lunes, 8 de julio de 2013

Un futuro sin más (VII): La nueva Florencia


[Las personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre mera coincidencia]

[Capítulos anteriores de este relato: primero, segundo, tercero, cuarto, quinto y sexto]

Justo después de adoptar a Margueritte Jan empezó el proyecto de la primera planta piloto. Para su emplazamiento escogió una pequeña parcela que había sido propiedad de Strauss. Cuando aceptó la herencia, esa parcela le pareció una excentricidad del viejo profesor: se trataba de media hectárea, poco productiva agrícolamente, en una zona pedregosa y cercana a Zurich. No era fruto de una herencia previa, como pudo comprobar en los papeles de registro: Strauss la había adquirido poco antes de la muerte de su mujer. Pero cuando Jan empezó a buscar un emplazamiento idóneo para la planta piloto, con los magros recursos de los que disponía, se dio cuenta de que aquella parcela reunía una serie de características extremadamente idóneas para la generación con la nueva tecnología (a la cual bautizó como SPEG, siglas de Strauss Palermo Energy Generation). Era tan apropiada para ese fin que a Jan no le quedó la menor duda de que Strauss seguramente se había pasado meses buscando un emplazamiento tan idóneo y, por lo que vio en el registro de la propiedad, la había pagado generosamente... para nunca en su vida poner los pies en ella.

Conseguir los materiales para la planta no era fácil. Los suministros escaseaban y eran caros. Jan tuvo que hacer una gran inversión de su propio bolsillo para que los trabajos avanzasen, y continuamente pasaba por aquel lugar para supervisar las obras. Algún instrumental clave lo tomó prestado del laboratorio, con la excusa de hacer medidas de campo. Tal forma de proceder casaba tan poco con la mentalidad germánica de Zurich que nadie se imaginaba lo que estaba haciendo por inconcebible que era su comportamiento, pero afortunadamente para Palermo él era mediterráneo y le resultaba perfectamente concebible actuar así, aunque lo hacía no sin recelos. Sabía que lo hacía por un bien mayor para Suiza y para la Humanidad, pero aún así su margen de maniobra era limitado: si se sabía que estaba desviando material del laboratorio para un proyecto propio le expulsarían de la universidad sin más. Así que debía ser cauto, y en ocasiones mentiroso.

La construcción de la planta piloto no era, sin embargo, la única de sus preocupaciones. Adoptar a Margueritte fue un gesto noble por su parte, pero a pesar de su carácter previsor el profesor Palermo no había anticipado que tener un niño a su cargo, aunque ya fuera un poco crecidito, implicaba una cierta carga de trabajo adicional. Por ejemplo, la niña tenía que ir a la escuela. Jan la apuntó a la escuela que dependía del liceo que dependía de su misma universidad; el arreglo era muy conveniente porque la educación era de gran calidad y a los profesores de aquella universidad la matrícula les salía prácticamente gratis. Margueritte no había ido nunca a la escuela y no sabía apenas leer y mucho menos en alemán, así que cada noche tenía que repasar sus deberes con Jan durante horas, y por ella Jan redujo sus horas de servicios sociales. Margueritte tenía una mente despierta y con la ayuda de Jan consiguió alcanzar a sus compañeros de curso tras un par de años de escolarización. Pero la llegada de Margueritte implicaba también realizar muchas tareas domésticas fundamentales; por ejemplo, tener a punto el desayuno y la cena a horas convenientes. Jan trabajaba sin descanso en el laboratorio y montando la planta piloto, y entre eso y las horas de estudio con Margueritte simplemente no le llegaban las horas.  Pudo solventar esta cuestión pagando un ama de llaves (su sueldo y algunos pequeños proyectos industriales que hacía por encargo de la universidad hacían que se lo pudiese permitir; "mi trabajo en la Universidad tiene una buena TRE", pensaba a veces irónicamente). Pero, más importante que eso, tener la niña en casa le obligaba a compartir su espacio vital, después de tantos años viviendo solo. Porque progresivamente Margueritte fue ocupando una porción cada vez mayor de la vida de Jan. Al principio la niña era bastante recelosa, aunque siempre trató a Jan con corrección; pero a medida que fue cogiendo confianza con su padre adoptivo le iba haciendo más preguntas y Jan, que tenía una gran vocación pedagógica, vio en ella la alumna perfecta para ir moldeando desde la infancia, aunque le costó un tiempo comprender que una niña de ocho años tiene sus ritmos de aprendizaje, que debía alternar con el juego y con otras actividades. Lo que más conmovió la vida de Jan fue, justamente, haber de participar (o intentarlo) en los juegos de su nueva pupila, tarea que le resultaba ingrata por considerarla una pérdida de tiempo pero que se autoexigía cumplir, y que con el tiempo llegaría a agradecer.

La niña no explicaba gran cosa de su vida anterior. A veces Jan la veía llorando en algún rincón de la casa, sin que él pudiera conocer el motivo, pero Jan, tímidamente, no osaba perturbarla en aquellos momentos. Hasta que un día que salía a arreglar el jardín como cada martes y jueves se la encontró llorando al lado del pozo y, conmovido por aquellas lágrimas infantiles, le preguntó su por qué. Ella le dijo que echaba de menos a su padre y sobre todo a su madre. Jan sintió la misma congoja que el día que la recogió de la calle. Entonces le explicó el origen de la casa, cómo el profesor Strauss había cuidado del jardín de su mujer cuando ésta murió y de cómo Jan se hacía cargo de ese mismo jardín, ahora que ambos habían muerto. 

- De alguna manera - le dijo Jan - los Strauss siguen viviendo aquí porque nosotros cuidamos su jardín. Ellos me dieron lo que yo necesitaba y yo mantengo vivo su recuerdo. Tú puedes hacer lo mismo: mantener vivo aquí el recuerdo de tus padres. ¿Había alguna flor que le gustase especialmente a tu madre?

- Las rosas - dijo Marguerite, secándose las lágrimas con las palmas de las manos.

- Muy bien. Pues hoy mismo iremos a comprar unos bonitos rosales que instalaremos en aquel parterre de allá.

- Yo creo - dijo Margueritte - que estarían mejor a este lado del pozo.

- Como tú desees, pequeña.

Después de aquel día, Margueritte dedicaba sus horas fuera de la escuela y tras hacer los deberes a cuidar del jardín. Y sucedió que aquel jardín ganó una belleza que seguramente no había visto en años. Pues Wilhem Strauss había cuidado del jardín de su difunta esposa como el que ejecuta una estrategia militar, con precisión pero sin armonía, y Palermo había simplemente seguido un protocolo escrupuloso, asegurándose que cada tipo de planta tenía las condiciones de humedad y nutrientes adecuadas y que las malas hierbas y los insectos no las agobiaban. Pero Margueritte introdujo en aquel jardín sentimiento; más que un producto estandarizado y pulcro, la niña hizo del jardín un espacio armonioso y un remanso de paz y alegría. Un día que volvía especialmente cansado de intentar resolver algunos problemas en la planta se sentó un rato en el porche de la casa, que daba al jardín, y se quedó maravillado al ver en qué lo había convertido Margueritte en muy pocos meses. La niña se le acercó sonriente y comenzó a hablar sobre sus planes para los gladiolos y las siemprevivas y los arbustos de la cerca y tantas otras cosas que Jan fue incapaz de oír, pero miraba a su pupila bañada por la luz del atardecer como si viera un ángel en el paraíso terrenal que había creado en aquel pañuelo de tierra.

Jan tardó quince meses de esfuerzos, grandes inversiones y sobresaltos en terminar la primera planta SPEG. Durante aquellos meses Jan dudó muchas veces de si era sensato acometer aquella empresa sin contar con inversión adicional, pero para él era clave mantener siempre el control de la tecnología: sin control, los hombres se lanzarían a una nueva loca carrera por destruir el mundo y esta vez lo conseguirían. Pero hacer las cosas de esta manera comprometía el patrimonio de Jan, lo cual no le preocupaba sobremanera, teniendo en cuenta cuántas veces había estado a punto de perder mucho más que eso. Sin embargo, por primera vez en su vida tenía a más gente a su cargo. Estaban Colette y sus hijos, que todavía eran demasiado jóvenes para trabajar, en un país nuevo que aún estaba intentando encontrar su equilibrio y que a veces entraba en guerra (afortunadamente solventada tras unas pocas escaramuzas) con lo que en otro tiempo también había sido Francia; pero esos meses de ruido de sables eran fatales para la economía de la viuda del General Ros, puesto que Jan no tenía manera segura de hacerle llegar el dinero. Y por otro lado estaba Margueritte; se la veía tan feliz en su nueva casa y en el colegio, y sobre todo en aquel vergel en que había convertido el jardín. Jan podía sufrir él todas las humillaciones que fueran precisas, pero no podía permitir que aquella niña preciosa volviera al arroyo de donde la había rescatado. Así que Jan no se podía permitir fallar esta vez.

Y no falló. La planta SPEG entro finalmente en marcha, justo antes del invierno de aquel año. A su inauguración invitó a altos cargos del Ministerio de Educación Superior e Investigación y del Ministerio de Industria, y la demostración fue un éxito. Jan tenía miedo de que alguien se pensara que intentaba hacer un nuevo timo como el de los tremogeneradores de Tesla, pero comprobó que curiosamente mucha gente no era ni consciente de que lo que había hecho en Francia era un estafa. Después de todo incluso en Suiza la gente era bastante ignorante, al menos en lo que aspectos técnicos fundamentales para su futuro se refería.

La nueva fuente de energía renovable tenía un rendimiento excelente, y podía ser aprovechada directamente como fuente de calor como para producir impulso mecánico o incluso, conectada a un alternador, generar electricidad. Jan explicó que, escaseando materiales fundamentales como el cobre (la mayor parte del cobre venía del reciclaje, penosamente realizado a mano, ya que el comercio internacional hacía tiempo que era un vago recuerdo del pasado y no había minas de cobre en Europa dignas de ser explotadas) no resultaba conveniente centrarse en la generación de electricidad; además, la conversión de energía mecánica en electricidad implicaba pérdidas mayores del 20%, a las que después cabía acumular un 20% adicional por pérdidas de transformación y transporte. Por tanto, él sugería intentar aprovechar el potencial mecánico directo: si en vez de producir y transportar electricidad para su uso en fábricas lejanas se instalaban fábricas al lado de la central y éstas tomaban la energía mecánica directamente mediante poleas, correas y sistemas de transmisión, se podía tener un aprovechamiento de casi el 100% de la energía generada por la planta SPEG. 

- Es el Segundo Principio de la Termodinámica - explicaba Palermo - Vds. generalmente lo habrán oído formular como principio del aumento de la entropía, pero también se puede entender como una ley de peaje energético. Es decir, cada vez que hay una transformación de energía de un tipo -mecánica, calor, eléctrica- a un tipo diferente se ha de pagar un peaje, y este peaje es tanto mayor cuanto más diferentes son entre sí esos dos tipos. Por ejemplo, conectar una correa a esta turbina rotatoria para accionar aquella máquina es muy eficiente, pues transformo movimiento mecánico en movimiento mecánico; pero si uso vapor de agua para mover la turbina la eficiencia baja al 50%, y si encima quiero generar electricidad se queda en un miserable 35%.

Las autoridades asentían, sin realmente entender nada, pero estaban satisfechas por lo que parecía ser el fin de la penuria energética.

La primera planta de Jan Palermo fue un gran éxito comercial: los ricos querían electricidad, las fábricas querían impulso mecánico y los hogares requerían calor para cocinar y para calefacción. La potencia de la planta era tal que conseguía abastecer buena parte de Zurich ella sola, aunque se tuvieron que instalar algunas conducciones nuevas y reaprovechar algunas antiguas. Con los beneficios del primer mes de explotación Jan pudo reponer el material que había sustraído del laboratorio e incluso hizo una generosa donación a la Universidad, con lo que por fin pudo respirar tranquilo.

Los remanentes de energía de la primera planta SPEG eran tantos que Jan le acopló una factoría para la síntesis de fibra de carbono y de grafeno, con la ayuda de los mejores especialistas de su universidad. La fibra de carbono, material ligero y resistente, hacía más fácil la construcción de la segunda planta, en tanto que el grafeno permitía mejorar enormemente la conductividad eléctrica de ciertos elementos clave. Ambos materiales eran muy costosos energéticamente, con muy poca exergía - especialmente el grafeno- pero tenían la ventaja de poderse sintetizar a partir del muy abundante carbono atmosférico; incluso, pensó Jan, si las plantas SPEG se extienden se podría conseguir una reducción de los niveles de CO2 atmosférico y detener el proceso de calentamiento global. Sin embargo, llevaría décadas llegar a producir una disminución perceptible. Por otro lado, la síntesis del grafeno era tan costosa, incluso con las mejores técnicas disponibles, que su uso tenía que estar restringido a aplicaciones en las que se demostrase que la energía necesaria para su síntesis era inferior al ahorro de energía por su uso, lo cual no pasaba tan frecuentemente.

En un tiempo récord de seis meses la segunda planta estuvo lista para funcionar. Basada en fibra de carbono, era más ligera, eficiente y funcional. Jan empezó a ganar mucho dinero y a ser un hombre muy popular en Suiza, y le empezaron a llover ofertas para instalar nuevas plantas por todo el territorio helvético. Jan llevaba meses preparando un plan de reindustrialización equilibrada de Suiza, y con el gran potencial que tenía en sus manos empezó a ejecutarlo. Su sistema era simple: primero, planta SPEG de alta capacidad basada en fibra de carbono, y con elementos de grafeno para las unidades de transformación eléctrica más exigentes; después, una nueva fábrica de fibra de carbono y grafeno; y por último, favorecer la implantación de factorías adyacentes que se aprovechen de la abundancia de energía y materiales. Una planta por ciudad, dos si ésta es muy grande. Con este plan en la cabeza, Jan comenzó la expansión, y con su avance cada vez ganaba más dinero. Dinero. 

- A fin de cuentas - le explicaba a Margueritte mientras volvían a casa después del colegio -el dinero es sólo un token, un símbolo, una representación de los excedentes de energía, de la capacidad de hacer trabajo. Mis ahorros representan mis excedentes de energía de ahora convertidos en una energía almacenada, pero sólo virtualmente, simbólicamente.

- No entiendo eso, Jan - la niña siempre le llamaba por su nombre.

- Mira - y se sacó un franco suizo del bolsillo- Convenimos que un franco suizo equivale, digamos, a mil kilocalorías - y para que la niña le entendiera dijo - a la energía que nos da una barra de pan

- Es verdad - dijo Margueritte - en la panadería de la parte baja de Zurich te venden barras de pan por un franco.

- Vale. Pues  yo tengo ahora en el banco, cuánto, ¿un millón de francos? Es decir, mil millones de kilocalorías, un billón de calorías. Pero yo no tengo necesidad de usar toda esa energía: ¡eso es como un millón de barras de pan! - Jan disfrutaba viendo la sonrisa de Margueritte al imaginarse esa montaña de pan - Así que cedo toda esa energía a otra gente que sí que la necesita ahora, y ellos a cambio me dan todos esos billetes. Cada billete es un vale; un compromiso de las personas que me los dan, en realidad del Banco de Suiza, de que cuando yo necesite toda esa energía alguien a quien en aquel momento le sobre me la dará, gracias siempre a la mediación del Banco de Suiza. Así todos tenemos lo que queremos cuando lo necesitamos, ¿ves qué bien? Pero hay un problema con todo ese esquema. ¿Sabes cuál es?

Margueritte hizo que no con la cabeza.

- Pues se presupone que cuando yo la reclame habrá toda la energía que yo pida. Lo cual es un problema si yo acumulo más y más billetes, si la gente me paga por todo lo que les puedo dar, porque si un día reclamo mi energía de golpe (por ejemplo, porque quiero construir un palacio) - y Margueritte sonrió de nuevo; se imaginaba, probablemente, como una princesa en ese palacio, y la idea también le hizo sonreír a Jan - nos podríamos encontrar con que no me la podrían pagar, o que para pagarme toda la gente debería dejar de hacer lo que estaban haciendo para pagarme... ¡incluso dejar de comer!

Margueritte se llevó la mano a la boca, entre divertida y escandalizada.

- Esto, que parece una barbaridad, en realidad pasó de verdad, afortunadamente mucho antes de que tú nacieras, Margueritte. El Hombre había construido un sistema muy eficiente, que creó mucha riqueza en esta parte del mundo (aunque en otras se morían de hambre), pero que necesitaba disponer de mucha energía. Peor aún: el sistema necesitaba cada vez más energía, porque no se nos ocurrió nada mejor que pedir que por dejar la energía que nos sobraba nos tuvieran que devolver todavía más. Y más. Y más. Al final nuestros vales sobre la energía que alguien tendría que pagar representaban muchas veces la energía que había disponible en el mundo. Y por si eso no fuera lo suficientemente malo, pasó que un día las fuentes de energía que alimentaban a nuestra sociedad empezaron a dar cada vez menos energía.

Margueritte le miraba, asombrada:

- ¿Y por qué, Jan? ¿Por qué de repente esas fuentes daban menos energía?

- Bueno - continuó su peripatética lección Jan - en realidad no fue de repente. En realidad había habido muchos avisos, y muchos científicos, como yo, habían avisado muchas veces de este problema. Resulta que las fuentes que explotábamos eran lo que se dice "no renovables". Es decir, que se usan una vez y después ya no se vuelven a tener. Eran sustancias que se pueden quemar, formadas en épocas antiquísimas, cuando la Tierra era joven: petróleo, carbón, gas, uranio... esas cosas que has estudiado en los libros de Historia. Todavía hay de todo eso; de hecho, se produce aún mucho de todo ello, pero es que los problemas comenzaron no cuando se acabaron el petróleo, el carbón, el gas natural o el uranio (porque ni se acabaron ni se acabarán en siglos) sino que su producción no se pudo seguir aumentando, y empezó a disminuir.

- ¿Y por qué no se pudo seguir aumentando la cantidad de petróleo o carbón que sacábamos? ¿No podían simplemente poner más gente a excavar, o usar más máquinas grandes?

- En realidad, Margueritte - y aquí Jan sonreía maliciosamente, puesto que la había llevado al punto que quería discutir - es que llegó un momento en que el petróleo que quedaba estaba más escondido, más disperso, más profundo... y para extraerlo se gastaba más y más energía. Llegó un momento que para aumentar la producción se tenía que gastar más energía que la que nos daba el petróleo extraído.

- Bueno, eso no tiene sentido. Perderíamos energía, pero necesitamos energía pues es lo que mueve las máquinas y toda la sociedad.

- ¡Efectivamente! - dijo un Jan Palermo exultante - y por eso en un momento determinado tenemos que dejar que los campos de petróleo, de gas, de uranio, de carbón... vayan dando cada vez menos, porque ya no sale a cuenta ampliarlos.

- Es lógico - dijo Margueritte, pensativa.

- Es lógico - repitió Jan - pero no te puedes imaginar cuánto costó que la gente lo entendiera. Había mucha gente que pensaba que todo era cuestión de gastar más dinero, sin entender que el dinero no era la energía para abrir los pozos o excavar las minas, sino un vale por esa energía. Y aún cuando empezaron a ver que la energía era demasiado cara todavía se hicieron muchas locuras; se explotaron las arenas bituminosas del Canadá, el gas y el petróleo de esquisto, el uranio de los fosfatos...

Margueritte ponía cara de no entender de qué le hablaba. Jan comprendió que la lección de ese día debía llegar a su fin.

- En resumen - dijo Jan, bajando la vista y la voz - no entendimos que no habría suficiente energía para poder mantener un sistema siempre creciente, y cuando faltó en Europa (otras naciones más poderosas sí que pudieron mantener su parte) la gente que tenía mucho dinero pidió que se le pagase aunque se condenase a la ruina y al hambre a sus semejantes. Mucha gente se quedó sin trabajo, sin casa, sin comida... sin futuro. La sociedad se volvió loca y en un momento nos echaron la culpa de todo, entre a otros muchos, a los científicos.

- No es justo - dijo Margueritte, determinada - Eso no volverá a pasar, ¿verdad, Jan? - y le miró con sus grandes ojos, suplicante.

- No - dijo Jan - No si yo puedo evitarlo.


Si había algo que Jan temía es que, en aras del progreso y del crecimiento económico, la Humanidad volviese a caer en los mismos errores y que esta vez los problemas que causase ya no se pudieran solucionar. El Gobierno de Suiza le pidió varias veces que le cediese la tecnología, pero Jan nunca accedió a revelarla. Le sugirieron que pidiera una patente, y que de hecho era lo mejor que podía hacer para proteger sus intereses comerciales. Pero Jan sabía de sobras que una patente es una publicación. Una patente es un documento en el que demuestras que has inventado algo y que prohíbes a los demás explotarlo sin pagarte unos derechos, pero, al haberlo publicado, ¿qué impediría realmente que lo copiasen sin pedirte permiso? No era ésa una época en la que uno pudiera esperar que las leyes se aplicasen, y menos fuera de Suiza. Además, la patente expira al cabo de 20 años, tras los cuales el invento pasa a ser de dominio público y todo el mundo puede usarlo libremente. Jan no tenía la más mínima esperanza de que en 20 años la Humanidad hubiese comprendido la necesidad de respetar los límites que le impone su propio hábitat, que le impone el planeta. Así que se negó una y mil veces a patentar o a revelar sus secretos.

La única posibilidad que le quedaba para que su obra continuara residía en encontrar alguien de confianza para transmitirle sus secretos. Pero se estremecía pensando en un nuevo David Ros. Así que decidió crear esta persona de confianza, modelar a esta persona desde su niñez, enseñándole la verdad del mundo y la necesidad de respetar sus límites. Decidió que algún día Margueritte gestionaría las plantas, y por tanto puso aún más empeño en su educación, tanto técnica como humanística. Para evitar que Margueritte creciera como una niña consentida, la vida en la pequeña casa de Strauss era correcta pero austera. A pesar de que Jan Palermo era un hombre rico en aquella morada no había muchos platos, ni cubiertos de plata, ni cristal fino, ni mucha comida, ni muchos juguetes. Nada de eso parecía importarle a Margueritte, que jugaba feliz con otras niñas, o se pasaba horas arreglando aquel jardín. Jan observaba con orgullo que los razonamientos de la niña eran cada vez más atinados, más profundos; acababa de cumplir 10 años y ya era toda una señorita con la cabeza sobre los hombros y los pies sobre la Tierra. Por aquella época Jan dejó de prestar servicios sociales; era un hombre demasiado notorio y en realidad con sus aportaciones económicas y en especie podía conseguir mucho más que con sus manos. Así que, disponiendo de más tiempo libre, Jan tomó como deber escrupuloso el ir a buscar a la niña a la salida de la escuela cada día y disfrutaba conversando con su hija adoptiva en los largos paseos de vuelta a casa. Gracias a sus generosas aportaciones se sostenía tanto la propia escuela como su comedor.

Al cabo de otro año las plantas SPEG eran ya cuatro; su aporte energético comenzó a tener un impacto positivo en la agricultura y Suiza dejó atrás los años de hambre. Aparte de la mecanización, con mínima roturación y sin fertilizantes ni pesticidas (Jan conocía demasiado bien el desgaste del suelo que había originado la anterior agricultura industrial) una de las grandes aportaciones de las plantas SPEG fue producir agua mediante condensación y de ese modo se pudo paliar los ocasionales períodos de sequía que en aquella época azotaban el país. Los ingresos de Jan eran ya tan elevados que se podía permitir el lujo de destinar una parte importante a financiar una red nacional de escuelas con comedor todas ellas. Y ese mismo año y tras no pocas vicisitudes consiguió que Colette y sus hijos se mudaran a Suiza, aunque la viuda de su antiguo estudiante prefirió quedarse a vivir en la parte francófona del país. Jan personalmente financió la escuela del menor y el liceo del mayor, y un par de veces al año Margueritte y él iban a visitarles, aunque Colette nunca les devolvió la visita a Zurich.

Tres años más tarde de haber comenzado con la primera planta SPEG Suiza contaba ya con 16 plantas, con una potencia conjunta de 50 Gigavatios y capacidad de carga (tiempo efectivo que las plantas daban su máximo potencial) del 85%. Suiza florecía después de varias décadas negras y Jan era considerado un héroe nacional.

Jan promovía activamente la enseñanza de la sostenibilidad, dando él mismo cursos en las escuelas y liceos. Aunque no tenía cargo alguno en el Gobierno era muy influyente y consiguió que las enseñanzas en los liceos fueran muy prácticas, basándose en conocimientos aplicados en el mundo real y alejándose de academicismo excepto en las Humanidades, las cuales consideraba fundamentales para conseguir un correcto equilibrio emocional y espiritual en los alumnos. Él mismo enseñaba economía crítica comparada en su Universidad, mostrando los errores de los sistemas económicos anteriores al ignorar que la economía es un subsistema del mundo real y en particular del ecosistema humano,  y proponía como valor fundamental la economía ecológica.

Pero un día Jan sufrió un revés inesperado. Acababa de volver a casa con Margueritte, y mientras la niña se fue a cuidar el jardín - aquel día no tenía muchos deberes - él se puso a revisar la correspondencia. Una de las cartas venía del cantón donde quería construir la decimoséptima planta SPEG; se trataba de una comunidad rural a la cual la presencia de la planta ayudaría mucho en las tareas del campo. Sin embargo, la carta le comunicaba que reunida la asamblea cantonal ésta había decidido denegarle el permiso. Jan montó en cólera: ¿cómo era posible que esos campesinos ignorantes parasen así un proyecto fundamental para su desarrollo? Jan decidió que hablaría con el Ministerio para cambiar la decisión de la asamblea, y fue al jardín a decirle a Margueritte que debía salir un rato y que se quedaría sola con el ama de llaves. La niña notó que su padre adoptivo estaba furioso; le conocía ya muy bien, y con la pubertad su capacidad de intuición se había incrementado mucho.

- Margueritte - dijo Jan - tengo que salir un rato. Te quedas sola con el ama.

- Muy bien - dijo Margueritte, y añadió - ¿a dónde va, padre?

Margueritte raramente llamaba padre a Jan. Con cierto fastidio Jan respondió:

- Voy al Ministerio, a arreglar un asunto - y al ver que Margueritte alzaba la vista, inquisitiva, comprendió que no podía dar una explicación tan vaga; justamente él había enseñado a la niña a no conformarse con medias explicaciones y con intentar siempre saber la verdad de las cosas. Así que suspiró, sabiendo que le debía una explicación y que le llevaría un rato - Me han denegado permiso en un cantón para construir una nueva planta.

- ¿Y por qué le han denegado el permiso, padre? - dijo Margueritte mientras podaba las rosas.

- ¡Pues porque son unos necios! - dijo airado Jan - No son capaces de ver que la nueva planta les ayudaría mucho.

Margueritte se le quedó mirando unos segundos, pensativa. Y luego dijo:

- ¿Sabe, padre, que a mí me gustan mucho las rosas? Me recuerdan mucho a mi madre.

Jan asintió. Aquellas rosas habían salvado a la niña de la melancolía, y Jan agradecía a aquel jardín el poder tener con él a Margueritte, su gran promesa de futuro.

- ¿Recuerda que al principio quería llenar todo el jardín de rosas? ¿Incluso el bocal del pozo?

Jan se sonrió, recordando el episodio.

- Al final lo único que conseguí es que murieran la mitad de los rosales. Además en otras partes del jardín no se podía ni entrar, de tantos rosales que había. Y es que toda rosa tiene sus espinas. No podemos tener la belleza sin sufrir sus consecuencias, y a veces es más bonito quedarse con menos que con más. Ahora el jardín no se ve tan abarrotado y tengo diversidad de flores y plantas, y las rosas destacan mucho más, cuando antes se veían casi como una mala hierba, una plaga que todo lo cubría.

Margueritte exageraba, pero por supuesto Jan entendió lo que le quería decir. Demostrando que había aprendido bien las lecciones de su maestro, la niña añadió:

- Dieciséis plantas SPEG son suficientes para un país tan bonito como Suiza. Ahora mucha más gente vive del campo y tenemos las fábricas que realmente necesitamos para vivir bien. Ya no hay hambre y, gracias a Vd., padre, los niños no tienen que trabajar y reciben una buena educación. Más plantas significa más fábricas y hacer más cosas que realmente no necesitamos. Y si no sabemos parar al final más que las rosas lo que notaremos son las espinas - digo Margueritte, y volvió a sus labores de jardinería.

Jan estaba conmocionado. Su hija adoptiva había comprendido mejor que él lo que era la sostenibilidad. Ciertamente tendría que desaparecer toda la generación que, a su pesar, estaba impregnada de la idea del desarrollismo, incluso aquéllos que estaban más concienciados con los problemas ambientales y de los recursos, para que una nueva generación sin prejuicios floreciera.

Jan se avergonzó de la manera de la que había hablado del cantón que le había denegado el permiso; ellos y su hija le habían dado la lección más importante de su vida. Por otro lado, sentía una alegría incontenible al comprobar que Margueritte era una alumna tan aventajada. Con el corazón palpitándole con fuerza, le dio un beso a la niña en la frente, le dijo gracias y volvió a dentro de la casa, mientras ella siguió trabajando con una sonrisa en los labios. En la casa Jan escribió una larga carta agradeciendo al cantón haberle hecho comprender su error y alabando su compromiso con la sostenibilidad del territorio. Desde aquel día Jan se dedicó a mantener las instalaciones y a reparar las infraestructuras clave al tiempo que contribuía a desmantelar otras, frutos de los excesos de otro tiempo.

Con su nuevo bienestar, Suiza se convirtió en el faro de la cultura y la civilización. El Estado y los cantones fomentaban las artes y las ciencias. El país florecía. Se había convertido en la nueva Florencia. Jan había cumplido ya 65 años, y Margueritte ya era una adolescente. La vida transcurría plácida y tranquila.
 
Una noche de Abril las tropas alemanas se presentaron en la frontera. Querían la tecnología de las plantas SPEG, pero no querían negociar. Una vez más comenzaba la guerra. 

Antonio Turiel
Julio de 2013

jueves, 4 de julio de 2013

Un futuro sin más (VI): La piedra filosofal



[Las personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre mera coincidencia]

[Capítulos anteriores de este relato: primero, segundo, tercero, cuarto y quinto]
  
A pesar del gran daño que había causado, la quimera de la Gran República Francesa había sido extraordinariamente efímera: poco más de siete años separaban el momento en el que que Francia invadió España del momento en que la gran tempestad de San Ildefonso destruyó el Ejército Republicano. Dos años después de los eventos que relatábamos en el capítulo anterior una relativa paz volvía a reinar en Europa. Las nuevas naciones, mucho más pequeñas que los fallidos Estados-Nación de los que se habían originado, habían conseguido superar una buena parte de sus agravios históricos y llegar a colaborar entre ellas. En muchos casos colaboraban por pura necesidad: la vida era bastante dura en aquellos años en los que el Cambio Climático se iba manifestando con cada vez más fuerza. Conseguir una cosecha suficiente era una proeza que no estaba al alcance de todos los agricultores, y la fortuna era variable y esquiva con el paso de las estaciones y los años. Faltaba prácticamente de todo y toda la población que pudo volvió masivamente al campo. Las epidemias de disentería, de cólera, de fiebre tifoidea, de tuberculosis y de tantas otras enfermedades que se creían afortunadamente olvidadas volvían una y otra vez, y a veces se propagaban por todo el continente. A pesar de las mejoras en los hábitos higiénicos y del mayor conocimiento sobre las bases microbiológicas de las infecciones a la mayoría de la gente le costaba seguir recomendaciones sencillas por falta de medios y por tener que atender siempre la más urgente necesidad de encontrar algo para comer. Con las epidemias, el hambre y la emigración a otros continentes la población europea experimentaba un paulatino pero continuo descenso.

Jan no era ajeno a todas estas calamidades, aunque su estatus de Profesor Titular Universitario le permitía vivir un tanto mejor que el resto de los conciudadanos de una Suiza que, igualmente, mantenía un nivel de bienestar superior al de cualquier otro país. Cuando terminaba las agotadoras jornadas de diez o doce horas que se autoinflingía, en la búsqueda imposible de la fuente de energía ideal, aún pasaba dos o tres horas ayudando en comedores sociales o haciendo de voluntario en hospitales para gente necesitada. Jan se sentía un privilegiado y por tanto obligado a corresponder a una sociedad que le había encumbrado. En realidad se sentía más obligado todavía porque él mismo se asignaba una importante cantidad de la culpa de las desgracias que se habían abatido sobre Europa durante los años precedentes. Si no hubiera embaucado a aquellos crédulos con los tremogeneradores de Tesla, Francia no se habría embarcado en tamaña y absurda empresa. Él no les obligó, pero fue un cooperador necesario. La vida en Europa sería mejor si Jan no hubiera dicho nada más después de su alegato contra la ignorancia en aquel juicio en París y se hubiera dejado simplemente ejecutar. Se le podía dar tantas vueltas a ese hecho como se quisiera, pero ésa era una simple e inapelable verdad. Jan sentía que tenía que compensar por todos los medios posibles el horrible mal que él había contribuido a liberar.

Después de la derrota de San Ildefonso, posiblemente impresionado por el comportamiento de Jan durante los días previos, Strauss había comenzado a tratarle de otra manera. En realidad hacía tiempo que le trataba de otra manera, pero para Jan sólo fue evidente cuando la amenaza francesa se disolvió como un azucarillo en el té que solía compartir con Strauss. Jan no tenía reparos en bajar a realizar en persona sus experiencias en el laboratorio, y en ocasiones Strauss, generalmente reacio a interactuar mucho con el aparataje experimental, a veces le seguía para proseguir sus discusiones y validar en caliente sus diferentes hipótesis, validación que generalmente refrendaba el punto de vista de Strauss. "Sólo me he equivocado una vez en mi vida", decía Strauss con cierta soberbia infantil, "y fue juzgándole a Vd., buen amigo", le decía a veces a Jan, y éste le respondía que la niebla de la guerra ofusca la razón humana y no deja ver con claridad, y que no tenía demasiada importancia lo que Strauss consideraba un error de valoración de Jan (que el propio Jan no lo consideraba tan desatinado).

Un día que Jan le estaba comentando los detalles de su último prototipo Strauss le dijo:

- Está Vd. tan cerca, tan cerca... Sí, quizá es éste el momento y es Vd. la persona.

Jan miró extrañado a Strauss, picado por la curiosidad. ¿Qué quería decir el anciano profesor?

- Venga, venga conmigo - y guió a Jan a su despacho. Sacó del bolsillo de su chaqueta  una llave que pendía de una cadenita y abrió con ella el cajón de un armario, de donde sacó una libreta con tapas azules descoloridas; se la puso entre ambas manos a Jan y le dijo: - Me gustaría que revisase Vd. los cálculos de ciertas experiencias que están relatadas en este cuaderno, y después me exponga sus conclusiones. No me malinterprete: por supuesto que no le ordeno nada, hace ya años que es Vd. profesor de esta universidad por pleno derecho. Pero realmente me gustaría conocer su opinión. Eso sí, le ruego que trate todo ese material con la máxima discreción: no quiero que se difunda entre los otros profesores. Acépteme por esta vez esta pequeña excentricidad de un profesor al final de su carrera profesional.

A Jan le chocó una solicitud tan extraña, pero la curiosidad le podía más que cualquier otra consideración, así que aceptó el encargo de Strauss, y se llevó la libreta para estudiarla tranquilamente en su casa.

Jan pasó horas y horas absorbido por la lectura de aquella extraordinaria libreta. Aquellas 100 cuartillas contenían una profundidad conceptual y técnica que no había visto en ninguna parte antes; todo escrito con la letra menuda y puntillosa de Strauss. Era obvio que Strauss le había dado muchas vueltas a esos estudios y que lo había pasado todo a limpio, quizás varias veces, hasta escribir esa libreta de humilde apariencia y grandioso contenido. Pero lo que allí se explicaba simplemente no podía ser; era tan extraordinario que por fuerza era imposible. Jan interpretó que Strauss le estaba poniendo a prueba una vez más, y se lo tomó como un reto. Fue haciendo sus anotaciones en su propia libreta, que luego fueron dos libretas, y luego cuatro, y luego... Durante días Jan dedicaba todo su tiempo libre y aún su tiempo de experimentación en el laboratorio a intentar buscar la trampa de aquellos cálculos. Concluyó la libreta al tiempo que anotaba sus últimos resultados en la última hoja de la décima libreta. No había encontrado el truco. Strauss volvía a ganar.

Con la cabeza gacha fue a buscar a Strauss a su despacho; llamó a la puerta y cuando Strauss le dijo "adelante" la abrió y desde el umbral, el pomo en la mano, le dijo:

- Me rindo, profesor Strauss. Usted gana. No he sabido encontrar el error. Todos los cálculos parecen impecables. ¿Dónde está el truco?

Strauss sonrió y le pidió que pasara y que cerrara la puerta. Jan accedió, resignado. Strauss iba a pasar un buen rato a su costa, tomándole el pelo por no ver un fallo evidente, pero como mínimo iba a aprender algo más de Física.

- Siéntese, por favor, viejo amigo - le dijo Strauss, con el tono que usaba cuando algo que había hecho Jan le placía particularmente - Usted ahora ha revisado mis cálculos durante días, y no ha encontrado ningún truco. Y es lógico, porque no hay ningún truco.

Jan le miró asombrado, con la boca abierta, durante unos segundos siendo incapaz de articular una palabra, y al cabo le dijo:

- Vamos, profesor Strauss, vamos, no se burle de mi. Me he saltado algún término, he asumido algún principio de Física que en realidad es erróneo y que Vd. conoce mejor que nadie. Dígame por favor dónde está la clave de esos absurdos resultados.

- ¡Pero es que no hay ninguna clave oculta! - dijo Strauss, y sus ojos le brillaban como los de un niño pícaro - Los resultados son correctos. La densidad energética resultante...

- ... es simplemente absurda, profesor - le cortó Jan con discreción.

- ¿Se incumple el Primer o el Segundo Principio de la Termodinámica, profesor Palermo?

- No - dijo Jan; eso fue una de las primeras cosas que comprobó, por supuesto.

- ¿Hay conservación de la masa, se han tenido en cuenta todos los calores latentes y sensibles, los potenciales químicos, los módulos de elasticidad, de compresibilidad, los puntos de ruptura, las dilataciones térmicas...? - preguntó Strauss como el que comprueba una lista de la compra.

- Todo es aparentemente correcto, profesor Strauss - dijo Palermo, y después de reflexionar un poco, añadió: - La clave está en el uso de las diversas anomalías reactivas y en ese extraño fenómeno de resonancia...

- ... todos los cuales están perfectamente documentados por infinidad de validaciones experimentales - aquí fue el que un Strauss regocijante cortó a Palermo.

Jan Palermo estaba en estado de shock. Pero es que no podía ser. Simplemente, no podía ser.

Adivinando sus pensamientos, Strauss le dijo:

- Mire, Jan - era la primera vez en su vida que le llamaba por su nombre de pila - le necesito a Vd. Yo, como sabe, soy un físico teórico, pero Vd. es muy buen experimentalista. Ahora ha visto la misma maravilla que yo vi, hace años, cuando tras unas semanas de inspiración frenética escribí esa libreta. En realidad, escribí y re-escribí, probé mil cosas buscando el error de mis argumentos, depuré hasta el máximo mis razonamientos, separando claramente todos los factores, y no encontré el error. De hecho, entendí por qué no hay ningún error. Era algo evidente, a la vista de todos, pero como las piezas de un puzzle hacía falta tener una visión de conjunto y hacerlas encajar. Después, me asusté y guardé esa libreta en ese cajón durante décadas, esperando que algún día apareciera alguien con quien poder discutir sus resultados sin que me hiciera el hazmerreír de toda la Universidad. Así que, profesor Palermo, se lo ruego: convierta mis cálculos en dispositivos, realice las experiencias. Demuestre que estoy equivocado. Encuentre mi error, se lo ruego.

A Jan la cabeza le daba vueltas, pero la petición de Strauss le gustaba. Si había un sitio donde Jan Palermo se sentía seguro era en el laboratorio; sí, allí sería capaz de encontrar el error que en la mesa de su despacho no había sido capaz de encontrar.

Ya salía por la puerta del despacho cuando Strauss le hizo una última petición:

- Pero, Jan, por favor: sea discreto.

- Por supuesto, Wilhem - dijo Jan guiñándole un ojo.

El propio Jan tenía interés en ser discreto. No sería nada edificante que se supiera que dos profesores de la Universidad Técnica perdían el tiempo intentando implementar una quimera infantil. Así que se programó su tiempo de laboratorio de modo que, entre medias de sus experimentaciones convencionales, iba probando las diversas fases que eran implicadas por la fatídica libreta azul. Pero ninguna fase falló en solitario, y todos los valores confirmaban con muy buena aproximación los cálculos de Strauss. Así que Jan se vio obligado a ensamblarlas todas juntas, lo cual ya no fue tan discreto (el dispositivo, a pesar de estar a escala, tenía casi dos metros de alto) y algunos compañeros le preguntaban en qué estaba trabajando. Él les respondía que quería montar un calorímetro de precisión para testear ciertas reacciones exotérmicas, y con esa explicación se daban por satisfechos. 

Cuando acabó el montaje, todas las piezas revisadas tres veces, trasladó su "calorímetro" al patio interior de la facultad. Lo hizo cuando ya era de noche y prácticamente no quedaba nadie en el instituto. Conectó el aparato a tierra, hizo los últimos ajustes, y lo accionó. Estuvo tomando medidas, controlando entradas y salidas, durante dos horas. No se lo podía creer. Todo funcionaba como en la libreta de Strauss.

Jan había tenido que ingeniárselas para convertir los cálculos de Strauss en un dispositivo viable, y tuvo que hacer no pocos diseños de ingeniería un tanto elaborados para poder aprovechar al máximo el potencial de los cálculos de Strauss: de la física teórica a la experimental siempre hay un trecho. Sin embargo, los márgenes que había estimado Strauss eran razonables y el dispositivo funcionaba casi igual que en el manual. Jan, simplemente, no se podía creer que había hecho lo que había hecho.

Como no podía dejar el aparato en medio del patio de la facultad, decidió llevarse el prototipo a su casa, con la ayuda de una carretilla. No vivía lejos del laboratorio; la Universidad tenía una pequeña cantidad de casas que alquilaba por precios módicos a su personal, y su pequeña morada tenía un patio trasero donde podría colocar el dispositivo discretamente y dejarlo accionado de manera indefinida. Lo instaló allá y lo conectó a un alternador y éste a un acumulador de gran capacidad, y lo dejó encendido durante días. Para justificar la salida del material, escribió una solicitud de traslado de equipos para un trabajo de campo destinado a  la determinación de enclaves favorables a la generación termosolar, rellenó los formularios de orden de misión, y se fue a su casa a vigilar el cacharro. Tras una semana de vigilar su funcionamiento, controlando cada variable, se convenció de que el dispositivo funcionaba correctamente y que lo seguiría haciendo indefinidamente.

Fue tras esos siete días en los que Jan Palermo creyó vivir en una especie de sueño irreal que decidió ir a ver a Strauss. Era una tarde de domingo y Jan encontró a Strauss  en su casa, cuidando del jardín. El jardín había sido la pasión de su esposa, y al morir ésta tres años antes Strauss había decidido mantener vivo su recuerdo manteniendo vivo su jardín.

Strauss alzó la vista y vio delante de él un Jan Palermo sucio, con la ropa arrugada y ojeras.

- ¿Ha acabado ya sus experiencias de campo, profesor Palermo? - le dijo, mientras continuaba podando un arbusto.

- Sí - dijo Jan, lacónico - Sí que las he acabado. Deberíamos hablar.

- Por supuesto - dijo Strauss - Por favor, entre en la casa.

Jan se hundió en el sillón orejero mientras esperaba a que Strauss le sirviera el té. De repente se dio cuenta de lo cansado que estaba; llevaba siete días casi sin dormir. Cuando el profeso se hubo sentado en su butaca Jan disparó.

- Profesor Strauss: el dispositivo funciona. Funciona exactamente como Vd. lo había previsto; bueno, con unos pequeños ajustes sin importancia, pero lo que sí que importa es que funciona. ¡Funciona! ¿Se da cuenta de lo que eso significa?

- Sí - dijo Strauss y dio un breve sorbo a su té - significa que hemos encontrado una fuente de energía prácticamente inagotable.

Así era. Habían encontrado esa fuente - bueno, más bien Strauss había encontrado la fuente y Jan había llevado a la práctica su explotación. Sonaba a esas conspiraciones que eran tan populares años atrás, todos esos cuentos de energía libre, Tesla usado como un icono esperpéntico y todo ese batiburrillo absurdo de conceptos de física cuántica, magnetismo y móviles perpetuos. Pero, a diferencia de toda esa palabrería hueca, el dispositivo de Jan funcionaba sobre una sólida base teórica desarrollada por Strauss, y en su deducción y en su implementación se había usado el método científico; cada hipótesis se había falsado, cada proceso se había comprobado... un trabajo de hormiguita que requería años de experimentación y desarrollo. Y no se hacían así las cosas por capricho: la necesidad de usar el método científico provenía de que se buscaba la reproductibilidad, que los resultados obtenidos hoy aquí fueran los mismos que pudiera obtener cualquier otro hombre en cualquier otro lugar. En suma, que lo que hubieran conseguido tuviera una validez universal, una garantía de funcionamiento; que no se basase en la ingenuidad y credulidad de la gente, sino que proporcionara beneficios objetivos y medibles.

Jan se sentía sobrepasado por los acontecimientos. Tantos años preconizando la escasez de recursos y de la energía para encontrarse hacia el final de su carrera científica con una fuente de energía prácticamente ilimitada y para cuya explotación se requerían materiales sencillos y con necesidades energéticas para la implementación, explotación y mantenimiento muy moderadas (Jan estimaba que la Tasa de Retorno Energético de su dispositivo era superior a 40, y probablemente podría mejorarse en diseños posteriores). Jan se sentía como el personaje de un cuento, de una fábula, de un relato escrito por un científico para alertar sobre los problemas de sostenibilidad de nuestro mundo. En realidad, le gustaría ser tal personaje de ficción. Porque no era capaz de imaginarse qué iba a suceder a partir de ese momento.

- Profesor Strauss... Wilhem - dijo al fin Jan, delante del mutismo de Strauss - éste es el descubrimiento más grande de la Humanidad. Tenemos que hacerlo público.

- Con un invento así Francia hubiera sometido todo el mundo. ¿Qué garantías tenemos de que Suiza no hará lo mismo si se le ofrecemos este Santo Grial, esta Piedra Filosofal capaz de transmutar este planeta?


- El pueblo suizo - repuso Jan - es un pueblo culto y educado.

- También lo era el pueblo francés, Jan - contestó Strauss -  ¡Mon Dieu! Pocas naciones tan cultas y avanzadas tecnológicamente como Francia habrá conocido el mundo. Y, sin embargo, cuando su sistema industrial colapsó, su caída fue más dura y más brutal que la de otros países menos avanzados como, no se ofenda, su España natal. Cuando la necesidad te aprieta la razón y el sentido común suelen escasear. Y ahora mismo la necesidad también atenaza Suiza. Yo confío en nuestro Primer Ministro, pero, ¿no confiaron los franceses en sus Presidentes? ¿Y no les acabaron traicionando, hasta llevarles a su derrota final?


- Pero, profesor... Wilhem - Jan no acaba de sentirse cómodo con tanta repentina familiaridad - si todas las naciones dispusieran de esta tecnología nadie podría invadir a nadie, nadie tendría la necesidad de invadir a nadie.

- Eso es cierto - Strauss se quedó un momento pensativo - pero igualmente se lanzarían a una loca aventura: la de expandirse sin control hasta chocar contra los límites, e intentar siempre rebasarlos. Básicamente, lo que hicimos hasta que la sociedad industrial colapsó.

- Pero, ¿qué deberíamos hacer entonces? ¿Dejar que la Humanidad se hunda en una oscuridad creciente? ¿Dejar que la gente se muera de hambre y de enfermedad?

- Sinceramente: no lo sé, Jan. No lo sé. Hace años que conozco esta fuente milagrosa de energía, y durante años me he hecho esa misma pregunta, sin saber qué responder. Dudo que la Humanidad sepa usarla correctamente. ¿Sabe? Hace muchos años un astrofísico americano hizo un curioso cálculo. Imaginó que alguien encontrase esa maravillosa fuente de energía inagotable e ilimitada, y se planteó qué pasaría en la Tierra con el calor residual que disiparían nuestras máquinas si manteníamos un ritmo creciente de consumo de energía, de un 2,3% anual (lo cual sería considerado crecimiento moderado con los estándares de comienzos de siglo). Sus conclusiones eran inapelables: en 350 años la temperatura del planeta subiría de los 16ºC de media actuales hasta los 36ºC, antes de 450 años los océanos hervirían y en poco más de 700 años el planeta estaría tan caliente que hasta el acero se derretiría. Éstas son las consecuencias de la lógica exponencial del crecimiento indefinido a la que el ser humano se ve impulsado por su propia biología. Hasta que no aprendamos a moderar ese impulso estamos condenados.

- ¿Y no deberíamos intentarlo, profesor? ¿Podemos cruzarnos de brazos y condenar a nuestros semejantes a una vida de dolor y penuria, prejuzgando que nunca serán capaces de aprender?

- La decisión final, mi querido Jan, se la dejo a usted. Mi tiempo aquí se está terminando. Me han diagnosticado un cáncer terminal; no duraré más que un par de meses.

- Wilhem... oh, Dios mío, lo siento mucho.

- No lo sienta, Jan. Me voy después de haber vivido una vida intensa y gracias a su trabajo de los últimos meses puedo marcharme con la satisfacción personal de haber resuelto el último reto científico de mi vida. Pero, sinceramente, prefiero no vivir para tomar las decisiones difíciles que tendrá que encarar usted. Llámeme egoísta si quiere. No tengo hijos, y no dejo detrás de mi más que mi obra, si esta ingrata Humanidad es capaz de aprovecharla.

Jan estaba mudo. Sentía que las lágrimas le venían a los ojos. Hacía mucho que respetaba profundamente a aquel hombre, pero sólo con el tiempo había llegado a apreciarlo. Era lo más parecido a un amigo que le quedaba en Suiza. En el mundo.

- He tomado una serie de medidas convenientes. Le lego a Vd. todas mis posesiones, que incluyen esta casa y todo lo que ella contiene. A mi particularmente me importa la biblioteca: me costó años crearla y prefiero evitar que se disperse; usted sin duda sabrá apreciarla. También le ruego que cuide del jardín. Era muy importante para mi mujer.

Jan sólo pudo articular un "sí" en voz baja. No se sentía con fuerza moral para contrariar a un moribundo, y menos a uno como aquel, hombre de carácter y que meditaba con sumo cuidado cada paso que daba. Wilhem Strauss continuó hablando de sus medidas post mortem, como el que hace un inventario.

- Durante esta semana que Vd. estaba fuera he pedido la baja médica en la Universidad, la cual me la ha acordado dadas las circunstancias en vez de forzar mi jubilación: ya sabe que hace años que podía estar jubilado. De ese modo tendrá usted tiempo de prepararse para las oposiciones de la cátedra que dejaré vacante con mi deceso. Ninguno de sus competidores tiene un nivel comparable al suyo, así que si se esfuerza se la sacará, querido Jan - y como si adivinase que Jan le preguntaría que para qué quería la cátedra añadió - Siendo catedrático de esta Universidad y con el poco de antigüedad que ya tiene su sueldo prácticamente se triplicará; ganará suficiente para poder emprender los proyectos que crea oportunos y seguir manteniendo a la viuda y los hijos de su pupilo sin necesidad de quedarse algunos días sin cenar.

A aquel hombre no se le escapaba nada.

- Creo que eso es todo - concluyó Strauss.

- No, no lo es - dijo Jan, y se abrazó con fuerza a Wilhem.

Todo transcurrió como había previsto Wilhem Strauss. Él murió a los dos meses y su plaza quedó vacante. Jan aprovechó aquel tiempo para prepararse a fondo la cátedra y ganó con claridad a sus competidores. Una vez conseguida su nueva posición Jan empezó a pensar seriamente qué hacer con el resto de su vida. Estaba a punto de cumplir sesenta años, aunque se mantenía en buena forma, en parte por el ejercicio y en parte por el ayuno involuntario que su sueldo de profesor titular y sus obligaciones morales le habían procurado. El mundo que había conocido de joven se estaba desmoronando; incluso aquel remanso de civilización que era Suiza sufría un proceso de decadencia, un peso muerto atado a los pies que arrastraba a los países y las civilizaciones hacia la miseria y la ignonimia; y, lo que era peor, la degradación se estaba acelerando. Pero él, Jan Palermo, era el único hombre sobre la Tierra que conocía los secretos de una fuente de energía asombrosa, el sueño de la Humanidad: prácticamente ilimitada, renovable, no contaminante y que no requería materiales extremadamente sofisticados o raros para su aprovechamiento. Con esa fuente de energía el Hombre podía evitar caer en el fondo del pozo al que parecía irremisiblemente abocado, eso lo sabía bien Jan, pero también podría acabar de destruir el mundo y a sí mismo. Esa energía podía ser al tiempo su salvación y su perdición final.

¿Qué debía hacer? ¿Qué podía hacer? Podría, quizá, escapar al norte de África, refugiarse en una comunidad de allí. Entre gente que había sido capaz de sostenerse durante siglos viviendo con lo justo sería más fácil hacer comprender que no se debe abusar de los recursos, que siempre hay consecuencias imprevistas, externalidades como dicen los economistas, que a la larga no son asumibles aunque nos empeñemos en que sí que lo son, por inercia mental, por no ser capaz de renunciar a cosas que creemos que son comodidades y no son más que cadenas que tiran de nosotros. Jan podría, quizá, refugiarse allá, partir de cero, volver a comenzar con medios más modestos, mientras el resto de Europa terminaba de hundirse. ¿Conseguiría así asegurar que la sostenibilidad de la acción humana estuviera incorporada en el corpus inconsciente de la sociedad? Pero, ¿eso sería justo con su país, con su continente? Al fin y al cabo él era europeo. ¿Qué derecho tenía de erigirse a "salvador" de otros pueblos, naciones elegidas que no seguirían el camino de la Gomorra europea? ¿No sería más honesto intentar salvar lo que había aquí, por difícil que fuera? ¿No le debía eso a Suiza, a Francia, a España, a Europa?


Después del trabajo y después de las muchas horas de servicios sociales Jan Palermo daba largos paseos por Zurich, frecuentemente de madrugada, siempre pensando en qué decisión tomar. Él era un hombre respetado en Suiza, y en realidad no necesita complicarse la vida: podría llevarse el secreto a la tumba. Pero una y otra vez recordaba las palabras de Strauss; él no tenía derecho a hacer algo así, quizá no era justo robarle a la Humanidad la que quizá era su última oportunidad. "En varios centenares de millones de años la Humanidad desaparecerá, destruida por el inevitable incremento de la radiación solar; ¿es éste el final que queremos? Pero, por otra parte,  sin educación, sin racionalización, nos expandiremos como un virus sin control para acabar igualmente sucumbiendo". Jamás conseguía salir de este círculo vicioso de su pensamiento.

Le sacó de su ensimismamiento un ligero tirón de la pernera de su pantalón. Justo delante de él había una niña de unos ocho años. Descalza, aparentemente afectada por la tuberculosis, desarrapada, en la calle a esas horas de la noche. 

- Señor - le dijo en francés con mirada implorante - deme algo de comer. Hace días que no pruebo bocado.

- ¿Dónde están tus padres, pequeña? - dijo Jan

- El Señor se los llevó. Tenían tubercolosis - dijo, y tosió levemente.

Jan sintió algo que nunca había sentido. Piedad. La niña tenía algo de fiebre, y estaba muy delgada. Jan la tomó de la mano, casi sin decirle nada (un "Viens!") y la niña le acompañó sin resistencia; aparentemente había llegado al punto en que le era igual confiar en un desconocido, tan pocas perspectivas de futuro tenía.

Jan la llevó al Hospital Universitario, donde hizo valer sus credenciales de Catedrático para que le dejaran pasar. Los médicos tomaron su gesto por un arranque de excéntrica filantropía, pero como pagó de su bolsillo el ingreso y el tratamiento estuvieron gustosamente de acuerdo. Cada día, después del trabajo y antes de ir a sus servicios Jan pasaba por el hospital a ver a la pequeña Margueritte. La niña recuperó en poco tiempo la salud, gracias a los antibióticos de última generación que habían desarrollado en Suiza pero que eran tan caros que sólo la gente más rica se los podía permitir (Jan tuvo que invertir una buena parte de sus ahorros para salvar a Margueritte). Dos semanas después de su ingreso Margueritte era otra niña: feliz, con ganas de jugar, con unos grandes ojos inquisitivos que se querían comer el mundo. Incluso había ganado peso.

Antes de que le dieron el alta, el día de su sexagésimo cumpleaños, Jan tomó varias decisiones. La primera fue decidir que Margueritte merecía vivir, así que la adoptó. Él era un hombre solo pero de gran prestigio, y conocía a suficiente gente en el Ministerio como para que los trámites fueran rápidos y expeditivos. La segunda fue decidir que la Humanidad merecía una segunda oportunidad. Tendría que conseguir que la sostenibilidad fuera una asignatura en las escuelas, y tendría que cambiar la forma de ser de la gente de muchas maneras, para que el hombre dejase de comportarse como un cáncer sobre la Tierra y pasase a comportarse como una especie realmente inteligente. Quedaba mucho trabajo por hacer, pero con Margueritte de la mano, con esos ojos abiertos e inteligentes que le miraban como si viesen a un Profeta, Jan se creía capaz de todo.

Antonio Turiel
Julio de 2013

lunes, 1 de julio de 2013

Un futuro sin más (V): Destino es a donde vas.



[Las personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre mera coincidencia]

[Capítulos anteriores de este relato: primero, segundo, tercero y cuarto]


A pesar de que solía dar largos paseos por los montes cercanos a Zurich, la subida a la montaña fue dura y penosa para un Jan en el ecuador de la cincuentena. A sus pies podía ver Lausana y en la lejanía se intuía Ginebra. Ginebra estaba perdida; las tropas francesas entrarían por ese paso natural entre los Alpes y la cordillera del Jura, eso estaba claro.

Jan subía con un pelotón de reconocimiento que se había apostado en aquella montaña. Quería ver con sus propios ojos a qué tenían que hacer frente. Al capitán que estaba al cargo no le hizo mucha gracia llevar un civil, pero Jan llevaba una autorización del Ministerio y el capitán, simple y disciplinadamente, acató la orden.

Desde lo alto de la montaña Jan podía ver una gran extensión de la llanura central de Francia. Con la ayuda de unos prismáticos identificó inmediatamente donde se había concentrado el ejército francés. Le pareció que el conjunto de tropas presentes era bastante escaso. ¿Pensaban quizá atacar también desde el lado alemán? Pero Francia había sometido sólo la parte norte de la antigua Alemania, así que para llegar a Suiza por esa ruta tendría que atravesar tierra hostil. No parecía demasiado verosímil. Por otro lado David, quien seguramente estaba al mando de las tropas, no tenía ni idea de estrategia militar (al fin y al cabo sólo era un empresario, y antes había sido un científico) y confiaba ciegamente en su superioridad mecánica. Todo apuntaba a que intentaría entrar directamente en Suiza vía Ginebra, bordeando el lago Léman.

El ejército popular suizo estaba formado por hombres fuertes y orgullosos, amables en el día a día pero tenaces cuando lo necesitaban. Sin embargo, aquel clima tan extraño que se había ido instalando con el pasar de los años hacía que muchas de sus viejas estrategias no tuvieran sentido. Por ejemplo, los inviernos raramente eran rigurosos, así que ya no podían contar con el General Invierno; de hecho, David les iba a asaltar en pleno invierno. Jan veía claro que los franceses los iban a a aplastar. Sin embargo, del lado francés algo pasaba. Hacía un día desde que expiró el plazo para entregar a Jan y todavía no habían asaltado la plaza. Algo raro en alguien tan arrogante como David.

Con la ayuda reticente del profesor Strauss, Jan consiguió convencer al Gobierno suizo para solicitar a Francia una reunión en tierra de nadie de dos delegaciones, "como último intento de evitar una guerra que ninguna de las dos naciones desea". El emisario fue enviado al campamento de los franceses y sorprendentemente la respuesta fue positiva. La única condición que impusieron los franceses es que Jan debía participar en la delegación suiza. A pesar de los recelos que tal petición causó tanto Jan como el Gobierno accedieron. Se acordó que cada delegación constaría de 20 delegados, 10 de los cuales serían soldados armados. La reunión tendría lugar en las afueras de Ginebra, a unos 40 kilómetros del campamento francés, y los delegados franceses tendrían que recorrer los últimos 4 kilómetros a pie mientras que sus vehículos se tendrían que retirar. Jan no se sorprendió de ver al General Ros al frente de la comitiva francesa; desde luego si algo no le faltaba a David Ros era audacia.

El Gobierno suizo había puesto al frente de su delegación al Secretario de Estado de Defensa, pero con notable mala educación David Ros le ignoró y se dirigió a Jan:

- Volvemos a vernos, Jan - le dijo

- No contaba con otra cosa, General Ros.

- Vamos - dijo David encogiendo los hombros y mostrando las palmas - no te dejes impresionar por el abrigo y los galones. Sigo siendo David Ros, tu antiguo estudiante de doctorado.

- Hace mucho tiempo que no tengo nada que enseñarte, y lo que has aprendido yo nunca te lo hubiera enseñado - Jan ponderó su desprecio para no traer mayores males hacia su nación de acogida, y prosiguió: - Supongo que quieres que me entregue. Si me aseguras que no atacarás Suiza volveré con vuestra delegación.

Jan estaba cansado. Más que viejo se sentía cansado, y asqueado del mundo. Pasase lo que le pasase entregarse le parecería un precio asequible si conseguía que aquella mala bestia no profanase el último reducto del saber y la civilización que quedaba en Europa.

- Me parece estupendo que vuelvas con nosotros, Jan. De hecho en la República todos te recibirán con los brazos abiertos. - el tono de David era cálido, paternal, pero impostado - Además, es lo mejor para tu seguridad personal.

- ¿Qué quieres decir? Mi vida no peligra en Suiza... - Jan miró directamente a los ojos de David - ... o quizá sí. No me lo puedo creer. ¡No me lo puedo creer! ¡¡Pensáis invadir Suiza de todas maneras!!

Habían estado hablando en español, idioma que en la delegación suiza sólo Jan conocía, pero la última frase Jan la pronunció en francés. David sonrió y abrió los brazos, pretendiendo mostrarse como una persona indulgente, y continuó en francés, en un francés ahora fluido y seguro.

- ¡Vamos, vamos, no dramaticemos! No tiene por qué haber una invasión en el sentido estricto de la palabra. Es obvio que el experimento suizo no puede mantenerse por más tiempo en los tiempos que corren; la Gran República tiene planes para Suiza, de los cuales la nueva provincia helvética saldrá también beneficiada.

Jan no daba crédito a lo que oía. David había insistido en que él participase en la delegación suiza porque pretendía asegurarse de tenerlo en su poder antes de que comenzaran los por otra parte inevitables cañonazos. No dejaba pasar una; el chico era un verdadero águila de los negocios. El Secretario de Estado estaba rojo de la ira, pero aún así habló con educación; ásperamente, sí, pero con educación:

- ¡Usted no puede venir un día diciendo que sólo pretenden la extradición del profesor Palermo y al día siguiente decirnos que igualmente van a someternos! ¿Qué clase de país son? ¡No pueden hacer eso! - le espetó a David.

- Sí, sí que podemos - David respondía calmadamente - Somos la República. Nosotros lo podemos todo.

- ... hasta que se os acabe el magnesio - apostilló Jan.

David lanzó una mirada fulminante a Jan, a lo que el profesor se echó a reír:

- Vamos, hombre, vamos; ¿te crees que he revelado un secreto? - y no pudo evitar coger por el hombro a David, en un gesto de humillante familiaridad, como si fueran un par de amigos contándose chistes gruesos en una taberna - ¿Te crees que el resto del mundo es idiota? Aquí se dieron cuenta de la farsa hace muchos años, y no hizo falta que yo les dijera nada. Simplemente sumaron dos más dos. Estás tan acostumbrado a estar rodeado de asnos que piensas que todo el mundo rebuzna - y quitó la mano del hombro de David dos segundos antes de que éste se la retirara con fuerza.

David ignoró la provocación de Jan y se centró en lo siguiente que quería decir. Miró al Secretario de Estado:

- Suiza tiene ahora un clima más benigno que otras partes de Europa; los veranos no son tan cálidos y aún la precipitación es bastante estable. Suiza está llamada a ser el granero de Europa, el granero de la Gran República. No tienen elección, señor Secretario. Pueden someterse o ser invadidos, pero el caso es que su futuro pasa necesariamente a través de la República.

Nadie tuvo humor para contradecir las bravatas de aquel hombre. A pesar de mantener un buen nivel técnico y estar bien pertrechado, el ejército suizo no era rival para el de la República. Eso sí: esta invasión no iba a ser un paseo militar como las anteriores; el ejército francés aniquiliaría el suizo, sí, pero sufriendo bajas significativas. Todos los asistentes sabían eso, y quizá pensando en esas bajas inevitables y el sobrecoste de la invasión, pensó Jan, es por lo que la República aceptaba negociar la rendición en vez de aplastar cual era su costumbre.

- ¿Sabes una cosa, David? - dijo Jan de repente, dejando de lado el tratamiento de general - Dices que eras mi estudiante, ¿verdad? Pues te voy a dar otra lección hoy. ¿Te acuerdas cuando hace años discutíamos sobre la Tasa de Retorno Energético, la TRE?

David asintió levemente. No veía claro dónde quería ir a parar Jan.

- ¿No te has dado cuenta de que la guerra no es más que un sistema a gran escala para obtener recursos? Recursos y, más en particular, energía. La guerra es un sistema de generación de energía más. De una energía que no es renovable, porque una vez que esquilmas un país ya no puedes continuar su explotación. Y, como pasa con todos los sistemas de generación de energía no renovable, su TRE tiende a disminuir con el paso del tiempo; ya sabes, lo que los economistas llaman "la ley de los retornos decrecientes".

David le miraba atónito.

- Fíjate - prosiguió Jan - en lo que le ha pasado a la República con sus guerras de conquista. Al principio invadió los países más débiles y con grandes reservas de magnesio, lo cual permitió a la República expandirse con rapidez; pero una vez que los países más rentables desde el punto de vista energético fueron ocupados y expoliados tuvisteis que buscar otros países, mejor defendidos, más complicados de invadir por su orografía u otros factores, y con menos depósitos de magnesio porque habían conservado un sistema industrial funcional durante más tiempo. Vuestro rendimiento energético cayó, la TRE disminuyó. Y pasó en el peor momento, cuando la "masa" de la República había aumentado mucho y necesitaba mantener un influjo mayor de nutrientes. Así que ya ves, David: ni "por otros medios" - dijo evocando la conversación de la última vez que se habían visto en el CIET - se puede uno escapar de la Termodinámica. Tu empresa está sucumbiendo porque no entendiste mis lecciones, porque a pesar de tu talento fuiste un mal alumno. Mírate y date cuenta de que te has convertido en un monstruo ciego y brutal; ¿era esto lo que querías hacer con tu vida cuando escapaste de Madrid conmigo?


- ¿Y tú, eximio profesor? - David respondía cortante, al contraataque; el discurso del profesor le había impactado, ya que nunca había considerado la termodinámica  de la guerra - ¿qué es lo que has hecho tú? Encerrarte en tu torre de marfil a jugar con tus maquinitas y tus diseños inútiles, mientras el mundo a tu alrededor se descomponía. No fuiste capaz de ver que el cerco alrededor nuestro se estrechaba, y cuando te preparaste para huir sólo pensaste en ti. En cierto modo, yo no he hecho otra cosa que huir desde que escapamos de Madrid hace doce años. ¡Y todo eso fue culpa tuya! - un trueno sonó en la distancia al mismo tiempo que David recalcaba la última palabra, ese "tuya" lleno de rencor y reproche.

"Por la puerta que salió la caridad entró la peste", pensó Jan. Pero el reproche de David era justo, después de todo. Sí, había estado ensimismado en sus investigaciones sin darse cuenta de que formaba parte de una sociedad que sufría. Cuando en España los jóvenes salieron a las calles para protestar por la falta de trabajo, cuando lo hicieron los viejos para quejarse de las menguantes pensiones y la disminución de las ayudas, cuando amplios sectores de la sociedad protestaron contra los recortes en educación, sanidad, servicios sociales y la corrupción... Jan siguió trabajando, como si tal cosa, en su laboratorio. Sí, le había molestado que le bajaran el sueldo, pero lo único que hacía era seguir trabajando, seguir investigando y de vez en cuando firmar una petición o un escrito de protesta, nada más. Se había justificado su actitud delante de si mismo diciendo que lo mejor que podía hacer por la sociedad era continuar con su investigación, pero lo cierto es que ese trabajo no le había llevado a nada práctico, y todo lo que había hecho en España se había perdido cuando la barbarie contra la que no había luchado se enseñoreó de todo. En Francia había tenido una segunda oportunidad, pero había repetido el mismo error. David tenía razón: se encerraba siempre en su torre de marfil. Y en Suiza estaba haciendo, una vez más, lo mismo. Había siempre pecado de academicismo y siempre le había faltado empatía, preocupación social. "Si no tengo amor, no soy nada", repitió, evocando sus años de escuela.

David sonreía, viendo tan pensativo al viejo profesor, pero de repente éste le espetó, en español:

- ¿Y Colette, qué piensa de todo esto?

David se tambaleó un poco, como si tal pregunta fuera un golpe que no se esperase. El problema de pelearte con un viejo amigo es que te conoce demasiado bien y con poco te puede atizar allí donde más te duele.

- Colette... - vaciló en la respuesta, y por unos segundos Jan vio al David tímido e inseguro con el que huyó de España - ... obviamente querría que pasase más tiempo con ella y con los niños. El mayor tiene ya diez años, ¿sabes? Ella dice que conseguiré que me maten, si sigo así. Que me tomo demasiado en serio la República - y sonrió - ¡y eso que es ella la que es francesa! - David se dio cuenta de que estaba bajando la guardia - Pero yo todo lo hago por ella y por los niños. No como tú; ¿qué tienes tú? Si yo muero sé que habré dejado algo detrás de mi, ¿y tú? - y tras una pausa - Ven conmigo, Jan; podrías vivir con nosotros, podrías ser el abuelo que los niños nunca han tenido.

- No, David, no - dijo Jan meneando la cabeza - a donde tú vas yo no puedo seguirte; yo no quiero seguirte. Prefiero morir luchando en estas montañas, defendiendo lo poco que queda de decencia y dignidad en este mundo, aunque sepa que caeré en el intento.

- Muy bien - dijo David, dándose la vuelta - si eso es lo que deseas. Tenéis una semana para cambiar de opinión. Después, vendré con mis hombres y os destruiremos.

La comitiva francesa se retiró a paso vivo, mientras los suizos permanecían callados, de pie, mirándoles irse. Al cabo de un rato, Jan preguntó al Secretario de Estado de Defensa, sin volverse a él:

- ¿Por qué nos dan una semana más de plazo, si todo está ya decidido?

El Secretario de Estado tomó aire unos segundos y respondió:

- Porque no tiene tropas suficientes y tiene que esperar a reunirlas. El Ejército de la República está disperso por media Europa y esta nueva aventura militar les requerirá un importante sobreesfuerzo. Suiza es un país bien pertrechado, y sólo nos derrotarán si reúnen un ejército de gran entidad.

Durante aquellos últimos días en Suiza se prepararon para una guerra que sabían perdida de antemano, mientras que el destacamento francés crecía a ojos vista. A pesar de la adversidad y la contrariedad la gente estaba más unida que nunca; habían trascendido los planes que tenía la República para esclavizarlos y convertirlos en sus granjeros, y eso había inflamado el corazón del pueblo suizo, nacido libre y dispuesto a morir libre. Los planes de ataque y contrataque fueron estudiados y re-estudiados y las defensas se establecieron de manera que se pudiera sacar el máximo provecho de ellas. Suiza podría resistir durante unas semanas el embate del Ejército francés, mientras rezaba por un milagro. En la otra parte del país, Jan no tenía humor para nada, y con discreción se preparaba para su huida del país. Pero, ¿a dónde podría huir? Los países de Europa que no estaban controlados por la República eran todos dictaduras; se trataba por tanto de escoger una sinuosa ruta para salir de Europa, a través del Mediterráneo tal vez, y después emigrar a América. Muy complicado, y muy caro, pero lo tenía que intentar.

Fue la noche del cuarto día de ultimátum, tres antes de que se cumpliese la amenaza de David. Suiza se vio azotada por una lluvia y un viento intensísimo, huracanado, como nunca se había visto antes en el país. En las zonas bajas del país hubo inundaciones y algunos edificios se hundieron. Estaba visto que el clima, en guerra con la Humanidad desde hacía años, no iba a conceder tregua a los hombres, por más que éstos estuvieran enfrascados en sus propias guerras. Una de las ciudades suizas más damnificadas fue Ginebra, el primer objetivo militar del invasor, por su ubicación fuera de las cordilleras montañosas. Pero según fueron llegando los informes de los observadores avanzados se supo que fuera de Suiza la cosa fue mucho peor; la llanura central francesa había sido barrida por un verdadero huracán de gigantescas dimensiones. Y para sorpresa y regocijo de los suizos, el Ejército de la Gran República había sido desbandado por los elementos. La mayoría de los vehículos acorazados habían volado por los aires como si se tratase de juguetes abandonados por un niño, la mayoría de los pertrechos se habían perdido y entre las tropas había habido numerosas bajas. Durante unos días el Gobierno suizo dudó si atacar a los franceses aprovechándose de su debilidad para darle a su ejército la puntilla, pero con buen criterio decidieron que Suiza no cambiaría su estatus de nación no agresora. Cuatro días después de la hecatombe climática una segunda tormenta, de menor intensidad que la primera pero aún así bastante violenta, acabó de desbandar los restos del Ejército de la República.

En Zurich Jan no daba crédito a las noticias que le llegaban sobre la increíble derrota francesa. Se habían preparado para luchar contra hombres, pero no se dieron cuenta de que tenían que hacer frente a un enemigo mayor, contra el que no sirven ni balas ni amenazas. Después de aquello, los acontecimientos se precipitaron. Francia retiró a toda prisa tropas de los países ocupados para reconstituir su gran Ejército, pero escaseaban los recursos y muchas infraestructuras críticas habían sido seriamente dañadas por la Tempestad de San Ildefonso, como la llamaron. Para poder recuperar operatividad militar el Presidente de la República ordenó requisas forzosas de numerosos recursos en los territorios ocupados y en la propia Francia, sin darse cuenta de que la gente sufría para reponerse de la misma tempestad, que había causado estragos en el campo y en las ciudades. La insensibilidad del Gobierno de la República ante las dificultades de sus ciudadanos y de los pueblos sometidos desencadenó una oleada de revueltas en todo el continente ocupado, revueltas que se transformaron en verdaderas revoluciones. El primero de los territorios en recuperar su independencia fue el norte de Alemania, que se autoconstituyó en la República de Prusia (sin intentar reunificarse con Baviera y los otros lander del sur). El castillo de naipes de la República colapsó con rapidez, emergiendo una plétora de nuevos países puesto que cada país ocupado se descomponía en como mínimo cuatro nuevas naciones, de un tamaño menor, más razonable para la nueva época de recursos escasos. La propia Francia, sucumbiendo a sus propias revueltas, se dividió en seis naciones.

Una cálida mañana de otoño Jan supo que un tribunal popular de París había juzgado y condenado a muerte al Gobierno de la República. Entre los condenados estaba el Ministro de Energía y Guerra, el General David Ros. Los reos habían sido ejecutados en la guillotina, siguiendo la tradición nacional, cuatro días antes.

Por primera vez en su vida, Jan no lamentó haber llevado a David consigo. Porque aquel joven ambicioso le había evitado a él cometer todos esos errores. David había sido el reflejo oscuro de Jan, aquello en lo que hubiera podido convertirse. David había ocupado el lugar que de otro modo hubiera asumido Jan. Y Jan hizo lo que no había hecho en muchos años: esbozó una simple oración rogando por el descanso del alma de su antiguo estudiante. Después de eso, contactó con Colette por carta; afortunadamente, no habían cambiado de dirección. Temía que Colette le echase la culpa de la perdición de su marido, pero la viuda se mostró amistosa, cercana como siempre lo había sido, e incluso agradecida de que contactara con ella a pesar de la adversidad. Como con la desaparición del Estado francés y el hundimiento de las plantas de Tesla la familia se había quedado sin recursos económicos, Jan se encargó de que la mitad de su sueldo de Profesor Titular de la Universidad Técnica de Zurich le llegase a Colette.

Europa se había quedado sin recursos; la locura de la República había sido el último destello, el brillo de una fulgurante y efímera bengala. Todo lo que los hombres pudieran hacer a partir de ahí tendría que ser con sus manos desnudas, o prácticamente. Jan decidió dedicarse en cuerpo y alma a mejorar, de manera práctica, las condiciones de vida de la gente, comenzando por las de sus ahora compatriotas suizos. "Si no tengo amor, no soy nada".




Antonio Turiel
Julio de 2013