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| ¿Estás hablando conmigo?... Entonces, háblame a la oreja buena |
Queridos lectores,
Hace un par de semanas que quería escribir este post, pero los temas emergentes no me habían permitido detenerme a escribirlo. De repente, algunos eventos de índole personal, y de aderezo la machacona insistencia de un recién llegado sobre temas de lo más variopinto y estrafalario me proporcionan una ocasión peripintada para la siguiente discusión.
En mi relación personal con la problemática del Peak Oil ha habido diferentes hitos que ha marcado definitivamente el curso de mis acciones. Hace 11 años yo me encontraba donde quizá esté alguno de los lectores, recién llegado a estas orillas. Una conversación casual, un enlace a dieoff.org, un primer vistazo, una comprensión de que el problema que se describe pudiera ser cierto, una repulsión inicial por cómo se cuenta en aquella página pero también por lo inconveniente de ese hecho... fue la semilla de la inquietud. Tuve una segunda aproximación, pocos años más tarde, a través de LATOC (actualmente, después de la conversión de su autor Matt Savinar a la astrología, bizarramente -o quizá ominosamente- convertida en una página que vende superchería). Ahí el caso estaba mejor presentado, mejor estructurado, con enlaces a fuentes más fiables, con un desmontaje meticuloso de todos los refugios donde la autocomplacencia busca refugiarse, y por primera vez sentí la palpable urgencia. Desde aquel momento fui buscando, periódicamente, saber "qué hacía el petróleo", a cuánto estaba el precio del barril. Cuando por primera vez desde que yo recordaba el precio superó los 50 dólares comprendí que ése sería, justamente, el tipo de signo que cabía esperar si estábamos llegando al cenit. Comencé a hablar abiertamente del tema con mi familia y amigos, sólo insistiendo un poco más de la cuenta con los más allegados, pero pasaba semanas o meses sin pensar en ello. Seguí mi vida, progresé en mi carrera, y el petróleo seguía subiendo y con él mi inquietud; empecé a consultar casi diariamente los precios... Llegó 2008 y entonces comprendí que no había el plan B que en mi fuero interno deseaba que los Gobiernos tuvieran. Gracias a la insistencia de un compañero me decidí a investigar más, a aprender más sobre el tema: estudié libros, artículos, informes oficiales... y lo que descubrí me dejó helado. No había plan B porque no puede haber plan B si se pretende mantener el actual status quo, y nuestra actual ruta nos lleva directamente al desastre, un desastre que anticipan las actuales revueltas en el mundo árabe y la inestabilidad creciente en todo el mundo, desde América Latina hasta el Lejano Oriente. Preparé entonces mi primera charla para presentarles a mis colegas del departamento, tuve ocasión de hablar brevemente con Pedro Prieto -quien fue muy amable- durante una jornada organizada por el CADS; después, expusimos delante de todo mi laboratorio, y después, a través de contactos y amigos, de manera espontánea, empezamos a repetirla en foros diversos, con la ayuda de otros colegas que se fueron uniendo a eso que llamamos el OCO (en catalán es más divertido: l'OCO). Quim me convenció para empezar este blog, y poco a poco hacer divulgación del problema del Peak Oil y de sus consecuencias, el Oil Crash, se ha ido convirtiendo en una especie de proyecto personal; también, poco a poco, compaginándolo con mi actividad profesional habitual, voy convirtiendo el tema de la energía en un tema de investigación propio, con la inestimable ayuda de mis compañeros, especialmente de Antonio García Olivares.
Yo no lo sabía, pero desde el día que leí por primera vez acerca del Peak Oil mi destino estaba sellado. He sido en realidad como una canica separada ligeramente de mi posición de equilibrio, inestable sin yo saberlo en lo alto de un pico; y poco a poco, insensiblemente, me he ido deslizando hacia el fondo del valle contiguo, hacia la percepción cierta de un futuro tenebroso, hacia el cuestionamiento de planteamientos sociales que durante la mayor parte de mi vida dí - aunque fuera con ciertas críticas - por más o menos válidos, hacia la conciencia, primero difusa y cada vez más alarmada, de la emergencia en la que viven nuestros ecosistemas esenciales, hacia un activismo primero reacio, luego modoso y que cada vez más tiende a ser beligerante. Simplemente bastó un pequeño golpe inicial, una duda fundada, para que poco a poco haya ido excavando en la coraza con la que taponamos nuestra percepción y haya empezado a vislumbrar un futuro mucho más incierto y menos determinado de lo que los edulcorantes medios de comunicación se empeñan en presentar.
Explico toda esta historia para poner en contexto la siguiente afirmación: yo no tengo mucha fe en la utilidad de lo que hago; de hecho, nunca la he tenido. Me explico. Yo no soy el primero que intenta hacer divulgación sobre la crisis energética, ni el que mejor conoce el tema, ni nada de nada. Soy sólo uno más, con cierta formación para entender y saber explicarlo, como tantos otros. Por ello mismo nunca he esperado tener más éxito que los demás individualmente. Pero la individualidad es uno más de los virus que sirven al consumismo irracional que tanto necesita nuestro sistema económico inflacionario, así que poco importa; lo importante es engrosar un movimiento colectivo que ayude al cambio necesario. Lo que pasa es que en ese sentido tampoco creo que lleguemos a nada útil. Hace décadas que se viene alertando sobre los límites de la biosfera terrestre para soportar nuestro modelo de desarrollo económico y tales alertas han sido siempre desdeñadas como derrotistas y alarmistas. Hace algo más de una década, retomando el hilo del trabajo de divulgación de Marion King Hubbert, reputados geólogos como Colin Campbell, Jean Laherrère, Kenneth Deffeyes y tantos otros han mostrado, con análisis detallados de los datos, que más temprano que tarde el petróleo no podría seguir nuestra curva de consumo. Poco después, físicos como yo de la Universidad de Uppsala, capitaneados por Kjell Aleklett, comenzaron a hacer análisis más rigurosos sobre lo que cabía esperar del petróleo y otras materias primas energéticas, con resultados poco alentadores. Todos ellos han publicado en revistas de referencia, han publicado notas de prensa, han comparecido en numerosos medios de comunicación, incluyendo cadenas nacionales y globales de televisión. Si nos restringimos a España, tenemos a Mariano Marzo que desde décadas estudia estos problemas y es una reconocida eminencia en el campo; también a los representantes de ASPO-España (AEREN): Pedro Prieto, Daniel Gómez, Marcel Coderch... y tantos otros divulgadores, entre los que yo soy sólo un recién llegado. También estos han hecho numerosas apariciones públicas en múltiples medios (prueben a buscar en Google: "Mariano Marzo"). Tenemos numerosas asociaciones (pueden encontrar un censo español de algunas páginas web de éstas en http://www.cenit-del-petroleo.info/). Hay muchas instituciones públicas concernidas por problema: además de las informaciones públicas pero no publicitadas, hay ciertas instituciones más visibles como la comisión bicameral sobre Peak Oil de los EE.UU., su correspondiente en el Reino Unido (con mayor capacidad ejecutiva), y otras en otros países; no en España, por cierto, aunque aquí tenemos el Consejo Asesor para el Desarrollo Sostenible o el Observatorio de la Crisis Energética y Alternativas de Sociedad catalanes. Pero por ejemplo éste último no ya no tiene una página web activa y seguramente (no sé su historia, si algún lector nos puede informar...) de algún modo ha cesado sus actividades (posiblemente asumidas por el CADS), y ése puede ser el futuro de tantas otras iniciativas nacidas pro bono que se mantienen en tanto en cuanto el entusiasmo de sus promotores no decaiga. Y yo tengo muy claro desde el principio que ésta es exactamente la situación de las iniciativas que yo promuevo y en las que yo participo: que posiblemente sus promotores se desmoralicen y las acaben abandonando (¿y no ha pasado ya, en cierta manera?). De hecho, ser consciente del problema, de las limitaciones enormes de la empresa, es condición necesaria, pero no suficiente, para evitar su abandono.
Y es que desmoralizarse es muy fácil. Años y años de tarea de divulgación y sensibilización (como la que hace la web de Crisis Energética) sirve para atraer a unos miles quizá, pero, ¿qué son unos miles de españoles comparados con una población de entorno a 45 millones? ¿Un uno por diez mil, un mísero 0.01%? Y de entre éstos, ¿no son mayoría los que viven su condición de peakoiler en la clandestinidad, como si fuera un hecho vergonzante, hartos de la incomprensión de su círculo más íntimo? Admitámoslo: no podemos luchar contra la maquinaria de la propaganda del consumo desaforado, de la fe en el invencible progreso humano y la prosperidad -entendida como crecimiento exponencial del PIB- inevitable. No podemos hacerlo, además, intentando usar los canales que ella controla: ¿de qué sirve que salga por la tele el mayor experto mundial y explique de manera clara e inteligible que no podemos seguir así, que nos la vamos a dar, y a continuación corten el programa para dar una cuña publicitaria donde nos intentan meter por los ojos un coche último modelo y un lavavajillas eficiente y silencioso? La disonancia entre los dos mensajes es evidente; si lo que dijera el experto tuviera la importancia y gravedad que parece describir entonces no tendría sentido continuar propagando un mensaje de consumo sin restricciones. Peor aún, las marcas comerciales se apropian y prostituyen elementos del discurso pro-sostenibilidad, y trivializan conceptos que añaden, como una capa más, a sus proyectos, generando más valor añadido, integrando los nuevos elementos dentro de sus planes de diversificación y penetración del mercado... en suma, para seguir adelante con el crecimiento exponencial. Eso deja aún más perplejo al espectador, reducido por los medios de comunicación al papel de consumidor, que para reconciliar lo irreconciliable acaba creyendo que las coletillas "eco-", "verde", "sostenible" que se pegan a esos productos están respondiendo acertadamente a las reclamaciones del experto antes citado, y que por tanto no hay nada de qué preocuparse, todo está bajo control de la superioridad. Añádase a esto un mundo donde la información - en realidad, los datos brutos- fluyen de una manera continua, sin dejar tiempo a la gente para asimilarlos, y el flujo constante arrastrará lejos, como el agua en las sentinas, cualquier preocupación que hubiera comenzado a abrigarse (es por todos estos motivos que Noam Chomsky no concede nunca entrevistas en televisión).
Ciertamente nos queda internet, la panacea de la libertad de expresión, pero he ahí su mal: en el mismo medio se vuelcan absurdas teorías conspiratorias y infinidad de causas justas, todo ello revuelto en un mar de páginas sobre gastronomía, recetas caseras, mundo del motor, viajes, aficiones, ornitología, la asociación nacional de pediatría, el club de los amantes de la caza y la asociación de protesta contra el cuarto cinturón de Barcelona. En medio de semejante guirigay, ¿cómo poder transmitir de forma eficiente un mensaje duro pero necesario, hacer oír el grito de angustia de qué es lo que pasa? Los que recalan en ésta o en otras páginas similares son esencialmente náufragos que un día vararon por error en estas playas, simplemente porque estadísticamente siempre habrá algunos que lo hagan. Además, el vicio de nuestra sociedad, su completa superficialidad, hace que el nivel de atención baje a mínimos y eso conlleva una mayor dificultad para transmitir mensajes complicados; como muestra, un botón: debido a una cierta acción mía - de tanto en tanto hago alguna- un post viejo, sobre la viabilidad de la energía de fusión nuclear, ha sido más visitado de lo acostumbrado durante las últimas 24 horas. Las estadísticas de utilización del blog me indican que esa página ha tenido 16 visualizaciones en ese período con una media de tiempo de estancia en ella de un minuto y medio. Ése es un post un tanto largo y complicado, el cual es imposible de leer en tan poco tiempo, y me consta que al menos un par de personas habrán estado en él entre cinco y diez minutos, lo cual deja menos de un minuto en media para el resto. Me temo que lo que habrá pasado en realidad es que dos o tres personas se habrán tirado entre cinco y diez minutos en leerlo, y el resto habrán saltado de allá en cuestión de segundos, aún cuando si han llegado a ese post era por una mención expresa a la inviabilidad del ITER en otro lugar; es decir, que habían ido allí en un acto voluntario y deliberado de querer saber más, pero una vez llegados a su destino no han sido capaces de retener su atención fija en lo que se discutía más que unos pocos segundos. Y así es siempre: estoy seguro que menos del 5% de los lectores absolutos (el porcentaje será mayor entre los habituales, qué duda cabe) no habrán llegado a este punto de este post tan largo. Por tanto, este medio sirve poco y mal para transmitir este mensaje.
Está, por supuesto, la cuestión de las charlas. Por mi propia experiencia sé que un contacto más directo como el que da una charla favorece un intercambio de ideas más fluido por tanto que más intenso que el de internet, contrariamente a lo que pudiera parecer. Sin embargo, multitud de veces me he encontrado actitudes completamente disonantes al acabar las charlas: gente que se pregunta si es verdad eso de que "se está acabando el petróleo" (y mira que siempre digo varias veces que el petróleo no se acabará nunca), gente que me pregunta si no se resolverá todo con coches eléctricos y de hidrógeno (también hay una transparencia para explicar esto) y luego salidas de tono de todo tipo: uno que me pregunta si me voy a presentar a algún tipo de elección (ésta es buena: "Partido del Peak Oil: levante los brazos y ríndase", arrasaría en las urnas), que qué opino de las religiones o del comercio de armas o de algún problema local del que no soy en absoluto experto, etc. Y luego, lo habitual: que si esto es una secta, que si somos unos catastrofistas, y que si la ciencia lo solucionará todo. Porque ahí está el problema mayor: nuestro sistema no sólo fomenta el consumo, sino que insufla una propaganda que hace que sus víctimas acepten acríticamente verdades que no son tan ciertas con tal de no cuestionar el crecimiento, y eso explica la porfía que de tanto en tanto se da (como la de los últimos días con un anónimo comunicante) sobre alternativas mágicas, teorías de la conspiración y sandeces varias. Incluso en aquellos a los que sí que le llega el mensaje de la charla (y que ya suelen estar predispuestos, si no lo conocían de antemano: hay obviamente un sesgo de elección en quien va a oír una charla así) conocer todas estas cosas no suele producir un cambio sustancial en sus vidas, por las razones descritas arriba: incomprensión, alto coste personal de modificar sus hábitos, etc, lo que hace aún más inviable que puedan dar un paso más allá y ser activos, si no activistas.
Todo esto me lo imaginaba antes de comenzar, y la experiencia me ha confirmado lo que intuía. Por tanto, no estoy decepcionado con los resultados; al contrario, me los esperaba peores. Pero sí que queda claro que todo este esfuerzo es un ejercicio antes de futilidad que de utilidad. ¿Por qué lo hago, entonces? Por dos razones.
La primera es porque es mi deber. Es un problema moral. Allá cada uno con su conciencia.
La segunda porque hay una remota posibilidad, y sólo por eso merece la pena. Se producirá probablemente durante una breve ventana de oportunidad, entre la normalidad que se degrada paulatinamente y el colapso total al que nos puede abocar nuestra estupidez e imprevisión. Habrá un breve espacio de tiempo en el que la evidente disonancia entre lo que se afirma oficialmente y lo que de verdad pasa empujará a una proporción inusualmente alta de personas a buscar una explicación alternativa, antes de lanzarse al sálvese quién pueda. Es en ese momento las explicaciones ramplonas y populistas pueden fácilmente prender en la población y terminar de abocarnos al desastre, pero también es el momento en que podemos ser escuchados por una vez, en vez de ser oídos como un ruido de fondo. Quizá ese momento está más cerca de lo que parece. En todo caso, si cree Vd., lector, que aún merece la pena intentar hacer algo, piense en si merece la pena dar un paso adelante.
Salu2,
AMT

