viernes, 2 de agosto de 2013

Crisis de nuestros padres




Queridos lectores,

Seguramente algunos de Vds., los más jóvenes, han tenido en más de una ocasión alguna conversación en la que los miembros de mayor edad de su familia critican, de manera genérica aunque a veces personalizando en Vds., el ansia de tener más y más de la gente de hoy en día; y la contraponen con la vida más austera y de mejores valores morales con la que ellos vivieron de jóvenes. Este tipo de conversaciones ya se daba hace años, pero ahora con la crisis se han incrementado en frecuencia puesto que cuando uno cae en una crisis que se prolonga mucho, como la actual, se empieza lógicamente a cuestionar las bases de todo en busca de una posible salida. Hay incluso un texto que ha hecho fortuna en las redes sociales y que yo ya me he encontrado un par de veces, en el que se critica con bastante gracia la hipocresía de la sociedad actual respecto a las cuestiones ambientales cuando las generaciones de nuestros mayores eran, efectivamente, mucho más sostenibles sin tanto pavoneo (pueden leer una transcripción aquí).

La constatación obvia de que nuestros padres y abuelos vivían de una manera más simple, más sostenible y más sensata que nosotros no debe sin embargo llevarnos a un cierto simplismo de naturaleza moralizante. Puesto que muchas veces, basándose en esa mayor austeridad de antaño, se pretende colegir una cierta superioridad moral de los valores de aquella época, y ahí radica el error esencial. Porque lo que es erróneo en nuestro sistema basado en el consumo y el despilfarro ya era erróneo en la época de nuestros predecesores, por la simple razón de que este sistema que ahora nos lleva al desastre es el mismo sistema de entonces. Exactamente el mismo. La única diferencia entre entonces y ahora es que nos encontramos en un punto diferente de su curva de evolución.

Es conocido que la psique humana tiende a modelar la realidad por estados (visión estática), cuando por lo general se describe mejor por procesos (visión dinámica).  Ningún punto de nuestra vida es un momento invariable, sino que siempre se están produciendo cambios; sin embargo, si éstos son lo suficientemente lentos nuestro cerebro tiende a abstraer las variables que caracterizan el momento ("En aquella época no había televisión, los niños sólo tenían un juguete, la ropa te duraba durante años") y a tomarlas como constantes, fijas durante ese período que conservamos, simplificado e idealizado, en nuestra memoria. Lo malo de esta manera de ver las cosas es que creemos que lo que caracteriza un determinado momento es su estado (los bienes que se poseían entonces, el patrón de consumo de la población en aquel momento) cuando con nuestro sistema igual o más importante es su evolución (a qué ritmo aumenta o disminuye el consumo, se expande o contrae la masa monetaria o la disponibilidad de crédito, etc). Dicho de otro modo: porque nuestro cerebro funciona en modo diapositiva no nos damos cuenta de que para entender qué pasa hace falta ver la película.

Una de esas frases típicas que reflejan la incomprensión del momento y del sistema podría ser del estilo de la siguiente: "No hace falta esta locura y despilfarro; por ejemplo, en 1960 no consumíamos lo que se consume ahora, gastábamos mucho menos petróleo, y la verdad es que no vivíamos mal. Había que trabajar mucho, eso sí; lo que le pasa es que la gente ahora no quiere trabajar". Quien formula esta frase no se da cuenta de que no podemos volver a 1960 simplemente adoptando el modo de vida y el patrón de consumo de 1960 y así "no vivir del todo mal aunque fuera trabajando mucho" porque lo que hacía de 1960 un momento vibrante y con empleo no era en realidad la riqueza de entonces, sino más bien el crecimiento de entonces (fíjense en las gráficas siguientes, sacadas de la web Politikon.es).



La gráfica de abajo nos da la visión estática (nivel del PIB en cada momento) mientras que la de arriba nos aporta una visión más dinámica (variación anual del PIB). Incluso después de varios años de crisis nuestro PIB en paridad de poder de compra es unas cinco veces mayor (sí, ¡cinco veces!) que el PIB en 1960. Sin embargo, si miramos a la variación del PIB per cápita vemos una historia muy diferente entre la década de los 60 del siglo pasado y los últimos años. Ahora estamos en una situación de decrecimiento forzado porque esta crisis no acabará nunca, con lo que en vez de aumentar las oportunidades de empleo y de inversión, en vez de tener la economía vibrante de los 60, tenemos la situación contraria: contracción, destrucción, parálisis. Encima, ahora la población es mayor, con lo que en realidad a mismo nivel del PIB la relación per cápita sería inferior, y para mantener el nivel de entonces hace falta un mayor PIB. Tenemos que pensar, también, que en realidad los salarios disminuyen en términos reales desde principios de los 80, con lo que aunque la renta media haya aumentado la renta típica (es decir, la que tiene la mayoría de la gente, los asalariados) lleva disminuyendo desde hace 30 años. Como vemos, uno idealiza el pasado, sobre todo porque en esa época uno era joven, las oportunidades menudeaban y todo le parecía maravilloso.

La prueba más clara de que el discurso colectivo de entonces no es moralmente superior al de ahora se ve en la España de ahora con la recomendación insistente de "invertir los ahorros" para "comprar un pisito" que hace unos años e incluso aún hoy solían hacer los padres al hijo que llega a la edad de emancipación. Más de un padre ha reprendido al hijo que acaba de estrenar su trabajo mileurista y eventual porque cuando él era joven se sacrificó para poder comprar el piso familiar y que lo que el hijo tiene que hacer es exactamente lo mismo. Con ese discurso está claro que el padre asume que las variables macroeconómicas de entonces y de ahora son las mismas, y que por tanto los únicos factores importantes para conseguir el fin soñado son la capacidad de sacrificio y el esfuerzo de su hijo (hay un hilo en burbuja.info que explica muy bien este colosal error de concepto). Esta presión social, ejercida desde todos los estratos pero también desde el de esa generación anterior que se cree moralmente superior, ha contribuido a que una gran masa de trabajadores se estrelle contra la burbuja inmobiliaria más grande de Europa, y que acaben empeñados de por vida, cuando no deshauciados.

Va siendo hora de que nos sacudamos ciertos atavismos morales judeo cristianos, que nos llevan a reprender al que sufre las consecuencias como si éstas fueran culpa suya y sólo suya, pues el problema es de valores morales e incumbe a toda la sociedad. Como hemos visto, el problema comenzó hace tiempo, poco en escalas históricas (poco menos de dos siglos) pero mucho en escalas humanas (unas seis generaciones). La relación entre las sucesivas generaciones se podría asimilar al juego del globo de agua: los jugadores forman una fila y se van pasando un globo que cada vez está más lleno de agua que le llega por una manguera a la que está conectado. Nadie discute las reglas del juego, nadie discute su moralidad; todo el mundo aguanta el globo el tiempo que le toca y se lo pasa al siguiente. En algún momento a un pobre idiota le revienta el globo y acaba empapado, por pura casualidad; a alguien tenía que pasarle y fue a él.

Curiosamente yo estoy bastante de acuerdo en que esta crisis es una crisis de valores, y que sólo cambiando los valores saldremos de ellos. Pero esta crisis de valores empezó hace mucho y para superarla no hay que mirar al pasado reciente sino hacia el futuro; no hay ninguna persona viva que haya vivido en un sistema diferente al actual, y eso ha demolido todos los valores tradicionales de respeto a los límites naturales salvo en algunas zonas rurales, más "atrasadas". Por eso hay que precaverse frente a las recetas simplistas de los más populistas, que dicen querer volver a los buenos y viejos valores, pero que en realidad sólo intentan retroceder puestos en la cadena de los que inflan el globo, y no se cuestionan dejar de inflarlo. Porque además por desgracia el globo ya reventó y ni eso es posible.

Los valores que necesitamos para reconstruir la sociedad tienen sus raíces en nuestro pasado un poco más distante, cien o doscientos años de antigüedad, pero no son aquellos mismos valores. Los valores de la época preindustrial necesitan ponerse al día, porque sería también muy necio creer que todos los valores de una época predemocrática y dominada por la superstición y el beatismo puedan o deban ser transplantados tal cual hoy en día. Como digo, tenemos que construir el futuro, rescatando de manera crítica aquellos valores del pasado más distante y al tiempo salvando nuestro conocimiento técnico y nuestro convencimiento moral actuales, más allá de la hipocresía de nuestros días.

Tenemos que encarar este problema seriamente, sin soberbia y sin una mirada simplista y autocomplaciente del pasado. Sólo se puede salir con recetas nuevas, con una mejor comprensión de qué es el hombre y cómo se relaciona con su entorno, entendiendo al fin que el hombre no tiene ningún derecho divino para avasallar ilimitadamente a la Naturaleza


Salu2,
AMT

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