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Queridos lectores,
Desde hace algunos años es costumbre que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) saque alguna noticia de corte positivo un poco antes de la publicación de su informe anual, el World Energy Outlook (WEO, el cual este año está previsto que salga a la luz el 12 de Noviembre; cuando llegue haremos, como siempre, cumplida glosa de su contenido). Hace dos años fue el fantástico futuro que le esperaba al gas natural con la explosión de la explotación masiva del gas de esquisto en los EE.UU.; el año pasado el énfasis se puso en las buenas perspectivas que había para un crecimiento de la producción y consumo de energía renovable... Estas promesas de un futuro brillante son sin embargo rápidamente desmentidas por la realidad: ya sabemos que el gas de esquisto es mucho más limitado de lo que se pretendía, y ni siquiera es en realidad económicamente rentable (salvo para los EE.UU., que con él exporta inflación y por tiempo limitado). En cuanto a las energías renovables, su despliegue a escala masiva afronta tantos retos (de capital, materiales, ubicaciones, potencial máximo, TRE, etc) que incluso usando tecnologías probadas se requeriría establecer una economía de guerra desde ya para después conformarse con una economía de estado estacionario que no es compatible con nuestro actual sistema económico.
Con estas noticias la AIE intenta solamente dar una imagen de normalidad y de tranquilidad, puesto que el lector medio no comprobará estos datos después de que pase el fragor mediático que acompaña a la salida del informe anual. Sin embargo, alguien que se acuerde de los anuncios de otros años, si quiera vagamente, tendrá la sensación extraña de que las fanfarrias no concuerdan, de que cada vez se dice algo diferente. Y quien rasque un poco más verá que en realidad todo ese ruido de clarines sólo pretende ocultar que no se ve nada claro hacia qué sistema podemos transitar, toda vez que lo que no nos queremos cuestionar es el propio sistema económico.
Este año la AIE sorprende con el anuncio de las excelentes perspectivas de producción de Irak en los próximos años, sacando un informe temático al respecto casi un mes antes de la publicación del WEO. Y digo que tal anuncio es sorprendente no por el maravilloso futuro que nos ofrece, sino justamente por lo magro de sus perspectivas si uno las sitúa en su justo contexto. Según dicho informe, la AIE espera que Irak sea capaz de duplicar, quizá incluso de triplicar su producción actual de aquí a 2020. En la mejor de sus previsiones, con hasta 9 millones de barriles diarios (Mb/d) en tal fecha, la AIE estima que Irak podría convertirse en el segundo productor del mundo, por delante de Rusia. Su escenario central, algo más razonable, estima que irak podría incrementar su producción hasta llegar a los 6 Mb/d en 2020 y los 8,5 Mb/d en 2035.
En una época como la actual, que en un plazo de tiempo considerado razonablemente breve un país pueda incrementar su producción de petróleo en hasta 6 Mb/d (sobre los 90 Mb/d que se están consumiendo ahora mismo), y encima de petróleo crudo (no los sucedáneos conocidos como petróleos no convencionales, que tantos problemas y limitaciones tienen) ha sido recibido con entusiasmo por la prensa, principalmente por la prensa económica. El matiz es importante: la prensa generalista no está demasiado al tanto de los problemas con el petróleo, centrada como está en la crisis económica sin entender que en buena medida ésta está siendo ya arrastrada por la energética. Sin embargo, los cenáculos económicos hace tiempo que son conscientes de que hay un problema real con la energía y empiezan a prestar más atención.
Para entender qué pasa con Irak resulta conveniente echar un vistazo a la gráfica de producción y consumo de Irak durante los últimos 20 años, extraída como siempre de la web Flujos de Energía, que usa los datos del informe anual de BP.
La historia productiva de Irak refleja su propio drama como país. La primera gran caída tiene lugar cuando le declaró la guerra a Irán, a principios de los 80 del siglo pasado; el conflicto destruyó muchos pozos e instalaciones críticas. Estaba a punto de recuperar los niveles productivos de los 70 cuando invadió Kuwait en 1991 y sufrió un intenso castigo por parte de los EE.UU., lo cual redujo la producción prácticamente a cero. Después, nueva recuperación (esta vez, curiosamente, en forma de "L": ¿los intereses de Occidente favorecieron una gran inversión y tal despegue fulminante a finales de los 90?); y en 2003 nuevo capítulo bélico, esta vez directamente contra los EE.UU. Que este episodio fue diferente de los anteriores lo evidencia la rapídisima recuperación de la producción, que demuestra que los EE.UU. atacaron Iraq con precisión casi quirúrgica, asegurándose de no destruir instalaciones críticas (lo cual refuerza la impresión de que el anormal despegue de los años anteriores fue alimentado por una gran inversión sobre todo americana).
Una anomalía de la gráfica presentada arriba, y que también arroja ciertas sombras sobre las fabulosas predicciones de la AIE, es que BP no tiene datos sobre el consumo interno de Irak. Esta parte queda, por tanto, a la especulación y a la inferencia muy indirecta a través de la experiencia de primera mano de quienes sí que han vivido en Irak. Una de esas personas es Pedro Prieto, vicepresidente de la Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos (sección local de ASPO), co-fundador de la web Crisis Energética y viejo conocido de estas páginas. Pedro siempre cuenta a quien le quiere escuchar que las sucesivas guerras, y en particular las que Irak ha librado contra los americanos, han servido para degradar la incipiente industria del país y reducirlo a la Edad Media, de donde no ha podido salir durante los largos años de embargo y tampoco ahora en medio de su crónica inestabilidad. De ese modo, el consumo de Irak es sólo una fracción ínfima del que podría haber sido y así la mayoría de su petróleo puede ser exportado para solaz de los occidentales. Si tal destrucción del autoconsumo iraquí ha sido deliberada o accidental queda a la libre interpretación del lector. Lo que sí que parece es que efectivamente Irak ha conseguido esquivar el destino que marca el Modelo de Territorio Exportador que ya discutimos aquí, según el cual los países productores tienden a disminuir muy rápido sus exportaciones, cayendo éstas típicamente a una tasa que es el doble que la de la caída de producción. Aunque, a qué precio para los iraquíes...
Se ha de hacer notar que las dificultades sobre el terreno hacen que la propia industria del petróleo se resienta en Irak. Los pozos de petróleo, sobre todo los más maduros, requieren un continuo y costoso mantenimiento so pena de quedar inutilizados, a veces de manera definitiva. Por otro lado se tiene que tener en cuenta que algunas de las estrategias de explotación que se pretenden aplicar a Irak, exportadas de otros territorios, están basadas en el uso de abundantes cantidades de agua. En un país desértico como Irak, donde muchos de sus campos están en zona continental, tales estrategias tienen una aplicación mucho muy limitada, y no sólo es una cuestión de dinero. Eso explica por qué, a pesar de haber proyectos de explotación que sobre el papel deberían hacer que Irak produjese 15 Mb/d en 2020 la AIE no se permite tal cantidad ni en sus mejores sueños.
Pero incluso para los que creen que la única limitación es el dinero el reto a afrontar es terrible: según el propio informe de la AIE sería necesario realizar una inversión de 25.000 millones de dólares al año. Piensen que en la actualidad se invierten en ese país en el mismo segmento 9.000 millones de dólares anuales, lo que implica un incremento del 278%. Incremento que tiene que producirse ya para que el aumento de producción llegue a tiempo de revertir los intuidos efectos adversos de un peak oil cada vez más próximo, sino pasado. Sin embargo, una de los mayores problemas que afronta encontrar inversionistas para este presunto gran negocio del petróleo iraquí es la falta de seguridad en el país. Para poder explotar ese petróleo se tienen que provisionar pérdidas materiales y humanas, al final del día indistintamente convertidas en dinero en el balance de las empresas sobre el terreno, o bien (en realidad, además) fuertes gastos en seguridad. Todo lo cual hace disminuir el rendimiento económico de la inversión (tal descenso también se podría contemplar desde la perspectiva de la TRE, como un sobrecoste energético asociado a la inestabilidad). En añadidura, los retos técnicos a afrontar, comentados más arriba, no son menores.
Lo que se presume como una buena nueva oculta grandes retos técnicos, económicos y una cantidad de inversión tan elevada que hace dudar de cuál es la TRE real de la explotación que se pretende. Recuerden que a medida que la TRE se acerca a 1, la energía neta que nos deja el petróleo se acerca a 0. Y si para producir ese petróleo al ritmo que la AIE desea tenemos que reducir la TRE nos podemos encontrar delante de una situación en que la cantidad de barriles nominales aumenta, pero la energía que podemos aprovechar de ellos disminuye porque se consume más en su producción. Tal simple consideración termodinámica escapa del radar de los economistas ya que, como sabemos, no entienden el concepto de TRE.
Lo desdichado del caso es que en realidad el mensaje de la AIE no puede ser más desesperante. Puesto que de manera implícita el lector de las presuntas buenas noticias de la AIE está dando por hecho que Irak será capaz de lograr el hito de aumentar tanto su producción (cosa difícil, como hemos explicado) todo lo demás manteniéndose igual. Desgraciadamente, de aquí a 2020 los campos actualmente en explotación en el mundo va a perder unos 36 Mb/d de producción, según preveía el CEO de Shell Peter Voser hace un año. Eso no quiere decir que el mundo vaya necesariamente a producir 36 Mb/d menos en 2020 (sobre los 90 Mb/d consumidos hoy en día eso representa una caída del 40% de la producción, ahí es nada), puesto que nuevos campos y pozos van a entrar en producción. Sin embargo, lo que parece claro es que compensar completamente tal declive es prácticamente imposible, como un debate público en la web francesa Oil Man dejó bastante claro (por cierto, vean el comentario sobre las previsiones que hace un año se hacían sobre Irak, semejantes a las que adopta hoy la AIE, y cómo la Administración Obama las desmiente rotundamente). La conclusión es que hacia 2020 las previsiones más razonables indican que la producción de petróleo será de entre 10 y 20 Mb/d inferior a lo que es ahora. Y ya de incrementar la producción ni hablamos; pero recuerden que mientras no se incremente la producción de petróleo se va a producir una transferencia neta de consumo de petróleo desde Occidente hacia las economías emergentes, uno de los factores que explican por qué esta crisis no va a acabar nunca. Y si como parece la producción declina, la crisis será aún más grave de lo que ya es ahora mismo. Y si como huída hacia adelante se pretende compensar la caída de producción de crudo con más biocombustibles se producirá un doble efecto perverso: primero, que en realidad no aumentamos nuestra cantidad de energía neta, ya que los biocombustibles tienen TREs cercanas a 1, con lo que creemos hacer algo y no hacemos nada; y segundo, que aceleraremos y extenderemos las Guerras del Hambre, con consecuencias imprevisibles a escala global.
Delante de estas consideraciones los 6 Mb/d que la AIE quiere presentarnos como la gran maravilla parecen un mal sarcasmo. Parece cada vez más cercano el día en que la AIE meterá la mano en el saco de las buenas noticias y la sacará vacía.
Salu2,
AMT



