Queridos lectores:
Llevo varios días queriendo escribir una nueva entrada en el blog, pero me disperso, porque la actualidad es dispersa, porque la realidad es dispersa.
Hace unas pocas semanas lanzamos (en este caso el uso de la primera persona es un decir, porque yo he estado poco implicado) la iniciativa Alerta: El Niño, con su web y con la preparación de diversas actividades que se irán divulgando en las próximas semanas. El objetivo va más allá de crear conciencia sobre el riesgo que supone el Niño del 2026-2027 (cuyos valores actuales apuntan ya a que será el mayor Niño observado en 140 años); nuestro objetivo principal es que las autoridades, a todos los niveles, tomen medidas de precaución y adaptación con mucha antelación, sabiendo que el próximo verano la temperatura del planeta estará probablemente en +1,8ºC con respecto a la referencia preindustrial, y ya tenemos un 40% de probabilidad de que manera momentánea se llegue a +2.0ºC. Al margen de si llegamos a valores tan extremos, está claro que los impactos serán muy fuertes en la cuenca del Pacífico ya en lo que queda de año (en la reciente inundación en Santiago de Chile una de las claves es que la precipitación en la montaña fue anómalamente en forma de lluvia en vez de nieve, debido al calor) y en el resto del mundo, a medida que la temperatura global aumente. Cabe esperar temperaturas aún más altas el próximo verano que las de este año, más incendios y tempestades más terribles. Particularmente, en el área mediterránea durante el otoño, debido al calor acumulado por el mar, que es uno de los que más se calienta del mundo. Este año, sin ir más lejos, la anomalía (diferencia con respecto a la media para la misma época del año) de la temperatura de la superficie del mar ya ha alcanzado los +6ºC en el Mediterráneo Noroccidental, que es la zona que más me afecta personalmente.
Esta semana, la lluvia ha azotado con especial fuerza en Cataluña, causando importantes inundaciones y, por desgracia, algunas personas muertas. El episodio que más me afecto fue el del sábado 3 de octubre. Yo me encontraba en Barcelona por una suerte de improvisada reunión familiar cuando me sorprendió la lluvia en compañía de mi hijo. A pesar de llevar paraguas y de no estar bajo el chaparrón más de 10 minutos, acabamos empapados. El agua se filtró en mi mochila y entró en uno de los puertos USB de mi portátil donde tenía conectado un adaptador de Wifi, el cual acabó desintegrándose unos días después y dejando inutilizando ese puerto (y espero que no haya más consecuencias, porque no está ahora la cosa como para ir cambiando de ordenador). Poco después del chaparrón, el president de la Generalitat, Salvador Illa, comparecía para anunciar que había riesgo de que se formar un mini-huracán (denominación desafortunada que han escogido en catalán para referirse a los medicanes). Pasadas las 16:00, nuestros móviles sonaban con el consabido mensaje de ES-ALERT y regresamos inmediatamente a casa. Al final no se formó el medicán, pero fue por poco: la tempestad ya estaba muy cerca de la tierra y no tuvo tiempo de intensificarse sobre el mar. Aún así, las precipitaciones fueron muy copiosas. En este momento, el Mediterráneo es capaz de sostener tempestades con características tropicales. Y, lo más angustiante, los modelos meteorológicos no son capaces de predecir con anticipación estos fenómenos. Fallan sus parametrizaciones, porque fueron calculadas a partir de datos de un clima que ya no existe.
Ya esta semana, varios episodios de lluvias intensas han sido especialmente peligrosos, particularmente en Cataluña aunque en otras zonas de España se han registrado aguaceros terribles, inusuales e inesperados. Yo he pasado estos días en el País Vasco (un par de charlas, una clase de máster, presentación de mi último libro y participación en un congreso). Y todos esos días estuve bastante intranquilo, pensando en el riesgo para mi familia (en la charla de Bilbao me dieron ganas de abofetear al consabido negacionista que me salió con aquello de "el clima siempre ha cambiado"). Aunque en realidad nunca duermo del todo bien cuando estoy fuera de mi casa. Siempre estoy deseando volver. Volver a mi casa. Dormir en mi casa.
Eso mismo debía pensar Mari Carmen, la octogenaria madrileña que fue desalojada de su piso hace un par de semanas, después de haber vivido allí 71 años, ahí es nada. Ni su avanzada edad ni lo delicado de su salud supuso obstáculo alguno para los actuales propietarios del piso donde ella vivía de alquiler, ni para las fuerzas policiales que ejecutaron el desahucio. En realidad, el de Mari Carmen era uno más de los 44 desahucios que por media se ejecutan cada día en España, pero al mismo tiempo fue el más simbólico. Porque nada ha representado con más fuerza lo despiadado del mercado inmobiliario. Por eso, desde el primer día se produjeron movilizaciones por toda España, y se volvieron a plantar las tiendas de campaña de la gente que protesta, en una reminiscencia de aquel 15M de 2011, solo que 15 años después hay menos ingenuidad y la situación es en muchos aspectos peor. La muerte de Mari Carmen en el hospital donde estaba ingresada desde el desahucio ha contribuido a avivar la indignación de una buena parte de la población española.
He oído muchas opiniones de expertos (y de otros que no lo son tanto) sobre el problema de la vivienda. Al final, la cuestión es simple: las personas comunes deben ser capaces de pagarse una vivienda digna. Si hemos llegado a un punto en que los precios son tan altos que eso se hace imposible, quiere decir que algo está funcionando muy, muy mal. También la cuestión del precio de la vivienda es simple: el gran capital, falto de otras oportunidades de inversión, ha entrado en tromba en un mercado donde se vende un bien que es una necesidad básica, pues todo el mundo necesita un techo bajo el cual vivir. A los grandes capitales no les importa presionar el mercado al alza; de hecho, es lo que más le conviene, porque su retorno siempre va a ser proporcional a su inversión, y cuanto más se revaloricen los activos inmobiliarios, más oportunidad de inversión hay. El precio del alquiler está aproximadamente limitado por el valor de comprar la vivienda por medio de una hipoteca, así que también por eso al capital le interesa que el precio de la vivienda suba. Y en este momento que el capital necesita desesperadamente oportunidades de inversión, la especulación inmobiliaria campa a sus anchas no solo por España, sino por toda Europa, mientras que sus gobiernos, incapaces de comprender que va siendo hora de poner punto final al capitalismo, dejan hacer o ponen parches insuficientes.
La confusión y zozobra de los partidos tradicionales ante esta crisis terminal del capitalismo explica el posicionamiento suicida de la mayoría de, por no decir todos, los partidos políticos en España. Pero en un momento tan crítico, en el que hay un incipiente estallido social, quién ha marrado más es Junts, el partido conservador catalán. Incapaces de entender que en las actuales circunstancias era vital dar un poco de aire a tantas personas que viven en el filo de la navaja, o quizá porque se deben a grandes intereses empresariales inconfesables, no fueron capaces de votar a favor de la convalidación del decreto que unos días antes ellos mismos habían acordado. Y eso ha precipitado el fin de una legislatura que ya se tambaleaba en medio de tantos problemas domésticos y geopolíticos (y lo de Ceuta, más allá de la interpretación de los partidos conservadores, tiene más de lo segundo que de lo primero). Los partidos conservadores españoles confiaban en que los diversos escándalos que rodean al PSOE y la crisis de Ceuta les asegurarían una cómoda victoria cuando se convocaran las elecciones; pero la movilización por la vivienda, a la que torpemente han ridiculizado y ninguneado, puede hacerles perder otra oportunidad de gobernar.
Nos vamos a unas elecciones que prometen ser las más reñidas en años. Y eso ocupa toda la actualidad mediática. Yo tenía que ir el próximo miércoles a una televisión a explicar por qué nuestros modelos meteorológicos no capturan bien la nueva realidad de las tormentas explosivas, qué papel tiene el mar en los procesos de intensificación de las mismas y qué cabe esperar por el Niño que viene. Pero no podrá ser: la actualidad manda. Por ese motivo también hemos aplazado una nueva fase de la campaña de "Alerta: el Niño", para que la actualidad no sepultase nuestros esfuerzos. Pero es obvio que necesitamos meter una cuestión tan crítica como el cambio tan drástico que se avecina para el próximo año en la agenda política y en la discusión pública. Y además, es una cuestión transversal a la de la vivienda: ¿cuántas de esas infraviviendas que se publicitan (a precios de oro, por cierto) en portales como el Idealista son habitables si la temperatura exterior supera los 45ºC? ¿Cuántas de esas buhardillas mal acondicionadas resistirán lluvias de más de 200 l/m² y vientos por encima de los 100 km/h? ¿Cuántas de las instalaciones eléctricas precarias seguirán funcionando cuando los oscilaciones en la red sean salvajes, y cuántas protegerán los electrodomésticos que están conectados?
Porque la crisis energética va siguiendo su curso. Las reservas de gas en Europa están más bajas de lo normal, dadas las dificultades globales para su aprovisionamiento, y ya se están haciendo llamamientos a que este invierno se reduzca el consumo de gas en un 7%, si queremos poder capear la estación de más consumo. La falta de gas natural y su encarecimiento está haciendo que se tomen más riesgos en la propia red eléctrica española, y así, el pasado 7 de octubre se activó por décima vez este año el Sistema de Respuesta Activa de la Demanda (SRAD), un nombre rimbombante para decir que se le cortó el suministro a la industria porque no se podía producir suficiente electricidad. Un mecanismo de emergencia, que debería ser usado solo en situaciones límite y de manera puntual, se está convirtiendo en un factor clave y relativamente habitual para la estabilización de la red, con todos los riesgos que este modelo comporta.
Tras semanas de escaramuzas, en Ormuz arden los petroleros porque Irán se ha cansado del trapicheo de combustibles mientras que él ya no puede apenas exportar. Así que la carestía de combustibles continúa y se agudiza. El precio del diésel marca récords en Europa (hasta los 2,5€/l en Finlandia), en Francia sigue faltando algunos combustibles en las gasolineras, y en España el precio es algo mejor gracias a las refinerías propias, pero no se augura nada bueno. La situación es también crítica en los EE.UU., donde el precio del galón (3,79 litros) supera ya los 6 dólares, lo cual es un precio desorbitante para el estándar de ese país.
Donald Trump ya no sabe qué hacer. Hace unos días forzó a los países del G7 (principalmente, Francia y Alemania) a liberar sus reservas de diésel bajo la amenaza de que si no impondría una prohibición a la exportación de diésel desde los EE.UU. Pero lo liberado, en principio 100 millones de barriles, es principalmente petróleo, y de diversas calidades. La partida de diésel es probablemente no más de 20 millones de barriles, es decir, el equivalente a un día de consumo mundial. Un miserable día. Obviamente, eso va a hacer pocos cambios en la situación actual. Así que Trump, movido por la desesperación, ha anunciado un acuerdo con su homólogo ruso, Vladimir Putin, para la liberación de 1,8 millones de toneladas (unos 13,5 millones de barriles) de diésel de manera progresiva durante los próximos meses. Dado lo bocazas que es el magnate metido a presidente, habrá que ver cuánto de eso se materializa, y si Rusia tiene capacidad de suministrar tanto diésel, teniendo en cuenta los continuos ataques de Ucrania a sus refinerías. Además, 13,5 millones de barriles es menos de un día de consumo mundial, así que el alivio tampoco será gran cosa. Pero lo que sí que representa este movimiento es una bofetada a Ucrania, no solo porque lo que representa que EE.UU. rebaje la presión sobre Rusia, sino porque Europa se mantiene convenientemente callada, ansiosa por recibir parte de ese diésel - el nivel de mezquindad de nuestros líderes llega cada día a cotas más altas.
Pasa de todo, y pasa todo a la vez. El balancín sube y baja sin parar, aunque no nos movamos del sitio, solo nos mareamos por la velocidad.
En cuanto a mi, los próximos días están cargados de eventos: varias conferencias por toda España, algún congreso... Nada fuera de lo normal. Pero si no pasa algo imprevisto, el día 26 de octubre volveré a comparecer en el Parlament de Catalunya para valorar la proposición de ley sobre medidas urgentes para la protección de la seguridad climática: tendré 10 minutos para explicarles a los diputados y diputadas lo que considero yo, desde el punto de vista técnico, que es acertado y qué es mejorable. Antes de eso (y, de nuevo, si la actualidad no nos arrolla) iré, el viernes 16, a Catalunya Ràdio por primera vez en 4 años, desde que en antena se llamó al linchamiento de los científicos y científicas que publicamos un artículo técnico sobre los riesgos de la eólica marina. Cuatro años más tarde, el proyecto principal, el Parc Tramuntana, se encuentra en situación delicada. Una de las empresas asociadas, BlueFloat, se encuentra en fase de liquidación, aunque aquí en Cataluña nadie osa hablar de esto. Y eso no es todo: posiblemente vayamos al Parlamento Europeo a explicar el riesgo que supone el Niño 2026-2027, alrededor del día de la huelga general en España, el 11 de noviembre.
Todo eso, mientras preparo nuevos proyectos, publico artículos científicos que, espero, tendrán mucho impacto, presentamos resultados y alguna que otra posible sorpresa interesante sobre mi futuro profesional. Y mientras intento cuidar de mi familia, siempre a salto de mata, siempre corriendo, siempre sin mirar atrás, solo adelante.
Porque todo es difuso, fluido y rápido. Muy rápido.
Cuídense. Esto va cada vez más rápido.
Salu2.
AMT
