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lunes, 17 de junio de 2013

Un futuro sin más (I): La huida



[Las personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre mera coincidencia]

- Gracias; estábamos sedientos - dijo Jan al tabernero

Éste se le quedó mirando un rato, suspicaz, y al cabo dijo:

- Muy pulidas me parecen esas formas. ¿No serás uno de ellos?

Jan enfureció; dió un golpe con la jarra de cerveza a la mesa y rugió:

- ¡Me cago en la puta! ¿No se puede ser un poco educado en este mundo, para variar?

El tabernero retrocedió un poco. Obviamente, no se esperaba esta reacción. Jan lo había hecho muy bien: era un tipo inteligente y en los dos meses que habían pasado desde que se inició la persecución había aprendido rápido. El tabernero ya se iba, mascullando para sus adentros, cuando se fijó en el joven que acompañaba a Jan.

- ¿Y este pimpollo, de dónde ha salido? ¿Qué tienes, chaval, 20 añitos? ¿18?

En realidad David tenía 25 años, pero su aspecto aniñado, barbilampiño e inseguro le hacían parecer bastante más joven. David se aclaró la garganta para responder, pero Jan se le anticipó:

- Tiene 20 años; es mi sobrino, el hijo de mi hermana, que me le ha confiado para que haga de él un hombre. ¿Algún problema?

El tabernero se rascó el cogote, frotó su manazas en el sucio delantal y se marchó despacio, mascullando un "nada, nada...". Cuando estuvo a una distancia prudencial David por fin acertó a decir un "Gracias" dirigido a Jan con el aire de la respiración hasta entonces contenida.

Jan no miraba a David, sino al tabernero y al tiempo lanzaba fugaces miradas alrededor. La taberna estaba prácticamente vacía a aquellas horas de la tarde. Lejos quedaban los días de esplendor que sin duda el local había conocido. Lejos, sí. Lejos quizá como dos o tres meses, pero en la situación actual los días eran como meses y los meses como décadas. Al final, siempre sin mirar a David, Jan habló con voz baja y pausada:

- Si no aprendes a controlar tu miedo nos atraparán, a ti y a mi, y aún podremos dar gracias si simplemente nos matan de una manera rápida. Tenlo muy presente.

- Lo tengo presente, señor - dijo David, cabizbajo.

- ¡No me llames señor! - el tono de Jan era imperioso, a pesar de hablar tan bajo. Prosiguió - llámame Tío Jan o simplemente Jan. Soy Jan López Merchán, y tú David Gutiérrez López. Que no se te olvide.

- No lo olvidaré, señ... ¡Jan! - se autocorrigió David.

Jan no podía culparle. Después de varios años trabajando juntos - tres o cuatro, pensó - se adquirían ciertos automatismos que no era tan fácil de borrar en sólos dos meses. Dos meses de horror y barbarie, siempre huyendo, yendo a trompicones en zig zag hacia la frontera, la frontera que sería su salvación, a sólo ya unos pocos kilómetros. "La frontera que separa la barbarie de este país que se hunde en su miseria de otro país, uno de los pocos reductos de civilización que aún queda".

Jan miró entonces a su protegido. David era un chico inteligente, algo retraído pero con muchas posibilidades. Podría haberle dejado atrás el día del asalto; de hecho, debería haberle dejado atrás. A fin de cuentas David no era nadie, no era una persona conocida; sus perseguidores iban por Jan, solamente por su notoriedad. Era la foto de Jan la que fue distribuida masivamente por la capital de la que tuvieron que escapar de noche, corriendo por las alcantarillas. Seguramente a David no le hubieran hecho nada, pero David no las tenía todas consigo y Jan se apiadó de él. La verdad es que el chaval no hubiera durado ni dos minutos en manos de aquellos energúmenos. Jan, sin embargo, era de otra pasta. Había conocido muchas penalidades cuando fue joven, y sólo ya en su madurez pudo disfrutar de los frutos de tanto esfuerzo.

"Concéntrate, Jan", pensó. Tenía que concentrarse en el paso de la frontera. Hacía años que no había estado en esta zona, aunque la conocía bastante bien. Le había tocado hacer la mili en un cuartel cercano y los días de permiso se los pasaban haciendo el idiota en los pueblos de la costa, e incluso alguna vez cruzando la frontera para chapurrear el idioma del país vecino. Años después, ya con un trabajo digno de tal nombre, Jan había veraneado alguna vez en esas comarcas llenas de preciosos parajes naturales y de demasiados turistas. La masificación le agobiaba, pero al mismo tiempo le gustaba porque en la masa su soledad de hombre con cierto éxito en la vida pero sin compañía pasaba desapercibida.

En fin, fuera como fuera la frontera estaba cerca. La carretera, ahora desierta de coches, había albergado en sus buenos días un tráfico insoportable. Aún hoy en día era un punto de intercambio frecuente de mercancías. Sin embargo, pasar por ahí era arriesgado: los guardas de frontera podrían reconocerle, a pesar de la tupida barba, a pesar de no llevar las gafas, a pesar del aspecto desaliñado de temporero por horas. No podía arriesgarse a que le cogieran. Era mejor pasar por el caminito que había un par de kilómetros más al este de la carretera principal. Una carretera serpenteante, zigzagueante, que antes, cuando el petróleo sobraba, se hubiera considerado una "ruta pintoresca" y ahora se veía como una pérdida de tiempo. Pero lo que poca gente sabía es que un par de kilómetros después de coger esa carretera se abría a su izquierda un pequeño sendero, impracticable para coches y carretas pero transitable a pie, que descendía rápidamente hacia la frontera. En unos pocos centenares de metros se encontrarían en territorio que si bien quizá no sería amigo al menos no sería enemigo. Desde ahí, en un kilómetro o así llegarían al primer pueblo del otro lado de la frontera y escaparían de esta barbarie.

Jan pagó al suspicaz tabernero y salieron fuera. Quedaba poco más de una hora para el atardecer, cuando los valles se vuelven umbríos pero aún puedes ver por donde caminas. Desde donde estaban podrían ganar la frontera caminando en menos de una hora. No era difícil pero sí arriesgado. Dedicaron unos minutos a vagar sin demasiado sentido, deteniéndose a mirar los tablones de anuncios, como si buscaran trabajo. Trabajo, ¿de qué?, si esto era un erial. Quizá la falta de futuro y de perspectivas era lo que había llevado a la barbarie. La barbarie... ¿Cómo había comenzado todo?

Jan recordaba. Llevaban ya 7 años de crisis económica implacable, y nadie era capaz de proponer ninguna solución. El Parlamento se había fragmentado en mil pequeños partidos y si ya antes era incapaz de tomar decisiones, entonces se volvió completamente inoperante. Los escándalos de corrupción eran continuos y salpicaban a las altas magistraturas del Estado; llegó un momento en que todos los partidos políticos estaban implicados en algún escándalo: los partidos grandes en escándalos grandes y los partidos pequeños en escándalos pequeños. En la calle el sentimiento de indignación crecía y crecía, y cada vez eran más frecuentes los choques violentos con la policía en plena calle.

Entonces empezaron a aparecer los primeros grupos de acción directa contra los políticos. Al principio eran sólo pintadas y vidrios rotos, pero poco después se rompían huesos y hasta vidas. El grupo reivindicativo "Corrupción cero" o CC, con una ideología ecléctica construida de muchos retales ideológicos, fue ganando popularidad, que crecía a medida que iban encarcelando a algunos de sus miembros más violentos. La declaración de CC como asociación de malhechores no hizo más que hacer crecer su aura de protectores del pueblo, y su popularidad se hizo aún mayor cuando, en un golpe de efecto, comenzaron a desvalijar casas de políticos más o menos corruptos para repartir después el botín entre los pobres. Muchos miembros de CC fueron detenidos, pero eran reemplazados por un mucho mayor número de nuevos integrantes. En los meses previos a las últimas elecciones se constituyó un nuevo partido político, "Ciudadanos contra la corrupción" (CCC), al cual CC dio su apoyo explícito. Este hecho, junto con la similitud de las siglas y del ideario político llevo al Ministerio de Justicia a declarar ilegal CCC, al considerarlo "parte del entramado de CC". A pesar de que la Junta Electoral Central no imprimió ninguna papeleta del CCC éstas, impresas y distribuidas de manera clandestina, inundaron las urnas: según la JEC el 40% de los votos emitidos fueron nulos. A la vista de los resultados, anunciados la misma noche de los comicios, la multitud enardecida saltó a las calles gritando: "Queremos democracia". A las 11 de noche el líder de CCC apareció en el balcón de su improvisada sede electoral, y lo hizo de la mano del líder CC. Fue este último el que se dirigió a la muchedumbre: "Aquí estoy. He abandonado la clandestinidad para deciros que la voz del pueblo no se puede callar. Hoy el pueblo ha dado la mayoría a CCC; esos 40% de votos nulos son en realidad 60% si contamos los votos que dicen que han sido en blanco y los que se callan. No podemos permitir que los corruptos de siempre nos sigan robando; nos roban el dinero, nos roban el futuro y ahora nos quieren robar estas elecciones. ¡No lo permitamos! ¡Marchemos hacia el Palacio Presidencial!"

Algún día los libros de Historia analizarán lo que pasó en aquellas horas, pensaba Jan, pero lo que quedó claro es que CC ejecutó con maestría un plan trazado con mucha anticipación. En realidad el apoyo a CCC, aunque considerable, no superaría el 20 o el 25%, puesto que ciertamente una gran parte del voto nulo era voto de protesta pero los partidarios de CCC no eran tan numerosos. La multitud que se congregó aquella noche en la capital había venido en autobuses desde puntos distantes de la geografía para que la escenificación de la toma del poder fuera más completa. Además, CC tenía mucho apoyo entre los policías y los militares, con lo que no les costó demasiado conseguir que quienes estaban de servicio aquella incómoda noche fueran de los suyos. El caso es que la marcha hacia el Palacio Presidencial fue un paseo triunfal y con el líder del CC a la cabeza la multitud tomó sin resistencia el Palacio justo a medianoche. Aquella misma noche el Presidente, los líderes de los otros partidos democráticos y una buena parte de los diputados fueron ejecutados por las fuerzas revolucionarias del CC. A pesar de algunos conatos de resistencia en ciudades lejanas a la capital al amanecer del día siguiente quedó claro que todo el país se sometía al dictado de CC. Se convocó de urgencia un Parlamento de Electos que sólo contó con miembros de CC; éste modificó en una semana un centenar de leyes fundamentales y proclamó, sin tener atribuciones para ello, una nueva Constitución que entre otras cosas eliminaba el Parlamento "por ser un foco de corrupción, intercambio de prebendas, costoso e inútil". El domingo por la tarde los diputados electos y constituyentes entonaron el himno nacional, reescrito para la ocasión, y abandonaron ordenadamente el Parlamento, que fue clausurado. El nuevo Presidente plenipotenciario comenzó a promulgar sus nuevos decretos. La democracia en este país había llegado a su fin.

Jan pensaba en todo eso mientras caminaban haciéndose los despistados hacia la vieja carretera que les llevaría hacia el otro lado, hacia un país donde aún sabían qué quería decir la palabra democracia. Mientras recordaba aquellos días oscuros Jan no podía evitar esbozar una sonrisa irónica. Mucha gente saludó el nacimiento del nuevo régimen como una esperanza de regeneración, o así lo pusieron en los diarios, y así lo siguieron diciendo muchos de ellos -"una esperanza de regeneración"- hasta el día antes de ser clausurados por decreto presidencial. 


Lo cierto es que el país se había sumido en una dictadura que en poco tiempo demostró ser feroz e implacable. Todas las personas que habían detentado cargos políticos en los años anteriores fueron forzadas a trabajar en "campos de reeducación" donde "devolverían con su sudor todo lo que habían robado o despilfarrado". Los tiempos de estancia en los campos dependían de la importancia y la duración de las responsabilidades que hubieran ejercido, según unas tablas que el Presidente hizo distribuir entre la población. Típicamente quien tenía para más de un año de trabajos forzados no volvía con vida de los campos de reeducación, y los que volvían explicaban verdaderos horrores. Con todos esos trabajadores forzados el Estado intentaba recuperar el esplendor perdido durante los años de crisis económica, ahora que la energía del petróleo y del uranio comenzaba a escasear en los mercados internacionales.

La sombra de la ladera de la montaña se alargaba y ya cubría las últimas casas del pueblo, y prácticamente no había nadie en la calle; tres o cuatro kilómetros más y estarían a salvo. A salvo de la barbarie, de la atrocidad. En su día Jan vio venir lo que les esperaba. "Cualquier recurso renovable explotado de manera no sostenible se convierte en no renovable", una frase que había leído hacía tiempo y que le gustaba repetir. Cualquier recurso renovable. Incluso los seres humanos, se lamentó. Pues el nuevo Estado se había vuelto adicto a la energía muscular humana, y cuando los nuevos esclavos "reeducados" escasearon comenzó una auténtica caza de brujas. Primero fueron a por los políticos, sí; pero después siguieron los banqueros, los notarios, los altos funcionarios...

- ¡Eh! ¿David? ¿David Ros? ¿Eres tú? ¡Soy yo, Felipe Colina!

Jan se quedó helado. Un jovenzuelo del grupo de cuatro o cinco que había junto a la última casa se había acercado y se había parado delante de su pupilo.

- Ehhh.... Hola, Felipe, ¿qué tal? - acertó a decir torpemente David.

Jan rodeó lentamente a los dos muchachos pasando por detrás de David, avanzando discretamente en dirección a la carretera que les tenía que llevar a la salvación. "Tan cerca, tan cerca... por Dios, David, no te distraigas y despacha rápidamente a éste", pensó.

- Te hacía por la capital. ¿Qué haces por aquí? Yo he venido a la frontera a buscar trabajo: está la cosa muy mal, y en casa hay que comer - le dijo Felipe.

- Sí, bueno, yo un poco igual. Cuánto tiempo, Felipe - le dijo David.

- Bah, tampoco tanto; ¿que será, tres años? Cuando acabaste la carrera; me dijeron que con muy buenas notas, no como yo, pero tú siempre fuiste un coquito. Te fuiste a la capital a empezar una tesis, ¿no? ¿Qué pasó? ¿No estabas con aquel científico tan famoso? ¡Vaya cabrón!, ¿no? - dijo Felipe con un gesto de fastidio

Quizá fue la casualidad la que quiso que la mirada de animal acosado en los ojos huraños de Jan se cruzase con la de los ojos de aquel muchacho, o quizá simplemente el chico recordó el nombre del director de tesis de David y evocó en su memoria uno de los muchos carteles con su rostro. El caso es que de golpe se dio cuenta:

- ¡Es Jan Palermo! ¡Chicos, es Jan Palermo, aquel científico cabrón de la capital!

Jan cogió con fuerza a un perplejo David por el brazo y le gritó: ¡corre! Afortunadamente los amigos de Felipe, algo retirados de la escena, estaban hablando de sus cosas cuando éste reconoció al científico y al principio no entendieron qué les decía su amigo; pero pocos segundos más tarde los cinco muchachos se lanzaron a la caza del profesor y de la suculenta recompensa que sin duda les daría.

Jan Palermo. Profesor universitarioy director de uno de los centros de investigación ambiental y energética más importantes del país. Convertido en enemigo público número uno cuando el país se quedó sin otros enemigos con los que justificarse su mediocridad, su incapacidad para "recuperar la senda del crecimiento".

Jan recordaba, en aquellos segundos de carrera precipitada, cómo había huido de la capital. Hacía meses que la prensa alentaba una campaña de desprestigio contra los científicos corruptos que se inventaban resultados para favorecer sus prebendas económicas. Un mes antes de su huída había visto un "reportaje de investigación" en un diario antes serio en el que comparaban el presupuesto acumulado gastado en investigación sobre cambio climático durante los últimos diez años con los daños causados por el cambio climático en ese mismo período (daños calculados de una forma muy peculiar: sólo de "eventos extremos claramente anómalos"). La conclusión: los científicos se estaban llenando los bolsillos inoculando un miedo a un peligro inexistente. El reportaje causó un gran escándalo y los catedráticos e investigadores en ciencias ambientales se vieron obligados a dimitir de sus puestos, con gran escarnio público, y a pasar una temporada en los campos de reeducación. Aquel día Jan comprendió que no pasaría mucho tiempo antes de que vinieran por él, si alguien no paraba esa locura antes.

Los muchachos estaban cada vez más cerca, a pesar de que tanto Jan como David estaban en buena forma y corrían por sus vidas. De vez en cuando alguna piedra pasaba rodando cerca de sus pies. "Mientras usen sólo esos proyectiles...", pensó Jan. Notó que había cierto revuelo en el pueblo, varios cientos de metros más allá, e incluso le pareció divisar de reojo la silueta de una escopeta entre la segunda jauría humana que se había formado. Entonces vio la curva. De aquella curva salía a la izquierda  el caminito de tierra que les llevaría a la salvación, más allá de esta barbarie. El caminito debería estar ahí mismo, ya casi habían llegado. Dios mío, sólo hacía diez años, un camino así no desaparece en diez años, vamos, vamos, vamos. Llegó al pretil y ahí estaba el anhelado camino; entró en él de un salto, seguido por David. Aún podían conseguirlo...

¿Qué hubiera podido hacer para evitar esta situación? Y eso que dos meses antes se había preparado en serio para la eventualidad. Había sacado discretamente una cantidad significativa de dinero del banco, aunque no más del 10% de sus ahorros, para no poner sobre aviso a los que seguramente ya entonces le estaban vigilando. Una parte en dinero, otra en objetos de valor de poco volumen y fáciles de vender. Llevaba a todas partes una mochila con algo de ropa y ese dinero por si tenía que salir corriendo en cualquier momento. Dormía debajo de su cama por si asaltaban de noche su casa. Vivía en un estado de máxima tensión.

El día de su huida un influyente diario publicó un dossier explicando que su instituto no sólo había derrochado dinero sino que además habían obstaculizado desarrollos fundamentales como los dispositivos de energía libre de Tesla. Ilustraban la noticia con varios testimonios. El que más le dolió fue el de su compañero Enrique Pouzas,investigador de su centro pero antes que eso su amigo de muchos años. El doctor Pouzas aseguraba que algunos investigadores habían hecho informes negativos e incluso destruido prototipos factibles de generadores de Tesla "siguiendo el dictado de las grandes compañías petroleras", y daba nombres. Acusaba a cinco o seis investigadores en todo el país, pero afortunadamente no involucraba a Jan, al cual incluso exculpaba.  ¿Por qué Enrique habría dicho tamañas tonterías e invenciones? Los pulmones de Jan le explotaban del esfuerzo; llegaban ya a las primeras casas, pero sus perseguidores no cejaban. ¿Por qué lo hizo Enrique Pouzas? Seguramente por miedo. Pocas cosas hay tan poderosas como el miedo. En todo caso no le sirvió de nada su testimonio, a Pouzas: hacía un par de días había leído en un periódico local que el corrupto científico Enrique Pouzas había muerto intentando escapar de un campo de reeducación.

Recordaba. Recordaba como caminaba leyendo las falsas noticias sobre la corrupción en el centro que dirigía, rojo de ira, mientras subía cada vez más lentamente por el promontorio que llevaba a su centro. Se paró a unos 200 metros. Desde lo alto de la colina donde se encontraba podía divisar decenas de personas entrando a saquear su centro; una jauría humana similar a la que ahora le pisaba los talones, que arrojaba papeles por las ventanas, prendía fuego al edificio y sacaba a empellones a sus pobres colegas. Jan tenía la mochila al hombro, así que no le restaba más que hacer allá,  y se dio media vuelta, topándose de bruces con David, con el mismo David que, acalorado, corría  a su lado por las calles de aquel pueblo donde cada vez más curiosos salían a contemplar aquella cacería humana. La cara de David aquel día también era de súplica; señor profesor, lo han destrozado todo, yo he podido huir por poco, tenemos que escapar... Y Jan se apiadó de él y lo llevó consigo. Si le hubiera abandonado allá mismo aquel día no habría habido un Felipe Colina que  hubiera reconocido a David Ros y después a Jan Palermo, y no se verían como se veían en aquel momento, tan cerca y a la vez tan lejos de su meta.

La cacería llegaba a su fin; sus perseguidores estaban a punto de darles caza. Quizá David podía correr más rápido que Jan, pero por lealtad o por no saber qué hacer sin el profesor seguía corriendo a su lado. Se dio cuenta de que unos de los muchachos había sacado un cuchillo; en unos segundos le daría un golpe no fatal pero suficiente para acabar con esa alocada carrera.

Un tiro sonó en el aire, y tanto perseguidores como perseguidos se pararon en seco. En aquellos días no era tan habitual oír disparos; las balas, como todo lo demás, hacía tiempo que escaseaban. Bueno, escaseaban al otro lado de la frontera, en el reino de la barbarie, en el país donde se caza a los científicos por negarle al pueblo sueños absurdos de recursos infinitos.

El gendarme bajó el cañón de su arma y apuntó hacia los perseguidores.

- No estáis ya en vuestro país.  Volved por dónde habéis venido si no queréis hacerlo en una caja de pino - les gritó en su idioma.

- ¡Son científicos! ¡Son criminales! - gritó Felipe Colina, y los otros le jalearon.

- Y ahora son un asunto de nuestra República. Como he dicho, volveos por donde habéis venido, si no queréis cobrar la recompensa en plomo en vez de en plata.

Los muchachos dudaron un par de segundos, tras los cuales se dieron la vuelta, lamentando su mala suerte. Un poco más tarde bromeaban entre ellos, elaborando la anécdota que explicarían aquella noche a sus amigos, de cómo casi habían capturado al pérfido Jan Palermo, el destructor de la energía libre. Ya casi no se distinguían las voces de los muchachos ni los jadeos de Jan, cuando éste se dirigió al gendarme, estrechándole la mano:

- Soy Jan Palermo, profesor de sistemas energéticos, y éste es mi ayudante David Ros - le dijo en su idioma al gendarme, quien le estrechó la mano con fuerza - gracias por salvarnos de esos bárbaros.

- Profesor Palermo, es Vd. famoso - el gendarme sonreía y le estrechaba fuerte la mano, muy fuerte - Sí, son unos bárbaros. No como nosotros, gente civilizada - le dijo mientras cerraba las esposas en torno a su muñeca y dos gendarmes más rodeaban a David. El gendarme sonrió debajo de su amplio mostacho negro y guiñándole un ojo le dijo: - Aquí tendrá Vd. un juicio justo.

Jan Palermo exhaló, aún jadeante, un profundo suspiro de derrota.

Antonio Turiel
Figueres, Junio de 2013

jueves, 3 de noviembre de 2011

El cenit del conocimiento


Queridos lectores,

Hace unos días leía un interesante ensayo de Marcus Kracht sobre la dificultad de conservar el conocimiento en una sociedad abocada al descenso energético. Una de las cosas que más me ha llamado la atención del mismo es la conexión que establece entre el acceso a la energía barata y en cantidad al aumento de nuestro conocimiento. Reflexionando un poco sobre mi propio trabajo no puedo menos que darle la razón, confirmando muchos de los extremos que se tratan en el ensayo.

Hace poco un estudio de la Universidad de Berkeley estimaba que internet (entendido como toda la maraña de ordenadores y dispositivos que se conectan a la red global, la misma red y sus routers y demás adminículos) consume alrededor del 2% de toda la energía a escala global. La cantidad no es en absoluto desdeñable, sobre todo si tenemos en cuenta que es probablemente una subestimación (hay muchos dispositivos que no entran dentro de la clasificación usada por los investigadores, y el gasto por equipo es un gasto tipo o medio), y además este gasto no se reparte homogéneamente por el mundo. Internet es seguramente el mayor exponente de nuestro progreso en tecnologías de la información, un gran invento que ha agrandado enormemente nuestras capacidades cognitivas. Hoy en día, si tenemos una duda, por nimia o trascendente que sea (cuál fue el primer disco de un determinado cantante, qué es la mayéutica) usamos nuestro buscador de referencia y en pocos segundos tenemos la respuesta. La enorme capacidad de indexación de los sistemas de información actuales es tremendamente útil en mi trabajo corriente o a la hora de documentar este blog; en pocos segundos tengo una lista de cientos de documentos más o menos pertinentes a mis criterios de búsqueda, a partir de los cuales es fácil cribar qué es interesante y qué no; una frase clave de un documento de interés (por ejemplo, su título) me permite localizarlo sin moverme de mi silla y en cuestión de minutos decidir si me interesa o no, y en su caso buscar otro: qué diferencia con aquellos tiempos en que comenzaba mi tesis, en los que leyendo artículos científicos encontraba una referencia a algún artículo posiblemente interesante y me iba a la hemeroteca, a desempolvar archivos a veces durante horas, y a veces el archivador que me interesaba no estaba o no se encontraba en su sitio. Evidentemente, la gran disponibilidad energética, aparte del progreso técnico, ha permitido acelerar enormemente mi trabajo y seguramente mi producción, y no sólo el mío sino el de miles de científicos en todo el mundo, lo cual a su vez ha acelerado el progreso científico.

No todo ha sido bueno con esta aceleración. En la actualidad, la mayoría del progreso científico es incremental más que exponencial, con lo que se tiene que hacer mucho trabajo y leer mucho trabajo de otros, y trabajar durante años antes de llegar a algún resultado realmente destacado. Lamentablemente, el trabajo de los científicos es hoy en día evaluado con criterios economicistas, de contabilidad burda de haber y deber; para poder progresar en tu carrera científica (mientras eres eventual, para asegurar el siguiente contrato; cuando eres fijo, para garantizar el acceso a dinero de proyectos con los que mantener tu investigación) debes ser regularmente evaluado, y los criterios de evaluación son esencialmente de inventario: cuántos artículos has publicado, cuántos proyectos has conseguido en convocatorias competitivas, cuántas tesis has dirigido... Todo esto provoca en el caso de los artículos que se redacten muchos, en los que se relatan pequeños avances conceptuales, con tal de hinchar la nómina de los mismos y mejorar el propio baremo (y como en toda buena escalada armamentística, has de jugar a ese juego porque como los demás lo hacen si tú te niegas quedas fuera). Con lo cual, se multiplica el número de revistas especializadas (hay, literalmente, miles de ellas, con temáticas a veces diferenciadas por cuestiones de matiz), se amplía el número de suscripciones a las mismas por parte de las universidades y laboratorios de todo el mundo, etc, etc. Es decir, se produce mucho aunque la ganancia neta de conocimiento no es tan grande (es un caso más de la ley de rendimientos decrecientes). Hay un chiste común entre los físicos teóricos que describe bastante bien este problema: "¿Por qué la longitud de la estantería ocupada por los números del Physical Review (prestigiosa revista americana de física) crece más rápida que la luz?" (lo cual es imposible, ni la materia ni tan siquiera la información pueden viajar más rápidas que la luz) "Porque no transporta ninguna información". El caso es que toda esta producción hace aún más difícil separar el grano de la paja, y ahí de nuevo nuestros buscadores robotizados son extremadamente eficaces. Todo lo cual redunda en un aún mayor consumo energético.


En casa de mis padres hay, literalmente, cientos de libros de todo tipo, incluyendo dos diccionarios enciclopédicos. En mi casa, dejando de lado los textos especializados de nuestras profesiones, el número de libros que tenemos es un par de órdenes de magnitud inferior. Yo no me he planteado hasta ahora comprar una enciclopedia, lenta de ojear y que rápidamente se queda desfasada, cuando con unas pocas pulsaciones del teclado puedo contestar con gran precisión cualquier duda escolar que les pueda surgir a mis hijos. Pero tampoco tengo apenas libros enormes llenos con grandes fotografías ilustradas como aquellos que me impresionaban cuando era niño, hasta el punto que pasaba las páginas con un punto de miedo y otro de curiosidad, tan subyugante era el espectáculo en el que me veía literalmente inmerso al girar la hoja; hoy cuando mi hija me pregunta cómo es tal o cual cosa, google, imágenes y voilà. No sólo en las cuestiones domésticas se manifiesta esta preferencia por el formato electrónico: cuando empecé la tesis tenía varios archivadores de artículos fotocopiados que eran los básicos para fundamentar mi propio trabajo; hoy en día, tengo una biblioteca virtual con cientos de PDFs en el disco de mi ordenador, y una simple aplicación me permite buscar palabras clave dentro de todos ellos, mucho más rápido y eficaz que antaño, cuando creía recordar que había visto una fórmula que me interesaba en éste o quizá aquél artículo. Nuestra gran potencia de cálculo, fruto de la gran disponibilidad energética, nos ha hecho ser colosos intelectuales sin que apenas nos hayamos dado cuenta de ello. ¿Cuántos de Vds., queridos lectores, no han recalado en este blog buscando información sobre por qué esta crisis no acabará nunca o qué es lo que pasa con el petróleo?


La grandiosidad energética no sólo se ha manifestado en el mundo digital. En la actualidad se publican cada año centenares de miles de títulos nuevos en edición impresa, y eso hablando sólo de libros. Tal enormidad de material impreso (que no de información) tiene mucho que ver con la necesidad de convertir la cultura en una industria más, con sus necesidades de crecimiento exponencial, como todas las otras (ya discutimos anteriormente por qué se despilfarra tanto). Pero, de nuevo, hace difícil separar el grano de la paja, con el agravante añadido que esta industria, la cultural, no tiene el más mínimo interés en primar la calidad del contenido y sí la cantidad potencial del producto a ser vendido.


El declive energético al que ya estamos abocados implicará necesariamente la desaparición paulatina de muchas de estas cosas, y la considerable reducción de las que persistan. Una cuestión que a mí personalmente me preocupa es cómo podremos conservar una gran cantidad de documentos que actualmente están solamente disponibles en formato digital. Los soportes electrónicos tienen una duración física limitada, en el mejor de los casos a unas pocas décadas, y antes de su destrucción final podemos perder la capacidad de acceder a ellos por falta de medios tecnológicos. Dado este escenario, lo conveniente sería decidir qué conocimientos se deberían de salvaguardar y hacer acopios de ellos en multitud de bibliotecas diseminadas por todo el mundo, de tal modo que el conocimiento esencial de la Humanidad fuera preservado. Porque, a diferencia de lo que hicieron los monjes medievales rescatando el conocimiento del antiguo Imperio Romano, los nuevos amanuenses podrían tener dificultades tecnológicas insalvables para poder recuperar nuestro saber, que por tanto se perdería.


Decidir qué contenidos preservar y cómo es tarea ardua, y en medio del marasmo económico que nos embarga es terriblemente complicado conseguir los medios para tal tarea. Y, sin embargo, si queremos que esta civilización digital deje alguna traza cuando se apague el último ordenador, necesitamos hacer algo así. Así que quizá, pensando en preparar la transición, uno de los puntos clave sea revitalizar las bibliotecas, muchas de ellas con grave amenaza de ser cerradas en el caso de España debido a la inminente bancarrota de los Ayuntamientos en este país. Quizá, si la iniciativa popular fuese lo suficientemente fuerte, se podrían mantener pro bono, con el trabajo de los miembros de la comunidad. No lo olviden: la comunidad es una pieza esencial en la transición, no debemos pensar sólo en clave egoísta. Yo fui bibliotecario voluntario en el colegio mayor de Salamanca donde empecé mis estudios universitarios, y es una tarea más interesante y divertida, aparte de instructiva, de lo que parece. Además, estando rodeado de libros aprendes a amarlos y respetarlos, lo que es un buen paso para aprender a amar y respetar al prójimo.


He analizado hasta aquí el conocimiento reglado, el que es expresado en soportes físicos del tipo que sea. Hay, sin embargo, otro tipo de conocimiento al que no siempre se le da la importancia que tiene: el conocimiento colectivo. Aquellas ideas simples que forman el sustrato cultural de toda la sociedad sirven para cohesionarla, dividirla o mantenerla. El concepto de germen como agente infeccioso llevó al establecimiento de simples normas higiénicas en el siglo XIX (lavarse las manos antes de comer, limpiar y desinfectar las heridas, no comer alimentos que se ensucien...), que hoy en día consideramos básicas pero que contribuyeron en su día (y aún hoy, obviamente) a mejorar las condiciones de vida del ser humano. Otra idea importante que sirve para cohesionar a la sociedad es que sólo la autoridad tiene el monopolio legítimo de la violencia, así que en caso de un agravio la gente recurre a la policía y a los jueces en vez de tomarse la justicia por su mano. Sin embargo, esta última idea es cada vez más cuestionada por una sociedad que considera los poderes públicos bastante corruptos y donde la desesperación está empujando a cada vez más gente hacia la violencia. Y éste es uno de los problemas más graves a los que nos enfrentamos a nivel colectivo: el cuestionamiento destructivo (pues no propone alternativas válidas) de algunos principios fundamentales, fruto de la incapacidad organizativa de la sociedad para dar respuesta a los retos actuales, comenzando por sus líderes. Estos principios fundamentales son básicos, son el conocimiento pre-consciente de la sociedad y los que la permiten actuar como tal, y son percibidos como los correctos por la sociedad por su simplicidad y verdad palmarias, del mismo modo que se ve la conveniencia de lavar las manos o desinfectar las heridas.


Uno de esos principios básicos ahora en cuestión es la democracia. Se suponía que el pueblo soberano es libre para tomar las decisiones más adecuadas a su parecer, y que el poder emana del pueblo; que los representantes son escogidos de acuerdo con un programa que ha sido acordado con sus electores y con un mandato claro de la parte de estos últimos. Sin embargo, viendo la polvareda que ha levantado el anuncio de referéndum sobre el enésimo plan de ajuste para la economía griega uno comprende la gravedad de la crisis societaria en la que vivimos. No puede ser que nuestros líderes, que por encima de todo deberían ser democrátas, cuestionen la capacidad de decisión democrática de una nación soberana y lo consideren, como algunos han dicho, una barbaridad - e inclusive "castigando" (sic) a Grecia. Sobre todo teniendo en cuenta que, dado que la crisis no acabará nunca, la posible salida griega del laberinto al cual le empujan sea mejor opción que seguir jugando al Bussiness as Usual. Con todo, lo peor de este cuestionamiento de la democracia, supeditándola a la economía -entendida de acuerdo con el paradigma liberal que cada vez tiene menos sentido en un mundo con recursos cada vez más escasos- es que sirve para minar la confianza de la sociedad en ese principio básico, en ese conocimiento societario de cohesión. ¿Por qué en España cada vez más gente percibe que es igual votar al PSOE o al PP, los dos grandes partidos? Porque saben que independientemente de quien gobierne la agenda ya está fijada, porque lo importante son los mercados, etc. En suma, porque la opinión del pueblo soberano no tiene sentido dentro de este esquema. ¿Son nuestros líderes demócratas? El test de Solón puede darnos algunas pistas. Pero, si el pueblo comienza a cuestionar los valores democráticos institucionales (unos, como el 15M, intentando restaurarlos; otros, como los grupos ultra, intentando sustituir nuestro sistema político por otro más autoritario -aún) estamos descendiendo un peldaño más en una dirección bien concreta: el colapso.


Salu2,
AMT