miércoles, 8 de junio de 2016

Dinámica de quiebra



Queridos lectores,

Es curioso constatar que, después de seis años de singladura en este blog y de tantas actividades de divulgación en las que he participado, hay varios obstáculos graves para conseguir la comunicación del problema de los recursos naturales que no sólo me sigo encontrando, sino que de hecho son el principal impedimento para que el esfuerzo que realizo sea más efectivo. Tengo el pobre consuelo de saber que estos obstáculos son, por lo que comentan, idénticos a los que tantas otras personas que han intentado el mismo fin se han encontrado, así que probablemente estos obstáculos no son nada fáciles ni evidentes de salvar y no todo es culpa mía. Pero, dada la importancia de lo que se pretende, no puedo conformarme con saber que nuestra incapacidad es común; y por ello intento una y otra vez intentar entender las causas de estos obstáculos, escuchando conversaciones en el tren, o leyendo comentarios por aquí y por allí en internet, especialmente cuando se descalifican el tipo de argumentos que aquí se usan (a veces directamente artículos publicados en este blog).

En la esfera peakoiler es moneda común describir como principal obstáculo que uno se encuentra en la divulgación del peak oil el denominado "síndrome de Casandra", o sea, la dificultad de ser creído cuando uno anticipa un futuro que no es tan de color de rosa como generalmente se está haciendo creer desde los principales medios de comunicación. El "síndrome de Casandra" es ciertamente un obstáculo importante: a la mayoría de la gente le resulta difícil aceptar que los problemas que se describen en éste y otros foros puedan ser tan graves como se anticipan, por más que se avalen los diagnósticos con profusos documentos públicos y datos provenientes de reconocidas instituciones públicas y privadas, por una lógica bien sencilla: si realmente fuera tan importante este tema haría repetidamente la primera página de los diarios y se comentaría con frecuencia en los telediarios, ergo, debe ser que quien habla está manipulando datos reales, posiblemente escogiendo aquellos que mejor cuadran con una posición previa, para presentar una visión sesgada de la realidad. Por ejemplo, en uno de los comentarios de aquellos posts de hace seis años, un comentarista me acusaba de leer del revés informes de la CIA y otras prácticas cabalísticas y libreinterpretativas, y siguió dándome la brasa hasta que yo le envié a, digamos, hacerse una revisión proctológica no profesional (curiosamente, aquel post trataba sobre el eventual pico de producción del carbón, el cual posiblemente hayamos superado ya o superemos en breve).

El "síndrome de Casandra" no es nada sorprendente teniendo en cuenta la autista dinámica bautómata de nuestra sociedad: la necesidad de mantener la manera de funcionar convencionalmente aceptada como correcta (el Business as Usual, o BAU) hace que automáticamente se filtren todas las noticias que podrían cuestionar este estado de los negocios, y es por ello que blogs como éste tienen que ser marginales por definición. Sin embargo, la degeneración social subsecuente a esta crisis que no acabará nunca ha llevado a una creciente desconfianza de una parte de la población occidental, principalmente la que se está viendo más azotada por la crisis permanente pero también aquélla que, sin aún estar preso de ella, teme estarlo en un futuro no tan distante. Incrementa la sensación de desconfianza la constatación repetida de la ocultación deliberada de los problemas que se suceden en otras partes del mundo y que de repente algunas personas se encuentran para su sorpresa: hace unos años era el ninguneo sistemático de las crónicas negras que si uno buscaba podía encontrar sobre la situación en Grecia, en Ucrania o en Siria; ahora mismo en España el foco de la negación de la realidad próxima está en Francia, donde se está viviendo un verdadero levantamiento popular contra la reforma laboral que el gobierno francés quiere imponer como un trágala y que está desencadenando una fuerte represión policial; a pesar de los paros en las refinerías, el cierre de centrales nucleares y de otras infraestructuras críticas y la evidencia de la respuesta de mano dura, en España se está haciendo una deliberada sordina mediática a todos estos problemas, comentándolos muy de pasada si es que siquiera se llegan a mencionar. Y si en el caso de las crisis en los otros países que antes mencionaba (Grecia, Ucrania, Siria) aún en algunos momentos ha habido cierto eco (para luego ser silenciado durante años, a pesar de que los problemas han seguido), pregúntese el lector si sabe cuál es la actual situación en Libia (donde una eventual intervención militar occidental parece cada día más probable), en Malí (donde hay tropas españolas) o en Nigeria, por poner tres ejemplos (más allá del de Venezuela, que ocupa la obsesión mediática española estos días). En este momento, es esa desconfianza de saberse deliberada y sistemáticamente desinformado lo que favorece que la discusión detallada que se hace en este blog y en páginas similares sea tomada en mayor consideración, sobre todo teniendo en cuenta que la evidencia avala las cosas que tanto tiempo llevamos explicando (por ejemplo, que la escasez de petróleo lleva a la volatilidad de precios, y no a un precio continuamente elevado como neciamente aún repiten los adalides del libre mercado). Así que cada vez somos menos Casandra, aunque aún falta un largo trecho que recorrer.

Con todo, a mi modo de ver no es el "síndrome de Casandra" el mayor obstáculo para la difusión de la problemática del peak oil. El mayor problema, al menos para mi, es la dificultad de hacer comprender cuál es mi objetivo último. Con demasiada frecuencia me he encontrado con respuestas airadas de lectores casuales de alguno de los apuntes de este blog, en las que pretenden que yo soy un catastrofista por decir que el futuro de progreso ilimitado no está en absoluto garantizado. Peor aún, cuando me limito a analizar datos (como hice recientemente en el post sobre el pico de la energía) se me suele acusar de tener una motivación oculta para decir lo que digo (que, generalmente, es un simple análisis de los datos), simplemente porque lo que digo (lo que se deriva de los mismos datos, en realidad) no coincide con una serie de expectativas previas. También, en no pocas ocasiones, cuando indico que en la actualidad se está produciendo una cierta tendencia particularmente negativa, se me acusa de apocalíptico e incluso de morboso, como si por el simple hecho de destacar que algo va mal yo estuviera deseando que la cosa continuara así indefinidamente hasta que todo reventase.

Como digo, el gran problema es que mucha gente no entiende por qué digo lo que digo. Paradójicamente, el hecho de que yo no declare un sesgo evidente hace que mi actitud sea más molesta, y no menos: si yo actuase de acuerdo con una cierta agenda política mi comportamiento sería, de alguna manera, más aceptable desde un punto social; simplemente se acepta o se rechaza una agenda que corresponde con un cliché estándar (ecologista, decrecentista, socialista, liberal...) y se ha acabado la discusión, ya no hace falta razonar más. Sin embargo, dado que yo no me caso con nadie y que sólo me interesan los argumentos lógicos y no los ideológicos, mi actitud resulta más extraña a algunas personas a las cuales mis argumentos no les gustan. Eso les lleva a atacarme con más virulencia, y en el paroxismo para intentar desacreditarme se llega con descaro a poner en mi boca o en mis dedos palabras que yo nunca pronuncié o escribí.

Mi motivación, lo he explicado mil veces, no puede ser más simple: yo quiero un futuro que merezca la pena ser vivido para mis hijos. Y ya puestos, para los hijos de todos, para toda la Humanidad que nos ha de seguir. Ya sé que a algunos esto les puede parecer muy tonto o muy banal; qué quieren que yo les diga, no doy para más: simplemente no hay nada más importante para mi.

¿Y por qué me dedico a hacer divulgación y no confío en lo que hagan las autoridades o expertos competentes? Pues porque no veo una reacción lógica delante de los retos cada vez más evidentes, y me parece que hay demasiado en juego para tomarse las cosas con tanta ligereza. Yo veo problemas graves en el horizonte, problemas que en realidad pueden ser abordados de forma eficaz, seguramente de varias maneras diferentes. Yo no soy quién para decirle a la Humanidad o a una comunidad cuál de esas respuestas es la mejor: no me corresponde y además, sinceramente, no sabría cuál elegir. Lo que me frustra es que en la discusión de los problemas energéticos la mayoría de las veces no veo análisis racionales, ni respuestas lógicas y creíbles, ni tan siquiera serias, a las cuestiones que se plantean: sólo humo y distracciones, que en el fondo, lo único que buscan es que nada cambie de lo que realmente le importa a quien promueve esos falsos debates. Lo que me alucina es el esfuerzo que se hace por negar que la energía está en la raíz de muchos de los problemas económicos que sufrimos actualmente, a pesar de la abrumadora evidencia; y que en particular las limitaciones con la energía son la causa por la cual no podamos salir de la actual crisis económica, al menos no mientras mantengamos el actual paradigma. Finalmente, lo que me enerva es comprobar cuántas mentiras y falsos argumentos se emplean, con el único objetivo de mantener a la gente engañada y tranquila mientras lentamente se va degradando su nivel de vida.

Este continuo esfuerzo de distracción hace que sea aún más difícil la gestión de riesgos, que en el fondo es lo que yo humildemente pido desde esta página. Que uno señale riesgos no quiere decir que desee que se materialicen; en realidad es exactamente al contrario: se quiere advertir del peligro para evitarlo. Curiosamente, hay personas que, aunque yo repita esto mil y una veces, insisten en que lo que deseo es que haya una catástrofe y luego me reprochan que ésta no se haya producido (?) y en unos plazos que obviamente yo nunca he dado (!). Con tal error de juicio sobre lo que yo y otros como yo pretendemos entenderán Vds. que se complica aún más la posibilidad de darle una respuesta adecuada a los problemas.

Si hablamos de cosas más actuales y concretas, hay de hecho un riesgo creciente que me preocupa más cada día que pasa, un nubarrón negro que no para de crecer en el horizonte, y es el de que se acabe produciendo una caída abrupta de la producción de petróleo debido a que hemos caído en una trampa económica que describía hace unos posts, a saber: que debido a la debilidad de la demanda el precio del petróleo ha caído demasiado, y al caer tanto se está desinvirtiendo demasiado rápido y en demasiada cantidad en el sector de búsqueda y desarrollo de nuevos yacimientos; y en un tiempo relativamente breve nos podríamos ver delante de una bajada demasiado brusca de la producción. Esa caída de la producción aceleraría la velocidad de rotación de la espiral de destrucción de oferta - destrucción de la demanda, acelerando nuestro descenso energético hasta el punto de volverlo completamente incontrolable.

Antes de profundizar más en el análisis de este problema, déjenme que repita lo obvio: esta caída acelerada con consecuencias potencialmente desastrosas no es lo que yo deseo, y si quiero hablar de ello es precisamente para que se entienda que este riesgo es real y se tomen las medidas adecuadas (para lo cual hay varias posibilidades) para evitarlo o como mínimo mitigarlo todo lo que se pueda.

El hecho de que al final se materialicen parte de los peligros que yo anticipaba tampoco me ofrece ningún consuelo, teniendo en cuenta lo que está en juego. El hecho de que se haya recurrido estos años a un petróleo poco asequible que estaba hundiendo económicamente a las empresas del sector (con pérdidas continuadas de más de 100.000 millones de dólares al año durante los años anteriores a la caída de precios actual) ha llevado a que, al final, probablemente el año 2015 haya sido en el que se ha producido el peak oil de todos los hidrocarburos líquidos, cosa que yo llevo diciendo desde hace años (al menos desde 2011). Lo cierto es que a efectos prácticos hubiera dado exactamente igual si al final el peak oil se hubiera producido en 2012 o en 2018 (y de hecho aún no podemos confirmar que 2015 haya sido el pico máximo, aunque la acelerada caída de producción en EE.UU. durante el último año prácticamente lo garantiza): lo grave es estar ya tan cerca del momento en el que la producción de hidrocarburos líquidos empieza a bajar, paulatinamente durante los primeros años, un poco más rápido después. Complica encima esta situación la habitual confusión entre "petróleo crudo" e "hidrocarburos líquidos": algunas personas creen que lo que digo está mal porque afirmo aquí que el peak oil de todos los hidrocarburos líquidos seguramente fue el año pasado y al mismo tiempo que el peak oil del petróleo crudo fue en 2005. Ha sido gracias a los petróleos no convencionales que durante 10 años se haya podido compensar la caída del petróleo crudo, pero como sabemos, a qué coste: la actual aceleración de la espiral. 

Y en realidad saber la fecha exacta del peak oil es difícil y en todo caso no cambia el problema, no modifica lo que se tendría que hacer desde el punto de vista de gestión de riesgos, especialmente porque la incertidumbre en la fecha final es de pocos años y no sobra tiempo para implementar cualquier medida de contingencia. Sin embargo, una parte desproporcionada del sesgado debate sobre este tema se fija en torno a dar la fecha concreta; y ahora que parece que sí, que ciertamente fue 2015 el año del peak oil, la discusión se desvía a minimizar su importancia: "Mira, parece que hemos llegado al peak oil y no ha pasado ninguna de las desgracias vaticinadas". De nuevo, que las peores consecuencias para Occidente aún no se hayan manifestado es poco relevante: sin un cambio radical de rumbo acabarán notándose más pronto que tarde; pero es que, de nuevo, no había predicción concreta para lugares concretos, sólo una paulatina y a veces más acelerada degradación económica para el conjunto de países. De hecho, si uno pregunta a un habitante de Yemen o de Siria si creen que su país ha colapsado en los últimos diez años no tendrán dudas en decir que sí, y el problema es que la nómina de colapsantes sólo puede crecer con el tiempo si no se empieza a poner remedio desde ya mismo.
 
La dinámica que sigue el agotamiento de los recursos es diferente de la socialmente esperada, aunque completamente natural en realidad. Lo que se espera desde las instancias económicas es que cuando la demanda sube el precio suba con ella, y que si el producto escasea el precio subirá lo suficiente para equilibrarse con la demanda o para que el mercado acabe proporcionando un substituto eficiente. No está contemplado en los libros de texto de Economía que tal substituto no exista, y eso hace que no se comprenda la dinámica actual, en la que no queremos pasar sin petróleo pero tampoco podemos aceptar que nos lo vendan por encima de un precio, el cual es insuficiente para el productor, que cada vez tiene mayores costes. Algo tiene que acabar cediendo, y en el momento actual es la producción: ya se estima que a finales de 2017 habrá una caída de producción de petróleo de 3 millones de barriles diarios (3 Mb/d) simplemente teniendo en cuenta los proyectos ya aplazados, y esta nómina sólo puede ir creciendo durante este año. Si la Agencia Internacional de la Energía nos informó de que en 2015 la inversión en exploración y desarrollo de nueva producción petrolífera cayó un 16% respecto a 2014, en 2016 se estima que respecto a 2015 caerá un 26% adicional. Tales tasas de caída se justifican por la lucha por la mera supervivencia de muchas compañías: se estima que en el primer trimestre de 2016 las compañías que operan en EE.UU. (donde se decía que se estaba produciendo una milagrosa revolución energética, el fracking, que ha demostrado ser una quimera) han tenido que destinar el 86% de sus beneficios solamente a pagar los intereses de la deuda. Y lo peor es que en 2016 expiran créditos por valor de 5.000 millones de dólares, pero en 2017 lo hacen 25.000 millones. Que estas empresas puedan devolver el principal parece dudoso, teniendo en cuenta los problemas que tienen ya sólo con el pago de intereses; y conseguir refinanciar la deuda será difícil, viendo lo mal que le va el sector. Todo hace anticipar, pues, el estallido de una nueva burbuja financiera (pues hay muchos derivados asociados al mercado energético), más recesión y por tanto menos demanda de petróleo, y de ahí precios más bajos para el petróleo y una profundización en la desinversión productiva en el sector petrolífero. Si un año y medio de precios bajos hace anticipar caídas fuertes de producción en pocos años, alargar la situación actual puede precipitarnos catastróficamente en el descenso energético.

He ahí los datos. ¿Es inevitable la caída? No, no lo es. ¿Existen soluciones para evitar o compensar los problemas? Sí, sí que las hay. Por ejemplo, se puede esperar a que la cosa empiece a degenerar y entonces los Estados pueden rescatar estas empresas petrolíferas a cambio de endeudarse más y reducir aún más sus prestaciones (más recortes), aumentando el descontento de sus poblaciones y tensando más la cuerda social. O también se podría decidir intervenir en el mercado del petróleo, de una manera más ligera como describía hace algunos posts, o de otras más intervencionistas, e intentar repartir la carga mientras la sociedad se adapta a la nueva situación. O bien utilizar este tiempo extra para planificar una transición, bien fantasiosa (asumiendo que las renovables todo lo pueden - sea o no cierto - y que se mantendrá el status quo actual) o siendo conscientes de que hace falta un cambio de paradigma. También se puede decidir no intervenir en absoluto y aceptar que la cosa irá a donde vaya.

Como ven, opciones hay muchas, y seguramente hay unas cuantas más. La clave es no matar al mensajero, sino comprender que hay decisiones que la ciudadanía tiene que tomar, y que para ello tiene que estar correctamente informada (evitando tratarla con paternalismos pretenciosos a los que muchas veces tiende los partidos políticos). Negar que se está produciendo el peak oil y que se nos agota el tiempo para reaccionar ciertamente no ayuda mucho en este contexto. En el fondo, calificarnos de catastrofistas a los que todo esto explicamos es una manera sibilina de hurtar un debate social que no debería ser ignorado por más tiempo, sobre qué modelo de sociedad queremos y el que tendremos si no reaccionamos.


Salu2,
AMT

miércoles, 1 de junio de 2016

Diálogos con Pedro: Los Hijos del Mar.





- Lo que no entiendo - dijo Pedro - es porqué no se pueden extraer más recursos simplemente invirtiendo más dinero.

- El dinero, Pedro, es una representación del valor, no el valor en sí mismo - le respondió su enseñante.


Pedro no estaba demasiado convencido con esta respuesta. A fin de cuentas Pedro podía comprobarlo cada día, gracias precisamente a que él (en realidad, su familia) disponía de mucho dinero.

- Con el debido respeto a mi Mareth - comenzó así la frase, puesto que uno debía guardar ciertas formas y compostura delante de la mayor eminencia de la isla - no estoy de acuerdo. Cuando yo quiero un objeto, si pago lo suficiente lo puedo conseguir. Si no existe en la isla, puedo pagar lo suficiente para que lo traigan del continente. Y si no existe en el mundo, pagando lo suficiente puedo conseguir que lo fabriquen.

Sus ojos se cruzaron con la mirada severa de su Mareth, y comprendió que tenía que elaborar una respuesta más completa y matizada.

- Por supuesto, si aún no existe la tecnología necesaria para hacer lo que quiero no me lo podrán conseguir - continuó - aunque estoy convencido de que invirtiendo suficiente dinero durante suficiente tiempo se puede conseguir construir cualquier cosa. Al final, por tanto, lo que mueve el mundo y lo que da lugar a los cambios, siempre, desde la construcción de catedrales hasta las guerras, es el dinero.

Había desviado la mirada mientras hablaba por temor a no ser capaz de continuar con su argumento si sentía esos dos ojos penetrantes e inquisitivos clavados sobre sí, pero cuando acabó alzó su mirada y al hacerlo no pudo evitar hacer un leve ademán de desafío. Se arrepintió en seguida: no conocía aún a su enseñante (de hecho, era la primera sesión educacional que celebraban) pero su padre no estaría especialmente contento con Pedro si ya el primer día demostraba ser un muchacho caprichoso y altanero, especialmente teniendo en cuenta lo caras que iban a salir esas sesiones educacionales: la minuta del mejor Mareth de la isla no era precisamente baja.

Contra pronóstico, la severa mirada de su Mareth se relajó y fue reemplazada por una mucho más cálida, con un punto casi de dulzura.

- Otro día, Pedro, hablaremos sobre los límites de la tecnología y los límites que nos imponen las leyes de la Naturaleza - dijo suavemente - Pero hoy querría dejarte claro un concepto básico: el dinero es una representación del valor, pero no es el valor en sí mismo. El verdadero valor de las cosas consiste en los recursos empleados para producirlas.

A Pedro le sonó a la misma cantinela de antes, pero no dijo nada pues comprendió que la lección no había terminado.

- Pedro, el dinero sirve para facilitar los intercambios a las personas, pero no es un instrumento neutro. Según la gobernanza que se le dé al dinero se pueden favorecer intercambios más simétricos o más asimétricos, y se puede garantizar así, sin nunca decirlo explícitamente, que ciertas personas gocen de un acceso privilegiado a los recursos en tanto que otras no puedan ni soñar con verlos.

Aquello sonaba demasiado teórico; afortunadamente para Pedro su Mareth se dio cuenta de que era necesario cambiar de registro para que Pedro pudiera comprenderle.

- Mira, Pedro - dijo su Mareth - te lo explicaré con una historia, la historia de los Hijos del Mar.

Respiró profundamente y comenzó:

- Hace muchos años el mundo era muy diferente. Quizá no era este mundo, ni tan siquiera. La superficie de aquel planeta y aquel momento era toda ella agua, un inmenso océano, y en ese océano había multitud de pequeñas islas, nada parecido a un continente. De todas aquellas islas sólo había una habitada, y la llamaron Tierra, pues era el único lugar donde la gente se pudo asentar.

- ¿Me estás contando un cuento como los que se leen a los niños para ir a dormir? - dijo Pedro, reclinándose en su butaca.

- Te estoy contando una historia donde la realidad es más simple de ver, más evidente - respondió su Mareth - y más bien al contrario deberías abrir muy bien ojos y oídos para comprender.

Pedro se volvió a sentar y no pudo evitar mantener los músculos rígidos durante un buen rato.

- Una particularidad de aquel mundo es que las islas iban a deriva, flotando sobre aquel mar. Con el paso de los siglos, los habitantes de Tierra aprendieron a hacer maniobrar su isla de modo que cuando otra isla pasaba cercana la abordaban y la amarraban firmemente al territorio principal. Con el paso del tiempo las capas de tierra de la isla captada se fusionaban con las del territorio principal y así Tierra se iba haciendo cada vez más grande.

- Y de ese modo Tierra podía dar alimento a más habitantes - dijo Pedro.

- Efectivamente - respondió su Mareth, y prosiguió - Como la población de Tierra siempre iba aumentando lentamente, una de las ocupaciones principales de los terranos era avistar nuevas islas y unirlas a su territorio. Para eso disponían de torres de vigía y un complejo sistemas de timones, remos y velas que les permitía maniobrar para abordar nuevos islotes. Sin embargo, el tamaño de Tierra había crecido considerablemente con el tiempo (ya era más del doble de la extensión original) y cada vez era más pesada y complicada de maniobrar. Así que el crecimiento de Tierra era cada vez más lento y se podía intuir que en breve ya prácticamente no crecería más.

- Un ejemplo de la ley de los retornos decrecientes - dijo Pedro, con la intención de demostrar que se había estudiado las lecciones que había indicado su Mareth antes de venir.

Su enseñante esbozó una breve sonrisa de aprobación y continuó su relato:
 
- A los terranos que vivían cultivando la tierra las crecientes dificultades de Tierra-formar más islotes les traían al pairo, pero para los poderosos comerciantes y para los líderes de Tierra la expansión de la isla era de una importancia capital. Más territorio significaba más colonos, más agricultores y más población, y por tanto más comercio y más impuestos que recaudar, y al final más riqueza bienestar para ellos.

- Pero, mi Mareth, ¿no podían los comerciantes incrementar su beneficio, simplemente vendiendo mercancías de más valor? - preguntó Pedro.

- Sus clientes eran campesinos que vivían de lo que el campo les daba, y su renta en ese sentido era fija: lo que el campo diera. Si el campo no rentaba más, no podían gastarse más aunque quisieran, con lo que la manera de realizar el beneficio del comerciante puede cambiar, pero tiene un límite máximo que viene dado por la renta del conjunto de los campesinos. Del mismo modo, el gobernante no puede incrementar indefinidamente sus impuestos, pues al final los campesinos se revolverían, cuando comenzaran a tener problemas para dar de comer a sus familias. Su única manera de incrementar la ganancia era con más tierra y más campesinos.

Pedro asintió, y también lo hizo su Mareth, por la satisfacción de comprender que el muchacho seguía sus explicaciones y se implicaba en la historia.

- El caso es que un inventor se dio cuenta de que podían explotar los combustibles fósiles (ya sabes: carbón, gas natural, petróleo) que había en el subsuelo de las islas y usarlos en motores que mejoraron la navegabilidad de Tierra. No sólo eso, sino que gracias a los avances técnicos que permitían las nuevas fuentes de energía se podía incrementar la productividad agrícola y así también expandir la población. Los comerciantes y los líderes estaban entusiasmados con las posibilidades y el resto de los terranos ya se conformaban con lo que tenían; de hecho, para la mayoría supuso una gran mejora de sus condiciones de vida, pues todo tipo de trabajo físico se hizo mucho más liviano. 

- Hicieron su Revolución Industrial - dijo Pedro.

- Así es. De ese modo, Tierra empezó a prosperar a un ritmo nunca visto, añadiendo más territorio como nunca antes. La población creció mucho más rápido, pues a la expansión del territorio se le añadió las mejoras en productividad agropecuaria. Los comerciantes se hicieron riquísimos, los líderes aumentaron también su fortuna y en general la población vivía mucho mejor.

Pedro seguía con interés la explicación de su enseñante, y no se dio cuenta en seguida de que se había callado.

- ¿Y entonces, qué? - dijo por fin el muchacho, extrañado de la pausa.

- ¿Qué fue lo que originó la gran expansión de Tierra, Pedro? ¿Fue el dinero? ¿Fue gracias a los grandes capitales que habían acumulado los comerciantes, que se hizo esta expansión posible?

Pedro se quedó pensando un momento.

-  En cierto modo sí - dijo el chico, al cabo de un rato - Quiero decir que resulta obvio que la gran expansión viene motivada por la incorporación productiva de grandes flujos de energía fósil, pero seguramente los terranos ya conocía en carbón y el petróleo desde antiguo. Lo que hace posible su utilización para fines productivos es el avance tecnológico, y éste probablemente fue hecho posible por la acumulación de capital, que favoreció que hubiera gente que dedicase tu tiempo a pensar, en vez de a trabajar de Sol a Sol.

Su Mareth le miró con expresión satisfecha.

- Muy bien, Pedro: has dado la explicación de la economía tradicional. No niegas el papel de los recursos, pero consideras que es algo secundario a la capacidad de movilización de los mismos que concede el capital, cuando es suficiente. Aunque no es falsable, es una explicación convincente cuando uno está en la fase ascendente de la curva de acceso a los recursos. Con esa lógica, el acceso a los recursos depende, prácticamente exclusivamente, de poner más capital durante un tiempo suficiente. Veremos qué pasa con tal hipótesis cuando se llega a la descendente del acceso a los recursos...

Pedro no estaba seguro de comprender que quería decir, pero antes de que pudiera decir nada más ella continuó.

- El caso es que, tras varias décadas de expansión acelerada, todo el sistema económico de Tierra estaba diseñado para la expansión sin fin. Las actividades financieras, otrora completamente marginales, ahora ocupaban el centro de la actividad económico. Muchas actividades económicas, antaño impensables, eran las principales fuentes de ocupación laboral, toda vez que el campo, fuertemente mecanizado, rendía como nunca antes ocupando una mínima parte de la mano de obra. Y estas actividades industriales se apoyaban en el acceso al crédito fácil, que les permitía acceder aquí y ahora a recursos necesarios para su expansión (hierro, carbón, aluminio, petróleo) con el compromiso de devolver los créditos con un conveniente interés, cargado a la riqueza que se tenía que generar en el futuro. Todo el modelo podía funcionar mientras el ritmo de crecimiento del territorio de Tierra, y el de los recursos que contenía, continuase creciendo a buen ritmo.

- ¿Qué quiere decir "a buen ritmo"? Quiero decir: ¿cuánto representa eso? - preguntó Pedro.

- Buena pregunta, Pedro. Dado que las empresas cada vez producían más, cada vez pedían más dinero prestado y el interés que se aplicaba a los créditos las obliga a crecer cada vez más rápido, si querían tener la capacidad de devolverlo: en caso contrario, podrían quebrar. El problema del interés compuesto es que obliga a un crecimiento rapidísimo: a un 7% de interés anual todo se tiene que duplicar cada 10 años, es decir, multiplicar por más de mil al cabo de un siglo, o por un millón en sólo 200 años. En Tierra la expansión fue fulgurante debido a que había abundantes islotes por anexionar, y de ese modo el tipo de interés de los créditos se adecuó a la capacidad de expansión: los empresarios veían que, al ritmo al que se anexionaban nuevos islotes, podían aumentar su negocio un 9 o un 10% anual y así se atrevían  a solicitar créditos al 7% para poder comprar los recursos necesarios para realmente conseguir tal expansión. Como todo el mundo pedía créditos pero no había dinero para todos, los bancos fijaban un precio al dinero (es decir, fijaban un tipo de interés) que daba preferentemente el dinero a aquéllos que podían expandirse suficientemente rápido como para crecer más que el interés fijado. De ese modo, el interés financiero reflejaba el potencial de crecimiento de la economía.

- No acabo de ver dónde está el problema - dijo Pedro.

Su Mareth le miró pensativa un segundo, y luego le dijo.

- Pedro, ¿sabes qué superficie tiene nuestra isla? 

Pedro se asustó un poco: aquello era de Geografía, no de Filosofía Científica; le estaba haciendo una pregunta a traición. Sin embargo, tranquilizándose, se dio cuenta de que se acordada de la respuesta:

- Unos 25.000 kilómetros cuadrados - dijo el muchacho.

- Muy bien. ¿Sabes cuál es la superficie de nuestro planeta? No sufras, yo te la diré: unos 500 millones de kilómetros cuadrados. ¿Cuántas islas como la nuestra cabrían, por tanto, en la Tierra?

Vaya, y ahora una pregunta de Aritmética Mental: realmente era la Mareth más exigente de la isla. Pero aquel cálculo era sencillo:

- La superficie de la Tierra - contestó Pedro - equivale a 20.000 islas como la nuestra.

- Perfecto. Volviendo a nuestra historia: asumiendo que la isla tuviera una extensión inicial como nuestra isla, ¿cuánto tiempo aproximadamente podría crecer a un ritmo del 7% anual, asumiendo que hay islotes suficientes?

- Pues no sé. Millones de años, supongo - dijo Pedro, despreocupadamente.

- Respuesta muy equivocada, Pedro.

La mirada de ella fue muy severa y Pedro comprendió que no podía tomarse el asunto con tanta ligereza.

- A ver - dijo el chico, poniéndose nervioso - antes Vd. dijo que a un 7% anual todo se tenía que duplicar cada 10 años, y por tanto cada siglo se multiplica por... por... ¿por mil?

- Si voy a ser tu Mareth no hace falta que me trates de usted, Pedro - dijo ella, condescendiente - y sí, se multiplicaría por 1.024, por ser exactos, pero digamos que aproximadamente se multiplica por mil cada siglo.

La invitación al trato de confianza ayudó a Pedro a relajarse un poco; recuperada la concentración, Pedro dio con la respuesta.

- Antes de 150 años... más o menos hacia los 145 años de haber comenzado, la isla cubriría toda la superficie de su planeta. - se quedó un tanto sorprendido de su propia respuesta: 145 años no parece tanto, después de todo: Su padre a veces le hablaba de batallas que habían pasado 120 años antes. - Y eso suponiendo que encontrasen suficientes islotes para seguir creciendo.

- Efectivamente. Y ése fue el mayor problema para los habitantes de Tierra: que un día se encontraron con que cada vez había menos islotes para anexionar. Todavía encontraban muchos, muchísimos de hecho, pero no los suficientes para mantener una maquinaria que estaba orientada a crecer y crecer por siempre.

- Perdóneme... - se corrigió a si mismo Pedro -  Perdóname, mi Mareth, pero más bien sería un problema para las clases dominantes de Tierra, no para todos sus habitantes; pues los campesinos vivían de lo que producían.

- El problema lo fue para todo el mundo, Pedro, pues por aquel entonces la sociedad terrana había cambiado mucho. Pocos campesinos trabajan la tierra, la cual era mayoritariamente propiedad de empresas que habían mecanizado la explotación. La mayoría de las personas trabajaban para empresas que producían y comercializaban todo tipo de objetos. Todo el mundo necesitaba que las cosas se mantuvieran "como siempre", que en realidad quería decir como habían sido durante las últimas décadas; y en realidad eso era más necesario para las clases bajas que para las altas.

- ¿Y eso por qué? - preguntó él.

- Pues porque los obreros no tenían ya un campo al cual volver, ni tenían recuerdo de lo que era trabajar el campo, y además eran muchos más de lo que habían sido sus abuelos. Cuando los islotes empezaron a escasear y las empresas se dieron cuenta de que no podían devolver los créditos al 7% de interés, se aceleraron las quiebras y los despidos, y empezó a crecer una masa de desposeídos, de excluidos, de gente que no podía ganarse su sustento.

Las arrugas en la frente de Pedro demostraban no sólo que entendía la situación, sino que sabía que no era tan diferente a la que se había vivido en el mundo real, incluso en su isla, no tanto tiempo atrás como para que se hubiera borrado toda memoria de tanta barbaridad como siguió al desposeimiento en masa.

La Mareth debió adivinar sus pensamientos, porque en seguida le preguntó:

- ¿Qué crees tú que deberían haber hecho los terranos, llegado a ese punto?

A él no le costó demasiado pensarse la respuesta.

- Tenían que haber comprendido que nunca más volverían a encontrar tantos islotes y tendrían que haber aprendido a vivir con lo que realmente podrían conseguir. Adaptarse a lo que tenían, que sin duda era mucho más que lo que cualquier generación anterior había tenido.

Aunque la respuesta le sonó un poco a cantinela aprendida (seguramente, su padre se la había dicho muchas veces) la Mareth se dio por satisfecha. A continuación, le formuló la siguiente pregunta:

- ¿Y qué crees que hicieron, en realidad?

Tampoco le costó mucho pensar esta respuesta, y sonó más convincente y personal esta vez:

- No hicieron ni caso. Siguieron haciendo las cosas como las habían hecho hasta ese momento, y eso al final les llevó al caos, la destrucción y la muerte.

- Bueno, bueno, tampoco no nos pongamos tan dramáticos. Siempre hay tiempo para rectificar, aunque cuanto más se tarde peores serán las consecuencias, lógicamente. Lo que es interesante resaltar es que al principio actuaron con la misma lógica que tú utilizabas hace un rato, cuando me decías que pagando suficiente dinero se podía conseguir cualquier cosa.

Al fin él entendía a dónde quería ir a parar. Ella prosiguió:

- Los grandes comerciantes, los grandes empresarios, el sector financiero y los líderes de Tierra decidieron que el problema no era su modelo (de sociedad, de economía) sino encontrar más recursos. Así que decidieron asignar más dinero (y por tanto, dar acceso a más recursos) a la exploración de nuevas fuentes de energía y de materiales de manera que las empresas pudieran continuar con la expansión acostumbrada (entiéndase, desde su Revolución Industrial). El problema es que el dinero no sustituye al petróleo, el carbón o el acero. Así que se lanzaron a hacer auténticas barbaridades para intentar mantener su sistema de crecimiento infinito. Cambiaron sus leyes ambientales, laborales y sociales para explotar residuos muy marginales, que se extraían con minas a cielo abierto o fracturando la roca en profundidad, inestabilizando la isla y contaminando las reservas de agua, o arrasando bosques milenarios para extraer una brea viscosa que, tras complicados tratamientos químicos que generaba muchos residuos tóxicos, daban algo parecido al petróleo. Destruían enormes partes de la isla para intentar exprimir unas gotas más de los recursos, solamente para intentar seguir creciendo como antes, sin conseguirlo. Cambiaban la regulación del sistema financiero para que se pudiera prestar dinero a esos negocios ruinosos en contra de toda lógica, y cuando comenzaron las quiebras desviaron dinero público, recaudado de los impuestos de todos los terranos, para mantener a flote esas empresas, simplemente para intentar seguir creciendo cuando la cosa ya era imposible. Pensaron que lanzando toneladas de dinero sobre el problema lo iban a solucionar, cuando en realidad lo que hicieron fue agravarlo. Mientras tanto, el tamaño de la economía iba decreciendo y con ella las oportunidades de negocio financiero, que se iban adaptando al ritmo menguante de los recursos. En un momento dado, los tipos de interés llegaron al 0% y luego se hicieron negativos. El modelo basado en el crecimiento, simplemente, llegó a su fin con la incapacidad de encontrar cada vez más recursos.

Pedro asintió. Al fin entendía por qué el dinero no puede abrirse paso delante de todo; por qué creer que el dinero todo lo puede es una ilusión favorecida por la disponibilidad de crédito fácil, fruto de una época en la que los recursos son abundantes, y que aferrarse a esa ilusión, a esa quimera, resulta letal cuando los recursos comienzan a escasear.

- Ahora lo entiendo; gracias, mi Mareth - dijo por fin el muchacho - Ya sé que sólo es una historia, mi Mareth, pero, al final: ¿qué pasó?

Ella abrió la boca con una ancha sonrisa y dijo

- Es muy humano y hasta cierto punto inevitable que todos queramos poner un fin coherente a cualquier historia, aunque sea una mera parábola. Poner un final, negro o dorado, a cualquier historia es tentador, pero no debemos quedarnos prisioneros de una visión concreta de los problemas. Lo que les pasó a los terranos no estaba escrito, no era inevitable: ellos eligieron su desenlace. Igual que nosotros.


El chico se quedó callado unos minutos, absorto en sus pensamientos. Su Mareth comprendió que la lección ya estaba impartida y que su trabajo de aquel día ya estaba terminado. Poniéndose en pie y recogiendo sus cosas, ella dijo:

- Creo que ya basta por hoy. Para acabar la lección, quiero que hagas el siguiente ejercicio: ¿en qué se parece y en qué se diferencia la sociedad terrana de la nuestra? Me entregarás un ensayo razonado de no menos de 4 páginas el día de nuestra próxima sesión educacional.

Pedro tomaba notas apresuradamente mientras miraba cómo se preparaba para irse, y tragando saliva le preguntó algo que había deseado decirle durante toda la lección:

- ¿Puedo llamarte María? - dijo Pedro, y no puedo evitar bajar la mirada, un poco sonrojado y avergonzado.

A ella le hizo gracia tanto el descaro como el azoramiento del muchacho; por un segundo pensó puntualizarle: "Señora María, para tí", pero después se sonrió y le dijo:

- Por supuesto, Pedro. - y dándose la vuelta, añadió - Nos vemos la semana que viene.

Antonio Turiel
Junio de 2016


(posteriormente: Los Tres Reinos)