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viernes, 28 de marzo de 2025

La amenaza fantasma

 

Queridos lectores:

Un fantasma recorre Europa. Después de décadas de placidez (o al menos así la han descrito los medios), hemos entrado en un estado de pánico, espantados (según nos cuentan) por una inminente invasión desde Rusia - importando a estas tierras aquella máxima atribuida apócrifamente a Kissinger, "El pueblo americano tiene solo dos estados: autocomplacencia y pánico". Desde Bruselas se exhorta a los ciudadanos de la UE a preparar un "kit de emergencia" para sobrevivir 72 horas delante de riesgos de lo más variado, pero entre los que se enumera el de la guerra. Entretanto, Europa lanza su nuevo programa de defensa, denominado "ReARM Europe" (siguiendo con esa práctica, cara a las instancias europeas, de enumerar sus planes en imperativo porque, supongo, lo ven más interpelativo - una colega siempre hace comentarios jocosos sobre esta práctica: "levántate", "dúchate", "desayuna"..., como una madre en día de colegio). En España, el presidente Pedro Sánchez anuncia que el presupuesto de defensa subirá hasta el 2% del PIB (lo cual, teniendo en cuenta que los Presupuestos Generales del Estado (PGE) español son aproximadamente la cuarta parte del PIB, quiere decir que supondrá el 8% de los PGE), y eso lo hará, según él dice, sin afectar a las otras partidas presupuestarias (cosa que todos sabemos que es mentira, pero es igual, seguimos como si tal cosa). Europa quiere avanzar rápidamente al rearmamento porque, según parece, las tropas rusas ya asoman por Helsinki, Praga, Budapest y Varsovia. Hay prisa, prisa, prisa... ¿No ven el riesgo existencial para Europa?

Obviamente, no existe tal cosa como la amenaza rusa. Rusia no se va a lanzar a conquista de Europa y arriesgarse a desencadenar una respuesta de los Estados Unidos. Además, dos países europeos poseen armas nucleares (Francia y el Reino Unido), lo cual es un riesgo excesivo. Y para acabar, hay un problema meramente de aritmética poblacional: aunque el territorio ruso es enorme, Rusia posee solo 140 millones de habitantes, mientras la UE son 450 millones. De hecho, para Rusia ya sería un reto logístico intentar ocupar permanentemente Ucrania, con sus casi 40 millones de habitantes - y es que es muy diferente defenderte en tu territorio que ocupar uno ajeno.

Eso no quiere decir que Rusia sea un corderito, pero obviamente el escenario que se nos plantea no tiene ningún viso, en absoluto, de realidad. Un enfrentamiento con Rusia sería para los eslavos agotador y costosísimo, incluso si no contemplara la ocupación del territorio. Y, total, ¿para qué querría hacer eso Rusia? Europa es, aún hoy tras las quiméricas sanciones europeas, su principal comprador de materias primas. Y hay no pocas personas, no solo en Moscú sino en Frankfurt y en París, que están deseando que las conversaciones entre Putin y Trump sobre Ucrania lleguen a buen puerto (sin contar con la opinión de los ucranianos, por cierto) para reestrablecer el flujo de materias primas a buen precio a los que Rusia nos tenía acostumbrados.

No. El movimiento rearmamentísitico y militarista europeo tiene otro objetivo y otra razón, y hay que entenderlo en el contexto del resto de decretos y directivas que están firmándose en Bruselas en las últimas semanas, como una desesperada respuesta a los cambios geopolíticos telúricos que ha supuesto el Segundo Advenimiento de Trump. Ya comentamos en el post anterior sobre la legislación Ómnibus y sus consecuencias en el plano ambiental. Pero la máquina legislativa europea no se detiene, y así hace unos días nos enteramos de que la UE ha calificado como estratégicos, y por tanto subvencionables, 47 proyectos para la extracción de materiales críticos, 7 de ellos en España (liderados por grandes empresas, muchas con pleitos en materia medioambiental). Estamos hablando, en la mayoría de los casos, de depósitos de escaso tamaño y por tanto de potencial producción, o bien muy dañinos ambientalmente. Si Europa se lanza a acelerar estos proyectos es porque percibe una necesidad desesperada de acelerar. Y es que la crisis energética y de recursos avanza inexorablemente. Mientras algunos necios se entretienen en discutir sobre los galgos y podencos de cuándo será el peak oil, dando entender que "nunca", los CEOs de las principales compañías que explotan el fracking en los EE.UU. (lo único que mantiene la producción mínimamente estable, aunque por debajo de los niveles de 2018) tienen claro que el peak oil es "ahora". En este momento, en Colombia y en Bolivia la situación es bastante complicada (por decirlo de manera suave) por la falta de diésel, un problema que se va extendiendo a toda Latinoamérica y a África (con Nigeria, principal proveedor de petróleo de España) a la cabeza. Lo único que mantiene a Europa protegida de la escasez de diésel es la fuerte recesión industrial alemana, pero eso no durará para siempre - ni tampoco es deseable para nadie. Al tiempo, los problemas que su escasez están originando en zonas críticas para el suministro de ciertos materiales auguran que los problemas de la cadena de suministros de hace unos años podrían ser una broma por comparación con lo que se viene ahora

Europa necesita energía, necesita materiales, y los necesita ya. La tan cacareada transición renovable, el REI, ha fracasado y se está hundiendo, y Europa no dispone de grandes recursos naturales. ¿De dónde sacaremos la energía que necesitamos? La respuesta la podemos encontrar en la primera de las tres preguntas que formulamos hace 9 años

Europa va a invadir el Norte de África.  

O, al menos, ésta es la intención no confesada de nuestros líderes (y aplaudida por empresas como Volkswagen, que ve no solo materia prima barata sino la posibilidad de reconvertirse a la industria militar). Es para eso que quieren las armas, es para eso que quieren militarizar las conciencias, es para eso que necesitan acallar los discursos críticos hasta que ya sea demasiado tarde.

Hablamos de defensa y de rearmamento, pero es un ejemplo claro de doble lenguaje al estilo de 1984, la novela  (en su momento de crítica contemporánea pero cada vez más anticipatoria) de George Orwell. En realidad hablamos de agresión y de preparación para la guerra.

Ni que decir tiene que la propuesta es profundamente inmoral. Europa, en vez de seguir por una vez en su Historia un camino de evolución y trascendencia, quiere volver a escoger lo peor de su pasado - del cual nunca se desentendió, como demuestran tantos episodios vergonzantes en África en las últimas décadas. Pero esta vez las cosas van a ser probablemente muy diferentes.

Europa no puede conseguir la sociedad guerrera que nuestros líderes quieren, al menos no en unas cuantas décadas - pero no tienen décadas para esperar. No tenemos capacidad técnica ni experiencia, ni nuestros jóvenes tienen ese patrioterismo chovinista propio de otros lares que les hacen prácticamente desear morir por la patria. Peor aún, los pocos sentimientos colectivos que podrían ir en una dirección parecida son de corte nacionalista, y para nada paneuropeo: yo no veo a un español, un italiano, un griego o un húngaro yendo a morir "por Europa". De hecho, creo que tampoco encontraríamos en esa trinchera alemanes ni franceses...

Pero es que Europa es un continente, hoy en día, avejentado y sin recursos, y con una juventud desencantada y profundamente enfadada porque la gente de mi generación les ha robado el futuro. ¿Qué alternativas de vida se les está dando a la gente que tiene ahora menos de 30 años - o quizá 40 años?

Por otro lado, los procedimientos profundamente burocráticos que son moneda común en el hacer de la Unión Europea implican que se gastarán muchísimos recursos en informes, evaluaciones, reuniones, etc completamente inútiles pero de los que en modo alguno van a prescindir porque son los que la casta gerencial europea usa para enriquecerse, aparte de para justificar su existencia. Es decir, la manera de funcionar de Europa garantiza la ineficacia absoluta de este esfuerzo bélico.

En realidad, el esfuerzo de guerra, con los 800.000 millones de euros comprometidos para ello, pueden suponer tal sobreesfuerzo y tales pérdidas en el ya relativamente tenue estado del bienestar que Europa podría llegar a implosionar, a colapsar socialmente, como aquellas personas ya de cierta edad que se empeñan en hacer esfuerzos que décadas atrás podían hacer con sencillez y que hoy en día les podrían matar. Es algo repetido en la Historia de la Humanidad: grandes imperios que, en una época de profunda crisis, deciden intentar recuperar la gloria militar del pasado y sucumben ante el peso del gasto militar y la acumulación de problemas internos.

En realidad, deberíamos estar pensando en cosas radicalmente diferentes. En la recuperación de tecnologías humildes, en la relocalización de la actividad, en la regeneración y en la renaturalización, y en la consolidación de la comunidad como unidad de base social. Sobre esto último, es significativo el llamamiento para que los ciudadanos dispongan de su "kit de supervivencia individual de 72 horas". ¿Y por qué 3 días y no 7, o dos semanas? En realidad, dada la complejidad de los riesgos que realmente nos amenazan - que son principalmente ambientales y climáticos - seguramente reforzar tu comunidad, tu grupo local, constituye una respuesta más segura, flexible, adaptable y resiliente. 

Acabo ya. Estamos en una línea roja. Una que no debemos cruzar por un imperativo ético, pero también lógico: la guerra tiene muy mala TRE.

Queridos lectores: éste es uno de esos momentos en los que uno no se puede permitir el lujo de mirar al otro lado. Es el momento de plantar el pie a tierra y decir clara y firmemente: No.

Yo no quiero que maten a mis hijos en una sucia trinchera en medio del desierto para intentar mantener la rueda de esta sociedad insostenible rodando tres o cuatro años más. ¿Y Vd.?


 

NO A LA GUERRA.

Salu2.

AMT

jueves, 18 de mayo de 2023

Caminando con gente diminuta


Tengo que acabar el post sobre el WEO. Tengo que sacarlo ya, porque después tengo el post sobre el pico del diésel de Rafa, y los posts típicos de final de año que esta vez llegarán 6 meses tarde... 6 meses, Dios mío. Y tengo toda la Lavadora de Beamspot por publicar, ya debe estar desactualizadísima... Pero cada vez que tengo un rato y me pongo con el WEO tengo que volver a empezar desde el principio, y es un post largo y complicado... Y encima con ese sentimiento de culpabilidad, de que tendría que estar haciendo otra cosa: los contratos, los trabajos científicos, las reuniones de trabajo... ¿Envié aquellos informes? Y aún tengo que escribir las valoraciones. Tengo 5 meses de papeleo de viajes por entregar. ¿Y cuántos correos tengo por leer? A ver... 4033. Bueno, en diciembre eran 6200... Al final me puede la responsabilidad, voy arreglando informes, viajes, quedar con los estudiantes y los colegas... y de repente veo otro mail, y otro, y otro... que me piden que vaya aquí o allá, ¿podrías venir aquí tal día? Y miro el calendario y quizá sí pero quizá debería decir que no. Pero no sé decir que no. Pasan demasiadas cosas, hay demasiada necesidad, demasiada gente agobiada, gente diminuta abrumada bajo el peso gigantesco de tanto atropello...

Jende txikiekin ibiltzen naiz. 

En un invernadero de Donostia se agolpan 300 personas. Aquí, lógicamente, no hay proyector ni PowerPoint, solo discurso, solo la palabra. Cuento lo mismo de siempre, lo que sé, lo que no sé. Mato un mosquito que me ha picado, después en twitter me dirán (a saber si en serio o en broma) que vaya falta de respeto a la biodiversidad. Me preguntan por qué soy el único del CSIC que hablo de esto, se levanta una persona, dice que es compañero de un instituto del CSIC de allá, que todos saben que lo que digo es cierto porque es completamente lógico con todo el conocimiento que tienen, que todos están conmigo  (gracias, compañero). Luego Zumaia, luego Azpeitia, con Antonio ("Los Antonios, también disponibles para bautizos y comuniones"), también más de 300 personas. "Mikel es amigo, nos conocemos de cuando el fracking, no quiero hablar mal". "¿De dónde eres?", me preguntan. "De León", digo yo. "Bonita ciudad", dice uno. "Yo de León solo conozco Mansilla de las Mulas". No hace falta decir más. "Allí los plantarán", señalando el muro de montaña que tenemos delante. Vamos a cenar. No quiero contárselo todo, el mar, el mar... Pronto lo acabaremos y lo publicaremos, pero hoy no quiero hablar de eso. Dormimos en un caserío: es fácil comprender el amor de esta gente por esta tierra, tan hermosa. "No me venderán espelta, no habrá". Miro la montaña por la parte de atrás. Por aquí pasarán las vías de evacuación, claro. Son vascos, gente dura: sus ojos son para la rabia, no para llorar.

Jo camino amb gent diminuta.

Pero los de ella sí. ¿Tendrá 18 años? Nos cuenta que arrancarán los árboles de los bancales, en el sur de Valencia, y al final no puede evitar ponerse a llorar. Yo no sé qué decir. Solo puedo sentir su dolor. No entiendo que no lo sienta todo el mundo, con la fuerza de un terremoto. ¿Cuántas veces he ido y vuelto a Valencia? A veces para un acto académico, otras de empresa, otras una mesa redonda o un acto político en el que no sé cómo me he metido (no sé decir que no). Y por Castellón (venturosos encuentros multicódigo, interesantísimos y con una gente increíble).

Paso también por Ses Illes. Hacía tiempo que no venía. Cuánta gente, y eso que el entorno, con el actual frenesí turístico, no parecería favorable. He venido a trabajar, mañanas y tardes, pero las noches son para la divulgación. Para estar con esa gente diminuta con grandes preocupaciones. "Estoy rodeado de chemtraileros, necesito que hagáis un escrito desmintiéndolo". "Sería contraproducente: se atrincherían. Es una marea que ha subido y bajado varias veces en los últimos 20 años; hace 12 años el tema era que nos fumigaban con sustancias de control mental, hoy es esto. Es la narrativa heroica y el vago consuelo de creer que hay un malo malísimo que hace esto, preferible a la aterradora verdad de que no hay nadie a los mandos. Pasará cuando se den cuenta de que no pueden contestar a la simple pregunta: y entonces, ¿qué proponéis?".

Y hablo con la gente diminuta. Es esa pareja que está pensando en qué van a hacer. Es ese chico que está pensando en soluciones estructurales. Gente con trayectorias vitales muy diferentes pero que van convergiendo sobre el mismo punto, no se les ve, diminutos que son.

Eu camiño con xente pequeniña.

¿Había quedado para ir a Galicia? No tengo ni idea. Me costó meses empezar a poner un poco de control en los emails. Fui una vez solo en los últimos meses, pues estoy muy lejos, pero sí que doy algunas charlas telemáticamente. Desde esta distancia, la gente diminuta se la ve aún más pequeña, y se la oye peor, a veces no entiendo qué me dicen. Bueno, entenderlo lo entiendo de sobras, aunque no distinga los sonidos. El panadero que cierra la panadería. ¿Por qué no llueve? En parte, por los bloqueos de la corriente de chorro polar, cada vez más meandrosa. Qué se yo. Está claro que de un año no se pueden sacar conclusiones, y este año viene El Niño, pero todo va en la dirección esperable por efecto del Cambio Climático.

Tendré que volver a Galicia, pero he perdido el hilo, no sé dónde estamos. Todo fue duro y complicado desde noviembre fatídico. También a Asturias. Y a Andalucía. Y las reuniones con los ministerios, uno, dos y tres, por mi trabajo habitual, aunque de vez en cuando alguien me reconoce. "Oye, tú no eres...?"

Y en mi León natal, donde una gente maravillosa y combativa lo intenta, algunos que no nacieron allí pero que plantaron el pie en Madrid y ahora defienden mi tierra natal. ¿Como no vendría a ponerme a su lado? Y pienso en los compañeros y compañeras que tiraron agua con remolacha en las escalinatas del Congreso y para los que ahora piden 6 años de cárcel.

Yo camino con gente diminuta.

Por supuesto, hago mal, me dicen. Que me aprovecho de mi condición de miembro del CSIC para difundir un mensaje de odio y confusión, pero a veces es el propio CSIC que me envía a los sitios. De las 8 personas científicas que estuvimos cuando la COP 25 en la Residencia de Investigadores, 6 dijimos que la solución es el decrecimiento. Nada nuevo, en realidad. Lo dice el IPCC. Lo dice la Agencia Europea del Medio Ambiente. Esta semana se ha dicho incluso en el Parlamento Europeo. Pero, lógicamente, recibo más ataques ahora, pues estoy más expuesto. Todo ese juego imbécil de llamarnos colapsistas (sin definir nunca el término, para dar a entender lo peor) a los académicos y académicas que defendemos el decrecimiento. Gente que busca motivaciones espurias para lo que hago. Quien simplemente insulta. Pero nadie mira a los datos, nadie refuta los datos. No pueden. Y yo pienso: qué más daré yo. Qué más dará ninguno de nosotros. Solo estamos de paso, nuestros días están contados: lo único importante es lo que dejemos para el después.

Yo solo oigo un rumor incesante de voces diminutas, de gente diminuta, que me llama. Que nos llaman a todos. Otros ven un gran futuro industrial, yo solo veo a gente diminuta. Gente diminuta que con sus diminutos brazos lo sostienen todo. Porque ellos, porque ellas, son el pueblo. Yo no sé nada, nada más que una cosa: con quién quiero estar.

¿Llegaré hoy a casa o perderé el último tren?

Solo veo gente diminuta. Yo camino con gente diminuta. Como yo.

Antonio Turiel.

En algún lugar entre Castellón y Tarragona, demorado.

Mayo de 2023.

Postdata: Pronto volveré.


 

miércoles, 21 de agosto de 2019

Fatalidad



Queridos lectores:

A medida que los signos de que se avecina una nueva crisis económica se consolidan, va creciendo en la ciudadanía un sentimiento de malaise, de resignación delante de lo que ha de venir. Sabemos que vamos a estar peor, mucho peor. Intuimos que estamos llegando al final de un largo camino que ha durado décadas, que la opulencia con la que hemos vivido no podrán disfrutarla nuestros hijos ni soñarla nuestros nietos; pero preferimos no movernos por el temor culpable de perder más rápidamente aquello a lo que, en buena lid, tampoco tendríamos derecho. Preferimos quedarnos quietos y callar, sabiendo que poco a poco seremos desposeídos, en vez de protestar y quizá sufrir una caída más rápida - sí, aunque más digna. 

Vemos cada día morir a cientos delante de las puertas de Europa y, para no amargarnos delante de lo miserable de la situación y de lo miserables que somos por aceptarla sin levantarnos, inventamos excusas miserables para intentar demostrar que en realidad los miserables son los otros: los desgraciados que huyen, pagando lo que sea a mafias para escapar con sus familias de infiernos que muchas veces hemos creado nosotros; los que sobre el terreno recogen puñados, solo puñados, del agua de esta lluvia que no amaina, quizá también para acallar sus maltrechas conciencias; los Gobiernos que reaccionan tarde, mal y nunca, tratando como problemas puntuales, como casos aislados, este rayo que no cesa... Todos, nos decimos, actúan por oscuros intereses; ninguno, pensamos, es trigo limpio. Queremos demostrar que los miserables son los otros, porque mirar a los muertos, reales y bien reales, que se estrellan contra el dintel de nuestra casa, no es una visión agradable. Es otro quien tiene la culpa. Los que mueren de alguna manera se lo han merecido. Eso es lo que queremos demostrar.

¿Demostrar, a quién? ¿A quién le interesan nuestros gallináceos argumentos? En realidad, no le interesan a nadie, particularmente a nadie que esté viviendo ese drama. Solo nos interesan a nosotros, son el analgésico con el que intentamos calmar nuestra dolorida conciencia. Es doloroso pensar en esta cruda y desgraciada realidad, y por eso es mejor zanjar rápido el tema, aunque sea de mala manera, con malos argumentos. A veces encontramos una vía razonable y no tan dolorosa de abordar este problema: es cuando nos decimos, y es verdad, que hay que actuar en origen, que hay que conseguir mejorar las condiciones de vida de esta gente para que no quieran huir de su país. Pero en la mayoría de los casos la manera más eficaz de conseguir esa mejora sería que, simplemente, les dejáramos en paz y no intentáramos apropiarnos de sus recursos, ya sea por medio de gobiernos títere que nos vendan barato, ya por medios más directos si a mano viene. Pero, no, eso no se puede discutir. Ese comercio asimétrico, lo sabemos todos, es la base de nuestro bienestar. Es más fácil echarle la culpa a los gobiernos endémicamente corruptos de la región (sin ver que son nuestros gobiernos no mucho menos corruptos quienes los apuntalan) o las guerras recurrentes que se dan en esos países (aunque estén financiadas y provistas por nuestras empresas). Llegados a esas conclusiones desagradables, se cierra el ciclo y se vuelve atrás. No, los miserables son los otros.

Está muriendo gente. ¿Cómo puede ser que unas vidas valgan más que otras?

Ojalá nunca nos traten ellos, a nosotros y a nuestras familias, como les estamos tratando nosotros, a ellos y a sus familias.

Vamos bajando lentamente por la pendiente del colapso. El colapso, ya lo sabemos, es un proceso, no un momento. Se desarrolla en escalas de tiempo históricas: al menos varias décadas, y eso si va rápido. Y no siempre es un colapso completo: todo depende de la inteligencia colectiva de la gente de cada territorio, pues el colapso va por barrios y no en todos los sitios pasará lo mismo.

Vamos bajando lentamente, como digo. En Europa, los vientos más fríos vienen de su locomotora, Alemania. En el país teutón (y por ende en todo el resto del continente) crece el miedo a la recesión. También, recientemente se anunció que el Gobierno alemán plantea crear impuestos a la carne, leche y huevos - para luchar contra el Cambio Climático, dicen. Y con el telón de fondo de la Huelga Mundial por el Clima del próximo 27 de septiembre, en Alemania se ha reabierto el debate para limitar la cantidad de vuelos internacionales que podrán hacer sus ciudadanos, y no solo eso: sorprendentemente, la propia Asociación de la Aviación Alemana apoya el fomento del ferrocarril para la eliminación de vuelos domésticos.

¿Que tienen en común esos tres hechos - recesión, impuesto a los alimentos y limitación de los vuelos? Las tres, obviamente, implican una disminución de las emisiones de CO2 de Alemania. El más efectivo para la reducción de las emisiones es, curiosamente, el primero: en las últimas décadas, no ha habido nada que consiguiera reducir tanto las emisiones en un solo año que la Gran Depresión de 2008-2009 (aunque solo fuera algo temporal).



La reducción del número de vuelos, obviamente, también es eficaz reduciendo las emisiones de CO2, aunque no sea el sector de la aviación el principal emisor. Y en cuanto a los impuestos a la alimentación (y al margen de los beneficios para la salud de reducir el consumo generalmente excesivo de carne en el mundo occidental), su efecto es discutible: si bien la ganadería industrial implica grandes consumos de energía y por tanto de emisiones, la propia agricultura industrial es también altamente consumidora de energía, y la reducción porcentual de emisiones podría no ser tan alta como se piensa.

Hay otro factor que unifica estos tres hechos (recesión, alimentación y vuelos), y que obviamente no se le ha pasado desapercibido a los lectores habituales de este blog: las tres cosas tienen que ver con la necesidad urgente de adaptarse al rápido descenso de la disponibilidad de petróleo que sin duda se va a sufrir durante los próximos años.

Pero hay un último factor que unifica los tres hechos, uno que todo el mundo empieza a percibir, a veces de manera inconsciente.  ¿A quiénes perjudican más estos hechos?  A los más pobres, lógicamente. La recesión, por motivos obvios: la ola de despidos que ya se vive en la banca y en el sector de la automoción vendrá seguida de una oleada más amplia que afectará a todos los sectores productivos; son los trabajadores, sobre todo los menos cualificados, los que más probabilidades tienen de sufrir en sus carnes, y con mayor intensidad, la recesión que viene. Los impuestos a la alimentación perjudican, sobre todo, a quienes dedican una mayor parte de su renta a comprar comida, es decir, a los pobres (evidenciando de paso lo inane de la espuria diferencia entre pobreza energética y pobreza a secas). Y la limitación de volar se aplicará a quien no pueda pagar los cargos por los viajes "extra", que de nuevo son las clases menos pudientes.

¿No les recuerda a algo todo esto?

Es la misma historia que subyace en el caso de la demonización del diésel. 

Tenemos, por una parte, la razón aducida: los coches de diésel (solo los coches, nada de camiones, barcos o resto de maquinaria) son muy contaminantes y dañinos.

Tenemos la razón real: el problema, apremiante, de la falta de recursos, pues la producción de diésel cae más rápido que las de otros combustibles porque faltan petróleos de calidad para producirlo. Es el pico del diésel.



Y tenemos, por fin, la solución asimétrica, que en el caso del diésel es la Algarada del Diésel (como magistralmente la definió Beamspot): el plan de que el necesario abandono del vehículo privado de diésel lo paguemos todos, aunque solo lo disfruten algunos.

Éste es el planteamiento que se está haciendo, es lo que se ha hecho hasta ahora y es lo que previsiblemente se va a seguir haciendo: se difunde la razón aducida para ocultar la razón real y así imponer una solución asimétrica. La ocultación de la razón real (que en todos los casos es la escasez de recursos originada por el peak oil) es fundamental, porque si discutiéramos las causas reales de los problemas que sufrimos veríamos que lo que se presenta como parches inconexos para problemas aislados y puntuales es en realidad una pobre respuesta al problema real, que no solo no lo aborda sino que acaba siendo una excusa para la desposesión de las clases medias, para empujarnos a la mayoría a La Gran Exclusión

Si estuviéramos discutiendo las causas reales de los problemas entenderíamos que con quitar los coches de diésel no solucionaremos nada de manera duradera, porque nos va a faltar diésel para los camiones, los barcos, las excavadoras, los tractores y las cosechadoras. Si la producción de diésel va a disminuir drásticamente será necesario racionar, y se tendrá que abandonar la Globalización, se tendrá que reducir drásticamente el comercio internacional, se tendrá que prestar una atención preferente a las necesidades locales y, en última instancia, se tendrá que abandonar un modelo económico basado en el crecimiento.

No será que no se haya repetido esto hasta la saciedad. Por ejemplo, un reciente informe encargado por la ONU a un grupo de científicos muestra que la energía barata ha llegado a su fin y que el capitalismo ya no es viable. Hay que emprender una gran transformación de nuestro sistema económico y productivo.

Hace años que sabemos eso, y no solo lo sabemos los científicos. También lo saben los grandes poderes económicos. Esos mismos que promueven la Algarada del Diésel, los impuestos a la alimentación, la limitación de los desplazamientos, y los que sin duda aprovecharán la nueva oleada recesiva para precarizar aún más el empleo y degradar aún más a la clase media. En suma: estos poderes económicos ya están, por la vía de facto, promoviendo un nuevo sistema económico y productivo, uno que pueda ser viable en un mundo en decrecimiento forzoso por la falta de recursos. Lo que pasa es que ese modelo no es justo, ni equitativo, ni probablemente sea democrático. Es otra cosa.


Siempre me han hecho gracia aquellas personas que me acusan de catastrofista y de deprimente. No, señores y señoras, deprimente es aceptar que esto es así y que no se puede hacer nada para cambiar. Deprimente es esa manida idea del "No hay alternativa". Deprimente es decir "Esto es lo que hay" y "no podemos hacer nada para cambiarlo". Deprimente es ver el curso actual y previsible de los acontecimientos como una fatalidad, una desgracia inevitable. Deprimente es ver como la vida se vuelve más precaria y no atreverse a siquiera soñar con algo mejor que esto.

Yo creo que podemos cambiar. Yo creo que, de hecho, podemos mejorar. Yo estoy convencido de que, con nuestros conocimientos y capacidad técnica, podemos dejarles un futuro espléndido a nuestros hijos y mucho más equitativo, no solo en nuestro país sino a escala global. Un futuro con una calidad de vida semejante, si no mejor, a la que disfrutamos hoy en día en Occidente. Precisamente porque tengo una formación técnica yo veo que el problema principal no es técnico, sino social. Y lo primero que hace falta cambiar es esa actitud derrotista que hace interpretar esta miseria perpetrada como el signo de los hados, como si que nosotros mismos echemos este planeta a rodar por un acantilado fuese una fatalidad.



Salu2.
AMT

martes, 2 de abril de 2013

Sobre la escasez de recursos y expansionismo militar

Queridos lectores,

Javier Pérez me ha hecho llegar esta interesante reflexión sobre cómo suelen gestionarse desde los Estados la escasez de recursos. El texto es un grito de alarma ante los nuevos movimientos pro expansionistas que cada vez se harán más evidentes en nuestra sociedad.


Salu2,
AMT 


Lebensraum: el regreso de un concepto siniestro.

    Las sociedades agrícolas lo tenían muy claro: la riqueza provenía de la tierra, y la posesión de tierras, o su control, determinaba el poder de un señor feudal o de una nación.

    A medida que fue pasando el tiempo, este concepto perdió importancia a favor de otras formas de riqueza y así surgieron fenómenos como el de Génova, que sustentaba su poder en la banca más que en las tierras, pero sin perder de vista la verdadera raíz de la riqueza.

    Pero fue en el siglo XIX, con la aparición de una serie de factores económicos y sociales cuando el concepto del espacio vital (Lebensraum en alemán) cobró su mayor importancia. Ni puedo ni pretendo ser exhaustivo en esta materia, sobre la que se han escrito verdaderos cargamentos de literatura, pero sí me gustaría aproximarme, siquiera mínimamente, al nuevo paradigma que surge a principios del XIX.

    Tras la derrota de Napoleón en Waterloo, el siglo XIX plantea tres desafíos:
    -La industrialización.
    -El inicio de los movimientos nacionalistas.
    -Una gran explosión demográfica.

    Me encantaría hablar de la industrialización, con sus problemas sociales, urbanísticos y de recursos, o más aún de lo que supone el auge del nacionalismo y el ideal romántico, pero me temo que no es ni momento no lugar para ello y tendré que centrarme en la población.

    Según podemos ver en la gráfica que viene a continuación, la población europea pasa de 170 millones en 1810, a  420 millones de habitantes en 1900. Hablamos, por tanto, de un incremento demográfico del 147 %.



Los hechos no hacían sino confirmar en parte el modelo de Malthus que, años antes, concretamente en 1798, había predicho que el crecimiento de la población sería superior al de la producción de alimentos, lo que conduciría a una gigantesca hambruna.

¿Y qué fue lo que se hizo para evitarlo? Muchas cosas, pero una destaca entre todas ellas: el colonialismo.

A lo largo del siglo XIX, y especialmente en su segunda mitad, las potencias europeas se lanzaron sin pudor alguno a la conquista de nuevos territorios con la simple intención de esclavizar a sus gentes, esquilmar sus recursos y obtener provecho inmediato, pero sin voluntad alguna de incorporarlos a sus naciones. Esa última característica es la diferencia fundamental entre colonialismo e imperialismo, por cierto, pero esa es otra historia.

Los partidarios del colonialismo se dividían entre los que simplemente hablaban de la necesidad de esos recursos para mantener a la población propia y los que buscaban pretextos que justificasen su actividad.

Entre los primeros, cabe destacar a los alemanes (especialmente Friedrich Ratzel (1844-1904), que acuñó el término Lebensraum) y los norteamericanos, que se expandieron hacia el Oeste de su propio país simplemente porque ansiaban esas tierras y no aceptaban que los nativos tuviesen derechos sobre ellas.

Entre los segundos, hay que contar a británicos, franceses, belgas y holandeses, que además de alegar motivos económicos y de prosperidad generaron toda una mecánica de argumentos racistas que afirmaba que los habitantes de las tierras colonizadas eran bestias inferiores a las que se les hacía un favor civilizándolas.

Así las cosas, cada cual consiguió su espacio vital como pudo, y así se sostuvo la imparable galopada del aumento demográfico y del desarrollo económico: materias primas casi gratis, mano de obra casi gratis,  tierras sin apenas límites.

Por supuesto, la fiesta tenía que detenerse en algún momento, y fue precisamente por el reparto de estas colonias por lo que surgieron los conflictos: los países que llegaron a tiempo se repartieron lo mejor, mientras que los países recién creados, como Alemania (no se funda como tal hasta 1870) o Italia (fecha similar) se quedaron prácticamente sin nada. El reparto de las colonias, los mercados y las rutas comerciales, mucho más que las desavenencias políticas, fue lo que desencadenó la fatídica Primera Guerra Mundial.

Como era esperable, los que tenían colonias y acceso a recursos, ganaron. Y los que no, perdieron. Al final de la guerra, y a pesar de la mortandad que trajo consigo el conflicto, la población alemana seguía siendo insoportablemente alta para un país sin colonias. El Tratado de Versalles impuso además una serie de restricciones económicas destinadas a reducir la población, aunque fuera mediante el hambre. Estas políticas ya habían funcionado en otros lugares y en otras épocas, y se esperaba que diese sus frutos en pocas décadas. Pero en el caso alemán la cosa resultó ser un poco más complicada: Alemania no aceptó la situación y como, textualmente, “no se puede hacer esclavo a un pueblo que sabe morir”, veinte años después de acabar la Primera Guerra Mundial, empezó la Segunda Guerra Mundial, mucho más grave y cruenta que la anterior. De nuevo, el motivo de fondo era el Lebensraum, aunque esta vez los alemanes no querían un trozo de África o Asia, sino de Europa.

Loa alemanes volvieron a perder, pero en esta ocasión se llevaron por delante a todos los demás, rompiendo la baraja. Gran Bretaña y Francia perdieron sus colonias en pocos años, al igual que Holanda y Bélgica. El colonialismo, como sistema, estaba acabado.

A partir de ese momento llegó el desarrollo, el boom de la energía barata, nuevas explosiones demográficas y la revolución verde, que multiplicó enormemente la capacidad de producción de alimentos. Las mejoras sanitarias y de infraestructuras se extendieron a los países más pobres y esta que veréis aquí abajo es la gráfica resultante de la población:


Desde el año cero hasta 1800, el crecimiento es moderado. Luego, en doscientos años, la población se multiplica por seis. Las previsiones para el futuro, vistas con más detalle, y mostrando el tremendo poder del crecimiento exponencial, serían más o menos como aparecen en la gráfica siguiente:

En esta ocasión, lo mismo que el día que me dio por calcular una proyección para los precios futuros del petróleo, soy perfectamente consciente de que esta evolución puede ser frenada por su propio peso, es decir, por la carga que supondría un nivel de población como el descrito en la gráfica.

En este blog ya se ha hablado en extenso de las probables consecuencias de estos aumentos demográficos y de lo que pueden ser las guerras del hambre, así que no repetiré los mismos argumentos de AMT.

Lo que sí me parece necesario es incidir en el problema de la tierra como espacio vital, o Lebensraum, un concepto que va a regresar con toda su crudeza a medida se complique la producción de alimentos.

Si hablamos a nivel global, resulta que la cantidad de tierra cultivable es finita, más que nada porque el planeta es redondo,  y no es tan difícil de calcular la superficie de una esfera. Los datos son más o menos como siguen:

La Tierra dispone de 148 millones de Kilómetros cuadrados de tierra emergida.

De estos, 31 millones de Kilómetros cuadrados son tierra cultivable, aunque esta superficie desciende a un importante ritmo, debido a multitud de factores de los que ya se ha hablado aquí y de los que sin duda seguiremos hablando.  Aceptemos, de momento, que la pérdida de tierras cultivables es del 0,3 % anual. 

Así las cosas, y combinando estos datos con las gráficas de antes, tenemos que en estos momentos cada ser humano dispone de 4430 metros cuadrados de tierra cultivable.

Para 2018, y aun dando por buenas las promesas de los que dicen que se pueden recuperar tierras que compensen las pérdidas de superficie cultivable (lo que es de un optimismo exultante), tendremos 3875 metros cuadrados de tierra cultivable por persona.

En 2025 tendríamos 3445 metros cuadrados, y así sucesivamente.

Con esta evolución, vemos claramente que la tierra  se convierte nuevamente en un bien escaso. Por mucha revolución verde que impulsemos, por mucho que sigamos incrementando el rendimiento por hectárea, hay un hecho insoslayable: la disponibilidad de tierras cultivables será un facto clave en los próximos años.

La agricultura, y más la intensiva, es tremendamente dependiente del petróleo, ya sea por los combustibles necesarios para la mecanización de las explotaciones intensivas o ya sea para la regeneración de la tierra con fertilizantes. Si tenemos claro, y aquí lo tenemos, que la producción de petróleo no se va a incrementar mucho en los próximos años (ya es optimista decir que se mantendrá), la lucha por la supervivencia se trasladará a controlar la tierra cultivable.

La lucha, como en el siglo XIX, y gran parte del XX, estará de nuevo en el Lebensraum.

El regreso del Lebensraum lo podemos ver ya a día de hoy en la competencia por los recursos mineros y en las enormes compras de tierras cultivables que China está realizando en África. Pero cuando se trata de tierra y de comida, comprar recursos no sirve de nada. Y eso no sólo es aplicable para los países sino también para nosotros. Permitidme, pues, que concluya describiendo lo que es el Lebensraum, de manera realista:

El registro de la propiedad es un mero formalismo de gente civilizada y no genera ningún derecho efectivo en sí mismo. Hay que entenderlo de una vez: la tierra es la que creó el registro, y no el registro el que creó la tierra. La inviolabilidad del domicilio no surge de la constitución y de las leyes, sino que se origina en el padre de familia, con un hacha, plantado a la puerta de su casa en compañía de sus hijos. Las leyes, que son posteriores, simplemente regulan ese hecho.

El Lebensraum, por tanto, no es la tierra cultivable a la que un pueblo tiene derecho para alimentarse, sino la tierra que es capaz de conquistar y defender de manera efectiva. Mientras el alimento sobra, esa porción es negociable. Cuando el alimento falta, la negociación reduce sus márgenes hasta llegar a la terrible disyuntiva del tú o yo.

El regreso del Lebensraum como concepto supone el fin de los mundos arcoíris, donde había para todos, más o menos, para volver a la vieja dialéctica de quién puede vivir y quién no. Las sociedades capaces de defender y mantener su territorio, podrán sobrevivir, y el resto tendrá que desaparecer.

Por eso empecé con una larga introducción histórica: el Lebennsraum, más que un concepto económico, se ha mostrado casi siempre como un concepto militar, y esta vez no va a ser la excepción.

La supervivencia no va a ser solamente una cuestión de saber cultivar con menos, de construir granjas biológicas y de crear redes sociales de proximidad, sino también y sobre todo de conseguir la capacidad militar de defender esa producción y esas granjas. La fuerza productiva sin capacidad de defensa no sirve de nada, salvo para alimentar a otros mientras los tuyos pasan hambre.

¿Es eso lo que queremos? No lo creo.

La población, sin embargo, no cesa de crecer, y el espacio disponible se mantiene constante o incluso decrece por las consecuencias ambientales de la explotación humana. Decir que hay que reducir la población es un hermoso eufemismo para decir, en realidad, que sobran varios miles de millones de personas. Esperar simplemente a que se mueran o nos muramos de viejos no parece haber funcionado hasta ahora, y es un proceso demasiado lento para confiar en que aporte un remedio efectivo si la escasez de energía, u otros factores, reduce la producción de alimentos en un momento dado.

Con semejante premisas, el concepto de Lebensraum regresará más temprano que tarde simplificando todas las preguntas.

-De lo que tienes, ¿cuánto puedes defender?
-De lo que necesitas, ¿cuánto puedes obtener?
-Si alguien sobra, ¿quién debe morir?, ¿el otro o tú?

Tener claras o no las respuestas es lo único que marcará la diferencia. Realpolitik, le llamaron siempre a esto.

Javier Pérez  (www.javier-perez.es)

sábado, 5 de junio de 2010

El EROEI de diversas sociedades históricas


Queridos lectores,

Voy muy liado estos días y aunque hace tiempo que quiero hacer un post sobre la inminente guerra por las tierras raras, al ser un tema complejo nunca saco tiempo para poderlo redactar. A ver si la semana que viene...

En todo caso, estaba escribiendo una muy laaaarga respuesta a una serie de comentarios al último post del Acorazado Aurora cuando me he dado cuenta de que al ser mi comentario tan extenso y tener interés aquí, valía más la pena que lo redactase aquí en forma de noticia. Además, el sistema no me dejaba enviarlo como un único comentario...

Con la venia del Comandante, copio aquí mi comentario original, que desencadenó después una avalancha:

Antonio dijo...

El capitalismo no es un sistema que responda a un diseño inteligente, si no que es una evolución de un sistema anterior. Dado que no se imponen restricciones globales (economía planificada), el sistema se adapta a partir de restricciones locales (maximización del beneficio personal, etc), hasta alcanzar el estado de equilibrio, si es que éste es accesible. De lo que se trata en este blog es de demostrar que el sistema de libre mercado que es la bandera del capitalismo es intrínsecamente inestable y decae hacia un estado degenerado, de la misma manera que le pasa a un fluido turbulento si no hay una inyección continua de energía desde las escalas superiores (forzamiento).

Esta sería la explicación que daría un físico estadístico, básicamente.

Salu2,

Antonio
4 de junio de 2010 22:15

Este comentario originó la subsiguiente avalancha:

Hank Rearden dijo...

La naturaleza no responde tampoco a un diseño inteligente, en cambio observamos estructuras muy organizadas y estables, aunque no inmutables, en continua evolución.

La perspectiva de economía planificada no me parece ni humana (mas bien divina), ni digna (no puede haberla sin libertad), ni feliz (puesto que desprovee de propósito al individuo)

Entiendo el argumento ... Los recursos naturales son finitos. Para vosotros eso cuestiona la capacidad de creación de riqueza. No es la primera vez en la historia que se plantea ese argumento, aunque la verdad siempre ha sido superado por la realidad de los hechos, como describiré en mi siguiente comentario.

No obstante, "acepto pulpo como animal de compañía", pero yo me plantearía como demostrar o descubrir esa relación entre riqueza máxima o potencial dados unos recursos naturales finitos, teniendo en cuenta que hasta ahora cuando se ha postulado que se ha llegado al limite, siempre se ha roto ese techo. Lo digo en serio, ¿como se podría calcular?
5 de junio de 2010 03:34
Hank Rearden dijo...

Podemos establecerse varias eras en la historia de la civilización humana. Al final de cada era siempre se planteo el mismo problema: la escasez de recursos planteaba limites al crecimiento. Veamos a que eras de la civilización me refiero e ilustremos los problemas de escasez de cada era.

En primer lugar esta la era del cazador - recolector. Podemos imaginarnos el final de esa era?. Apenas hay Frutos para la cantidad de población existente, las grandes manadas de animales escasean.

Hemos esquilmado el planeta! Diría el chaman de la tribu Aurorea, tenemos que repartirnos lo poco que hay!, tu, el del brazo fuerte, aunque seas un cazador cojonudo vas a recibir la misma porción de carne que el mentecato de la esquina!, y no te vamos a dar ni las gracias, porque al fin y al cabo tu obligación es jugartela y sacrificarte por nosotros


Un día
5 de junio de 2010 03:47
Hank Rearden dijo...

La siguiente era es la era de la agricultura. Es una era, digamos, post Peak Mamut (sin acritud, como decía el Sr. González).

Imaginad la cara de un cazador recolector cuando ve a un tío hacer surcos en la tierra. Y luego le echa no se que, y luego agua. Y al cabo de unos meses brotan unas hierbas ¡que se pueden comer!

Cuanta riqueza genera el agricultor!. Comparado con un cazador - recolector bien puede multiplicarla por 100. La vida es bella!, pensarían los agricultores, tenemos de todo!.

Claro, la felicidad es lo que tiene, que es un poco excesiva. De aquellos polvos, estos críos y así hasta la superpoblación. No hay tierras para todos!, las cosechas no producen lo suficiente para alimentarnos!

Ahora estamos en el Peak Trigo, y de nuevo tenemos las mismas recetas: compartamos pues vivimos en la escasez, demos a cada uno en función de sus necesidades, no de sus valida, puesto que da igual lo que valgas ya que los recursos son limitados y por mucho que valgas, de donde no hay no se puede sacar.

Y que paso?, pues que llego la revolución industrial.
5 de junio de 2010 03:58
Hank Rearden dijo...

Pues calcula como cambio la productividad de un individuo de la era industrial respecto de la de un agricultor. En mas de 100 veces se multiplico. No solamente resulta que con un tractor se produce mas que con 100 personas, es que además se producen bienes y servicios completamente distintos!.

Pero es que todo tiene que llegar a un fin, esto no puede seguir así hasta el infinito. No, que va esto es demasiado. Ya lo dijo aquel responsable de oficina de patentes a finales del siglo XIX, ya dijo que no había nada mas que inventar. Y que paso?
5 de junio de 2010 04:03
Hank Rearden dijo...

Pues paso que llego la era de la información y del conocimiento, que es en la que estamos. Alguien duda que esta era no esta multiplicando la productividad de la era industrial por 100, de nuevo?

Porque, atención!, fijare las cosas que podemos hacer con el mismo litro de petróleo de la era industrial!, podemos refinarlo mejor y aprovechar mejor su rendimiento energético, podemos optimizar el funcionamiento de los motores, podemos desarrollar medios de transporte mas eficientes, podemos planificar infraestructuras de transporte mas eficientes

Pero incluso eso es lo de menos, porque podemos aprender a utilizar la energía solamente cuando realmente la necesitamos y recuperarla cuando nos sobra, podemos controlar en tiempo real el consumo. Podemos mejorar todos nuestros procesos, de forma que optimicemos los transportes, podemos incluso optimizsr nuestra demanda de bienes y servicios.

En definitiva: YES WE CAN. En fin, no nos olvidemos que, tal y como menciono el comandante en un post anterior (quizás fue un acceso febril) la riqueza tiene mas que ver con las UTILIDADES que somos capaces de extraer de los recursos que con los propios recursos en si. Por ejemplo, el petróleo servia de muy poco hasta que se supo que hacer con el
5 de junio de 2010 04:14
Hank Rearden dijo...

Finalmente. Esta era también llegara a su fin, como las anteriores, y lo hará en medio de una crisis, de la zozobra, de la incertidumbre etc. Vendrá otra era, que multiplicara nuestra productividad, de nuevo, por cien.

Es posible que vosotros mismos, planteando estos problemas estéis contribuyendo a encontrar el camino que habrá esa nueva era, así que ¡por Dios o por Marx!, ¡sed optimistas!. Desde luego que a este traje se le romperán las costuras! (esto es de las pocas cosas que me suenan de Marx), habrá que hacer otro traje, pero nunca ha habido un diseño inteligente de trajes sino que, como en Jurasic Park*, "la vida se abre camino"

*ya siento que mis referencias vuelvan a ser películas de Hollywood, es lo que hay


La idea general de estos comentarios, que hace tiempo prometí a Antonio, esta basada en "El 8 habito" de Stephen Covey, quien a su vez seguramente lo saco de otro sitio

Eh!, y todo esto escrito ... Desde mi iPAD !!!
5 de junio de 2010 04:23
dmc runner dijo...

...aquí nadie duerme??

Querido Antonio, los extremos son siempre malos. El mercado libre sin regulación alguna tiende a degenerarse. La economía planificada también.

El primero porque la ambición puede crear actitudes irresponsables que comprometan el futuro. La segunda porque la ausencia de beneficio adicional para un esfuerzo adicional puede crear actitudes irresponsables que comprometan el futuro (entre otras cosas...). Ambas actitudes son intrínsecas al ser humano (esta vez sí, en genérico) y se trasladan como característica intrínseca del sistema de turno.

Ahora bien, dentro de la escala de grises posible para encontrar un sistema intrínsecamente más estable hay que decidir qué grado de libertad se deja a los individuos para tomar sus propias decisiones o si preferimos que unos pocos decidan por todos nosotros sin olvidar que la "estabilidad" del sistema no sólo queda definida por una explotación racional de recursos.

@Rearden, los límites, de hecho, deben existir sea cual sea la fórmula que quieras utilizar para convertir recursos en "riqueza", la definamos como la definamos. simplemente un número finito no puede convertirse en infinito por más que lo recombinemos.

Siguiendo con el ejemplo de la comida: las 2000 calorías diarias de media por habitante del planeta deben salir de algún sitio cuantificable (tierras de cultivo, explotaciones ganaderas, reservas pesqueras,...). El número de habitantes del planeta, por tanto, debe mantenerse dentro de los límites en lo que esto sea posible, y ya somos casi 7000 millones.
5 de junio de 2010 04:27


Y he aquí mi respuesta:

Mi primer comentario (el capitalismo no responde a un diseño inteligente) no significa que yo prefiera la economía planificada. Es lugar común entre los biólogos evolutivos y los informáticos que el diseño inteligente es siempre un error, porque da un sistema acabado, cerrado, sin capacidad de adaptación. En ese comentario contrapongo la idea del capitalismo como un sistema con una finalidad (como mucha gente suele creer, implícitamente: fijáos que dmc_runner habla de una finalidad para el capitalismo) con una realidad más prosaica de que es un sistema evolutivo (lo cual tiene de positivo el hecho de que es adaptativo.

En el segundo comentario hablo de restricciones a escala global y a escala local. Esto es, si las ecuaciones que rigen el sistema funcionan sobre lo macro o sobre lo micro. En el camino de lo macro a lo micro se puede inducir mucha dispersión y disipación, y es de hecho por aquí por donde falló la economía planificada en los sistemas llamados comunistas. Se ha de decir, no obstante, que la actual economía de China tiene mucho de planificada y poco de comunista, y es admiración -no reconocida- de tantos capitalistas de aquí. En todo caso, este comentario no iba de si es bueno o malo un sistema de planificación global o uno de ajuste local; como el primero implica una supresión casi total de todas las libertades, es evidente -ehem- que nuestro sistema es micro. Eso le hace más robusto a los cambios, pero también hace más complicado de predecir cuál es el comportamiento macro que emergerá de él.

Siguiendo ahora con los comentarios de Hank: en la naturaleza los sistemas son evolutivos. Esto les da robustez y adaptabilidad. Ahora bien, que sean evolutivos no quiere decir que determinados sistemas no se extingan: eso forma parte de la evolución: la selección natural. Nosotros aquí tenemos un monocultivo monoespecie, y con posibilidades de que colapse; si llegan unas condiciones nuevas a las que no puede adaptarse rápidamente entonces se extinguirá. Ése es nuestro riesgo actualmente. No quiero decir con ello que el capitalismo no pueda evolucionar y adaptarse, si no que hay un riesgo de que el cambio sea demasiado rápido y que el sistema colapse y la raza humana se extinga (por lo menos, por estos lares).

Los comentarios de Hank que siguen sobre las diversas civilizaciones y sistemas productivos no pueden estar más equivocados, y puestos a hablar de estos temas te recomiendo, querido amigo, leer a Charlie Hall, biólogo evolutivo de la Universidad de Syracuse. Las sociedades de cazadores-recolectores son estables y pueden perdurar indefinidamente, como lo prueba que algunas que vivían en hábitats aislados hayan llegado hasta nuestros días. Eso sí, las condiciones de vida son duras, la esperanza de vida es breve para nuestro estándar y la población es reducida para que sea sostenible. En suma, una sociedad de cazadores-recolectores ocupa un estrato ecológico semejante al león en la sabana. Su EROEI (unidades de energía recuperada para usos societarios por cada unidad de energía invertida en conseguirlos) se estima en 10:1. Esto daba para una cultura básica fundamentada en la tradición oral y la fabricación de utensilios simples. No hay tal cosa como el Peak Mamut para esta sociedad porque, como digo, es sostenible (aunque posiblemente no en todos los hábitats).

Las sociedades sedentarias basadas en la agricultura son insostenibles si no hacen una gestión adecuada de sus recursos, y hay ejemplos de tales sociedades que se han extinguido precisamente por eso (Pascua, los mayas). Dejando de lado la erosión del suelo y la pérdida de fósforo (que podrían hacer estas sociedades insostenibles pero muy lentamente, en el plazo de miles de años, cuestión todavía a debate), con una gestión adecuada estas sociedades son sostenibles, y ejemplo de ello es que hasta la Primera Revolución Industrial éste era el tipo de sociedad dominante en el mundo. Curiosamente, su EROEI se estima también en 10:1 (no en 1000:1 como nuestro amigo Hank quiere creer). La vida en estas sociedades es también muy dura, con una esperanza de vida no mucho mejor que la de los cazadores-recolectores, pero con un tamaño poblacional sensiblemente mayor, lo que permite mantener una pequeña oligarquía esencialmente ociosa (guerreros, reyes y su séquito). Eso sí, a diferencia de los cazadores-recolectores, al ser sedentaria y muy densamente poblada -por comparación con ellos- las hambrunas y muerte por hambre son mucho más frecuentes, cada vez que las cosechas eran muy malas (de hecho, hasta la llegada de la Revolución Verde las hambrunas en oleadas -otra cosa es el hambre estructural en el Tercer Mundo- eran frecuentes -no tanto en el Primer Mundo, ya que por la fuerza o el dinero se importan alimentos de todas partes. ¿Sabías que el Reino Unido depende en un 60% de los alimentos que le llegan de fuera?).

Llegamos a las revoluciones industriales. Al principio las condiciones de vida son penosas para los obreros, después mejoran. Las sociedades industriales del Primer Mundo no son un sistema cerrado: no es coincidencia que la Primera Revolución Industrial despega simultáneamente con el Colonialismo. Si se considera el sistema conjunto Metrópoli-Colonias su EROEI es ligeramente superior a 10:1, aunque en la metrópoli se llegan a EROIs de 50:1 (en buena medida gracias al aporte energético del carbón, al principio autóctono -en el caso de Inglaterra- y luego importado, a partir de la Primera Guerra Mundial). Se ha de entender que los combustibles fósiles es como tener una legión de esclavos: con una máquina transforman su energía contenida en trabajo útil.

Llega la Segunda Era Industrial, la era del petróleo y por fin en los años sesenta del pasado siglo la Revolución Verde. Con el petróleo el EROEI se dispara al principio a 100:1 (no hay tantos órdenes de magnitud como Hank quisiera creer; él habla de producción, pero dejando al lado el dinero, que es una referencia móvil, lo que cuenta es la energía embebida). 100 a 1 es enorme, la sociedad prospera a pasos agigantados. Se explota tanto el petróleo que comienza a hacerse más difícil, hasta llegar al momento actual, 20:1. Con 20:1 no se puede soñar con que todo el planeta tenga nuestros estándares de vida, pero en tanto en cuanto nosotros mantengamos el actual status quo la cosa podrá funcionar. El problema es que el EROEI de nuestra sociedad sigue cayendo (el petróleo es la principal fuente de energía, y la de mayor EROEI después del carbón, aún hoy: ver cuadro en Searching for a Miracle, página 28) y por tanto nos acercamos al colapso si no hacemos nada.

Creer que la sociedad de la información nos va a salvar es tontería. Ya lo dice dmc_runner: hay necesidades que son complemente materiales y eso impone límites, no somos entes de aire y luz. Además, si la economía se vuelve inmaterial dejará de ser relevante. Sucede al contrario: la economía no es en absoluto inmaterial, no existe tal cosa como la mejora de intensidad energética (cantidad de euros producidos por unidad de energía invertida) que tanto se cacarea en los países occidentales como EE.UU. La realidad es que externalizamos la fabricación de los bienes que consumimos, es otro el que hace el gasto energético y nosotros presumimos de gastar menos. Absurdo por completo.


Salu2,

Antonio