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lunes, 21 de septiembre de 2026

La mezquindad

 


Yo nací el año 1970. La vida entonces era mucho más austera en lo material. Eso no quiere decir que fuéramos más infelices; en realidad, en muchos aspectos probablemente se era más feliz que ahora. 

Pero era también una vida más dura, más física. Muchos trabajos eran manuales, y no pocos requerían considerable fuerza física. La gente se consumía, los huesos se deformaban, las fatigas y los accidentes pasaban factura, y no había tanta gente que llegara a los 70 años: solo el 5,5% de la población tenía 70 o más años, frente al 15% actual. También, ciertamente, la medicina ha avanzado mucho durante estos años, sobre todo a nivel preventivo, y se han mejorado los hábitos saludables.

En 1970, el dictador Francisco Franco aún estaba vivo y con él su régimen, así que había cosas de las que no se podía hablar, casi ni pensar; y por supuesto nada de protestar, por más que se sufrieran flagrantes atropellos.

Murió Franco en 1975. Se intentó una transición a la democracia, que salió como salió pero que supuso una mejora con respecto a lo que había - al menos en algunas parcelas de los derechos públicos. Recuerdo, pues ya no era tan pequeño, la excitación con la que se vivió la promulgación de la Constitución, las primeras elecciones... Había ansia de libertad y de cambio. Se pensaba que, por fin, España podría ser un país libre y de progreso. El fracaso del intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981 - recuerdo cómo lo viví, toda la noche viendo dibujos animados por la tele hasta que salió el rey - dio un nuevo impulso, y pensamos que se podría construir un estado de derecho, libre, moderno...

España entró en la OTAN y en la Comunidad Económica Europea. A partir de los años 80 se produjo un progreso económico espectacular, y, como en el resto del mundo, un enorme desarrollo científico y tecnológico, del cual, por una vez, España no quedó al margen. En el año 2000 España aspiraba a entrar en el G10.

Llegaron los años de la burbuja inmobiliaria, de la soberbia de los adictos al pelotazo. Y luego la crisis de 2008. Y ya nada volvió a ser lo de antes.

Echo la vista atrás y veo todo lo que ha pasado desde que tengo memoria. Y veo la mezquindad que inunda toda la sociedad actualmente, esa miseria colectiva en la que vivimos instalados, ésa que señala al emigrante,  que acepta sumisa la degradación de nuestras condiciones de vida, que se humilla servil delante de los poderosos... y me pregunto: ¿cómo hemos llegado aquí? ¿Cómo nos perdimos por el camino? ¿Por qué el proyecto de hacer una sociedad más justa, más libre y más liberal está fracasando? ¿Por qué se produce un retroceso tan marcado en el respeto a los valores democráticos?

Sería tentador decir que este fenómeno tiene lugar sobre todo entre los más jóvenes, que se han vuelto más reaccionarios, más autoritarios, menos democráticos; y luego echar pestes de las redes sociales y las nuevas tecnologías. Sería tentador, sobre todo para una persona de mi edad, que he visto esos cambios y que tengo una añoranza de otro tiempo más sencillo, en el que todo estaba más claro. Tentador, sí, pero también sería estúpido. Y falso. 

Yo nací en 1970. Eso quiere decir que dos tercios de los españoles y españolas son más jóvenes que yo. Pertenezco por tanto a una fracción de la población que ya es minoritaria, y que cada año que pasa es lógicamente menor. Pero no se piensen que idealizo aquellos años: nosotros también éramos mezquinos, nosotros también aprendimos bien de niños a bajar la cabeza y tolerar las injusticias. Simplemente, éramos más pobres y vivíamos en una dictadura, así que quién más y quién menos albergábamos una esperanza de cambio y de progreso, de ir a mejor, de tener más libertad y, sobre todo, de aspirar a una relación más justa y fraternal entre los seres humanos. Yo recuerdo los eslóganes y los debates de los primeros años 80, cuando se creía que podríamos construir un mundo verdaderamente mejor y más humano. Pero lo estropeamos todo. Simplemente, nos dejamos deslumbrar por la abundancia, por la riqueza, por las promesas de un progreso material que parecía sin límites... Nosotros tenemos la culpa de no haber educado correctamente a las generaciones que nos han sucedido. Este lodo en el que ahora hozamos viene del polvo que descuidadamente dejamos que se asentase.

Para mi, uno de los puntos de inflexión fue la burbuja inmobiliaria de finales del siglo XX y principios del siglo XXI. Fue la época del "España va bien". Los últimos gobiernos del PSOE de Felipe González, sumidos en la corrupción y en la inoperancia, dieron lugar a los gobiernos del PP de Jose María Aznar, el primero de ellos - con mayoría relativa en el Congreso - mostrando una cara más amable; el segundo de ellos - ya con mayoría absoluta - mucho más duro y autoritario. Fue en esos años que se sentaron las bases de una especulación inmobiliaria sin parangón, los años de las obras públicas faraónicas, los años de la abundancia y el derroche... Años de nuevos ricos y pelotazos continuos, pero el dinero fluía abundante - en parte de las ayudas europeas, en parte de los capitales internacionales - y todo el mundo vivía bien: no hacía falta matarse a estudiar para poder ganar 2000 ó 3000 euros al mes. Mis amigos se reían de mi: tantos años de carrera, luego doctorado, luego postdoctorado, para acabar cobrando los 1200 euros al mes que cobraba cuando volví de París, y aún gracias. Esa etapa se cerró de manera abrupta, como una bofetada con la mano abierta. La soberbia con la que nos creíamos instalados entre los poderosos, poniendo los pies encima de la mesa, se derrumbó con los atentados del 11 de marzo de 2004 y la inesperada victoria del PSOE de Rodríguez Zapatero. La burbuja inmobiliaria terminó por explotar en 2008, con la quiebra de Lehman Brothers.

Los años de rápido progreso económico, durante las décadas de los 80 y 90, sirvieron para superar algunos atavismos y complejos ibéricos muy asentados, pero los años de la burbuja inmobiliaria crearon una mentalidad de nuevos ricos, de soberbia, y, lo que es peor, de creerse que nos merecíamos los privilegios de los que ahora disfrutábamos. Yo estoy convencido de que en una buena parte de la psique española contemporánea está aún instalada la idea de la riqueza rápida y fácil, y de que tenemos derecho a ella.

Pero nada es gratis en este mundo. Esos años de riqueza y prosperidad no fueron más que un espejismo, el epílogo de un largo camino de desarrollo económico e industrial al que España se apuntó tarde por culpa del aislamiento de la dictadura franquista, pero que igualmente tenía los días contados. Era un desarrollismo basado en los combustibles fósiles y en un consumo incesante, acelerado y creciente de energía y materiales. Algo que era intrínsecamente insostenible y que por tanto tenía que parar.

Llevamos desde 2008 a trancas y barrancas. Es en 2008 cuando arranca en España, y en Europa, un proceso de desindustrialización y de deslocalización que realmente nunca ha cesado. También desde 2008 se han hecho más evidentes las dificultades para continuar aumentando la extracción de petróleo, como hemos tratado a lo largo y ancho de este blog - o, si prefieren, pueden leer una síntesis detallada en mi libro "Petrocalipsis". Hemos echado mano de todo tipo de recursos semejantes a petróleo para mantener la ficción de un mundo siempre creciente, primero los biocombustibles, luego los petróleo extrapesados, luego el fracking, y ahora ya nada más. Por eso ahora en 2026 estamos embarcados en estas guerras por los últimos recursos, y por eso estamos empezando a deslizarnos por una peligrosa pendiente de carestía y escasez.

En los años 2000, los españoles aprendieron que si miraban para otro lado en medio de pelotazos no siempre legales, habría un buen pellizco para ellos. Incluso si no querías pringarte, te convenía estar callado para no meterte en líos. Total, todo iba bien para todo el mundo. Nos acostumbramos a esa bonanza injustificada, y con el tiempo llegamos a creernos que era nuestro derecho divino, nuestro privilegio irrenunciable. Teníamos todo el derecho a vivir bien, nosotros formamos parte de un país potente y de la Unión Europea, y por ello, lógicamente, siempre seremos ricos y poderosos.

En ningún momento quisimos mirar a la base de nuestra riqueza. Que nuestro bienestar se cimentaba sobre el expolio y el robo de las riquezas de otros países del Sur Global. Que nuestros flamantes móviles están manchados de la sangre de los mineros que extraen precariamente el coltan en el Congo, o de los trabajadores que se intoxican en factorías de ensamblaje en China. Nuestra ropa de marca a precio asequible la cosen niños esclavizados en Bangladesh. Nuestros aguacates los recogen inmigrantes que trabajan por salarios de miseria en nuestros huertos, o se esquilman de otros países. Y así con una lista interminable de productos. No quisimos mirar hacia estas duras realidades porque cuestionaba nuestro derecho a disponer de todo lo que disponemos. 

Pero somos muy mezquinos. Porque nos atrevemos a ser duros con el débil, o simplemente negarnos a mirar y aceptar su sufrimiento, y al tiempo bajamos la cabeza delante del fuerte. Sabemos lo que nos conviene, y por tanto no contrariamos a los matones que hay en nuestra sociedad, esos empresarios "de éxito" que hacen dinero a mansalva a partir de la explotación masiva de la miseria colectiva, tanto patria como foránea. No solo no nos oponemos a ellos, sino que los adulamos, los ponemos como ejemplo a seguir, les damos premios y honores. Ellos, mientras tanto, van comprando todos los medios de comunicación, y también voluntades tanto en lo público como en lo privado. Cuántas veces no habré visto yo a un periodista callar o dejar de llamarme porque incomodo a gente importante, cuántas veces algún concejal que quería, ilusionado, hacer algo bueno para su pueblo no ha tenido que bajar la cabeza y someterse, diciéndome, "lo siento, no me han dejado hacerlo...". Cuántas.

Pero ahora las cosas empiezan a ir mal. Muy mal. 

Aquí en España la gasolina y el diésel ya están llegando a los 2 € por litro, y en Europa la cosa está peor. En Francia, no hay diésel en el 11% de las gasolineras, y este problema de suministro - eco de la voladura del oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita - va a ir a peor. Y no solo en Francia: en toda Europa. España aguantará un poco mejor gracias a sus 8 refinerías, pero debido a la presión sobre los carburantes no se están haciendo paradas de mantenimiento, y eso puede acabar conduciendo a averías graves y a faltantes de suministro duraderos. Y faltan gas, fertilizantes, ácido sulfúrico ergo metales, y mil cosas más.

También se anticipa una crisis económica brutal. Estos precios del combustible afectan a toda la cadena productiva. Y la burbuja de la IA parece estar más cerca de reventar, y cuando lo haga Occidente se habrá quedado sin motor para su mundo financiero. 

En lo ambiental, el verano ha sido terrible, en calor e incendios. El otoño se anticipa peligroso. Y encima se está gestando el mayor Niño que hemos visto en 140 años, y posiblemente en miles de años.

Mientras tanto, la UE va dando bandazos, relajando normativa ambiental y escalando el discurso de la guerra, metiendo miedo para justificar el rearmamento. Sin planes para lo que viene a continuación. Bueno, no completamente: para España, el plan es convertirla en tierra de sacrificio con las macroplantas de biogás y las plantas de combustible derivado de biomasa

Deberíamos estar reaccionando. Deberíamos estar saliendo a la calle. Deberíamos estar planteando alternativas, buscando soluciones, creando refugios climáticos para protegernos de las inclemencias que vienen, planteándonos otro tipo de agricultura más resiliente, adaptando las ciudades, deconstruyendo zonas inundables, preparándonos en suma. Pero no hay nada de eso. 

Delante de la crisis que se viene, la opinión pública en España está atascada con el tema de Ceuta. Y ni siquiera intentando ver el panorama global: toda la discusión se reduce a una banalización de la realidad, en la que hay un bando, el nuestro de los buenos-muy buenos, y el de los otros de los malos-muy-malos. Algo muy infantil. Y muy mezquino.

Delante de las grandes dificultades que se vienen, la obsesión para una parte creciente de la población española es reducir impuestos y estigmatizar a los emigrantes. O criticar la sanidad pública y denunciar los presuntos privilegios de los maestros. Todo con argumentos de baratillo y de una infantilidad supina, y maniqueos a más no poder: nosotros los buenos, los otros los malos. Curiosamente, esas cosas que se denostan son justamente las que más les interesa destruir al poder económico, porque suponen "oportunidades de negocio", es decir, nuevas oportunidades para apropiarse de recursos.

Una parte creciente de la población española cae presa de un discurso iconoclasta que busca minar las bases de la protección social de la mayoría. Por eso mismo, la mayoría de los que defienden ese discurso serán perjudicados por la implementación de las medidas que piden, como pudieron comprobar tardíamente tantos votantes de Donald Trump en los EE.UU.

La discusión política se empobrece, se convierte en griterío propio de patio de colegio. Los partidos de izquierda se ven incapaces de proponer salidas reales a los problemas sociales que hay (como la vivienda, la inflación o la precariedad laboral) porque no se atreven a criticar al capitalismo. Los partidos de derecha caen en simplificaciones arteras y bobaliconas de la realidad, y en un maniqueísmo profundo según el cual el adversario es un demonio perverso que solo quiere el mal de España por el mal en sí mismo. No hay racionalidad ni análisis.

Entre tanto, la población española tiene miedo. Tiene miedo de perder sus privilegios, porque en el fondo de su corazón sabe que no se los merece, que no somos especiales, que no teníamos un derecho superior al de otros pueblos para disfrutar de una porción mayor de los recursos de todo el planeta. Ve que las cosas vienen mal dadas, pero lo único que quiere es tranquilad, que todo sea como siempre, que le garanticen su trozo del pastel, "volver a la normalidad", "paz y orden". Sabe que no se lo merece, que no tiene realmente derecho a ese expolio, y de manera mezquina, sin atreverse a mirar al fondo de la negrura, está dispuesta a aupar a aquellos que, con métodos expeditivos, consigan mantener la situación, aunque sea de manera violenta y autoritaria, con tal de que la cosa aguante unos años más y a ellos les dé tiempo a acabar su vida con los niveles acostumbrados de prosperidad.

He ahí la mayor negrura, la mayor falta. Son capaces de sacrificar su dignidad, y hacer cosas que no tienen justificación moral, si así pueden vivir bien. Son los habitantes de Omelas

Pero tanta iniquidad, tanta mezquindad, tampoco asegurará una prosperidad que ya no es posible. Algunos líderes europeos han decidido tocar tambores de guerra para así justificar las privaciones y racionamientos que ya se nos vienen encima. Unas élites desnortadas, a veces corruptas, más preocupadas por su posición de privilegio que por intentar dar una salida digna y razonada a los problemas que nos acechan. 

Viene la guerra, que se usará para que no se cuestione un orden absurdo. Si nos dejamos arrastrar por estos locos, lo perderemos todo. Si comprendemos que es el momento de reaccionar y implementar soluciones ecosociales, aún podremos construir un futuro digno y que valga la pena.

Algunos pensamos que abandonar Omelas no es la opción moralmente correcta, porque implica mantener el sufrimiento de tanta gente; porque, aunque no participando de los frutos del expolio, queda la responsabilidad moral de haberlo permitido. Por tanto, la única opción respetable es oponerse a tanta negrura, a tanta mezquindad. Incluso si al final perdemos.  

Salu2.

AMT