.

Ahora los veganos parece que pueden disfrutar de hamburguesas que parecen de carne de verdad siendo veganas.

He leído que últimamente, en el panorama de (l)unicornios mundial, entre los diez primeros, hay dos que se dedican precisamente al sector vegano.

Para los que no lo sepan, los unicornios no son animales míticos. Son reales. Mientras que las vacas y cerdos son animales antinaturales, los unicornios son los únicos animales correctamente naturales: la evolución y el producto del progreso del ser humano.

Se tratan de Start Ups valoradas en muchos millones de $ de posible negocio en el futuro. Uber, Cabify y similares están en esa categoría.

Y entre ellas, están Impossible Foods y Beyond Meat. Dos de las grandes.

Dos ingenierías (muy naturales ellas) que hacen comida ingenierizada, procesada, refinada, automatizada, industrializada, aromatizada, con sus glutamatos variosódicos (el ‘quinto sabor’, el umami, uno de los neurotransmisores más comunes, por cierto), sus bisfenoles abecedarios (disruptores endocrinos, hormonales), polibrominados (retardantes de llama y similares), con glifosatos (herbicida, cancerígeno, generalmente usado con transgénicos), con sus sojas transgénicas, con aspecto de hamburguesas de carne hasta con algo de juguillo aparentemente sanguinoliento, pero en realidad son ‘veganas’.

Burger King ha sacado ya una gama de estas hamburguesas veganas al mercado en los USA. En Europa las esperamos para finales de este año.

Curioso negocio, que casualidad que más o menos haya coincidido su lanzamiento con la noticia de la damisela escandinava.

Otro ejemplo de progreso: procesar, refinar, industrializar, artificializar comida ingenierizada, con su gasto de energías, productos químicos, glutamato monosódico de primera calidad, etc. Todo muy ‘natural’.

Resulta que el progreso era eso.

Sustituir lo viejo (pero natural, biológico) por lo nuevo (artificial, producto del hombre, y con ingentes cantidades de negocios, personas, intermediarios, aditivos, productos de dudosa salubridad, etc).

Eso, y pura imagen.

Ahora el progreso es eliminar los animales y no comer carne.

Se ve que los animales son malos, peligrosos. Lo dicho: anti-naturales.

Evidentemente, todos los que piensan eso, lógicamente, tienen que acabar siendo veganos.

Eso no implica para nada que todos los veganos piensen igual.

El veganismo, per se, no es mala cosa. Ni el vegeterianismo, que son dos cosas diferentes.

He comido comidas veganas y vegetarianas de rechupete, estupendas, y algunas recetas están entre algunos de los platos que tiendo a comer, ensaladas aparte.

No es lo mismo.

Estos ‘presuntos veganos’ a los que ya les tengo puesto mote, son de los que no aman a los animales, simplemente los ven ‘malos’ y ‘generadores de cambio climático’. Antinaturales, en una palabra, como conclusión obvia a su manera de ver.

Y es que el único punto de razón, el punto de partida de todo esto, se basa en que, bajo las condiciones actuales, donde come una vaca, pueden comer varias personas.

Se ve que son los animales per se el problema.

No las condiciones actuales.

Así que, la damisela en cuestión no tiene problemas en afirmar que hay que ser veganos. Y para eso, si hace falta, se coge su jet particular y se va a Marruecos a comerse un cus-cús, sin manías.

Que en el viaje he emitido tanto CO2 como si se hubiese zampado 10500 hamburguesas, eso no es relevante.

Al fin y al cabo, donde se alimentaban las vacas necesarias para hacer 10.500 hamburguesas se hubiese podido cultivar biocombustible suficiente, con lo que el avión hubiese sido ‘carbón neutral’.

Eso sí, a costa que 10.500 ‘personas’ renuncien a su Whopper, claro.

O como 100.000 renuncien a su ensalada, sino más.

Y es que otra opción es usar el alimento de las vacas para hacer biocombustible para aviones. No para personas.

Igual es eso lo que desea esta dama.

Lo siento. Soy un egoísta. Pienso con el estómago, que tengo hambre. 

Así que prefiero zamparme un Big Mac a que esa ‘damisela’ lo queme en su avión y encima pretenda moralizarme.

Insisto: los veganos y vegetarianos son sumamente respetables. No mezclemos a esta elementa con ellos. Que ella sea vegana no la pone automáticamente como portavoz de la gente que tiene hábitos alimentarios veganos. No es su representante. No es su portavoz, no tiene ninguna autoridad para decir nada en nombre de los veganos.

No juguemos al juego del identitarianismo que tanto les gusta a la Ctrl-Left, la pseudoizquierda del cava y del caviar, esos que se hacen llamar izquierda pero que en realidad son la ‘otra izquierda’.

Esos que se erigen en portavoz de todo aquello que les pueda proporcionar cobertura moral para moralizar a la población, aunque eso suponga acciones de dudosa moral.

Esos que pretenden instaurar un monocultivo intelectual, ideológico, alimentario, una uniformidad cultural que presuntamente disfrazan de multiculturalismo.

Esos que pretenden imponer cómo debemos hacer todas las cosas, en todos los ámbitos: alimentario, energético, cultural, relacional, sexual, etc.

Esos que en el fondo hacen lo mismo que hacía (eso dicen ellos mismos) la Iglesia.

Ahora pretenden imponer su ‘iglesia’ y su ‘credo’. No me extraña que les moleste la Iglesia: les ha ‘usurpado’ su ‘lugar natural’, representa una competencia inconveniente.

Evidentemente, a esos creo que los deberíamos llamarlos de otro modo.

Dado que se comportan como si fuesen de otro planeta, propongo llamarlos Venusianos, de Venus.

En Venus, que está más cerca del sol, la energía solar es mucho más abundante, con lo que podrían recoger más energía por m2 de la que recibimos aquí,

La atmósfera también es diferente, más densa.

Y todo eso resulta en que en Venus las temperaturas son mucho más altas.

Lo suficiente como para hacer hervir esos sesos que (no) tienen dentro de esa olla a presión que es su cráneo…

En fin, no entiendo nada.

Tengo hambre.

¿Alguien me pasa el Soylent? No, ese no, el verde.

Beamspot.

PD: Al decir que hay que ser veganos, porque donde come una vaca comen varias personas, ¿no se está diciendo, implícita y tácitamente que hay un problema con un exceso de personas a las que alimentar? ¿O un exceso de necesidades energéticas?