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jueves, 23 de febrero de 2012

Impacto del Peak Oil en nuestro sistema sanitario

Imagen de http://peakoiltas.org


Queridos lectores,

Esta semana un amable lector, conocedor del sistema sanitario y de cómo funciona su cadena de suministros, se ha ofrecido a escribir una pieza sobre el impacto del peak oil en nuestro sistema tal y como está concebido hoy en día. Espero que les resulte interesante.

Salu2,
AMT 


Seguramente a nadie le sea extraña la afirmación de que el sistema sanitario español es de los mejores del mundo. Este decir que aunque parece estar perdiendo apoyo en los últimos tiempos, de momento (febrero de 2012) parece seguir siendo cierto sustentado en estadísticas internacionales que colocan a nuestro país entre aquellos con mayor esperanza de vida al nacer teniendo uno de los gastos sanitarios por habitante y año más contenidos.

Podríamos intentar mentirnos a nosotros mismos y decir que lo dicho es así gracias a la dieta mediterránea y los buenos hábitos que ya casi nadie practica, pero la cruda la realidad es otra. Si bien el sistema sanitario español intenta centrarse en la atención primaria y el diagnóstico precoz, la verdadera contención del gasto sanitario en relación al número de habitantes se origina en una presión a la baja sobre los sueldos de los trabajadores del sistema sanitario, información que se desprende de un análisis comparativo de costes globales por tratamiento entre países de la UE («health basket project», realizado por la «Asociación Europea para la Gestión de la Salud», EHMA). La remuneración de los profesionales sanitarios españoles, que es de las más bajas de la Europa comunitaria y por tanto del mundo desarrollado,  lo que reduce el coste final de la factura sanitaria (recorte de prensa al respecto). Esta situación, unida a la tiranía que ejerce la estructuración de una carrera sanitaria basada en la explotación de becarios abundantes y la escasez de plazas para promoción , el exceso de carga laboral fruto de que en España los médicos concentran gran parte de la actividad sanitaria y las reducidas plantillas de enfermeros en comparación con el resto de Europa, ha obligado a cientos de profesionales sanitarios a emigrar cada año con su título bajo el brazo en busca de un futuro mejor. Por supuesto este proceso se ha acentuado con la creciente crisis y la reducción en la contratación. A pesar de lo expuesto, el sector sanitario público español sigue siendo de calidad cubriendo casi a la totalidad de la población. Por eso, no deja de ser uno de los sectores económicos más importantes en cuanto a porcentaje del PIB se refiere, suponiendo el gasto sanitario total (público más privado) un 8.4% en 2007, 9.0% en 2008 y alcanzando por primera vez el nivel medio de los países de la OCDE en 2009 con un 9.7% sobre el PIB nacional, siendo este el último dato disponible en la serie oficial del banco mundial. Hay que destacar que, a pesar de que el gasto público representó el 74% del gasto sanitario en España en 2009, que la sanidad española alcanzara el nivel del resto de países desarrollados no se debió a una mejora sustancial en servicios, equipos, contratación o retribución del personal (todas ellas empresas que se intentaron acometer con mayor o menor éxito antes y durante las primeras etapas de la crisis), sino a la contracción progresiva del PIB nacional.

Después de este repaso necesario podemos entender que el sistema sanitario español era una máquina que funcionaba de manera ajustada dado su nivel de suministros hasta el inicio de la crisis, cubriendo con servicio de calidad a la población residente e incluso a los no poco asiduos turistas sanitarios
(suerte que el parlamento europeo puso coto a esta sangría el año pasado), de modo que la próxima vez que les digan que la sanidad española no es eficiente permítanse arquear una ceja y discutir. 

Bien es verdad que si introducimos el coste educativo en la ecuación, la «TRE» de la sanidad no salía tan a cuenta pero aún y así nos contentábamos con que el sistema funcionara... hasta que vino lo que nos trae a la discusión actual: La sanidad y el Peak Oil. Como hemos podido aprender en algunos de los post anteriores, una de las primeras manifestaciones del Peak Oil es una crisis económica que en los términos actuales no acabará nunca. La sanidad, que como el resto de administraciones públicas se financia mediante emisión de deuda (parte a cargo del gobierno central y parte a cargo de las CC.AA. por tener las competencias transferidas), se encuentra de un año para otro con una situación de pura bancarrota al no poder hacer frente a los pagos acordados por el estancamiento y reducción de los ingresos públicos. Ante esto, los gestores públicos, que parecen saber poco o no querer saber nada de Peak Oil pero que si saben mucho de BAU, intentan apuntalar el sistema de la mejor forma que pueden mediante nueva deuda, pero existen limitaciones al déficit presupuestario que no se deben saltar. Como no hay pues dinero para todo, los administradores que no son tontos y saben que deben retrasar al máximo el conflicto social, dan preferencia al pago de nóminas y evitan al máximo la degradación o cierre de servicios (aunque en ocasiones aparentemente no queda otra). Aún y así sigue sin haber dinero para todo y hay que mantener el nivel de servicios a toda costa, de modo que se procede incrementar otro tipo de deuda: la de los proveedores. La compra a crédito (pago en diferido negociando cierto interés sobre el coste de adquisición) que no era extraña debido a las habituales divergencias de presupuestos soliviantadas de año en año vía aumento de los mismos, se convierte así (vía incumplimiento de pagos generalmente) en el «modus vivendi» de una administración con recursos menguantes. Esto nos conduce al punto actual en que la industria sanitaria en conjunto reclama aproximadamente 12 mil millones de euros al sistema público de salud, aproximadamente 6.300 millones a la industria farmacéutica  y el resto la de productos sanitarios (desde tiritas a maquinas de rayos X, pasando por jeringuillas, goteros y demás), industrias que ya están amenazando con acciones punitivas en caso de impago que como veremos más tarde se pueden permitir.

Como se puede entender, esta situación es trasladable a cualquier «empresa pública» y no dejar de ser una economía de guerra no declarada en la que cada uno se defiende como puede. Veamos las armas en este caso: Por su lado las administraciones central y autonómicas han intentado principalmente impulsar el uso de medicamentos genéricos para ahorrar en el gasto farmacéutico
, centralizar en servicios regionales la compra de material fungible para evitar la picaresca de las relaciones comerciales y obtener mejores precios por volumen de compra, y por supuesto, recortar allí donde la gente apenas percibe pero las estadísticas darán cuenta. Los efectos de las primera medida son limitados, debido por un lado a que los visitadores médicos siguen haciendo su trabajo con total libertad (yo diría impunidad)  y a que en realidad un genérico y un medicamento con marca no tienen porqué ser lo mismo, pues aunque compartan el principio activo principal pueden diferir ampliamente en el resto de componentes (excipientes que pueden estar sujetos a patente) afectando por completo la dinámica de efecto y por tanto el criterio decisor del médico y del paciente. La segunda medida está en fase de implantación pero tiene amplias limitaciones, pues si bien sugiere un ahorro potencial, la administración tiene que cargar a partir de ahora con un reto logístico gigantesco que antes se repartían cientos de empresas de productos sanitarios y transportes, condicionado por la infinidad de productos sanitarios existentes y las variables tasas de consumo de los distintos centros sanitarios. En cuanto a los resultados de la última medida quedarán para la posteridad los cientos de profesionales huidos de España por falta de trabajo y las estadísticas. De momento ya tenemos algún que otro santo presuntamente inocente.

En todas las guerras hay al menos dos bandos y en esta el otro lo representa una industria que también tiene sus bajas, con menguante en número de empresas nacionales, creciente concentración de poder y que está aprendiendo a defenderse. La escalada progresiva de costes de producción de los últimos 15 años asociada al precio de la energía (aunque no lo supieran), presionó a la industria sanitaria a un delicado equilibrio entre precios de producción y venta, del que las empresas que pudieron intentaron huir trasladando su producción a Europa del este o China. Esto que parecía ser la panacea, no ha dejado de ser un dolor de cabeza que nunca acaba: los productores orientales no terminan de ser del todo confiables y especialmente los chinos parecen no tener reparos en embarcar mercancía problemática, en unas ocasiones por defectos «que pasan inadvertidos», en otras deliberadamente alterada por unos trabajadores desesperados que viven en las mismas fábricas trabajando interminables jornadas por sueldos miserables. A esto hay que sumar unos locos y crecientes costes de las materias primas y transporte, que obligan a negociar continuamente los precios de compra exprimiendo al máximo los márgenes de supervivencia de las empresas. Especialmente dramático es el caso del plástico usado en miles de productos distintos, pues los principales productores de plástico materia prima están en Europa y como no podía ser de otra manera su precio se dispara junto con el del petróleo. Ante todo esto, que la administración retrase un pago (generalmente cientos) suele ser el tiro (ametrallamiento) de gracia para decenas de PYMES que no pueden acumular más deuda. Y por si quedara alguna posibilidad para las PYMES, el sistema de compra centralizada tiende a excluirlas pues no suelen poseer la capacidad de producción necesaria para hacer a los concursos además de tener escasa o nula capacidad de venta a crédito. De esta manera, poco a poco, solo los peces transnacionales más gordos van quedando en el acuario y la administración elimina sin querer queriendo la competencia en el mercado, haciendo saltar por los aires las ventajas de la estrategia de compra centralizada. Al no existir competencia real, hospitales tienen que aceptar las condiciones que imponga la industria si de verdad quieren obtener material mediante compra a crédito. Supongo que tenemos claro que cuando una industria transnacional amenaza con secuestrar a un gobierno no lo dice en balde, a los hechos me remito.

Y si intuimos que esta situación solo puede ir a peor por la espiral deflacionaria y de deuda en la que se encuentra la economía, aún se puede agravar un poquito más por algo que la mayoría desconoce: los marcos regulatorios. La adopción de nuevos protocolos y materiales en materia sanitaria es una carrera de fondo que no tiene fin aparente. Que duda cabe de que esta carrera ha tenido efectos beneficiosos en la calidad y efectividad del servicio («que la esperanza de vida media sigue en 80 años a pesar de la vida que nos pegamos, oiga»). Pero nada es gratis y la mejor tecnología sanitaria se paga bien pagada. Evidentemente, a la industria no le cuesta lo mismo fabricar una aguja de toda la vida (aguja, adaptador cónico y capuchón) que la misma aguja con capacidad de autodestrucción (aguja, adaptador cónico y capuchón con partes móviles que bloquean segundos usos), por lo que esos costes aumentados de diseño y fabricación se repercuten en el producto final. Uno puede pensar «compremos agujas de toda la vida entonces», pero es aquí cuando llega la trampa y es que la transposición de normativas de rango europeo obliga progresivamente al sector sanitario a la adopción de materiales modernos en pos de distintos criterios (calidad del servicio, seguridad del operador, seguridad del paciente...). Así que ya sea por intereses lobbisticos de la industria, ya sea por necesidades reales del servicio, la transposición nacional de algunas normativas europeas promete generar un cuello de botella presupuestario nada despreciable a medio plazo del que se está por ver como se saldrá.


Así que después de saber todo esto y sin tener en cuenta aquello que se nos escape, queda claro que en el sector sanitario se desarrolla una autentica guerra de guerrillas económica, en la que los centros médicos diezmados en efectivos se ven arrinconados y hacen lo que sea para mantener el servicio, incluso intentar reciclar o reutilizar material (no se dejen asustar por notas de prensa interesadas de la industria que muchas de esas prácticas son viables y no se realizaban por pura comodidad
, confíen en el personal sanitario que se debe a valores humanistas por encima de otros). Suerte tenemos de que la sanidad parece ser lo último en lo que los gestores se permiten meter la tijera, pero la situación no acompaña. Siendo una prioridad fundamental pagar deudas oirán hablar cada vez más de un «copago» que realmente es «repago» (asimétrico, ineficaz e injusto, ¡DI NO!)  o de privatizaciones parciales. De modo que no se acomoden y salgan a la calle a protestar  porque esto se parece cada vez más a una tragedia griega  con frases tan épicas como ésta. Las consecuencias serán nada halagüeñas.

Salud y buena suerte,

SDL.

domingo, 16 de octubre de 2011

No toques el agua


Queridos lectores,

Tenía proyectado abordar por fin alguno de los análisis en profundidad que guardo en la recámara, pero la publicación de una noticia en La Vanguardia ha cambiado mis prioridades, dada la gravedad de lo que se anuncia y la profundidad de sus implicaciones. Según el diario de cabecera de la burguesía catalana, "El dinero para limpiar los ríos también se recorta". Leyendo semejante titular uno podría pensarse que, en medio de la crisis que comenzó siendo financiera para después convertirse en económica y acabar siendo ahora fiscal (y que posiblemente no ha dejado de ser nunca una crisis por los recursos), las autoridades han decidido dejar de dedicar tanto dinero a adecentar nuestras riberas y centrarse en cosas más importantes. Hay implícita una cierta idea de que cuidar del medio ambiente está bien, pero cuando las cosas se ponen serias nos tenemos que dejar de juegos de niños y centrarnos en lo que es verdaderamente importante; y bien, ya es agradable ver aguas límpidas con patitos nadando en su superficie, pero al fin al cabo, ¿quién no tiene un poco de tamo en casa porque no puede pasar la escoba tanto como le gustaría? En fin, que podemos vivir con un poco más de suciedad si no queda más remedio; lo que sea en el intento de volver por fin a la senda del crecimiento.

Pero la realidad no puede estar más lejos de lo que un titular así de sesgado podría sugerir. De lo que va la noticia es de los problemas financieros de la Agencia Catalana del Agua (ACA) que, como bien explica el diario barceloní, es la responsable de sanear los ríos y de crear las grandes infraestructuras de suministro en toda Cataluña. La ACA recibe una cantidad mínima de financiación de la Generalitat, proviniendo el grueso de sus ingresos del llamado canon que tienen que pagar tanto los particulares como las industrias. El problema de la ACA se arrastra desde hace tiempo y es bien conocido; sus problemas empezaron cuando España dejó de recibir fondos estructurales de la Unión Europea, y nunca ha habido la voluntad política de llevarla a una situación financiera sostenible.


Lo que es terrible de la noticia de La Vanguardia es que en un momento se afirma, textualmente,

"El nivel de deuda alcanzado puede hacerse insostenible el año próximo, lo cual "probablemente comportaría la interrupción de muchos servicios esenciales que presta o financia la Agència", dice el plan de acción para el 2012 aprobado la semana pasada en su consejo de administración. Esa interrupción podría incidir "de forma especial en el saneamiento de las aguas residuales" y crear una eventual situación que comportaría graves afecciones en los ríos y abastecimientos, "poniendo en riesgo la salud de la población", admite el documento,..."

Es decir, el problema que puede plantearse con la incapacidad de la ACA de hacer frente a sus pagos es que no se saneen adecuadamente las aguas residuales. No estamos hablando, por tanto, de un problema estético o de uno meramente medioambiental (que ya sería grave), sino de uno de salud pública. Es importante destacar que una parte importante de los pueblos de Cataluña toman directamente el agua de sus ríos, lo cual implica que el agua debe ser apropiadamente potabilizada y las aguas residuales saneadas para evitar que se propaguen como la pólvora enfermedades transmitidas por el agua, típicamente fiebres diarreicas y similares. A pesar de los registros históricos, poca gente tiene presente las sucesivas y mortíferas olas de fiebres diarreicas que asolaron Europa especialmente durante el siglo XIX, y particularmente el cólera, que se estima que mató a decenas de millones de personas durante ese siglo. Con el mayor hacinamiento y cantidad de la población actual, un pequeño brote puede sufrir un rápido efecto multiplicador y causar no ya una gran morbilidad, sino también una mortalidad bastante elevada (a pesar de los antibióticos, que son muy eficaces tratando estas afecciones). ¿Es esto lo que queremos? ¿Es para esto para los que nos preparan con estas noticias? ¿Para que aceptemos que, debido a los recortes, posiblemente la gente tendrá que morirse de enfermedades fácilmente evitables, que pensábamos ya olvidadas en Occidente? ¿Estamos así de desequilibrados, de alienados, que estamos dispuestos a aceptar semejante barbaridad para intentar conseguir volver a la senda del ya imposible crecimiento económico?


En realidad la noticia no es tal. Los problemas de financiación de la ACA son conocidos desde hace años, pero no ha habido la voluntad política de subir los cánones de manera que las cuentas volvieran a cuadrar. En realidad, podríamos decir que, dado lo clamoroso de los números de la deuda (deuda acumulada de 1.450 millones de euros, con un déficit anual de unos 100 millones) ha habido una voluntad de todo lo contrario: de ir destruyendo económicamente la viabilidad de la ACA hasta ponerla de rodillas. La Agencia debería haber subido el canon para ajustarlo a sus costes reales y hacer cuadrar las cuentas, pero eso tiene un coste político y los responsables no lo han permitido; así que al final han abocada la ACA a su desaparición. Se diría que se está buscando forzar la privatización de la ACA vía la liquidación de sus activos en un proceso de bancarrota. No sé si ésta ha sido la intención, peor desde luego sí que sería el final lógico de esta situación. El problema es que este planteamiento tendría sentido si no fuera por esta crisis económica que hace poco atractiva esta inversión; como además, la crisis no acabará nunca la posibilidad de meterse en el negocio del saneamiento de agua se va haciendo cada vez menos atractiva. Y si no surge un caballero blanco al rescate, ¿qué pasará al final con el saneamiento y tratamiento del agua?


La última parte de este psicodrama la forman los proveedores de la ACA, los que se encargan del saneamiento, que en muchos casos son los propios ayuntamientos. Es bien conocido que muchos Ayuntamientos españoles, y particularmente los catalanes, están a punto de quebrar (se estima que más de un 15% podrían presentar suspensión de pagos estas Navidades), por razones diferentes de las que se exponen en este post y que tienen más que ver con la financiación a través de las plusvalías del suelo, ahora esfumadas. Así que este estrangulamiento adicional de la ACA favorece que los Ayuntamientos, atosigados por sus deudas, descuiden sus obligaciones, y particularmente aquellas en las que para variar ellos son los acreedores y no los morosos. Aquí tendremos que ver si los alcaldes tienen el suficiente sentido común para saber lo que hay en juego.


Suelo comentar, en las charlas sobre el Oil Crash, que el agua es uno de los aspectos críticos en medio del posible colapso de la sociedad para evitar la propagación de enfermedades evitables. En la actual situación de degradación económica es más que probable que el servicio de aguas, al igual que el de las basuras -también bastante crítico para garantizar la salubridad de las ciudades- acaben privatizados de facto y que sólo quienes se lo puedan permitir tengan acceso a un servicio con las suficientes garantías. De nosotros depende no permitir esto. En algún momento debemos plantarnos y decir "basta".

Salu2,
AMT