miércoles, 10 de junio de 2015

Distopía VII: Intolerancia


Cuando me hube serenado un poco apuré de un trago la ratafía que me había servido mi anfitrión. Quizá debido al reconfortante calorcillo del licor mi lengua al fin se soltó y empecé a hablar en voz alta, no sé si para él o para mí.

¿Cuándo empezó a irse todo al garete? ¿Cuándo empezó esta absurda represión?

Mi anfitrión levantó la cabeza, hasta entonces clavada en un punto indeterminado del suelo, encarcó una ceja y me miró a los ojos. Su actitud parecía decir: "Venga, cuenta tu historia: soy todo oídos". Así que proseguí:


Yo recuerdo cuándo me di cuenta de que mi mundo se esta hundiendo. Fue en el aeropuerto JFK de Nueva York, hace casi diez años.

En el aeropuerto de Madrid, justo antes de embarcar, había pasado algo raro. El funcionario que me hacía las preguntas de rigor y comprobaba mi pasaporte vio algo raro, algo que no le cuadraba. Se excusó un momento y intercambió unas breves palabras con su compañero, seguramente de mayor rango, que esperaba más atrás. Miraron el pasaporte, me miraron a mi, volvieron a mirar a mi pasaporte y el oficial de mayor rango le dijo algo al otro. Cuando regresaron, ambos, junto a mi, me temí que me someterían a algún pesado y absurdo interrogatorio de los que tanto les gustan a los americanos cuando alguna cosa no cuadra con su idea establecida de las cosas. Pero lo sorprendente fue, justamente, que no me dijeron nada: el oficial inferior me devolvió sin más el pasaporte con un tenue: "Que tenga una feliz estancia en los Estados Unidos". Me quedé un tanto sorprendido, pero no le di mayor importancia; recogí el pasaporte y me fui a las puertas de embarque, teniendo sin embargo la incómoda sensación de que los ojos de los dos funcionarios me seguían desde la distancia.

"Señor, ha sido declarado Vd. "persona non grata" por el Gobierno de los Estados Unidos. Consecuentemente, no puedo autorizar su entrada en territorio americano".

Tras 10 horas de viaje trasatántico, media hora de cola en el control de pasaportes, somnoliento, desazonado por la diferencia horaria, sin desayunar, con esa incómoda sensación de haber dormido con la ropa puesta y sin afeitar, que el funcionario de aduanas te suelte de repente esa retahíla te deja completamente estupefacto. Pensé que mis oídos me jugaban una mala pasada, que quizá había traducido incorrectamente del inglés, y le pedí amablemente que me repitiera lo que acaba de decir.

"Señor, no puede entrar Vd. en el territorio de los Estados Unidos; sólo tiene permiso para permanecer durante las siguientes 20 horas en el área de vuelos internacionales del JFK. Si no tiene medios para comprarse otro pasaje de vuelta a España, puede dirigirse a la Oficina de Atención al Viajero donde le ayudarán con su caso."

"Pero", musité al fin, "debe tratarse de algún error. Me deben estar confundiendo con otra persona. Por favor, compruebe mis datos, fíjese en mi número de pasaporte."

El funcionario parecía acostumbrado a este tipo de quejas sin fundamento y, bien entrenado, copió los datos en su terminal una vez más. Después, giró la pantalla para que yo pudiera ver el resultado de su búsqueda.

"Señor, Vd. es X., de nacionalidad española, nacido el tantos del tantos en Y., hijo de Z. y W., casado, con dos hijos, número de pasaporte AAAAAAAA, número de Documento Nacional de Identidad español 11111111, número de seguridad social española 2222222222; trabaja Vd. en esta institución, su última entrada en los EE.UU. data de hace 6 meses y 16 días... ¿Confirma que todos estos datos son correctos, señor?"

Yo asentí con la cabeza, incapaz de articular una palabra, cada vez más atónito.

"Pues en tal caso, señor, sepa que por orden ejecutiva nº XXXX/20?? del Presidente de Estados Unidos del día 17 del corriente mes, se le ha declarado a Vd. "persona non grata" y tiene prohibido pisar suelo americano"

Podía leer esos mismos datos, junto con un parpadeante "Warning!", en la pantalla del funcionario. Aún así, todavía esbocé una tímida protesta.

"¡No puede ser! Tengo que impartir una conferencia en un importante coloquio; me han invitado a participar en él una destacada universidad americana y también una gran empresa que está muy interesada en mi trabajo. Vea mis cartas de invitación, firmadas por el rector de la universidad y por el jefe de relaciones internacionales de la empresa, mírelas".

El funcionario ni siquiera bajó la mirada a los papeles que torpemente le enseñaba, y me respondió:

"Señor, la autoridad del Presidente está por encima de las de cualquier otra institución pública o privada estadounidense, excepto el Congreso." Y añadió: "Yo no puedo ayudarle más: Vd. no está autorizado a entrar en suelo americano, y tiene 20 horas para abandonar la zona internacional de este aeropuerto."

Me di cuenta de que consideraba que la fase de diálogo estaba llegando a su fin y que en cualquier momento avisaría a los agentes de seguridad. Recogí, derrotado, mis papeles y mi pasaporte, preparándome para irme en dirección al mostrador de cualquier compañía que quisiera venderme un vuelo de regreso a casa; mientras lo hacía, aún formulé una última pregunta, quizá más para mi que para el funcinario.

"Pero, ¿cómo puede ser? Nadie me ha notificado nada, no tenía ni idea..."

"Tiene razón, Señor. Acabo de imprimirle una copia de la orden ejecutiva para sus propios archivos. Considérese Vd. oficialmente notificado por el Gobierno de los EE.UU.", y en el acto me tendió cuatro folios con la orden ejecutiva de marras.

Las siguientes cuatro horas las desperdicié haciendo llamadas a ambos lados del Atlántico, intentando primero resolver lo que aún consideraba un malentendido, después intentando hablar con alguien que pudiera corregir el enredo. Según parece, los últimos artículos que había publicado en la prensa española, alguno de los cuales había tenido eco en alguna publicación europea y por lo visto también americana, no habían sido del agrado de la Casa Blanca. Dadas las tensiones internas que se vivían en los EE.UU. después de la gran crisis del fracking y el desplome financiero que le siguió, amén de los cada vez mayores disturbios sociales, algún halcón había presionado para evitar mi entrada en el país: justamente iba a hablar de todo eso en el coloquio al que me habían invitado, y alguien debió temer que iba a echar más leña al fuego.

Una vez que comprendí que no iba a resolver nada a corto plazo, cansado y con ganas de volver a casa y pegarme una ducha, compré un billete para el primer vuelo de vuelta a Barajas y un wrap up en un puesto de comida rápida, que me duró casi el tiempo de irme a la puerta de embarque.

Tal y como me esperaba, mi rechazo a las puertas de América causó un gran escándalo tanto en Europa como en los EE.UU. El diario que me había publicado mis últimos ensayos describía el episodio como "vergonzante veto a las brillantes ideas de X. en los EE.UU.", mientras que los diarios de signo opuesto aportaban un punto de vista diametralmente opuesto: "Los EE.UU. no ceden a la provocación de X. e impiden la entrada del agitador". Me sorprendió la visceralidad de todos los titulares, tanto a favor como en contra (pero más los que estaban en contra) que leí esos días, en medios de muchos países. Mi agente literario estaba encantado con toda la polémica y me dijo que mi nuevo libro se vendería como rosquillas gracias a toda esa publicidad gratuita, aunque en vista de la desmesurada reacción que había provocado mi inocente viaje su observación me pareció muy frívola, sobre todo cuando empezaron los disturbios en los EE.UU. Cuando los altercados entraron en su segunda semana y los muertos se contaban por decenas comprendí que mi figura había quedada marcada a fuego en el imaginario del odio colectivo de una buena parte de los estadounidenses. Cuando comenzó el segundo mes de altercados y se produjeron tantos abusos, los choques con la Guardia Nacional, los linchamientos públicos y vi que en cada turbamulta alguien quemaba una foto mía entendí que nunca más volvería a los Estados Unidos, incluso aunque las cosas se calmaron (en realidad, ya nunca se calmarían del todo) tras una dura y en ocasiones sangrienta represión.

Que las cosas no me iban a ir bien tampoco en España era algo completamente esperable, y más cuando seis meses más tarde ganó un partido político que negaba radicalmente mis tesis. Hacía algún tiempo yo había cometido encima el error de polemizar con uno de sus más destacados dirigentes; al parecer a este señor no le hizo mucha gracia que un servidor hablase de límitaciones y de las causas profundas de esta crisis estructural en la que vivimos, aunque creo que la razón por la cual me odiaba era porque yo había criticado ácidamente la política económica de este partido, una política ingenuamente expansiva que estaba condenada al fracaso y que resultaba ser la obra magna de este personaje megalómano que se las daba de economista de prestigio. El caso es que cuando el partido ascendió al poder yo noté en seguida el frío tacto de sus tentáculos opresores: el diario que me publicaba mis ensayos decidió "dar nuestro acuerdo de colaboración por terminado", deseándome, eso sí, "el mayor de los éxitos en mis futuros proyectos". También empecé a tener problemas en el trabajo; de repente unos jefes distantes y de cuya existencia no tenia demasiada constancia más allá de las felicitaciones electrónicas navideñas, empezaron a exigirme que me centrara en "la ocupación que tiene asignada" y que dejara de perder el tiempo con otros quehaceres "que quizá tienen mayor visibilidad pública pero menor consistencia lógica y que no representan beneficio alguno, si acaso perjucio, para esta institución".

Todo eso más o menos me lo esperaba, y me adapté a los malos tiempos, bajando la cabeza y aguantando, esperando a que volvieran mejores tiempos y de tanto en tanto publicando con pseudónimo en algún medio minoritario de confianza.

El día que empecé a alarmarme de verdad fue cuando comenzaron las detenciones.


Sentí un apagado rumor; la mujer y los hijos de mi anfitrión había acabado de instalar a mi mujer y mis hijos, les habían dado ropa limpia y un lugar para asearse, y ahora se dirigían a la cocina. Miré mis propias ropas, sucias y andrajosas, mis manos algo menos temblorosas cubiertas de tierra, y pensé que yo también debía acicalarme. Pero mi anfitrión seguía ahí, esperando que continuase mi relato, y pensé que mi baño podía aún esperar un rato. Así que seguí.

Al primero que detuvieron fue a Pedro. Fue una auténtica conmoción para todos nosotros. Pedro era el patriarca, el maestro de todos nosotros, y quizá por eso fueron primero a por él. Oí en las noticias que le habían detenido por conspirar contra el Gobierno y favorecer las revueltas y las protestas, apoyado con capital extranjero. Todo era completamente absurdo: Pedro llevaba tiempo jubilado y retirado en una casita en el campo, con uno de sus hijos, de donde sólo salía de vez en cuando para dar conferencias, cada vez más esporádicas. Después de Pedro detuvieron a Daniel, a Marcel, a Carlos, a Margarita, a Jose Manuel, a los dos Manueles (como les decíamos nosotros)... Todos fueron cayendo rápidamente, y estaba claro que yo estaba en la misma lista. Así que no me sorprendí el día que la policía se personó en mi casa. 

Afortunadamente para mí, hacía tiempo que pasaba casi más tiempo en el Reino Unido que en España. Había empezado allí una relación laboral que de ser inicialmente de colaboración había llegado a ser prácticamente contractual. Cuando allanaron mi piso comprendí que no podría volver a España en una larga temporada. Afortunadamente, respetaron a mi mujer y a mis hijos, y las autoridades españolas no pusieron pegas para que se reunieran conmigo en Londres. En los noticieros españoles de todas las cadenas se repetía una y otra vez que yo era un traidor que había huido antes que responder por mis delitos en España, pero lo cierto es que nunca pidieron la orden de extradición al Reino Unido (que igualmente les hubieran denegado, porque las relaciones de ambos países se habían deteriorado muchísimo desde que ambos habían salido de la Unión Europea y aún más desde el triunfo del nuevo gobierno radical y populista). Un día me encontré a mi mujer llorando en la cocina de nuestro modesto piso de la parte baja de Londres; al principio creía que sentía nostalgia por volver a casa, pero de repente vi la página del diario que había motivado su llanto: habían encontrado a Pedro muerto en su celda, y a renglón seguido y sin tapujos se decía que el Gobierno cambiaría la ley para legalizar la pena de muerte, que sería aplicada implacablemente al "clan de los tremendistas", como así nos llamaban. En el artículo se destacaba que yo me encontraba huido del país, residiendo en el Reino Unido, y que encima tenía la desfachatez de dar clases en el Imperial College, además de trabajar en una gran empresa londinense. Con todo, noté que no cargaban demasiado las tintas contra mi: si me quisieran muerto ya me habrían matado; era mejor tener un enemigo público perpetuo, una continua distracción de los problemas del día a día. En Londres yo estaba en una posición perfecta para los intereses del Gobierno español de aquel momento.

Tenía la garganta seca, posiblemente por la gravedad de lo que estaba contando, y mi atento anfitrión debió notarlo porque me sirvió un nuevo vaso de ratafía.

Pero, como sabes, ese Gobierno no duró mucho. Sus erráticas medidas no solucionaron nada y al final, tras varios paros generales, revueltas y represión con varios muertos, el Gobierno cayó y en las siguientes elecciones subió un Gobierno de signo contrario. Durante algún tiempo alimenté la esperanza de que podría por fin volver, ya que el nuevo Gobierno era afín a mis tesis y de hecho usaban algunos de mis libros como documentos de referencia en sus discusiones. Sin embargo, no me ofrecieron el cargo de Ministro de Energía o de Industria, y eso me resultó un tanto sospechoso. Al pasar los meses vi que, a pesar de decir que aplicaban mis recetas, cometían enormes e incomprensibles errores, y la situación, en vez de mejorar, empeoraba. Quiso la fatalidad que la Revolución Saudita comenzara justo en su primer año de mandato, y las enormes turbulencias del mercado del petróleo, con las colas, el racionamiento, los disturbios... acabaron por aniquilar también a este Gobierno. Después se sucedieron varias elecciones, tras las cuales ascendían gobiernos débiles que duraban unos pocos meses y después más elecciones. Cataluña se declaró independiente, y poco después lo hizo, para sorpresa de todos, Andalucía, y España entera se acabó disgregando. Pero eso no hace falta que te lo explique, pues tú lo has vivido en primera persona y sobre el terreno.

Por supuesto, dijo mi anfitrión, pero ya hablaremos después de mi historia, ahora estamos escuchando la tuya. Continúa, te lo ruego. Así que proseguí. 

Por aquel entonces me di cuenta de que tampoco podría continuar en el Reino Unido. Aunque en España nadie hablaba de mi ya, en el Reino Unido el grupo con el que yo trabajaba estaba cada vez más en el ojo del huracán, especialmente desde que la situación económica del país se había ido deteriorando. Al contrario que en España, en el Reino Unido yo había mantenido un perfil mediático bajo, trabajando fielmente en la sombra para mis superiores, y aunque de vez en cuando algún tabloide me señalaba con el dedo, aludiendo a los incidentes en EE.UU. y en España - "el alborotador castellano", "el predicador de la muerte", decían - lo cierto es que en el Reino Unido nadie me conocía. Pero el día que detuvieron al jefe de mi departamento, repitiendo casi las mismas palabras que usaron en España para detener a Pedro pero con las cateracterísticas pompa y flema británicas, comprendí que mis días en tierras inglesas habían llegado a su fin.

Tuve que tomar un trago más antes de continuar.

Durante los dos días siguientes lo preparé todo para marcharnos; recogimos aprisa todo lo que teníamos de valor en el pisito y durante un par de noches nos alojamos en casa de un amigo de confianza. Saqué todo el dinero que pude, preparamos unos equipajes mínimos y nos fuimos en el coche de mi amigo a Portsmouth. Allí cogimos el ferry a Caen, como si fuéramos a pasar unos días a Francia en plan turista, y una vez en Caen alquilamos un coche. El plan era desplazarnos en coche hasta España y entrar por Cataluña, donde tenía algunos amigos y la situación, según decían, no era tan mala como en Madrid o Valencia.

Por desgracia, las cosas en Francia estaban bastante peor que en el Reino Unido. Cuando aún nos faltaban unos 200 km para llegar a Toulouse el coche se quedó sin gasolina, y comprendimos que sin carnet de residente, expedido y controlado por la Prefetura de cada departamento, era imposible repostar. Negociando con lugareños conseguíamos unos pocos litros a precio de oro, pero pronto se hizo evidente que no tendríamos suficiente efectivo para pagar nuestro viaje en coche a España. Por si fuera poco, la situación en el Reino Unido se volvió muy explosiva y, en una escalada de tensión inaudita con Francia, todos los ciudadanos británicos residentes o de paso por Francia fueron obligados a ser confinados en campos de concentración, so pena de ser tomados por espías y fusilados por vía sumarísima. Si lo hubiera sabido... En la estación de Narbona, a punto de tomar por fin el tren hacia España,  un control de la gendarmería nos pidió los papeles y yo, inocentemente, le di los pasaportes británicos que nos habían concedido meses después de que España nos retirara la nacionalidad. Fuimos inmediatamente detenidos y nos transportaron al campo de concentración de Argelès-sur-mer.

Tuve que detenerme ahí, con las lágrimas en los ojos; mi anfitrión me puso su mano firme sobre la mía, intentando infundirme calma, pero yo me rehice en seguida:

Estoy bien, estoy bien, gracias. La estancia en el campo de concentración fue terrible; más de una vez pensé que mi familia no saldría de allá con vida - yo daba por seguro que yo debía morir allí. No sabes lo que es eso: la vida en esos lugares no vale nada, cada día mueren dos o tres hombres pero da igual, porque cada día llegan diez o veinte detenidos más. El hacinamiento, las chinches, pulgas, piojos, enfermedades... el hambre, la sed. Llevábamos dos meses detenidos y lo daba todo por perdido cuando hubo un cambio de la guarnición que custodiaba el campo y una parte de esta guarnición, incluyendo el capitán, eran españoles naturalizados franceses. Conseguí que me dejaran hablar con el capitán, y estaba intentando convencerle de que era un error que estuviéramos allí, pues no éramos británicos, cuando el tipo me reconoció. Para mi fortuna, era un fan acérrimo mío y en seguido arregló los papeles para que pudiéramos marchar. Como tampoco las tenía todas consigo, nos hizo salir de noche, en un camión militar con sólo cuatro soldados y el conductor, todos españoles, todos leales, rumbo a la frontera; y en los registros hizo constar que habíamos muerto aquella misma noche en una reyerta con otros de los internados.

Respiré profundamente. Notaba que la voz se me hacía hueca mientras me esforzaba en pronunciar las siguientes palabras.

Aregelès-sur-mer está ya muy cerca de la frontera, así que en menos de dos horas nos plantamos en la frontera con España, bueno, con Cataluña, y no sé cómo los soldados consiguieron pasar esquivando los controles, por una carreterita que pasa por el Coll de Banyuls y que nadie vigilaba. Pero aquellas dos horas se me hicieron eternas. En un momento llegué a pensar que en realidad sí que nos iban a ejecutar y nos iban a lanzar en cualquier cuneta, que al fin y al cabo nuestra vida dependía de aquellos muchachos, de origen español y mirada inescrutable bajo la visera y la apagada luz de las lámparas de los pueblos por los que pasábamos. Así que cuando nos bajaron en un pueblo no muy lejos de aquí, Sant Climent creo que se llamaba, les di rápidamente las gracias y me marché casi corriendo con mi familia, no siendo que cambiaran de idea.

Sant Climent no era un buen lugar para merodear pues hay una base militar española (bueno, o la había), así que seguimos la carretera hacia la población más importante. Caminamos durante horas hasta llegar a esta ciudad. No sabía a quién acudir, y recordé que tú vivías aquí, así que pregunté por ti. Parece que eres muy conocido por estos andurriales; y así fue como llegué hasta tu casa. Y ya está, esta es mi historia.
 
Mi anfitrión se recostó sobre el respaldo de su silla y me echó una larga mirada, como si sopesara todo de mi: mi persona, mi aspecto y mi historia. Al cabo de un rato, echó un trago a su ratafía, que aún no había tocado, y habló por fin.

Me has buscado a mi, a pesar de que sabes que en el pasado defendíamos posiciones diametralmente opuestas.

Bajé la cabeza, humillado. Así era.

Puede que no estuviéramos en absoluto de acuerdo, tú y yo, pero siempre reconocía tu honradez intelectual, y siempre fuiste un adversario respetuoso y honesto.

Vaya, es curioso oír estas palabras, después de tantos años. Nunca dijiste tales cosas en público.

Aquellos eran otros tiempos, ya sabes. Era casi como un juego, y se tenía que jugar un poco sucio, a veces haciendo un poco de trampas en los argumentos...

Eso será tú; yo nunca hice esas "trampas" que tú dices. El tema era demasiado serio, como se ha ido viendo a lo largo de los años, como para jugar a confundir a la opinión pública. Además, no nos engañemos: tú te ganabas la vida con esto. Y te la ganabas muy bien, seamos honestos...

Bajé la cabeza, humillado de nuevo, quizá era por el peso que te deja la ratafía en las sienes, quizá porque sabía que tenía razón. Al final, había recurrido a mi enemigo de entonces; quizá había sido un error, quizá me iba a entregar... Así que clavándole mi mirada en la suya que le dije:

Me es igual lo que me hagas a mi, pues ya no me importa, pero por favor ayuda a mi familia. Sólo te pido eso.      

El se sonrió:

Vamos, X., no dramatices. No te voy a entregar a nadie, y además no creo que a nadie le intereses un comino, a estas alturas. Las cosas han cambiado mucho, ¿sabes? Los que nos quedamos aquí lo pasamos muy mal, y muchos no vivieron para explicarlo: yo también cuento por decenas los amigos que he perdido. Quizá la razón por la que yo sobreviví es que cuando comenzó el griterío comprendí que no conseguiría hacer valer la razón gritando más, y por eso callé. Pero ahora las cosas están más tranquilas, la gente ya se cansó de tanta sangre y comienza a verse un nuevo futuro que puede ser construido, y tú aún puedes hacer un trabajo útil para esta sociedad, en vez de tanto manual de economía. 

¿Y qué puedo hacer?  ¿Qué lugar hay para mi en este nuevo mundo que tú dices?

Yo he montado un pequeño negocio y necesito ayuda, y un tipo inteligente como tú me será sin duda útil. No hace falta que me lleves los números, que para eso me basto yo y tú podrías tener todavía alguna ínfula escondida de creyente en el crecimiento exponencial. - se sonrió, irónico - Pero hay mucho trabajo que hacer, y trabajo para todo el mundo. Esa es la base del equilibrio. Quizá ya no tengamos petróleo, pero tenemos brazos, máquinas simples y un Sol que luce sobre nuestras cabezas cada día. Os podéis quedar con nosotros todo el tiempo que queráis, hasta que os podáis instalar por vuestra cuenta.

Mi anfitrión se levantó de su silla y me invitó a seguirle; me llevó a una austera estancia con ropa limpia, me mostró dónde se encontraba el baño y me invitó a acicalarme antes de comer (un plato de habas verdes con patatas y un poco de pollo, todo muy modesto, como ves, aunque a mi me sonó a gloria) y se volvió para atender, él también, a mi familia. Yo no sabía qué decirle para agradecerle su generosidad y  que nos hubiera salvado la vida, y le dije lo primero que pensé, tratando de saldar una vieja deuda. 

¿Sabes? Tenías razón. Siempre la tuviste. El peak oil fue en 2015.

Ya lo sé. Siempre lo supe. Pero no merecía la pena morir por ello.
 
 

Antonio Turiel
Junio de 2015

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