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- Los... recortes... hacen... la - escuela... pequeña.
Mi hija está aprendiendo a leer, y ahora lo lee todo, hasta la etiqueta del champú. Y es difícil dejar de ver alguna de las pancartas que cuelgan de las paredes de todos los colegios por delante de los cuales pasamos.
- Papá, ¿qué son los recortes?, con ése énfasis en la última palabra que los niños saben poner cuando quieren que les des una definición.
Ja. Eso. Nada menos.
- Recortes viene de recortar. En este caso están hablando de recortes de dinero. De que les están dando menos dinero a las escuelas.
Ella asiente en silencio y antes de que lance la siguiente pregunta, obvia, continúo:
- ¿Te acuerdas, A., de cuando papá fue a luchar contra los malos? Tengo la tentación de añadir: "pues perdimos", pero pienso que la amarga afirmación, mitad irónica mitad realista, no puede ser asimilada por su infantil mirada. Tomo aire y prosigo: Los malos están haciendo muchas cosas malas. Nos están quitando dinero de las escuelas, de los médicos, de los científicos - mi hija sabe que yo soy científico; no acaba de entender muy bien qué quiere decir, pero sabe que investigo cosas y hago inventos para que la gente viva mejor. Siempre pronuncia la palabra "científico" con un énfasis especial, como si llevara otro acento en la "e": ingenuo orgullo filial.
- Pero, ¡¡no es justo!! - su grito es casi un lloro - ¿Porqué hacen estas cosas tan malas los malos?
Ya sabía yo que me estaba metiendo en un jardín.
- Los malos han perdido mucho dinero. Se metieron a hacer casas a lo loco, sin pensar si las podrían vender o no. Hicieron malos negocios y ahora pretenden que nosotros paguemos por sus errores - creo que cada vez la estoy liando más parda.
- Pero, ¿cómo es que nos pueden quitar nuestro dinero?
Nuestro. Qué querrá decir eso de "nuestro", me pregunto. Pero es una pregunta demasiado filosófica para una niña que ni siquiera tiene 6 años. Es lo malo de hablar con niños: que su simple y aplastante lógica te obliga a replantearte esquemas mentales en los que no quieres hurgar a menudo, porque sabes que las cosas allá dentro no están tan claras, que todo el andamiaje conceptual en el que nos basamos en realidad no resiste el más mínimo análisis de principios. En fin.
- Los malos, A., son capaces de convencer a los que nos mandan; y los que mandan nos quitan el dinero para dárselo a ellos. Otro día ya le había explicado que hay unos que nos mandan y a los que debemos obedecer, más o menos.
- ¿Los que nos mandan también son malos?
- No, yo creo que no, al menos no la mayoría. Como mucho son tontos. Bueno, pienso, en realidad eso casi seguro que sí. Lo que pasa es que los malos los engañan, o los compran con su dinero, o si no les amenazan. Mirada perpleja de ella. Pausa teatral. A., los malos tienen mucho dinero: son los bancos. Esto necesitaría muchas más precisiones para un adulto, pero para una niña puede valer más o menos. En realidad, he visto a más de un adulto hablar exactamente en esos mismos términos: los malos de la película son los bancos. Es un enemigo fácilmente identificable, y son bastante antipáticos con todas sus comisiones, préstamos e hipotecas.
Hay un momento de estupor. Ella vuelve a la carga.
- ¿Y si tienen tanto dinero, por qué nos quieren quitar el nuestro? Esta nena debería ser asesora de algún ministro.
- Porque ahora están perdiendo dinero, y aunque tienen de sobra no quieren perder ni un céntimo. Así que han decidido que abusarán de nosotros, como el otro día me contaste que en tu clase R. abusaba de M., con la ayuda de los que mandan. De hecho, A., ya nos están quitando dinero. Ahora Papá gana menos dinero, me pagan menos cada mes. Y Mamá. Y la tía I... La tía I. es maestra en la escuela de mi hija, y mi hija la quiere mucho, así que explota:
- ¡¡¡No es justo!!! ¡¡¡La tía I. es muy buena maestra!!! ¡¡¡Ya estoy harta de estos malos!!! Después se queda pensando un rato. He podido capear la cuestión principal pero que es la que tiene más consecuencias: por qué los bancos se metieron con ese entusiamo en negocios tan dudosos. No quiero llegar con ella a las causas últimas de la crisis, a decirle que la crisis no acabará nunca, que ella verá cómo nos iremos haciendo pobres a medida que crezca, ni mucho menos a los enormes peligros que nos acechan... Es demasiado para una niña tan pequeña, y yo siento que no tengo derecho a machacar sus infantiles ilusiones; al menos, no hoy. Es mi hija. No quiero. Ya llegará el momento.
Ella también ha estado cavilando todo este rato; me mira con sus grandes ojos de ese color indefinido, en algún sitio entre el verde y el marrón que cambia con el día, y me dice, con un tono entre decidido y travieso:
- Vamos a matar a los malos, son muy malos. Les voy a dar con una espada en la cabeza, y hace el movimiento de blandir una espada y golpear con ella. Sus dientes están apretados, en una explosión controlada de rabia infantil. Si tuviera delante a los malos es obvio que no les cortaría la cabeza, pero seguro que no se quedaría corta de darles una buena patada en el culo. Me hace reír, con risa verdadera.
- A., no podemos matar a nadie. Nosotros no hacemos esas cosas. Todas las vidas tienen que ser respetadas, incluso las de los malos. Los malos hacen eso porque creen que les beneficia, pero en realidad se perjudican porque todos salimos perjudicados. Me callo ahí. Por más que a la gente le gusten tanto las teorías de la conspiración y pensar en malos malísimos con una maldad demoníaca, tales pensamientos son el último refugio de quien piensa que podemos cambiar las cosas para que todo sea igual, de que en realidad la situación está bajo control sólo que quien la controla hace el mal, pero que aún podemos tomar las riendas y hacer que todo vaya bien. No es verdad. Lo que pasa no es fruto de una gran inteligencia, sino de una gran estupidez y una absoluta improvisación. Por más que algunos lo piensen, nadie va a salir beneficiado del Oil Crash. Pero mi hija no queda muy convencida con mis palabras, y mientras bajamos la calle va ensayando algunos golpes de karate...
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- ¿Por qué sacas dinero del banco, si son malos? En medio de la operación de sacar dinero del cajero, va y me suelta esto. Qué buena pregunta, la verdad.
- A., los bancos tienen todo el dinero, incluso el nuestro. Por eso son tan poderosos. Pero el dinero que estoy sacando no es del banco sino nuestro; el banco no da nada a cambio de nada, y no me daría dinero si no fuera porque piensa ganar mucho más.
- ¿Y por qué no pones el dinero en otro sitio? En casa, o en casa de los abuelos, o en casa de los tíos...
- Porque no podemos. Cuando nos pagan el dinero al final de cada mes de trabajar, nos lo ponen en un banco. No nos dejan ponerlo en otro sitio. Recuerda que eso lo deciden quienes mandan.
- Y así, ¿cómo sabes que el dinero es tuyo?
Puf. Ya no respondo a eso. Pues no lo sé, la verdad. De hecho, no creo que propiamente ese dinero sea mío. Lo necesito, pero no es mío. Ese dinero proviene de un subsidio enorme que otros países, los productores de materias primas, le están haciendo a países occidentales como el nuestro, en un proceso que históricamente está llegando a su fin por agotamiento del modelo, y por incapacidad de la producción de materias primas de seguir acompañando a una demada que ha de ser creciente para que nuestro sistema económico y productivo funcione correctamente. Necesitamos ese dinero para poder seguir con nuestras vidas, para que yo pueda criar a mis hijos, pero no sé con qué derecho puedo decir que es mío.
- Lo único que sé seguro es que no es del banco...
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- Cuando sea mayor conduciré el coche de mamá, me dijo otro día.
Y es que en mi casa quien tiene el coche es mi mujer, que lo necesita para su trabajo; por eso muchos días bajamos andando, si perdemos el autobús (pues no pasan frecuentemente). Yo, la verdad, nunca tuve demasiado interés en conducir, me saqué el carnet tan tarde como pude y conduzco poco, cuando es imprescindible. Así que mi hija, que se mira en el espejo de su madre, se ve conduciendo su coche cuando sea mayor.
Trago saliva. Siento la necesidad de explicarle que seguramente ella nunca tendrá un coche porque seguramente nunca se lo podrá permitir; ni siquiera sé qué podrá estudiar o qué oficio podrá aprender, si tendrá un trabajo que merezca el nombre de tal. De repente siento frío dentro de mis pulmones y los hombros me pesan. Siento que no puedo mentir a mi hija, que me mira con dos ojos enormes que iluminan la calle por la que pasamos.
- A., digo por fin, cuando tú seas mayor seguramente no habrá coches.
Se queda unos segundos callada, pensativa. Bueno, eso me parece a mi: en realidad está comenzando a llorar, pero lo hace de esa manera lenta y queda de los niños cuando están en plena desesperación, en absoluta impotencia.
- ¡Mi coche es muy bonito! - me dice por fin, las lágrimas ya brotando lentas de sus preciosos ojos. Y yo siento un peso en el estómago, porque no puedo soportar ver llorar a mi hija. Pero tampoco quiero mentirle.
Su coche. Su coche es el coche de su madre. Es otro de los efectos del fetiche coche: el poder que te da su posesión, más allá del status: es la sensación de libertad, de omnipotencia (al menos vehicular). Mi hija tenía poco menos de 5 años cuando tuvimos esta conversación pero ya había captado y absorbido la quintaesencia del BAU automovilístico. Y ahora, ¿qué hago? ¿Cómo le puedo hacer entender que cuando ella sea mayor el coche será un artículo de lujo, que sólo los más ricos poseerán? ¿Que la clase media irá cayendo progresivamente en la Gran Exclusión, y su preocupación ya no será tener un coche sino tener de comer?
- A. - le digo por fin - no sé, quizá tú tengas un coche cuando seas mayor. Pero lo que está claro es que no habrá tantos coches como hay ahora. Además, no los necesitamos. Fíjate: mira cuántos coches hay aparcados en la acera; nadie los usa, y siempre hay muchos así. Ella asiente: sí, está todo lleno de coches, a veces nos cuesta pasar por el paso de cebra. Todos estos coches contaminan mucho, ensucian mucho: ya te han contado en la escuela que por culpa del humo de los coches y de las máquinas el planeta se está calentando, y si seguimos así hará mucho calor y lo pasaremos mal. Además, los coches son peligrosos para los niños (si no te ven, te pueden atropellar) y hacen mucho ruido. La mejor manera de evitar todo eso es quitando coches. De hecho, no necesitamos tantos: los podemos compartir.
Lo que le digo la tranquiliza. En la escuela han trabajado varias veces el tema de la "sostenibilidad", entendido como que tenemos que preservar limpio el planeta, así que todo lo que le digo resuena con sus ideas aprendidas. Además, no le digo que no tendrá coche, sino que tendrá que compartirlo, y eso también resuena con cosas que en casa y en la escuela ha oído a menudo.
La niña ya está conforme con lo que le he dicho; de hecho, ve un bolsa de patatas fritas vacía que algún imbécil ha dejado tirada en medio de la calle, la recoge y la tira a la papelera que se encuentra a un par de metros, mientras dice, decidida y enfadada: "¡Salvemos el planeta!". Me hace gracia cómo funcionan los sloganes y las directrices que le dan en la escuela. Salvemos el planeta. No, hombre, no es tan altruista. Lo que pretendemos es salvar nuestro hábitat antes de que ya sea incapaz de soportar nuestra mera existencia. Pero es igual: la idea es buena, la dirección es buena; es el maximalismo lo que sobra, pero ya vale para una niña pequeña. Y, sin embargo, yo no puedo evitar meter una cuña:
- Además, tienes que pensar que los coches funcionan con petróleo. El petróleo es un líquido negro y maloliente pero que quema muy bien, que se formó debajo de la tierra cuando muchas plantas quedaron enterradas - entre medias tengo que darle muchas explicaciones, al nivel más sencillo posible, que les ahorro a Vds. - Pero el petróleo se va acabando; no podemos malgastarlo, porque es energía, porque nos permite hacer muchas cosas, pero un día se acabará, ¿y qué haríamos entonces, A.?
- ¿Qué haremos entonces, Papá? - hay un punto de preocupación en su mirada, pero al mismo tiempo hay esa expresión en su cara de "Mi Papá es científico y tiene respuesta para todo". Voy pensando la respuesta, intentando no mentirle ni mentirme a mi tampoco.
- Podemos sacar energía de otros sitios, que además no hacen daño al planeta. ¿Te acuerdas de cuándo jugábamos a buscar molinos al lado de la carretera, yendo en coche a casa de los abuelos? Pues esos molinos nos dan energía. También hay unas placas, que son como sartenes, que se calientan con el Sol y que también sirven para darnos calor y energía - no pretendan que le explique a la niña el efecto fotoeléctrico; a Einstein le dieron el premio Nobel por eso. Quizá no podremos sacar tanta energía como la que usamos ahora, pero es que en realidad no necesitamos tanta. Tenemos que usarla mejor.
Ella se queda feliz y satisfecha. Su padre sabe lo que hay que hacer y se ocupa de todo; sigue caminando feliz, inmersa en sus ensoñaciones infantiles. Yo siento una sombra pesada que me empaña la frente.
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- ¡Cuánto ruido hacen los coches! Suerte que un día no habrá tantos coches como ahora, ¿verdad, Papá?
Creo que me estoy ruborizando. Después de todo mis breves y ocasionales conversaciones sobre estos temas están teniendo impacto en ella. Al mismo tiempo me siento avergonzado; sin querer me cuestiono mi derecho a meterle estas ideas tan poco estándar en la cabeza. De hecho, limito estas conversaciones al mínimo, pero aún así algo han calado en ella. Pero, ¿qué dirá la gente si la oyen hablar así? Seguro que si alguien le pregunta por qué dice eso dirá que ha sido su padre quien se lo ha dicho y, conociendo como es de repipi a veces, dirá -bonito argumento de autoridad- que su padre es científico y lo sabe todo (cuando dice eso siempre pienso: tierra, trágame; porque le he dicho mil veces que yo no lo sé todo, pero ella tiene esto metido en la cabeza. Quizá porque siempre respondo a lo que me pregunta, sin esquivar las preguntas - bueno, casi siempre). Siempre pienso que tengo que dejar a mi hija al margen de mi actividad de concienciación sobre la falta de sostenibilidad (lo que dice todo el mundo: ya tendrá tiempo de más mayor de pensar esas cosas, como si lo que yo hago no fuera más que una excentricidad, una posición opinable y no una real y verdadera necesidad). Pero si yo no tengo derecho de decirle estas cosas a mi hija, aunque sea a salto de mata, una conversación cada tres meses, ¿quién lo tiene? De hecho, ella está continuamente siendo asaltada por un vehículo de propaganda poderosísimo que le convence de lo contrario de lo que le digo, que moldea sus apetencias, sus deseos y su visión de la realidad. Y sin pedir permiso. La televisión.
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- El coche de J. tiene televisión en el techo. Vaya, no la tenía tan desintoxicada de coches como yo me creía.
- Pues muy bien.
- ¿Y por qué el nuestro no? Ahora es "nuestro," no de la madre, vaya.
- Pues porque cuando lo compramos no había esas cosas. Y aún tiene que durar muchos años, por si se te ocurre preguntarme que por qué no nos compramos otro. Un coche vale mucho dinero. Y dudo que lo vayamos a amortizar nunca. Además, piensa que cada vez seremos más pobres.
- Yo no quiero ser pobre, y dos lágrimas caen por sus preciosas mejillas.
- No, A., nosotros no seremos pobres, le digo con el corazón encogido. Seremos más pobres que ahora, pero aún podremos vivir bastante bien. Crucemos los dedos.
- ¿Por qué no luchamos más contra los malos? Lo ha relacionado, sin que yo lo haya dicho explícitamente. Bien.
- Yo hago todo lo que puedo, pero estoy muy cansado, A. Los malos aún no han ganado, aún podemos vencerles, pero no seré siempre yo que lucharé contra ellos. Yo hago todo lo que puedo, y lucho entre otras cosas para no seáis pobres tu hermano y tú, pero al final no dependerá de mi. Al final dependerá de tí y de D. Por eso, A., te digo que tienes que trabajar mucho y estudiar mucho. Porque algún día tú tendrás que luchar, cuando yo sea ya mayor y no pueda trabajar; vosotros tendréis que luchar por mi. Y si trabajáis mucho no seréis pobres. Vaya versión deprimente del American Way of Life que le estoy dando: trabaja mucho para no caer en la indigencia.
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- ¿Y por qué habéis elegido a los que nos mandan?, me dijo cuando yo le preguntaba sobre cómo le había ido en el cole. Se lo tuve que hacer repetir tres veces: la primera vez porque había construido mal la frase y no se entendía; la segunda porque no lo entendía yo aunque ella lo dijo correctamente, y la tercera porque no me creía que me estuviera preguntando exactamente eso.
- Bueno, A., a éstos en concreto no los he elegido yo. No lo entiende porque no sabe cómo es un sistema de votación, y yo no quiero entrar en esas honduras ahora sino hacerle entender la idea que hay detrás. Mira, los que mandan ahora convencieron a mucha gente; yo no los elegí, pero otras muchas personas sí, y así los que mandan ahora salieron elegidos. Y no es que los que mandan sean malos, que ya te lo expliqué; pero los malos tienen mucho dinero y al final los engañan o los compran. De hecho les dan dinero para que engañen a la gente y los elijan.
- Pero, ¿cómo engañan a tanta gente? - su voz revela verdadera indignación.
- Los malos controlan todas las noticias: la tele, los periódicos, la radio... - joder, hablo como un maniático de la teoría de la conspiración. Me doy cuenta de que ése es el resultado sobresimplificar los detalles de la realidad para que los entienda un niño de corta edad. No debe ser casualidad. No dicen más que mentiras, todo el día. Todo es mentira. Dicen mentiras para engañar a la gente, para que la gente se crea que los problemas son unos cuando en realidad son otros. Todo es mentira. Y así la gente se lo cree y eligen a los que mandan, quienes acaban haciendo lo que quieren los malos. Hace unos años me hubiera dado vergüenza que me oyeran hablar así con la niña en la calle; hoy en día, pienso, tales conversaciones son consideradas como normales y a nadie extraña hablar en estos términos tan banalizantes y maniqueos. ¿Qué le explicará el padre parado, con su mujer también en el paro, a su hija?
- ¿Todo lo que sale por la tele es mentira?
- Todo.
- Pero no lo que sale en la tele de los niños. En mi casa, la única que ve la tele es mi hija. Mi mujer y yo ocasionalmente ponemos las noticias, pero pueden pasar semanas que no toquemos el aparato. Así, ella está poniéndose siempre los canales infantiles, una cosa que desde luego no había cuando yo era niño. La "tele de los niños" significa los canales que ve ella.
- También dicen muchas mentiras en la tele de los niños, sólo que son otras mentiras. Mentiras que están hechas para que los niños crean cosas que no son verdad. Para que deseen consumir cosas que no necesitan. Para que no se cuestionen que tienen que consumir sin parar. Es toda una clase preparatoria, además de la escuela.
- Pero, Papá, ¿qué mentiras cuentan en la tele de niños? Me va preguntando uno por uno todas las series y programas que ella ve en la tele, si dicen mentiras, y yo le digo que sí, que todos ellos las dicen.
- Mira, A., te pondré un ejemplo. ¿Te acuerdas el otro día cuando veías la serie esa, en la que la chica cogía una diadema de diamantes y le decían que valía un millón de dólares? ¿Sabes qué se puede comprar con un millón de dólares?. Se sonríe: sabe que es mucho dinero, pero no se hace una idea de cuánto. Pues con un millón de dólares se podrían comprar cinco pisos como el nuestro. "Hala", dice ella, riéndose, como diciendo: "Qué brutalidad". ¿Y te acuerdas que decía la chica? Decía: "¿sabes que podría comprar yo en mi pueblo con un millón de dólares? ¡Mi pueblo!" Ella se acuerda de la escena, y se ríe. Pues ahí está la mentira, A. Porque te hacen creer que todo se puede comprar con dinero; incluso, un pueblo entero. Pero, ¿quién ha dicho que los que viven allí quieran vender todo, sus casas incluidas? Es su pueblo, les gusta; ¿tú venderías tu casa? Su casa, su santuario; sus juguetes y sus rincones. Su respuesta es obvia: bien seria, dice que no. Pues ahí está. Los malos, que son quienes controlan estas cosas, te quieren hacer creer que con dinero todo se compra, y que de hecho si tienes dinero tienes derecho a comprarlo todo. Pero no es así.
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Seguimos andando hacia casa. Está ahora callada, pensando, dándole vueltas.
- La gente tendría que elegir a los científicos para mandar, porque los ciéntíficos - el acento adicional en la e es mas fuerte que nunca - lo saben todo y harían las cosas bien.
- No lo sé, A., no lo sé. No sé si los científicos harían las cosas bien. Pienso que, al fin y al cabo, ser científico no es garantía de ser honesto, o incorruptible. El BAU es demasiado fuerte. Y no veo a los científicos que realmente saben muy proclives a presentarse a unas elecciones, las cuales por otro lado son una pantomima. Aunque si realmente pudiéramos escoger científicos por lo menos tendrían conocimientos y capacidad de actuar con rigor - ya sería una ganancia respecto a la situación actual. Igual sí, concedo al final.
[Nota: Lo arriba escrito es una compilación aproximada de mis conversaciones reales con mi hija. Son varias conversaciones, mantenidas en días diferentes y no en orden cronológico. Las conversaciones tuvieron lugar mayoritariamente en catalán, que es el idioma que más uso para hablar con mi hija, y han sido traducidas y adaptadas aquí]




