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viernes, 3 de febrero de 2012

La dificultad de romper la cáscara



Queridos lectores,

Mis muchos compromisos me quitan el tiempo necesario para terminar un post sobre un problema que nos va a afectar y gravemente pronto - el pico del diésel (espero que esté listo para principios de la semana que viene). Entre tanto, Juan Luis Chulilla acaba de improvisar un breve pero interesante post sobre la alienación social que nos produce el bien de consumo por excelencia: el coche. Les dejo con Juan Luis.

Salu2,
AMT


Un resumen urbano de la inevitabilidad del oil crash

Plaza de Jacinto Benavente, Madrid. 9:50. -2 grados en el termómetro digital de la marquesina. El autobús se retrasa. Van pasando los minutos, más de los 9 previstos para esta hora de un viernes. Los futuros pasajeros miramos hacia la calle de Atocha y descubrimos los motivos del retraso: dado que el párking está completo, los que quieren acceder a él se detienen y taponan el principio de la calle de Atocha. Ni un policía. Poco a poco, los coches van entrando en el párking, pero otros ocupan su lugar y la calle sigue taponada. Contemplamos nuestro autobús a 20 metros, sin poder moverse, durante 10 interminables minutos. A las 22:15 logramos subir al autobús.

Ver Atasco metafórico del oil crash en un mapa más grande
En su momento me he cabreado, y me ha tentado severamente acercarme a los que taponaban la calle para describir su genealogía por el lenguaje de gestos tradicional. Pero una vez que he entrado en calor en el autobús, la imagen me ha parecido perfecta: los que estaban generando ese atasco, calentitos dentro de sus coches, ni se inmutaban ante el atasco que estaban provocando, con los autobuses parados detrás suyo. Aunque era completamente evidente, aunque era una obscenidad que con esta ola de frío la gente estuviera esperando en la calle por culpa suya, no tenía la más mínima importancia. Lo único que importaba era que esos simpáticos ciudadanos habían decidido ir al centro de Madrid en coche, y si tenían que parar el tráfico para poder entrar al párking, pues lo paraban.

El coche ha cambiado nuestras ciudades y a nosotros de paso. Las boinas de contaminación que tenemos encima, las muertes y discapacidades sobrevenidas y el resto de efectos negativos que nos produce el abuso del coche son objetivos e indiscutibles. A poco que se sigue el desarrollo de los acontecimientos, cada vez es más evidente que esto no puede durar, porque estamos en las postrimerías de la era del petróleo barato.

Pero tanto los efectos objetivos como el futuro inmediato dan igual porque, además de cambiar nuestras poblaciones, nos han cambiado a nosotros. Y es muy sencillo visualizarlo: al transportarnos, nos encerramos en el interior de un coche, de un objeto tan central para nuestras vidas que, a pesar de que tiene ventanas transparentes, no nos deja ver lo inevitable del presente y del futuro. 

En su momento hablé del problema del coche como símbolo de status, pero es sólo parte de un problema más amplio. El coche ha condicionado la percepción de la mayoría de la población de los países desarrollados. Desde su interior no vemos, hasta el punto de que somos incapaces de imaginar nuestras vidas sin ellos.

Mañana, o pasado, o el año que viene, esos satisfechos conductores que nos habían dejado ateridos no podrán volver a hacer lo mismo. Como casi todos, renunciarán forzados al coche.

¿Qué será de ellos, cuando el oil crash les obligue a salir del coche y a ver?



Juan Luis Chulilla