domingo, 15 de mayo de 2022

Discurso del Almirante Hyman G Rickover en 1957

Queridos lectores:

Ángel Rodríguez me ha ofrecido la traducción al castellano del discurso que el Almirante Hyman G. Rickover pronunció durante una cena de gala de la asociación de médicos de Minesota. El discurso llevaba por título "La energía y nuestro futuro" y tocaba con una vigencia y actualidad los temas que abordamos en este blog que resulta extraordinario, teniendo en cuenta que han pasado ayer hizo exactamente 65 años. Y aunque peca de cierto tecnooptimismo nuclear (lógico en quien sirvió en submarinos atómicos), sus reflexiones resultan tremendamente pertinentes.

Es un discurso largo, pero sin duda lo encontrarán interesante.

Les dejo con el Almirante.

Salu2.

AMT 


 

Me siento muy honrado de encontrarme aquí esta noche, aunque les aseguro que para un lego como yo no es fácil enfrentarse a una audiencia de médicos. Uno solo de ustedes, sentado en su despacho, puede ser formidable. Pero mi charla no tiene connotaciones médicas. Esto será sin duda un alivio para ustedes teniendo en cuenta sus honorarios

Esta noche me gustaría abordar un tema que, espero, sea de su interés como ciudadanos responsables: la importancia de los recursos energéticos para el futuro de nuestra sociedad.
 

Vivimos en lo que los historiadores algún día llamarán la era de los combustibles fósiles. En el presente [Nota: 1957] el carbón, el petróleo y el gas natural suministran el 93% de la energía mundial [Nota: Hoy día es el 83% de la energía primaria]; la energía hidráulica representa sólo el 1%; y el trabajo de hombres
y animales domésticos el 6% restante. Esto es una inversión radical de las cifras correspondientes a 1850, hace tan solo un siglo. Entonces los combustibles fósiles suministraban el 5% de la energía mundial, y los hombres y los animales el 94%. 

Cinco sextos de todo el carbón, petróleo y gas consumidos desde el comienzo de la era de los combustibles fósiles se han quemado en los últimos 55 años. El hombre conoce los combustibles fósiles desde hace más de 3.000 años. En algunas partes de China, el carbón se usaba para la calefacción y la cocina domésticas, y el gas natural para la iluminación ya desde el año 1000 a.C. Los babilonios quemaron asfalto mil años antes. Pero estos primeros usos fueron esporádicos y de poca importancia económica. Estos combustibles no se convirtieron en una fuente
importante de energía hasta que se inventaron las máquinas que funcionan con carbón, gas o petróleo. La madera, por ejemplo, fue el combustible más importante hasta 1880 cuando fue reemplazada por el carbón; y este, por su parte, ha sido superado recientemente por el petróleo, al menos en Estados
Unidos.

 
Una vez en pleno apogeo, el consumo de combustibles fósiles se ha incrementado a un ritmo impresionante. Todos los combustibles fósiles utilizados antes de 1900 no durarían ni cinco años a la tasa de consumo actual. En ningún otro lugar del mundo estas tasas de consumo son mayores y crecen más rápido que en los
Estados Unidos. Nuestro país, con solo el 6% de la población mundial, consume un tercio del aporte global de energía; esta proporción sería aún mayor si no fuera porque usamos la energía de manera más eficiente que otros países. Cada americano tiene a su disposición, una energía anual equivalente a la que se obtiene con ocho toneladas de carbón. Esto es más de seis veces el consumo de energía per cápita que el resto del mundo. Aunque no tan espectaculares, las cifras de consumo correspondientes de otros países industrializados también están por encima del promedio. El Reino Unido, por ejemplo, consume
tres veces más de energía per cápita que el promedio mundial. Un alto consumo de energía va asociado a un alto nivel de vida. Así, la enorme energía de origen fósil que controlamos alimenta máquinas que nos hacen a cada uno de nosotros dueños de un ejército de esclavos mecánicos. La potencia muscular del hombre es de unos 35 vatios, equivalente a una vigésima parte de un caballo fuerza. Es decir, estas máquinas proporcionan a cada trabajador estadounidense una energía equivalente a la de 244 hombres. De igual forma, 2.000 hombres empujan su automóvil por la carretera, y su familia cuenta con 33 ayudantes domésticos. Cada maquinista de tren controla una energía equivalente a la de 100.000 hombres; cada piloto de avión, la de 700.000 hombres. Incluso el más humilde de los estadounidenses disfruta de los servicios de más “esclavos” que los que alguna vez fueron propiedad de los nobles más poderosos, y vive mejor que la mayoría de reyes en la antigüedad

Echando la vista atrás, y a pesar de guerras, revoluciones y otros desastres, los cien últimos años bien debieran parecernos una Edad de Oro. Que esta Edad de Oro continúe depende totalmente de nuestra capacidad para mantener el suministro de energía en equilibrio con las necesidades de nuestra creciente población. Pero antes de entrar en esta cuestión, permítanme repasar brevemente el papel de los recursos energéticos en el auge y caída de las civilizaciones.

 
El acceso a excedentes energéticos es un requisito indispensable para cualquier tipo de civilización, ya que, si el hombre únicamente tiene acceso la energía que proporcionan sus propios músculos, debe gastar toda su fuerza, física y mental, en obtener sus necesidades básicas. Los excedentes de energía proporcionan la base material para una vida civilizada: un hogar acogedor en lugar de un simple refugio; ropa bonita en vez de una mera cobertura para mantenerse caliente; comida
apetecible en lugar de cualquier cosa que satisfaga el hambre. Los excedentes energéticos proporcionan también la liberación de los trabajos más duros sin esta liberación no puede haber arte, música, literatura o saberes. No creo necesario insistir más en esto. Lo que elevó al hombre, uno de los mamíferos más débiles, por encima del mundo animal fue que pudo usar su cerebro para ingeniar
formas de aumentar la energía a su disposición y usar el tiempo libre ganado de esa manera para cultivar su mente y su espíritu. Cuando el hombre depende únicamente de la energía que le proporciona su propio cuerpo, se ve abocado a una existencia miserable.

 
El primer paso del Hombre en la escala de la civilización data del descubrimiento del fuego y la domesticación de los animales. Con estos recursos energéticos pudo desarrollar una sociedad pastoral. Pero para ascender a una civilización agrícola necesitaba más energía. Esta energía extra se obtuvo del trabajo de miembros de grandes familias patriarcales, aumentado por esclavos comprados o adquiridos
como botín de guerra. Incluso en la actualidad, hay comunidades atrasadas que dependen de este tipo de energía.

 
El trabajo de los esclavos era necesario para las ciudades-estado y los imperios de la antigüedad; con frecuencia tenían poblaciones de esclavos más grandes que su ciudadanía libre. Dichas sociedades carecían de incentivos para buscar fuentes alternativas de energía, siempre y cuando los esclavos fueran abundantes y su existencia no estuviera moralmente reprobada; esta falta de incentivos bien pudo
haber sido la principal razón por la que la ingeniería avanzó muy poco en épocas pasadas.

 
La disminución en el consumo de energía per cápita siempre ha llevado en el pasado a la decadencia de las civilizaciones y una involución a una forma de vida más primitiva. Por ejemplo, se cree que el agotamiento de la madera fue la razón principal de la caída de la civilización maya en este continente y del declive de civilizaciones otrora florecientes en Asia. India y China alguna vez tuvieron grandes masas forestales, al igual que gran parte del Medio Oriente. La deforestación no solo disminuyó la base energética, sino que tuvo un efecto desastroso adicional: al carecer de cubierta vegetal, el suelo se perdió con las lluvias y, con la erosión del suelo, también se redujo la base nutricional de estas
sociedades.

Otro motivo del declive de las civilizaciones se puede deber a la presión de la población sobre la tierra cultivable disponible. Se llega a un punto en el que la tierra ya no puede mantener las personas o a los animales domésticos. Primero desaparecen caballos y mulas. Incluso el versátil búfalo de agua es finalmente desplazado por el hombre, que convierte energía dos veces y media más eficientemente que los animales de tiro. Es importante recordar que mientras animales domésticos y maquinaria agrícola aumentan la productividad por cápita, el máximo de productividad por acre solo se logra mediante el cultivo intensivo manual.

 
Nos debería hacer recapacitar que la gente pobre de Asia, que rara vez se va a dormir con el hambre satisfecha, no hace tanto tiempo estaba mucho más civilizada y vivía mucho mejor que la gente de Occidente. Fueron las historias sobre las maravillas de la civilización en China traídas por Marco Polo las que dirigieron los ojos de Europa hacia las riquezas de Oriente y llevaron a los marineros a desafiar a la mar en sus pequeñas embarcaciones en busca de una ruta directa al fabuloso Oriente. La “riqueza de las Indias” es una frase que todavía se usa hoy en día, pero cualquiera que sea la riqueza que pueda haber allí, no parece evidente por el modo de vida actual. Asia no pudo mantener los avances tecnológicos al ritmo de las necesidades de su creciente población y se hundió en tal pobreza que en muchos lugares el ser humano se ha convertido nuevamente en la principal fuente de energía, ya que otras se han vuelto demasiado caras. Esto es evidente incluso para el observador menos sagaz. No se trata más que una reversión a una etapa más primitiva de la civilización con todo lo que ello implica para la dignidad y el bienestar humanos.

 
Cualquiera que haya visto como un granjero chino sufre al llevar el peso de su carretilla cargada por un camino de adoquines, o quien se haya estremecido al pasar junto a una interminable procesión de portadores dirigiéndose a un mercado en Java: esbeltas mujeres dobladas por el peso de las grandes cargas que transportan sobre sus cabezas, o cualquiera que simplemente haya visto las fríos números convertidos en sudor y lágrimas, se dará cuenta de la humillación que supone para el ser humano cuando su propia fuerza muscular se convierte en la única fuente de energía que puede permitirse. La civilización se marchita cuando los seres humanos se degradan de esta manera.

 
Allí donde la esclavitud representó una fuente importante de energía, su abolición tuvo el efecto inmediato de reducir el consumo de energía. Así, cuando el cristianismo condenó la institución tradicional del esclavismo, la civilización decayó hasta que se pudieron encontrar otras fuentes alternativas de energía. La esclavitud es incompatible con la creencia cristiana de que incluso el más humilde individuo es hijo de Dios. A medida que el cristianismo se extendió por el Imperio Romano y los amos liberaron a sus esclavos, en obediencia a las enseñanzas
de la Iglesia, la base energética de la civilización romana se derrumbó. Esto, creen algunos historiadores, pudo haber sido un factor importante en el declive de Roma y la vuelta a una forma de vida más primitiva durante la Edad Media. La esclavitud desapareció gradualmente en todo el mundo occidental, excepto en su forma más leve de servidumbre. Que fuera recuperada mil años después simplemente muestra la capacidad del hombre para ahogar su conciencia, al menos por un tiempo, si las necesidades económicas son grandes. Al final, ni las necesidades económicas de las plantaciones en el Nuevo Mundo fueron suficientes como para mantener viva una práctica tan repugnante a las más profundas convicciones del hombre occidental.

 
Bien pudieran ser las reticencias a depender del trabajo de los esclavos lo que llevó a los europeos a buscar fuentes alternativas de energía, provocando así la revolución energética de la Edad Media que, a su vez, allanó el camino para la revolución industrial del siglo XIX. Cuando la esclavitud desapareció en

Occidente, la ingeniería avanzó. Los hombres comenzaron a aprovechar el poder de la naturaleza utilizando el agua y el viento como fuentes de energía. La mejora del barco de vela, en particular, que reemplazó a la galera manejada por esclavos del mundo antiguo, se convirtió en la primera máquina que permitió al hombre controlar grandes cantidades de energía inanimada.

 
El siguiente convertidor importante de energía utilizado por los europeos fue la pólvora, una fuente de energía muy superior a la fuerza muscular del arquero o del lancero más fuerte. Con barcos que podían navegar en alta mar y armas que podían superar a cualquier arma de mano, Europa era lo suficientemente poderosa como para apoderarse de grandes áreas vacías del hemisferio occidental en las que verter sus excedentes poblacionales para construir nuevas naciones. 

Con los barcos y las armas también obtuvo el control político sobre áreas pobladas de África y Asia de las que extrajo las materias primas necesarias para acelerar su industrialización, complementando así su dominio naval y militar con la supremacía económica y comercial.

 
Cuando una sociedad de bajo consumo de energía entra en contacto con una sociedad de alto consumo de energía, esta última siempre parte con ventaja. Los europeos no solo lograron niveles de vida mucho más altos que los del resto del mundo, sino que además lo hicieron mientras su población crecía a tasas muy superiores a las de otros pueblos. De hecho, el porcentaje de europeos respecto de la población mundial total se duplicó en apenas tres siglos. De ser la sexta parte en 1650, la población de ascendencia europea pasó a ser casi un tercio de la población mundial en 1950.

 
Al mismo tiempo, la mayor parte del mundo no pudo incrementar sus fuentes de energía al nivel que crecía su población. De hecho, el consumo de energía per cápita disminuyó en muchos lugares. Es esta diferencia en el consumo de energía la que ha resultado en una brecha cada vez mayor entre un tercio de la población que vive en países de alto consumo energético y la mayoría de dos tercios que vive en áreas de bajo consumo energético.

 
A los llamados países subdesarrollados les está resultando mucho más difícil alcanzar el nivel de vida de la minoría afortunada que lo que le resultó a Europa transitar de un bajo consumo a un alto consumo de energía. Por un lado, su tierra cultivable per cápita es mucho menos favorable; por otro, no pueden dar salida a las poblaciones excedentes para facilitar esa transición ya que todos los espacios con baja densidad poblacional han sido ocupados por personas de ascendencia europea.

 
Casi todos los países de bajo consumo energético tienen una densidad de población muy grande que perpetúa la dependencia de la agricultura tradicional intensiva que, por sí sola, apenas puede producir alimentos suficientes para su gente. No tienen suficientes acres per cápita para justificar el uso de animales domésticos o maquinaria agrícola, aunque mejoras en las semillas, en la gestión de los suelos o en las herramientas podrían traer algunos avances. Sin embargo, una parte muy importante de su población activa debe permanecer trabajando la tierra, y esto limita la cantidad de energía excedente que pueden producir. La mayoría de estos países deben elegir entre usar este pequeño excedente de
energía para elevar su muy bajo nivel de vida o posponer las recompensas presentes en aras de ganancias futuras invirtiendo ese excedente en nuevas industrias. La elección es difícil porque nada garantiza que las privaciones del presente no sean en vano. Esto es así debido a la rapidez con la que las
medidas de salud pública han reducido las tasas de mortalidad, dando como resultado un crecimiento de la población tan o incluso más alto que el de las naciones de alto consumo energético. La de estos países es una elección amarga; explica gran parte de su sentimiento antioccidental y podría presagiar periodos prolongados de inestabilidad mundial.

La estrecha relación que existe entre el consumo de energía y el nivel de vida puede ilustrarse con el ejemplo de la India. A pesar de su continuado esfuerzo planificador llevado a cabo desde su independencia de Reino Unido, los ingresos per cápita en India siguen siendo de tan solo 20 céntimos diarios; su mortalidad infantil es cuatro veces la nuestra; y la esperanza de vida es menos de la mitad que la de los países industrializados de Occidente. Estas son las consecuencias del bajísimo consumo de energía de la India: un catorceavo del consumo promedio mundial; una octava parte del nuestro.

 
También es muy preocupante el hecho de que, si bien la producción mundial de alimentos aumentó un 9% en los seis años de 1945 a 1951, la población mundial aumentó un 12%. No solo la población mundial está aumentando más rápido que la producción mundial de alimentos, sino que, lamentablemente, los aumentos en la producción de alimentos tienden a ocurrir en los países que ya están bien alimentados y tienen un alto nivel de energía, en lugar de los países con mayor pobreza energética, donde los alimentos son más escasos. Creo que no hace falta insistir en la importancia de los recursos energéticos para nuestro propio futuro.
La civilización occidental descansa sobre una base tecnológica que requiere enormes cantidades de combustibles fósiles. ¿Qué seguridad tenemos entonces de que nuestras necesidades energéticas seguirán siendo abastecidas por los combustibles fósiles? La respuesta es, a la larga, ninguna.

 
La Tierra es finita. Los combustibles fósiles no son renovables. En este sentido, nuestra base energética difiere de la de todas las civilizaciones anteriores. Estas podrían haber mantenido sus fuentes de energía usando prácticas agrícolas conservadoras. Nosotros no podemos hacer eso. El combustible fósil que se quema desaparece para siempre. Los combustibles fósiles son más efímeros que los metales. Estos últimos también son recursos no renovables amenazados por el agotamiento final, pero siempre se puede rescatar algo de la chatarra. Los combustibles fósiles no dejan residuos cuando se queman y no hay nada que el hombre pueda hacer para reconstruir las reservas que ya se agotaron. Los recursos fósiles se crearon originalmente a partir de la energía del sol hace 500 millones de años y sus reservas finales tardaron eones en acumularse.

 
Ante el hecho fundamental de que las reservas de combustibles fósiles son finitas, la duración exacta de estas reservas es clave en un aspecto: cuanto más duren, más tiempo tenemos para inventar formas de vivir con fuentes renovables o renovables o de sustituir nuestras fuentes energéticas y de ajustar nuestra economía a los grandes cambios que podemos esperar de su agotamiento.

 
Los combustibles fósiles se asemejan al capital en un banco. Un padre prudente y responsable utilizará ese capital con mesura para transmitir a sus hijos la mayor parte posible de su herencia. Un padre egoísta e irresponsable lo desperdiciará en una vida de desenfrenos y no le importará lo más mínimo lo ocurrirá con su descendencia.

 
Ingenieros que, por su trabajo, están familiarizados con cálculos energéticos; industriales con visión de futuro que saben que la energía es el factor principal que debe entrar en toda planificación; gobiernos responsables que se dan cuenta de que el bienestar ciudadano y el poder político de sus países dependen de obtener los suministros energéticos adecuados... todos ellos han comenzado a preocuparse por los recursos energéticos. Muchos estudios realizados en nuestro país en los últimos años y buscado obtener información precisa sobre las reservas de combustibles fósiles y sus necesidades futuras.

Por supuesto, las estimaciones que dependen del factor humano nunca son exactas. El tamaño de las reservas recuperables depende de la capacidad de los ingenieros para mejorar la eficiencia de su extracción y uso. También depende del descubrimiento de nuevos métodos para obtener energía a partir de recursos de peor calidad costes que puedan soportarse sin impactar al nivel de vida. Las estimaciones de las necesidades futuras, a su vez, se basan en gran medida en las cifras de población que siempre suponen un elemento de gran incertidumbre, especialmente si el hombre llega a un punto en el que es capaz de controlar su modo de vida.

 
Las estimaciones actuales de las reservas de combustibles fósiles varían en un grado asombroso. En parte esto se debe a que los resultados de los cálculos difieren mucho si no se tiene en cuenta el costo de extracción o si no se tiene en cuenta el crecimiento de la población; o, lo que es igualmente importante, no se da suficiente peso al aumento del consumo de combustible necesario para procesar metales inferiores o sustitutos. Estamos llegando rápidamente a un punto en el que el agotamiento de los metales de mejor calidad nos obligará a recurrir a las calidades inferiores, lo que requerirá en la mayoría de los casos un mayor gasto de energía por unidad de metal.

 
Pero la más importante distinción entre las estimaciones de reservas optimistas y pesimistas es que los primeros generalmente hablan del futuro inmediato (los próximos veinticinco años más o menos) [Nota: hasta la década de los 80], mientras que los pesimistas piensan en términos de un siglo a partir de ahora [Nota: hasta mitad del silgo XXI]. Un siglo o incluso dos es un lapso muy breve en la historia humana. 

Parece más sensato considerar el largo plazo, incluso si esto nos enfrenta con algunas verdades incómodas. Porque es una verdad incómoda que, según las mejores estimaciones, las reservas de combustibles fósiles recuperables a no más del doble del coste actual se agotarán en algún momento entre los años 2000 y 2050, si se mantienen las tasas de crecimiento demográfico y de nivel de vida actuales. Primero desaparecerán el petróleo y el gas natural, el carbón se acabará después. Quedará carbón en la tierra, por supuesto. Pero será tan difícil de extraer que los costos de la energía se elevarían a niveles económicamente intolerables, por lo que será necesario descubrir nuevas fuentes de energía o reducir drásticamente el nivel de vida. 

Durante más de cien años hemos alimentado un número cada vez mayor de máquinas con carbón; durante cincuenta años hemos bombeado gasolina y petróleo a nuestras fábricas, automóviles, camiones, tractores, barcos, aviones y hogares sin pensar en el futuro. Ocasionalmente, la voz de una Cassandra se ha alzado para luego silenciarse rápidamente cuando un descubrimiento afortunado ha hecho revisar al alza las reservas estimadas de petróleo, o cuando se ha encontrado un nuevo yacimiento de carbón en algún lugar remoto. Se pueden esperar menos descubrimientos de este tipo en el futuro, especialmente en los países industrializados donde se ha realizado un mapeo extenso de los recursos.

Sin embargo, algunos divulgadores científicos nos quieren hacer creer que no hay motivo para la preocupación, que las reservas durarán miles de años y que antes de que se agoten, la ciencia habrá obrado un milagro. Nuestra pasada historia y confort del que disfrutamos actualmente nos han llevado a una idea romántica de que las cosas que tememos nunca sucederán realmente, que todo sale bien al final. Pero los hombres prudentes deberían rechazar las falsas ideas  tranquilizadoras y harían bien en enfrentarse a la realidad de los hechos para poder planificar sabiamente las necesidades futuras.

 
Echando la vista hacia el futuro, desde mediados del siglo XX, no podemos estar demasiado seguros de que los altos estándares de vida actuales continúen durante el próximo siglo y más allá. El precio de los combustibles fósiles pronto comenzará a aumentar a medida que se agoten las mejores reservas, así mismo se requerirá de un mayor esfuerzo para obtener la misma energía de las reservas restantes.

 
También es probable que el combustible líquido sintetizado a partir de carbón sea más caro. ¿Podemos estar seguros de que cuando los combustibles fósiles económicamente recuperables desaparezcan, la ciencia habrá desarrollado tecnología para mantener un alto nivel de vida a partir de fuentes de energía renovables?

 
Creo que sería prudente suponer que las principales fuentes de combustibles renovables que podemos esperar aprovechar antes de que se agoten las reservas fósiles suministrarán solo entre el 7 y el 15 % de las necesidades energéticas futuras. Las cinco fuentes renovables más importantes son la leña, los desechos agrícolas, el viento, la energía hidráulica y el sol.

 
Es dudoso que la leña y los desechos agrícolas puedan usarse como sustitutos debido a las crecientes necesidades de alimentos. Es más probable que la tierra se utilice para la producción de alimentos que para reforestación; los desechos agrícolas pueden ser más necesarios para fertilizar el suelo que para alimentar las máquinas.

 
Las energías eólica e hidráulica pueden proporcionar un pequeño porcentaje de nuestras necesidades energéticas. Además, al igual que ocurre con la energía solar, se requerirán costosas estructuras, aprovechando terrenos y metales que también escasearán. Nada de lo que sabemos hoy en día justificaría confiar demasiado en la energía solar, aunque probablemente resultará factible para calentar hogares en localidades favorables y para cocinar en países cálidos que carecen de madera abundante, como la India.

 
Más prometedor es el futuro de la energía nuclear. Aunque no se trata propiamente de una fuente renovable, al menos no en el estado actual de la tecnología; sin embargo, su potencial para la auto-regeneración  y la enorme producción de energía que se obtiene a partir de pequeñas cantidades de material fisionable, así como el hecho de que dichos materiales son relativamente abundantes, parecen colocar a los combustibles nucleares en una categoría diferente a la de los combustibles fósiles. Sin embargo, la eliminación de los residuos radiactivos de las centrales es un problema que debe resolverse antes de que haya un uso generalizado de la energía nuclear. Otro límite de la energía nuclear es que no sabemos cómo emplearla de otra manera que no sea en grandes centrales para producir electricidad o suministrar calefacción. Por sus características inherentes, el combustible nuclear no puede utilizarse directamente en máquinas pequeñas, como automóviles, camiones o tractores. Es dudoso que en un futuro próximo pueda proporcionar combustible económico para aviones o barcos civiles, excepto para los muy grandes. En vez de desarrollar locomotoras nucleares, podría ser interesante mover trenes con electricidad producida en centrales nucleares. Estamos al comienzo de la tecnología nuclear, por lo que es difícil predecir lo que se podrá conseguir.

El transporte, el elemento vital de todas las civilizaciones técnicamente avanzadas, podría estar asegurado, una vez hayamos superado el alto costo inicial de electrificar los ferrocarriles y reemplazar los autobuses con tranvías o trenes eléctricos interurbanos. Pero, a menos que la ciencia pueda realizar el milagro de sintetizar el combustible para automóviles a partir de alguna fuente de energía aún desconocida, o a menos que los cables de los tranvías impulsen los automóviles eléctricos en calles y carreteras, sería prudente prepararse para la posibilidad de que automóviles, camiones, autobuses y tractores desaparezcan definitivamente. Antes de que se acabe todo el petróleo y no se pueda ya hidrogenar carbón para obtener combustibles líquidos sintéticos, es posible que el costo del combustible para automóviles haya subido hasta un punto en el que los automóviles privados sean demasiado caros y el transporte público vuelva a ser un negocio rentable.

 
El automóvil es hoy en día el uso energético menos económico. Su eficiencia es del 5% frente al 23% del ferrocarril eléctrico (diésel). Es el más voraz consumidor de combustibles fósiles, representando más de la mitad del consumo total de petróleo en este país. Y el petróleo que usamos en los Estados Unidos en un año le tomó a la naturaleza unos 14 millones de años crearlo. Curiosamente, el automóvil, que es la mayor causa individual del rápido agotamiento de las reservas de petróleo, podría ser el primero en sufrir por el agotamiento de combustible. La reducción en el uso de automóviles requerirá una reorganización muy costosa del modo de vida en las naciones industrializadas, particularmente en los Estados Unidos. Parecería prudente tener esto en cuenta en la futura planificación de ciudades y emplazamientos industriales.

 
Las reservas conocidas actuales de materiales fisionables son varias veces las reservas netas (económicamente recuperables) de carbón. Antes de que termine este siglo, se llegará a un punto en el que el coste de los combustibles fósiles habrá aumentado lo suficiente como para que el combustible nuclear sea económicamente competitivo. Antes de que llegue ese momento tendremos que esforzarnos en aumentar fuertemente nuestros conocimientos científicos e ingenieriles. También deberemos estimular a muchos más jóvenes estadounidenses a convertirse en ingenieros metalúrgicos y nucleares. De lo contrario, no tendremos el conocimiento o la gente necesarios para construir y hacer funcionar las plantas de energía nuclear que, en última instancia, tendrán que satisfacer la mayor parte de nuestras necesidades energéticas futuras. Si comenzamos a planificar ahora, podremos lograr el nivel requerido de conocimiento antes de que se agoten nuestras reservas de combustibles fósiles, pero el margen de seguridad es pequeño. Esto también se basa en la suposición de que se podrá evitar una guerra atómica y que el crecimiento de la población no excederá el que ahora estiman los expertos en demografía. 

La guerra, por supuesto, desbarata todos los planes del hombre. Incluso un mero aumento de la tensión, aun sin llegar a la guerra, podría tener efectos de largo alcance. Por un lado, una escalada en la tensión podría conducir a una mayor conservación de los combustibles producidos localmente, a un aumento de las importaciones de petróleo y finalmente a una aceleración en la investigación que pudiera dar lugar a inesperadas fuentes de energía. Por otro lado, la carrera armamentista resultante agotaría las reservas de metales más rápidamente, acelerando el momento en que se tengan que utilizar metales de inferior calidad, con el consiguiente mayor gasto de energía. Las naciones subdesarrolladas con yacimientos de combustibles fósiles podrían verse obligadas a desviarlos de su venta al mundo libre o podrían decidir conservarlos para su propio uso futuro. El efecto sobre Europa, que depende enormemente de las importaciones de carbón y petróleo, sería desastroso y tendríamos que compartir nuestros propios suministros o perder a nuestros aliados.

 
Salvo guerra atómica o cambios inesperados en la curva de población, podemos esperar un aumento de la población mundial de dos mil quinientos millones en la actualidad a cuatro mil millones en el año 2000; y de seis a ocho mil millones para 2050. Se espera que Estados Unidos cuadruplique su población durante el siglo XX, de 75 millones en 1900 a 300 millones en 2000, y alcance al menos 375 millones en 2050. Esto equivaldría casi exactamente a la población actual de India, aunque esta tiene poco menos de la mitad de nuestra superficie nacional. Asombra contemplar una gráfica del crecimiento de la población mundial desde los tiempos prehistóricos, hace decenas de miles de años, hasta por ejemplo el año 2000. Si visualizáramos la curva de población como una carretera que comienza a nivel del mar y sube a medida que aumenta la población mundial, deberíamos verla estirarse sin cesar, casi a ras de suelo, durante el 99% del tiempo que el hombre ha habitado la tierra. En el año 6000 a.C., cuando empiezan los registros históricos, la carretera se encontraría a una altura de unos 70 pies sobre el nivel del mar, lo que correspondería a una población de 10 millones. Siete mil años después, en el año 1000 d.C., la carretera alcanzaría una altura de 1,600 pies; la cuesta se volvería algo más empinada, y 600 años más tarde la carretera llegaría a una elevación de 2,900 pies. Durante el corto lapso de los siguientes 400 años, de 1600 a 2000, la carretera daría un brusco giro hacia arriba con una inclinación casi perpendicular y subiría directamente a 29,000 pies, alcanzando la altura del monte Everest, la montaña más alta del mundo. En los 8000 años desde el comienzo de la historia hasta el año 2000, la población mundial habrá crecido de 10 millones a 4 mil millones, y el 90% de ese crecimiento habrá tenido lugar durante el 5% final de ese periodo, en 400 años. Se necesitaron 3000 años desde los primeros registros para lograr la primera duplicación de la población, 100 años para la última duplicación, pero la próxima requerirá tan solo 50 años. Los cálculos indican que uno de cada 20 seres humanos nacidos en este mundo está vivo en la actualidad.

 
El rápido crecimiento de la población no nos ha dejado tiempo para reajustar nuestras ideas. No hace mucho más de un siglo, nuestro país, el mismo lugar en el que me encuentro dando este discurso ahora, era un desierto en el que un pionero podía encontrar su libertad independientemente de otros hombres y su gobierno. Si había mucha gente, si el humo de la chimenea del vecino le molestaba, podía, y a menudo lo hacía, hacer las maletas y mudarse al oeste. Nuestro país surgió en 1776 como una nación de menos de cuatro millones de personas, repartidas en un vasto continente que disponía de riquezas naturales aparentemente inagotables. Conservamos lo que parecía escaso, el trabajo humano, y derrochamos lo que parecía abundante, los recursos naturales, y hoy seguimos haciendo lo mismo.

Gran parte de la naturaleza salvaje que forjó el carácter estadounidense ha sido enterrada bajo ciudades, fábricas y suburbios donde las ventanas van a dar a patios traseros y desde donde el humo de la chimenea del vecino es claramente visible. La vida en comunidades superpobladas no puede ser igual que la vida en la frontera. Ya no somos libres, como fueron los pioneros, para satisfacer nuestras necesidades más inmediatas sin preocuparnos por el futuro. Ya no somos tan independientes de los otros hombres y del gobierno como eran los estadounidenses de hace varias generaciones. Una parte cada vez mayor de lo que ganamos debe destinarse a resolver los problemas causados por el incremento de población: gobiernos más grandes; presupuestos municipales, estatales y federales también más grandes para pagar más servicios públicos. El mero hecho de proveernos de agua potable y gestionar los residuos es cada vez más difícil y caro. Se necesitan más leyes y organismos encargados de hacer cumplir la ley para regular las relaciones humanas en nuestras abarrotadas urbes y carreteras que las que se necesitaban en la América de Thomas Jefferson. Ciertamente, a nadie le gustan los impuestos, pero debemos hacernos a la idea de tener impuestos altos si América es más grande.

 
Creo que este es un buen momento para pensar seriamente en nuestro compromiso para con nuestros descendientes, aquellos que vivirán el fin de la era de los combustibles fósiles. Nuestra mayor responsabilidad, como padres y ciudadanos, es brindarles a los jóvenes estadounidenses la mejor educación posible. Necesitamos los mejores maestros y para preparar a nuestros estudiantes para un futuro mucho más complicado que el presente, y necesitamos un número mayor de hombres y mujeres competentes y capaces. Esto significa que no debemos retrasar la construcción de más escuelas, universidades y guarderías. Esto significa que debemos aceptar pagar impuestos más altos para mantener un cuerpo docente y de maestros bien capacitados, incluso si eso supone negarnos caprichos pasajeros como comprar un coche más grande, una televisión o un electrodoméstico nuevo. Deberíamos darnos cuenta, creo yo, que estos pequeños sacrificios serán más que compensados por los beneficios que reportarán a la América del futuro. Incluso podríamos, si  quisiéramos, reducir un poco el consumo de combustibles y de metales aquí y allá para que los jóvenes tengan un mayor margen para los ajustes que se necesitarán en un mundo sin combustibles fósiles.

 
Me gustaría dejarles con una última reflexión: Un consumo alto de energía siempre ha sido un requisito previo para ejercer el poder geopolítico. La tendencia es que el poder político se concentre en un número cada vez menor de países. En última instancia, la nación que controle los mayores recursos energéticos será la que domine el mundo. Si reflexionamos sobre el problema de los recursos energéticos, si actuamos inteligentemente y a tiempo para conservar lo que tenemos y para prepararnos bien para retos del futuro, aseguraremos esta posición dominante para nuestro propio país.

miércoles, 13 de abril de 2022

Las Guerras COB (y VIII)

Queridos lectores:

Llegamos por fin a la última entrega de esta saga, más que serie, que ha escrito el maestro Beamspot sobre las razones de la escasez de chips. En la entrega de hoy se analiza qué es lo que va a pasar en los próximos años, a partir de los cambios de comportamiento de la ciudadanía y de la política de ayudas de los países occidentales.

Les dejo con Beamspot.

Salu2.

AMT

 

 (enlace a la 7ª parte). 

Las Guerras COB. 8ª parte.

¿Y ahora qué?


Prólogo.

Ahora que ya se han explicado una parte sustancial de las causas que nos han traído hasta aquí, aunque obviamente no todas, es hora de intentar ver el curso que se seguirá en el futuro próximo.


Pero esto plantea una serie de dudas sobre qué pasará a partir de ahora, por mucho que algunas proyecciones se puedan hacer simplemente viendo lo que ha pasado.


Aún así, hay algunos puntos más que comentar para poder elucubrar qué sorpresas nos puede reservar el por venir.


Pero primero, veamos algunos efectos colaterales del Covid.


Psicosis.


Toda la pandemia está afectando a la población mundial en muchos sentidos, muchos de ellos poco publicitados.


Uno de los cambios más radicales pero no publicitados, es el éxodo de gente desde las grandes urbes hacia localidades menos habitadas, dónde sea más fácil el mantener la distancia social, tener más m² de vivienda en la que compartir, y mejor calidad de vida en ‘la nueva normalidad’.


Este término del que se abusa es muy relevante, hasta central en esta serie que culmina con esta entrada.


Me refiero al establecimiento del teletrabajo.


No sólo se trata de ‘trabajar desde casa’, las tecnologías de comunicaciones, las 5G.


Uno de los problemas históricos de la humanidad es el de las grandes ciudades. Las grandes urbes tienen ciertas ventajas, obviamente, pero también ciertas desventajas, y una de ellas es precisamente el tema sanitario.


La masificación es un gran vector de transmisión de enfermedades, y es precisamente eso lo que ha causado no pocas pandemias y oleadas mucho peores entre la humanidad. Además, también tiene ciertos efectos secundarios: el tamaño de las viviendas y el coste de vivir en esas grandes urbes están inversa y directamente relacionadas.

Eso hace que cuando estalla una oleada pandémica, el vivir en pequeños nichos tamaño caja de cerillas a un precio astronómico haga muy difícil el mantenerse en esa situación, favoreciendo que todo aquel que pueda se vaya a pastos más verdes, amplios, saludables y baratos.

Otro efecto secundario, es que mucha gente se da cuenta del estado lamentable de sus vidas, su trabajo, y su (probablemente hasta entonces) ‘entorno vital’, y decidan dar un cambio radical en sus vidas ante la nueva situación.


Radical desde el punto de vista de ‘lugar en que uno tiene las raíces’, o sea, lugar de residencia. Eso incluye el trabajo que uno desempeña.


Algunos, más que planteárselo, se les ha ‘impuesto’: cierres ‘temporales’, ERTE’s, cierres definitivos, despidos, pérdidas del puesto de empleo, imposibilidad de hacer frente a unos pagos elevados al perder poder adquisitivo por un ERTE, por no hablar directamente de pérdida de trabajo, quiebras, etc.


Otros, ante el gran cambio de las condiciones laborales, simplemente prefieren cambiar de trabajo al no encontrar el actual satisfactorio, o al ver escaso futuro en dicho trabajo.


Algunos sectores han sido (y vuelven a estar) muy afectados por la situación, como la hostelería y el turismo (que es un pellizco nada desdeñable del PIB español), el comercio local, etc. 


Además, el cambio de lugar de residencia ha hecho que esto tenga una apariencia ‘fractal’: en unos lugares se ha ‘secado’ del todo la demanda, mientras que en otro apenas se ha notado, incluso algunos sectores en algunos lugares se han encontrado con un aumento de su demanda.


De nuevo, cambio en la mentalidad y por tanto en las costumbres de consumo, lo cual echa al traste las previsiones de demanda, sobre las cuales se planifica la producción.


Sin embargo, esto va más allá de simplemente el cambio del lugar de residencia. Esto tiene una afectación económica, social, cultural, política, financiera, laboral y médica importante. Y lo que más resalta y se va a notar es en la parte económica y financiera.


Son cambios estructurales muy importantes, y sólo están empezando a enseñar la patita: la escasez de semiconductores es la primera muestra, la primera señal, la primera oleada de algo que se va a ir acentuando en muchas otras áreas.


5G, de nuevo.


Obviamente, uno de los ‘vehículos’ o ‘medios’ que han ayudado mucho a todo este cambio, es la posibilidad de trabajar desde casa en muchos casos. Las tecnologías de la comunicación.


Por supuesto, es obligado mencionar que las 5G precisamente se defienden en este área, aunque cubran muchas más, pero es este cambio lo que da alas a seguir impulsando esta tecnología.


El hecho de ‘mandarnos a casa a trabajar’ ha hecho que, ‘por fin’ se popularice esta posibilidad que en España no estaba suficientemente explotada y que se hacía de rogar. Razones culturales había de sobras, reticencias, costumbre, leyes, muchas cosas ayudaban a que no se implementase a una velocidad más razonable. El Covid ha sido la gran razón que ha llevado a muchos a dar el paso, obligatorio al principio, evidente después.


Veamos algunas de esas obviedades.


El trabajador pierde menos tiempo en desplazamientos, en prepararse para ir al trabajo o volver de él, en el cuidado de la vestimenta y otros elementos indirectos, etc. Además ofrece una mayor calidad de vida y una mejor compaginación con la vida familiar (llevar niños al cole, por ejemplo).


Por supuesto, eso significa menos gastos de desplazamiento, incluso el poder quitarse de encima un coche con sus gastos asociados y pérdidas de tiempo relacionadas, el problema del aparcamiento, etc.

Eso implica un mayor poder adquisitivo (a final de mes hay más dinero en la cuenta, ese que uno se ha ahorrado).

El trabajador sale ganando.


Por el lado del empresario, significa que igual puede reducir el tamaño de su oficina, cosa que si está de alquiler puede ser realmente significativa. De forma directa, hay una reducción de los costes bastante importante en el apartado de infraestructura. Y de gasto energético (climatización, iluminación, electricidad).


Otra ventaja, es que sus empleados no sólo suelen estar más contentos, también suelen rendir más, al haber menos interacción con otros compañeros u otras actividades. Por no hablar de que resulta fácil que los empleados dediquen más esfuerzos al trabajo.


Eso implica que la empresa es más eficiente, y por tanto más rentable al reducir gastos mientras la productividad se mantiene o incluso aumenta, por no hablar de que mejora la implicación de sus empleados.


La empresa sale ganando.


El hecho que haya menos desplazamientos laborales implica que, a pesar de un cierto aumento en el consumo energético debido al aumento de las comunicaciones, haya menos emisiones. Eso significa que se consumen menos combustibles fósiles (para los vehículos), a costa de algo más de electricidad (¿hecha a partir de qué?) para la infraestructura de comunicación.


El clima sale ganando. Y la contaminación en las grandes urbes, sobre el papel, también.


Muchas empresas están en grandes ciudades, así que mucha gente está obligada a vivir en lugares caros debido precisamente a este hecho. Ahora, muchos se han ido a vivir a lugares menos, o mucho menos habitados (la España Vaciada). Así que ese dinero que  se movía y se concentraba en las zonas metropolitanas ahora se esta redistribuyendo junto con la gente en zonas mucho más ‘vacías’.


Ahí el país, además del medio ambiente, salen ganando de nuevo.


En el fondo, es uno de los pocos ejercicios de mejora de la eficiencia de nuestra sociedad.


Supuestamente, eso es bueno.


Pero hay algunos inconvenientes.


El primero, es que resulta bastante más difícil para muchos el distinguir entre vida laboral o profesional y vida privada, resulta fácil la intromisión dentro de la vida privada. Además, resulta demasiado fácil el dedicar más esfuerzo al trabajo del debido.


Pero también resulta más fácil el ‘escaquearse’ de currar. En ese aspecto, es un arma de doble filo para ambos lados: empresario y trabajador.


Desde el punto de vida económico, resulta que una parte de los gastos de infraestructura que la empresa pone, ahora los asume el empleado: climatización, luz, electricidad, infraestructura de comunicaciones. Ojo que una parte los tiene de todas formas, pero una cierta subida del consumo energético, especialmente debido a las comunicaciones, pero también notable en la parte de climatización, existe. 

 

Que eso compense los ahorros por transporte y otros gastos indirectos es otra cosa y depende de cada caso, si bien lo habitual suele ser que los ahorros sean bastante mayores que los nuevos gastos.


Por otro lado, todos estos edificios de oficinas y similares, son negocios que se van a la ruina. El dinero que se ahorran las empresas que estaban en dichos edificios significa una pérdida para otras empresas que simplemente quiebran, y con ellas, sus empleados (la gente de mantenimiento y limpieza, seguridad, etc, empleados que no pueden teletrabajar).


Las grandes ciudades también pierden ciudadanos (por ejemplo Madrid y Barcelona), y por eso los medios de transporte público, ese gran lugar de fiesta para los virus, una de sus víctimas. Eso implica que la eficiencia que es precisamente el puntal de las grandes ciudades, también pierde.


Pero menos ciudadanos significa menos ingresos, en lo que era una gran ciudad con muchos gastos que además iban en aumento, y que ahora se va a encontrar que la falta de eficiencia les juega una mala pasada.


Y es que la eficiencia es justo lo contrario de la resiliencia, son antónimos. Si aumentas la primera, pierdes de la segunda, y viceversa.


La Piedra Negra.


Y es en esa tesitura que nos encontramos uno de los movimientos de fondo importantes, una nueva dinámica que nos va a marcar la situación en un futuro no muy lejano.


El gran éxodo de gente que deja las grandes urbes para irse a otras poblaciones más pequeñas tiene ciertas consecuencias económicas tampoco muy publicitadas.


La primera es que muchos se venden la vivienda capitalina para comprarse por esa misma cantidad de dinero una vivienda más grande y espaciosa, quizás con jardín o terrazas y en lugares menos concurridos.


Eso implica que hay mucha oferta de vivienda en la capital por parte de aquellos que se van, y mucha demanda en otras partes. Otro ‘boom inmobiliario’ en toda regla.


Obviamente, la subida de precios en los lugares de destino (y el bombeo de dinero hacia dichos lugares) es una de las cosas más obvias. No muy lejos de las grandes capitales ya se ha ‘secado’ la oferta que llevaba estancada desde el estrepitoso descalabro de 2008.


Entonces viene otra pregunta: si una gran parte de la población se va, ¿quién compra? Es decir, el lugar de salida, esa gran urbe que en un principio estaba muy cotizada pero que ahora ha perdido atractivo, los precios tienen que bajar, ¿no?

Bueno, pues parece ser que efectivamente los precios no han subido, y aunque la demanda de vivienda en esas grandes ciudades no cayó como en otras partes, además de recuperarse tras la crisis de 2008, eso no justifica que haya tanta demanda como oferta.


Se impone pues la pregunta del millón ¿quién compra?


Pues al parecer, grandes grupos inmobiliarios (de hecho, de fondos de inversión) o con intereses similares. Hay uno que destaca sobre otros: Black Rock, la roca o piedra negra.


Una ojeada a los portales inmobiliarios de los centros capitalinos así como de los lugares de destino puede arrojar sorpresas en cuanto a precio, destacando que las latas de sardinas viviendas que antaño tenían demanda ahora no están en su mejor momento.


El Retorno del Currante.


Que los medios de comunicación en su momento soltasen a todo bombo y platillo y a los cuatro vientos que el teletrabajo ha llegado para quedarse, ayudó mucho, pero evidentemente no fue la principal razón (la Covid y el intento de huir de confinamientos estrechos mientras se reducía la posibilidad de contagios, que es el principal causante).


Las razones de estas compras por parte de grandes empresas no es sólo por el tema de una oferta buena en precio y ubicación, también está el precio del alquiler (al alza) y las posibilidades de alquiler turístico, aunque haría falta toda una serie entera para explicar los entresijos económicos que hay detrás. Probablemente el menos conocido de todos, es que estas corporaciones huyen de ‘la seguridad’ de los Bonos del Estado y otras cosas y prefieren poner su dinero en el ‘ladrillo’. En otras palabras: están huyendo del ‘capital público’ para irse al ‘capital privado’.


Una de las visiones cortoplacistas que pueden tener, ya se está viendo en efecto tras los últimos titulares de esos mismo medios de comunicación (que a saber cómo se financian) diciendo que ‘la vuelta a la oficina’ va a marcar ciertos cambios.


Si, esos mismos que decían que íbamos a teletrabajar y que ya no hay vuelta atrás, ahora son los mismos adalides que preconizan la vuelta a la oficina cual vuelta al cole y por tanto el regreso de los ‘exiliados sanitarios’ que habían ido a ‘la España Vaciada’, y que ahora regresan ‘a la Civilización’.


Ese regreso en varios casos implica que no vuelven a ‘su hogar’, y que probablemente necesiten ahora alquilar una vivienda… propiedad de Black Rock (o la que sea).


Obviamente, semejante vuelta atrás no está siendo tan grande. No son millones de personas las que han hecho esto, y muchos de los que veían venir ese regreso no vendieron nunca su vivienda capitalina, simplemente se fueron bien de alquiler, bien a su segunda residencia.


Otros muchos se fueron a lugares bien comunicados para ir a la capital en transporte público o incluso privado dependiendo de la ubicación de su trabajo y de si esa vuelta era a jornada completa o sólo puntual.


Que una parte de los que se fueron han vuelto o volverán es algo obvio. Pero hay mucha gente que ha tomado la decisión de no volver, y eso tiene ciertas repercusiones que van más allá, y que van a conformar parte de lo que viene.


Esta gente, cansada de la vida anterior, ha ‘descubierto’ otro tipo de vida, menos estresante y más interesante, y que económicamente hasta les va mejor. Esto último es probablemente la mejor causa por la que no piensan volver.


Obviamente cada país tiene sus peculiaridades, especialmente en este tema de residencia y de trabajo. España es bastante ‘inmovilista’ y tiene mucha inercia de permanecer al menos en el área en la que uno ha nacido.


Otros países, sin embargo, no sólo son más ágiles, sino que su legislación laboral es muchísimo más ‘acelerada’, y además eso se demuestra en su cultura. El caso importante en este asunto se puede mostrar en el corazón del imperio, los EE.UU.


Allí se ha dado un efecto, impensable aquí, denominado The Great Resignation, El Gran (auto)Despido: gran cantidad de empleados se largan de su puesto de trabajo a otros ‘pastos más verdes’.


No es muy diferente de lo que ha pasado por aquí en cuanto a concepto cultural (en ambas partes se ha notado la diferencia de nivel y coste de vida, así como la ‘calidad’ del trabajo, pero por aquí las reticencias y los costes asociados a cambiar de trabajo son más elevados, por lo que se prefiere seguir en el puesto de forma más habitual), sólo a nivel de escala: allí la gente que ha dejado el trabajo es mucha (en proporción), pero además se han ido mucho más lejos, dejando atrás todo: California y Nueva York han perdido cientos de miles de ciudadanos que se han ido a lugares con menos restricciones e impuestos como Texas y, sobre todo, Florida.


Esa es una de las principales causas por las que los puertos californianos, así como el de NY, estén colapsados: los empleados se han largado por el cansancio de pasar interminables horas de trabas burrocráticas que nada aportan mientras cada vez les cuesta más llegar a fin de mes. Y, en otras partes, se han encontrado que con un salario más bajo no sólo viven mejor, también tienen más poder adquisitivo debido a un coste de la vida menor.


Por supuesto, todo esto ha causado grandes tensiones asociadas a muchas de las carencias actuales, mucha redistribución de puestos de trabajo, de riqueza, de empleo, falta de recursos humanos en ciertas áreas… y en los EE.UU., además, una cosa que por aquí no ha pasado ni se la espera: subidas salariales.


La estructura social allí es diferente de por aquí, por supuesto, y esos cambios además son bastante particulares y curiosos… pero que tienen o tendrán sus similitudes por estos lares salvando algunas distancias.


Allí lo que ha subido es lo que por allí se llama la ‘wage class’, y que por aquí podríamos asociar más a aquellos trabajadores que NO pueden teletrabajar, generalmente del sector servicios, y que habitualmente suelen estar en la parte más baja de la sociedad, por debajo de los que SI pueden teletrabajar y que allí denominan ‘salary class’ o clase asalariada.


En corto: la clase media-baja y la clase media-alta de por aquí.


Obviamente, en la península hay gente que puede teletrabajar y gente que no, y no se delimitan de forma tan clara: un administrativo que está en la parte más baja de la escala laboral puede teletrabajar sin más problemas, mientras que otros, por ejemplo, directivos de una fábrica, no.


Pero de todas formas, la reubicación de una parte de la sociedad conlleva con ello la reubicación de otras. Por ejemplo, uno de los colectivos damnificados por las medidas sanitarias, las peluquerías y barberos, dependen de la ubicación de sus clientes. Obviamente no pueden teletrabajar, pero allá donde van los que sí pueden es dónde hace falta este tipo de trabajo.


Los trabajadores de la construcción son otro de esos colectivos, y que ahora demás están sobrecargados de trabajo de nuevo.


Todo eso forma parte de la problemática que tenemos, pero las consecuencias están lejos todavía de estabilizarse… si es que alguna vez lo hacen.


Y es que este ir y venir de gente, este cambio de mentalidad, también afecta a las empresas, especialmente a las de los EE.UU.


Allí unos de los mejor pagados eran (si, en pasado) los informáticos y programadores que hacían cosas de IA, 5G, conduccion autónoma, etc. Muchos de ellos trabajaban presencialmente en California, especialmente en el carísimo Silicon Valley de San Francisco. 


Sueldos de 150.000$/año eran habituales. Tanto que incluso el que esto suscribe recibió ofertas al efecto (para el sector de vehículos autónomos eléctricos).


Pero ahora se han dado cuenta que esos mismos ingenieros que cobraban tanto para trabajar allí (y que se dejaban más de la mitad del sueldo en el alquiler de un apartamento de 15 m²) no tenían porqué trabajar allí.


Así que igual les salía más interesante contratar a un ingeniero con similares características en, por ejemplo, Alabama, pero por la mitad de sueldo.


Pero no hay porqué quedarse dentro del mismo país: la misma oferta que se me hizo para ir a trabajar a Silicon Valley ahora se ha hecho en mi mismo entorno para trabajar desde aquí… por una cuarta parte del sueldo, y como autónomo.


Y eso sí que tiene un paralelismo aquí: ¿porqué pagar 30.000€ a un informático de Madrid o Barcelona o Valencia o Bilbao si puedo pagar 20.000€ a un informático (igual el mismo) para que me haga lo mismo desde Peñafría o Valdelavilla, por ejemplo?


Estamos asistiendo a una gran reestructuración del mercado que verá como ciertas clases más privilegiada pierden parte de esos privilegios y poder adquisitivo, que, de media, se va a resentir.


Esa economización generada en base a irse a vivir a lugares con un coste de la vida más bajo tarde o temprano se va a convertir en bajadas salariales y una economía menos vigorosa… si se mira desde el punto de vista meramente macroeconómico.


Sin embargo hay otros elementos culturales y sociales que van a salir beneficiados, o al menos cambiados. Y que también van a tener su efecto económico tarde o temprano.


Sir John Maynard Keynes.


Ese señor es uno de los prestigiosos y más conocidos economistas de la historia moderna, y una parte de las políticas monetarias y fiscales modernas se basan en sus teorías, teorías que en su momento funcionaron: el keynesianismo.


Las ‘Ayudas Europeas’ a los ‘damnificados por el Covid’ son una aplicación teóricamente ideal de los principios básicos del keynesianismo: la estimulación de la economía mediante deuda pública.


Muchos lectores se preguntarán que tiene que ver el keynesianismo con la escasez de chips y el éxodo de la gente.


Pues tiene que ver con que las ‘ayudas europeas a la Covid’ se basan en dos pilares fundamentales: las renovables por un lado, y que en breve verán su propia serie de artículos (no sólo por este tema, también por los precios de la luz), y la mal llamada ‘revolución Industrial 4.0’ y la ‘apuesta por la digitalización’, que no es más que hablar de nuevo sobre el tema del teletrabajo que se comentaba algo más arriba.


Lo primero a destacar es la hipocresía ‘guasa’  o tomadura de pelo de esas ‘ayudas’ a los ‘damnificados por el Covid’.


Veamos: hemos hablado de cómo los ‘salary class’ o gente que puede teletrabajar (podríamos llamarlo ‘laptop class’ o ‘clase portátil’) continuó con su trabajo mientras que aquellos que tienen (tenemos, aunque sea en parte) la necesidad de trabajar personalmente (peluquerías, camareros, autónomos de los servicios como electricistas, lampistas, operarios) se encontraban sin poder trabajar de ninguna manera, y, en los mejores casos, con salarios reducidos por los ERTE, con cierres y quiebras en los peores.


Al encontrarse el gobierno que a algunos los tenía que indemnizar por obligarlos a cerrar, se cambió la política, se les permitió el abrir y así ahorrarse la indemnización, pero se prohibió a sus clientes el usar sus servicios.


Es decir, se las ingeniaron para darles lo mínimo, hasta el punto que las ‘ayudas’ esas no irán a parar a las necesitadas manos de estos sectores. Ni agua.

No, las ayudas irán a parar a ‘las renovables’ (¿acaso el sector energético ha tenido problemas con la Covid?) y a todo lo que sea ‘digitalización’ (se ve que Amazon y Zoom, así como los fabricantes de semiconductores usados para tales menesteres, están teniendo problemas económicos por falta de demanda con la covid hasta el punto de la quiebra).


Claro que las medidas anti pandemia se tomaron de un día para otro, mientras que esta ayudas llevan más de un año de ‘proceso’ y todavía no han llegado.


Y esas ayudas, europeas (tomadas por gente que está por encima de nuestros gobierno y que NO hemos votado – que levante la mano quien haya votado por Von der Leyen), se hacen en base a deuda europea, siguiendo uno de los dos pilares de la política monetaria que propuso Sir J. M. Keynes: aumentar el gasto público para reactivar la economía.


Eso es lo que se llama actualmente política keynesiana… pasándose por el forro el segundo pilar básico que propuso dicho economista: bajar los impuestos para incentivar el gasto privado para reactivar la economía.


No sólo eso, lo habitual es justo lo contrario a este segundo pilar: ‘papá’ estado coge el dinero de sus ciudadanos en base a subir impuestos, y se pone a gastarlo en sus ‘amigos’ puesto que los ‘malvados’ ciudadanos no se lo gastan ellos, quizás porque no llegan a final de mes.


El aumento del gasto público suele ir asociado con inflación, aunque eso depende mucho de en qué se gaste dicho dinero (y esa explicación, encima relacionada con la Teoría Monetaria Moderna, necesita un artículo o más sólo para ser explicado, así que no se abordará aquí). Por eso precisamente Keynes proponía reducir los impuestos: es deflaccionario.


Al reducir la carga impositiva, baja el precio de las cosas (con el mismo coste), así que la gente tiene más poder adquisitivo. Eso compensa que el gasto público suele incrementar los precios al aumentar la demanda y al haber más dinero en circulación para la misma cantidad de bienes.


Sin embargo, con las ‘ayudas a los ricos’ (que es exactamente lo que están haciendo desde la UE) mientras se suben los impuestos al pueblo llano, junto al hecho que la producción ha bajado mucho debido a la pandemia (pero no así la cantidad de dinero: en muchos países se ha pagado a la gente para que no trabajase, incluso en este aunque fuese sólo una fracción del sueldo), el resultado es el que tenemos: inflación por toda partes, y no pequeña, precisamente.


Un tema conocido en este blog como es el pico de los combustibles fósiles, también aporta su granito de arena con la subida del precio del gas y de la energía en general, aumentando todavía más la inflación. Ahí también hay trileo impositivo, pero es un tema muy complejo que no podemos abordar aquí a pesar de estar relacionado: es uno de los dos pilares de las ‘ayudas’, el tema de unas renovables que no nos dan lo que necesitamos, que no funcionan (de ahí la gran subida de la electricidad en toda Europa).

Todo esto, además, causa un problema muy grave a los gobiernos: la inflación dispara los tipos de interés, y eso aumenta la cantidad de dinero que el gobierno tiene que gastar sólo como gastos financieros, no en forma ‘productiva’.


Dicho de otra manera: nos acercamos a la quiebra financiera de muchos gobiernos, especialmente del área Euro. Y con ello, todo el problema político, social, económico que se va a derivar de esta política equivocada. Esa es la razón por la que los fondos huyen del ‘dinero público’, otrora ‘seguro’, y se van al ‘dinero privado’, aunque vean venir que sea un mal negocio: es menos malo que lo otro.


Dos efectos secundarios más a considerar. El primero, la estanflación tan temida que ya lleva un tiempo con nosotros y que promete ir en aumento: inflación de precios, y empleos y salarios a la baja. Difícil papeleta generalmente, sobre todo porque está bien favorecida por las políticas actuales.


El segundo, quizás el más relevante en muchos sentidos, es el aumento de la ‘economía en B’, mercado negro o economía informal. El ‘recorte de impuestos’ por la vía expeditiva tipo crowfunding. Algo que cada vez más se vé, especialmente en aquellas áreas lejos de las capitales, justo dónde ahora ha ido la gente a vivir.


Algo en aumento, y, que según se mire, puede ser la salvación o la solución a buena parte de la problemática actual.


El Efecto Cantillon.


Otra parte del problema aquí es que el gasto que hacen los gobiernos siempre favorece a ciertos sectores, generalmente ‘amigos’, que son los que se benefician. Si bien se supone que el gasto europeo debería beneficiar a los que más han sufrido con la Covid, o sea, hostelería, turismo, servicios, trabajadores ‘imprescindibles’ y que no pueden teletrabajar, en la práctica los mismos dirigentes ya dicen que NO se ayudará a estos.

En las ‘colas del hambre’ no se ha visto a ningún político. Esa gente es la primera que debería recibir las ayudas europeas. A esos, ni agua les van a dar.

Es a otro grupo social a quién le van a ir a parar la mayoría de las ayudas: todas las empresas grandes que están en el sector energético, así como todas las de comunicaciones y similares. De rebote, todos los grupos financieros que se van a encargar de la gestión monetaria de las ayudas, también se llevarán su tajada.


Ojo, porque la parte que ‘falta’ del IBEX 35, ese ‘25%’ que no se dedica a ninguno de esos tres sectores… se dedica o bien a la inmobiliaria (o sea, como los de Black Rock), o al sector sanitario…


Sin embargo, buena parte del dinero europeo que se dé, no vendrá a España ni al IBEX. Una parte importante se va a otros sectores de forma directa: todo lo que tenga que ver con comunicaciones.


Es decir, la fabricación de semiconductores y el desarrollo de tecnología afín, bien sea para comunicaciones (que es el concepto que usarán para dar dinero a ST y Bosch y demás), bien sea para las renovables.


Ya hemos comentado que cada vez más la electrónica está subdividiéndose en ‘mercados nicho’, y que la batalla por los nm era una carrera con cada vez menos competidores.


ST ya ha anunciado su planta de fabricación de semiconductores (y obleas) de SiC, y también tiene tecnología GaN. Se están posicionando para captar el mercado nicho de las comunicaciones 5G y de la electrónica de potencia de los inverters y cargadores para vehículos eléctricos por una parte… y de todo lo que tenga que ver con la potencia y gestión de energía renovables (inverters y Smart Grid) por otra.


Europa se está posicionando para tener la llave en estos dos sectores. De hecho, hace ya años que la UE impulsa este tipo de tecnologías y demás. Además, también están intentando zafarse del ‘monopolio’ ARM, otrora británico, ahora parece ser norteamericano (en cualquier caso, no europeo gracias al Brexit).


Es cuestión de tiempo que en Europa también intenten evitar la dependencia de China/Taiwan. Otra cosa es Corea del Sur o los EE.UU.


Respecto de los americanos, éstos tienen claro que las nuevas tecnologías punta se deben fabricar en suelo patrio, por eso TSMC y Samsung están anunciando grandes parques de fabricación de semiconductores en ese país, y de tecnologías lo más punteras: 5 nm, dónde fabricar los micros ARM.


Dicho de otro modo: dos grandes bloques ‘occidentales’, a nivel gubernamental, han decidido que la fabricación de semiconductores es algo estratégico y que no se debe ‘hacer fuera’. Ni siquiera se debe permitir que el SW (y FW) asociado sea extranjero.


Desglobalización. Descomplejización.


En ese sentido, la escasez de semiconductores les beneficia a la hora de promover este tipo de acciones. Además, el precario equilibrio que había antes y que ahora se pretende romper sigue con ciertos puntos fuertes por cada lado: USA con su poder económico y bélico, China con su capacidad productiva (y un poder bélico creciente), y Europa con ASML y unos cuantos mercados nicho.


USA y Europa aún colaboran, pero pretenden zafarse del poder de China, y éstos últimos están intentando dejar de depender de ASML, que es la carta más alta de toda la baraja, la que permite que Europa siga todavía en el juego.


Aún así, tanto China como Europa y Rusia están apostando por tecnología RISC-V para alejarse del ARM, incluso hay apuestas europeas para sacar su propio núcleo propietario… que de momento se fabrica en Taiwán.


Todo esto junto, lleva a una nueva carrera para montar fábricas de procesadores y memoria en los diferentes bloques, en el núcleo central (o sea, en Alemania, Francia, y quizás Italia por la parte europea, en España nos podemos olvidar de que nos dejen ser nada más que su granero). Todo ello convenientemente regado con papelitos recién impresos, perdón, quise decir dinero público.


Todo esto, junto con la situación social y empresarial en pleno cambio, pronostica tiempos revueltos, en los que la oferta y la demanda, lejos de estabilizarse, se volverán cada vez más ‘oscilantes’, especialmente en el sector de la electrónica varia, pero con claras extensiones a otros sectores.


Es más que probable que las estrecheces del mercado de chips se mantengan durante todo el 2022, pero que para 2024 hay exceso enorme de producción en según que partes, y falta de demanda en otras. Todo eso conllevará a quiebras sonadas y fusiones de fabricantes y foundries, que, probablemente, terminen siendo nacionalizadas.


Quienes tienen más papeletas para tener este tipo de problemas son precisamente los taiwaneses, ya que las nuevas fábricas de tecnología más punta parece ser que las ponen fuera de su pequeña isla. Es la jugada de EE.UU. y la UE.


Pero no son los únicos, y Europa se enfrenta a varios problemas que también son una amenaza para sus fabricantes propios, empezando por los problemas económicos, sociales y políticos que están al alza. Injerencias extranjeras no faltan tampoco.


La inflación, las turbulencias económicas, sobre todo energéticas así como las ramificaciones implicadas, así como la tensión política extrema que se vive en varias partes del mundo, van a dar al traste con muchas de las previsiones y planes.


La escasez de semiconductores es sólo una de las facetas de algo que cada vez veremos más: escasez de cada vez más cosas (empezando por el dinero). Puede que puntualmente falten algunas cosas, que se arreglarán tarde o temprano, para dar paso a la escasez de otras cosas. 

 


Que los gobiernos se metan en la fabricación de chips es otra manera de decir que el crecimiento de esta industria se ha acabado ‘por las buenas’, es decir, basándose meramente en el mercado. Así que se pretende hacerlo crecer ‘por la malas’, a golpe de real decreto.  

 

La electrónica ya ha pasado su particular Pico de Tainter.


La complejidad de nuestra sociedad no se puede mantener por más tiempo, así que las fuerzas que empujan al desorden son cada vez más abrumadoras. De ahí las intervenciones cada vez más autoritarias por parte de gobiernos y dirigentes.


Los problemas energéticos auguran que esto va a ir a peor.


Tiempos interesantes.


Cuídense mucho.


Beamspot.

 

(si quiere volver a leer la serie desde el principio, aquí tiene el enlace a la 1ª parte).