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miércoles, 26 de abril de 2017

Elegía del crecentismo



Queridos lectores,

Diez años después del inicio de la crisis, los indicadores macroeconómicos españoles nos muestran que el país está por fin saliendo de ese agujero. Durante más de dos años el PIB español ha estado creciendo y a buen ritmo. Lo peor de la crisis, nos dicen, ha pasado; ahora, por fin, avanzamos por la senda del crecimiento y de la recuperación.

Sin embargo, la percepción popular no es en general tan optimista.

Es verdad, dice la gente, que se está notando que la cosa mejora, que hay más empleo, que la gente sale más de vacaciones, que bares y hoteles se llenan... en suma, que hay más negocio y más actividad, y eso finalmente redunda en más empleo. Sin embargo, las condiciones laborales de la mayoría están cada vez más lejos del relumbrón de hace una década. La tendencia es a salarios más bajos y empleo con menos garantías: el salario más habitual en España es de unos 1.000 euros netos al mes, cantidad insuficiente para vivir con cierta holgura en las grandes ciudades, y hasta un 30% de los asalariados cobran menos que eso.

Pero no son sólo las bajas perspectivas salariales las que atormentan al asalariado español, o al que quisiera serlo. El fantasma del desempleo o del subempleo siempre merodean, y nadie puede sentirse relativamente seguro de no caer en ellos: porque ya tienes más de 40 años, porque tienes menos de 35, porque eres mujer, porque eres fácilmente sustituible... Todos saben que cuando se cae en el desempleo o en el empleo precario hay que salir inmediatamente de ahí, como si se hubiera caído en las brasas, pues en nada de tiempo se cae en la pobreza y la exclusión. Nadie quiere hablar de ello, las televisiones se afanan en disimular esa realidad disfrazándola de anécdota cuando es un fenómeno masivo y que, a pesar de la recuperación económica, apenas retrocede. De acuerdo con la última Encuesta de Condiciones de Vida elaborada por el Instituto Nacional de Estadística español, casi un 28% de los habitantes de España está en riesgo de pobreza o de exclusión social. Los medios de comunicación señalan que se ha producido una mejora con respecto al peor momento de la crisis, en 2013, cuando este riesgo llegó a afectar al 29,2% de la población. Poco más de un 1% que puede explicarse fácilmente con esos millones de españoles que han huido de España por razones económicas; de hecho, teniendo en cuenta ese éxodo la población en riesgo ha disminuido poco, quizá también porque los excluidos son poco dados a viajar, porque saben que serán excluidos aquí y en cualquier otra parte. O porque no tienen muchas esperanzas de poder mejorar.

No todos pierden, obvia decirlo. Hay quien ha salido ganando, pero en realidad son los menos. Hay algunos más que creen que podrían salir ganando, que pueden ascender dentro del sistema, y por ello siguen jaleando este absurdo y destructivo orden de las cosas, pero en realidad se autoengañan, porque el sistema necesita cada vez a menos, también de ellos. Pero mientras se engañan a sí mismos, nos engañan también a nosotros, repitiendo desde sus púlpitos mediáticos o sus carpas televisivas los mismos mensajes, modulados por matices aparentes pero con una unidad de fondo. Vivíamos por encima de nuestras posibilidades, nos dicen. Todos podemos mejorar si nos esforzamos, nos dicen. Ya nunca volveremos a la exuberancia de comienzos de siglo, nos repiten, aquello fue una locura y ahora hay que vivir de una manera "más racional", como si aquella exuberancia fuera en modo alguno culpa de los trabajadores. Tenemos que aprender a ser competitivos y adaptativos, nos peroran, tenemos que reinventarnos y, palabra estrella, emprender. Emprender quiere decir que dejemos de pensar en ser ocupados por cuenta ajena y que creemos nuestro propio negocio; trabajando duro y siendo más imaginativos que la competencia podremos medrar. Pero el hecho tozudo es que no hay grandes oportunidades de negocio, y la mayoría de la gente no tiene formación para aspirar a crear un negocio sofisticado con un gran nicho de mercado, entre otras cosas porque el mercado en su conjunto se está haciendo más pequeño con la pérdida de renta efectiva de las clases medias. Pero el consejo cala y algunos deciden "emprender", y así más de uno y más de dos redime todo su prestación de desempleo, pide dinero prestado a familia y amigos, y monta "su negocio": una cafetería, una panadería, una ferretería... La mayoría de estos negocios no duran más de seis meses; los pocos que atraviesan ese umbral temporal sobreviven porque posiblemente un negocio del mismo tipo y mayor trayectoria ha tenido que cerrar.
 

Éste es el panorama general. Consideramos que estamos recuperando "la normalidad", cuando el hecho es que un poco menos de un tercio de la población española malvive. Pero ésos no son los que leen blogs como éste, y si Vd. pertenece a esos dos tercios de la población aún segura y no le ve de cerca los colmillos a la pobreza y la exclusión, pensará que exagero. Algunos más displicentes dirán con sorna: "Ya está ese tipo de ese blog catastrofista diciendo que se acaba el mundo; pero mira, todo sigue igual".

En realidad, no todo sigue igual. Todo sigue su curso, que es un curso lento, como corresponde a los procesos históricos. El proceso histórico que estamos siguiendo es el del fin del crecimiento y el del fin de capitalismo. Si tal fin tendrá lugar de manera caótica u ordenada, revolucionaria o evolutiva, es algo que depende completamente de las decisiones que tomen los seres humanos que conforman esta sociedad. Puede haber muchas maneras de abordar y resolver este problema, algunas mejores y otras peores, algunas más tranquilas y otras más sobresaltadas, y yo no puedo decir cuál es la más conveniente porque no lo sé. Pero cerrar los ojos y negarse a aceptar que hay un problema, ésa sé seguro que no es una solución.

Y el primer paso para solucionar el problema es comprenderlo. Hay que comprender que estamos llegando al fin del crecimiento. Ésta es una realidad difícil de aceptar para quienes se sienten favorecidos por el sistema actual, por el mecanismo de crecimiento sin fin. Y sin embargo, independientemente de nuestros gustos y preferencias, el crecimiento está llegando a su fin porque está topando con los límites físicos que marcan nuestra biosfera.

Ahora mismo ya no hay grandes oportunidades de negocio. La gran esperanza de las TIC está tocando también sus límites, porque resulta difícil conseguir una mayor penetración de los sistemas de información y porque la Ley de Moore ha muerto, así que no se puede seguir integrando sistemas en cada vez menos tamaño. El negocio que da el planeta Tierra es el que es. Es inmenso, proporciona una gran prosperidad (no siempre bien repartida) y seguramente se pueden producir aún incrementos aditivos, pero el crecimiento porcentual, el tan buscado tanto por ciento de crecimiento anual, ya sea del 2 o del 5 por ciento, eso ya no se puede mantener. Ya no hay posibilidad de crecer de manera sostenida a esas tasas de crecimiento anual, sólo se puede crecer cuando primero ha habido una recesión, sólo para volver al mismo sitio de antes o un poco más abajo.  El sistema capitalista se está haciendo cada vez más pequeño, muy lentamente pero cada vez más sensiblemente, y para conseguir el crecimiento del capital el gran nicho que queda por explotar es el de las rentas de trabajo, básicamente reduciendo los salarios en aras de un incremento de productividad cada vez más difícil pues cada vez se valoran menos los productos en un mercado saturado y con menor renta disponible, justamente por la reducción de salarios. El proceso, de mantenerse, sólo podría conducir a la destrucción de la clase media y del Estado del Bienestar, y en el largo plazo ni por ésas se podrá garantizar las tasas de retorno del capital estipuladas. Eso pone una fecha de terminación al capitalismo tal y como lo concebimos ahora, puede que sea 20 años, puede que 50, quizá tan sólo 2, pero en todo caso sus días están contados.

Pero no se quiere creer que hemos llegado a este punto y se nos dice: "¿No lo veis? ¡La economía española lleva más de dos años creciendo a buen ritmo!". No es ninguna coincidencia que dos años y medio es el tiempo que el precio del petróleo lleva bajo, después del colapso de precios de septiembre de 2014. Este petróleo barato favorece el despegue de una economía tan basada en el petróleo como la española, donde a pesar de la gran caída general del consumo de energía desde los máximos de 2008 el petróleo aún representa más del 50% de la energía primaria consumida. Aquéllos que quieren creer en el espejismo económico español deberían mirar a Europa y darse cuenta de que en el resto del Viejo Continente no hay tal recuperación, la norma es el estancamiento o el crecimiento muy débil y renqueante. ¿Qué solidez tiene el crecimiento español, si los países más industrializados de su área no levantan cabeza desde el inicio de la crisis?


Mientras aquí se mantiene un modelo económico basado en los servicios de bajo valor añadido y en la construcción, a pesar de saber lo frágil que es delante de las crisis económicas internacionales, el resto de países van discretamente definiendo sus estrategias de cara a un futuro mucho más complejo de lo que aquí se intuye, y para el que nadie aquí se está preparando. Déjenme que analice con un poco de detalle un par de cuestiones asociadas con la crisis energética.

Desde hace casi 10 años Alemania se ha lanzado a un intenso programa de transformación de su matriz energética conocido como Energiewende ("transición energética", en alemán). El objetivo declarado de tal transición es aumentar la producción de energía de origen renovable dentro del objetivo de mejorar la sostenibilidad de la economía alemana y, se aduce, disminuir su huella de CO2. El hecho es que Alemania ha conseguido incrementar su producción energía renovable desde valores casi testimoniales hasta el 36% de la energía eléctrica (valor que no está nada mal, aunque recordemos que la energía eléctrica es sólo una fracción de la energía final consumida, en torno al 20% en los países industrializados y del 14% a escala global; así, en el caso de Alemania, la energía renovable representará menos del 9% de su energía final consumida). Lo curioso del caso alemán es que, a pesar del enorme despegue de la energía renovable las emisiones de CO2 no han disminuido, e incluso han aumentado ligeramente en 2015 y en 2016. ¿Por qué? La razón la podemos ver en el siguiente gráfico, que nos muestra la evolución de la producción eléctrica alemana durante los últimos años.



Si se fijan bien en la gráfica, verán que todo el aumento de energía renovable ha servido fundamentalmente para cerrar centrales nucleares (y en menor medida algunos ciclos combinados de gas). Sin embargo, el consumo de carbón se ha mantenido prácticamente constante, incluso el lignito -altamente contaminante y muy emisor de CO2 - ha aumentado ligeramente. Teniendo en cuenta que la huella de carbono de una central nuclear es muy pequeña, mucho más pequeña que la de una térmica de carbón, está claro que la Energiewende no está pretendiendo la descarbonización de la economía alemana, sino otra cosa. Básicamente, una salida ordenada de la energía nuclear. 

Se puede alegar que abandonar la energía nuclear es algo positivo debido a los riesgos que comporta. Siendo eso verdad, da más bien la impresión de que la urgencia del abandono de la energía nuclear tiene más que ver con la llegada del pico del uranio: como comentamos al analizar el informe anual de la Agencia Internacional de la Energía de 2014, todo apunta a que el pico del uranio ya se ha producido (y probablemente el del carbón también, pero ésa es otra historia). En ese sentido, el movimiento de Alemania contrasta con el de su vecina Francia, país que apostó mucho más fuerte por la energía nuclear. Las dificultades crecientes para conseguir uranio asequible estarían probablemente detrás de que en los últimos 4 años de manera permanente un 25% de las centrales nucleares francesas permanezcan paradas por uno u otro motivo; también estarían en el trasfondo de la intervención militar de Francia en Malí, y tendrían mucho que ver con el episodio del encarecimiento de la electricidad en España a principios de este año. En Francia se dejan oír ahora voces a favor de una rápida implantación de la energía renovable, a la vista de lo cara que resulta la nuclear. En Alemania esta decisión ya la tomaron hace tiempo, y a pesar de que los críticos atacan la Energiewende por haber encarecido la electricidad, probablemente Alemania está prefiriendo pagar más ahora para poder resistir mejor la crisis energética inminente. Una cuestión para meditar.

Los defensores de la energía nuclear suelen desdeñar el problema del pico del uranio alegando que si el precio es suficientemente alto aparecerán recursos de una manera exponencial. Esencialmente, a 200$ por kilo de uranio la producción se podría cuadriplicar. Este argumento resulta bastante miope, pues ya sabemos que hay un límite máximo al coste de la energía. James Hamilton, profesor de la Universidad de California San Diego, lo sitúa en torno al 10% del PIB, lo cual es consistente con los análisis basados en la Tasa de Retorno Energético (TRE) y con los que han realizado otros economistas como Gaël Giraud. De hecho, a 200$ dólares por barril de petróleo la producción de petróleo también podría cuadruplicarse, pero tal precio es simplemente imposible de soportar por la economía, porque en esencia el rendimiento energético de ese petróleo es demasiado bajo como para sostener una sociedad compleja.


De hecho, el escenario de precios altos para el petróleo parece el más probable para los próximos meses, de acuerdo tanto con la Agencia Internacional de la Energía como con el banco HSBC. La razón, analizada tiempo ha en este blog, es la brutal desinversión de las compañías petroleras, en su afán por simplemente sobrevivir (este tema se explica en detalle en la nueva versión del prontuario). En ese momento podremos comprobar si la inversión en explotación petrolífera se recupera o, como parece más probable, entramos en una nueva fase destructiva de la espiral del descenso energético. La crisis económica y financiera mundial que seguirá llevará de nuevo los precios del petróleo a la baja y a los países productores a un paso de las revueltas internas. ¿Invadiremos Argelia? Sólo el tiempo lo dirá.


Y a pesar de la relativa tregua que el petróleo barato le está dando a las economías occidentales, el malestar crece. Un malestar que lleva un día a un (fallido) referéndum en Grecia que habría sacado el país de la zona euro, otro día a un referéndum (exitoso) para sacar al Reino Unido de la Unión Europea, más tarde a la victoria de Donald Trump en la carrera presidencial de los EE.UU. y que en estos días lleva a Marine Le Pen a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, que aunque no gane la ponen un paso más cerca del Elíseo, aunque sea a cinco años vista. Movimientos del mismo corte son generalizados en todo Occidente, hay un avance aparentemente imparable del populismo, de políticos de escasa catadura moral pero que proponen una reforma radical del sistema político, y mucha gente los considera una alternativa atractiva e interesante porque ya no compran el discurso tradicional de una élite vista como corrupta y subsidiaria del poder económico.

Y Vd., querido lector, incluso si es Vd. un afortunado miembro de esos dos tercios de la sociedad que no se ve en la pobreza o en la exclusión social, párese a pensar: ¿qué estamos ofreciendo a la juventud? Incluso los hijos de las clases altas no tienen claro el futuro. Se les pide que se esfuercen, que se sacrifiquen para que, quizá, tal vez, puedan tener un sueldo casi digno, no de emancipación, en algún momento no demasiado temprano de su vida.
Y a medida que vamos vamos más abajo en la escala social el futuro es más negro.

¿En aras de qué mantenemos esta situación? ¿Cuál es la ventaja de mantener un sistema económico que de manera palmaria es ya disfuncional, y que mostrará una mucho peor cara cuando la nueva oleada recesiva emerja?

El problema es la obsesión con el crecimiento económico. No sólo los agentes económicos; también los partidos y sindicatos sólo contemplan la creación de empleo a través del crecimiento económico, y se les hace impensable un escenario en que el crecimiento económico ya no sea posible; y no hablemos ya de abrazar el decrecentismo como fundamento ideológico. Hay demasiado miedo al rechazo social que genera la idea de decrecimiento, a pesar de que el 37% de la población española está ya, a día de hoy, dispuesta a abandonar el crecimiento. ¿Es que su opinión no cuenta? ¿Saben más los presuntos expertos que un día desbarran sobre el falso milagro del fracking en EE.UU. y otro apoyan con oscuros argumentos la austeridad como medida eficaz anti-crisis? En esa misma encuesta que enlazo arriba se muestra que sólo el 4% de la población española apuesta incondicionalmente por el crecimiento, frente a un 16% que apuesta incondicionalmente por todo lo contrario, por detenerlo por completo.

Seamos honestos: la idea de abandonar el crecimiento es ya bastante madura en la población, y el próximo recrudecimiento de la crisis hará que esta opción se convierta en mayoritaria. En realidad, hace una falta urgente un plan de decrecimiento. Pero tal cosa no va a suceder en tanto que nuestros dirigentes políticos y económicos no superen la fase de duelo en la que están respecto al crecentismo, es decir, la ideología del crecimiento. Ya está bien de maquillar estadísticas, ya está bien de mirar hacia otro lado, ya está bien de intentar ver con el prisma crecentista la evidencia que se acumula y que muestra que el crecimiento se acabó.

Así es, señores. Se acabó el crecimiento. Dejen de soñar quimeras, dejen de imaginar soluciones tecnológicos que nunca cuajan y no responden a los problemas que tenemos ya, aquí y ahora. No es una situación coyuntural, sino un problema estructural. Si lo necesitan, lloren por el crecimiento perdido; pero después séquense las lágrimas y pónganse a trabajar, pues nos falta, entre otras cosas, tiempo.

Si Vd., querido lector, es un responsable político y ha llegado aquí porque tiene dudas, sepa que tiene dos preguntas sobre la mesa: 
  1. ¿Es el crecimiento económico deseable? 
  2. ¿Es el crecimiento económico posible?
No se trata, no, de que conteste a estas dos preguntas: la respuesta a ambas ya es conocida y es un rotundo NO; este blog rebosa de la evidencia que avala estas respuestas. Lo importante es que piense cuál es el orden en que se plantea estas dos preguntas. Si se las plantea en el orden en que están escritas, probablemente Vd. comprenda los innumerables problemas que plantea el crecimiento, y con la segunda pregunta está intentando justificar la primera. Si las plantea en el orden inverso, probablemente comprende las limitaciones que imponen los límites biofísicos del planeta, y propone la segunda pregunta para consolarse. Si es así, aún está superando su fase de duelo. Dése su tiempo y supérelo. 

La ideología del crecimiento ha muerto, ¡Larga vida al decrecentismo!





Salu2,
AMT

viernes, 2 de agosto de 2013

Crisis de nuestros padres




Queridos lectores,

Seguramente algunos de Vds., los más jóvenes, han tenido en más de una ocasión alguna conversación en la que los miembros de mayor edad de su familia critican, de manera genérica aunque a veces personalizando en Vds., el ansia de tener más y más de la gente de hoy en día; y la contraponen con la vida más austera y de mejores valores morales con la que ellos vivieron de jóvenes. Este tipo de conversaciones ya se daba hace años, pero ahora con la crisis se han incrementado en frecuencia puesto que cuando uno cae en una crisis que se prolonga mucho, como la actual, se empieza lógicamente a cuestionar las bases de todo en busca de una posible salida. Hay incluso un texto que ha hecho fortuna en las redes sociales y que yo ya me he encontrado un par de veces, en el que se critica con bastante gracia la hipocresía de la sociedad actual respecto a las cuestiones ambientales cuando las generaciones de nuestros mayores eran, efectivamente, mucho más sostenibles sin tanto pavoneo (pueden leer una transcripción aquí).

La constatación obvia de que nuestros padres y abuelos vivían de una manera más simple, más sostenible y más sensata que nosotros no debe sin embargo llevarnos a un cierto simplismo de naturaleza moralizante. Puesto que muchas veces, basándose en esa mayor austeridad de antaño, se pretende colegir una cierta superioridad moral de los valores de aquella época, y ahí radica el error esencial. Porque lo que es erróneo en nuestro sistema basado en el consumo y el despilfarro ya era erróneo en la época de nuestros predecesores, por la simple razón de que este sistema que ahora nos lleva al desastre es el mismo sistema de entonces. Exactamente el mismo. La única diferencia entre entonces y ahora es que nos encontramos en un punto diferente de su curva de evolución.

Es conocido que la psique humana tiende a modelar la realidad por estados (visión estática), cuando por lo general se describe mejor por procesos (visión dinámica).  Ningún punto de nuestra vida es un momento invariable, sino que siempre se están produciendo cambios; sin embargo, si éstos son lo suficientemente lentos nuestro cerebro tiende a abstraer las variables que caracterizan el momento ("En aquella época no había televisión, los niños sólo tenían un juguete, la ropa te duraba durante años") y a tomarlas como constantes, fijas durante ese período que conservamos, simplificado e idealizado, en nuestra memoria. Lo malo de esta manera de ver las cosas es que creemos que lo que caracteriza un determinado momento es su estado (los bienes que se poseían entonces, el patrón de consumo de la población en aquel momento) cuando con nuestro sistema igual o más importante es su evolución (a qué ritmo aumenta o disminuye el consumo, se expande o contrae la masa monetaria o la disponibilidad de crédito, etc). Dicho de otro modo: porque nuestro cerebro funciona en modo diapositiva no nos damos cuenta de que para entender qué pasa hace falta ver la película.

Una de esas frases típicas que reflejan la incomprensión del momento y del sistema podría ser del estilo de la siguiente: "No hace falta esta locura y despilfarro; por ejemplo, en 1960 no consumíamos lo que se consume ahora, gastábamos mucho menos petróleo, y la verdad es que no vivíamos mal. Había que trabajar mucho, eso sí; lo que le pasa es que la gente ahora no quiere trabajar". Quien formula esta frase no se da cuenta de que no podemos volver a 1960 simplemente adoptando el modo de vida y el patrón de consumo de 1960 y así "no vivir del todo mal aunque fuera trabajando mucho" porque lo que hacía de 1960 un momento vibrante y con empleo no era en realidad la riqueza de entonces, sino más bien el crecimiento de entonces (fíjense en las gráficas siguientes, sacadas de la web Politikon.es).



La gráfica de abajo nos da la visión estática (nivel del PIB en cada momento) mientras que la de arriba nos aporta una visión más dinámica (variación anual del PIB). Incluso después de varios años de crisis nuestro PIB en paridad de poder de compra es unas cinco veces mayor (sí, ¡cinco veces!) que el PIB en 1960. Sin embargo, si miramos a la variación del PIB per cápita vemos una historia muy diferente entre la década de los 60 del siglo pasado y los últimos años. Ahora estamos en una situación de decrecimiento forzado porque esta crisis no acabará nunca, con lo que en vez de aumentar las oportunidades de empleo y de inversión, en vez de tener la economía vibrante de los 60, tenemos la situación contraria: contracción, destrucción, parálisis. Encima, ahora la población es mayor, con lo que en realidad a mismo nivel del PIB la relación per cápita sería inferior, y para mantener el nivel de entonces hace falta un mayor PIB. Tenemos que pensar, también, que en realidad los salarios disminuyen en términos reales desde principios de los 80, con lo que aunque la renta media haya aumentado la renta típica (es decir, la que tiene la mayoría de la gente, los asalariados) lleva disminuyendo desde hace 30 años. Como vemos, uno idealiza el pasado, sobre todo porque en esa época uno era joven, las oportunidades menudeaban y todo le parecía maravilloso.

La prueba más clara de que el discurso colectivo de entonces no es moralmente superior al de ahora se ve en la España de ahora con la recomendación insistente de "invertir los ahorros" para "comprar un pisito" que hace unos años e incluso aún hoy solían hacer los padres al hijo que llega a la edad de emancipación. Más de un padre ha reprendido al hijo que acaba de estrenar su trabajo mileurista y eventual porque cuando él era joven se sacrificó para poder comprar el piso familiar y que lo que el hijo tiene que hacer es exactamente lo mismo. Con ese discurso está claro que el padre asume que las variables macroeconómicas de entonces y de ahora son las mismas, y que por tanto los únicos factores importantes para conseguir el fin soñado son la capacidad de sacrificio y el esfuerzo de su hijo (hay un hilo en burbuja.info que explica muy bien este colosal error de concepto). Esta presión social, ejercida desde todos los estratos pero también desde el de esa generación anterior que se cree moralmente superior, ha contribuido a que una gran masa de trabajadores se estrelle contra la burbuja inmobiliaria más grande de Europa, y que acaben empeñados de por vida, cuando no deshauciados.

Va siendo hora de que nos sacudamos ciertos atavismos morales judeo cristianos, que nos llevan a reprender al que sufre las consecuencias como si éstas fueran culpa suya y sólo suya, pues el problema es de valores morales e incumbe a toda la sociedad. Como hemos visto, el problema comenzó hace tiempo, poco en escalas históricas (poco menos de dos siglos) pero mucho en escalas humanas (unas seis generaciones). La relación entre las sucesivas generaciones se podría asimilar al juego del globo de agua: los jugadores forman una fila y se van pasando un globo que cada vez está más lleno de agua que le llega por una manguera a la que está conectado. Nadie discute las reglas del juego, nadie discute su moralidad; todo el mundo aguanta el globo el tiempo que le toca y se lo pasa al siguiente. En algún momento a un pobre idiota le revienta el globo y acaba empapado, por pura casualidad; a alguien tenía que pasarle y fue a él.

Curiosamente yo estoy bastante de acuerdo en que esta crisis es una crisis de valores, y que sólo cambiando los valores saldremos de ellos. Pero esta crisis de valores empezó hace mucho y para superarla no hay que mirar al pasado reciente sino hacia el futuro; no hay ninguna persona viva que haya vivido en un sistema diferente al actual, y eso ha demolido todos los valores tradicionales de respeto a los límites naturales salvo en algunas zonas rurales, más "atrasadas". Por eso hay que precaverse frente a las recetas simplistas de los más populistas, que dicen querer volver a los buenos y viejos valores, pero que en realidad sólo intentan retroceder puestos en la cadena de los que inflan el globo, y no se cuestionan dejar de inflarlo. Porque además por desgracia el globo ya reventó y ni eso es posible.

Los valores que necesitamos para reconstruir la sociedad tienen sus raíces en nuestro pasado un poco más distante, cien o doscientos años de antigüedad, pero no son aquellos mismos valores. Los valores de la época preindustrial necesitan ponerse al día, porque sería también muy necio creer que todos los valores de una época predemocrática y dominada por la superstición y el beatismo puedan o deban ser transplantados tal cual hoy en día. Como digo, tenemos que construir el futuro, rescatando de manera crítica aquellos valores del pasado más distante y al tiempo salvando nuestro conocimiento técnico y nuestro convencimiento moral actuales, más allá de la hipocresía de nuestros días.

Tenemos que encarar este problema seriamente, sin soberbia y sin una mirada simplista y autocomplaciente del pasado. Sólo se puede salir con recetas nuevas, con una mejor comprensión de qué es el hombre y cómo se relaciona con su entorno, entendiendo al fin que el hombre no tiene ningún derecho divino para avasallar ilimitadamente a la Naturaleza


Salu2,
AMT

sábado, 26 de noviembre de 2011

¿Por qué es el crecimiento económico tan popular?

Queridos lectores,


En esta ocasión es un honor para mí presentarles la traducción al español (realizada por Carlos Valmaseda) del último post de Ugo Bardi. Este post fue publicado en inglés en el blog del profesor Bardi, "Cassandra's legacy".


Les dejo con Ugo Bardi. Salu2,
AMT


Cuando el nuevo Primer Ministro italiano, Mr. Mario Monti, pronunció su discurso de aceptación al Senado, hace unos días, utilizó el término "crecimiento" 28 veces y ni siquiera una términos como "recursos naturales" o "energía". No es el único que ignora la base física de la economía mundial: el coro de expertos económicos en cualquier lugar del mundo gira en torno a esta palabra mágica, "crecimiento". Pero, ¿por qué? ¿Qué es lo que hace de este único parámetro algo tan especial y tan amado?
leyenda


Durante los últimos años, el sistema financiero dió al mundo una señal clara cuando los precios de todos los productos naturales crecieron hasta niveles nunca vistos anteriormente. Si los precio son altos, tenemos un problema de oferta. Dado que muchas de las materias primas que usamos no son renovables -el petróleo, por ejemplo- es al menos razonable suponer que tenemos un problema de agotamiento. Sin embargo, la reacción de los líderes, políticos y expertos económicos de toda clase fue -y sigue siendo- ignorar la base física del sistema económico y promover el crecimiento económico como la solución a todos nuestros problemas: cuanto más, mejor. Pero, si el agotamiento es un problema real, debería ser obvio que el crecimiento solo puede empeorarlo. Después de todo, si crecemos consumimos más recursos y esto acelerará el agotamiento. Por tanto, ¿por qué están nuestros líderes tan obsesionados con el crecimiento? ¿No pueden entender que es un error colosal?¿Son estúpidos o qué?

Como siempre, las cosas no son tan simples. Uno de los errores más comunes que podemos hacer en esta vida es suponer que la gente que no está de acuerdo con nuestras ideas es estúpida. No, aquí se aplica la regla de que para todo lo que existe hay una razón. Por lo tanto, hay una razón para que el crecimiento sea promovido como la cura universal para todos los problemas. Y, si profundizamos en la materia, podemos encontrar la razón en el hecho de que la gente (los líderes como todos los demás) tienden a privilegiar las ganancias a corto más que a largo plazo. Déjenme explicarlo.

Comencemos con la observación de que la economía mundial es una inmensa reacción con múltiples vías dirigida por los potenciales termodinámicos de los recursos naturales que utiliza. Básicamente, estos recursos son combustibles fósiles no renovables que quemamos para proporcionar energía a todo el sistema. Tenemos buenos modelos que describen el proceso. El más temprano se produjo en los 70 con la primera versión del estudio
"Los límites al crecimiento". Estos modelos se basan en el método conocido como "dinámica de sistemas" y tiene en cuenta stocks de recursos altamente agregados (es decir, promediados sobre clases muy diferentes). Ya en 1972, los modelos mostraban que el agotamiento gradual de menas de alto grado y el incremento de una contaminación persistente provocarían que la economía detuviese su crecimiento y a continuación disminuyese; muy probablemente durante las primeras décadas del siglo XXI. Estudios posteriores del mismo tipo generaron resultados similares. La crisis presente parece reivindicar estas predicciones.

Por tanto, estos modelos nos dicen que el agotamiento y la contaminación se encuentran en la raíz de los problemas que tenemos, pero nos dicen poco sobre el caos financiero que estamos viendo. No tienen un stock llamado "dinero" y no realizan ningún intento por describir cómo afectará la crisis a diferentes regiones del mundo y a diferentes categorías sociales. Dada la naturaleza del problema, esta es la única opción posible para hacer la modelización manejable, pero es también una limitación. Los modelos no nos pueden decir, por ejemplo, cómo deberían actuar los políticos para evitar la bancarrota de estados enteros. Sin embargo, los modelos se pueden entender en el contexto de las fuerzas que mueven el sistema. El hecho de que el sistema económico mundial sea complejo no significa que no siga las leyes de la física. Por el contrario, es mirando estas leyes como podemos tener una visión de lo que está sucediendo y cómo podríamos actuar sobre el sistema.

Hay buenas razones basadas en la termodinámica que hacen que las economías consuman recursos al ritmo más rápido posible y con la eficiencia más alta posible (véase  este documento de Arto Annila y Stanley Salthe). Por lo tanto,el sistema industrial intentará explotar primero los recursos que proporcionen el retorno más alto. Para los recursos productores de energía (como el petróleo) el retorno se puede medir en términos de retorno de energía por energía invertida(TRE o EROEI). En realidad, las decisiones en el sistema no se toman en términos de energía sino de beneficio monetario, pero los dos conceptos se puede considerar que coinciden en una primera aproximación. Ahora bien, lo que sucede cuando se consumen los recursos no renovables es que el EROEI de lo que queda disminuye y el sistema se hace menos eficiente; esto es, los beneficios bajan. La economía tiende a hacerse más pequeña mientras el sistema intenta concentrar el flujo de recursos allá donde se puedan procesar con el grado más alto de eficiencia y proporcionar los beneficios más altos; algo que normalmente se relaciona con las economías de escala. En la práctica, la contracción de la economía no es la misma en todas partes: los sectores periféricos del sistema, tanto en términos geográficos como sociales, no pueden procesar los recursos con la suficiente eficiencia; tienden a ser apartados del flujo de recursos, a disminuir y finalmente a desaparecer. Un sistema económico que se enfrenta a una reducción en el flujo de recursos naturales es como un hombre que se muere de frío: las extremidades son lo primero que se congela y muere.

Entonces, ¿cuál es la función del sistema financiero, también conocido simplemente como "dinero"? El dinero no es una entidad física, no es un recurso natural. Tiene, sin embargo, un rol fundamental en el sistema como catalizador. En una reacción química, un catalizador no cambia los potenciales químicos que dirigen la reacción, pero puede acelerarlos y cambiar la vía preferida por los reactivos. Para el sistema económico, el dinero no cambia la disponibilidad de recursos o su rendimiento energético pero puede dirigir el flujo de recursos naturales a las áreas en las que son explotados más rápidamente y con más eficiencia. Esta asignación del flujo normalmente genera más dinero y, por tanto, tenemos una típica retroalimentación positiva (o "aumento"). Como resultado, todos los efectos descritos anteriormente van más deprisa. El agotamiento se puede enmascarar temporalmente aunque, normalmente, a expensas de más contaminación. A continuación podemos ver el colapso abrupto de regiones enteras como puede ser el caso de España, Italia, Grecia y otras. Este efecto se puede extender a otras regiones a medida que el agotamiento de recursos no renovables continua y el coste de la contaminación aumenta.

No podemos ir contra la termodinámica, pero podríamos al menos evitar alguno de los efectos más desagradables que se originan por intentar superar los límites de los recursos naturales. Este punto ya fue examinado en 1972 por los autores del primer "Límites al crecimiento" sobre la base de sus modelos pero, finalmente, es solo una cuestión de sentido común. Para evitar, o al menor mitigar el colapso, debemos parar de crecer. De esta forma los recursos no renovables durarán más y podremos utilizarlos para desarrollar y usar recursos renovables. El problema es que frenar el crecimiento no proporciona beneficios y que, en la actualidad, las renovables no proporcionan todavía beneficios tan grandes como los de los combustibles fósiles que quedan. Por tanto, al sistema no le gusta ir en esa dirección -tiende, más bien, a ir hacia los beneficios más altos a corto plazo, con el sistema financiero facilitando el camino-. Esto es, el sistema tiende a seguir usando recursos no renovables, incluso con el coste de destruirse a sí mismo. Forzar al sistema a cambiar de dirección solo se podría conseguir mediante algún control centralizado pero eso, obviamente, es complejo, caro e impopular. No es sorprendente por tanto que nuestros líderes no parezcan entusiasmados por esta estrategia.

Veamos, en cambio, otra posible opción para los líderes: la de "estimular el crecimiento". ¿Qué significa esto exactamente? En general, parece significar el usar el sistema de impuestos para transferir recursos financieros al sistema industrial. Con más dinero, las industrias pueden permitirse pagar precios más altos por los recursos naturales. Como consecuencia, la industria extractiva puede mantener sus beneficios, en realidad incrementarlos, y continuar extrayendo incluso recursos caros. Pero el dinero, como hemos dicho, no es una entidad física; en este caso solo cataliza la transferencia de recursos humanos y materiales al sistema extractivo a expensas de subsistemas como la seguridad social, la sanidad, la instrucción, etc. No sin dolor, por supuesto, pero puede dar al público la impresión de que los problemas se están solucionando. Puede mejorar los indicadores económicos y puede matener un flujo de recursos lo suficientemente grande como para evitar el colapso completo de las regiones periféricas, al menos durante algún tiempo. Pero la atracción real de estimular el crecimiento es que es la forma más fácil: empuja al sistema en la dirección en la que quiere ir. El sistema está preparado para explotar los recursos naturales al ritmo más rápido posible, esta estrategia le da nuevos recursos para hacer exactamente eso. Nuestros líderes puede que no comprendan exactamente lo que están haciendo, pero seguro que no son estúpidos: no van a ir a contracorriente.

El problema es que la estrategia de estimular el crecimiento solo compra tiempo (y lo hace a un precio alto). Nada que hagan los gobernantes o los financieros puede cambiar la termondinámica del sistema mundial. Todo lo que pueden hacer es desplazar recursos de aquí para allá y eso no cambia la dura realidad del agotamiento y la contaminación. Por tanto, empujar el crecimiento económico es solo una solucion a corto plazo que empeora el problema a la larga. Puede posponer el colapso pero al precio de hacerlo más abrupto en la forma conocida como el  Precipicio de Séneca. Desgraciadamente, parece que vamos exactamente por ese camino.


Este post fue inspirado por un excelente post sobre la situación financiera escrito por Antonio Turiel de título "Antes de la ola"

martes, 20 de septiembre de 2011

Por qué se despilfarra tanto


Queridos lectores,

Hay un tema que recurre en las últimas discusiones y tiene que ver con la posibilidad de mantener una sociedad estable y viable disminuyendo voluntariamente el consumo. Tal afirmación es innegablemente cierta: siempre digo que resulta ridículo hablar de escasez de energía cuando se están consumiendo en el mundo cada día 85 millones de barriles de petróleo de 159 litros cada uno de ellos; piénsenlo: son más de 156.000 litros por segundo en todo el planeta, y cada litro de ese elixir mágico contiene la misma energía que un hombre sano y fuerte (100 vatios de potencia media) podría producir trabajando sin parar durante casi 4 días y medio (durante unas 106 horas aproximadamente). En suma, el monstruoso flujo de energía sólo del petróleo en el planeta equivale diariamente al trabajo de 60 millardos de fornidos esclavos energéticos de los de a 100 vatios infatigables la unidad: ocho y medio por cada habitante de este planeta, y eso sólo de petróleo (dado que el consumo global de energía primaria es de unos 14 Tw la media mundial contando todas las fuentes es de 20 esclavos energéticos por persona; la media europea llega a 45 esclavos energéticos per cápita, mientras que en EE.UU. la media es de 120 esclavos por patrón humano). Juzguen Vds. ahora si se puede hablar de escasez con esos números, sobre todo teniendo en cuenta cómo se derrocha la energía.

Y sin embargo se está produciendo una situación de escasez. Esta escasez no es técnica, como tantas veces se ha discutido en el blog, ni es material (porque aunque en el futuro habrá menos energía se tiene tanta que podríamos pilotar un lento y suave descenso hasta llegar a un suelo firme renovable; con un consumo uno o dos órdenes de magnitud inferior al actual, eso sí). El problema de la escasez viene de que energía y economía están íntimamente ligadas, y pretender ver las dos variables separadamente, hasta el punto de intentar resolver los problemas de una independientemente de los de la otra, impide ver la profundidad del abismo al que como sociedad global (y no sólo occidental) estamos abocados.


En lo que sigue explicaré algunos conceptos que muestran hasta qué punto no podemos desligar energía de economía en nuestra sociedad, y cómo pretender resolver el problema energético sin antes cambiar el modelo económico está inevitablemente abocado al fracaso. No demostraré nada en concreto ni cuantificaré de manera precisa el balance energético-económico de las transacciones humanas descritas; sólo pretendo por la vía de algunos casos y ejemplos hacerles comprender cuán necesario es un tratamiento holístico de esta cuestión y cómo las típicas soluciones simples de ahorro y eficiencia que se proponen desde las tascas de nuestros pueblos hasta en las más altas magistraturas del Estado pecan de una cortedad de miras que las hace inútiles, cuando no contraproducentes, en la práctica.

Una primera cuestión a tener en cuenta, comentada frecuentemente en el ámbito del Peak Oil, es la paradoja de Jevons. Para los que no conozcan la historia: Willam Stanley Jevons, lord inglés que vivió hace cosa de dos siglos, observó que en el siglo XIX a medida que se introducían mejoras en las máquinas de vapor de modo que se aumentaba su eficiencia el consumo de carbón subía, en vez de la esperada disminución. La razón es que se produce lo que en economía se llama un efecto rebote: si disminuyes el coste de un producto (coste en dinero o en energía) sin modificar otros factores resulta que se está dando un incentivo para consumir más de ese producto si su mayor consumo nos reporta una ventaja, ya que con la misma renta disponible podremos consumir más; peor aún, quien antes no podía acceder a este consumo por tener una renta insuficiente ahora podrá hacerlo. Por supuesto que el efecto rebote no suele afectar a áreas donde no hay una ganancia real por el mayor consumo del producto (por ejemplo, no es cierto que si cambiamos las bombillas por unas de mayor eficiencia se esté dando pie per se a poner más bombillas; si se compran más es por otros motivos), pero sí que el rebote está presente y es muy determinante sobre todo en la adquisición de bienes de equipo destinados a la producción de bienes y servicios, es decir, a la actividad económica. Se ha de entender, por tanto, que el repetido llamamiento a la mejora de la eficiencia es contraproducente si no está acompañado de otras medidas, porque en vez de dar un estímulo a consumir menos da un estímulo a consumir más. Un ejemplo: si un coche gasta 20 l/100 Km y la gasolina está cara menos gente se comprará un coche, pero si el mismo coche, a precio semejante, gasta 5l/100 Km automáticamente una mayor cantidad de gente considerará que es una buena idea comprar el vehículo. La realidad está trufada de ejemplos similares, en los que las mejoras en la eficiencia en general (no sólo energética) y no sólo en el consumo de los aparatos sino de los medios de la producción ha disparado el consumo de muchos productos (¿quién se planteaba comprar un PC hace 30 años?). El problema es que las medidas que han de acompañar a la mejora en la eficiencia han de ser medidas de planificación, de racionamiento. El problema del racionamiento ya lo hemos comentado en estas páginas: si se intenta hacer compatible con una economía de mercado, o incluso en su ausencia, se origina un mercado negro que puede desestabilizar el sistema al favorecer el crecimiento de mafias que acaban fagocitando al Estado en los casos extremos. Con todo, ya saben que el Gobierno británico, que está prestando más atención que otros al problema del Peak Oil, ha considerado la posibilidad de implantar cartillas de racionamiento para la energía. Sea como fuera, la eficiencia sólo tiene sentido si se limita el acceso a las materias primas desde arriba, y eso casa mal con nuestra economía de libre mercado. Además, el aumento de la eficiencia implica una disminución del coste de producción (coste energético y también coste económico) con lo que el valor de lo producido en realidad no aumenta, el PIB es constante. Es decir, con una limitación de acceso a los recursos al mejorar la eficiencia se suministran más bienes y servicios pero simplemente porque el coste unitario (económico y de recursos) de los mismos disminuye. En esencia, una tal economía no crece. Y no crecer, ahora lo veremos, es veneno para  nuestro sistema económico.


Otra posibilidad que se suele comentar, y es a la que se ha abonado el comentarista Darío Duarte, es que con la adecuada concienciación social se puede ahorrar muchísimo y así postergar el colapso mientras la sociedad se adapta a una nueva realidad de recursos materiales más escasos. Todos somos conscientes de que en nuestra sociedad occidental se malgasta muchísimo. Tiramos comida en buen estado que sólo sirve para engordar las alimañas de los vertederos, gastamos agua a raudales sin ton ni son, cambiamos continuamente de ropa, de móvil, de coche... en España hubo una época no tan lejana en que casi se cambiaba de casa cada cierto tiempo. No necesitamos tanto, qué duda cabe. Posiblemente con la décima parte, incluso la centésima parte de eso podríamos tener una vida digna y funcionalmente muy parecida a la actual. Ahorraríamos los esenciales recursos y nos sería hasta asequible montar un sistema de energías renovables a esa escala, y en cuanto al resto de materias primas, añadido al descenso de consumo, su uso más racional y el reciclaje integral podríamos postergar los problemas de agotamiento varios milenios, mientras aprendemos a sintetizar materiales eficaces a través del carbono y de otros átomos abundantes. En suma, he aquí un camino claro y expedito a la solución, a la evitación segura de cualquier riesgo de degradación social y de caos. Pero, ¿por qué no le seguimos? Simplemente, porque no podemos. No es posible dejar de consumir a este ritmo, y es necesario consumir a un ritmo creciente. Es una necesidad del sistema financiero. Sin ese consumo creciente una masa que acabaría siendo mayoritaria se encontraría sin empleo y sin medios de subsistencia, y dado el modelo de deuda y de propiedad privada que tenemos sin una total subversión del orden imperante, sin una revolución en la que la gente tomase por la fuerza las propiedades y el poder, el destino de toda esa gente es el de agonizar y morir. Puede parecer estúpido, pero de hecho es algo repetido en la historia de la Humanidad: Jared Diamond lo comenta en su libro "Colapso: por qué algunas sociedades deciden fracasar y otras tienen éxito". Sabemos de 26 civilizaciones antiguas que colapsaron porque no fueron capaces de encontrar un modelo alternativo a la gestión de sus recursos, en algunos casos por falta de imaginación, por estar demasiados atrapados en su Bussines As Usual, su BAU; perecieron por la disminución de los recursos disponibles pero no por la falta de recursos propiamente dichos. Un caso paradigmático es el de los Mayas en Yucatán, que se lanzaron a una serie de guerras de dominio sin tener suficientes recursos para sostenerlas (fundamentalmente maíz en su caso), y al final colapsaron hasta desaparecer de aquellas tierras aunque el territorio aún era capaz de soportar una población semejante a la que colapsó. Y es que en la guerra se gastó todo el maíz y se destruyeron algunas obras de irrigación fundamentales para mantener una buena productividad, y los combatientes no pudieron aguantar hasta la siguiente, y más exigua, cosecha. ¿Se parece nuestra situación a la de los mayas? Veamos algunos ejemplos ilustrativos.



En una reciente conferencia en Barbastro, un defensor de las soluciones de base sólo tecnológica a nuestro problema de sostenibilidad comentó que en España cada persona consume en media 20 kilos de ropa al año. Una cantidad que consideró desmesurada, y si en vez de dedicarle tantos recursos materiales y energéticos a esa producción, un gasto bien frívolo, se destinasen a preparar la transición todo sería mucho más fácil. Sin embargo, el proponente de esta idea (similar, todo sea dicho de paso, a otras que centran sus críticas en otra actividades mas o menos crematísticas que son norma en nuestra sociedad) no caía en la cuenta de que si de golpe y porrazo en España se pasase de consumir 20 kilos de ropa por persona y año a, pongamos, un solo y frugal kilo, nos encontraríamos que el 95% de la producción actual de las compañías textiles que operan en nuestro países tendría que desaparecer. Qué liberación de recursos, pensarán Vds., pero eso seguramente implicaría la quiebra y desaparición del 95% de estas empresas (bueno, de su negocio en España) y el 95% de sus empleados se irían a la calle. Además, también se irían a la calle el 95% de los empleados del sector logístico especializado en la distribución del textil. Tendrían por supuesto que cerrar el 95% de las tiendas de ropa y las secciones de confección de los grandes almacenes  se reducirían en un 95%. Ésto sería sólo el impacto directo de esa caída del consumo, pero después se ha de contabilizar el indirecto: ese 95%, o más, de disminución de impuestos que cobraría el Estado de los sectores afectados; esa pérdida de clientes de los bares que están en las calles comerciales, esa disminución de la venta de otros bienes y servicios debido al ingreso en la lista de parados de todos esos contingentes; los cuales, además, supondrán un coste extra al Estado, que aparte de disminuir ingresos aumenta así gastos y por tanto tiene que recortar de otras actividades, generando más paro y más contracción económica en los sectores auxiliares afectados. En fin, es obvio que tal cambio no se puede hacer de la noche a la mañana, so pena de causar un daño mayor. Esencialmente, nuestro sistema económico es un obeso mórbido con la tensión altísima cuya vida corre peligro pero al que no se puede hacer adelgazar demasiado rápidamente so pena de inducirle tales descompensaciones que igualmente lo mataríamos. Así que lo tenemos que adelgazar poco a poco, mientras vamos desinflando los gastos superfluos y vamos invirtiendo en los esenciales. ¿Y cuáles son los esenciales, dirán Vds.? Bueno, invertir en renovables, invertir en huertos... El problema es que no pueden esperar que ese cambio suceda espontáneamente; ya explicamos aquí que a partir de un cierto punto invertir en renovables no es rentable con los criterios económicos estándar, y que de hecho las renovables no pueden resolver la crisis energética tal y como se está planteando su implantación. Como no se puede obligar a los inversores a gastar su dinero en algo que ahora mismo no perciben como rentable, y el Estado no tiene dinero ni para subvencionar el despliegue (no digamos ya financiarlo), el hecho es que no se va a financiar las actividades fundamentales para el cambio de modelo productivo, económico y social. Y para cuando sea evidente que es necesario hacerlo el nivel de degradación del mercado será tan acusado que faltará capital y faltarán algunos suministros básicos, con lo que será una tarea ardua y penosa, si no directamente imposible.


Seamos francos: no hay una apuesta real por un cambio del sistema. Sí, se va invirtiendo algo en energías renovables, pero con criterios de rentabilidad clásicos. ¿Qué repiten los gestores de inversión sobre las renovables? Que han de mejorar tecnológicamente para que sus costes bajen y sean rentables. Y cuando dicen rentables no quieren decir que cubran gastos, no; lo que quieren decir es que han de tener tiempos de retorno de la inversión de unos pocos años y que la rentabilidad sea como mínimo del 5% anual. En suma, no se quiere jugar a otro juego que no sea el BAU de siempre, no se acepta que las reglas han cambiado, y se intenta forzar la Termodinámica para que las renovables renten en función de esas cifras que acabo de comentar. Pero la Termodinámica es muy tozuda...


¿Cuál es, por tanto, la realidad del patrón que se sigue? La de intentar aumentar el consumo, no de reducirlo. ¿Se acuerdan? Al principio de esta crisis se dijo que consumir es patriótico; lo dijo incluso Gordon Brown, entonces primer ministro del Reino Unido. Y es que sin aumento del consumo no hay crecimiento económico, y sin crecimiento económico no se pueden pagar las deudas. ¿Y qué creen que pasará ahora que estamos entrando en una nueva ola recesiva? Pues que con más problemas de deudas que no podemos pagar poco o nada vamos a pensar en desmantelar actividades más o menos rentables por otras que lo son mucho menos, y encima con la deuda a cuestas. ¿Saben cuántas veces he oído que con esta crisis que tenemos no es momento de hacer inversiones en energías verdes, que eso después, cuando se supere la crisis? No se les puede culpar, es lógico, no son rentables. Cuando se supere la crisis, dicen, cuando acabe esta crisis que no acabará nunca. Así es fácil de entender que yo crea que de esta espiral de degradación económica sólo se pueda salir mediante una explosión social, mediante una revolución. Alternativamente, mediante el colapso.

Salu2,
AMT