lunes, 6 de abril de 2020

Hoja de ruta (III): Qué puedo hacer yo.

(Nota: en todo el post, al referirme a las profesiones usaré el género masculino como genérico, como es normativo en castellano, pero obviamente me estaré siempre refiriendo a individuos de ambos sexos - como no podría ser de otra manera).

Queridos lectores:

Como prometía en el post anterior, en el presente me voy a centrar en qué cosas podemos hacer cada uno de nosotros en una situación en la que nuestra sociedad empieza a perder su funcionalidad, y sobre todo buscando una salida profesional y vital en un mundo nuevo y extraño en el que las cosas ya no van a funcionar como hasta ahora habían funcionado; un mundo en el cual de alguna manera podría parecer que ya no tenemos cabida. El objetivo de este post  es que, en los próximos años, cuando Vd., querido lector, caiga en el desánimo porque piense que ya no sirve para nada, se dé cuenta de que en realidad Vd. tiene mucho que aportar en el nuevo mundo que va a comenzar.

Aunque intentaré dar una perspectiva amplia de todas las cosas que cada uno de nosotros, en función de nuestros conocimientos, capacidades y experiencia, podríamos hacer en este nuevo mundo que tiene que nacer, es completamente imposible dar una visión completa y detallada de todas las posibilidades. Por tanto, la exposición que sigue no es completamente exhaustiva de todas las posibilidades de ocupación y empleo; además, por las limitaciones de mis propios conocimientos e inclusive porque algunos de los aspectos a los que aludiré seguramente no han sido analizados ni estudiados con profundidad, no todo lo que diré será completamente correcto o adecuado. Es por ello que les pido que tomen todo lo que digo más abajo como una mera orientación: tenemos los próximos años para tratar de de ir afinando cada uno de estos nuevos oficios y ocupaciones dentro de una sociedad mucho más local y resiliente, la que se tendrá que ir gestando justamente durante esos años. Noten también que, por deformación de mi propio perfil, tiendo a centrarme en trabajos más tecnológicos e ingenieriles, cuando obviamente hay muchos otros perfiles que sin duda serán necesarios. Tomen por tanto la relación que sigue como una lista abierta a la cual en cada comunidad podrán ir añadiendo aquello que vayan considerando importante y necesario.

Comencemos por lo más básico: la alimentación. No voy a extenderme con la producción de alimentos, ya que éste es uno de los aspectos más tratados en la blogsfera picolera y colapsista; dejemos simplemente dicho aquí que, como es obvio, la producción agrícola tendrá que emplear a mucha más mano de obra de lo que hace ahora; no quizá ese 80% de la población activa que dicen algunos, pero seguramente el 15 y hasta el 20%. No se trata de renunciar a la mecanización del campo, pero es obvio que se va a tener que planificar bien qué mecanización se puede mantener y de qué manera. Motores más sencillos de fabricar y de reparar, que puedan usar combustibles algo más toscos (por ejemplo, aceites no muy refinados), motores que tendrán menos potencia pero que estarán mejor adaptados al mundo al que vamos. Una discusión abierta y sobre la que hace falta profundizar es qué parte de la producción agrícola se tendrá que destinar a la producción de biocombustibles para operar la propia maquinaria agrícola; está claro que se ha de buscar un buen equilibrio entre la producción neta agrícola y un nivel de mecanización suficiente para reducir la penosidad del laboreo agrícola; eso seguramente implicará una mayor interacción entre personas y máquinas, de manera que aquellas tareas que se automatizan de manera menos eficiente sean realizadas por humanos (por ejemplo, las de selección), en tanto que la fuerza mecánica se limitará sobre todo a aquellas tareas donde lo que cuenta es la potencia. Debido a la futura escasez de fertilizantes artificiales, en cada lugar se tendrá que hacer un diseño adecuado de las prácticas de cultivo que den resiliencia a la producción, desde el barbecho, la alternancia de cultivos, el uso de abonos naturales provenientes de una cabaña ganadera local, la armonización entre diversos tipos de cultivos complementarios (incluyendo árboles), los bosques de alimentos, la integración ecosistémica desde microorganismos hasta los insectívoros, pasando por las "malas hierbas" e insectos que atacan a los cultivos y que ahora deberán ser integrados como parte de ese ecosistema, aparte de muchos otros aspectos como la protección de la erosión del suelo, la prevención de la acidificación, el riego y la adaptación a períodos imprevistos de sequías e inundaciones y así un largo etcétera. Muchas de estas cosas han sido estudiadas y analizadas con profusión en los últimos años en infinidad de páginas web y en libros especializados. Y eso sin contar con todas las complejidades de la gestión ganadera, optimizando su integración ecosistémica, desde palomas y gallinas (fundamentales para tener guano para fertilizar los campos) hasta los conejos, ovejas, cabras y en los lugares más productivos vacas y cerdos, así como también animales para el tiro como bueyes, caballos y mulas. Aquí por supuesto hay mucho trabajo para veterinarios, biólogos, farmacéuticos y en general toda la gente que tiene experiencia tratando con ganado.

Aparte de la gente que ya se dedica a actividades agropecuarias, aquí hay una salida para la gente que proviene del campo y ya tiene conocimientos, aunque sean básicos; también, para ingenieros agrícolas, forestales, químicos ambientales y profesiones semejantes, así como para la gente que tiene conocimientos como aficionado e interesado en estos temas. Mención aparte merece el uso de plantas silvestres para la elaboración de remedios, usando conceptos de farmacopea moderna, lo cual también da salida a farmacéuticos y biólogos. 

Una cuestión diferente concierne la pesca, una actividad que va a sufrir una seria reducción, en parte por la falta de petróleo y en parte por el agotamiento de muchos caladeros; diseñar un nuevo modelo de pesca local y sostenible es un trabajo ingente que llevará mucho tiempo pero que será la resultante natural de las restricciones que va a imponer el nuevo mundo; y esa es una ocupación para ingenieros navales (para hacer la reingeniería de los barcos, usando materiales más modestos), biólogos marinos, marinos, pescadores, etc.

Sin salirnos del ámbito de la alimentación pero avanzando en la cadena de consumo, otro aspecto clave será la distribución y tratamiento de las materias primas alimentarias. Aquí hay aspectos logísticos fundamentales, como el de la reutilización de envases, fundamental para minimizar la necesidad de materiales; también, todo lo que pueda ser distribuido a granel debe ser vendido de la misma manera; mucho trabajo para logistas, contables, especialistas en paquetería y similares, sin olvidar los transportistas, que tendrán que utilizar camiones más pequeños y optimizar los recorridos (de nuevo, con una buena planificación logística). Además, trabajar con menos envases y a granel plantea problemas sanitarios ya olvidados por el actual uso masivo de envases individuales, que deben ser también abordados por médicos, enfermeras, farmacéuticos, veterinarios, biólogos, químicos, ingenieros y un largo etcétera de profesiones similares. En el caso del tratamiento de materias primas alimentarias, existe una infinidad de consideraciones que hacer sobre seguridad alimentaria y conservación de alimentos (usando una mucho menor cadena de frío, puesto que ésta es muy costosa energéticamente), y esto también supone muchas posibilidades de trabajo completamente novedosas, y particularmente emplearía mucha mano de obra para el mero acarreo, algo que ahora se considera ineficiente pero en un futuro nada lejano se considerará imprescindible.


Consideraciones semejantes se van a dar en todo tipo de comercio: necesidad de reaprovechar envases, disminución de los envoltorios, mayor cantidad de mano de obra... se van a tener que cambiar los actuales criterios de eficiencia económica por otros de simple viabilidad, aunque eso lógicamente va a repercutir en los precios y en la renta disponible (pero tampoco hay alternativa). Los canales de distribución tendrán que ser mucho más locales, pudiéndose mantener la distribución a larga distancia para solo unos pocos bienes de alto valor. Un factor importante para todo el sector de la distribución, al igual de lo que comentamos en el caso de la agricultura, será  el reaprovechamiento de viejos motores, con todo el trabajo de reingeniería que comporta, y las posibilidades de trabajo para ingenieros, mecánicos y herreros.

En el caso concreto de la ropa, reaparecerán actividades muy arrinconadas actualmente, como el corte y confección, y el arreglo de ropa. Algunos remiendos se harán de manera casera, mientras que otros se harán de manera más profesional. La misma situación se dará con el calzado. Una cuestión interesante es que se requerirán materiales mucho más locales y se volverán a considerar materiales textiles y de otro tipo que ahora no se usan tanto; esto creará una industria local que ocupará a mucha gente en todos los niveles.

Hablando de la ingeniería, la era del descenso energético puede ser una auténtica edad de oro de la ingeniería, porque todo tendrá que ser reconcebido, rediseñando y reimplementado. La maquinaria tendrá que ser fabricada pensando en el uso de materiales sencillos y en la facilidad de la reparación, además de para el mejor aprovechamiento de la energía. Esto puede implicar que se sacrifique la compacidad de los diseños actuales y, sobre todo, la potencia: la cantidad de trabajo hecha por unidad de tiempo será en general inferior, porque a mayor potencia más entropía y por tanto más disipación e ineficiencia. Se necesitarán expertos en metalurgia y en mecanizado, se tendrán que hacer más piezas ad hoc y para cada reparación concreta. Otro aspecto importante será el aprovechamiento de metales de desecho, que actualmente están en las chatarrerías; se necesitará muchísima gente con diversos conocimientos y también mucha mano de obra para separar, preparar, refinar y distribuir los distintos materiales de la manera más eficiente. Otra fuente masiva de materiales de alta calidad, e incluso para el reaprovechamiento de algunas de sus partes y sistemas, son los actuales coches, y en ese sentido se debe incentivar su recuperación y tratamiento: una buena salida para muchos mecánicos, técnicos de ITV y operarios de plantas de ensamblaje de coches.

Un punto importante en nuestro futuro para las próximas décadas es el del mantenimiento de la red eléctrica. Richard Duncan, autor de la teoría de Olduvai, opina que en nuestra sociedad hipertecnificada la primera infraestructura en fallar debido a la escasez de combustibles fósiles será la red eléctrica. Se trata de una infraestructura de una gran complejidad física y operacional (miles de kilómetros de líneas, cientos de estaciones de transformación, decenas de estaciones de monitoreo en tiempo real, centros de gestión centralizada y un ejército de operarios que deben trabajar día y noche para garantizar que todo funcione correctamente), debido a que hoy en día la electricidad se utiliza para muchas actividades industriales y requiere una gran fiabilidad. Aguantar en pie las gigantescas torres de alta tensión, garantizar la estabilidad del flujo que se mueve a través de miles de kilómetros de cables y al tiempo conseguir que se sigan generando inmensas potencias eléctricas que se regulan según la demanda es algo titánico y casi milagroso en condiciones normales, y requerirá un replanteamiento general en una situación de descenso energético. Una cosa positiva es que la caída de los volúmenes de producción en general harán que la demanda eléctrica sea sensiblemente menor, pero en todo caso la transición a un nuevo modelo, más descentralizado, manejable y de menor potencia, será una verdadera contrarreloj durante los próximos años, y muy probablemente las próximas décadas se vean marcadas por repetidos y duraderos apagones en muchas zonas hasta que consigamos un nuevo estado de equilibrio. La generación y distribución eléctrica tendrá que volver a ser parecida a como fue al principio: generación de menor potencia, de proximidad y gestionada de manera mucho más local; todo ello, con la ventaja de los mayores conocimientos y mejores sistemas de control actuales. Nos tendremos que olvidar de LEDs y volver a sistemas de iluminación más sencillos de fabricar, y en general volver a motores más básicos. De las líneas de alta tensión, tendremos que decidir cuáles merece la pena mantener (con el gran esfuerzo que llevará) y cuáles deberán ser desguazadas para aprovechar sus materiales. Aquí de nuevo las oportunidades de trabajo son enormes y muy variadas, desde la ingeniería, la metalurgia, la electricidad, la electromecánica y en general una gran cantidad de mano de obra con todo tipo de especializaciones o prácticamente sin ella. Dado los costes, los usos de la electricidad deberán ser aquéllos que societariamente den el máximo rendimiento porque si no la actividad simplemente no será sostenible.

Yendo ya a la obra en general y a la edificación en particular, existe un gran cantidad de trabajo por hacer: se tendrá que proceder al acondicionamiento y rehabilitación de viviendas, y en algunos casos la mejor opción será la demolición controlada (para aprovechar sus materiales) de viviendas que no tienen sentido en el nuevo escenario (demasiado altas, demasiado masificadas, demasiado alejadas de las rutas de comunicación y suministro que van a pervivir, sin acceso a agua o con problemas para su bombeo, potabilización o depuración de aguas residuales, etc). Se requerirá también una mejor planificación urbana, recuperando ideas hace tiempo denostadas en aras de favorecer la movilidad rápida y masiva con coches utilitarios. Mucho trabajo para arquitectos, aparejadores, albañiles, peones y también para empresas dedicadas a la fabricación y distribución de materiales de construcción, que tendrán que readaptarse para trabajar también el reprocesamiento de los ingentes materiales de los edificios en demolición.

Mención aparte requiere la obra pública. Se tendrá que decidir qué se mantiene y de qué manera, y qué no. Aquéllas infraestructuras críticas tendrán que ser dimensionadas para la capacidad de mantenimiento real que vamos a tener, muy mermada por la disminución (aunque no desaparición, una pequeña parte de biocombustibles se podrá dedicar a esto) de la fuerza mecánica. Se tendrá que inspeccionar qué infraestructuras pueden acarrear un riesgo grave para la población si caen en un estado de abandono (presas hidráulicas, centrales nucleares, balsas de residuos, etc) y adoptar planes para su desmantelamiento controlado (una carga que va a ser muy onerosa en la era del decrecimiento energético, y cuya gestión dará muchos dolores de cabeza). Se requieren ingenieros de caminos y obra civil, planificadores, gestores, logistas y una gran cantidad de mano de obra.

Otro punto crítico, y de tanto más que hablemos de núcleos de población de mayor tamaño, es el saneamiento de las aguas residuales y del propio alcantarillado. En algunos lugares, se tendrá que repensar el alcantarillado y hacer actuaciones urgentes, y en ocasiones drásticas, de cara a evitar la rápida propagación de enfermedades transmisibles por el agua (recordemos que en el siglo XIX las epidemias de cólera y de fiebres tifoideas fueron frecuentes). El tipo de tratamiento que se tendrá que hacer será muy diferente al actual, pues no habrá tantos reactivos químicos como tenemos ahora (derivados del petróleo en muchos casos), pero se podrán encontrar alternativas razonables. Una cuestión también a tratar es la del aprovechamiento de las aguas y lodos residuales: como decía Víctor Hugo en "Los miserables", las cloacas son una fuente inmensa de riqueza, puesto que con las heces van multitud de nutrientes que deben volver a los cultivos para cerrar los ciclos naturales de muchos elementos (Aldous Huxley, en "Un mundo feliz", llegaba incluso a proponer el reaprovechamiento de los cadáveres para evitar perder el fósforo). Finalmente, aparte de la potabilización, el suministro de agua se puede ver afectado por la falta de energía y los problemas de mantenimiento de las conducciones, así que se requiere una gran planificación sobre qué se puede mantener, en qué condiciones y qué usos se permiten al agua. Se puede llegar inclusive a limitar el número de personas que pueden vivir en un cierto núcleo de población. Está también la cuestión de la adaptación al cambio climático, muy compleja y que tendrá que ser analizada municipio a municipio. Con todo lo dicho, queda claro que hablamos de un sector que también dará una gran cantidad de trabajo a todos los niveles: ingeniería, química, bioquímica, microbiología, logística, control de calidad, planificación urbansítica, poceros, albañiles y un largo etcétera.
 
Hablemos ahora de la red de telefonía, una infraestructura muy importante porque facilita la coordinación y la transmisión de información que puede ser crítica. La primera cuestión que merece ser debatida es sobre el tipo de tendido: ¿se debe usar el cobre, que cada vez será más escaso y difícil de conseguir? ¿O utilizar la tecnología de la fibra de vidrio, que se basa en materiales mucho más baratos pero que es más compleja de transmitir y decodificar, requiriendo cierta capacidad microelectrónica? Seguramente se tendrá que buscar un compromiso entre ambas, con un estándar que seguramente se tiene que desarrollar. 

La cuestión de la telefonía suscita también la de las Tecnologías de la Información y las Telecomunicaciones (TIC) en general y la cuestión de los ordenadores y otros sistemas de procesamiento en particular. Es evidente que los actuales niveles de la electrónica de consumo son completamente insostenibles y en el curso del descenso energético se va a producir una simplificación enorme de la informática (el cual hará que estas páginas que he escrito estos años, algún día, se perderán para siempre - no me causa ninguna pena, pierdan cuidado). Se tendrá que establecer una verdadera informática de guerra en los primeros compases del descenso energético, asegurando que los pocos sistemas informáticos que vayan quedando a medida que todos se vayan irreparablemente averiando, lo que nos quede de la actual época de apogeo de las TIC, se usa para aquellos servicios críticos donde la fuerza de computación de un microordenador es fundamental. A medida que pase el tiempo se tendrá que buscar la manera de fabricar chips de mayor tamaño y menores prestaciones pero mucho más fáciles de fabricar, y sobre todo que se puedan elaborar de manera lo más local posible. Se tendrán que recuperar prácticas de programación como las que yo conocí cuando era niño, en el que medías los bits usados al milímetro. Hay una ingente cantidad de trabajo para ingenieros electrónicos y de materiales, expertos en microelectrónica, especialistas en electrónica en general, programadores, diseñadores y una vez más un largo etcétera.

Y volviendo a un tema que acabamos de mencionar, la era del descenso energética será una era donde cobrará una renovada importancia el soporte en papel para los documentos, en una época progresivamente menos eléctrica y menos electrónica. Tendremos que desempolvar las viejas técnicas de indexación de archiveros y bibliotecarios, pues el uso de microinformática quedará restringido en aquellos casos en los que tener una alta capacidad de procesamiento sea estrictamente necesario; de hecho, para bibliotecas, registros y para el papeleo y contabilidad de empresas y similares, lo más práctico será recurrir al archivo en papel de toda la vida: más fiable, razonablemente rápido y tecnológicamente asequible (lástima que esto pasará cuando estábamos completando la digitalización de tantos archivos). Aparte de la gran cantidad de trabajo para los especialistas de biblioteconomía y documentación, hay mucho trabajo en general para contables y administrativos, bastante más que el que hay ahora.

Y todo esto por no hablar de otras profesiones actuales que lógicamente se tendrán que mantener, como médicos, enfermeros, maestros, policías, jueces, abogados, bomberos y así un larguísimo etcétera. Profesiones todas ellas que deberán hacer muchos ajustes en la época de escasez (por ejemplo, el concepto de sanidad tendrá que ser muy diferente) pero que indudablemente de una forma u otra van a pervivir. 

Para quien no encuentro trabajo es para los publicistas, pero seguramente esta gente encontrarán algo productivo a lo que dedicar su talento.

Como ven, en realidad hay muchísimo trabajo por hacer, y mucho trabajo que hacer una vez se establezca la nueva sociedad. Nadie sobra; simplemente, se deben reorientar las carreras profesionales. Tendremos también que desempolvar viejos tratados que nos explican cómo se hacían antes las cosas, y a partir de ellos y con los conocimientos actuales, deberemos desarrollar nuevos métodos y sistemas. Hay una cantidad inmensa de cosas por hacer. Faltará trabajo dentro del mundo que se muere, con sus decadentes maneras de hacer y que cada vez serán más disfuncionales, ineficaces y reducidas; pero en el nuevo mundo que va a nacer habrá muchísimo trabajo y se necesitarán muchísimas manos.

Todo está por hacer, solo que nos hemos acostumbrado tanto a lo que teníamos, que creíamos que era eterno. No lo era. Podemos sentirnos desamparados al principio, pero en realidad tenemos un mundo de oportunidades delante de nosotros. Esos sí, un mundo centrado en lo local, donde una pieza clave es la comunidad. Eso es de lo que hablaremos en el próximo post de esta serie.

Salu2.
AMT

miércoles, 1 de abril de 2020

Coronavirus, una razón más para salir del capitalismo.

Queridos lectores:

Máximo Luffiego me ha enviado este interesante escrito sobre el futuro del capitalismo, espoleado por la crisis que plantea actualmente la pandemia de CoVid. Es un ensayo de naturaleza teórica pero orientada a la adopción de medidas concretas para superar y contrarrestar el capitalismo. Unas reflexiones muy pertinentes en este momento.

Les dejo con Máximo.


Salu2.

AMT


CORONAVIRUS, UNA RAZÓN MÁS PARA SALIR DEL CAPITALISMO

Por Máximo Luffiego
La propagación del coronavirus es exponencial. Si no se tomaran medidas, en cuestión de meses, se verían afectadas millones de personas. Su capacidad de reproducción es un éxito biológico. No obstante, desde el punto de vista humano, constituye una amenaza y la prioridad de cada país es intentar limitar su propagación mediante medidas de información, higiene, confinamiento, etc.
Nuestra economía capitalista también ha tenido un crecimiento exponencial, gracias a la explotación de los combustibles fósiles y al desarrollo de la ciencia y la tecnología aplicadas a la producción. Somos 7.600 millones de personas, hemos colonizado todo el planeta y una cuarta parte de la humanidad no para de viajar por tierra mar y aire. Sin lugar a dudas es un hito de la civilización industrial. 
A falta de un dios que nos juzgue, desde una mirada sistémica con perspectiva planetaria, este éxito es la antesala de un fracaso sin parangón que si no corregimos a tiempo -esperemos que lo haga la reflexión sobre esta pandemia- acabará con la civilización y quizá con la especie. El éxito económico del capitalismo equivale, en el otro lado de la ecuación, a la destrucción, también exponencial, de los recursos y de los sistemas vitales del planeta. La crisis energética en ciernes, así como la climática y la ecológica tienen las mismas causas: el crecimiento económico y la expansión humana. También la crisis sanitaria actual es resultado del crecimiento económico y de la expansión humana de los que tanto nos ufanamos; al destruir hábitats por la deforestación, la extracción de recursos naturales, el monocultivo y el consumo de animales salvajes, facilitamos el contacto de patógenos con poblaciones humanas (1). 
Como si GAIA velase por la salud del planeta, la pandemia del coronavirus ha alejado temporalmente las crisis energética y ecológica, al ralentizar el crecimiento económico y la emisión de contaminación. El coronavirus nos ha enseñado que unos meses de frenazo económico han sido mucho más resolutivos que las 25 COPs para mitigar el cambio climático y posponer la crisis energética, aunque sea temporalmente. 
La experiencia muestra que las pandemias no reconocen fronteras pero sí la incapacidad para abordarlas a escala mundial. Además ha dejado en entredicho la política seguida por el neoliberalismo en aras del beneficio económico al concentrar muchas industrias en China -también la sanitaria- lo que ha impedido dar una respuesta eficaz a la pandemia.
Ante las amenazas globales, se requiere una ONU capaz de informar y coordinar a todos los países para tomar las decisiones pertinentes. Ahora bien, si una vez superada esta crisis del coronavirus continúa en los países ricos el deterioro social y económico que diezma la clase media, la próxima pandemia podría ser mucho más grave y desatar el caos, con centenares de miles de muertos, desbordando cualquier acción internacional. 
Una economía de crecimiento continuo, como es la capitalista, no puede solucionar algunas de las amenazas globales que ella mismo provoca, como es el caso del cambio climático, de la crisis ecológica y de las pandemias episódicas.
No habrá transición energética ni ecológica si no hay transición económica
Necesitamos otra economía que detenga la destrucción de nuestro planeta y permita desarrollar otra sociedad con valores más humanos. Precisamos realizar una transición económica hacia otro tipo de economía y de sociedad que cumpla estas condiciones y que, desde nuestro punto de vista, podría ser el ecosocialismo. Sin transición económica para dejar atrás el capitalismo no habrá transiciones energética y ecológica sostenibles.
La transición económica hacia el ecosocialismo implica dos fases: una fase de decrecimiento, que acabará probablemente siendo impuesta por la naturaleza, con dos objetivos principales, la desactivación de la economía capitalista y la creación de las condiciones para que se pueda desplegar la nueva economía, y otra fase de desarrollo de una economía Ecosocialista, cuyo objetivo sería la implantación de esta alternativa económica que debe seguir los principios de sostenibilidad ecológica y, al propio tiempo, mejorar las condiciones sociales en las que se encuentran los países y clases más necesitadas.
Aquí solamente trataremos la fase de decrecimiento.
El decrecimiento y la desactivación del capitalismo
En la década entrante habrá problemas con los combustibles fósiles, especialmente con el petróleo. Seguramente se manifestarán con altibajos brutales del precio de este recurso que alternativamente producirán problemas económicos en países importadores y exportadores. Ahora bien, este vaivén no puede durar mucho tiempo ya que habrá un goteo irreversible de países exportadores que vayan engrosando la fila de los importadores, acelerándose así el declive petrolífero. 
Sin embargo, el agotamiento de los combustibles fósiles y de otros recursos no tiene por qué ser el fin del capitalismo. Si algo ha demostrado este sistema es que tiene una capacidad de adaptación muy elevada. Aunque mengüen los recursos energéticos y minerales, el sistema podría sobrevivir en algunos países varias décadas más transmutando en un capitalismo rentista o, como dice Collins (2), en un capitalismo catabólico que se “alimenta de” y destruye la sociedad intentando sobrevivir de la riqueza de los Estados, mediante la deuda y la adquisición y gestión de infraestructuras y servicios estatales. 
La sustitución de la economía capitalista por una ecosocial supone, en palabras de Carpintero y Riechmann (3): “(…) poner trabas al librecambio y la operación de los mercados, al poder del capital, a la mercantilización del trabajo y de la naturaleza”. Pero eso no es suficiente, hay una necesidad imperiosa de neutralizarlo y que deje de operar en las sociedades. 
El crecimiento exponencial de la economía capitalista depende de la acumulación de capital mediante dos mecanismos: La apropiación de plusvalía de los obreros por parte de los empresarios en la economía productiva y la imposición de dinero en entidades financieras que permite multiplicarlo a tasas de interés positivas. 
Aquí, se proponen dos medidas complementarias para desactivarlo basadas en el control de estos mecanismos de acumulación. 
Regulación de los sueldos en las empresas productivas 
Históricamente la revolución rusa implementó la nacionalización de las empresas productivas, medida revolucionaria propuesta por Marx y justificada porque la parte de riqueza arrancada al obrero por parte del empresario (plusvalía) se considera injusta. Sin embargo, tras la caída de la Unión Soviética, las sociedades actuales difícilmente aceptarían una medida tan centralizada, lo cual no es óbice para nacionalizar los servicios esenciales.
Afortunadamente disponemos de otra posibilidad menos drástica: la regulación de los sueldos en las empresas privadas y, por supuesto, en las nacionalizadas. El gobierno negociaría con los sindicatos unos máximos y mínimos de los sueldos en los distintos sectores y categorías profesionales y todos los trabajadores de la empresa votarían los sueldos, incluido el del empresario. Las cooperativas funcionarían con autonomía, como ocurre en la actualidad. Hoy ya existen empresas que se constituyen como cooperativas. Los cooperativistas se reúnen y tratan y votan diferentes asuntos, entre ellos el abanico de sueldos. En la Economía del Bien Común de Felder (4), son asambleas de ciudadanos las que votan distintas cuestiones del pueblo, o barrio de una ciudad, incluida la diferencia del grado de desigualdad que puede haber entre el mayor y menor sueldo.
La imposición de tasas de interés negativas 
La imposición de dinero a una tasa de interés positiva incentiva la acumulación y la competencia entre capitalistas. Este es un mecanismo esencial para la conversión de dinero en capital en la actualidad, más todavía cuando la economía productiva ha entrado en una atonía que ya no proporciona suficientes beneficios al sistema. 
La modificación de la tasa de interés al alza se ha utilizado históricamente para enfriar la actividad productiva y controlar la inflación y a la baja para activarla y elevar la inflación. 
Pero, según Dierckxsens (5), hay una reforma del sistema financiero que podría encauzar esta transición decrecentista hacia una economía estacionaria y, desde nuestro punto de vista, hacia una economía ecosocialista. Se trata de regular la acumulación de capital mediante el establecimiento de tasas de interés negativas a las entidades financieras impuestas por los bancos centrales de los países y, en el caso europeo, supervisados por el BCE (6). 
Una tasa de interés negativa desincentiva la acumulación ya que el dinero depositado se va devaluando. En estas circunstancias, los capitalistas buscarían invertir su dinero en actividades productivas porque el prestamista, que es el banco, además del crédito le pagaría un interés. Inicialmente habría un aumento de la actividad productiva que originaría más capital, pero este, a tasas de interés negativas, ya no se podría multiplicar lo que frenaría la producción.
La plusvalía pierde su sentido con esta medida ya que es la forma de acumulación de dinero que tiene el capitalista en el sector productivo y, como hemos visto, este dinero se iría devaluando desde el momento en que se ingresara en el banco. Naturalmente el empresario debería tener un salario mayor, tanto por la exposición de su dinero como por la calidad del trabajo que realiza. 
La lógica de una reforma de este tipo es que afecta al mecanismo de la reproducción del capital y, por lo tanto, acaba con la racionalidad económica del capitalismo (7). Estas tasas se podrían modular en función de las cantidades depositadas y de las circunstancias económicas. 
Siendo un contrasentido la acumulación de dinero, las burbujas financieras responsables de crisis en el capitalismo no tendrían posibilidad de formarse. 
Sin embargo, una reforma de este tipo del sistema financiero no está exenta de problemas. Por ejemplo, los depositantes minoristas podrían aducir que los ahorros son necesarios para hacer frente a la inflación en el futuro. A este sector, se le podría aplicar tasas positivas. Los países pobres también podrían acogerse a este privilegio, con el fin de atraer capitales para su desarrollo, a condición de no llegar a superar su biocapacidad. Los bancos actualmente pueden crear dinero electrónico; habría que prohibir taxativamente esta capacidad de emitir dinero que debe ser exclusiva de los bancos centrales. Así mismo, habría que eliminar los paraísos fiscales, prohibiendo los depósitos en ellos como un flagrante delito.
Pero el problema de mayor envergadura es que para ser eficaz esta reforma debería implantarse mundialmente. De otra manera el capital migraría hacia otros países rápidamente. Junto a las movilizaciones de jóvenes a escala mundial de estos últimos años para hacer frente al cambio climático, la crisis del coronavirus puede posibilitar una mayor toma de conciencia a escala mundial para implantar otro sistema económico capaz de solucionar los problemas globales. 
A continuación, discutiremos algunos cambios económicos, sociales y ecológicos que podrían derivarse de esta reforma y que constituyen condiciones, seguramente necesarias pero no suficientes, para implantar una economía ecosocialista. 
  1. Permite disminuir el metabolismo económico:
En el contexto de esta reforma, la ganancia estaría regida por la suficiencia y no por la acumulación por lo que la competencia entre las empresas productivas y su metabolismo económico se reducirían notablemente. La renovación tecnológica de las empresas se ralentizaría al ser la competencia mucho menor, aunque esta renovación podría regularse para aumentar la eficiencia tecnológica. De esta manera, el sistema evitaría la sobreacumulación, o sea, la imposibilidad de rentabilizar el capital invertido en tecnología por verse obligado el empresario a cambiarla para poder competir, lo cual puede conducir ocasionalmente a crisis que asolan a las empresas productivas en el capitalismo.
Se impondría con el tiempo la tendencia a producir objetos duraderos. En lugar de crear nuevas necesidades y de fomentar el consumo mediante la publicidad, las modas y la obsolescencia programada, esta reforma promovería el cuidado de las cosas, la reparación de las mismas y el hecho de compartirlas estimulando así la economía solidaria. De esta forma, la seguridad y la esperanza no dependerían tanto del trabajo personal como del colectivo ya que residirían en la economía solidaria y no en acumular dinero individualmente. El sistema fomentaría la creación de cooperativas, en las que la propiedad de los medios de producción sería social y la toma de decisiones democrática.  
Si en estas circunstancias acumular dinero en un banco carecería de sentido, también lo sería acaparar objetos y mercancías; por lo tanto, el intercambio en los mercados se realizaría según su valor de uso y no de cambio. El dinero obtenido en la venta por un vendedor sirve para adquirir en otros mercados las mercancías que necesita, no para acumularlo en un banco. 
La competencia global y extrema que existe en la actualidad menguaría, ya que una tasa de interés negativa desincentiva la competencia pues no tiene objeto trabajar para no poder acumular dinero. Amén de los problemas energéticos que ya comienzan a afectar al comercio global amenazando con la disolución de la red mundial de rutas comerciales, la economía tendería a ser cada vez más local puesto que sería contraproducente la fusión y el gigantismo empresarial al estar sancionada la acumulación. A medida que las economías se fueran haciendo más locales perduraría cierto grado de competencia tanto en la elaboración de productos como en la compraventa de mercancías en los mercados.
  1. Permite hacer frente al paro y a la desigualdad:
Una cuestión primordial es el paro. En la fase de decrecimiento, la actividad económica disminuirá necesariamente aumentando el paro y, por tanto, la desigualdad. Esto sería una tragedia si todavía dominara el capitalismo. 
Hay dos maneras de combatir el paro: reduciendo la jornada de trabajo o/y mediante el Trabajo Garantizado por el Estado. En este último caso, a medida que el decrecimiento de la producción avance y aumente el paro, el balance de obreros a cargo del Estado respecto a la cantidad de obreros empleados en empresas privadas será cada vez mayor. La productividad se ralentizará ya que los obreros contratados por el Estado no están especializados para realizar trabajos tan diversos (8). En ausencia de una competencia exacerbada a escala local o regional, esto no debe representar un problema.
Con el paso del tiempo, la imposición de tasas de interés negativas en esta fase decrecentista nos acercaría a la sostenibilidad social y económica.
  1. Frena el deterioro ecológico:
Otro resultado crítico de esta reforma es que la economía sería mucho más respetuosa con el medio ambiente que la actual. Si los objetos fueran más duraderos se reduciría la extracción de recursos naturales, la actividad industrial, el consumo de energía y la producción de desechos y contaminación, o sea, el metabolismo económico. Con el paso del tiempo, se iría aminorando la tendencia derrochadora de “usar y tirar” y se lograría encarrilar el metabolismo económico hacia una tendencia decreciente adecuándose a los recursos locales, hasta lograr la sostenibilidad ecológica. Entonces el ritmo metabólico acabaría ajustándose a los principios de sostenibilidad ecológica y a la biocapacidad del territorio, logrando la circulación cuasi cerrada de los desechos no renovables. El decrecimiento económico también debería acompañarse, si fuera necesario, de un control poblacional mediante estímulos positivos. 
La restricción de la competencia a una escala local se adapta a lo que ocurre en la Biosfera. En los ecosistemas también se da cierto grado de competencia pero está limitado a las poblaciones que interaccionan entre sí en cada uno de ellos. En consecuencia, para evitar la extralimitación y atendiendo al principio de biomímesis (9), o más propiamente ecomímesis, es aconsejable eliminar la competencia a escala global y restringirla a un tamaño local o regional. Y esta sería una reforma eficaz para hacerlo. 
  1. Permite abordar una reforma agraria
Otra medida crucial es la de diseñar y llevar a cabo una reforma agraria desde una perspectiva social y ecológica. Hay que evitar el acaparamiento de tierras por parte de capitalistas. Dado que no puede producirse acumulación de capital en una economía de tasas de interés negativas, en una situación de un paro importante, algunos capitalistas reconvertidos en terratenientes podrían intentar acumular tierras y tener una relación con los trabajadores cuasi esclavista, sobre todo si el gasoil comenzara a escasear, como parece que puede suceder. La tierra, el agua, los bosques y otros ecosistemas deben ser de titularidad pública. La agroecología permite conservar estos sistemas mediante una gestión que siga los principios de sostenibilidad: conservación y regeneración de suelos, minimización del consumo energético, fomento de la biodiversidad y reducción de transporte gracias a la proximidad de mercados (10). La formación de cooperativas locales sería lo más adecuado para dar trabajo, gestionar y comercializar los productos cosechados. El objetivo final sería, en palabras de González Reyes, (11): “articular un mundo rural vivo y agroecológico”.  
Estas breves reflexiones no pretenden ser sino un modelo esquemático que anime a los economistas a elaborar una alternativa económica ecosocial rigurosa ante el incremento de riesgos derivados de las crisis que atraviesa este sistema. 
Lo que se ha propuesto en estas líneas es una posible vía para cambiar el sistema socioeconómico actual dominado por el capitalismo por otro más humano y reconciliado con la naturaleza con el fin de eludir lo peor del colapso. Sin embargo, hay otra alternativa que niega lo que está ocurriendo y justifica este sistema hasta las últimas consecuencias. 
Negacionismo y neofascismo
El contexto nacional e internacional no es proclive a poner en marcha una transición económica que renuncie al capitalismo. En todos los países hay una clase pudiente organizada internacionalmente que pretende continuar con el saqueo de la sociedad y la naturaleza y conservar su estatus caiga quien caiga, aplicando la máxima de privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. El discurso del odio contra el emigrante, la conquista del alma de la gente con el consumismo, el auge del nacionalismo apelando a la seguridad de cada país y el negacionismo del cambio climático y de la catástrofe ecológica, son los ejes del discurso que airea el neofascismo. 
Defender la seguridad de cada país, “America first”, y negar la validez de las instituciones mundiales boicoteando las decisiones planetarias son los ejes de la política neofascista, a sabiendas de que los problemas globales existen. Esta política conduce al exterminio de media humanidad y al agotamiento del planeta, es decir, a un genocidio y ecocidio difícilmente imaginables.
Sabemos que la élite, los superricos, conocen los problemas globales; disponen de la mejor información acerca de la escasez de los recursos naturales y de las crisis climática y ecológica que empezaremos a afrontar en esta década y ya prevén sus “planes de salvación” ante lo que denominan el “acontecimiento”, es decir, el colapso (12). La derecha política fascista se está organizando a escala internacional gracias a la mediación de Steve Bannon. Las élites norteamericana y europea ya saben cuál es el camino a seguir: el autoritarismo dentro de sus fronteras y la guerra fuera de ellas (13). 
Quizá la crisis sanitaria que estamos padeciendo todos los países del mundo pueda ser un punto de inflexión en la toma de conciencia para abordar los problemas globales en un foro mundial, como la ONU. Por de pronto, la mayoría de los Estados han valorado más la vida de sus ciudadanos que la economía (14) y los paladines del neoliberalismo que no lo hicieron inicialmente, Reino Unido y Estados Unidos, han tenido que rectificar, lo cual constituye un avance extraordinario. 
Referencias y notas:



  1. Duch, G (2020). Un virus de monocultivo alimentario. https://rebelion.org/un-virus-del-monocultivo-alimentario/

  1. Collins, C. (2020). Cuatro razones por las que nuestra civilización no se irá apagando: colapsará. https://rebelion.org/cuatro-razones-por-las-que-nuestra-civilizacion-no-se-ira-apagando-colapsara/
  2. Riechmann, J. y Carpintero, O. (2014). ¿Cómo pensar las transiciones poscapitalistas? En los inciertos pasos de aquí hasta allá. Alternativas socioecológicas y transiciones poscapitalistas. Ed. Universidad de Granada. https://www.traficantes.net/libros/los-inciertos-pasos-desde-aqu%C3%AD-hasta-all%C3%A1-alternativas-socioecol%C3%B3gicas-y-transi
  3. Felber, Ch. (2014). Dinero de fin a medio. Deusto (Grupo Planeta)
  4. Dierckxsens, W. (2008). La transición hacia una economía estacionaria: La utopía postcapitalista. http://www.observatoriodelacrisis.org/2008/07/la-transicion-hacia-una-economia-estacionaria-la-utopia-postcapitalista/
  5. A raíz de la crisis de 2008, la economía ha entrado en un periodo de estancamiento secular, caracterizado por una atonía económica duradera. Para estimular la economía se han utilizado tasas de interés negativas. Esta política financiera se está aplicando en Suiza, Dinamarca, Zona euro, Japón y Suecia (este país acaba de abandonar las tasas de interés negativas en diciembre del 2019 para situarse en tasas de interés nulas). En todos estos casos, se trata de una herramienta reguladora temporal de la actividad económica dentro del marco del capitalismo. 
  6. Dierckxsens, W. (2008). La transición hacia una economía estacionaria: La utopía postcapitalista. http://www.observatoriodelacrisis.org/2008/07/la-transicion-hacia-una-economia-estacionaria-la-utopia-postcapitalista/
  7. Unti, B. (2014). Ecología política, capitalismo actual y políticas de pleno empleo. (Una visión postkeinesiana-marxista del decrecimiento). Sin Permiso. 12 de enero 2014. http://www.sinpermiso.info/Autores/Brandon-Unti
  8. Riechmann, J. (2005). Biomímesis. Respuestas a algunas objeciones. http://institucional.us.es/revistas/argumentos/9/Art1-RIECHMANN.pdf
  9. Mediavilla, M. (2019). Agroecología para alimentar al mundo. 
  10. Rushkoff, D. (2018). La supervivencia de los más ricos y cómo traman abandonar el barco. http://sinpermiso.info/textos/la-supervivencia-de-los-mas-ricos-y-como-traman-abandonar-el-barco
  11.  Turiel, A. (2017). España ante el colapso. http://crashoil.blogspot.com/2017/06/espana-ante-el-colapso.html
  12.  Mediavilla, M. (2020). Coronavirus vs crisis ecológica: cuestión de amor. https://www.15-15-15.org/webzine/2020/03/20/coronavirus-vs-crisis-ecologica-cuestion-de-amor/




sábado, 28 de marzo de 2020

Hoja de ruta (II): Poniéndose en marcha




Queridos lectores:

Mientras la pandemia del CoVid-19 sigue su curso, empieza a ser evidente que se está gestando una crisis económica sin precedentes. Se empiezan a difundir estudios que hablan de la mayor contracción económica desde la Segunda Guerra Mundial. No hace falta ser muy ducho en economía para darse cuenta de que la disminución del PIB este año puede ser apabullante. Todos los sectores que se han visto obligados a detener de golpe su actividad permanecerán inactivos unos tres meses, es decir, el 25% del tiempo del año. Pero cuando se levanten las medidas de confinamiento, la disminución de la renta de los trabajadores, y también la inseguridad en el mantenimiento de los trabajos (aquéllos que los conserven), hará que el consumo sea más moderado que de costumbre. Añádase a eso que en un país como España, donde el turismo es una industria principal, todo lo anterior provocará una disminución del número de visitantes y en general de la actividad incluso aunque la pandemia estuviera superada este verano. Por tanto, sin necesidad de hacer grandes análisis macroeconómicos es evidente que este año el PIB de España se va a contraer al menos un 20%, y probablemente acabe cayendo bastante más, mientras que a nivel de Europa la caída esperada es de alrededor del 20%. Como referencia, tengan en cuenta que durante la Gran Recesión de hace una década, en España de 2008 a 2014 el PIB se contrajo algo más del 9%.

La bofetada económica va a ser por tanto de órdago. Esto todo el mundo lo da ya más o menos por descontado, y por eso hay todos los movimientos actuales, con tantos Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, que usan las empresas para evitar descapitalizarse pagando sueldos a sus trabajadores mientras no hay actividad. El problema es que esta medida, como las demás que se están tomando, es un mero parche con un objetivo muy cortoplacista, por falta de una visión global del problema sistémico que tenemos.

Por una parte, en las comparecencias de los ministros y del responsable de coordinación se insiste de una manera enfermiza en que ya estamos llegando al pico epidémico (otro día discutiremos sobre las analogías entre la curva epidémica y la de producción de petróleo), porque la gran obsesión es llegar cuanto antes a ese punto para poder saber cuánto tiempo se va a necesitar para superar la actual crisis. Pero lo cierto es que, debido a la complejidad de las interacciones humanas, a los problemas con los testeos y al hecho de que la variable contabilizada sea discreta (número de personas), no se puede esperar una evolución simple y sin fluctuaciones importantes de la estadística de casos (y eso sin entrar en el hecho de que los casos registrados en España son obviamente muchos menos que los reales). Por tanto, anunciar cada día que ya estamos llegando al pico epidémico es completamente absurdo, entre otras cosas porque todavía estamos a unos cuantos días, quizá semanas, de llegar a ese punto (y más aún ahora que por fin el Gobierno de España ha impuesto el confinamiento total: el confinamiento reduce el tamaño del máximo pero también lo pospone).

Esta visión simplista de lo que representa esta epidemia puede acabar causando aún más mal a la principal preocupación, que es la economía. Es bastante evidente que este virus es sensible a Sol, como demuestra el escaso progreso de la epidemia en países tropicales o, por ejemplo, en las Islas Canarias. Sin embargo, la lentitud de la toma de decisiones en la mayoría de los países occidentales (y eso sin contar con los países que simplemente no han tomado medidas) ha favorecido una expansión del virus a gran escala, lo cual tiene dos efectos negativos. Por un lado, cuanto más se replica el virus más cepas viables aparecen y más aumenta su biodiversidad. Esto es negativo porque hace que las vacunas sean menos eficaces (por eso hay que hacer una vacuna de la gripe nueva cada año, y no se puede usar la del año anterior), y también porque la inmunidad - probablemente temporal - que adquieren los que ha pasado ya la infección por una cepa sea inútil contra una cepa suficientemente diferente. Por otro lado, la gran extensión de la infección puede favorecer que la enfermedad se vuelva endémica en ciertos territorios, y que cause brotes recurrentes. Si la epidemia de gripe de 1918 es una referencia, es bastante probable que se produzcan sucesivas oleadas durante los próximos dos años. Por tanto, la planificación económica se debería hacer teniendo en cuenta que es bastante probable que el próximo invierno vuelva a ser necesario implementar medidas de confinamiento durante unas cuantas semanas. Si en ese momento, por el agotamiento económico y psicológico de un nuevo confinamiento, se optara por medidas más laxas (cosa que podría pasar, una vez que se haga balance del desastre económico de este año), se podría llegar a generar una oleada peor que la actual (de hecho, en 1918 la segunda oleada fue la peor), y eso deterioraría aún más la confianza de los ciudadanos.

"Crisis de confianza" va a ser, sin duda, una de las expresiones que se van a repetir más durante los próximos años. La gripe de 1918 causó un gran impacto emocional en la sociedad, sobre todo porque se cebó con adultos jóvenes. La actual epidemia de CoVid-19 afecta a un estrato diferente de la población (al menos, hasta que no mute en una cepa más letal) pero la sociedad de nuestro tiempo también es muy diferente de la de 1918, y por tanto su impacto emocional va a ser también grande, sobre todo en los países donde los muertos se cuenten por cientos de miles. Ese desánimo que va a cundir mientras duren las sucesivas oleadas epidémicas y aún algunos años después, se utilizará hasta el abuso para explicar la inevitable espiral recesiva en la que ahora entramos. Obviamente, una parte de la caída del consumo tendrá que ver con ese desánimo de la sociedad, pero otra tendrá que ver con la decadencia de nuestro sistema económico, decadencia que se ha ido forjando en las últimas décadas y que simplemente necesitaba una chispa para detonar. No voy a insistir en este post sobre las causas e inevitables consecuencias de nuestro declive económico: se han discutido largamente en todo este blog. La caída precipitada de la producción de petróleo durante el próximo lustro (que, ahora sí, podría perfectamente estar en la línea de lo que indicaba la Agencia Internacional de la Energía en 2018), la caída de producción de muchas otras materias primas, la crisis del comercio internacional, la disminución drástica del sector de los transportes y, en última instancia, los inicios de la Gran Escasez, comenzando por la alimentaria, son el camino al que nos dirige el inútil mantenimiento de las políticas habituales en un mundo que se ha quebrado y que no puede seguir estampándose inerme contra los límites biofísicos que impone el planeta.

Pero no es de esto de lo que va este post. Este post va de ponerse en marcha. De reconocer el momento y comenzar a actuar. A nivel de ciudadano de a pie, de persona particular. Este post va dirigido a Vd. y a mi, a la gente que tendremos que transitar estos difíciles años mientras buscamos una nueva referencia con la que reorientar nuestra vida.

La primera cuestión es saber cuándo hay que ponerse en marcha.

Durante todos estos años he insistido en la necesidad de mantener una vida B, una vida más resiliente y que nos dotase de otras habilidades para cuando nuestra vida A dejase de ser funcional. La clave de alternar estas dos vidas, la vida A o convencional y la vida B o resiliente, estaba en el enorme coste personal y social de abandonar, directamente y de plano, la vida A por la vida B. El ejemplo por antonomasia de esa transición abrupta es que ha hecho alguna gente, que han abandonado sus trabajos convencionales y se ha ido a vivir en pueblos, a veces semiabandonados, para ganarse la vida con lo que da la tierra. El problema es que no podemos irnos todos al campo, y probablemente tampoco es necesario: en ese futuro de resiliencia se van a necesitar muchos más oficios y menesteres que el mero cultivo de la tierra.

Y sin embargo el mantenimiento simultáneo de la vida A y la B tampoco era algo sencillo. Yo mismo lo he experimentado: a medida que han pasado los años y he ascendido en mi organización, he tenido cada vez más responsabilidades y menos tiempo. Al final, uno no puede apostar a dos posibilidades tan diferentes al mismo tiempo, porque justo el tiempo es el paradigma de bien escaso.

En todo caso, ya no estamos en esa página. Ya no se trata de compaginar vida A con vida B. En los próximos años lo que vamos a ver es cómo nuestra vida A se va disolviendo. Y como la vida B no se nos va a aparecer delante espontáneamente, es importante comprender que la vida A se ha acabado, o se está acabando, para empezar a construir la vida B, la que será nuestra vida futura.
 
El primer momento crítico en su vida próxima, querido lector, es cuando comprenda que Vd. no va a recuperar su trabajo, o que no puede mantener su trabajo actual.

En los próximos meses, millones de personas se van a quedar en el paro. Un paro que se espera que sea temporal, y así será para muchos, pero no para todos. Aquí está el primer punto de resistencia psicológica: en qué momento uno debe aceptar que su trabajo no va a volver. Lo cual quiere decir que uno no va a volver a encontrar trabajo de "lo suyo", y probablemente tampoco de nada más. 

Prácticamente todas las profesiones están amenazadas de esta disminución drástica y, recordémoslo, permanente de la fuerza de trabajo. Peor aún: después de la caída brusca inicial habrá una cierta recuperación del empleo, pero posteriormente éste irá declinando de manera paulatina a lo largo de los años. Las tasas de paro oficial no reflejarán esta realidad porque se irán eliminando del contingente de parados quien lleve demasiado tiempo sin trabajo ya que se considerará que "ha desistido" de buscar trabajo; la única manera de saber qué está pasando será mirar cómo evoluciona la población activa, la cual, como digo, irá a la baja.

Será en estos próximos años en los que, si se contabilizaran como ahora, veríamos tasas de paro del 30%, incluso más. Una situación socialmente difícil de sostener, y que se intentará apuntalar con la renta mínima garantizada, que es una forma de redistribución monetaria de mínimos destinada a evitar el estallido social, pero que solo servirá para mantener en una práctica indigencia a una buena parte de la población.

El primer paso de preparación psicológica que todos y cada uno de nosotros debemos hacer es ser honestos con la propia situación, y marcarnos un punto bien concreto, de límites bien definidos, en el que consideraremos que nuestra vida A ha muerto. Por ejemplo, cuando llevemos dos o tres años sin encontrar trabajo. O bien, cuando nuestro sueldo baje por debajo del 50% del que teníamos antes del estallido de esta crisis terminal. O cualquier otro criterio: cada uno puede identificar los límites que separan lo esforzadamente aceptable de lo profesionalmente indigno. Pero lo importante es que a día de hoy, en marzo de 2020, fijemos ese umbral, y que seamos honestos con nosotros mismos. Que sepamos reconocer nuestra derrota cuando ésta sobrevenga, cuando superemos ese límite que nos dice que nos estamos hundiendo. Es importante fijar esos límites, porque los cambios que se operan lo suficientemente lentos corren el riesgo de pasar desaparecibidos, y nuestra psique nos tiende a dar excusas para no aceptar lo que la mera lógica dicta. Tenemos que ser objetivos para ser capaces de superar el duelo de la muerte de nuestra vida A, la vida que nos ha acompañado durante los últimos 10, 20, 30 o 40 años, o que alimentaba nuestras esperanzas de futuro.

Hay otro umbral psicológico importante que aquellos de mis lectores que viven en una gran ciudad o en una urbanización deberán también nombrar: cuándo es el momento de abandonar la ciudad. Es también un momento muy duro, porque al abandono de las expectativas uno añade el abandono de ese rincón al que ha llamado hogar. Y sin embargo será también, llegado el momento, una necesidad. De nuevo, aquí es importante definir claros umbrales y ser honesto con uno mismo. Cuando el número de delitos violentos sea muy elevado, cuando a uno le hayan atracado tres veces, cuando la calidad del agua o el saneamiento sea muy baja, cuando las condiciones del transporte para llegar al trabajo sean muy penosas, cuando escaseen algunos alimentos, medicamentos u otros bienes que considere importantes... Una vez más, cada uno deber ser capaz de fijar hoy su umbral de dolor, y llegado el momento reconocer que no tiene sentido continuar luchando por algo que todo indica que va a seguir degradándose. Es difícil y doloroso, pero más doloroso sería seguir hundiéndose con ello. No hay que esperar a un evento muy traumático para abandonar, en ese momento precipitadamente, un barco que se hunde.

Tómese su tiempo, querido lector. Reflexione sobre estas cuestiones seriamente. Fíjese sus umbrales y respételos. No se preocupe ahora por lo que viene después: qué hará cuando no haga aquello que siempre ha hecho, dónde vivirá, de qué vivirá. Todos tenemos miedo a la incertidumbre, pero ahora ya no nos queda más remedio que prepararnos para saltar de esta casa en llamas. 

La semana que viene comenzaremos a discutir sobre lo que necesitaremos construir después. Porque hay un después, y con nuestras manos lo levantaremos.

Salu2.
AMT