martes, 17 de noviembre de 2020

La Fiebre del Hidrógeno 2.0 (I)

Queridos lectores:

El maestro Beamspot vuelve a la carga con un análisis en profundidad, en varias entregas, de la nueva fiebre por el hidrógeno verde. Un análisis riguroso, técnico y profundo que seguramente servirá para aclarar muchas dudas.

Les dejo con Beamspot.

Salu2.

AMT


La Fiebre del Hidrógeno 2.0

Parte I.

 



El germen de esta miniserie viene de la primavera de 2020, durante la cuarentena de la primera ola del Covid, período en el que empecé a recibir muchos mensajes al respecto en esa burbuja autoreferencial que es el LinkedIn, en la cual llevo un tiempo muy metido por la situación laboral en una empresa que cerrará sus puertas entre 2021 y 2022, y no por culpa del Covid: la decisión es anterior.


Dada la variedad de artículos que se anunciaban a bombo y platillo en esa red social, empecé a investigar a qué se debía tanto anuncio comercial, y de dónde venía tanta histeria historia. Desde luego la coreografía incluía un elevado cartel de opciones, actores y una gran puesta en escena.


La mayoría de los artículos rezaban sobre el futuro del transporte y cómo éste pasa por el Hidrógeno. Pero no sólo eso. También hablaban mayormente sobre el hidrógeno como elemento de regulación de la producción renovable, mayormente obtenido a partir de agua de mar, y de cómo se estaba trabajando en un rango de vehículos con este combustible.


Así aparecían también un gran rango de anuncios de vehículos de todo tipo: trenes, camiones de gran tonelaje (Iveco, Mercedes, Hyundai, Nikola) y alcance, barcos, aviones (Airbus con tres variantes, nada menos), coches.


Que sí el hidrógeno es ‘verde’, que si plantas que aprovechan la energía eólica marina para sacar hidrógeno del mar, que si el transporte del futuro, especialmente camiones, que si meter el hidrógeno en la red de gas natural y así almacenarlo, que si combatir la intermitencia (y la inestabilidad) de las renovables, etc.


Muchos artículos al respecto. Todos ‘chupiguays chachipirulis’, ‘que buenos somos, que tipo tengo’, que ‘me duele la cara de ser tan guapo’…


Algunos ya habrán pensado que esto es ‘greenwashing’.


Pero es peor.


Así que, aunque ya he escrito sobre este tema, me permito analizar de nuevo y para los casos específicos que se anuncian, todo este entramado de la nueva ‘fiebre del Hidrógeno’, la apuesta europea enorme al respecto, y algunas de las cosas que hay detrás, aunque escribir esta miniserie va a llevar retraso dada la situación personal en que me encuentro.

 

 

 

Hidrólisis.

El hidrógeno, a pesar de ser el elemento químico más abundante de la galaxia, no es algo que tengamos a mano directamente. Siempre, en todos los casos, está combinado con otros elementos químicos, siendo el más habitual, el oxígeno con el que forma agua.


Por esa razón, el hidrógeno se debe considerar como un vector de transporte y almacenamiento de energía, no como una fuente de esta, ya que primero se debe obtener, y luego procesar para almacenar y/o transportar. No se ‘recolecta’ como el gas natural o el petróleo, o, ya puestos, una manzana.


Así pues, para poder usar el hidrógeno, primero debemos separarlo del oxígeno con el que conjuntamente forma agua con la archiconocida nomenclatura H2O.


El proceso de obtención a partir de agua se conoce como hidrólisis (de hidro, agua, y lisis, separar, dividir), y es relativamente sencilla: se aplica corriente eléctrica ‘continua’, y en un polo se obtiene oxígeno, y en el otro hidrógeno.


Sin embargo, otro elemento común es el metano (gas natural), etano, butano, etc. donde se combina con Carbono (CH4, C2H6, C3H8…).


También se obtiene de forma similar, aplicando electricidad, pero lo que se obtiene es hidrógeno y CO2.


Actualmente, la mayoría de hidrógeno que se obtiene comercialmente, un 98%, proviene del gas natural, nominal y mayormente, metano.


Eso implica que para obtener 1Kg de H2, se obtienen 11Kg de CO2. Y eso sólo por la reacción química, sin contar las emisiones asociadas a otros procesos anexos como la generación de electricidad.


Habida cuenta que un Kg de H2, sobre el papel, ‘tiene’ una energía de 39.9KWh, y que para conseguirlo se ‘gastan’ 4 Kg de metano, que tienen una energía de unos 60KWh (lo que equivale a unas pérdidas de más del 33%), uno se pregunta por qué ese 98% de H2 que se obtiene hoy en día (2020) proviene de gas natural y no de agua. Y encima, perdiendo energía por el camino (ojo, no sólo la química de 20.1 KWh, también la eléctrica que se le ha metido!) a la vez que se emite el CO2.


De hecho, el 3% del consumo de gas natural se usa para obtener hidrógeno, que, en su inmensa mayoría, no se usa precisamente ni para quemar, ni para almacenar (se transforma tal y como se produce, y en el mismo sitio), sino como materia prima para producir amoníaco como precursor de los nitratos, fertilizantes para la agricultura. Eso se lleva el 8.27% de la energía consumida anualmente.


La primera razón que viene a la mente del porqué es obvia, el precio. Y, además, es totalmente acertada.


El hidrógeno obtenido de gas natural es más barato que si se obtiene de agua, ya que la diferencia de coste de la electricidad (gasta mucha más la hidrólisis que el proceso Haber-Bosch) es enorme.


El precio de un Kg de Hidrógeno listo para usar en el transporte era de unos 14$/Kg (de 12.85 a 16$/Kg), con los cuales el Honda Clarity FCX (Fuel Cell eXperimental) cubre unos 100Km.


Obtenidos a partir de gas natural.


Con eso podemos hacernos una idea del precio que tendrá el hidrógeno obtenido a partir de electricidad, si factorizamos el coste de esta. Este punto, se retomará al final del artículo, porque obviamente, es donde está el tema.


Pero antes, retomemos el tema de la hidrólisis, el proceso para obtener el hidrógeno a partir de agua, porque precisamente es de esto de lo que van los artículos que últimamente están saliendo en los medios de comunicación, bajo la etiqueta de ‘Hidrógeno Verde’, y que vienen a cuento de ciertos planes europeos con inversiones multimillonarias.


La mayoría de estos planes que se anuncian, y que obviamente muchas grandes empresas están interesadas en promocionar (no hay PYMEs en este campo, precisamente, al menos que puedan competir), subrayan que la idea es usar agua de mar para hacer la hidrólisis.


Empecemos por recordar que el agua de mar es sumamente corrosiva. Si metemos electricidad, la cosa empeora. Sin embargo, hay un factor más complejo detrás de todo esto.


Hace siglos, el que es reconocido como el padre de la química, el francés Lavoisier, desarrolló un método para obtener sosa cáustica disuelta en agua, para así poder hacer jabón (se mezcla con aceite, y se produce la reacción química conocida como saponificación).


Obtener sosa cáustica es muy fácil de hacer: se coge agua de mar y se le aplica corriente continua.


¿Les suena de algo?

 

 


El resultado que obtenía Monsieur Lavoisier es un concentrado de agua y sosa cáustica, muy alcalino, más una cierta cantidad de hidrógeno (el elemento que se busca en este caso), oxígeno y cloro gaseosos.


Eso no sólo eleva la corrosión generada. El impacto ambiental es terrible: se alcaliniza fuertemente el agua de mar de los alrededores, haciendo la zona inhabitable, e incluso se podría llegar a prohibir el baño. A la par, se emite mucho cloro gaseoso a la atmósfera.


Da igual que no se concentre tanto la sosa como con el proceso de Lavoisier. La producción de sosa y cloro es directamente proporcional a la cantidad de hidrógeno generado. Y se está hablando de mucha.


(Obviamente, de esto no se dice ni una sola palabra, menos aún ninguna explicación, en los artículos o reportajes que, sin embargo, no se cansan de etiquetar este proceso de ‘verde’, ‘ecológico’, ‘renovable’, etc.


Habría que ver esta información cómo será tratada por la nueva ley de censura ‘veracidad’ aprobada. Me la juego a que seguirá igual o incluso más promocionada.)


Además, el efecto corrosivo que se ha mencionado implica unos elevados costes de mantenimiento.


A eso, hay que añadir el coste por ineficiencia. La hidrólisis tiene rendimientos que van del 50 al 70%, y es un tema que ya está bastante estudiado, así que no cabe esperar grandes avances en este sentido.


Es más, esos rendimientos sólo tienen en cuenta la electricidad que se le mete al proceso de hidrólisis, sin contar otros insumos energéticos como el calentamiento del agua (los rendimientos suben con la temperatura), presurización (ídem con la presión), bombeos varios, eliminación de la sosa diluida del proceso, etc.


Tampoco tienen en cuenta que el hidrógeno obtenido es de mala calidad, cosa que es sumamente importante para las celdas de combustible (como se verá en el correspondiente apartado), y que hay que purificarlo.


La eliminación del cloro, presumiblemente para volver a meterlo en el agua para reducir el impacto ambiental, es otro insumo que no se tiene en cuenta. Claro que igual lo dejan libre en la atmósfera…


Hay que aclarar, para ser honestos, que es precisamente aquí donde hay que trabajar y dónde se pueden dar mejoras (para que el rendimiento, al final, no baje del 50%).


Y otro elemento que reduce el rendimiento, es que generalmente estos se suelen dar en condiciones particulares estables de proceso, no en fases de calentamiento, eliminación, procesos por lotes, o variables, intermitentes.


A medida que se reduce la estabilidad del proceso, el rendimiento cae.


Todo eso implica, que para obtener un Kg de hidrógeno (recordemos, 39.9KWh), hay que invertir, en el mejor de los casos, 57KWh, sin contar otros insumos. Muy probablemente, un valor más realista está entre 60 y 70KWh, sólo para ese proceso.


Si en lugar de meternos con agua de mar, intentamos hacer la hidrólisis de agua dulce, en un principio nos encontramos con que estamos gastando un recurso que tiene otros usos importantes, como el agua de boca, el regadío, de consumo humano (sanitario) y de ganado, y el mantenimiento de caudales ecológicos de ríos.


Pero es que la hidrólisis de agua dulce generalmente suele pasar por meterle aditivos al agua para mejorar el rendimiento del proceso, obteniendo un residuo que NO es potable y que hay que procesar/eliminar. Así que el impacto ambiental de usar agua dulce es igualmente importante, e igualmente olvidado de forma muy conveniente por los interesados en la materia.


No sólo eso. Hasta la fecha, todo proceso de hidrólisis para obtener hidrógeno se ha hecho a partir de agua dulce, porque los catalizadores (aceleradores de la reacción) de agua salada duran poquísimo debido a la cantidad de cosas diferentes que hay en el agua de mar y que los atascan, obstruyen, rompen, saturan, taponan, corroen, etc.


Es decir, se está apostando contra un proceso nuevo que se sabe que es problemático y no rentable (de momento, dirán) en detrimento de un sistema más viejo, conocido y funcional… que tampoco es rentable: recordemos que sigue sin usarse.


A la vista de todo esto, no cabe esperar que el precio del hidrógeno ‘verde’ sea más barato que el del hidrógeno conseguido a partir de gas natural, si bien hay dos elementos que hay que ver cómo se imputan: el coste de la energía metida en el proceso (relacionada con el rendimiento), y las amortizaciones del equipamiento (a saber, no lo pagarán nunca las empresas, puesto que la Unión Europea ya ha decidido que lo pagaremos todos nosotros de nuestro bolsillo, lo usemos o no, haya otras prioridades – como la sanidad, jubilaciones, paro, ayudas al Covid – o no, lo primero son las grandes empresas ‘verdes’ que van a explotar estas inversiones que tan gentilmente les pagamos los currantes de a pie, y que nunca aparecerán en el balance de cuentas, igual que las partidas de mantenimiento).


Por supuesto, habrá que ver exactamente el precio del hidrógeno que se venderá, y a quién se le venderá, y cómo se le venderá. Sobre esto último, más en próximas secciones.

 

 

 

Almacenamiento y transporte.


Como ya traté en su momento, uno de los puntos complicados del manejo del hidrógeno es su almacenamiento y transporte.


Hoy por hoy, la gran mayoría del hidrógeno que se produce se gasta en el mismo sitio en que se produce, al mismo ritmo que se produce, y prácticamente en las mismas condiciones (y seguro que en las mismas instalaciones) en que se produce: las plantas de Haber Bosch por las que obtienen amoníaco como precursor de los nitratos de fertilizantes.


Eso implica que no hay ni almacenamiento de hidrógeno puro, y que el transporte, de haberlo, es de unos escasos metros. Y además su uso produce un elemento de elevado valor añadido.


Cuando tratamos de usar en diferido el hidrógeno, bien tenemos que almacenarlo, bien que transportarlo a otro lado para su uso. Muy probablemente, ambas cosas a la vez.


Los artículos que se han mencionado hacen referencia a ambas situaciones, si bien, bajo dos contextos diferentes y aplicables a la vez.


Por un lado, está el tema de meter el hidrógeno, cuando se produce, dentro de la red de distribución de gas natural (y veremos un ejemplo muy claro e inmediato de interés), donde el almacenamiento es más bien secundario, y además se hace mezclado con el mismo gas natural.


Por otro lado, está el almacenamiento y distribución de hidrógeno para el uso en medios de transporte. Hablan de forma más o menos clara, de su uso en camiones de distribución de grandes tonelajes y distancia, los trailers articulados habituales en nuestras carreteras y que mueven bienes y otras cosas entre países de la Unión Europea o incluso más allá. También entre ciudades relativamente separadas, como pueden ser Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Sevilla, La Coruña, Málaga, etc.


Y de trenes, barcos y aviones.


Empezaremos por el segundo caso, que es el menos favorable.



El hidrógeno es una de las moléculas más pequeñas que existen, así que tiene una tendencia muy grande a ‘filtrarse’ a través de paredes y los elementos de contención. 

Eso obliga a usar capas de forrado interno o ‘liners’ de ciertos materiales que reducen su difusión gaseosa. Pero estos liners no llevan muy bien los cambios de presión y temperatura asociados al proceso de compresión (para el llenado) y descompresión (vaciado) de los depósitos, lo cual obliga a hacer revisiones periódicas.


El transporte del hidrógeno gaseoso a alta presión, como la que se usa para los vehículos eléctricos a celda de combustible, se ha demostrado no ser competitivo debido al peso y volumen del depósito en comparación con la cantidad de hidrógeno, que es muy ligero y poco denso (por eso se usaba para hacer dirigibles, como el Hindemburg).


Por eso, en bastantes casos, el transporte rodado (camión o tren) se hace de forma criogénica, a 20K, es decir -253ºC lo cual hace más factible el transporte a largas distancias, si bien a un coste energético notable para el enfriamiento y licuefacción del hidrógeno, más la posterior regasificación. 


Eso para largas distancias. O para almacenamiento local de ‘larga duración’.


Algo que reduce aún más la eficiencia. Y causa otra serie de problemas con los materiales utilizados, haciendo los depósitos caros.


Una ‘empresa’ acostumbrada a usar hidrógeno, especialmente en fase criogénica, procura evitarlo en la medida de lo posible, y no se trata de cualquiera, sino de la NASA, que lo utiliza sólo en las etapas de mayores prestaciones de los cohetes. Para el resto, prefieren usar otras cosas como hidrocarburos refinados, o incluso un gas tóxico como la hidrazina antes que el hidrógeno.


Y es que el hidrógeno es un elemento peligroso como para almacenarlo de cualquier manera.


Por todo esto, su almacenamiento es bastante complicado, y parece ser que para el caso de vehículos, lo es todavía más para cubrir todos sus requerimientos.


Hay bastante científicos que ante semejante problema, consideran más recomendable el ‘invertir’ más energía y pérdidas para hacer metano sintético, que usar el hidrógeno, ya que es más fácil de almacenar y manejar, por lo que el coste energético por un lado, compensa los problemas que da el hidrógeno en este apartado por el otro.


Entrando más en detalles, el almacenamiento que se está trabajando para vehículos se hace en depósitos a unas 700 atm. Sólo comprimirlo (una vez) a estas presiones, ya implica perder alrededor del 7% de energía. 


Y hacen falta varias recompresiones, hasta que se alcanzan las 880 atm para poder rellenar el depósito.


Peor aún. Hemos hablado de los liners. Un material habitualmente utilizado para estos fines es el polietileno de alta densidad (HPE, por sus siglas en inglés), que es una variante del plástico usado en las bolsas de súper esas que están prohibidas (suele ser polietileno de baja densidad en ese caso).


Y cómo sabemos, los plásticos no son muy amigos de las altas temperaturas. Y al comprimir el Hidrógeno a semejantes presiones, se alcanzan temperaturas de más de 150 ºC, lo cual no es aceptable, especialmente para un liner que no lleva bien el calor, o los componentes orgánicos de los composites necesarios para el depósito.


Así que lo que se hace es enfriar el hidrógeno ANTES de comprimirlo, a 40 ºC bajo cero. Así sólo se llegan a temperaturas de 85ºC al final del proceso de compresión, unos pocos minutos más tarde. Es decir, en pocos minutos, un depósito pasa de estar vacío metiéndole gas a -40ºC, a estar sometido a presión, 700 atmósferas, y a 85ºC.


Si eso no es stress mecánico y térmico…


Obviamente, eso implica que hay que revisar el depósito a menudo para detectar posibles fallas, especialmente en el liner que es el que más sufre el cambio térmico, para reducir posibles fugas del peligroso gas que tiende a acumularse en las zonas altas (es decir, en el techo del habitáculo del coche).


Y probablemente se tenga que sustituir cada cierto tiempo (¿cada 2 años como los catalizadores?)


Recordemos que las concentraciones de hidrógeno en aire que son explosivas van del 4 al 75% (el gas natural sólo explota entre 5 y 15% de concentración en aire).


Obviamente, si queremos que ese depósito pese poco y ocupe relativamente poco espacio, estamos hablando de que la parte estructural tiene que ser de fibra de carbono, que no es precisamente barata.


En cualquier caso, estamos hablando en todo momento de derivados del petróleo o otros elementos fósiles como el carbón.


Y aún así estamos hablando de depósitos que ocupan más de 180 litros, pesan decenas de quilos, 91Kg en el caso del Honda FCX Clarity, para sólo 4Kg de H2, que da como 400Km de autonomía. Y no se puede meter donde uno quiera, ya que tienen que tener forma esférica o cilíndrica para poder soportar tamaña presión.


En comparación, un depósito de gasoil de 60l ocupa unos 62 litros, con cualquier forma, y pesa menos de 10 Kg.


Además, para todo el proceso de almacenaje y distribución, hace falta el ir recomprimiendo el gas varias veces. Primero, para almacenarlo tras la producción. Segundo, para meterlo dentro del camión/barco de transporte que, para las circunstancias, podría llegar a ser incluso un transporte criogénico. Tercero, para meterlo en la estación de recarga (igual hay pasos intermedios, como de barco a camión, antes de llegar a la estación hidrogenera), y, por último, en el vehículo que lo va a gastar.


Dadas las sucesivas recompresiones, con sus respectivas refrigeraciones para evitar temperaturas que dañen el liner prematuramente, estimar las pérdidas sólo en este apartado de presiones en un 10% es ser optimista. Sin hablar de refrigeraciones para transportes criogénicos, las pérdidas relativamente elevadas a esas presiones (del orden del 1% al día).


Tampoco hemos abordado las pérdidas por el propio transporte, por el consumo del vehículo (o los vehículos) que distribuye el hidrógeno generado. Habida cuenta del tamaño y peso del depósito, y que el uso del hidrógeno no es precisamente muy eficiente, el gasto sólo por transporte es bastante más elevado, más del doble, con respecto, por ejemplo, del gasoil. 


Por cierto, los barcos a gasoil (mejor dicho, búnker, para hablar con propiedad) tienen un rendimiento del orden del 50%, ya de por sí superior por defecto al del hidrógeno.


Y eso que aún no hemo hablado de cómo se usa…

Celdas de combustible.


Cuando se habla de usar hidrógeno en el transporte, hay dos modalidades posibles: una es la de ‘quemarlo’ como gas en un motor de explosión, y la otra es la de usar lo que se llama una celda de combustible.


‘Quemar’ hidrógeno en lugar de otro combustible es algo factible con motores que normalmente consumen gasolina (con encendido por chispa, no por compresión como los más eficientes diésel), es decir, vehículos no pesados, y no es algo con un rendimiento espectacular, precisamente.


El uso de celdas de combustible implica vehículo eléctrico, puesto que dichas celdas, también conocidas como pilas, básicamente convierten el hidrogeno en electricidad al realizar el paso inverso de la hidrólisis. De facto, es exactamente la misma reacción que se produce en las baterías eléctricas de litio, de plomo, alcalinas, de Níquel – hidruro metálico, etc.


La mayor diferencia entre estas últimas y las celdas es que mientras las primeras tienen todo lo necesario para su funcionamiento dentro, incluyendo el ‘combustible’, en las celdas de combustible sólo se tiene la parte que realiza la reacción química propiamente dicha, y en ciertas condiciones, pero no contienen el ‘combustible’, éste es dosificado proveniente de un depósito, y los restos, expulsados a la atmósfera.


Eso tiene un lado positivo: que el ‘combustible’ se almacena de forma separada, así que es muy fácil de recargar, aumentar la capacidad, etc. sin modificar la celda de combustible.


Pero tiene un lado negativo: al expulsar el resultado de la reacción química, a saber, vapor de agua (que ya se explicó que es un gas de efecto invernadero), no puede reprocesar éste en una reacción inversa, recuperando así energía, como sí pueden hacer la baterías eléctricas.


Dicho de otra forma, no puede hacer regeneración de energía durante las frenadas o largas bajadas.


Además, por la forma y las limitaciones de uso, que hacen que sólo funcione bien dentro de un estrecho margen de potencia, las celdas de combustibles se usan sólo para recargar la batería principal del vehículo.


Es decir, no eliminan la batería eléctrica, sólo reducen su tamaño (y precio), aunque eso tiene otras implicaciones como que acortan la vida útil de la misma.


Se está investigando el usar packs de supercondensadores o bacitores en lugar de baterías, lo cual implica un menor peso, una mayor capacidad de potencia y una vida útil más larga, pero no está claro si el precio se va a compensar (no se destina dinero a la investigación de esa vía, seguramente porque ya hay demasiado comprometido con unas baterías de litio para las que este 2020 pronosticaban que una densidad de 1KWh/Kg, cuando en realidad no llegan a los 0.3KWh/Kg, menos de la tercera parte, a pesar de las grandes sumas invertidas).


Por tanto, las celdas de combustible no reducen de forma muy grande el peso del vehículo, ni su volumen, puesto que los depósitos de almacenamiento de H2 son voluminosos, pesados y caros al no haberse alcanzado los objetivos que se habían propuesto alcanzar para estas fechas.


Eso básicamente implica que su uso será más adecuado donde sí se note la diferencia, a saber, en vehículos que necesiten potencia, par y grandes capacidades energéticas difíciles de proporcionar por baterías de litio: los camiones de gran tonelaje y largas distancias. Quién dice camiones, dice trenes en vías sin electrificar, barcos, aviones.


Hay más elementos a tener en cuenta sobre las celdas de combustible. Para empezar, el rendimiento.


Ese rendimiento depende de dos factores: la ‘carga’ o % de potencia nominal suministrado, y el tipo de celda de combustible.


Tipo de Pila

Electrolito

Catalizador

Temperatura de Operación(ºC)

Potencia

Eficiencia Eléctrica(%)

Usos Principales

Ventajas

Inconvenientes

PEMFC

polímero sólido

Platino

80-95

(0,1-100)kW

  • 40-60 (pila)

  • 30-50 (sistema)

  • Vehículos de transporte (más común)

  • Aplicaciones estacionarias (residencial y comercial)

  • Telecomunicaciones

  • Temperatura de operación baja

  • Arranque rápido

  • Coste del catalizador

  • Sensibilidad a las impurezas del combustible

DMFC

polímero sólido

Platino

50-120

1mW-100kW

  • 20–30 (pila)

  • 10–20 (sistema)

  • Aplicaciones de pequeño tamaño(teléfonos móviles, ordenadores portátiles, etc)

  • Facilidad de transporte del metanol

  • Alta densidad de potencia del metanol

  • Baja eficiencia

AFC

solución de hidróxido de potasio en agua

metales no preciosos

105-245

(10-100)kW

  • 60-70 (pila)

  • 62 (sistema)

  • Aplicaciones espaciales

  • Aplicaciones militares

  • Vehículos de transporte (menos extendido)

  • Rendimiento alto

  • Bajo coste de los componentes

  • Sensible al CO2 del aire

PAFC

Ácido fosfórico líquido

platino sobre base de carbono

180-205

>10MW

  • 55 (pila)

  • 36-42 (sistema)

  • Aplicaciones estacionarias (residencial y comercial)

  • Vehículos de transporte (más reciente)

  • Alta tolerancia a las impurezas

  • Coste del catalizador

  • Arranque lento

  • Baja densidad de potencia

MCFC

carbonatos alcalinos sobre una matriz cerámica

material de los electrodos (no platino)

650

100W

  • 50-60 (pila)

  • 47 (sistema)

  • Aplicaciones estacionarias (residencial y comercial)

  • cogeneración

  • Alta eficiencia

  • Admite gran variedad de combustibles y de catalizadores

  • Corrosión debida a las altas temperaturas

  • Arranque lento

  • Baja densidad de potencia

SOFC

sólido cerámico

material de los electrodos (no platino)

800-1000

>100kW

  • 60-65 (pila)

  • 50-60 (sistema)

  • Aplicaciones estacionarias (comercial e industrial)

  • Cogeneración

  • Vehículos de transporte (trenes)

  • Alta eficiencia

  • Admite gran variedad de combustibles y de catalizadores

  • Corrosión debida a las altas temperaturas

  • Arranque lento




La tabla anterior, extraída de la Wikipedia, da una idea de los tipos que existen hoy en día. Los rendimientos de los que habla son rendimientos eléctricos: electricidad suministrada con respecto de la máxima teórica que se podría obtener. Hay ciertas aplicaciones, empero, en las que se ‘añade’ otra eficiencia: la calorífica para producir agua caliente o vapor a baja presión/temperatura, puesto que ciertos tipos trabajan por encima de los 600ºC.


Entre los diferentes tipos, hay algunos que son muy delicados, y otros que son robustos. Hay muchos que utilizan metales preciosos como catalizador (habitualmente platino), y los hay que no. Y los hay que utilizan tierras raras (habitualmente Lantano, el más común de estos elementos químicos, pero además suelen usar Itrio, otro elemento que no es una tierra rara, pero que se le considera como tal), y los hay que no.


También los hay que trabajan a temperatura ambiente, y los que trabajan ‘en caliente’.


Vamos, que hay variedad.


Resulta que hay uno que es muy estimado por la industria, llamado SOFC, (celda de combustible de óxido sólido, y la MFC que es muy parecida), que tiene un gran rendimiento tanto eléctrico como calorífico… porque trabaja a más de 600ºC, no usa metales preciosos, es muy robusto en frente a la calidad del gas o incluso otros elementos usados para producir electricidad (hay variantes que usan metanol, metano, etc) y es relativamente durable, es decir, no hay que cambiarlo tan a menudo como otros tipos.


Sólo que trabaja a más de 600ºC, tarda una hora en calentarse al punto de trabajo necesario, utiliza tierras raras como el Lantano, Estroncio, Cerio y el mencionado Ytrio, a veces también Zirconio… todos ellos elementos que tampoco son baratos pero sí escasos, si bien tanto el Lantano como el Cerio son subproductos de extraer Neodimio y Disprosio, que son necesarios para el motor que tiene que mover a estos vehículos, o los grandes aerogeneradores de gran potencia.


Aún así, el rendimiento de la celda está en el 60% a régimen estable (justo lo que no tienen los motores de los vehículos, un régimen estable) sin contar las pérdidas por otros elementos, como sería en el caso de un camión, la refrigeración del calor sobrante, por la caída de presión del depósito de combustible, o el consumo de combustible durante una hora para ponerlo a la temperatura de trabajo… Y lo que se pierde por la intermitencia de ir cargando la batería con períodos de no cargarla.


Hay otros que serían más adecuados para usar en coches incluso, sin problemas de calentamiento (trabajan a temperaturas bajas, incluso a temperatura ambiente), son menos voluminosos (no hay que enfriarlos), y no utilizan tierras raras… utilizan platino, y duran poco, haciéndose necesario el cambio del catalizador de platino cada dos años… si la mala calidad del gas suministrado no lo estropea antes.


Y eso sin mencionar que, en muchos casos, la concentración de oxígeno no es suficiente y como mínimo hay que comprimir el aire (para aumentar la cantidad de O2 presente en la celda y obtener el rendimiento establecido), por no decir que hay que llevarlo encima, de forma pura (sin el >70% de N2 que tiene nuestra atmósfera) y comprimida dentro de una bombona.


Algunas sólo quieren trabajar con oxígeno puro o aire muy purificado, como la AFC.


Sea el caso que sea de estos dos últimos, es otra bajada (encubierta, no contabilizada) del rendimiento, ya que hay que comprimir, y probablemente separar el oxígeno, más el problema de que consumimos más porque tenemos que llevar más peso, otro depósito, etc.


Eso, o el rendimiento de la celda cae mucho debido a la falta de oxígeno. Cosa que se acentúa con las alturas (subidas a montañas, localidades muy por encima del nivel del mar, como México capital), etc. Por no hablar de posibles fallos catastróficos por contaminación por CO2, por ejemplo.


El mejor de los casos, contando solo pérdidas de electrólisis siendo ésta óptima (70%) y una pila de combustible en el punto óptimo (60%), tenemos un rendimiento del 42%.


Si sumamos las pérdidas por la gestión y el almacenamiento del hidrógeno, el rendimiento no va a superar nunca un 30% real y efectivo.


Pésimo.

 

 

En comparación, un vehículo a batería puro tiene un rendimiento de más del doble, por encima del 70%. Eso implica que hay que producir como mínimo más del doble de la electricidad de origen renovable que usando vehículos a batería pura.

Y todo, para tener algo de almacenamiento, reducir algo el peso de los vehículos, ahorrar algo en unas caras, voluminosas y pesadas baterías, y así tener la posibilidad de vehículos pesados de transporte que de otra forma serían inviables. Amén de facilitar la recarga.


Decir que semejante opción es el futuro quiere decir una de dos cosas: o que no saben de qué están hablando, o que ya dan por imposibles los camiones de gran tonelaje a batería, como ya dijo Bill Gates… y algunos más.


Lo más probable: ambas cosas.


Resumiendo:


  • Un vehículo a celda de combustible no elimina la batería, sólo la reduce.

  • Con ello, acorta la vida útil de dicha batería, aunque se puede utilizar una de LiFePO que dura más, con mayor peso, precio por KWh, volumen, y menor rendimiento al necesitar un 20% más de litio que las utilizadas comúnmente, y que no tienen margen de mejora apenas pues están ya a un 98% del rendimiento teórico máximo.

  • El peso y volumen del depósito de hidrógeno apenas compensa la diferencia de peso.

  • Las soluciones actuales utilizan materiales escasos y caros, y tienen sus inconvenientes para este tipo de aplicación.

  • El bajo rendimiento implica que hace falta mucha más generación eléctrica. Y más capacidad debido a que no puede regenerar energía en tantos casos como las baterías.

  • La infraestructura de recarga, aunque en apariencia sencilla de transformar, no lo es tanto, y la logística de reparto es otro problema añadido que implica utilizar muchísima más energía que se pierde en comparación con otras opciones.

  • El precio está por ver, pero todo apunta a que no será más competitivo que las caras baterías.

  • Con estos datos, no parece para nada viable esta opción, especialmente para vehículos ligeros y coches. Y quién lo dice esta vez, es alguien con interés en el tema de vender vehículos: VW.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Colonialismo vs nacionalismo energéticos


 

Queridos lectores:

Hace unas semanas planteábamos que el actual y creciente interés europeo por el hidrógeno verde tiene mucho que ver con un intento de apropiación de los recursos energéticos de otros países, y esa voluntad se ve más clara en los repetidos anuncios de proyectos de grandes empresas para desarrollar trenes propulsados por hidrógeno, cuando la electrificación de las línea férreas que aún no están electrificadas sería muchísimo más eficiente... excepto, claro está, si lo que pretendemos es transportar el hidrógeno verde desde el corazón de África (para tener más detalles pueden consultar el post que he enlazado más arriba).

Conviene, antes de todo, recordar dónde estamos. Si en su informe anual de 2018 la Agencia Internacional de la Energía (AIE) anticipaba que en 2025 podríamos tener un déficit de petróleo de al menos un 13% y posiblemente hasta del 34%,


en el último informe nos mostraba un escenario más preocupante.

 

 

La franja marrón claro representa cómo evolucionaría la producción de petróleo sin más inversión. La franja de color marrón más oscuro es cómo evolucionaría si simplemente se invierte en mantener y ampliar los campos existentes. La verde es la producción de nuevos campos de petróleo que entrarían en operación si se cumple lo marcado en el escenario de Desarrollo Sostenible del último informe anual de la AIE. Por último, la franja azul representa los nuevos campos de petróleo que entrarían en operación adicionalmente a los del escenario anterior si se cumpliera el escenario de Políticas Anunciadas.

Para aquellos que se empeñan en darle una interpretación positiva a la gráfica anterior, déjenme que les recuerde las máximas cooperativas de Grice en comunicación: cuando uno cuenta algo, se considera que está enfatizando aquello que considera importante para quien lo escucha. Hasta hace un par de años, cuando la AIE presentaba sus gráficas sobre los escenarios de producción de petróleo destacaba los tipos de hidrocarburo líquido que se incluían en esa categoría, porque, como sabemos, no todos son equivalentes, y la AIE consideraba relevante indicar cuánto sería petróleo crudo convencional, cuánto biocombustibles, cuánto petróleos extrapesados, etc. Desde 2018, toda esa distinción queda borrada y la AIE nos informa de cuánto petróleo se va a producir según se invierta más o menos. Eso, al tiempo que nos reconoce (por ejemplo, en el informe de 2018) que se observa una caída en la inversión, o en el informe de este año, donde avisa que podría haber problemas de suministro ("problemas de seguridad energética", le dicen) debido a la falta de inversión. Está claro, por tanto, que ahora lo que se considera más importante es aclarar cuál va ser el escenario de inversión para los próximos años, sobre todo cuando en este momento nos movemos entre el peor escenario y el segundo peor, como muestra esta gráfica de Rystad Energy:



Conviene recordar que en el informe de la AIE de 2018 se decía que para evitar los peores escenarios la producción del fracking estadounidense se tenía que multiplicar por 3. Sin embargo, el sector del fracking lleva años sin ser rentable y acumulando quiebras, y este año las quiebras se han disparado y ha afectado a alguna de las empresas más importantes del fracking, como Chesapeake o Chaparral: la deuda acumulada en quiebras del sector petrolero estadounidense ya llega a los 300.000 millones de dólares.

El caso es que simplemente por la caída del número de pozos en perforación, ya se puede asegurar que el año que viene la producción de petróleo de los EE.UU. caerá desde los 13 millones de barriles diarios (Mb/d) que consiguió efímeramente a finales del año pasado a solo 6 Mb/d el año que viene.


Estados Unidos, que fue el único país que evitó que el mundo llegara al peak oil en 2015. Estados Unidos, que era quien tenia que evitar los peores escenarios del declive petrolífero de aquí a 2025 multiplicando por tres su sector del fracking. Ese mismo Estados Unidos está viendo cómo su sector petrolero se va al garete. Y con él, el de todo el mundo.

Es por eso que Antonio Brufau, presidente de la petrolera española REPSOL, dice ahora que "el capitalismo ya no funciona". Y es que en los próximos años, para evitar los peores escenarios, será necesario que los Estados actúen. Y que lo hagan de manera muy decidida. No basta con los mecanismo de mercado: hace falta que las administraciones tomen cartas en el asunto para evitar una caída estrepitosa de la producción de petróleo y con ella una verdadera catástrofe económica y social.

¿Qué pueden hacer los Estados para hacer frente a esta situación? Depende mucho de si hablamos de Estados de países productores de petróleo o de países consumidores de petróleo, aunque hay una serie de medidas que podrían ser comunes. Una de ellas es el fomento de la inversión en este sector estratégico. Lo malo es que dado lo breve del plazo para actuar (en un par de años vamos a comenzar seriamente a notar los efectos de la caída de la producción) los instrumentos habituales (incentivos fiscales como exenciones de impuestos, créditos a bajo interés...) no van a tener mucho éxito, máxime cuando los inversores ya vienen escaldados de haber tenido grandes pérdidas en compañías petroleras, sobre todo de fracking y petróleos extrapesados. Así pues, lo más probable es que todos los Estados intervengan directamente, de una u otra manera, en las industrias relacionadas con el petróleo, desde la extracción (en el caso de tener yacimientos) hasta el refinado y la distribución; en los casos más extremos, habrá nacionalizaciones de aquellas instalaciones que nadie quiera asumir. Otra medida que probablemente se implementará en todo el mundo es alguna suerte de racionamiento, diferente según los países. El racionamiento es necesario para los países exportadores, para garantizar que tienen más petróleo para exportar; y es necesario en los países importadores, para hacer frente a la escasez. Cómo se articula el racionamiento según los diferentes contexto es algo muy complejo, y me temo que en muchos casos los Gobiernos darán palos de ciego, dado lo excepcional e "inesperado" de la situación, de manera semejante a los errores que se han dado en la gestión de la crisis de la CoVid-19.

Una política de racionamiento, aparte de que siempre produce efectos indeseados como el mercado negro, es un auténtico veneno para la actividad económica. Las políticas económicas expansivas no son compatibles con un acceso limitado y restringido a la energía: con racionamiento no hay crecimiento. Pero la fe en la religión del crecimiento es demasiado fuerte entre nuestros líderes y por tanto el crecimiento no es cuestionable. Así que, acorralados por una realidad que en pocos años nos va a abocar al descenso energético, algunos gobiernos occidentales están buscando alternativas, maneras de conseguir acaparar suficiente energía para garantizar su crecimiento.

En el caso concreto de Europa, una de esas estrategias tiene que ver con el tren del hidrógeno y la apropiación de la energía hidroeléctrica producida en el corazón de África que comentaba al principio del post, pero ése es un plan a medio-largo plazo. En el corto plazo, se deben buscar alternativas para parchear la situación. Y es aquí donde España está llamada a ocupar una posición relevante.

Con 108 gigavatios (GW) de potencia eléctrica instalada en un país con un consumo medio alrededor de los 30 GW y un consumo máximo de 45 GW en julio de 2008, España tiene claramente un exceso de capacidad eléctrica instalada: España tiene el potencial de producir más electricidad de la que puede consumir, y eso aún teniendo en cuenta el factor de planta de los diferentes sistemas. Efectivamente, con 70 o a lo sumo 80 GW de potencial eléctrica instalada España podría cubrir perfectamente sus necesidades de electricidad actuales. Peor aún: el consumo eléctrico de España está en decadencia desde la crisis de 2007, así que el exceso de capacidad productiva se agrava con los años.

 

Generación eléctrica en la España peninsular 2017-2019 (Fuente: Red Eléctrica Española, elaboración del autor). El cambio de criterio de REE desdobla la categoría eólica en 2011 y genera una extraña cuña en medio del gráfico.

Si se fijan, hemos pasado de los 290 TW·h producidos en 2008 a los poco más de 260 TW·h de 2019, una caída de más del 10%, y encima este año, con la CoVid, hemos bajado aún más. Nos sobra capacidad productiva eléctrica porque no tenemos mercado para ella. Peor aún, con la crisis de consumo que comienza en 2008 y que obviamente no ha terminado, la demanda eléctrica sigue bajando paulatinamente.

Y a pesar de lo cual en el último año, con la llegada del gobierno socialista, se han disparado en España las solicitudes de nuevas instalaciones fotovoltaicas sobre todo y también eólicas. ¿Qué sentido tiene eso en un país sobreabastecido eléctricamente y que tiene una crisis de consumo que está minando, precisamente, el uso de la electricidad?

El contexto, por supuesto, es la forma que está tomando el Green New Deal europeo, y más recientemente la manera como se está articulando el fondo de rescate europeo para paliar los efectos económicos de la CoVid-19. Mientras que los fondos dirigidos a aliviar la situación social generada por esta enfermedad son una y otra vez protestados por diversos países y retrasados en su aprobación, la parte referida a la recuperación económica ha sido mucho más fácil de aprobar. Lo más curioso es que se deja muy claro que estos fondos deben ser dedicados al fomento de la economía verde y digital, y la transición energética. Y eso también reza para España. Especialmente para España y los otros países del sur de Europa.

Pero, ¿qué tiene España a ganar en instalar más sistemas de producción de energía renovable, cuando su sistema eléctrico ya tiene más sistemas de generación de los que necesita? ¿De qué va servir, si encima el consumo eléctrico está cayendo?

Es un secreto a voces cada vez mayores (hasta el punto de que ya realmente no es un secreto) que Francia tiene un serio problema con su producción de electricidad nuclear: en este momento, solo el 53% de su parque nuclear está operativo (y ya sabemos por qué). La situación está tan apurada que la escasez eléctrica francesa está empujando al alza repetidas veces el precio de los países más interconectados con ella, como por ejemplo pasó el 21 de septiembre a las 19:00.

 

Es interesante hacer notar que en España el precio se mantuvo en ese momento en 50€/MW·h, precisamente por lo poco interconectados que estamos con Francia. La noción de que la electricidad en España es de las más caras de Europa va a quedar pronto obsoleta, porque la situación de Francia no tiene visos de mejorar, si acaso de empeorar. Por eso Francia es uno de los países que más fomenta actualmente la idea del hidrógeno verde: los planes de interconexión con España no marchan como estaba esperado y se necesitarían muchas más interconexiones y de mucha más capacidad para drenar el excedente español. Está, además, el pequeño problema del transporte eléctrico de largas distancias y su impacto en la pérdida de sincronía del voltaje (un tema apasionante que Beamspot abordará, dentro del marco más general de la fiebre del hidrógeno, en el próximo post). Así que aquí entra, de nuevo, el hidrógeno verde.

Europa pretende que se instalen 6 GW de potencia en plantas de electrólisis de aquí a 2024 (lo breve del plazo es también reminiscente de las dificultades con el petróleo que mencionamos al principio del post), y llegar a los 40 GW en 2030, de los cuales 4 estarían en España (un 10% del total, similar al porcentaje de área y población que representa sobre el conjunto de la UE). A pesar de lo ruinoso del proceso (se va a perder al menos un 50% de la energía en toda la cadena de transformaciones y usos), usar hidrógeno verde podría permitir mantener la flota de maquinaria pesada que tiene la UE, aunque con no pocas y caras adaptaciones. Como además el hidrógeno, aunque sea a alta presión (750 bares), tiene 3 veces menos energía por litro que el gas natural (a presión ambiental), teniendo en cuenta las pérdidas de energía en los procesos, el coste por caloría del hidrógeno es muy caro. En suma, Europa está apostando por un método muy caro pero imprescindible para mantener su maquinaria pesada en marcha. Y en esta maniobra España, con sus excedentes eléctricos, desempeña un papel fundamental, mientras no acaba de llegar el hidrógeno del Congo.

¿Es esta estrategia la mejor para los intereses de España?

Las plantas de electrólisis son caras y difíciles de mantener (y de alto impacto ambiental, tanto si usan agua de mar - por los otros subproductos de la reacción - como si usa agua potable - muy necesaria para otros usos y que escasea en España). Al mismo tiempo, España tiene electrificada su vía férrea en más de un 64%, y sería mucho más barato, fácil de mantener y con menor impacto electrificar la mayoría  de lo que falta. De ese modo, España podría hacer pivotar sobre el tren el transporte de mercancías, delante de la situación de emergencia que se avecina y para la cual nuestros vecinos del norte se están preparando a su manera (una manera que no es necesariamente la mejor para España). Para el transporte de proximidad y maquinaria indispensable se reservaría el petróleo que aún podamos comprar, mientras vamos poniendo en marcha un montón de medidas, soluciones parciales, desde producir los caros y ambientalmente impactantes "hidrocarburos derivados del carbón" aprovechando el carbón nacional, hasta la producción de biocombustibles y biogás en cantidades limitadas, o incluso de hidrógeno a escala reducida para aplicaciones concretas.

Para las compañías eléctricas, el planteamiento que se está haciendo con el Green New Deal europeo les parece realmente beneficioso, y por eso apoyan a ojos ciegos el hidrógeno verde y toda su parafernalia, en particular porque encarecerá enormemente el precio de la electricidad y aumentará sus beneficios. Para el resto de empresas en España, y para el conjunto de sus ciudadanos, la apuesta de todo al hidrógeno verde es ruinosa, al menos planteada a esta escala y con esta intención.

¿Qué es lo mejor para España, ahora que el momento de la verdad se acerca? ¿Hacer seguidismo de unas políticas europeas que, como siempre, nos ven como un recurso a explotar a su conveniencia - mientras nos acusan de vagos e incompetentes? ¿O bien plantar cara y decidir que la política energética es estratégicamente de interés nacional y por tanto competencia exclusiva nuestra? ¿Queremos ser una colonia energética de nuestros vecinos del norte, a costa de acabar de arruinar nuestra economía, o bien vamos a reafirmar nuestro derecho a gestionar nuestro destino a nuestra mejor conveniencia?

Ésta es la pregunta. Falta saber si alguien tendrá el valor de contestarla correctamente.

Salu2.

AMT

miércoles, 14 de octubre de 2020

World Energy Outlook 2020: La dificultad de seguir engañándose


Queridos lectores:

Un año más, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha publicado su informe anual sobre la situación actual y la previsible evolución futura del consumo mundial de energía, el World Energy Outlook (WEO). La edición de este año es un tanto peculiar, porque se ha adelantado en un mes a la fecha habitual de publicación, justificándose este adelanto por los importantes cambios económicos y estructurales que han sobrevenido a consecuencia de la irrupción de la CoVid-19. Por esa misma razón, se nos dice, aunque los escenarios de previsión que se desarrollan como cada año tienen un horizonte de previsión de 25 años, el foco del informe se va a poner en los próximos 10 años. Esto es ya en sí bastante inquietante, porque es conocido que cuando uno se acerca a un punto de transición o de ruptura la capacidad de predecir se acorta considerablemente (lógicamente, uno no sabe qué pasa exactamente después de ese punto, que representa un cambio brusco). Que la AIE no quiera discutir en profundidad qué va a pasar más allá de 2030 es bastante significativo, porque en el fondo es un reconocimiento de que en el momento en el que estamos intentar vislumbrar qué puede suceder en los próximos 25 años, cosa ya de por sí difícil, es ahora completamente imposible. Siguiendo con las peculiaridades de este WEO, nos encontramos que es el más corto que yo haya leído desde que comencé este blog: "solo" 464 páginas, cuando algunas ediciones anteriores habían tenido casi el doble. También eso es mala señal, porque da la impresión de que los responsables del informe de este año no quieren involucrarse demasiado ni complicarse con previsiones que saben seguro que no se van a cumplir. Así que este año, por lo que parece, iremos más al grano.

Como siempre, lo primero que he hecho es buscar la expresión "peak oil". Solo la he encontrado una vez, en la página 178, y encima asociado a la palabra "demanda", es decir, una vez más el falaz concepto de "pico de la demanda de petróleo"; y la frase donde aparece la expresión en cuestión también tiene su miga: "El cenit de la demanda de petróleo ya es una realidad en las economías avanzadas, con la demanda bien por debajo del punto alcanzado en 2005". Curiosa coincidencia de fecha, que es aproximadamente la del cenit de producción de petróleo crudo convencional; justamente, por culpa de que el petróleo convencional ya no daba para más fue cuando el mundo se lanzó a una loca carrera para buscar fuentes extrañas (y poco eficientes) para compensar esa caída. La palabra "peak", sin embargo, aparece la friolera de 56 veces, asociada a conceptos como "pico de emisiones de CO2" (lo cual en principio sería positivo), "pico de producción de carbón" (!!), "pico de ventas de coches" (!!) e incluso "pico de producción de electricidad" en ciertos países (!!!!). Es decir, que a pesar de que se intenta proyectar una cierta imagen de normalidad, todo el WEO parece estar hablándonos de límites.

Yendo ya al análisis del WEO en sí, está estructurado de una manera que no es la habitual: comienza con el resumen ejecutivo,  una introducción y visión general, y después tiene solo 3 secciones: una titulado "Recuperación sostenible", otra "Un regreso incierto" (usa la palabra "return", que en este contexto podría interpretarse como "retorno" o "rendimiento" de una inversión) y la última sobre "Una pandemia más larga". Como cabía esperar y ya comentamos en su día, la CoVid se está utilizando como chivo expiatorio para justificar los cambios profundos que nos esperan en los próximos (y pocos) años. También esto explica el interés de la AIE de no mostrar los resultados de sus previsiones a 25 años vista, para no evidenciar cómo, más allá de lo que dure la pandemia de la CoVid, vamos a seguir cayendo durante décadas (cosa que sí mostraba el reciente informe de BP y que causó tanta extrañeza, porque en 2050 "aún se sentían los efectos de la CoVid").

Pero vayamos ya a desgranar, sección por sección, el contenido de este WEO 2020.

Resumen ejecutivo:

Comienza enumerando los efectos ya constatables de la CoVid-19: en el conjunto de 2020 la demanda de energía habrá caído un 5%, las emisiones de CO2 directamente relacionadas con el consumo de energía un 7% y la inversión en energía un 18%. Este último dato es crítico, porque incluye la desinversión en los yacimientos de combustibles fósiles (y que garantizan la carencia de combustibles a los 5-10 años vista que cuesta desarrollar los yacimientos), pero también la que se está produciendo en los sistemas de energía renovable. Toda una debacle que augura un futuro complicado, y eso en un solo año.

A continuación nos presentan los escenarios que se han trabajado para este WEO. Primera sorpresa: ya no está el escenario de "Business as Usual" (que en los últimos años se había denominado "Políticas Actuales"). Se mantiene, sin embargo, el escenario de "Nuevas políticas", que siguiendo la ruta marcada el año pasado ahora se llama "Políticas anunciadas" ("Stated policies"), un cambio de nombre que sin duda busca evitar que se establezcan comparaciones con escenarios de WEOs previos; también se mantiene el escenario de "Desarrollo sostenible" y se introduce uno que se llama "Emisiones netas cero en 2050", que sería una versión radical de los escenarios "calentamiento de 1.5ºC" de los informes de otros años. Segunda sorpresa: aparece un nuevo escenario que se llama "Recuperación tardía" ("Delayed recovery"). Es interesante el uso de las palabras: no hablan de una recuperación "lenta", sino una que sucede más tarde en el tiempo. Y otra cosa interesante es que este escenario no es una variación del antiguo BAU, sino que lo es del de "Políticas anunciadas", construido sobre la base de que la pandemia directa o indirectamente genera un problema económico de mayor duración del que cuesta salir. Así que, primera noticia de este WEO, se acabó el BAU. Solo se contemplan políticas que van en la dirección de cambiar radicalmente en mayor o menor medida nuestro statu quo. Realmente, un giro copernicano en la AIE.

Otra de las grandes novedades que nos anuncian es que en todos los escenarios se produce un crecimiento espectacular de la generación de energía renovable, y también en todos ellos lo que más crece es la energía solar fotovoltaica, aunque la hidroeléctrica seguirá siendo la fuente más importante entre las renovables, al menos en 2030 (recordemos que no les interesa hablar sobre qué proyectan sus escenarios más allá de ese punto).

Ya en la introducción nos avisan de que la demanda (!) de carbón va a bajar en todos los escenarios, y que la de petróleo se va a aplanar hacia 2030. Dado que como es lógico aún se van a necesitar muchos combustibles fósiles en 2030, se supone que es el gas natural (única materia prima energética no renovable que no ha llegado aún a su pico, aunque lo hará en esta década) quien va a compensarlo incrementándose de manera brutal de aquí a 2030. Por cierto que no deja de ser curioso que siempre nos dicen que el cambio es en la demanda, no en la producción, en contra de la abrumadora evidencia de que el 86% de la energía primaria mundial ha sido durante las últimas décadas proveniente de los combustibles fósiles, sin mostrar signos de cambio ni de transición lejos de ellos. Por algún motivo que no explicitan, confían en que va a haber un cambio radical motivado por cambios en los hábitos de consumo, cambio injustificable en vista de la experiencia, en vez de reconocer que este cambio proviene del agotamiento de los yacimientos disponibles.

Dada la magnitud de lo que se está hablando aquí (y lo breve del lapso, ya que hablamos de solo 10 años), la AIE enumera toda una serie de problemas que emergerán como consecuencia. Se comenta que países como Nigeria o Irak tendrán problemas fiscales severos, pero en seguida la discusión se centra en la pérdida de valor de los activos de las compañías petroleras y gasísticas (para esto, curiosamente, en el mismo saco). Aquí nos encontramos una frase interesante: "La industria del shale norteamericano ha cubierto el 60% del incremento de demanda de petróleo y gas natural del mundo durante los últimos 10 años, pero este crecimiento fue impulsado por el acceso al crédito fácil que ahora se ha secado". Todo un reconocimiento casi explícito de que el fracking fue una burbuja financiera que ahora ha explotado. Y otro dato escalofriante: la inversión en petróleo y gas ha caído un 33% desde 2019, algo brutal teniendo en cuenta que ya habíamos caído un 50% desde los máximos de 2014. El sector de los hidrocarburos se muere porque ya no quedan yacimientos que sean rentables de explotar.

Y, a pesar de esta anunciada debacle, el WEO nos dice que si las infraestructuras existentes se mantienen tan cual nada podrá evitar un aumento de la temperatura global de 1,65ºC. Así pues, se tiene que ser aún más ambicioso con los cambios, y no confiar solamente en las tendencias de desinversión de las compañías. 

Concluye la discusión con una serie de reflexiones sobre el escenario de "Cero emisiones netas" y el papel de los Gobiernos para acelerar el cambio. Aviso a navegantes.


Introducción y visión general:

Tras una serie de observaciones generales, nos comentan que en el escenario de "Políticas anunciadas" la recuperación económica llegará en 2021 y en el consumo de energía en 2023, en tanto que en el de "Recuperación tardía" la recuperacion económica llegaría en 2023 y la del consumo de energía en 2025. Como ven, no están hablando de un escenario apocalíptico de una pandemia que dura décadas, sino más bien unos años, de una manera bastante realista. Con todo, los escenarios se quedan sensiblemente por debajo de lo que marcaba el escenario "Políticas actuales" del WEO 2019.


Sigue con unas extensas discusiones sobre la evolución de las emisiones de CO2, a las que yo no prestaré demasiada atención en este análisis, ya que me parece que se usan para distraer la atención del problema real y urgente, que es la escasez de petróleo; pero hay una que me parece curiosa: "El menor crecimiento económico no es una estrategia para tener bajas emisiones". Una observación interesante, sin duda. Otra cosa sería analizar cuál es el efecto del decrecimiento económico, pero aún es pronto en la AIE para hablar de eso.

Después, introduce la idea de que tenemos que apostar todo a las renovables y la electrificación, e inciden en un punto clave: las redes eléctricas son el talón de Aquiles de este plan. Y nos avisan de que muchas compañías eléctricas están en una situación económica precaria ahora mismo, aunque en muchos casos esto ya viene de la era pre-CoVid. Resulta difícil compatibilizar que todo se apueste a renovables y electrificación con que el sector de la electricidad en el mundo no tenga tan buena salud. ¿Tendrá algo que ver el hecho de que la electricidad solo representa el 16% del consumo de energía final a escala global y que el otro 84% es difícil de electrificar? ¿Tiene sentido meter aún más electricidad y gastarse más recursos en ampliar y mantener la red eléctrica?

Y tras varias discusiones sobre la evolución futura de ciertas regiones (muy preocupantes todas, sobre todo en el caso de África) comienzan las piruetas para no reconocer la verdad sobre el agotamiento del petróleo, a pesar de que los signos son más que evidentes. La clave está en presentar las cosas de la manera más alambicada y confusa posible. Como se hace, por ejemplo, en la siguiente gráfica.


Nos dice que el valor futuro de la producción de petróleo y gas (calculado como el valor de mercado esperado menos los costes de exploración y desarrollo) van a caer sustancialmente (escenarios "Políticas declaradas" y "Desarrollo sostenible") con respecto a lo que se esperaba en el WEO 2019. Lo cual es muy interesante si uno tiene en cuenta que los costes de exploración y desarrollo están cayendo, en buena medida porque se exploran y se desarrollan menos yacimientos. Además, de acuerdo con el WEO 2019 se esperaba que el precio del petróleo y del gas (en dólares constantes) aumentara de forma mantenida hasta 2040. Por tanto, estas gráficas son una forma de decir sin decirlo que probablemente se va a producir menos petróleo y gas. 

Siguiendo con esa práctica de decir sin decir, nos comunican más abajo que si la inversión en el shale oil (petróleo de fracking) se quedara en los niveles de este año, la producción en 2030 será 4 millones de barriles diarios (4Mb/d) inferior a lo que sería si se mantuviera en los niveles de 2014 (que por cierto fueron superiores a lo que teníamos justo antes de la CoVid). Teniendo en cuenta que el petróleo de fracking representaba en su momento álgido (diciembre de 2019) unos 8 Mb/d, lo que nos están diciendo es que la producción caería a la mitad, y eso teniendo en cuenta que no hace mucho la AIE esperaba que llegase a 15 Mb/d para que el descenso inevitable de la producción de petróleo no fuese tan abrupto.

Se discute luego el escenario de "Desarrollo sostenible", los cambios en emisiones, en polución, etc. A mi esta parte me parece de poco interés, así que no comentaré nada excepto la mención a Sentinel 5P (un satélite de la ESA que mide emisiones de metano), que me ha hecho gracia por mi propio trabajo.

Por último y para cerrar el primer capítulo de la introducción, se habla del escenario de cero emisiones. Significativamente, se habla más de inversión que de otros aspectos que me parecerían más importantes, como la dificultad para hacer una transición renovable.

El segundo capítulo está dedicado entero al impacto de la CoVid en el sector energético. Arranca con la siguiente e impactante figura, en la que se muestra el descenso en demanda, emisiones de CO2 e inversión en el sector energético este último año gracias al impacto de la CoVid.


Se supone que tenemos que estar contentos con ese exiguo incremento percentual de las energías renovables, aunque conviene recordar que, debido a su pequeño tamaño, los porcentajes de incremento de las mismas solían ser otros años de dos dígitos y ahora están en un miserable 1%. En cuanto a las demás, qué decir; y la caída en inversión global del 18% deja claro hacia donde vamos. Todo este capítulo presenta muchos datos sobre la magnitud del desastre, y luego se dedica a presentar y justificar los cuatro escenarios, dejando claro que en una situación tan compleja ninguno de ellos es una referencia más que a la hora de definir políticas. Está claro que no tienen demasiada esperanza de que sus pronósticos se cumplan.


Recuperación sostenible:

Esta sección del WEO se dedica al análisis en detalle de los escenarios de "Desarrollo sostenbile" y "Cero emisiones netas de CO2 en 2050". Estos escenarios no tienen ningún interés para mi porque se basan en la suposición errónea de que se puede conseguir hacer crecer la economía con energía renovable, así que poca cosa comentaré sobre ellos. Llama la atención, eso sí, que el foco se pone en la inversión y en las emisiones de CO2, y se descuida bastante discutir propiamente de energía. Y por cierto que se menciona muchas, muchísimas veces a lo largo de este WEO al hidrógeno, pero casi siempre como "low-carbon hydrogen", es decir, lo que se está llamando aquí "hidrógeno azul" o de bajas emisiones de CO2. Es decir, que de momento el meme del momento en Europa, el hidrógeno verde, aún no ha entrado a la escena de la AIE.

 

Un regreso incierto:

Esta sección del WEO se dedica al escenario de "Políticas anunciadas" y es donde me detendré más, porque a pesar de todo lo que se dice es obviamente el escenario de referencia para la AIE o, al menos, por donde se desearía ir. Ya la primera figura de esta sección nos indica qué cabe esperar.


La figura de la izquierda nos muestra las tendencias para demanda de energía y para emisiones de CO2, mientras que la de la derecha nos habla de las variaciones relativas de la demanda de los diferentes combustibles. Son variaciones porcentuales hasta el 2030 (todos los indicadores están normalizados a 1 en el año de inicio, 2019), y aparte de la bajada inexorable del carbón  lo más destacable es la subida fulgurante de las renovables, que se incrementan un 60%... con respecto a lo que son ahora, que es poco, así que la cosa no es tan espectacular. También llama la atención la subida de la nuclear a pesar de su obvia decadencia de décadas, pero en realidad lo más destacado sería que el petróleo aún llega a subir, aunque sea lentamente, y que el gas natural, aunque crezca bastante, no se dispara. Para que vean que el cambio indicado hasta 2030 no es nada del otro mundo, vean cómo consideran que variará la composición de las fuentes de energía primaria en porcentaje de aquí a 2030.


Como ven, los combustibles fósiles pasarían de representar el 81% de la energía primaria en 2019 al 76% en 2030. Nótese también que la AIE ha cambiado sus criterios en la contabilidad de la energía renovable, convirtiéndola en su "térmica equivalente" como ya comentamos el año pasado, y básicamente más que duplica la aportación real de energía de las fuentes renovables. Aún con todo, su previsión resulta bastante magra.

Es particularmente interesante su previsión para la evolución del consumo de las diferentes fuentes de energía según la región del planeta.



Una vez más, nos encontramos con que los EE.UU., Japón y la Unión Europea van a tener que reducir su consumo de petróleo y carbón para que el resto del mundo lo pueda aumentar. Significativamente, en EE.UU. y en la Unión Europea se va a reducir además la cantidad de energía nuclear (pobres de aquéllos que aún creen que esta fuente condenada es el futuro) y, sorpresa, en la UE también se va a reducir el consumo de gas natural. Al final, si se fijan bien, el previsto aumento del consumo de energía renovable no va a compensar el descenso de las otras materias, y tanto Japón como EE.UU. y la UE van a tener un importante descenso energético... y eso solo hasta 2030.

Y llegamos por fin a la parte dedicada específicamente al petróleo. ¿Qué cabe esperar? De acuerdo con este escenario, que después de la caída vayamos por una senda paralela a la que seguíamos.



Pero eso es solo si nos fijamos en la demanda. Si nos fijamos en la oferta (que aparece dos capítulos más adelante, para hacer más confusa la lectura) nos encontramos con la gráfica que estaba buscando.


Esta es de las pocas gráficas que se enseñan hasta 2040, como ven. Observarán también que si las petroleras no invierten, la producción descenderá en picado, desde los 98 Mb/d de 2019 hasta alrededor de 20 Mb/d en 2040. Si simplemente se invierte en los pozos existentes, se produce un pequeño repunte hacia 2022 y después se sigue cayendo bastante rápido hasta quedarse en poco más de 40 Mb/d en 2040. Solo trayendo nuevos campos en línea (menos en el escenario de "Desarollo sostenible", franja verde, que en el de "Políticas anunciadas", que añade la franja azul a la verde) podríamos estabilizar la producción alrededor de los 100 Mb/d en 2040. La cuestión es, ¿dónde estamos ahora mismo? Ya antes de la CoVid nuestra situación se parecía más a la de invertir solo en los campos existentes, ya que eso es lo que hacían la mayoría de las compañías del mundo con la sola excepción de los EE.UU., que aún apostaba todo el fracking. Solo EE.UU. nos evitaba empezar a caer. Con la llegada de la CoVid y la destrucción final de fracking, nuestro curso más probable ni siquera ya es ése, porque las compañías están abandonando explotaciones debido a la dificultad de encontrar financiación. Nuestro rumbo comienza cada vez más a parecerse al peor posible, el de la Tormenta Negra. Es decir, que de aquí a 2025 podríamos llegar a perder más del 40% de la producción de petróleo, si no media una intervención de los estados. Máxime cuando el propio texto del WEO explicita las dificultades financieras de las compañías y de los estados productores de petróleo.

Y lamentablemente, en este WEO simplificado y de baratillo no hay referencia a la producción de petróleo según el tipo, aunque posiblemente se pueda encontrar, con paciencia, en las tablas Excel que se adjuntan al documento.

No hay gráficas claras para la evolución de la producción de gas natural, solamente gráficos confusos como el siguiente, que expresa la variación relativa de la producción de gas respecto al período anterior.



Como cosa más reseñable, es la primera vez que un WEO refleja una caída, aunque sea temporal y fruto de la CoVid, de la producción de gas natural. El informe también discute sobre la resiliencia económica del gas y los difíciles números del LNG, el gas natural licuado que se exporta con buques metaneros.

Tampoco se encuentra una gráfica aislada para el carbón, y menos aún detallando el tipo de proyectos, como se presentaba otros años. Este WEO omite muchos detalles esenciales que en ediciones anteriores se podían encontrar. Al final, la gráfica que mejor muestra la situación es una con la evolución prevista de todos los combustibles.

 

Inquietante categoría la de "low-carbon fuels", porque tengan presente que los biocombustibles y el biogás ya son contabilizados en las categorías de petróleo y gas natural, respectivamente.

Otro detalle interesante es que en este WEO (toca uno sí y otro no), aunque sea poco, sí que se habla de uranio, y aunque se afirma que hay grandes reservas en el mundo, se reconoce que los retrasos en los proyectos de las minas y la actual situación económica creada por la CoVid ha favorecido que muchas minas proyectadas hayan quedado paralizadas. Otro claro aviso a navegantes.

La parte de esta sección dedicada a la electricidad no me ha resultado particularmente interesante, pero sí que he encontrado algunos detalles dignos de mención. Uno es la siguiente gráfica, sobre la evolución prevista para la inversión en instalaciones eléctricas.


Como ven, tendrá que subir con fuerza la inversión en la expansión y mantenimiento de la red eléctrica (grid), si se quiere que estos planes tengan sentido.

La otra cosa interesante a destacar es la previsión de cómo deberían de aumentar las capacidades de almacenamiento eléctrico en las diferentes regiones para poder cumplir con los planes previstos. Crecimientos excesivamente rápidos y que no hay ninguna garantía financiera, de disponibilidad de materiales ni tecnológica que asegure que se puedan cumplir.


 

Una pandemia más larga:

La última sección del WEO está dedicada al análisis del escenario "Recuperación tardía". Este escenario, por diseño, corresponde claramente con la idea de explorar qué pasaría si las cosas no salieran tan bien como nos gustaría, aunque solo un poquito peor. Es una primera aproximación, aún tímida, a lo que va a pasar realmente. Las gráficas, simplemente, son un poco peores que para el escenario de "Políticas anunciadas". Así se ve con el petroleo, por ejemplo.


En el caso del gas natural, es interesante comprobar que el valle que se ha iniciado con la CoVid duraría hasta 2025 al menos.


El carbón iría un poco peor también.


Y eso es básicamente todo: comenta algo sobre la nuclear, sobre una ligera caída de la inversión en fuentes renovables y poca cosa más.


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Tras haber leído este más breve WEO, mi impresión es bastante triste. No me esperaba un reconocimiento directo (o al menos no me lo esperaba aún) de la AIE de que hemos chocado con los límites biofísicos del planeta, pero aún así me esperaba algo mejor, sinceramente. Este WEO peca de ser bastante más superficial que los anteriores. Los análisis son más incompletos y, en general, los argumentos son más difíciles de aceptar, incluso desde una perspectiva de la ortodoxia económica. Además, numerosas gráficas desmienten las afirmaciones que se hacen, y en diversas secciones las salvedades que se hacen (por ejemplo, sobre la inestabilidad fiscal de los países productores de petróleo o el riesgo de bancarrota de las compañías eléctricas en EE.UU.) deberían de hacer sonar las alarmas. Pero no. Falta información esencial sobre los tipos de combustible e incluso la información sobre los usos de la energía es menos detallada que otros años.

Básicamente, éste es un WEO hecho con prisas. La prisa de enviar un mensaje de esperanza antes seguramente de las elecciones presidenciales en los EE.UU. o de alguna otra decisión importante que se va a tomar en los próximos meses. Por eso mismo, no transmite un mensaje claro y las gráficas y evidencias que presenta parecen más destinadas a confundir que otros años, porque en los años anteriores al menos había un camino claro que se pretendía trazar. Hoy no. Hoy no sabemos hacia dónde vamos, y eso hace que la finalidad de este WEO sea más confusa que nunca. Porque cada vez resulta más difícil no ya engañar a los demás, sino engañarse a uno mismo y decir que todo está bien cuando resulta cada vez más evidente que ni las cosas están bien ni van a mejorar.

Salu2.

AMT

viernes, 9 de octubre de 2020

Asalto al tren del hidrógeno


Queridos lectores:

Durante las últimas semanas, han proliferado las noticias y los anuncios de grandes empresas, de gobiernos y de la propia Comisión Europea anunciándonos la llegada de un nuevo mesías salvador en el panorama energético, una nueva fuente de energía que conseguirá al tiempo descarbonizar nuestra economía (evitando así las emisiones de dióxido de carbono que están desestabilizando el clima de nuestro planeta) y nos proporcionará una alternativa a los combustibles fósiles, ahora que empiezan su declive energético. Y esta fuente milagrosa tiene nombre: el hidrógeno verde.

Todo parece perfecto. Demasiado bonito para ser verdad, para ser sinceros, puesto que la idea de usar hidrógeno como combustible lleva circulando ya varias décadas sin que hasta ahora haya podido cuajar. ¿Qué es lo que ha cambiado ahora?


Las repetidamente alabadas ventajas del hidrógeno:

A principios del siglo XXI tuvo mucho predicamento el concepto de "Economía del hidrógeno", acuñado por el economista norteamericano Jeremy Rifkin. De acuerdo con esta idea, se iba a producir durante el siglo XXI una revolución energética y la Humanidad haría una transición desde los combustibles fósiles hacia el hidrógeno.

La principal ventaja del hidrógeno es que es un gas cuya combustión produce un producto inocuo: agua, simplemente agua. 

Además, se puede sintetizar de manera simple gracias a un proceso de electrólisis, que consiste en hacer circular electricidad por una cubeta de agua (a la que en ocasiones se le añaden sales para acelerar la reacción); en el cátodo se acumula el hidrógeno y en el ánodo el oxígeno, que quedan así separados.

Por si todo eso fuera poco, el hidrógeno tiene un alto contenido energético en peso, siendo su densidad energética por kilogramo hasta tres veces la de la gasolina.

La idea de Jeremy Rifkin era aprovechar la electricidad generada por fuentes renovables para convertir agua en hidrógeno por electrólisis, aprovechando los excedentes que se producen a ciertas horas para poder utilizarlos en otro momento. De ese modo, se compensa la intermitencia de las fuentes de renovables y se tiene un combustible que permite mover vehículos de manera autónoma (sin depender de una red eléctrica o unas vías).


La desventaja más obvia del hidrógeno:

La principal desventaja del hidrógeno es que no es una fuente de energía. En la naturaleza no se encuentra hidrógeno puro, siempre está formando parte de compuestos químicos, y para obtenerlo se tiene que extraer de alguna parte (con una reacción físico-química como la electrólisis que comentábamos más arriba, o directamente química, como la reforma del metano - un proceso por el cual se separa el gas natural en hidrógeno y dióxido de carbono). El proceso de extracción implica siempre una pérdida considerable de energía de la fuente que se ha usado para producir la síntesis del hidrógeno (los sistemas de electrólisis más eficientes tienen pérdidas de "solo" el 30% de la energía eléctrica usada en el proceso, aunque lo normal es que suban hasta el 50%, en tanto que en el proceso de reforma de hidrocarburos, ya sean fósiles o de origen vegetal, las pérdidas de energía son similares). A día de hoy, dada la todavía abundancia de gas natural, sigue siendo más barato producir hidrógeno por transformación de metano: el 95% del hidrógeno (que se usa en diversos procesos industriales) se produce de esta manera.

Ello implica que, por tanto, debe haber una fuente de energía que se debe usar para producir hidrógeno con ciertas pérdidas. Si el problema al que se tendrá que enfrentar la sociedad en los próximos años es el del descenso de la energía disponible, utilizar hidrógeno implica perder más de esa energía que se va a volver escasa. Y es que la premisa de Rifkin de que habrá sobrantes de energía renovable es muy discutible, ya que las fuentes renovables tienen muchas limitaciones. Eso no quiere decir que el hidrógeno sea inútil: para algunas aplicaciones puede ser conveniente tener un combustible potente que te dé autonomía aunque pierdas energía en producirlo. Sin embargo, lo que está claro es que no se podrá adoptar masivamente porque eso implicaría derrochar mucha de esa energía cada vez más escasa.  

En resumen, el hidrógeno no es una fuente de energía (algo que produce energía), sino que es un vector energético (algo donde guardar energía). No del todo interesante en un momento en que nos faltará energía.

Los "otros problemillas" del hidrógeno:

Además de los problemas mencionados, el hidrógeno tiene otros cuantos problemas bastante serios (pueden encontrar más detalles en este post de Beamspot):

  • El hidrógeno es un gas: Aún cuando la densidad energética en peso del hidrógeno sea muy alta, su densidad energética en volumen depende de a qué presión esté almacenado (más moléculas de gas, más presión) y en general es mediocre. Hay que almacenar el hidrógeno a alta presión para conseguir densidades energéticas en volumen medianamente decentes (750 bares de presión, que es como la presión del mar a 7.500 metros de profundidad). Eso implica usar depósitos con paredes muy gruesas y resistentes (y por tanto muy pesados), y una grieta en el depósito puede provocar una explosión.
  • El hidrógeno es muy fugaz: La molécula de hidrógeno es una de las más pequeñas en la naturaleza, y eso hace que sea muy fugaz: incluso en los mejores depósitos, a las presiones de trabajo que se usan, pérdidas diarias del 2 o el 3% del gas contenido son normales. Eso, hablando de un gas invisible, inodoro y altamente inflamable hace que se deba tener especial cuidado con la ventilación en los alrededores de los depósitos de hidrógeno, aparte de que ese escape diario disminuye aún más la eficiencia del hidrógeno como combustible.
  • El hidrógeno corroe las conducciones: Es conocido que el hidrógeno reacciona con el acero al carbono formando hidruros que las corroen, fragilizando así las cañerías que lo trasportan (brittlening). Para evitar ese problema se deben revestir internamente las conducciones con un polímero (un plástico), lo cual añade costes y dificulta usar las actuales conducciones de gas natural para su transporte. 
  • La eficiencia final en vehículos es muy baja: Contando todas las pérdidas, la eficiencia energética desde la boca de producción hasta el movimiento motor del vehículo (well to wheel) suele rondar el 25%, frente al 75% o incluso más de los vehículos eléctricos. Encima, las pilas de combustible que se tienen que usar y que encarecen estos vehículos llevan materiales escasos como el platino.

Entonces, ¿por qué se habla tanto del hidrógeno ahora, precisamente?

Es llamativo que ahora que hasta BP reconoce (a regañadientes y disfrazándolo de pico de demanda) que nos estamos adentrando en la era post-petróleo, de repente hayamos vuelto los ojos a este vector energético, el hidrógeno, que puede usarse en aplicaciones concretas pero nunca a escala masiva. 

Una de las cosas que más llama la atención es la insistencia (por ejemplo en Francia, en Alemania y recientemente en España) en hablar del tren de hidrógeno. Si hay un vehículo para el cual el uso de hidrógeno no tiene ningún sentido es el tren. El tren es un vehículo no autónomo porque está forzosamente ligado a la vía y por tanto circula por donde está predeterminado. El tren es el caso perfecto para la electrificación, donde está más que demostrado un aprovechamiento eficiente de la energía, ya que además parte de la energía se recupera en los frenados. El porcentaje de vías electrificadas en Europa supera el 50% y hasta hace unos años la tendencia era a aumentar este porcentaje. Tiene mucho más sentido expandir el cableado eléctrico de las vías que crear toda una compleja infraestructura para producir y almacenar masivamente una materia muy volátil e inflamable con grandes pérdidas, que encima implica usar unos motores más complejos, caros e ineficientes.

Entonces, ¿por qué ahora? ¿Por qué esa obsesión con el hidrógeno verde y el tren de hidrógeno?

La clave está en el proyecto impulsado por Alemania de crear una central hidroeléctrica en el río Inga, en el Congo, que además produciría hidrógeno por hidrólisis. Las dimensiones del proyecto son colosales: la presa produciría el doble de potencia, 44 Gw, que la gigantesca presa de las Tres Gargantas en China, y sería así la mayor del mundo. De acuerdo con fuentes del Gobierno alemán, quien apoya el proyecto, el objetivo declarado sería exportar "hidrógeno verde" a Europa. Por descontado que el proyecto ha recibido muchas críticas porque no sería provechoso para la población local.

Es conocido que el potencial hidroeléctrico de Europa y América del Norte está prácticamente aprovechado al máximo, y en Asia poco más o menos. Solo Sudamérica y sobre todo África tienen aún un gran potencial para la generación hidroeléctrica. Así que se trata de aprovechar ese potencial, aunque sea con unas pérdidas atroces en la conversión a hidrógeno, y luego llevar ese hidrógeno a Europa para que mantenga en marcha nuestra industria aquí.

Sólo hay un problema: ¿cómo transportar el hidrógeno desde el corazón de África hasta Europa? El barco no es una buena opción, porque aunque es el transporte más eficiente en energía consumida por kilogramo transportado, es también el más lento, y con la fugacidad del hidrógeno los depósitos llegarían con la mitad de su carga original a Europa tras dos o tres semanas de singladura. Hace falta algo más rápido. Aquí es donde entra el tren: es el segundo medio de transporte más eficiente, y es mucho más rápido que el barco: el hidrógeno que se recoge hoy en el Congo podría estar en dos o tres días en Alemania. Además, África ya tiene una extensa red ferroviaria que se podría aprovechar. Pero esa red está casi toda sin electrificar. Es aquí por tanto que nos hace falta desarrollar un tren de hidrógeno.

Así que ya lo saben: toda esta historia tan moderna del tren del hidrógeno en realidad camufla una historia mucho más antigua (y oscura): el colonialismo, en este caso energético. Vamos a ir a África para arrebatarles sus últimos recursos, los renovables.

Ésta es la respuesta que está preparando la Unión Europea delante de la grave crisis energética que nos plantea el peak oil. Es un último intento por no cambiar nada, esquilmando una vez más a los países del sur.


¿Qué puede salir mal?

Básicamente, todo. 

No está claro que las poblaciones locales se dejen esquilmar sus recursos sin reclamar su propiedad.

No es evidente que se puedan mantener abiertos los miles de kilómetros de vías que hay desde Kinshasa hasta Berlín, atravesando un docena de países, en una situación de hundimiento económico y social generalizado que nos van a acompañar durante los próximos años.

No está claro de dónde vamos a sacar el resto de materiales que necesitamos para hacer una implementación masiva de una "economía del hidrógeno" a escala europea en ese mismo escenario de hundimiento económico cuando algunos de esos materiales tendrían que venir de aún más lejos, de otros continentes.

Y cuando el hidrógeno esté en Europa, no está nada claro cómo lo vamos a aprovechar. Siendo muy, muy optimistas los 44 Gw de Inga nos proporcionarían una potencia media de 22 Gw (pérdidas totales de solo el 50%): incluso asumiendo que habláramos de energía final, en 2017 Europa consumió 1.222 millones de toneladas equivalente a petróleo, lo cual equivale a unos 14.200 Tw·h de energía, o una potencia media de 1,62 Tw, es decir, 1.620 Gw o 73 veces la potencia media que aprovecharíamos muy idealmente de Inga. Lo malo es que África no puede darnos 73 Ingas; como mucho, dos o tres, lo cual, como se pueden imaginar, no va a aliviar mucho nuestra situación.

Lo peor es que para garantizar el suministro de esas gotas de energía a arrojar en el desierto de nuestra sed energética, Europa puede manu militari asegurárselo. Hace años comenté sobre el peligro de la deriva belicista del Viejo Continente, y me temo que ese peligro sigue muy vivo. Y la reciente visita de nuestro presidente a Argelia me ha hecho avivar una vieja y acuciante pregunta... ¿Qué sentido tiene enviar a nuestros hijos a morir en tierras lejanas luchando por salvar algo que de todos modos es insalvable? ¿Qué sentido tiene que maten a los hijos de los pobres desgraciados a los que iremos a hostigar?

 

Conclusiones:

El hidrógeno verde no es solo un grandísimo error, porque supone un malgasto energético enorme, sino que, en el contexto de la crisis energética que se nos viene encima con el declive del petróleo, probablemente oculta una voluntad infame de apropiación por parte de los países ricos de las fuentes de energía que les quedan a los pobres. Pero quienes diseñan estos planes no se dan cuenta de que ni el potencial renovable de un gran continente como es África basta para satisfacer el actual derroche energético europeo. Todo apunta a que la cosa saldrá mal, a que esta aventura será un peligroso fracaso, así que más valdría comenzar  a hacer planteamientos más pragmáticos (y honrados) para los tiempos que vienen.

Salu2.

AMT 

P. Data: Gracias a Félix Moreno por hacer un primer análisis de este mismo tema, acertado como él lo está siempre.