lunes, 10 de junio de 2013

Distopía III: La Tempestad



[Nota de descargo: El siguiente relato no es más que una ficción literaria. Los eventos climáticos descritos en él son sólo una dramatización que representa un escenario extremo del futuro del clima de nuestro planeta, sin que esté apoyado en ningún modelo numérico ni en nuestro conocimiento actual de los mecanismos que rigen el tiempo atmosférico y el clima. La velocidad a la que se dan algunos cambios en el relato es posiblemente exageradamente rápida persiguiendo ese efecto de dramatización. En realidad, no tenemos ningún modelo numérico ni de procesos que pueda describir con precisión lo que le va a pasar al clima de nuestro planeta una vez que se derrita toda la banquisa polar ártica: estamos en Terra Incógnita. Lo único seguro es que vamos hacia un planeta diferente al que conocíamos]



El verano del año 2013 fue atípico en toda Europa. De Junio a Septiembre se alternaron semanas de lluvia y temperaturas muy frescas con semanas en las que el Sol picaba con furia (dijeron los expertos que con las intensas lluvias el aire estaba limpio de aerosoles y se sentía más el efecto invernadero). Pero el aire no llegó nunca a calentarse demasiado porque no hacía más de 5 ó 6 días que se disfrutaba de la canícula que ya volvía el mal tiempo. Las cosechas de cereal de aquel año fueron un 50% inferior a la media de los diez años anteriores, y no sólo en Europa. En el resto del mundo, y sobre todo y por desgracia en las zonas cerealísticas, la norma eran las altas temperaturas, la sequía y los fuegos forestales. Hubo una convención de Naciones Unidas para discutir sobre el grave problema de la falta de alimentos, que concluyó con renovadas recomendaciones de comer insectos, medusas, algas y líquenes. El año pasó como si tal cosa para el mundo occidental, mientras que los países pobres se apretaban uno o dos agujeros más el cinturón, y el hambre hacía estragos en los cuerpos y en las mentes (y a veces en los palacios).

Durante el verano de 2014 sucedió algo insólito: la banquisa polar ártica, es decir, el hielo que flota sobre el Polo Norte, desapareció por completo. Seis años antes de lo previsto, dijeron algunos expertos, mientras que otros comentaron que lo sucedido confirmaba sus modelos. Las potencias occidentales dijeron que la desaparición del hielo ártico era una buena noticia porque abría nuevas rutas marítimas más eficaces (conveniente ahora que el alto precio del petróleo volvía a ser noticia) y también porque dejaba acceso libre a los ricos yacimientos de minerales y de hidrocarburos del fondo marino. En invierno se formó de nuevo la banquisa, aunque era mucho más delgada y frágil. Los autodenominados "escépticos del cambio climático" tuvieron que retirarse un poco de la escena pública, buscando argumentos para demostrar que lo sucedido no tenía nada que ver con el calentamiento global, mientras que la preocupación por el medio ambiente creció en las encuestas y se situaba ya como segunda preocupación de los europeos y norteamericanos, 20 puntos por debajo del paro y sólo 2 puntos por encima de la crisis económica. Por lo demás, el verano de 2014 fue una repetición del de 2013. En Europa la gente no podía ir a la playa, mientras que en el resto del mundo mucha gente moría en las sucesivas olas de calor, con temperaturas récord repartidas por todo el Globo

Los años siguientes fueron denominados por algunos como "la Pequeña Edad del Hielo". Quien decía tal cosa vivía en Europa y la Costa Este de los Estados Unidos, obviamente, porque para el 80% de la Humanidad el aumento de temperaturas era cada vez más palpable. No obstante lo cual, algunos "escépticos" comenzaron a preconizar la llegada de una nueva glaciación, fenómeno natural e inevitable asociada a los ciclos astronómicos, y la bendición de haber aumentado la concentración de CO2 en la atmósfera, que evitaría que ésta fuera tan cruda. Estudios científicos mostraron que la Corriente de Lazo Meridional (la gran banda de circulación termohalina que recorre el océano) se había interrumpido en el Atlántico Norte, y con ella parte del aporte de humedad extra que llegaba a Europa, con lo que los sucesivos veranos no fueron tan lluviosos. La Corriente de Chorro Ártica había prácticamente desaparecido y en el polo Norte se había establecido un dipolo formado por una alta y una baja presión en vez del ciclón habitual; gracias a él, del polo Norte fluía aire frío hacia Norteamérica y Europa, mientras que extraía aire caliente de Asia Central. 





Al final de aquel período las temperaturas se moderaron en el Hemisferio Norte y las cosechas mejoraron notablemente, incluso en Europa. Parecía que lo peor ya había pasado. Eso sí: el petróleo escaseaba, ya de manera evidente, y se reproducían guerras de conquista por todo el planeta, mientras que en Occidente se tomaban medidas de racionamiento eficaces. Por aquel entonces se establecieron gobiernos de corte más o menos autoritario, y se dejó de medir el PIB; en algunos países incluso se prohibió publicar estimaciones de esta magnitud, ahora denostada. La media de paro en Europa y los EE.UU. llegaba ya al 20%, con países muy inestables como Grecia, Irlanda, Italia, Portugal y España (los infames PIIGS) rondando el 40%.

Fue en 2020 cuando se observaron dos fenómenos curiosos, pero no en verano sino en invierno. El primero fue que aquel invierno no se volvió a formar la banquisa ártica; de hecho, ya nunca más se volvería a formar. El segundo fue ver que algunas zonas del Sáhara Occidental comenzaban a florecer, fruto de intensas lluvias. Los investigadores encontraron que la Corriente de Lazo Meridional realmente no se había interrumpido y simplemente ahora fluía más al Sur. Emprendedores de todo el mundo encontraron en este hecho una oportunidad fantástica de inversión, dada la proximidad de las nuevas zonas fértiles a los mayores depósitos de fosfatos usados como fertilizantes. Las noticias y anuncios en los medios declaraban que el nuevo Jardín de las Hespérides daría de comer a todo el mundo (Occidental, se entiende). Lo cierto es que la temperatura y la pluviosidad en Europa y los EE.UU. comenzaron a volver a valores "normales" y las cosechas alcanzaban récords en un campo cada vez más demandante de mano de obra (o más bien la gente huía de la ciudad para poder ganarse el pan). Volvía la normalidad, sólo perturbada por la falta de petróleo y de uranio, y ahora de gas natural - los yacimientos de gas esquisto, la última gran esperanza, habían sido abandonados por no rentables cuatro años atrás. Los "escépticos" salían en masa de sus escondites y comenzaron a decir que lo que había pasado durante la última década era fruto de la variabilidad natural, pero que el clima en Occidente era el más estable del Mundo y que por eso ocupaba su lugar hegemónico. Lo cierto es que algunas zonas de Asia, África y Sudamérica comenzaban a despoblarse por la dureza de las condiciones de vida, generando problemas migratorios inmensos pero aún alejados de la engreída Europa y el ensimismado EE.UU.

Hacía sólo 10 años de aquel extraño verano de 2013 cuando se formó la Tempestad.

Los científicos la denominaron "Tempestad Semi-permanente del Atlántico Norte Subtropical". La gente de la calle, la Tempestad, a secas, pero con mayúscula. Fue en el verano de 2023. El Huracán Hugo, el octavo de la temporada, volvía de dejar su peaje de muerte en Cuba y Florida, y se retiraba hacia el Atlántico Norte. Normalmente se hubiera ido a latitudes más altas, cerca de Galicia o de Irlanda, y en el camino, al caminar sobre aguas más frías y perder por tanto su fuente de energía, se hubiera convertido en borrasca. Pero el flujo constante de aire polar generado por el nuevo dipolo ártico permanente, cada vez más caliente, le impedía ir más hacia el Norte, así que quedó estacionado alrededor de 25º Norte, 45º Oeste, en medio del Atlántico Norte. Y empezó a crecer.

Dos semanas después de estacionar los científicos estaban perplejos delante del extraño comportamiento de Hugo; en vez de debilitarse se hacía cada vez más grande, y ya tenía un radio de 1500 kilómetros: nunca antes se había visto en un huracán así. Hubo una convención en París de la Organización Meteorológica Internacional, a la que significativamente los delegados de Brasil no pudieron asistir: un brazo de Hugo abatió su avión, que se estrelló sobre el Atlántico, sin supervivientes. La Convención juntó las piezas del puzzle de Hugo y por fin entendieron lo que pasaba. Pero en vez de oírse un "Eureka" satisfecho se oyó el ruido de cientos de gargantas tragando saliva a la vez cuando el Presidente de la Convención anunció a la prensa las conclusiones.

Resulta que Hugo estaba siendo realimentado por varias fuentes que, al mismo tiempo, le dejaban anclado en el Oceáno. Por un lado, el flujo proviniente del dipolo ártico, cada vez más cálido. Por otro, las ondas de inestabilidad subtropical que se propagaban desde un Sáhara interior cada vez más cálido (ya no vivían allá ni los tuareg). Hugo, además, se había colocado en el nuevo corredor de la Corriente de Lazo Meridional, con lo que tenía aceso al calor y humedad liberado por esta corriente oceánica, que ya no volvería a fluir hacia el nuevo Jardín de las Hespérides (el cual fue abandonado pocos años más tarde). Por último, su posición tropical le daba suficiente aceleración de Coriolis como para mantenerse como una estructura coherente a gran escala. La conclusión final es que Hugo ya no era un huracán, sino una Tempestad Semi-Permanente. La Tempestad.

Los vientos de la Tempestad en sus zonas más externas eran los propios de un huracán de categoría 1; no era, por tanto, el fenómeno más violento sobre la faz de la Tierra, que por otra parte no hubiera podido sustentarse de forma permanente. Sin embargo, lo aterrador de la Tempestad era su tamaño: los expertos calcularon que crecería hasta ocupar la práctica totalidad del Atlántico Norte. Su carácter Semi-permanente era debido a que algunos inviernos más fríos el dipolo polar ártico se debilitaría y la Tempestad se desplazaría hacia al Norte, disipándose tras un par de semanas, típicamente entre Enero y Febrero, para volver a formarse entre Abril y Mayo con el primer huracán que se formase y que pasase por el centro del Atlántico Norte. La única cosa positiva de la Tempestad es que mientras durase no se podían formar más huracanes en el Atlántico Norte. La lista de efectos negativos era, como se pudo comprobar, casi inacabable.

A comienzos de 2024 la Tempestad era tan grande que la navegación marítima y aérea por el Atlántico Norte era simplemente imposible. La única vía practicable era a través de la zona polar, ahora siempre expedita, aunque los fuertes vientos empujaban hacia la Tempestad y seis meses al año, mientras duraba la noche polar, la navegación se hacía a oscuras y con un frío intenso. El comercio mundial se hundió, mientras las potencias occidentales comenzaban a reconocer que las grandes riquezas del suelo ártico eran simplemente irrecuperables. Hubo revueltas en Occidente y surgieron movimientos ecologistas que reclamaban acción directa para recuperar un planeta que, en realidad, ya no era en el que habían crecido y que nunca más volvería a serlo. La represión fue intensa, y tras un par de años la situación social se estabilizó, aunque el hambre era ya la norma en todo el mundo, inclusive en el cada vez más depauperado Occidente.

2027 fue el que se denominó primero "el Año del Terror" y después "el Primer Año del Terror". Ese año la Tempestad Semi-permanente hizo honor a su nombre y se disipó, pero lo hizo estrellándose contra las costas de Portugal. La vida en las zonas costeras del Atlántico Norte ya era muy difícil por la continua llegada de frentes (brazos) de la Tempestad, pero las lluvias torrenciales y los vientos huracanados de los brazos resultaron ser caricias por comparación al aterrizaje de toda la mole de la Tempestad sobre tierra. La Tempestad entró sin prácticamente inmutarse arrasando de Lisboa a Madrid, y sólo empezó a dar signos de debilidad al atravesar los Pirineos. Cuando llegó a afectar a Berlín dejó en la capital alemana un peaje oficial de 2.000 muertos. En Francia las víctimas se contaban por decenas de miles; en España, por centenares de miles. En Portugal nunca se supo: los sobrevivientes huyeron aterrados tierra adentro, lo más lejos posible del mar. Lisboa había desparecido bajo el mar que se la tragó.

Los expertos europeos analizaron la situación y concluyeron que un tal "aterrizaje" era esperable cada diez años en media. Los expertos americanos analizaron la situación y concluyeron que la probabilidad de que ese aterrizaje fuera en EE.UU. era enormemente baja porque la circulación global siempre empujaría la Tempestad hacia el Este, hacia Europa. Se decretó que el 23 de Enero, fecha del hundimiento de Lisboa, fuera día de luto internacional en memoria del millón de víctimas (cifra oficial más o menos redondeada) de la Tempestad en Europa. Nadie se acordó de los millones de muertos en todo el mundo a causa del hambre, las guerras y las epidemias durante ese mismo año.

A partir de 2029 se produjo un fenómeno nuevo, otra nueva sorpresa. En el borde nordoccidental de la Tempestad se empezaron a crear tormentas explosivas, muy rápidas, con vientos de categoría 4 o 5 pero radios de 50-100 kilómetros, mucho menores a los de un huracán convencional (también diferían en el mecanismo y lugar de formación). Esas tormentas se propagaban a gran velocidad por la costa Este de los EE.UU., llegando en un par de días hasta el Golfo de México, donde finalmente eran reabsorbidos por la Tempestad. Su potencial destructivo no era tan grande como el de un aterrizaje de la Tempestad, por su pequeño tamaño y la rapidez con la que se debilitaban sobre tierra, pero en las áreas directamente afectadas la devastación era monstruosa. Hacia 2030 se comprobó que se generaban tres o cuatro ciclogénesis de este estilo por estación, aunque por aquel entonces la red de observación meteorológica mundial era muy deficiente y la capacidad de anticipación prácticamente nula.

2036 fue el Segundo Año del Terror, aunque la vida en aquel entonces era tan miserable en Europa que para muchas personas la muerte fue un consuelo. En 2037 se produjo la primera invasión africana de Europa; el continente, en un estado de suma debilidad, no fue capaz de oponerse a la invasión.

2045 fue el Tercer Año del Terror, justo 100 años después de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. Sólo que esta vez la Tempestad se fue, contra todo pronóstico, directa hacia las llanuras centrales de los EE.UU. La devastación fue tan colosal que nadie fue capaz de cuantificarla.

Hacia 2050 las condiciones climáticas del mundo comenzaron a cambiar otra vez, y la Tempestad empezó a debilitarse, aunque nadie tenía ya capacidad de observar y monitorizar el fenómeno. Sólo los viejos del lugar, los supervivientes más coriáceos, pudieron comprobar que el Cuarto y Quinto Años del Terror no fueron, ni de lejos, como los primeros.

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- Papá, por favor, no sigas leyéndome ese cuento.

- Es verdad, cariño. Es mejor que nos centremos en las cosas reales: dudo que una cosa así pueda pasar en ningún planeta.












Antonio Turiel
En algún lugar entre Figueres y Barcelona, Junio de 2013.

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