miércoles, 13 de junio de 2018

Carta al Presidente del Gobierno



Excelentísimo Sr. Presidente del Gobierno de España:
 
Le ruego que me disculpe por robarle unos minutos de su tiempo, que sé que es escaso y valioso.

Mi nombre es Antonio Turiel, y soy Científico Titular de OPI con destino en el Instituto de Ciencias del Mar del CSIC, en Barcelona. Soy físico y matemático de formación, y doctor en Física Teórica, con 20 años de experiencia postdoctoral. Mi investigación se centra en la oceanografía por satélite y también en el estudio de los recursos naturales, particularmente los energéticos. Desarrollo también una intensa tarea de divulgación sobre los problemas de sostenibilidad de nuestra sociedad, y particularmente sobre los retos que supone el inevitable decrecimiento energético al que estamos ya abocados.

Hace 13 años que la producción de petróleo crudo convencional llegó a su máximo histórico (hecho que reconoce hasta la propia Agencia Internacional de la Energía), y después de unos años de estancamiento la producción comenzó un suave declive que empieza ahora a acelerarse. Estamos hablando de casi el 80% de todo el petróleo (propiamente, hidrocarburos líquidos) que se consume en el mundo. El petróleo es una materia energética indispensable y fundamental para el funcionamiento de la economía global: representa un tercio de la energía total consumida en el mundo, y en el caso de España es más de la mitad del total de energía.

Desde hace años y particularmente desde 2005 se han introducido fuentes alternativas de hidrocarburos líquidos para intentar paliar el pico del petróleo crudo convencional. Primero fueron los biocombustibles, después los petróleos extrapesados de Venezuela y las arenas bituminosas de Canadá, y desde 2010 tenemos el auge del fracking en los EE.UU. Pero todas esas fuentes tienen una capacidad de producción muy limitada, son parches con fecha de caducidad y que en un lustro o dos no podrán compensar la fuerte caída de la producción de crudo convencional. Además, todas esas fuentes (amén de los problemas ambientales que causan) tienen muy escaso rendimiento, tanto económico como energético, y han causado una fuerte descapitalización y endeudamiento del sector de las petroleras, como alertaba el Departamento de Energía de los EE.UU. ya en junio de 2014. Son, verdaderamente, petróleos subprime. Y al igual que en 2007-2008, se ha inflado una enorme burbuja especulativa alrededor de esos petróleos, burbuja que puede explotar en cualquier momento y sumirnos en una nueva recesión global. 

La huida hacia adelante de los productores, sobre todo en los EE.UU. y apoyados por la desregulación que ha introducido el presidente Trump, ha llevado a una paradójica situación: mientras en la mayoría del globo los productores de petróleo llevan años desinvirtiendo en los proyectos más costosos y arriesgados, centrándose en los que son verdaderamente rentables aunque eso suponga finalmente un descenso de la cantidad de petróleo disponible, en Norteamérica (EE.UU., Canadá y México) la inversión ha seguido aumentando por tal de mantener la ilusión de que podemos mantener los actuales niveles de producción de petróleo, mientras los inversionistas se exponen a cada vez mayor riesgo (con ramificaciones que se extienden hasta Europa, siendo Deutsche Bank, con su gigantesca exposición a derivados financieros dudosos, el monstruo dormido). En la actualidad, Norteamérica, que produce solo el 20% de todo el petróleo mundial, invierte más en explotación, exploración y desarrollo que todo el resto del mundo, que produce el 80% restante. Un desequilibrio de tamaña magnitud no puede durar mucho tiempo, y menos cuando los lugares más productivos del fracking americano ya han sido explotados (pues duran muy pocos años) y casi todas las regiones de fracking estadounidenses están ya en declive. Sí, los EE.UU. consiguieron doblar su producción de petróleo en muy pocos años, pero es algo efímero y cuyas consecuencias se van a pagar muy severamente en forma de una crisis financiera global. Crisis que podría sobrevenir antes de que Vd. acabe la legislatura, y si no sabe reaccionar delante de ella será a Vd. a quien, injustamente, le cargarán las culpas en España.

Siendo honestos, es Vd. el tercer presidente al que me dirijo para explicarle el problema de pico del petróleo. Sus predecesores acusaron recibo de mi carta y la despacharon con promesas de aumento de la inversión renovable, anuncios de las medidas legislativas destinadas al mercado eléctrico y la automoción eléctrica, y votos al ahorro y la eficiencia. Lo cierto y verdad es que todo eso, aunque útil en principio, no sirve para abordar el problema que se plantea; a veces ni siquiera va por la buena dirección. Lo cierto es que, ocho años después de mi primera misiva (al presidente Rodríguez Zapatero) el sector renovable está empantanado en España, la electricidad representa, hoy igual que ayer, poco más del 20% de la energía final consumida en España (frente al 50%, ayer y hoy, del petróleo), el coche eléctrico sigue siendo algo muy minoritario y el ahorro y la eficiencia no han hecho nada por cambiar la situación. Podrá Vd. creer que si en esencia nada ha cambiado en estos ocho años es porque no ha habido una voluntad política suficientemente firme y que Vd. sí que lo conseguirá, allí donde sus predecesores fracasaron, y es posible que tenga razón. Sin embargo, hay razones de peso que explican el fracaso pasado, razones que pueden también pesar en el futuro: las renovables también tienen sus límites, energéticos y económicos; se orientan excesivamente a la producción de electricidad, que es un mercado saturado en España porque es difícil convertir ese casi 80% de uso energético no eléctrico en eléctrico y en particular el coche eléctrico probablemente no es una solución de masas, y ahorro y eficiencia son inútiles en un sistema económico orientado a la producción y el consumo. El problema que se plantea no es nada sencillo, y tienen mucho más de tecno-científico que de jurídico. No sabemos si hay un camino hacia el 100% renovable - esperamos que sí - pero sí que hay muchos caminos imposibles. Intentemos no transitarlos.

El hecho es, Sr. Presidente, que nos abocamos a una crisis profunda y grave, y de las decisiones que tomemos ahora dependerá completamente lo que podamos hacer en el futuro. Ahora es tiempo de reaccionar. Y, sobre todo, Sr. Presidente, huya de las sirenas de la guerra, particularmente cuando la situación en Argelia se complique. En la era del declive energético, no hay nada que ganar en la guerra, salvo el descrédito y la degradación moral.

No quería acabar esta carta sin felicitarle particularmente por la creación del Ministerio  de Ciencia, Innovación y Universidades y del Ministerio de Transición Ecológica, al frente de los cuales ha puesto a personas conocidas por su capacidad y competencia. En mi caso particular estoy de enhorabuena, ya que ambos ministerios tocan de lleno mi actividad y son una gran promesa de futuro, que todos deseamos que se cumpla. 

Confío en Vd., Sr. Presidente. Nuestro futuro está en sus manos.

Atentamente.

Antonio Turiel
Científico Titular del CSIC

domingo, 10 de junio de 2018

David Lafarga: In memoriam



Quizá a algunas personas les sorprenda saber que dos de los congresos más importantes (y con buena presencial internacional) sobre el tema del agotamiento de los combustibles fósiles que han tenido lugar en España se hayan celebrado en Barbastro (el Primer Congreso Internacional en mayo de 2011 y el Segundo Congreso Internacional en octubre de 2014). A pesar de su innegable encanto, la capital de la comarca del Somontano está bastante alejada de los principales núcleos urbanos de España y no ocupa una posición demasiado central en las modernas redes de comunicaciones. Que en este lugar se hayan podido celebrar dos ediciones y de gran calidad de este congreso, haciendo necesaria publicidad del problema del peak oil, es el resultado del esfuerzo de muchas personas dedicadas y concienciadas que trabajan en la UNED; y entre ellas ha habido una que destacó por su buen hacer, su empeño y su calidad humana: David Lafarga Santorromán.

Conocí a David a principios de 2011, cuando él estaba organizando la primera edición del congreso. En aquella época The Oil Crash era un blog todavía más minoritario de lo que lo es ahora mismo (no sumaba ni 100.000 páginas vistas) y mi actividad de divulgación tenía todavía una repercusión muy modesta. A pesar de eso, David me encontró y me encargó una ponencia sobre los otros líquidos del petróleo. El tema me interesaba bastante, y gracias a la búsqueda bibliográfica que hice en aquel momento pude escribir unos cuantos artículos relacionados. 

No conocí a David en persona hasta que llegué a Barbastro, en mayo. Era un hombre joven (estaría o al menos aparentaba estar entonces aún en la treintena), alto, bien parecido, deportista, siempre educado y siempre amable pero con esa cercanía y familiaridad tan aragonesa, y por encima de todo una persona franca y honesta. David era el factótum del congreso, la persona que había ideado todo el entramado, una persona culta y muy bien enterada de lo que se trataba ahí; y más aún, muy concienciada de la gravedad de lo que se hablaba. Una persona que con su empeño personal, el apoyo de sus superiores y la complicidad de sus compañeros había conseguido sacar adelante un congreso de esa magnitud. Y encima aprovechó al máximo la ocasión, consiguiendo que la UNED e incluso TVE hicieran varias entrevistas a los ponentes asistentes.

Durante los días del congreso, sobre todo después de cada sesión o al acabar el día en un ambiente más distendido, tuvimos ocasión de hablar largo y tendido con David. Cuando nos fuimos de Barbastro prometimos mantener el contacto y volver a reunirnos cuando la ocasión lo permitiera.

Un año más tarde volví a Barbastro, de nuevo invitado por David. En aquella ocasión para dar una conferencia, yo solo. Yo era entonces un poco más conocido (dentro de lo marginal que es este mundo del peak oil). De nuevo, David le sacó el máximo provecho a mi visita y también, al ser un evento de mucha menor dimensión, tuvimos más tiempo para hablar de cuestiones personales durante la cena. Creo que fue entonces que me comentó de su grave enfermedad, afortunadamente superada en aquel entonces; pero cómo le había obligado a hacer cambios importantes en su vida. Lo explicaba con sencillez y naturalidad, con esa sonrisa un poco de pillo que tenía. David 2.0, decía él. Brindamos por ello.

Aún nos volvimos a ver en la vorágine que fue el congreso de 2014. En aquella ocasión David me confió la charla inaugural, un honor teniendo en cuenta quienes eran los ponentes. Con mis compañeros del CSIC trabajamos con David para escribir las conclusiones del congreso. David, como siempre, amable y correcto, centrado y cercano. Yo no pude ver entonces la sombra que se cernía sobre él.

Hace unos meses le contacté. Había perdido bastante su contacto, y me temía lo peor. Me decidí a escribirle un email, con la excusa de preguntarle sobre si volvería a haber una nueva edición del ya mundialmente conocido congreso de Barbastro. Siempre amable me respondió, y con la simplicidad de un hombre bueno me contó que la enfermedad había vuelto. Escribió frases positivas sobre sus perspectivas de futuro, pero se leía entre líneas que esta vez jugaba con enorme desventaja.

Hace casi una semana escribió una emotiva despedida en su perfil de Facebook. Sabía que estaban a punto de administrarle sedación terminal, y quiso aprovechar sus últimas horas de lucidez para dejarnos un mensaje que resume muy bien el tipo de persona que era David:

"Queridos amigos, mi estrella se apaga muy rápido. Nunca pensé que pondría algo así en FB pero estos días he recibido tanto y tan bueno que me atrevo a hacerlo para deciros que hoy intentaré estar para dar un último abrazo a quien quiera acercase al hospital. Se os quiere y gracias a todos por formar parte de mi vida y hacerla tan plena a pesar de su brevedad."

Podía haberle llamado, pero no fui capaz. Casi no puedo ni escribir esto.

El 8 de junio David perdió su última partida, y para nuestra desgracia nos dejó solos aquí.

Descanse en paz. Adiós, amigo David.

miércoles, 6 de junio de 2018

Anticlockwise


 
Queridos lectores:

Esta semana se une al nutrido elenco de autores que puebla este blog Sebastián C. Bascuñana, polifacético librepensador de los pocos que quedan. En esta ocasión nos deleita con un breve relato de ciencia ficción, que debería ayudarnos a reflexionar sobre qué significa en realidad la sostenibilidad.

Les dejo con Sebastián.

Saludos.
AMT


ANTICLOCKWISE

Estimado lector, me he esforzado mucho para extraer estos datos del extraño dispositivo en el que los encontré; no obstante, me temo que ha habido algunas pérdidas de datos que ya se encontraban corruptos. He intentado la traducción más aproximada y precisa de la que he sido capaz, para preservar el contenido y las impresiones que se hallan en el texto que estáis a punto de leer.
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Recuerdo con toda claridad el día que llegaron. ¡¿Quién podría olvidar una fecha tan memorable?!

Toda la zona estaba abarrotada, y los medios de comunicación estaban a cientos por todas partes. ¡Miles de nosotros reunidos para presenciar el evento; el gran, el extraordinario evento. Prácticamente no tengo palabras.

Tantos miles de años preguntándonos si estábamos solos... Y, si no, serían “ellos” inteligentes. Si eran inteligentes, ¿serían pacíficos? Si eran pacíficos, ¿nos encontrarían, o nosotros a ellos? ¿Cómo serían? ¿Tendrían una forma como la nuestra, o similar? ¿O tendrían unos cuerpos extraños y exóticos?... Todas esas habían sido, quién lo duda, preguntas que nos habían intrigado durante mucho, mucho, tiempo. ¡Y ahora por fin tenían una respuesta! Yo casi no podía creérmelo, nadie podía.

[...datos perdidos]

Los bosques habían sido explorados, las junglas, las montañas, los desiertos, a lo largo de nuestra no demasiado larga historia. En la actualidad ya todo había sido descubierto por todo el planeta; las tierras y los mares. Y, desafortunadamente —o no—, todos aquellos seres de las fábulas, que aparecían en nuestras leyendas y mitos y cuentos, y que se decía que vivían en zonas remotas y distantes, dejaron lógicamente de existir. Todos aquellos románticos folclores se habían esfumado. Definitivamente no había ninguna especie inteligente viviendo en nuestro mismo mundo (aparte de esas pocas que normalmente se consideran “inteligentes”, claro).

¡Y, de repente, ahí estaban ellos! «Caídos de los cielos», como había acuñado algún “ingenioso” periodista.

El nombre que daban a su propia especie resultó ser bastante difícil de pronunciar para nosotros, así que, simplemente, acabamos llamándolos los hun.

Al principio todo fue muy emocionante, pero ahora... Bueno, ahora nos hallábamos metidos en un gran problema.

[DD. pp. Datos perdidos]

A final, después de tanto tiempo, todo me viene a la cabeza: el descubrimiento de su nave espacial, desde más allá de del último planeta de nuestro sistema, las primeras comunicaciones entre ellos y nosotros, su aproximación a través de las órbitas de los planetas interiores, los últimos cientos de miles de kilómetros... Y, entretanto, toda la población en la superficie del planeta había estado terriblemente agitada —recuerdo—, desde el momento en que los alienígenas habían sido descubiertos en el espacio profundo, hasta el día en que por fin aterrizaron.

Recuerdo las primeras noticias, las primeras reacciones, los primeros preparativos... ¡Y el comité de bienvenida! Líderes de todas partes, con expertos que les asesoraban, habían estado reuniéndose durante muchos días y en diversas ocasiones, para decidir cuál sería la mejor manera de relacionarse con los
visitantes, y sobre dónde podría ser el encuentro, el primer contacto. Llegaron al acuerdo de que sería en tierra firme; adecuado para ambas partes, tanto para ellos como para nosotros.

[dd. perdidos]
Nuestra especie había estado soñando con esos seres que ahora se aproximaban «los seres de otro mundo» —otra “joya” de la expresión y de la originalidad del mismo periodista—, ya que transcurrió mucho tiempo desde el momento en que supimos de ellos, allá en el espacio profundo, hasta el momento en que nuestros invitados por fin pusieron sus pies en nuestro suelo. Sí, digamos que habíamos tenido tiempo de sobra para ocuparnos (y preocuparnos) del asunto; para especular sobre todo aquello, para discutirlo, debatirlo, comentarlo... No se podía ir a ninguna parte en que el tema no fuese otro que los hun. «Los hun esto», «los hun, lo otro»... «Deben de ser verdes», «No, deben de ser de color gris»; «deben de ser altos», «deben de ser bajitos»... ¡Nadie, ni jóvenes ni mayores, dejaba de hablar del tema! No se nos podía culpar; ¡no todos los días dos especies entran en contacto!

Y por fin llegó el gran día. Hacía calor, y era un día rojo y luminoso, recuerdo. Todo el mundo, con los ojos desencajados, sin apartar la vista de aquella nave espacial que acababa de posarse.

Se abrió la escotilla con un 'bang' y aquellos seres emergieron del interior. Eran tres, con sus extrañas formas y extremidades, y con aquellos extraños, bulbosos, trajes blancos. El primero de ellos se quitó una especie de casco, y lo mismo hicieron los otros dos (eran dos hembras y otro de sexo masculino, como supimos más tarde).

Entonces hubo una reacción al unísono de la masa allí congregada: un gran y general asombro expresado en una especie de grito contenido.

¡Las criaturas que aparecieron bajo los cascos, bajo los trajes espaciales, eran terriblemente horrendas! Aparecían como envueltas por una especie de pellejo de color rosáceo. ...Pero al menos no eran agresivas (si lo consideramos de modo amplio, por así decirlo). De todas formas, al cabo del tiempo, en nuestro planeta nos acabamos acostumbrando a su apariencia. ...Después de todo, nuestro aspecto debía de haberles resultado a ellos igual de repulsivo.

Su lenguaje fue casi del todo descodificado y comprendido con el tiempo; y hubo muchas reuniones y cónclaves. Y, al final, El Gran Tratado fue acordado entre ambas especies.

[dd. pp.]

En la actualidad ya quedamos muy pocos de nosotros. Cincuenta veces ha descrito ya nuestro planeta su órbita desde la primera vez que aterrizaron; y, en el presente, está todo hecho un desastre.

Aquellos tres primeros resultaron ser solo una partida de exploradores, y ya han llegado muchos más visitantes desde su planeta de origen (el cual tiene un nombre paradójico, si es verdad lo que ellos cuentan de su composición).

El Gran Tratado no consistía, básicamente, en otra cosa que recibir a cuantos de ellos fueran llegando. Se puede decir que, de alguna manera, nos la jugaron. Necesitaban algún lugar donde continuar su existencia, porque su planeta ya era prácticamente inhabitable. Ahora mismo hay más de 700.000 hun por todo nuestro planeta, casi una cuarta parte de la población total. Y siguen viniendo.

Cuando miro atrás y pienso en las enfermedades que trajeron los hun; la plaga de sus extraños animales, y sus parásitos y microorganismos... No fuimos capaces de resistir toda esa microvida alienigena que les acompañaba. Además nuestro planeta se ha convertido en prácticamente un basurero, y el clima ha resultado, también, finalmente dañado.

Arrogantes y en extremo orgullosos de su avanzada tecnología, los
hun han llenado nuestro pequeño planeta (de apenas 8.000 km de diámetro) de cacharros y chismes; de sus vehículos y de sus máquinas extractoras; y, encima, las contaminantes fábricas, que han arruinado y esquilmado la belleza natural y casi virgen de nuestro mundo.

También, y para colmo de males, han empezado a llevársenos a muchos de nosotros a sus complejos industriales para servir casi de esclavos. ...Hoy nos damos perfecta cuenta de que esos seres son en realidad crueles e inmisericordes. ¿Empatía? Sí, pero solo para con ellos mismos (y no siempre, tampoco). Para nosotros ya es demasiado tarde.

El caso es que su antiguo planeta fue esquilmado, destruido, exterminado... Pues eso es lo que ellos hacen siempre en todos los planetas por los que se extienden. Y ahora le ha llegado el turno al nuestro. El desasosiego que siento es casi insoportable.

...Y ya apenas puedo seguir narrando todo esto ni un momento más, pues la sensación que me invade me hace sentir profundamente deprimido..., y creo que ya nada tiene mucho sentido.

[dd. pp.]

Con sus cuatro extremidades huesudas, su pellejo rosado, sus feas cabezas redondas, sus dos únicos ojos, sus enormes bocas dentudas, y sus retorcidos y traicioneros cerebros...

...¡los H U ma N os están aquí!

Por Sebastián C. Bascuñana.

martes, 29 de mayo de 2018

Renovables, sostenibles y bemoles

Queridos lectores:

Nuestro colaborador Beamspot nos ofrece un nuevo ensayo, en este caso sobre lo que realmente implica el uso de recursos renovables sin cambiar para nada muchos errores de concepto de nuestra sociedad actual. Un post que me atrevería a calificar de imprescindible por su meridiana claridad.


Salu2.
AMT

Renovables, sostenibles y bemoles.

Vista panorámica d'Es Plà de Sant Jordi, con molinos de extracción de agua en primer plano, de estilo equivocadamente llamado americano, que en realidad es de origen holandés, país pionero en este uso.


En estas fechas de canícula veraniega y con las vacaciones de Agosto por delante, el tema habitual de conversación es ¿adónde vamos a ir de vacaciones?


Algunos de mis compañeros alemanes me han comentado que irán al “Mittlemeer Bundesland”, lo cual me ha traído recuerdos de esa hermosa tierra en la que hice la mili como policía militar, chupando guardias en el “Palau de s’Almudaina”, puerta por puerta con La Seu, icono mítico por excelencia del turismo en Palma de Mallorca, la catedral.


Entre esos recuerdos, figura una historia de fondo mucho más trágico que lo que habitualmente se acepta gracias a que al final no ha habido final fatídico. Una historia medioambiental que debería servirnos de lección sin necesidad de recurrir a la más lejana e igualmente trágica Isla de Pascua. Eso sí, esta última sí que fue con final nada feliz.


Este es un cuento con moraleja, que, sin embargo, es la historia real de algo que ha sucedido hace poco, muy poco, alrededor de un siglo, en un sitio nada lejano ni perdido, sino más bien en un lugar muy concurrido y conocido destino turístico, exactamente donde está ubicado el aeropuerto más rentable de España y uno de los de más tráfico de punta de Europa, el de Son Sant Joan, más conocido como el de Palma (de Mallorca).


Quien haya viajado por esa zona, habrá observado a la primera que haya prestado algo de atención al paisaje, que está llena de cadáveres de molinos extractores de agua, o “molins aigüaders”, como lo llaman los locales en esa variante autóctona en vía de extinción (muy maltratada por la aculturación cuidadosamente cultivada por la imperialista Cataluña mediante las televisiones locales, como algunos baleares me hicieron notar). Precisamente la cabecera de este artículo es una foto de algunos de la zona.


Hace más de un siglo, a mediados del siglo XIX, esa gran extensión llana estaba empantanada, y era un foco de enfermedades, área poco recomendable, insalubre, y terreno de escaso valor en la mayoría de sentidos.

Molí d'en Tenre. Magnífico ejemplar de "molí de ramell" autóctono, con profusión de madera, control 'fino' de potencia, pero complejo de utilizar y mantener. En primer plano, el "safareig" de almacenamiento-
Algunos de los vecinos, siguiendo el ejemplo de otras partes de la misma isla, y como en otras islas, empezaron a usar molinos que ya llevaban un tiempo usándose para extraer agua, empezaron a usarlos para desecar el pantano y de paso, utilizar el agua para cultivos de regadío.


A medida que se iba desecando el pantano y se iba modificando el terreno, se fue pasando de la zona insalubre y malsana a ser todo lo contrario. En pocas décadas, los más de 495 molinos censados en esa llanura convirtieron el Plà de Sant Jordi en los terrenos más productivos de Mallorca, un paraíso donde se producía de todo en grandes cantidades y con calidades muy buenas, un paraíso donde rezumaba la leche y la miel.


Esa bonanza de esa enorme extensión de tierras permitió, junto con las nuevas formas agrícolas que habría traído la revolución industrial, que la población se disparase, sobre todo en la vecina capital.


Las ventajas sanitarias de ese invento romano llamado alcantarillado, además de la adopción de las nuevas técnicas y medidas sanitarias que vinieron con la revolución industrial, facilitaron la expansión enorme de Palma, en parte también porque la elevada productividad de esos terrenos permitieron que la pujante y también creciente población rural se desplazase a Ciutat, apodo con el que todavía se conoce a Palma en el resto de Mallorca.


Que a mediados del siglo XIX un ingeniero de molinos holandés se desplazase a la zona y mejorase el complicado diseño anterior, conocido como ‘molí de ramell’, básicamente hecho en madera, pero con muchos mandos manuales para cambiar la extensión  e inclinación de las palas, por otro más sencillo con mucha más profusión de hierro y menos mandos (básicamente uno, para mantenerlo parado en base a desviar la veleta de orientación), molino que además, con la revolución industrial, se fabricaba en abundancia y se vendía como kit para que los lugareños se lo pudiesen montar donde les daba la gana.


Con todo ello, “ja tenim la Seu plena d’ous”, como reza la expresión de júbilo local.


Con alrededor de un millar de estos molinos censados en toda la isla, Mallorca es la segunda isla mediterránea, tras Creta, en cuanto a molinos, no sólo de extracción de agua, siendo ambas unos buenos ejemplos del uso de la energía eólica en tiempos no tan lejanos.


Sin embargo, la proliferación de molinos en toda la isla, con el tiempo, llevó a una nueva situación.


Y mientras, el alcantarillado tiraba al mar algo que antes se cotizaba bien y era objeto de compra: el estiércol.


Décadas seguidas de cultivo intensivo en esa zona, de extraer agua y alimentos, nutrientes, de esa zona, para venderlos en la vecina capital que luego los lanzaba al mar, el abuso del regadío para cultivar el tipo de alimentos de mayor apreciación económica, y la elevada cantidad de agua bombeada, empezaron a hacer mella en la productividad de la zona.


Aquellos campesinos (“foravilers”, de fuera de la villa, como se les llama por allí) que no se habían aprovechado al máximo, o que habían abusado en exceso, empezaron a quebrar, y poco a poco, las tierras fueron acumulándose en menos manos. El hecho de poder usar sólo uno molino para regar las mismas zonas que antes regaban unos cuantos, permitía liberar terreno en base a quitar dichos molinos, o al menos, a reducir el mantenimiento y sus costes asociados.


Por eso, el que se dedicase a producir otros alimentos que necesitasen menos agua, y que se cotizaban peor, tenía más probabilidades de quebrar. Así que con el agua ‘gratis’, no era cuestión de dejarla correr: si no la gastaba el campesino en su terreno, lo hacía el vecino en el suyo para cultivar hortalizas más económicamente rentables.


Se encontraron pues atrapados en una carrera para ir produciendo al máximo para sacar el máximo de partido del terreno. Y eso, para una gente con una cultura y una historia basada en la producción agrícola, donde las prácticas sostenibles son todavía hoy de sobras conocidas, hizo agudizar la imaginación al máximo, pero eso no bastó para que lo inevitable acabase por suceder.


Con la cercanía del agua de mar, y el abuso del recurso renovable que es el acuífero que hay bajo dicha llanura, junto a factores habituales en los terrenos que son usados abusivamente en regadío, tanto la tierra como el agua empezaron a ser salobres, a tener más sal de la que permitían muchos de los cultivos.


La productividad empezó a resentirse más allá ya de la ruptura del ciclo del nitrógeno y del fósforo, rotos al echar al mar el alcantarillado, los restos biológicos de su consumo humano. El consumo por parte del ganado local, así como de los animales de tiro, incluso de los que había en la capital, era comprado y reutilizado, al menos, y formaba parte del sistema agrícola de aquellos tiempos, pero seguía cubriendo sólo una parte del ciclo, una parte que aunque su desaparición se había ralentizado, seguía inexorable.


El límite primero que se encontraron, no el único, fue el de la salinización del agua que sacaban del subsuelo.


Las soluciones que se adoptaron fueron dos. Al principio, aumentar la profundidad desde la que se bombeaba el agua. Con unos molinos realmente sobredimensionados, junto con las balsas de acumulación de agua adjuntas (“safareig” es el nombre local de esas balsas) que usaban para almacenar el agua extraída cuando había viento (habitualmente primavera, invierno, otoño) y que se gastaba cuando hacía falta (los abrasadores veranos mediterráneos), extraer agua de mayor profundidad no fue un gran problema.


Sin embargo, la aparición de bombas de agua que funcionaban con vapor (de leña, carbón vegetal, u otras formas) y más tarde, a gasoil (hoy en día, eléctricas, aunque son pocas), el extraer agua cuando hacía falta, proporcionó un plus a los que las usaban, con un par de ventajas añadidas: sólo se sacaba el agua que se usaba, reduciendo excedentes y pérdidas por evaporación, a la vez que liberaban el terreno utilizado para el almacenamiento para otros usos.


La segunda solución, gracias a la aparición de barcos de vapor y del aumento del tráfico marítimo entre Palma (con su magnífico puerto) y la península, permitió comprar comida fuera, especialmente la de menor precio, mientras en la zona se concentraban en producir la de mayor beneficio económico.


Sin embargo, el problema seguía. La demanda seguía subiendo, y el precio del agua, así como de la comida, subía, como los beneficios de seguir explotando un acuífero que se iba salinizando con el paso de los años.


El boom turístico no hizo sino empeorar las cosas, aunque la producción se redujo, las tierras perdieron valor, se recurrió cada vez más a comprar más la comida fuera, y algunos de los terrenos más afectados se destinaron a otro uso más lucrativo: el aeropuerto, puerta de entrada de la mayoría del capital que entra en la isla.


El cambio de animales de tiro a vehículos de combustibles fósiles finiquitó una parte del reciclado de materias orgánicas, rompiendo definitivamente el ciclo del fósforo y del nitrógeno.


El uso de fertilizantes fósiles para arreglar el desaguisado terminó definitivamente con las prácticas sostenibles, y los mecanismos de compostaje (“es clot d’es fems” como se llamaba por aquellos lares), fueron totalmente abandonados.


El resultado actual es que el acuífero sigue siendo salobre, la productividad de la tierra, todavía presentable, es reducida en comparación con sus momentos álgidos, y se sigue extrayendo agua del acuífero con ayuda de bombas, ahora eléctricas, muchas de ellas además alimentadas por paneles fotovoltaicos.
   
Es más, siendo estas tierras pantanosas que las lluvias anegan con facilidad, en lugar de permitir que la tierra absorba esa lluvia para así subir el nivel freático y reducir la salinización, lo que se pide son presupuestos para bombear y tirar esa agua si hace falta para que no se pare el cultivo. Y con subvenciones, por favor, que las bombas cuestan muy caro.


¿Por qué a finales del siglo XIX, los campesinos podían afrontar el sembrar tal cantidad de molinos sobredimensionados y caros para los salarios de la época para extraer agua del subsuelo, mientras que en la actualidad, con la tecnología abundante y avanzada que tenemos a bajo precio, hay que subvencionar el bombeo del agua superficial?


En cualquier caso, los problemas se manifestaron con fuerza a principios de siglo, cuando todavía se usaban animales de tiro, el boom turístico todavía no se sabía ni que pudiese existir, y con una población bastante reducida en comparación a la actual.


Resulta notable pues, en lo debería ser la primera y más importante lección y moraleja de este cuento, que todo eso se consiguió sólo con el uso de lo que hoy llamamos renovables. Con la excepción de una reducida cantidad de hierro para la columna de sujeción del molino, el resto era madera y piedra. Incluso ese hierro aguanta mucho, como atestiguan los restos de molinos que llevan muchas décadas sin ningún tipo de mantenimiento y que todavía aguantan.


El agua extraída de ese acuífero, en particular, también es de origen renovable, pues una buena parte se obtiene de las lluvias que caen, junto con alguna nevada esporádica en invierno en las partes más altas de la isla, en la Serra de Tramontana, zona de gran atractivo tanto paisajístico como motero por esas carreteras sinuosas junto a acantilados de más de 400 metros.


La razón de la insalubridad de la zona era de hecho la gran acumulación de materia orgánica en descomposición que había. Materia prima con todos los nutrientes que son necesarios para los cultivos de la mayor calidad que produjo en los principios de su explotación. Materia que aunque en parte era reciclada, sobre todo al principio, se iba yendo lentamente, y cada vez de forma más acelerada, por el desagüe hacia un lugar dónde no se puede reciclar y reutilizar como es debido, a pesar de ser también totalmente renovable.


Por tanto, esa primera lección que deberíamos tener muy claramente en nuestra mente hoy en día, es que a pesar de usar renovables en todos los frentes y en todos los sentidos, acabamos con los recursos que teníamos por una mala utilización. Y eso con una población muy consciente (cosa que no ocurre ni de lejos en esta cultura biófoba de ciudad en la que la mayoría nos movemos) de los ciclos naturales.


El punto que debe quedar meridianamente claro es simple: Renovables y sostenibles son dos cosas totalmente diferentes.


Para que una sociedad sea sostenible, no sólo debe usar recursos renovables en exclusiva. También debe hacerlo por debajo de la tasa de renovación, y de forma consciente, controlada, conocida.


Sin embargo, hoy en día, se usa el mote Renovable (y sin serlo técnica ni prácticamente) como un proxy de Sostenible. Nuestra cultura actual se cree que por usar paneles fotovoltaicos para alimentar bombas eléctricas que extraen agua de ese acuífero, ya somos sostenibles!!!


Por tanto, se deduce de esto que el problema de insostenibilidad de nuestra sociedad NO ES tanto un problema de cómo extraemos los recursos que usamos, sino de cómo los usamos, para qué, de qué hacemos con ellos.


El problema ES CULTURAL.


Si no cambiamos nuestra cultura extractiva por otra que se integre en los ciclos naturales, sólo vamos a cambiar el límite de las emisiones de CO2 por el límite de los recursos de acuíferos, renovables y no renovables, o por el de suelo fértil (que sólo el uso, aún hoy en día, de fertilizantes fósiles, ha conseguido evitar, pero que será evidente cuando también se llegue al límite de extracción de dichos fertilizantes).


Sin embargo, no es de rigor el terminar aquí este cuento. Hace falta despejar una serie de elementos que tarde o temprano aparecen en las discusiones y disquisiciones en algo más de profundidad sobre este tema.


Se ha comentado que se han adoptado dos soluciones ante el problema: bombear más desde mayor profundidad, quizás de forma más eficiente, y traer alimentos (y fosfatos, y nitratos) desde otras partes del problema.


La mejora de la eficiencia es precisamente lo que realizó el ingeniero holandés que cambió el diseño de los molinos. Mejoras que son un claro ejemplo de la paradoja de Jevons: sirvieron para bombear más aún con el mismo esfuerzo o incluso con menos, y desde profundidades mayores.


El uso de bombas que funcionaban a voluntad (con combustibles fósiles o no) fue otra vuelta de tuerca a la mejora de la eficiencia, al liberar el área ocupada por la gran capacidad de almacenamiento de agua necesaria, junto a reducir las pérdidas por evaporación. El uso de bombas eléctricas alimentadas por fotovoltaicas son otro ejemplo más radical además del uso de presuntas renovables (que en ese caso particular, además, de eso poca cosa) para usos totalmente insostenibles.


Esta (no) “solución” es sólo patear el problema “p’adelante”, y de paso, empeorándolo.


La segunda solución, traer la comida (y los fertilizantes) de otra parte, exactamente el tipo de solución que hoy en día se utiliza en gran profusión en la planificación de las renovables eléctricas intermitentes, no es más que pasarle el muerto a otro, de quitarnos las culpas de encima, de esconder la cabeza bajo el ala, de externalizar un problema que es interno.


Como vemos, ninguna de esas dos soluciones adoptadas, que nada casualmente son calcos de las soluciones que se esgrimen hoy en día frente al cambio climático y los problemas con los recursos fósiles, sean esos combustibles u otra cosa, solucionan nada. No son soluciones. La primera, incluso, acelera, aumenta el problema, y la segunda, simplemente la invisibiliza. NINGUNA SOLUCIONA NADA.


Porque el problema no es ese.


Hay una tercera solución que se implementó, si bien parcialmente y por la fuerza de las circunstancias, apenas reconocido: la reducción de la explotación.


En este caso en particular, fueron las fuerzas del mercado las que produjeron la reducción de la producción, pero los límites ecológicos fueron el elemento de mayor peso que forzó la salida del mercado: producción insuficiente, cara, y claramente limitada, costosa, no podía competir con las nuevas opciones aparecidas, especialmente la de comprar fuera lo que no se puede producir dentro.


Algunos esgrimen que una solución a todo esto es la intervención del estado. Si el estado, gobierno, ayuntamiento, o lo que sea, impone cuotas de producción y extracción, se frena el problema, incluso se puede llegar a revertir si la extracción de agua es inferior a su tasa de reposición.


Ese es un razonamiento absolutamente correcto, aplicable y ejemplar. Recomendable de no ser por un pequeño problema que pasa desapercibido, y que aunque en su momento estaba sobre la mesa, hoy en día está relegado al olvido, al mismo terreno en el que se ponen todos los temas y asuntos tabú de los que no queremos ni oír hablar.


Supongamos que por alguna razón, a principios de siglo, se hubiese puesto un gobierno con la capacidad de entrever el problema, y que hubiese impuesto cuotas de extracción adecuadas.


El primer resultado obvio, es que dichas cuotas, límites, hubiesen reducido la producción del terreno. Cosa absolutamente necesaria, y que con el tiempo, ha acabado siendo el resultado, aunque con una condición actual del  territorio muy mala, mientras que de la otra manera, se hubiese parado la degradación. Al menos supuestamente.


A pesar de ello, la mejora de la zona y de las condiciones es una consecuencia deseable y habitual. Una mejora que conlleva necesariamente un aumento de la población, algo que todos los economistas de hoy en día comentan como hasta de necesaria para sostenerlo todo.


Pero ese crecimiento de la población es precisamente lo que aumentó la demanda, lo que propició que la producción se disparase. Si no hubiese habido demanda para la producción de ese territorio, nunca se hubiese llegado a explotar tal y como se ha explotado.


Ante este panorama, no hay ningún sistema político en la historia, insisto, NINGÚN SISTEMA POLÍTICO que hay frenado el crecimiento de la población. El gobierno chino intentó durante décadas frenar el crecimiento, limitarlo, ni de lejos mantenerlo estable en un número más o menos fijo, mediante la política (demostradamente nefasta, y a la historia me remito) del ‘hijo único’.

Evolución de la población de Palma de Mallorca desde 1900.

Bueno, sí que hay varias excepciones. La más notable, por tamaño y duración, la de un Japón culturalmente en las antípodas, que mantuvo estable la población de la isla durante casi tres siglos. Y semejante hazaña es merecedora de un profundo estudio que se sale totalmente del ámbito de este escrito, a pesar de ser bastante aplicable a otra isla mucho menor como es Mallorca (y por extensión, a casi todas las islas, empezando por las británicas).


Una sociedad feudal, sumamente cerrada y con muchas tradiciones que hoy en día no aceptaríamos ni de coña, por no hablar ya de un ‘sistema político’ que hoy es impensable.


Las otras excepciones, todas ellas islas más pequeñas, como Islandia o Tipkopia, son ejemplos que servirían para reforzar las enseñanzas extraídas de intentar entender lo que pasó en Japón con la dinastía Tokugawa o Edo (según se use el nombre del linaje o la población, Edo, hoy en día Tokyo, para designarla).


Por tanto, y vistos los sistemas políticos vigentes hoy en día en todo el mundo, incluso los vigentes a principios del Siglo XX, muy probablemente se hubiese acudido mucho antes a la compra de alimentos y fertilizantes a otras partes, junto, muy probablemente, a un aumento de las cuotas de extracción, casi con total seguridad, muy por encima del límite ecológico.

Catedral de Palma de Mallorca. El edificio más bajo que hay a la izquierda, justo delante de la puerta principal, es el Palau de S'Almudaina, antiguo palacio del Rey, en los escasos momentos en que fue un reino independiente.


Y de mantener fija la población, incluso de haberse implementado (en contra de la presión popular que SIEMPRE ha acompañado dichas medidas), no hubiese servido de nada ante el boom turístico balear. La población en verano se dobla, o peor. Lo cual implica directamente también el aumento de la demanda. Y dejar escapar una parte de los ingresos para comprar alimentos y fertilizantes fuera es algo que los economistas tardan poco en subrayar como medidas a tomar para mejorar la economía local.


De esto, de comprueba que en realidad, el problema cultural es más profundo que sólo utilizar la palabra renovables como si fuese inherentemente sostenible. El problema cultural pasa por cambiar muchas más cosas, empezando por el asunto de la población, auténtico núcleo de un problema que cada vez que se menciona, se desprecia.


Y es que es mencionar a Malthus y su base teórica demostrada con ejemplos simples como el modelo Lotka-Volterra, también conocido como el modelo presa-predador, y salir alguien diciendo que está demostrado (¿cómo?) que es incorrecto, o que es una excusa ideológica capitalista (el típico truco de prestidigitador donde un pañuelo, en este caso ideológico, hace desaparecer otra cosa, en este caso, hechos físicos probados).


Y es que en realidad, la teoría de Malthus está más que demostrada, puesto que precisamente la situación actual es la demostración del mismo enunciado: que mientras haya recursos, incluso crecientes, la población crece, incluso a un ritmo más rápido que dichos recursos.


Ese es exactamente el mismo principio de sostenibilidad explicado: no es conveniente explotar un recurso renovable más rápidamente que su tasa de reposición.


Mientras tanto, vamos agotando los recursos de forma más acelerada, no sólo los combustibles fósiles. También los acuíferos (que se lo expliquen a los sirios, que ese es uno de los problemas raíz de la situación que viven, aunque no el único ni de lejos). También los fertilizantes fósiles (como los fosfatos del norte de África). También los fertilizantes sintéticos (algo más del 3% del consumo de gas natural es usado para obtener nitratos sintéticos).


Pero los elementos necesarios para el ladrillo básico con el que construimos nuestra tecnología, esos 70 elementos de la tabla periódica que se utilizan para la fabricación de componentes electrónicos y eléctricos (no sólo semiconductores, también los motores de los coches, sean térmicos o eléctricos, los inverters usados en la fotovoltaica, los controles del IoT, Smart things for dumb citizens, internete, pantallas e informática, aerogeneradores, paneles fotovoltaicos) son fósiles, no renovables, finitos, no reciclados (la tasa de reciclado del litio de las baterías es NULO hoy en día, y sin visos de mejorar en absoluto a pesar de haber triplicado – o más – su precio desde 2015), lo cual es peor que hablar solamente de recursos renovables.


Y las “soluciones” que nos dan son más eficiencia usando más de estas cosas hechas con materiales no renovables (pasar el problema a otros en el mismo lugar, pero futuro diferente), o pasar el muerto a otros en otro lugar y en el futuro inmediato.


Evidentemente, esto no es sostenible, aunque lo hacen de forma sostenida. Y en música, lo “contrario” del sostenido, es el bemol. Y esto es un problema de bemoles.


Por supuesto, ante semejante panorama, lo que se vislumbra es obvio, y ante el panorama y las actitudes que toman muchos (que proponen el artificializar aún más la naturaleza en base a romper aún más ciclos naturales a los que parasitar con sus empresas para sacar tajada económica, y, dicho sea de paso, dependencia, como es el ejemplo patrocinado por la UE del programa KBBE), esos temas que habitan este terreno oscuro del tabú, de lo que no se quiere hablar, reconocer, cuya imposibilidad de discusión política, se van a convertir en la inevitabilidad social futura (de hecho, ya estamos en ello).


El primer paso para solucionar un problema cualquiera, es reconocer que hay un problema.


Alles Klar? Wunderbar!!


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