Queridos lectores,
Está visto que cada seis meses me toca escribir sobre la degradación que está sufriendo la institución para la que trabajo, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Hace ahora un año se produjo la suspensión de pagos a proveedores, afortunadamente temporal, aunque a mi me quedó claro que era el pistoletazo de salida de un proceso que acabará por destruir al CSIC. Un proceso, porque no se puede barrer de un plumazo una institución con 79 años de historia, más de 13.000 trabajadores y 130 centros (bueno, ahora algunos menos, no tengo la cuenta actualizada: la realidad es fluida).
Hace siete meses el Presidente hizo balance público de nuestros números: nos habíamos quedado sin ahorros y comenzaban a tomarse medidas de dudosa legalidad para gestionar una institución que ya hacía aguas. Lo dije entonces: todo estaba preparado para que la farsa comenzase.
Y la farsa ya ha comenzado. Como habrá leído en los diarios españoles quien siga este tema, se han tomado dos medidas con carácter de urgencia: una, el CSIC ha "confiscado" los fondos remanentes en poder de los institutos e investigadores, y dos, el CSIC ha hecho una previsión de gasto para el resto del año muy a la baja. Expliquemos un poco ambas medidas para que entiendan por qué estamos abocados a un "cataclismo", en palabras de nuestro presidente.
La primera medida afecta a los fondos remanentes, que a veces coloquialmente se han denominado "ahorros". Esos fondos vienen de dinero sobrante de la ejecución de proyectos y contratos. Cualquiera que haya llevado un proyecto o un contrato sabe que es imposible ejecutar el gasto exactamente hasta el céntimo de euro: siempre se gasta o más o menos de lo presupuestado. En el caso de una empresa tales desviaciones no generan un problema contable: si se gasta de menos la empresa aumenta su margen de beneficio, y si se gasta de más se compensa con otros fondos y posiblemente al responsable del gasto extra, si no da buenas explicaciones, se le pone en la calle. Pero en el caso del CSIC, al ser una administración pública, la cosa es más compleja. No podemos gastar de más, porque el dinero necesario tiene que salir de algún sitio, ya sea de otro proyecto o bien de los fondos propios que se usan para gastos de infraestructura (facturas de luz, agua, gas, mantenimiento, obras o algunos contratos, incluyendo de personal), y esto puede generar muchos problemas. La tendencia, por tanto, es a evitar gastar de más. Pero si gastamos menos de lo previsto, de acuerdo de la ley, debemos devolver los fondos sobrantes si estos provienen de una administración española o europea. Únicamente podríamos "ahorrar" en contratos con empresas, ya que la ley no obliga a devolverles los sobrantes, aunque también es discutible hacerles una factura que se desvíe mucho de la ejecución real final.
El criterio del CSIC hasta ahora ha sido que aquel dinero que ha sobrado de un contrato o proyecto quede a disposición del investigador que lo produjo. Ese dinero, que obviamente no es propiedad de aquel investigador, se usa para cubrir agujeros: un contrato
que se acaba a deshora y el Ministerio no ha pagado aún los fondos para el siguiente, material que se hace urgente comprar, a veces alguna obra en las instalaciones, etc. El investigador decide qué usos se le da a ese dinero, en función de sus propios intereses, pero siempre dentro de las finalidades de investigación. Y aquí empieza el primer problema. Algunos investigadores, que han perdido con la medida "incautatoria" del CSIC el acceso a estos fondos, están planteándose entablar un pleito con el CSIC. Desde mi punto de vista personal, reclamar ese dinero al CSIC es completamente inútil por dos motivos.
- El primero es jurídico. El CSIC no tiene una estructura de caja diferenciada ni por institutos, no digamos ya por investigadores; hay un único NIF y una única caja. El dinero, siempre, ha estado a la disposición del CSIC, y el criterio hasta ahora fue dejar que el investigador que generó un remanente decidiese cómo se gastaba, pero en realidad no hay ninguna base legal para ello. De hecho, si se levantara mucha polvareda y la Inspección de Hacienda empieza a estudiar la proveniencia de estos fondos (cosa difícil, dada la complejidad contable del CSIC) se vería que muchos de ellos se tendrían que haber devuelto, y posiblemente lo único que se ganase es que nos los reclamase: el tira y afloja entre la Organización Central del CSIC y los investigadores acabaría en un "ni para ti ni para mi". Además nos podríamos enfrascar en un follón contable y legal que podría durar décadas, con multitud de hijuelas; e.g., la UE hasta ahora reconocía costes indirectos variables, muy abultados en el caso de algunos institutos - en el mío llegaban al 160% del coste directo- pero en la práctica los costes indirectos que aplicaba la Organización Central eran mucho menores - 20% - y se generaban los dichosos remanentes, aunque el uso que se acaba haciendo de esos remanentes se podía considerar, efectivamente, como el que ha de cubrir un coste indirecto. Y es que en realidad, aunque las reglas se aplicasen de manera torcida, el uso del dinero era el correcto. Como digo, un follón jurídico de bigotes. Lo realmente grave es que faltando esos fondos se cambia una dinámica interna de golpe, y eso implica que determinados costes indirectos de la noche al día no se pueden pagar. Eso, en particular, puede implicar parar equipos, cerrar laboratorios y despedir gente.
- La segunda razón por la que es inútil pedir ese dinero es porque en realidad hace tiempo que se gastó. El CSIC sólo está oficializando algo que es una realidad desde Noviembre pasado: todo dinero remanente de proyectos y contratos, todos nuestros ahorros, se terminó entonces. Como digo, la caja es única, y el CSIC acabó el año pasado gastando más de lo que recibió. La diferencia fue contra esos sobrantes, todos ellos en la misma caja, y como digo ya hace tiempo que desaparecieron. Lo que muchas veces se está llamando "remanentes" en la prensa se refiere al dinero que aún queda en la caja (por ejemplo, cuando se dice que a 1 de Enero los remanentes de tesorería del CSIC eran de 80 millones de euros se dice que al acabar el año, y antes de hacer los ingresos del año siguiente, quedaban en caja esos 80 millones), sin tener en cuenta que los proyectos duran más de un año y que en realidad esos "remanente de tesorería" ya estaban comprometidos a un fin; que no "sobraban", en suma. Sea como sea el CSIC no puede "devolver" (si es que realmente los investigadores tenían derechos sobre esos remanentes) lo que hace tiempo que no tiene. Sucede, simplemente, que algunas personas vivían en una nube sin comprender la situación real de la institución y de la sociedad (en parte, quizá, porque no leen este blog ;) ).
Pero es la segunda de las medidas que se ha tenido que tomar desde la Organización Central del CSIC la que realmente nos pone a un paso del colapso: el CSIC impone lo que se ha denominado un "corralito" sobre el dinero asignado a cada uno de sus institutos, lo cual significa que les pasará menos dinero del que necesitan para acabar el año. Habrán visto una ensalada de números, millones para arriba y para abajo, bastante confusa. No sirve de mucho decir que el CSIC necesita 100 millones más para acabar el año si no explicas que la institución gasta (más bien, debería gastar) algo más de 50 millones al mes contando todo tipo de gasto, o un poco menos de 25 millones si sacas las nóminas del personal de plantilla (cuya dotación ya se hizo en Enero).
En la caja del CSIC queda, según nos dicen, dinero para que la institución mantenga su actividad normal durante menos de un mes, pero si llegan a tiempo unos ingresos previstos para este mes de Julio podríamos tirar unos dos meses, es decir, podemos seguir como si tal cosa hasta finales de Septiembre. Si en esas fechas el Gobierno no aporta 75 millones adicionales (el equivalente a unos 3 meses de gasto descontando el personal de plantilla, que como he dicho ya está cubierto) el CSIC, simplemente, tendría que cerrar todas sus instalaciones. El Ministerio ha dicho que nos aportará 50 millones, y se entiende que los otros 25 tenemos que conseguir "ahorrarlos" gastando menos. En suma, grosso modo nos ofrecen dos meses y el tercero lo tenemos que ahorrar.
A pesar de que el CSIC es una Agencia Estatal, debido a las suspicacias de los diversos equipos que ha habido en el Ministerio de Hacienda nunca se ha firmado el Contrato de Gestión que prevé la ley, y por ese motivo el CSIC no puede pedir créditos, no puede endeudarse: en el momento en que se le acabe el dinero en la caja se acabó el juego. Hace sólo 5 años el CSIC tenía ahorros por más de 300 millones de euros. Esos ahorros a día de hoy se han esfumado; se han usado para ir pagando los déficits de los años anteriores. No hay ninguna red de seguridad. Si llegamos al fondo de la caja es el fin.
Los funcionarios y el personal laboral fijo representan alrededor del 50% del gasto total de la institución. El problema es que el personal del plantilla es un poco más de la mitad de todo el personal. La otra mitad se compone de becarios (8% del total del personal del CSIC, y que son pagados por otras entidades) y personal contratado por obra y servicio (40% sobre el total del CSIC). Aquí empiezan los problemas serios. Este personal se contrata con dinero de proyectos y de contratos, y con ese fin. Es decir: son partidas finalistas de dinero, que no se pueden dedicar a otra cosa. Por ejemplo, no se puede coger el dinero que tengo en mi proyecto para contratar un especialista en difusometría por satélite y con eso pagar la factura eléctrica de mi centro. Eso es ilegal, y tarde de hora alguien pedirá responsabilidades por ello, inclusive penales. Así que lo que se está intentando hacer es ralentizar la ejecución de los proyectos mientras se juegan con las diferentes partidas de dinero y se espera a que el Gobierno nos rescate.
Porque ésa es la clave: el rescate. A principios de año, reservado ya el dinero de nóminas de personal de plantilla, con el dinero realmente en caja se calculaba que el CSIC se quedaría a cero durante la primera semana de Mayo. Cundió el nerviosismo en la entidad ante la inminente "quiebra". In extremis el Ministerio acordó adelantar los pagos del siguiente trimestre, de modo que en Mayo tuvimos ya las transferencias de Julio, Agosto y Septiembre, y en Julio las de Octubre, Noviembre y Diciembre. Obviamente, en Octubre no habría más transferencias, pues lo que se acordó en ese momento fue sólo un adelanto, no un pago adicional. Igualmente faltaban 100 millones para acabar el año; simplemente se había postergado el momento del estallido final, haciéndolo más grande.
En la última semana de Junio, tras intensas semanas de negociaciones, y de nuevo in extremis, el Gobierno acordó por primera vez un pago adicional, de 25 millones de euros. El equipo de Gobierno del CSIC, que está haciendo un trabajo increíble estirando tanto como puede los fondos y luchando a brazo partido para salvar la institución - a pesar de la incomprensión y a veces la ingratitud de los propios investigadores- , sigue negociando con el Ministerio para conseguir que a más tardar en Septiembre se pongan otros 75 millones de euros más. A base de aplazar pagos a la Seguridad Social y otras medidas extremas los gestores del CSIC confían en poder soportar con lo que tenemos ahora hasta principios de Octubre. Pero si entonces no llega más dinero el CSIC tendría que suspender inmediatamente todas sus actividades y, lo que es más grave, dejar de pagar al personal contratado. Si el Gobierno concede 25 millones, el CSIC podrá sobrevivir, agonizante, incumpliendo compromisos de proyectos y contratos y por tanto agravando su situación futura. Si se conceden 50 millones se podrá cumplir los compromisos de este año, aplazando los de años venideros y complicándose por tanto el futuro. Para salir realmente del hoyo harían falta 75 millones.
La situación, por supuesto, es más complicada; una parte sustancial de la carga se está poniendo en las espaldas de los institutos, que tienen situaciones muy diversas, y existe el riesgo de que por el camino alguno de ellos reviente por imposibilidad de cumplir con lo que se le pide.
No sé cómo va a terminar esta crisis del CSIC. Es posible que el Gobierno suelte algo de dinero en Septiembre para desactivar esta posible bomba de relojería con gran repercusión mediática internacional, pero el problema es que nuestro Gobierno tiene demasiados frentes por atender, y cualquier pequeña dilación haría que el dinero no llegase a tiempo y el "cataclismo" se desencadenase. Estamos en el filo de la navaja. Lo que a mi realmente me preocupa de la situación actual es que ya se han puesto algunas ideas clave sobre la mesa. Cerrar centros, dejar de pagar facturas, dejar de pagar a los contratados... Seguramente no será este año en el que se manifestará el problema con toda su crudeza, pero tarde o temprano pasará. A finales de este año, cuando se aprueben los nuevos presupuestos, siendo optimistas el Gobierno dejará congelado el presupuesto del CSIC, pero no tardando mucho lo volverá a reducir. En algún momento nos tendrán que enviar algunas semanas a casa, por incapacidad de pagar costes. Todo esto desanimará al personal, que se involucra - a veces con bastante compromiso legal - a tirar adelante proyectos con un dinero que luego la institución, agonizante, usa para otros fines; esta situación de una manera u otra por fuerza acabará redundando en que los investigadores conseguirán todavía menos dinero, aparte de la caída de ingresos originada por la crisis, agravando aún más la situación.
Respecto a mi propio futuro, empiezo a vislumbrar que en un par de años, quizá más pero no muchos más, no podré ir a trabajar la mayoría de los días. Al ser funcionario no me pueden despedir, y al reducirse la Administración en general no podrán colocarme en otro lugar fácilmente (por ejemplo, de ordenanza en Correos), así que me pagarán por quedarme en casa. Pero como no tendré destino ni ocupación me quitarán los complementos correspondientes, y con el tiempo me quitarán los de antigüedad y de méritos de investigación, con lo que me quedaré con el sueldo base (1.100 euros brutos al mes), congelado de por vida. Seré un hombre afortunado, porque a la mayoría de mis compañeros, el 60% de la gente con la que trabajo cada día, los echarán a la calle sin más, al no ser funcionarios; espero y deseo que la mayoría emigren.
Mientras tanto yo voy dando poco a poco mis pasos en mi plan B (montar una spin off), C (ganar algo de dinero con pequeños trabajos de consultoría y con cursos y libros) y D (mantener el huerto). Conozco gente que pensaba, y aún piensa, que sacarse una oposición es una garantía de por vida. Esa gente lo pasarán mal. Ya no estamos en la época de las garantías, sino en la del colapso progresivo. Ahora toca moverse, ser dinámico, anticipar e implicarse, bajar a la arena, mancharse las manos. Nadie dijo que fuera a ser fácil. Lo importante es que sea posible.
Salu2,
AMT
Queridos lectores,
Durante las cuatro últimas semanas The Oil Crash ha estado dedicado a presentar un relato en ocho entregas titulado "Un futuro sin más", en la línea de los relatos de la serie "Distopía". Este relato supone una cierta ruptura sobre la línea editorial seguida hasta ahora por el blog y ha causado una cierta extrañeza entre algunos de sus seguidores, por lo que he creído oportuno escribir este pequeño epílogo en forma de crítica al relato para mejorar su contextualización.
Realmente yo no había planeado hacer un relato tan largo. Inicialmente escribí "La huída" pensando en que fuera la "Distopía IV", pero al dejar ese final semiabierto pensé en que podía darle una continuación y empecé a escribir el guión de "El juicio". Pero después pensé que una continuación lógica a "El juicio" sería algo parecido a lo que cuento en "La nueva energía" y de repente me vi enfrascado en la escritura de los guiones de los siete capítulos que siguen a "La huída". En ellos escribí las líneas maestras de lo que quería contar, simplemente el armazón de la historia marcando los hechos relevantes, pero evidentemente sin toda la carne literaria y sin muchos de los detalles que luego sirven de hilo conductor a algunos de los diálogos (por ejemplo, el jardín de Strauss).
No tenía una intención muy concreta al comenzar a publicar "Un futuro sin más", más allá de dotar de un cierto ropaje literario a la discusión de aspectos clave de nuestro problema de sostenibilidad y que son el leit motiv de este blog. Pretendía hacer un resumen más atractivo y menos farragoso de algunas ideas clave, con la idea de favorecer su difusión. Al ir desarrollando el texto encontré que podía usarlo para plantear tres escenarios diferentes y consecutivos. El primero es el del colapso en la barbarie y la credulidad de sociedades avanzadas en medio de una necesidad sobrevenida y acelerada, y cómo tales sociedades pueden ser presa fácil de charlatanes que tengan un poco de nivel técnico y exploten su angustia con habilidad. El segundo escenario es el de guerra generalizada por recursos que ya son muy marginales, en la que antiguos aliados combaten entre sí. El tercer escenario, que es el que más ha sorprendido a los habituales de este blog, plantea por qué incluso contando con una fuente milagrosa de energía se necesita imponer límites al desarrollo.
Cabe decir, para empezar, que este relato NO es una novela de anticipación. Algunas de las situaciones planteadas pueden ser más o menos creíbles (e.g., las guerras por los recursos) pero otras son exageraciones, recursos estilísticos que sirven de vehículo para la discusión (la persecución tan encarnizada de los científicos, el descubrimiento de una energía milagrosa). Algunos lectores se me han quejado en Facebook de que no ven el relato creíble porque no se habla del problema de las centrales nucleares abandonadas o de la superpoblación, de posibles invasiones africanas de Europa o de la guerra con China o incluso los EE.UU. Estos factores no parecen demasiado relevantes en un relato que se extiende durante sólo 30 años (con lo que el factor nuclear, aunque grave, no sería lo más grave) y con un escenario de base que no favorece, precisamente, el interés por Europa (continente que en ese momento de colapso es poco productivo y demasiado poblado, con escasos recursos).
Una de las curiosidades de "Un futuro sin más" es que durante los cuatro primeros capítulos se omite, incluso de una forma a veces demasiado forzada, el nombre de los países y ciudades en los que transcurre la trama. Tal peculiaridad arranca de "La huida", que al principio fue concebido como un relato único e independiente como he explicado. Al no contextualizar los lugares de la acción pretendía hacer más cercana la trama al lector, independientemente de la procedencia. Los nombres de los personajes, incluso, están escogidos para que su ubicación sea vagamente mediterránea aunque el país de donde escapan pudiera ser incluso los EE.UU. El personaje principal se llama "Jan", que en algunas partes de España es una abreviatura de "Joan" (nombre catalán) o "Juan" aunque es poco usado, y que tiene la ventaja de que también existe en holandés. "Palermo" evoca Italia, pero es un apellido bastante extendido, y además permite al lector español (el mayoritario de este blog) pensar que quizá la acción no se desarrolla en España. El otro personaje principal, David Ros, tiene un nombre lo suficientemente ambiguo como para poder ser de cualquier sitio (aunque su apellido da alguna pista sobre su futuro).
Dado que "Un futuro sin más" no es una novela de anticipación, lo que verdaderamente importa son las lecciones que se quieren transmitir usando como excusa una trama más o menos literaria que pueda "enganchar" al lector "desprevenido" de que lo que se pretende es darle una clase en los conceptos básicos de sostenibilidad y explicarle por qué nuestra sociedad, si mantiene el rumbo actual, está abocada a un colapso inevitable (aunque éste se prolongue durante décadas), incluso si consiguiera aquello con lo que sueña (la energía infinita). Lo importante de la novela, su verdadero meollo, son por tanto los diálogos un tanto socráticos entre sus personajes.
¿Tiene sentido la divulgación mediante relatos? Con los relatos de las diferentes Distopías y con "Un futuro sin más" se apunta a un público objetivo diferente del que es habitual de este blog. Es por eso que los relatos podrán hacer más o menos gracia a los lectores frecuentes, pero al final no van dirigidos tanto a ellos como a algún lector casual o, incluso, para que puedan circular entre usuarios que quizá nunca pisarán The Oil Crash.
¿Voy a continuar haciendo ficción literaria? La verdad es que tengo un par de ideas más o menos desarrolladas para novelas, pero no se trata de saturar un mercado que, por otra parte, es bastante pequeño de per se. Además, al lanzar "La huida" como un post más, confiado porque ya tenía los guiones de los otros siete capítulos, me fijé un ritmo de escritura (dos capítulos por semana) excesivamente rápido en un momento, además, en el que tenía mucho trabajo convencional. Eso ha hecho que la escritura sea quizá un tanto precipitada, que no se desarrollen plenamente todas las tramas de una historia que habría dado para más, y que lo que al final ha acabado siendo una novela sea más bien cortita. No volveré a cometer este error.
Por último quería anunciarles que, gracias al esfuerzo de revisión de los miembros del Oil Crash Observatory (OCO) y al de maquetación y diseño de Alfonso Bonet (la imagen que abre este post es la de la portada hecha por él) los ocho capítulos han sido convertidos en un libro electrónico que puede descargarse desde la plataforma Kindle de Amazon por un módico precio (alrededor de un euro). Posiblemente haya versiones para otras plataformas en un futuro. Los beneficios que genere su descarga (si es que hay) serán íntegramente para el OCO.
Salu2,
AMT
[Las
personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente
ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre
mera coincidencia]
[Capítulos anteriores de este relato: primero, segundo, tercero, cuarto y quinto, sexto y séptimo]
Después de la guerra con Francia, Suiza había desplazado una parte importante de sus efectivos a la frontera oeste, convencida de que si alguna amenaza le esperaba vendría del lado francés. La prosperidad de los últimos años habían llevado a Suiza, entre a otras cosas, a una cierta ceguera sobre cuál era la situación más allá de sus fronteras. Lo cierto es que en el territorio de la antigua Alemania la gente de las diversas naciones que ahora ocupaban su lugar pasaban mucha necesidad: las repetidas tormentas y los veranos cada vez más cálidos habían llevado a dos años seguidos de hambruna. Cuando ya en el mes de Abril los termómetros en algunas zonas de Alemania marcaban más de 30 grados Celsius y se anticipaba un nuevo año de cosechas mediocres el pueblo alemán perdió la paciencia. Los diversos lander crearon un gran ejército conjunto y se lanzaron decididamente a la conquista de Suiza.
La calidad de las armas y la preparación militar del ejército germano eran muy bajas, pero lo que le daba potencia era su abrumador número: un ejército de más de 100.000 hombres desesperados, que lo habían perdido todo o estaban a punto de hacerlo. Los pequeños destacamentos suizos en la frontera no pudieron hacer frente a tal marea humana y fueron literalmente barridos. Los alemanes, con una mayoría de tropas a pie, avanzaban a una velocidad inusitada, arrasándolo todo a su paso. Prevenido por un mensajero venido directamente del Ministerio, Jan se vio obligado a salir de Zurich en medio de la noche, acompañado de Margueritte. Esa huida encolerizó a un Jan harto ya de salir siempre huyendo. Lo que no sabían los invasores es que esta vez estaba preparado.
En las afueras de Zurich, cerca de su primera y ahora ampliada planta, Jan tenía varios hangares vigilados por hombres de su confianza - buenas personas que había rescatado del arroyo y a las que había dado pan y un hogar, gente preparada y con conocimientos técnicos y militares básicos. En aquellos hangares guardaban una docena de carros de combate, con un blindaje impenetrable incluso para obuses de gran calibre pero extraordinariamente ligeros gracias a las capas laminadas de fibra de carbono. Los tanques transportaban en su interior centenares de obuses de gran calibre y proyectiles para ametralladora, ligeros y encajables, hechos también de fibra de carbono, y propulsados por explosivos a base de hidrógeno y metanol. Dada la ligereza y maniobrabilidad de los tanques, su excelente blindaje y la terrible potencia de fuego que eran capaces de desarrollar, aquellos doce tanques fueron capaces de causar estragos entre los alemanes. La batalla entre los invasores y aquella pequeña fuerza blindada duró solamente un par de horas y acabó convirtiéndose en un ejercicio de tiro al plato. Aquella noche, entre invasores e invadidos, se saldó con más de 10.000 muertes en territorio suizo. Los generales que comandaban el ejército alemán, viendo que ni sacrificando sus mejores hombres era capaz de acercarse a los tanques, decidió desbandarse y retirarse hasta su propio territorio. Al menos otros 5.000 alemanes fueron hechos presos en su desordenada huida, aunque pocos de ellos llegarían vivos a la prisión.
Tras el fulgurante ataque de los alemanes centenares de kilómetros cuadrados del norte de Suiza eran poco más que casas calcinadas y cultivos perdidos, segados a dentelladas y aplastados por las botas de aquella tropa embrutecida. La gente que habitaba aquella tierra ahora mancillada, los que habían podido escapar con vida, ya no podrían recibir de ella su pan y sustento como mínimo hasta la siguiente cosecha; y reconstruir las casas, las granjas, los pajares,... llevaría muchos meses, y muchas familias de granjeros ni tan siquiera podrían financiarlo. Zurich se había librado de la barbarie por la rápida actuación de Jan. A medida que los tanques expulsaban a los alemanes de vuelta a su país el paisaje de la desolación que habían dejado era más evidente para Jan, quien contemplaba todo aquello desde lo alto de una colina al norte de Zurich. Afortunadamente, pensó, Margueritte estaba a salvo, lejos, en la retaguardia. Pero posiblemente otras Marguerittes no habrían tenido tanta suerte aquella noche en la que, a traición, los alemanes les habían asaltado. Sintió una rabia profunda, un odio alimentado por el resentimiento de décadas de haber sido humillado por gente a la que consideraba embrutecida e inferior. Pero esta vez no. Esta vez Jan no estaba dispuesto a permitir que tal afrenta se saldara tan fácilmente. Tomó su radio comando y ordenó al comandante de su flotilla personal de blindados que persiguiera a los alemanes hasta Berlín si fuera preciso, y que los aniquilasen.
Los tanques, mucho más rápidos y poderosos que el ejército alemán, causaron estragos entre la tropa que se retiraba, espantada, huyendo del horror que se iba extendiendo a sus espaldas. El propio Jan vio, a través de las cámaras en el blindado del comandante, que sus tanques estaban desatando una carnicería abominable. No, no podía caer en el mismo embrutecimiento. Odiaba a aquellos hombres que habían puesto en peligro aquello que más quería en este mundo: su universidad, su casa, su país de adopción, Margueritte... pero a pesar de ello no podía masacrarlos como si fueran insectos. Ordenó parar a sus tanques y desplegarse en formación ocupando un área de seguridad en territorio alemán.
Las semanas siguientes fueron frenéticas para Jan. Sus fábricas producían tanques a decenas, con toda su munición y explosivos. Con el acuerdo del Gobierno Suizo creó un protectorado en Alemania, una zona de exclusión, y todo el resto de la frontera suiza fue militarizado y vigilada por los nuevos blindados SPEG. En todas las fronteras de Suiza los controles de paso se volvieron mucho más estrictos, limitando el acceso a los suizos y a las personas con residencia o familiares en el país helvético. Además de su esfuerzo bélico y fabril Jan hizo generosas aportaciones para la reconstrucción de las zonas devastadas, hasta el punto de que en aquellas semanas gastó la mitad de su fortuna, y con su ejemplo consiguió que el Gobierno también pusiera una buena parte.
Jan odiaba de manera visceral e irracional a aquella tropa de desarrapados que estuvieron a punto de arruinar su obra, pero su cerebro de científico le empujaba a intentar dejar de lado sus prejuicios y comprender el por qué. Cien mil personas no se ponen de acuerdo simplemente para ser malvados; por supuesto había una causa que había llevado a tanta gente a actuar de manera tan brutal y concertada. Jan visitó el protectorado alemán y habló con decenas de prisioneros y entendió perfectamente qué había pasado. Mientras Suiza prosperaba la gente en Alemania sufría cada vez más. La invasión la había producido meramente el hambre y la huida de unas condiciones de vida cada vez más miserables. Nada más simple, nada más prosaico.
Por fuerza tal problema tenía que ser generalizado en el continente, y probablemente en todo el mundo. Si Jan quería que el paraíso suizo continuara existiendo no podía abandonar a esos miles de millones de personas a su suerte. Suiza no podía encerrarse en su burbuja, exhibiendo impúdicamente su prosperidad mientras el resto de la Humanidad sucumbía. Como saben los ecólogos que estudian la dinámica de poblaciones, ninguna barrera es lo suficientemente fuerte para retener la presión de una población lo suficientemente grande, y los tanques de Jan podrían resultar eficaces para desbandar más que un ejército una horda desavisada de 100.000 personas, pero acabarían sucumbiendo delante de un ataque de un millón o dos de personas, o más; había suficiente gente en Europa para inundar literalmente Suiza con su sangre, y todavía más en la cercana África, y si la necesidad continuaba apretando en algún momento pasaría. Y no sólo eso. Algún día podrían venir amenazas desde tierras más lejanas, algunas de las cuales aún guardaban unos pocos misiles nucleares. Afortunadamente para el mundo la mayoría de las cabezas nucleares que guardaban las potencias nucleares habían sido desmanteladas para aprovechar el combustible en las centrales nucleares cuando el uranio empezó a escasear en la década de los 10, pero aún así un par de ojivas bastaban para poner un pequeño país como Suiza de rodillas. No había solución posible: tendría que extender la tecnología a Europa y al resto del mundo.
Tras dos semanas de discusión con el Ministerio y múltiples contactos diplomáticos Suiza convocó una conferencia paneuropea en Berna para discutir los términos de la compartición de la tecnología SPEG, como paso previo para su extensión a todo el mundo. Al encuentro acudieron observadores de todos los continentes, aunque algunos de ellos no pudieron llegar a tiempo dada la precariedad de los medios de transporte en aquellos años y eso a pesar de que el anuncio de la conferencia se hizo un mes antes de su celebración. Tras el discurso inaugural del Primer Ministro suizo como anfitrión del evento, la conferencia central fue la de Jan Palermo explicando las características generales de la tecnología (sus requerimientos, pero sin dar detalles de su funcionamiento) y bosquejar su potencial a escala europea y global. En realidad Jan proyectaba números mucho más modestos que los que el verdadero potencial de la tecnología SPEG ofrecía, pero aún así se produjo el murmullo de satisfacción entre los delegados - posiblemente no tenían esperanzas de conseguir tanto. Jan no se sentía a gusto acudiendo a aquel foro, aunque sabía que tenía que hacerlo. En su cabeza se había imaginado lo que se esperaba encontrar en aquella conferencia; se veía a sí mismo, humilde profesor universitario, teniendo que hablar delante de decenas de diplomáticos con décadas de experiencia y abrumador aplomo y considerable soberbia, gente que te hace sentir disminuido con sólo mirarte por encima. Pero en lugar de orgullo y prepotencia con fino tacto diplomático, Jan se encontró hablando a una tropa de famélicos, demacrados y desarrapados. Durante las frugales comidas de las cinco sesiones que duró el evento sus distinguidas señorías devoraban el pan y la sopa como si fueran manjares divinos. Tras la exposición inicial de Jan, los delegados nacionales describieron la situación de cada país, explicando sus mayores retos y problemas, todos diferentes - desertificación, falta de agua, inundaciones, baja productividad agrícola, tormentas, epidemias - y todos tan similares: con una fuente de energía confiable todos esos problemas podrían ser mantenidos a raya. Tras una breve jornada de trabajo con los delegados, durante la última jornada de conclusiones Jan expuso un plan de expansión para los países europeos con un plazo de implantación de unos cinco años y las primeras experiencias piloto fuera de Europa; pero dedicó más de la mitad de la presentación a explicar también las limitaciones. Describió con suma precisión los problemas que se presentarían, según la región, si se intentaba franquear el límite de sostenibilidad de cada territorio, dejando claro que SPEG era la última oportunidad para la Humanidad y que si esta vez la codicia y la impudicia humana no era puesta a raya los seres humanos desaparecerían inexorablemente del planeta. Estableció una cantidad máxima de energía por territorio, que debía destinarse en primer lugar a una agricultura sostenible y a la producción de agua potable de acuerdo con la capacidad del territorio, en segundo lugar a mantener un nivel sanitario correcto y digno, y en tercero a la educación, en la cual los planes de estudios debían ser revisados y aprobados por la autoridad académica suiza, y en los que se debía priorizar la educación en sostenibilidad y el respeto al equilibrio natural. Solamente después de atendidas esas tres necesidades, de acuerdo a un nivel de población máxima de carga revisable para cada territorio, se podría usar cualquier energía remanente para otros usos, hasta la cuota máxima establecida para el territorio. La gestión de la propiedad de la tecnología SPEG quedaba en manos de Suiza, quien se comprometía a no negársela a ningún país que se adhiriera a esos principios. Suiza se convertía así en el garante del bienestar de la Humanidad y en el país más importante del mundo. Para relativa sorpresa de Jan, no hubo protestas, no hubo reparos, no hubo retorcida retórica para intentar arañar mayores privilegios de unos a costa de otros. Sólo había cansancio y desesperación entre los delegados. Los representantes de los países europeos y de los países piloto votaron ordenada y unánimemente la aceptación incondicional de las normas que se habían decidido en aquella conferencia. La conferencia fue clausurada con todos los delegados en pie mientras se entonaba el himno de la alegría de Beethoven, que junto a la bandera suiza pasaba a ser el símbolo de la nueva Europa y del nuevo mundo.
Cinco años después el continente estaba irreconocible. Tras grandes esfuerzos por fin el hambre había pasado y la vida florecería una vez más. La vida aún era dura, pero soportable, en muchos territorios, cuya capacidad de carga se había reducido a pesar de la tecnología SPEG por culpa de las inclemencias del Cambio Climático, y la situación aún era cambiante por lo que al menos en Europa no se podía dar la batalla por ganada. En el Ministerio de Sostenibilidad Internacional suizo se trabajaba intensamente revisando planes de implantación nacional y fijando criterios estándar para establecer las cuotas energéticas y de uso de materias primas para cada territorio. Afortunadamente al Ministerio comenzaban a llegar las primeras promociones universitarias formadas por Jan, con muchas ideas nuevas y proyectos de futuro.
Jan había cumplido ya setenta años. Estaba sentado en el banco de su jardín, al lado de una joven Margueritte en el esplendor de sus 19 años. Ambos miraban el jardín, deleitándose en el vuelo de las mariposas, contemplando cómo una nueva primavera, de las pocas que entonces merecían ese nombre, convertía el triste invierno en un espectáculo de color y vida.
- Algún día tú tendrás que ponerte al frente de todo esto, Margueritte - dijo al fin Jan - El resto del mundo está sufriendo aún. El Ministerio ha diseñado nuevos planes de expansión para África, América, Asia y Oceanía, pero hay innumerables dificultades. Sequías, tormentas, el nivel del mar que sube, el de los acuíferos que baja... El mundo es mucho más grande que Europa, y si difícil es aún estabilizar este continente afuera el reto es ciclópeo. Pero es nuestro deber: tenemos que liberar al Hombre de sus cargas. No podemos descansar mientras un sólo hombre sufra
Margueritte sonrió, y su cara se iluminaba.
- Me has enseñado bien, sé lo que hay que hacer, y lo haré. Cuando acabe los estudios en la Universidad me haré cargo de la implantación internacional, y mientras tanto haré un internado en el Ministerio de Sostenibilidad - Margueritte cogió las manos de Jan y mirándole con sus ojos almendrados y grandes le dijo en francés - Puedes descansar ya, papá, yo seguiré tu labor
Era la primera vez que Margueritte le llama papá, aunque legalmente hacía más de diez años que era su padre. Quizá porque casi siempre hablaban en alemán; para decir esas palabras Margueritte había necesitado volver a su lengua materna. Él le dio un beso en la frente, deshecho en lágrimas, y ella le abrazó.
- Nunca hubo un hombre mejor que tú, papá.
- No es verdad, Margueritte; he hecho cosas terribles.
- Todos hicieron cosas terribles en esos años; he leído los libros de Historia. Pero tú supiste encontrar el camino, y has hecho más bien que mal hiciste
Después de aquel día, Margueritte compaginó sus estudios en la Universidad, donde aprendía Física e Ingeniería, con la gestión de las plantas SPEG y con su internado en el Ministerio para ayudar en la planificación sostenible de los territorios. Jan poco a poco fue cediéndole la batuta, y al final sólo se encontraban en la gestión de un espacio sostenible común: el jardín.
La siguiente primavera, antes de la llegada de los rigores del verano, Jan hizo un viaje nostálgico a Madrid. Ya no era un hombre perseguido, sino famoso y reconocido, aunque él evitaba aparecer en actos y homenajes públicos; y con su aspecto discreto, en los prolegómenos de una respetable ancianidad, conseguía no ser importunado y pasar desapercibido la mayoría de las veces. Para llegar a Castinueva, el nuevo país del que Madrid era la capital, tuvo que atravesar media docena de países que tan sólo veinte años atrás no existían. Los trenes de aquella época iban a velocidades moderadas para optimizar la eficiencia energética, y entre eso y los pasos de frontera el viaje a Castinueva duraba más de un día. Pero Jan ya no tenía prisa: no tenía por qué correr, ya nadie le perseguía. Al contrario, los guardas de aduanas le saludaban con respeto al ver su pasaporte suizo, y al ver su nombre en él se cuadraban y muchas veces le estrechaban fervientemente la mano. Uno incluso le dio un gran abrazo, y justamente fue el guarda de La Jonquera, aquel paso maldito donde hacía veinte años un grupo de mozalbetes, cuchillo en mano, intentaban atraparle a David Ros y a él.
El tren continuaba su lento traqueteo. Catalunya y Aragón habían conseguido mantener su red ferroviaria en buenas condiciones, pero en Castivieja se notaba el abandono de muchos años. El Gobierno de Castivieja, cumpliendo las directivas del Ministerio suizo de sostenibilidad, había completado la Fase Tres de Regeneración Sostenible del Territorio, y estaba dedicando sus esfuerzos a la vertebración eficiente del territorio; Jan vio muchas máquinas de fabricación suiza que trabajaban para restaurar y mantener la vía. Mirando a aquellas llanuras eternas Jan no pudo evitar un estremecimiento, al recordar su ciudad natal arrasada por las bombas incendiarias francesas. Pero ahora Francia no existía y París volvía lentamente a ser lo que nunca debió dejar de ser: un centro europeo de la cultura y de la ciencia.
Poco después de entrar en Castinueva Jan reconoció un campo de reeducación abandonado; las máquinas trabajaban en su desmantelamiento; un imperativo por la necesidad de reaprovechar los materiales, pero también moral. Quizá en aquel campo habían muerto Enrique Pouzas y tantos compañeros suyos. ¿Y qué pasó con los exiliados? Ángel Sancho y algunos otros náufragos habían recalado en Zurich, pero, ¿qué se habría hecho de los demás? ¿Habrían muerto en algún campo de reeducación sólo que de otro país? ¿O habrían seguido otros destinos nada halagüeños? Jan no pudo evitar pensar en David Ros y en su triste final, cayendo desde mucho más alto que los demás. Como siempre, el consuelo de haber ayudado a Colette y a sus hijos era el único remedio para tanto dolor como su evocación le hacía sentir.
Jan descendió por fin del tren en Madrid. No había recepciones oficiales; nadie sabía que llegaría ese día, aunque se le esperaba para la semana siguiente (querían darle la Gran Cruz de Oro al Mérito Civil de Castinueva, aunque Jan dudaba que pudiesen encontrar oro para una cruz tan grande). Fue directamente a un modesto hotel, muy diferente del que el Ministerio de Sostenibilidad castinuevés le había reservado para la semana siguiente; se registró con sus nuevos documentos de identidad castinuevenses que el Gobierno de ese país le habían hecho llegar "en reconocimiento a las labores prestadas a su patria de origen", ignorando el hecho de que, stricto sensu, él era castiviejense de nacimiento. El dueño del hotel no sabía quién era Jan Palermo, pero sabía que los papeles estaban en orden y que el huésped era económicamente solvente puesto que pagó por adelantado los cuatro días de estancia.
Después de registrarse en el hotel, Jan se fue a pasear por las calles de Madrid, un poco sin saber a dónde iba o más bien sin darse cuenta de hacia dónde iba. Llegó casi sin pensarlo a las inmediaciones del que había sido su laboratorio de investigación, a la misma colina desde donde presenció su saqueo y su quema. Habían pasado veinte años y nadie había recuperado aquel espacio. Se adivinaban las ruinas calcinadas debajo de los arbustos y matojos que daban un toque verde aunque melancólico al conjunto. Un gran cartel, un poco desvaído por la lluvia, anunciaba la reconstrucción inminente del centro "con aportación del Fondo Suizo de Sostenibilidad Europea", aunque a juzgar por la fecha -tres años atrás- habían sido más diligentes en poner el cartel que en empezar las obras. Algunas cosas no cambian de lugar aunque cambien de país, pensó Jan.
En todas partes vio estragos de la guerra contra los franceses, que a pesar del tiempo transcurrido - y de la poca resistencia de los españoles- eran todavía muy evidentes; solamente vio algunos edificios reconstruidos en los barrios más señoriales, en algunos casos con fondos suizos. Tomó nota para notificarlo al Ministerio de Sostenibilidad Internacional, una vez de vuelta a su casa; ciertamente, costaría superar muchos hábitos dolosos de la época anterior.
Paseando y casi sin querer llegó a su antiguo barrio, a su antigua calle, a su antigua casa. La zona no había sufrido más deterioro que el del mal mantenimiento de aquellos veinte años que habían pasado desde que lo abandonó, mochila al hombro. Sin saber muy bien porqué, entró en el portal de su antigua casa y subió hasta su antiguo piso. Era un piso relativamente modesto; su sueldo de profesor universitario, tras los sucesivos recortes, no daba para todo, y él, sin cargas familiares, había preferido gastarse el dinero en viajes. Pensaba en eso mirando la vieja puerta, de color verde deslucido; era igual que hacía veinte años, ni siquiera la habían repintado. ¿Qué habría sido de todos sus cosas, todo lo que abandonó en su huida? Sin poder reprimir el impulso, llamó a la puerta.
Le abrió una niña de unos ocho años; por un momento a Jan le pareció estar viendo a Margueritte diez años atrás. Desde el interior se escuchó una voz femenina, la madre sin duda: "¿Quién es?".
- Es un señor muy distinguido - dijo la niña, y añadió - Parece un científico.
FIN
Antonio Turiel
Julio de 2013
[Las
personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente
ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre
mera coincidencia]
[Capítulos anteriores de este relato: primero, segundo, tercero, cuarto, quinto y sexto]
Justo después de adoptar a Margueritte Jan empezó el proyecto de la primera planta piloto. Para su emplazamiento escogió una pequeña parcela que había sido propiedad de Strauss. Cuando aceptó la herencia, esa parcela le pareció una excentricidad del viejo profesor: se trataba de media hectárea, poco productiva agrícolamente, en una zona pedregosa y cercana a Zurich. No era fruto de una herencia previa, como pudo comprobar en los papeles de registro: Strauss la había adquirido poco antes de la muerte de su mujer. Pero cuando Jan empezó a buscar un emplazamiento idóneo para la planta piloto, con los magros recursos de los que disponía, se dio cuenta de que aquella parcela reunía una serie de características extremadamente idóneas para la generación con la nueva tecnología (a la cual bautizó como SPEG, siglas de Strauss Palermo Energy Generation). Era tan apropiada para ese fin que a Jan no le quedó la menor duda de que Strauss seguramente se había pasado meses buscando un emplazamiento tan idóneo y, por lo que vio en el registro de la propiedad, la había pagado generosamente... para nunca en su vida poner los pies en ella.
Conseguir los materiales para la planta no era fácil. Los suministros escaseaban y eran caros. Jan tuvo que hacer una gran inversión de su propio bolsillo para que los trabajos avanzasen, y continuamente pasaba por aquel lugar para supervisar las obras. Algún instrumental clave lo tomó prestado del laboratorio, con la excusa de hacer medidas de campo. Tal forma de proceder casaba tan poco con la mentalidad germánica de Zurich que nadie se imaginaba lo que estaba haciendo por inconcebible que era su comportamiento, pero afortunadamente para Palermo él era mediterráneo y le resultaba perfectamente concebible actuar así, aunque lo hacía no sin recelos. Sabía que lo hacía por un bien mayor para Suiza y para la Humanidad, pero aún así su margen de maniobra era limitado: si se sabía que estaba desviando material del laboratorio para un proyecto propio le expulsarían de la universidad sin más. Así que debía ser cauto, y en ocasiones mentiroso.
La construcción de la planta piloto no era, sin embargo, la única de sus preocupaciones. Adoptar a Margueritte fue un gesto noble por su parte, pero a pesar de su carácter previsor el profesor Palermo no había anticipado que tener un niño a su cargo, aunque ya fuera un poco crecidito, implicaba una cierta carga de trabajo adicional. Por ejemplo, la niña tenía que ir a la escuela. Jan la apuntó a la escuela que dependía del liceo que dependía de su misma universidad; el arreglo era muy conveniente porque la educación era de gran calidad y a los profesores de aquella universidad la matrícula les salía prácticamente gratis. Margueritte no había ido nunca a la escuela y no sabía apenas leer y mucho menos en alemán, así que cada noche tenía que repasar sus deberes con Jan durante horas, y por ella Jan redujo sus horas de servicios sociales. Margueritte tenía una mente despierta y con la ayuda de Jan consiguió alcanzar a sus compañeros de curso tras un par de años de escolarización. Pero la llegada de Margueritte implicaba también realizar muchas tareas domésticas fundamentales; por ejemplo, tener a punto el desayuno y la cena a horas convenientes. Jan trabajaba sin descanso en el laboratorio y montando la planta piloto, y entre eso y las horas de estudio con Margueritte simplemente no le llegaban las horas. Pudo solventar esta cuestión pagando un ama de llaves (su sueldo y algunos pequeños proyectos industriales que hacía por encargo de la universidad hacían que se lo pudiese permitir; "mi trabajo en la Universidad tiene una buena TRE", pensaba a veces irónicamente). Pero, más importante que eso, tener la niña en casa le obligaba a compartir su espacio vital, después de tantos años viviendo solo. Porque progresivamente Margueritte fue ocupando una porción cada vez mayor de la vida de Jan. Al principio la niña era bastante recelosa, aunque siempre trató a Jan con corrección; pero a medida que fue cogiendo confianza con su padre adoptivo le iba haciendo más preguntas y Jan, que tenía una gran vocación pedagógica, vio en ella la alumna perfecta para ir moldeando desde la infancia, aunque le costó un tiempo comprender que una niña de ocho años tiene sus ritmos de aprendizaje, que debía alternar con el juego y con otras actividades. Lo que más conmovió la vida de Jan fue, justamente, haber de participar (o intentarlo) en los juegos de su nueva pupila, tarea que le resultaba ingrata por considerarla una pérdida de tiempo pero que se autoexigía cumplir, y que con el tiempo llegaría a agradecer.
La niña no explicaba gran cosa de su vida anterior. A veces Jan la veía llorando en algún rincón de la casa, sin que él pudiera conocer el motivo, pero Jan, tímidamente, no osaba perturbarla en aquellos momentos. Hasta que un día que salía a arreglar el jardín como cada martes y jueves se la encontró llorando al lado del pozo y, conmovido por aquellas lágrimas infantiles, le preguntó su por qué. Ella le dijo que echaba de menos a su padre y sobre todo a su madre. Jan sintió la misma congoja que el día que la recogió de la calle. Entonces le explicó el origen de la casa, cómo el profesor Strauss había cuidado del jardín de su mujer cuando ésta murió y de cómo Jan se hacía cargo de ese mismo jardín, ahora que ambos habían muerto.
- De alguna manera - le dijo Jan - los Strauss siguen viviendo aquí porque nosotros cuidamos su jardín. Ellos me dieron lo que yo necesitaba y yo mantengo vivo su recuerdo. Tú puedes hacer lo mismo: mantener vivo aquí el recuerdo de tus padres. ¿Había alguna flor que le gustase especialmente a tu madre?
- Las rosas - dijo Marguerite, secándose las lágrimas con las palmas de las manos.
- Muy bien. Pues hoy mismo iremos a comprar unos bonitos rosales que instalaremos en aquel parterre de allá.
- Yo creo - dijo Margueritte - que estarían mejor a este lado del pozo.
- Como tú desees, pequeña.
Después de aquel día, Margueritte dedicaba sus horas fuera de la escuela y tras hacer los deberes a cuidar del jardín. Y sucedió que aquel jardín ganó una belleza que seguramente no había visto en años. Pues Wilhem Strauss había cuidado del jardín de su difunta esposa como el que ejecuta una estrategia militar, con precisión pero sin armonía, y Palermo había simplemente seguido un protocolo escrupuloso, asegurándose que cada tipo de planta tenía las condiciones de humedad y nutrientes adecuadas y que las malas hierbas y los insectos no las agobiaban. Pero Margueritte introdujo en aquel jardín sentimiento; más que un producto estandarizado y pulcro, la niña hizo del jardín un espacio armonioso y un remanso de paz y alegría. Un día que volvía especialmente cansado de intentar resolver algunos problemas en la planta se sentó un rato en el porche de la casa, que daba al jardín, y se quedó maravillado al ver en qué lo había convertido Margueritte en muy pocos meses. La niña se le acercó sonriente y comenzó a hablar sobre sus planes para los gladiolos y las siemprevivas y los arbustos de la cerca y tantas otras cosas que Jan fue incapaz de oír, pero miraba a su pupila bañada por la luz del atardecer como si viera un ángel en el paraíso terrenal que había creado en aquel pañuelo de tierra.
Jan tardó quince meses de esfuerzos, grandes inversiones y sobresaltos en terminar la primera planta SPEG. Durante aquellos meses Jan dudó muchas veces de si era sensato acometer aquella empresa sin contar con inversión adicional, pero para él era clave mantener siempre el control de la tecnología: sin control, los hombres se lanzarían a una nueva loca carrera por destruir el mundo y esta vez lo conseguirían. Pero hacer las cosas de esta manera comprometía el patrimonio de Jan, lo cual no le preocupaba sobremanera, teniendo en cuenta cuántas veces había estado a punto de perder mucho más que eso. Sin embargo, por primera vez en su vida tenía a más gente a su cargo. Estaban Colette y sus hijos, que todavía eran demasiado jóvenes para trabajar, en un país nuevo que aún estaba intentando encontrar su equilibrio y que a veces entraba en guerra (afortunadamente solventada tras unas pocas escaramuzas) con lo que en otro tiempo también había sido Francia; pero esos meses de ruido de sables eran fatales para la economía de la viuda del General Ros, puesto que Jan no tenía manera segura de hacerle llegar el dinero. Y por otro lado estaba Margueritte; se la veía tan feliz en su nueva casa y en el colegio, y sobre todo en aquel vergel en que había convertido el jardín. Jan podía sufrir él todas las humillaciones que fueran precisas, pero no podía permitir que aquella niña preciosa volviera al arroyo de donde la había rescatado. Así que Jan no se podía permitir fallar esta vez.
Y no falló. La planta SPEG entro finalmente en marcha, justo antes del invierno de aquel año. A su inauguración invitó a altos cargos del Ministerio de Educación Superior e Investigación y del Ministerio de Industria, y la demostración fue un éxito. Jan tenía miedo de que alguien se pensara que intentaba hacer un nuevo timo como el de los tremogeneradores de Tesla, pero comprobó que curiosamente mucha gente no era ni consciente de que lo que había hecho en Francia era un estafa. Después de todo incluso en Suiza la gente era bastante ignorante, al menos en lo que aspectos técnicos fundamentales para su futuro se refería.
La nueva fuente de energía renovable tenía un rendimiento excelente, y podía ser aprovechada directamente como fuente de calor como para producir impulso mecánico o incluso, conectada a un alternador, generar electricidad. Jan explicó que, escaseando materiales fundamentales como el cobre (la mayor parte del cobre venía del reciclaje, penosamente realizado a mano, ya que el comercio internacional hacía tiempo que era un vago recuerdo del pasado y no había minas de cobre en Europa dignas de ser explotadas) no resultaba conveniente centrarse en la generación de electricidad; además, la conversión de energía mecánica en electricidad implicaba pérdidas mayores del 20%, a las que después cabía acumular un 20% adicional por pérdidas de transformación y transporte. Por tanto, él sugería intentar aprovechar el potencial mecánico directo: si en vez de producir y transportar electricidad para su uso en fábricas lejanas se instalaban fábricas al lado de la central y éstas tomaban la energía mecánica directamente mediante poleas, correas y sistemas de transmisión, se podía tener un aprovechamiento de casi el 100% de la energía generada por la planta SPEG.
- Es el Segundo Principio de la Termodinámica - explicaba Palermo - Vds. generalmente lo habrán oído formular como principio del aumento de la entropía, pero también se puede entender como una ley de peaje energético. Es decir, cada vez que hay una transformación de energía de un tipo -mecánica, calor, eléctrica- a un tipo diferente se ha de pagar un peaje, y este peaje es tanto mayor cuanto más diferentes son entre sí esos dos tipos. Por ejemplo, conectar una correa a esta turbina rotatoria para accionar aquella máquina es muy eficiente, pues transformo movimiento mecánico en movimiento mecánico; pero si uso vapor de agua para mover la turbina la eficiencia baja al 50%, y si encima quiero generar electricidad se queda en un miserable 35%.
Las autoridades asentían, sin realmente entender nada, pero estaban satisfechas por lo que parecía ser el fin de la penuria energética.
La primera planta de Jan Palermo fue un gran éxito comercial: los ricos querían electricidad, las fábricas querían impulso mecánico y los hogares requerían calor para cocinar y para calefacción. La potencia de la planta era tal que conseguía abastecer buena parte de Zurich ella sola, aunque se tuvieron que instalar algunas conducciones nuevas y reaprovechar algunas antiguas. Con los beneficios del primer mes de explotación Jan pudo reponer el material que había sustraído del laboratorio e incluso hizo una generosa donación a la Universidad, con lo que por fin pudo respirar tranquilo.
Los remanentes de energía de la primera planta SPEG eran tantos que Jan le acopló una factoría para la síntesis de fibra de carbono y de grafeno, con la ayuda de los mejores especialistas de su universidad. La fibra de carbono, material ligero y resistente, hacía más fácil la construcción de la segunda planta, en tanto que el grafeno permitía mejorar enormemente la conductividad eléctrica de ciertos elementos clave. Ambos materiales eran muy costosos energéticamente, con muy poca exergía - especialmente el grafeno- pero tenían la ventaja de poderse sintetizar a partir del muy abundante carbono atmosférico; incluso, pensó Jan, si las plantas SPEG se extienden se podría conseguir una reducción de los niveles de CO2 atmosférico y detener el proceso de calentamiento global. Sin embargo, llevaría décadas llegar a producir una disminución perceptible. Por otro lado, la síntesis del grafeno era tan costosa, incluso con las mejores técnicas disponibles, que su uso tenía que estar restringido a aplicaciones en las que se demostrase que la energía necesaria para su síntesis era inferior al ahorro de energía por su uso, lo cual no pasaba tan frecuentemente.
En un tiempo récord de seis meses la segunda planta estuvo lista para funcionar. Basada en fibra de carbono, era más ligera, eficiente y funcional. Jan empezó a ganar mucho dinero y a ser un hombre muy popular en Suiza, y le empezaron a llover ofertas para instalar nuevas plantas por todo el territorio helvético. Jan llevaba meses preparando un plan de reindustrialización equilibrada de Suiza, y con el gran potencial que tenía en sus manos empezó a ejecutarlo. Su sistema era simple: primero, planta SPEG de alta capacidad basada en fibra de carbono, y con elementos de grafeno para las unidades de transformación eléctrica más exigentes; después, una nueva fábrica de fibra de carbono y grafeno; y por último, favorecer la implantación de factorías adyacentes que se aprovechen de la abundancia de energía y materiales. Una planta por ciudad, dos si ésta es muy grande. Con este plan en la cabeza, Jan comenzó la expansión, y con su avance cada vez ganaba más dinero. Dinero.
- A fin de cuentas - le explicaba a Margueritte mientras volvían a casa después del colegio -el dinero es sólo un token, un símbolo, una representación de los excedentes de energía, de la capacidad de hacer trabajo. Mis ahorros representan mis excedentes de energía de ahora convertidos en una energía almacenada, pero sólo virtualmente, simbólicamente.
- No entiendo eso, Jan - la niña siempre le llamaba por su nombre.
- Mira - y se sacó un franco suizo del bolsillo- Convenimos que un franco suizo equivale, digamos, a mil kilocalorías - y para que la niña le entendiera dijo - a la energía que nos da una barra de pan
- Es verdad - dijo Margueritte - en la panadería de la parte baja de Zurich te venden barras de pan por un franco.
- Vale. Pues yo tengo ahora en el banco, cuánto, ¿un millón de francos? Es decir, mil millones de kilocalorías, un billón de calorías. Pero yo no tengo necesidad de usar toda esa energía: ¡eso es como un millón de barras de pan! - Jan disfrutaba viendo la sonrisa de Margueritte al imaginarse esa montaña de pan - Así que cedo toda esa energía a otra gente que sí que la necesita ahora, y ellos a cambio me dan todos esos billetes. Cada billete es un vale; un compromiso de las personas que me los dan, en realidad del Banco de Suiza, de que cuando yo necesite toda esa energía alguien a quien en aquel momento le sobre me la dará, gracias siempre a la mediación del Banco de Suiza. Así todos tenemos lo que queremos cuando lo necesitamos, ¿ves qué bien? Pero hay un problema con todo ese esquema. ¿Sabes cuál es?
Margueritte hizo que no con la cabeza.
- Pues se presupone que cuando yo la reclame habrá toda la energía que yo pida. Lo cual es un problema si yo acumulo más y más billetes, si la gente me paga por todo lo que les puedo dar, porque si un día reclamo mi energía de golpe (por ejemplo, porque quiero construir un palacio) - y Margueritte sonrió de nuevo; se imaginaba, probablemente, como una princesa en ese palacio, y la idea también le hizo sonreír a Jan - nos podríamos encontrar con que no me la podrían pagar, o que para pagarme toda la gente debería dejar de hacer lo que estaban haciendo para pagarme... ¡incluso dejar de comer!
Margueritte se llevó la mano a la boca, entre divertida y escandalizada.
- Esto, que parece una barbaridad, en realidad pasó de verdad, afortunadamente mucho antes de que tú nacieras, Margueritte. El Hombre había construido un sistema muy eficiente, que creó mucha riqueza en esta parte del mundo (aunque en otras se morían de hambre), pero que necesitaba disponer de mucha energía. Peor aún: el sistema necesitaba cada vez más energía, porque no se nos ocurrió nada mejor que pedir que por dejar la energía que nos sobraba nos tuvieran que devolver todavía más. Y más. Y más. Al final nuestros vales sobre la energía que alguien tendría que pagar representaban muchas veces la energía que había disponible en el mundo. Y por si eso no fuera lo suficientemente malo, pasó que un día las fuentes de energía que alimentaban a nuestra sociedad empezaron a dar cada vez menos energía.
Margueritte le miraba, asombrada:
- ¿Y por qué, Jan? ¿Por qué de repente esas fuentes daban menos energía?
- Bueno - continuó su peripatética lección Jan - en realidad no fue de repente. En realidad había habido muchos avisos, y muchos científicos, como yo, habían avisado muchas veces de este problema. Resulta que las fuentes que explotábamos eran lo que se dice "no renovables". Es decir, que se usan una vez y después ya no se vuelven a tener. Eran sustancias que se pueden quemar, formadas en épocas antiquísimas, cuando la Tierra era joven: petróleo, carbón, gas, uranio... esas cosas que has estudiado en los libros de Historia. Todavía hay de todo eso; de hecho, se produce aún mucho de todo ello, pero es que los problemas comenzaron no cuando se acabaron el petróleo, el carbón, el gas natural o el uranio (porque ni se acabaron ni se acabarán en siglos) sino que su producción no se pudo seguir aumentando, y empezó a disminuir.
- ¿Y por qué no se pudo seguir aumentando la cantidad de petróleo o carbón que sacábamos? ¿No podían simplemente poner más gente a excavar, o usar más máquinas grandes?
- En realidad, Margueritte - y aquí Jan sonreía maliciosamente, puesto que la había llevado al punto que quería discutir - es que llegó un momento en que el petróleo que quedaba estaba más escondido, más disperso, más profundo... y para extraerlo se gastaba más y más energía. Llegó un momento que para aumentar la producción se tenía que gastar más energía que la que nos daba el petróleo extraído.
- Bueno, eso no tiene sentido. Perderíamos energía, pero necesitamos energía pues es lo que mueve las máquinas y toda la sociedad.
- ¡Efectivamente! - dijo un Jan Palermo exultante - y por eso en un momento determinado tenemos que dejar que los campos de petróleo, de gas, de uranio, de carbón... vayan dando cada vez menos, porque ya no sale a cuenta ampliarlos.
- Es lógico - dijo Margueritte, pensativa.
- Es lógico - repitió Jan - pero no te puedes imaginar cuánto costó que la gente lo entendiera. Había mucha gente que pensaba que todo era cuestión de gastar más dinero, sin entender que el dinero no era la energía para abrir los pozos o excavar las minas, sino un vale por esa energía. Y aún cuando empezaron a ver que la energía era demasiado cara todavía se hicieron muchas locuras; se explotaron las arenas bituminosas del Canadá, el gas y el petróleo de esquisto, el uranio de los fosfatos...
Margueritte ponía cara de no entender de qué le hablaba. Jan comprendió que la lección de ese día debía llegar a su fin.
- En resumen - dijo Jan, bajando la vista y la voz - no entendimos que no habría suficiente energía para poder mantener un sistema siempre creciente, y cuando faltó en Europa (otras naciones más poderosas sí que pudieron mantener su parte) la gente que tenía mucho dinero pidió que se le pagase aunque se condenase a la ruina y al hambre a sus semejantes. Mucha gente se quedó sin trabajo, sin casa, sin comida... sin futuro. La sociedad se volvió loca y en un momento nos echaron la culpa de todo, entre a otros muchos, a los científicos.
- No es justo - dijo Margueritte, determinada - Eso no volverá a pasar, ¿verdad, Jan? - y le miró con sus grandes ojos, suplicante.
- No - dijo Jan - No si yo puedo evitarlo.
Si había algo que Jan temía es que, en aras del progreso y del crecimiento económico, la Humanidad volviese a caer en los mismos errores y que esta vez los problemas que causase ya no se pudieran solucionar. El Gobierno de Suiza le pidió varias veces que le cediese la tecnología, pero Jan nunca accedió a revelarla. Le sugirieron que pidiera una patente, y que de hecho era lo mejor que podía hacer para proteger sus intereses comerciales. Pero Jan sabía de sobras que una patente es una publicación. Una patente es un documento en el que demuestras que has inventado algo y que prohíbes a los demás explotarlo sin pagarte unos derechos, pero, al haberlo publicado, ¿qué impediría realmente que lo copiasen sin pedirte permiso? No era ésa una época en la que uno pudiera esperar que las leyes se aplicasen, y menos fuera de Suiza. Además, la patente expira al cabo de 20 años, tras los cuales el invento pasa a ser de dominio público y todo el mundo puede usarlo libremente. Jan no tenía la más mínima esperanza de que en 20 años la Humanidad hubiese comprendido la necesidad de respetar los límites que le impone su propio hábitat, que le impone el planeta. Así que se negó una y mil veces a patentar o a revelar sus secretos.
La única posibilidad que le quedaba para que su obra continuara residía en encontrar alguien de confianza para transmitirle sus secretos. Pero se estremecía pensando en un nuevo David Ros. Así que decidió crear esta persona de confianza, modelar a esta persona desde su niñez, enseñándole la verdad del mundo y la necesidad de respetar sus límites. Decidió que algún día Margueritte gestionaría las plantas, y por tanto puso aún más empeño en su educación, tanto técnica como humanística. Para evitar que Margueritte creciera como una niña consentida, la vida en la pequeña casa de Strauss era correcta pero austera. A pesar de que Jan Palermo era un hombre rico en aquella morada no había muchos platos, ni cubiertos de plata, ni cristal fino, ni mucha comida, ni muchos juguetes. Nada de eso parecía importarle a Margueritte, que jugaba feliz con otras niñas, o se pasaba horas arreglando aquel jardín. Jan observaba con orgullo que los razonamientos de la niña eran cada vez más atinados, más profundos; acababa de cumplir 10 años y ya era toda una señorita con la cabeza sobre los hombros y los pies sobre la Tierra. Por aquella época Jan dejó de prestar servicios sociales; era un hombre demasiado notorio y en realidad con sus aportaciones económicas y en especie podía conseguir mucho más que con sus manos. Así que, disponiendo de más tiempo libre, Jan tomó como deber escrupuloso el ir a buscar a la niña a la salida de la escuela cada día y disfrutaba conversando con su hija adoptiva en los largos paseos de vuelta a casa. Gracias a sus generosas aportaciones se sostenía tanto la propia escuela como su comedor.
Al cabo de otro año las plantas SPEG eran ya cuatro; su aporte energético comenzó a tener un impacto positivo en la agricultura y Suiza dejó atrás los años de hambre. Aparte de la mecanización, con mínima roturación y sin fertilizantes ni pesticidas (Jan conocía demasiado bien el desgaste del suelo que había originado la anterior agricultura industrial) una de las grandes aportaciones de las plantas SPEG fue producir agua mediante condensación y de ese modo se pudo paliar los ocasionales períodos de sequía que en aquella época azotaban el país. Los ingresos de Jan eran ya tan elevados que se podía permitir el lujo de destinar una parte importante a financiar una red nacional de escuelas con comedor todas ellas. Y ese mismo año y tras no pocas vicisitudes consiguió que Colette y sus hijos se mudaran a Suiza, aunque la viuda de su antiguo estudiante prefirió quedarse a vivir en la parte francófona del país. Jan personalmente financió la escuela del menor y el liceo del mayor, y un par de veces al año Margueritte y él iban a visitarles, aunque Colette nunca les devolvió la visita a Zurich.
Tres años más tarde de haber comenzado con la primera planta SPEG Suiza contaba ya con 16 plantas, con una potencia conjunta de 50 Gigavatios y capacidad de carga (tiempo efectivo que las plantas daban su máximo potencial) del 85%. Suiza florecía después de varias décadas negras y Jan era considerado un héroe nacional.
Jan promovía activamente la enseñanza de la sostenibilidad, dando él mismo cursos en las escuelas y liceos. Aunque no tenía cargo alguno en el Gobierno era muy influyente y consiguió que las enseñanzas en los liceos fueran muy prácticas, basándose en conocimientos aplicados en el mundo real y alejándose de academicismo excepto en las Humanidades, las cuales consideraba fundamentales para conseguir un correcto equilibrio emocional y espiritual en los alumnos. Él mismo enseñaba economía crítica comparada en su Universidad, mostrando los errores de los sistemas económicos anteriores al ignorar que la economía es un subsistema del mundo real y en particular del ecosistema humano, y proponía como valor fundamental la economía ecológica.
Pero un día Jan sufrió un revés inesperado. Acababa de volver a casa con Margueritte, y mientras la niña se fue a cuidar el jardín - aquel día no tenía muchos deberes - él se puso a revisar la correspondencia. Una de las cartas venía del cantón donde quería construir la decimoséptima planta SPEG; se trataba de una comunidad rural a la cual la presencia de la planta ayudaría mucho en las tareas del campo. Sin embargo, la carta le comunicaba que reunida la asamblea cantonal ésta había decidido denegarle el permiso. Jan montó en cólera: ¿cómo era posible que esos campesinos ignorantes parasen así un proyecto fundamental para su desarrollo? Jan decidió que hablaría con el Ministerio para cambiar la decisión de la asamblea, y fue al jardín a decirle a Margueritte que debía salir un rato y que se quedaría sola con el ama de llaves. La niña notó que su padre adoptivo estaba furioso; le conocía ya muy bien, y con la pubertad su capacidad de intuición se había incrementado mucho.
- Margueritte - dijo Jan - tengo que salir un rato. Te quedas sola con el ama.
- Muy bien - dijo Margueritte, y añadió - ¿a dónde va, padre?
Margueritte raramente llamaba padre a Jan. Con cierto fastidio Jan respondió:
- Voy al Ministerio, a arreglar un asunto - y al ver que Margueritte alzaba la vista, inquisitiva, comprendió que no podía dar una explicación tan vaga; justamente él había enseñado a la niña a no conformarse con medias explicaciones y con intentar siempre saber la verdad de las cosas. Así que suspiró, sabiendo que le debía una explicación y que le llevaría un rato - Me han denegado permiso en un cantón para construir una nueva planta.
- ¿Y por qué le han denegado el permiso, padre? - dijo Margueritte mientras podaba las rosas.
- ¡Pues porque son unos necios! - dijo airado Jan - No son capaces de ver que la nueva planta les ayudaría mucho.
Margueritte se le quedó mirando unos segundos, pensativa. Y luego dijo:
- ¿Sabe, padre, que a mí me gustan mucho las rosas? Me recuerdan mucho a mi madre.
Jan asintió. Aquellas rosas habían salvado a la niña de la melancolía, y Jan agradecía a aquel jardín el poder tener con él a Margueritte, su gran promesa de futuro.
- ¿Recuerda que al principio quería llenar todo el jardín de rosas? ¿Incluso el bocal del pozo?
Jan se sonrió, recordando el episodio.
- Al final lo único que conseguí es que murieran la mitad de los rosales. Además en otras partes del jardín no se podía ni entrar, de tantos rosales que había. Y es que toda rosa tiene sus espinas. No podemos tener la belleza sin sufrir sus consecuencias, y a veces es más bonito quedarse con menos que con más. Ahora el jardín no se ve tan abarrotado y tengo diversidad de flores y plantas, y las rosas destacan mucho más, cuando antes se veían casi como una mala hierba, una plaga que todo lo cubría.
Margueritte exageraba, pero por supuesto Jan entendió lo que le quería decir. Demostrando que había aprendido bien las lecciones de su maestro, la niña añadió:
- Dieciséis plantas SPEG son suficientes para un país tan bonito como Suiza. Ahora mucha más gente vive del campo y tenemos las fábricas que realmente necesitamos para vivir bien. Ya no hay hambre y, gracias a Vd., padre, los niños no tienen que trabajar y reciben una buena educación. Más plantas significa más fábricas y hacer más cosas que realmente no necesitamos. Y si no sabemos parar al final más que las rosas lo que notaremos son las espinas - digo Margueritte, y volvió a sus labores de jardinería.
Jan estaba conmocionado. Su hija adoptiva había comprendido mejor que él lo que era la sostenibilidad. Ciertamente tendría que desaparecer toda la generación que, a su pesar, estaba impregnada de la idea del desarrollismo, incluso aquéllos que estaban más concienciados con los problemas ambientales y de los recursos, para que una nueva generación sin prejuicios floreciera.
Jan se avergonzó de la manera de la que había hablado del cantón que le había denegado el permiso; ellos y su hija le habían dado la lección más importante de su vida. Por otro lado, sentía una alegría incontenible al comprobar que Margueritte era una alumna tan aventajada. Con el corazón palpitándole con fuerza, le dio un beso a la niña en la frente, le dijo gracias y volvió a dentro de la casa, mientras ella siguió trabajando con una sonrisa en los labios. En la casa Jan escribió una larga carta agradeciendo al cantón haberle hecho comprender su error y alabando su compromiso con la sostenibilidad del territorio. Desde aquel día Jan se dedicó a mantener las instalaciones y a reparar las infraestructuras clave al tiempo que contribuía a desmantelar otras, frutos de los excesos de otro tiempo.
Con su nuevo bienestar, Suiza se convirtió en el faro de la cultura y la civilización. El Estado y los cantones fomentaban las artes y las ciencias. El país florecía. Se había convertido en la nueva Florencia. Jan había cumplido ya 65 años, y Margueritte ya era una adolescente. La vida transcurría plácida y tranquila.
Una noche de Abril las tropas alemanas se presentaron en la frontera. Querían la tecnología de las plantas SPEG, pero no querían negociar. Una vez más comenzaba la guerra.
Antonio Turiel
Julio de 2013