viernes, 5 de agosto de 2016
Mi colapso y yo: A la deriva
Queridos lectores,
Hay una práctica instaurada desde tiempos inmemoriales en la administración española conocida como "agostidad". Se dice que tal o cual medida, generalmente de cierto calado, se ha aplicado "con agostidad" cuando su publicación (y típicamente los plazos asociados de presentación de la documentación relevante por parte de los interesados) recae en los últimos días de julio o primeros de agosto. Puesto que agosto es inhábil en todas las administraciones del Estado español y es el mes en el cual casi todo el mundo está de vacaciones, estas disposiciones pasan con menor publicidad (pues también los medios de comunicación tienen la guardia más baja esas fechas, al ver mermada su plantilla) y muchas veces sin que quienes están afectados por ella puedan reaccionar, si no es que estuvieran sobreaviso.
El pasado sábado día 16 de julio el Ministerio de Hacienda y Admnistraciones Públicas publicó en el Boletín Oficial del Estado español una orden por la que se obligaba, a fecha de 20 de julio, al cierre contable de la Administración General del Estado y otros organismos del Estado. Este cierre tiene normalmente lugar en noviembre y en la práctica imposibilita la ejecución de nuevos gastos que no estuvieran ya presupuestados. No afecta a los gastos corrientes, pero pone patas arriba la programación de las diversas actuaciones que tenían que tener lugar durante la segunda mitad del año. De hecho, el inopinado cierre (oficializado en sábado y dejando sólo cuatro días para reaccionar, uno de ellos domingo) ha forzado a las plantillas de los ministerios a trabajar a marchas forzadas del lunes 18 al miércoles 20 para asegurar que como mínimo sus programas más importantes estaban aprobados antes de que cayera el cierre. Obviamente muchas de las cosas que se tenía planeado hacer ya no se ejecutarán, y ésa era la intencionalidad del cierre contable precipitado: con ese cierre, se imposibilita el gasto, con lo que se contiene el déficit público español y de ese modo el Gobierno (en funciones) le demuestra a la Unión Europea que está haciendo un esfuerzo para reducir el déficit y cumplir con los draconianos ajustes que exige la ortodoxia fiscal europea.
Las consecuencias prácticas de este cierre contable no serán evidentes para la mayoría de los españoles hasta septiembre, y entonces ya sólo cabrá lamentarse. Cuántos servicios y programas quedarán detenidos por esta manera drástica y no consultada de parar todo gasto nuevo es algo aún difícil de determinar, pero obviamente causará bastante malestar a partir de este otoño.
Yo no fui consciente de las implicaciones del cierre contable hasta el 25 de julio. Ese día, mi administrador de sistemas (que se ocupa del centro de cálculo de mi laboratorio) me pidió la firma para la orden de compra de un nuevo servidor de cálculo que habíamos estado planeando, un servidor que ha de reemplazar los antiguos antes de que éstos dejen de ser funcionales. A los cinco minutos de haber firmado la orden de compra volvió para comunicarme algo que no me pilló por sorpresa: todas las compras a través del sistema de compra centralizada estaban paralizadas hasta el 1 de enero, por razón del cierre contable del Estado. Dejé lo que estaba haciendo y fui a hablar con el gerente para intentar aclarar el efecto y alcance de la nueva situación.
La conversación con el gerente de mi centro no fue demasiado aclaratoria. Él y el resto de los gerentes de los otros centros del CSIC están esperando aclaraciones al respecto, pero de momento la situación es ésa: todas las compras de inventariable están bloqueadas hasta el 1 de enero de 2017. No importa que en nuestro caso el dinero que se tiene que utilizar puede proceder de subvenciones europeas o de contratos con empresas: todo está bloqueado. Pero es que incluso en el caso del dinero que procede de subvenciones españolas (proyectos del Plan Nacional de I+D+i español, típicamente), hay unos plazos obligatorios para la ejecución de los proyectos, y si el dinero no se ejecuta para lo que está previsto en el plazo indicado se tiene que devolver la parte no ejecutada y encima con unos intereses del 7% anual. Peor aún, en cualquier proyecto o contrato el organismo carga unos costes indirectos del 20% típicamente, que contribuyen a pagar los gastos corrientes del CSIC y del centro; pero esa cantidad se tiene que calcular sobre el presupuesto realmente ejecutado, y por tanto cada 5 euros dejados de ejecutar representan que el CSIC deja de percibir un 1 euro adicional por los costes indirectos; y como esos costes indirectos son abonados en el momento en que se abonan los directos, en el sobreentendido de que los segundos se ejecutarán plenamente, no solamente tendríamos que devolver los costes indirectos asociados a la no ejecución de los directos sino que también tendríamos que pagar un recargo del 7% anual por ellos. Por tanto, las dificultades de ejecución de la arbitraria medida del Ministerio de Hacienda puede causar un grave menoscabo a nuestras cuentas (amén de no dejarnos hacer nuestro trabajo).
Otra consecuencia del cierre contable es que probablemente tampoco se puede contratar nuevo personal con cargo a proyectos o contratos hasta el 1 de enero de 2017. Ese personal es fundamental para la ejecución de los proyectos de investigación, y si por cualquier motivo la disponibilidad de fondos tuvo lugar en el segundo semestre del año los investigadores responsables tendrán problemas para ejecutar las tareas previstas en los plazos indicados, ya que durante seis meses no podrán contratar a nadie.
Tras hablar con mi gerente, respiré hondo y tragué saliva, mientras iba evaluando rápidamente mi situación particular. No tenía previsto contratar a nadie más hasta enero del año que viene, así que el problema de la contratación laboral no me va a afectar hasta esa fecha. Respecto al servidor, la presente situación no nos deja muchas opciones: el gasto se tiene que ejecutar y además los servidores viejos pueden fallar en cualquier momento y acabar paralizando nuestro servicio de datos oceanográficos de satélite. Con el plan actual tendríamos que intentar aguantar como sea hasta enero, parcheando lo que tenemos, quizá comprando alguna pequeña pieza de nuestro bolsillo para que la cosa aguante un poco más. Otra opción es intentar modificar la orden de compra y adquirir las piezas del servidor (ese tipo de compras van por otro conducto, no bloqueado administrativamente) y montar luego el servidor o una parte de él, substituyendo partes de lo que hay, montando una especie de clónico/Frankenstein, sin las mismas garantías ni servicios. Cualquiera de las opciones es mala y sinceramente no sé qué haremos al final. Pero no me quejo: algunos compañeros van a tener problemas mucho más serios, de los cuales los que estaban de campaña o de viaje estos días no van a ser conscientes hasta septiembre, cuando ya será muy tarde para reaccionar en muchos casos. Toda la planificación científica y de ejecución que hubieran podido hacer saltará por los aires. Es la situación habitual en España en los últimos años: nunca sabes a qué tendrás que hacer frente, siempre tienes que estar alerta y pendiente, y rápidamente reaccionar para tapar huecos, buscar soluciones, encontrar resquicios, luchar en suma para poder hacer lo que se te exige pero no se te deja hacer.
Caminaba por el pasillo cuando me crucé con una joven investigadora. Ella lleva varios años trabajando con nosotros, con diferentes contratos y sobre diferentes temas, todos ellos enmarcados en el contexto de la tesis que quiere presentar a finales de este año. Ella es una de las ocho personas a las que no renové el contrato el pasado 1 de enero, no por falta de capacidad en su trabajo (todos los que no renové son gente muy competente) sino porque con los proyectos y contratos que manejo actualmente yo no tenía dinero más que para mantener un puñado de contratos (tres, en total, uno de ellos compartido con otro investigador). En su familia conocen bien lo que es la precariedad de la ciencia española: su marido tuvo un contrato de Juan de la Cierva, ideado para jóvenes doctores, el cual agotó sin que en su centro en Barcelona ni en su Francia natal pudieran conseguirle un acomodo más permanente. Tras trabajar en su centro como "investigador visitante" mientras "disfrutaba" de la prestación de desempleo, al final el chico puso una tienda de ropa (una franquicia) en Barcelona. En cuanto a ella, a pesar de que no pude renovarle conseguimos juntar algo de dinero entre los diversos científicos del grupo y le hicimos un mini contrato de siete meses para intentar acabar el trabajo que ya estaba comenzado. En todo caso, cuando esto escribo ella ya estará en el paro, pues se nos acabó el dinero y no pudimos renovarle más. En cuanto a su tesis, tendrá que acabarla mientras cobra el paro.
Esta compañera y su marido son ejemplos reales de la generación actual, damnificada por la actual precariedad de la ciencia. Es la nueva generación, el futuro que estamos forjando. Pero ella no se ha resignado y, como me comunicó, ha presentado una reclamación laboral contra el CSIC, y previsiblemente llevará al CSIC a juicio. Al conocer la noticia yo asentí levemente, sin decir nada. Lo que ella está haciendo es lógico dado el contexto, es legítimo y, más aún, la ley le ampara, pero es un nuevo problema para mi.
Desde hace unos años el Ministerio de Hacienda mantiene una soterrada guerra contra el CSIC, en diversos frentes. Uno de ellos, el que más encona los ánimos en el Ministerio, es la situación del personal que ha conseguido convertirse en personal indefinido por sentencia judicial. Resulta que algunas personas, habiendo enlazado diversos contratos a lo largo de los años para desempeñar funciones similares, reclaman al CSIC que les convierta en personal indefinido, en aplicación del Estatuto de los Trabajadores y las leyes laborales españolas. El CSIC siempre se niega a atender tal reclamación y los afectados demandan al CSIC, y en casi todas las ocasiones el juez da la razón al trabajador, por lo que el CSIC se ve obligado a hacerles contratos indefinidos y, en ocasiones, a crear plazas con su perfil que después salen a oposición y que generalmente las ganan los mismos que demandaron. De esta manera, más de 600 personas han conseguido estabilizarse en el CSIC durante los últimos años, lo cual, a juicio del Ministerio de Hacienda, es una auténtica vergüenza pues tal cosa implica que en el CSIC hay un auténtico coladero y que se está incorporando nuevo personal "por la puerta falsa". La obsesión de Hacienda con este problema se explica por la regla que se aplica a toda la Administración del Estado y de las administraciones locales, de reducir al máximo la nueva contratación para conseguir cumplir con los objetivos de déficit público fijados, ya hace años, por Bruselas. Que en el CSIC hayan entrado más de 600 personas que han pasado por debajo del radar les parece intolerable. No se paran a pensar que en el período de tiempo que va de 2008 hasta nuestros días habrán entrado por la puerta falsa esos 600 y pico trabajadores, pero al mismo tiempo han salido unos 5.000 por la de delante y así de manera neta el organismo ha perdido más de 4.500 trabajadores o alrededor del 30% de la plantilla. No se paran a entender que lo que necesitaría el CSIC, adaptándose a la idiosincrasia de una institución de investigación moderna, es que a la gente que actualmente se contrata por obra y servicio con cada proyecto, y que tienen perfiles tan especializados que sólo hay una o dos personas que lo tengan en España - con lo que la recontratación recurrente está asegurada - se la debería de contratar con contratos indefinidos y el día que dejase de llegar financiación, si es que así fuera, se les hiciera un despido procedente por causas económicas y se les pagase la indemnización correspondiente. Pero dado que nadie quiere cambiar las obsoletas figuras administrativas que tanto han de valer para un oscuro negociado del Ministerio de Administraciones Públicas como para un centro de investigación, se intenta adaptar la realidad a unas fórmulas administrativas imposibles. De ahí las denuncias y las condenas recurrentes al CSIC.
Delante de esa cascada de denuncias (que, como digo, no es ni mucho menos el problema en una institución que en realidad está perdiendo personal), la reacción de la jerarquía administrativa española no es intentar ajustar los modos de contratación a la realidad; ¡qué va! En vez de eso, la reacción actual a este problema ha sido una resolución de la presidencia del CSIC, del 6 de abril de este año, según la cual se hace una clasificación de centros según su "litigiosidad" o proporción de personal que ha demandado al CSIC en los últimos 5 años, para después usar esa clasificación para ejecutar una serie de represalias: prohibición de nueva contratación a los centros o grupos más "litigosos", anulación de complementos de productividad de las plantillas afectas y exclusión de los centros en las ofertas anuales de empleo público. La motivación de tales medidas es que, al entender de la dirección del CSIC, la culpa de que la gente litigue recae sobre el investigador que utilizó el dinero de su proyecto o contrato con una empresa para contratar a un trabajador cualificado para aquel trabajo y que al final resultó que demandó al CSIC. Resulta infantilmente obvio que no es legítimo ni lógico echarle la culpa a un tercero de los actos que libremente puede ejecutar un trabajador en el ejercicio de la defensa de sus derechos, pero el mensaje que se pretende pasar es sencillo: en vuestra mano está evitar que esa gente pueda litigar. Y de alguna manera tienen razón: si yo no contrato a nadie más, a pesar de necesitar a alguien con tal perfil y tener el dinero para contratarlo, o bien si manipulo los procesos selectivos en los que participo para evitar que alguien encadene contratos, entonces los trabajadores no podrían reclamar. De otro modo, yo no veo cómo puedo evitar que los trabajadores se encuentren en ocasión de reclamar, y al final que demanden o no al CSIC es algo que responde a su libre albedrío y escapa a mi capacidad de influencia (en modo alguno se me ha planteado ir a casa de mi compañera y romperle las piernas, por ejemplo). Tal y como yo lo veo, la única forma en la que los investigadores del CSIC podríamos acceder a los deseos expresados por la Presidencia (y que creo emanados de Hacienda) es cometiendo ciertos actos ilegales, cosa que de acuerdo con el juramento que presté al asumir mi condición de funcionario no puedo hacer. De otro modo, me tengo que exponer a las represalias que la disposición del 6 de abril me promete, sin poder hacer nada para remediarlo, lo cual me parece manifiestamente injusto y por tanto nulo de pleno derecho.
Me alejo de mi compañera mientras sigo pensando: ¿me afectará su reclamación cuando el próximo enero lance los contratos del personal que tienen que mantener nuestro centro de producción de datos? ¿Me prohibirá el CSIC contratar más gente? ¿O de manera más sibilina alargarán los procesos de contratación que inicie como represalia contra mi por mi incapacidad de impedir que un trabajador reclame sus derechos, y también para crear un período de no contratación en la gente que ahora trabaja para mi y que previsiblemente lo seguirá haciendo, justamente para intentar minar, en fraude de ley, los derechos de estos otros trabajadores?
La situación del personal contratado en el CSIC es especialmente complicada, fundamentalmente por la política que está siguiendo la institución. Hace unas semanas una joven ingeniera que trabaja con nosotros consiguió un contrato Ramón y Cajal, un tipo de contrato para jóvenes investigadores muy ventajoso. El contrato garantiza 5 años para los investigadores que lo consiguen, financiados al 80% por el Ministerio de Economía (que es quien saca la convocatoria) y el 20% restante proviene de la institución de acogida. Aparte de las dificultades para conseguir ese 20% y los problemas que plantea en el CSIC, está la cuestión de qué pasa después de que se agote el Ramón y Cajal. Pasar positivamente la evaluación que lleva a la concesión de un Ramón y Cajal implica que el investigador tiene un nivel bastante elevado, y tras 5 años lo lógico es que la gente aspire a tener algo más estable (en el caso de mi compañera, ahora tiene 35 años; cuando acabe el contrato tendrá 40 y, lógicamente, no querrá verse como al principio). Muchas universidades tienen compromisos de estabilización con los Ramón y Cajal, de modo que cuando se acaba el período de 5 años hay una evaluación de la actividad desarrollada y si ésta es positiva el investigador accede a alguna fórmula de contratación estable. En el CSIC tal posibilidad está completamente ausente, y así, cuando los contratados Ramón y Cajal acaban, si no tienen la suerte de sacarse una plaza en el CSIC o en cualquier otra institución, se van a la calle o denuncian al CSIC (y siguen el penoso camino que describí más arriba, para acceder a un contrato de ayudante de laboratorio). En el caso de mi compañera la ingeniera, ella ha optado por ir a una universidad que le ha hecho una oferta muy buena; nosotros, por nuestra parte, perderemos una gran profesional y amiga, mientras se va deteriorando nuestra capacidad técnica y humana.
En algunas raras ocasiones los contratados precariamente consiguen sacarse las castañas del fuego ellos mismos y obtienen la financiación para su propia contratación; pero si no es a través de alguno de los conductos previstos por el CSIC se generan nuevos problemas. Hace unos meses, otro compañero y buen amigo mío consiguió un proyecto de los buenos, un proyecto del actual programa marco europeo para la investigación, Horizonte 2020. El proyecto de mi amigo es uno de los pocos proyectos coordinados que se han obtenido en nuestra área del CSIC, y además la financiación que corresponde a nuestro equipo es más que significativa: da para contratarle a él durante los cuatro años del proyecto y a dos personas más. Sin embargo, había un problema: mi amigo no tenía un contrato laboral indefinido con el CSIC en el momento que consiguió el proyecto, y eso es algo que no sólo no está previsto, sino que al parecer es impensable desde el punto de vista del CSIC. Resulta que, por la cuestión de las demandas laborales, para el CSIC es completamente fundamental que no se demuestre lo que es un hecho, y es que se contrata a gente recurrentemente para hacer las mismas tareas, y que en particular éstas muchas veces van más allá de lo que se espera de un ayudante de laboratorio. Así, tanto el investigador responsable de un contratado laboral como el propio trabajador han de firmar cada cuatro meses un documento en el que se explicitan las tareas, todas ellas contempladas en el proyecto que financia la contratación laboral, que la persona contratada ha desarrollado durante ese período; y el investigador responsable afirma que ni ha solicitado ni ha consentido que ésta haya realizado otras tareas (un documento, a fe mía, de poco valor jurídico, ya que tenemos que firmarlo obligatoriamente tanto el investigador responsable como el contratado). En el caso de mi amigo, conseguir el proyecto, en vez de ser una alegría (sobre todo teniendo en cuenta la cuantía económica del mismo, amén de la contribución al prestigio de la institución) se convirtió en un problema de difícil solución. En diversas ocasiones se le dijo, de forma no siempre todo lo considerada que hubiera sido aconsejable, que debía renunciar a ser el investigador responsable y que cualquier otro investigador de plantilla debía pasar a serlo, y que ya se vería si después se le contrataba o no. Como quiera que él no estuvo conforme con esas propuestas, se desencadenaron toda una serie de acciones que no detallaré aquí, pero que viví muy de cerca por la estrechez de mi relación con mi amigo, por participar en el equipo de investigación de su proyecto y por ser precisamente yo mismo el investigador responsable que lo había tenido contratado mientras cometía la ilegalidad de solicitar el proyecto (por cierto que para tranquilidad de mis superiores, puedo acreditar que mi amigo preparó el proyecto sacándose el tiempo fuera de la jornada laboral, y que llegó a preocuparme lo poco que durmió en las semanas previas a la entrega del proyecto). Al final, tras un largo tira y afloja al final se encontró una fórmula para que mi amigo pudiera ser el investigador principal del proyecto que había escrito y concebido él coordinando una decena de universidades y centros de investigación europeos, aunque el episodio ha servido para que el CSIC haya sacado una normativa anti casos como éste y que mi amigo esté en alguna lista negra en Madrid.
La preocupación por el futuro del personal laboral en el CSIC, y más en concreto lo que sucederá con mis próximas contrataciones, se añade a la pila de otras preocupaciones que arrastro como las cadenas de un fantasma desde hace meses. El grupo de investigación que heredé de mi jefe cuando éste se jubiló fue bien financiado durante años, pero en los últimos tiempos nuestra principal fuente de financiación española, el Plan Nacional de I+D+i, comenzó a menguar drásticamente. Es algo lógico, pues los recursos escasean en el Plan Nacional, se presentan muchos y muy buenos proyectos, y la financiación no alcanza para cubrir las necesidades de todos ellos, así que se tiene que repartir como buenamente se puede. Yo no me quejo por la financiación que hemos recibido, que es muy generosa dadas las circunstancias pero muy inferior a la solicitada, y con el PN no me llega para cubrir el mínimo de actividades que yo he decidido asumir. Así que no me ha quedado más remedio que liarme la manta a la cabeza y lanzarme a buscar financiación de fuentes diversas, públicas y privadas, y a recorrer media Europa en busca de oportunidades. Ahora viajo mucho más que antes y dedico una mayor parte de mi tiempo a la gestión y búsqueda de proyectos. Y con cierto éxito: este último año he conseguido ya participar en tres proyectos y contratos, además del del Plan Nacional, y la continuidad de mi grupo para los próximos dos años parece garantizada. No puedo parar, pues tengo que seguir buscando más y más para seguir indefinidamente, en una carrera sin fin. Al tiempo, el trabajo de los últimos años está dando sus frutos y por fin estamos mostrando el gran potencial de este grupo, llegando a donde nadie más que nosotros ha podido llegar (como por ejemplo recuperar salinidad superficial del océano desde satélite en áreas como el Mediterráneo, donde el diseño de las misiones no permitía esperar recuperar una señal coherente). El esfuerzo es grande y está mereciendo la pena, al menos desde una perspectiva bautomática, y mientras dure.
Pero una cosa es la situación de mi grupo de investigación, que de momento es saneada y tiene unas razonables perspectivas de futuro, y otra es la del centro donde trabajo, el Instituto de Ciencias del Mar. Las reposiciones por los errores de ejecución en los proyectos, reclamadas con tardanza y cierta mala fe, más los intereses de demora que nos ha aplicado el Ministerio de Hacienda, más cierto número de avatares que nos han costado bastante dinero, han hecho disminuir enormemente los activos de un centro que durante muchos años ha tenido un balance muy saneado. No sé ni puedo saber cuál es nuestra situación actual, pero resulta un mal indicio de por dónde van los tiros la medida extrema que tomó mi director hace unas semanas de poner todos los servicios del centro al ralentí, al menos hasta saber exactamente donde estamos. Mi impresión es que estamos tocando fondo en lo que se refiere a la capacidad de financiar nuestra infraestructura básica, y en los pasillos hay quien dice que no podremos pasar de septiembre. Yo no soy tan pesimista, pues siempre hay cierto margen para el ahorro y para estirar lo que quede, pero en todo caso lo que está claro es que nuestra situación no es tan boyante como lo fue y que probablemente nunca más lo vuelva a ser. Sé que nuestro nuevo escenario nos acerca al habitual de muchos otros centros del CSIC, donde se vive al día y hoy se capean los problemas de hoy y los de mañana mañana los veremos. Pero esta pérdida de recursos, combinada con los problemas de gasto y los de personal, conforman una tormenta perfecta que nos podría arrastrar al fondo cuando llegue la siguiente marejada.
Ahora mismo vamos a la deriva, intentando capear lo que podemos e intentando enderezar el rumbo con los recursos que vayamos consiguiendo, rezando para que la tempestad que ya se divisa en el horizonte internacional (crisis financiera, crisis bancaria, nuevos recortes en España) no nos acabe de hundir. Por mi parte, sé que tarde o temprano nos vamos a ir a pique, que forzosamente nos tenemos que ir a pique. Pero no por eso saltaré del barco un segundo antes de lo inevitable, y mientras me queden fuerzas intentaré ayudar tanto como pueda a enderezarlo. Porque quizá, si creemos que podemos conseguirlo, acaso sí lo consigamos. Y porque, en todo caso, rendirse no merece la pena, pero intentarlo sí.
Salu2,
AMT
lunes, 1 de agosto de 2016
The Oil Crash llega a los siete millones de páginas vistas
Queridos lectores,
En la madrugada de hoy, 1 de agosto de 2016, este blog, The Oil Crash, ha llegado a los siete millones de páginas vistas, como muestra la captura de pantalla que abre este post (en este caso debo dar las gracias a Gimp por haber captado el momento mientras todos dormíamos). Cuando el blog llegó a los seis millones de páginas vistas comentábamos que se había observado una ligera desaceleración, pues la frecuencia de cada nuevo millón de visitas había pasado de los ocho a los nueve meses. Llegar a este nuevo millón ha vuelto a llevar nueve meses (más concretamente, nueve meses y seis días), y de nuevo con un ritmo de publicación más moderado que los primeros años (he publicado 51 posts desde el último millón). La tendencia, por tanto, apunta a un cierto estancamiento en la afluencia al blog, aunque en los últimos meses parecería estarse produciendo una cierta mejoría (que se manifiesta en un incremento de las páginas vistas, incluso en estas semanas estivales).
De acuerdo con Google Analytics, hasta el 31 de julio de 2016 han entrado en The Oil Crash 1.139.838 usuarios, mientras que cuando verificamos este número en el momento en que llegamos a seis millones de páginas vistas, el 25 de octubre de 2015, la cifra de usuarios únicos era de 1.011.709 (por cierto que si se fijan verán que, como siempre, la cantidad total de páginas vistas que registra Google Analytics es más abultada que la que registra el propio Blogger).
Por tanto, en estos nueve meses 128.129 nuevos usuarios han entrado en esta página, y por tanto el lectorado sigue una tendencia creciente (aunque es conveniente no olvidar que algunos de estos usuarios vienen una vez y ya nunca más vuelven, y que algunos usuarios más antiguos han abandonado esta página). En el período del anterior millón se habían registrado 180.000 nuevos usuarios, con lo que queda claro que el crecimiento del lectorado ya no es tan intenso. Conforme con este dato, el porcentaje de usuarios recurrentes ha disminuido levemente.
Que un blog maduro (lo abrí hace ya seis años y medio), un blog que versa sobre un tema tan antipático como es la escasez de los recursos naturales y los problema de sostenibilidad de nuestra sociedad, un blog que encima aborda estos temas desde una perspectiva bastante técnica y a veces árida, pueda a pesar de todo eso continuar creciendo demuestra que el tema sigue teniendo interés. Ahora hace ya más de un año desde que el mundo probablemente llegó a su peak oil; ahora que sus efectos comenzarán a manifestarse es probable que el interés por todos estos temas experimente un rebrote. Es triste constatar que durante todos estos largos años, en los que desde esta bitácora y otras páginas que la precedieron se avisó del problema, no se haya hecho nada útil para paliar el grave problema que se viene. En todo caso, queridos lectores, permanezcan en sintonía, porque probablemente el impacto y presencia de este blog se van a ver incrementados durante los próximos meses.
Salu2,
AMT
jueves, 28 de julio de 2016
Reseña de "Economia per a un futur sostenible", de Vicent Cucarella
Hace quizá un par de meses Vicent Cucarella me hizo llegar este librito a través de su editora, la Editorial Bromera.
Vicent Cucarella es profesor de economía, asociado a la Universidad de Valencia, y desde hace pocas semanas es el Síndico de Cuentas de la Comunidad Valenciana. El ascenso de Vicent a un cargo de tal responsabilidad es un signo de los progresivos cambios en la sensibilidad colectiva sobre los grandes retos que tiene la Humanidad, particularmente porque el libro que comentaré hoy es un ensayo sobre los fundamentos de la economía, sobre los problemas de sostenibilidad que generan los errores de concepto de las corrientes clásicas de pensamiento clásico, y sobre el decrecimiento como fenómeno inevitable pero al tiempo una oportunidad.
De pequeño formato y letra muy legible, y con un estilo muy ligero y didáctico, las poco más de 200 páginas del libro pueden ser devoradas, y con gran provecho, en una tarde de verano. El objetivo más o menos declarado del libro es impartir un pequeño curso sobre fundamentos de economía, teniendo en cuento aspectos que sabemos que son cada vez más importante pero que son desdeñados por las corrientes actualmente dominantes en las escuelas de economía: el agotamiento de los recursos, el límite de biocapacidad de la biosfera, los riesgos ambientales, la amenaza de la pérdida de biodiversidad... Todo ello entra de manera muy natural en un discurso que comienza con los conceptos básicos y tradicionales de la economía y que evoluciona de manera muy lógica, muy consecuente, a considerar estos aspectos.
Para hacer el libro más digerible para el lector más joven y menos proclive al estudio, el ensayo se estructura como una serie de conversaciones de un joven estudiante de bachillerato con una profesora de economía, amiga de su familia, y ocasionalmente con su marido (el cual es oportunamente físico de profesión, lo cual permite convenientemente introducir el punto de vista de las ciencias naturales en el punto central de la discusión). El lector puede identificarse con el joven estudiante, lego en todas esas materias pero lleno de sana curiosidad y entusiasmo juvenil; y la estructura del libro como una sucesión de conversaciones (un poco inverosímil, pero recurso aceptable para la presentación gradual de los conceptos requeridos), con el hilo conductor de situaciones cotidianas y el subrelato del día a día de nuestro estudiante en vacaciones de verano, ayuda a esponjar el texto y a hacerlo muy ameno y cómodo de leer.
La manera de introducir los conceptos es muy sencilla, sin entrar en formulismos y evitando la proliferación de jerga, con tan sólo un puñado de términos clave introducidos a lo largo de todo el texto. Contribuye mucho a la legibilidad del texto que cada concepto estándar que es introducido se marca en negrita; y para acabar de ayudar al lector profano que quiere consolidar sus ideas, en cada instancia ulterior o posterior en la cual se menciona un determinado concepto se recuerda en qué página fue definido. En todo caso, la mayoría de los conceptos son muy básicos y toda la gente de cierta edad ya los ha oído más de una vez en su vida, con lo que el libro también contribuye a clarificar algunas confusiones comunes, al explicar qué es cada cosa de manera sintética, con la ayuda de ejemplos simples y cotidianos, y en lenguaje muy llano.
El libro, escrito en valenciano, es realmente una pequeña joya que merece ser regalado a ese pariente que demuestra un poco de interés sobre estos temas pero que nunca se tragaría un solo post de este blog. Sería muy interesante verlo traducido a otros idiomas.
miércoles, 20 de julio de 2016
El temor al colapso
Queridos lectores,
Parafraseando a Karl Marx, se podría decir que un fantasma recorre Europa estos días, aunque en puridad no es sólo Europa lo que está siendo recorrida por un espectro desasosegante que hace que se le erice el vello a más de uno, a veces sin saber muy bien el por qué. Desde los atentados en París en noviembre pasado Europa ha vivido en un estado de excepción más o menos permanente (yo estuve en Bruselas dos semanas después de la tragedia del Bataclan y era bastante impresionante ver cómo el ejército había tomado las calles). A pesar de la creciente represión policial en casa y el (presumido) incremento de la actividad bélica fuera (en Siria, pero no sólo en Siria), el goteo de atentados en suelo europeo no cesa; en los últimos meses los dos más importantes han sido el ataque del aeropuerto de Bruselas en marzo y el masivo y brutal atropellamiento de hace unos días en Niza. Estos atentados masivos son acompañados por otros menos masivos (como el acuchillamiento de varias personas en Grafing el pasado mes de mayo o en Wüzburg hace unos días, ambos en Alemania, o en Garde-Colombe en Francia) pero no por ello menos inquietantes porque dan a entender que hay mucha gente capaz y deseosa de matar. Con todo, lo más terrible de estos atentados es la insólita pero unánime certeza del ciudadano de a pie de que por fuerza han de venir más; de que lo que ha pasado es sólo el preámbulo de otros eventos similares o incluso más terribles por venir. De ahí ese desasosiego compartido, ese escalofrío que recorre la espalda y pasa de ciudadano en ciudadano, como el espectro que mencionábamos: hay una cierta conciencia y un insensible consenso en que de alguna manera estos eventos terribles no sólo han venido para quedarse, sino que todos comenzamos a temer que pueden hacerse más frecuentes en un futuro próximo.
Sería muy fácil atribuir ese malestar, esa incertidumbre espantosa de no saber si la próxima vez que algo reviente afectará a los más allegados, a la guerra que de manera más o menos declarada Occidente parece estar librando contra el Estado Islámico, ejemplificada (aunque no sea su único frente) en la denominada guerra de Siria. Ya hemos comentado que la aventura del Califato Islámico en la tierra de nadie entre Siria e Irak podría terminar rápidamente si realmente hubiera voluntad de hacerlo. Al fin y al cabo, ISIS financia los enormes costes de su guerra convencional en la parte noroccidental del Creciente Fértil con la venta del petróleo y la compra de armas, el comercio de los cuales se hace mayoritariamente gracias a una quilométrica columna de camiones que pasa a través de un paso fronterizo con Turquía. Esa línea de aprovisionamiento sería presa fácil de los países que dicen combatir a ISIS si realmente quisieran acabar con el Estado Islámico (recuerden cómo acabó un caza ruso que osó atacar esa columna). La triste realidad es que la guerra de Siria sirve para darle cuerpo a algo más complicado que se está fraguando en Occidente, una suerte de guerra civil difusa en el que los contendientes aún no se han identificado plenamente a sí mismos. Resulta, una vez más, un espectáculo grotesco ver que como respuesta a la masacre que un ciudadano francés ha perpetrado con algo tan prosaico como es un camión, matando a más de ochenta compatriotas, una de las respuestas que ha dado el gobierno galo sea anunciar un recrudecimiento de su actividad bélica en Siria. Y también significativo el multitudinario abucheo al primer ministro francés Manuel Valls, odiado por la reforma laboral impuesta a golpe de decreto en el parlamento y de porra en la calle, durante el minuto de silencio en honor de las víctimas.
No nos gusta aceptarlo, pero lo cierto es que, en el momento en que las potencias decidan poner punto final a la farsa de la guerra en Siria, el peligro de un atentado de proximidad, perpetrado por el vecino con el que cruzas por la calle o incluso en el descansillo, no se habrá terminado; al contrario, todos somos conscientes de que el hundimiento final del Califato catapultará a tantos desesperados, incapaces de aceptar la desaparición de su última esperanza de una vindicación, de una mejora de su vida, de una salida a su malestar y a su exclusión social. Queremos creer que el problema proviene, total o mayoritariamente, de una "radicalización islámica", y pasamos de puntillas sobre el trasfondo de exclusión social de los asesinos, como si ésa fuese una condición aprovechada por los integristas y no la razón principal de los problemas.
Ese discurso banalizante del integrismo islámico ha querido también utilizarse para explicar el incremento de tiroteos y altercados en los EE.UU. durante el último año, pero los últimos eventos en ese país cuadran mal con ese patrón. En realidad lo que vemos es esa clase media norteamericana que naufraga en sus microeconomías del día a día, en medio de tanta fanfarria de estadísticas infladas que aseguran que la macroeconomía del gigante americano avanza viento en popa. Esa clase media que está harta de la marginación y de la indisimulada coerción policial constante, sobre todo sobre la población excluida y a excluir. Es esa misma clase media con un roto sueño americano la que apuesta por una ruptura con todo, percibiendo que ya poco tienen que perder, y que auparon a Donald Trump a la candidatura del Partido Republicano y que podrían acabar dándole la presidencia de su país. Es ese mismo temor creciente de la clase media británica el que ha propiciado el resultado del referéndum en el Reino Unido, desfavorable a la permanencia de ese país en la Unión Europea. Es ese malestar que va avanzando por toda Europa, a veces apoyándose en el chivo expiatorio de la inmigración y la xenofobia, pero que no es más que las plasmación del miedo de la clase media a su hundimiento. En los extremos norte y sur de la parte oriental del Viejo Continente encontramos ese mismo fenómeno, en sus dos extremos, también, sociales.
En el norte encontramos un país hacia donde nadie mira ahora mismo, pero que está atravesando una situación económica y hasta política cada vez más delicada: Noruega. El declive progresivo de la producción de petróleo noruego (que comenzó con el cambio de siglo), unido a los bajos precios actuales de esta materia prima han causado un gran quebranto no sólo en las cuentas de la principal empresa petrolera noruega, Statoil, sino en las arcas de ese Estado. La gran incertidumbre sobre los precios futuros del petróleo (a corto plazo, por la concurrencia de factores que lo empujan en direcciones contradictorias; a más largo plazo, por la inevitable volatilidad que caracterizará el precio del petróleo en los próximos años) están sentando las bases para que un populismo de nuevo cuño se asiente en Noruega con la promesa de devolver a sus clases medias el relumbrón de décadas pasadas que ya no ha de volver por razones prosaicas, pura geología y termodinámica. Noruega, país tan alabado y admirado por sus políticas sociales, no parece que pueda escapar de la bancarrota petrolífera que atenaza a cualquier otro país productor.
En el extremo opuesto del mapa nos encontramos con Turquía, país que hace pocos días sufrió un frustrado intento de golpe de Estado. Deberíamos decir "afortunadamente frustrado", pero prácticamente sin solución de continuidad la prensa de esta parte del mundo se ha lanzado a denunciar las represalias que el presidente Erdogan (otrora denominado "islamista moderado") ha tomado para depurar responsabilidades y, ciertamente en realidad, avanzar hacia un Estado de corte cada vez más autoritario que parece desear. No es ese creciente autoritarismo turco algo nocionalmente muy diferente de lo que está pasando en el resto de Europa; es simplemente que el presidente turco es menos sofisticado que sus homólogos de este lado del Bósforo y juega sus cartas más abiertamente. En particular, el presidente Erdogan ha dejado claro que su prioridad ya no es el ingreso en la UE desde el momento que está considerando reinstaurar la pena de muerte (este gesto no es inocente: él es perfectamente consciente de que la UE nunca aceptaría el ingreso de un país que ejecuta a sus presos, y Europa debería tomar buena nota de la previsible reconfiguración de uno de los frentes de la guerra que se libra en el Próximo Oriente). Pero volviendo al fracaso del golpe de estado, ha sido el pueblo turco el que mayoritariamente lo ha abortado, saliendo a la calle y pagando con ello su tributo de vidas inocentes. Esos jóvenes turcos, que mayoritariamente sueñan con vivir una vida como les venden las televisiones que es el paraíso occidental, han salido a defender a su presidente islamista y con derivas autoritarias y posiblemente megalomaníacas frente a unos militares que históricamente se han considerado a sí mismos garantes del carácter laico del Estado turco y del espíritu modernizador del padre de la patria, Mustafá Kemal Ataturk. Si masivamente los turcos no han permitido al ejército deponer a Erdogan, pagando para ello incluso con sus vidas, es porque perciben que volver a lo de siempre, al BAU, no es garantía más que de continuar con el declive social,
Por tanto, el trasfondo verdadero y el hilo conductor de lo que está pasando, en Europa y en Occidente, es el creciente miedo de la clase media ante el colapso que viene; es la reacción a la congoja que siente al oír los chasquidos y crujidos de un andamio social cada vez más frágil. Los atentados, las revueltas, las manifestaciones, la defensa a muerte de un protodictador, son los golpes a tontas y a ciegas de los desesperados que no se resignan a caer en la Gran Exclusión y que las más de las veces sólo aciertan a golpear a los cercanos, a los que si aún no están excluidos podrían estarlo en no tantos años. Una parte nada despreciable de la población nota hace tiempo que está cayendo, sin que nadie sepa o pueda parar su caída, y en su angustia actúan con histeria ciega, como la persona que ahogándose en el mar puede acabar ahogando a su rescatador.
No está de más repetirlo aquí, una vez más: la producción de petróleo crudo llegó a su máximo en 2005, y contando con los hidrocarburos líquidos con los que hemos mediocremente intentado compensar esta caída parece haber llegado a su máximo definitivo en 2015. El carbón y el uranio parecen estar en una situación similar, y no falta mucho para que lo mismo le ocurra al gas natural. Aún cuando el suministro de energía es y seguirá siendo por muchos años grandioso, ya no va a crecer más, sino que va ir menguando progresivamente. Y eso no permite seguir creciendo y eso, en nuestro sistema económico que nuestros zelotes y nuestros expertos se niegan a cuestionar, nos lleva a una crisis económica que no acabará nunca. De estas nociones, básicas y un tanto abstractas, se derivan ésas otras, mucho más concretas y dolorosas. ¿No lo ven? ¿No entienden qué está pasando? Son seres humanos que sufren y que arrebatados por su rabia golpean contra otros que son sus semejantes. Esto es el colapso, esto es el hundimiento; un proceso de velocidad insensible pero con efectos dolorosos, que deja por rastro humanos hechos jirones.
En realidad, quienes más miedo tienen al colapso son aquellos que niegan que éste sea posible y miran para otro lado cuando los diversos problemas y disfunciones se acumulan, y acusan a los que todo esto denunciamos de pesimistas y apocalípticos, de morbosamente adictos a la catástrofe mil veces anunciada y nunca cumplida. Está claro que regodearse morbosamente en los problemas es malsano, pero no lo es menos (y es más infantil) apartar la mirada cuando lo que tenemos por delante exige una respuesta meditada y adulta. Lo que se necesita es encarar la verdad, sin aspavientos pero sin remilgos. Nada está escrito y nada es necesario (particularmente, el desastre no lo es), pero no podemos esperar que si cerramos los ojos y nos tapamos los oídos gritando "no lo oigo, no lo veo" las cosas negativas vayan a desaparecer como por ensalmo. Más que nada porque lo que es más probable que desaparezca son nuestras seguridades.
Salu2,
AMT
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miércoles, 13 de julio de 2016
Cuatro clavos
Queridos lectores,
Estos días hay un tema que resulta recurrente en las conversaciones que tengo con diversos amigos y conocidos: cuál será, previsiblemente, la evolución económica de España durante los próximos meses. A pesar del tono optimista que se intenta dar desde la mayoría de los medios de comunicación, es evidente que hay ciertas tensiones económicas de importancia ahora mismo, y así un día en una cadena nacional de televisión nos pueden decir que el FMI no descarta que volvamos a entrar en recesión, y al día siguiente, el mismo medio y el mismo presentador nos puede decir, sin despeinarse, que se espera que en España el PIB crezca un 3% este año y cantidades similares en los próximos años.
La realidad es que en este momento hay no pocos riesgos económicos para España, la mayoría de los cuales comparte con otras economías occidentales pues son de alcance global. Lo más preocupante de los riesgos es su alcance y profundidad, puesto que todos ellos son el resultado de una degradación progresiva de las bases de la economía mundial, a medida que el capitalismo va inexorablemente perdiendo su viabilidad. No es sólo es que estemos explorando nuevos territorios de esta crisis que no acabará nunca, sino que los procesos que ahora comienzan sólo se detendrán para ser sustituidos por otros peores.
Pero analicemos cuáles son estos problemas que se divisan en el horizonte económico español.
- Impacto del Brexit. Aparentemente las clases dirigentes del Reino Unido (y también las europeas) han interiorizado que la salida del Reino Unido de la Unión Europea es un proceso irreversible. Para pesar de todos los que abogan por la repetición de un referéndum cuyo resultado creen poder revertir, lo cierto es que volver a celebrar el referéndum seguramente exacerbaría los ánimos e incrementaría el rechazo a la UE. El proceso de salida, por tanto, parece irreversible. Aunque a muchos efectos prácticos el Reino Unido no abandonará la UE (puesto que el Reino Unido firmará multitud de acuerdos comerciales para preservar un cierta status comercial con la UE), lo cierto es que el Reino Unido recuperará la plena soberanía en cuestiones económicas, fiscales y de circulación de personas. Con el Reino Unido fuera de Europa, existe el riesgo de que el país se decante claramente por ser un paraíso fiscal, como ya apuntábamos antes del referéndum, lo cual parece confirmarse con el reciente anuncio de la reducción de la fiscalidad a las empresas radicadas en las islas. No es sólo esta competencia desleal con Europa casi desde su corazón (que, no nos engañemos, ya se producía en parte con el régimen especial que se le aplicaba a la City londinense) la que va a complicarle la vida a España. En el corto plazo, la salida del Reino Unido de la UE implica que España pasa de ser un receptor neto del presupuesto europeo a ser un contribuyente neto, lo cual ampliará la lista del "debe" español en un momento en que se le está aplicando un expediente por déficit excesivo. Pero es que además los mercados financieros están castigando más en estos días a las economías periféricas del euro que al propio Reino Unido, en una demostración de que el gran capital ve más viable un Reino Unido fuera de la UE que una España o una Italia sufriendo por mantenerse dentro de ella. Justamente, con las otras dificultades crecientes, el peligro de un contagio de los abandonos de la UE, sobre todo por parte de economías más competitivas que la española, aumentaría la presión negativa sobre España.
- Deutsche Bank: La evolución del principal banco de Alemania durante los últimos meses ha sido ciertamente traumática; en más de una ocasión se ha comparado la evolución del precio de sus acciones al de Lehman Brothers en los meses previos a su quiebra. Aparte de la mayor o menor arbitrariedad de esta comparación, lo cierto es que DB encadena unos meses muy aciagos con multitud de noticias muy negativas. El secreto a voces de DB es su exposición a derivados financieros dudosísimos, por valor, dicen algunos, de unos 60 billones de euros (para que se hagan una idea, eso es más de 20 veces el PIB anual de Alemania). Si los alemanes se aplicaran a sí mismos el criterio que hasta ahora ha primado en la Unión Europea con los problemas de los sistemas bancarios de Grecia, Italia, Irlanda o España, según el cual cada estado ha de rescatar sus bancos, las compensaciones del Tratado de Versalles iban a parecer una broma de colegiala. Resulta obvio que si el DB llega en algún momento a quebrar, una parte importante de su deuda quedará impagada (con repercusiones a escala global), mientras que el resto de la deuda sería repartida por toda la zona euro y posiblemente por la UE (de nuevo, la salida del Reino Unido parece muy oportuna, y la tentación de nuevas salidas sería aún mayor). Curiosamente, la prensa especializada se centra estos días en los problemas (comparativamente bastante menores) de los bancos italianos, supongo que porque es un problema más tratable que el del primer banco alemán. ¿Y qué pasa con los bancos españoles? La banca española también es señalada en algunos momentos, ciertamente no con la misma insistencia que la italiana aunque han circulado algunas noticias bastante negativas (por ejemplo, las referentes a la ampliación de capital del Banco Popular). De cómo se afronten, sobre todo desde el punto de la equidad, la crisis del DB por un lado y las crisis bancarias periféricas por el otro depende algo tan crucial como la afección o desafección de los ciudadanos de Grecia, Italia, España o Portugal al proyecto europeo.
- La desinversión petrolífera: De este problema ya hemos hablado en repetidas ocasiones en este blog (por ejemplo, en el post "Pasándose de frenada"). Hay un problema muy serio con la desinversión de las empresas dedicadas a la explotación de petróleo. Estas compañías que, no lo olvidemos, perdían dinero a espuertas antes incluso de que el precio del petróleo cayera, no podían continuar invirtiendo como solían y de hecho están contrayendo sus inversiones de manera brutal (un 20% de 2014 a 2015, y se espera que más de un 25% este año con respecto al 2015). Conviene no olvidar que durante los últimos 30 años la inversión global en exploración y desarrollo de nuevos pozos de petróleo y gas se había multiplicado, en términos reales, casi por 10, como muestra la siguiente gráfica: En la misma gráfica se ve que desde 2005 las ganancias en la producción de petróleo han sido bastante marginales y sólo rebrotaron un poco a partir de 2011 gracias al petróleo ligero de roca compacta (LTO) que se ha explotado en EE.UU. con la técnica del fracking. Justamente, el mayor peso en la nueva producción de esos hidrocarburos de baja calidad y alto coste es lo que estaba arruinando a las compañías, aún cuando el precio del barril de petróleo se situaba en los 100$. Con el precio actual en casi la mitad, muchas compañías están quebrando y las que sobreviven están paralizando drásticamente sus actividades de búsqueda y desarrollo de nuevos yacimientos. La desinversión ha sido tan fuerte que ya se da por descontado un retroceso de la producción de petróleo en varios millones de barriles de petróleo diarios durante 2016 y 2017, simplemente teniendo en cuenta el tiempo que se tarda en poner en marcha un yacimiento. En este contexto, en tanto que la demanda, aunque estancada, se mantenga, es seguro que el precio del petróleo va a subir como un cohete en algún momento de los próximos meses. Cuando eso suceda, el precio será demasiado alto como para que la economía general lo pueda tolerar demasiado tiempo, y eso generará nueva recesión y precios de nuevo bajos, para mayor desgracia de las compañías petrolíferas: es la maldición de la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda que tantas veces ya hemos comentado. El futuro corresponde a un precio del petróleo volátil, que nunca estará a un nivel satisfactorio al mismo tiempo para productores y consumidores. Lo único que puede evitar ese repunte y posterior caída de los precios del petróleo es que se desencadene una nueva oleada recesiva global por los dos motivos enumerados más arriba, lo cual lo único para lo que serviría es para agudizar la agonía de las compañías productoras de petróleo y que el retroceso de la producción fuese aún más agudo. En suma, que podría postergar el latigazo de precios durante unos meses, so pena de hacerlo más grave. De todos, éste es el riesgo que me parece mayor, pues atenta contra las bases físicas de nuestro sistema económico y acelera la velocidad de nuestro declive energético, el cual puede arrastrar consigo el derrumbe de muchos estados y llevarnos a un punto desde el cual hacer las transformaciones necesarias sea mucho más difícil.
- Los problemas de España: Los lectores españoles han oído hablar mucho estos días de las penalizaciones que la UE está estudiando imponer a España por causa de su déficit excesivo en 2015. A parte de la multa que finalmente se pueda imponer a España (de hasta 2.000 millones de euros), se tiene que recordar que España tiene que acometer unos recortes para ajustar su déficit a lo exigido de por lo menos 10.000 millones de euros. Lo cual quiere decir que el próximo Gobierno de España tendrá que acometer toda una nueva serie de recortes en las partidas de su presupuesto y previsiblemente la mayor parte del peso de estos recortes recaerá sobre las partidas sociales. Esto acrecentará el malestar social en España, ahora más latente pero siempre presente. Con el resto de problemas enumerados más arriba, parece claro que España se va a montar en una montaña rusa económica de la cual convendría prevenir a la población para evitar falsas esperanzas que no se van a cumplir. Esto es particularmente importante para el gobernante Partido Popular, que previsiblemente seguirá en el poder después del resultado de las últimas elecciones en las que mejoró su apoyo electoral. Si ahora viene una nueva marejada económica, el PP puede ver deteriorarse a ojos vista su soporte social y encontrarse dentro de cuatro años (o antes) en una situación que hoy en día parece impensable. Desgraciadamente, la estrategia más probable que se va a seguir es la de la huida hacia adelante, confiando en que los problemas se habrán solucionado y olvidado para cuando toque convocar nuevas elecciones. En el contexto actual, tal estrategia no sólo parece desacertada, sino que puede precipitar a España en brazos de un caudillo populista que pudiera emerger en este tiempo y que supiera canalizar el descontento popular, al estilo de lo que ha hecho el Frente Nacional en Francia o el UKIP en el Reino Unido.
De todos estos problemas, como digo, el más grave en el medio y largo plazo es el de la producción de petróleo en descenso por la falta de inversión. Es muy importante que los analistas y los autoproclamados expertos dejen de mirar el dedo del precio y miren la Luna de la producción. El precio puede mantenerse bajo aún durante un tiempo, lo cual sería síntoma de una demanda estancada o en leve retroceso, mientras que la producción va cayendo y probablemente lo haga de manera irreversible. Contrariamente a lo que suelen afirmar muchos "expertos", cuando la producción de una materia prima sin sustitutos conocidos y con una demanda bastante inelástica comienza a escasear, el precio no se mantiene continuamente alto sino que va haciendo picos no muy prolongados de precios muy altos, seguidos por amplios valles de precios bajos. Desde hace 6 años hemos explicado este fenómeno en este blog, y es parte de la espiral de destrucción de oferta-destrucción de demanda que antes comentaba. Este problema puede acelerar el declive energético de nuestra civilización, lo cual quiere decir el declive y eventual derrumbe de la misma. Nada está escrito en piedra y nada nos impide reaccionar, antes de que la bancarrota petrolífera arrase a los productores, antes de que los efectos nolineales nos lleven donde no queremos ni tenemos por qué ir. Pero para eso hay que superar la teoría económica clásica y empezar a reaccionar: hay alternativas y hay medios para evitar lo peor. Lo único que nos falta hoy en día es comprender el problema y, más importante, tener la voluntad de querer cambiar las cosas.
Salu2,
AMT
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