miércoles, 1 de julio de 2020

Hoja de ruta (V): La caída de los Estados


(Anteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (IV): La forja de la comunidad).

Queridos lectores:

A medida que van pasando las semanas y los meses se va haciendo más patente la incapacidad de los Estados para hacer frente a la crisis que, más que desarrollarse, va arrollando todos los sectores productivos de la economía. Empresas de todo tipo se ven abocadas a la quiebra: desde la compañía de coches de alquiler Hertz hasta varias aerolíneas (y las que vendrán), desde el Cirque du Soleil hasta la petrolera Chesapeake. Precisamente esta última quiebra es de alto impacto, porque es el símbolo del fin del fracking en los EE.UU.: Chesapeake es (era) la mayor compañía especializada en fracking. Caída Chesepaeke, el futuro que le espera al resto de compañías del sector está claramente marcado; y con el fracking agonizando solo cabe esperar un brusco descenso de la producción de petróleo en los próximos pocos años.

No solo estas cadenas de quiebras totales y parciales (es en este contexto que se tiene que incluir el abandono de Nissan de su planta de Barcelona, preludio de otros que vendrán) anticipan una aceleración en el proceso de hundimiento de nuestro sistema económico, incapaz de sobreponerse a los límites biofísicos del planeta. También son un buen ejemplo de la inoperancia de los Estados que, aunque están dotados legal y moralmente de los mecanismos para intervenir la economía, no se atreven a traspasar ciertas líneas "de libre mercado" (ya saben, esa falacia lógica). Cualquiera con perspectiva histórica se puede dar cuenta de que hasta la Segunda Guerra Mundial  e incluso las décadas posteriores el concepto de que los recursos del territorio estaban supeditados al bien general se tenía bastante más claro, y nadie se atrevía a desafiar al Estado cuando se intervenía y movilizaba la economía por un fin superior. Pero eso se terminó. Que delante del mayor reto que seguramente han conocido los países occidentales en muchas décadas se sea incapaz de coartar los espurios intereses del gran capital y no se hayan tomado, ni siquiera por aquellos gobiernos considerados más progresistas, medidas intervencionistas adecuadas para hacer frente a la magnitud del desastre es una muestra clara de la decadencia moral e intelectual en la que estamos inmersos - pues nadie osa desafiar a los poderes supremos de nuestra sociedad, los cuales son obviamente algo diferente al Estado y las instituciones democráticamente elegidas.

Un ejemplo de la falta de capacidad de intervenir de manera real y efectiva por parte de los gobiernos tiene que ver con la discusión sobre el Ingreso Mínimo Vital y la más ambiciosa propuesta de Renta Básica Universal (RBU). Aparte del ruido y las alharacas que ha generado la salida a escena de la RBU, este debate es un ejemplo perfecto de falso debate. Al margen del coste real que acarrearía implementar la RBU y los supuestos efectos negativos sobre el mercado del trabajo (según dicen algunos, porque la gente no querría trabajar si puede vivir sin hacerlo)), el mayor problema de una RBU sería que generaría un efecto inflacionario que neutralizaría su efectividad. Efectivamente, si la gente dispone de mayor cantidad de dinero gracias a esta renta extra, el precio de bienes y servicios subiría hasta llegar a un nuevo precio de equilibrio, sin que de manera práctica nada hubiera cambiado. En realidad, la verdadera solución al problema de creciente penuria que padecen tantas familias que ahora se han quedado sin trabajo y sin ingresos serían los Servicios Básicos Universales; es decir, no monetizar la ayuda, sino hacer la ayuda física y concreta sobre los problemas que se quieren contrarrestar (alimentación inadecuada, falta de acceso a energía asequible, educación de calidad...). Unos Servicios Básicos Universales serían probablemente más baratos que la RBU y irían a la raíz de los problemas reales, pero nadie propone esto en el debate público. Y es que los Servicios Básicos Universales atentarían, de nuevo, contra ese mercado que tiene que regular todos los aspectos de la vida de las personas;  esos servicios gratuitos para todo el mundo quitarían "oportunidades de negocio" a tantos emprendedores (y, sobre todo, a las grandes empresas). Por tanto, es un debate que no se abre, y se centra toda la discusión en una dirección diferente, equivocada y fallida, con lo que nos encontramos una vez más con la situación de la hormiga bajo la manzana. Por demás, la falta crónica de recursos del Estado (por una parte por esa concepción de que se tiene que vivir al día sin excedentes, y ahora agravado por el descenso de ingresos vía impuestos) hacen la vía del rescate imposible. No se va a poder organizar el rescate desde arriba, cuando para empezar ni siquiera vamos a la montaña donde se encuentran las personas que esperan ese rescate.

La imposibilidad de tapar con las manos las grietas en el dique de la economía capitalista que está colapsando se manifiesta en las repetidas llamadas desde los diversos sectores económicos afectados (que al final son todos) para que se efectúe un rescate, cada uno para su sector, con dinero público; cuando lo que en realidad se debería plantear es la reconversión y si llega el caso  la liquidación de según qué actividades. Hay quien llega a reclamar un nuevo Plan Marshall, y como ahora no hay unos EE.UU. económicamente pujantes para financiarlo, se pide que este Plan Marshall sea de Europa para Europa. Es una concepción económica completamente viciosa y casi se podría decir onanista: recuerda a la falsa discusión sobre la necesidad de retirar las subvenciones que perciben los combustibles fósiles, sin entender que son los combustibles fósiles los que proporcionan los excedentes que permiten financiar todo lo demás. Pensar que el dinero es en sí mismo un fluido mágico capaz de obrar cualquier milagro que se pretenda es no comprender los flujos físicos del mundo, de dónde sale la energía y cómo ésta se invierte para realizar todas las actividades económicas y sociales. Sin duda la culpa del predominio de esta visión mágica la tiene en que se conceda excesiva importancia a los economistas clásicos, los cuales basan sus deducciones en una extrapolación de tendencias pasadas bien tabuladas pero cuyas causas realmente no entienden, precisamente por su desdén hacia el mundo físico que es en realidad el que hace y posibilita el fenómeno económico (y todos los otros fenómenos, en realidad).  Hay que superar la teoría económica predominante hoy en día, hay que abandonar el crecentismo antes de que nos arrastre al abismo, pero, ¿cómo lo vamos a hacer si los Gobiernos están trufados de economistas, que replican con tanto desdén como ignorancia cuando se les habla de las limitaciones físicas que impone el finito mundo real?

Nadie habla de decrecimiento, solo se habla de recuperar la normalidad. Y, a medida que va siendo más evidente que las contradicciones larvadas de nuestro sistema que la CoVid ha expuesto y acelerado significan que no se podrá volver a lo de antes, e incluso que se inicia un camino de descenso secular que ya no podrá ser detenido, se habla de "nueva normalidad", en un intento de crear un discurso que haga aceptable lo que cada vez será menos aceptable, una situación en el que la Gran Exclusión de la clase media tomará fuerza, inexorable, con el paso de los años y las décadas. Se dirá, durante décadas incluso, que los problemas y dificultades que experimentaremos serán consecuencia de "la crisis de la CoVid" y de la pérdida de confianza que generó en la gente. En ningún momento se reconocerá que el gran problema era el inevitable descenso energético; en modo alguno se reconocerá que la degradación ambiental pasaría una factura impagable; de ninguna manera se aceptará que las reglas económicas tradicionales no solo no podían funcionar, sino que nos abocaban al desastre - a este desastre... Nada de eso se reconocerá, y se querrá mantener la ficción de que todo ha sido un accidente (la CoVid) y que en cuanto superemos este trauma todo volverá a ser leche y miel. De hecho, los Estados no pueden salir de este discurso, porque sin el entramado actual (actividad económica, impuestos, centralización de las decisiones, concentración del poder...) no podrían funcionar. No se puede esperar que sin más un cuadrado encaje en un hueco triangular.

De hecho, el mismo modo como se ha desarrollado la crisis sanitaria nos muestra la fragilidad de los Estados modernos. En el pasado las cuarentenas eran habituales, y la gente se adaptaba a ellas, sin más. Las mejores obras de Isaac Newton y de William Shakespeare fueron escritas durante largas cuarentenas. No es que todo fuera un camino de rosas:  con excesiva frecuencia moría mucha gente, pero a pesar de ello todo seguía. Algunas epidemias fueron tan graves que causaron un retroceso duradero durante décadas - especialmente ignominioso es el recuerdo de las epidemias de la Peste Negra - pero el sistema cambiaba de escala y seguía virtualmente funcional, a pesar de - o precisamente por - lo primitivo que era.  Comparemos esto con la situación actual. Tenemos una capacidad técnica y científica que a nuestros ancestros les parecía propia de dioses, y sin embargo tenemos un sistema muy frágil. Y no es por la ciencia y la técnica en sí que es frágil, sino por esa idea predominante del justíssim in time, de la enfermiza obsesión por el beneficio creciente.  Es en aras del matenimiento de la tasa de regeneración del capital que el sistema se ha vuelto muy poco redundante ("¿Para qué? Eso es un desperdicio de recursos y una pérdida de beneficios") y por tanto muy frágil. Delante de una pandemia con tan baja mortalidad que en épocas pretéritas no se hubiera tomado en serio, nuestro tejido productivo tiembla y nuestros Estados no tienen mecanismos para evitar el hundimiento de la economía. Seguramente,  no merece la pena salvar algo tan poco práctico y tan poco resistente, además de poco duradero.

También es ilustrativo el caso de algunos Estados que, en vista de la desgracia económica que se venía encima y sabiéndose incapaces de hacerle frente con los únicos mecanismos a su alcance, han decidido negar la evidencia y con argumentos torticeros convencer a su población de que no hacía falta hacer nada. Para hacer aceptable una idea tan obscena (dejemos que la epidemia se propague y que muera quien tenga que morir, antes de sacrificar en lo más mínimo la actividad económica), se han manipulado conceptos científicos y técnicos de manera abominable. Por ejemplo, se ha "tomado prestado" el concepto de inmunidad de grupo que se aplica para explicar los beneficios de la vacunación  (si hay suficiente gente inmunne en una población, ésta hace de escudo que evita que la enfermedad se propague a otras personas susceptibles de enfermar) y se ha dado por hecho que dejando circular la enfermedad más o menos libremente se podría conseguir esa inmunidad de grupo; ésta ha sido la estrategia inicial del Reino Unido o de Suecia. Pero mientras en el caso de una vacuna uno sabe, después de años de estudio y desarrollo de la vacuna, que esa inmunidad se consigue, no existe ninguna garantía de que la mera infección por la CoVid vaya a proporcionar esa inmunidad; además, no existe manera de controlar una infección para que se propague solo por la población "no de riesgo" sin afectar a la de riesgo. Por no hablar de que dejar que una enfermedad nueva se propague de manera tan masiva por un territorio puede causar que se vuelva endémica, o que origine nuevas mutaciones más peligrosas o muchos otros efectos indeseados. En suma, es de una suprema inconsciencia e irresponsabilidad no tomar medidas de contención. Los países que inicialmente apostaron por ese laissez passer vírico y luego rectificaron, como los EE.UU. o el Reino Unido, están teniendo problemas para contener el avance de la CoVid en sus respectivos territorios pero por lo menos sus mortalidades están en retroceso; otros países que optaron por no hacer nada o muy poco, como Suecia o Brasil, no están controlando la propagación de la enfermedad, y aunque el verano ayuda a disminuir la mortalidad tienen ya las mayores mortalidades de sus regiones respectivas y esperan un repunte terrible en cuanto superemos el equinoccio otoñal.

La estructura de nuestros Estados no está preparada para producir y gestionar excedentes para las épocas de vacas flacas, y no puede adaptarse a nada que no sea ir al mismo ritmo desbocado. Pero justamente, por entrar en la época del descenso energético que forzará un descenso del ritmo económico, y la concomitancia de otras crisis como la climática o la ecológica (de la que la CoVid es simplemente una manifestación), los Estados no pueden adaptarse a la nueva situación. No cabe esperar ninguna reacción correcta por parte de ningún Estado; solo podemos adaptarnos - y apartarnos- para que no nos arrastren en su caída.  Cosa de la que hablaremos en el siguiente post, con el que cerraré esta serie.


Salu2.
AMT


Post Data: Los lectores habrán observado que me he tirado más de un mes sin publicar un post, seguramente el mayor receso que haya hecho nunca en este blog, incluso más que cuando en 2014 tuve un grave trance de salud. Algunos incluso, preocupados, me han escrito para interesarse precisamente por mi estado de salud. Estoy bien; la razón de este receso ha sido una combinación de carga de trabajo y las dificultades para conciliarlo con la telescuela de mis hijos y el cuidado de la casa en general, aparte del acompañamiento de los míos, sobre todo teniendo en cuenta que al ser mi mujer médico ella sí que no tiene tiempo libre para nada. Con el curso académico acabado y algunas entregas de los contratos que llevo realizadas la carga ha disminuido; aún es bastante pesada, pero espero que me permita ir sacando los diversos posts que tengo comenzados.

lunes, 18 de mayo de 2020

Hoja de ruta (IV): La forja de la comunidad




(Anteriormente en esta misma serie: Hoja de ruta (III): Qué puedo hacer yo).

Queridos lectores:


He tenido varias semanas de receso por mis múltiples obligaciones; al trabajo ordinario, complicado de mantener en condiciones de confinamiento domiciliario, he tenido que añadir un gran incremento de las fundamentales y a menudo desdeñadas tareas reproductivas (en particular, las tareas del hogar y el cuidado de los niños). Ahora que todo parece haberse estabilizado en un nivel más soportable, retomo el hilo de la serie "Hoja de Ruta" en el punto en el que lo habíamos dejado. En esta ocasión, hablaremos de la importancia de la creación de una comunidad.

Uno de los problemas más graves a los que tendremos que hacer frente durante los próximos años, incluso durante los próximos meses, es a la incapacidad del sistema actual de proveer de medios de sustento a una parte no despreciable de la población.

Fijémonos en el caso de España: ya antes de comenzar esta nueva crisis, el porcentaje de la población en riesgo de pobreza o exclusión social en 2018 era del 26,1% (indicador AROPE), cifra impresionante porque significa que uno de cada cuatro españoles podría verse abocado a la indigencia si las condiciones materiales de la sociedad se deterioran - que es justo lo que está pasando ahora mismo. Con la actual crisis, es más que probable que muchos hogares en España tengan dificultades para llegar a final de mes, en un porcentaje que puede ser incluso mayor que el del indicador AROPE por el drástico cambio de las condiciones laborales para un gran número de trabajadores (según algunas estimaciones, entre parados y afectados por Expedientes de Regulación Temporal de Empleo, hasta el 34% de la población activa no trabajaría en junio). Muchos de estos ERTEs se acabarán convirtiendo en EREs (lo mismo, pero no temporales), incrementando rápidamente el paro, sobre todo en el sector de servicios y principalmente los de hostelería.

A estas alturas, es evidente que la campaña turística en España este verano será un desastre: vendrán muchos menos turistas, en parte por los problemas económicos que también se viven en otros países y en parte por el temor a contraer la CoVid-19 estando lejos de casa, y eso por no hablar de las múltiples restricciones que aún pueden estar vigentes durante este verano, y que pueden comprometer la rentabilidad de hoteles, bares y restaurantes. Estamos hablando del sector económico que representó en 2019 más del 14% del PIB y del 10% del empleo. Pero no es el único sector severamente afectado: el consumo en general también se están resintiendo, sobre todo en bienes menos fundamentales en estos tiempos de incertidumbre, por ejemplo, la automoción (por poner dos noticias recientes, se anuncian reajustes importantes en el sector: Nissan cerrará su planta de Barcelona, y el Gobierno francés  condiciona las ayudas al sector a la repatriación de puestos de trabajo). Eso hace que el comercio esté también muy debilitado, ya que la gente pospone decisiones sobre el consumo a la espera de ver qué nos depara el futuro, y en el comercio al por menor las medidas impuestas, incluso en los territorios donde avanza la retirada de restricciones, hace que la afluencia de compradores sea mucho más pequeña. A quien esto beneficia es, por supuesto, a la compra por internet, con lo que se está premiando a los grandes distribuidores (Amazon, Alibaba) en perjuicio de los pequeños comerciantes y los pequeños productores. En todo caso, es de prever en los próximos meses el cierre de muchas empresas de todo tipo (desde hoteles y restaurantes hasta concesionarios de coches, pasando por la mercería de la esquina y la librería de al lado, y eso por no hablar de la gran industria). Va a haber un fuerte descenso de la actividad económica y un rápido incremento del paro.

Es completamente inútil esperar que desde las instancias estatales se pueda dar una respuesta efectiva a estos problemas. El Estado funciona bajo unas premisas de continuidad en la actividad, y no está en absoluto preparado para hacer frente a una verdadera transición de fase como la que estamos experimentando. En Física, una transición de fase sucede cuando el sistema analizado experimenta un cambio tan brusco y tan marcado que sus propiedades físicas son completamente diferentes tras la transición: es, por ejemplo, el paso de hielo a agua líquida, o de agua a vapor.  Lo que estamos viviendo no es un simple bache, primero por la crisis sanitaria y después por la económica, sino que realmente muchas cosas no podrán volver al punto de partida, ni siquiera a algo medianamente cercano. En los próximos años algunos engranajes fundamentales del sistema actual saltarán por los aires, y particularmente lo hará la producción de petróleo. No va a haber vuelta para atrás, pero el Estado es un mastodonte que no puede girar. Su manera de funcionar se basa en la recaudación de impuestos, la regulación legislativa y el mantenimiento del statu quo. En un momento en el que las bases físicas y productivas de la sociedad van a sufrir un deterioro tan importante, un Estado, en su concepción clásica, es completamente incapaz de adaptarse; de hecho, lo único que puede hacer es agravar aspectos de la actual crisis (discutiremos con más detalle por qué el Estado está condenado a hundirse en el siguiente post). Los próximos movimientos del Estado serán contraproducentes: intentará aumentar algunos impuestos para poder financiar su plan de choque, pero con una actividad en retroceso los impuestos también caerán y más rápido; recurrirá al endeudamiento, pero el volumen de deuda requerido será tan grande que en seguida el mero pago de los intereses le dejarán prácticamente sin recursos; recortará grandemente los salarios de los funcionarios y al hacerlo se reducirá aún más el consumo; recortará en partidas más "accesorias" desde el punto de vista de lograr la (imposible) recuperación económica y con ello aumentará el malestar - y, lo peor de todo, habrá gente que quedará completamente desprotegida.

¿Qué va a hacer esa gente que no tenga ningún tipo de ingresos a medida que la situación se vaya prolongando a lo largo de los meses? Durante un tiempo podrá vivir de los exiguos ahorros que tenga, de lo que le puedan prestar familiares y amigos, y de malvender algunas pertenencias por las que aún puedan sacar unos reales. Pero todo tiene un límite, y llegará un momento que la única opción para sobrevivir será robar; y a medida que la desesperación crezca, esos robos tendrán que ser más violentos, porque costará más encontrar algo que merezca la pena.

¿Qué puede hacer el Estado delante de esto? Nada. La primera reacción sería aumentar la presión policial, pero sin reclutar más policía, justamente por la falta de recursos. En cuanto el problema se generalice, la policía solo podrá dedicarse a las cosas grandes de verdad, y de vez en cuando atrapará y seguramente apalizará a algunos raterillos, para dar la impresión de que se está haciendo algo.

Este escenario no está tan lejos en el tiempo como podría pensarse, querido lector. ¿Cuánto tiempo falta para que la gente que se ve a quedar sin trabajo y sin cobertura de las diferentes administraciones se vea obligada a robar?

En el contexto actual, esperar a que haya una reacción de las autoridades es completamente suicida. La magnitud del problema es tal que no va  a haber una reacción útil desde el sistema. Y lo peor es que quedarse de brazos cruzados, "porque no me corresponde a mí ocuparme de eso", mientras nuestro vecino pasa hambre, es la mejor manera de minar la cohesión social y de dificultar el establecimiento de esa comunidad que necesitamos constituir.

Porque, sí, necesitamos constituir comunidades, para nuestro apoyo mutuo, y lo necesitamos con urgencia. Necesitamos crear comunidad para dotarnos de resiliencia en medio de los cambios profundos y terribles que se van a dar en los próximos años. Necesitamos crear cohesión y unión, y en medio de todas las dificultades tenemos que encontrar modos de supervivencia, sí, pero también modos de vida. Y tenemos que hacerlo por nosotros mismos, sin esperar a que venga nadie de fuera o "de arriba" a resolvernos este problema.
El hecho de que no quede memoria viva de lo que es vivir sin un Estado hace que la gente no pueda concebir lo que es vivir sin un Estado, pero desgraciadamente la desaparición del Estado es un hecho inevitable del devenir del descenso energético (de hecho, es una de las fases del colapso). A pesar de lo extraña que nos resulte la idea, es un error pensar que no es viable gestionar el descenso desde la comunidad; lo que de hecho es inviable es hacerlo sin la comunidad y desde fuera de ella, porque solo desde una comunidad bien cohesionada se puede gestionar la producción y los excedentes en una situación de descenso energético.

Hay mucho trabajo para hacer. Para crear una comunidad el primer paso es tener un plan. Hay que comenzar por algo muy concreto, muy centrado en un problema  específico y urgente. No se puede redefinir toda nuestra sociedad en un solo día, y necesitaremos de mucho ensayo y error para conseguir nuestro objetivo. Existen ya muchas iniciativas en todo el mundo, y en particular en el territorio español, que pueden ser buenos puntos de arranque para constituir comunidad, desde las cooperativas de consumo hasta las ecoaldeas, pasando por las iniciativas de transición y los movimientos sociales de base de todo el espectro. Cada uno debe buscar aquélla con la que se sienta más cómodo y comenzar a colaborar con ella en la medida que pueda. Recuerden siempre que el bien más preciado es el tiempo; úsenlo con cabeza.

La transición a la comunidad no va a ser idílica, por supuesto. Existen numerosos ejemplos de iniciativas que han fracasado, a veces por falta de concreción y a veces por exceso de la misma. Otro elemento que suele llevar al fracaso, o como mínimo a la marginalización, es el exceso de carga ideológica. Para evitar eso lo preferible es concentrarse en objetivos directos y concretos, tangibles y de primera necesidad, siendo pragmáticos cuando convenga y no dejando que nuestros posicionamientos ideológicos, que quizá no son tan compartidos como pensamos, pasen por delante del objetivo realmente compartido por los participantes en el proyecto. En la situación que vamos a vivir en los próximos meses y años va a ayudar a consolidar las comunidades que surjan el que poco a poco no habrá otra opción: o se construye alguna cosa o no habrá red de sustento para tanta gente.
Uno de los requisitos para crear una comunidad funcional es la gestión de la producción y del trabajo desde el ámbito local. No quiere decir esto que no pueda haber producción que venga de lejos o que algunas personas no puedan trabajar en lugares más distantes, pero de cara a dar una protección a los que se han quedado sin nada no se puede confiar en un sistema basado en las grandes escalas. Se tiene que garantizar la producción y distribución de alimentos de proximidad, fuera de los grandes circuitos de distribución, y se tiene que crear empleo en actividades ahora ninguneadas como la reparación (de todo tipo de cosas, desde el calzado hasta los electrodomésticos), el reciclaje/reutilización de materiales y piezas (algo muy diferente de lo que se hace ahora) o la fabricación artesanal de productos de primera necesidad. No se trata de crear grandes oportunidades de negocio, sino de dar trabajo y sustento a la gente que se ha quedado sin ellos. Aquí también la comunidad es muy importante, porque debe comprar esos productos y usar esos servicios "de la comunidad" en preferencia a otros de procedencia industrial. Eso es algo fácil y de hecho automático si la comunidad está formada por gente que ha caído en la exclusión, que de esta manera constituirían una economía al margen de la "economía oficial"; pero en el período de transición es importante fomentar esta actividad dirigiéndose preferentemente hacia estos servicios comunitarios. 

La transición tendrá que enfrentarse a muchas dificultades de implementación, y una que quizá a muchos les resulte inesperada proviene del pago de impuestos. Efectivamente, esta economía alternativa no genera excedentes de acuerdo con las expectativas de la actividad económica actual, ya que su objetivo no es la generación de beneficios sino la inserción social de sus miembros y proporcionarles medios de sustento y vida digna. Sin embargo, es difícil evitar que el Estado haga una valoración económica estándar de los beneficios que, a su entender, genera esta actividad y que reclame el justo pago de impuestos, al margen de la capacidad real de estas iniciativas de poder pagarlos. Por eso es muy importante que el uso de moneda y de servicios financieros sean, también, alternativos. De todos modos, eso tampoco impediría que el Estado, una vez que este tipo de actividades ganen volumen, acabe buscando maneras de hacer pagar impuestos, introduciendo las modificaciones legislativas pertinentes. Por ese motivo, cuando una iniciativa comience a tomar un cierto tamaño, debe contar con el asesoramiento legal y contable de expertos (voluntarios, por supuesto) que permitan evitar que la finalidad de la iniciativa se desvíe de sus objetivos de no lucro e inserción social. Esta tarea puede volverse muy compleja en los estadios finales del Estado, cuando en su desesperación por no desaparecer intente apropiarse de todos los excedentes, los reales y los percibidos.

Por todo lo dicho anteriormente, la gestión de los excedentes es una pieza clave en la comunidad. La comunidad ha de generar excedentes para hacer frente a momentos de carestía o de penalidad (como lo está siendo el confinamiento acarreado por el coronavirus). De hecho, justamente para tener resiliencia se requiere una producción deliberada de excedentes, esas reservas necesarias para los años de vacas flacas. Fíjense que el concepto de excedente aquí choca frontalmente con la gestión de excedentes en la actual economía: hoy en día, cuando hay excedentes estos se consideran capital y en la lógica del crecimiento exponencial deben ser inmediatamente invertidos de cara a hacer crecer aún más la actividad económica. En la lógica de la comunidad resiliente del futuro, los excedentes deben ser una despensa, una manera de poder afrontar baches, tanto colectivos como individuales, pero se necesita un plan adecuado para su gestión: quién los genera, quién los distribuye, quién tiene derecho a los mismos y, de nuevo, cómo se conjugan con el cobro de impuestos y con el objetivo de no crecimiento de la comunidad.


Como ven, queda mucho trabajo tanto teórico como, sobre todo, práctico para poder implementar una comunidad adecuada y resiliente en cada lugar. Las estrategias serán diferentes según los lugares de aplicación. Por ejemplo, las grandes ciudades necesitarán reducir su población y esponjar su urbanismo para introducir algunas actividades como la producción de alimentos; esto último implicada modificar la gestión de residuos de cara a producir abonos y también introducir cambios en la gestión del agua. Las urbanizaciones aisladas necesitarán ser repensadas y, en algunos casos, abandonadas. En otros lugares lo que se necesitará será adecuar la habitabilidad para acoger personas venidas de otros lugares, y gestionar adecuadamente problemas como el desarraigo, la añoranza del mundo perdido y los conflictos entre los recién llegados y los residentes tradicionales; eso, entre otras muchísimas cosas.

Ya lo hemos dicho: queda mucho por hacer, y cuanto antes comencemos a plantearlo, mejor. Hay que entender que lo que no podemos hacer es ignorar el problema, incluso desde un punto de vista del egoísmo bien entendido, porque delante de un problema de una magnitud tan masiva o nos salvamos todos o perecemos todos: no hay margen para soluciones individuales tan caras a los grupos supervivencialistas.

En el próximo post discutiremos con detalle por qué no cabe esperar ninguna reacción útil o eficaz por parte de los Estados, que, al igual que el capitalismo, encaran las décadas finales de su existencia, al menos en su concepción moderna.

Salu2.
AMT

martes, 28 de abril de 2020

Crítica del documental "Planet of the Humans"



Queridos lectores:

Hace unos días comenzó a distribuirse un documental llamado "Planet of the Humans" ("Planeta de los humanos", PotH en lo que sigue). Tuve acceso a una copia de este documental antes de que la distribuidora decidiera difundirlo por YouTube, y antes de la polémica que ha acompañado a este trabajo, pero lo dejé en una carpeta de "Cosas pendientes de ver", esperando a que mi carga de trabajo se aliviara un poco y a acabar la serie de posts en la que estoy inmerso en este momento antes de plantearme hacer una reseña de PotH.

Sin embargo, la polémica que antes he mencionado ha crecido en los últimos días, y muchas personas me han pedido repetidamente que hiciera un análisis crítico de este documental. Así que al final ayer me quedé viéndolo de madrugada para poder hacer hoy esta reseña, y en eso estamos.

El documental en sí tiene virtudes y tiene vicios. Considerando la importancia del tema que se trata, y que intenta difundir un mensaje importante pero complejo y que puede ser fácilmente malinterpretado, creo que al autor le ha faltado tener algún punto de vista adicional a la hora de plantear su trabajo. Se nota demasiado que el trabajo gira en torno a las obsesiones de Jeff Gibbs, el autor, y sobre todo se nota su angustia, su desesperanza, delante de las duras realidades de la transición renovable, que creo que legítimamente él no conocía y que cuando las ha conocido le han dejado en un estado de shock que alimenta su desesperación y posiblemente un cierto resentimiento. Desesperación y resentimiento que hacen que a veces pinte con una brocha demasiado gruesa cuestiones que en realidad requerían un tratamiento más equilibrado, y que con repetida facilidad levante el dedo acusador contra todo y contra todos, inclusive contra gente que no se merece en absoluto que meta en la misma categoría que la de los jetas que obviamente están aquí por el negocio sin ningún tipo de escrúpulos ni preocupación por el medio ambiente. Creo que esa falta de objetividad y esa amargura hacen que un trabajo que podría haber sido muy útil quede muy menoscabado, y al tiempo lo convierte en blanco fácil de críticas que podían haberse neutralizado si simplemente el Sr. Gibbs hubiera matizado mejor algunas de las cosas que dice.

En los círculos en los que me muevo he oído varias veces que este documental es una basura y que no merece la pena ni criticarlo, porque se le da una relevancia que no tiene. Sin embargo, yo no estoy en absoluto de acuerdo con esta visión. Yo veo un documental con muchas deficiencias y algunos sesgos, es cierto, pero sin embargo plantea una serie de cuestiones que son completamente pertinentes, y lanza unas acusaciones que, tanto si nos gusta como si no, son ciertas. El trabajo es deficiente, es cierto, pero ha puesto en evidencia un problema gravísimo.

El documental gira en torno a tres ideas clave:

+ Lo que se está vendiendo como energía verde no es verde en absoluto. De hecho, en muchos casos tienen unos impactos ambientales horrorosos.

+ Se está exagerando el potencial real de las energías renovables, y se está camuflando de la peor manera muchas de las limitaciones que estas fuentes tienen. 

+ Y, lo peor de todo, existen grandes intereses económicos que están fomentando este modelo de transición renovable completamente falseado y que lo único que va a conseguir es agravar los problemas ambientales que tenemos.
 
Yo estoy completamente de acuerdo con esas tres ideas; son cuestiones que hemos discutido en numerosas ocasiones en este blog (les dejo un índice a los posts más importantes sobre este tema, más otro sobre los biocombustibles).

Se ha dicho repetidamente que los datos que PotH da son erróneos, pero sin concretar demasiado qué de todo lo que dice no es correcto y sin ponerlo en perspectiva de todas las otras cosas que dice que sí que son verdad. De hecho, la primera mitad del documental es esencialmente una colección de testimonios sobre todo de expertos, que explican hechos reales y bien conocidos, hechos que son factualmente correctos y que acreditan correctamente las tres ideas que indico más arriba. En la segunda parte del documental, Jeff Gibbs se deja llevar y se dedica  exponer sus conclusiones sobre la industria de la biomasa, avaladas por algunos datos dispersos y testimonios personales. Es aquí que levanta con demasiado frecuencia ese dedo acusador que comentaba antes y comete en demasía una falacia de extensión, al atribuir una causalidad a hechos simplemente coincidentes. Es particularmente cruel atacando al conocido ambientalista Bill McKibben, presentando sesgadamente vídeos antiguos que parecen demostrar su apoyo incondicional al uso de biomasa forestal, cuando, como comenta el propio McKibben en una réplica, él hace años que se ha posicionado en contra cuando comprendió su error. Este sectarismo de Jeff Gibbs se comprende precisamente por su pasado de activista ambiental: el indisimulable sentimiento de horror y desamparo en el que le ha dejado darse cuenta la horrible farsa de lo que se está etiquetando como renovable hace que ataque a todos de manera un poco indiscriminada.

Del mismo modo y por idénticos motivos, se extralimita a la hora de deducir contubernios y confabulaciones entre las diferentes asociaciones, individuos y empresas. Es una lástima, porque Gibbs expone muchos negocios turbios e inconfesables de individuos y organizaciones que dicen tener conciencia ambiental, y muestra claramente como se está utilizando la etiqueta "verde" para referirse a fuentes de energía y actividades que tienen en realidad un alto coste ambiental y que generan un gran destrozo.  De hecho, lo que se evidencia en todo el documental es que la sociedad industrial es extractivista y su modus operandi, es igual qué sistema energético pretenda usar, tiene un impacto ambiental desmesurado y que a la larga nos va a condenar a todos; y encima hay unos cuantos vivales que están pretendiendo hacer negocio con ello.

Justamente, el documental acaba con un cierto sentimiento de desesperanza, de derrota. La conclusión final es que nuestra única opción de supervivencia es pilotar un fuerte descenso energético, reducir drásticamente nuestro consumo energético y material, para poder vivir en el seno de los límites de planeta; Gibbs pone explícitamente en evidencia que no tiene sentido mantener un sistema económico creciente en un planeta finito. Todo lo cual es cierto.

Se ha dicho también que el documental hace un flaco favor a la lucha contra el cambio climático, llegándose incluso a sugerir que su autor es negacionista o que está dándoles a los negacionistas una munición que mejor se hubiera guardado. Sin embargo, aunque se menciona poco, queda claro que para Gibbs el cambio climático es un problema grave y real sobre el que hace falta actuar ya; de ahí justamente viene su desesperación al comprobar que la idea que se ha vendido desde hace décadas ("la transición hacia las energías verdes") es en realidad una engañifa con la que los grandes poderes económicos de siempre pretenden enriquecerse más mientras le acaban de dar la puntilla a nuestro planeta. Por eso, bastante avanzado el documental, una de las escenas clave consiste en preguntas que Gibbs realizó a jóvenes y no tan jóvenes participantes en manifestaciones en contra del cambio climático, para ver en las respuestas de esos activistas ilusionados cómo de equivocados están sobre la realidad de la presuntamente verde transición. Es obvio que Gibbs reconoce a su yo de hace unos años en esas personas, es evidente que quisiera gritarles para sacarles de su error, para mostrarles que por ese camino seguimos yendo al abismo. Cuando se llega a ese momento del documental, el espectador se da cuenta de cómo de equivocada está toda esa gente; más aún, el propio espectador puede reconocerse a sí mismo en esos argumentos y así darse cuenta de cómo de equivocado estaba antes de comenzar a ver PotH. Por eso, esa escena es el momento culmen del documental, porque explica claramente por qué Gibbs ha querido grabar PotH.

Un tema que se toca con demasiada ligereza es el de la superpoblación. La forma de encararlo es la típica de los hombres blancos occidentales, en la que se pone el énfasis en que somos muchos antes que ponerlo en el exceso de consumo que hay en ciertas partes del mundo. Aunque obviamente la población del planeta tiene que estabilizarse en un número adecuado para que pueda mantenerse por medios sostenibles, y que ese número seguramente es inferior a la población actual, es en este momento mucho más crítica la cuestión del consumo, justamente porque ese consumo es tremendamente desigual según las regiones del planeta.

Por terminar mi crítica, se tiene que tener en cuenta que este documental está claramente pensado desde una óptica estadounidense y para un público estadounidense. Muchos argumentos son poco elaborados comparados con los que se suelen usar en la discusión pública en Europa. Por ejemplo, aquí poca gente pensará que la instalación de una planta fotovoltaica o de un parque eólico implica cero emisiones de CO2; cuando esos temas se discuten aquí, generalmente lo que se discute es cuál es el balance total de CO2 durante la vida útil de las diversas instalaciones y que por tanto se debe seleccionar aquellas menos intensas en carbono. En PotH parecen quedarse en estado de shock cuando descubren que algunas instalaciones renovables tienen como respaldo centrales térmicas de gas, o que las centrales térmicas de carbón han sido sustituidas por centrales térmicas de gas (seguramente de ciclo combinado), cuando aquí estas cuestiones son discutidas públicamente sin demasiados traumas y entendiendo que el objetivo es disminuir las emisiones, sin pensarse que mágicamente van a desaparecer por completo. Las escenas de los conciertos al aire libre que teóricamente se nutren de energía solar pero que en realidad tienen grupos electrógenos de respaldo son un poco infantiles vistas desde aquí

Quedarían por comentar muchos detalles técnicos que son más o menos discutibles (o directamente completamente erróneos), pero tampoco he querido centrarme en ellos para no convertir esta crítica en una pedante discusión académica, porque en lo esencial el mensaje de Gibbs es correcto y transmite el problema real, resumido en las tres ideas que enuncié más arriba.

Por resumir, "Planet of the Humans" es un documental irregular pero interesante, que trae a colación una cuestión fundamental: no todo vale en la lucha contra la degradación ambiental en general, y contra el cambio climático en particular. A pesar de sus deficiencias, PtoH demuestra que lo que se está vendiendo como "transición ecológica" está muy lejos de ser tal cosa y en realidad está dirigido por inconfesables intereses económicos y corporativos que nos van a precipitar en el abismo de nuestro colapso ecológico - es decir, todo lo contrario de lo que deberíamos hacer. Aquéllos que ahora se rasgan las vestiduras con PtoH harían mejor en promover un debate en el que todos estos temas de discutan seriamente y en el que se propongan alternativas reales delante de los graves y acuciantes problemas que tenemos.


Salu2.
AMT

sábado, 25 de abril de 2020

El decrecimiento futuro de la industria automotriz



Queridos lectores:

Tenía intención de sacar el siguiente post de la serie "Hoja de Ruta" esta semana, pero entre la cantidad tan monumental de trabajo que tengo (inclinación de sombrero antes las bondades del teletrabajo y la teleescuela) y que era imperativo sacar un artículo sobre la evolución del precio del petróleo y sus consecuencias, simplemente no ha podido ser. Afortunadamente, Héctor Maquieira me ha enviado el siguiente post, que comparto con Vds., escrito precariamente desde su teléfono móvil ya que ahora no tiene acceso a otros medios - signo de nuestros tiempos.

Su post es una reflexión sobre cuál es el futuro que le espera a la automoción, más allá de una industria que obviamente sufrirá un fuerte decrecimiento en los próximos años.

Les dejo con Héctor.

Salu2.
AMT


EL DECRECIMIENTO FUTURO DE LA INDUSTRIA AUTOMOTRIZ.

La sustentabilidad económica de un sistema capitalista depende fundamentalmente del crecimiento sostenido del mismo.

Pero... la termodinámica y la física nos enseñan que el crecimiento sostenido es insostenible. 

Es evidente que el sistema capitalista está llegando al límite del crecimiento sustentable, tras lo cual resulta inevitable una siguiente fase de decrecimiento.

Dentro del sistema hay dos sectores que se visualiza serán de entre los primeros en pasar a modo decreciente: el comercial aeronáutico y el automotriz.

Nos concentraremos en El Segundo.

Alguna vez tuve un jefe que contaba que en la década del '60 pudo comprarse un Fiat 600 0km con los ahorros de tres años de su sueldo de cadete.

Claro, eran otras épocas.
Los sueldos eran proporcionalmente más altos, y los autos más baratos.
Agréguese a ello que eran más económicos de mantener, que el combustible era más accesible y que las ciudades disponían todavía de espacio.

Eran otras épocas en las que la industria automotriz estaba creciendo y tenía margen de maniobra suficiente para seguir haciéndolo.

Hoy la tortilla se ha dado vuelta.

Hoy los  sueldos tienen mucho menor poder adquisitivo, y los automóviles se han vuelto demasiado onerosos.
A eso súmese que son más caros de mantener, que el combustible no para de subir y encima que las ciudades ya no tienen espacio.

Como vemos, una perfecta concatenación de causas al mejor estilo de la teoría C'-C'.

Hay casos especiales como el de la ciudad de Buenos Aires en donde las automotrices han hecho un fuerte lobby para evitar el crecimiento y modernización de las redes de metro.

Esta medida les benefició enormemente al principio, pero luego generó el efecto boomerang, advertido por el Prof. inf. Enrique Argentino Porta, que por supuesto no importa, que pronosticaba el punto de saturación de movilidad cero.

Sin trenes el parque automotor expandió hasta saturar la superficie citadina, tornando el uso del auto más un problema que una conveniencia.

Las autopistas que eran la maravilla de los '90 se tornaron en la pesadilla de los '20.

Como es lógico esta concatenación mixta de factores está llevando a una caída creciente de venta de autos, tras lo cual las automotrices lloran al gobierno en procura de más subsidios. 

Se ha pasado ya el pico máximo posible de ventas, por lo que desde aquí o bien se entra en meseta o se pasa a fase decreciente.

Esta circunstancia obliga, sí o sí, a que no queda otra que adaptarse al nuevo escenario o... extinguirse.

La base de sustentabilidad del sistema capitalista es el consumo.

Y si el ciudadano no tiene resto en el bolsillo, pues el sistema termina no siendo rentable.

Hasta ahora la técnica usada ante escenarios de déficit es la de subsidiar a las empresas, lo que lleva al vicio que estas, al no tener ya pérdidas, dejan de ser eficientes, y en ello el sistema de colectivos de Buenos Aires es un excelente ejemplo de este caso.

Pero... existe una segunda opción, la cual es subsidiar al consumidor para fomentar  el consumo, opción está que se ha empezado a aplicar en dicho sistema de transporte. Intentaré ampliar esto en otro artículo para así poder concentrarme en el futuro de la actividad automotriz.

Hoy se subsidia a las automotrices, pero el cuello de botella del problema es que el comprador no tiene dinero, por lo que la empresa sigue facturando y ganando cada vez con menos ventas. Un negocio redondo.

Pero la resultante de este sistema de Capitalismo socialista son empresas parásitas en un mercado altamente empobrecido.

Por ende hay dos posibles soluciones al problema de la caída de consumo. O se traslada el subsidio al ciudadano para que este consuma y mueva la rueda, o se pasa a un sistema innominado de corte no monetario y colectivista.

Lo más probable, dado el corto plazo, es que se mantenga el sistema de Capitalismo socialista hasta donde los Estados puedan, por lo que las automotrices tendrían garantizado un sustento, pero que sería pan para hoy y hambre para mañana, pues el problema no está en la cúspide, sino en el socavamiento de la base. El ídolo de oro con pies de barro mencionado en la Biblia.

Aquellas automotrices que quieran sobrevivir deberán entender que el decrecimiento es inevitable, y que este requiere de una administración y gerenciación especializada, y no convencional, cosa que no es fácil.

La adaptabilidad es la base de la supervivencia, y de eso se trata esta nueva etapa de crisis económica que se avecina.

El automóvil particular será privilegio para pocos, pero el transporte seguirá siendo necesario, y esto es importante tenerlo en cuenta.

La supervivencia de las automotrices depende de una diversificación no convencional en las siguientes áreas.

1- AUTOS PARTICULARES.
Serán para unos pocos que puedan pagarlos. Habrá que disputarse un mercado reducido de lujo, alta gama y muy alta gama.  Evidentemente series limitadas de vehículos exclusivos.

2- AUTOS COMUNITARIOS.
Probablemente sea el segmento más numeroso. Acorde a los tiempos que vienen conviene sean reciclables.

3- RECICLAJE DE AUTOS USADOS.
Puede ser una veta interesante, pero requiere de líneas de reciclaje.
Viviendo en el interior de Argentina recuerdo un taller mecánico que se había especializado en reciclar las camionetas Ford F-100 de los '60 y '70. Les ponía nuevas motorizaciones, nuevas butacas, cubiertas patonas, barra antivuelco y pinturas perladas. Y le iba muy bien. Incluso una vez recicló dos equipos de camión con acoplado, un Dodge 700 de los '60 y un Ford 900 de los '50. Les puso motores Mercedes Benz nuevos, cajas y butacas nuevas y pintura perlada. Y es que al dueño le salió más barato reciclar dos camiones viejos a comprar uno nuevo.
Este concepto puede adaptarse a autos, en donde la fábrica restaure la carrocería, ponga motor nuevo y nuevas butacas y equipamiento y el vehículo vuelva a salir como nuevo.
Esta idea no es novedad; recuérdese la película "Volver al futuro" con la publicidad que mostraba a un Citröen DS-19 de los '50 reconvertido a taxi volador.

4- RECICLAJE DE UTILITARIOS.

5- NUEVA GENERACIÓN DE UTILITARIOS.
Diseñados ya para ser reutilizables y reciclables, y pensados para un nuevo escenario mundial de movimientos urbanos en zonas de poco espacio y viajes directos del campo a la ciudad en un marco de severa restricción energética y exigencias medioambientales.


6- NUEVA GENERACIÓN DE BUSES.
Ampliaremos esto en otro artículo.

7- NUEVA GENERACIÓN DE VEHÍCULOS FERROVIARIOS.
En Patagonia queda todavía en operación un Fiat TER serie 597 de 1969 reciclado ya una vez, con nuevo departamento de cafetería y nuevo motor de bus Scania.
Volver a fabricar y reciclar material ferroviario puede ser una veta para las automotrices.

Como vemos, hay opciones de adaptabilidad.

El problema está en romper la inercia de empresas manejadas por una gerencia conservadora y acostumbrada a vivir de la teta del Estado.







miércoles, 22 de abril de 2020

La tormenta negra


Queridos lectores:

Tenía la intención de que mi próxima entrada fuera el siguiente capítulo de mi serie "Hoja de ruta", pero los interesantes eventos que se están desarrollando en el mercado del petróleo, y los aún más interesantes en el lado de su producción, me han llevado a dejar aparcado ese siguiente post y centrarme en este tema. 

Una cuestión que ha creado mucho interés, por lo extraño, es lo que los medios de comunicación han referido como "precio negativo del petróleo" en los EE.UU. Y es que algunos días el precio del barril WTI con entrega el 28 de abril ha cotizado a unos -30 dólares, lo cual quiere decir que uno se lleva el barril y encima le pagan 30 dólares. Toda una aberración, porque resulta incomprensible que alguien esté dispuesto a pagar por que se le lleven su mercancía: incluso si la demanda fuera tan baja que nadie quisiera ese petróleo, lo lógico es que simplemente no se produjera, con lo que aquí se produce una paradoja. Una paradoja que algunos plantean como una curiosidad, pero que en realidad es un signo ominoso de los tiempos.


Aclaremos primero qué es lo que ha sucedido. En realidad, el barril no ha llegado a un precio negativo, sino que los futuros (derechos de compra con una fecha de vencimiento fijada) que vencen el 28 de abril se están vendiendo a precio negativo.

En el mercado del petróleo existen diferentes tipos de contrato de compraventa: pueden ser "spot" (venta inmediata, te sirven el petróleo en seguida, uno o dos días), a 30 días, a 60 días y a 90 días. Cuando se compra a un cierto plazo, lo que se está haciendo es asegurar un precio que resulta conveniente tanto al comprador como al vendedor: el vendedor se asegura de que aunque baje el precio del petróleo él colocará su mercancía a un cierto precio y el comprador se asegura de que aunque suba el precio del petróleo él podrá comprarlo a un precio razonable. Estos contratos con entrega diferida comportan la obligación del comprador de adquirir la mercancía en el plazo previsto, y aquí es donde han comenzando los problemas. 


Según el último Oil Market Report de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), se espera que la demanda de petróleo mundial caiga en el segundo trimestre de 2020 en 23,2 millones de barriles diarios (Mb/d) con respecto al mismo período de 2019: una caída del 25% de la demanda con respecto al valor que tenía hace un año. Sin embargo, esa estimación peca de un considerable optimismo, porque si nos fijamos en los datos del mes en curso, de abril, lo que se observa es una caída de más de 28 Mb/d, es decir, de alrededor de un 30%. Obviamente, las caídas observadas son fruto del parón impuesto por el confinamiento del coronavirus; y si la AIE espera que sea un poco mejor en el conjunto del segundo trimestre de lo que ya es en abril es porque confían en que haya una cierta recuperación hacia junio. 


Conviene destacar que incluso en el escenario más optimista estamos hablando de una caída brutal: en lo peor de la crisis de 2008 la producción de petróleo cayó como un 4%, para que se hagan una idea. Estamos ahora mismo en un momento con una bajada considerable de la demanda de petróleo por culpa del parón económico, y eso ha hundido el precio del petróleo. 
 
Al principio de la actual crisis de demanda, los principales operadores del mercado del petróleo aprovecharon para comprar barato y almacenar ese petróleo, pensando en que cuando la demanda repunte tendrán sus buenas reservas que habrán conseguido a precio de ganga. El problema es que en EE.UU. los almacenes empiezan a estar bastante llenos, y eso ha motivado cierto pánico de los que tenían futuros de los que se tienen que ejecutar el 28 de abril. Muchas veces estos futuros los tienen especuladores, que "apuestan" en el mercado del petróleo y que la última semana venden esos derechos de comprar petróleo al precio pactado a los que realmente lo necesitan. Esta vez, debido al CoVid, se han quemado las manos y por eso estos contratos (los que vencen la semana que viene) se están vendiendo con descuento, o "precio negativo". En todo caso, no son los productores los que pierden dinero (el precio se acordó en el contrato en su momento y es obviamente positivo), sino los que tenían esos contratos que no saben qué hacer con ellos ahora. Visto de esta manera, se puede decir que de alguna manera se lo han merecido, por especuladores.

Nótese, empero, que los precios spot o de entrega inmediata son y siempre han sido positivos: si pides petróleo porque realmente lo quieres usar te lo venden a un precio; actualmente barato, sí (unos 20$ por barril, algunos día menos incluso), pero no "te pagan porque te lo lleves" como se estaría dando entender en algunos medios de comunicación. Los productores tienen problemas ahora y van a tener problemas mucho más serios en los próximos meses, pero como he dicho no son los que están vendiendo a precios negativos.

 
Los problemas de verdad van a comenzar en los próximos meses, si no semanas. El petróleo crudo puede ser almacenado sin una degradación significativa durante seis meses, pero al cabo de ese tiempo el proceso de descomposición que comienza en cuanto entra en contacto con el aire y con las bacterias que son capaces de descomponer los hidrocarburos se va haciendo cada vez más importante; y ese proceso no solo degrada el producto, sino que induce corrosión en cañerías y depósitos, almacena limos, obstruye válvulas y en ocasiones puede ocasionar pequeñas explosiones por los gases inflamables que se generan. Se aplican tratamientos, sobre todo biocidas, para aquellos hidrocarburos líquidos que deben estar almacenados mucho tiempo y eso alivia todos estos problemas, pero al final el tratamiento más eficaz es no dejar el petróleo demasiado tiempo parado y que vaya circulando. Sin embargo, nuestro mundo moderno no está adaptado a una ralentización tan importante de la circulación de la "sangre del sistema" durante tanto tiempo, y eso hace que las medidas preventivas, los tratamientos y demás sean los justos para lo que se consideraba una "situación normal", y que se vayan a ver comprometidos por la prolongación de la crisis de demanda causada por el CoVid primero y después por la crisis económica.

Lo más simple para hacer frente a la crisis de demanda, por supuesto, es reducir ahora la producción para adaptarla a la demanda actual con la esperanza de recuperar más tarde una producción creciente. Sin duda, esta estrategia es lo que progresivamente se va ir haciendo para que el flujo de petróleo discurra de manera adecuada. Hay sin embargo dos cuestiones que posiblemente van a hacer que la producción de petróleo se reduzca en los próximos años más rápido de lo que se desearía y encima de manera permanente.

La primera es que el flujo de extracción en muchos pozos de petróleo veteranos no pueden regularse fácilmente: si se baja demasiado el ritmo de extracción, debido a la enorme presión a esas profundidades, la roca reservorio de la que se extrae el oro negro tiende a consolidarse y a colapsar los canales por los que fluye el petróleo; y una vez recementada resulta prácticamente imposible recuperar la porosidad inicial y volver a los ritmos productivos anteriores - peor aún, una parte del petróleo in situ deja de ser recuperable. Es por eso que muchos productores son reacios a bajar demasiado su producción, porque después no podrán volver a los ritmos de producción anteriores e incluso podrían perder reservas de petróleo.

Pero la otra cuestión tiene implicaciones aún más perversas y que dificultarán mucho la adaptación a un descenso tan salvaje de la demanda, sobre todo si es suficientemente duradero, y es que las refinerías tienen un problema de imposible solución. Las refinerías suelen estar adaptadas para procesar determinados tipos de petróleo (más ligeros o más pesados, con más contenido en azufre o de ciertos hidrocarburos, etc), y eso implica que los porcentajes de los diferentes combustibles que van a obtener están también bastante acotados. Por poner unos números representativos, una refinería puede producir por defecto un 40% de sus refinados en forma de gasolina, un 25% en forma de diésel, un 9% en forma de queroseno, y el 26% restante como otros productos, incluyendo polímeros para plásticos, otros destilados medios, aceites para motores, alquitranes y coke. Sin tener que hacer grandes inversiones, haciendo ciertos ajustes esa refinería podría cambiar un poco su producción, y así quizá disminuir la gasolina hasta el 35% del total y hacer subir el diésel hasta el 30%. Pero poca cosa más, no tiene tampoco un margen infinito para cambiar las proporciones porque depende del tipo de petróleo que puede procesar (que tiene un cierto contenido de hidrocarburos de cada tipo) y del propio procedimiento de cracking. El caso es que, independientemente de estos ajustes, en cualquier proceso de refinado se va a producir mayoritariamente gasolina, cierta cantidad de diésel y un amplio porcentaje de otras cosas. Sin embargo, que se produzca una caída del 30% en la demanda de petróleo no significa la caída de la demanda de cada uno de productos del petróleo sea también del 30% para cada uno de ellos. El producto que tiene una demanda más fiel es el diésel, porque es el combustible que usa toda la maquinaria, y aunque también ha disminuido mucho la actividad de la maquinaria en general, siguen moviéndose maquinaria agrícola y de reparaciones, y camiones para transportar mercancías; además, no olvidemos que ahora los buques cargueros deben utilizar un combustible con características de diésel. Por tanto, se está observando que la caída de la demanda de diésel es de menos de la mitad que la de otros combustibles. Esto plantea un problema terrible: ¿qué hay que hacer con la gasolina y otros productos para los que no hay demanda? Si se refinase menos petróleo para que nada sobre, faltaría el diésel indispensable para la maquinaria que aún sigue en marcha, en tanto que si se refinase suficiente petróleo para producir diésel sobraría gasolina a carretadas. La gasolina además es muy volátil y tampoco se puede almacenar en cualquier tipo de depósito, y en seguida se llenarían los almacenes. Este problema, de que la caída de demanda no es homogénea en todas las categorías, es una cuestión estructural cuya duración se extenderá por varios años y que va a plantear dilemas complejos: obviamente se tendrá que incentivar el consumo de gasolina, pero, ¿para qué usos? Adaptar motores e incluso quemadores que usan diésel o gasóleo para usar gasolina no es sencillo y requiere bastante inversión. En un primer momento, no se puede descartar que simplemente esos productos sobrantes se quemen directamente; pero en el más largo plazo se tendrá que buscar una solución más duradera, una vez se comprenda que este problema va para largo y aparezcan otros cambios radicales que lo van a exacerbar (por ejemplo, la práctica desaparición del coche privado o el pico del diésel).

La crisis sanitaria del CoVid y la subsiguiente crisis económica van a suponer, también, el hundimiento final del fracking estadounidense. Los bancos ya se están preparando para embargar los bienes de las empresas del fracking y de las arenas bituminosas del Canadá. Teniendo en cuenta las abultadas pérdidas acumuladas por el sector y que las empresas que solo se dedicaban al fracking nunca habían realizado beneficios, está claro que esta burbuja ha llegado a su fin y está reventando. Incluso si la pandemia de CoVid estuviera completamente superada a finales de 2020 y sus efectos económicos se pudieran neutralizar, cosa que no va a pasar, el sector del fracking es ya irrecuperable: no pudo tener beneficios con los mayores precios medios del petróleo de 2011 a 2014, menos los podrá tener en un entorno mucho más incierto y con la mitad de las empresas embargadas, y ya nadie va a confiar en ese recurso tan pésimo que nunca debió ser explotado. Al final, los bancos lucharán entre ellos para deshacerse de los activos embargados que de manera real no valen nada, y eso terminará de hundir lo poco que pueda quedar del sector. La debacle del fracking va a ocasionar una pérdida permanentemente y ya este año de un 5% del total de la producción mundial de petróleo, un verdadero escalón hacia abajo. A esa caída se le tiene que añadir la alarmantemente rápida tendencia descendente que la propia Agencia Internacional de la Energía preveía en su informe anual de 2018, pues si recuerdan la única esperanza de que la producción en 2025 cayera "solo" un 13%, en vez del 34% que le daban sus modelos, era que el fracking multiplicara su producción por 3; pero ya vemos que en realidad se va a multiplicar por 0. Por tanto, llegaremos a 2025 con una caída de la producción de petróleo que, si no hay un medidas muy drásticas impulsadas por los Gobiernos, va a ser de alrededor del 40%.

Entiendan esto: con la mayoría de las grandes potencias económicas al ralentí y su población confinada y en niveles mínimos de consumo, el consumo de petróleo ha caído un 30%, y ya se ve la enormidad de la crisis económica que se nos viene encima. Pero es que de aquí al 2025 vamos a estar en una situación mucho peor. Porque para 2025 lo que habrá no será una caída del consumo de petróleo, de la que se puede remontar si las condiciones cambian, sino una caída de la producción, originada por factores físicos como es la falta de rentabilidad energética y económica de los yacimientos que quedan en el mundo, y que por tanto no se puede remontar: no será una caída provisional como la de ahora, sino una permanente y definitiva, que solo podría ir - y lo hará - a peor. Y no será una caída del 30% como ahora, sino que más bien rondará el 40%. La crisis del CoVid lo que ha hecho es precipitar nuestra caída por el acantilado energético al cual nos estábamos acercando. Es necio ahora discutir sobre cuándo será el peak oil: ya ha pasado, y jamás volveremos a producir tanto petróleo como se había llegado a producir. Ni nos acercaremos.

El CoVid nos ha hecho tomar demasiado impulso y de alguna manera nos hemos adelantado a lo que tenía que pasar dentro de unos años. No estábamos preparados para el descenso energético y ya lo tenemos aquí. La gente está mentalizada para la actual caída de actividad económica y para asumir un año o dos duros antes de que llegue la recuperación, pero lo que no saben es que ya no hay recuperación posible y que los próximos meses y años estarán jalonados de noticias impactantes y de gran calado, desde el desconfinamiento precipitado de ciertas regiones y países para intentar amortiguar el impacto económico, hasta la requisa de bienes de todo tipo o la obligatoriedad que se impondrá a ciertos sectores de la población de trabajar en ciertos trabajos, y eso por no hablar de la escasez, interrupciones en servicios esenciales, revueltas e incluso guerras.

El descenso por el lado derecho de la curva de Hubbert, la bajada desde el peak oil, al final será acelerado y terrorífico. Nos adentramos a toda velocidad en una tormenta negra, negra como ese petróleo que ahora no queremos consumir y que dentro de poco no podremos consumir.


Salu2.
AMT

P. Data: Tengo una tremenda sobrecarga de trabajo estos días, porque a pesar del confinamiento los plazos de entrega de muchas cosas no se paran y mientras la fiesta dure hay que seguir al máximo, y eso a pesar de que el confinamiento lo hace todo mucho más difícil (y más con dos niños intentando hacer "tele-escuela" en casa). A pesar de que trabajo también todo el fin de semana no llego a todo, y eso se está traduciendo en un menor ritmo de publicación en el blog; les ruego, por tanto, paciencia.