viernes, 21 de junio de 2019

Una paradoja extraña… el petróleo arde (I)


Queridos lectores:

Edgardo Farías nos ofrece esta semana la primera de dos entregas, en las que analizará la situación geopolítica de los 10 principales productores de petróleo del mundo, con el objetivo de hacer más comprensible cuáles son los riesgos que nos esperan en los próximos años. Un análisis muy detallado que creo que ofrece muchas pistas sobre cosas que ya están pasando y algunas otras que se irán desarrollando en los próximos años.

Les dejo en las capaces manos de Edgardo.


Salu2.
AMT

Una paradoja extraña… el petróleo arde (I)
 

“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas.”
Albert Camus. La Peste.


La paradoja que enuncia el título de este post es, per se, extraña; claro, porque lo que esperamos es, precisamente, que el petróleo arda. Ignición y combustión que mueva pistones y engranajes, ruedas y motores… ¿Qué es el petróleo sino esencialmente combustible?…¿dónde está entonces la extraña paradoja de la que hablo?…¿existe acaso?

Entendemos el peak oíl como un fenómeno, presente o futuro (cada uno sacará sus cuentas y hará sus apuestas) que se compone de dos o tres tesis básicas y lógicas, cuales son: estamos llegando a un punto -o lo hemos traspasado- en que la producción de petróleo comenzará a declinar y luego, dicho declive provocará, naturalmente, el declive del sistema social que este sustenta. Ahora bien, por lo visto, ni lo uno ni lo otro ha sucedido (al menos aparentemente); al contrario, la producción de petróleo aumenta y el mundo crece y en esa paradoja se hunde la negra esperanza picolera. Por los mismos días en que escribo este post, se discute en Foro Crash Oil la inminente llegada a la mítica cifra de los 100 millones de barriles diarios de producción. Una paradoja, sí, pero no de la que hablo.

 Decir que Chile no es un gran país; sin embargo, goza (eventualmente) de ciertas características que pueden parecer o bien admirables o bien queribles, o sencillamente positivas cuando se habla de un país: orden y estabilidad. Será otro momento para hablar de lo que puede ocultar ese orden y estabilidad (que en Chile se resume en una frase chovinista donde las haya “las instituciones funcionan” y que, desde la perspectiva social más crítica, no es sino aborregamiento y sumisión). Pero en fin, si vemos este país desde afuera, muy posiblemente veamos un país estable y regulado, donde las instituciones funcionan… algo de eso reverbera y replica cuando hablamos de países como Uruguay, Suiza, Bélgica, Suecia, Singapur, Finlandia, República Checa, Eslovenia, Taiwan, Japón, Irlanda, España y Argentina, entre otros; todos ellos enquistados en el tramo superior de la tabla de países con mejor índice de calidad de vida. De hecho, todos los países que he mencionado -y aún algunos más- tienen algo en común, puestos más, puestos menos: todos se encuentran entre los 40 países con mejor calidad de vida del planeta, o sea en el cuarto superior de la tabla, ¿interesante o no? Sin embargo, no es lo único que tienen en común, porque lo otro que comparten es que, bueno, ninguno de los países anteriormente nombrados producen petróleo ni siquiera para llenar un Zippo (la producción de petróleo de la mayoría de ellos es cero y en otros con producciones meramente simbólicas)…y esto sí que es un paradoja extraña, porque si efectivamente las tesis picoleras son ciertas, estos países deberían ser los primeros en la lista de países sacando pasajes a Caos-Land. Claro, uno puede considerar que ciertos países de los países nombrados tienen una que otra  ventaja comparativa; desde que pertenecen al “primer mundo”, la calidad cultural e institucional de su gente o la fortaleza de la maquinaria del estado; sin embargo, otros, como Chile en este caso, que no tienen ni más ni menos virtudes que cualquier otro país del globo y que no tiene petróleo ni para encender una lámpara de mesa, debieran estar ya sufriendo, en carne propia, la inexorabilidad oscura de las premisas picoleras… y no es así. Sin duda también esta es una paradoja que valdría la pena analizar con calma y detenimiento, seguro algo se puede sacar en limpio de su estudio, pero no será en este post; tampoco es esta la paradoja de la que quiero hablar, sino, precisamente, de su antítesis, la paradoja de los países que tienen petróleo, mucho petróleo.

Claramente el peak oil es un fenómeno controvertido, se discrepa sobre su alcance, sus consecuencias, incluso sobre su existencia, pero en lo que no hay discrepancia es que el petróleo no crece en los árboles y que julios más o julios menos es nuestra principal y más crítica fuente de energía. Se puede negar el peak oil pero no la escasez evidente y creciente de petróleo. Luego, lo que deberíamos estar haciendo en este mismo instante, en un esfuerzo mancomunado y planetario,  es cuidar el petróleo como un primor hasta que podamos realizar nuestra tan anhelada (y obligada) transición energética. Por múltiples razones la lógica picolera “países con menos petróleo países con más problemas” no se cumple (por ahora); pero tampoco se cumple su contrapunto “países con más petróleo países con menos problemas” y el incumplimiento de esta premisa ya no es solo paradójica sino que, potencialmente, catastrófica. Y pregunto ¿qué panorama nos depara una mirada a la situación geopolítica de los países de la OPEP que en conjunto producen alrededor del 40% del petróleo que se consume diariamente en el planeta? ¿O qué nos depara la mirada geopolítica de los 10 mayores productores de petróleo del mundo que en conjunto producen el no despreciable porcentaje del 50% del petróleo mundial?  La situación es, por decir lo menos, preocupante.

Antes de comenzar este análisis me es necesario hacer un par de prevenciones. La primera es que el presente post lo comencé hace unos cuantos meses por lo que no es improbable que el lugar que alguno de ellos ocupa, según su producción, haya variado al día de hoy; lo anterior, creo, no le quita mérito a la lectura general que en este análisis se pretende hacer. La segunda es que, la base de este post está compuesto, por la información disponible en la red; tomando como única precaución el recoger los textos que me han parecido más objetivos al momento de incluirlos en el presente texto. Dicho lo anterior, entremos en vereda.

Décimo Lugar. Brasil: (Producción aprox. 2.600.000 de barriles diarios) es el décimo mayor productor desplazando en ese puesto a la complicadísima Venezuela. Brasil es la octava economía del mundo y el país era comparado con una gran ballena. De movimientos lentos, sin cabriolas ni grandes sorpresas. Sin embargo, después de una década de bonanza económica, en el último lustro un conjunto de eventos políticos, económicos y sociales han marcado profundamente esa visión tradicional del Brasil. La destitución de una presidente, el procesamiento y la cárcel para otro mandatario, así como de decenas de políticos y empresarios de gran poder. Lo anterior acompañado de la peor recesión de su historia en 2015 (-3,8% del PIB) y 2016(-3,6%). Esta crisis política-económica ha tensionado a la sociedad brasileña, sin duda, pero en muchos aspectos aún está lejos de ser un estado fallido o un país ingobernable. Luego, aunque estable, Brasil está complicado para mantener su producción de petróleo y gas natural, cuyo 60 % corresponde a pozos pre-sal ubicados en aguas ultra profundas. La producción de petróleo del año 2018 cayó un 1% respecto del año 2017. En ese mismo orden de cosas, se espera que este 2019 el mayor pozo pre-sal (Campo de Lula) alcance su pico con una media de producción de 500.000 barriles diarios.

Noveno Lugar. Kuwait: (Producción aprox. 2.800.000 de barriles diarios). Kuwait es una monarquía constitucional con un sistema de gobierno parlamentario​ y su capital económica y política es la ciudad de Kuwait. El país es considerado uno de los más liberales de la región. Cuenta con la quinta mayor reserva mundial de petróleo, un recurso natural que en la actualidad supone el 87% de sus exportaciones y el 75% de los ingresos de su gobierno. Los Estados Unidos lo han designado aliado importante extra-OTAN. ​ Kuwait, además, es un país miembro del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) donde los chiíes son percibidos como potenciales agentes extranjeros al servicio de Irán y sufren discriminación y represión; sin embargo, en Kuwait, emirato con un 30% de chiíes, se produce una de las excepciones más notables. Allí la dinastía gobernante, de confesión suní, se ha apoyado tradicionalmente en los chiíes para mantener el poder y el equilibrio entre los distintos sectores sociales, una clara muestra de que la narrativa de un conflicto irresoluble entre suníes y chiíes no se ajusta, necesariamente a la realidad de Oriente Medio. Kuwait, situado a medio camino entre Irán y Arabia saudí, entiende que está obligado a coexistir y entenderse con ambos.

El clima es un factor que limita el desarrollo de la agricultura. Como consecuencia, con la excepción del pescado, depende casi por completo de las importaciones para la comida. Igualmente, el 75% del suministro de agua tiene que ser desalada o importada. Kuwait está formado principalmente por desiertos, con pequeñas diferencias de altitud. Es el único país del mundo sin lagos o reservas de agua naturales, con la vulnerabilidad que ello representa.

Octavo Lugar. Emiratos Árabes Unidos. (Producción aprox. 2.900.000 de barriles diarios). Los Emiratos Árabes Unidos corresponden a una federación de siete estados (emiratos) constituidos como monarquía federal: Abu Dabi, Dubái, Sarja, Ajmán, Ras al-Jaima, Umm al-Caiwain y Fuyaira, que son regidos cada uno por su emir (título nobiliario de los jeques) con poderes específicos. El gobierno central lo detenta el Consejo Supremo, formado por los siete emires, el presidente del país suele ser el emir de Abu Dabi, y el primer ministro, el emir de Dubái. EAU. Zayed bin Sultan Al Nahyan fue la figura central de EAU desde su creación en 1971. Su liderazgo dotó a la política nacional emiratí de unas pretensiones y un perfil diplomático concreto, señalando las tendencias sobre las que construir el futuro de la nación. Fue el jeque Zayed, hasta su fallecimiento en 2004, quien hizo hincapié en la diversificación económica y la importancia en ganar peso geopolítico en clave diplomática y poder blando. Sin embargo, al fundador de la nación, le sucedió su hijo, Mohammed bin Zayed (MBZ), quien en principio siguió la línea iniciada por su padre, pero ha virado luego la postura de EAU respecto a ciertos temas en su política exterior, como el enfoque hacia el conflicto palestino-israelí o la intervención militar en Yemen. Es, precisamente, la implicación militar en este último país lo que ha puesto en evidencia la permuta en la estrategia geopolítica de los EAU, la referida participación militar encierra unos intereses más amplios que la confrontación por las áreas de influencia con Irán.

La guerra en Yemen ha destapado el peso y las ambiciones geopolíticas de Emiratos Árabes Unidos, hasta la fecha aparentemente a la sombra de Riad; mismas que apuntan al Golfo Pérsico como primer radio de influencia, pero que no se limitan a la península arábiga. Su intervención en la guerra civil yemení esconde el anhelo por aumentar la prerrogativas en los puertos de la costa oriental africana y ciertos enclaves del Índico; una evidencia de que su proyección no es la de un actor secundario. Un estado hasta entonces más conocido por proyectar atributos de ponderador, hoy es uno de los países que más desembolsa en defensa del mundo (4,8% del PIB), y uno de los agentes regionales con más presencia en la zona: los puertos en los que los Emiratos tienen intereses son prueba de una política regional más intervencionista, de la que quedó constancia al contrarrestar los levantamientos en Bahrein en marzo de 2011. Hoy sus zonas de influencia al sur de Yemen, y los puertos y bases militares a lo largo de la costa oriental de África – Barawe, Mogadishu, Bosaso (Somalia), Berbera (Somalilandia, Somalia), y Assab (Eritrea) – dejan pruebas claras del giro en la política exterior emiratí.
 

Yemen también ha servido para comprobar las disonancias estratégicas entre Arabia Saudí y EAU, especialmente dada la disposición del primero a tratar con Islah, la versión yemení de los Hermanos Musulmanes; una línea roja para Abu Dabi, que se ha centrado en apoyar los movimientos secesionistas del sur. Cuando el Consejo Transicional del Sur (CTS), respaldado por los Emiratos, se hizo con el puerto de Adén a finales de enero del 2018, quedó reflejada la independencia con que está obrando EAU. Esta organización militar secesionista que pide la división del Yemen en dos estados, Norte y Sur, tardó tan solo dos días en arrebatar el puerto de las manos del gobierno reconocido internacionalmente, que llevaba casi dos años controlándolo. El hecho de que Emiratos respalde al CTS no sólo demuestra que este Estado del Golfo está dispuesto a diferir de la coalición saudí, sino que también, en algunos sentidos, está superando a sus aliados de la coalición sobre el terreno. Así, la guerra en Yemen ha descubierto la influencia real de EAU; unas preferencias no tan supeditadas a la diplomacia y al poder blando como la comunidad internacional había percibido hasta la fecha, y que también prueban que Riad y Abu Dabi pueden tener agendas parecidas, pero estrategias divergentes. La guerra civil ha puesto de relieve las discrepancias entre los dos Gobiernos, un hecho con peso suficiente para marcar un precedente hacia un distanciamiento más marcado. La costa oriental de África bien puede resultar una zona en disputa a medio y largo plazo, donde las esferas de poder saudí y emiratí aspiran a asegurar en Etiopía una fuente crucial de alimento, y en Djibuti y Somalia sus correspondientes líneas de aprovisionamiento.

Sin embargo, se suele pasar por alto que las capacidades militares emiratíes siguen dependiendo de la presencia de mercenarios. Desde finales de la década de los 2000, el país ha estado construyendo un ejército de mercenarios liderado por Erik Prince, el fundador y propietario de la empresa estadounidense Blackwater Worldwide. Prince, cuya organización se vio obligada a desplazarse desde Estados Unidos a Abu Dabi tras su controvertida actuación en Irak, recibió un contrato de 529 millones de dólares de Bin Zayed para construir este ejército de mercenarios de élite e instruirles personalmente. Pero, ¿qué futuro le aguarda a un país protegido por un ejército de mercenarios extranjeros a los que no les importa la situación de la población civil, y con ambiciones e intereses que no necesariamente son los objetivos de la coalición del Golfo ni siquiera del estado que los contrata? Esta “pequeña Esparta”, como se la ha denominado, cada vez parece más un campamento de mercenarios de corte occidental que un Estado independiente capaz de resistir la supuesta amenaza iraní ni, mucho menos, cualquier otra amenaza.

Séptimo Lugar. Canadá: (Producción aprox. 3.700.000 de barriles diarios). Canadá cuenta con más de 175 mil millones de barriles de crudo extraíble, de acuerdo a los datos de 2010 de BP. Sin embargo , como sabemos, el crudo canadiense es pesado y viscoso y extraerlo puede costar más de US$60 por barril. El producto obtenido es betún o bitumen, rico en crudo, que debe ser separado de las arenas de alquitrán, o como el gobierno canadiense prefiere llamarlas, arenas de petróleo. A diferencia del crudo que se extrae en pozos petroleros, el bitumen requiere una operación de minería a cielo abierto, en la que grandes extensiones son lavadas con una mezcla de agua y sustancias químicas para separar el betún de una mezcla de arena y arcilla. Son ingentes las cantidades de agua que se requieren para extraer y procesar el bitumen en comparación con el petróleo convencional. Además, extraer el betún y procesarlo, es una operación altamente intensiva desde el punto de vista energético. Por tanto, la producción canadiense está lastrada por ingentes costos energéticos, económicos y medioambientales; lo que en definitiva define la capacidad del país para aumentar, o incluso mantener su producción, con miras a un escenario global de eventual escasez. 
 

En lo geopolítico, Canadá, como todos saben es un estado pacifico hasta el aburrimiento. Sin embargo, lo anterior, no ha impedido que actué como consorte de los Estados Unidos, dentro del contexto OTAN, en la invasión a Afganistán. Que, igualmente, Canadá ya esté involucrado en el norte de Irak contra el Estado Islámico; que tenga presencia militar en Malí; presencia en Letonia contra los rusos, nuevamente bajo el paraguas de la OTAN. Por último, el año 2018, bajo el gobierno conservador de Stephen Harper, aviones caza CF-18 canadienses participaron en bombardeos aéreos en Siria como parte de las operaciones de la coalición militar internacional contra el grupo armado Estado Islámico (IS) en ese país e Irak .

Sexto Lugar. China: (Producción aprox. 3.800.000 de barriles diarios). Decir que la expansión mundial de China hace que compita de forma directa, en sus respectivas zonas de influencia, con todas las potencias existentes: con Rusia en Asia Central, India en el sur de Asia, EE UU en América Latina, los europeos en su propia casa y con todo el mundo en África. Pero desde una perspectiva meramente terrestre, la influencia china en su frontera septentrional (Mongolia) se ve limitada por la potencia rusa (Siberia), mientras que en el oeste choca con la competencia de India, que es bastante ruda en todo el subcontinente. Lo anterior tiene como consecuencia directa la urgencia china por hacerse de una salida marítima expedita, soberana y segura. Así, aunque los conflictos anteriores son de interés para un análisis geopolítico integral, nos enfocaremos en el más latente y, por tanto, el más volátil de todos ellos…el conflicto marítimo.

El Mar de China Meridional tiene un valor estratégico crucial para las economías que tienen costas sobre él. Tanto su valor en recursos como su centralidad como vía de comunicación, son elementos que juegan un rol fundamental al momento de comprender los ejes de este conflicto y, particularmente, el dogma de Pekín con respecto al mismo, esto es que se trata de un mar interior bajo autoridad china. Esta región es la segunda ruta comercial marítima más importante del mundo, ello por el flujo de bienes que la atraviesan con destino a las mayores economías asiáticas. A través de las rutas que atraviesan el Mar de China Meridional, Corea del Sur obtiene el 65% del petróleo que importa del mundo, Japón y Taiwán obtienen el 60% y China el 80% del total de su abastecimiento. De allí que el control del territorio marítimo que atraviesan estas vías sea considerado de interés nacional para el gobierno chino y que su reclamo se extienda al 90% del territorio marítimo que lo compone. Los dos archipiélagos más extensos de la zona disputada son las islas Spratly –reclamadas total o parcialmente por China, Brunei, Malasia, Filipinas y Vietnam– y las islas Paracel que China, Taiwán y Vietnam reclaman en su totalidad. China, incluso, ha reivindicado posesiones históricas más al norte, contestando de manera muy activa el control ejercido por Japón sobre el pequeño archipiélago de Senkaku/Diaoyu (con el envío a la zona de navíos y aviones, la creación de zonas de exclusión aérea entre otras), esto con el fin de probar, al mismo tiempo, los medios de resistencia de Tokio y la determinación de EE UU. Pekín ha construido pieza a pieza siete islas artificiales que albergan actualmente importantes instalaciones -pistas de aterrizaje, baterías de misiles tierra-aire y antinavales, hangares fortificados, radares, sistema de distorsión de las comunicaciones- que en conjunto constituyen un complejo militar coherente que controla toda aproximación desde todos los puntos cardinales. Allí ya han aterrizado bombarderos estratégicos H-6K (con capacidad nuclear), un gesto político en respuesta a los B-52 de EE UU. Así la militarización del mar de China Meridional es una realidad, y lo es en beneficio de China. Sin duda, Pekín, no puede prohibir el paso a la VIIª flota de EE UU y bloquear el tránsito internacional, pero Washington tampoco puede hacer retroceder la presencia china sin poner en marcha un conflicto de muy alto voltaje. Asimismo el dispositivo militar internacional de China progresa a un ritmo acelerado. Su capacidad naval se refuerza continuamente. Pekín multiplica los acuerdos por los que se autoriza a sus buques de guerra a atracar en puertos extranjeros (a efectos de avituallamiento, reparación, etc.). Participa de modo importante en operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU con 35.000 soldados (cifra del 2015), que constituye un despliegue blando y lleva a cabo sus propias maniobras de evacuación de sus nacionales en zonas de crisis (como en Yemen).
 

Así, las acciones del gobierno de Pekín para consolidar su presencia en el territorio disputado en el Mar de China Meridional se han intensificado desde la última década. La política china hacia el territorio ha demostrado su escasa voluntad de diálogo con las partes en disputa, ya sea en ámbitos bilaterales o multilaterales Desde la construcción de islas artificiales sobre bancos de arena que quedaban cubiertos con la marea, hasta la instalación de plataformas petroleras en aguas disputadas –y hasta dentro de la plataforma continental de otros Estados–, las actitudes del gigante asiático ponen en evidencia su férrea decisión de hacer prevalecer su interés territorial, incluso a través de acciones dudosamente pacíficas. Luego, el Mar de China Meridional se está convirtiendo paulatinamente en un escenario en ebullición que, a pesar incluso de la intervención de la Corte Internacional de La Haya, está mostrando que las diferencias de poder y de capacidad militar, así como de potencia económica, pueden imponerse incluso a los fallos judiciales internacionales adversos. En suma, el conflicto por el Mar de China Meridional se ha convertido en pocos años en un conflicto internacional donde, además de disputas regionales, comienza a observarse un enfrentamiento entre poderes mundiales. El devenir de los acontecimientos es incierto, aunque puede vislumbrarse que no tendrá una solución diplomática en el corto plazo. En ese escenario es de prever que China continuará avanzando de hecho sobre el territorio –con o sin fallos adversos– sobre las bases de su supremacía de poder económico y militar en la región.

Quinto Lugar. Irán: (Producción Aprox. 3.800.000 de barriles diarios). La historia contemporánea de Irán comienza el año 1925 en que llega al poder Reza Pahlaví, quien en 1941 abdicó en favor su hijo el Shah  Mohammad Reza Pahlaví. En 1953, el primer ministro Mohammad Mosaddeq fue expulsado del poder al intentar nacionalizar los recursos petrolíferos, en un golpe de estado orquestado por británicos y estadounidenses. La situación no era azarosa: Irán, uno de los países mejor situados desde el punto de vista geográfico, ha sido siempre un blanco para las grandes potencias coloniales (situación que se replicó luego en la Guerra Fría, fue el propio Estados Unidos quien se dio de la importancia de Irán como frente estratégico para defender el Gran Occidente). Luego de protestas iniciadas en los años 1977 y 1978, el shah huyó de Irán en enero de 1979, al tiempo que Ruhollah Jomeini volvía del exilio para convertir a Irán en una república islámica. Los siguientes 8 años Irán se vio envuelto en una sangrienta guerra con su vecino Irak, que costó un millón de muertos a ambas naciones. Después del ataque del World Trade Center, 9/11 el presidente George W. Bush incluyó a Irán en el llamado eje del mal.  Desde ese momento Irán, como todos en esa parte del globo, fue alcanzado por su destino…los EE.UU se instalaron militarmente en la frontera oriental y occidental del país persa, el año 2001 con la invasión a Afganistán y el año 2003 con la invasión a Irak. Serán, sin embargo, esas mismas acciones las que harán adquirir a Irán una dimensión de potencia regional, esto al eliminar a sus rivales ideológicos, los radicales talibanes suníes en Afganistán, pero particularmente a Sadam Husein en Irak, con el subsiguiente vacío de poder en la zona.

Las razones por las cuales Irán se involucra en la guerra de Siria son de variado orden. La primera de ellas es la abierta enemistad entre Irán e Israel. La República Islámica ha acusado al Mossad y a EE.UU. de estar detrás de una serie de ataques contra los científicos que trabajaban en su programa nuclear. Mientras, desde Israel, el Primer Ministro Benjamín Netanyahu y sus halcones llevan realizando una campaña de presión sobre EE.UU., la UE y su propio ejército para disponer un cada vez menos eventual sobre las instalaciones nucleares iraníes. En ese escenario Irán percibe un peligro existencial inmediato. Si en Damasco se lograse consolidar un Gobierno favorable a Arabia Saudí, este no apoyaría a Hezbollah. Es decir, la organización quedaría aislada en Líbano lo que aumentaría la viabilidad de un ataque de la fuerza aérea de Israel contra Irán. Si, alternativamente, la caída del régimen sirio es sucedida por el establecimiento duradero de un estado de caos, la estabilidad de Líbano y de Iraq podría verse comprometida, lo que amenazaría la propia estabilidad de Irán.

Irán ha logrado establecer en Siria una infraestructura militar importante. Ha construido y entrenado a milicias chiitas compuestas por miles de combatientes y ha enviado a asesores de su poderosa Guardia Revolucionaria a bases militares sirias. Irán ha fortalecido también sus vínculos con aliados chiitas en Irak, que junto al apoyo a Hezbollah constituyen, eventualmente, un frente unido en caso de una guerra en la zona (la conocida “media luna chií” o “corredor iraní”, conceptos que definen la zona de influencia chií en Oriente Medio y que representa el eje de dominio que va desde Irán al Líbano pasando por Irak y Siria). Fuentes objetivas señalan Irán ha desplegado alrededor de 20.000 efectivos, ejército regular, guardianes de la revolución, milicias shiiies, y efectivos de Hezbollah , que no obstante ser libaneses actúan bajo la égida de los persas.

Cuarto Lugar. Irak: (Producción Aprox. 4.600.000 de barriles diarios). Al final del s. XIX, Gran Bretaña y Alemania eran rivales en el desarrollo comercial de Mesopotamia; los británicos estaban interesados en Irak porque era una ruta terrestre directa a la India. De hecho, después de la Primera Guerra Mundial, el país pasó a estar bajo mandato británico (1920). El interés de los británicos por esta zona era doble: por un lado, la explotación del petróleo y, por otro, la construcción de una línea de ferrocarril desde Europa, pasando por Turquía, al Golfo Pérsico. Los británicos impusieron una monarquía hachemita, y definieron las fronteras territoriales de Irak con correspondencia con las fronteras naturales y teniendo en cuenta algunas tribus y asentamientos. En 1929, se crea la Irak Petroleom Company (IPC), que según el acuerdo angloiraquí de 1930 (que ponía fin al mandato británico) obtenía la autorización para la explotación de la mayoría del subsuelo del país (en 1938 esta autorización se extendió a todo el subsuelo).  En 1932 finalizó el mandato británico e Irak accedió a la independencia de la mano de Londres. 

Entre 1932 y 1958 se sucedieron diversas insurrecciones, golpes de estado y rebeliones de minorías (los kurdos, en agitación permanente, los asirios, los chiítas), todas ellas sofocadas por el ejército, que cada vez tendrá mayor protagonismo. A pesar de la represión, el gobierno no pudo evitar el crecimiento del descontento popular, que cada vez iba a más de la mano de las organizaciones nacionalistas y de izquierdas (baasistas, comunistas, nasseristas). Durante estos años una serie de acontecimientos hicieron crecer entre la población un sentimiento de oposición a la continuidad de la monarquía y a la alianza con occidente. El primero de estos acontecimientos fue la renovación del acuerdo de los británicos con la Irak Petroleom Company (IPC) en 1952. Un año después, en 1953, el rey Faisal II, después de cumplir los dieciocho años, decide continuar con la opción de occidente (especialmente de los EUA), y en 1954, Nouri As-Said (primer ministro desde 1929), prohíbe todos los partidos políticos. Finalmente, la entrada de Irak en el Pacto de Bagdad (1955) acabó de encender el país. El Pacto de Bagdad fue firmado en febrero de 1955 con el patrocinio de los EUA, establecía una alianza militar entre Irak y Turquía a la que, más tarde, se unirían la Gran Bretaña, Pakistán e Irán. De esta manera, la región de Oriente Medio entraba de lleno en la guerra fría.
 

El 14 de julio de 1958, un golpe de estado llevado a cabo por oficiales nacionalistas y de izquierdas, que contaban con un amplio apoyo popular, puso fin a la monarquía e instauró la república, ejecutando al rey Faisal II, al príncipe y Nouri As-Said.  El hombre fuerte de la nueva etapa fue el general Kassem. Kassem concentró en su persona los cargos clave del poder y pasó a dirigir el país como primer ministro, ministro de Defensa y jefe de las fuerzas armadas. En esta misma línea, el General Kassem favoreció la consolidación del "Frente Nacional Unificado", que agrupaba comunistas, chiítas y kurdos. El Frente se convirtió en el principal adversario de las posiciones baasistes, representadas en el poder en la figura de Abdel-Salem Aref, viceprimer ministro, ministro del interior y segundo general en jefe de las fuerzas armadas. Esta situación provocó un fuerte aumento de la tensión entre las dos tendencias y un progresivo desplazamiento del poder de los baasistas. Finalmente, en febrero de 1963 triunfó un nuevo golpe de estado de orientación baasista. El coronel Abdel-Salem Aref fue nombrado presidente provisional de la República, y Kassem juzgado y ejecutado. A partir de este momento los hermanos Aref (cuando Abdel Salem murió en un accidente de avión, en abril de 1966, fue substituido por su hermano Abdel-Rahman) inaugurarán un corto mandato que durará hasta el golpe de estado de julio de 1968 (llamado "la Revolución de 1968" por las actuales autoridades iraquíes).

Ya en 1979 Sadam Hussein asumió un poder absoluto del país y, al año siguiente, lanzó una ofensiva militar contra Irán que, como señalamos, dio pie a 8 años de guerra. En 1990, tras llegar al fin del conflicto con Irán, se desató la Guerra del Golfo, esto cuando Sadam Hussein ordenó invadir Kuwait. Una coalición de tropas internacionales de 34 países lanzan, en enero de 1991, la Operación Tormenta del Desierto. En 2003, en el contexto internacional surgido tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el gobierno norteamericano y sus aliados acusaron al régimen de Husein de poseer armas químicas y de destrucción masiva, motivo que dio lugar a la Guerra de Irak, llevada a cabo por una nueva coalición internacional. La caída de Saddam Hussein implicó un enorme vacío de poder regional. En el plano interno, el fin del régimen del Ba’ath supuso una pérdida de influencia de los sunníes y un ascenso de los chiitas, que conforman un sector mayoritario de la población y que, aunque divididos en diversas organizaciones políticas y milicias, lograron imponer su peso demográfico en los primeros procesos democráticos de Irak. El Irak pos-Saddam se convirtió en un escenario adverso para los intereses de Arabia Saudí. Los aliados locales de los saudíes quedaron marginalizados y la guerra contra el Estado Islámico dio origen a la proliferación de decenas de milicias chiitas, constituidas para defender los santuarios del chiismo en Irak y Siria.

Respecto a Irak, el país que suscita este análisis cabe advertir que apenas en este 2018 se logró zafar de las garras del yihadismo al recuperar del Estado Islámico las amplias porciones de territorio que controlaba: las provincias de Al Ambar, Saladino, Nínive, Diyala y Kirkuk, entre otras. En otro frente, la posibilidad de un Estado kurdo soberano ya está abriendo nuevos amagos de guerra. En Irak, como en Siria, los kurdos aprovecharon sus victorias contra Dáesh para ganar territorio, con enclaves tan importantes como la ciudad petrolera de Kirkuk y Mosul. Eufóricos, los kurdos iraquíes llegaron a celebrar en septiembre de 2017 un referéndum para decidir la independencia respecto de Irak y constituirse por fin como Estado. Pero fue una decisión precipitada: apenas un mes después, el ejército iraquí —con ayuda de Irán— retomó Kirkuk y obligó a los kurdos a replegarse hasta sus posiciones iniciales, esto es, la autonomía reconocida como kurda en la Constitución iraquí de 2005.

Todo lo anterior, claramente, no implica paz en Irak, puesto que permanecen distintas facciones alzadas en armas, gran parte de la población está desplazada o vive en situación crítica, se mantiene en su territorio la enemistad entre las dos sectas mayoritarias del Islam, la sunita y la chiíta —actualmente en el poder—, y los kurdos quieren aprovechar la coyuntura de debilidad en el país para independizarse. Apenas así se puede ver alguna esperanza ahora, aunque todo siga siendo un peligroso coctel que en cualquier momento puede recrudecer las hostilidades.



…y así hemos llegado al análisis, espero objetivo, de la situación geopolítica de 7 de los 10 mayores productores de petróleo… el panorama no es particularmente halagüeño y según parece pintan bastos.


Edgardo Farías. Parroquiano

 

jueves, 13 de junio de 2019

La democracia y la gente informada

Queridos lectores:

Esta semana Javier Pérez nos ofrece este ensayo sobre la estructura de los grupos de opinión en la sociedad y de la dificultad de hacer divulgación de temas complejos y poco intuitivos, como es la crisis energética, justamente por esa estructura social de la opinión. Sin duda un tema que merece ampliarse introduciendo muchos más matices, pero que en todo caso debería movernos a la reflexión.

Les dejo con el maestro Javier.

Salu2.
AMT 


La democracia y la gente informada




Como no dejamos de preguntarnos cómo hacer para que nuestro mensaje llegue al público, y el modo en que sería necesario explicarlo para que dejara de ser marginal, me ha parecido oportuno, con el permiso de Antonio, realizar una pequeña incursión en el tema del márketing, y más concretamente en el márketing de las ideas.
Saber estas cosas no mejora el cinismo, pero ayuda a no preguntarse tan a menudo por qué las cosas parecen estropearse a toda velocidad. En este caso se trata de marketing aplicado a la política, o las ideas, así que no esperéis grandes dosis de ética ni tampoco mucho catecismo moralista. Se trata de presentar las cosas como son y eso no es siempre agradable.
Cuando le quieres vender algo al público, hay que tener en cuenta los distintos segmentos en que se divide la población. Se puede segmentar el público por edad, por sexo, por renta y hasta por grado de calvicie. Y también se le puede segmentar por grado de cultura, conocimiento del tema, o deseo de informarse sobre los problemas que puede acarrear algo aparentemente deseable.
Los grupos humanos, aunque no todos, suelen ser en su mayoría y a nivel estadístico homogéneos y gaussianos, o sea, que se ajustan más o menos a una distribución normal o campana de Gauss.
Como vamos a vender política, o ideas, nuestra campana, muy similar a otras que pueden trazarse, va a tener amplias gradaciones, pero intentaremos resumirlas.
En todo grupo de población hay aproximadamente un 5% de personas muy difíciles de convencer de algo. Esto puede ser porque se informan exhaustivamente, saben mucho del tema, o porque son simples fanáticos de la idea contraria y no están dispuestos a aceptar razonamiento alguno.  No es una crítica: todos lo somos en algún tema, y esto es aplicable también al resto de grupos.
En todo grupo hay también un segundo segmento, de aproximadamente el 10% que es tremendamente reacio a ser convencido. Es gente informada, que comprueba la información que recibe y/o tiene fuertes convicciones. Se les puede convencer, pero a un coste de tiempo y esfuerzo altísimo.
En cualquier grupo existe asimismo una tercera fracción, de aproximadamente el 15%, que lee, se informa, pregunta, pone pegas, discute, rebate, y puede ser convencida tras un moderado esfuerzo.
En cuarto lugar, con zonas mixtas en sus dos extremos, tenemos al grupo central, de un 40% de la población, que forma sus opiniones basándolas en las de la mayoría. Son gente que opina lo que opinen los demás, no levanta la voz, viste a la moda, compra el coche del que le han hablado mejor, ve la serie de la que todo el mundo habla, tiene el móvil que tienen sus amigos y considera, en general, que nadar contra corriente es una cosa un tanto indecorosa que genera mal rollo en las comidas de empresa y los cumpleaños familiares.
Por el lado contrario de la curva sucede un poco lo mismo: hay un 15% de personas que aceptan bastante bien la publicidad y se creen con cierta facilidad lo que se les diga, si va bien envuelto, un 10% que se  cree cualquier cosa con mayor facilidad aún y que lleva a gala seguir a los medios mayoritarios, y un 5% que se cree cualquier porquería que les cuenten, y que todos conocemos por Twitter y los grupos de Whatsapp, por ejemplo, porque son los que repiten esas “fake news” que nadie más se tragaría, ni siquiera el día de los Santos Inocentes.
La cuestión es que estamos en democracia y que cualquier estratega electoral sabe que no es necesario llegar al total de la población para gobernar un país. De hecho, según el sistema electoral, basta con alrededor del 40% de los votos emitidos para tener mayoría absoluta. Y a menudo con menos, aunque algunos sistemas presidencialistas lleguen al 51% de exigencia.
En esas condiciones, ¿vale la pena invertir tiempo y esfuerzo en las personas que se informan y contrastan los datos? ¡Para nada! Alguien que hiciese semejante cosa estaría despedido antes aún de empezar la campaña.
Lo racional y efectivo es dedicar toda la inversión y el esfuerzo a la gente que no lee, a la gente que no se informa y a la gente a la que le da pereza pensar, sobre todo si se trata de temas complejos y hasta contraintuitivos, como la escasez energética. Los que razonan y debaten no suman, nunca, más votos que los que lo hacen, y si el esfuerzo que cuesta convencerlos es triple o cuádruple de lo que costaría convencer a los otros, no tiene sentido debatir nada con ellos. En todo caso, se puede invertir una porción de los recursos en ridiculizarlos para que el grupo medio, el que prefiere no discutir, se aleje de su mala sombra y su olor a “frikis aislados” pero ni un céntimo más allá de eso.
Así las cosas, creo que el camino está claro: seguir debatiendo y seguir informando, pero sin falsas aspiraciones. El tema es complejo, farragoso, contraintuitivo y muy costoso en tiempo y esfuerzo.
Esta crisis, que no acabará nunca, no tiene sus raíces solamente en la energía: también en la imposibilidad material de verse en el espejo de un sistema que da prioridad política a quienes desean dejarse influenciar, sin reflexión, por cualquier grupo de poder. Hoy en día, todos sospechamos que ningún gobierno democrático del mundo sería capaz de sacar una ley que perjudicase seriamente a Google, por ejemplo.
Por eso, la variedad ideológica llega a donde llegan los intereses de los que disponen de los recursos para fomentarla o tolerarla, pero ni un palmo más allá. Otra cosa no tendría sentido.
Y no es una conspiración: es una simple cuestión de márketing. En democracia nadie necesita a los bien informados para gobernar. Son irrelevantes.

Javier Pérez


viernes, 7 de junio de 2019

Medidas de emergencia en una crisis petrolera



Queridos lectores:

Hace años que anticipamos desde este blog el desafío que supone la llegada de la crisis energética más grave que tendrá que afrontar la Humanidad seguramente en su Historia. Hace años que intentamos explicar que esta crisis comenzará con el descenso de la producción de petróleo, porque de todas las materias primas energéticas es ésta la más comprometida, aunque el resto de materias primas energéticas no renovables (carbón, gas natural y uranio) le seguirán en un plazo de pocos años. En todos estos años hubo momentos (como el período de 2011 a 2014, cuando el precio medio del petróleo fue el más alto de su historia) en los que había mayor receptividad a los problemas que aquí se explican. Pero los últimos años de relativa y pasajera bonanza han hecho olvidar cuán grave es la situación de base, y justo ahora, cuando estamos a las puertas de un descenso energético que será muy rápido por culpa de nuestra falta de anticipación, es cuando menos preparados estamos para hacer frente a lo que viene.

¿Y cuál es la situación de base? Básicamente la que ilustra la Agencia Internacional de la Energía en su último informe anual.



La AIE está estimando que en los próximos 6 años la producción de hidrocarburos líquidos (a veces denominados "todos los líquidos del petróleo", porque incluye todas las sustancias más o menos asimilables a petróleo) va a descender de manera muy acusada, de manera que si bien ahora mismo estamos en una producción media de unos 93 millones de barriles diarios (Mb/d), hacia el año 2025 la producción estará en torno a los 66 Mb/d, cuando la demanda que se espera para tal fecha es de 100 Mb/d. Es decir, que la producción prevista sería un 34% inferior a la demanda esperada.

Por supuesto esta previsión se basa en determinadas hipótesis y tiene ciertas componentes especulativas. La propia AIE se encarga de matizar su propia previsión haciendo notar que si EE.UU. hiciera el milagro de multiplicar por 3 su producción de petróleo de fracking y además se hicieran otros progresos hoy día impensables en otros países, entonces el déficit en 2025 sería de "solo" del 14% (lo cual aún sería bastante terrible, desde el punto de vista económico). En todo caso, la previsión de la AIE no es una mera charada sin sentido: su proyección se basa en el hecho constatado de la fuerte desinversión de las compañías petroleras durante los últimos años y cómo se va a reflejar en la producción que podrá entrar en línea en los años más inmediatos. Y por desgracia ninguna de las hipótesis de base han cambiado durante los últimos meses: la AIE ha advertido repetidamente en las últimas semanas de que vamos a una situación de mucha tensión en el mercado petrolero, con diversos picos de precio en sucesión.

Cabe recordar que la AIE es una agencia de la OCDE, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, organismo que reúne a los países más desarrollados del mundo, y que la función de la AIE es la de asesorar en materia de energía a los gobiernos de los países miembros. No solo eso: en los órganos directivos y los grupos de trabajo de la AIE participan representantes de las principales instituciones y empresas de los países de la OCDE. Por ejemplo, en el último informe anual figuran como revisores personas de todos los países de la OCDE, representantes de ministerios, de la Comisión Europea, del Banco Mundial, del Departamento de Energía de los EE.UU. y de muchísimas grandes empresas; y concretamente de España encontramos a Carlos Guascó, Francisco Laverón (ambos de Iberdrola), Pedro Antonio Merino (Repsol), Eduardo Roquero (Siemens Gamesa), María Sicilia (Enagas) y Luiz Augusto (Universidad Pontificia de Comillas). En definitiva: no solo no se deben tomar a la ligera las advertencias de la AIE, sino que en realidad sus observaciones y recomendaciones son la referencia en las que se basa (o debe basar) la política energética de nuestro país y nuestras empresas. Una cosa es que no se quiera hablar en voz alta de las malas previsiones para los próximos años y otra muy diferente es que estas previsiones no sean conocidas: lo primero es evidente, lo segundo es necesariamente falso, teniendo en cuenta quién participa en la elaboración de estos informes.

Pero a pesar de ello, aparentemente nuestros representantes políticos no se hacen una idea clara de cuál es nuestra situación real y qué se debe hacer. En parte por la estrategia de silencio que imponen los grandes poderes económicos por miedo a que la difusión de estas malas noticias deprima la economía; en parte porque aún se espera que sobrevenga un milagro que resuelva el día. Aún no se acepta en los altos cenáculos que nos rigen que esta vez hay que hacer una reforma de la sociedad y del sistema productivo que vaya mucho más allá de lo estético. Justo en el momento más crítico, en el que nos tendríamos que estar preparando para lo no ya inevitable sino inminente, simplemente no tenemos nada. Nada oficialmente, y probablemente tampoco nada o poca cosa extraoficialmente.

Con la intención de como mínimo comenzar la discusión sobre estos temas, en este post haré el ejercicio de describir cómo hacer frente a una situación de eventual crisis petrolera permanente. Comentaré las medidas que yo creo que se deberían de tomar y las compararé con las que creo que se van a tomar. 

Este ejercicio tiene muchas limitaciones. La primera es la imprecisión temporal. Es difícil saber en qué momento comenzarán a manifestarse los problemas de los que voy a hablar porque es bastante evidente que la carestía petrolera no se va a distribuir por igual según los países. Yo voy a pensar en el caso concreto de España, que probablemente llegará más tarde a los problemas que describiré justamente por formar parte de la aún bastante poderosa Unión Europea. No solo los problemas causados por la escasez de petróleo se retrasarán unos años en el caso de España, sino que probablemente su evolución será algo más lenta aquí que en otros lugares menos protegidos, lo cual dará un poco más de margen para tomar las medidas de adaptación. 

Otra limitación importante de este ejercicio es que es imposible de saber cómo van a reaccionar exactamente los diferentes sectores económicos y sociales delante de esta escasez, así que hay una cierta componente de especulación (más o menos razonable, pero especulación) en lo que diré. Añádase que, como es lógico, yo tengo un conocimiento limitado (tanto en datos como en conceptos) de los mecanismos que gobiernan nuestro sistema económico y social, con lo que como mucho puedo dar recomendaciones generales, sin entrar en los detalles, y no siempre estarán correctamente orientadas, por lo que todo lo que se comente tiene que ser revisado críticamente si quisiera implementarse. Por último, hay una cierta componente inverificable en estas medidas: dado que probablemente muchas de las cosas no se van a hacer, ni aquí ni en ningún lado, no vamos a poder comprobar si hubieran sido más eficaces que las cosas que realmente vamos a hacer.

Hechas todas estas salvedades, comencemos por diseñar nuestro escenario.

Como sabemos, en los próximos 6 años se va a producir una cierta caída de la oferta de petróleo. La AIE dice que puede ser de hasta 27 Mb/d respecto a la producción actual, cifra que rebaja a 7 Mb/d si se producen una serie de mejoras. Mejoras portentosas que son poco verosímiles; pero tampoco es mucho más creíble a caída de 27 Mb/d, que solo tiene sentido si no se toma ninguna medida correctora, cosa poco verosímil. En particular durante el último año se ha observado un ligero repunte de la inversión en exploración y desarrollo; insuficiente, sí, pero como mínimo algo remonta. Por tanto, como escenario de referencia, voy a tomar un valor intermedio de una caída de 15 Mb/d de aquí a 2025, es decir, pasaríamos de los 93 Mb/d actuales a 78 Mb/d. Estoy por supuesto descartando que haya una guerra importante en Oriente Medio o algún otro evento disruptivo de escala global, aunque admito que haya problemas graves a escalas más locales.

Una caída de 15 Mb/d representa un descenso de la producción de petróleo del 16% con respecto a los niveles actuales, disminución que se tendría que dar entre ahora y 2025. Pensemos que, a pesar del papel que tuvo la llegada del peak oil del petróleo crudo convencional en 2005 sobre la crisis de 2008, hasta ahora la producción de petróleo (todos los líquidos) ha crecido siempre. Como comenta el profesor James Hamilton, en la Gran Depresión de 2008 y en la Gran Recesión de 2011 el petróleo tuvo un gran papel, pero en esos dos casos no fue porque su producción de todos los líquidos bajara, ni siquiera que se estancara: es que no creció lo suficientemente deprisa. Imagínense por tanto el impacto que va a tener una caída del 16% en 6 años.

Dada la magnitud de la caída, y de su gran impacto global, es de suponer que el consumo de petróleo en España va a caer drásticamente. Durante la crisis de 2008 el consumo de petróleo de España cayó más de un 25%, y aún hoy está lejos de recuperar los niveles de antes de la crisis.


Imagen extraída de Statista, https://es.statista.com/estadisticas/501056/consumo-de-petroleo-en-espana/

Por tanto, en una situación de caída de disponibilidad del petróleo a escala global del 16% en los próximos 6 años no sería de extrañar ver una contracción del consumo de petróleo en España aún más fuerte que el que empezó en 2008. Sin embargo, es cierto que de 2008 a 2014 el consumo de petróleo que se ha perdido es el más crematístico, el que aportaba menos valor añadido a la economía. También es cierto que la tensión que va a originar la caída global de esos 15 Mb/d (unas 12 veces el consumo de España) puede a forzar a nuestro país a bajar aún más su consumo.¿Cuánta será, pues, la caída del consumo en España de aquí a 2025? Difícil de saber. En lo que sigue considero que será muy importante y que tendrá un impacto económico profundo en nuestro país.

Y después de todas estas consideraciones iniciales, esbocemos por fin nuestro escenario. Lo que describo no tiene porqué tener lugar en 5 años; bien podrían ser 10 o 20, pero probablemente es lo que acabará pasando si no reaccionamos adecuadamente.

Fase 1: Primer shock de precios.

Síntomas:  

El precio del petróleo comienza a subir aceleradamente, y en cuestión de meses supera los 120 $/barril. La actividad económica se ralentiza a escala global, y particularmente en España. Se disparan las cifras de paro.

Reacción estándar:  

Se considera que es una crisis económica más, reconociendo, eso sí, que los altos precios del petróleo son un ingrediente importante en ella, pero solamente uno más. Se toman nuevas medidas para estimular la transición a la "economía post carbono", pero en la práctica las necesidades presupuestarias y  el día a día hacen que no se haga nada realmente efectivo a ese respecto.

El Gobierno toma medidas clásicas para estimular la actividad económica: rebajas de impuestos a las empresas, incentivos a la contratación, líneas de crédito públicas... Como consecuencia del incremento de gasto que suponen estas medidas y de la caída de ingresos se reducen las prestaciones sociales. Se vuelve al discurso de "vivíamos por encima de nuestras posibilidades" y de la austeridad.

A pesar de todo cierran muchas fábricas y bajan las exportaciones. El paro sube al 20%, y el PIB cae un 10%.

La crisis dura entre un año y dos años. Tras la crisis, los ingresos fiscales no se recuperan y eso hace que no se retiren la mayoría de medidas de austeridad.

Reacción más apropiada:

Se reconoce públicamente que la crisis energética es la mayor componente de esta crisis, y que durante los próximos años se sucederán más crisis como ésta. Se discute abiertamente la situación entre todos los partidos, hasta que se consigue un consenso político sobre la gravedad de la situación y la necesidad de una reacción concertada delante de la crisis energética.

Se introducen cambios legislativos para reconocer un nuevo estado de emergencia nacional, en el que las condiciones de necesidad son permanentemente graves y requieren ajustes y sacrificios por la parte de todos. Se declara el estado de emergencia nacional por la crisis energética.

Se crea una mesa de diálogo con las empresas, para que comprendan la gravedad de la situación y lo drástico de las medidas que se tienen que tomar por su propio interés a medio y largo plazo.

Se toman medidas taxativas para reducir el consumo de petróleo. Se limita la velocidad de los coches en ciudad a 30 km/h y en carretera a los 80 km/h. Eso incluye las autopistas; los concesionarios no reciben compensación debido a la emergencia nacional.

Se crean diversas tablas sectoriales para la adopción de medidas urgentes para el ahorro energético. Por ejemplo, se propone reducir el volumen de mercancías transportadas por carretera a un 25% del actual y el de los barcos a un 10%, en un plazo de 10 años. Se fomenta la relocalización de actividades. Se toman medidas estratégicas para garantizar el suministro de recursos básicos y estratégicos. Se toman medidas para incrementar la soberanía alimentaria. Se obliga a la disminución y reutilización de envases. Se plantean planes para la reconversión industrial de muchos sectores que verán su demanda bajar drásticamente en los siguientes años, comenzando por el turismo.

A pesar de todas las precauciones tomadas y todos los consensos conseguidos, las medidas despiertan un gran rechazo y oposición entre la ciudadanía y muchas de las empresas, así que se requiere muchísima pedagogía y repetir numerosas veces el trasfondo del mensaje: o hacemos esto juntos o nos vamos al garete juntos.

A consecuencia de todas estas medidas, el PIB se contrae un 20%. Hay bastante descontento pero al final del período de crisis (que dura entre un año y dos) se relajan ligeramente algunas de las restricciones. La gente comienza a acostumbrarse a vivir de otra manera y modifica expectativas.


Fase 2: Segundo shock de precios.

Síntomas:  

Tras uno o dos años de relativa tranquilidad (precio del barril relativamente alto pero asequible) el precio del petróleo se vuelve a disparar. Esta vez supera los 150$/barril en muy poco tiempo, y encima se mantiene en esos niveles durante meses (esto es debido a que no se destruye demanda tan rápidamente porque ya no quedan tantos sectores de bajo valor añadido).

Reacción estándar:

El Gobierno comienza una reacción al estilo de la anterior, pero pronto se ve que esta crisis es más grave que la anterior y que hay que tomar medidas más drásticas. Después de muchos nervios y rumores sobre la caída del Gobierno, al final se aprueba un paquete de medidas urgentes para la contención del gasto en petróleo y el impulso de la energía renovable. Se limita la circulación de vehículos (por ejemplo, por el número de matrícula) y se penaliza a los coches en los que viaja solo el conductor. Se mejoran ostensiblemente la bonificaciones a la producción renovable; desde el sector eléctrico se avisa que están saturados de producción y que esa nueva producción agravará los problemas existentes sin resolver ningún problema, pero el Gobierno los ignora.

El turismo entra en una recesión muy profunda, porque la crisis es global y los turistas no vienen. Las playas están vacías y, lo que es peor, también lo están bares y restaurantes. El paro en el sector de la hostelería se dispara.

La crisis económica se hace muy intensa. El paro supera el 25% y se acerca peligrosamente al 30%. Hay manifestaciones continuamente en las calles y menudean los robos y los hurtos. El Gobierno implanta nuevas medidas de orden público, con el incremento de la plantilla de policías; a pesar de la reducción de salarios de los funcionarios públicos, es una salida profesional para mucha gente.

Al final de este período se empiezan a aplicar medidas de choque muy drásticas, con recortes sociales y de libertades individuales. Se restringe el derecho a la manifestación, se penalizan gravemente las convocatorias no autorizadas. Se empiezan a poner en marcha las primeras plantas de creación de combustibles líquidos a partir de carbón, con el objetivo de aprovechar el carbón nacional. España amenaza varias veces a Argelia por su falta de compromiso en el suministro de gas natural, y crea una comisión conjunta con Francia para seguir la crisis argelina.

La crisis dura tres largos años, con una contracción del PIB desde los niveles pre-crisis del 20%. Al final de la crisis se ve un ligero repunte de actividad y el Gobierno se felicita por la eficacia de sus buenas medidas. Acto seguido, cae el Gobierno, pero el Gobierno entrante no cambia en nada el rumbo marcado por el anterior.

Reacción más apropiada:

Se reconoce públicamente que la nueva crisis de precios es un síntoma del declive inevitable de la producción de petróleo. Se propone profundizar en las medidas tomadas en el período anterior.

Se cambian los planes de estudios y de capacitación profesional, de manera que se aprendan nuevas técnicas que tengan en cuenta la necesidad de reparar, reutilizar y reciclar. Se introducen asignaturas obligatorias de horticultura desde la primaria. Se fomenta la extensión de huertos urbanos y de proximidad; todos los municipios deben destinar un área mínima a huertos, y se cambian las leyes para incentivar el paso de terrenos urbanos a rústicos. Se dan incentivos para la producción alimentaria nacional, y se carga con grandes aranceles la importación de alimentos del exterior, y con fuertes tasas la exportación de alimentos de los que España no es excedentaria. 

Se modifica la red eléctrica para hacerla más local y operar con menos pérdidas, y que pueda integrar pequeños sistemas locales. Se desincentiva la actividad industrial de alto consumo energético. Se crean planes para la recuperación de materiales útiles en vertederos. Se cierran todas las centrales nucleares, reconociendo que el coste de gestionar los residuos nucleares es muy oneroso y que no conviene hacerlo crecer. La red eléctrica está perfectamente cubierta con el resto de sistemas, y más ahora que el consumo eléctrico es mucho menor.

Se fomenta la creación de economías lo más locales posible. 

Se establece un plan para el abandono total del coche y la disminución drástica del transporte de carretera. Los vehículos desechados se aprovechan por piezas para la reparación y mantenimiento vehículos de emergencia y maquinaria indispensable Se establecen unas cuotas para la producción de biocombustibles, que están reservadas para el uso exclusivo de los vehículos y maquinaria que se mantienen.

Son años de ajustes duros, y el PIB está ya por debajo del 50% de los años pre-crisis, pero de acuerdo con la percepción social general la crisis es menos profunda de lo que se esperaba. La sensación de crisis en España dura menos de dos años y aunque el mundo en su conjunto sigue en crisis un año más, en ese último año las cosas van mejor en España: de hecho, el paro disminuye y se queda por debajo del 10%. Se abandona la medición del PIB.

Francia presiona para formar un grupo de trabajo para abordar el problema argelino, pero España descarta inmiscuirse en problemas de otros países. El consumo de gas natural ha descendido con la reconversión industrial y se comienza a producir gas natural nacional en biodigestores y pequeños yacimientos.

Fase 3: Tercer shock de precios.

Síntomas:  

La tranquilidad dura menos de un año; el precio del petróleo empieza a dispararse de nuevo, pero esta vez muestra un comportamiento salvajemente errático: algunas semanas toca los 200$ por barril, para después caer hasta los 80$. Empieza a haber conflictos internacionales de envergadura y eso hace que las líneas de suministro dejen de ser fiables y que se origine escasez: no hay suficiente petróleo, es igual el precio que se quiera pagar.

La contestación interna es muy fuerte. La contracción económica es brutal. El paro supera el 30% y avanza peligrosamente hacia el 40%. El PIB está alrededor del 40% de lo que era en los años pre-crisis. Los debates al Parlamento son muy broncos. En medio de una intensa presión al Gobierno para que reaccione a la crisis de suministro, España decide formar una fuerza aliada con Francia e Italia, e invade Argelia con la intención de "pacificar el país" (envuelto en una cruenta guerra civil entre dos facciones del ejército) y "llevar la democracia".

La guerra en Argelia es un desastre, porque es un país fuertemente armado y la invasión está lejos de ser un paseo militar. España reestablece la recluta obligatoria y comienza a enviar soldados no profesionales a Argelia. En algunas ciudades, como Barcelona, la marcha de los quintos degenera en graves disturbios; hay combates con fuego real por las calles. El Gobierno tiene que destinar parte de las tropas para apaciguar el país.

Empieza a haber problemas de abastecimiento de alimentos en las ciudades, lo que origina tumultos y asaltos a comercios. La población comienza a abandonar las ciudades. El Gobierno cae y le suceden otros de manera muy caótica. En algunas zonas no se pueden celebrar elecciones dado el grado de la revuelta. Cataluña se proclama independiente y el Gobierno de turno envía el ejército a sofocar la rebelión, cosa que consigue pero a un alto precio: falto de efectivos, el ejercito español en Argelia es aniquilado. Cae el Gobierno. El País Vasco amenaza con declararse independiente, pero el Gobierno no es capaz de enviar tropas y se ve forzado a aceptar ciertas imposiciones. En Cataluña, somatenes populares hostigan permanentemente al ejército.

Tras meses de arduas negociaciones, sin saber quién tiene el poder realmente, acaba habiendo un acuerdo mutilateral en el que se hacen muchas concesiones al País Vasco y a Cataluña. Se comienzan a distribuir a gran escala combustible derivado de carbón, pero se limita por ley su uso; de hecho, se prohíbe el coche privado. Se estable un servicio agrario obligatorio para toda la población, para garantizar la producción de alimentos nacionales. Se nacionalizan muchas empresas y se hacen requisas de recursos indispensables. España se convierte en una humeante autarquía muy autoritaria, con pequeños oasis de libertad relativa, sobre todo en el País Vasco y Cataluña.

Esta crisis se hace permanente. Nadie vuelve a mirar el precio del petróleo, ni confía en que se pueda reestablecer su mercado.

Reacción más apropiada:


Se reconoce que estamos llegando a una fase terminal de la crisis del petróleo, y que el mercado internacional no puede garantizar ni siquiera el abastecimiento de lo que se produce.


Se implementa un plan de abandono total del petróleo, y de reducción drástica del carbón y gas natural (el uranio ya no se consume desde la crisis anterior).


Se profundizan las medidas de las fases anteriores. A pesar de la gravedad de la crisis internacional, España evoluciona de una manera suave porque tiene una muy baja, y decreciente, dependencia exterior. La producción se estabiliza en una valor adecuado para satisfacer las necesidades de la población. Al cabo de pocos años, para sorpresa del caótico entorno internacional, España logra prácticamente el pleno empleo.


España no está interesada en los suministros energéticos exteriores y su comercio exterior se basa en el intercambio de productos no indispensables. España rechaza implicarse en ninguna aventura militar exterior, y de hecho reduce su industria armamentística.


España ha logrado un economía de estado estacionario y la paz social interna. Su gran reto de futuro es hacer frente a las amenazas exteriores.




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Éste es el resumen de las medidas, las que probablemente se tomarán y las que se tendrían que tomar. ¿Cuáles creee Vd., querido lectores, que se adoptarán al final? En realidad, eso depende de todos nosotros.




Salu2.
AMT

miércoles, 22 de mayo de 2019

Hecho y opinión



Queridos lectores:

Hace unos días fui consultado por una persona vinculada con un movimiento ambientalista sobre cuáles debían ser, en mi opinión, las medidas que se deberían proponer a cierta administración española para hacer frente a la emergencia climática. Al empezar a leer su mensaje pensé por un momento que me invitaba a comenzar una discusión sobre cuáles son las causas últimas de los problemas y qué medidas se podrían proponer para empezar a atacarlos de verdad. Sin embargo, en su mensaje esta persona circunscribía toda la discusión a decidir qué porcentaje anual de reducción de emisiones de CO2 se tendría que producir hasta 2030, y en paralelo cuál debería ser el porcentaje del presupuesto de esa administración a destinar a tal fin. De hecho, el margen de discusión, tal y como lo planteaba, me pareció aún más estrecho, circunscribiéndose a si yo consideraba que una reducción de emisiones de CO2 del 7% anual era el adecuado o si debía ser aún mayor.

Lo cierto es que el planteamiento de ese email me desconcertó bastante, como expliqué a mi interlocutor (por demás, una persona muy correcta a la que agradezco su consideración al pedirme mi opinión). Centrarse en la reducción de emisiones de CO2, como si éstas estuvieran desconectadas de la realidad física de un sistema económico y social cuyo objetivo es crecer sin parar (lo cual implica el crecimiento constante del consumo de energía), me pareció un planteamiento completamente absurdo. Lo cierto es que es dudoso que podamos no ya aumentar, sino simplemente mantener nuestro consumo de energía mientras va descendiendo el consumo de combustibles fósiles, cuya quema produce el denostado CO2. Las energías renovables, que son lo que debería sustituir a los combustibles fósiles, tienen límites que raramente son tenidos en cuenta. Hacer la sustitución energética es algo complicado, que requiere grandes dosis de planificación y coordinación internacional y tener herramientas adecuadas para planificarlo (por ejemplo, el modelo MEDEAS). Incluso haciendo la sustitución de la manera correcta, existen multitud de dificultades y problemas logísticos que deben ser solventados (particularmente en el transporte) y en última instancia sería para acabar en un sistema económico estacionario, sin crecimiento, y en el que se debería ejercer un control muy férreo sobre las materias primas no energéticas para evitar degradarlas en demasía (como ya indicaba nuestro trabajo de 2012).

Frente a esta realidad, la de la dificultad y complejidad de la transición energética, y el inevitable cambio de un sistema económico basado en el crecimiento a uno de estado estacionario, nos encontramos con una banalización de la discusión. Mayoritariamente, las asociaciones ecologistas y ambientalistas dan por hecho que lo que hay que hacer es pasar de los combustibles fósiles a las renovables, como si fuera una cuestión de simple sustitución. En el colmo de la confusión, no son pocos los que han abrazado, como gran solución a los males que aquejan a nuestra sociedad, al coche eléctrico, sin entender que no soluciona nada de lo que realmente importa y que en realidad, con el modelo que se plantea hoy en día, sería una transferencia de renta de los más pobres hacia los más ricos.

La cosa, en realidad, es mucho peor. Como explicaba en el post anterior, la verdadera emergencia es la energética. Estamos en medio de una crisis energética de grandes dimensiones, y en medio del creciente ruido sobre el hundimiento económico del fracking estadounidense, y de las reiteradas advertencias de la Agencia Internacional de la Energía de que se va a producir un problema de suministro de petróleo a escala global en los próximos meses, nadie, absolutamente nadie en esas asociaciones concienciadas con nuestros problemas de sostenibilidad, ni mucho menos en nuestros gobiernos, está hablando del verdadero problema, el energético. Solo 10 años separan las dos siguientes gráficas, ambas de los respectivos informes anuales de la Agencia Internacional de la Energía: la del informe de 2008, donde se preveía que la producción de petróleo crecería sin parar hasta 2035,



y la del informe de 2018, que prevé una caída de la producción de un 34% sobre la demanda prevista para 2025 si no se produce un milagro con el fracking (lo cual, vistas las últimas noticias, no va a pasar).



¿Nadie está prestando atención? ¿Nadie en los respectivos gobiernos o asociaciones se lee los informes de la AIE? Si los leen, ¿nadie los entiende?

El gran problema aquí es que ya se han establecido los términos de la discusión, y el problema energético solo entra de una manera muy concreta: la sustitución completa de las energías fósiles por las renovables. Poco importa si las energías renovables tienen la capacidad real de cubrir el hueco que dejan detrás las energías fósiles, y menos aún si el inevitable descenso de la producción fósil por razones físicas y geológicas marca un calendario muy acelerado de sustitución que ni de broma es abordable con energía renovable. Eso no entra en la discusión. Y ello es debido a que se ha fijado un marco de opinión sobre este tema, en el que se puede adoptar una posición o la contraria, pero siempre siguiendo un eje unidimensional que no describe en modo alguno la mucho más rica y compleja realidad.

El estrechamiento de la discusión no solo se produce en la fijación de qué y cómo se puede discutir (con dos opiniones aparentemente contrarias pero ambas instrumentales a intereses no siempre claros). Cuando alguien como yo quiere mostrar que hay más direcciones en las que moverse para abordar una discusión (en el caso de la transición ecológica, el eje de la crisis energética) se enfrenta al problema de la relativización de los hechos. Básicamente, que todo es considerado como opinable o como una opinión, aún cuando en realidad sea un hecho o se fundamente en hechos. Éste es el problema que querría discutir esta semana.

Desde un enfoque muy simplista, los argumentos que se pueden usar en una discusión pueden ser opiniones o hechos. Un hecho es una descripción de una realidad objetiva (y que, por tanto, existe al margen de las preferencias de los interlocutores). Un opinión, sin embargo, es una afirmación basada en percepciones personales. Las opiniones pueden ser discutibles, pero los hechos no.

Por supuesto, esta visión tan simplificada que acabo de presentar requiere de muchos más matices. Un hecho ha de estar bien contrastado para poder ser tomado como tal. Una opinión puede estar basada de manera lógica y consecuente sobre hechos (opinión fundada) o no (opinión infundada). En última instancia, existen multitud de problemas epistemológicos que se derivan de todo esto: si es posible determinar la frontera entre la opinión y el hecho (y dónde está); si existe una realidad objetiva u objetivable; si el hecho es el hecho en sí o depende de su descripción, la cual es totalmente opinable... 

De manera muy grosera se podría decir que la ciencia se basa en hechos y la (praxis) política en opiniones. La ciencia se basa en la objetivización de hechos y de las consecuencias que lógicamente se derivan de ellos, y por tanto aspira a hacer una descripción e inclusive predicción de la realidad de manera objetiva. En cambio, en la práctica política hoy en día (y quizá siempre) la realidad es siempre interpretada bajo el prisma de la percepción interesada o afín a los intereses de grupo, y por tanto se centra más en la interpretación o valoración subjetiva de los hechos que en su realidad objetiva. Se podría decir por tanto que la ciencia y la práctica política tienen puntos de vista contradictorios e irreconciliables sobre la realidad.


Por supuesto la ciencia no es infalible, y no está escrita en piedra. Ciertamente a veces se producen cambios radicales de paradigma en la ciencia, porque la ciencia, como cualquier otra verdad humana, es forzosamente provisional y revisable -  y tales cambios se han producido no pocas veces en la historia de la Humanidad. Como todo científico que se precie sabe, es necesario mantener siempre un cierto grado de escepticismo y una disposición a abandonar viejos paradigmas cuando los nuevos demuestren su mayor o mejor pertinencia. Y aquéllos que se aferran irracionalmente a paradigmas dados, que convierten los resultados científicos en verdaderos postulados de fe, no están adoptando una posición verdaderamente científica, sino todo lo contrario.

Ese carácter provisional connatural a la ciencia, ese estado de permanente construcción y revisión, es usado a menudo por los diversos agentes políticos para manipular los hechos científicamente validados como si éstos fueran materia más de opinión que de hecho, más fruto de la subjetividad que de la objetividad. Y aunque un cierto grado de escepticismo siempre es sano, un exceso de escepticismo es puro cinismo, sobre todo si uno no está abandonando el paradigma científico que le da sentido a los datos. Y si se va a poner en cuestión el paradigma, cabe recordar que afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias; es decir, que se puede sustentar cualquier teoría, con la condición de que sea validada por los hechos.

Con respecto al cambio climático, como sabemos existen grupos no muy numerosos pero sí muy ruidosos de personas al servicio de grandes poderes económicos que intentan crear una imagen de controversia falaz, calificándose a sí mismos de escépticos (como si dudaran de la interpretación de los hechos) cuando en realidad son negacionistas (niegan ciertos hechos, a veces ignorando lo que no les conviene, a veces manipulando la información y mintiendo descaradamente). Hablando de la crisis energética, yo mismo me he encontrado con ciertas personas - el perfil típico es economista - que basándose en los datos de las reservas de petróleo niegan que pueda haber un problema de suministro (la vieja falacia Q/P); o bien, que afirma sin despeinarse que en realidad estamos llegando a un cenit de demanda de petróleo (cuando es evidente que tal cosa no pasa).

Lo malo de estas discusiones, que siempre tienen lugar en foros públicos, es que tanto estos señores (porque sí, siempre son varones) como yo somos presentados indistintamente como "expertos". Y siguiendo con la tónica del debate de ideas, sobre todo en los medios de comunicación, se contraponen, en pie de igualdad, las "opiniones de los expertos". Dado que hay una renuncia intelectual de la sociedad a entender los conceptos en discusión, a intentar comprender de qué se discute, se hace imposible que nadie valore el mayor o menor mérito de los argumentos que se exponen, lo mejor o peor fundadas de las opiniones que se dan, y la corrección o no de los hechos expuestos. Nada de eso importa: todo es simplemente etiquetado como "opinión" y se transmiten en bruto, sin valoración, sin contexto; y sin que se pueda saber, cuando dos argumentos son aparentemente contradictorios, cuál es cierto o cuál es falso, o si ambos son paradójicamente ciertos o desafortunadamente falsos ambos. La discusión se emborrona y no aporta nada a los desconocedores, y solo reafirma a los ya convencidos de antemano.

Contribuye a esta degradación de la discusión pública (que no es exclusiva de cuestiones tan graves como las que aquí tratamos, afecta a todos los temas) la velocidad de transmisión a la que se obliga, el consumo acelerado de contenidos. No hay tiempo ni espacio para la discusión sosegada y en profundidad de problemas que por su naturaleza son complejos. La industrialización de la producción de contenidos, sean información o mero entretenimiento, obliga a una producción creciente que satisfaga las expectativas de crecimiento de la inversión inherente al capitalismo. Y si ya es malo que los temas no se aborden con calidad, aún peor es que los ciudadanos, rebajados a meros "consumidores de contenido", se han acostumbrado tanto a estas digestiones ligeras de conceptos que toleran mal otros formatos más extensos. ¿Cuántas veces no habré leído críticas a mis artículos porque son "demasiado largos"? ¿Demasiado comparados con qué? ¿Con la capacidad de retentiva y atención del usuario medio de internet? Si una persona no es capaz de mantener su atención los cinco minutos que en media se necesitan para leer un artículo mío, ¿qué comprensión de la realidad puede tener una persona que no puede parar cinco minutos a reflexionar sobre un tema complejo?

El embrutecimiento de la capacidad crítica de los ciudadanos no se limita a su incapacidad de mantener su atención fija en un tema por un tiempo no infinitesimal; también se emborrona el debate a la hora de atribuirle la categoría de experto a cada persona que participa en él. ¿Quién designa a los expertos? ¿Quién valora su mérito? ¿Quién a posteriori audita la calidad de su contenido, de sus exposiciones, para saber si es sensato seguir considerando a esa persona como un verdadero experto? La realidad es que los medios de comunicación configuran su selección de expertos basándose más bien en consideraciones superficiales, a veces meramente estéticas. En el fondo, ¿qué importa? Nadie se queja y los contenidos funcionan, se producen bien. ¿Por qué se deberían preocupar si la producción no se detiene y se gana dinero?

Esta falta de rigor a la hora de plantear los debates facilita la inclusión de expertos que en realidad son sicarios al servicio de intereses económicos determinados. Discutir con estas personas, aparte de una pérdida de tiempo, es una experiencia francamente desagradable y descorazonadora. Es norma encontrarse en esos "expertos" una total falta de honestidad en las discusiones, en las que presentan sin rebozo datos falsos o manipulados, al tiempo que simulan desconocer datos que desmontan su posición. Y es que estas personas no buscan la verdad, sino defender a su señor. Por ello no es extraño que la discusión, en vez de circunscribirse a un intento honesto de delimitar cuáles son los hechos y sus consecuencias, acabe siendo un ataque a las personas que hablan de esos hechos: delante de la imposibilidad de cambiar los hechos se intenta desacreditar al mensajero, para que lo que esta persona presenta se vea como una mera opinión fruto de sus sesgos e inconfesables intereses - es decir, achacan a los demás sus propios vicios. Es por ese motivo que de manera machacona se recurre a las falacias del hombre de paja y ad hominem (me las encuentro a menudo en el foro de este blog y en muchos otros); y es una práctica tan extendida y aceptada que muchas veces los moderadores dan por hecho que los propios intereses de todos los contertulios dominan la discusión y que por tanto no intentan alcanzar una verdad más o menos objetiva, sino que se limitan a expresar las opiniones que mejor casan con sus preferencias. Por ello mismo, los escasos puntos de consenso son interpretados como los hechos objetivos, cuando en realidad esa convergencia puede ser fruto de un sesgo en la elección de los expertos (esto es lo que pasa con el actual consenso de que el problema de la transición ecológica se reduce a cambiar fósiles por renovables y que ese cambio puede ser hecho de manera progresiva).

La enorme perversión de nuestra civilización es la de relegar todo a la categoría de opinión y aceptar que no hay hechos sino intereses personales. La opinión se convierte en el sustituto del hecho. Las opiniones se ponen en el mismo plano que las cuestiones factuales. Ese relativismo moral e intelectual es el que nos condena a nuestra ruina, pues permite a los grandes poderes económicos fijar el marco de las discusiones, como comentábamos más arriba, y aplastar cualquier intento de abordar los problemas de manera diferente.

Volviendo al tema con el que abría el post, hace unos años mostramos en un artículo científico que, si se quisiera mantener el crecimiento económico, solo para compensar el declive del petróleo el número de nuevas instalaciones renovables debería crecer a un ritmo de al menos el 7% anual en media hasta 2040. Por supuesto las emisiones de CO2 se reducirían mucho menos del 7% anual que proponía mi interlocutor, pero ya aumentar un 7% anual de media las instalaciones renovables es tremendamente ambicioso. ¿Podemos hacer simplemente eso? Yo creo que no - y sin embargo aquí no se trata de un ritmo de cambio que podamos escoger, porque de lo que se trata es de compensar la caída natural del petróleo. Seguimos hablando de reducir las emisiones de CO2 cuando el problema es otro. Las emisiones se van a reducir, drásticamente, porque no hay petróleo asequible. Nuestro problema no es la reducción de emisiones, sino escapar del Horizonte 1515. ¿Queremos hablar seriamente de la transición energética? Pues empecemos por plantear esto.

Piensen que, a pesar de todos los problemas que hemos tenido estos años, la producción de petróleo continuó subiendo hasta ahora; renqueante, con limitaciones, pero subió. Es decir, a pesar de las crisis, a pesar de la devaluación interna, hasta ahora todo iba bastante bien. Es a partir de ahora, en los próximos años, meses incluso, que las cosas se van a empezar a torcer y mucho. Y en este momento crítico, en el que además se habla con intensidad de la necesidad de la transición energética, nadie está planteando esto en el debate público.

Nuestra sociedad no está preparada para discutir, pues confunde hecho con opinión. No hay margen para razonar. No se va a plantear ninguna discusión seria sobre la crisis energética porque no se desea hablar de temas que nos desagradan porque no podemos hacer nada para remediarlos, solo podemos adaptarnos. No le gusta a la ciudadanía y no le interesa al poder político y al económico. Por tanto, lo vamos a ignorar. Al borde del tobogán del descenso energético no vamos a hacer nada para cambiar el rumbo, para adaptarnos a la situación. Solo nos queda ir sufriendo las consecuencias de ignorar este problema. Y lo peor es que estoy convencido es que incluso en las primeras fases del duro descenso energético aún encontraremos excusas ad hoc para no aceptar la realidad. Solo cuando caiga la careta de tanta hipocresía y cuando vuelva la honestidad a las discusiones podremos hablar de lo que realmente nos pasa en vez de lo que nos gustaría que nos pasase.


Salu2.
AMT