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jueves, 18 de junio de 2015

La TRE de la guerra



Queridos lectores,

Dada la situación de descenso energético a la que inevitablemente nos vemos abocados como sociedad, un aspecto antipático aunque necesario de analizar es el de la rentabilidad, no ya económica sino energética, de la guerra. Pues ciertamente la guerra es una manera de obtener recursos y en particular los energéticos, que son los que en última instancia mueven toda la economía. Es importante analizar lo que representa la guerra desde este punto de vista, además, porque sin un cambio de rumbo decidido de la política internacional (poco probable ahora mismo) el futuro nos depara una retahíla de guerras que se irán encadenando sin solución de continuidad, y sin que nuestros más avezados expertos comprendan cuál es el hilo conductor de todas ellas (justo al contrario: en este momento hay una auténtica ofensiva mediática para negar que se esté llegando al peak oil, justo este año que parece que se dará el peak oil en volumen - en energía fue en 2010). 

Delante de la multitud de conflictos armados que surgirán del colapso de los países productores de petróleo (hoy Egipto, Libia, Siria o Yemen, mañana Nigeria, Venezuela o Argelia), y dando por hecho la tergiversación mediática que habrá sobre todas estas guerras hasta que el estallido de algún gran productor (e.g., revueltas en Arabia Saudita en la próxima década) nos ponga a los orgullosos países occidentales de rodillas, creo que es importante analizar qué significan las guerras como instrumento para garantizar que los recursos continúen llegando a las naciones más ricas, y en última instancia analizar su Tasa de Retorno Energético (TRE), entendida en este contexto como la ganancia de energía que consigue un país que va a la guerra comparada con la energía que consume en esa misma guerra. Y es que, de manera análoga a lo que sucede con las fuentes de energía, hay ciertos modos de guerra, los más sencillos, que tienen altas TRE, mientras que en escenarios geopolíticos más maduros la TRE de las guerras es cada vez más baja hasta llegar al punto en el que la guerra no es una fuente sino un sumidero de recursos. 

Desde un punto de vista ético hablar del rendimiento o beneficio de la guerra parece de un cinismo insoportable, pues por encima de todo la guerra es muerte, heridos, destrucción, epidemias, hambre, familias deshechas, ilusiones perdidas, caos, pérdida de civilización... No hay nada heroico en la guerra por más que la propaganda la glorifique, y pensar en la guerra en términos del propio beneficio es deplorable. Y sin embargo, las guerras se hacen siempre para ganar algo, y la mayoría de las veces (si no son todas) el beneficio pretendido es bastante tangible y material, incluso prosaico. Por otro lado, discutir sobre el beneficio material de la guerra puede ser útil si se puede mostrar que tal beneficio material no se realizará, porque no es alcanzable o porque simplemente no existe. De hecho, a medida que nuestra civilización vaya consumando su previsible tránsito de descenso energético, las sucesivas guerras serán cada vez menos interesantes desde el punto de vista del benefico. Incluso, pasado un cierto punto (el de los rendimientos decrecientes) ir a la guerra acelerará nuestro camino hacia el colapso, en vez de retardarlo. La Historia muestra y demuestra, sin embargo, que reconocer que se está en un punto de retorno negativo (en cualquier actividad, no solamente en la guerra) es muy difícil y generalmente se continúa haciendo lo mismo que se hacía, "siempre hemos hecho esto", por inercia, hasta que esa misma inercia es la que precipita nuestra caída. ¿Cuántos imperios agresivamente expansionistas en la Historia colapsaron aún más rápido de lo que fue su expansión, justamente porque las nuevas guerras acabaron suponiendo una carga mayor que los beneficios que reportaban? El fenómeno se repite una y otra vez en la Historia, desde los mayas hasta los hunos, desde Alejandro Magno hasta Aníbal, desde el Imperio Romano hasta el Imperio Otomano, desde el Imperio Austro-Húngaro hasta el Tercer Reich. Comprender y explicar por qué la guerra es materialmente onerosa puede ser útil para hacer reflexionar a aquéllos a los cuales los argumentos éticos no les hacen mella pero sí son sensibles a las variaciones de su cartera.

Distinguiré tres tipos de guerra, según su rentabilidad energética: las guerras de saqueo, las de dominio y las de hegemonía. No es una clasificación muy exhaustiva ni posiblemente la única posible, pero personalmente me cuadra bastante con los grandes trazos de las guerras.

Guerras de saqueo: Es el tipo más sencillo y básico de acción bélica, y también el que tiene la TRE más elevada. El atacante asalta un determinado territorio con la intención más o menos declarada de pillar todo lo que pueda. No se trata de mantener una posición, sino de coger el botín y salir corriendo. Este tipo de conflictos suelen tener tamaños limitados, no siendo propio de estados-nación sino de bandas mercenarias, piratas y similares. Ejemplos históricos de este tipo de guerras serían, a pequeña escala, las que emprendieron los vikingos sobre toda la costa norte de Europa o la de los piratas en los siete mares, pero naciones mayores lo han mantenido como modo de financiación; por ejemplo, la España de los siglos XVI y XVII financiaba sus tercios, prácticamente mercenarios, con el pillaje y saqueo de las poblaciones conquistadas (en ciertas partes de Europa son muy recordados algunos "sacos" históricos). 

El coste de este tipo guerra es muy limitado: un hombre, un arma y un saco donde meter todo lo que se pueda pillar; por el contrario, el rendimiento es muy elevado, sobre todo en regiones donde hace tiempo que no se ha experimentado pillaje. Podemos hacer una estimación de la rentabilidad del saqueo en función del tiempo de recurrencia: cuanto más tiempo pase entre saco y saco, mayor fue el rendimiento del saco anterior. La TRE es seguramente alta, aunque la cantidad total de energía conseguida relativamente pequeña (y por tanto satisface a una población pequeña de saqueadores). Las poblaciones de saqueadores no pueden crecer de manera ilimitada, ya que hay varios factores que limitan su expansión: la disponibilidad de objetivos lo suficientemente ricos como para garantizar la supervivencia del grupo como tal hasta el siguiente saco, la necesidad de dejar pasar cierto tiempo antes de volver a saquear un mismo lugar para que se puedan reparar los daños y vuelva a generar suficiente riqueza digna de ser saqueada, la dificultad creciente de saquear si la presencia de los saqueadores es muy notoria ya que las ciudades refuerzan sus defensas, etc. Las poblaciones saqueadoras pueden funcionar a diversas escalas: si el negocio prospera, más saqueadores se unen y se pueden abordar objetivos más peligrosos pero de mayor recompensa; si las circunstancias empeoran, el grupo saqueador puede ser diezmado pero la parte sobreviviente podrá subsistir de saquear poblaciones más pequeñas e indefensas. Esencialmente, los grupos saqueadores desempeñan el papel de depredador en los modelos depredador-presa, con poblaciones mucho menores que la de las presas y gobernados por la dinámica de estas últimas, incluyendo la lucha entre depredadores como mecanismo de ajuste de su población si las presas comienzan a escasear. 

Este modelo de guerra guarda cierta analogía con las sociedades de cazadores-recolectores (con la diferencia de que éstas no se dedicaban a matar a nadie), puesto que se especializan en tomar sus recursos del medio sin alterarlo, dejándolo evolucionar libremente. Pero al contrario que los cazadores-recolectores, es muy difícil que los saqueadores lleguen a un equilibrio con su ecosistema, y los más probable es que al final los saqueados se organicen y acaben destruyéndolos, persiguiéndoles hasta sus propias casas si es preciso.

Guerras de conquista: Este tipo de guerra es el preferido por los estados-nación. El objetivo de la guerra de conquista es mantener permanentemente el control de un territorio y por ende de sus recursos. No basta, pues, con entrar en un territorio: hay que ocuparlo. Implica, por tanto, desplazar un contingente militar bien entrenado y mantenerlo indefinidamente en un territorio para garantizar el flujo de recursos. Antiguamente, los Estados ocupantes se mantenían físicamente al mando de los países ocupados; hoy en día, aprovechándose de que todo el mundo está organizado en Estados-nación, los Estados ocupantes colocan una administración local favorable a sus intereses y recurren al propio ejército local como garante de la paz y el orden en favor de sus intereses; lo único que desplaza el ocupante sobre el terreno, en el largo plazo, son las empresas dedicadas a la explotación de los recursos de la nación subyugada. Gracias a este subterfugio de externalizar la ocupación con "subcontratas locales" se ha conseguido disminuir mucho los costes de este tipo de guerra, que en el pasado fue muy onerosa (en el pasado más de un imperio sucumbió por los altos costes de una sola campaña militar fallida). Por ese motivo, las guerras de ocupación del pasado tenían TREs más bien bajas y sólo se ocupaban países ricos en los recursos codiciados (un buen ejemplo de esto fue el reparto de África en la Conferencia de Berlín de 1884). El actual sistema de externalización redujo los costes para el país ocupante a los de la primera campaña destinada a aniquilar la resistencia local e instalar el Gobierno amigo, lo cual es mucho más barato que incurrir en unos costes constantes a lo largo de años, incluyendo el de una opinión pública que generalmente acaba siendo contraria, sobre todo cuando se organiza una resistencia en el país ocupado que conlleva bajas humanas en el ocupante que se van acumulando (y eso sin contar con quintas y levas forzosas). 

La externalización ha funcionado muy bien durante todo el siglo XX, permitiendo disimular la razón de nuestra riqueza; cuando decimos que la TRE del petróleo es de 20 no solemos tener en cuenta de que este alto valor energético para nosotros es fruto de que en origen seguramente es incluso mayor (30 o más) pero que allí no se explota sino que se nos exporta por un precio monetario que no se corresponde con la ganancia energética que nos reporta. Sin embargo, con la caída natural, por razones físicas y geológicas, de la TRE de los yacimientos de materias primas energéticas, las compañías occidentales se ven en situación comprometida: para mantener el alto rendimiento energético de sus fuentes para Occidente tienen que reducir el beneficio neto a la población local. Surgen así atropellos ambientales y de derechos como los del delta del Níger o de las arenas bituminosas del Canadá, llegando incluso a guerras con algunos productores importantes con tal de garantizar que el flujo de petróleo barato siga llegando. El problema es que la guerra es un mal método para lidiar con la geología. Un ejemplo paradigmático lo tenemos en Libia; fíjense en cómo ha evolucionado la producción de petróleo en ese país durante los últimos años:

 
Imagen de Peak Oil Barrel: http://peakoilbarrel.com/opec-tight-oil-and-russia/


Se puede dar muchas interpretaciones a lo que ha pasado en Libia, pero la gráfica de arriba nos muestra algunos datos curiosos. Por ejemplo, que aparentemente llegó a su peak oil en Enero de 2009 y que en los años posteriores, a pesar de los altos precios del petróleo y de sus esfuerzos, Libia no pudo recuperar los casi 1,8 millones de barriles diarios de entonces. En Enero de 2011 comienza la ofensiva que prácticamente para la producción del país y, una vez "liberado", se retoman unos niveles ligeramente inferiores a los de 2011 durante poco más de un año, para después caer y vivir continuos altibajos. La situación de Libia es tan inestable que las diversas facciones luchan entre sí, deteriorando el flujo de su principal fuente de ingresos, y sin un ejército ocupante poderoso que imponga su ley la situación no se va a estabilizar. Pero los países occidentales se han especializado en ejércitos de acción rápida y fulminante, que causa un gran daño inicial con poco riesgo para las propias tropas, y no en ocupaciones a largo plazo. Por eso las ocupaciones a largo plazo, como la de Afganistán, son tan calamitosas: porque necesitan un enfoque militar diferente que implica un coste más alto que, simplemente, no se quiere ni puede pagar. Por tanto, la TRE de las modernas guerras de conquista está bajando en perfecto paralelo con la TRE de las fuentes energéticas que se pretenden controlar. Por esa razón, embarcarse en guerras en países que ya han pasado su peak oil local no sólo es éticamente deleznable; es que es económica y energéticamente ruinoso. Por eso invadir Irán no sólo es un error por ser un país densamente poblado, con una orografía que dificulta las acciones militares sobre el terreno y una población y un ejército fuertemente concienciados; es que además el premio por el que se lucha es un petróleo de cada vez peor calidad, más pesado, de menor TRE y encima la producción de petróleo en Irán está en declive.


Imagen de Peak Oil Barrel: http://peakoilbarrel.com/opec-tight-oil-and-russia/


Semejantes razonamientos se podrían aplicar, por ejemplo, a Venezuela, y a otros países que también están en el punto de mira de algunas grandes potencias.

Las guerras de conquista tienen ciertas analogías con las sociedades agrícolas: se pretende ganar el control permanente de un recurso, incluso modificando el entorno para mejorar el rendimiento. El problema de las guerras de conquista actuales es que los recursos codiciados no son renovables y por tanto el rendimiento está obligado a caer, hasta hacer este tipo de guerras un sumidero, antes que una fuente, de recursos.

Guerras de hegemonía: Este tipo de guerra es el propio de un imperio o, en terminología más moderna, una superpotencia. El objetivo de la guerra de hegemonía es mantener el status quo de la metrópoli. Estas guerras no tienen por objetivo generalmente ganar el control de un recurso, sino mantener un control que ya se tiene, y a veces ni siquiera es sobre el país que posee el recurso sino sobre uno de los países satélite, también controlados, que dan soporte logístico a las operaciones. Este tipo de guerra, siempre, es un sumidero de recursos. Ejemplos éste es el tipo de guerra que ha vivido Afganistán, tanto con la Unión Soviética primero como con los EE.UU. después. También aquí la tendencia es a la externalización: son las guerras de prestado o proxy wars, guerras ejecutadas por peones apoyados por las superpotencias que se disputan la hegemonía del territorio. Ejemplo de este tipo sería, por ejemplo, la guerra civil que se está disputando en Ucrania, con el trasfondo del control del flujo del gas natural ruso a Europa.

Las guerras por la hegemonía, como decimos, tienen por definición TRE por debajo de 1 (es decir, que se gana menos que lo que se consume), cuando no directamente igual a 0 (no se gana nada), porque el objetivo muchas veces no es tanto no ganar como no perder. A medida que una superpotencia es más global y controla más territorios tiene que disputar, directa e indirectamente, cada vez más guerras para mantener lo que ya tiene. Esencialmente son guerras completamente territoriales, típicas de macho alfa, que sólo tienen sentido cuando otros territorios están aportando los recursos necesarios para mantenerlas. También, por su baja a nula TRE, son el principal sumidero de recursos de muchos imperios; como también suelen ser recurrentes en las fases decadentes de los imperios, suelen ser la causa de su perdición.

Aunque estas guerras son propias de imperios, a medida que éstos se descomponen surgen países que se disputan el espacio entonces vacante, incluso aspirando a ser un imperio en lugar el imperio. Pero como para entonces son muchos los países los que se disputan ese lugar, a escala cada vez más regional, estas guerras son cada vez más complicadas y en realidad nunca se pueden ganar de manera definitiva; simplemente, sirven para disipar recursos más rápidamente, en un proceso fractal que recuerda a la disipación de energía en un fluido turbulento. Un político con visión estratégica podría comprender, según la fase de declive en la que se encuentre su país, qué guerras no le interesa librar y cuáles son vitales para retener la parte salvable hasta ese momento de su poder. Sin embargo, ese tipo de líder suele ser escaso, con lo cual algunos pocos países pueden conseguir medrar a costa de los demás, simplemente manteniéndose al margen y sin llamar la atención ni despertar la codicia de los nuevos litigantes.

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Como ven, ningún tipo de guerra sale a cuenta en el largo plazo, y en realidad la más rentable es la más banal, el saqueo. Si nuestra sociedad tienen que confiar en la guerra como manera de mantener su supervivencia (aunque cínicamente nos negaremos a aceptar que es por eso que se libran estas, nuestras, guerras), entonces seguramente no merece la pena que nuestro modelo social sobreviva. Piense en esto, querido lector, cuando los tambores de la guerra empiecen a sonar, alegres, cerca de su casa.

Salu2,
AMT

martes, 15 de julio de 2014

Liberalismo económico como religión



Queridos lectores,

El último post de la semana pasada era un pequeño relato distópico, un cuento ejemplar de los que utilizo para ilustrar en forma más sencilla, como una parábola bíblica, algunos conceptos más teóricos y pesados. El año pasado estos cuentos ejemplares (la serie "Distopía") funcionaron bastante bien y de hecho uno de ellos creció hasta convertirse en una novela corta por entregas ("Un futuro sin más"). Sin embargo, el cuento de la semana pasada (y que abre la serie de este año) ha tenido una recepción bastante mediocre. Tras centenares de páginas escritas por mí en este blog he conseguido ir mejorando bastante mi estilo, pero las razones por las que un determinado post consigue mejor o peor aceptación siguen siendo bastante lejanas a mi entendimiento. Era quizá el post de la semana pasada excesivamente largo (me estuve planteando hacer varias entregas, pero tuve miedo de verme envuelto en la vorágine de redacción y depuración de estilo que fue "Un futuro sin más", que redacté entero en menos de dos semanas); posiblemente, el problema fuera que el tema tratado era de poco interés para el lector habitual del blog (otra visión de un futuro totalitario y mezquino), o quizá que en estas fechas muchos lectores habituales ya están de vacaciones y no es un momento particularmente proclive a meterse tal tipo de deprimente ficción entre pecho y espalda. 


Sin embargo, en ese post yo pretendía introducir la discusión de algunos aspectos que creo que son clave para entender qué está pasando y qué es lo que va a pasar. Quizá conviene en este momento recordar cuál es la función de este blog: no se trata de hacer un mero inventario de nuestra desgracia y lamentarse de lo que se considera inevitable; a mi juicio, nada es inevitable, y si yo dedico tiempo a discutir un determinado tema es porque creo que justamente la acción positiva sobre él puede llevarnos a evitar los escenarios más desagradables. Por eso los relatos que escribo aquí tiene ese corte de "novelas ejemplares": se trata de aprender (y enmendar) por la vía del ejemplo.

El caso es que considero bastante importante poner de manifiesto un problema que vengo observando (por supuesto que no soy ni el único ni el primero en verlo): la progresiva transformación del pensamiento económico dominante - al cual por simplificar llamaremos "liberalismo económico" o "neoliberalismo"- en una religión hegemónica y totalitaria. A veces se dice este tipo de cosas ("El único Dios verdadero es el dinero") de una manera genérica, sin entrar demasiado en el detalle. Justamente en este post (que sería la teoría sobre la que se basa el ejercicio práctico literario de la semana pasada) pretendo mostrar que en realidad el liberalismo económico como doctrina actualmente dominante tiene cada vez más características de religión opresiva e inquisitorial, irracional y antiempírica, represiva y destructora. Justamente es lo que se mostraba en el post de la semana pasada: los Rectores, que antaño eran los asesores económicos del Gobierno, se habían convertido en una casta con todas las características eclesiales (al final del relato, incluso, se autoimponen el celibato obligatorio).

A lo largo del post utilizaré ideas de diversos pensadores económicos cuyas obras conozco muy someramente; no voy a dar referencias porque me costaría mucho encontrarlas. Sin duda alguna, una persona con conocimiento de la historia de la economía y del pensamiento económico podría dar mejor forma a este post, el cual pretende sólo ser una introducción divulgativa al problema.

Para analizar el fenómeno de la progresiva conversión de la Economía Liberal imperante hoy en día en religión debemos prestar especial atención al lenguaje, porque dado que las religiones se mueven en el terreno del pensamiento abstracto el único vehículo que tienen para influir en el mundo es a través de las palabras.

- Lenguaje hegemónico: Hoy en día se presenta el discurso económico como algo indiscutible; es la única verdad posible. Al comienzo de la crisis se discutía aún algunas alternativas (Sarkozy tuvo la osadía de plantear la necesidad de "refundar el capitalismo"), pero ya no es posible. Aunque obviamente existen corrientes de pensamiento económico alternativas (como la economía ecológica o la economía del bien común) están confinadas a reductos académicos o marginalizados. Los representantes de estas alternativas (con alguna notable excepción) raramente aparecen en los medios de comunicación de masas, y cuando lo hacen es en programas de contenido social, como una muestra de diversidad cultural; sin embargo, cada vez que se analiza algún aspecto de la actualidad económica el experto es casi siempre hombre (interesante vinculación con la clásica visión macho-supremacista), impecablemente vestido de traje (el hábito de la moderna religión), de mediana edad (ni demasiado joven para parecer un aventurero ni demasiado mayor para parecer decrépito), aspecto solvente (retórica segura y contundente, gesto adusto, frases cliché mil veces repetidas) y estricto adherente al pensamiento económico imperante. Y aunque afortunadamente en los medios de comunicación alternativos de la red se pueden oír otras voces, tampoco allí hay debate porque los contertulios son de similares pareceres ya que rara vez un economista del mainstream se rebajaría a discutir con ellos (los programas de Radioactividad que yo mismo he grabado suelen ser un sucesivo darnos la razón unos a otros mientras vamos hablando). Es interesante destacar que justamente una de las pocas personas que ha tenido ocasión de confrontar visiones alternativas a las hegemónicas en medios de comunicación de cierto alcance ha sido Pablo Iglesias, del movimiento político español Podemos, y que gracias a que él ha visualizado una alternativa ha tenido un gran éxito en las urnas (y obviamente nunca más se va a cometer ese error de abrir la discusión en un medio).


- Lenguaje totalitario: En el lenguaje común se suele identificar "totalitarismo" con "fascismo" y "represión, y aunque van de la mano no son una y la misma cosa; el totalitarismo es más bien una visión filosófica. Una idea totalitaria es aquélla que abarca todas las esferas de las relaciones humanas, y que al final acaba regulando todos los aspectos del día a día, desde el comercio hasta el empleo del ocio, desde el castigo hasta las relaciones sexuales. De acuerdo con la doctrina del liberalismo económico, en la actualidad el regulador único de las relaciones humanas es el mercado: todos los productos de la actividad humana se han reducido a mercancías (commodification, dicen en inglés) y tienen por tanto un valor económico y pueden ser vendidos y comprados en el mercado. Si por ejemplo una compañía ha intoxicado a miles de personas el acento se pone en buscar una indemnización económica, en menor medida en reparar el daño y en ningún caso se prevé una imposición de cargas penales a la persona no física. Ya se ha teorizado sobre esas cargas penales; podría ser la pérdida de libertad (se destituye al consejo de administración y la compañía pasa a ser tutelada durante un tiempo por una gestora judicial) o incluso la muerte (la compañía es liquidada). La idea de la carga penal sobre todos los sujetos jurídicos, no sólo las personas físicas, no es tan disparatada: si las corporaciones han conseguido tener derechos, ¿por qué no habrían de tener obligaciones? ¿por qué no se les puede imponer un castigo si su comportamiento es claramente psicopático y antisocial? De acuerdo con la visión dominante, los errores de la corporación son culpa de su consejo de administración y es por ello que las responsabilidades se han de depurar a nivel personal. Pero en realidad el consejo está al servicio de la corporación y sus accionistas, e intenta cumplir con el mandato que se le ha dado, que es la maximización del beneficio. Así, se observa que los consejos de administración van cambiando (táctica de dilución de responsabilidades) mientras que las compañías actúan de manera cada vez más psicopática. Dentro de la corriente de pensamiento económico imperante, para evitar abrir estos necesarios pero desagradables debates, se pone énfasis en que todo es mercado y todo se regula a través de intercambios monetarios. La mercantilización de todas las esferas humanas se ha hecho progresivamente: primero fue la tierra; después, el trabajo; después, los bienes comunes y en el futuro es previsible que serán las propias personas (esclavitud). Esta lógica perversa de que todo es mercado, de que no hay nada fuera del mercado, lleva a que los pacientes de un hospital o los viajeros de un tren sean ahora "clientes" o, en el mejor de los casos, "usuarios", favoreciendo que la alienación, la privación de la categoría de "persona" o "personal", sea "lo normal", lo habitual, lo comúnmente aceptado, lo que cabe esperar y sin discusión posible. El hombre de la calle ha sido adiestrado para encontrar que, aunque desagradable, sea concebible (e incluso para algunos aceptable) que un hospital escatime a sus pacientes para "aumentar sus beneficios" o "mejorar su gestión". En general, las quejas por mala gestión de la administración pública se dirigen en primera instancia a denunciar la corrupción, el cobro de comisiones o la apropiación indebida o malversación de caudales públicos, pero casi nunca a solicitar un mejor servicio y una actitud más generosa y humana con los administrados, que son los que en realidad pagan estos servicios con sus impuestos. La gran victoria del totalitarismo liberal económico es que todo el mundo acepte que todo viene regulado por el mercado, que todo es monetizable y susceptible de ser convertido en mercancía; más aún, que en realidad todos formamos parte indistintamente de ese mercado, que nosotros somos el mercado (como reza un famoso libro de un economista español que lleva ya impresas muchas ediciones). La realidad es que no todo es mercado y ni tan siquiera el mercado puede regular todas las transacciones económicas (para saber más, lean la serie "Citizen K" del "Acorazado Aurora")


- Lenguaje doctrinal: todas las religiones hegemónicas se vehiculan a traves de un corpus escrito central y un montón de publicaciones complementarias "dentro del canon" que sirven para fijar la doctrina. No se pretende validar el conocimiento revelado con observaciones de la realidad, buscando sus puntos débiles y contradicciones, sino que se seleccionan aquellas verdades que mejor se ajustan a los dictados de la doctrina. Toda publicación que se aparte del canon fijado por los gurús reconocidos queda condenada a la ignorancia y su autor al ostracismo; llama la atención el lenguaje muy agresivo, con frecuentes descalificaciones y en ocasiones insultos, que se utiliza contra lo que se desvía de la recta vía, de la doctrina. Algunos de estos problemas aquejan también hoy en día a algunas ramas de la ciencia, aunque en ningún caso con la virulencia que se observa en la discusión pública de la economía.

- Lenguaje dogmático: La visión liberal de la economía se está convirtiendo en un dogma que no se puede discutir; hay una verdad revelada y no puede ser cuestionada, no hay otra verdad fuera de ella. Si España tiene un problema de deuda pública, la recomendación del FMI es que se tomen medidas que flexibilicen el mercado del trabajo (un eufemismo para pedir que se abaraten los despidos y que se reduzcan los salarios, es decir, para reducir la carga salarial en las cuentas de resultados de los empresarios). Pero no se acaba de entender por qué se pide tal cosa si, en vez de resolver, agrava el problema: la disminución de la renta disponible de los trabajadores deteriora el consumo y por tanto agrava la crisis económica, con lo que disminuye la recaudación de impuestos y agrava el problema de la deuda. En realidad, el FMI "recomienda" ("intimida" sería un verbo más apropiado) tales medidas parar reducir la carga salarial sobre el capital, sin ver que en un mundo sin expansión, en una crisis económica que no acabará nunca, eso sólo lleva al desastre. 


El dogma liberal económico, al ser incuestionable, no puede tampoco evolucionar; las recetas económicas derivadas en una sociedad fuertemente manufacturera son las mismas a aplicar a una economía basada en los servicios, y también las mismas en una situación en que los recursos se están volviendo cada vez más escasos. Pero al igual que las sociedades humanas evolucionan, las teorías económicas necesarias para describirlas con efectividad deben evolucionar. La teoría económica liberal está ya fijada y no evoluciona a pesar de lo cambiante de los escenarios; pero aún,  a pesar de que las fórmulas que propone -y que se están aplicando estrictamente en muchos países occidentales- no están mostrando ningún éxito, se atribuye el fracaso a la falta de empeño de los Gobiernos en implementarlas y se insiste en reiterar su validez, en contra de la experiencia. Justamente como se espera de un pensamiento de tipo dogmático. En el largo plazo, las nuevas corrientes económicas (economía ecológica, economía del bien común) quedarán relegadas a la irrelevancia y pueden acabar perseguidas como lo fue en su momento la herejía cátara.

- Lenguaje esotérico: Dada la profunda banalidad de algunas de las ideas de la teoría económica liberal, resulta imprescindible crear palabras y conceptos que disimulen las ideas y que las revistan de una grandiosidad y un misterio que no tendrían si se expresasen en términos más mundanos. Se habla de la "infinita sustitución de los factores de producción" para decir que, de acuerdo con esta doctrina dogmática, siempre que falte de algo se le encontrará de seguida un sustituto y a precio razonable; se habla de "coste agregado" para decir el coste total (sumando todos los costes implicados) de una operación; etc. Algunos indicadores sintéticos (es decir, puras abstracciones matemáticas o del lenguaje) son tomados como referencia incuestionable, como por ejemplo el PIB (y no se suele explicar por qué el crecimiento del PIB es el único factor que se tiene en cuenta al implementar las políticas económicas ni si la gente, el pueblo, está de acuerdo con que se le dé tanto peso). Dado este lenguaje especial y los conceptos implicados, se hace necesario pertenecer a la casta de iniciados, los economistas, para poder entrar en el debate económico, lo cual consituye una barrera de entrada para los no iniciados y un argumento estándar para descalificar, a veces con insultos, la validez de lo que uno dice sin entrar a contestar el fondo del argumento (yo me he encontrado esta situación algunas veces y generalmente los contraargumentos, cuando son requeridos, son extremadamente endebles, esencialmente del tipo "en el pasado la cosa fue bien" o algún recurso al dogma). Dado que el ciudadano de a pie no entiende lo que se le dice, se ve obligado a delegar completamente la toma de decisiones a los sumos sacerdotes, a "los que entienden". Hay un cierto paralelismo con el esoterismo que rodea a veces a la ciencia, aunque justamente hoy en día se valora mucho el trabajo de divulgación científica, el acercar la ciencia al hombre de la calle, y no tanto hacer divulgación económica (en particular en cuestiones tan polémicas como la creación del dinero).


- Lenguaje abstracto: Una de las características definitorias del lenguaje económico imperante es la independencia del empirismo. Se argumenta que los datos dan la razón a ciertos razonamientos y para ello se definen cantidades abstractas, índices de bienestar o algún valor de referencia, que en general se usa para argumentar que son consecuencia de la implementación de las políticas liberales. Dado que no se aíslan otros factores (como por ejemplo el progreso tecnológico o la introducción de ciertas prácticas, como por ejemplo de cultivo o industria) resulta complicado saber cuál es el efecto específico directamente atribuible a la doctrina y cuál se habría producido igualmente sin ella. Este problema, que no es exclusivo de la economía (la dificultad para aislar las causas que dan pie a un fenómeno para poder evaluar el impacto de determinadas variables en él), se resuelve aquí típicamente con afirmaciones del tipo "es evidente que...", que en esencia lo que demuestran es que se quiere obtener lo que se había supuesto de partida (lo lógico en una situación así es intentar falsar la dependencia supuesta). La introducción de índices y conceptos abstractos tiene la ventaja de que uno puede defender que las cosas están mejorando aunque no lo estén haciendo, en una actitud que tiene reminiscencias de la escolástica medieval.


- Negación de la realidad: Una derivada del pensamiento meramente abstracto y alejado de la realidad, incluso despectivo hacia ella, es la negación de la realidad cuando ésta no se ajusta a los dictados de la doctrina. Hace poco salió publicado un artículo de George Monbiot (aparecido en blog de The Guardian), de provocador título: "Por qué los liberales deben negar que hay cambio climático, brevemente". La cuestión es simple: si los liberales defienden que el derecho fundamental es el de la propiedad privada y que el mercado es el único mecanismo regulador, la existencia de externalidades que afectan negativamente a la propiedad de otros implica que los perjudicados tienen derecho a reclamar una compensación e incluso el cese de la actividad lesiva con su propiedad. Dado que esto implicaría la imposibilidad de muchas actividades industriales, que en el fondo son el sustento material al que sirve esta doctrina, los liberales deben negar que pueda haber ningún efecto ambiental dañino. Así, por tanto, no es de extrañar que el negacionismo sea norma entre los neoliberales, y que se inventen términos despectivos para los científicos que con mayor conocimiento que ellos investigan el cambio climático y otros problemas ambientales. No deja de ser cómica la porfía con la que esta gente, con nula formación científica, discuten conceptos complicados de climatología o meteorología, que "creen entender" o que creen que los malvados científicos están manipulando - ¿por qué? ¿para qué?; eso no importa, hacen daño a la doctrina y por tanto debe ser duramente atacados.

Los ejemplos de negación de la realidad son numerosos en las filas de los neoliberales. A modo de ejemplo: a medida que los problemas con el suministro de petróleo se están haciendo más evidentes se recurre a las viejas falacias (por ejemplo, insistir en cómo de grandes son las reservas sin querer mirar qué está pasando con la producción), y es que ya sabemos que los economistas no entienden el Oil Crash. Los esfuerzos por huir de la realidad energética están llevando a un creciente uso de un lenguaje falseado y particular que describe muy bien Kurt Cobb, donde la escasez se disfraza de abundancia y el estancamiento de crecimiento.

El problema es, al final, que se toma el medio por el fin; las políticas neoliberales se plantean para intentar una forma particular de recuperar el crecimiento, pero, ¿para qué queríamos el crecimiento, en primer lugar? Nadie se cuestiona que el crecimiento no puede ser el fin, sino una abstracción para lo que verdaderamente se desea: más empleo, más bienestar, más prosperidad general y particular... Se aplican medidas de austeridad sin querer ver los efectos no deseados que comportan, basándose en ideas abstractas, etéreas, sin sentido. Pero es que al final la tal recuperación nunca llega, no está llegando ni llegará nunca; se intenta vender los repuntes puntuales como demostración de una recuperación duradera que simplemente no está ahí. Y en el enésimo esfuerzo por negar la realidad se falsea si es necesario el PIB, con lo que al final no resulta posible comprobar si alguna política concreta es exitosa o no. Otro día comentaremos el caso de cómo se está manipulando las cifras de PIB en España; ahora quería destacar una gráfica muy curiosa sobre el consumo eléctrico de los EE.UU., publicada en la página web algo sensacionalista Zero Hedge:


Dado que el consumo de electricidad es muy inelástico, suele ser un buen indicador de la actividad económica. Que en los EE.UU. el consumo de electricidad esté estancado, salvo las variaciones con las estaciones del año, desde 2005 nos indica que el PIB de ese país no ha podido crecer tanto como se dice. Y es que, por tal de huir de la realidad del estancamiento económico, cualquier estrategia es buena.

- Fanatismo: Y es que los neoliberales también tiene sus fanáticos: desde el Tea Party americano y las derechas ultraliberales a ambos lados del Atlántico hasta los ahora llamados anarco capitalistas o an-caps, provenientes de esa desquiciada ideología que se disfraza de estrambótica escuela económica autodenominada la escuela austríaca (Chemazdamundi hizo un análisis certero y cruel de la misma que les recomiendo). Son los fanáticos del neoliberalismo los que por ejemplo amenazan a los que ellos denominan "calentógos" por pretender, con el pretexto de la ciencia del cambio climático, imponer lo que ellos consideran un estado socialista o algo peor. Estos fanáticos, cada vez más acosados por una realidad que les ha vuelto la espalda, radicalizan su postura y se reafirman en el dogma.


Como hemos visto, de acuerdo con los indicios que muestro más arriba la teoría económica neoliberal imperante hoy en día tiene cada vez más los rasgos de una religión totalitaria. No se trata solamente de denunciar este intento de imponer un totalitarismo dogmático que puede acabar imposibilitando cualquier tipo de mejora; se trata de comprender cómo actúa para ponerle freno con argumentos. Lo último que necesitamos, en una situación en la que la disminución de los recursos favorece la implantación de regímenes autoritarios, tener una ideología totalitaria disfrazada de ciencia que acabaría ayudando a nuestro sometimiento, como de hecho ya está haciendo.

Salu2,
AMT