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miércoles, 11 de febrero de 2026

La cutrificación

  


Queridos lectores:

Empiezo este post a bordo de un tren, de Madrid a Barcelona, reflexionando sobre los eventos que han marcado las últimas semanas.  

Para mi personalmente han sido días muy complicados por los problemas de movilidad que se están experimentando en Cataluña. Dependo del tren para ir a trabajar, y a pesar de contar con dos opciones para desplazarme (convencional y alta velocidad), los retrasos y cancelaciones de trenes han sido estos días la tónica. Han bastado unas lluvias persistentes en Cataluña para agravar el deterioro de una infraestructura, la del tren convencional, que lleva muchos años desatendida. El accidente mortal en Gelida, con el desprendimiento de un muro de contención que impactó contra un tren, desencadenó la protesta masiva de los maquinistas y del resto del personal de RENFE y ADIF, que llevan años denunciando el abandono de las instalaciones, y que ha abierto una grave crisis institucional que ha llevado al caos actual. La reducción generalizada de velocidad y la multiplicación de incidencias solo han servido para confirmar que, efectivamente, las instalaciones están en muchos puntos en un estado precario y peligroso.

Mientras mi tren, de alta velocidad, avanza, recuerdo también el otro accidente ferroviario, aún más grave, en Adamuz, éste en la infraestructura de alta velocidad. Se da la paradoja de que la razón siempre alegada por la que ADIF destina menos dinero al tren convencional es porque dedicaría más a la alta velocidad. Lamentable excusa, pero es que a raíz del accidente de Adamuz se han establecido limitaciones de velocidad en diversos tramos de la línea de alta velocidad, originando cambios de horarios y supresión de algunas circulaciones. Lo cual evidencia, de nuevo, que efectivamente también hay un problema de mantenimiento en la vía de alta velocidad.

Mi tren sigue avanzando. Es un Iryo, no un AVE. Mi reunión en el Ministerio acabó más temprano de lo previsto y yo, que tengo otro viaje a Alicante mañana, pensé que me merecía la pena cambiar el billete y no llegar al filo de la madrugada a Figueres, como estaba previsto. Pero la aplicación de RENFE no permitía comprar billetes, el servicio estaba "momentáneamente" no disponible. Me he acercado en Atocha a la oficina de venta de billetes, y estaba desbordadísima: tenía 100 personas por delante de mi para comprar billete para hoy. Así que me he ido al stand de enfrente y me he sacado un billete para el siguiente Iryo, a Barcelona, no a Figueres, pero teniendo en cuenta lo barato que ha costado me sale más que a cuenta. No me lo he sacado con el móvil porque la aplicación de Iryo tampoco funcionaba correctamente, en su caso porque se encallaba pidiéndome que confirmara si tenía un título de familia numerosa que no tengo.

Las aplicaciones informáticas fallan continuamente, es verdad. Todo está cada vez peor programado: los formularios se reinician, borran opciones, se visualizan de manera incompleta, se atascan sin botón de escape en opciones imposibles... No se invierte mucho en el desarrollo, muchas veces la mayor parte de la programación se externaliza a macrofactorías en la India, donde se tiene que producir tantas líneas de código al día, y falla la verificación, la adaptación, a veces la traducción... Pero da igual, todo se va a aceptando y se tira para adelante. Todo es cada vez de peor calidad, todo es cada vez más cutre, pero se acepta. La sociedad se cutrifica.

Y no solo fallan las aplicaciones orientadas al consumidor: en estos días de caos, el centro de gestión de cercanías de Catalunya ha colapsado varias veces, bloqueando todos los trenes. De vez en cuando, caes en una página web de una gran compañía que no funciona, que no carga... Muchos servicios están alojados en servidores de Amazon, lo cual es más barato pero también menos resiliente: si algo falla, de golpe fallan muchas empresas y servicios, a veces incluso gubernamentales. 

 


Hace unos días tuve que hacer los preparativos para un viaje en breve a Glasgow. Asistiré a una reunión de la Asociación Geofísica Americana. Este año han decidido hacerla fuera de EE.UU., probablemente para evitar problemas de visado y alguna que otra experiencia desagradable a los colegas que vienen de fuera de los EE.UU. - también la situación geopolítica es más cutre, como lo es la situación interna de ese país. Como de costumbre, tuve que usar el poco intuitivo y bastante pesado procedimiento de la Administración General del Estado española. Como de costumbre, tuve que guiar a la agencia de viajes contratada por la AGE (y de uso obligatorio) para que me proporcionara los billetes de avión a horarios razonables y evitar también que los facturara al doble de precio por el que yo los podía conseguir en la web. Como de costumbre, tuve que proponerle una lista de hoteles y escoger el más barato. Como de costumbre, el precio del hotel - para nada lujoso - se sale del límite que marcó el Ministerio en 2002 y que aún no ha actualizado, así que tendré que hacer otro formulario explicando que eso es lo que me da la agencia y que necesito que me cubran la diferencia. Más papeleo cutre para cubrir un control cutre y sin sentido, cuando yo soy el primero que busco la opción más barata en todo y poder así estirar los recursos de los proyectos que manejamos.

Pero sí que hay una cosa nueva: ahora, para ir al Reino Unido, hay que rellenar un formulario nuevo, una autorización electrónica de viaje (en inglés, ETA). No lo había hecho nunca, así que busqué por Google la página y fui rellenando los campos hasta que, en el momento de ir a pagar - porque, sí, tienes que pagar unas 20 libras para que te hagan ese papel -, por instinto me fijo en la dirección de la web y me doy cuenta de que no es ninguna dirección institucional del gobierno del Reino Unido. Afortunadamente no dí ningún dato bancario, pero desde ese día recibo mensajes de los estafadores avisándome de que no he completado el trámite. Todo tipo de cutreces para conseguir sacarte el dinero. Por cierto que, cuando entré en la página correcta, te obligan a descargarte una app para el móvil y después de marearte un rato con fotos y reconocimientos electrónicos, te toca pagar pero tienes que usar tarjeta de crédito, no de débito. Lo cual implica que lo tienes todo, móvil y tarjeta de crédito. Y 20 libras. Total, para que a los 5 segundos te llegue un mail que dice que, efectivamente, no eres ningún criminal y que puedes viajar al Reino Unido. Cutre, todo cutre.

En Glasgow hablaremos de la AMOC y de poner en marcha iniciativas para usar todos los datos disponibles para su monitoreo. Si tenemos suerte, conseguiremos dinero para avanzar en esto. Mientras tanto, la ola reaccionaria que avanza por el mundo lleva a cuestionar a las instituciones científicas por recordar que el mundo es finito y que no se puede sacrificar todo en aras de  crecimiento económico cada vez más imposible. Pero en mi actividad de divulgación me encuentro con cada vez más frecuencia en foros donde se cuestiona lo que es evidente, donde se porfía en contra del cambio climático o se gañanea diciendo que eso del peak oil no está claro (cuando la AIE zanjó completamente el debate el septiembre pasado, y por si había alguna duda ahí está Trump). Del otro lado, se porfía en favor del fallido modelo de la Renovable Eléctrica Industrial, y en medio de la retirada masiva de las grandes empresas, se tiran millones de euros públicos para apuntalar algo que no va a ninguna parte. Mientras tanto, el capital entra en masa hacia la nueva burbuja renovable, el biogás y la biomasa, que prometen causar nuevos problemas ambientales y sociales sin dar un rendimiento económico ni energético. Las discusiones son absurdas y vacías. Nadie entra en el fondo de las cuestiones. Nadie quiere realmente buscar soluciones viables. El nivel del debate público es cada vez más bajo y más vacío. Todo es cutre.

Estoy saliendo de un Madrid tomado por los agricultores que protestan por el tratado de la UE con Mercosur, y llego a una Cataluña donde los profesores de infantil, primaria y secundaria han cortado las carreteras para protestar por un nuevo atropello y el viejo abandono del sector. Los médicos también están de huelga estos días, en toda España. Sé por mi mujer que se están planteando una huelga indefinida. Mi mujer misma visita 60 pacientes al día y vuelve a casa siempre tarde, muy tarde, porque ella es una de esos muchos profesionales que intentan mantener esto a flote en medio de un mundo cutre, de cutrez desbordante. De desidia y de abandono. De primacía de unos intereses cortos de miras y centrados solamente en el sector económico.

Recuerdo mi conversación hoy en el Ministerio. Una de las personas asistentes trabaja para la Comisión Europea, como técnica. No he podido evitar tener muchas fricciones con ella, y eso que he querido morderme la lengua, no ser la nota discordante. Pero no puedo. Los bosques no son plantaciones, son ecosistemas. La gestión del bosque va mucho más allá de su rentabilización económica. El problema sí es, siempre ha sido, el capitalismo: no hay solución viable dentro de él. Y no porque lo diga yo: lo dice la Agencia Europa del Medio Ambiente. También el sentido común, pero de esto andamos más escasos últimamente.

Hablando de sentido común, mañana hay previsión de fuertes vientos en Cataluña: quizá no podré tomar mi tren a Alicante. La Generalitat suspenderá la actividad educativa y las operaciones sanitarias no urgentes. Es la nueva (a)normalidad en la que estamos instalándonos, una en la que las emergencias se convierten en la tónica. Que se lo digan a las comarcas más castigadas de Andalucía durante la oleada de temporales que les azotaron la semana pasada. Y ahora viene una nueva tempestad. Y este sábado, una impresionante bajada de presión en el Mediterráneo Occidental puede dar lugar a una ciclogénesis muy peligrosa, de devenir incierto. La aceleración del aumento de la temperatura de la atmósfera y del océano, la mayor cantidad de agua precipitable en la atmósfera, los ríos atmosféricos y los crecientes meandros de la Corriente de Chorro Polar están llevando a patrones más agresivos de precipitación, viento y a ratos sequías. Olas de calor se suceden con olas de frío, sin solución de continuidad, en un clima cada vez más descabalado en un planeta que cada vez se parece menos a aquél en el que yo crecí. Un planeta donde la dureza ambiental se combina con la creciente dejadez y cutrez para hacer un cóctel explosivo de decadencia y degradación.

He hablado de lo que ha pasado en España porque es donde vivo, pero España no es particular. La tormenta Harry, que hizo colmar el vaso de la degradación ferroviaria en Cataluña, en realidad azotó con mayor fuerza a Sicilia y el sur de Italia, causando grandes destrozos. Las tormentas que dieron lugar a las inundaciones de Andalucía fueron las mismas que han asolado el noroeste de Marruecos, dejando un peaje de decenas de muertos. Muy lejos de aquí, diversas oleadas polares han martilleado los EE.UU. En Argentina han encadenado terribles fuegos forestales con tempestades inauditas. Mientras, la Europa Central pasa el invierno más seco y cálido en décadas.

Lo mismo pasa con la cutrez. Es algo generalizado, universalizado, mundial. Los anglosajones tienen un término para designar algo parecido: shitification. En todas partes se degradan los productos, los servicios, las infraestructuras, la acción del gobierno, el debate político y la discusión pública. Todo se degrada. Todo es decadente, peor. Sin solución y sin esperanza.

La cutrificación está en todos los ámbitos de la vida. Es la balda de la puerta de mi nevera que se cayó cuando hacía dos años que la había comprado, porque la puerta de la nevera está hecha de una espuma cutre recubierta de plástico, y la tuvimos que arreglar clavando dos tornillos. Son todas las piezas críticas de tantos productos, hechas de un plástico rígido y poco duradero que se rompe a la primera de cambio. Es esa leche que compras y está cortada. Es esa red eléctrica doméstica que hace picos de tensión que rompe los LEDs, y luego en la tienda te los cambian sin más porque están en garantía, pero no los paga la empresa sino el estado porque es consciente de la mala regulación de la red. Son esos transformadores municipales que se queman. Son esos electrodomésticos que se queman, en parte por la red mierdosa, en parte porque ellos mismos son cutres. Es ese bote de suavizante que ha cambiado de forma porque ahora por el mismo precio te dan 100 mililitros menos. Es ese paquete de pasta que ya hace tiempo es de 450 gramos en vez de 500. Es ese cajero que no da billetes o que se traga la libreta.

Me acaba de llamar la persona del Ministerio que ha organizado la reunión de hoy y que se ha ocupado de gestionar mi viaje. Mi AVE ha sido cancelado. Da igual, yo ya estoy cerca de Barcelona. Qué haré una vez allí, no lo sé. Pero no importa. Recuerdo la máxima los días de la erupción volcánica del Eyjafjallajökull en abril de 2010, que fue la misma cuando la tormenta de nieve en Cataluña en marzo de ese mismo año, o cuando cayó la nevada de la tormenta Filomena en enero de 2021. Keep on moving: sigue moviéndote. Es la única manera de sobrevivir a la cutrez: seguir moviéndote. Tener un propósito, una dirección, un anhelo de vida, para ser capaz de moverte con la mierda llegándote a los tobillos, a la cintura o al cuello. Ten convicción y sepas a dónde vas. 

Nada de lo que pasa, por supuesto, es casual. Toda esta decadencia física y moral tiene su origen en el necrocapitalismo terminal. Un sistema económico que necesita del crecimiento infinito en un planeta finito. Un sistema económico que ya está chocando con fuerza contra los límites biofísicos de este planeta, tanto ambientales como de recursos o sociales. En el intento desesperado de mantener la tasa de ganancia del capital, se recorta en todo, se sacrifica todo. Por eso los materiales son más cutres, el servicio es más cutre, se paga peor a los trabajadores que hacen el trabajo con desgana o sin poder dedicarle el tiempo suficiente o sin tener la cualificación requerida pero son más baratos. Todo este proceso de cutrificación tiene su origen en la creciente dificultad de que el capital consiga las tasas de ganancia históricas. Y para poder mantener este estado de cosas, es también necesario cutrificar toda la discusión, tanta la política como la pública, para que nadie ponga el dedo en la llaga, para que nadie plantee las preguntas incómodas. Por eso la discusión se llena de ruido sin sentido, incoherente. En el mundo físico navegamos entre mierda, y en el de las ideas, entre ruido.

Decía Marc Badal en la reunión de hoy una frase que me ha gustado mucho, aunque sé que no es de él: No podemos dedicarnos a la administración del desastre. No tiene sentido que sigamos remando dentro de este paradigma que se autoderrota, que no puede menos que hacernos nadar en la cutrez y entre la mierda. No se trata de elegir el mal menor, unas medidas un poco menos cutres en frente de otras medidas todavía más cutres. Se trata de cambiar totalmente de dirección y salir de en medio de este lodazal en el que estamos. El primer paso para ello es comprender que estamos en un lodazal. El segundo, saber hacia dónde queremos ir.

Ya estoy llegando a Barcelona. Aún no sopla el viento. No sé cuándo llegaré, pero sé a dónde voy. 

Salu2.

AMT 


P.Data: Por supuesto...



sábado, 24 de febrero de 2018

El viento frío



Queridos lectores,

En primer lugar, quisiera disculparme por el inusual y no anunciado receso de dos semanas que me he tomado en el blog. Hace aproximadamente ese tiempo me avisaron del hospital, ya que por fin me iban a efectuar la operación de hernia umbilical de la que llevaba pendiente hacía un año, y desde ese momento no he tenido tiempo disponible para nada. Los días previos a la intervención los dediqué a arreglar mis papeles (y suerte tengo de contar con un equipo competente y capaz que ha acabado mis tareas mucho mejor de lo que lo habría hecho yo mismo) y después de la operación poca cosa más he podido hacer. Solo me he operado dos veces en mi vida. Tras la primera - hace cuatro años - una gran complicación casi me mata y obligó a una segunda intervención de urgencia y a muchos días de baja. En esta ocasión, una pequeña complicación - la hernia era más grande de lo esperado - me ha retenido un par de días en el hospital y ha hecho un poco más penosos los primeros días de la recuperación. Pero ahora por fin empiezo a estar mejor y al menos tengo el humor de sentarme delante de este teclado de nuevo. Y lo cierto es que se me acumula una multitud de temas muy urgentes y perentorios que querría tratar en las próximas semanas, dado que hay muchos signos de aceleración en la crisis global de sostenibilidad en la que está inmersa nuestra civilización. Hoy querría hablar de algunos aspectos sociales, dejando para otros días la discusión de cambios muy profundos y peligrosos que se están produciendo en la explotación de algunas materias primas.

Cualquiera que haya seguido la actualidad española de los últimos días habrá visto signos muy preocupantes de retroceso en algunas libertades fundamentales: raperos condenados a prisión por sus (ciertamente desagradables e inapropiadas) rimas, libros que llevan años en las estanterías secuestrados por orden de un juez a causa de un par de frases más o menos discutibles, censura de obras de arte en las que se denuncia la puesta en prisión de personas por sus acciones políticas no violentas (y no hablo solo de las cuatro personas vinculadas al reciente episodio separatista catalán)... y todo ello mientras cada día es más notorio y escandaloso el entramado de corrupción que afecta a altas instancias del Estado y también a la de comunidades autónomas como la de Cataluña (pues no hay que olvidar que la corrupción en España no ha sido cosa solamente del Estado central). No quiero detenerme en la anécdota concreta de cada caso, ni en analizar hasta qué punto es o no pertinente la denuncia o la alarma de cada circunstancia: mucho se ha escrito en los medios generalistas sobre estos temas, cada uno desde su particular óptica, y la discrepancia de opiniones es enorme, hasta el punto de que parecería que hay gente que vive en mundos diferentes. Pero muy poco me interesa a mi profundizar en esos aspectos. Lo que realmente me interesa analizar es cuál es la causa última de toda esta agitación, más allá de las causas inmediatas y obvias.

Que, a raíz de los convulsos meses finales de 2017 en los que el movimiento independentista catalán lanzó un órdago al Estado español, se ha producido un movimiento de reacción es España es algo más que evidente. A algunos esta reacción les parece algo positivo, por lo que tiene de reivindicación del orgullo patrio español. Sin embargo, juntamente con este incremento del patriotismo español (constitucional o de cualquier otro tipo) está resurgiendo una visión totalitaria de la diversa realidad española, una idea-fuerza demasiado simplista de lo que en realidad es algo mucho más complejo. Y es en aras de esta simplificación conceptual que se están tomando medidas muy restrictivas. Peor aún, como reacción a lo que se ha percibido como un ataque continuo a "lo español", se está aceptando una rápida pérdida de libertades públicas e individuales, sacrificadas en aras de ese sentido de urgencia en la defensa del interés nacional.

Lo cierto y verdad es que la defensa de lo español no necesita movimientos tan extremos y tan restrictivos. Peor aún, adoptar puntos de vista demasiado estrechos es contraproducente, pues genera una reacción contraria de todos lo que se sienten agraviados. En realidad, la mejor manera de defender lo español es convertirlo en un proyecto inclusivo y atractivo, que respete las diferentes opiniones pero en el cual todos los que somos españoles nos podamos sentir a gusto.

Sin embargo, no es una casualidad que se produzca justo ahora esta involución, esta imposición paulatina de restricciones que comienzan siendo una más que defensa, imposición, de una cierta idea de lo que es España y acaba siendo una persecución de ideas que discrepan de una cierta visión que se dice "común" o "sensata". Porque lo que está pasando no solo le está pasando a España, es un fenómeno generalizado en Occidente, aunque no se esté manifestando con la misma intensidad en todas partes. Hay lugares, como Hungría, donde el giro nacionalista es aún más fuerte y por eso se reivindican a sí mismos como guardianes de las esencias de la Cristiandad Europea (como otrora hiciera la España de Franco); y otros lugares, como Francia, donde la deriva es aún lenta aunque perceptible en el descontento social de ver que el líder que se eligió hace menos de un año aplica precisamente aquellas reformas que propuso al ser elegido. En todos los casos, sin embargo, lo que hay es un crecimiento de la intolerancia social, un aumento de la autocensura delante de los patrones bienpensantes que insensiblemente se imponen, y un auge del autoritarismo.

Nada de esto es nuevo ni inesperado. Las sociedades sometidas al descenso material y energético al que estamos inexorablemente abocados son presa fácil del autoritarismo y el populismo. Como ya explicamos en su momento, en un futuro próximo Europa probablemente optará por la guerra como medio de garantizarse el suministro de aquellos recursos que considere esenciales, pero para poder mantener un frente exterior, que será costoso en vidas y recursos, será necesario mantener un férreo control interior. Ir allanando al disidiencia, ir amoldando los discursos a una retórica hipernacionalista, vacía pero estúpidamente triunfal, prepara el camino que Europa parece querer seguir en los próximos años.

Volviendo al caso de España, no es una casualidad que todos estos movimientos se producen con uno de los Gobiernos más débiles que hemos conocido en la reciente democracia, sostenido como está por una minoría parlamentaria (el gobernante PP más el partido de nuevo cuño Ciudadanos) a la que el partido socialista deja hacer, más o menos, con su abstención. El complejo laberinto catalán y cómo lo ha gestionado han hecho que el Gobierno no tenga suficientes apoyos para aprobar los presupuestos generales de este año, y eso lleva, más que a una prórroga, a una sensación de interinidad, de tiempo intermedio hasta que se fragüe una nueva mayoría (como el ascenso de Ciudadanos en las encuestas parece augurar). Y en medio de esta parálisis institucional, que se intenta camuflar con el flamear de banderas, miles de jubilados de toda España se han lanzado a la calle para protestar por lo exiguo de las pensiones. Lo que ha terminado de crispar el ánimo de los pensionistas es lo muy reducido del último aumento de su retribución, cuando llevamos tres años de pánfilo triunfalismo económico (España es el país la UE que más crece) que no se ve acompañado por una mejora objetiva de las rentas más bajas. Y eso, en un país donde muchas familias dependen de lo que puedan aportar sus mayores para poder salir adelante, es un peligroso detonante social.

Todo el precario equilibro social se edifica sobre la poco distribuida recuperación económica. La posibilidad de que se produzca pronto una nueva recesión no entra obviamente en los cálculos de nadie, a pesar de que sigue siendo algo muy probable y particularmente este año. Si en una situación de relativa bonanza (al menos para las grandes cifras de negocios) se producen estos retrocesos sociales, ¿qué pasará cuando venga la siguiente recesión? ¿Estallarán revueltas en las calles? ¿Se adoptarán medidas aún más represivas?

No solo la sociedad, también la meteorología está alterada. Estos días estamos sufriendo una continua intrusión de masas de aire frío septentrional que están barriendo Europa y que están consiguiendo que este invierno sea digno de tal nombre. Mientras los medios generalistas reciben las repetidas olas de frío con epítetos a todas luces exagerados si uno mira las hemerotecas de hace 20 o 30 años, pocos miran más al norte y se fijan en que esas masas de aire frío que bajan a nuestras latitudes dejan detrás una anomalía de temperatura, un incremento de hasta 30 grados centígrados en algunas zonas del Círculo Polar Ártico, que no presagian nada bueno. De manera análoga, ese viento frío que ahora azota nuestra sociedad es fruto de un ardiente vacío que queda detrás y al cual pocos miran.

Salu2,
AMT

viernes, 30 de marzo de 2012

Interrelación entre desindustrialización, crisis económica y de recursos.

Imagen de http://www.unife.org

Queridos lectores,

Esta semana tenemos un privilegio especial. Manuel Rey, bien conocido de los oyentes de Burbuja Radio, se ha ofrecido para hacer un post relacionado con el tema anterior, sobre las dificultades reales, concretas y conocidas de mantener un sistema industrial en una situación de escasez de recursos. Les dejo con él.

Salu2,
AMT

 
Interrelación entre desindustrialización, crisis económica y de recursos.

Por Manuel Rey

Este artículo viene a colación del debate mantenido en el Grupo de Debate sobre Energía en Facebook (http://www.facebook.com/groups/157095551027528/ ), en relación a la noticia publicada en Reuters, http://uk.reuters.com/article/2012/03/13/us-nuclear-safety-iaea-idUKBRE82C0IQ20120313, respecto a los retos en materia de seguridad y fiabilidad que plantean las extensiones de vida útil de las plantas nucleares en todo el mundo.

Este problema, que afecta no sólo a las plantas nucleares, si no a todas en general, nos lleva a un debate más amplio y relacionado con la temática que trata el presente blog. La crisis económica que estamos padeciendo, unida a la crisis de recursos, lleva a muchos gobiernos y empresas a tomar decisiones, entre ellas, las de extender la vida útil de instalaciones más allá del plazo para el que fueron diseñadas, sin embargo, esto plantea cuestiones de diversa índole que este artículo tratará de introducir y explicar a los lectores, en especial a aquellos no familiarizados con el diseño y mantenimiento de plantas industriales.

Empecemos con las clases de ingeniería mecánica y de sistemas, con un ejemplo sencillito, ¿tu coche es más fiable cuantos más años tiene? NO, y esto es así porque es un máquina que ha sido diseñada con una vida útil, sometida a un programa de mantenimiento que se desglosa en revisiones, sustituciones y ajustes, sin embargo, hay partes de tu coche que no son económicamente sustituibles, puesto que el coste de reparación supera fácilmente el valor del vehículo. Cualquiera ha experimentado que, a partir de cierta edad, su coche falla más que una escopeta de feria, y se ve obligado a cambiarlo, porque de las averías pequeñas y fastidiosas, se acaba en las grandes y costosas.


Ahora vayamos a las plantas industriales en general, y a las nucleares en particular, en este caso hablamos de sistemas mecánicos varios órdenes más complejos que tu coche, que requieren de programas de mantenimiento muy intensivos. estas plantas son tan complejas que requieren de subdivisiones para poder operarlas y mantenerlas (sistemas eléctricos y de fuerza, hidráulica, electrónica, turbinas, reactor, QHSE, proveedores, oficina técnica), esto a su vez se desagrega en conjuntos menores, por ejemplo, en el aérea de electricidad tienes equipos distintos para operar AT/MT/BT (Alta, media y baja tensión), en generación los equipos de turbinas se subdividen en equipos de electricidad, hidráulica, operadores de turbina, en modelos muy grandes se llegan a dividir incluso en equipos que gestionan los tramos de alta y baja presión.

Los programas de mantenimiento implican operaciones constantes, periódicas de corto, medio y largo plazo en mantenimiento continuo, luego tienes las paradas anuales, las bianuales, las de 4 años y las grandes paradas de planta. La planta a su vez se divide en unidades, operadas por sus propios equipos, que requieren coordinación desde la ingeniería que la diseñó, a las empresas que la construyeron, así como los contratistas de mantenimiento.

   
Ninguna planta nuclear o de otro tipo, como sistema mecánico que es, tiene una vida útil infinita, y esto es debido a que hay partes de la misma cuyo coste de sustitución es prohibitivo. Da igual lo perfectamente mantenida que tengas la planta, cuando los "main" llegan al final de su vida, hay que bajar el machete.
 
Una división de la ingeniería se dedica precisamente a gestionar la extensión de vida útil de plantas y su transformación (se conoce como refurbishing), la razón para hacerlo es siempre la misma, no hay presupuesto para construir una nueva, y se trata de extender la vida de las existentes, asumiendo que la curva de costes se te dispara, al igual que en tu coche, el "conjunto-planta" cada vez tiene más fallos, requiere intensificar los recursos que gastas en mantenimiento ordinario, preventivo y predictivo, y eso al final te va directo al coste de MW.


Ninguna planta en operación, del tipo que sea, puede mejorar su fiabilidad con el tiempo, entre otras cosas porque esto ya queda marcado en la ingeniería conceptual y básica, tiene la que tiene, y la incorporación de mejoras es un 90% corrección de errores "as built" (en España somos más finos, le llamamos "apuntacagada"), y el 10% restante son pequeños retoques derivados de cambios de normativa en HSE, o grandes cambios impuestos de desastres como Chernobyl o Fukushima. 


Una vez superas la vida útil, el día a día de mantenimiento es un sindiós, entre que la propiedad no quiere tirar dinero en una planta a punto de finalizar su ciclo, y que los costes de operación y mantenimiento se te disparan, el cierre siempre viene por lo mismo: accidente.

Centrándonos en las plantas nucleares, son con diferencia las más difíciles de transformar, al resto de plantas las metes en parada y cambias lo que quieras, eso depende de las ganas de quemar millones que tengas, en nuclear, todo lo que supone el conjunto reactor-circuito de refrigeración es una pesadilla, porque tienen la curiosa propiedad de ser radiactivos, lo cual sienta muy mal a los operarios, salvo a Homer Simpson, que por alguna extraña razón es inmune.

Estos problemas son sólo la parte fácil, el estrés térmico y de radiación que sufre toda esa unidad acaba con cualquier material si les das tiempo, es por ello que la vida útil de una nuclear no sale de un grupo de físicos tirando dados, sale de un potaje infernal (agua a alta temperatura+radiación+presión), contra el que no pueden ni los reactores superpijos que se montaron los americanos y los rusos en sus submarinos, portaaviones y cruceros, esas plantas se construyeron sin mirar el coste, incorporan titanio a parrote (supongo que conoces el coste de este material), pues bien, los accidentes sufridos en estas plantas han sido muy graves, una buena parte debidos a errores de cálculo en fatiga de materiales, hasta el titanio se vuelve quebradizo como el cristal en ese entorno, en el caso de los rusos, se equivocaron por un 60% del tiempo calculado, y las tripulaciones se lo siguen agradeciendo desde el fondo del mar.

Efectos de la radiación sobre acero inoxidable (Fuente: Cambridge University)


Para terminar, una falla grave en esa unidad te deja ko la planta, si aún es nuevecita, puede compensar el coste, pero en una planta vieja, es cierre asegurado, las plantas españolas ya han tenido varios avisos, ninguno que implicara riesgo real para la población, pero sí han sido incidentes serios desde la operativa, esta situación no puede hacer si no empeorar, dada la coyuntura económica que vivimos, la paralización de nuevos proyectos y la inercia natural de las compañías a alargar los ciclos de las plantas, en espera de una mejora económica que se retrasa indefinidamente. El agravamiento de la crisis de recursos que tan ampliamente se analiza en este blog contribuye negativamente a este problema, disparando los costes de mantenimiento en unas plantas ya de por sí viejas.


lunes, 26 de marzo de 2012

La degeneración industrial

Imagen de http://sightsandlights.blogspot.com.es

Queridos lectores,

Hoy me he quemado el dedo. Abrí el gas para poner a hervir las lentejas y tardé quizá uno o dos segundos más de lo estrictamente necesario. Demasiado. La llama de la cerilla ya había llegado a la yema de mi índice, y prácticamente al tiempo que la acercaba al fogón tuve que empezar a agitar el fósforo para que se apagara. Una anécdota trivial, como ven, un pequeño incidente cotidiano sin la mayor importancia. Sin embargo, a veces las situaciones triviales esconden cambios más profundos y de mayor importancia de lo que podría parecer. Lo cierto es que la última caja de cerillas que he comprado lleva cerillas más cortas; bastante más cortas, como un tercio menos en longitud o así. No sólo eso: los palos parecen más delgados. No sé si es por un cambio de marca o un cambio de modelo de fabricación de la misma marca: las cerillas las cojo en el súper, siempre en el mismo sitio, y nunca me he fijado de qué marca son. La verdad es que en ese sitio sólo hay un tipo de cerillas, así que tampoco podría escoger aunque quisiese. Y, en el fondo, ¿qué más dan unas cerillas? Simplemente, debo ser más cuidadoso a la hora de encender el fuego. No es un gran cambio.

Últimamente me estoy quedando sin pantalones vaqueros. Quiero decir, en un estado decente. Antes un vaquero me duraba en buenas condiciones un par de años. Bueno, cuando digo antes quiero decir hace unos diez años o así; mucho antes que eso, cuando yo era niño, la tela de los vaqueros era tan gruesa que cuando los otros niños jugaban a darte latigazos en el culo con las cuerdas de las peonzas no tenías que preocuparte el día que llevabas vaqueros, porque aquello era impenetrable, y esto vaqueros duraban más que el tiempo que aún te valían por talla. En fin, el caso es que ahora los vaqueros no me duran nada. Es cierto que no voy a tiendas pijas donde te puedan vender lo más fashion y, posiblemente, de mejor calidad, pero en fin, sigo yendo a los mismos sitios que antes iba, y ahora me encuentro que prácticamente después del primer lavado la trama del pantalón se comienza a deshilachar. El caso es que tengo un par de vaqueros que no tienen ni un año pero que podrían utilizarse perfectamente de vestuario para "La noche de los muertos vivientes". Bueno, también es cierto que un par de vaqueros no son tan caros (aunque últimamente cuestan más) y tampoco pasa nada por renovarlos un poco más frecuentemente. Además, puedo usar otro tipo de pantalones... el caso es que hace poco compré un par de pantalones de tela, en una tienda de una marca conocida, con un tacto muy agradable, muy finitos, casi vaporosos. De tan vaporosos que el primer día que hizo tramontana (viento fuerte y frío propio de estas comarcas) mientras estaba con la nena en el parque el pantalón se heló y se rajó. Bueno, no pasa nada, tampoco es tan caro...

Son dos ejemplos cotidianos tomados al azar entre tantos otros: ese billete de metro o de tren cada vez más delgado y endeble, esa oferta cada vez más restrictiva en los supermercados, esa herramienta con mango de plástico que se rompe en la primera hora de usarla, ese paraguas que se dobla al recogerlo, esos zapatos que se desencolan antes de que acabe su primera estación, esas botellas y cartones de paredes cada vez más finas... Todos estos ejemplos ilustran un fenómeno subyacente que cada vez más está tomando carta de naturaleza, y que va más allá de la obsolescencia programada a la que ya nos habíamos acostumbrado. Son destellos, síntomas, de un fenómeno nuevo, de un cambio más profundo: la degeneración industrial.

Hasta ahora, los productos estaban diseñados para durar un cierto tiempo para obligarnos a cambiarlos cada cierto punto y así mantener la producción y el crecimiento exponencial de la economía; como ya hemos discutido, ésa es la razón de tanto despilfarro. De una manera consciente o inconsciente todos sabemos ya que éstas son las reglas del juego, pero como tal frenética actividad de comprar, usar y tirar mantenía la economía en marcha y en el fondo nos garantizaba mantener un nivel de renta que permitía seguir este juego no nos había importado mucho, y así los habitantes de los países que se auto-denominan "civilizados" han llegado a encontrar "normal" que se tenga que cambiar de vestuario cada año o dos, de ordenador cada 3, de coche cada 5 y de casa cada 10. Y tienen razón en denominar a esta práctica "normal" porque es la que por la vía de hecho ha llegado a ser la norma o costumbre, en realidad impuesta.

Sin embargo, el proceso al que nos enfrentamos ahora es de una naturaleza muy diferente. Aquí no se trata de maximizar el ciclo productivo y su rentabilidad, sino algo más perverso y dañino. Sucede que con el hundimiento de la clase trabajadora en estas primeras fases de la Gran Exclusión el consumo está cayendo, y el idolatrado equilibrio entre oferta y demanda que permite fijar el precio se está desplazando a la izquierda a medida que la demanda cae y los precios se ven obligados a hacer lo propio. Sin embargo los grandes industriales, que tienen ya en marcha un sistema de producción a gran escala con grandes fábricas y enormes redes de distribución, tienen demasiada inercia estructural como para poder responder con agilidad a los cambios. En el caso de algunos productos más caros (de mayor valor añadido) la demanda se ha destruido para nunca más volver; es el caso, por ejemplo, de los coches: la mayoría de la gente que ha dejado de poder mantener un coche nunca más volverá a tener uno. En este caso la única solución para el industrial es reducir la producción, lo cual implica cerrar fábricas y echar a gente a la calle (retroalimentando la destrucción de demanda en general, ya que un trabajador menos es un consumidor -o varios- menos). Sin embargo, hay otros muchos productos cuya demanda latente sigue siendo elevada pero que no se expresa en demanda real simplemente porque la gente no se puede permitir según qué precios. Éste es mayormente el caso de los productos de primera necesidad, como los alimentos o la ropa. En ese caso, el industrial lógicamente intenta reducir el precio de venta de sus productos, ya sea por la vía de reducir sus margenes de beneficio (lo cual va contra sus intereses) o por la de reducir sus costes. Para reducir costes puede rebajar el salario a sus trabajadores, pero tal estrategia tiene un recorrido limitado y además cuando menos cobren sus trabajadores menos consumirán (de nuevo el terrible dilema del capitalismo). Así que en el largo plazo la mejor y única estrategia pasa por reducir los costes esencialmente productivos. Lo ideal es que esta reducción llegase por una mejora sin límites de la eficiencia, pero la Termodinámica es en eso muy obstinada (en un post futuro abordaremos el papel de la entropía como suprema y tiránica soberana de nuestro mundo) y el margen de mejora acaba siendo escaso o nulo. Por tanto, lo que queda al final es la simple disminución del aporte material, del consumo de materias primas en la producción, sobre todo ahora que con los albores del Peak Everything (el pico de todo, o Gran Escasez) cada vez son más caros. El industrial va así progresivamente degradando la calidad de sus productos, intentando llevarlos al límite de la inmaterialidad pero por el camino malo (nada que ver con la tan cacareada y nunca vista desmaterialización de la economía).

Lo perverso de este mecanismo de progresiva degradación de la calidad de nuestros objetos cotidianos es que varias décadas de convivencia con la obsolescencia programada nos han hecho muy sumisos a este tipo de procesos de degradación. Aceptamos pues como "normal", porque sigue la vieja norma de la obsolescencia programada, que todo sea de calidad deficiente y que tenga que ser reemplazado periódicamente. Sí que podemos percibir que el ciclo de obsolescencia es ahora más breve, pero como en general los ciclos de obsolescencia se han ido reduciendo con el tiempo es también normal interpretarlo como parte del BAU, de la manera habitual de proceder. Sin embargo, en esta ocasión se está forzando el ciclo de obsolescencia hasta extremos ridículos, como en el caso de las cerillas con el que abría el post y como con tantos otros ejemplos que seguramente el lector podrá encontrar, lo cual evidencia que el motor de estos cambios no es tanto la aceleración del ciclo productivo sino la desesperación por reducir costes. La mayoría de la gente confía sumisa en las bondades del "sistema", del BAU, en su quehacer y asumen implícitamente que con esta aceleración de la obsolescencia el capital fluirá más rápido y tendrán suficiente renta como para mantenerse en esta rueda. Nada más lejos de la realidad. La progresiva degradación de los bienes de consumo común es en realidad un peldaño más en el descenso a La Gran Exclusión.
 
La degeneración industrial lleva consigo muchos otros efectos negativos, en particular la pérdida de la capacidad industrial y de la economía de escala. La producción de muchos bienes hoy en día es posible solamente porque se producen a escala masiva gracias al uso intensivo de la energía barata. Al irse degradando la renta disponible de los consumidores todas estas empresas irán colapsando y perderemos progresivamente el conocimiento y la capacidad de producir industrialmente muchos productos finales, pero no sólo eso, también la capacidad de producir muchas materias intermedias necesarias en diversos procesos industriales y que de hecho necesitaríamos para poder montar nuestro sistema energético alternativo basado en energía renovable con el que soñamos y que seguramente no vamos a ser capaces de permitirnos. En suma, perderemos la base industrial, el músculo productivo necesario para emprender cualquier tarea industrial.


Llegará un momento en que algunos industriales avispados empiecen a ofrecer productos que, simplemente, estarán bien construidos, probablemente de manera más artesanal; pero, eso sí, a su precio. Será en ese momento en el que sabremos cuál es el precio real de las cosas. Y es que estos nuevos productos hechos a la vieja usanza no serán baratos, y aunque surgirán para dar respuesta a una masiva demanda de tener objetos de calidad suficiente acabarán siendo productos prácticamente de lujo. Como lo fueron, de hecho, a la antigua usanza: la gente antes no renovaba el mobiliario de su casa, sino que como mucho compraba algún mueble durante su vida y los armarios, camas, cómodas y demás pasaban de generación en generación. Y en ese momento la gran mayoría de la población se dará cuenta de hasta qué punto ha descendido su nivel de vida, hasta qué punto nos habíamos ido haciendo pobres sin darnos cuenta. Una vez más, como en la metáfora de la rana y el agua hirviendo.


Salu2,
AMT

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Diario de trinchera: En el corazón de la Unión Europea

El tranvía justo antes de ser detenido por los huelguistas
Me desperté a las 4 de la mañana. No, aún no era la hora. Me había despertado también a las 3, pero aún tenía una hora más de sueño y, bien, con dos despertadores en hora malo sería que no me levantara a tiempo de para poder coger el primer tren de Figueres a Barcelona, el de las 5:56. Tenía el tiempo justo, taxado: el tren llegaría a la estación de Barcelona Sants a las 7:53; tenía que coger un taxi rápidamente para ir al aeropuerto y asegurarme de estar allá a tiempo para poder coger el vuelo de las 9:10 de la mañana. Afortunadamente, todo fue como la seda: el tren de RENFE llegó casi sin retraso, el taxi fue rápido y llegué al aeropuerto a las 8:20; y con la tarjeta de embarque ya impresa desde casa y sin tener que facturar llegué a mi puerta de embarque antes de que ésta se abriera. Destino: Bruselas.


Se trataba de una reunión importante. Intento viajar tan poco como puedo: tengo demasiado trabajo y demasiados compromisos acumulados, y tengo una familia a la que veo poco durante la semana, teniendo en cuenta mis cuatro horas diarias de transporte en tren para llegar al trabajo. Pero mi asistencia a esta reunión era inexcusable: se trataba de una reunión de los grupos de trabajo primero y del comité de gestión después de un proyecto (Acción COST) que yo coordino. Y la verdad es que estaba un poco intranquilo: varios investigadores importantes para la acción me habían comunicado unos días antes que no podrían asistir a la reunión, y así se hacía muy difícil avanzar el trabajo. Por suerte, asistían los dos representantes franceses, que en este proyecto son los que están realizando la mejor labor científica - junto con los españoles, por supuesto, ya que se trata de una red de coordinación de los análisis realizados con los datos del satélite SMOS de la Agencia Espacial Europea, y en el que Francia y España han sido los mayores contribuyentes.


En el aeropuerto de Barcelona me encontré con mi compañero y amigo M., que al igual que yo trabaja en el centro experto español. Durante el vuelo comentamos algunos aspectos de la reunión y aprovechamos para acabar de poner a punto las varias presentaciones que íbamos a exponer. Llegamos a Bruselas sin mayor novedad pasadas las 11 de la mañana; para llegar al hotel (y luego a la reunión) tenemos que coger primero un tren, luego el metro y luego el tranvía. Vamos a buscar el tren y, primera sorpresa. Las máquinas de autoventa de billetes, que según mi colega funcionaban con tarjetas de crédito y débito de todo tipo la última vez que vino, ya sólo funcionan con tarjetas de crédito belgas, y ni siquiera aceptan monedas o billetes; ¿exceso de celo proteccionista hacia los bancos belgas?. Por supuesto no nos dimos cuenta de esto hasta hacer cola delante de una de ellas, así que después de perder 5 minutos con esto tuvimos que perder otros 15 haciendo cola delante de las taquillas donde, allí sí, se aceptaba todo tipo de tarjetas. Cosa la cual no pasó en las taquillas del metro (en el metro ni siquiera había máquinas de autoventa); allí sólo se aceptaban tarjetas belgas. Después de hacer un rato el memo probando con varias tarjetas finalmente le damos al taquillero los pocos euros que nos hacen falta, y empezamos a dar vueltas buscando cuál es la línea que tenemos que coger. Una mujer cubierta con un velo está encallada en una portezuela de entrada al metro, una bolsa que llevaba ha sido atrapada por la misma. Nadie le hace caso y yo le ayudo a liberarse, tirando de la bolsa hacia arriba. Mi colega encuentra por fin la línea que tenemos que seguir; él pasa con su billete pero el mío sale sin abrir mi portezuela. Lo vuelvo a intentar: el billete está agotado, tendré que hacer cola otra vez en la taquilla del metro. Un hombre de unos cincuenta años, rasgos árabes, intenta ayudarme pero no conseguimos nada. Otra dama cubierta con un velo me abre la portezuela poniendo su abono sobre un lector; quizá vio lo que hice antes, quizá, simplemente, es amable sin mirar con quien...


Llegamos por fin al tranvía; son sólo dos paradas, un poco espaciadas pero sólo dos paradas. Sólo podemos hacer una: es jornada de huelga en Bruselas y los piquetes impiden el paso del tranvía. Nos bajamos, nuestro hotel está sólo a 10 minutos caminando. Mientras vamos hacia allá mi colega me comenta que el hotel, que escogimos en esta ocasión igual que en las anteriores por su proximidad al lugar de la reunión, ha subido sensiblemente los precios desde la última vez que vino, en Enero de este año. Entonces costó 90 euros la noche, ahora cuesta 120...


No podemos instalarnos en nuestras habitaciones del hotel porque ha venido del ministerio un inspector para revisar la instalación contra incendios, y están revisando todo el hotel. Dejo mi maleta en una salita en recepción y nos vamos pitando a la reunión.


La reunión, a pesar de las numerosas bajas, fue intensa y muy interesante; se discuten muchos temas, los temas calientes del procesamiento de datos (es una misión muy experimental ya que el instrumento es muy complejo, se requieren muchas calibraciones y ajustes, y nunca se acaba de tenerlo bien afinado) y algunas cuestiones sobre las posibles aplicaciones; éstas son las dos grandes ramas del proyecto. Al principio de la reunión, un colega de Chipre nos pregunta por los indignados. Le contamos brevemente que han desalojado las plazas y han bajado su perfil de actividad pública, pero que evidentemente siguen ahí. Hay cierta inquietud por los asistentes que faltan; la ciudad está sitiada y una parte de los asistentes van llegando a cuentagotas durante la tarde. Durante el café de la tarde nuestro colega chipriota nos comenta que está aquí porque el Ministerio les ha anulado una campaña oceanográfica que tenían que estar realizando y les ha retirado el dinero.



Estaba proyectado acabar hacia las 6 de la tarde pero alargamos la sesión de ese jueves hasta pasadas las 7. Como somos de natural masocas y no hemos tenido bastante, quedamos algunos en vernos a las 8 para ir a cenar juntos. Durante la cena se habla un poco de todo; yo aprovecho que hablo francés con cierta fluidez para confraternizar con los vecinos del norte, y nos vamos explicando nuestras miserias. Las cosas no acaban de ir del todo bien en Francia: el Ministerio ha cortado la oferta de empleo público, con la consiguiente preocupación de los investigadores por la falta de continuidad de las carreras científicas (yo les explico que en España en la actualidad sólo se cubren el 10% de las jubilaciones, y aún eso el año que viene será dudoso). El Gobierno galo ha creado unos nuevos entes, los Laboratorios de Excelencia, o LabEx. Si tienes suerte de ser reconocido como LabEx por el ministerio en la convocatoria que hace cada año, estás de enhorabuena: tendrás una gran cantidad de dinero para financiar tu investigación. Si estás fuera, pues estás fuera y no verás ni un duro del estado francés. Mis dos colegas franceses están integrados en LabEx (son buenos investigadores ambos), pero expresan su temor y pesar por sus colegas menos favorecidos. Él me comenta que sólo ha salido una plaza nueva este año para toda Francia en su disciplina. Ella me dice que la dirección de su laboratorio envió en Junio una recomendación de gastar rápidamente el dinero para compra de material e infraestructura antes de Septiembre, por miedo a que el Gobierno se lo quitase. La gente se pensó que era exageración y paranoia, pero un laboratorio de la misma ciudad, que aún tenía fondos en ese capítulo, acaba de recibir una reclamación formal del Gobierno exigiéndole que reintegre lo que reste de esos fondos. Esa cantinela me suena porque una operación semejante está teniendo lugar en mi laboratorio. "Estamos igual en todas partes", pienso.


Salimos tarde del restaurante, y la conversación vuelve, sin querer, una y otra vez a la crisis. Ella, mi colega francesa, me comenta el aire de decadencia que ve en Bruselas (yo no puedo opinar, no había estado nunca antes), cómo se están abandonando las carreteras por todo el país, etc. Yo le comento que la deuda belga es proporcionalmente de las mayores del mundo. Ella se queda pensativa y me habla de su marido, que es ingeniero en una importante compañía automovilística, y que están sufriendo para no irse a pique. Yo le pido que no me tire de la lengua, que si le cuento todo lo que sé la acabaré de deprimir... Los europeos se van a dormir, aunque los españoles y un viejo amigo italiano nos quedamos a tomar la última y comentar múltiples asuntos pendientes. Llegamos al hotel a la 1:30. Mañana volvemos a comenzar las sesiones a las 9:00.


Ya es viernes. Me levanto a las 6; el día de antes, en el tren, había conseguido que por fin me funcionase un nuevo algoritmo con resultados más que prometedores, espectaculares diría yo, y quiero mostrarlos en la presentación de hoy, y cambiar el póster que se presentará la semana siguiente en otro meeting y que se tendría que imprimir hoy. Acabo justo a tiempo, me ducho y bajo a desayunar. Después, otra dura jornada, intensa, con una componente científica y otra de gestión (ésta con bronca añadida y merecida de nuestro supervisor europeo por la poca asistencia). Acabamos a las 5 de la tarde y me quedo con los únicos que no tienen prisa en ir a buscar su avión: el inglés y el italiano. Voy a dejar los trastos y a coger un plano en el hotel, y nos vamos a tomar una cerveza los tres. El inglés, un post-doc con 10 años de experiencia, no está seguro de si ésta es la última reunión de nuestra acción a la que viene: a partir de Marzo se queda sin financiación, y tendrá que trabajar con un contrato asociado a cualquier proyecto que salga, si es que sale uno; hay uno bastante probable que sea financiado, para trabajar con boyas Argo, no exactamente el objetivo del satélite SMOS pero empezamos a hablar sobre cómo podríamos justificar su participación llegado el caso. El dinero tampoco parece sobrar en el Reino Unido.


A las 6 de la tarde he de dejar a mis colegas. Porque mi visita a Bruselas tenía un segundo objetivo que surgió sobre la marcha. Una amiga de un amigo conoce a varias personas que trabajan en el Casal Català de la Generalitat de Catalunya en Bruselas, y aprovechando el hecho de que me tenía que quedar la noche del viernes (no había manera de enlazar el avión de vuelta con un tren a Figueres) me preguntaron si querría dar una charla en el Casal Català. Y yo, ¿cómo iba a negarme? Total, que con mi plano en la mano fui caminando, Scepterstraat arriba, hasta llegar a la rue de la Loi, la calle de la ley. A pocos metros de la sede del Parlamento europeo, en pleno centro de Bruselas, en el corazón administrativo de la Unión Europea, se encuentra la Delegació del Govern de la Generalitat, que alberga al Casal Català. Allí mismo intento sacar dinero para el taxi de mañana (mi avión sale a las 6:30 de la mañana y visto lo visto con el transporte público...), pero la mitad de los cajeros automáticos que encuentro (y hay un montón) sólo aceptan tarjetas belgas; al final, consigo uno más cosmopolita y saco los cuartos. Llego al lugar de la conferencia un cuarto de hora antes de que comience la misma.


Mi anfitrión es una persona muy amable, muy cercana; es funcionario de la Unión Europea y se dedica a temas tributarios. Mi charla de un viernes a las 7 de la tarde en Bruselas concita muy poca expectación: sólo 7 personas, incluyendo mi anfitrión. Había preparado con él una versión en inglés, pero dado que la magra audiencia es catalanoparlante al final vuelvo a utilizar la versión catalana. Lo cierto es que la audiencia fue escasa, pero muy selecta: una buena parte de ellos funcionarios de la UE, en ámbitos diversos; otros trabajan para multinacionales... La charla progresa y llegamos a las preguntas; los funcionarios trabajan en diversos ámbitos, me exponen los planes de la UE para los diversos problemas suscitados por mi charla con los que trabajan, yo se los voy desmontando tranquilamente mientras asienten con la cabeza, como si lo que digo no les sorprendiera, como si en el fondo supieran que todas las medidas que promueve la UE son sólo papel mojado. Tengo la impresión de que yo simplemente les confirmo con datos sus peores temores. Y ellos me confirman con sus actos mis peores temores. La discusión transcurre con fluidez, entre gente que no necesita perder el tiempo con absurdos circunloquios, que va al grano, lo que es de agradecer; y siempre de manera correcta. Peor aún: empática. Porque esos funcionarios, a mi modo de ver, comprendían de sobra que todas las desgracias sin cuento de las que les hablaba son posibilidades reales y bien reales. A las 9 de la noche la mujer que se ocupa del Casal nos ruega que terminemos, y la reunión se disuelve rápidamente, sin ruido. Me quedo aún un rato hablando con mi anfitrión. Me comenta que ésta era la primera vez que venía a la Delegació del Govern, y de la expresión de su rostro veo que piensa que posiblemente sea la última. Debe ser muy caro de mantener este local tan grande, en pleno centro de Bruselas.


Vuelvo al hotel caminando, agotado, sin ganas de cenar, sólo de dormir, que al día siguiente he de madrugar mucho, una vez más. Las terrazas están llenas, la noche es agradable. La gente hace cola para ir al cine y al teatro, y me doy cuenta entonces de cómo abundan los restaurantes en Bruselas. Paso por un quiosco y una típica revista de moda pone en su portada: "Yendo al psiquiatra con tu bebé", lo leo dos veces porque creo haberlo entendido mal. Paso al lado de una gasolinera de Lukoil, buen símbolo del nuevo poder que emerge y que va a comerse la UE. Tropiezo con un adoquín arrancado, estoy muy cansado. Llego por fin al hotel y les pido que me avisen al día siguiente, y que me encarguen el taxi. Me derrumbo en mi cama, anhelando las seis horas de sueño que quizá hoy consiga. Quiero volver a casa, a mi casa: quizá esté a punto del colapso económico, pero, no sé, algo me dice que en el resto de sitios las cosas no están tan bien como dicen.



Epílogo



Lo dicen los anglosajones: el diablo está en los detalles. Así lo vi al mirar por la ventana del tranvía que no llegó hasta nuestro destino. No es el cenit del petróleo, el Peak Oil, pero sí el cenit de la representación de nuestra obra de teatro como sociedad. Fíjense en el rótulo del lado derecho...



Al menos al volver a casa he tenido el consuelo de oír por primera vez la expresión "Oil Crash" en una televisión de ámbito nacional: Quim en La Sexta.


AMT