miércoles, 4 de diciembre de 2013

El ayuno energético




Queridos lectores,

Luis Cosin completa su estudio anterior con un análisis de lo que representa la densidad energética en términos de dieta energética de nuestra economía. Imprescindible.

Salu2,
AMT

 

INTENSIDAD ENERGÉTICA Y LA DIETA BAJA EN CALORÍAS
La intensidad energética es la relación que existe entre el insumo energético de una economía o sistema productivo, y su producción de bienes y servicios (Producto Interno Bruto).
        I = E / PIB
Se puede interpretar como un indicador macroscópico del uso energético de dicha economía. Son las “unidades energéticas necesarias, en promedio, para producir una unidad de PIB”.
En la terminología económica habitual, este concepto tiene en cuenta todo lo que entra dentro del PIB (producción de bienes consumibles, pero también inversión en bienes de equipo e infraestructuras).
Así, la intensidad energética tiene la virtud de tener en cuenta todos los insumos necesarios para producir un bien o servicio (desde la construcción de infraestructuras, hasta la distribución y venta, pasando por el consumo doméstico de los habitantes del país) y no sólo los directamente relacionados con la fabricación.
Habitualmente, y al contrario de lo que la intuición indica, la relación que existe entre intensidad energética y productividad es inversa: aumentos de productividad per cápita normalmente requieren incrementos de consumo energético por unidad de PIB producida.
Es una ley no escrita:
“Aumentar la productividad requiere aumentar la intensidad energética”
La razón es sencilla de entender: la productividad per cápita sólo puede aumentar sustituyendo el trabajo físico y poco cualificado por trabajo intelectual cualificado y el uso de tecnología.
Y ya sabemos que tecnología no es energía.
El siguiente gráfico, extraído de la Wikipedia, muestra claramente que las economías a escala nacional se distribuyen en una forma de “L” y ninguna alcanza el ideal de alta productividad con baja intensidad energética:

Más aún, se percibe claramente que las economías más eficientes energéticamente están basadas en la producción primaria (agrícola y ganadera) y el trabajo animal, y sólo aquéllas economías especializadas en actividades de alto valor añadido (Austria, Hong-Kong, Suiza) tienen una productividad alta, manteniendo una eficiencia energética superior a la media.
Tengamos en cuenta también el efecto de un clima adverso: la mayor parte de los países más desarrollados se encuentran en las latitudes más frías.
Pero no todos los países pueden vivir de actividades y servicios de alto valor añadido. Alguien tiene que fabricar los insumos que utilizan los habitantes de estos países.
Esto nos da una pista de lo que hacen los países desarrollados para reducir su dependencia de la energía importada y su factura energética: intentar disminuir la intensidad energética de sus economías, transformándose en economías de alto valor añadido (actividades de I+D+i, formación, consultoría, fabricación de componentes claves y de alta tecnología, patentes …), y deslocalizando la producción pesada, alta consumidora de recursos y energía, a los países que tienen recursos energéticos propios (China o la India, con sus grandes reservas de carbón, o el sudeste asiático, con sus aún notables reservas de petróleo) y mano de obra barata.
De alguna forma, es trasladar a otros lo que los anglosajones llaman el “burden” (que se podría traducir como “problema”, o “preocupación”) del abastecimiento energético.
Por supuesto, esto tiene límites naturales y políticos que quizá ahora estemos empezando a percibir. Principalmente tres:
  • Costes de transporte crecientes.
  • Aumento de las expectativas de consumo en los nuevos países productores.
  • Y desarrollo de actividades de alto valor añadido también en dichos países, que empiezan a competir al mismo nivel que las de los países más desarrollados.
Entre los países con menor productividad y mayor intensidad energética tenemos, como no puede ser de otra forma, a quienes cuentan, al menos de momento, con un colchón confortable en cuanto a reservas energéticas. Estos países son, de alguna manera, los grandes despilfarradores. Y lo hacen porque pueden permitírselo.
Otra consecuencia interesante de estas consideraciones es que la actual crisis, que azota especialmente a los países importadores netos de energía, está sacando del mercado de forma preferente aquellas actividades más despilfarradoras de recursos.
La evolución de la intensidad energética en España es un buen indicador de esto:
Y aún llegamos a otra conclusión más: el PIB de los países que no tengan recursos energéticos propios suficientes para mantener el esquema productivo actual sólo puede aspirar a crecer, o simplemente mantenerse y no decrecer demasiado, basándose cada vez más en actividades de intensidad energética decreciente.
Es decir, con una dieta cada vez más baja en calorías.

Referencias:

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