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jueves, 8 de febrero de 2024

El coste de negar el decrecimiento

Queridos lectores:

En los últimos dos meses, he tenido ocasión de participar en varios programas de televisión y radio de alcance nacional (español). En todos ellos hemos hablado sobre decrecimiento, siempre con la excusa de las palabras de la reina de España pero siempre yendo bastante más allá en la discusión. Yo habría preferido mil veces que hubieran hablado con los académicos que en España han trabajado (Joan Martínez Alier) o trabajan (Giorgos Kallis, Jason Hickel, Xoan Doldán, Óscar Carpintero, Íñigo Capellán, etc) sobre el decrecimiento y que tienen no pocos trabajos técnicos y prácticos sobre la cuestión; pero el problema es que los medios de comunicación prefieren hablar con aquellas personas en las que por una u otra razón se ha fijado la atención pública. Así que he intentado defender lo mejor que he podido la idea del decrecimiento, pensando que en todo caso en este momento lo importante es introducir el concepto en la discusión pública y ya vendrán más adelante quienes ampliarán los horizontes.

Lo más curioso del momento actual es cómo la palabra "decrecimiento" está saliendo con mayor frecuencia y en los lugares más insospechados. Hace unos días, en una entrevista a Salvador Illa, líder de los socialistas catalanes y previsible candidato a presidir la Generalitat de Catalunya, él proponía su modelo de desarrollo: candidatura para unos próximos Juegos Olímpicos de Invierno (en una comunidad donde la nieve escasea en las montañas), extensión de la tercera pista del aeropuerto de El Prat (sobre el mar, cuando se anticipan eventos cada vez más extremos y ya será difícil mantener las infraestructuras actualmente existentes) y un macrocasino cerca de Barcelona (¿para atraer más turistas? ¿En una ciudad ya desbordada por la presión turística? ¿Y qué tipo de turistas? Y por no hablar por la más que previsible disminución del turismo en una situación de desindustrialización en Europa y recesión continua...). El caso es que de repente y sin venir a cuenta el Sr. Illa dijo que no se podía aprovechar la sequía (en Cataluña está batiendo marcas históricas, 3 años seguidos ya) para "intentar imponer el decrecimiento". Es un doble lapsus muy interesante, el del Sr. Illa. En primer lugar, porque como es obvio nadie impone el decrecimiento: como mucho, se estará proponiendo desde algunos círculos académicos, pero desde luego no desde ninguna estructura de poder real. Que el Sr. Illa diga esto significa que se siente amenazado por esta idea del decrecimiento, hasta el punto de que cree que se intenta imponer de alguna forma. La segunda parte del lapsus es que, trasponiendo los términos de su frase, se entiende que el Sr. Illa cree que sí que se puede intentar imponer el crecimiento.

El problema con el crecimiento es que no se puede imponer, menos aún que el decrecimiento. Y es el que el crecimiento requiere de unos condicionantes físicos: tiene que haber disponibles cantidades crecientes de energía y recursos (solo para empezar y por no hablar de las limitaciones ambientales, cada vez más determinantes). Y dado que eso es lo que empieza a escasear de manera más notoria, el problema es que el crecimiento no se produce por pura imposibilidad física. Por eso el Sr. Illa se siente amenazado, pero no comprende que lo que atenta contra el crecimiento no es el decrecimiento, sino la Termodinámica (o, en última instancia, la propia idea de crecer para siempre en un planeta finito, ahogada en sus propias e irresolubles contradicciones).

Por su lado, los pelmas de siempre y algunas nuevas que se quieren subir al carro de hacer méritos siguen con la tabarra de llamar colapsistas o similar a los decrecentistas (y con un accésit especial de incordiarme en las redes sociales con esta murga: parece ser que tocarme directamente las narices a mi forma parte del training para conseguir según qué cargos en la administración). Últimamente, como el término "colapsista" ha quedado un tanto desgastado por el manoseo ventajista de algunos políticos disfrazados de académicos (hasta el punto de que yo diría que, en parte por ese machuconeo obsesivo, lo de ser colapsista está ganando cierto glamour; tiene mérito la torpeza de esos políticos que están convirtiendo al pobre y pionero Félix Moreno en oscuro objeto de deseo - un cariñoso saludo a Félix desde aquí), nuestros y nuestras inefables están volviendo al más clásico "apocalíptico" (aunque tampoco falta el original que va y le explica a mi hija que yo soy un "trumpista colapsista" - vaya Vd. a saber qué coño quiere decir eso, aunque estoy seguro de que en su cabeza sonaba tan bien como su modelo energético para Cataluña en un Excel de 5 columnas). Claro que si siguen en ese camino de retroceso terminológico acabaremos en el más clásico "disidentes" o inclusive, yendo ya a los que nunca pasan de moda del todo, "herejes". Resulta particularmente ridículo que algunas de las que con la palabra "apocalíptico" azotan esgrimen que no hay ningún problema con la producción de petróleo, y que más bien el problema es que no se acaba de reducir su consumo. Y dicen eso en un momento en que la producción mundial de petróleo (bien, crudo más condensado, que es lo que puede convertirse en combustible líquido) puede haber caído ya el año pasado más de un 4% con respecto a los máximos de 2018.

Imagen de https://peakoilbarrel.com/september-world-oil-production-rebounds/


No solo eso, sino que actualmente se anticipa que la caída de la producción de petróleo va a acelerarse en los próximos años: Arabia Saudita renuncia a sus planes de expansión de producción y en EE.UU. se anticipa un cierto frenazo en la producción de fracking (y no pierdan de vista la suspensión de nuevas exportaciones norteamericanas de gas natural).Y eso por no hablar de los numerosos países que están experimentado una escasez nunca antes vista de combustibles, particularmente diésel (por algo será), peligro que acecha también a Europa y máxime cuando una de las reclamaciones repetidas en las protestas de los agricultores estos días es la de una rebaja en el precio del diésel. Por eso, resulta sorprendentemente necio negar los datos que muestran que lo que está costando mantener es la producción de petróleo, y no precisamente su consumo, por más deseable que sería que fuera este último el que estuviera cayendo.

También es característico de estos futuros subdirectores generales de algo (esa nueva clase hispánica, los subdalgos) el considerar que la única opción que existe para luchar contra el Cambio Climático es apostarlo todo al modelo de transición energética basado en la Renovable Eléctrica Industrial (REI). El REI consiste en un modelo de grandes parques de generación eléctrica renovable, distribuida a larga distancia a través de la red de alta tensión hacia los actuales grandes centros de consumo y producción industrial. El problema con el REI son las mismas preguntas incómodas que formulábamos hace 3 años y que siguen siendo vigentes hoy en día. Peor aún, cuando cada día que pasa se acumula la evidencia de que el modelo REI no funciona: ahí tienen a Gamesa perdiendo otros 426 millones este último trimestre y con la amenaza de una demanda colectiva por daños y perjuicios de sus aerogeneradores defectuosos, a Örsted suspendiendo dividendos al menos hasta 2026 y retirándose de España y Portugal y a la deuda astronómica de Acciona, además de los crecientes curtailments a la solar. Todo eso en un contexto en el que el consumo de electricidad a través de la red de alta tensión lleva cayendo, con altibajos, desde 2008: 

Evolución del consumo eléctrico en España a partir de REE. Cortesía de Sergi Saladié.

16 años ya, tiempo más que suficiente como para cuestionarse si realmente funciona el modelo de sustituir todo el consumo energético por electricidad renovable generada en grandes parques, y si se van a cumplir alguna vez las eternas promesas del coche eléctrico y del hidrógeno verde (que tienen ya décadas de recorrido con limitado progreso, por más que se intenten vender como apuestas recientes y prometedoras).

Me gustaría poder encontrar un nombre con el cual designar a los adalides del REI, pero es complejo porque, cuando se examinan con cuidado sus biografías, se encuentra que son muy dispares y variopintas: desde anarquistas partidarios de la acción directa reconvertidos a europeístas recalcitrantes hasta directores generales de entes vinculados a combustibles fósiles ahora defensores a ultranza de las "energías verdes", pasando por economistas que desconocen cuál es la unidad internacional para la energía, empresarios de empresas muy contaminantes que son ahora ejemplo de transición verde o ingenieros antaño antinucleares y hogaño talibanes, pasando por una extensa caterva de oportunistas y business makers, y un número decreciente (a medida que van viendo el percal) de personas que apuestan por el REI de buena fe. En pos de ese término común, examinamos qué iguala a esta gente tan diferente. 

La primera cosa es su fe inconmovible en el REI: para ellos, transición energética es igual a REI. No solo eso, sino que "renovables" es igual a REI. Por eso, cuando alguien critica, aunque sea de manera razonada y argumentada, al REI, en seguida se le tilda demagógicamente de "antirrenovable", como si no hubiera ninguna otra manera de explotar la energía renovable. Al mismo tiempo, creen (o dicen creer) que la única solución al problema del Cambio Climático es el REI y que, de hecho, el REI solucionará automáticamente todos los problemas ambientales que tenemos o podríamos tener.

El segundo rasgo distintivo de este colectivo es su absoluto desprecio a toda evidencia científica o técnica que contradiga o ponga en peligro su visión REI. Es en cierto modo consecuencia del primer rasgo, pero si bien cuando aplican su primer rasgo abundan en argumentos de carácter más o menos técnico y apelaciones a la ciencia, en este segundo rasgo, de manera contradictoria, se niega toda validez a la ciencia presentada, en muchos casos sin más explicación y en todos casos sin ninguna argumentación científicamente consistente. Peor aún, son capaces de usar los mismos argumentos demagógicos (llamar "antirrenovables") del primer rasgo pero contra los científicos que denuncian las incongruencias del REI. Pero como en este caso resulta más difícil argumentar en su contra, es aquí donde redoblan su apuesta y es cuando aparecen los términos "apocalíptico" y "colapsista" (fíjense como se lo suelen aplicar principalmente a académicos, por razones que en su día ya comenté).

El tercer rasgo es que su modelo REI se apoya siempre en grandes empresas. De hecho, suelen poner todo tipo de pegas a modelos tipo comunidades energéticas, a veces con un actitud bastante agria. Su modelo es un modelo a lo grande, de la industria y para la industria.

Conocidos estos tres rasgos podemos buscar ya un término que defina a las personas que muestran estas actitudes. Se podrían escoger otros quizá, pero yo voy a preferir el de "industrialistas", por ser quizá el más aséptico. Para esta gente, el único modelo que vale es uno de características industriales, fundamental para mantener el sistema industrial actual. En el fondo esta gente son extractivistas y su objetivo, aunque sea inconsciente, es continuar con el saqueo del planeta. Además, la visión industrialista es la visión del poder político, da igual quien gobierne, porque es la visión del gran poder económico. O sea que en el fondo estas personas están a favor del mantenimiento del status quo político y económico.

El problema comienza cuando la disfuncionalidad del REI ya no puede ser disimulada. Por un lado, no se está produciendo ninguna sustitución energética, y en los países occidentales en los que ha habido recientemente un incremento porcentual del consumo de energía renovable es habitualmente porque cada vez se consume menos energía. Por el otro, el modelo REI es un modelo colonizador, extractivista y ambientalmente muy poco respetuoso, y se está aplicando despiadadamente sobre todo en zonas rurales, donde las inconsistencia del modelo saltan a la vista (no siendo la menor de ellas que crea más problemas ambientales que los que dice resolver). Y por último, como empieza a haber un problema real de acceso a los recursos por el encarecimiento energético y en algunas zonas incluso falta de abastecimiento, se empiezan a crear problemas nuevos.

La tormenta perfecta de todas esas contradicciones se ha encontrado en el sector primario y particularmente en los agricultores y ganaderos. La escasez de recursos ha llevado a la subida del precio del gasoil, de los fertilizantes y de las semillas Los problemas ambientales han llevado a nuevas y más estrictas regulaciones ambientales, que son necesarias pero que han sido mal explicadas y peor acompañadas, en aras del sacrosanto libremercado que no es tal; y a lo que ahora se ha añadido a la sequía que afecta a toda Europa y especialmente a ciertas zonas de España. No solo la sequía: la alteración de los patrones climáticos (30ºC se han registrado este enero en algunos puntos España) está causando problemas graves en las cosechas. Y como guinda del pastel, el saqueo indisimulado que representa el REI.

Llevamos meses explicando que el campo lo está pasando mal, que los costes se disparan y que las cosechas menguan, mientras los intermediarios mantienen o incluso aumentan sus márgenes. La lógica de la explotación capitalista ha llevado a considerar que era más importante el REI (por su promesa inalcanzable de garantizar la continuidad al sistema industrial) que mantener el sector agropecuario. Hasta que las gentes del campo han dicho basta y se han rebelado, por toda Europa.

Algunos medios se quejan de que los agricultores están siendo manipulados y mediatizados por la extrema derecha, y que incorporan en su discurso diatribas absurdas contra la Agenda 2030 o contra la inexistente manipulación climática vía chemtrails (un mito de largo recorrido y con interpretaciones que han variado con el tiempo). Pero, ¿qué esperaban? Nadie ha querido acercarse a ver los problemas de este colectivo. Nadie ha tenido el valor de explicar que el gasoil va a seguir caro porque escasea, que fertilizantes y semillas van a seguir caros porque escasea el gas natural, que los pesticidas nos están matando a todos... Son muchos años ocultando la verdad, ¿cómo se podrían reconocer todas las mentiras de golpe? Los agricultores solamente quieren recuperar su antiguo modo de vida, que dejen de atropellarles y que les respeten.

¿Quién va a tener valor para decirles que va haber que transformar radicalmente la agricultura y la ganadería para adaptarlas a un descenso en la disponibilidad de recursos que es inevitable?

¿Quién va a tener el valor de decirles que el Cambio Climático les va a hacer la vida mucho más difícil y las cosechas más inciertas, después de décadas de negar los problemas e incluso ahora, en medio de una sequía nunca antes vista, aún se intenta hacer ver que no es tan grave?

Los agricultores y ganaderos deberían sentirse arropados y acompañados por el conjunto de la sociedad. Una sociedad que ha de estar dispuesta a pagar el precio real de la producción agropecuaria, aunque los alimentos tengan que aumentar mucho de precio (o precisamente porque deben aumentar mucho de precio). Hay que abandonar la fantasía tecnócrata de los economistas liberales que piensan que aquí es preferible que sacrifiquemos el sector primario en aras de la industria, porque un país que descuida su producción de alimentos está condenado

Ahora vayan los industrialistas a los agricultores y ganaderos y explíquenles que hay que apostarlo todo al REI, aunque sabemos que no funciona, aunque cause grandes impactos ambientales, aunque a ellos no les abarate costes. 

Ahora vayan a los agricultores y ganaderos y explíquenles que tenemos que sacrificar su sector para intentar sacar adelante el REI, que ya importaremos los alimentos de fuera, que lo importante es la industria, aunque todo indica que el REI no está evitando (ni evitará) el hundimiento industrial de Europa.

Ahora vayan a los agricultores y explíquenles que Vds. se han equivocado y que ellos van a tener que seguir pagando el pato.

Éste es el coste de negarse a aceptar que el decrecimiento es la única solución real a nuestros problemas. Un decrecimiento que para ser tal debe ser democrático y planificado; si no, es empobrecimiento, no decrecimiento. Un decrecimiento que es un plan de gestión de las dificultades que tendremos informando honestamente sobre los retos presentes y futuros, y tomando entre todos las decisiones más justas para afrontarlos.

Los verdaderos apocalípticos, los verdaderos catastrofistas, los verdaderos colapsistas, son quienes apuestan por el REI a pesar de la clamorosa evidencia de su fracaso y que se niegan a rectificar. Porque son ellos los que nos llevan al hundimiento de nuestra sociedad.

Salu2.

AMT


miércoles, 11 de diciembre de 2019

Escondida y a la vista de todos


Queridos lectores:

Como muchos de Vds. sabrán, estos días he estado en la COP 25. Bueno, en realidad no he asistido propiamente a la presente edición de la Convención de Naciones Unidas sobre el Clima (que eso propiamente es la COP 25), sino a un evento paralelo que ha montado el Gobierno de España en el mismo recinto ferial donde estaba la cumbre real. Este evento paralelo (albergado en lo que han denominado "zona verde") es un espacio financiado y ocupado en su mayoría por empresas. Yo he pasado unos días en el stand del CSIC, ubicado en esa "zona verde" de libre acceso al público general, mientras la verdadera cumbre tenía lugar en la "zona azul", a la que no se podía acceder sin acreditación tramitada por la ONU. Mi trabajo estos días ha consistido en atender al público general y a medios de comunicación que se acercaba al stand, explicándoles que el CSIC es el mayor organismo de investigación de España, con más de 120 centros y 11.500 trabajadores (la mayoría de la gente desconoce esto, e inclusive que en el CSIC se realiza investigación de muy alto nivel), explicándoles también mi propio trabajo y contestando preguntas sobre el Cambio Global. Eso, en un stand pequeñito, compartido con otros Organismos Públicos de Investigación españoles (el stand era del Ministerio, no del CSIC) y en un lugar un tanto arrinconado de la zona verde (tanto que pasó Greta Thunberg con todo su revuelo por la zona verde y ni me enteré). La mayor parte de la zona verde estaba ocupado por grandes empresas, sobre todo españolas, en cuyos mostradores contaban a todo quien les quisiera escuchar cómo se están esforzando ya en disminuir sus emisiones y lo mucho más que las van a disminuir en los próximos años.





El camino desde el metro hasta el pabellón de la zona verde no es que fuera mucho mejor, en cuestión de hipocresía empresarial.








El resto del espacio estaba organizado en diversos auditorios más o menos separados, donde se efectuaban mesas redondas y charlas, algunas de las cuales eran ligeramente interesantes; por desgracia, dado que el pabellón era un espacio diáfano, sin tabiques, la acústica era horrorosa y en algunos momentos de mayor afluencia el simple rumor de los visitantes hacía difícil inclusive hablar de tú a tú en nuestro stand (no digamos ya seguir las ponencias de los auditorios). A las 6 de la tarde comenzaban los ensayos de los conciertos que se retransmitían por Radio Nacional desde el auditorio central, y a partir de esa hora ya no tenía sentido continuar allí, en parte porque ya no pasaba nadie y en parte por el estruendo.

En suma: una feria en la que las grandes empresas han intentado convencer al gran público de que están haciendo realmente algo para hacer frente a la crisis climática, y en la que los que realmente trabajamos en estos temas fuimos arrinconados y ninguneados. Teniendo en cuenta que para el público general ésta era la única parte accesible, no sé qué impresión se habrán llevado de lo que es una COP. Para mi, el mejor resumen de lo absurdo que era todo es la imagen que COTEC había puesto justo en frente de mi stand.



Para quien no conozca la historia de esa foto, se denomina "pálido punto azul", y es una imagen captada por la sonda espacial Voyager 1 a 6.000 millones de kilómetros de distancia de la Tierra. Se le dio la orden a la sonda de girarse y transmitirnos esa imagen justo cuando estaba a punto de abandonar el Sistema Solar. A esa distancia, la Tierra se ve como un punto de color azul pálido, casi imperceptible (la imagen se ha mejorado para resaltarlo). Esta imagen, una de las más emblemáticas de la exploración espacial, dio lugar a una famosa reflexión de Carl Sagan que si desconocen les recomiendo leer (en el enlace de la Wikipedia, por ejemplo). Todo el texto es imprescindible, pero quiero rescatar aquí las frases finales: 

"Se ha dicho que la astronomía es una formadora de humildad y carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de los conceptos humanos que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos mejor los unos a los otros, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido".

Después de leer esto, relean el mensaje que el "creativo" ha puesto al lado de tan emblemática imagen. Sinceramente, no sé si reír o llorar. En todo caso, creo que la absoluta disfuncionalidad comunicativa de ese cartel ilustra perfectamente qué ha sido la zona verde de la COP.

¿Y qué pasa con la zona azul, la verdadera COP25? Pues de momento poca cosa, aunque las sesiones durarán aún hasta el viernes. La discusión está centrada en farragosas cuestiones "técnicas", entendidas como tales las componendas y chalaneos de las partes negociadoras sobre aspectos que se nos presentan como fundamentales cuando son en realidad accesorios y que no abordan el fondo de la cuestión: que si cuáles son los plazos para la comprobación de los objetivos, que cuáles son los mecanismos para la compra y venta de derechos de emisiones, etc. En esencia lo que se está haciendo es cerrar aspectos legales de cuestiones que quedaron en el aire en el Acuerdo de París (que ya tiene bemoles que estén aún abiertos, cuatro años después). En suma: no cabe esperar nada realmente útil de esta COP25.

Y sin embargo es obvio que algo se mueve, y mucho. En la opinión pública, es cierto, gracias a figuras como Greta Thunberg entre otras; pero sobre todo entre los grandes agentes económicos y políticos. Al fin y al cabo, la opinión pública es fuertemente influenciable a través de los medios de comunicación de masas, y es muy destacable la campaña continua que están haciendo los medios para poner por fin de relieve la gravedad de la crisis climática. En sí, tal énfasis no me parece mal: hace años que digo que el problema del Cambio Climático (así como el del Peak Oil, pero eso es harina de otro costal) es tan grave que debería ser noticia de portada cada día en los noticieros. Y justamente eso está pasando ahora mismo: exacerbado estos días con la cumbre de Madrid "capital de Chile" (Pedro Sánchez dixit), por supuesto; pero que en realidad se ha venido fraguando desde hace ya unos cuantos meses, y presumiblemente va a continuar, aunque sea con menor intensidad, en el futuro. Lo que para mi es importante es que la opinión mayoritaria ahora en el mundo empresarial (principalmente el español, que es el que conozco de primera mano, aunque sé que pasa también internacionalmente) es que el cambio climático es cierto. Este cambio de posición es muy significativo, porque ese mundo empresarial ha mayoritariamente defendido hasta hace poco justo lo contrario, y ahí están los voceros de la intoxicación y desinformación climática, bien pagados por esas mismas empresas, aún gritando sus mentiras  (los más avispados ya han plegado velas, mientras que los más cerriles, por falta de agilidad mental o mera estulticia, perseveran contumazmente en lo que estaban, sin comprender que sus amos ya no ven con buenos ojos lo que hacen y que ya no les van a pagar el estipendio por unos servicios que ya no desean).

Lo que se ve claramente, en todo caso, es que hay un reposicionamiento del gran capital, que aspira a convertir el cambio climático en una nueva "oportunidad de negocio". No lo digo yo: esa misma expresión se ha podido encontrar en muchas de las "mesas de debate", tanto en la zona verde como en la azul de la COP25. Al mismo tiempo, veo en los medios un masivo bombardeo a la ciudadanía de ciertas consignas, y particularmente que va a hacer falta hacer "sacrificios", "hacer cambios importantes en nuestro estilo de vida", "priorizar la protección del planeta al bienestar" y otras ideas-fuerza del mismo jaez. Es decir, que los empresarios están pensando en la "oportunidad de negocio", mientras que a los ciudadanos se les pide "sacrificios". Y como guinda de este pastel, una idea que cada vez se repite con mayor fuerza: el Green New Deal.

El Green New Deal se ha convertido en poco tiempo en la bandera bajo la cual se quiere agrupar a todo el mundo, es la respuesta a nuestros problemas que todo el mundo parece aceptar. La última sesión de la COP25, este viernes, está dedicada al Green New Deal. No casualmente, el Parlamento Europeo, a instancias de la nueva Presidenta de la Comisión Europea, va a debatir hoy mismo un Green New Deal para Europa. El Green New Deal es el Plan A, es la tabla de salvación, es la gran solución a nuestros problemas, es el programa de futuro al cual todos debemos adherirnos.

Solo hay un problema.

El Green New Deal es un fiasco total. No tiene ningún sentido, no aborda en absoluto los problemas reales que tenemos. El documento original es de una vaciedad hiriente. La falta de contenido real, siquiera de comprensión de la situación general, hace que esas palabras, Green New Deal, realmente no signifiquen nada en absoluto. O en realidad sí. Porque el planteamiento que de una manera cada vez más o menos abierta se está haciendo del Green New Deal es una idea ya conocida y en su momento denostada porque no iba a la raíz del problema y en realidad lo agravaba: el Capitalismo Verde. El Green New Deal es, ciertamente, el Capitalismo Verde versión 2.0; pero incorpora algunas ideas nuevas que son muy preocupantes. Así, si en el Capitalismo Verde versión 1.0 el planteamiento era que podíamos mantener tal cual el capitalismo (a pesar de que la finitud del planeta contradice por completo un sistema económico basado en el crecimiento perpetuo), simplemente substituyendo las energías fósiles por energías renovables, el planteamiento del Green New Deal es que no basta con esa substitución, sino que además va a hacer falta algunos sacrificios, sobre todo a corto plazo. Sacrificios que se le están pidiendo a la ciudadanía, porque sobre todo lo que no se puede comprometer es el crecimiento económico.

Ese discurso del "sacrificio necesario" obviamente no es muy estimulante y por supuesto genera contestación social, que probablemente se irá haciendo más fuerte a medida que se vaya implementando este plan. Está claro que es algo que se ha intentado evitar tanto como se ha podido, pero ya estamos en una situación de emergencia y no va a quedar más remedio que tomar medidas drásticas, duras e impopulares. Pero la emergencia no es la climática (ésa es una urgencia, pero no es algo realmente inesperado). La verdadera emergencia es el peak oil.

Recordemos los hechos clave.

La Agencia Internacional de la Energía lo avisó claramente en el informe anual de 2018 (aunque este año lo hayan disimulado): de aquí a 2025 la producción de petróleo podría llegar a caer de tal manera que no cubriese hasta el 32% de la demanda en el peor de los casos. Según la propia AIE, se espera que se produzcan diversos picos de precios antes de 2025 y puede haber problemas de suministro en algunos países.



De hecho, si las petroleras continúan su desinversión creciente la situación de la producción de petróleo para 2040 podría ser catastrófica.



Conviene no olvidar que el petróleo representa un tercio de toda la energía primaria consumida en el mundo, que el carbón (segunda fuente en importancia, con casi el 30%) también está en retroceso, que exactamente lo mismo le pasa al uranio y que el gas natural llegará a su máximo probablemente la década que viene. Las fuentes de energía que nos proporcionan el 90% de toda la energía que se consume hoy en día están tocando su máximo producción, y en las próximas décadas irán dándonos cada vez menos energía, en una caída que a veces será más paulatina y otras veces será más rápida. Y a pesar de tantas exageraciones publicitadas en los medios, las energías renovables no están en disposición de producir tanta energía, y mucho menos en tan breve plazo.

El hecho es que las compañías petroleras están retirándose del negocio del petróleo, pero no por conciencia ecológica, sino simplemente porque no hay negocio. Las fuentes de hidrocarburos líquidos que nos quedan son cada vez más caras y poco rentables (no solo económicamente, también energéticamente). Ya lo dijo Antonio Brufau, presidente de Repsol, en unas declaraciones al Financial Times el año pasado: Repsol ya no va a invertir en buscar nuevos yacimientos porque no son rentables. Y cuando hace unos días Jon Josu Imaz, Consejero Delegado de Repsol, anunció que van a provisionar casi 5.000 millones de euros este mismo año (lo que les mete en pérdidas) para cubrir la devaluación de sus activos (yacimientos de gas y petróleo) no es por su objetivo de ser "neutrales en carbono" para 2050, como anuncian, sino porque simplemente saben que en realidad la mayoría de ese gas y petróleo no es producible porque no es rentable ni energética ni económicamente.

La situación es, en realidad, muy apurada. Al inminente (si no se ha producido ya) peak oil del mundo le acompaña la situación aún más grave del diésel: la producción de diésel lleva ya cuatro años estancada y probablemente ha comenzado ya su declive, anticipándose por tanto al declive del petróleo.



Ese declive más temprano del diésel es debido a que los petróleos no convencionales, introducidos en los últimos años para compensar la caída del petróleo crudo convencional (recordemos que el petróleo crudo convencional ha caído desde su máximo de 70 millones de barriles diarios -Mb/d- en 2005 a menos de 67 Mb/d actualmente), no son tan buenos para producir diésel. Por eso la producción de diésel cae antes. Y recordemos las graves consecuencias económicas que tiene ya y va tener el retroceso del diésel.

Ésta es la situación, y ésta es la verdadera emergencia, el problema que pasa desapercibido al común de la ciudadanía: nos estamos quedando sin energía fósil y las renovables no pueden, ni de lejos, cubrir un vacío tan grande. Un problema que, si se entendiera de verdad, explica por qué el Green New Deal es solo una capa de maquillaje para evitar abordar el problema de fondo, a saber, que no se puede mantener el capitalismo tal y como lo hemos entendido en las últimas décadas. Porque si se aceptase que en realidad hemos empezado el inevitable declive energético, entonces se tendría que empezar a hablar sobre cómo afrontar el postcapitalismo, en qué vamos a hacer a partir de ahora. Y en ese caso seguramente el esfuerzo a hacer se tendría que repartir de otra manera, porque ya no valdría el argumento de que se tiene que proteger a las empresas para mantener el crecimiento económico, ya que solo con crecimiento económico se pueden resolver problemas como el paro o las desigualdades sociales. En un mundo en decrecimiento energético, el decrecimiento económico es inevitable: ésta es la realidad física inexorable. Por tanto, si el crecimiento económico ya no será posible (no de manera duradera), el debate cambia de raíz, y el foco se tendría que poner en el replanteamiento del sistema productivo, económico y social; en cómo garantizar el bienestar y los derechos a la mayoría de los ciudadanos. Porque mientras que el foco se ponga en favorecer la actividad económica y a las empresas para poder tener ese crecimiento económico ya imposible, lo que va a suceder es que se van a reducir ese bienestar e incluso esos derechos; encima, a pesar de ello y de todas maneras, sobrevendrá el decrecimiento económico.

Ése es el debate que se hurta de todas las miradas aunque sus signos sean evidentes, a plena luz del Sol. El decrecimiento es inevitable, pero se intenta disfrazar de otra cosa para no cambiar las estructuras de poder, para no tener que hablar de cómo distribuir esta carga de una manera más equitativa. Por eso se dicen las cosas que se dicen, para disfrazar los síntomas de nuestro inevitable declive. Por eso se anuncia el pico de la demanda de petróleo y en general de energía, porque "los consumidores, concienciados, pretenden disminuir las emisiones de sus coches", cuando en realidad el grueso de las emisiones lo produce el transporte y no el vehículo privado. Se pretende hacer creer que los ciudadanos se van a pasar a la quimera imposible del coche eléctrico, cuando en realidad lo que va a pasar es que no van a poder permitirse tener un coche propio (excepto los ricos, claro, que esos sí que van a tener coche que alimentarán con placas fotovoltaicas subvencionadas por todos nosotros). Se nos dice que la conciencia ciudadana va a hacer que en las grandes ciudades se utilice más el transporte público, sin explicar que ya está saturado y que es insuficiente para cubrir las necesidades de tanta gente que viven en ciudades dormitorio y urbanizaciones crecidas al calor de la pasada abundancia energética. En suma, se hace creer a la ciudadanía de que se van a poder hacer ajustes para mantener el sistema capitalista tal cual, cuando en realidad éste está tocado de muerte y si nos empeñamos en mantenerlo va a causar mucho más dolor y sufrimiento, y pondrá en peligro hasta el concepto mismo de democracia.

Como colofón de mi implicación en los actos que el CSIC ha organizado con motivo de la COP25, ayer participé en una mesa redonda celebrada en la Residencia de Estudiantes, en la que un grupo de científicos proponíamos a los políticos medidas concretas para luchar contra el Cambio Climático (en realidad, yo siempre voy más allá y hablo de Crisis de Sostenibilidad, que incluye todos los problemas ambientales - no solo el Cambio Climático - y también el problema de la escasez de recursos, de biodiversidad, de acceso al agua, de salud, de equidad, y así un largo etcétera). 

Yo incidí en un dato que me parece preocupante: unos días antes de la COP25 la ONU anunció que para tener un 66% de no superar el peligroso umbral de 1,5ºC de calentamiento respecto a la temperatura de la época preindustrial se necesitaba que de 2020 a 2030 las emisiones de CO2 se redujeran un 7,6% anual. Eso quiere decir que de aquí a 2030 tendríamos que reducir las emisiones un 55%. Como comenté, con la tecnología que tenemos hoy en día y en tan breve lapso de tiempo, eso no es posible si no va acompañado de una disminución del consumo de energía de un tamaño semejante, quizá no del 55% pero desde luego no lejos del 40%. Piensen que la Gran Recesión supuso una caída (momentánea) del consumo de energía global del orden del 8%; aquí estamos hablando de 5 veces más y además con carácter permanente. Es difícil imaginar la magnitud de la contracción de la actividad económica que sería necesaria para conseguir tal objetivo, pero eso es a lo que deberíamos de aspirar. Eso solo tiene un nombre, por más que se quiera ocultar: Decrecimiento. Una periodista asistente quiso que cada uno de los miembros de la mesa (éramos 8) dijéramos qué, concretamente, propondríamos a los políticos para hacer frente a esta crisis de sostenibilidad. 6 de nosotros lo dijimos con toda claridad: Decrecimiento. Ésa es la realidad, no solo necesaria pero inevitable. Ésa es la verdad que se esconde cuando está a la vista de todos.

Salu2.
AMT