viernes, 11 de junio de 2021

Relatos de un ingeniero en transición (volumen 1).

Queridos lectores:

Al nutrido elenco de autores que contribuyen a este blog, se le une hoy uno nuevo, Cabulco, un ingeniero especialista en energías renovables en transición. A dónde le llevará esta transición, nadie lo puede saber, pero estoy seguro que encontrarán sus reflexiones sobre sus vivencias de lo más interesante para entender mejor qué es lo que está pasando en las bambalinas de la transición energética.

Les dejo con Calbuco, a quien espero que dispensen una calurosa bienvenida.

Salu2.

AMT




 

Relatos de un ingeniero en transición (volumen 1).

Por Calbuco

La primera vez que me tocó realizar una visita técnico-comercial para vender una instalación de autoconsumo fue a finales de 2018. Se había aprobado el RDL 15/2018, el mal llamado “impuesto al sol” fue derogado y la locura solar se había desatado.

Tras varios meses de formaciones técnicas con fabricantes, redacción de proyectos y alguna que otra sesión con el equipo de comerciales, esta vez me tocaba acompañar al responsable comercial de zona porque era un “cliente VIP”. Mi presencia allí era postureo puro y duro. Al ser yo el “señor ingeniero” tenía que convencer al cliente que estaba casi a punto de caramelo. Éste tiene un Ferrari y lo que le gusta es fardar. Ofértale el último modelo de placa solar y las baterías esas de litio de alto voltaje – me decía mi jefe, como si eso fuera un aliciente para motivarme. En efecto, el cliente VIP era el delegado territorial de una conocida cadena de bocadillos. Su casa era una oda al despilfarro y la pretensión. Al llegar a la azotea, tras subir en ascensor dos pisos, divisé dos unidades exteriores de aire acondicionado. Le pregunté si ambos estaban activos y su mirada me dio a entender que la duda ofendía. Obviamente tenía un dispositivo split en cada piso. La potencia contratada estaba por encima de los 10 kW en monofásica. Por cierto, ésta era su residencia de vacaciones. Comprobé el espacio disponible según el plano de implantación y no cuadraban algunas medidas. Nos tocaba reducir la potencia pico (potencia fotovoltaica) y por tanto el almacenamiento que se había diseñado se vería afectado. Al plantear al cliente la leve reducción (su ratio de autoconsumo seguía por encima del 65%) los problemas empezaron. Yo no sé como lo harás, pero quiero mantener encendido los dos aires acondicionados desde que me voy a la playa hasta que me acuesto. Aquí hace mucho calor y la factura de la luz me está saliendo muy cara los últimos veranos – declaró con soberbia, como si fuera un empleado suyo. Le contesté que la instalación fotovoltaica no le ayudaría a ahorrar si seguía con los mismos hábitos de consumo y que al tener la monitorización web (app de la instalación) de la producción FV y de su consumo, posiblemente le ayudaría a racionalizar la energía. ¡Uy, sí! Encima que hago la inversión de placas me va a tocar estar pendiente de cuando conecto y desconecto cada aparato. Yo quiero olvidarme de las facturas y taparme con una sabanita por las noches que mi mujer sino se me queja. Posiblemente mi cara fue un poema tras escuchar el argumentario que ponía patas arriba mis creencias de eficiencia energética y medio ambiente. Al salir de la mansión de los bocadillos, el responsable comercial que me acompañaba me dijo que no podía negarle nunca a un cliente que se instalara más placas de las que quería. Daba igual cualquier motivo técnico. El objetivo era vender por encima de todo. Por suerte, los siguientes clientes no fueron tan esperpénticos y el equipo de comerciales poco a poco y con mucha formación iba entendiendo los entresijos de la energía solar.

Pero de repente, una llamada de un antiguo colega de la facultad lo cambió todo. Necesitaban gente en el departamento de ingeniería de la empresa en que trabajaba y me animó a que presentara mi candidatura. Con mucho escepticismo le hice caso. No me consideraba a la altura, ni de lejos, para entrar en esa gran empresa multinacional extranjera. Referencia internacional en proyectos de energía renovable, con unos cuantos GW instalados por todo el mundo. Pero lo conseguí, tuve buen rollo con los jefes de departamento que me entrevistaron y tras un mes de pruebas absurdas de todo tipo, salí de esa empresa, que vendía a particulares con pasta, para hacer grandes proyectos alrededor del mundo. Qué tierno me recuerdo y solo han pasado 2 años.

Como todo cambio laboral, los primeros días son duros. Nunca había estado en una oficina tan grande y con tanta gente. Protocolos de seguridad, varias sesiones de formación corporativa y los últimos gadgets informáticos para que no tuviera excusa en no rendir al máximo. Faltaría más. Recuerdo con especial detalle el primer proyecto que me encomendaron. 366 MWp de módulos monocristalinos en una zona remota del país en el que había vivido más de tres años. El kmz que disponíamos en Google Earth ocupaba más de 700 Ha en medio de una zona que sólo había selva. Al preguntarle a un compañero por más información sobre la localización exacta, me indicó la ubicación de la carpeta con fotos del anteproyecto. Google Earth estaba desactualizado y esas cuantas hectáreas se apreciaban en las fotos aéreas como “calvas” en medio de la selva. Algunas de estas fotos estaban en el dossier del anteproyecto marcando la cronología de las obras y siempre acompañadas del slogan del proyecto: “llevamos la sostenibilidad de …” Entre otras tareas diversas, me tocaba ajustar la curva de GEI del ciclo de vida del proyecto. Utilizaba el software PVsyst y según los equipos empleados, país de fabricación y lugar de implantación, salían unas emisiones asociadas a la ejecución del parque solar. Las primeras simulaciones que realicé me salían unos datos completamente dispares a los que “según el contrato” teníamos que ajustarnos. Esta vez mi jefe, al notar mi frustración, me indicó que había una forma manual de estimar la huella de carbono y que el total de emisiones no tenia porque abarcar los 25 años que se suponía que duraba el proyecto. No pierdas el tiempo en esas chorradas, nadie se fija en esos detalles – me decía mientras yo trataba de cuadrar varios números. El mismo informe del programa volcaba resultados al gusto del chef y se acercaban a esas toneladas de CO2 definidas en un contrato de unos cuantos miles de millones de dólares. El greenwashing a golpe de click.

A las pocas semanas, me pasaron al departamento de estudios. Necesitaban manos para generar documentación en lo que era la oferta del año. Estábamos en lo que llaman fase shortlist. Como epecistas, competíamos con los finalistas para ser adjudicatarios del proyecto de fotovoltaica más grande jamás contando en ese lejano país. La verdad que el diseño y cálculo de la producción estimada fue muy estimulante. En esta fase final de oferta, el cliente solicita que garantices una producción de electricidad en base a un precio por MWp instalado. Es decir, tienes que ser el que mejor rendimiento (PR) ofrezcas a menor precio. En fases futuras se negocian las disponibilidades del Sol durante x años y las penalizaciones en caso de no cumplirlas. Sí, habéis leído bien, te obligan a pagar si la producción solar es inferior a las fuentes de datos meteorológicos que has utilizado para ese diseño. Finalmente, esta oferta, como la gran mayoría, se quedó en nada y el adjudicatario fue el que más estranguló a las subcontratas locales y/o menor margen final aceptó. Todo el trabajo técnico y de diseño no importó. Lo que realmente afectó, como en cualquier megaproyecto, fue el dinero. Bienvenido al mundo del diseño de grandes plantas.

Los meses pasaron y el 5 de abril de 2019 se aprobó el RD 244/2019. El autoconsumo eléctrico por fin tenía una base legal y técnica donde apoyarse. Retomé apuntes del RDL del 2018, el cual en mi anterior trabajo me había empollado bien y empecé a dar la matraca con las oportunidades que se abrían en el sector. Para mi sorpresa, me propusieron si quería liderar el departamento de autoconsumo fotovoltaico industrial. Accedí con las orejas sin saber bien donde me metía. Empecé como hombre orquesta, pero sobre todo empecé a reunirme con grandes empresarios conocidos por directivos del grupo multinacional. Eventos, jornadas, foros; el autoconsumo era una fiesta en España y yo estaba en la liga de las estrellas. Me adentré en el maravilloso mundo de estudios de facturas eléctricas en empresas. Las hipótesis a tomar, como muchos saben, son una verdadera quimera. Con una bola de cristal estimas incremento del precio de la electricidad, degradación anual del módulo fotovoltaico que el fabricante se suele inventar y una producción solar según condiciones de contorno. Esa coctelera proporciona un retorno de la inversión y una rentabilidad que serán las claves para convencer al encargado de la empresa en cuestión, que trata de entender de qué va esto de las placas solares. A medida que avanzaba en los diferentes proyectos, estudios y reuniones, comprobaba que algo no encajaba.

El boom solar volvía a resonar en España tras una década que se hizo todo mal. La competencia, sin escrúpulos, mentía descaradamente en informes de producción. Por ejemplo, muchas garantizan unos kWh autoconsumidos que son los que luego utilizan para calcular el ahorro, cuando realmente son los kWh generados, sin tener en cuenta el perfil de carga. Otras asumen que la electricidad incrementará un 4% anual durante 25 años y así salen los estupendos 4 años de payback. Tienes que mejorar la oferta porque nuestro comité de dirección no se mete en inversiones superiores a 3 años de retorno – me dijo una vez el director financiero de una gran empresa agroindustrial. Otra escena divertida es cuando el cliente final te “sopla” que tu competencia ofrece más potencia instalada. Argumentas que su perfil de carga se ajusta con una potencia que generará menos de un 10% de excedentes (sin vertido a red) y por tanto es el diseño óptimo. La clásica respuesta es que les da igual los excedentes que se pierden, queremos la máxima potencia fotovoltaica porque el banco nos permite un renting muy interesante. Y los bancos vuelven a la carga. La financiación es un aspecto que, en mi opinión, ha distorsionado el concepto del autoconsumo. Muchas empresas directamente están solicitando que ofertes un PPA. PPA on site le llaman, para hacerlo más rimbombante. Esto implica que no haya inversión inicial y la instalación se paga con el ahorro que se genera al pactar un precio de electricidad fijo durante, normalmente, la vida útil de la instalación. Es un acuerdo entre una comercializadora (apoyada y financiada con fondos de inversión extranjeros), la instaladora de turno y el cliente final. He llegado a ver PPA’s que son instalaciones que vierten toda la producción a la red. No inyectan electricidad en la acometida del punto de suministro. Simplemente generan energía en una cubierta, que esta pasa a ser propiedad de la comercializadora, y la vierten a la red de distribución. Y son instalaciones de apenas 400 kWp. No hay autoconsumo instantáneo ¿Dónde está el beneficio de autoconsumir? Que contesten los fondos de inversión que hacen el lío a pequeñas y medianas instaladoras. Eso sí, la empresa “beneficiaria” con fotovoltaica, en un tejado que deja de ser de su propiedad, presentará un video molón contando las bondades de su transición energética y los árboles equivalentes que plantará durante los próximos 25 años.

Las incongruencias de los proyectos de gran escala se pueden apreciar, en dimensiones distintas, también en instalaciones de autoconsumo. El fetichismo solar es tendencia y alardear de los megavatios instalados es lo que se lleva en las redes sociales. Es un hecho que cualquier sector con perspectivas de crecimiento suele ser invadido por charlatanes y vendemotos. Lo preocupante es volver a repetir, en otro contexto y otras formas, los mismos errores del pasado. La energía es un sector en el que, desgraciadamente, abundan los vendedores de “productos” a cualquier precio sin importar aspectos técnicos o ambientales. En los próximos meses veremos, en grandes superficies comerciales, placas solares al lado de aspiradoras. El autoconsumo fotovoltaico crea una cadena de valor que pasa por adentrarse en nuestras casas y empresas y, como mínimo, deberíamos ser rigurosos y responsables en ofrecer soluciones acordes a las necesidades. La transición energética se está convirtiendo en una carrera llena de obstáculos, amenazada por perder su propio significado por fantasmas del pasado e intereses del presente. Dejemos de correr, hagamos las cosas con buena letra y transitemos de manera ecológica.

sábado, 5 de junio de 2021

Reseña de "Si el cielo se volviera rojo" ("Si el cel es tornés vermell")

Queridos lectores:

Mi compañero Jordi Solé reseñó hace unas semanas el libro de Cori Calero "Si el cielo se volviera rojo" en su blog "Tempus fugit!" (el cual, por cierto, antes se llamaba "Encara queda temps", pero, ya saben, #NoHayTiempo).

Cori Calero es una periodista del canal televisivo catalán TV3, especializada en temas medioambientales y divulgadora sobre el Cambio Climático. El título del libro parte de una interesante premisa: ¿cómo reaccionaría la sociedad si un día, de repente, el cielo se volviera rojo y se demostrase que la actividad humana tiene la culpa? Sin duda, todo el mundo exigiría que se hiciera algo inmediatamente, y nadie descansaría hasta que nuestro cielo volviese a ser azul. Pues en realidad nuestro cielo se ha vuelto rojo, aunque no lo vemos, porque los gases de efecto invernadero son invisibles y sus efectos son ubicuos pero cada vez menos sutiles.

Dado el interés del libro, aunque esté en catalán, publico aquí la reseña de Jordi Solé traducida.

Salu2.

AMT



Estimadas lectoras:

Este post lo dedico a la reseña de un libro publicado hace muy poco,  escrito por la periodista de TV3 y divulgadora del Cambio Climático Cori Calero. El libro está publicado bajo el sello de TV3, lo cual es de agradecer a la institución : uno de los pocos medios de masas en Cataluña que se hace eco y apoya la divulgación del 'Problema' que actualmente padecemos. 

Lo primero que me llamó la atención es el subtítulo del libro que, por ser subtítulo, no deja de ser lo más importante: para combatir el cambio climático hay que conocerlo. Esto que es tan evidente para un científico, para explicarlo a una audiencia general implica muchas dificultades en la sociedad en la que vivimos, tan acostumbrada a la receta fácil, y muchas veces anestesiada por los opinadores de turno (no todos ni siempre, hay que decirlo y agradecerlo) que aparecen ante grandes audiencias diciendo lo que les parece, superficialidades, sobre un problema muy complejo del que (si lo han hecho) han leído cuatro cosas. Por tanto, el libro, ya sólo con el título, nos dice mucho de lo que encontraremos: un trabajo documentado y muy bien elaborado que logra con éxito un difícil equilibrio entre la complejidad del análisis del problema y sus implicaciones y la simplificación necesaria para que el mensaje llegue.

También hay que decir que, en cuanto al contenido, sigue una muy acertada progresión de más técnico y abstracto a más concreto y personal: una primera parte de explicación detallada, técnica pero bastante divulgativa, una segunda parte más concreta de experiencias periodísticas, otra de entrevistas a activistas y científicos y una última de sugerencias a nivel personal (¿qué podemos hacer cada uno de nosotros?). También, en cuanto al estilo, prima la continuidad, y si la lectora quiere saber más de algún concepto hay cuadros explicativos y referencias al final de cada sub-capítulo.

Finalmente deciros que vale la pena leerlo: para quien sabe, para ver una mirada fresca y comprometida de alguien que ha luchado y lucha por hacer visible lo que, a pesar de la gravedad, es invisible (si el cielo se volviera rojo ...) y para quien quiere saber más, porque explica un concepto complejo de forma muy amena y fluida, es un libro que da muchos datos y fuentes donde aprender más y documentarse y, sobre todo, es un libro vivencial que conecta con nuestra parte más sensible y vital, a pesar de la gravedad del problema que transmite.

Saludos.

SZD

martes, 18 de mayo de 2021

Algunas preguntas incómodas

Carta abierta a los responsables políticos de la Transición Ecológica, tanto en España como en Europa.

Antonio Turiel, Investigador Científico del CSIC.  

 

Estimados Sres., estimadas Sras.:

Me dirijo a Vds. con la intención de plantear una serie de cuestiones que me parecen relevantes, respecto al actual esfuerzo para la realización de una Transición Ecológica que debe conseguir la descarbonización total de España y de Europa para el año 2050. De acuerdo con lo que he leído sobre el tema, incluyendo la propia Ley de Cambio Climático y Transición Energética, hay en los planes anunciados ciertos puntos oscuros que, por su gran relevancia, creo que convendría aclarar.

Dado lo extenso de los puntos a tratar, me permitirán que vaya directamente al grano. Éstas son las cuestiones:


1.- Es conocido que se necesita una gran cantidad de materiales críticos para el gran despliegue de los sistemas energéticos renovables que se pretende hacer, y también se sabe que no hay suficiente para permitir ese despliegue a escala mundial ¿Contemplan Vds. un plan alternativo, en caso de que al final los materiales escaseen? En suma, ¿existe un Plan B para la Transición Energética?

El tema de la escasez de materiales críticos para la transición renovable es muy conocido desde hace bastante tiempo. Hace unos días, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) sacó un informe sobre estos materiales, en el cual se mostraban algunas cosas curiosas. La más destacada, estas gráficas, sobre todo la de la derecha.

Como pueden ver, se prevé que, de aquí a 2040, la extracción anual de litio se multiplique por 42, la de grafito por 25, la de cobalto por 21, la de níquel por 19 y la de tierras raras por 7. Fíjense que no es que la AIE diga que eso es lo que va pasar: lo que dice es que eso es lo que se necesita que pase, lo que es muy distinto. Pero, ¿es ese incremento posible? La propia AIE tiene sus dudas, y entre sus 6 recomendaciones (obviamente, a los países de la OCDE) nos encontramos que se debe fomentar el reciclaje (complicado, porque alguna de estas materias se usa de tal manera que son difíciles de reciclar) y que, si acaso, se constituyan "reservas estratégicas para hacer frente a posibles interrupciones del suministro". En definitiva: mejor acaparar ahora estos materiales, no sea que después ya no vengan.

Volviendo a la cuestión de si tal incremento es posible, hay muchos estudiosos que tienen claro que no. Entre ellos, Alicia Valero y su padre Antonio Valero, de la Universidad de Zaragoza, que llevan años estudiando el tema. La siguiente imagen es una diapositiva de una presentación reciente de Alicia Valero.

Resulta que las reservas conocidas de muchos materiales son menores que la demanda esperada hasta 2050, y atención que incluye otros metales "más corrientes" que no estaban en la gráfica de la AIE, como la plata, el cobre, el plomo, el platino o el zinc, entre otros. Quizá la AIE se ha dado cuenta ahora de que hay un problema, pero en realidad los científicos lo saben desde hace tiempo. Por ejemplo, hay un artículo reciente del Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas de la Universidad de Valladolid que muestra que no se puede pretender mantener el actual modelo de movilidad basándose en fuentes renovables y vehículos eléctricos.

En todo caso, no quiero discutir aquí si va a haber o no esa escasez, ni tan siquiera si realmente las renovables pueden hacer todo lo que se dice.  El caso es que hay una duda razonable de si los planes anunciados pueden llevarse a cabo, y eso lleva a mi pregunta. 

 La pregunta real es si tienen un Plan B. Si tienen una alternativa, por si esto falla. Una salvaguarda. Ésa es la pregunta. ¿La tienen o no? Porque si no la tienen, la cuestión que se suscita es otra: Vale, y si este plan falla, entonces, ¿qué? ¿Nos vamos al garete? En definitiva: ¿es éste un modelo de administración responsable si no se tiene en cuenta un riesgo tan evidente?

Seguramente la tentación es decir que la ciencia y la innovación permitirán mejorar la eficiencia en el uso de los materiales. A lo cual yo les digo: perdonen, pero no pueden dar eso por asumido, porque como no sea así nos estrellamos. De nuevo, no es un modelo de administración razonable.

Quizá la otra tentación es decir que si hay problemas podremos ralentizar la transición energética hasta que la tecnología avance lo suficiente (como si eso estuviera garantizado), estirando un poco más el uso de los combustibles fósiles gracias a una implantación masiva de sistemas de captura de CO2 (suponiendo que éstos realmente se puedan implantar de manera masiva y eficaz). Si van por ahí, les recordaré esta gráfica del último informe de la AIE que nos dice que, gracias a la desinversión de las petroleras desde 2014, de aquí a 2025 la producción de petróleo puede caer hasta un 50%.


De hecho, por culpa de este descenso ahora mismo ya escasea el plástico y cada día escasean más cosas: acero laminado, aluminio, cobre, chips...

Así, pues, ¿hay plan B? Porque a lo mejor tenemos que implementarlo urgentemente...

 

2.- Incluso asumiendo que España consiguiera asegurarse suficientes materiales para hacer "su" transición, ¿es una buena apuesta a largo plazo, teniendo en cuenta de aquí 20-30 años las nuevas instalaciones renovables acabarán su vida útil y entonces será imposible reemplazarlas?

Tengamos en cuenta que muchos materiales son de difícil reciclaje por la manera en que se usan. En la electrónica de más altas prestaciones, las tierras raras que se usan y metales como el oro y la plata entran en cantidades muy pequeñas, típicamente en aleaciones con concentración de traza. El diseño de esos circuitos no está pensado para el reaprovechamiento. Algo similar le pasa a las placas fotovoltaicas: la concentración de materiales como la plata y la forma en la que están hechos los paneles no favorecen su recuperación. En el caso de los aerogeneradores, reaprovechar el cobre y el núcleo magnético o inductivo es mucho más simple; pero en su caso el problema es la degradación de los metales con el paso del tiempo, y también la dificultad para reemplazar el hormigón armado (recordemos que la arena que se usa para hacer cemento empieza a escasear) y para el reciclaje de las aspas (que es posible, pero que hasta ahora masivamente lo que se hace es enterrarlas). 

¿Tiene por tanto sentido que lo apostemos todo a un sistema que quizá solo se pueda usar durante esos 20 ó 30 años, para luego dejar a la sociedad inerme para gestionar lo que venga después? ¿Volveremos a recurrir al comodín de "el progreso tecnológico lo resolverá", cosa que no podemos saber si pasará? ¿Nos vamos a arriesgar a condenar a nuestros hijos? 


3.- La instalación de los sistemas renovables es posible consumiendo grandes cantidades de combustibles fósiles, tanto en la extracción de materiales, su elaboración, el transporte, la instalación, el mantenimiento, etc. No se instalan parques renovables usando energía renovable; quizá hacer eso ni siquiera es posible. ¿No se han parado a pensar que el modelo que se propone solo puede funcionar si hay combustibles fósiles?

Éste es un de los problemas más serios del modelo propuesto: nadie se ha planteado seriamente que todo el proceso de elaboración, transporte y despliegue use solo energía renovable. ¿Es ni tan siquiera posible? Algunos autores, como Gail Tverberg, consideran los modernos sistemas de energía renovable meras extensiones de los combustibles fósiles: solo pueden dar energía si hay combustibles fósiles disponibles. Una de las dificultades para que se pueda cerrar el ciclo de "producción de energía renovable - uso de la misma para generar más" es la complejidad (y coste energético) de los procesos, y la gran cantidad de materiales que se requieren. En un escenario de rápido declive de la cantidad de petróleo disponible, eso haría que la energía renovable producida con este modelo también decreciera en un determinado plazo. Por tanto, nos arriesgamos a que en un plazo breve de tiempo este modelo de renovable dejara de servir. ¿De verdad que es eso lo que queremos? 


4.- El nuevo modelo pretende substituir los combustibles fósiles por electricidad renovable, pero los combustibles fósiles mayoritariamente no se usan de manera eléctrica. Aquí hay un salto al vacío tecnológico enorme, teniendo en cuenta que 1) en España tenemos ya mucha más capacidad instalada de la estrictamente necesaria para garantizar el consumo; 2) en los países avanzados, la electricidad representa poco más del 20% del consumo de energía final y electrificar ese casi 80% restante parece difícil; 3) el consumo de electricidad cae en España desde 2008. ¿No tendría sentido que se concentran los esfuerzos en ver cómo aprovechar la electricidad, más que en producir más? ¿O quizá mirar cómo producir con renovables otras formas de energía que no sean electricidad?

En España la potencia media equivalente al consumo eléctrico de 2008 fue de 32 GW, y ha ido disminuyendo hasta los 30 GW de 2019. Eso, con una potencia instalada de 108 GW. Incluso contando con un cierto grado de redundancia para tener en cuenta el factor de planta, es una cantidad excesiva, que ahora se quiere incrementar en otros 58 GW de aquí al 2030.


Eso sin contar con la gran dificultad de convertir todo el consumo energético en 100% eléctrico, un problema que aqueja a todas las economías avanzadas. De hecho, lo que se suele ver es que la electricidad es una energía secundaria que de alguna manera sigue al consumo general de energía: sube si éste sube y baja cuando éste baja (aunque no ciertamente en el mismo porcentaje y a menudo con un cierto lag o retraso, que puede ser de años). Y es que la electricidad es una forma de energía muy especializada y de alto valor añadido, pero solamente útil para cierto usos.

Incluso sin pretender que toda la energía sea eléctrica, intentar que al menos toda la electricidad sea 100% renovable es ya un gran desafío. En primer lugar, se necesitan sistemas de respaldo para cubrir la intermitencia de las renovables (que no siempre luce el Sol, o que a veces no sopla viento). Para hacer ese respaldo renovable, se puede recurrir a la hidroelectricidad, pero ésta tiene un cierto margen y tampoco lo puede cubrir todo (se necesita el agua embalsada también para otros usos) o aprovechar la acumulación de los excedentes renovables cuando éstos se producen (usando, por ejemplo, bombeo inverso o hidrógeno verde), pero éstos también son limitados. La otra opción para conseguir electricidad de respaldo es las interconexiones de larga distancia, por ejemplo de ámbito continental, porque sobre la escala de un continente se puede compensar mucho la intermitencia, ya que en todo momento algún lado de Europa soplará el viento o lucirá el Sol (excepto de noche). Pero aquí chocamos con el segundo problema de la electricidad renovable: la estabilidad de la red. La instalación de muchos sistemas de generación eléctrica, que entran y salen continuamente del sistema y que están distribuidos sobre un territorio muy amplio y lejos de los centros de consumo genera inestabilidad de la red. Resulta que en Europa usamos corriente alterna con una frecuencia de 50 ciclos por segundo, pero con tanta generación intermitente y distribuida mantener esa frecuencia es hoy en día un hito: de hecho, el pasado 8 de enero una inestabilidad originada en Croacia se propagó por toda Europa y estuvo a punto de tumbar toda la red. Y poner más y más sistemas renovables conectados a la red incrementa el riesgo de inestabilidad. Se podría compensar instalando sistemas de estabilización en la red, pero nadie quiere hacer frente a este sobrecoste, que además tendría que ir creciendo con el número de sistemas enganchados. En Australia se está planteando prohibir que se conecten más sistemas fotovoltaicos a la red eléctrica.

Lo mejor sería ir aprovechando la electricidad localmente, pero entonces nos encontramos con el problema del aprovechamiento para ese casi 80% de usos no eléctricos. Es aquí donde se debería estar incidiendo seriamente, pero lo que se hace es simbólico. ¿Qué sentido tiene dar por hecho que nos conviene tener más electricidad, teniendo en cuenta todo lo dicho arriba? ¿Para qué va a servir, si no hay demanda posible para tanto?

5.- Para intentar cubrir con renovables ese casi 80% de la energía final actualmente no eléctrico actualmente, la gran apuesta es utilizar el hidrógeno producido a partir de electricidad renovable, o hidrógeno verde. El hidrógeno, sin embargo, no es la panacea y sus problemas originales no han sido resueltos. ¿Por qué va a solucionar ahora el hidrógeno nada, conociendo como conocemos sus limitaciones?

Hace algunas semanas asistí a una conferencia telemática organizada por el Club de Roma sobre el hidrógeno verde. En un momento de sinceridad, uno de los ponentes dijo que hace unos 20 años se había intentado introducir el hidrógeno como el combustible del futuro y se había fracasado; que hacía 10 años se había intentado de nuevo y que tampoco se había conseguido; y que esperaba que ahora, a la tercera, fuera la vencida. Esta reflexión es bastante interesante, porque refleja muy crudamente el problema que no se quiere ver. Y es que, ¿por qué tendría que funcionar una solución energética basada en el hidrógeno? Nos negamos a aceptar que es una mala solución, e insistimos sobre ella una y otra vez, pero no por ello se va a convertir en una buena solución. Damos por descontado que el progreso tecnológico conseguirá superar los problemas del hidrógeno, pero no comprendemos que a lo mejor esos problemas no se pueden superar porque dependen de principios inviolables de la Física o la Química.

Recordemos, una vez más, cuáles son los inconvenientes del hidrógeno:

  • El hidrógeno no es una fuente de energía: En la actualidad la mayoría del hidrógeno se consigue mediante el procesamiento químico del gas natural u otros hidrocarburos, con desprendimiento de dióxido de carbono, pero el objetivo es pasarse al "hidrógeno verde", que es el que se obtiene haciendo pasar una corriente eléctrica por una cubeta de agua, lo cual rompe la molécula de este líquido (electrolisis) y separa el hidrógeno del oxígeno, sin otras emisiones. El problema es que se necesita consumir electricidad para producir el hidrógeno; el hidrógeno es un sitio donde guardar energía, pero no una fuente de energía. Técnicamente es lo que se denomina un vector energético.
  • El rendimiento del proceso es bajo: Centrándonos en el hidrógeno verde, las mejores plantas de electrolisis consiguen un rendimiento del 70%, es decir, que el 30% de la energía se pierde y no se acumula en las moléculas de hidrógeno producidas. Pero este mejor rendimiento solo se produce en condiciones ideales y con plantas muy sofisticadas y caras; en condiciones más realistas, el rendimiento ronda el 50%, y el otro 50% simplemente se pierde.
  • El rendimiento de los motores de hidrógeno es bajo: Si se quiere el hidrógeno para motores, se puede quemar directamente en un motor de gasolina pero entonces se aprovecharía solo entre el 15% y el 20% de la energía del hidrógeno (es decir, solo entre el 7,5% y el 10% de la energía eléctrica inicial). Incluso usando pilas de combustible de las más eficientes (y haciendo más complejo el motor, porque se requiere una batería además) el rendimiento ronda el 50% (es decir, solo el 25% de la energía eléctrica inicial). Por comparación, un motor eléctrico tiene rendimientos que están sistemáticamente por encima del 75% o del 80%. Se podría decir que el hidrógeno se quiere solo para producir calor (por tanto, rendimiento del 50% sobre la energía eléctrica inicial), sobre todo industrial, pero lo cierto es que también se necesita hidrógeno para sustituir al diésel en la flota de camiones y maquinaria pesada.
  • El hidrógeno tiene que estar almacenado a alta presión: Al ser un gas, para conseguir una densidad energética en volumen aceptable el hidrógeno tiene que estar a una alta presión, generalmente de 750 atmósferas (enorme: es la presión a 7.500 metros de profundidad en el mar) para tener una densidad energética que es solo la mitad de la del gas natural a la presión habitual. Estas altas presiones implican, primero, un esfuerzo para comprimirlo (otro gasto energético adicional), segundo, usar recipientes de paredes densas (más costosos) y tercero, que se tenga que refrigerar previamente a la compresión para evitar que la temperatura suba mucho (más gasto energético). Y por no hablar del peligro que supone una grieta o un impacto medianamente fuerte en el depósito.
  • El hidrógeno se escapa de los recipientes: Al ser una molécula tan pequeña, el hidrógeno se escapa con facilidad de cualquier recipiente, incluso en uno de paredes densas y especialmente bien sellado. Pérdidas de entre el 2 y el 3% diario son normales, lo cual implica que el hidrógeno tiene que ser producido para ser consumido en el plazo de pocos días.
  • El hidrógeno corroe el acero: En los depósitos y conducciones de acero al carbono, el hidrógeno forma hidruros que acaban fragilizándolos hasta que se rompen. La solución es recubrirlos con unas películas especiales que se llaman liners, pero que no están exentas de problemas (aguantan mal los contrastes térmicos y los esfuerzos mecánicos) y que para mayor ironía se fabrican con petróleo.

En la práctica, las pérdidas energéticas de convertir electricidad a hidrógeno para cualquier uso energético son bastante  grandes, yendo del 50% de producir hidrógeno para ser quemado inmediatamente hasta pérdidas superiores al 95% si se tiene que almacenar a presión para ser consumido unos días más tarde en un motor de un camión.

En una conferencia reciente, yo presenté unos números sencillos comparando el consumo de energía del sector del transporte en Europa con la producción de energía eléctrica renovable que se necesitaría para que pudiera funcionar con hidrógeno, asumiendo el máximo y mejor rendimiento (pilas de combustible con platino, hidrógeno producido prácticamente para consumir, despreciando las pérdidas por refrigeración y compresión, etc). La conclusión es que Europa debería multiplicar su producción eléctrica renovable por 3,5. En condiciones mucho más realistas, no sería de extrañar que esa multiplicación fuera por 4, 5 o un factor todavía mayor; pero en todo caso, ese 3,5 ya supone un reto de gran envergadura... y solamente para mantener el transporte. Y ese reto es probablemente imposible, porque aquí no hemos incorporado los límites de las renovables, pero siguen existiendo.

Extrapolándolo al caso de España, no resulta creíble que pudiéramos producir aquí todo el hidrógeno que se necesitaría ya tan solo para mantener todo el sistema de transporte en pie. Y eso sin contar con todo el gasto de combustible que implica nuestro estilo de vida pero que no se computa aquí (por ejemplo, esos cargueros que llegan cargados de mercancías fabricadas en China).

¿Alguien se ha parado a mirar estos problemas con detenimiento y objetividad? ¿O solamente se han limitado a sumar cantidades en un fichero Excel, contando que todo lo que se necesite va a estar ahí porque se necesita? ¿Alguien se ha parado a pensar que quizá el hidrógeno no da, ni de lejos, para mantener el actual estado de cosas? ¿Alguien se ha planteado que quizá no es la solución?

6.- Dado que el hidrógeno que se puede producir domésticamente no puede cubrir nuestras necesidades, ¿de dónde lo vamos a sacar? ¿Vamos a intentar explotar la producción de otros países, típicamente de África?

Porque al final es de esto de lo que estamos hablando. Sabiendo que no podremos producir suficiente hidrógeno para poder mantenerlo todo en pie, dado el bajo rendimiento del proceso y los límites a la producción renovable, la idea seguramente es ir a apropiarse del hidrógeno que produce otro. Por ese motivo Alemania está en la presa del río Inga en el Congo. Y por ese motivo el tren de hidrógeno, mucho más ineficiente que el eléctrico, está ahora en boga: para sacar corriendo el hidrógeno de países que tienen vías de tren pero no catenaria.

Ese modelo de explotación colonial tiene no pocos riesgos y muchas fragilidades, aparte de otras cuestiones de índole moral. Pero además, el colonialismo se puede ejercer a muchas escalas. Colonialismo energético del centro contra la periferia, dentro de nuestro país. Pero también desde otros países, y más concretamente Alemania, contra nuestro país.

Este modelo colonial probablemente nos lo aplicarán a nosotros en beneficio de Alemania; el Gobierno federal alemán ya dice que espera que los países europeos con mayor potencial renovable le aporten su hidrógeno. Es decir, que la energía renovable captada aquí se convertiría en hidrógeno, con enormes pérdidas, para después irse en un tren de hidrógeno fabricado por Siemens hasta Frankfort o Munich. Señores y señoras representantes políticos de mi país, ¿habían pensado en esto? ¿Están seguros de que es el hidrógeno lo que tenemos que producir, si no nos da para nosotros mismos y encima nos lo quieren quitar?

7.- Por todo lo expuesto más arriba, me resulta evidente que nos hacen falta modelos alternativos para el aprovechamiento de la energía renovable, modelos mucho más locales y eficientes que garanticen la riqueza del país. El caso es que existen, pero no se debaten, no se contemplan. ¿No creen que se debería invertir, si cabe un pequeño esfuerzo, en ver cuánto podrían dar de sí?

A principios del siglo XX, proliferaban en Cataluña las colonias textiles. Se aprovechaba la fuerza hidráulica de los ríos para producir algo de electricidad de consumo local, y la fuerza mecánica del agua servía en muchos casos para accionar directamente los telares, con un rendimiento mucho mejor que poner un generador eléctrico en un extremo y un motor eléctrico en el otro. Con este sistema se mantuvieron también fundiciones y otras industrias; en todos los casos, aprovechando la energía de manera más eficiente que si se usase electricidad y, lo que es más importante, generado riqueza y empleo localmente. La energía mecánica no es como los electrones o el hidrógeno: no se puede exportar a grandes distancias. La energía de aquí se queda aquí.

Con todo el conocimiento y desarrollo técnico del último siglo, podríamos hacer eso mismo y mucho mejor. Aprovechando el Sol directamente para calentar, fundir, transformar. Aprovechando la fuerza mecánica del agua y del viento para mover, trabajar, forjar. Aprovechando las plantas, cultivadas y silvestres, herbáceas y árboles, para obtener reactivos y materiales. Produciendo también algo de electricidad para cuando fuera necesario, pero sin obsesionarse con producir solo electricidad. Produciendo también algo de hidrógeno para cuando fuera necesario, pero sin obsesionarse con mantener una ingente flota de camiones y maquinaria pesada con él. Siendo más eficientes. Alcanzando un mejor equilibrio con la naturaleza, disminuyendo nuestro impacto ambiental, adaptándonos a los ritmos del planeta, dependiendo lo justo de materiales que llegan de lejos, con instalaciones a una dimensión más humana y más fáciles de reparar y mantener, creando riqueza y empleo localmente, descarbonizando plenamente nuestra actividad.

¿Por qué no?

Repito.

¿Por qué no? 

 ¿Qué sentido tiene que esto ni se considere, ni se analice, ni se estudie siquiera someramente? ¿Qué sentido tiene que nos empeñemos en un modelo megalomaníaco, tremendamente destructivo y contaminante que, encima, ni siquiera es posible, cuando podríamos tener una alternativa mucho más razonable que ni nos dignamos en estudiar?

¿Por qué no?

¿Por qué nos vamos a condenar a un modelo insostenible e imposible que va a fracasar, cuando puede haber una alternativa viable y mucho menos costosa? Seguro que habrá muchas dificultades, pero la mayor ahora mismo es ni siquiera comenzar a trabajar sobre esta posibilidad

Yo les pregunto, y les preguntaré una y otra vez: 

¿Por qué no?

**************************************************

Agradeciendo de antemano la atención recibida, resto expectante por conocer su respuesta a estas, tan apremiantes, cuestiones.

Saludos cordiales.

Antonio Turiel.

18 de mayo de 2021.


viernes, 7 de mayo de 2021

Distopía XII: Un café en la bahía

 

Joan miró una vez más hacia el mar. El agua se veía limpia, cristalina. A esa hora de la mañana, el reflejo del sol confería un tono dorado a casi toda la bahía; las pequeñas olas dispersaban su brillo, con un tintineo al tiempo irreal y relajante. 

Podría pasarse horas así, mirando la bahía, como había hecho cuando era niño, cuando la miraba casi desde la misma posición que ocupaba él ahora. Aunque de niño los camareros, con discretos puntapiés en el culo, iban sacándole de la tarima de la terraza donde se sentaba junto a Oriol a mirar el amanecer en la bahía.

Treinta años más tarde, era un respetable caballero que en vez de en el suelo se sentaba en una silla de aquella misma terraza, y los camareros no le daban puntapiés en sus posaderas, sino que revoloteban alrededor de él, obsequiosos. Quizá porque aquella fresca mañana de primavera él era el único cliente en todo el café.

Café. Revolviendo con la cucharilla el brebaje que le habían servido se preguntó por qué seguían llamando a estos establecimientos "café". Ya no había café en el pueblo, solo achicoria torrefacta.

Volvió a levantar los ojos hacia su amada bahía, pero en vez del mar y el onírico reflejo del sol se encontró con la figura de un hombre, al que reconoció a pesar del tiempo transcurrido.

- ¡Oriol! - Joan se levantó con ademán de abrazarlo, pero ante la mirada hosca del otro se conformó con estrecharle la mano - Gracias por venir.

Oriol le miraba de hito en hito, desconfiando, sin moverse del sitio, estrechando la mano de manera firme pero un tanto mecánica.

- ¿Cuánto le has pagado al chaval que me ha venido a buscar, Joan? - dijo Oriol.

- Bah... no sé... - respondió despreocupadamente Joan - Una moneda de dos euros.

- ¡Una moneda de dos euros! - exclamó Oriol - Así no me extraña que me haya arrastrado hasta aquí - dijo, señalando de manera vaga al crío de diez o doce años que aún estaba a su lado.

- Toma, chaval - dijo Joan, y para estupefacción de Oriol le lanzó otra moneda de dos euros, que el muchacho cogió al vuelo con la presteza de un urraca, antes de emprender una carrera tan rápida que casi desdibujó el "Gracias, señor".

Oriol se acercó a la mesa, apartó una silla y se sentó en ella.

- Si vas soltando pasta de cuatro en cuatro euros, tendrás a toda la muchachada pululando alrededor de ti todos los días de tu estancia - dijo, mientras acercaba la silla a la mesa y apoyaba sus codos sobre ella.

- Se lo había prometido: dos euros ahora y dos euros cuando me traigas al señor Oriol.

- Pues aquí estoy - dijo Oriol - y no me vas a impresionar con tus modos de ricachón. ¿Qué vienes a vendernos? 

- ¿Yo, Oriol? - dijo Joan - Yo no vengo a venderos nada. Solo quería volver a ver a un viejo amigo de la infancia.

Oriol esbozó una mueca sarcástica con el lado derecho de la cara y se recostó sobre el respaldo.

 - Sí, claro - dijo por fin - un amigo al que no has visto en más de veinte años y que, casualmente, ahora es el alcalde de esta villa. - Oriol posó su manaza de manera brusca sobre la mesa y añadió: - No me vengas con puñetas. ¿Qué narices vienes a buscar? ¿Qué mierda nos queréis vender ahora? ¿No nos habéis hecho suficiente daño ya?

Dijo las últimas palabras ahogando la rabia, con el rostro descompuesto. Joan miró unos segundos fijamente a Oriol y, tras un suspiro, le dijo.

- No, Oriol, no vengo a venderos nada. Solo vengo aquí buscando un poco de paz. Y de paso recuperar mi vida pasada.

- ¿Un viaje sentimental, eh? - dijo, casi apartando de un manotazo a un camarero que se había acercado a preguntarle qué desearía tomar - Pues vaya sitio que has escogido para pasar tus vacaciones, Joan. Este pueblo ahora es un puto agujero. Fue un lugar muy bello, algunos decían que el más bello del mundo, pero ahora es una cloaca - y con un gesto rápido hizo venir al camarero al que casi había agredido antes y le pidió que le trajera un trifásico.

- Yo no lo veo tan mal, Oriol. - dijo Joan, agitando su achicoria con la cucharilla, y levantando su vista hacia la bahía - Sigue siendo un lugar muy bello.

Oriol se miraba a Joan con incredulidad, negando con la cabeza.

- Un lugar muy bello, dices, ¿verdad? - Oriol miraba a su bebida y negaba cada vez más rápidamente con la cabeza. - ¿Tú ves aquellos monstruos de allí, verdad?

- ¿Los aerogeneradores? - dijo Joan - Sí, sí que los veo. Creo que los fabricó la empresa para la que trabajo en Alemania.

- ¿Ves que bien? Así todo queda en casa. - dijo Oriol, apurando la mitad de su trifásico de un solo trago - ¿Y qué te parecen, en tu opinión de ingeniero experto? ¿Cómo se ven?

- Se ven abandonados - dijo Joan, sin sombra de emoción en su voz - Parece que solo uno conserva las tres aspas, pero viendo la mancha de óxido que se distingue desde aquí apuesto a que no puede ni girar.

- Ya no giran, no. Pero bien que giraban el día que tú te fuiste de aquí, perdón, el día que huiste - dijo Oriol, con cierto tono de reproche.

- En realidad inauguraron el parque unos días después de que me fuera. Pero, Oriol, yo no participé en ese proyecto, ni tuve nada que ver - dijo Joan.

- ¿Y qué más da? Seguro que sí que participaste en otros proyectos que destrozaron otros sitios - repuso Oriol.

Joan bajó la cabeza porque lo que decía Oriol era cierto.

- Oriol - dijo al fin - era una situación de crisis. Teníamos el cambio climático, y teníamos una grave escasez de combustibles fósiles encima. Se tenía que hacer algo, y hacerlo con rapidez.

- No, Joan, no te equivoques - dijo Oriol, mientras pedía otro trifásico "me invitas tú, ¿verdad?" y Joan asintió - no se tenía que hacer esto. Esto es lo que tú, y gente como tú, decidisteis hacer, sin consultarnos a la gente del pueblo, sin preguntarnos qué queríamos, sin escuchar nuestras dudas y nuestro miedos. Sin respetar nuestra tierra.

Joan seguía con la cabeza baja, mirando su bebida de achicoria torrefacta, pero por fin levantó la mirada, fijándola en Oriol.

- Sí, Oriol, tienes toda la razón. - le dijo pausadamente, como se dice una verdad que uno ha guardado durante años en el pecho - Fue un error instalar este parque aquí.

- Claro que fue un error, Joanet, claro que lo fue, pero, si al menos ése hubiera sido el único error... - las palabras de Oriol se aceleraban - porque después de plantarnos el puñetero parque vino todo lo demás.

Joan callaba, pero ya no bajó la mirada.

- ¿Ves aquel edificio de allá? Era la subestación terrestre. Los días de bruma y calima se sentían chasquidos de la electricidad en el ambiente, si te acercabas demasiado. Claro, nos instalaron un gigavatio de potencia eólica, nada menos.

- Es normal - dijo Joan - esta zona tiene un gran potencial para la eólica marina.

- Sí, y tanto que tiene potencial - siguió Oriol, con visible sorna - y también diferencia de potencial: tanta diferencia de potencial que cualquiera que se acercara a unos pocos metros del cable submarino quedaba frito. ¿Has visto cómo tiene la mano Albert, el hijo de Quimeta? Pues eso.

- Pero eso no fue todo - añadió Joan.

- Pero eso no fue todo, en efecto - prosiguió Oriol - porque con el parque montado se dieron cuenta de que no había demanda para tanta electricidad. Así que, ¿qué se podía hacer? Pues una planta de electrólisis y a producir hidrógeno verde.

- El hidrógeno verde se podía aprovechar para mover camiones - dijo Joan, con calma.

- Claro que sí, y por eso nos montaron la plataforma logística allí detrás. Todo ese trozo de playa, a tomar vientos, nunca mejor dicho. - Oriol se espoleaba, recordando la desgracia - Claro que así le dimos utilidad a la playa, ¿no? Porque entonces comenzaban a desaparecer los turistas: total, ¿quién podría querer venir a veranear a una playa con malos olores por el cloro que se desprendía con el hidrógeno, con una agua que desteñía los bañadores por culpa de la sosa cáustica que la planta de electrólisis concentraba en el agua del mar, y con un tránsito interminable de camiones?

- A decir verdad, en aquellos años el turismo cayó en picado en toda Europa - apuntó Joan.

- Sí, lo sé; - Oriol se lo miraba con aquella expresión del que lleva años oyendo y discutiendo los mismos argumentos -  no sabes cuánta gente, de por aquí incluso,  decía: "Si nos quedamos sin turismo, tendremos que reconvertirnos industrialmente". Por eso montaron una pequeña papelera, para aprovechar el cloro, y una fábrica de jabón, para aprovechar la sosa cáustica.

- Y esto trajo nueva prosperidad al pueblo - dijo Joan.

- Sí, claro, Joan - contestó Oriol - pero también vertidos de organoclorados y otras miserias. Conseguimos cargarnos toda la vida de la bahía  - Oriol abría mucho los ojos, casi fuera de sí - ¡Toda la vida, Joan! Fuera las fanerógamas, las algas, los peces, los moluscos. Incluso exportábamos contaminación a otras playas hacia el sur. Un éxito comercial en toda regla.

- Ya ha pasado un tiempo, Oriol - dijo Joan.

- Sí, claro, ya ha pasado un tiempo - la voz de Oriol se fue calmando mientras miraba la taza: aún le quedaba más de la mitad de su segundo trifásico - Resulta que no era tan económico mantener una planta de electrólisis que usa agua de mar, porque todo se corroe y tienes que cambiar muchas piezas cada pocos años. Piezas que empezaron a escasear. Como las de los aerogeneradores. Al final, tu empresa quebró...

- No, Oriol - le corrigió Joan - mi empresa no ha quebrado nunca; en aquel momento el parque y resto de instalaciones habían sido vendidas a otra empresa.

- Sí, claro, tienes razón - dijo Oriol - una tapadera pensada para quebrar y no endilgarle el marrón a tu empresa.

- No te falta razón - concedió Joan.

- Pues eso. Ya no se reparaban los aerogeneradores, todo fue decayendo, y luego vino el temporal del invierno del 32 y... bueno, el resultado está a la vista - dijo Oriol, mirando a la bahía y apretando los dientes con rabia.

Joan miró al mismo punto. Atravesado en medio de la bahía, la gigantesca estructura de un aerogenerador volcado obstruía el paso de toda una sección del antiguo puerto.

- Dijeron que no había habido un temporal como ese en cien años - continuó Oriol, mientras Joan seguía con la mirada fija en el cadáver tecnológico - Después de eso, hemos tenido otros tres - añadió, casi con el tono de un actuario haciendo inventario. - Hey, que aparte de esa bestia que rompió las anclas y llegó prácticamente hasta la orilla, tenemos otras dos bestias hundidas en el fondo.

- ¿Y qué, Oriol? - dijo Joan, mirando a los ojos a un perplejo Oriol - ahora han pasado ya, cuánto hace, ¿cinco años? Las estructuras comienzan a agrietarse. Tardarán años, décadas quizá, en colapsar, pero al final lo harán. Colapsarán. Quedarán reducidas a polvo. Desaparecerán. Y mientras tanto, la vida ha vuelto ya a la bahía. ¿No oyes cómo cantan los pardales? El agua vuelve a estar limpia, cristalina. Han vuelto las algas y los peces. La vida se abre camino.

Oriol dio un buen tiento a su carajillo.

- Pues mira, te voy a dar la razón. - dijo por fin - puesto que al final las aguas van volviendo a su cauce. Pero, eso sí, ahora somos mucho más pobres. No fuiste el único que se fue del pueblo.

- Todo el mundo se volvió más pobre, Oriol. - el tono de Joan tenía algo de solemne - Era algo inevitable.

- No en Alemania. - dijo Oriol, mientras negaba con la cabeza - He oído decir que ganaste tus buenos dineros, y viendo cómo gastas tus euros está claro que es verdad.

- Hacer de ingeniero en Alemania estos años ha sido provechoso económicamente, es cierto - dijo Joan - y a base del hidrógeno que se producía en otros sitios, por ejemplo aquí, pero que se consumía allá, logró Alemania mantener un nivel de vida más alto... por un tiempo. El espejismo también se acaba allí, Oriol, solo que aún no se han dado cuenta. Aún tienen que hacer el proceso que vosotros ya habéis hecho aquí: comenzar de cero, con humildad y con tesón, viviendo de lo que la Naturaleza da.

- ¿Así que has venido a pasar unos días, sin más, no, Joanet? - dijo Oriol tras apurar el trifásico - Pues bueno, hombre, ya me gustará quedar algún rato para hablar de recuerdos de infancia y que me cuentes cómo se vive en Alemania. ¿En qué hotel te quedas? ¿En el Europa o en el Bahía?

- Me he instalado con mi familia en casa de mis padres - respondió Joan.

- ¿En casa de tus padres? - Oriol le miró extrañado - Pero, ¿no la habías vendido?

- Sí, pero la he vuelto a comprar. Nos mudamos aquí. No hay futuro en Alemania. Ya no. Y aquí - dijo mirando de nuevo al mar - al menos tenemos la bahía más bonita del mundo.

Antonio Turiel

Mayo de 2021.


domingo, 2 de mayo de 2021

Centro versus periferia


Queridos lectores:

Una de las mayores dificultades para articular una transición energética adecuada y eficaz reside en ciertas ideas preconcebidas de cómo debe ser esta transición. Esas ideas, adecuadas para aprovechar las características de los combustibles fósiles mientras éstos han sido abundantes, nos llevan ahora a intentar aprovechar la energía renovable de una manera que no solo no es la más eficaz, sino que es tan mala que puede ser hasta incompatible con una sociedad funcional. Pero cuando señalamos esta incompatiblidad, y antes de que se nos permita explicarnos mejor, habitualmente nos encontramos con un muro: un muro de incomprensión y un muro de oposición cerril, el cual desdeña nuestros argumentos porque los toma como un ataque a la única salida al grave problema de sostenibilidad actual, sin darse cuenta de que en realidad hay muchas más salidas. Tal es la cerrazón que, cuando se les muestra la imposibilidad lógica de "su" solución, creen que lo que estamos diciendo es que "estamos perdidos" o que queremos "condenar a la Humanidad a volver a las cavernas" - sin ir más lejos, estos dos comentarios me los han dicho en la última semana. Me sorprende encontrarme con gente que de nada me conoce que cree que me gusta ser catastrofista o que piensa que digo que no podremos tener ni luz ni agua corriente (dos ejemplos reales también recientes).

La realidad no puede ser más lejana. No es que no haya solución. Al contrario, sí que hay soluciones alternativas, más de una. Pero son soluciones muy diferentes a las que ellos sueñan, aunque no peores. De hecho, en realidad son mejores, empezando por el simple hecho de que son posibles.

Comencemos por el principio. Entendamos cuál es el paradigma actual, y hasta qué punto es prisionero de la mentalidad de los combustibles fósiles.

Los combustibles fósiles tienen una característica que los hace muy interesantes: tienen una gran densidad energética. Contienen mucha energía concentrada en un volumen pequeño. Eso favorece que se pueda transportar la energía extraída en un punto para consumirla en otro punto, aunque sea muy lejano, y con un gran aprovechamiento. En el caso concreto del petróleo, se añade otra gran ventaja: es un líquido, como también son los combustibles que de él se derivan. Eso hace muy fácil su manipulación: para trasvasar grandes cantidades de energía de un recipiente a otro simplemente se deja fluir y en cuestión de pocos minutos el depósito se ha llenado de una cantidad inaudita de kilovatios·hora. Además, al ser líquido es más fácil de hacerlo reaccionar químicamente para sacar un alto rendimiento. El carbón tiene una manipulación un poco más difícil, pero también se puede transferir grandes cantidades de energía gracias a él. Y el gas natural es el más difícil de manipular de los tres, pero aún con él tenemos un increíble saldo energético en las operaciones de transferencia.

Dadas las características de los combustibles fósiles, y particularmente del petróleo, se ha podido llevar la lógica de las economías de escala hasta prácticamente su límite físico. El principio de la economía de escala es aumentar el volumen de producción de un objeto hasta el máximo rendimiento económico. Cuando ponemos una fábrica, debemos hacer una gran inversión para crear el edificio, comprar la maquinaria, tener las infraestructuras necesarias, etc, y esa inversión es prácticamente la misma hasta un cierto volumen de producción; por tanto, es mejor producir ese máximo volumen que cualquier cantidad inferior, porque así el coste por unidad producida será menor. Incluso, una vez hecha la inversión inicial, aumentar la producción partiendo de la fábrica inicial suele comportar un incremento de costes menor que poner una nueva fábrica en otro sitio, porque ciertas infraestructuras (carreteras, líneas eléctricas, etc) no necesitan ser ampliadas porque pueden aumentar su capacidad. Así que la lógica de la economía de escala se basa en aumentar la producción de una fábrica hasta su máximo rentable.

La gran cantidad de energía concentrada en los combustibles fósiles, y su gran abundancia, ha favorecido que se creen grandes centros de producción, que en algunos casos abastecen el mercado global. Concentrar más y más la producción en pocos lugares ha seguido siendo beneficioso, hasta que en algunos productos se abastece el mundo con una o unas pocas fábricas. La lógica de la hipercentralización de la producción ha sido una consecuencia del petróleo abundante y barato, en suma.

Por contraste, la producción de energía renovable es por definición muy distribuida y de pequeña densidad energética. Además, es difícil de manipular y transportar  a grandes distancias. El viento sopla aquí, y las zonas más insoladas están allá, y tomar esa energía y llevarlo para otro lado no es nada simple. Se pueden crear sistemas de aprovechamiento renovable que tomen esas fuentes de energía renovable y las conviertan en electricidad. En el proceso, se aprovecha solamente entre el 15% y el 20% de la energía renovable disponible; y luego el transporte comporta pérdidas adicionales, más el hecho de que la disponibilidad de la red eléctrica hace que no siempre se pueda aprovechar la energía producida o producible. Se puede intentar soslayar ese problema convirtiendo la electricidad en hidrógeno, pero entonces se tienen que añadir otro 30-50% de pérdidas adicionales en la producción del hidrógeno, y encima, si se intenta utilizar en un motor, habrá de nuevo un recorte del 50% de la energía, de modo que al final se habrá aprovechado solamente un 4% o menos del flujo renovable inicial. La alternativa es usar baterías u otros sistemas como el bombeo incerso, con pérdidas mucho más pequeñas (del orden del 10-15%) pero con un alto coste económico y energético en materiales escasos o en limitaciones de localización, con lo que encima tampoco se puede garantizar que estarán disponibles a gran escala.

La pregunta es: ¿y no se puede aprovechar esa energía renovable de una manera mejor? Y la respuesta es que sí.

Ya comentamos al hablar de la entropía que siempre que se produce una transformación de un tipo de energía a otro tipo de energía, en virtud del Segundo Principio de la Termodinámica, se tiene que pagar un peaje energético, es decir, se va a perder parte de la energía en el proceso. Esa pérdida energética es de tanto mayor que más diferentes sean los tipos de energía inicial y final. Por ejemplo, la transformación del impulso mecánico del viento o del río en electricidad implica pérdidas de hasta el 75% de la energía que incide en la turbina o aerogenerador. Sin embargo, si esa energía mecánica lineal del flujo de agua o aire se convierte en energía mecánica de rotación para accionar los engranajes de una fábrica, las pérdidas son mucho menores, del 20% o incluso más bajas. Quizá esto les suene un poco a ciencia ficción, pero lo cierto es que las primeras villas industriales a principios del siglo XX usaban esos procedimientos para mantener en marcha la maquinaria; yo siempre comento el caso de las fundiciones de la villa de Olot, ciudad perdida en la montaña de Gerona y que no tenía precisamente buenas comunicaciones terrestres con el resto del país, y que sin embargo tenía una gran capacidad industrial precisamente por ese tipo de aprovechamiento mecánico de la energía hidráulica de los abundantes saltos de agua de la zona.

Lo cierto es que existen tecnologías apropiadas que requieren materiales y procesos constructivos mucho más sencillos que las renovables eléctricas, que son mucho más fáciles de instalar y mantener, y que son entre 2 y 3 veces más eficientes que producir electricidad. Con la ventaja añadida de que la energía se puede aprovechar de manera más final, además.

Yendo al caso de España, las posibilidades son infinitas. En las zonas con mayor insolación, como Andalucía, Extremadura o el sur de Castilla- La Mancha, la energía solar se puede concentrar para cocer ladrillos y, más concentrada aún, para fundiciones metalúrgicas. En el norte de España, la proliferación de saltos de agua proporciona una potencia mecánica que permite la instalación de muchas industrias donde se requiera; y de manera similar las regiones con viento intenso. En cuanto a las praderas que ocupan las mesetas, pastizales y paja proporcionarían una fuente inmensa de compuestos para la síntesis de química orgánica, y  semejantemente los bosques.

¿Cuál es el inconveniente de esta aproximación? Que la producción se vuelve distribuida. Pero eso es lógico: es que se está intentando aprovechar una energía, la renovable, que ya es de suyo distribuida, que se encuentra repartida por todo el territorio, y no precisamente en los actuales centros de consumo. Con estos modelos no eléctricos de aprovechamiento renovable, que tienen una eficiencia mucho más alta que la de las renovables eléctricas, en vez de tener grandes fábricas en pocos sitios, la economía de escala asociada a una energía muy distribuida haría proliferar muchas pequeñas fábricas, con mucho menor impacto y presión ambiental sobre su entorno, asegurando además la riqueza y el empleo local. La introducción de la renovable no eléctrica es por tanto más vertebradora y redistributiva.

¿Por qué hay, entonces, esta obsesión con electricidad? Porque no se ha abandonado el paradigma fosilista, y se sigue queriendo llevar la energía desde los lugares de generación energética a los actuales centros de producción industrial. Por este motivo, el debate sobre la transición renovable está viciosamente y erróneamente centrado en la producción de electricidad, de modo que hemos llegado a un punto en el que la gente cree que las renovables son para producir electricidad, y que el actual discurso político pretende alcanzar la descarbonización con un 100% eléctrico renovable. Poco importa a ese discurso que la electricidad sea solo el 20% del total de energía final consumida, que lleve décadas así sin que se vea como aumentar ese porcentaje, y que se sepa que hay una parte que no puede ser electrificado. Y poco importa, como hemos visto, que el aprovechamiento eléctrico sea altamente ineficiente en la transformación energética.

La centralización de la producción industrial durante los dos últimos siglos ha llevado a una centralización del poder político, y se usa ese centralismo para intentar forzar que la transición renovable también sea centralista. Pero a la Naturaleza no se la puede contradecir, y si la energía renovable es distribuida, no será posible centralizarla. Encabezonarse en hacer algo imposible no logrará hacerlo, pero sí que nos puede hacer colapsar como sociedad.

La fijación de la agenda en la renovable eléctrica y el completo ninguneo de las alternativas renovables no eléctricas (hasta el punto de que son un no tema, y que hasta las organizaciones ecologistas adoptan la agenda eléctrica renovable) es una manera de mantener el centralismo imposible en la época del descenso energético. Por eso, no nos equivoquemos: la renovable eléctrica busca apuntalar los centros de consumo/producción frente a la periferia de generación energética. Es un modelo de expolio del territorio, es un modelo colonial intramuros y extramuros.

La transición renovable, la verdadera, la posible, debe basarse en el aprovechamiento local y eficiente de la energía renovable. Un aprovechamiento que hará renacer al territorio. Renacer del territorio que debe ser a costa del abandono del centralismo metropolitano. Ceterum censeo Metropolem esse delendam.

Salu2.

AMT 

domingo, 25 de abril de 2021

La transición que no fue

 

Queridos lectores:

Desde mi comparecencia en el Senado de España, algunas personas me han remitido diversos informes sobre el estado de algunos sectores industriales en España. Todos ellos están relacionados con un tema que mencioné en mi comparecencia y sobre el que ya escribí aquí, el fin del plástico barato. Los informes mencionan siempre lo mismo: encarecimiento más que significativo en el último año de los plásticos y otras materias primas (maderas, aluminio, acero laminado, etc), empresas declarando fuerza mayor para no cumplir con sus contratos de suministro, ruptura de stock en algunos casos... Y en general, nadie espera que estos problemas se vayan a resolver antes de 2022 o 2023.

Si uno lee los análisis sobre las causas de estos problemas de suministro, suele encontrar toda una diversidad de problemas aducidos. Suele mencionarse la escasez de materia prima (a veces presentada de manera elíptica; por ejemplo, "desajustes entre la oferta y la demanda"), pero también se mencionan muchas cuestiones coyunturales de influencia variable pero que claramente se exagera en esos informes: se habla de la tormenta de nieve en Texas, la obstrucción del canal de Suez o el incremento del consumo de ciertos productos higiénicos derivados de las medidas contra la CoVid. Lo cierto es que en 2020 el consumo en general se redujo muchísimo, y los problemas de escasez ya eran notorios a finales de 2020, así que todos esos problemas mencionados suenan a excusas más que a la verdadera causa de tanto desarreglo. Todos, excepto la escasez de materia prima.

Y es que en la raíz de todos estos problemas está el acelerado descenso de la producción de petróleo en el que ya estamos inmersos. No voy a repetir aquí una vez más los mismos argumentos con todo detalle; consulten, si lo consideran necesario, lo que se discutió en el post "El Gran Despilfarro". El resumen del argumento es el siguiente: las compañías petroleras descubrieron hace unos años que no quedan yacimientos de petróleo rentables, porque a pesar de estar en precios récord perdían dinero a manos llenas; así pues, desde 2014 están reduciendo drásticamente sus inversiones y por ese motivo la propia Agencia Internacional de la Energía anticipa una caída de la producción de petróleo muy importante y ya imparable, que podría llegar a ser hasta del 50% en 2025 si no reaccionamos. Incluso si hay una fuerte reacción, una caída del 20% parece inevitable. Una caída tan grande de la producción de petróleo augura un auténtico desastre económico. Solo este año, la producción podría caer ya un 10%. La escasez de ciertas materias primas que se está observando nos indica que efectivamente vamos por ese camino. El precio del barril de petróleo aún no se ha disparado de precio, pero por culpa de la ley de Liebig de las refinerías (que comentábamos al hablar de la escasez de plásticos) el plástico ya escasea. La escasez de otras materias primas, como los microchips o algunos metales, tiene una componente energética y otra que depende de muchos otros factores, pero en todo caso será agudizada por el descenso del petróleo.

Y aún en este momento, en el que la producción de petróleo cae desde 2018 sin posibilidades de recuperarse nunca más, en el que sabemos que ya hemos pasado el temido peak oil, aún sale algún langrán diciendo que eso del peak oil ya fue desmentido, o el típico avispado que dice una variante de aquello de "Llevan años diciendo lo mismo. Siempre dicen que quedan 30 años para que se acabe el petróleo". Dejando al margen que ningún científico ha dicho nunca que el petróleo se fuera a acabar en 30 años (no, ninguno nunca lo ha dicho: nómbrese uno) y que quien dice eso tiene una supina ignorancia de qué es exactamente el pico del petróleo o peak oil (para quien le interese, aquí encontrará un sencillo vídeo explicativo), es absolutamente grotesco que en un momento tan delicado como el actual, en el que la producción de petróleo ya cae y que por culpa de la espantada de las petroleras va a seguir cayendo y encima más rápido de lo que debería haber sido, en un momento en que se nos viene encima una bofetada de realidad histórica con una Gran Escasez de casi todo, se pretenda de manera tan autosuficiente ignorar un problema que ya nos está explotando en las narices. Por poner una analogía: imaginen un fumador empedernido al que amigos y familiares le han dicho durante años que deje de fumar  porque al final contraerá un cáncer. El fumador siempre les había respondido, burlonamente, que llevan años diciéndole lo mismo pero que el cáncer nunca llega. Hasta que un día va al médico porque tiene unas molestias y el médico le dice que tiene un cáncer. Ahora imagínense que delante de ese diagnóstico, nuestro fumador se burlase del médico y le dijera que no le venga con la misma cantinela de siempre, de asustarle con que tendrá un cáncer. Sin entender que ya tiene el cáncer. Pues igual de grotesco es que en este momento tan delicado aparezcan algunos aturdidos diciendo que eso del peak oil es la misma cantinela de siempre. Pues no, señores: el peak oil ahora ya ha pasado. El tiempo de prevenirlo ya ha pasado; ahora es el tiempo de adaptarnos. Igual que con el ejemplo del fumador, ya no es simplemente cuestión de dejar de fumar: ahora tendremos que emprender tratamientos agresivos para parar el cáncer. Y lo último que necesitamos es a unos zangolotinos que solo quieren seguir arrastrando los pies un rato más.

Pero, por ese mismo motivo, porque ya estamos iniciando el descenso, ya no hay tiempo para las soluciones que se están proponiendo para la Transición Energética, motivada por la lucha contra el Cambio Climático pero que también deberían valer para hacer frente a la escasez energética y material que se nos viene encima. Llevamos muchos, demasiados, años discutiendo los pros y contras de la transición renovable. Llevamos muchos, demasiados, años discutiendo los límites de las renovables, con discrepancias legítimas que aún no se han resuelto. No se hizo nada cuando se tenía que hacer porque, en el fondo, no nos parecía tan urgente. Y ahora, simplemente, lo que teníamos planeado ya no se puede.

Latinoamérica pasó su pico de la energía en 2016, y justo antes de la CoVid su consumo de energía  sobrepasó su producción. Con el actual agravamiento global del problema energético, ¿va a poder Chile seguir enviándonos su cobre, sobre todo ahora que sus costes se han disparado por la pobreza de ley de las minas? ¿Va a seguir Argentina exportando su litio para las baterías? ¿Va a seguir México enviándonos su petróleo? Esto último ya sabemos que no: el consumo de petróleo de México ya supera a su producción desde hace un par de años.

¿Seguirán viniendo los paneles solares de China como hasta ahora? ¿Y el neodimio? ¿Y el cobalto desde el Congo? ¿El uranio de Níger?

En una situación en que la urgencia energética afectará a todo el globo, en la que todo el mundo tendrá que hacer de alguna manera su transición energética, ¿se va a poder mantener el tráfico mundial de las esenciales materias primas para la transición energética? Rotundamente, no. Con una producción de petróleo en descenso, ¿cómo funcionarán las máquinas que operan en las remotas minas de cobre, litio, platino, plata, oro? ¿Cómo trabajará la maquinaria que se usa para procesar en neodimio, el disprosio o el praseodimio? ¿Qué coste tendrá transportar esas materias de las minas a otros países donde se procesan? ¿Qué coste el transporte de las materias ya procesadas hasta llegar a Europa? Si ya sería extremadamente complejo si solo Europa emprendiera la transición energética, en el contexto al que vamos la competencia por esas materias será global. Porque no se trata ya de luchar contra el Cambio Climático, contra el cual hay países más comprometidos y concienciados que otros; aquí, es verdaderamente una guerra de todos contra todos. Y, además, por nuestro propio interés necesitaríamos que algunos países fuera de Europa hicieran también su transición, porque si no sus minas cerrarían y nos quedaríamos sin esos materiales.

Las hojas Excel de nuestros economistas de guardia, aquellos que asesoran a nuestros gobiernos y grandes empresas, no contemplan ningún problema. El mercado proveerá. Si se les señalan las dificultades, alegan que el ingenio humano no tiene límites y que el mercado siempre encuentra sustitutos eficientes para todo, y que el que no entienda eso es que es un ignorante en economía. Pero son ellos los que no saben nada. No saben que hace tiempo que se hicieron modelos complejos para describir la interacción entre todos los factores, tanto los económicos como los físicos, con mayor realismo. No saben nada del modelo World3, no saben nada de MEDEAS, no saben nada de Locomotion. Para ellos, su Excel es más que suficiente para describir la complejidad del mundo.

Ahora, al calor de los fondos NextGenerationEU, en España las grandes empresas y los grandes fondos de inversión se han lanzado a promover enormes proyectos de parques renovables, para generar una electricidad que no sabemos si necesitamos, y si no la necesitamos la usaremos para hacer hidrógeno. El hidrógeno, que como reconocía un ponente de unas conferencias a las que asistí hace unos días, se había intentado introducir hace 20 años y se fracasó, que se volvió a intentar hacer 10 años y se volvió a fracasar, y que esperan a ver si a la tercera va la vencida. Todos esos parques y esas plantas de hidrólisis, que necesitan de materias primas y elaboradas que tienen que venir de tan lejos y que no podrán llegar, si falta petróleo. En la Ley del Cambio Climático y la Transición Energética se habla de la descarbonización total de la economía española en 2050, y de un avance significativo para 2030; por ello, el plan es hacer todos estos parques y sistemas, que ya antes no sabíamos si serían adecuados, pero que ahora sabemos que simplemente no será posible ni instalarlos. Hablamos de transicionar parcialmente en 2030 y totalmente en 2050, cuando quizá el año que viene haya cosas que ya estén fallando.

Hemos esperado demasiado tiempo. En medio del incendio no es el momento de hacer una junta de vecinos para aprobar la instalación de una escalera de incendios. En un avión gravemente averiado, cuando el comandante dice "brace, brace" no es el momento para discutir qué visitaremos primero cuando lleguemos a nuestro destino. Ya no hay tiempo para eso.

Quizá haya tiempo de instalar en los próximos años algunos, unos pocos, de estos parques renovables y otros sistemas. Sin embargo, el foco debería estar en otro lado. Deberíamos dotarnos, a la mayor brevedad, de la capacidad de ser autosuficientes en la producción de alimentos. Deberíamos de asegurar el suministro de agua, en condiciones de potabilidad, y la capacidad de depurar las aguas residuales. Deberíamos relocalizar la producción de todo lo que sea relocalizable. Deberíamos abrir nuestros vertederos y chatarrerías para reaprovechar todo lo reaprovechable. Reciclar todo lo que sea reciclable y hacer una reingeniería de los procesos industriales para favorecer el reciclaje, sobre todo de ciertos metales. Deberíamos abandonar la megalomanía de esos proyectos que a día de hoy son imposibles y centrarnos en salvar lo más pequeño, lo fundamental. Hay que olvidar esa transición que soñamos, que quizá pudiera haber sido hace 20 años pero que hoy ya no será. Es mejor que la dejemos ir. La transición que no será. La transición que no fue. Porque ya no hay tiempo.

Salu2.

AMT