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lunes, 30 de abril de 2012

Suicidio

Imagen de http://imageshack.us
 
Queridos lectores,

No tenía pensado escribir sobre este tema, pero una reciente noticia de El País me ha motivado a ello. La noticia dice así: "La crisis cercena vidas en Italia". Se ve que en Italia cada día se suicidan dos personas por causas imputables a la crisis (dificultades económicas, principalmente), típicamente un empresario y un trabajador. Cada día. Y leyendo el texto se ve que aún pueden estar contentos porque en Grecia ya llevan 1.725 suicidios de esos en dos años (unos 5 al día), y eso que Grecia es algo menos de cinco veces menos poblado que Italia. ¿Qué pasa en España, país donde resido? Es difícil de saber, ya que hay un cierto consenso en no divulgar este tipo de noticias para no alentar a un comportamiento tan autodestructivo en gente ya susceptible. Y, sin embargo, algunas noticias se van filtrando, como por ejemplo ésta de El confidencial que sugiere que muchos accidentes de tráfico en realidad no son tales (aparte comenta otros problemas y da un rato revelador: en España se suicidan 9 personas cada día, aunque no sabemos cuántas de ellas lo hacen por razones imputables a esta crisis que no acabará nunca).


En realidad este triste fenómeno, el del suicidio provocado por la desesperación vital causada por la destrucción de las expectativas, es otra manifestación más de La Gran Exclusión. La gente va aceptando que los problemas que tiene, laborales, personales, de integración social, ... son en buena medida culpa propia y por ello, incapaz de superar su propio fracaso vital, algunos se suicidan. Especialmente vulnerables son aquellas personas autoexigentes y las que tienen que sacar adelante a familiares y se ven incapaces, superados por la situación. Contribuyen a agravar este problema los medios de comunicación y el discurso político estándar, que ve la situación actual como algo coyuntural que puede ser resuelto, en vez de ser una transición histórica que inevitablemente y por pura estadística lleva al paro y a la exclusión a un cierto porcentaje adicional cada año (España acaba de llegar al 24,44% de la población activa en el paro, por desgracia en línea con las previsiones que hacíamos en Diciembre pasado).


Todo el proceso puede también ser entendido como un proceso de crecimiento de la entropía social debido a la escasez de fuentes de energía con suficientemente baja entropía. La Gran Exclusión puede también ser entendida como un proceso en el que ciertos depredadores que ocupan los estratos sociales superiores fagocitan los recursos disponibles, arrojando entropía sobre su entorno y degradándose así las condiciones de vida para la mayoría. Pero no estamos alejando del foco de este post.


La clave es que la mayoría de esa gente que se suicida tiene una mentalidad tipo BAU, y no conciben que exista un modelo de vida diferente al que han conocido y con el que han modelado sus expectativas. De hecho, se suicidan porque consideran que sus vidas han llegado a su fin, una vez que -correctamente- entienden que nunca podrán volver a sus vidas anteriores.


El final de nuestras vidas en modo A no significa que no pueda haber una vida en modo B. Pero es justamente ahí donde radica la mayor dificultad. La de ver que puede existir otra vida, y que esta vida puede merecer la pena. Incluso, puede ser que en realidad esa vida B sea más satisfactoria y plena que la vida A, sin tantos agobios y más volcada en la familia, los amigos, la comunidad... Hablar de esa manera (vida sencilla, retorno a valores tradicionales, familia, amigos, comunidad...) está ya etiquetado desde la perspectiva BAU con el cliché de lo hippy, lo idealista, lo contracultural... lo infantil, en suma, y a dar esa visión han contribuido decisivamente los medios de comunicación. Es bastante natural, porque cuando había negocios para hacer no se podía consentir que una proporción significativa de la población se saliese del sistema; tal salida sólo era permisible una pequeña cantidad de personas y sólo a los efectos de ilustrar su disfuncionalidad, su discapacidad, su absurdo... en suma, para servir a la propaganda de que lo mejor es seguir en el calorcito del BAU.


Resulta, por tanto, muy complicado convencer a ese ejecutivo de una gran multinacional, ahora en el paro de larga duración a sus 40 y tantos años, de que podría ser un feliz zapatero remendón; incluso, resulta terriblemente arduo hacerlo con un albañil o el operario de una fábrica, por no hablar de tantos pequeños empresarios arruinados y empeñados (y habiendo dilapidado también ahorros de los familiares).


Al final de las charlas sobre el Oil Crash suelo decir que no debemos consentir que nuestro vecino pase hambre, que debemos hacer, cada uno de nosotros, un esfuerzo positivo por crear comunidad, por ayudarnos, para que el sufrimiento cercano no nos sea ajeno. Por el mismo motivo no podemos consentir que gente cercana caiga en el oscuro pozo de la desesperación y el suicidio. Porque ésta es una guerra contra todos, contra todos nosotros, y no hay nadie que sea menos valiosos. No consintamos que las fábulas absurdas creadas por un sistema disfuncional que agoniza y su aparato de propaganda arrastren a nuestros amigos, compañeros, hermanos...


¿Qué puedo hacer yo, qué puede hacer Vd, querido lector? En primer lugar, hacerlo entender. La gente tiene que saber que lo que le está pasando ni es culpa suya ni puede solucionarse, no desde una perspectiva convencional; pero eso no quiere decir que no haya salida. También será un primer paso de transición para nosotros mismos, si superamos el pasotismo y el miedo al rechazo, en línea con el individualismo que tanto conviene al BAU, y conseguimos evitar por lo menos una muerte evitable, inútil y dolorosa.


Salu2,
AMT

jueves, 8 de diciembre de 2011

La viabilidad de los asentamientos actuales

Queridos lectores,

El post anterior discutía sobre un modelo de producción agropecuaria que se constituía como unidad productiva básica de la nueva sociedad; en el hilo de las discusiones que ha originado se ha confrontado varias veces el prototipo de urbanita con el del hombre de campo. Ahondando esta discusión, tenemos hoy otro post invitado, en esta ocasión de Ferran Fontelles. Les dejo con Ferran.

Salu2,
AMT





 
Megalópolis, ciudades, pueblos, granjas, islas….

Dadas las evidencias cada vez más frecuentes del Peak Oil, uno se ve tentado a visualizar el futuro, prever, casi profetizar cuáles pueden llegar a ser las consecuencias de este fenómeno en nuestro mundo. En este post se pretende profundizar como va a afectar este fenómeno en nuestras vidas. Cuáles van a ser las posibles diferencias dependiendo de si uno vive en una población grande, mediana o pequeñamente rural.
El capitalismo globalizado, el sistema actual de consumo sin límites dictado por el BAU, ha propiciado las elevadas aglomeraciones de gente en grandes ciudades, muchas veces mal planificadas respecto a las necesidades primordiales del ciudadano. Un éxodo rural  más que documentado paralelo al del desarrollo de la Revolución Industrial, acontecido a partir de la segunda mitad del siglo XX. Dicha peculiar migración ha propiciado el crecimiento de las ciudades en todo el mundo: la aparición de conurbaciones, megalópolis, las llamadas ciudades dormitorio y hasta la presencia de barrios marginales periféricos, donde malviven los “parias” del sistema. De hecho, el estereotipo de las grandes ciudades, con las calles abarrotadas de coches, tiendas y grandes rascacielos, ha sido un prototipo que la industria cinematográfica y los medios nos han vendido como símbolo del progreso. Son uno de los estandartes de la globalización: definición urbanística de cómo se debe ser para ser rico, civilizado, occidental. Lo que durante décadas ha sido el orgullo y el espejo de nuestro sistema, de repente se puede ver abocado, en un plazo indefinido, al colapso, salvo que entre todos demos un cambio radical de rumbo (cambio en la actitud de toda la ciudadanía, cambio en las directrices políticas que se están dando para salir de la crisis y, seguramente lo más importante, abandono paulatino con redefinición del sistema capitalista actual, el llamado BAU). Vamos por partes.
Ante el diario bombardeo mediático referente a la crisis, uno va vislumbrando, decisión política tras decisión, noticia tras noticia, que el actual estado de bienestar está en peligro. Un sistema en que el Estado intenta asegurar unas garantías sociales y unos servicios a la totalidad de la ciudadanía. Pero, al fijarnos en la distribución de estos servicios y garantías, uno puede observar que están más consolidados cuanto más grande es una población. Los mejores hospitales y los servicios sociales más potentes están en las grandes ciudades. Mientras, el pequeño pueblo agrícola ya puede estar contento de tener su escuela rural hasta la educación primaria, y un hospital a cinco o diez quilómetros, distancia actualmente asumible. La paradoja es la siguiente: en un contexto de crisis energética puede cambiar radicalmente el estilo de vida de uno dependiendo de donde viva. Lo que antes daba comodidad, oportunidades y posibilidad de elección, de repente puede ser un problema, un callejón sin salida. El estado del bienestar peligra, y pueda que se tenga de redefinir.
Pensemos en las pequeñeces del mundo urbano actual. ¿Por qué existen sedes internacionales de grandes corporaciones en nuestras ciudades? ¿Por qué disponemos de fibra óptica? ¿Por qué se pueden comprar frutas de Latinoamérica o por qué sale agua del grifo? Todos somos urbanitas, acomodados a lo que la ciudad nos da, sin muchas veces detenernos a pensar el por qué es así, y sobre todo, cómo puede ser que sea así. Pues sí, lectores, todo este mundo urbano es un tinglado insostenible que se ha ido fabricando a base de energía abundante y barata. Es un modelo derrochador. La gente coge el coche para ir a trabajar. Los alimentos vienen de donde sea. Del mismo modo que muchos otros productos, que llegan a bordo de grandes buques que los transportan vía marítima (con vasto gasto de petróleo incluido). Todo este crecimiento es posible gracias a esto, a un extraño período de la humanidad donde parece que todo es posible, que con la tecnología y el capital que la fecunda, se puede acceder a todo, por más rocambolesco y morboso que sea nuestro sueño. Pero la realidad, por desgracia nuestra, parece ser bien distinta. Con nuestro tecnooptimismo y nuestro pensamiento mágico no alcanzamos a ver que las grandes megalópolis pueden llegar a ser insostenibles, por no saber proporcionar tales ingentes cantidades de comida, agua, ropa y demás bienes y servicios básicos, o no poder gestionar tal cantidad de residuos o aguas fecales (como ya empieza a hacerse evidente en algunos lugares en España). Además, suelen ser núcleos donde se acumulan actividades que, si las cosas cambian a escalas más racionales (y es lo que parece que está sucediendo), menos grandes y menos globalizadas, tenderán a ser sustituidas o desaparecer (aparte de enviar a mucha gente al paro, cual es el futuro de una cierta parte de la población que se dedica a oficios sólo posibles gracias al derroche actual, léase modelos, publicistas, diseñadores de estupideces y tantas y tantas otras ocupaciones, a priori, no necesariamente imprescindibles).
Si una gran ciudad puede verse fuertemente afectada por la crisis energética que se nos avecina, ¿qué pasa con las comunidades que viven en las islas? La insularidad es una dificultad añadida al problema. Una isla es un ecosistema especialmente frágil y dinámico. Del mismo modo que, una vez conquistado por el hombre, se vuelve dependiente de los aportes exteriores que solo solo llegan por mar o aire. Este es el caso del Reino Unido, por ejemplo, donde una gran parte de los alimentos llega porbarco y por avión. Un pais admirado donde ya empieza a hacerse el problema manifiesto: una isla con recursos energéticos nativos muy esquilmados, que tiene que importar, y densamente poblada, donde ya se plantean a nivel gubernamental intentar hacer un sistema de reparto equitativo de energía. Más problemas tendrán, previsiblemente, aquellas islas que se hayan “vendido” al turismo de masas, puesto que parte de su territorio ya se ha edificado (a veces “a lo loco”), y donde la actividad agrícola se encuentra desaparecida o en vías de extinción, hecho que añade más dificultad a la búsqueda de una solución sostenible. Ya que, como ocurre en ciertos enclaves turísticos insulares de hoy en día, vive en la isla tal cantidad de personas que, sin este extraño momento de la historia, difícilmente podrían sobrevivir. Parece entonces fácil de pronosticar que las comunidades que residan en islas pueden llegar a ser las primeras en verse afectadas por el Peak Oil o la escasez generalizada, dada su amplia necesidad de “traer de fuera” todo tipo de recursos que “escasean o faltan dentro”, especialmente si se han especializado en un determinado sector económico.
Discutir cual va a ser el tamaño óptimo de población donde vivir parece una actividad inútil. La naturaleza humana y la de nuestro mundo, con su extremada heterogeneidad, proporcionarán diferentes soluciones a diferentes de nuestros problemas. En cada región, dependiendo del estilo de vida de sus ciudadanos, será posible acoger dignamente a más o menos personas. Se entiende que lo importante de la última frase no es acoger, si no el dignamente. Las grandes ciudades tenderán a dividirse en barrios o distritos, que se convertirán cada vez más en entidades capaces de auto gestionarse y, de forma cooperativa, intentar asegurar suministros de comida, trabajo, vivienda, agua o servicios (situación que ya se está dando). Parece ser que la situación en sí nos llevará a reducir las dimensiones de nuestras poblaciones (ya sea en número, en densidad y/o en volumen), a dividir grandes áreas ahora homogéneas en distritos o barrios, entes que se organizarán para asegurar la supervivencia dentro de sus límites, del mismo modo que se cooperará y comerciará con barrios vecinos. Algunos lugares, por sus dimensiones y composición estructural, podrán quedar desiertos: no será posible en ellos mantener tantos miles de personas, será difícil el abastecimiento de agua (¿potable?) y el procesado de las aguas fecales, del mismo modo que no será posible hacer huertos urbanos que aseguren parte de la cosecha, de lo que acaba en la boca. 
Llegados a este punto, pido al lector que termine de leer hasta párrafo final. Todo esto puede parecer demasiado futurista, demasiado pesimista o poco probable. Ni los medios de comunicación ni los políticos se toman el tema en serio. Todo parece ir igual, en crisis, pero igual. Además, ¿qué valor puede tener la opinión de un estudiante? Lo que pasa es que en muchos casos concretos sólo es necesario aplicar el sentido común y la lógica para ver que buena parte de nuestras ciudades pueden llegar a ser insostenibles en un futuro cercano.
Una vez aceptado que el escenario de La Gran Escasez  puede tener poco de descabellado, la solución parece pasar por un cambio de vida a un modelo sostenible. Y esta solución parece ser inversamente factible respecto al tamaño de una población. Una megalópolis tendrá infinitamente más problemas que una pequeña población de, pongamos, unas decenas de miles de personas a lo sumo, que aprendan a vivir con menos y tiendan a cooperar para la supervivencia de la llamada comunidad (sea esta un barrio, ciudad, pueblo o granja). Y a la vez, las oportunidades a desarrollar para seguir un modelo sostenible serán superiores en una comunidad pequeña y unida que en una masa desinformada regida por el político de turno todavía anestesiado con el sistema actual. Del mismo modo que uno entenderá que es más fácil gestionar los requerimientos básicos de una población mediana que en el caso de una conurbación de varios millones de personas. ¿Veremos en las próximas décadas una reestructuración de las ciudades? ¿Se extinguirá el urbanita actual interesado y egoísta y aparecerá gente de barrio, dispuesta a arrimar el hombro, sacrificarse y cooperar? ¿Será el retorno al campo la única solución, como introducía Gabriel en el último post? Sólo el tiempo dirá si los pisos altos de los rascacielos seguirán ocupados o si los parques urbanos se convertirán en huertos comunitarios.

Ferran Fontelles, estudiante universitario