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martes, 15 de julio de 2014

Liberalismo económico como religión



Queridos lectores,

El último post de la semana pasada era un pequeño relato distópico, un cuento ejemplar de los que utilizo para ilustrar en forma más sencilla, como una parábola bíblica, algunos conceptos más teóricos y pesados. El año pasado estos cuentos ejemplares (la serie "Distopía") funcionaron bastante bien y de hecho uno de ellos creció hasta convertirse en una novela corta por entregas ("Un futuro sin más"). Sin embargo, el cuento de la semana pasada (y que abre la serie de este año) ha tenido una recepción bastante mediocre. Tras centenares de páginas escritas por mí en este blog he conseguido ir mejorando bastante mi estilo, pero las razones por las que un determinado post consigue mejor o peor aceptación siguen siendo bastante lejanas a mi entendimiento. Era quizá el post de la semana pasada excesivamente largo (me estuve planteando hacer varias entregas, pero tuve miedo de verme envuelto en la vorágine de redacción y depuración de estilo que fue "Un futuro sin más", que redacté entero en menos de dos semanas); posiblemente, el problema fuera que el tema tratado era de poco interés para el lector habitual del blog (otra visión de un futuro totalitario y mezquino), o quizá que en estas fechas muchos lectores habituales ya están de vacaciones y no es un momento particularmente proclive a meterse tal tipo de deprimente ficción entre pecho y espalda. 


Sin embargo, en ese post yo pretendía introducir la discusión de algunos aspectos que creo que son clave para entender qué está pasando y qué es lo que va a pasar. Quizá conviene en este momento recordar cuál es la función de este blog: no se trata de hacer un mero inventario de nuestra desgracia y lamentarse de lo que se considera inevitable; a mi juicio, nada es inevitable, y si yo dedico tiempo a discutir un determinado tema es porque creo que justamente la acción positiva sobre él puede llevarnos a evitar los escenarios más desagradables. Por eso los relatos que escribo aquí tiene ese corte de "novelas ejemplares": se trata de aprender (y enmendar) por la vía del ejemplo.

El caso es que considero bastante importante poner de manifiesto un problema que vengo observando (por supuesto que no soy ni el único ni el primero en verlo): la progresiva transformación del pensamiento económico dominante - al cual por simplificar llamaremos "liberalismo económico" o "neoliberalismo"- en una religión hegemónica y totalitaria. A veces se dice este tipo de cosas ("El único Dios verdadero es el dinero") de una manera genérica, sin entrar demasiado en el detalle. Justamente en este post (que sería la teoría sobre la que se basa el ejercicio práctico literario de la semana pasada) pretendo mostrar que en realidad el liberalismo económico como doctrina actualmente dominante tiene cada vez más características de religión opresiva e inquisitorial, irracional y antiempírica, represiva y destructora. Justamente es lo que se mostraba en el post de la semana pasada: los Rectores, que antaño eran los asesores económicos del Gobierno, se habían convertido en una casta con todas las características eclesiales (al final del relato, incluso, se autoimponen el celibato obligatorio).

A lo largo del post utilizaré ideas de diversos pensadores económicos cuyas obras conozco muy someramente; no voy a dar referencias porque me costaría mucho encontrarlas. Sin duda alguna, una persona con conocimiento de la historia de la economía y del pensamiento económico podría dar mejor forma a este post, el cual pretende sólo ser una introducción divulgativa al problema.

Para analizar el fenómeno de la progresiva conversión de la Economía Liberal imperante hoy en día en religión debemos prestar especial atención al lenguaje, porque dado que las religiones se mueven en el terreno del pensamiento abstracto el único vehículo que tienen para influir en el mundo es a través de las palabras.

- Lenguaje hegemónico: Hoy en día se presenta el discurso económico como algo indiscutible; es la única verdad posible. Al comienzo de la crisis se discutía aún algunas alternativas (Sarkozy tuvo la osadía de plantear la necesidad de "refundar el capitalismo"), pero ya no es posible. Aunque obviamente existen corrientes de pensamiento económico alternativas (como la economía ecológica o la economía del bien común) están confinadas a reductos académicos o marginalizados. Los representantes de estas alternativas (con alguna notable excepción) raramente aparecen en los medios de comunicación de masas, y cuando lo hacen es en programas de contenido social, como una muestra de diversidad cultural; sin embargo, cada vez que se analiza algún aspecto de la actualidad económica el experto es casi siempre hombre (interesante vinculación con la clásica visión macho-supremacista), impecablemente vestido de traje (el hábito de la moderna religión), de mediana edad (ni demasiado joven para parecer un aventurero ni demasiado mayor para parecer decrépito), aspecto solvente (retórica segura y contundente, gesto adusto, frases cliché mil veces repetidas) y estricto adherente al pensamiento económico imperante. Y aunque afortunadamente en los medios de comunicación alternativos de la red se pueden oír otras voces, tampoco allí hay debate porque los contertulios son de similares pareceres ya que rara vez un economista del mainstream se rebajaría a discutir con ellos (los programas de Radioactividad que yo mismo he grabado suelen ser un sucesivo darnos la razón unos a otros mientras vamos hablando). Es interesante destacar que justamente una de las pocas personas que ha tenido ocasión de confrontar visiones alternativas a las hegemónicas en medios de comunicación de cierto alcance ha sido Pablo Iglesias, del movimiento político español Podemos, y que gracias a que él ha visualizado una alternativa ha tenido un gran éxito en las urnas (y obviamente nunca más se va a cometer ese error de abrir la discusión en un medio).


- Lenguaje totalitario: En el lenguaje común se suele identificar "totalitarismo" con "fascismo" y "represión, y aunque van de la mano no son una y la misma cosa; el totalitarismo es más bien una visión filosófica. Una idea totalitaria es aquélla que abarca todas las esferas de las relaciones humanas, y que al final acaba regulando todos los aspectos del día a día, desde el comercio hasta el empleo del ocio, desde el castigo hasta las relaciones sexuales. De acuerdo con la doctrina del liberalismo económico, en la actualidad el regulador único de las relaciones humanas es el mercado: todos los productos de la actividad humana se han reducido a mercancías (commodification, dicen en inglés) y tienen por tanto un valor económico y pueden ser vendidos y comprados en el mercado. Si por ejemplo una compañía ha intoxicado a miles de personas el acento se pone en buscar una indemnización económica, en menor medida en reparar el daño y en ningún caso se prevé una imposición de cargas penales a la persona no física. Ya se ha teorizado sobre esas cargas penales; podría ser la pérdida de libertad (se destituye al consejo de administración y la compañía pasa a ser tutelada durante un tiempo por una gestora judicial) o incluso la muerte (la compañía es liquidada). La idea de la carga penal sobre todos los sujetos jurídicos, no sólo las personas físicas, no es tan disparatada: si las corporaciones han conseguido tener derechos, ¿por qué no habrían de tener obligaciones? ¿por qué no se les puede imponer un castigo si su comportamiento es claramente psicopático y antisocial? De acuerdo con la visión dominante, los errores de la corporación son culpa de su consejo de administración y es por ello que las responsabilidades se han de depurar a nivel personal. Pero en realidad el consejo está al servicio de la corporación y sus accionistas, e intenta cumplir con el mandato que se le ha dado, que es la maximización del beneficio. Así, se observa que los consejos de administración van cambiando (táctica de dilución de responsabilidades) mientras que las compañías actúan de manera cada vez más psicopática. Dentro de la corriente de pensamiento económico imperante, para evitar abrir estos necesarios pero desagradables debates, se pone énfasis en que todo es mercado y todo se regula a través de intercambios monetarios. La mercantilización de todas las esferas humanas se ha hecho progresivamente: primero fue la tierra; después, el trabajo; después, los bienes comunes y en el futuro es previsible que serán las propias personas (esclavitud). Esta lógica perversa de que todo es mercado, de que no hay nada fuera del mercado, lleva a que los pacientes de un hospital o los viajeros de un tren sean ahora "clientes" o, en el mejor de los casos, "usuarios", favoreciendo que la alienación, la privación de la categoría de "persona" o "personal", sea "lo normal", lo habitual, lo comúnmente aceptado, lo que cabe esperar y sin discusión posible. El hombre de la calle ha sido adiestrado para encontrar que, aunque desagradable, sea concebible (e incluso para algunos aceptable) que un hospital escatime a sus pacientes para "aumentar sus beneficios" o "mejorar su gestión". En general, las quejas por mala gestión de la administración pública se dirigen en primera instancia a denunciar la corrupción, el cobro de comisiones o la apropiación indebida o malversación de caudales públicos, pero casi nunca a solicitar un mejor servicio y una actitud más generosa y humana con los administrados, que son los que en realidad pagan estos servicios con sus impuestos. La gran victoria del totalitarismo liberal económico es que todo el mundo acepte que todo viene regulado por el mercado, que todo es monetizable y susceptible de ser convertido en mercancía; más aún, que en realidad todos formamos parte indistintamente de ese mercado, que nosotros somos el mercado (como reza un famoso libro de un economista español que lleva ya impresas muchas ediciones). La realidad es que no todo es mercado y ni tan siquiera el mercado puede regular todas las transacciones económicas (para saber más, lean la serie "Citizen K" del "Acorazado Aurora")


- Lenguaje doctrinal: todas las religiones hegemónicas se vehiculan a traves de un corpus escrito central y un montón de publicaciones complementarias "dentro del canon" que sirven para fijar la doctrina. No se pretende validar el conocimiento revelado con observaciones de la realidad, buscando sus puntos débiles y contradicciones, sino que se seleccionan aquellas verdades que mejor se ajustan a los dictados de la doctrina. Toda publicación que se aparte del canon fijado por los gurús reconocidos queda condenada a la ignorancia y su autor al ostracismo; llama la atención el lenguaje muy agresivo, con frecuentes descalificaciones y en ocasiones insultos, que se utiliza contra lo que se desvía de la recta vía, de la doctrina. Algunos de estos problemas aquejan también hoy en día a algunas ramas de la ciencia, aunque en ningún caso con la virulencia que se observa en la discusión pública de la economía.

- Lenguaje dogmático: La visión liberal de la economía se está convirtiendo en un dogma que no se puede discutir; hay una verdad revelada y no puede ser cuestionada, no hay otra verdad fuera de ella. Si España tiene un problema de deuda pública, la recomendación del FMI es que se tomen medidas que flexibilicen el mercado del trabajo (un eufemismo para pedir que se abaraten los despidos y que se reduzcan los salarios, es decir, para reducir la carga salarial en las cuentas de resultados de los empresarios). Pero no se acaba de entender por qué se pide tal cosa si, en vez de resolver, agrava el problema: la disminución de la renta disponible de los trabajadores deteriora el consumo y por tanto agrava la crisis económica, con lo que disminuye la recaudación de impuestos y agrava el problema de la deuda. En realidad, el FMI "recomienda" ("intimida" sería un verbo más apropiado) tales medidas parar reducir la carga salarial sobre el capital, sin ver que en un mundo sin expansión, en una crisis económica que no acabará nunca, eso sólo lleva al desastre. 


El dogma liberal económico, al ser incuestionable, no puede tampoco evolucionar; las recetas económicas derivadas en una sociedad fuertemente manufacturera son las mismas a aplicar a una economía basada en los servicios, y también las mismas en una situación en que los recursos se están volviendo cada vez más escasos. Pero al igual que las sociedades humanas evolucionan, las teorías económicas necesarias para describirlas con efectividad deben evolucionar. La teoría económica liberal está ya fijada y no evoluciona a pesar de lo cambiante de los escenarios; pero aún,  a pesar de que las fórmulas que propone -y que se están aplicando estrictamente en muchos países occidentales- no están mostrando ningún éxito, se atribuye el fracaso a la falta de empeño de los Gobiernos en implementarlas y se insiste en reiterar su validez, en contra de la experiencia. Justamente como se espera de un pensamiento de tipo dogmático. En el largo plazo, las nuevas corrientes económicas (economía ecológica, economía del bien común) quedarán relegadas a la irrelevancia y pueden acabar perseguidas como lo fue en su momento la herejía cátara.

- Lenguaje esotérico: Dada la profunda banalidad de algunas de las ideas de la teoría económica liberal, resulta imprescindible crear palabras y conceptos que disimulen las ideas y que las revistan de una grandiosidad y un misterio que no tendrían si se expresasen en términos más mundanos. Se habla de la "infinita sustitución de los factores de producción" para decir que, de acuerdo con esta doctrina dogmática, siempre que falte de algo se le encontrará de seguida un sustituto y a precio razonable; se habla de "coste agregado" para decir el coste total (sumando todos los costes implicados) de una operación; etc. Algunos indicadores sintéticos (es decir, puras abstracciones matemáticas o del lenguaje) son tomados como referencia incuestionable, como por ejemplo el PIB (y no se suele explicar por qué el crecimiento del PIB es el único factor que se tiene en cuenta al implementar las políticas económicas ni si la gente, el pueblo, está de acuerdo con que se le dé tanto peso). Dado este lenguaje especial y los conceptos implicados, se hace necesario pertenecer a la casta de iniciados, los economistas, para poder entrar en el debate económico, lo cual consituye una barrera de entrada para los no iniciados y un argumento estándar para descalificar, a veces con insultos, la validez de lo que uno dice sin entrar a contestar el fondo del argumento (yo me he encontrado esta situación algunas veces y generalmente los contraargumentos, cuando son requeridos, son extremadamente endebles, esencialmente del tipo "en el pasado la cosa fue bien" o algún recurso al dogma). Dado que el ciudadano de a pie no entiende lo que se le dice, se ve obligado a delegar completamente la toma de decisiones a los sumos sacerdotes, a "los que entienden". Hay un cierto paralelismo con el esoterismo que rodea a veces a la ciencia, aunque justamente hoy en día se valora mucho el trabajo de divulgación científica, el acercar la ciencia al hombre de la calle, y no tanto hacer divulgación económica (en particular en cuestiones tan polémicas como la creación del dinero).


- Lenguaje abstracto: Una de las características definitorias del lenguaje económico imperante es la independencia del empirismo. Se argumenta que los datos dan la razón a ciertos razonamientos y para ello se definen cantidades abstractas, índices de bienestar o algún valor de referencia, que en general se usa para argumentar que son consecuencia de la implementación de las políticas liberales. Dado que no se aíslan otros factores (como por ejemplo el progreso tecnológico o la introducción de ciertas prácticas, como por ejemplo de cultivo o industria) resulta complicado saber cuál es el efecto específico directamente atribuible a la doctrina y cuál se habría producido igualmente sin ella. Este problema, que no es exclusivo de la economía (la dificultad para aislar las causas que dan pie a un fenómeno para poder evaluar el impacto de determinadas variables en él), se resuelve aquí típicamente con afirmaciones del tipo "es evidente que...", que en esencia lo que demuestran es que se quiere obtener lo que se había supuesto de partida (lo lógico en una situación así es intentar falsar la dependencia supuesta). La introducción de índices y conceptos abstractos tiene la ventaja de que uno puede defender que las cosas están mejorando aunque no lo estén haciendo, en una actitud que tiene reminiscencias de la escolástica medieval.


- Negación de la realidad: Una derivada del pensamiento meramente abstracto y alejado de la realidad, incluso despectivo hacia ella, es la negación de la realidad cuando ésta no se ajusta a los dictados de la doctrina. Hace poco salió publicado un artículo de George Monbiot (aparecido en blog de The Guardian), de provocador título: "Por qué los liberales deben negar que hay cambio climático, brevemente". La cuestión es simple: si los liberales defienden que el derecho fundamental es el de la propiedad privada y que el mercado es el único mecanismo regulador, la existencia de externalidades que afectan negativamente a la propiedad de otros implica que los perjudicados tienen derecho a reclamar una compensación e incluso el cese de la actividad lesiva con su propiedad. Dado que esto implicaría la imposibilidad de muchas actividades industriales, que en el fondo son el sustento material al que sirve esta doctrina, los liberales deben negar que pueda haber ningún efecto ambiental dañino. Así, por tanto, no es de extrañar que el negacionismo sea norma entre los neoliberales, y que se inventen términos despectivos para los científicos que con mayor conocimiento que ellos investigan el cambio climático y otros problemas ambientales. No deja de ser cómica la porfía con la que esta gente, con nula formación científica, discuten conceptos complicados de climatología o meteorología, que "creen entender" o que creen que los malvados científicos están manipulando - ¿por qué? ¿para qué?; eso no importa, hacen daño a la doctrina y por tanto debe ser duramente atacados.

Los ejemplos de negación de la realidad son numerosos en las filas de los neoliberales. A modo de ejemplo: a medida que los problemas con el suministro de petróleo se están haciendo más evidentes se recurre a las viejas falacias (por ejemplo, insistir en cómo de grandes son las reservas sin querer mirar qué está pasando con la producción), y es que ya sabemos que los economistas no entienden el Oil Crash. Los esfuerzos por huir de la realidad energética están llevando a un creciente uso de un lenguaje falseado y particular que describe muy bien Kurt Cobb, donde la escasez se disfraza de abundancia y el estancamiento de crecimiento.

El problema es, al final, que se toma el medio por el fin; las políticas neoliberales se plantean para intentar una forma particular de recuperar el crecimiento, pero, ¿para qué queríamos el crecimiento, en primer lugar? Nadie se cuestiona que el crecimiento no puede ser el fin, sino una abstracción para lo que verdaderamente se desea: más empleo, más bienestar, más prosperidad general y particular... Se aplican medidas de austeridad sin querer ver los efectos no deseados que comportan, basándose en ideas abstractas, etéreas, sin sentido. Pero es que al final la tal recuperación nunca llega, no está llegando ni llegará nunca; se intenta vender los repuntes puntuales como demostración de una recuperación duradera que simplemente no está ahí. Y en el enésimo esfuerzo por negar la realidad se falsea si es necesario el PIB, con lo que al final no resulta posible comprobar si alguna política concreta es exitosa o no. Otro día comentaremos el caso de cómo se está manipulando las cifras de PIB en España; ahora quería destacar una gráfica muy curiosa sobre el consumo eléctrico de los EE.UU., publicada en la página web algo sensacionalista Zero Hedge:


Dado que el consumo de electricidad es muy inelástico, suele ser un buen indicador de la actividad económica. Que en los EE.UU. el consumo de electricidad esté estancado, salvo las variaciones con las estaciones del año, desde 2005 nos indica que el PIB de ese país no ha podido crecer tanto como se dice. Y es que, por tal de huir de la realidad del estancamiento económico, cualquier estrategia es buena.

- Fanatismo: Y es que los neoliberales también tiene sus fanáticos: desde el Tea Party americano y las derechas ultraliberales a ambos lados del Atlántico hasta los ahora llamados anarco capitalistas o an-caps, provenientes de esa desquiciada ideología que se disfraza de estrambótica escuela económica autodenominada la escuela austríaca (Chemazdamundi hizo un análisis certero y cruel de la misma que les recomiendo). Son los fanáticos del neoliberalismo los que por ejemplo amenazan a los que ellos denominan "calentógos" por pretender, con el pretexto de la ciencia del cambio climático, imponer lo que ellos consideran un estado socialista o algo peor. Estos fanáticos, cada vez más acosados por una realidad que les ha vuelto la espalda, radicalizan su postura y se reafirman en el dogma.


Como hemos visto, de acuerdo con los indicios que muestro más arriba la teoría económica neoliberal imperante hoy en día tiene cada vez más los rasgos de una religión totalitaria. No se trata solamente de denunciar este intento de imponer un totalitarismo dogmático que puede acabar imposibilitando cualquier tipo de mejora; se trata de comprender cómo actúa para ponerle freno con argumentos. Lo último que necesitamos, en una situación en la que la disminución de los recursos favorece la implantación de regímenes autoritarios, tener una ideología totalitaria disfrazada de ciencia que acabaría ayudando a nuestro sometimiento, como de hecho ya está haciendo.

Salu2,
AMT

jueves, 20 de junio de 2013

Un futuro sin más (II): El juicio



[Las personas y situaciones que aparecen en este relato son completamente ficticias. Cualquier parecido con personas o hechos reales será siempre mera coincidencia]

(enlace a la primera parte del relato)


Jan conocía bien el país vecino, la República como les gustaba decir a sus nacionales, desde su época de estudiante de doctorado, y hablaba con fluidez el idioma. A David le costaba más comunicarse, más que por falta de competencia lingüística debido a su natural timidez y su falta de experiencia. Sin embargo, el mismo día que entraron en el calabozo del pequeño pueblo de la frontera donde les detuvieron tuvieron una cosa clara: también en la República se les consideraba unos criminales de la peor especie.

¿Cómo podía Jan haber estado tan ciego? Había corrido buscando el paraíso y lo que se había encontrado era otra ciénaga. Quizá la gente era un poco menos salvaje y brutal que en su país natal: al menos sobre el papel el país vecino era formalmente una república democrática; sin embargo, en poco tiempo comprendieron, gracias a sus contactos con los otros presos, que en realidad la República no era más que una dictadura encubierta. Durante los meses que Jan y David habían permanecido huidos se habían producido muchos cambios, es cierto, pero en realidad las transformaciones se habían ido operando al mismo tiempo que en su país de origen, y por los mismos motivos: la crisis económica implacable que se había ido agudizando sin parar, el acceso cada vez más penoso a los diversos recursos naturales, cada vez más escasos... cada casa sin luz, cada gasolinera sin diésel, cada panadería sin pan habían arrastrado a la República hacia posiciones cada vez más autoritarias y más represivas, único modo con el que las fuerzas políticas habían consensuado que se podría mantener una frágil paz social. Jan había estado cegado por la falta de información de calidad sobre lo que realmente pasaba en la Repúbica; simplemente se creyó todo lo que leyó en su país mientras fue un hombre libre, y confió en aquella vieja máxima "no news, good news". No fue hasta que estuvo en una de las cárceles republicanas que tuvo un contacto directo y brutal con la realidad del país que antes idealizaba. Comprendió tarde que en realidad la democracia en su propio país había comenzado a morir mucho antes de que para él fuese evidente, desde el mismo momento en que los medios de comunicación filtraban, censuraban o simplemente frivolizaban la información sobre la degradación social y de la calidad democrática que se vivía en otras naciones; además, las corresponsalías en el extranjero salían caras y era más barato simplemente republicar lo que las agencias públicas difundían por sus oficinas de prensa. ¿Cuántas otras naciones en Europa y en el mundo estarán pasando por un descenso a los infiernos semejante? Si la República, antaño baluarte de las libertades y faro de la razón para Occidente, había sucumbido de una forma tan acabada e irremisible, ¿qué habría sido de tantas otras naciones de menor tradición racional y democrática? Jan se estremeció al pensarlo. Si pudiera escapar de este infierno, ¿a dónde, realmente, podría huir? ¿Dónde una persona sensible podría refugiarse? Se dio cuenta que no sabía nada del mundo en el que vivía.
 
La inmersión en la realidad de la República les vino al conocer muchos presos, encarcelados por motivos de lo más peregrino en algunos casos, a través de los diversos penales en los que hicieron parada en su lento peregrinar hacia la capital donde iban a ser juzgados por crímenes contra la Humanidad ("habrán perdido la grandiosidad pero no la grandilocuencia", pensó Jan la primera vez que le formularon los cargos). Había gente encarcelada por 10 años por haber intentado robar algo de comida para sus hijos, o por 5 años por haber osado protestar contra unos impuestos que les estaban desangrando. E invariablemente, ya fuese en un pequeño penal del campo o una gran cárcel de ciudad sólo veían a los otros presos cuando éstos volvían por las noches a los penales después de pasar su penosa jornada empleada en trabajos forzados. Al igual que en su país natal, la República se había vuelto adicta a la fuerza muscular humana, faltando otras fuentes más potentes de energía; aunque, en honor a aquella frase que les dijo el gendarme que les detuvo ("nosotros somos más civilizados") las condiciones de esa esclavitud legal eran más razonables que en casa y eran pocos los que morían en los campos de trabajo; la mayoría vivían para poder salir de la cárcel e intentar no volver a entrar en ella (generalmente de manera infructuosa).

Sin embargo, ni Jan ni David fueron obligados a trabajar en uno de esos campos. Esto extrañó y preocupó a la vez a Jan. Era obvio que no les consideraban unos presos más. Por lo que entendió hablando con otros presos, al igual que en su país los científicos habían sido públicamente repudiados primero y luego perseguidos con saña. Curiosamente los políticos habían conseguido mantener un cierto nivel de respeto por parte de la población. O no tan curioso; por el relato que Jan consiguió hacerse con fragmentos aquí y allá, los políticos habían conseguido cargar toda la culpa en diversos sectores de la sociedad, y particularmente en los científicos. La República, que durante siglos había sido un baluarte de la Ciencia, la nación que le trajo la Razón al mundo, no había sido capaz de perdonarle a la todopoderosa Ciencia que no fuera capaz de auxiliarla en los momentos de necesidad. Jan se sorprendió al comprobar cuánta gente estaba convencida de que los científicos formaban parte de una odiosa conjura internacional para mantener a la Humanidad sometida a una nueva Era de la Oscuridad. No pocos presos, acusados algunos de crímenes realmente de importancia, reaccionaban violentamente cuando sabían que Jan y David eran científicos; en una de las ocasiones, incluso, el profesor salvó su dentadura gracias a la rápida actuación de su pupilo (quien a fuerza de desventuras había comenzado a espabilar). En las últimas prisiones antes de llegar a la capital de la República Jan y David se hicieron pasar por contrabandistas del sur que habían asesinado a un gendarme que había estado punto de atraparles, para luego ser capturados; y para explicar por qué no les sometían a trabajos forzados decían que suponían que era porque los gendarmes querían hacerse con su botín y no tenían interés en que murieran o escaparan en los campos de trabajo. Con esa rocambolesca historia conseguían ser la comidilla de la prisión el día o dos que pasaban allí, pero nadie les hacía nada pensando en cómo aprovecharse de esos contrabandistas tan ricos y vigilados por los guardas, y para cuando algunos presos más osados habían urdido un plan para extorsionarles ya se habían marchado hacia un nuevo presidio. Jan comprobó que su vida era más simple si le tomaban por un criminal que si le tomaban por un profesor universitario, y concluyó que la decadencia de la República debía ser completa.


Un mes después de ser detenidos en la frontera llegaron por fin a la capital. Allí no fueron alojados en ninguna de las muchas y abarrotadas prisiones que había en aquella época en la gran ciudad, sino que fueron directamente trasladados a los calabozos de la Corte Nacional. Veinte años atrás un Jan estudiante había visitado la parte turística, decorada con extraordinario gusto, de la Corte Nacional; ahora, ya cuarentón, visitaba la parte menos lucida y bastante más sórdida. Aún estuvieron un par de días en el calabozo, sin tener noticias del exterior pero comiendo correctamente - lo que era un gran lujo para una prisión. Hasta que un día vino el Fiscal General del Estado en persona a visitarles, acompañado de un séquito de veinte personas, entre guardias, secretarios y abogados, que a duras penas cabía en el estrecho calabozo. Jan miraba al Fiscal con incredulidad cuando, tras una larga y engolada introducción - tradición nacional - le expuso que se le acusaba de crímenes de lesa humanidad por haber participado como líder destacado en la gran conspiración internacional de los científicos de todo el mundo para ocultar los secretos de la energía libre, que no se molestara en negarlo porque tenían muchísima documentación al respecto, incluyendo la declaración del director del Laboratorio Nacional de Energías Renovables en la que se citaba explícitamente el nombre de Jan Palermo como uno de los líderes de la Gran Conspiración. Con un gesto despectivo el Fiscal General mostró a Jan la declaración de Pierre Lamarck que le inculpaba, pero Jan prescindió del estúpido texto lleno de tonterías dictadas por funcionarios embrutecidos y sólo miró la temblorosa firma. Jan se estremeció imaginándose en qué estado se debía encontrar Pierre en el momento en que firmó ese documento lleno de sandeces y barbaridades. Pobre Pierre, hombre íntegro como pocos había conocido; puestos a elegir un mal menor seguramente inculpó a colegas de otros países, lejos de las garras de esta chusma enloquecida, esperando salvar así a sus compatriotas aunque en el proceso se condenase a si mismo, al reconocer que formaba parte de la "Gran Conspiración". Sintió la tentación de preguntar al Fiscal General qué se había hecho de Pierre, pero su nariz arrugada y el contenido desprecio que reflejaban sus labios apretados hasta volverlos lívidos dejaba claro que, si de él había dependido, Pierre haría tiempo que estaría muerto. Mala suerte: de hecho, había dependido de él. Ese pensamiento hizo enrojecer de rabia a Jan, hasta que reparó en que ahora su suerte y la de David también dependían del mismo energúmeno homicida.

Después de lo que él consideraba un argumento irrefutable (la declaración arrancada por medio de torturas a Pierre Lamarck) aún estuvo el Fiscal parloteando triunfalmente durante un inacabable cuarto de hora, llenándose al boca de palabras que en su engolada voz sonaban más huecas de lo acostumbrado: "responsabilidad", "destino", "ayudar a la Humanidad en tiempos de gran necesidad", "deber ineludible", "la República no reparará en medios para acabar con semejante atrocidad" y expresiones tópicas por el estilo. Lo que dejó perplejo a Jan fue el final de su discurso, de una banalidad propia de un niño de seis años:

- La cosa es simple - dijo el Fiscal - Vd. libera sus conocimientos sobre los dispositivos de energía libre y la República le perdonará sus faltas e incluso - la mueca de desprecio se hizo completamente evidente - le cubrirá de honores. Si decide guardar el secreto se lo llevará Vd. a la tumba, eso ya lo sabe, sólo que llegará allí antes de lo que se piensa.

Jan le miraba con los ojos abiertos, con la expresión de boxeador sonado. Pensaba en las torturas que habría soportado Pierre, y en el absurdo que le planteaba ese hombre que sería docto en leyes pero falto en sentido común y en la más mínima intuición de las leyes de la Naturaleza. Finalmente, bajó la mirada:

- No podría hacer tal cosa - meneó la cabeza lentamente, como intentando alejar un pensamiento molesto y doloroso. Y recalcó para dejarlo claro - No hacer tal cosa. Simplemente, no es posible hacer tal cosa.

- Ya me imaginaba que diría algo así - dijo el Fiscal, los labios en una fina línea blanquecina, mientras se volvía - Se le procurará un abogado para su mejor defensa.

Como si eso importara algo, pensó Jan.

El abogado defensor llegó al día siguiente. Un patán de mala muerte cuyo mayor mérito había sido defender al violador del puente del Norte, hazaña que le proporcionó a él cierta notoriedad mediática y a su cliente una ejecución rápida. El tipo veía en el caso de Jan Palermo y de su subalterno David Ros la oportunidad de ser aún más conocido, aunque le importaba bien poco lo que fuera de sus clientes; en realidad, se veía claramente que daba por descontado que serían condenados y ejecutados. Pero la República no podía o no quería permitirse pagar un abogado mejor para defender a los que por otra parte consideraba causa de todos su males. Algunas noches mientras se preparaba la farsa de juicio que vendría David sollozaba quedo, cosa que Jan le disculpaba por su juventud. Jan se mantenía sereno: se sentía cansado de tener que soportar tanta necedad, y aunque no deseaba morir veía lo que estaba pasando con cierta distancia, como si todo fuera el resultado lógico e ineludible de un experimento sociológico macabro.

El juicio se desarrolló según lo previsto: con gran pompa y boato se anunciaron los cargos contra Jan: crímenes contra la República y contra la Humanidad, conspiración, asociación de malhechores, estragos en bienes públicos y privados (se ve que le echaban la culpa de todas las revueltas ocasionadas por la escasez), miles de muertos y heridos, etc. La fiscalía pedía la pena de muerte para Jan y el embargo de todos los bienes que se le pudieran identificar. Para David, la lista era bastante más corta: complicidad y encubrimiento. Para él el fiscal sólo pedía 20 años de trabajos forzados.

Su abogado defensor hizo el bufón desde el primer momento; hizo un alegato inicial tan sobreactuado que consiguió una amonestación del tribunal. Concluyó con una declaración de inocencia de todos los cargos para sus dos defendidos tan poco creíble y con algunas contradicciones obvias, dando vueltas a hechos sobre los que en realidad nadie podía atestiguar (por ser completamente ficticios).

El juicio consistió en una retahíla interminable de testimonios de gente que había sufrido las consecuencias de no tener una fuente de energía mágica que satisficiera sus necesidades, y los reproches a los científicos que se la negaban. Sacaron a un par de pobres diablos de campos de trabajo, antiguos científicos, que atestiguaron haber visto maravillas en funcionamiento con las que experimentaban los jefes de laboratorio, e incluso uno dijo recordar haber visto a Jan en una de esas pruebas, a pesar de que por las fechas que él refería Jan se encontraba sin duda en un congreso anual en la otra punta de Europa, lo cual sería fácil de comprobar consultando los anales de aquel congreso. Pero Jan no quiso señalar esta contradicción, una más en un océano de ellas: seguramente aquellos pobres diablos habían conseguido una reducción de su tiempo de condena con aquellas declaraciones que en realidad no condenaban más a Jan porque después de matarle ya nada más le podrían hacer, y él ya estaba condenado y muerto de antemano. Quién sabe si dentro de unos años el propio David no tendría que recurrir a la misma añagaza para quitarse cuatro o cinco años de condena...

Después de una semana se había terminado la pantomima de testimonios, y Jan le dijo a su abogado que quería declarar. Éste le miró, receloso, pero con buenas palabras y tono sereno le convenció de que lo que iba a decir sería correcto y memorable. Su abogado vio la oportunidad de tener aún más publicidad y pidió permiso al tribunal para que Jan declarara. El juez habló con sus auxiliares unos segundos. "Curioso juicio en que nadie tiene interés en que el principal acusado declare", pensó Jan. Al cabo de un momento, quizá por lo obviamente necesaria que tendría que ser tal declaración, los jueces accedieron a oír a Jan, aunque le advirtieron que no consentirían el más mínimo desacato. Jan les agradeció la deferencia y les aseguró que no pretendía más que hacer una declaración moderada y ponderada.

Teóricamente Jan tendría que haber respondido a las preguntas de su abogado, pero nadie, ni el mismo abogado defensor, tuvo interés en preguntarle nada, y una vez que comenzó a hablar todos tuvieron curiosidad por escuchar lo que tenía que decir. Jan fue conciso y contundente; usó las mejores palabras que conocía de la lengua del país, que no le era propia, en un alegato que llevaba días ensayando en su celda. Simple y directo, sabiendo que no le dejarían hablar más que un par de minutos a lo sumo.

- Señorías, señores y señoras del jurado, público asistente a este juicio, pueblo de la República, de mi país, de Europa, del mundo... - comenzó Jan - quiero pedirles perdón. Perdón por no haber resuelto los problemas tan graves que han tenido nuestras sociedades. Perdón por no haber proporcionado soluciones factibles y expeditivas a la falta de energía y de recursos que han sumido nuestras ciudades en la oscuridad y la inactividad, y nuestra sociedad en la Edad Media. Les pido perdón. 

El Juez sonrió, satisfecho, delante del acto de contrición de Jan. Pero éste continuó:

- Pero no les pido perdón porque yo o mis colegas tengamos estas soluciones y se las estemos malévolamente ocultando. No. Les pido perdón por haber permitido que les hicieran creer que la Ciencia era capaz de resolver todo problema que se planteaba. Les pido perdón por no haber protestado delante de esas noticias que repetidamente salían en los suplementos de ciencia y tecnología de los diarios y los boletines de las televisiones anunciando la próxima llegada de una maravilla tecnológica, de alguna nueva fuente de energía y de recursos, que después nunca se acababa de materializar a lo largo de los años. Les pido perdón porque incluso algunas veces neciamente jaleamos y propiciamos tales noticias como un medio de propaganda para conseguir dinero para nuestra investigación, sin darnos cuenta de que estábamos inflando las expectativas de una sociedad en estado de necesidad. Una sociedad necesitada de creer, de creer en algo que les devolvería la prosperidad perdida, de una sociedad a la que no contribuimos a educar lo suficiente, en la que consistimos que la gente dijera cosas como "creo en el Cambio Climático" o "no creo en el Cambio Climático", "creo en el Peak Oil" o "no creo en el Peak Oil", "creo en las energías libres" o "no creo en las energías libres", y expresiones similares que tantas veces habrán oído a lo largo de sus vidas.

El Juez comenzaba a fruncir el ceño. Jan podría hablar sólo unos instantes más, así que decidió ir al grano.

- Todas esas cuestiones no son de fe, no podemos "creer" o "no creer" en ellas. No son cuestiones de creencia, sino de ciencia. Nuestra ciencia es humana y por tanto, como nosotros, incompleta y en continua progresión; pero a pesar de sus limitaciones sí que sabíamos - y aún sabemos los que nos enorgullecemos en practicar la Ciencia- lo que era razonablemente posible y lo que no. No "creíamos": "sabíamos". Pero no fuimos capaces de ver que la sociedad no sabía, sólo creía; permitimos por omisión que la Ciencia fuera la nueva religión, la religión del siglo XX, y cuando llegaron los tiempos de necesidad en el siglo XXI y la Ciencia dijo: "lo sentimos, la Tierra tiene límites, los recursos son finitos, no hay fuentes de energía milagrosas pues todas están sometidas a las Leyes de la Termodinámica, la contaminación no puede crecer indefinidamente sin dañarnos gravemente" nuestros creyentes se sintieron ofendidos y traicionados. Y ahora quieren hacernos pagar nuestra traición sin comprender que no hay soluciones milagro; que el error lo cometimos antes, al dejarles creer que la Ciencia no tenía límites, y no ahora, cuando les decimos la verdad. ¡Dejen de soñar en quimeras! Tenemos que trabajar juntos para construir una nueva sociedad en la que los recursos se gestionen sosteniblemente y..."

- ¡Suficiente! - el Juez estaba rojo de ira - ¡Señor Palermo, ha desacatado a este tribunal con su discurso lleno de maldad y mentiras! Retírese del estrado, y que un alguacil le lleve al calabozo. ¡Y que no le den de cenar! - añadió con infantil determinación el Juez.


Al pasar, esposado, al lado de su abogado éste le susurró al oído: "Has firmado tu sentencia de muerte". Jan no pudo reprimir contestarle amargamente: "En realidad lleva meses firmada, y no por mí".

Desde el calabozo Jan podía continuar oyendo el griterío de la sala de vistas. Estaba claro que su alegato no había sido bien recibido, pero no había dejado indiferente. Luego David le explicaría las barbaridades que aquellas personas, en su mayoría gente de leyes, habían dicho, y cómo pedían para Jan una tortura ejemplarizante antes de ejecutarlo, y -mala suerte- que la pena para David había subido a 40 años, delante de lo cual su abogado sólo pudo balbucear un inconexo "Lo siento, lo siento". David tenía los ojos arrasados de lágrimas; si 20 años le parecían una vida, 40 años le garantizaban la muerte; sin embargo, no osó reprochar nada al profesor, quizá porque sabía que él afrontaba un destino sin esperanza, o quizá porque sabía que en el fondo tenía razón. Que su alegato era el "Eppur si muove" de Jan Palermo. Jan inspiró profundamente cuando su ayudante calló, y le dijo: "No te preocupes, David. Vamos a salir de ésta". David alzó rápidamente la vista y lo miró atónito. ¿Se estaba volviendo el profesor loco bajo la presión? Adivinando su pensamiento, Jan Palermo le dijo:

- Ha vuelto el Fiscal General. He llegado un acuerdo con él. He hecho todo lo que he podido para sacar a esta gente de la ignorancia, y mi muerte me importa ya poco, pero no puedo arrastrarte a ti en mi caída, joven ayudante.

Jan miraba a David. Si no le hubiera llevado consigo aquel maldito día en la capital de su país. Lo que había tenido que hacer por aquel muchacho. Pero aún creía que el chico estaba llamado a hacer grandes cosas.

- Pero, señor, ¿y a qué tipo de acuerdo ha llegado Vd.? ¿Qué tiene para ofrecerle? - acertó a decir al fin David, con la respiración entrecortada por el sollozo.

- Mañana lo verás. Ahora descansa, que mañana emprenderemos un nuevo viaje, como hombres libres, o casi.

David no se creía lo que oía. ¿Había esperanza, después de todo? ¿O el profesor se había vuelto loco sin remedio? El día había sido intenso y las emociones muchas, así que el joven se quedó dormido al poco, sin recordar que tampoco él había cenado.

Les levantaron temprano por la mañana; el Juez quería dictar sentencia expeditivamente. "Nada de sutilezas de procedimiento", pensó Jan, "cómo cambian las cosas cuando la necesidad aprieta". Jan y David entraron en la sala en medio del abucheo general, que debía ser del agrado del Juez pues tardó varios minutos en llamar al orden. Su abogado permanecía sentado a su lado, seguramente pensando que quizá no era tan buena la publicidad de este caso. Se hizo finalmente el silencio y el Juez se dispuso a ordenar al Presidente del Jurado que leyese la sentencia cuando Jan habló con voz fuerte y clara:

- ¡Quisiera hacer una declaración que he acordado con el Fiscal General!

El Juez hubiera cortado la cabeza de Jan en aquel mismo momento si hubiera tenido un hacha, y abrió mucho la boca, rojo de la rabia, para ordenar que lo devolvieran al calabozo - y quizá por el camino lo apalizaran - cuando vio de pie entre el público la imponente figura del Fiscal General, vestido completamente de negro, que con un gesto imperativo asintió. El Juez se quedó paralizado, ridículo con su gran boca abierta y su tez que había pasado súbitamente del rojo al blanco más pálido. Finalmente dijo:

- Sea rápido, profesor Palermo.

"Montesquieu debe estar revolviéndose en su tumba", pensó Jan, y un segundo después reparó en que volvía a ser "profesor". Nunca le gustaron demasiado los títulos, pero su uso reflejaba bastante claramente la opinión de quien hablaba sobre él. Fue directamente al grano:

- Pido disculpas por mi actuación de ayer. Hasta ayer temía por mi vida y por la de mi familia si accedía a revelar los secretos que conozco. La asociación de los Illuminati, a la que pertenecí, hubiera acabado con todos nosotros- le costó decir estas palabras, conteniendo la risa. David le miraba atónito, como si no le conociese.

- Pero el Fiscal General me ha dado las máximas garantías personales - prosiguió Jan - y ahora puedo decir lo que sé en realidad. Me he comprometido con el Gobierno de la República para recuperar el proyecto Tesla, en el que yo participé. Me faltan materiales y los planos de los sistemas de generación de energía libre, destruidos por los Illuminati, pero espero en poco tiempo hacer los primeros prototipos y que en un plazo de pocos años la República recupere el esplendor que merece y que de nuevo sea el faro que ilumine el mundo.

Los ojos se le salían de las órbitas al Juez, la mandíbula irremisiblemente dislocada. Hubiera dicho algo, pero el Fiscal General se avanzó entre la multitud y dijo con fuerte voz:

- Es cierto. De hecho, tengo la orden del Gobierno - y se la entregó al Juez - de trasladar inmediatamente al profesor Palermo y a su ayudante a una instalación militar de máxima seguridad en la que desarrollarán las nuevas centrales Tesla que serán la envidia del mundo y el orgullo de la República - y girándose hacia el público, alzando los brazos dijo: "¡¡Viva la República!!", que fue contestado con tres salvas de "¡¡Viva!!" como en los días de Fiesta Nacional. Un grupo de diez soldados rodearon a Jan Palermo y a David Ros y los escoltaron hacia la salida. Cuando salían por la puerta Jan pudo ver que el Juez seguía con la misma expresión estúpida, la boca grotescamente abierta.


- Lo que propone es absurdo, profesor - dijo David una vez en el camión que les transportaba a su ignoto destino. Lo dijo en su lengua materna pero aún así en voz baja, por temor a ser entendido.

- Lo sé - contestó Jan sin ni siquiera mirarle - No sólo eso: es completamente contradictorio con mi alegato del otro día. Pero resuena perfectamente con los prejuicios de esta pobre gente. Fueron incapaces de entender lo que les decía ayer porque contradecía sus expectativas, y por eso estaban tan furiosos. Hoy, sin embargo, les he dicho lo que querían oír y esto sí que lo han escuchado.

David calló. Tenía la tentación de preguntarle al profesor Palermo qué plan tenía para evadirse mientras montaban ese fantasioso proyecto, pero pensó que les podrían estar entendiendo y no podía formular la cuestión tan abiertamente. Por lo que parecía, iban a estar todo el rato bajo custodia militar - era obvio que el gobierno de la República atribuía mucha importancia a este proyecto- y evadirse no iba ser nada fácil. Todo era cuestión de alargar el proyecto durante años hasta que sus captores se relajasen y ellos encontrasen la manera de escapar. 

- ¿Y en cuantos años quieren que montemos la primera planta? - preguntó por fin David.

Jan sonrió cínicamente y dijo: -En seis - y delante de la mueca de David añadió. - Meses, no años-

David se quedó blanco. Seis meses. Habían ganado seis meses, pero igualmente estaban muertos. 

Antonio Turiel
Figueres, Junio de 2013