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miércoles, 30 de enero de 2019

Usted va a pagar el coche eléctrico, aunque nunca tenga uno

Usted va a pagar el coche eléctrico, aunque nunca tenga uno

Lo que nos dicen
Hay que quitarse de encima los coches de diésel porque contaminan y son malos para el medio ambiente. También hay que deshacerse de los de gasolina. Con el tiempo, incluso tendremos que prescindir de los híbridos. Todos queman petróleo y eso no es bueno para el planeta, nos dicen (y es cierto).
Todos estamos de acuerdo con que hay que proteger el medio ambiente. Pero necesitamos el coche. Para ir trabajar, para ir a buscar a los niños, para ir a hacer la compra, incluso para alguna escapadita.
Así que, vale, usemos coches eléctricos. Pero los coches eléctricos aún no se han popularizado, no hay tantos sitios para recargarlos y aún son caros. Todos estamos de acuerdo con que hay que preocuparse por el planeta, pero sin empujar. Todo el mundo está de acuerdo que hace falta tiempo para desarrollar los coches eléctricos. Hace falta tiempo para hacer el cambio.
Y sin embargo todo son prisas. Más impuestos, más anuncios de que se prohibirán los coches de diésel y gasolina, más restricciones para entrar en el centro de las ciudades. Parece que de repente todo el mundo se ha vuelto loco por cambiar ya al coche eléctrico.

Lo que pasa
En realidad, estas prisas repentinas con los coches de diésel no son solo por la preocupación medioambiental, sino porque la producción mundial de diésel está disminuyendo. No es que se vaya a acabar de hoy para mañana: la caída durará décadas, pero cada vez habrá menos y tendremos que ver cómo se va repartiendo. Así que da la impresión de que se ha decidido que se le va a ir quitando ya a los coches. Es normal: el diésel también lo utilizan los camiones, los tractores, la maquinaria y pronto los barcos. Así que es mejor reservarlo para eso, pero preferiríamos que nos explicasen la verdad.
Esto que le pasa ya al diésel le acabará pasando a la gasolina dentro de pocos años, así que la solución tampoco pasa por los coches de gasolina. Aquí también se tendrá que ir pensando cómo se irá repartiendo la caída de la producción, que también durará décadas. Todo el mundo tendrá que ir conduciendo menos, o dejando el coche.
Eso explica la prisa por deshacerse de los coches con motor de combustión interna y mantener el negocio con la fabricación de otro tipo de vehículos.
Parece que en realidad el cambio no se hace tanto voluntariamente porque nos importe el planeta, sino principalmente obligados porque el petróleo va para abajo. No nos queda otra que pasarnos al coche eléctrico, ¿verdad?


Los problemas del coche eléctrico que nadie explica
Pongamos números sencillos, para entendernos.
La energía que contienen las baterías se mide en kilovatios-hora (kw·h). El kilovatio-hora es la energía que carga una batería si la conectas a un cable con una potencia de un kilovatio durante una hora (eso suponiendo que no haya pérdidas, que siempre las hay, aunque sean pequeñas).
Imagínese que tiene un coche con una batería con capacidad para 50 kw·h. No es un coche pequeño, pero tampoco es de los grandes. Un coche para toda la familia y para ir al trabajo. Con esa batería, el fabricante le dirá que su coche puede llegar a hacer 250 km con una carga completa de la batería, pero los fabricantes siempre exageran. En la práctica, en condiciones de conducción real, la mayoría de las veces se podrán hacer unos 150 km (si hay cuestas, si se usa el aire acondicionado o la calefacción, si la batería ya tiene un tiempo…). Pero imaginemos que esos 150 km le son suficientes para el día a día, le dejan el coche no demasiado caro y se decide a comprárselo.
El problema viene a la hora de cargar el coche. Es un sudoku de lo más complicado. No es imposible, pero hay que calcular mucho, y hay que andarse con ojo.
Pongamos que en su casa tiene contratada una potencia eléctrica de 4,4 kw, que es una potencia contratada bastante habitual en los hogares españoles. Con eso, las cargas completas son complicadas. Incluso aunque pusiera a cargar el coche cuando prácticamente no haya otro aparato consumiendo electricidad en su casa (de noche, cuando todos duermen), para cargar completamente los 50 kw·h del coche necesitaría más de 11 horas usando toda la potencia eléctrica de la casa.


Pero cargar el coche completamente es un caso extremo, es verdad. Imaginemos que no necesita cargar del todo la batería porque solo hizo 60 km: aún así se necesitarían cuatro horas y media en las que apenas se podría usar nada eléctrico en su casa.
No seamos tan cenizos y vayamos a un caso más favorable. Pongamos que es Vd  el usuario medio, el que hace unos 35 km al día. De acuerdo con el fabricante eso debería corresponder a un consumo de 7 kw·h, pero ya hemos comentado que en condiciones reales el coche le va a gastar más, pongamos unos 11 kw·h: son aún dos horas y media de alimentar el coche con toda la potencia de la casa. Puede preparar la instalación eléctrica de su casa para reservar una parte de toda la potencia, digamos 3 kw, para cargar el coche de noche (y que así no le salten los plomos al encender la luz). Con eso recargaría lo que gastó para hacer esos 35 km en unas cuatro horas. Se puede hacer, pero hay que calcular mucho: cuidado con hacer más de 35 km – y si lo hace que cuente con tiempo extra para recargar lo gastado de más -, cuidado con poner la lavadora de noche, acuérdese de conectar el coche al llegar a casa y programar la carga, y asegúrese que se esté las cuatro horas que necesita, y que no tenga que coger el coche para una urgencia…
Si no quiere vivir con tanto estrés y tanto cálculo, podría contratar más potencia a su compañía eléctrica para no ir tan justo. El problema es que le saldría carísimo cada mes.
Pero, espere, quizá la cosa es mucho peor.
Quizá usted es de los que no tiene garaje y tiene que dejar el coche en la calle. Millones de coches duermen en la calle en nuestro país. Para poder recargar esos coches durante la noche haría falta poner un poste eléctrico por cada 5 metros de acera, aproximadamente. Si fueran postes de 22 kw, como los que quiere poner el Gobierno en las gasolineras, en 125 metros de calle se tendría que poner el cableado y los postes para poder suministrar más de un megavatio (Mw) de potencia. Eso es lo mismo que suministra un aerogenerador pequeño. Una ciudad como Madrid, que tiene más de 1.000 km de calles, necesitaría cableados, subestaciones eléctricas y sistemas de control para disponer de unos 8 Gw de potencia (es decir, como todas las centrales nucleares de España). Extrapolando para el resto de España, estaríamos hablando de más de 100 Gw (es decir, como la capacidad eléctrica máxima de España). Así planteado es una obra enorme, algo inimaginable, así que intentemos hacer algo más modesto. Podemos imaginar que se usen postes de mucha menos potencia (por ejemplo, de 4,4 kw en vez de 22 kw), y también que no todas las calles estén cableadas. Igualmente estamos hablando de una infraestructura colosal: incluso si la redujéramos a la décima parte de lo que calculamos más arriba, a “solo” 10 Gw, estaríamos hablando de una instalación enorme que requiere levantar un montón de calles y gastarse un montón de dinero. Y para que luego los usuarios se den de tortas para pillar un poste de ésos libre cuando vuelves tarde de currar y no pudiste recargar el día anterior. Y que no vengan vándalos a cortar los cables, o aprovechados que te quiten la manguera para cargar su coche en doble fila… ¿Y quién paga la recarga? ¿Y cómo se paga? ¿Y el mantenimiento?
La alternativa sería recargar el coche en las electrolineras que se vayan instalando. Los postes de 22 kw que propone el Gobierno recargarían completamente nuestro coche familiar pero sin pretensiones en dos horas y media, lo cual es demasiado lento. Si lo enchufamos solo media hora (lo que daría como para unos 30 km) es aún demasiado lento, sobre todo si hay otros coches esperando para recargar delante de nosotros: simplemente con dos coches por delante ya nos implica esperar una hora y media (una hora a que se carguen ellos y media a que se cargue el nuestro). Y que no se les ocurra recargar más que para 30 km. ¿Se imaginan las colas que se podrían llegar a formar? ¿Y qué harán los propietarios de las estaciones de servicio? ¿Cuántos minutos nos dejarán cargar el coche para que las cuentas les salgan, para que puedan ganar dinero?
Veamos otras alternativas. Podríamos usar postes de carga rápida. De éstos no habrá en todos los sitios, porque son más caros de instalar y mantener, pero con uno de ellos podríamos cargar la batería completamente en media hora, o tan solo cinco minutos para recargar lo suficiente para 30 km. Eso ya comienza a ser más razonable. El problema es que esos postes de alta potencia fuerzan las baterías y eso acorta rápidamente su vida (se calientan mucho). Si usted visitara frecuentemente estos postes, la batería de su coche podría durar solo dos años. Incluso menos. Por eso los puntos de recarga de alta potencia no son una buena opción, y eso sin contar los peligros de usar potencias tan elevadas.
Y esto no se acaba aquí. Las baterías llevan fatal el calor: cuando la temperatura pasa de 35ºC se comienzan a deteriorar, y si pasa de 40ºC se degradan muy rápido, incluso aunque no esté usando el coche. Algo a tener muy en cuenta en España. Intente aparcar el coche a la sombra, y mejor con un ventilador.
Y eso por no hablar de las limitaciones en la producción de litio y cobalto, de los costes prohibitivos, de las prestaciones escasas… Y tampoco hemos comentado cómo subiría el precio de la electricidad, si de repente hay tantos coches eléctricos para cargar y al tiempo disponemos de menos petróleo.
¿Qué significa todo esto? ¿Es imposible pasarse al coche eléctrico para todos? Imposible no lo es, pero haría falta una coordinación extrema para hacerlo posible. Si todos actuáramos de una manera perfectamente coordinada y cuidadosa los números salen; justitos, pero salen. Al menos sobre el papel salen. Ahora bien, ¿se cree usted que nos vamos a organizar tan bien? ¿O esto va a ser el follón habitual?


¿Es el coche eléctrico un coche para ricos?
Lo cierto es que parece difícil generalizar el coche eléctrico para todo el mundo. Caro, poca autonomía, vida de las baterías limitada, y si se generaliza sería una locura para poderlo recargar. Así que el secreto está, quizá, en que no se generalice. En que haya relativamente pocos. Quizá pasar de los 27 millones de coches que hay ahora en España a un millón (o quizá menos).
A lo mejor el negocio de las automovilísticas (lo poco que quede) está en hacer coches de gama alta, sedanes con baterías de 200 y 300 kw·h, con autonomía de muchos cientos de kilómetros, coches que se aparcan solos y que hasta se conducen solos, y el más barato de los cuales se vende por 100.000 euros.
Quien se compra un coche de ésos seguro que tiene un buen enchufe en su casa, y seguro que no tiene problemas para contratar en su casa una potencia de 15 kw de electricidad, o 20 kw, o lo que necesite para mantener todo encendido y el coche cargando cuando le dé la gana. Incluso puede tener un par de coches, para usar uno mientras se recarga el otro.
Pero hay algo que estos conductores adinerados necesitan: puntos de recarga por el camino. Porque cuando hagan un viaje largo necesitarán poder repostar en algún lugar. Y para eso ha de haber puntos adecuados de recarga.
Y no parece que sea rentable poner puntos de recarga para solo un millón (o quizá menos) de coches, al menos no desde la perspectiva de los propietarios de las gasolineras. Así que esos puntos de recarga se tienen que subvencionar, si se quiere que estén ahí. El Estado los tiene que avalar, incluso tiene que obligar, a que se construyan.
Si el coche eléctrico no se generaliza (y como hemos dicho, es difícil que esté al alcance de todo el mundo), apostar por poner muchos puntos de recarga por todo el territorio nacional, invirtiendo para ello mucho dinero público y dando subvenciones al coche eléctrico, podría acabar convirtiéndose en una transferencia de dinero de los pobres a los ricos. Así que antes de lanzarse a esta aventura, en la que todos están haciendo como si todos los problemas del coche eléctrico estuvieran solucionados o a punto de solucionarse, convendría hacer un análisis mucho más pormenorizado y con planteamientos mucho más realistas. Porque no está claro que esto del coche eléctrico nos interese a todos.


¿Realmente interesa apostar tanto por el coche eléctrico?
Nos están vendiendo un futuro deslumbrante de movilidad eléctrica, pero lo que hay ahora mismo es algo mucho más limitado. No está claro que se pueda generalizar el coche eléctrico privado para todos. Probablemente no se puede, y más probablemente aún no resulte rentable hacerlo.
Se insiste, una y otra vez, en que el coche eléctrico es el futuro, como si fuera una verdad evidente e indiscutible, cuando en realidad tendríamos que aclarar unas cuantas cosas antes de lanzarnos a invertir en una nueva burbuja que va a empeorar aún más las condiciones de vida de la mayoría para que solo se beneficie una minoría.
Los defensores de esta transición al coche eléctrico tendrían que plantearse si en realidad no se está promoviendo que se subvencione, con cargo al erario público, un medio de transporte reservado a las clases más pudientes (subvenciones directas al coche eléctrico e indirectas por la vía de las estaciones de carga o los privilegios de uso del espacio público).
Sin duda, hay que tomar medidas contra la contaminación, el cambio climático y el agotamiento de los combustibles fósiles. Pero por lo menos a día de hoy el coche eléctrico no parece que sea la medida adecuada para ello.

Antonio Turiel
Enero de 2019

domingo, 19 de enero de 2014

Sobre la utilidad de las subvenciones al combustible

Queridos lectores,

Javier Pérez me ha enviado este ensayo corto sobre el sentido económico de las subvenciones a colectivos desfavorecidos y cómo se tendrían que realizar para tuvieran efectividad real. Como verán, la respuesta correcta no va en el sentido de la intuición.

Salu2,
AMT

¿Es buena idea subvencionar los combustibles?

El concepto de pobreza energética ha pasado en poco tiempo de ser un absoluto desconocido a figurar en la primera línea de todas las discusiones sobra acción social y redistribución de renta. Como idea, la pobreza energética se acuñó en Gran Bretaña a finales de los años ochenta y se considera pobres energéticos a los consumidores que destinan más del 10% de sus ingresos a pagar las facturas de energía o que no logran mantener sus viviendas a 20ºC en invierno o 25ºC en verano.
La pobreza energética implica varios impactos sociales, sanitarios y medioambientales. En una casa mal climatizada, las personas están más expuestos a problemas de salud relacionados con el frío y la humedad. Los enfermos crónicos, niños y ancianos son los más afectados.
Una de las causas principales de la pobreza energética es la mala calidad de las viviendas, pero la principal es la que venimos revisando en este blog desde hace años: la creciente escasez de energía y su encarecimiento progresivo, por vía de precios o por vía de reducción de salarios.
Según la Asociación de Ciencias Ambientales, la pobreza energética puede estar causando en España entre 2500 y 9000 muertes prematuras al año, una cifra muy superior a la que causan los accidentes de tráfico y que no deja de incrementarse año tras año debido al raro vodevil de nuestras tarifas eléctricas.
El mapa de pobreza energética de España que copiamos aquí abajo, es bastante revelador:
Ante esta situación, se alzan ya muchas voces solicitando que los combustibles reciban algún tipo de ayuda o subvención, y no sólo la electricidad, que supone apenas una quinta parte de toda la energía consumida, sino muy especialmente los derivados del petróleo.
¿Se deben plantear estas subvenciones en un momento en el que muchas actividades dejan de ser rentables por sus costes energéticos?
Vamos a echarle un vistazo al asunto, aunque ya se ha hablado de ello en otras ocasiones
España, a pesar de la gravedad del problema, es un país con clima benigno, salvo unas cuantas zonas en el interior, pero en otros países europeos la pobreza energética puede llegar a verdaderas catástrofes humanas, aunque nadie hable de ellas. Tim Hardford, por ejemplo, habla de unas 25.000 muertes al año en Gran Bretaña por calefacción insuficiente, y la situación puede ser aún peor algunos años particularmente fríos, pero ningún noticiario parece dedicarle a este fenómeno el tiempo que se le dedicó, por ejemplo, a la última plaga de gripe, aunque causara muchas menos víctimas..
El Gobierno británico, en 2009, y para paliar esta desgracia, bajó los impuestos a los combustibles domésticos. Pero esto resultó ser una política equivocada que debemos tener en cuenta a la hora de solicitar por nuestra parte subvenciones a los combustibles. ¿Y por qué digo esto? ¿Por qué detesto a los viejos? En absoluto.
Lo que detesto son las soluciones facilonas, en las que nadie parece querer reconciliarse con la lógica. Vamos a verlo:
El combustible hay que usarlo obligatoriamente, sin que de momento existan otras alternativas (aunque no falten los cornucopianos que digan que ya inventaremos algo). Como el combustible es de uso forzoso, la mejor solución es SUBIR los impuestos al combustible y SUBIR las subvenciones o ayudas a las personas que por sus necesidades específicas requieran condiciones especiales.
Y lo que es aplicable para los ancianos es aplicable para las empresas. No se puede pedir NUNCA la subvención de un producto, sino la subvención de una actividad o un grupo de personas en condiciones peculiares. En caso contrario, lograremos solamente que se aumente el consumo de combustibles, puesto que serán accesibles para los que no podían comprarlos (positivo) pero serán también mucho más accesibles para los que tenían renta de sobra y ahora lo compran más barato (no tan buena idea).
Lo que hay que tener claro es que cuando se subvenciona un producto, en lugar de un colectivo de personas, se abarata artificialmente el bien, subiendo su demanda, se da una subvención a los que más consumen (vía reducción tributaria) y se permite a las grandes empresas que reduzcan sus costes a costa del bolsillo de todos, pues son las grandes las que mayor cantidad (en volumen) consumen.
En el caso que pusimos como ejemplo, hay que mantener la fiscalidad a los combustibles y darles ese dinero a los ancianos. Una vez recibido el dinero, los jubilados encontrarán su propio modo de emplearlo para vivir un poco mejor, ya sea encendiendo más la calefacción o largándose a Canarias los meses más duros. Con esto, se evitará el despilfarro de combustible (porque es más caro), se incentivará la instalación de aislantes y buenos cierres (porque el combustible es caro) y se evitará que quienes no tengan el problema se sumen al carro de los apesadumbrados para sacar tajada.

Sobre las corrupciones y corruptelas que cualquier subvención entraña ya hablamos otro día… Porque ya sé que tiene tela…

martes, 21 de mayo de 2013

El gran error de los biocombustibles



Queridos lectores,

Desde hace ya un par de décadas en la mayoría de los países occidentales es obligado por ley que una parte de lo que suministran los surtidores de las estaciones de servicio sea lo que la ley denomina biocombustible. Por biocombustible se entiende un líquido de origen vegetal que puede suplir al menos parcialmente los convencionales carburantes de origen fósil. El porcentaje de la mezcla que legalmente debe ser biocombustible de acuerdo oscila desde el 7% que obliga la Unión Europea hasta el 15% que rige en muchos estados de los EE.UU.

¿Por qué se introdujo esta obligación de mezclar los carburantes de origen fósil con un pobre sucedáneo, con menor poder energético y que, como veremos, acarrea muchos problemas? Hubo, en su momento, una motivación principal: disminuir la dependencia del exterior. La idea que tuvieron los legisladores era que nuestros agricultores occidentales acabarían cultivando nuestro propio combustible. Sin embargo, como muestran numerosos estudios la Tasa de Retorno Energético (TRE) de la mayoría de los biocombustibles es tan baja que en realidad eso de "cultivar nuestra energía" es un negocio ruinoso. Tan ruinoso que hasta ahora la adición de biocombustibles estaba subvencionada por los Estados, en la espera de que la tecnología se desarrollase lo suficiente como para que la rentabilidad energética subiera y con ella la rentabilidad económica, y al final el esfuerzo realizado hubiera merecido la pena.

Sin embargo, lo que ha pasado en la práctica es que, al calor de la normativa que por un lado obliga a la adición de biocombustibles y que por otro lado la subvenciona, ha surgido una gran industria a escala global, destinada al cultivo a gran escala de diversas plantas para la producción de biocombustible. Por cierto que conviene aclarar ya que el nombre más correcto para estas sustancias es agrocombustible, puesto que el prefijo "bio" podría dar a entender que son productos naturales y hasta cierto punto respetuosos con el medio ambiente y/o con la biodiversidad, mientras que en la realidad se trata de productos derivados de la actividad a gran escala del sector  agroalimentario y cultivados industrialmente. Y justamente por razón del uso de las técnicas de gran escala que se requieren para poder cubrir tal nivel de demanda es por lo que la TRE es tan baja: para producir los 2 millones de barriles diarios de "biocombustibles" (agrocombustibles en realidad, insisto) que se generan hoy en día en el mundo se utilizan una enorme cantidad de fertilizantes, pesticidas, tractores, cosechadoras y diversas máquinas de procesado, con un gran insumo de energía; un auténtico dislate energético pero que hasta ahora podía ser marginalmente rentable -con las subvenciones- puesto que hasta ahora la energía era barata.

Como se ha denunciado frecuentemente, la producción de agrocombustibles compite con los usos alimentarios, llegando a situaciones aberrantes. Por ejemplo, en 2011 EE.UU. desvió el 43% de la producción de maíz para bioetanol - con una TRE de 1 (!!), mientras que a nivel de todo el mundo el 6,5% del grano cereal y el 8% de los aceites vegetales se destinaron a agrocombustibles (como explica el investigador Tim Searchinger). Argentina cultiva ahora grandes cantidades de soja destinadas a la exportación y la producción de biodiésel (y con una TRE que no llega  a 2), la producción de bioetanol de caña de azúcar de Brasil sólo es marginalmente rentable y el único gran cultivo realmente rentable a escala global es el del aceite de palma proveniente de Indonesia y Malasia (aunque es difícil que pueda mantenerse en el largo plazo pues las prácticas de cultivo que se usan no son nada sostenibles). Y mientras, gracias a que se desvían estos alimentos para dar de comer a los coches de los ricos los pobres se mueren de hambre.

Por si eso fuera poco, la introducción de agrocombustibles genera problemas nuevos, a veces de especial gravedad. Por ejemplo, el etanol de origen vegetal es corrosivo (como en realidad lo son la mayoría de los compuestos derivados de petróleo), lo cual obliga a introducir más inhibidores de la corrosión. Por otro lado, el biodiésel no es perfectamente equivalente al petrodiésel: su molécula es polar y más higroscópica, con lo que con más facilidad puede acumular agua. Este agua disminuye el poder combustible de la mezcla, pero además genera un problema aún peor: en esa interficie demasiado a menudo proliferan colonias de bacterias y otros microorganismos, generando una gelatina que puede producir obstrucciones en el motor, y que si llega a los inyectores pueden causar una avería muy grave. Para evitar reclamaciones, los propietarios de las estaciones de servicio hacen tratamientos periódicos de sus depósitos de diésel con biocidas, los cuales esencialmente son antibióticos - no negarán que es una gran gran ironía: por quitarle la comida a los hombres y dársela a las máquinas hemos conseguido que las máquinas padezcan enfermedades de hombres. Añadan a esto que algunos biodiéseles, como el de aceite de palma, tienen puntos de fusión bastante altos, con lo que a temperaturas moderadamente frías solidifican y causan problemas semejantes - lo cual obliga al gran distribuidor de carburante a tener un ojo sobre la previsión meteorológica a varios días vista a la hora de decidir su mezcla (y si Vd. tiene un coche de diésel, no se extrañe que en días repentinamente fríos el coche tenga una considerable merma de potencia). Todos estos problemas, en suma, suponen un incremento notable costes añadidos. A veces, para evitar la escalada de costes, algunos controles indispensables con la actual complejidad de los carburantes (controles de contaminación microbiana en las cubas de combustible o de separación de los elementos de la mezcla) simplemente no se hacen con consecuencias ocasionalmente fatales. Para acabarlo de agravar, el Gobierno de España ha retirado recientemente la subvención a los biocombustibles pero mantiene la obligatoriedad de tener un 7% en la mezcla final. En suma, todos estos problemas redundan en mayores costes que generalmente son soportados por el último eslabón de la cadena de distribución, las estaciones de  servicio, que en un contexto de demanda decreciente y costes crecientes pueden verse abocadas al cierre (como le está pasando a muchas en España y probablemente en otros países de la OCDE).

¿Hay alguna buena perspectiva técnica sobre los biocombustibles, que justifiquen estas penalidades actuales? En realidad no. Un reciente y muy extenso estudio sobre biocombustibles realizado por el Ejército de los EE.UU. muestra que no sólo los actuales biocombustibles son un contrasentido energético, sino que hasta los proyectados biocombustibles de segunda generación (que provendrían de la fracción celulósica de los vegetales o de las algas marinas) siempre tendrán TREs muy bajas.


Pero los agrocombustibles tienen tres ventajas de tipo más político: 

- Sirven para convertir gas natural en algo parecido al petróleo.  Efectivamente, la mayor parte del consumo de energía en los cultivos industriales se debe al uso fertilizantes, los cuales consumen grandes cantidades de gas natural. Con esta estrategia podemos paliar parcialmente la falta de petróleo (que, recordemos, ha comenzado ya su ocaso). Pero esta estrategia no está exenta del problemas, al contrario: Por un lado, la producción máxima de agrocombustibles es muy limitada, teniendo en cuenta las necesidades de tierra cultivable, agua y fertilizantes; es difícil que jamás llegue a superar los 4 millones de barriles diarios (Mb/d; frente a los 90 Mb/d de todos los líquidos del petróleo que se consumen en todo el mundo ahora mismo). Por otro lado, el pico del gas está a la vuelta de la esquina (incluso contando con la estafa del gas de esquisto explotado mediante la técnica de fracking - estafa de la que hace ya dos años y medio advertíamos en este blog)


- Ayudan a mantener la ficción de que aquí no pasa nada. Efectivamente, gracias a esos 2 Mb/d que aportan a día de hoy podemos, por una parte, transferir energía del gas a energía asimilada a petróleo, y por otro lado en las estadísticas de producción de petróleo contamos dos veces una cierta cantidad (porque contamos el petróleo que va a los tractores, cosechadores, etc y después los barriles de agrocombustibles producidos, aunque ya sabemos que la TRE es prácticamente de 1 en muchos casos, es decir, que la energía consumida para la producción de los agrocombustibles es más o menos igual a la energía que éstos poseen). Y a medida que aumentemos nuestra producción de agrocombustibles podremos mostrar una cantidad mayor de barriles diarios producidos, aunque en realidad la energía que poseen sea igual o inferior a la que se ha consumido, y así la energía neta que llega a la sociedad sea en realidad la misma o menor. Eso sí: puede que maquillemos las estadísticas de producción de petróleo, pero al aumentar la producción de agrocombustibles agravamos el problema del hambre en el mundo.

- Son una pieza importante en la mayoría de los mitos y exageraciones sobre el futuro de la producción de petróleo en los EE.UU.: Lo analizaremos con más detalle en el próximo post; baste decir aquí que los agroocombustibles son una proporción apreciable de lo que se supone que va a subir la producción de todos los líquidos del petróleo de los EE.UU. (asumiendo también que los problemas de producción agrícola no se agravarán, lo cual es dudoso). Lo más divertido es que se pretende hacer creer que la base del futuro energético presuntamente brillante de los EE.UU. son los petróleos de esquisto, cuando esos escenarios asumen que los agrocombustibles tendrán una producción mayor. ¿Qué pasa aquí? Que se tiene que mantener las expectativas sobre el petróleo de fracking mientras no estalle la burbuja.


Si se fijan, las tres motivaciones destacadas más arriba son completamente espurias y cortoplacistas, y en modo alguno responden a las razones que en su momento llevaron a la implantación obligada de los agrocombustibles. ¿Por qué se mantiene, entonces, una estrategia tan errada? ¿Por qué no se hace una reevaluación de objetivos contrastada con datos reales? Mientras no se haga eso iremos tensando otro sector más, éste ya muy comprometido, aumentando el riesgo de colapso repentino y sistémico.



Salu2,
AMT