Javier Pérez me ha hecho llegar esta interesante reflexión sobre cómo suelen gestionarse desde los Estados la escasez de recursos. El texto es un grito de alarma ante los nuevos movimientos pro expansionistas que cada vez se harán más evidentes en nuestra sociedad.
Salu2,
AMT
Lebensraum: el regreso de un concepto siniestro.
Las sociedades agrícolas lo tenían muy claro: la riqueza provenía de la
tierra, y la posesión de tierras, o su control, determinaba el poder de
un señor feudal o de una nación.
A medida que fue pasando el tiempo, este concepto perdió importancia a
favor de otras formas de riqueza y así surgieron fenómenos como el de
Génova, que sustentaba su poder en la banca más que en las tierras, pero
sin perder de vista la verdadera raíz de la riqueza.
Pero fue en el siglo XIX, con la aparición de una serie de factores
económicos y sociales cuando el concepto del espacio vital (Lebensraum
en alemán) cobró su mayor importancia. Ni puedo ni pretendo ser
exhaustivo en esta materia, sobre la que se han escrito verdaderos
cargamentos de literatura, pero sí me gustaría aproximarme, siquiera
mínimamente, al nuevo paradigma que surge a principios del XIX.
Tras la derrota de Napoleón en Waterloo, el siglo XIX plantea tres desafíos:
-La industrialización.
-El inicio de los movimientos nacionalistas.
-Una gran explosión demográfica.
Me encantaría hablar de la industrialización, con sus problemas
sociales, urbanísticos y de recursos, o más aún de lo que supone el auge
del nacionalismo y el ideal romántico, pero me temo que no es ni
momento no lugar para ello y tendré que centrarme en la población.
Según podemos ver en la gráfica que viene a continuación, la población
europea pasa de 170 millones en 1810, a 420 millones de habitantes en
1900. Hablamos, por tanto, de un incremento demográfico del 147 %.
Los hechos no hacían sino confirmar en parte el modelo de Malthus
que, años antes, concretamente en 1798, había predicho que el
crecimiento de la población sería superior al de la producción de
alimentos, lo que conduciría a una gigantesca hambruna.
¿Y qué fue lo que se hizo para evitarlo? Muchas cosas, pero una destaca entre todas ellas: el colonialismo.
A
lo largo del siglo XIX, y especialmente en su segunda mitad, las
potencias europeas se lanzaron sin pudor alguno a la conquista de nuevos
territorios con la simple intención de esclavizar a sus gentes,
esquilmar sus recursos y obtener provecho inmediato, pero sin voluntad
alguna de incorporarlos a sus naciones. Esa última característica es la
diferencia fundamental entre colonialismo e imperialismo, por cierto,
pero esa es otra historia.
Los
partidarios del colonialismo se dividían entre los que simplemente
hablaban de la necesidad de esos recursos para mantener a la población
propia y los que buscaban pretextos que justificasen su actividad.
Entre los primeros, cabe destacar a los alemanes (especialmente Friedrich Ratzel (1844-1904),
que acuñó el término Lebensraum) y los norteamericanos, que se
expandieron hacia el Oeste de su propio país simplemente porque ansiaban
esas tierras y no aceptaban que los nativos tuviesen derechos sobre
ellas.
Entre
los segundos, hay que contar a británicos, franceses, belgas y
holandeses, que además de alegar motivos económicos y de prosperidad
generaron toda una mecánica de argumentos racistas que afirmaba que los
habitantes de las tierras colonizadas eran bestias inferiores a las que
se les hacía un favor civilizándolas.
Así
las cosas, cada cual consiguió su espacio vital como pudo, y así se
sostuvo la imparable galopada del aumento demográfico y del desarrollo
económico: materias primas casi gratis, mano de obra casi gratis,
tierras sin apenas límites.
Por
supuesto, la fiesta tenía que detenerse en algún momento, y fue
precisamente por el reparto de estas colonias por lo que surgieron los
conflictos: los países que llegaron a tiempo se repartieron lo mejor,
mientras que los países recién creados, como Alemania (no se funda como
tal hasta 1870) o Italia (fecha similar) se quedaron prácticamente sin
nada. El reparto de las colonias, los mercados y las rutas comerciales,
mucho más que las desavenencias políticas, fue lo que desencadenó la
fatídica Primera Guerra Mundial.
Como
era esperable, los que tenían colonias y acceso a recursos, ganaron. Y
los que no, perdieron. Al final de la guerra, y a pesar de la mortandad
que trajo consigo el conflicto, la población alemana seguía siendo
insoportablemente alta para un país sin colonias. El Tratado de
Versalles impuso además una serie de restricciones económicas destinadas
a reducir la población, aunque fuera mediante el hambre. Estas
políticas ya habían funcionado en otros lugares y en otras épocas, y se
esperaba que diese sus frutos en pocas décadas. Pero en el caso alemán
la cosa resultó ser un poco más complicada: Alemania no aceptó la
situación y como, textualmente, “no se puede hacer esclavo a un pueblo
que sabe morir”, veinte años después de acabar la Primera Guerra
Mundial, empezó la Segunda Guerra Mundial, mucho más grave y cruenta que
la anterior. De nuevo, el motivo de fondo era el Lebensraum, aunque
esta vez los alemanes no querían un trozo de África o Asia, sino de
Europa.
Loa
alemanes volvieron a perder, pero en esta ocasión se llevaron por
delante a todos los demás, rompiendo la baraja. Gran Bretaña y Francia
perdieron sus colonias en pocos años, al igual que Holanda y Bélgica. El
colonialismo, como sistema, estaba acabado.
A
partir de ese momento llegó el desarrollo, el boom de la energía
barata, nuevas explosiones demográficas y la revolución verde, que
multiplicó enormemente la capacidad de producción de alimentos. Las
mejoras sanitarias y de infraestructuras se extendieron a los países más
pobres y esta que veréis aquí abajo es la gráfica resultante de la
población:
Desde
el año cero hasta 1800, el crecimiento es moderado. Luego, en
doscientos años, la población se multiplica por seis. Las previsiones
para el futuro, vistas con más detalle, y mostrando el tremendo poder
del crecimiento exponencial, serían más o menos como aparecen en la
gráfica siguiente:
En esta ocasión, lo mismo que el día que me dio por calcular una proyección para los precios futuros del petróleo,
soy perfectamente consciente de que esta evolución puede ser frenada
por su propio peso, es decir, por la carga que supondría un nivel de
población como el descrito en la gráfica.
En este blog ya se ha hablado en extenso de las probables consecuencias de estos aumentos demográficos y de lo que pueden ser las guerras del hambre, así que no repetiré los mismos argumentos de AMT.
Lo
que sí me parece necesario es incidir en el problema de la tierra como
espacio vital, o Lebensraum, un concepto que va a regresar con toda su
crudeza a medida se complique la producción de alimentos.
Si
hablamos a nivel global, resulta que la cantidad de tierra cultivable
es finita, más que nada porque el planeta es redondo, y no es tan
difícil de calcular la superficie de una esfera. Los datos son más o
menos como siguen:
La Tierra dispone de 148 millones de Kilómetros cuadrados de tierra emergida.
De
estos, 31 millones de Kilómetros cuadrados son tierra cultivable,
aunque esta superficie desciende a un importante ritmo, debido a
multitud de factores de los que ya se ha hablado aquí y de los que sin
duda seguiremos hablando. Aceptemos, de momento, que la pérdida de
tierras cultivables es del 0,3 % anual.
Así
las cosas, y combinando estos datos con las gráficas de antes, tenemos
que en estos momentos cada ser humano dispone de 4430 metros cuadrados
de tierra cultivable.
Para
2018, y aun dando por buenas las promesas de los que dicen que se
pueden recuperar tierras que compensen las pérdidas de superficie
cultivable (lo que es de un optimismo exultante), tendremos 3875 metros
cuadrados de tierra cultivable por persona.
En 2025 tendríamos 3445 metros cuadrados, y así sucesivamente.
Con
esta evolución, vemos claramente que la tierra se convierte nuevamente
en un bien escaso. Por mucha revolución verde que impulsemos, por mucho
que sigamos incrementando el rendimiento por hectárea, hay un hecho
insoslayable: la disponibilidad de tierras cultivables será un facto
clave en los próximos años.
La
agricultura, y más la intensiva, es tremendamente dependiente del
petróleo, ya sea por los combustibles necesarios para la mecanización de
las explotaciones intensivas o ya sea para la regeneración de la tierra
con fertilizantes. Si tenemos claro, y aquí lo tenemos, que la
producción de petróleo no se va a incrementar mucho en los próximos años
(ya es optimista decir que se mantendrá), la lucha por la supervivencia
se trasladará a controlar la tierra cultivable.
La lucha, como en el siglo XIX, y gran parte del XX, estará de nuevo en el Lebensraum.
El regreso del Lebensraum lo podemos ver ya a día de hoy en la competencia por los recursos mineros y en las enormes compras de tierras cultivables que China está realizando en África.
Pero cuando se trata de tierra y de comida, comprar recursos no sirve
de nada. Y eso no sólo es aplicable para los países sino también para
nosotros. Permitidme, pues, que concluya describiendo lo que es el
Lebensraum, de manera realista:
El
registro de la propiedad es un mero formalismo de gente civilizada y no
genera ningún derecho efectivo en sí mismo. Hay que entenderlo de una
vez: la tierra es la que creó el registro, y no el registro el que creó
la tierra. La inviolabilidad del domicilio no surge de la constitución y
de las leyes, sino que se origina en el padre de familia, con un hacha,
plantado a la puerta de su casa en compañía de sus hijos. Las leyes,
que son posteriores, simplemente regulan ese hecho.
El
Lebensraum, por tanto, no es la tierra cultivable a la que un pueblo
tiene derecho para alimentarse, sino la tierra que es capaz de
conquistar y defender de manera efectiva. Mientras el alimento sobra,
esa porción es negociable. Cuando el alimento falta, la negociación
reduce sus márgenes hasta llegar a la terrible disyuntiva del tú o yo.
El
regreso del Lebensraum como concepto supone el fin de los mundos
arcoíris, donde había para todos, más o menos, para volver a la vieja
dialéctica de quién puede vivir y quién no. Las sociedades capaces de
defender y mantener su territorio, podrán sobrevivir, y el resto tendrá
que desaparecer.
Por
eso empecé con una larga introducción histórica: el Lebennsraum, más
que un concepto económico, se ha mostrado casi siempre como un concepto
militar, y esta vez no va a ser la excepción.
La
supervivencia no va a ser solamente una cuestión de saber cultivar con
menos, de construir granjas biológicas y de crear redes sociales de
proximidad, sino también y sobre todo de conseguir la capacidad militar
de defender esa producción y esas granjas. La fuerza productiva sin
capacidad de defensa no sirve de nada, salvo para alimentar a otros
mientras los tuyos pasan hambre.
¿Es eso lo que queremos? No lo creo.
La
población, sin embargo, no cesa de crecer, y el espacio disponible se
mantiene constante o incluso decrece por las consecuencias ambientales
de la explotación humana. Decir que hay que reducir la población es un
hermoso eufemismo para decir, en realidad, que sobran varios miles de
millones de personas. Esperar simplemente a que se mueran o nos muramos
de viejos no parece haber funcionado hasta ahora, y es un proceso
demasiado lento para confiar en que aporte un remedio efectivo si la
escasez de energía, u otros factores, reduce la producción de alimentos
en un momento dado.
Con semejante premisas, el concepto de Lebensraum regresará más temprano que tarde simplificando todas las preguntas.
-De lo que tienes, ¿cuánto puedes defender?
-De lo que necesitas, ¿cuánto puedes obtener?
-Si alguien sobra, ¿quién debe morir?, ¿el otro o tú?
Tener claras o no las respuestas es lo único que marcará la diferencia. Realpolitik, le llamaron siempre a esto.
Javier Pérez (www.javier-perez.es)


