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miércoles, 11 de octubre de 2017
Saliendo de cuentas
Queridos lectores,
Hubiera preferido no volver a hablar del conflicto que se vive en Cataluña durante una larga temporada, pero el devenir y acumularse de los acontecimientos, y la importancia que tienen para mi vida futura, me mueve a hablar una vez más de uno de los temas que se están volviendo más recurrentes en este blog. Blog, que, no olvidemos, está dedicado al análisis de la crisis económica y social que genera la progresiva escasez de recursos naturales, y principalmente de energía. Pero como justamente una de las cuestiones principales asociadas a la crisis energética es el colapso de las sociedades industriales, y como parece que el problema catalán será la forma concreta que ese colapso tomará cuerpo en España, parece lógico volver una vez más a lo mismo.
Como digo, el tema de Cataluña ha sido abordado en repetidas ocasiones aquí, la última vez hace unas tres semanas en el post "Modelo para recortar/model per retallar" (en el cual podrán encontrar enlaces a los posts anteriores). A mi me da cierto reparo hablar de temas que se alejan del dominio de las ciencias naturales por varios motivos. En primer lugar, porque mi opinión no es más cualificada que las de la de cualquier otro en estos temas y en todo caso lo será mucho menos que la de verdaderos expertos en estas materias. En segundo lugar, porque por más que intente hacer un ejercicio de autocrítica e introspección, es inevitable la presencia de ciertos sesgos en mis opiniones, los cuales restarán sin duda objetividad a mis afirmaciones. Y en tercer lugar, porque al tocar tan de cerca estos temas a puntos sensibles para algunos lectores, éstos podrían enfadarse por ciertas afirmaciones que yo pueda hacer y ocasionar que todo lo que se cuenta en este blog caiga en descrédito a sus ojos, incluso los análisis más técnicos y objetivados. Sin embargo, como observo una degradación de los argumentos que se usan desde los dos bandos más claramente identificados, creo que hacer algunas reflexiones, aunque imperfectas y seguramente sesgadas, puede tener su utilidad, no perdiendo de vista las limitaciones que tienen (que a mi modo de ver son menores que algunas de las cosas que escucho).
Comencemos por una breve glosa de qué es lo que ha pasado desde mi último post (de hace tres semanas, recuerdo).
Después de que el Govern de la Generalitat estuviese jugando al gato y al ratón con las fuerzas de seguridad españolas (Policía Nacional y Guardia Civil), escondiendo urnas y papeletas para que no fueran requisadas, y tras múltiples amenazas, registros y allanamientos, el 1 de octubre la mayoría de los colegios electorales abrieron para que la gente pudiera votar en el referéndum de autodeterminación al cual el Govern de la Generalitat había llamado a los ciudadanos. Un referéndum sin las garantías adecuadas y con muchas irregularidades, un referéndum que el Gobierno de España ya había descalificado por su falta de legalidad. Y a pesar de eso cientos de miles de ciudadanos acudieron a votar, en lo que podría tomarse por un ejercicio de una protesta contra un estado de cosas. La mayoría de los ciudadanos que fueron a votar pensaban que la policía del estado, desplegada días antes específicamente con el fin de evitar este referéndum, no osaría atacar a los centenares de personas que se agolpaban en los colegios electorales y que al ver el gentío desistirían de causar daños mayores. Se equivocaron por completo: las imágenes del salvajismo policial, las cargas indiscriminadas, el apalizamiento de ciudadanos corrientes que sólo resistían pacíficamente el embate, dieron la vuelta al mundo y no proyectaron una imagen muy positiva de la gestión española de la crisis secesionista. Al final, sólo una pequeña fracción de urnas fueron intervenidas, la gente se reorganizó para fortalecer la defensa de los colegios, y por fortuna en un momento dado alguien ordenó detener la represión, pero el daño ya estaba hecho. De acuerdo con los datos de la Generalitat votó en aquel referéndum alrededor del 43% del censo electoral, con una mayoría abrumadora de síes. A los dos días, una jornada de huelga paralizó Cataluña y se vieron impresionantes manifestaciones en contra de la represión policial en toda Cataluña (ver la imagen que abre el post). Durante los días siguientes continuó la actividad judicial contra todo el entramado secesionista pero hubo dos importantes novedades. La primera, el acoso a los policías alojados en diversos hoteles para que los abandonaran; y el pasado domingo, una gran manifestación en favor de la unidad de España y en contra de la secesión recorrió el centro de Barcelona. El último jalón (hasta ahora) de esta singladura fue la declaración hecha ayer por el President de la Generalitat en el Parlament de Catalunya, anunciando la proclamación de la república de Catalunya y acto seguido suspendiendo la independencia durante unas semanas para dar tiempo al estado español a negociar con la Generalitat "de tú a tú". Mientras esto escribo se anticipa que el Gobierno de España pondrá en marcha el procedimiento para anular la proclamación suspendida, lo cual probablemente sería respondida por la Generalitat con la finalización de esa suspensión y proclamación efectiva de la república, lo que nos llevaría a un estado práctico de guerra (no necesariamente de alta intensidad).
Como pueden ver, un embrollo de dimensiones ciclópeas y consecuencias imprevisibles pero cada vez más probablemente funestas.
Como comenté más arriba, en la discusión de este conflicto asistimos a una confusión generalizada por la lasitud con la que se emplean los términos y por muchas ocultaciones interesadas. No nos engañemos, todos los actores implicados mienten en mayor o menor medida, y la gente repite argumentos mal fundados a los que se oponen otros iguales o peores, llevando a la incomprensión y al inconsistencia de todo lo que se dice, haciendo imposible un acuerdo porque todo el mundo ha renunciado a transitar por tierra firme y camina sobre arenas movedizas. Como antes dije, yo no soy experto en estos temas y por ello quizá alguna de las cosas que ahora diré no es correcta por mi falta de conocimiento; si es el caso por ello pido perdón. Únicamente espero aportar a centrar el debate en las ideas y abandonar ciertos esencialismos bastante poco útiles para progresar.
Una de las discusiones repetidas es sobre qué significa democracia. He visto repetidas veces estos días que democracia es votar, y que por definición votar es democrático. A partir de ese punto la gente se suele internar en un fangal inconmensurable sobre quién tiene derecho a votar qué y sobre cuáles son los límites de lo que se puede votar. Dado que éste es uno de los puntos básicos me gustaría empezar por aquí.
Por definición, democracia es un sistema político (es decir, de organización social) que defiende que el poder, todo el poder, emana del pueblo. Para conocer la opinión de este pueblo se debe votar, y la elección de los representantes del pueblo debe suceder en comicios transparentes, pero votar no es la democracia sino su síntoma. Democracia significa que sólo se reconoce el poder que emana del pueblo.
¿Y qué es el pueblo? El pueblo, las gentes, es un concepto del tipo primer principio, es decir, es una abstracción que no se puede definir a partir de otros conceptos anteriores. Es un punto de partida, una verdad que aceptamos convencionalmente porque no podemos definirla a partir de cosas más básicas. De manera genérica y un tanto vaga, para poder hacer algo útil pero como definición muy imprecisa, un pueblo es un conjunto de personas que habitan un determinado territorio, que se reconocen a sí mismas como comunidad, con un deseo de convivir juntas y regirse por unas reglas comunes que ellos mismos definen y se otorgan. No es por tanto casual la mención repetida en el preámbulo de la Constitución española al pueblo español: es del pueblo español que emana todo el poder, la soberanía.
Un pueblo soberano se define no tan sólo por sí mismo sino también por el reconocimiento de otros pueblos soberanos, otros pueblos que se reconocen a sí mismos y que reconocen al otro como un igual. No siempre es así: a veces el pueblo A somete o simplemente contiene al pueblo B, tal como lo entiende el pueblo B; por supuesto el pueblo A no reconoce la existencia del pueblo B, sino que dice que el pueblo A tiene todo el derecho al territorio y la población reclamados por el pueblo B como parte del pueblo A. El reconocimiento internacional es por tanto una herramienta muy importante para asegurar la soberanía de los pueblos.
En el conflicto catalán, desde el Estado español se invoca repetidamente como único marco de discusión la legalidad española, es decir, la que emana de la Constitución española, en la cual sólo se reconoce al pueblo español como único sujeto político de derecho. Sin embargo, los secesionistas justamente están poniendo en cuestión esa unidad del sujeto político, afirmando que hay otro sujeto, el pueblo catalán. Dado que cuestiona el fundamento mismo de la Constitución española, la reclamación independentista ha de contradecir forzosamente la legalidad española y por tanto queda necesariamente fuera completamente de ese marco. A pesar de que la Constitución española contempla mecanismos para su propia reforma y eventualmente una reforma constitucional podría aceptar el derecho de autodeterminación de Cataluña, tal cosa sería siempre una concesión del pueblo español (o sus representantes), concesión que bien podría hacer pero que más bien no hará porque no le reportaría ninguna ventaja. Así pues, es inane insistir en que la única vía a la independencia de Cataluña es la reforma constitucional española, porque tal aproximación se basa en la negación del pueblo catalán como sujeto de derecho y soberanía.
Como ya he repetido en otras ocasiones, el problema aquí no es de legalidad, sino de legitimidad. Eso no quiere decir que la legalidad no valga para nada, y que cualquier cosa es válida y se pueden hacer todas las aberraciones posibles. No se contradice el principio de legalidad, sino que se cuestiona cuál es la legalidad que se debe aplicar, si la que emana de un pueblo soberano o la de otro. ¿Es el pueblo catalán un sujeto legítimo de derecho? De nuevo volvemos al concepto de pueblo, y partiendo de la resbaladiza y difusa definición que he dado arriba, el pueblo catalán debería, como mínimo, reconocerse a si mismo como tal, y como algo diferente del pueblo español. ¿Pasa tal cosa? ¿Los catalanes creen que son - o quieren ser - algo diferente al pueblo español? La única manera de resolver esa duda sería preguntándoles, es decir, haciendo un referéndum. De hecho, un verdadero demócrata español debería ser exactamente eso lo que debería querer, puesto que un pueblo es aquel que decide soberanamente convivir y fijar unas reglas, unas leyes, comunes para todos ellos. Si hay indicios razonables de que una parte consistente del pueblo español se siente un pueblo diferente y no quiere convivir con el resto, es completamente lógico asegurarse de si es así y en tal caso permitirle constituirse en pueblo soberano. Porque, ¿quién quiere convivir con alguien que no desea convivir contigo?
El Congreso de los Diputados español podría convocar un referéndum en Cataluña para preguntar a los ciudadanos de esa región si quieren constituirse como un país independiente, y si la respuesta fuera "sí" sería ése el momento de comenzar a estudiar los mecanismos legales y constitucionales para consagrar esa separación. No tendría sentido hacer una reforma antes, porque si la respuesta fuera "no" sería un trabajo innecesario.
En cuanto a tener indicios razonables de que tal referéndum debería ser planteado, las elecciones autonómicas de 2015 enviaron un mensaje bastante claro: la victoria de una coalición de un partido de derechas y otro de izquierdas, con un único punto en su programa político - la secesión - y con más del 40% de los votos era un indicio más que razonable para pensar que era conveniente convocar tal referéndum, al estilo de lo que hizo el Reino Unido con Escocia en 2014. De hecho, ése era el mejor momento, visto desde un punto de vista de los defensores de la unidad, porque con una buena campaña de las ventajas de la unión con mucha probabilidad el "no" hubiera ganado con alrededor del 60% y el problema catalán se hubiera quedado aparcado durante décadas. Pero no estamos en 2015, por desgracia.
Desafortunadamente, el discurso que ha predominado en España (o al menos el que ha sido más ruidoso) es el de que la innegablemente gran masa de ciudadanos de Cataluña que se manifiestan en favor de la independencia están siendo manipulados, aludiendo repetidamente al perverso rol de los medios de comunicación y a la escuela. Tal pretensión es un tanto ridícula por una sencilla razón: quien la formula se arroga una superioridad moral sobre aquéllos a los que considera equivocados pero que en realidad simplemente defienden una opinión diferente. La televisión manipula, es verdad, pero, ¿no lo hace también la televisión que mira quien eso afirma? ¿Sólo él puede tener capacidad crítica para no dejarse manipular? Y en cuanto a la escuela, emerge en quienes eso afirman el esencialismo español del que hablaba en el post anterior. No sé si existe tal manipulación, desde luego yo no lo he visto en los libros de mis hijos y la mayor ya está en 6º de primaria - a expensas de comprobar si ésta es intensa en la secundaria y el bachillerato me inclino a pensar que no debe ser tanta (sin negar que algún docente pueda ser peculiar, como tantos docentes peculiares tuve que aguantar yo cuando era niño). La obsesión con la escuela catalana, me temo, tiene más que ver con la desafortunada frase del entonces ministro de educación Wert, quien proponía "castellanizar a los alumnos catalanes", cosa que tiene más que ver con relegar a la lengua catalana que a otra cosa. Y si algo sé de los años que hace que vivo aquí es que esta gente es orgullosa de su lengua y de su cultura, y si quieren hacer que el nacionalismo llegue a las nubes no hay mejor manera que atacar al idioma catalán.
Otro aspecto que merece la pena de ser discutida es la indiscriminada e injustificada represión del día 1 de octubre. La visión restrictiva de lo que es democracia (error común en ambos bandos, hay que decir) ha llevado, en el caso de ciertos sectores de la sociedad española, a tomar a las personas que fueron a votar el día 1 de octubre por delincuentes (ya que querían votar en un referéndum considerado ilegal). Ese razonamiento tiene una componente muy peligrosa: si damos por buenos los datos de la Generalitat y realmente fueron a votar 2,2 millones de personas, estaríamos diciendo que hay 2,2 de personas que actúan al margen o en contra de la ley. Pero si en última instancia la ley son unas normas de convivencia que el pueblo se da a sí mismo, y no una imposición de un gran señor, querría decir que hay una gran parte del pueblo, en un territorio concreto, que no está de acuerdo con esa ley, que no considera que se la haya concedido a sí misma sino que le viene impuesta de fuera. ¿Y no es eso un reconocimiento implícito de que una parte del pueblo español no se siente pueblo español?
Cayendo en el error de considerar delincuentes a esos cientos de miles de ciudadanos que querían votar el 1 de octubre se entiende en parte la represión desenfrenada. Con todo, el comportamiento de la Policía Nacional y la Guardia Civil falla en dos aspectos básicos: la proporcionalidad de la acción policial y la resolución del conflicto en la protección de bienes jurídicos. La proporcionalidad en el uso de la fuerza debe corresponder a la importancia de lo que se quiere proteger. A un ciudadano que se acaba de saltar un semáforo en rojo y que por tanto ha cometido una ilegalidad no se le dar una paliza sino que se le pone una multa. Si el referéndum ya se sabía que era ilegal y por muchos motivos una farsa sin garantías, ya me dirán por qué era tan importante evitar, usando tanta fuerza como se quisiera, impedir que la gente votase, con grave riesgo para la integridad de las personas. De hecho, la juez que ordenó impedir la votación no dio carta blanca para que se evitara a toda costa, sino que con buen criterio advirtió justamente que se hiciera sin recurso a la fuerza inmoderada. Y con respecto a la protección de bienes jurídicos en contradicción, se trataba de elegir entre respetar la integridad de las personas o cumplir la orden del juez de evitar una votación igualmente invalidada. Sólo alguien muy fanatizado dudaría sobre cuál era el bien superior, entre esos dos.
Conviene recordar que la policía tiene como cometido proteger el orden público y velar por el bienestar de la ciudadanía. Por el contrario, una fuerza de represión tiene como cometido el castigo de los comportamientos no tolerados sin atender a otros principios. El espectáculo de las manifestaciones espontáneas delante de los cuarteles de donde partieron los efectivos que iban a Cataluña (ese indecente "¡A por ellos") y chistes abominables como el que reproduzco debajo de estas líneas dejan claro que la Policía Nacional y la Guardia Civil fueron enviadas a Cataluña como fuerzas de represión, lo cual sin duda ha causado gran malestar y pesar en ambos cuerpos.
La enorme torpeza del Gobierno de España, primero violentando sus propias leyes con los allanamientos y detenciones de septiembre, y después con el uso de la represión (y el poco afortunado discurso del Rey, que ni tuvo palabras para los heridos el 1 de octubre) ha probablemente incrementado el independentismo, empujando a él personas que rechazaban el procés por sus muchas deficiencias y su ventajismo, pero que más aún rechazan un Estado que se cree con el derecho de usar la violencia contra los que no piensan como él. Como pusieron de manifiesto las concentraciones del día 3, a estas alturas el independentismo está, probablemente, por encima del 50% de la población de Cataluña. No obstante lo cual, el apoyo al independentismo tiene una componente bastante efímera: uno de los lemas del procés es "tenim pressa", tenemos prisa; y es lógico que la tengan, pues ellos tienen un objetivo y saben que la ventana de oportunidad de la que disponen es estrecha. Sin todos estos años convulsos de crisis y desencuentros, el independentismo catalán aún estaría por debajo del 20% de la población que nunca fue capaz de sobrepasar; y solamente en alas del hastío y la desesperación de la clase media en retroceso ha conseguido llegar a los niveles actuales. Pero la élite que encabeza ahora mismo el proceso de secesión no representa tampoco a esa clase media candidata a la Gran Exclusión, y tarde o temprano el soporte actual podría desmoronarse, sobre todo si el movimiento se frena o incluso si no acelera. También conviene recordar que hay al menos un 30% de catalanes rotundamente unionistas, quizá incluso un 40%, y toda esa gente no puede ser simplemente ignorada o arrinconada (y ese 5 o 10% que no estamos en ninguno de esos dos lados por supuesto no contamos para nada). De ahí ese "tenim pressa". De ahí todo el despliegue de estrategia durante todos esos meses, de ahí el tactismo de la estrambótica declaración de ayer, de ahí todo sutil juego de ilegalidades y el ventajismo de arrogarse una legitimidad que no se tiene, usando para ello instituciones legalmente constituidas a partir de una legitimidad, la española, cuya jurisdicción en Cataluña justamente niegan. Si algo han demostrado el president Puigdemont y su equipo es que son personas inteligentes y muy buenos estrategas, y el Gobierno de España no podría cometer mayor error que seguir tomándoles por locos o por imbéciles.
El problema de fondo es que nuevamente nos encontramos en un debate unidimensional que no va al problema de fondo, como analizábamos en el post "De hormigas y hombres". El fallido referéndum en Grecia, el Brexit, la victoria de Trump y tantos movimientos que están teniendo lugar en Europa responden al mismo patrón: creciente descontento, respuestas fallidas que responden a problemas diferentes del planteado. En estos días de sí y no, las posiciones de "quizá, pero" no son populares, son percibidas por los dos bandos como desafección, cuando no directamente traición. Una situación en la que me encuentro habitualmente.
Aquéllos que se enconan a uno y otro lado de una frontera, a la sombra de una u otra bandera, descubrirán con el tiempo que serán traicionados por los que creen que les defienden, los cuales llegado el momento se abrazarán y volverán a hacer negocios juntos (o al menos volverán a intentarlo). Pero los amigos que se enfrentan y dejan de hablarse, los vecinos que se dan la espalda, y los ciudadanos que, en suma, se quedan más solos, creyéndose que lo importante es aquello de lo que discuten en vez de aquello que les pasa, ésos no volverán a reconciliarse, al menos no por mucho tiempo. Cuando toda esta polvareda se disipe, veremos que lo que en realidad se estaba derruyendo era el pueblo, y que, como siempre, gana la banca.
Salu2,
AMT
P. Data:
Algún lector podría preguntarse qué fue lo que yo hice a mi nivel personal el día 1 de octubre, puesto que no soy un ser etéreo al margen de esta sociedad en la que vivo, sino un ciudadano de la misma. Hice lo que creí que debía hacer, posiblemente equivocándome pero ejerciendo mi derecho a equivocarme siempre que respete a los demás. El día 1 de octubre fui a votar, puesto que considero que el problema que se ha planteado no se puede ignorar. No voté que sí, puesto que no deseo la independencia de Cataluña, sobre todo por razones sentimentales (y respeto a aquéllos que sí la desean). No voté que no, porque no estoy de acuerdo con el mantenimiento del status quo, porque creo que se deben cambiar muchas cosas. Así que voté en blanco. Y para ello esperé durante dos horas y media en la cola, con la angustia de no saber si se presentarían los de la fiesta de la porra. Y el día 3 fui a manifestarme en protesta contra la represión policial. ¿Hice mal? Seguro. Ya no se puede hacer bien.
jueves, 21 de septiembre de 2017
Modelo para recortar/Model per retallar
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| Plaça de l'Ajuntament de Figueres, 20 de septiembre de 2017, 19:56 |
Queridos lectores,
Quería dedicar ésta y las próximas semanas a discutir toda suerte de temas centrados en la energía y en la educación, con varias contribuciones ajenas destacadas, pero la vorágine de las últimas horas en Cataluña me ha hecho desviarme de mi plan inicial. Querría ser capaz de aislarme del tumulto que me rodea y centrarme en los temas específicos de los que versa este blog, pero la degeneración de la situación en el lugar donde vivo y trabajo hace muy difícil mantener la cabeza serena; incluso, ponerse a discutir los temas menos locales y más trascendentes de los que nos solemos ocupar en esta esquinita de internet podría ser interpretado como una cierta frivolidad o, peor aún, voluntad de ninguneo de la agitación social que llega a todos los ámbitos de la vida cotidiana; pero, ¿cómo ignorar el eco de las sirenas de los coches policiales que ayer retumbaron incluso a través de las paredes de mi laboratorio?
Haré un breve resumen (obviamente personalmente sesgado pues resulta imposible de evitar tal sesgo) acerca de qué pasa y, más importante, de cómo hemos llegado hasta aquí. Creo que tal resumen es importante no sólo para mis lectores de allende nuestras fronteras, sino que quizá puede llegar a ser útil también para aquéllos de mis compatriotas que pudiera ser el caso que hayan perdido perspectiva de las cosas que han ido pasando durante estos años.
Ayer se plasmó de manera dolorosa la diferente concepción de lo que es un proceso político para el Govern de Catalunya y para el Gobierno de España: durante largas horas la Guardia Civil registró numerosas dependencias de la Generalitat de Catalunya y detuvo a catorce personas, la mayoría de las cuales eran altos cargos de la administración catalana. Como reacción a lo que consideran un atropello, miles de ciudadanos de Cataluña se lanzaron a las calles a protestar (mi instituto se quedó medio vacío), de manera mayoritariamente pacífica, delante de los lugares donde se estaban produciendo los registros y las detenciones. La razón de esta medida de tanta fuerza fue la orden del juez que investiga la comisión de delitos asociados a la preparación del referéndum convocado para el domingo 1 de octubre por la Generalitat al amparo de una ley aprobada por el Parlament de Catalunya, ley recurrida por el Gobierno de España delante del Tribunal Constitucional y que ahora mismo está suspendida. Basándose en esa suspensión cautelar, el Gobierno de España considera delictiva la convocatoria del referéndum, y ha dado instrucciones a la Fiscalía General y a los cuerpos policiales españoles para que tomen las medidas adecuadas para evitar ese referéndum, al tiempo que se ha querellado contra todo el Govern y unas cuantas personas más. Durante las últimas semanas se ha producido un goteo de registros y requisa de material propagandístico y de papeletas, que hasta ahora fue tomado a risa por el sector independentista de la ciudadanía, hasta que se produjeron el asalto a las dependencias de la Generalitat y las detenciones de ayer. Para el Govern de la Generalitat, ayer se traspasaron muchas líneas rojas, que le han servido para demostrar qué pueden esperar de una negociación con el Estado español.
¿Cómo se ha pasado del vodevil de los últimos años al drama actual? Y, más importante aún, ¿se puede evitar que el drama acabe en tragedia? No puedo entrar a resumir todo lo que ha pasado hasta ahora: el lector interesado en profundizar más sobre esto puede leer mi primera entrada sobre el puzzle catalán, de hace 5 años, cuando la olla independentista comenzaba a hervir; o la que escribí hace 4 años (con una segunda entrada analizando la viabilidad económica de un nuevo estado desde el punto de vista del capital internacional), o la última, que data de hace 3 años (cuando se produjo la consulta alegal del 9N), aunque el tema de Cataluña sale una y otra vez en este blog, dado el interés que tiene para mi por ser el lugar donde vivo y también por ser un problema de primer orden en España. Déjenme que escoja una serie de hechos de todos esos posts que he mencionado más arriba para situar someramente la discusión actual, sin entrar en más detalles aquí.
Por un lado, sabemos que Convergència Democràtica de Catalunya, el partido conservador que ha gobernado la Generalitat durante casi tres décadas (no seguidas), ha ido derivando hacia posturas cada vez más independentistas con el curso de los años. Es cierto que en un principio esta deriva fue una excusa para hacerse perdonar por los recortes sociales que implacablemente aplicó aquí, con verdadero convencimiento, la propia Convergència. Maniobra que ciertamente dió sus frutos, pues con la cada vez mayor deriva soberanista el rechazo por los recortes al estado del bienestar y también a los tremendos escándalos de corrupción de este partido han pasado a un segundo plano. Pero no es menos cierto que el soporte electoral de Convergència (ahora redenominado Partit Demòcrata Europeu Català, PDeCat, cambio de nombre que justamente se produjo para escapar de algunos de los escándalos de corrupción más graves y que afectaban a su cúpula y a la estructura misma del partido) se ha ido degradando y que en unas eventuales elecciones autonómicas sufriría una caída histórica. En su huida hacia adelante, los líderes de Convergència aka PDeCat se enrollaron en la bandera catalana y abrieron una caja de los truenos que llevaba muchos años cerrada y que ahora no pueden volver a clausurar. El ascenso de Carles Puigdemont, independentista convencido, a la presidencia de la Generalitat, aupado con los votos de los otros dos partidos independentistas, ERC y CUP, ha llevado al escenario actual de confrontación abierta con el Estado español, reclamando para la Generalitat una legitimidad de Estado soberano que justamente es lo que se tendría que discutir vía referéndum. Sin embargo, la coalición gobernante en la Generalitat, formada por el PDCat y ERC, ha tenido demasiada prisa por sacar adelante su proyecto de independencia porque sabían que la ciudadanía independentista no admitiría de grado una nueva dilación de plazos tras siete años de agitación popular continua, y porque además las encuestas muestran que el retroceso electoral que sufriría el PDCat pondría en cuestión la actual hegemonía independentista en el Parlament. Básicamente, así lo comprendieron, era ahora o nunca y se han decidido por un ahora atropellado, lleno de errores de bulto, manipulaciones groseras y falta de respeto a los procedimientos que han hecho las delicias de sus oponentes.
Por el otro lado, tenemos a un Gobierno español regido por el conservador Partido Popular (PP), con Mariano Rajoy al frente, urgido también por sus muchas necesidades. Pues durante los últimos años se han destapado numerosísimos casos de corrupción que afectan a prácticamente toda su cúpula y que comprometen incluso el sistema de financiación del propio partido (situación muy análoga a la de Convergència). Además, la lenta pero progresiva degradación de su base electoral, unida a la actual fragmentación del parlamento español con la irrupción de fuerzas políticas de nuevo cuño, llevaron a una repetición de elecciones primero y a muy feas maniobras para evitar una segunda repetición electoral, incluyendo un tumultoso proceso dentro del progresista y opositor PSOE, que primero defenestró a su líder Pedro Sánchez para facilitar la constitución de un gobierno del PP por medio de la abstención, pero que luego se vio obligado a restaurar a Sánchez en su cargo por el apoyo indiscutible de las bases. En este momento el PP gobierna sin mayoría en el Parlamento español y con el otro gran partido, el PSOE, en una posición tibiamente hostil (ciertamente tibia, pues le está dando un apoyo "crítico" en su manera de encarar el desafío soberanista en Cataluña). Delante del que posiblemente sea el mayor reto institucional de España desde la restauración de la democracia hace 40 años, la actitud del Gobierno del PP ha sido la de dejar que sean los tribunales los que se encarguen de parar el proceso independentista, ya que obviamente la independencia de Cataluña no es legal de acuerdo con las leyes españolas. El problema es que los procedimientos judiciales, en un sistema garantista como el español, son en general demasiado lentos, y en todo caso muy lentos para detener lo que el Gobierno no quiere consentir de ningún modo, que es que llegue a producirse la votación el 1 de octubre que pudiera en cierta manera legitimar a los independentistas. Por ese motivo, a través de la Fiscalía y de instrucciones a los cuerpos de seguridad, el PP ha pretendido acelerar algunos procesos, llegando a las detenciones preventivas de ayer, muy discutibles desde un punto de vista legal. Pero no tiene muchos otros recursos: en repetidas ocasiones se ha dicho que el Gobierno de España podría aplicar el artículo 155 de la Constitución española, que permite suspender total o parcialmente una autonomía española, pero aunque el PP controla el Senado y podría hacerlo, se arriesgaría a sufrir una moción de censura en el Congreso (gracias a mi padre por la corrección). Así las cosas, el Gobierno de España prepara el desembarco de 4000 policías nacionales en Cataluña en los próximos días, con el cometido probable de intentar evitar físicamente que se produzca la votación y eventualmente detener a todo el Govern el día 2 de octubre (no antes, para evitar espolear a que más gente vaya a las urnas).
Hay una cosa un tanto extraña, visto desde una perspectiva europea, en este conflicto institucional, y es la falta de diálogo entre los partidos independentistas catalanes y los partidos españoles. Después de las múltiples demostraciones de fuerza en la calle durante los últimos cinco años y de los resultados en las últimas elecciones autonómicas en septiembre de 2015, en las que los partidos independentistas se presentaron con un programa explícito a favor de la independencia, es evidente que en la actualidad el independentismo catalán tiene un soporte social muy amplio, sin duda por encima del 40% de la población. Sin entrar en la discusión de si el independentismo es mayoritario o no en Cataluña, en cualquier otro país con mayor tradición democrática un porcentaje tan abultado y constatado de apoyo a esa causa forzaría a que se abriera un diálogo entre las dos partes, diálogo que concluiría con la celebración de un referéndum organizado y amparado por el Estado español, como así ha sucedido en tantos otros lugares. Un referéndum libre y transparente, en que las dos opciones podrían ser defendidas con amplitud y claridad. A fin de cuentas, desde el punto de vista de un demócrata no tendría demasiado sentido forzar a los habitantes de un territorio a pertenecer a un país si mayoritariamente no lo desean, pues en la concepción moderna de lo que debe ser un país es una asociación libre por el mutuo interés, no algo inmutable sino, por el contrario, algo negociable y revisable. Además, como demuestra la experiencia de otros países, si se discuten las cosas con serenidad lo más probable es que en tal referéndum el no a la independencia hubiera ganado, porque en todo el mundo occidental la población tiende a ser conservadora en sus elecciones y preferir la estabilidad de un status quo funcional que les garantiza pan y seguridad a una aventura de incierto futuro.
Sin embargo, en España existe aún una minoritaria pero masiva percepción esencialista que impide cualquier aproximación moderna y racional al problema, un esencialismo labrado tras largas décadas de dictadura y adoctrinamiento, y que ha conseguido pervivir, casi inconscientemente, y que es sustentado ahora por muchos que no vivieron esa dictadura. Un esencialismo según la cual España es una idea superior y trascendente que está por encima de las ideas y de las vidas de sus individuos: es el viejo adagio franquista de "España es una unidad de destino en lo universal". Una concepción trascendente de España es comparable con un sentimiento religioso exaltado, que no admite ni enmiendas ni discusión. A un fanático religioso no se le puede plantear la celebración de un referéndum para decidir si Dios existe o no; "¡Qué tontería!" - te diría - "Es obvio que Dios existe". Del mismo modo, al esencialista español no se le puede plantear la celebración de un referéndum para decidir la independencia de Cataluña, "¡Qué tontería! Si Cataluña es España". Desde esa perspectiva esencialista española, si fuera cierto que existiera una amplia mayoría de catalanes que quisiera la independencia de Cataluña sólo podría ser porque han sido abducidos, engañados o se les ha lavado el cerebro, con una actitud paternalista que considera a los otros equivocados porque uno conoce la verdad máxima, la cualidad trascendente de España, que no puede ser cuestionada y es la verdad siempre. Llevada al extremo, hay quien en un arrebato considera que, en vez de sentarse y dialogar para entender los argumentos del otro, considera que lo que tendría más sentido es echar a los catalanes al mar o incluso destruir Barcelona con un misil, cualquier cosa antes que aceptar que Cataluña y sus gentes simplemente siguieran su rumbo como un país diferente, cualquier cosa antes de aceptar que la actual configuración de España no es una verdad indiscutible sino una construcción humana y por tanto provisional y revisable. En vez de querer construir un espacio común de encuentro donde todos los que quieran se sientan incluidos, el esencialismo español se considera legitimado para imponer su verdad por la fuerza si ello fuera preciso. Y el problema aquí es que el PP (y una parte del PSOE) se arropa en el esencialismo español, igual que Convergència lo hace con la bandera catalana y con igual motivo de hacerse perdonar sus muchos pecados. Y al igual que a Convergència, es una estrategia que al PP le ha funcionado bien, incluso se podría decir que mejor que a sus homólogos catalanes.
Por supuesto la posición ultranacionalista que representa el esencialismo español no es fácilmente homologable al nivel de las democracias europeas, y para salvar la cara se usa un discurso poco inteligible con unos esquemas bastante rígidos para justificar su negativa a negociar con los independentistas catalanes. Desde el Gobierno de España se habla repetidamente de respetar la ley, pero sin tener en cuenta que lo que está en discusión no es la legalidad sino la legitimidad; y si bien los partidos independentistas catalanes no están legitimados para saltarse todas las leyes españolas a la torera y a su conveniencia, tampoco están los partidos españoles legitimados a ignorar la amplia base social que en Cataluña reclama un cambio de status quo, en un debate que podía y debía ser tratado desde las instancias españolas en vez de ser ninguneado. La clásica argumentación de que si lo que pretenden los catalanes es cambiar la Constitución española lo que deben hacer es conseguir el apoyo de una mayoría de dos tercios de las cámaras españolas es completamente tramposo y torticero, pues la población de Cataluña no representa dos tercios de la de España y desde el punto de vista de España la independencia de Cataluña no es interesante, confrontando de nuevo la legitimidad que es del pueblo español con la legitimidad que quiere ser del pueblo catalán. Dar vueltas sobre la legalidad española es absurdo e inútil porque la cuestión de fondo es si se debe considerar al pueblo catalán sujeto legítimo de derecho del modo que lo es el español, y sólo desde la grandeza de miras y un verdadero convencimiento democrático podrían los legítimos representantes del pueblo español aceptar discutir la eventual legitimidad de los representantes del pueblo catalán. Un pueblo catalán que por supuesto es diverso y en el que una parte importante del mismo no querría tal independencia y que también debe ser oído y respetado, como oído y respetado debe ser quien sí lo desea. Y al final de una larga negociación, encontrar una fórmula adecuada para dirimir el conflicto. Pero nada de eso está sobre la mesa, uno y otro bando sólo usa argumentos repetidos y cíclicos que usan la legalidad preferida como si fuera la vara de todo medir, ignorando cualquier legitimidad que no sea la propia.
El desastre que inevitablemente sobrevendrá el 2 de octubre abrirá un nuevo capítulo de este conflicto de legitimidades no reconocidas disfrazado de conflicto de legalidades. La frustración de un 2 de octubre que no se parecerá a lo que hubieran deseado, no por la falta de apoyo a la independencia sino por la imposición forzada de la españolidad, dejará profundas marcas en el independentismo catalán. Un independentismo que, con el devenir de los años, podría acabar incubando un esencialismo catalán parejo al español, esencialismo que por más que se empeñen en denunciar es todavía inexistente a una escala digna de ser apreciado, pero que eventualmente puede acabar sobreviniendo. Un esencialismo catalán que puede, como un agujero negro, ir absorbiendo razones y sumiendo a sus víctimas en el mismo tipo de negro no-razonamiento que demuestran quienes son presas del esencialismo español, que sólo busca la aniquilación del disidente. Y es que por desgracia la radicalidad es un pozo del que resulta muy difícil salir.
Yo hace años que vivo aquí, y he aprendido a amar a esta gente y a esta cultura que generosamente me acogió. Veo con inmensa preocupación la lenta pero inexorable deriva hacia la radicalidad de familiares y de gente a los que llamo amigos y a los que quiero, a ambos lados de la frontera. Estos días de mierda en los que ahora estamos sumidos nos llevan a razonamientos de mierda y a discusiones de mierda de donde, lógicamente, sólo podemos salir cubiertos de mierda. Me comentaba hoy mismo un compañero que ha tenido que salirse de 4 grupos de whatsapp porque ya no lo soportaba. Los que no somos de aquí pero vivimos aquí teniendo muchos vínculos allá recibimos muchos mensajes de gente a la que parecería que ya no conocemos, en las que al final nos reprochan nuestra falta de adhesión a una de las dos causas.
¿Qué espacio nos queda a los de la equidistancia imposible, a los que no queremos vernos envueltos en ningún esencialismo irracional, a los que creemos que hay otros muchos problemas de mucho calado que necesitan ser abordados? ¿Con qué ley seremos juzgados los que no queremos la independencia de Cataluña pero comprendemos a aquéllos que sí la desean? ¿Qué veredicto merecemos los que pensamos que el estado español es profundamente corrupto y decadente, y necesita reformas urgentes que no han querido ser abordadas en tantas décadas por culpa tanto de los dirigentes españoles como de los catalanes? ¿Qué pena se nos reserva a los que amamos a gente que se odia por su defensa encarnizada de entes abstractos?
Una vez más, nuestra dificultad para reconocer el colapso nos lleva a él de manera irremediable. Mientras los que dicen dirigirnos se abocan a una lucha terrible que las masas convencidas jalean, se acerca una nueva recesión económica, los problemas de disponibilidad de recursos están a la vuelta de la esquina, la degradación ambiental no puede esperar más a ser tratada y comienzan a sonar, aún poco audibles, los tambores para las próximas guerras por los recursos. Hablar de todo ello en este momento se considera una frivolidad, una distracción, cuando la verdadera distracción es esta lucha fratricida mientras se nos echa encima la oscura noche.
Salu2,
AMT
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lunes, 5 de junio de 2017
Cataluña ante el colapso
Queridos lectores,
Con paso lento pero firme, el vodevil catalán que hemos vivido durante los últimos años encara ya su fin, como mínimo el final de esta etapa. Después de jugar al gato y al ratón durante un año, el Govern de la Generalitat de Catalunya tendrá que decidir si decide desafiar al ordenamiento constitucional español, legal y vigente en Cataluña, al convocar un referéndum de autodeterminación en este territorio; o bien acepta que no se puede celebrar tal referéndum con todas las garantías legales, disuelve la cámara y da por acabada la legislatura convocando nuevas elecciones autonómicas, probablemente repitiendo la idea de que son "plebiscitarias", como la última vez. De la parte del Gobierno español, el otro actor en este drama con toques de farsa, la posición es bien simple: no a cualquier propuesta de cambio. Entre medias, una población catalana dividida en dos mitades imperfectas, probablemente más de la mitad deseando que se celebre el referéndum (pues no entienden que se sustraiga a la población el derecho a votar, por más razonamientos alambicados que quiera dar el Gobierno español) y probablemente menos de la mitad a favor de la independencia de Cataluña (pues no es evidente qué ventaja va a reportar eso, en tanto que los inconvenientes son muy evidentes). Después de varias escenificaciones muy teatrales y golpes de efecto más o menos previsibles (conferencia de Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, en el Ayuntamiento de Madrid; oferta a última hora del Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España, para que Puigdemont defendiera su propuesta en el Congreso, oferta que fue declinara por éste último, etc), hemos llegado al clímax de la representación, y ya sólo quedan las dos opciones enunciadas más arriba: o Puigdemont tira adelante con el referéndum con todas las consecuencias, o acepta el fracaso de la legislatura y convoca elecciones.
A mi me resulta difícil saber qué es lo que va pasar, pues los movimientos políticos, en todos los países occidentales, se manejan con claves ocultas a la mirada del pueblo cuya soberanía dicen representar, y en las que los grandes agentes económicos tienen más a decir que el pueblo llano. Tal y como yo veo la cosa desde aquí, lo que me parece más probable es que la Generalitat haga el salto al vacío e intente forzar el referéndum, posiblemente en el convencimiento de que el Gobierno español al final tendrá que ceder y sentarse a negociar (cosa que yo no tengo tan clara), y en su defecto los líderes catalanes se inmolarían política y personalmente (penas de prisión incluidas) para exacerbar la indignación popular y ganarle así el pulso al Gobierno español. Y a pesar de lo que acabo de decir, que pase lo exactamente contrario no me sorprendería en absoluto.
El gran problema en Cataluña, y que el Gobierno de España no ha sabido o querido ver, es que al margen de cómo acabe la patochada actual el sentimiento independentista en Cataluña no va a amainar, sino al contrario. Que el independentismo haya pasado de ser consistentemente el 16% del electorado catalán durante décadas hasta llegar a su cota máxima del 48% en cuestión de unos 5 años no es una cuestión menor. Alguien tendría que haber hecho un esfuerzo para entender porqué el independentismo político se había triplicado en tan breve espacio de tiempo, e intentar dar una respuesta política a lo que en esencia era y es un problema político. Por desgracia, el Gobierno de España, acorralado por múltiples casos de corrupción y teniendo que gestionar una situación interna no demasiado estable, ha preferido en todo momento reducir toda discusión en Cataluña a una tema jurídico, de mero acatamiento de las leyes, anteponiendo legalidad a legitimidad, lo cual es desde el punto de vista político una estrategia kamikaze: ¿hasta qué punto el nacionalismo catalán no se ha visto exacerbado por la intransigencia política española? Y lo peor es que aún hoy la mayoría de los líderes españoles no se dan cuenta del inmenso error estratégico de esta posición inmovilista. Así las cosas, el problema de Cataluña con España sólo puede ir a peor con el paso de los años, y lo más probable es que sólo pueda acabar cuando Cataluña consiga su independencia.
Como ya he comentado muchas veces, creo que la efervescencia independentista en Cataluña responde en mucho al proceso de decadencia de las sociedades occidentales, decadencia que ya se ha manifestado de manera particularmente evidente en Grecia, Reino Unido, EE.UU., e incluso Francia. España sólo es otra ficha más en el dominó de esa decadencia global de Occidente, fruto de una crisis que no puede acabar nunca; y es sólo cuestión de tiempo que España sufra una convulsión, previsiblemente peor que las de nuestros vecinos. El sentimiento de desconexión con las élites que experimentan la mayoría de los ciudadanos hace que todo lo que tenga que ver con el Estado se vea como ineficiente y corrupto, y que cada vez menos personas, tanto en España como en Cataluña, están de acuerdo con un continuismo que tiene una imagen cada vez más retrógrada y despreciable. Eso lleva a la curiosa y triste paradoja de que el movimiento secesionista catalán, a pesar de sus muchas limitaciones y cortedad de miras, es lo más regeneracionista que ofrece el desierto panorama político español.
Para los que vivimos aquí, en Cataluña, y más concretamente para los que somos españoles pero no catalanes, la situación es particularmente incómoda. En mi caso concreto, yo, que soy español (nacido en León, vine a vivir en Cataluña cuando ya tenía 32 años), no deseo que Cataluña sea independiente de España, fundamentalmente porque me causa mucha tristeza nuestro fracaso colectivo, nuestra incapacidad de entendernos y llegar a acuerdos razonables. Por otra parte, comprendo los argumentos que dan mis muchos amigos independentistas (porque sí, a pesar de ser español tengo amigos independentistas catalanes, algo que los nacionalistas españoles no pueden entender, en su totalitaria visión de conmigo o contra mi). Hay muchos de los argumentos de los independentistas catalanes que no comparto, y algunos que sé positivamente que son completamente erróneos; pero por otro lado no puedo alinearme con una postura de oposición frontal al independentismos porque de manera ventajista quienes la defienden suelen alinearse con los intereses de una clase corrupta y decadente, ¿y quién puede negar que España necesita una regeneración? Por supuesto que Cataluña también (la política catalana es tanto o más corrupta que la española), y el proceso de independencia no garantiza, ni mucho menos, que se supere esa corrupción. Pero no hacer nada consiste en aceptar que esto es lo que hay y que nada se puede cambiar, ya que desde España, seamos realistas, no se está proponiendo nada como cambio real y radical. Por tanto, uno no quiere votar a favor de la independencia de Cataluña, por el sentimiento de derrota y pérdida que ello provoca, pero tampoco puede votar en contra, porque es reaccionario, una aceptación tácita de lo actual. Pero por otro lado, por pocas convicciones democráticas que se tengan, es obvio que uno no puede oponerse a que se vote sobre un asunto tan trascendente y sobre el que es notorio y manifiesto que un amplio sector de la población catalana quiere manifestarse. Así que al final, en mi caso concreto, me encuentra en la paradoja, otra más de las que jalonan este camino, de querer que se vote y no poder votar ninguna de las dos opciones. Y como yo me temo que se encuentran bastantes personas, aunque al final, con un espíritu más pragmático que el mío, seguramente optarían por una u otra opción, más probablemente el sí que el no a la independencia.
Este último contrasentido, ese callejón sin salida intelectual de querer votar pero no querer ninguna de las dos opciones, ejemplifica a mi modo de ver el callejón sin salida político en el que estamos. No es de extrañar que las posiciones del sí y del no estén tan igualadas en las encuestas; en el fondo, dado que no se habla de las cuestiones verdaderamente importantes que podrían conseguirse o no con la independencia (qué tipo de república se constituiría, si se acabarían o no los privilegios, si se primarían los derechos de las personas o los intereses de las corporaciones, qué se haría con el pago de la deuda, etc), esta votación no es menos aleatoria que lanzar una moneda al aire y pedir cara o cruz. Una vez más somos la hormiga que busca infructuosamente la manzana que huele, moviéndose adelante y atrás sin darse cuenta de que la tiene encima. Por eso, querría explorar una dimensión del problema raramente (por no decir nunca) tratada: que la secesión de Cataluña supondría una vía rápida hacia el colapso, y por qué eso podría llegar a ser algo positivo.
Contrariamente a lo que se defiende desde el campo independentista, la secesión de España supondría una caída económica más que considerable tanto para España como para Cataluña. El grado de interconexión de las dos economías es total, pues Cataluña forma parte de España, la mayoría de sus "exportaciones" van a España y para España Cataluña es un motor económico fundamental. Ya desde el punto de vista meramente logístico, el proceso de secesión tiene una complejidad astronómica: desde la gestión de la red eléctrica, enormemente interconectada entre ambos territorios, hasta las redes de gas, carreteras, puertos, aeropuertos, cuencas fluviales, recursos hídricos y así un largo etcétera. Además, tal secesión no se verificaría de grado: al margen de que más de un líder independentista pueda acabar en una cárcel española, y de que acabara produciéndose cierta violencia hasta la consumación de la separación, es evidente que, por una cuestión de orgullo nacional y sabiendo cómo son nuestros líderes, España no ayudará a Cataluña a hacer más sencillo el proceso, ni tan siquiera en aquellas cosas en las que la no-colaboración perjudicase claramente a los españoles. Antes al contrario, se pondrán todo tipo de obstrucciones y pegas, y entre otras España intentaría endosarle al nuevo Estado tanta deuda nacional como le fuera posible (si le dejan). Y por si fuera poco, esta eventual secesión de Cataluña pasaría en medio de una grave crisis económica mundial, que no sólo agravaría los problemas económicos internos sino que además mermaría el apoyo internacional al proceso de transición (como mínimo, el apoyo económico). Teniendo en cuenta que la siguiente oleada recesiva muy probablemente será el inicio del largo descenso energético, la trayectoria será siempre descendente para los países occidentales, pero en el caso de Cataluña y España ese descenso sería más rápido que el de otros países de nuestro entorno (lo cual, no nos engañemos, a ellos les vendría muy bien, por lo que se supone de aumento de recursos disponibles para ellos).
Colapsar antes o más completamente que el resto de países occidentales puede tener sus ventajas, sobre todo si uno acepta un punto de vista según el cual el colapso es inevitable. Que el colapso sea o no inevitable es algo en sí mismo bastante discutible, aunque viendo la enorme dificultad para conseguir que se acepte en los ámbitos políticos la idea del decrecimiento necesario e inaplazable, y que la falta de amplitud de miras de las grandes empresas nos aboca irremisiblemente a un descenso energético y material precipitado, es difícil ser optimista sobre la posibilidad de evitar el colapso; más bien se podría decir que nuestros sistemas político y económico están programados para colapsar tan pronto como los recursos comiencen su físicamente inexorable declive (cosa que, por lo que parece, ya ha comenzado).
La Historia, disciplina cada vez más arrinconada en los currículums escolares, es una gran maestra, y si uno se toma la molestia de echarle un vistazo verá que los procesos de colapso de las civilizaciones, aunque rápidos al ser mirados retrospectivamente, toman su tiempo. Incluso en nuestro muy inestable sistema, que probablemente nos llevará a un colapso mucho más rápido de lo habitual, el colapso es un proceso que llevará décadas, y al cual la psique humana, muy adaptativa, se va aclimatando, aceptando a cada paso la nueva realidad. A los países occidentales les llevará un tiempo colapsar, porque antes de que éste se consume por completo se tendrán que haber aprovechado todos los recursos atesorados como capital, no sólo monetario sino físico. En el proceso, la falta de aceptación del momento histórico que estamos viviendo puede abocarnos al recurso a la guerra y el colonialismo como medio para garantizar la continuidad del flujo de recursos, y eso nos degradará más y peor que simplemente dejar a los demás países a su suerte, puesto que la contrapartida de la guerra fuera es el autoritarismo y la devaluación interna dentro.
Por todo ello, un colapso rápido, o más rápido que el de los países de nuestro entorno, puede tener ciertas ventajas. Como dice John Michel Greer, "Colapse ahora y evite las aglomeraciones". Si nuestro colapso se verifica sensiblemente antes que el de las naciones de nuestro entorno, seguramente, aunque sea por su propio interés, nos ayudarán a caer de una manera más ordenada; en justa compensación a su esfuerzo por nuestra parte, el peso muerto que nosotros supondríamos les llevaría a acelerar un poco su propio inevitable y necesario colapso. La idea es, al final, colapsar mejor, como tantas veces dice Jorge Riechmman; o si no somos capaces de colapsar bien, por lo menos colapsar rápido, como dice Carlos de Castro, para acabar lo antes posible con esta locura destructiva.
La enorme carga de la deuda, las espurias rencillas entre Cataluña y España, la enorme complejidad de los ajustes en la gestión de tantas infraestructuras y administraciones, y todo eso con el trasfondo de una crisis económica draconiana, podría servir no sólo para producir una fuerte caída inicial de la que nunca nos recuperaríamos, sino que probablemente pondría, tanto a Cataluña como a España en una vía de descenso más rápido de la que tendrían yendo juntas por la Historia. Así pues, la independencia de Cataluña nos llevaría a un colapso rápido pero en mejores condiciones que los colapsos que sucederán posteriormente. Por tanto, en una última paradoja, el proceso secesionista catalán supondría una gran ventaja y algo deseable tanto para Cataluña como para España. Aunque dudo mucho de que ningún representante político osara jamás plantear el debate en estos términos.
Salu2,
AMT
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jueves, 31 de diciembre de 2015
Predicciones para 2016
Queridos lectores,
Ahora que 2015 está acabándose, es el momento de formular cuáles son las previsiones que intuimos para el futuro cercano de nuestra sociedad, en un momento crítico de la crisis de sostenibilidad que nos aqueja. Este ejercicio de pronosticación, siempre difícil e incierto, se va haciendo cada vez más complicado a medida que la crisis se va desarrollando, pues lo complejo de nuestra sociedad hace que las interacciones sean cada vez más no-lineales y pequeñas desviaciones llevan a grandísimos efectos, generalmente negativos. Por tanto, los pronósticos que ahora formularé se tienen que tomar como lo que son, un mero ejercicio para intentar adivinar por dónde irá el futuro, con pocas probabilidades de éxito.
Antes de pasar a analizar los pronósticos para el año 2016, veamos primero el acierto y desacierto de mis previsiones que en su momento hicimos para el año que ahora acaba:
- Volatilidad del precio del petróleo: El pronóstico no se ha cumplido, pues por lo que parece los tiempos característicos de esta volatilidad son ahora mucho más largos que al principio de la crisis energética, en 2008, en buena medida debido a todos los artificios contables con los que se está intentando mantener el fracking a flote. El precio no ha oscilado, como anticipaba, sino que ha tendido a la baja durante todo el años y está actualmente en precios de principios de siglo.
- Grandes conflictos internacionales: Viendo la escalada bélica en Oriente Medio y la creciente conflictividad con Rusia por el derribo de su caza por Turquía, considero que esta previsión ha sido bastante acertada, con matices: no hay nuevos países que hayan entrado en situación de colapso, pero ciertamente el conflicto en Siria e Irak se ha internacionalizado de una manera completamente insospechada hace doce meses.
- Estallido de la burbuja del fracking: De manera semejante a la previsión sobre la volatilidad del petróleo, esta previsión claramente no se ha cumplido durante el año 2015, aunque en la actualidad el fracking ya ha comenzado su retirada. Por lo que parece, los plazos típicos para el desarrollo de estas crisis son más extensos de lo que yo anticipaba hace un año.
- 2015 será el año del peak oil: A falta de que pase algún tiempo que nos permita confirmarlo, esta predicción parece haber sido muy acertada, inclusive los comentarios finales que en ella formulé.
- Recesión europea: Como dice Jesús Nácher en la Proa de Argo, algo huele a rata en Europa. La situación de los bancos europeos es muy mala, el Banco Central Europeo rebaja aún más su tipo de referencia y en general, a pesar del oxígeno que ha dado los bajos precios del petróleo, la economía europea no acaba de remontar. La cosa no pinta nada bien, los problemas ya han comenzado, pero a pesar de ello no se puede considerar de momento que la crisis sea evidente. Parcialmente acertada.
- Recesión en España: Sin lugar a ninguno tipo de dudas, completamente errónea: el retraso de la evolución prevista para el precio del petróleo ha retrasado también los problemas en España, y a pesar de que no se han hecho las necesarias reformas estructurales el hecho es que el PIB español ha crecido más que considerablemente en 2015 (más de un 3%). El paro no ha subido sino que ha descendido y se sitúa en la actualidad en el 20%, alto pero lejos del 28% previsto. La única nota un poco menos desacertada es la caída del IBEX 35, que aunque lejos del 20% previsto ha sido de un considerable 7% (indicio de la subsistencia de graves desequilibrios económicos).
- Vuelco electoral en España: Bastante acertada. No se preveía el ascenso de Ciudadanos, pero ciertamente el bipartidismo ha quedado muy comprometido, y posiblemente lo estaría aún más si la crisis económica fuera evidente en España.
- Impasse en Cataluña: Curiosamente, esta previsión ha sido completamente acertada: la subida del bloque de Podemos (que cayó respecto a los resultados de ICV en septiembre, pero fue la primera fuerza en Cataluña en las generales de diciembre) y, sobre todo, que la pugna entre independentistas y no independentistas continuaría encallada durante 2015.
- Desestabilización climática: 2015 no ha sido un año sin verano, pero por lo demás la previsión -bastante vaga, eso es cierto- ha sido acertada: el sistema climático continúa mostrando signos de fuerte desestabilización y de hecho la corriente de chorro polar ártica (el famoso Jet Stream) está completamente desestabilizada, y más que lo está con la irrupción de tormentas y anomalías de temperatura que hacen que ésta supere prácticamente los 0 grados en el momento (inverno boreal) en el que el hielo debería estar regenerándose con fuerza.
- Cierre de este blog: Se consideraba poco probable y afortunadamente no ha pasado.
Vaya, como ven en 2015 la mayoría de las previsiones fueron bastante desacertadas. El origen del error fue un mal cálculo de los tiempos característicos previstos para la evolución de los diversos factores, principalmente el estallido de la burbuja del fracking. Este estallido se ha podido postergar a costa de crear más tensión y acercarnos a una posibilidad de cambio más brusco y catastrófico. Pero no anticipemos y vayamos por fin a las previsiones para este año:
- Situación del precio del petróleo: Como se ha podido comprobar este año, los bajos precios del petróleo no han tirado como deberían de la demanda de los países avanzados, sumidos como están en graves crisis de demanda interna, fruto principalmente de la disminución de la renta disponible de las clases medias. El efecto benéfico de los bajos precios del petróleo no se está traduciendo en un aumento del poder adquisitivo de los ciudadanos y así, desde el lado de la demanda, la situación es de muy lenta recuperación, casi de impasse. Es poco probable que esta situación cambie durante 2016. Dado que los sistemas de almacenamiento están ya bastante saturados, es posible que el precio aún caiga algo más, sobre todo durante la primavera de 2016. Estos precios tan bajos no pueden prolongarse durante mucho más tiempo, y mi previsión es que la quiebra de algunas empresas de mediana importancia y/o el colapso de un nuevo país productor durante 2016 hará que finalmente el precio del petróleo empiece a remontar con fuerza, probablemente hacia el verano, incluso aunque las perspectivas económicas en Occidente no sean nada buenas.
- Estallido de la burbuja del fracking: Ahora que la producción de petróleo de fracking ha comenzado por fin a caer, veo inevitable que los bancos que han creado el esquema económico que le ha dado soporte se vean arrastrados por la deuda creada, puesto que es difícil justificar buenas perspectivas si los pozos cierran. Esta burbuja debería desencadenar una crisis financiera de cierta importancia en los EE.UU., acompañada de una considerable crisis económica y aumento del paro en ese país, y con un probable contagio de la crisis al resto del mundo. Dado que no se ha producido el reajuste de demanda que yo preveía para 2015, esta crisis podría perfectamente cursar simultáneamente con unos altos precios del petróleo, lo cual la haría aún más grave.
- Será cada vez más difícil ocultar que se ha producido el peak oil: Dada la importante desinversión en el sector petrolero, la caída del volumen total de hidrocarburos producidos será bastante perceptible, posiblemente de 2 millones de barriles diarios o incluso más de 2015 a 2016. Se justificará diciendo que no hay demanda, que es el resultado de la crisis económica mundial, se buscarán paralelismos con la crisis de 1973, etcétera. Saldrán repetidamente expertos economistas en los medios asegurando que el problema es coyuntural y debido a la crisis, y en caso de ser preguntados negarán categóricamente que el problema se deba a la escasez de petróleo. A pesar de ello, seguramente se oirán más que otras veces algunas voces discrepantes y menos complacientes, que apuntarán a que, efectivamente, el planeta ha llegado a su máxima capacidad de producir hidrocarburos líquidos, y alguno más osado puede llegar a comentar que lo mismo está pasando con el carbón y el uranio.
- Recesión europea: En 2016 la recesión se hará evidente, y más cuando estalle la burbuja del fracking en los EE.UU. Esta crisis se verá agravada por los altos precios del petróleo y tiene todos los visos de ser muy grave, ya que grandes bancos "sistémicos" se verán severamente afectados; podría llegar a superar la recesión de 2008. España no será una excepción, y con su complicado clima político será difícil tomar medidas decididas para parar la sangría; de hecho, muchos analistas apuntarán a la necesidad de "mejorar la gobernabilidad de España" por un sentido de Estado y afrontar mejor la crisis económica.
- Las guerras europeas: El conflicto en Siria e Irak se recrudecerá, especialmente cuando se vea que se puede acabar con Estado Islámico (lo cual no es una cuestión tanto logística como política). El problema es que surgirán problemas graves en otros países que son importantes o incluso críticos para Europa: Libia, Egipto, Malí, Níger, Nigeria o Argelia son algunos de los ejemplos más evidentes, pero otros países, por ejemplo los exportadores de petróleo de la zona del Golfo, podrían verse arrastrados por el descontento de su población a causa de los recortes sociales y la subida general de precios causada por los grandes déficits fiscales que implica la pérdida de ingresos por la exportación de petróleo. La extensión de Estado Islámico a todos estos países hace anticipar una creciente conflictividad en toda la zona, con grave afectación de los intereses europeos. La tentación de nuevas aventuras bélicas será especialmente grande, y no podemos descartar ver nuevas actuaciones militares europeas de envergadura durante 2016.
- ¿Y la española?: España tiene intereses importantes en países que actualmente atraviesan dificultades fiscales. Por un lado, Francia presiona a España para que tome su relevo en Malí (de interés principalmente francés, en realidad, para proteger las minas de uranio de Níger). Por el otro, una guerra civil como la que parece estar gestándose en Argelia obligaría a España a tomar una parte activa (el 60% del gas consumido en España es de origen argelino). Sin embargo, la situación política en España dificultará que nuestro país se involucre decididamente en ninguna acción bélica importante, incluso aunque los intereses económicos españoles resulten fuertemente lesionados. Esto también servirá para que no pocos comentaristas lamenten la falta de gobernabilidad del país.
- España, ingobernable: Los resultados de las elecciones del pasado diciembre nos muestran que ningún pacto que no incluya al conservador PP y al socialista PSOE llevará a formar un gobierno. Dentro del PSOE hay disensiones y hay quien pugna no sólo por un apoyo con condiciones, sino incluso por una gran coalición PP-PSOE. El actual secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, se resiste a ello, entre otras cosas porque comprende que tal pacto sería el fin del PSOE. Así las cosas, el escenario más probable es la repetición de las elecciones legislativas españolas en unos meses, y posiblemente en ese momentos los efectos de la nueva recesión se estén empezando a notar. Las nuevas elecciones no dejarán una situación más clara que la actual, pero probablemente el PSOE retrocederá aún más y eso facilitaría la defenestración de Pedro Sánchez y el ascenso de otro candidato (o candidata) más proclive a un pacto con el PP, inclusive una gran coalición. Esta gran coalición podría tomar medidas de recortes sociales adicionales, muy impopulares, que posiblemente podrían ir acompañadas de algunas medidas de restricción de libertades individuales, y además podría involucrar a España en alguna guerra de su interés. Por supuesto que esta gran coalición supondría el fin del PSOE, pero podría garantizar la gobernabilidad de España durante cuatro críticos años, y probablemente sería insólitamente saludada como algo conveniente por la mayor parte de los medios.
- Cataluña, camino a la independencia: Después del estrambótico espectáculo de la última asamblea nacional de la CUP, veo como muy probable que finalmente la CUP se decida a apoyar, con matices, la investidura de Artur Mas como President de la Generalitat de Catalunya. De acuerdo con la hoja de ruta trazada, el nuevo Govern debería tomas las medidas adecuadas para que en un plazo máximo de 18 meses se alcance la independencia; además, se someterá a una moción de confianza este mismo año 2016, para ver que está cumpliendo. Seguramente con esa moción tan prematura Artur Mas pretende desmontar la amenaza de que le perjudiquen en la parte final de su legislatura, aunque de manera improbable podrá la Generalitat conseguir avanzar por el camino de la independencia tras los 18 meses previstos. Pero como la única medida política que se podría ofrecer desde España alternativa al proceso catalán es un referéndum, y esa opción solo la defiende un partido sin posibilidad de gobernar (Podemos), la hoja de ruta de los partidos independentistas seguirá sin cambios. Si la gran coalición triunfa en España la tensión dialéctica entre Gobierno estatal y autonómico subirá de tono, y al final el Gobierno de España tendrá que tomar medidas expeditivas para suspender la autonomía de Cataluña por la fuerza. Este último evento (la suspensión de la autonomía) me parece más probable para 2017, cuando se esté agotando la hoja de ruta catalana, pero no es descartable que llegase a pasar durante 2016.
- Desestabilización climática: los dramáticos eventos climáticos de 2015 serán sucedidos por eventos también muy graves durante 2016: no se puede descartar que, debido a las realimentaciones positivas (e.g., liberación del metano del permafrost y clatratos marinos) estemos ya en una fase de aceleración del cambio climático. Debido a las anomalías actuales en el Ártico veo muy probable que el hielo marino ártico no se recupere tanto este invierno y, en particular, que sea más fino y frágil, con lo que en 2016 se podría marcar un mínimo histórico de cobertura de hielo en verano. Este hecho, y la finalización del fenómeno El Niño de 2015 hará más probable un episodio de "año sin verano" en Europa durante 2016. Además, no descarto que se produzcan algunos fenómenos poco usuales, particularmente ciclogénesis explosivas de inusitada violencia en Europa y huracanes más intensos en general.
- Cierre de este blog: Aún lo considero poco probable, aunque la posible deriva autoritaria española, sobre todo con una creciente militarización de la conciencia ciudadana, puede acabar por ponernos en aprietos.
En resumen: 2016 puede ser un año de drásticos cambios. Si la velocidad de éstos es más paulatina de lo que yo preveo (como, siendo honestos, afortunadamente suele pasar) o si finalmente se acelera, eso no cambia el hecho de que seguimos un curso muy negativo y que en cualquier momento puede encima empeorar.
Salu2,
AMT
lunes, 10 de noviembre de 2014
Cuando hay que tomar partido: una visión personal y factual
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| Imagen cortesía de Sílvia Joly |
Queridos lectores,
Diversas personas me han preguntado si fui o no a votar durante la jornada de ayer, en la que tras una complicadísima pirueta legal el pueblo catalán fue más o menos (todo es bastante confuso, en realidad) a votar sobre su futuro político. Normalmente no me pronuncio sobre asuntos políticos partidistas, puesto que mis opiniones políticas, si es que las tengo, no creo que sean de mayor interés que las de otro ciudadano cualquiera, y The Oil Crash no me parece un foro idóneo para airearlas, ya que no se trata de cuestiones factuales sino completamente opinables y subjectivas. En este caso, sin embargo, si querría desgranar aquí las razones por las que ayer, efectivamente, fui a votar en esa consulta que de mayor querría ser referéndum; y no porque mis personales opiniones sean de mayor interés, sino por intentar diseccionar los dilemas morales e intelectuales que desgrarran interiormente a un peakoiler (en este caso, al que tengo más a mano: yo mismo) delante del proceso de colapso institucional que se vive y vivirá en Occidente. ¿Qué debe hacer una persona que comprende que nuestro único curso posible es el del descenso energético delante de procesos como el que se vivió aquí ayer? ¿Debe ignorarlos, al ser meras distracciones y fuegos de artificio que desvían la atención de los asuntos críticos? ¿Debe participar activamente en ellos, por ser una oportunidad de generar los cambios necesarios para una sociedad en transición? ¿Debe mantener una cierta distancia y aportar solamente en aquellos aspectos clave para esta transición? ¿O bien debe de actuar según sus apetencias personales, puesto que la esfera de estas decisiones nada tiene que ver con la del declive energético? Justamente son éstas las cuestiones que querría abordar hoy, desde una perspectiva subjetiva y por tanto bastante discutible y propensa al error, pero no por ello menos interesante de discutir. Y es que, querido lector, en el curso de los años que vendrán Vd. seguramente se verá sometido a procesos de alguna manera análogos a éste, en los que podrá participar de una u otra forma en la decisión de cambios institucionales que afectarán de manera determinante a su futuro. Espero que mis tribulaciones y cavilaciones, a pesar de mis limitaciones, le sean a Vd. útiles de alguna manera.
Para los lectores de fuera de España, resumiré de una manera muy, muy simple, burda incluso, el vodevil que se ha vivido aquí durante los últimos meses y que nos ha llevado a la consulta del 9N.
Desde hace algún tiempo hay una creciente agitación en amplios sectores de la sociedad catalana en favor de la constitución de Cataluña como una nación independendiente, y que ha experimentado un increíble auge - a la par de las penalidades económicas - durante los últimos pocos años (en 2012 hubo una gran manifestación, en 2013 se hizo una larga cadena humana y en 2014 se repitió otra gran manifestación). El Govern de la Generalitat de Cataluña (órgano de gobierno de las competencias transferidas por el Estado español a esta, actualmente, región de España), presidido por el president Artur Mas, encontró en el independentismo político una vía de escape para el descontento popular contra la eternización de la austeridad y los recortes, fruto de esta crisis que no acabará nunca. Arropándose en la bandera catalana como un escudo contra las críticas a su gestión, según muchos analistas (y mi propia experiencia de campo me lo confirma) en la actualidad el Govern está desbordado por un movimiento que tiene una amplia base popular y que va más allá y más deprisa de lo que en realidad podría parecer que el Govern desearía ir.
El caso es que, tras las últimas elecciones anticipadas (en las que el voto al partido del Govern no fue tan favorable), Artur Mas se vio necesitado de pactar con formaciones abiertamente independentistas y entonces se llegó al acuerdo de que en 2014 (más tarde se fijó la fecha al 9 de Noviembre) se celebraría una consulta sobre la independencia de Cataluña. Las muy repetidas palabras "referéndum" y "consulta", en el contexto de este guirigay, son muy relevantes: En España sólo el Gobierno de España puede convocar referéndums y su resultado es vinculante para la acción del Gobierno, por ser un mandato popular; por tanto, lo que formalmente proponía el Govern de Cataluña era realizar una consulta: una especie de encuesta masiva por votación de los interesados, cuyos resultados no serían en todo caso vinculantes. A tal efecto, el Parlament de Catalunya aprobó el pasado Septiembre una "ley de consultas no referendatarias y otras formas de participación popular", que debía dar marco legal para la convocatoria de la consulta del 9N. El problema es que desde hace muchos meses se sabe la fecha y las preguntas de esta consulta, así que resultaba complicado justificar que no se trataba de una ley ad hoc para un caso singular; y dado el fuerte contenido político en temas sensibles de la soberanía nacional de las preguntas de esta consulta (a las que ahora me referiré) y su carácter prácticamente refrendatario, el Gobierno de España ha reaccionado con mucha contundencia y rigidez: desde el momento en que se aprobó finalmente tanto la ley como el decreto para convocar la consulta del 9N el Gobierno envió un recurso de inconstitucionalidad al Tribunal Constitucional, el cual cautelarmente suspendió ambas.
A partir de aquí comienza una historia muy complicada y a veces esperpéntica. Primero, el Govern anuncia que se hará el 9N "de otra manera" y convoca el "nuevo 9N" (en catalán la expresión es bastante cacofónica porque "nuevo" y "nueve" se dicen igual), que no se acaba de saber muy bien qué es porque ninguna ley le daba amparo. Como reacción, el Gobierno de España anuncia que obligará al cumplimiento de la resolución del Tribunal Constitucional, y envía un nuevo recurso a este tribunal para que anule las actuaciones del Govern, aparte de amenazar con graves consecuencias si funcionarios de la Generalitat participan en esta "farsa". La tensión dialéctica fue aumentando con los días y al final el Govern dejó en manos de los voluntarios y las asociaciones civiles que han promovido esta consulta su organización. Se temía incidentes graves ayer, pero al final la cosa quedó en nada a pesar de dos o tres altercados aislados; la organización fue ejemplar, la participación modélica, y realmente no pasó nada. El Govern anunció oficialmente datos de participación y de recuento, en un movimiento que puede tener consecuencias legales - ya veremos qué pasa durante los próximos días.
Desde el punto de vista meramente descriptivo, lo que pasó ayer fue bastante impresionante. Una consulta organizada por voluntarios, que no tenían censos, que había sido condenada públicamente e incluso con poco veladas amenazas de consecuencias legales para quien se involucrase, ha traído finalmente a las urnas a 2.250.000 personas, aunque el Gobierno, que tilda todo el evento de farsa, asegura no dar credibilidad a esas cifras. Incluso dando por buenos esos números (que a mi me parecen completamente verosímiles, a tenor de lo que vi ayer), ayer votó poco más del 36% de todo el censo de electores (había algo más de 6 millones de personas llamadas ayer a las urnas), de los cuales un poco más del 80% (lo cual representaría aproximadamente el 29% de todo el censo de electores) se pronunció claramente a favor de la independencia de Cataluña. Las cifras ponen en evidencia un avance gigantesco del independentismo en Cataluña, porque si bien los votantes independentistas eran los más motivados para acudir a la consulta, es probable que por diversas razones no todos los independentistas votaran (en particular, se echó en falta a la gente más joven), y más aún que no todos los que no votaron serán contrarios a la independencia. También es cierto que parte de los votos a favor de la independencia son votos de castigo y censura al Gobierno de España por su autoritarismo, y esos votos se retraerían en caso de un referéndum real con consecuencias reales. Por una infinidad de motivos todas las cautelas con las que deben ser tomadas estas cifras son pocas, pero dada su magnitud llega a ser verosímil la hipótesis de que en estos momentos el independentismo catalán se encuentra en algún punto alrededor del 50% (quizá más arriba, quizá más abajo) de los votos que se emitirían en caso de haber un referéndum real. Por tanto, si realmente se le consultase a los catalanes sobre su futuro en un proceso con consecuencias reales la opción independentista podría llegar a ser la mayoritaria. En realidad nadie sabe dónde estamos exactamente y eso explica los movimientos un poco erráticos que a veces, por ciertos cálculos partidistas, están ejecutando los partidos políticos.
Respecto a las preguntas que se planteaban en esta consulta, eran dos. La primera pregunta era si el consultado querría que Cataluña fuera un Estado o no. La segunda pregunta decía que, en caso de haber contestado afirmativamente a la primera, si se deseaba que Cataluña fuera independiente o no. Las opciones posibles eran, por tanto, votar en blanco, Sí-Sí, Sí-No, Sí y dejar la segunda en blanco y No, cada una de ellas con su posible interpretación política. Votar en blanco significaba estar de acuerdo con que se se consultase al pueblo pero no tener opinión sobre las preguntas, no querer expresarla o no estar de acuerdo con las opciones presentadas. Votar Sí-Sí (que ha sido la opción que se ha llevado el 80% de los votos) quería decir querer que Cataluña sea un Estado independientes. La opción Sí-No equivalía a desear una reforma del Estado español para que pase a tener una estructura federal, de la cual Cataluña participaría como Estado federado. Sí-blanco quiere decir que se está a favor de una estructura estatal para Cataluña, sin expresar preferencia si debería ser un Estado independiente o federado. Por último, No significaba que que no se quería que Cataluña fuese un Estado, independiente o no. Obviamente, había una opción adicional, en realidad la mayoritariamente escogida por los ciudadanos de Cataluña, que era la de no ir a votar, negando toda legitimidad a hacer esta consulta o bien no acudiendo por miedo a las consecuencias o por encontrar que esta consulta era una farsa o inútil.
Después de dudar durante un tiempo, hace ya unas semanas tomé la decisión sobre qué opción iba a escoger. No era una opción fácil y posiblemente, errónea o no, mis argumentos para escogerla no son del todo ciertos o adecuados. A algunos de mis lectores (de hecho, posiblemente para la mayoría de los españoles) les puede sorprender e incluso molestar mis elecciones, por encontrarlas inapropiadas e indignas de ser aireadas aquí. Sin embargos, son decisiones reales tomadas en una situación real, en un contexto complejo que, estoy convencido, se irá reproduciendo de otras maneras en otros territorios. Mi esperanza es que la discusión de mi opción, vista desde la perspectiva de los problemas que se discuten en este blog, pueda serle útil a otros (quizá, por qué no, como ejemplo de qué no hacer).
La primera decisión que tomé fue la de ir a votar.
Fui a votar porque entiendo que no se puede criminalizar un proceso participativo. No estoy de acuerdo con que se puedan poner límites a priori a la discusión de cuestiones que no atentan contra los derechos fundamentales e inalienables de las personas (como son la vida, la integridad física, la propia imagen) y la soberanía nacional no es a mi entender uno de esos derechos. A partir de las discusiones a las que hemos asistido estos días, de acuerdo con el Gobierno español la pregunta no se podía plantear porque contradice la Constitución española, mientras que el Govern de la Generalitat dice que el pueblo de Cataluña tiene derecho a ser consultado. A mi modo de ver, esta discusión es una de primeros principios: según el Gobierno español el único sujeto reconocido de derecho es el pueblo español, depositario de la soberanía popular, en tanto que el Govern dice que el pueblo catalán es también un sujeto de derecho que tiene que ser reconocido. Como estamos hablando de entes abstractos no definibles (¿qué es el pueblo español? ¿qué es el pueblo catalán?) es imposible establecer una discusión racional sobre esos términos porque son primeros principios: son hechos que se toman tal cual, sin posible definición por términos anteriores. La discusión sobre la legalidad de la consulta es en tal sentido y a mi modo de ver completamente inane: obviamente cualquier intento de considerar que el pueblo catalán es sujeto de derecho puede ser ilegal con respecto a las leyes españolas, pero éstas no son principios inmutables y necesarios, sino derivados de la premisa de que es el pueblo español el único sujeto de derecho en el territorio que hoy llamamos España. Por tanto, la cuestión no es tanto de legalidad (obviamente la consulta, según como se formulaba, puede ser ilegal en España) sino de legitimidad: ¿es legítimo que el pueblo catalán intente existir como tal, como una cosa diferente y voluntad de ser al margen del pueblo español? De aquí toda la lucha de cifras: lo que el Govern ha intentado defender, amparándose en las multitudinarias manifestaciones de los años previos, es que en el territorio que hoy conocemos como Cataluña una amplia mayoría de la población se reconoce a sí misma como pueblo con derechos equiparables a los del pueblo español. Invocar la legalidad española en este contexto tiene el mismo sentido que invocar el código de circulación delante de un camión que avanza sin frenos hacia nosotros a toda velocidad: simplemente, no se aplica apropiadamente en este contexto. Dado que en la historia los sujetos de derecho internacional generalmente se configuran por la fuerza (física u otra), las opciones razonables del Gobierno español para responder a este problema era o bien utilizar la fuerza (coacción o ejercicio de la violencia en su caso) o bien abrir un proceso político y negociar; lo que ha sucedido es lo esperable cuando no se ha decidido tomar ninguna de las dos posturas lógicas.
Pero yendo al por qué de mi decisión, dado que para mi el mayor riesgo que tiene el mundo en descenso energético es caer en totalitarismos, me parece importante intentar mantener las estructuras lo más democráticas posibles, y frente a la imposición y el inmovilismo, la incapacidad de negociar (en la que Gobierno y Govern comparten culpa, aunque la cuota de la misma en el primero se ve sensiblemente superior), lo mejor que entiendo que puede hacer el ciudadano es votar, porque la votación es el alimento de la democracia (aunque no es lo único que se necesita para tener una democracia sana: en demasía se descuidan otros nutrientes esenciales como la transparencia, el control de las instituciones y la rendición de cuentas públicas). Al decidir ir a votar me posiciono en contra de una opinión mayoritaria en mi país de origen (yo soy español) y eso me estigmatiza delante de los ojos de algunos.
Con respecto a la primera pregunta, decidí votar que No.
Yo no deseo que Cataluña sea un Estado. Hemos analizado en este blog la gran colusión que hay entre Estado y capitalismo; los Estados tienden a gestionar de manera poco apropiada la soberanía popular que se les confía, influidos por los grandes poderes económicos que acaban convirtiendo dinero en poder a través de la injerencia en los asuntos políticos. Este proceso de usurpación del poder político en los Estados por parte de los poderes económicos, como se está viendo, se intensifica en las épocas de crisis, y más en esta crisis terminal del capitalismo global. La razón es simple: el capital reclama tener la tasa de regeneración histórica en un contexto de recursos menguantes, y si la economía no puede seguir expandiéndose porque falla la base material (porque la producción de petróleo y otras fuentes de energía empieza a disminuir, porque los metales que usa la industria son más escasos y caros -energética y económicamente- de producir) el capital sólo puede seguir expandiéndose a costa del endeudamiento del Estado y la reducción de los salarios. Yo no deseo que cuando mis hijos sean mayores vivan bajo los dictados de un Estado que entonces será, forzosamente, más corrupto y decadente de lo que es ahora y que les impondrá muchas y graves servidumbres, y por eso a esta pregunta mi respuesta sólo puede ser no. Como ven, mis razones difieren mucho de las comunes.
Con respecto a la segunda pregunta, decidí votar que Sí.
Esta decisión era mucho más difícil que la primera. Yo no deseo la independencia de Cataluña y me causa tristeza que pueda terminar de esta manera abrupta una convivencia de siglos, que fracase de esta manera un proyecto común de convivencia, que todo se acabe con un portazo de despecho en medio de una ensalada de gritos y con los vecinos (Europa) mirando con caras extrañadas mientras que la del Cuarto (Reich) murmure entre dientes: "ya lo decía yo...". Sin embargo, si Cataluña decidiese no ser un Estado, entonces estaría muy bien que fuera independiente, porque al menos eso le daría una opción a mis hijos de no vivir subyugados (ya sé que no es una garantía, pero al menos es un buen comienzo). Votar "No" a secas significaría que prefiero lo que hay, y en el actual estado de decadencia de la política española, con la corrupción que hay y la que vendrá, es aceptar que no me gustaría cambiar las cosas. Y no es así. España necesita regenerarse y Cataluña necesita regenerarse. España está optando por Podemos como vía hacia la regeneración y Cataluña por la independencia. Aún no sabemos a dónde nos llevarán estas dos vías.
Hay una razón adicional para votar "Sí" a la independencia de Cataluña. El diseño de esta consulta, por razones políticas decididas en los partidos que suscribieron el pacto sobre el derecho de decidir, es completamente favorable al BAU: Hay una clara asimetría en las dos cosas que se están votando (Estado e independencia), de modo que sólo puedes entrar a discutir la segunda si has aceptado la primera. El mensaje de fondo es que no se puede renunciar al Estado; del mismo modo que para mucha gente el fin del capitalismo es el fin del mundo, para los promotores de esta consulta el autogobierno sólo se puede ejercer a partir de un Estado, es decir, una estructura centralista en la que los centros de decisión están tan alejados del pueblo que es muy fácil que un poder ajeno y no democrático los controle. Tanto es así que la opción que yo he escogido se considera no válida y mi voto por tanto ha sido nulo. Así pues votar "No-Sí", la única opción no contemplada y la que realmente para mi tenía más sentido, no es votar por la independencia de Cataluña sino que es un voto de protesta, una protesta por un diseño de la consulta hecho a la medida de sus promotores, que pretender mantener un régimen de privilegios propios de una época ya pasada y que no volverá. Estoy diciendo que no estoy conforme con lo que tenemos pero que lo que me ofrecen tiene también bastante mala pinta; estoy diciendo que tenemos que salirnos de los esquemas clásicos e comenzar a pensar de otro modo. Si la opción "No-Sí" hubiera sido la mayoritaria, la perplejidad de toda la clase política a ambos lados del río Ebro habría sido mayúscula y quizá, sólo quizá, se hubiera podido a comenzar a construir el futuro que todos necesitamos, ya fuera con España o sin ella, pero en todo caso el necesario.
¿Hice bien? Seguramente no, pues vivimos en un tiempo en el que resulta imposible hacerlo bien. Se trata solamente de intentar hacer lo correcto.
Salu2,
AMT
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