sábado, 28 de marzo de 2020

Hoja de ruta (II): Poniéndose en marcha




Queridos lectores:

Mientras la pandemia del CoVid-19 sigue su curso, empieza a ser evidente que se está gestando una crisis económica sin precedentes. Se empiezan a difundir estudios que hablan de la mayor contracción económica desde la Segunda Guerra Mundial. No hace falta ser muy ducho en economía para darse cuenta de que la disminución del PIB este año puede ser apabullante. Todos los sectores que se han visto obligados a detener de golpe su actividad permanecerán inactivos unos tres meses, es decir, el 25% del tiempo del año. Pero cuando se levanten las medidas de confinamiento, la disminución de la renta de los trabajadores, y también la inseguridad en el mantenimiento de los trabajos (aquéllos que los conserven), hará que el consumo sea más moderado que de costumbre. Añádase a eso que en un país como España, donde el turismo es una industria principal, todo lo anterior provocará una disminución del número de visitantes y en general de la actividad incluso aunque la pandemia estuviera superada este verano. Por tanto, sin necesidad de hacer grandes análisis macroeconómicos es evidente que este año el PIB de España se va a contraer al menos un 20%, y probablemente acabe cayendo bastante más, mientras que a nivel de Europa la caída esperada es de alrededor del 20%. Como referencia, tengan en cuenta que durante la Gran Recesión de hace una década, en España de 2008 a 2014 el PIB se contrajo algo más del 9%.

La bofetada económica va a ser por tanto de órdago. Esto todo el mundo lo da ya más o menos por descontado, y por eso hay todos los movimientos actuales, con tantos Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, que usan las empresas para evitar descapitalizarse pagando sueldos a sus trabajadores mientras no hay actividad. El problema es que esta medida, como las demás que se están tomando, es un mero parche con un objetivo muy cortoplacista, por falta de una visión global del problema sistémico que tenemos.

Por una parte, en las comparecencias de los ministros y del responsable de coordinación se insiste de una manera enfermiza en que ya estamos llegando al pico epidémico (otro día discutiremos sobre las analogías entre la curva epidémica y la de producción de petróleo), porque la gran obsesión es llegar cuanto antes a ese punto para poder saber cuánto tiempo se va a necesitar para superar la actual crisis. Pero lo cierto es que, debido a la complejidad de las interacciones humanas, a los problemas con los testeos y al hecho de que la variable contabilizada sea discreta (número de personas), no se puede esperar una evolución simple y sin fluctuaciones importantes de la estadística de casos (y eso sin entrar en el hecho de que los casos registrados en España son obviamente muchos menos que los reales). Por tanto, anunciar cada día que ya estamos llegando al pico epidémico es completamente absurdo, entre otras cosas porque todavía estamos a unos cuantos días, quizá semanas, de llegar a ese punto (y más aún ahora que por fin el Gobierno de España ha impuesto el confinamiento total: el confinamiento reduce el tamaño del máximo pero también lo pospone).

Esta visión simplista de lo que representa esta epidemia puede acabar causando aún más mal a la principal preocupación, que es la economía. Es bastante evidente que este virus es sensible a Sol, como demuestra el escaso progreso de la epidemia en países tropicales o, por ejemplo, en las Islas Canarias. Sin embargo, la lentitud de la toma de decisiones en la mayoría de los países occidentales (y eso sin contar con los países que simplemente no han tomado medidas) ha favorecido una expansión del virus a gran escala, lo cual tiene dos efectos negativos. Por un lado, cuanto más se replica el virus más cepas viables aparecen y más aumenta su biodiversidad. Esto es negativo porque hace que las vacunas sean menos eficaces (por eso hay que hacer una vacuna de la gripe nueva cada año, y no se puede usar la del año anterior), y también porque la inmunidad - probablemente temporal - que adquieren los que ha pasado ya la infección por una cepa sea inútil contra una cepa suficientemente diferente. Por otro lado, la gran extensión de la infección puede favorecer que la enfermedad se vuela endémica en ciertos territorios, y que cause brotes recurrentes. Si la epidemia de gripe de 1918 es una referencia, es bastante probable que se produzcan sucesivas oleadas durante los próximos dos años. Por tanto, la planificación económica se debería hacer teniendo en cuenta que es bastante probable que el próximo invierno vuelva a ser necesario implementar medidas de confinamiento durante unas cuantas semanas. Si en ese momento, por el agotamiento económico y psicológico de un nuevo confinamiento, se optara por medidas más laxas (cosa que podría pasar, una vez que se haga balance del desastre económico de este año), se podría llegar a generar una oleada peor que la actual (de hecho, en 1918 la segunda oleada fue la peor), y eso deterioraría aún más la confianza de los ciudadanos.

"Crisis de confianza" va a ser, sin duda, una de las expresiones que se van a repetir más durante los próximos años. La gripe de 1918 causó un gran impacto emocional en la sociedad, sobre todo porque se cebó con adultos jóvenes. La actual epidemia de CoVid-19 afecta a un estrato diferente de la población (al menos, hasta que no mute en una cepa más letal) pero la sociedad de nuestro tiempo también es muy diferente de la de 1918, y por tanto su impacto emocional va a ser también grande, sobre todo en los países donde los muertos se cuenten por cientos de miles. Ese desánimo que va a cundir mientras duren las sucesivas oleadas epidémicas y aún algunos años después, se utilizará hasta el abuso para explicar la inevitable espiral recesiva en la que ahora entramos. Obviamente, una parte de la caída del consumo tendrá que ver con ese desánimo de la sociedad, pero otra tendrá que ver con la decadencia de nuestro sistema económico, decadencia que se ha ido forjando en las últimas décadas y que simplemente necesitaba una chispa para detonar. No voy a insistir en este post sobre las causas e inevitables consecuencias de nuestro declive económico: se han discutido largamente en todo este blog. La caída precipitada de la producción de petróleo durante el próximo lustro (que, ahora sí, podría perfectamente estar en la línea de lo que indicaba la Agencia Internacional de la Energía en 2018), la caída de producción de muchas otras materias primas, la crisis del comercio internacional, la disminución drástica del sector de los transportes y, en última instancia, los inicios de la Gran Escasez, comenzando por la alimentaria, son el camino al que nos dirige el inútil mantenimiento de las políticas habituales en un mundo que se ha quebrado y que no puede seguir estampándose inerme contra los límites biofísicos que impone el planeta.

Pero no es de esto de lo que va este post. Este post va de ponerse en marcha. De reconocer el momento y comenzar a actuar. A nivel de ciudadano de a pie, de persona particular. Este post va dirigido a Vd. y a mi, a la gente que tendremos que transitar estos difíciles años mientras buscamos una nueva referencia con la que reorientar nuestra vida.

La primera cuestión es saber cuándo hay que ponerse en marcha.

Durante todos estos años he insistido en la necesidad de mantener una vida B, una vida más resiliente y que nos dotase de otras habilidades para cuando nuestra vida A dejase de ser funcional. La clave de alternar estas dos vidas, la vida A o convencional y la vida B o resiliente, estaba en el enorme coste personal y social de abandonar, directamente y de plano, la vida A por la vida B. El ejemplo por antonomasia de esa transición abrupta es que ha hecho alguna gente, que han abandonado sus trabajos convencionales y se ha ido a vivir en pueblos, a veces semiabandonados, para ganarse la vida con lo que da la tierra. El problema es que no podemos irnos todos al campo, y probablemente tampoco es necesario: en ese futuro de resiliencia se van a necesitar muchos más oficios y menesteres que el mero cultivo de la tierra.

Y sin embargo el mantenimiento simultáneo de la vida A y la B tampoco era algo sencillo. Yo mismo lo he experimentado: a medida que han pasado los años y he ascendido en mi organización, he tenido cada vez más responsabilidades y menos tiempo. Al final, uno no puede apostar a dos posibilidades tan diferentes al mismo tiempo, porque justo el tiempo es el paradigma de bien escaso.

En todo caso, ya no estamos en esa página. Ya no se trata de compaginar vida A con vida B. En los próximos años lo que vamos a ver es cómo nuestra vida A se va disolviendo. Y como la vida B no se nos va a aparecer delante espontáneamente, es importante comprender que la vida A se ha acabado, o se está acabando, para empezar a construir la vida B, la que será nuestra vida futura.
 
El primer momento crítico en su vida próxima, querido lector, es cuando comprenda que Vd. no va a recuperar su trabajo, o que no puede mantener su trabajo actual.

En los próximos meses, millones de personas se van a quedar en el paro. Un paro que se espera que sea temporal, y así será para muchos, pero no para todos. Aquí está el primer punto de resistencia psicológica: en qué momento uno debe aceptar que su trabajo no va a volver. Lo cual quiere decir que uno no va a volver a encontrar trabajo de "lo suyo", y probablemente tampoco de nada más. 

Prácticamente todas las profesiones están amenazadas de esta disminución drástica y, recordémoslo, permanente de la fuerza de trabajo. Peor aún: después de la caída brusca inicial habrá una cierta recuperación del empleo, pero posteriormente éste irá declinando de manera paulatina a lo largo de los años. Las tasas de paro oficial no reflejarán esta realidad porque se irán eliminando del contingente de parados quien lleve demasiado tiempo sin trabajo ya que se considerará que "ha desistido" de buscar trabajo; la única manera de saber qué está pasando será mirar cómo evoluciona la población activa, la cual, como digo, irá a la baja.

Será en estos próximos años en los que, si se contabilizaran como ahora, veríamos tasas de paro del 30%, incluso más. Una situación socialmente difícil de sostener, y que se intentará apuntalar con la renta mínima garantizada, que es una forma de redistribución monetaria de mínimos destinada a evitar el estallido social, pero que solo servirá para mantener en una práctica indigencia a una buena parte de la población.

El primer paso de preparación psicológica que todos y cada uno de nosotros debemos hacer es ser honestos con la propia situación, y marcarnos un punto bien concreto, de límites bien definidos, en el que consideraremos que nuestra vida A ha muerto. Por ejemplo, cuando llevemos dos o tres años sin encontrar trabajo. O bien, cuando nuestro sueldo baje por debajo del 50% del que teníamos antes del estallido de esta crisis terminal. O cualquier otro criterio: cada uno puede identificar los límites que separan lo esforzadamente aceptable de lo profesionalmente indigno. Pero lo importante es que a día de hoy, en marzo de 2020, fijemos ese umbral, y que seamos honestos con nosotros mismos. Que sepamos reconocer nuestra derrota cuando ésta sobrevenga, cuando superemos ese límite que nos dice que nos estamos hundiendo. Es importante fijar esos límites, porque los cambios que se operan lo suficientemente lentos corren el riesgo de pasar desaparecibidos, y nuestra psique nos tiende a dar excusas para no aceptar lo que la mera lógica dicta. Tenemos que ser objetivos para ser capaces de superar el duelo de la muerte de nuestra vida A, la vida que nos ha acompañado durante los últimos 10, 20, 30 o 40 años, o que alimentaba nuestras esperanzas de futuro.

Hay otro umbral psicológico importante que aquellos de mis lectores que viven en una gran ciudad o en una urbanización deberán también nombrar: cuándo es el momento de abandonar la ciudad. Es también un momento muy duro, porque al abandono de las expectativas uno añade el abandono de ese rincón al que ha llamado hogar. Y sin embargo será también, llegado el momento, una necesidad. De nuevo, aquí es importante definir claros umbrales y ser honesto con uno mismo. Cuando el número de delitos violentos sea muy elevado, cuando a uno le hayan atracado tres veces, cuando la calidad del agua o el saneamiento sea muy baja, cuando las condiciones del transporte para llegar al trabajo sean muy penosas, cuando escaseen algunos alimentos, medicamentos u otros bienes que considere importantes... Una vez más, cada uno deber ser capaz de fijar hoy su umbral de dolor, y llegado el momento reconocer que no tiene sentido continuar luchando por algo que todo indica que va a seguir degradándose. Es difícil y doloroso, pero más doloroso sería seguir hundiéndose con ello. No hay que esperar a un evento muy traumático para abandonar, en ese momento precipitadamente, un barco que se hunde.

Tómese su tiempo, querido lector. Reflexione sobre estas cuestiones seriamente. Fíjese sus umbrales y respételos. No se preocupe ahora por lo que viene después: qué hará cuando no haga aquello que siempre ha hecho, dónde vivirá, de qué vivirá. Todos tenemos miedo a la incertidumbre, pero ahora ya no nos queda más remedio que prepararnos para saltar de esta casa en llamas. 

La semana que viene comenzaremos a discutir sobre lo que necesitaremos construir después. Porque hay un después, y con nuestras manos lo levantaremos.

Salu2.
AMT

sábado, 21 de marzo de 2020

Hoja de ruta (I): El Cisne Negro



Queridos lectores:

Los que vivimos en cierta parte del mundo constatamos con desolación que la infección por el CoVid-19 es imparable. Pero, mucho más que los cuerpos, con lo que se está cebando esta epidemia es con las mentes y con las vidas. Dada la gravedad de la crisis sanitaria en curso, y las drásticas medidas de confinamiento (aún insuficientes) que ha sido necesario tomar, se hace difícil no estar todo el rato pensando en lo mismo. Nuestras vidas se han interrumpido, se han puesto en suspenso, y queda latente el peligro de muerte, que es pequeño (aunque no insignificante) para la mayoría, y muy elevado para ciertos grupos de riesgo.

Estos días cuesta no pensar en el tema, el único tema que ocupa todas la mentes. Y sin embargo es importante pensar en otras muchas cosas, porque aunque nuestro mundo se haya detenido, el mundo en sí mismo no ha parado. Hay muchas cosas que requieren nuestra atención pero hacia las que ya no miramos, puesto que si ya de siempre tenemos dificultades para prestar atención a varios problemas simultáneos, en estas circunstancias, en las que literalmente lo que peligra es la vida, es una tarea prácticamente imposible.

Puesto que no hay manera de escapar del dichoso coronavirus, que nos mantiene atrapados en nuestros propios hogares, he decidido que durante las próximas semanas, las que durará nuestro confinamiento, me dedicaré a escribir sobre el camino que vamos a recorrer durante los próximos años. Lo haré con el convencimiento de que los años de la concienciación, de los avisos, ya quedan atrás; y que los próximos años han de ser los años de la actuación, de aportar direcciones útiles para guiarnos. Quiero explicar qué va a pasar a partir de ahora, por qué va a pasar y, más importante que eso, qué es lo que podemos hacer para seguir adelante.

En medio del morboso deleite con la tragedia pública de esta epidemia, quiero escribir de una manera vital, esperanzada, mirando a un futuro que se extienda más allá de estas semanas que durará nuestro confinamiento. Supongo que quiero escribir sobre esta hoja de ruta para los próximos años, también, para exorcizar mis propios temores: mi mujer es médico de familia, y cada día la veo marcharse a las siete de la mañana a esa guerra que tan solo está dando las primeras escaramuzas, y sin saber a qué hora volverá a casa. Me consuelo pensando que al menos no está en el hospital, que en Gerona la situación aún no es ni mucho menos crítica. Intento ocupar mi mente con mi trabajo (todo el trabajo que tengo pendiente y que tengo que hacer desde casa), y con mis hijos y sus pequeñas (y no tan pequeñas) preocupaciones, pero sabes que el peligro está ahí, agazapado, e intentas no pensar que alguno de tus seres queridos, tanto aquí como en la otra punta de España, podría no llegar a este verano.

Por eso, en este momento más que nunca, es cuando más hay que pensar en un futuro. Porque hay un futuro, y la mayoría de nosotros lo tiene que transitar. Es un camino complicado y peligroso, y por eso necesitamos un mapa. Una hoja de ruta.

Para saber hacia dónde vamos, lo primero es saber dónde estamos. A esto se dedica el post de hoy.

Todos creemos saber dónde estamos, pero lo cierto es que en cuestión de unos días el lugar donde vivimos ha cambiado de una manera radical y profunda. Parece mentira que una serie de cosas que conforman nuestro día a día, que nos han acompañado durante toda nuestra vida, hayan podido desaparecer, como por ensalmo, en cuestión de unos días. Y no estoy hablando de que las hayamos perdido de momento, de que esto sea un paréntesis como dijo hace dos días el Rey de España. Algunas cosas han cambiado para siempre. Deberíamos de abandonar la idea de volver a "la normalidad", a "lo de antes". Porque lo de antes, en cierto modo, ya no existe. Creíamos estar en un cierto lugar, pero no estábamos en tierra firme, sino un barco al cual la deriva de los vientos ha llevado bastante más lejos de lo que nos pensábamos. Por eso es importante que fijemos la referencia de dónde estamos, porque si no no podremos emprender la marcha.

Para empezar, ha habido un cambio importante en nuestro entorno y en nuestra percepción del entorno.

Hace no tanto nos decían que había cosas que simplemente no se podían hacer, y que ahora simplemente se han hecho. Después de varias décadas de discurso machacón del "No hay alternativa", de que hay que mejorar la eficiencia económica de todos los aspectos de la vida, de que lo público tiene que ser minimizado para dejarlo todo en manos de la iniciativa privada, de repente hemos descubierto que delante de una crisis real lo que funciona es lo público, que lo importante son servicios públicos esenciales, esos mismos que son denostados día sí y día también a través de informaciones sesgadas y venenosas que se vierten en medios de comunicación, cómo no, privados. De repente hemos entendido que la máxima eficiencia no es tener el número justo de camas de UCI de modo que por lo menos el 80% esté ocupado en todo momento, sino tener capacidad de reaccionar a crisis como ésta, cosa que solo se puede hacer mediante un sistema público sustentado por los impuestos de todos, que pueda mantener cierta capacidad excedentaria, "improductiva" a los ojos de los celotes neoliberales. De repente hemos vuelto a aprender que un servicio no es un negocio, que algo que es fundamental no puede estar sometido a lo que esa gente denomina "las reglas del mercado" basándose en un modelo falso y fallido, y que en realidad solo sirve para que se aplique la ley de la jungla. 

Los guardianes de la ortodoxia económica han tenido que recular delante de estas innegables verdades en medio de la crisis actual, descontando que en cuanto pase esta crisis podrán volver a intoxicar con sus mentiras sobre la realidad económica. Confían en que podrán desvirtuar de nuevo la percepción del mundo que tiene la mayoría y así seguir con su plan de monetizar hasta los abrazos. Sin embargo, esa "normalidad" que necesitan para volver por sus fueros, ésa que tanto dinero les hizo ganar, ésa en la que todos, atentos, les escuchaban, ésa no volverá.

Si algo deberíamos de estar aprendiendo es que ninguna previsión se puede hacer ya sobre la base de una situación estacionaria. Estamos inaugurando la época de los imprevistos permanentes: ayer fue el temporal Gloria, hoy es el coronavirus, mañana será la crisis económica y pasado la de la escasez de recursos. Ya no podremos planificar nada como se hizo durante la época geológica que abarca toda la Historia humana, el Holoceno, pues esta época ya está dejando paso a la siguiente, el Antropoceno, caracterizada por el caos y la impredicitibilidad. Hacer planes de la misma manera que antaño sería como intentar rellenar el mar con arena.

Fijémonos en el caso de la actual crisis causada por el coronavirus CoVid-19. Por más que se plantee como una crisis de salud pública a escala global, en realidad es una crisis multifactorial. Por un lado, existen indicios fundados de que el reservorio natural del que provino este virus era una población de murciélagos en cierta región de China. Lo interesantes es que si estos murciélagos han entrado en contacto directo con humanos podría deberse a un serio problema de deforestación provocadas por el expansionismo humano incontrolado, al desplazar el hábitat de murciélagos. Otro dato interesante e inquietante: las mayores tasas de infección y también de mortalidad por el coronavirus, tanto en China como en Italia, se han dado en lugares con una fuerte contaminación atmosférica; y justamente ahora se alerta de que la alta contaminación podría favorecer la expansión y agravamiento de la enfermedad. Es decir, que en la presente crisis sanitaria hay una interacción, y no pequeña, con factores ambientales, generalmente ninguneados, deliberadamente tomados aparte, como si las diferentes facetas de nuestros problemas de sostenibilidad se pudieran aislar. Este problema de interacción múltiple y retroalimentaciones que agravan los problemas se presenta en la mayoría de las crisis que nos aquejan hoy en día, y se amplifican por culpa de la presión excesiva que ejerce la actividad humana sobre la capacidad biofísica del planeta. Por eso hoy tenemos esta grave crisis, pero mañana podría ser literalmente cualquier otra cosa, con una fuerza incluso mayor. Pero en el discurso de nuestros líderes vemos, y en nuestro fuer interno seguimos pensando, que tenemos el control de la situación, de que volveremos a la "normalidad", cuando los indicios se acumulan de que la cosa se nos va cada vez más de las manos.

Contrariamente a lo que pretenden algunas absurdas teorías de la conspiración, esta crisis sanitaria ha sido algo fortuito; peor aún, era algo que tarde o temprano debería pasar, máxime teniendo en cuenta la fragilización ambiental y ecosistémica la que hemos sometido el mundo. No se ha creado este virus en un laboratorio secreto para tener una excusa para tomar draconianas medidas de ajuste económico que eran, de todas maneras, inevitables.  Se podría decir que ha sido una coincidencia, pero tampoco es verdad: la emergencia del CoVid-19 ha sido algo casual, pero la manera de aprovecharse de ello no lo ha sido. Los grandes agentes económicos están aprovechando para ejecutar el plan de ajuste previsto, y pasar de causas a consecuencias. Desde este punto de vista, la discusión sobre si la presente crisis es un daño autoinfligido o no es algo inútil: no hay ninguna duda, seguro que ha sido un daño autoinfligido, porque siempre lo sería tanto si se hiciera deliberadamente o accidentalmente. La acumulación de contracciones y la fragilización de nuestro sistema tenían, inevitablemente, que llevarnos a este punto, más tarde o más temprano.


Y si grave es la crisis sanitaria, no lo es menos la crisis económica que ya está empezando. No somos pocos los que pensamos que el daño sistémico que se está causando ahora y que aún se extenderá durante varias semanas es irreparable; que esto es, verdaderamente, el Inicio del Fin del Capitalismo. Hemos visto como el Banco Central Europeo ha roto con un tabú fundacional y va a comprar deuda de los estados, algo que ni en las profundidades de la crisis de 2008 se contempló. La compañía de petróleos de Arabia Saudí, Aramco, planea reducir un 24% su gasto en exploración y desarrollo de nuevos campos petroleros; y recordemos que esta contracción inversora se da cuando ya estaba previsto un retroceso en la producción de petróleo en los próximos años, justamente por su falta de rentabilidad, ya antes de esta crisis. Con el precio del barril del petróleo en mínimos de este siglo, las compañías de fracking norteamericanas reclaman ayudas al presidente Trump, aunque muchas voces importantes se oponen. El daño al sector petrolero ya es irreparable, sin embargo: veníamos de más de 5 años de caída de la inversión, y la situación actual es la puntilla. Entramos en un proceso de histéresis, en el que no es posible retroceder, y el único camino hacia adelante es la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda, mientras la economía global irá progresivamente colapsando. Ya no volveremos a lo de antes.

La consecuencia de esto es que ya no hace falta que nos preocupemos por la fecha del peak oil. Ya está. Ya es seguro que hemos dejado el peak oil atrás. El motivo principal por el que yo abrí este blog hace 10 años, concienciar sobre la llegada del peak oil, ha dejado de tener sentido. No hay ya nada más que discutir, y los datos de los próximos años - cuando la actual crisis sanitaria ya esté superada - mostrarán que, efectivamente, la producción de todos los líquidos del petróleo está retrocediendo.

En cierto modo, es un anticlímax. El peak oil no ha sido como nos lo esperábamos; no ha sido una situación de dificultades crecientes que nos iban a empujar progresivamente por el lado derecho de la curva de Hubbert, sino que un hecho fortuito y aparentemente desconectado ha cambiado repentinamente el curso de los acontecimientos. Aunque, si se analiza, no se trata de un hecho verdaderamente desconectado: la actual crisis es la suma de todas las contradicciones y tensiones que nuestro insostenible sistema ha generado. Si uno pone un cristal bajo una presa hidráulica y va aumentando progresivamente la presión, seguramente no podrá predecir en qué momento toda la tensión acumulada acabará en ruptura, ruptura que será repentina y violenta, una explosión del cristal; pero sí que sabe que tarde o temprano tal desenlace tendrá que suceder. Si nuestro sistema es frágil, no resiliente, es así como tendrá que acabar; no puedes predecir el momento exacto en el que terminará, pero si la forma que adoptará la explosión final. La Historia siempre encuentra maneras sorprendentes para discurrir, como un río al que intentas contener con una pequeña presa de madera que al final el flujo de los acontecimientos consigue desbordar.

Por supuesto, no se va a reconocer inmediatamente que el sistema se quebró y que no volverá a ser funcional. Durante los próximos años, desde las instancias económicas oficiales se dirá que la crisis del coronavirus creó una crisis de confianza, de la que "nos está costando recuperarnos", porque de hecho nunca nos recuperaremos. No se va a aceptar tan fácilmente que la fiesta se acabó. Se usará cualquier excusa antes que aceptar el fin del sistema capitalista. Pero está acabado.

Ésa es otra de las motivaciones para escribir esta serie de posts. Para explicar cuál es el camino que tendríamos que seguir, para ofrecer una hoja de ruta,  algunas direcciones útiles a pesar de tantas incertidumbres e incógnitas que tendremos que resolver. Y, sobre todo, para dar argumentos a oponer a la explicación oficial, que cada vez será más inoperante, desconectada de la realidad y ajena a las dificultades reales de la gente real.

La crisis del CoVid es lo que los especialistas de teoría de juegos denominan un "cisne negro" (en honor del famoso libro de Nassim Nicholas Taleb): un evento de baja probabilidad pero que tiene un gran impacto. No he elegido la imagen que abre este post al azar: hay dos cisnes en ella. Porque después de la crisis del CoVid vendrá la crisis económica causada por la actual paralización de la actividad, y después de ésta vendrá una grave crisis con el petróleo, y ésta arrastrará otras crisis en las materias primas, y probablemente también generará una nueva crisis alimentaria global mucho mayor que las precedentes. Y cuando nos hayamos más o menos acostumbrado a esta "nueva normalidad", las diversas crisis ambientales largamente larvadas nos golpearán sucesivamente. Nuestros dirigentes, incompetentes para prepararse a un único evento de alto impacto, se verán incapaces de gestionar una sucesión de eventos, cada uno de un impacto mayor que el anterior. El Inicio del Fin del Capitalismo se va a parecer a un redoble de tambor.

En este contexto, ¿hay lugar para la esperanza?


Sí. Rotundamente sí. Porque si algo ha demostrado estos días es que cuando se quiere, se puede reaccionar. Que se pueden introducir muchos cambios en nuestras vidas. Cambios que de momento se han hecho en la esperanza de volver pronto a la anormalidad cotidiana, pero que revelan una fuerza que se puede aprovechar en el futuro que nos viene para operar los cambios necesarios. Cambios que serán duros, y camino que será difícil y lleno de penurias, pero que se puede transitar, si tan solo tenemos la hoja de ruta.

Por ejemplo, frente al discurso de la imposibilidad de oponerse a los intereses económicos de los grandes poderes, estos días han ejemplificado una lucha entre el amor y el dinero que ha ganado el primero. Si paramos ahora, no es tanto por el temor a perder la propia vida (poco probable para la mayoría de la población) como por el temor de que personas a las que queremos pierdan la vida. A pesar de todas las vacilaciones iniciales, todos los países van progresivamente frenando y confinando a sus poblaciones. China, un país comunista y una dictadura, se dice, despiadada, paró de golpe, sabiendo como sabía - en medio de su guerra comercial con EE.UU. - el coste económico que le supondría. Habrá quien diga ahora, viendo el éxito del confinamiento absoluto en China, que lo hicieron más por cálculo y pragmatismo que por altruismo y bondad, pero si hacen un poco de memoria se recordarán de las cosas que no hace ni un mes se decía sobre China - y cómo no pocos consideraban que los chinos "exageraban" y que no "valoraban las consecuencias de su reacción desmesurada". En Europa, con más o menos renuencia, vamos siguiendo progresivamente el camino chino, aunque el grado de confinamiento es aún insuficiente para ser eficaz (curiosamente, en Europa han sido los países de tradición católica los que más rápido han adoptado las medidas de contención extremas, mientras que los de tradición protestante han sido más reacios a hacerlo: algo que, llegado el momento, podría dar lugar a un intereante análisis sociológico). Como decía en una ocasión Jorge Riechmann, somos una especie biofílica: amamos la vida. Nos enternecemos al ver los cachorros de otros animales, y, a pesar de la crueldad que a veces demostramos con otras especies, nos mueve proteger a los animales. Amamos la vida, a pesar de que la alienante cultura occidental intente arrebatarnos ese instinto, tan primordial más que primario. Sabemos que nos abocamos a una crisis económica profunda, sabemos que muchos tendrán problemas para mantener el empleo de aquí unos meses, y, a pesar de eso, sabemos que nuestro deber - y lo que queremos hacer - es proteger a nuestros seres queridos, porque si sacrificamos eso nada tendría ya sentido.

La llegada de esta crisis también ha permitido darle un mejor uso a las TIC (sí, ésas mismas que tienen un negro futuro). Al principio se usaron principalmente para enviar memes y chascarrillos (y algún que otro bulo). Lo cierto es que eso sigue más o menos igual, pero también los usos se han vuelto más prácticos y también más sociales: las familias hacen teleconferencias, los amigos y familiares hablan con frecuencia con aquellos que están confinados en soledad. Esta crisis nos ha hecho recordar que no solo somos individuos, sino también comunidad. Es ese espíritu el que vamos a necesitar en los años que vienen: recordar que somos comunidad, y que para prevalecer necesitamos trabajar juntos y para todos.


No vamos a volver a la "normalidad", que en realidad es la "anormalidad cotidiana". Esa anormalidad donde gente muere ahogada en medio del mar intentando huir del creciente caos en el Sur global, esa anormalidad donde algunos niños no comerían si no fuera por el comedor escolar, esa anormalidad donde los salarios se reducen a la par que los servicios mientras en otros países avanza la degradación ambiental y la desigualdad social es salvaje. Esa anormalidad, en suma, que nos estaba matando lentamente. Esa anormalidad ya no volverá. A partir de la semana que viene discutiremos qué tenemos que hacer para construir una nueva situación que no sea otra anormalidad, sino, por fin, algo verdaderamente humano.

Salu2.
AMT

domingo, 15 de marzo de 2020

La balanza



Queridos lectores:

Algunos lectores habrán reparado en un cambio sustancial en la barra lateral de este blog, donde se enumeran las conferencias que voy a dar próximamente. Si se han fijado, habrán visto que las conferencias que tenía previsto dar durante las próximas semanas aparecen ahora con un aviso de "pospuesta". Por supuesto, todas estos actos se han aplazado con motivo de la epidemia de CoVid-19, que se está extendiendo rápidamente por toda España y ha obligado a tomar urgentes medidas de contención, medidas que sin duda se tornarán más drásticas en los próximos días, comenzando por las ya anunciadas con el decreto de estado de alarma en España.


La extensión de la epidemia de CoVid en España ha producido sustanciales cambios. De una cierta autocomplacencia contenida en los medios de comunicación se ha pasado, en menos de una semana, a una situación prácticamente de histeria, una vez que se ha comprobado que la progresión de la epidemia mostraba el típico patrón exponencial en la curva de personas infectadas. Las autoridades españolas (desde el estado a las administraciones locales) han pasado de una cierta reticencia a tomar medidas más drásticas (por miedo a las consecuencias económicas que se derivarían) a solicitarlas o ejecutar medidas aún más drásticas de las que se habían barajado hasta ahora y encima por la vía de urgencia. Y los ciudadanos españoles han pasado de hacer y enviar miles de chascarrillos y memes (bueno, esto lo han seguido haciendo) a la compra histérico-compulsiva en los supermercados (la obsesión por un producto de importancia menor como es el papel higiénico daría para mucho análisis sociológico de la disociación de la realidad que tiene la opulenta sociedad occidental) y a escapar de las grandes ciudades, contribuyendo en su inconsciencia a diseminar la enfermedad. En mi situación particular, he pasado de tener una agenda apretada de viajes, eventos y reuniones a estar prácticamente confinado en casa (el CSIC ha ordenado que todo el que pueda teletrabajar se quede en casa) y con mis hijos por aquí rondando, pues se han suspendido las clases.

¿Tiene sentido sentido este miedo al CoVid-19? Pues sí y no. Ya lo comentamos en el post anterior: esta epidemia plantea un grave problema de salud pública, y no tanto de salud individual para la mayoría de la población. La mortalidad para los menores de 50 años ronda el 0,3%, un porcentaje que no es en absoluto despreciable (y, recordemos, siempre hay personas perfectamente sanas que mueren, quizá por sobrerreacción de su sistema inmunitario), pero que está lejos de suponer el fin de la Humanidad. Sin embargo, para los mayores de 80 años la mortalidad supera el 15%, y además entre el 5% y el 10% de los infectados desarrollarán complicaciones serias que requerirán atención médica más intensa e inclusive hospitalización. Si se añade a eso que se trata de una enfermedad muy contagiosa, existe un riesgo real de colapsar el sistema sanitario (riesgo que ya se está empezando a materializar), debido a que ese 5-10% de casos complicados puede ser una cifra enorme si la infección se extiende, y en ese caso aumentaría mucho la mortalidad directa (la que causaría el CoVid en los casos complicados no tratados como se debe) y la indirecta (las que causan otras patologías, que obviamente siguen produciéndose pero que no se atenderían adecuadamente en hospitales colapsados). De ahí los esfuerzos de contención y las actuales restricciones de movimiento.

Cabe añadir aquí un mensaje a mis lectores: si Vd. tiene síntomas leves (tos, algo de fiebre) no acuda a su centro de salud o al hospital: no podrán hacer nada por Vd. (no se le puede hacer la prueba a todo el mundo, menos si no hay indicación para ello, y ya bastante atareados van ahora mismo como para centrarse en un paciente esencialmente sano) y su desplazamiento solo servirá para contagiar o ser contagiado. Quédese en casa, tal y como se está recomendando. Solamente si sus síntomas empiezan a ser serios avise inmediatamente a sus servicios de salud y siga sus instrucciones. Recuerde también que aproximadamente el 80% de la población infectada pasará la enfermedad con síntomas leves: razón de más para evitar todo contacto mientras dure el confinamiento. Estas simples indicaciones, de puro sentido común, chocan con la manera de hacer de una sociedad atolondrada e infantilizada, cegada y cebada en el sobreconsumo, pero es lo que hay que hacer ahora. Como dice en el meme que ahora circula: "A nuestros abuelos les pidieron que fueran a la guerra, a nosotros solo nos están pidiendo que nos quedemos en casa".

La reticencia inicial de las autoridades a actuar con más contundencia ha alimentado una cierta desconfianza de la ciudadanía, que tiene la impresión de que se le está ocultando algo. De alguna manera es cierto: no es tanto que no se haya dado la información, pero es obvio que el tono de las primeras semanas ha sido un tanto blando, y las explicaciones un tanto timoratas por el miedo a las consecuencias económicas. E inclusive ahora, que ya no se ha podido evitar adoptar las decisiones que no se querían tomar, no se dice toda la verdad por temor, aún, a las consecuencias económicas. En particular, es completamente evidente que la actual situación de paralización social y económica en España durará más de 15 días (todas las curvas que siguen las podrán encontrar, actualizadas en https://www.worldometers.info/coronavirus/): el número de casos sigue un patrón exponencial,


carácter exponencial que se evidencia cuando se toma una escala logarítmica en el eje vertical:



Como se ve de las curvas, se está lejos de llegar a una saturación, a un pico. Si Italia es una referencia (España está siguiendo su mismo patrón, pero con 11 días de retraso), dentro de 11 días se verá una ligerísima bajada del ritmo exponencial


y con mucha suerte podríamos llegar al máximo epidémico (momento en el que el número de nuevos casos diarios deja de aumentar) dentro de 15 días. Por tanto, con mucha suerte dentro de 15 días la epidemia estaría en su apogeo, y en esas condiciones obviamente no se van a retirar las medidas de confinamiento. Siendo muy afortunados, se podría comenzar a plantear el fin del confinamiento dentro de un mes. Y si seguimos el patrón de China (país, por cierto, que tomó medidas expeditivas bastante pronto) nos faltan no menos de 50 días. Ésta es la realidad. Si se está hablando ahora de restricciones durante 15 días es porque no se quiere decir aún lo que durarán realmente, de nuevo por miedo a dañar aún más a la economía. La única cosa que podría acortar plazos es que el aumento de insolación que se va a producir durante las próximas semanas con la llegada de la primavera esterilice el ambiente y contenga eficazmente la propagación.

Pero a estas alturas es evidente que el daño para la economía, tanto la española como la mundial, es brutal. No es ya por la catastrófica caída de los índices bursátiles durante esta semana, caída que refleja una creciente desconfianza en la capacidad de las compañías de seguir aumentando sus beneficios. Las empresas, tanto las grandes como las pequeñas, se verán obligadas a deshacerse temporalmente de sus plantillas, dada la imposibilidad de continuar su actividad, en parte por las disrupciones en la cadena de suministros, en parte por la total paralización de las ventas con el cierre generalizado de comercios. En países como España, donde el turismo es la principal industria, el daño va a ser doble. De entrada, porque cuanto más dure la crisis sanitaria menos gente viajará a nuestro país, y ya de entrada la campaña de Semana Santa (muy importante para el turismo interior) se ha ido al garete. Pero, además, la contracción económica general hará que mucha gente decida no irse de vacaciones este año, simplemente porque tendrá menos dinero o inclusive porque estará en el paro (la crisis del CoVid afecta masivamente a Europa, mercado turístico principal, de España).

Por tanto, vamos a una grave crisis económica en el conjunto del mundo y a una total debacle económica en el caso de España. De una manera prácticamente inmediata se va a producir un repunte del paro, y no se va a recuperar la ocupación cuando pase la crisis sanitaria. A finales de este año se tendrán que empezar a implementar serios recortes.

Comentábamos en el post anterior que una de las necesidades de este año era encontrar una manera de domesticar una crisis económica que era ya inevitable mirando la evolución de los indicadores económicos a finales de 2019. La actual crisis sanitaria era una buena excusa para imponer ciertos ajustes que permitieran pasar rápidamente de las causas a las consecuencias finales, pero se está viendo que al final la crisis no está siendo tan domesticada como parecía: el bajón económico se nos ha ido de las manos, y estamos en una verdadera situación de decrecimiento repentino, impuesto por las circunstancias. Mostrábamos la semana pasada el brusco descenso de emisiones contaminantes en China; esta semana podemos mostrar una imagen análoga del muy polucionado norte de Italia.


Concentración de óxidos de nitrógeno troposférico sobre Italia en enero (izquierda) y marzo (derecha).

A nadie se le escapaba que las medidas necesarias para la contención del virus implicaban un descenso económico profundo, y eso explica la actitud cínica que se ha adoptado en algunos países, como Francia y EE.UU., y especialmente en el Reino Unido. En estos países se está dejando que la infección progrese sin ningún control, poniendo excusas de lo más variopinto y tomando medidas de pequeño impacto, con la idea de llegar a un punto en que ya no se pueda hacer nada. Mientras Francia y EE.UU. aún intentan, hipócritamente, disimular un poco, en el Reino Unido reconocen abiertamente su estrategia genocida, e incluso lo intentan justificar con argumentos pseudocientíficos como el de "inmunidad de manada". Pero como explica Nafeez Ahmed, no existen ninguna evidencia científica que avale ese concepto, más bien al contrario. En realidad, es un posicionamiento ideológico, y sí, hay que decirlo, es un posicionamiento ideológico psicópata y genocida. En el Reino Unido se le ha dicho a la gente que tiene que asumir que habrá muertes, y ya está. No es casualidad que las tres personas que rigen los destinos de esas tres naciones sean adeptos al liberalismo económico: simplemente han echado mano a la calculadora, y han hecho sus cuentas. Una enfermedad que al 80% de la población no le hace nada, y que se ceba en la gente mayor - que precisamente son los "económicamente improductivos" - frente a una parálisis económica de varias semanas y el desencadenamiento de una grave crisis económica. Sin embargo, estos psicópatas no se han dado cuenta de que su estrategia les puede producir una carambola inesperada, y que al final la factura de muertos sea mucho más elevada de lo que su puñetero Excel les enseña; y que los ciudadanos de esos países, cuando comparen lo que les ha pasado a ellos con lo que ha pasado en otros países como China, Italia o España, acaben exigiéndoles cuentas. Yo solo espero que todos ellos acaben en la cárcel acusados de genocidio.

Es simplemente alucinante comprobar que la lentitud inicial en nuestro país, o la directa inacción en otros países, está motivada por la obsesión de mantener el leviatán económico en marcha, siempre consumiendo y produciendo, siempre creciente.  Todo el rato se pone en una balanza, de un lado la actividad económica, del otro cualquier otra consideración; pero la balanza está trucada para que una cosa pese mucho más que otra. No deja de ser significativo que, en su alocución de ayer, el Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, comenzara haciendo hincapié en las medidas económicas que se tomarán para paliar los efectos de las medidas de confinamiento que se decidieron ayer, y que en realidad era lo que venía a anunciar.

Incluso sin salir de la esfera económica, la realidad que se nos viene encima no tiene nada que ver con la que se imaginan en los gabinetes ministeriales. Como avanzábamos en el post sobre los pronósticos para este año, la prolongación de los bajos precios del petróleo va a acelerar el proceso de descenso de producción que ya anticipaba la Agencia Internacional de la Energía en 2018. Ya hay quien está pidiendo al Gobierno de los EE.UU. que rescate el ruinoso sector del fracking (sector que, por cierto, siempre ha sido una ruina), pero tal medida es inútil porque es un sector condenado, y con su caída la producción de petróleo comenzará a bajar drástica e irremisiblemente. Esto no sale en los dichosos Excel del Ministerio de Economía, pero es la realidad: en la segunda mitad del año vamos a chocar contra un muro, una nueva crisis del petróleo que será muchos más intensa y más duradera (de hecho, permanente) de lo que nunca se haya visto. La inacción de años y la absoluta incomprensión de la realidad física y geológica de los recursos han cocinado la tormenta perfecta, el petrocalipsis. Tanto que dicen preocuparse por la economía y no han visto venir algo tan obvio, de lo que llevamos hablando en este blog en los últimos 10 años.

Grave como es la crisis del CoVid-19, no es, en absoluto, la más grave de las crisis que está padeciendo la Humanidad, ni siquiera los países occidentales. Y sin embargo ahora mismo ocupa todo el espacio mediático, ya no se habla de nada más. Es, verdaderamente, una crisis para esconder todas las otras, y en particular la crisis climática, que, ésta sí, puede exterminar a la Humanidad. No deja de ser curioso que hace unos meses, en el curso de la COP 25, parecía imposible reducir las emisiones de CO2, y sin embargo en el plazo de unas pocas semanas las emisiones del mundo se ha reducido drásticamente (aún poco para lo que se debería, pero mucho más de lo que se anunciaba). Se ve que sí que se podía. Porque, lo que no se decía, es que no se podían reducir las emisiones "si se quería mantener el crecimiento económico", ésa era la cláusula escondida. Ya se ha visto que es perfectamente posible hacerlo, si se quiere. De nuevo, hemos puesto en la balanza trucada de un lado el crecimiento económico y del otro la supervivencia de la Humanidad, y contrariamente al sentido común ha pesado más el primero.


Con todo, lo más interesante de estos días es el experimento decrecentista al que nos hemos visto abocados. De golpe, nos hemos visto obligados a vivir otra vida. Lo que ayer era tan importante hoy ha podido ser aplazado; lo que ayer era frenesí y necesidad hoy se percibe como algo relativo. Podemos reducir nuestro metabolismo social, consumir menos, y todo puede seguir adelante. Cierto, vamos a una gran crisis económica, y mucha gente quedará en el paro: es esto sobre lo que tenemos que trabajar. Pero es concebible hacer un esfuerzo de autocontención, algo que se nos ha repetido por activa y por pasiva que, simplemente, no se podía hacer. No era verdad: sí que se puede hacer, como estamos viendo. Queda mucho por hacer, y en particular ver cómo se relocalizan los trabajos y se reducen las redes, cómo se consigue ocupar a todo el mundo y disminuir nuestro impacto ambiental y de recursos, pero lo que muestra esta situación excepcional es que sí que hay un camino, y que si como sociedad tenemos claro hacia donde ir podemos reaccionar en tiempo récord. Por eso, más que nunca, es importante explicar que el decrecimiento es la única posibilidad de supervivencia de la Humanidad; una vez comprendido eso, ya hemos demostrado que podemos reaccionar al unísono y en la dirección adecuada (aunque faltará mucho camino por recorrer, ya lo sé, entre otras cosas para rehabilitar de tantos malos hábitos). Y es fundamental destacar un aspecto: el daño económico que se está generado hoy probablemente ya no es recuperable, dada la debilidad estructural del sistema. Durante demasiados años hemos huido hacia adelante, poniendo parches para mantener el sistema económico crecentista en marcha a pesar de su inviabilidad. Esta crisis supone una herida de muerte, de la que nunca va a poder recuperarse. El paro será elevado de manera estructural, y la energía y las materias primas comenzarán a escasear. Comenzamos ahora una nueva etapa de la Historia, y cuando antes lo comprendamos y empecemos a adaptarnos mejor nos irá.

Pase lo que pase, nuestro sistema económico está condenado. También es cierto que, pase lo que pase, al final todos moriremos. La diferencia está en que cada minuto extra de una vida humana es un tesoro, sobre todo para sus seres queridos. En cambio, cada minuto extra que dure este sistema económico continuará avanzando en su lógica destructiva y ecocida.

Tomemos una balanza justa y equilibrada, y pesemos.


Salu2.
AMT


viernes, 6 de marzo de 2020

Según lo previsto




Queridos lectores:

Estos días, la economía del planeta está sufriendo uno de los frenazos más fuertes que se recuerdan, sobre todo por lo repentino. En cuestión de unas pocas semanas, la actividad industrial en la fábrica del mundo, China, ha caído drásticamente. Tal caída se refleja en multitud de indicadores, como es el comercio de materias primas y también en el descenso de la contaminación. Una imagen en particular ha ilustrado muy bien lo que está pasando en el gigante asiático: son imágenes composite del satélite europeo Sentinel 5P, que nos muestran la concentración atmosférica de óxidos de nitrógeno sobre China, a principios de enero y hace unos pocos días.




La razón de este frenazo económico tan salvaje es el dichoso coronavirus.

Antes de ir al análisis económico propiamente dicho, querría dejar claras una serie de cosas sobre mi opinión sobre la epidemia del CoVid-19 que se está extendiendo por todo el planeta.

Como ya comenté en el post anterior, este coronavirus representa sin duda un serio problema de salud pública. Se trata de un germen que está demostrando ser bastante infeccioso, y eso está favoreciendo su rápida extensión geográfica en un mundo tan globalizado como es el nuestro. 

¿Es el CoVid-19 una gran amenaza? Pues no a nivel de la especie humana, pero sí a nivel de los sistemas de salud.

Esta enfermedad está lejos de ser una amenaza a la continuidad de la especie humana. Como muestran los datos que va compilando la OMS, la tasas de mortalidad en la mayoría de los grupos de edad (menores de 50 años) son relativamente bajas, de alrededor del 0,3%, 3 de cada mil, y en un gran número de casos (se suele decir que el 80%) se trata de personas con patologías previas. Además, esa tasa de mortalidad está calculada sobre el número de casos reportados (mortalidad aparente), pero en muchos casos la enfermedad cursa de manera tan leve que mucha gente puede haberla padecido sin saberlo. A falta de un estudio epidemiológico que lo corrobore, se estima que hasta un 80% de los casos de infección por el CoVid-19 no son reportados, lo cual querría decir que se deberían de dividir las tasas aparentes hasta por 5. Por tanto, la mortalidad que va a inducir este virus será muy inferior al crecimiento vegetativo de la población humana y por sí mismo el CoVid-19 no compromete la existencia de la Humanidad. Sin embargo, cuando se habla de los fríos hechos estadísticos conviene recordar que estamos hablando de seres humanos, de carne y hueso, que han muerto y van a morir por esta enfermedad, y cualquier pérdida es siempre lamentable. Además, al igual que pasa con la gripe y otras infecciones causadas por virus de esta familia, también mata a gente perfectamente sana sin patologías previas; a muy pocos, pero también pasa.

Sin embargo, el CoVid-19 supone un problema muy importante para los sistemas de salud. Por un lado, porque la mortalidad (aparente) se dispara en los grupos de edad por encima de los 50 años, llegando a ser del 20% en los mayores de 70 años. Por el otro, porque en todos los grupos de edad genera una gran morbilidad: el tiempo típico para recuperarse completamente de la enfermedad (y no ser infeccioso para los demás) es de unas dos semanas, y hasta el 10% del total de los infectados (reportados) requieren hospitalización, que encima es de larga duración (más de 10 días). Por tanto, si una infección por CoVid-19 se extendiese ampliamente por un territorio colapsaría en nada de tiempo la capacidad del sistema sanitario de darle una respuesta adecuada, y eso redundaría también en mayores tasas de mortalidad. Es por todo ello que el CoVid-19 no puede tomarse tampoco a la ligera.

Teniendo en cuenta la experiencia que tenemos con otras infecciones respiratorias similares, lo más probable es que en las próximas semanas veamos una contención y después una disminución del número de nuevos infectados, a medida que las más altas temperaturas y sobre todo la más intensa radiación UV esterilicen las superficies donde se encuentra el virus, dificultando su propagación. A pesar de que siempre se tienen que mantener todas las cautelas tratándose de una enfermedad nueva, cuyas características epidemiológicas aún no se conocen, parece probable que hacia abril la epidemia esté más que contenida y que en mayo sea algo residual. Cabe, por tanto, tener paciencia y seguir trabajando para contener la expansión del virus.

Dado que además se trata de un retrovirus, que tiene un gran potencial para ir mutando, lo más probable es que el año que viene cepas del CoVid-19 formen parte del pool habitual de virus que infectan estacionalmente a toda la humanidad, como ya pasó con la gripe A. En suma, será un factor más a tener en cuenta en nuestros planes sanitarios, y todo volverá más o menos a la "normalidad" (normalidad que es de una extremada complejidad para los gestores sanitarios, aunque de eso mucha gente no se de cuenta).

Importante como es el CoVid-19, no parece más importante que muchos otros problemas que comprometen el futuro inmediato y a más largo plazo de la Humanidad. Ha habido diversos autores que se quejan de que hasta ahora no se haya dado una respuesta adecuada a la crisis climática, que pone en peligro a toda la Humanidad, pero con el coronavirus se ha podido disminuir radicalmente las emisiones de CO2 en cuestión de pocos días. Se comenta también que no es de esperar que el CoVid-19 mate más que a unos cuantos miles de personas, mientras que la contaminación atmosférica mata a 8 millones de personas al año. Obviamente, la diferencia entre unos y otros es que en el caso del CoVid-19 las medidas que se toman tienen vocación de temporales (todo el mundo cuenta con poder retomar la actividad progresivamente a partir de mayo), mientras que luchar verdaderamente contra las causas de nuestros problemas climáticos y ambientales requeriría cambiar permanentemente nuestro sistema económico. Además, en el caso de los problemas ambientales, la población más afectada se encuentra en países "en vías de desarrollo", y por tanto, siendo cínicos, tiene "poca importancia" en los países más desarrollados.

Hay un aspecto, sin embargo, que querría destacar de la crisis del coronavirus. Estos días hemos sabido que se ha producido una fuerte caída de demanda de petróleo en China, que llega a ser del 20% de su consumo: 3 millones de barriles diarios menos, por tanto. Es una bajada muy fuerte, y eso solo en China. Al albur de la recesión económica mundial que parece estar gestándose como consecuencia de este parón repentino de actividad, es de esperar que otros países reduzcan también su consumo. 

Esta caída repentina del consumo ha tenido consecuencias inmediatas sobre el sector petrolífero, que como sabemos lleva años atenazado por el problema de los bajos precios y los costes crecientes. Por lo pronto, la OPEP ha decido reducir su producción de petróleo en 1,5 millones de barriles diarios para hacer frente a la situación, en un movimiento que parece indicar que ellos están dispuestos a asumir la mitad de la reducción, pero que la otra mitad la deberían asumir el resto de países productores.

La caída de producción de la OPEP, que será asumida principalmente por Arabia Saudita, supondrá un alivio importante justamente para ese país. Como recordarán, en septiembre pasado unos atentados comprometieron seriamente la capacidad productiva saudí, y no era de esperar que se pudiera reestablecer la producción plenamente antes de entre 6 y 9 meses. Para compensar la parte faltante de la producción, Arabia Saudita ha ido tirando del petróleo que tenía almacenado en sus depósitos para cumplir sus compromisos internacionales, pero esa estrategia no podía prolongarse más que unos pocos meses. Así que la llegada del la crisis del coronavirus va a ser más que bienvenida en Arabia Saudita, porque al mismo tiempo le va a permitir avanzar con menor presión en la reconstrucción de sus instalaciones, y por el otro podrá aprovechar este tiempo para recargar sus depósitos. Si la crisis del coronavirus se prolonga dos o tres meses más, seguramente eso será suficiente para que la industria petrolífera de Arabia Saudita pueda recuperarse del todo.

Comentábamos en diciembre del año pasado, cuando enunciaba las previsiones para este año, que lo más probable es que el principio de este 2020 estuviera marcada por un intento de los principales agentes económicos de domesticar la crisis económica que viene larvándose durante los últimos años. La crisis del coronavirus ha dado la ocasión perfecta para pilotar ese aterrizaje, quizá más brusco de los deseado pero probablemente más suave de lo que hubiera pasado sin ningún control. Eso quiere decir que todo va según lo previsto, estamos siguiendo la hoja de ruta que se marcó para este año. Eso implica también que el precio del petróleo se va a mantener bajo, prolongando el daño a las petroleras y en particular al muy maltrecho y a punto de agonizar sector del fracking estadounidense. Y por tanto se hace más probable que en la segunda mitad de 2020 estalle la crisis del petróleo que también anticipábamos. 

Es decir, todo va según lo previsto.

Salu2.
AMT

jueves, 27 de febrero de 2020

Reseña de "La bossa o la vida", de Salvador Lladó



Queridos lectores:

Ayer tuve la suerte y el honor de acompañar a Salvador Lladó en la presentación de su libro "La bossa o la vida" ("La bolsa o la vida"), editado por Tigres de Papel. Fueron casi dos horas intensas de conversación y debate muy animadas sobre los temas que trata el libro de Salva (si se me permite el apócope familiar).
 
"La bossa o la vida" es un libro que aborda el problema de la emergencia climática y su conexión con los límites del crecimiento y con la insostenibilidad del capitalismo. En muchos sentidos, es un libro muy necesario en el momento actual. Como comenté durante la presentación, el libro es una colección de aciertos, tanto de forma como de fondo.

Comenzando por las cuestiones de forma, en una decisión que considero editorialmente muy acertada, el libro tiene un formato pequeño y muy manejable, que en estos tiempos de twitter y las prisas ayudan a que sea leído mientras vas en el autobús o en el metro. Es un libro que invita a que lo leas en todas partes, en esa lucha titánica que tiene hoy en día la lectura de libros frente a las pantallas de los móviles.

El estilo de Salva es muy parecido a como es él en la vida real: cada cierto número de frases de más o menos contenido técnico intercala alguna expresión más coloquial o resume lo que acaba de decir de una manera desenfada, lo cual contribuye a que el lector, sobre todo el más joven, no pierda la sintonía, no pierda el sentido de interpelación. Porque este libro ha de hablar a todas las personas, porque tiene cosas muy importantes que decir. Siendo Salva, como es, un científico, huye del lenguaje engolado y a veces grandilocuente de la ciencia, y apuesta por un lenguaje más sencillo y cercano aunque sin abandonar nunca el rigor técnico. Y eso es otro acierto de este libro.

Otro hueco que viene a cubrir el libro de Salva es el idioma. Está escrito en catalán. No serán pocos los que piensen que eso es un hándicap, porque le resta lectores potenciales al libro. En realidad es exactamente al revés: al estar escrito en catalán, lengua que no tiene tantas obras que aborden este tema (desde luego, hay muchas menos que en castellano), el libro se hace más cercano a aquellos lectores que hablan en catalán, piensan en catalán, aman en catalán... y justamente en este momento lo que necesitamos es acercarnos a todos los que nos quieran y puedan oír. La idoneidad de tener libros de referencia en catalán, como en gallego, vasco y cualquier otra lengua, me parece obvia justamente desde la génesis de este blog: mi objetivo fue siempre acercar la información que era abundante en inglés a las gentes que usan mi idioma y para las cuales el inglés es una barrera. De hecho, hace algunos, años, cuando mis análisis ganaron en profundidad e interés general, me pidieron que continuara el blog pero escribiendo en inglés, y yo me negué, porque justamente era difícil encontrar buena información en castellano. Y aunque todos los catalanes hablen castellano, no les interpela de la misma manera un libro escrito en una lengua que conocen que un libro escrito en su lengua materna.

"La bossa o la vida" es un libro rabiosamente actual. Cuando habla de los diversos problemas ambientales y de sosteniblidad de padecemos, no se refiere a hechos muy distantes en el tiempo, sino que evoca noticias de hace pocos meses, semanas en algunos casos. Es, por tanto, un libro puesto al día, que habla de lo que está pasando ahora mismo, y por eso mismo constituye una buena referencia del momento actual.

La estructura del libro sigue un hilo de razonamiento lógico, comenzando por las motivaciones del autor, siguiendo por la discusión del problema del cambio climático, enmarcando éste después en el contexto más general de los límites del crecimiento y su conexión con la lógica crecentista del capitalismo. Continúa el libro discutiendo las dificultades raramente mencionadas de la transición ecológica, poniendo el foco en la energética, y de ahí pasa a discutir las diferentes alternativas a la evolución de nuestra sociedad enfrentada a los límites del crecimiento: desde el suicida BAU, que nos empuja inevitablemente al colapso, pasando por el Green New Deal, posible antesala del ecofascismo, y la más razonable alternativa del ecosocialismo. El último capítulo lo consagra Salvador Lladó a la discusión de un decálogo de propuestas para dirigir la transición necesaria y suficiente.


En resumen, "La bossa o la vida" es un libro corto (unas 140 páginas de tamaño cuartilla) pero sorprendentemente intenso y lleno de detalles, de fácil lectura y una buena referencia para comenzar a comprender a qué nos enfrentamos.


Salu2.
AMT

martes, 18 de febrero de 2020

Todos los cangrejos de la Luna son azules





Queridos lectores: 

Hace muchos años, cuando era un doctorando en el Departamento de Física Teórica de la Universidad Autónoma de Madrid, compartía despacho con otros doctorandos. Como suele pasar en estos casos, por afinidad intelectual y por todas las horas que se llegan a pasar juntos, uno acaba por entablar una buena amistad con los compañeros de fatigas y de doctorado. Yo era allí una rara avis, porque mi tesis doctoral no versaba sobre los temas habituales en aquel departamento, pero mis conocimientos de física, mi sólida formación matemática, los frecuentes seminarios y las explicaciones de mis amigos me permitían seguir un poco los intríngulis de sus complejos estudios. Uno de mis amigos en particular desarrollaba su tesis en las aplicaciones de la Teoría Cuántica de Campos (TCC) a ya no recuerdo muy bien qué, aunque sí que recuerdo que buscaba las soluciones de las ecuaciones fundamentales de la TCC para la definición de partículas elementales en geometrías complejas. Solucionar este tipo de ecuaciones no es nada sencillo, y por eso muchas veces se recurre a simplificaciones o hipótesis sobre la forma de alguna posible solución de las ecuaciones, simplemente para ver si se puede obtener tal solución y de ahí ir estirando el hilo de todo el espacio de soluciones posibles.

El caso es que mi compañero, después de darle muchas vueltas, introdujo una hipótesis sencilla sobre la forma de una posible familia de soluciones y de repente, ¡bingo!, encontró que una nueva variedad de partículas elementales que verificaban un montón de propiedades físicas de lo más interesantes y que cuadraban muy bien con propiedades conocidas de partículas reales. Realmente fue muy emocionante, y todos nos alegramos mucho por él: sus resultados parecían algo muy revolucionario.

Pasaron los meses y mi compañero seguía trabajando en su teoría, cuando, de repente, sucedió algo que le dejó desconcertado. Encontró que sus partículas verificaban propiedades contradictorias: por decirlo de algún modo, podían ser, al mismo tiempo, completamente azules y completamente rojas. Estuvo varios días dándole vueltas al asunto, sin acabar de encontrar qué estaba pasando.

Una de esas tardes hicimos todos una pausa de nuestros respectivos trabajos y nos fuimos a tomar un café en la cafetería de la facultad. Mi amigo seguía dándole vueltas, y yo le pedí que me explicara cuál era el planteamiento general del problema. En aquella época yo tenía mucho más claros que ahora algunos conceptos clave de geometría diferencial, y cuando él me expuso su problema en unos términos sencillos y muy matemáticos, de modo que yo los pudiera comprender, me di cuenta de dónde estaba el problema: su familia de soluciones contradecía una propiedad básica de la geometría del espacio donde se suponía que estaban definidas. Lo que le pasaba a mi amigo es que todas las soluciones de la familia que él estaba estudiando verificaban todas las propiedades posibles porque, simplemente, no había ninguna solución de ese tipo.

Cuando aún estudiaba la carrera de Matemáticas tuve un profesor de Análisis Funcional, hijo de un conocido líder político, al que apreciaba mucho por su calidad intelectual y humana, aparte de por el hecho de ser un gran profesor. Él a veces condensaba conceptos profundos con aforismo simples. Evoco con frecuencia uno de ellos, porque me ha sido muy útil en mi vida. Decía mi profesor: "Los elementos del conjunto vacío verifican todas las propiedades, excepto la de existir. Por ejemplo: Todos los cangrejos de la Luna son azules. Al mismo tiempo, todos los cangrejos de la Luna son rojos. De hecho, todos los cangrejos de la Luna pueden ser de cualquier color que se quiera. Y eso es así porque no hay cangrejos en la Luna, así que podemos decir cualquier cosa del conjunto de ellos y será cierta, porque todos los elementos de ese conjunto la verificarán: lógico, no hay ningún elemento en ese conjunto. El truco está, por supuesto, en que hablemos de "Todos los elementos de ese conjunto". Si intentáramos hablar de un cangrejo de la Luna concreto, entonces tendríamos problemas, porque no hay ninguno. Los elementos del conjunto vacío verifican todas las propiedades, excepto la de existir. Recordad esto, porque a veces llegamos a contradicciones simplemente por el hecho de asumir que algo existe o es posible cuando simplemente no lo es."

Pocos años después de esa lección, improvisada al final de una clase y en respuesta a la pregunta de un alumno, el aforismo de mi profesor se mostraba con toda su cruel crudeza y arruinaba la tesis doctoral de mi amigo: sus maravillosas partículas elementales verificaban todas las propiedades excepto la de existir, porque no había ninguna solución a las ecuaciones que fuera de la forma que mi amigo había ensayado.

Al final mi amigo fue capaz de reformular su tesis y sacarla adelante; poco después de defenderla, quizá por ésta y puede que por otras decepciones del mundo académico, dejó la investigación y se dedicó a otros trabajos que seguramente le han sido de mayor provecho.

Viene esta anécdota al caso por un artículo de Yanis Varoufakis, el antiguo ministro de finanzas griego, que he leído recientemente. La tesis principal del artículo de Varoufakis es que la administración Trump entiende muy bien por qué deben oponerse a los activistas y a los científicos que trabajan sobre el Cambio Climático, porque no hay solución dentro del capitalismo al Cambio Climático y ellos de ninguna manera quieren renunciar al capitalismo. Que el capitalismo es incompatible con los límites biofísicos del planeta es algo de lo que hemos hablado con frecuencia aquí y no es ninguna novedad. Lo verdaderamente interesante del artículo de Varoufakis es que explica que la teoría económica clásica, que es la que se enseña en las facultades, y que maravilla con sus fabulosos teoremas que demuestran las maravillas del libre mercado y del capitalismo, se basa en la errónea percepción de que los fallos del mercado son la excepción, cuando en realidad son la norma.

Un fallo del mercado es una situación en el que el libre mercado no asigna los recursos de manera eficiente y se generan situaciones de ventaja para algunos participantes del mercado y de desventaja para otros. Un resultado habitual de los fallos del mercado son las externalidades (negativas): costes que se generan a consecuencia de una actividad económica pero que no son asumidos por el beneficiario de esa actividad. El ejemplo más evidente de externalidad es la contaminación: el propietario de la fábrica consigue el beneficio de vender su producto, pero no asume el coste de la reparación ambiental de la contaminación que causa.

No es nada sorprendente que el mercado, en el mundo real, no asigne eficientemente los recursos y que, al contrario, a lo que tienda es al ventajismo de los cada vez más fuertes en frente de los demás. Ya explicamos en su momento que lo que hoy en día se denomina arteramente "libre mercado" es más bien un "mercado natural", que viene a ser la transposición al mercado de la ley de la jungla o del más fuerte. Por ejemplo, en las recientes protestas de los agricultores españoles, en las que éstos denuncian que la diferencia de precios de los productos agrícolas entre su origen y el punto de consumo final puede ser del 900% y más, resulta evidente que una red de unos pocos distribuidores y comercializadores fuerzan los márgenes de los productores a la baja, hasta el punto de que algunos agricultores pierden dinero; y lo hacen abusando del hecho de que controlan prácticamente todos los canales de distribución: un buen ejemplo de mercado natural, donde unos pocos abusan de su ventaja estratégica y de que realmente no hay un acceso libre al mercado. Y a pesar de lo pasmosamente evidente de la situación, me encontré por internet con el comentario de un economista de cierta prédica y orientación ultraliberal, en el que el interfecto defendía este estado de cosas porque el mayor valor añadido estaba en la distribución y que era por tanto lógico que ésta se llevara la mayor parte de los ingresos por la venta de los productos agrícolas. La afirmación de este celota del liberalismo es en realidad tautológica: el valor añadido está donde está el valor añadido, y esto no responde a ninguna ley divina ni ecuación mágica, sino más bien a la capacidad de unos agentes del mercado de imponerse a los otros. Sin embargo, nuestro encorbatado amigo asume que si las cosas pasan así es porque deben pasar así. Nada de considerar que el mercado falla. Nada de aceptar que se imponen abusivamente externalidades. Porque en ningún momento se cuestiona que su modelo del mundo sea incorrecto.

Y sin embargo lo es. La mayoría de la gente percibe claramente que la sustancia del pensamiento económico contemporáneo no solo es errónea, sino que de hecho quienes piensan así son el enemigo. La mayoría de la gente se da perfectamente cuenta de que esa ideología, que dice que lo que se debe primar es la búsqueda del beneficio propio, es una absoluta perversión social, porque por culpa de ese egoísmo (por más que se quiera vender que es beneficioso para el conjunto de la sociedad) se está  degradando ambientalmente el planeta y esquilmando los necesarios recursos naturales. Y esto es un problema: si el común de la población percibe que la gestión de la economía se hace a sus espaldas y en contra de sus intereses, ¿cuánto más podrá aguantar este sistema sin que se produzca una rebelión? ¿Qué nivel de degradación ambiental y de retroceso material soportarán las masas antes de alzarse contra quienes, cegados en su panoplia doctrinal, rigen tan implacablemente sus destinos?

Ese error de percepción, de convertir la norma en excepción, invalida toda la teoría económica clásica. Las fabulosas ecuaciones de la economía clásica, aplicables en unas condiciones que son imposibles en el mundo real, nos dicen que todos los mercados son azules, y también son rojos. Salvo honrosas excepciones, la enseñanza que mayoritariamente se imparte en las facultades, propagando la falacia de que los fallos del mercado y las externalidades indeseadas son cosas excepcionales, no solo distorsiona la percepción de la realidad de los estudiantes, sino que es verdaderamente un adoctrinamiento en el error.  Como consecuencia, ir a la universidad a estudiar economía corrompe la mente y quiebra el espíritu, como bien señala Varoufakis en su artículo.

Si las hipótesis de partida son erróneas, todo el cuerpo doctrinal de la economía clásica no se aplica (o, al menos, no completamente) en el mundo real. La discrepancia entre las predicciones de esa teoría y la realidad son tan grandes que hace décadas que se sabe que se tendría que reformular todo el pensamiento económico para integrar la realidad del mundo físico y de los límites biofísicos del planeta. Pero delante de la evidencia de lo inapropiado de la doctrina liberal, sus defensores actúan como auténticos fanáticos religiosos, confirmando que en el fondo el liberalismo económico es religión y, peor aún, una secta destructiva. Acorralados por los tozudos hechos que muestran un mundo más desigual y degradado, los celotes de este culto actúan con arrogancia, y delante de las críticas obvias se escudan en un lenguaje abstruso con el que buscan, deliberadamente, ofuscar la verdad evidente.

¿Por qué deberíamos seguir a unos fanáticos que nos llevan a nuestra destrucción? ¿Por qué deberíamos hacer caso a una gente cuya doctrina promulga la exclusión social de la mayoría de la población? ¿Por qué permitimos que sea esta gente, fanática y adoctrinada en un error que no saben reconocer, los que dirijan los Gobiernos y los consejos de administración? Si toda la teoría económica se basa en hipótesis constatadamente falsas, ¿por qué ha de guiar nuestra sociedad?

Si queremos tener un futuro, si queremos que haya una salvación posible, urge una reforma radical de los estudios de economía. Y urge reciclar a todos los que están en los círculos de decisión. Cualquier economista que no comprenda la imposibilidad del crecimiento perpetuo debe ser inmediatamente apartado de sus funciones, igual que lo haríamos con alguien que nos vendiera las maravillas de explotar como fuente de energía inagotable los cangrejos de la Luna, por más azules que sean.

Salu2.
AMT