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martes, 2 de julio de 2019

Distopía XI: En verdad heredarán la Tierra



Es difícil saber cuándo exactamente empezó a ser tan insoportable. Quizá fue a principios de la década de los 20, o quizá fue un poco más tarde. Es difícil acordarse, porque si algo hace el calor extremo, el pesado y abrumador calor de nuestro planeta, es que sea difícil hasta pensar. O quizá precisamente es pensar lo más difícil de hacer, con tanto calor.

No dejó de haber inviernos, como decían algunos extremistas, pero lo cierto es que en invierno no hacía frío. La temperatura era agradable y se podía salir de casa prácticamente cada día en mangas de camisa. Lo cual era, aunque pudiera parecer  paradójico a un habitante de la Tierra del siglo XX, mucha menos ropa que la que había que ponerse en verano.

El verano era extremo. Lo era siempre. Lo era cada verano. Inexorable, como una condena cíclica que se repetía cada año. 

Las noches de verano eran agobiantes, calurosas hasta lo exasperante. Si no tenías medios de climatización adecuados y si no podías evitar que el aire recalentado hasta doler de la jornada se acumulara en tu casa, era completamente imposible dormir. Estirarse sobre una cama era condenarse a nadar en un charco de húmedo y recalentado sudor, con esa característica sensación de medio ahogo de las noches sin tregua canicular.

Pero los días eran mucho peores.

Permanecer fuera durante el día era simplemente imposible si no contabas con algún medio de protección. Al principio se desaconsejó, luego prohibió, que la gente saliera "en las horas centrales del día". Esas "horas centrales fueron creciendo en extensión hasta que al final se convirtieron en las que van desde al alba hasta el ocaso. Los primeros rayos de Sol del día resultaban ya abrasadores, porque el aire no podía evacuar tanto calor acumulado en las jornadas anteriores y la radiación del nuevo día hacía imposible estar fuera.

No se sabe cuánta gente murió en los primeros veranos, cuando nuestra sociedad se resistía a aceptar que el mundo había cambiado para siempre y que quizá ya no era vivible para los humanos, al menos no 100% vivible. Seguro que fueron muchas las personas que fallecieron. Serían cientos de millones, probablemente. Es difícil de saber: se habló poco de ello, como si fuera una fatalidad inevitable. Cada persona trataba de hacer lo posible para que no le tocara a ella, y eso era todo. Imperaba un cierto sentimiento de desesperanza colectiva, de paraíso perdido, de añoranza de una vida mejor. Pero nadie hizo nada, nada más que adaptarse a lo que había. De hecho, no se cambió nada de lo importante, de lo que nos había llevado a este desastre, y solo se cambió lo más accesorio, para seguir haciendo lo mismo de la manera que aún fuera posible.

La gente se acostumbró a vivir de noche, a trabajar de noche. Se cambiaron los turnos y las costumbres; por ejemplo, durante el verano se trabajaba también durante el fin de semana, pero se libraba una semana al mes, siempre entorno a la luna nueva porque eran las noches más oscuras y que por tanto requerían de más iluminación artificial, por aquel entonces ya muy restringida. A esa semana de luna nueva se la llamaba "fin de luna", y eran noches de fiesta y de pasiones, de crímenes y embarazos. Decimos noches, porque los días simplemente no existían, para nadie.

Pero como el ingenio humano no tiene límites, en poco tiempo los mejores científicos y los mejores ingenieros idearon la manera de poder sobreponerse al infierno en la Tierra en que se habían convertido los veranos. Los primeros trajes antitérmicos eran aún demasiado aparatosos, demasiado parecidos a los monos de submarinista que aún se empleaban para entrar en el bullente mar; pero a medida que la técnica mejoraba se convirtieron en vestimentas muy estilizadas. El necesario casco de protección, inicialmente metálico y aparatoso, se convirtió con el tiempo en una elegante escafandra de cristal y finalmente en una delgada tela transparente. Al final, los grandes diseñadores lanzaron sus líneas de trajes antitérmicos, porque la supervivencia no está reñida con la elegancia.

Gracias a los trajes antitérmicos, los amos del mundo, los grandes propietarios de las pocas corporaciones mundiales que habían sobrevivido a los procesos de fusión y absorción, pudieron salir de sus climatizados coches y poner el pie en el desolado erial en el que habían convertido a la Tierra, sin importarles  si era de día o de noche. Incluso, se convirtió en un signo de distinción y de status social el participar o incluso organizar picnics en pleno sol de julio (en una carpa climatizada, eso sí). Solo los más ricos y poderosos podían permitírselo, y el hecho de estar allí, bajo ese sol abrasador, era la mejor demostración de la separación entre la clase pudiente y el populacho. Las únicas personas que, sin ser adineradas, podían permitirse estar ahí fuera eran los policías y guardaespaldas, con sus más funcionales antitérmicos provistos por la corporación de turno, aunque en medio de aquella desesperante solana sus servicios no eran en realidad necesarios: no había mejor guardián que el agobiante calor.

Pero los trajes antitérmicos no dejaban de ser muy limitados y también limitantes. Los vaporosos guantes no dejaban de ser eso, guantes, con lo que nunca se tenía un tacto real de las cosas. Ni siquiera podías sacarte un zapato, aunque fuera unos minutos, so pena de perder la climatización del traje. Estabas en el mundo exterior, pero había una barrera entre tú y él. Pasearse por la Tierra con trajes antitérmicos era parecido a pasearse por la Luna con un traje de astronauta. Y estaba, siempre, el riesgo de que el traje fallase, o de que un mal tropezón o un buen golpe rasgase la tela o afectase a los sistemas de soporte vital, con lo que convenía no alejarse demasiado del climatizado coche, la última tabla de salvación. Hubo una vez una señora de la más alta sociedad que había muerto porque su traje había fallado y ella, en vez de buscar refugio, había permanecido en su sitio recibiendo a sus invitados. Fue un caso curioso, porque de hecho fue el único fallecimiento por el calor registrado en muchos años entre la clase alta pero tuvo un altísimo impacto en los medios de comunicación, mientras cada día el calor mataba a cientos de personas normales, la mayoría sin ni siquiera salir al exterior, algunos incluso durante las más temperadas noches. En contra de cualquier lógica, los esfuerzos de la sociedad se dirigieron a resolver los problemas menores de los menos, en vez de atender los problemas acuciantes de la mayoría.

Se invirtieron muchos esfuerzos para conseguir hacer algo mejor y más definitivo que los trajes antitérmicos. Y se consiguió: los adaptadores biónicos.

Los adaptadores biónicos eran unos simples dispositivos que se instalaban en el cuerpo mediante una sencilla operación quirúrgica. Utilizaban baterías de alta duración, que eran sencillas de reemplazar. Generalmente se instalaban tres adaptadores en la misma persona, de manera que la redundancia neutralizaba los riesgos: si uno de los adaptadores fallaba, cualquiera de los otros dos tomaba el relevo (los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, sin embargo, solo llevaban un único adaptador, aunque más resistente). Los adaptadores monitorizaban constantemente las constantes vitales y aseguraban una adecuada homeostasis, de manera que la temperatura corporal no aumentaba nunca por encima de los 36.5 grados centígrados y el exceso de calor ambiental era eficazmente disipado. Al tener un control tan eficaz de las funciones corporales, el adaptador biónico no solo permitía a su usuario soportar condiciones ambientales extremas, sino que diagnosticaba e incluso neutralizaba enfermedades, anulaba la fiebre y hasta era capaz de mantener tonificados los músculos y deshacerse de la grasa excesiva, la cual le servía de combustible; de hecho, al comer el usuario alimentaba también a su adaptador biónico, o ad-bio, como la gente los empezó a llamar. Con el tiempo se desarrollaron ad-bios autorreparantes y evolutivos, que podían ser instalados en niños y que crecían con ellos. El software de control era revisado exhaustivamente de manera continua, y periódicamente se hacían actualizaciones (sobre todo de seguridad, que era lo que más obsesionaba a las élites), que los ad-bios descargaban automáticamente y sin molestias mientras los usuarios dormían.

Quizá la temperatura del planeta subió medio grado más, tal fue el esfuerzo industrial que hubo que hacer para poder extraer los preciados materiales que se necesitaban, para fabricar y finalmente para mantener los ad-bios. Pero mereció la pena. Al cabo de unos pocos años, una nueva raza de seres inteligentes poblaba de nuevo la faz de la Tierra: los biónicos o, como les gustaba llamarse a sí mismos, los Bios. Los Humanos vivían en cavernas, escondidos en las entrañas de la Tierra la mayor parte del año (excepto en algunos reductos cerca de los polos, donde campaban libres y salvajes) y trabajaban como las bestias brutas que eran para mantener a sus amos, los Bios. Los Bios eran los propietarios de todo lo que era y de lo que alguna vez será, y podían moverse a sus anchas por todo el planeta, de día y de noche. Aunque externamente eran parecidos a los Humanos, los Bios eran más altos, más inteligentes, mucho más fuertes, mucho más rápidos y mucho más resistentes, pudiendo soportar sin esfuerzo condiciones ambientales que matarían en cuestión de minutos a un Humano. Era pues lógico, y todo el mundo aceptaba, que fueran los amos del mundo, pues sin duda eran una raza superior en todos los sentidos.

Así fue durante décadas. Al final, los Bios prescindieron de policías y ejércitos, porque su superioridad era tan abrumadora que nadie podía cuestionarla. Muchos Bios se dedicaron a cultivar en la superficie de la Tierra, para ocupar su tiempo libre, y en muchos lugares remediaron en gran medida el daño ambiental que sus ancestros comunes con los Humanos habían causado mucho tiempo atrás. Y aunque el clima mejoró un poco, los Humanos siguieron relegados a sus cavernas, excepto en las lejanas y salvajes tierras polares. Los Humanos soñaban con la Tierra perdida y explicaban cuentos y leyendas de lo que había sido el planeta, pero aprendieron a vivir bajo el yugo de los Bios y nunca se rebelaron.

¿Cómo sucedió, entonces? ¿Por qué un día desaparecieron los Bios?

Algunos dijeron que los Bios habían venido del espacio para remediar el mal que hicieron nuestros ancestros, y que una vez que la Tierra volvió a ser habitable se marcharon, dejándonos un nuevo planeta y la advertencia de que debíamos cuidarlo.

Otros dijeron que en realidad los Bios eran dioses, que vinieron a ayudar a la Humanidad en su momento de mayor necesidad y que continuaban viviendo en la Tierra, en la montaña más alta e inaccesible del mundo, lejos de la vista de los mortales pero siempre vigilantes, por si algún día volvíamos a necesitar su ayuda.

La realidad fue mucho más simple y prosaica, en realidad. Tan confiados estaban los Bios en su superioridad que descuidaron la formación técnica, y en particular la de las personas que debían ocuparse del mantenimiento de los ad-bios. Alguien cometió un grave error en la programación de una actualización de seguridad  (por lo demás innecesaria, porque realmente nadie intentaba hackear los sistemas vitales de los Bios). Nadie hizo las verificaciones pertinentes, nadie hizo el control de calidad ni el testeo en un entorno controlado. La actualización fue subida a la red y en el plazo de unas horas los ad-bios helaron el corazón de sus huéspedes. Como la muerte no sobrevenía hasta el cabo de unas horas y una vez iniciado el proceso era irreversible, para cuando los Bios se dieron cuenta de que algo iba rematadamente mal ya era demasiado tarde. Quizá sobrevió algún Bio que tuvo la suerte de estar en algún lugar aislado, desconectado de la red, cuando se produjo el Error Fatal. De hecho, circulan muchas leyendas sobre seres sobrehumanos que viven aislados y que ayudan a los humanos en momentos de gran necesidad. Pero, de nuevo, todo eso no son más que leyendas.

A los Humanos les llevó días darse cuenta de que sus amos habían desaparecido, semanas atreverse a salir a la superficie, meses comenzar a asentarse en ella y años volver a poblar la Tierra. Pasarán siglos antes de que se comprenda qué eran los Bios en realidad y qué fue lo que pasó.

Quizá no era el planeta que habían anhelado, ni tampoco la manera como hubieran querido conseguirlo, pero al final los desposeídos en verdad heredaron la Tierra.

Antonio Turiel.
Julio de 2019.

sábado, 5 de octubre de 2013

La decadencia de las élites



Queridos lectores,

Como muchos de Vds. sabrán, hace unas semanas la capital de España, Madrid, presentaba (creo que por tercera vez) su candidatura para albergar una futura edición de los Juegos Olímpicos. A pesar de la fanfarria mediática que daba por segura la elección de la capital del Reino para albergar este magno evento de gran proyección internacional, lo cierto es que Madrid fue descartada en primera ronda, lo cual fue considerado por muchos medios españoles como una ignominia y una afrenta. Al margen de la brutal desconexión de la realidad que tienen los medios de comunicación españoles, la anécdota que ha marcado esta derrota fue el discurso en inglés de la alcaldesa de Madrid, Ana Botella. A mucha gente les sorprendió lo sobreactuado de tal discurso, las forzadas pausas de entonación, el acento poco fluido de la primera edil madrileña... y sobre todo una expresión que en España se ha considera muy desafortunada: "enjoying a relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor".

Lo cierto es que el inglés que usa la señora Botella es bastante estándar; limitado, sí, pero aceptable. La pronunciación es inteligible y la entonación lenta pero correcta. Se nota que ha estado mucho tiempo ensayando este discurso, que la han asesorado bien, y estoy seguro de que ha hecho un gran esfuerzo para dar lo mejor de sí misma. Inclusive la expresión "relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor" tiene mucho más sentido de lo que alguna gente se cree; en un discurso tan preparado un detalle así no puede responder al azar o al descuido. Fíjense que si en vez de haber sido la alcaldesa de Madrid hubiese sido la de Roma o la de París, hubiera dicho "relaxing cup of macchiatto in Piazza Navona" o "relaxing cup of caffé au lait in Champs Elisés" y todo el mundo lo hubiera considerado correcto, con un cierto encanto incluso. Todavía más: cambien "el café con leche" por "Rioja" y entonces no se vería motivo para la chirigota que puertas adentro ha generado esa frase.

Porque en realidad la frase en cuestión habrá pasado más bien inadvertida fuera de las fronteras españolas, pero aquí llegó a causar un auténtico tsunami de pullas y bromas de mejor o peor gusto que se cebaban en la primera edil madrileña. ¿Por qué tan nimio detalle ha sido tan divulgado y vituperado? Al margen de otros muchos factores hay algo que ha enconado los ánimos. Ciertamente haber perdido la nominación, pero hay algo más: hay una cierta rabia contra aquellos que nos gobiernan, contra nuestra élite política que se ha encumbrado en posiciones de mucha responsabilidad sin tener especiales aptitudes ni méritos para ello. Al español de a pie se le exige tener cada vez más méritos, más formación, más experiencia profesional, mientras que muchos profesionales de la política tienen un nivel cultural y unas aptitudes bastante inferiores a las de las nuevas generaciones de españoles que se ven condenados a emigrar. En el caso de la señora Botella conviene quizá recordar que llegó a presidir la municipalidad más importante de España de rebote, al marchar el alcalde electo, Alberto Ruiz Gallardón, a ocupar el puesto de Ministro de Justicia en el actual Gobierno de España; y que en muchas ocasiones se ha cuestionado su valía, idoneidad y legitimidad para ocupar el puesto que ocupa.

Aproximadamente por las mismas fechas circularon por internet algunos escritos denigrando una celebración masiva de cumpleaños que tuvo lugar en una pequeña ciudad de la meseta castellana. Se ve que 650 jóvenes madrileños se dieron cita allí para celebrar el cumpleaños de diez de ellos, que en un período de pocas semanas cumplían, todos ellos, 30 años. Se da la circunstancia de que la mayoría de estas personas son hijos de reputadas figuras del mundo político y empresarial español. La fiesta en sí seguramente se movió en los parámetros de la típica juerga juvenil en España, con mucho alcohol, algo de sexo furtivo y mucha balandronada jalonada con las dosis justas de zafiedad. Sin embargo, no pocos de los que después supieron del evento lo consideraron desproporcionado e incluso ofensivo. De nuevo, visto de fuera puede parecer una manera un tanto garrula de divertirse pero no se entiende, sin ponerlo en contexto, qué resulta ofensivo. Y sin embargo las razones son sencillas de entender para el español de a pie. Por una parte, hay un cierto elemento de ostentación - no es muy común poder organizar un evento e invitar a 650 personas -, ostentación muy dolorosa en un país con seis millones de parados y una creciente emigración que huye de un país sin oportunidades para los jóvenes. Por otro lado, no deja de ser curioso que todavía a los 30 años el modo de divertirse de estas personas sea la propia, reprensible pero más entendible, de chavales de 16 años, quizá de 20 años; ofende pues la comparación entre ese estilo de vida un tanto disipado y el de tantos ciudadanos que a esa edad luchan por mantener un trabajo y quizá son ya padres de familia. Por último, resulta una vez más poco aceptable que nuestras élites del futuro (pues en un país con tan poca movilidad social como España los hijos de serán los señores del mañana) tengan una manera tan zafia y poco refinada de divertirse; demuestran en su manera de concebir el ocio tan pocas aptitudes y altura de miras como en la manera de concebir el negocio. Ítem más cuando estas macro-reuniones sirven para reforzar el vínculo, para remarcar la pertenencia a una clase privilegiada que lo es por razón de sangre, de hidalguía en el sentido literal de la palabra, antes que por mérito alguno, mientras el país se desembaraza literalmente de las generaciones mejor formadas y en principio mejor preparadas de su historia. Por decirlo rápido y pronto: ofende ver a los patanes regodearse en su vida regalada mientras la gente de verdadero mérito sufre o se va y los demás simplemente sufrimos.

España tiene sin duda aspectos particulares (su reducida movilidad social, la a veces poco disimulada connivencia entre la clase social y el alto empresariado, la corrupción de las instituciones, la falta de equidad y eficacia de la Justicia,...) por las que destaca negativamente en Europa, aunque si uno toma cierta perspectiva verá que los problemas referidos se reproducen por doquier, de Oriente a Occidente y de Norte a Sur. Hagan memoria Vds. sobre las revelaciones acerca de las juergas que no hace tanto se corría el actual primer ministro inglés, la excesiva afición al alcohol que profesaban antiguos presidentes ruso y americano, las francachelas indecentes de cierto ex-primer ministro italiano, los líos de faldas de tantos y tantos cargos políticos desde un secretario de Estado hasta el mismísimo Presidente de los Estados Unidos de hace ya algunos años... Y si nuestras élites son moralmente poco virtuosas en la esfera privada, no pocas veces transcienden despropósitos de gran magnitud en la esfera pública, escándalos continuos de corrupción y tráfico de influencias, y la famosa puerta giratoria que permite -y no sólo en España - que el presidente o ministro de hoy sea un bien remunerado consejero en una gran empresa el día de mañana.

Incluso cuando la podredumbre de nuestra clase política no sale directamente a la luz es inevitable fijarse en la baja calidad del debate político. Los programas políticos de los partidos, que eran auténticos libritos cuando yo era niño, raramente pasan ahora de dípticos, cuando no son flyers o tweets. En muchos países cuesta distinguir las diferencias no ya programáticas sino ideológicas entre el partido hegemónico de derechas y el partido hegemónico de izquierdas, y en no pocos casos en los que tal diferencia se da en lo formal no se acaba realizando en lo práctico. La reciente campaña electoral alemana, a pesar de lo mucho que había en juego - a fin de cuentas, el futuro de Europa y la propia viabilidad económica de Alemania - tuvo un tono bastante bajo que fue acordado entre los partidos con representación parlamentaria; invitaba antes al bostezo que a la reflexión. Los debates televisados parecen más coreografías y puestas en escena que verdaderas muestras de liderazgo y de contenido. Es una realidad inescapable: las democracias liberales en Occidente presentan un perfil cada vez menos político y cada vez más mediocre. La desustanciación de la política podía ser tolerable durante la situación de bonanza, pero en medio de la crisis tan profunda que atravesamos nuestros líderes descafeinados, casi iletrados, son incapaces de dar la cara en medio de una situación que desborda, y más al que tiene menos preparación y menos empaque.

Mientras, las consecuencias de su inacción y su incapacidad son sufridas por una gran masa de ciudadanos, a los cuales se intenta contener con medias verdades y mentiras directas que escondan que mientras en el mundo los recursos comienzan a escasear los flujos que alimentan el gran capital descontrolado no se ralentizan sino que se aceleran. Pero la gente, a pesar de no conocer los datos precisos, instintivamente identifica la causa última de que su mal sea mayor de lo que debería. En el ciudadano de Occidentre se alimenta una rabia contra la élite que hasta ahora era patrimonio de los llamados países en vías de desarrollo. Así se entiende el cada vez más frecuente apelativo "la casta" para referirse al conglomerado indistinguible político-empresarial. Esta desconexión entre el pueblo y sus élites es gravísima, pues es el paso previo a que la rabia se desborde y se acaben derrumbando los antiguo símbolos del poder, como los moais derribados por los habitantes de la Isla de Pascua cuando la antigua religión cayó en desgracia, incapaz de responder a los problemas de la gente. El paralelismo es inquietante: hace 20 años en España los banqueros eran gente admirada, envidiada; eran los líderes, la referencia a imitar; ahora decir banco o banquero suele ir acompañado de expresiones de desprecio y de ira. La religión del dinero fácil pasa sus horas más bajas.


El primer paso para solucionar esta crisis, que también es moral y de valores, es modificar el sistema económico para que deje de estar centrado en un crecimiento que es hoy ya imposible. Hay que también repensar el sistema de las élites dirigentes. No puede ser que se recompense la mediocridad, o se garantice el linaje, o se otorgue un lujo asiático a los que temporalmente y por mandato de la ciudadanía detenten el poder. No es sólo una cuestión de justicia social; es una cuestión de estabilidad social, y es necesario para poder prosperar como sociedad.


Salu2,
AMT