miércoles, 5 de junio de 2013

La última presa


"Los especiales de hoy son ensalada de líquenes, tapa de cucarachas y un entrante de rata asada". "Ambientalistas alarmistas, y mira que decían que sólo quedarían las cucarachas"

Queridos lectores,

Hace pocos días pude comprobar en mi entorno algunas reacciones extrañadas e incluso airadas después de ver ciertas noticias con recomendaciones un tanto sorprendentes hechas por las Naciones Unidas respecto al tema de la alimentación humana, a través de la organización que se dedica a abordar estas cuestiones, la FAO. Efectivamente: si hace apenas un par de semanas la FAO alababa las excelencias de una dieta basada en insectos para proporcionar proteína a los hombres, unos días más tarde una nueva delicatessen marinas nos era propuesta: las medusas.

No han sido pocos los comentarios jocosos que ridiculizan estas propuestas de la FAO. Poca gente ha profundizado en el problema para comprender el por qué de estos anuncios tan estentóreos y, aparentemente, fuera de tiempo y de medida desde la perspectiva de Occidente. Tales mensajes, sin embargo, son muy sintomáticos de dónde estamos, hacia dónde vamos y, sobre todo, a dónde podemos llegar si no rectificamos a tiempo.

Merece la pena recordar que estamos sufriendo la tercera crisis alimentaria global en cuatro años, propiciada en muy buena medida por la dependencia de las explotaciones agrícolas de Occidentes sobre los combustibles fósiles. El profesor David Pimentel, de la Universidad de Cornell  recuerda a menudo que por cada caloría que llega al plato de un occidental se han consumido 10 calorías de combustibles fósiles en forma de fertilizantes, pesticidas y la energía usada para mover la maquinaria agrícola, el transporte de alimentos y el mantenimiento de la cadena de frío o de conservación. La productividad de las tierras en los países occidentales es muy grande, bien es cierto, pero es gracias al uso intensivo de maquinaria y productos químicos, y sin ellos bajaría de forma rápida y radical. El caso es que la FAO ha hecho repetidos llamamientos de alerta sobre los bajos niveles de reservas de grano y de alimentos en general, sin que se haya producido una concertación internacional apreciable, ensimismados como están los occidentales con la crisis económica.


Hace dos años analizábamos en profundidad cómo el grado de dependencia de los alimentos importados de los países del Norte de África y Oriente Medio era uno de los factores clave que explicaban el estallido de revueltas que se dio en conocer como Primavera Árabe. Hoy, dos años más tarde las condiciones que dieron lugar a esos estallidos de Enero y Febrero de 2011 se reproducen, con algunos países como Egipto internándose más profunda y rápidamente en el caos más allá de las esperanzas depositadas en los nuevos Gobernantes. Lo cierto es que Egipto ha pasado de ser un exportador neto de petróleo a ser importador justamente en 2011, y sin las regalías del petróleo Egipto no puede pagar por los alimentos que necesita importar. Se ve por tanto en un cruel dilema: o restringe el acceso de su industria o población al petróleo o come. Y ahora se mueve en el filo de la navaja, entre exportar o no exportar.

 


Otros países como Túnez consiguen financiación suficiente gracias a los ingresos del turismo, pero se pueden anticipar nuevos estallidos en países cuya principal industria es la producción de petróleo y que difícilmente podrían adaptarse a perder tal fuente de ingresos. Uno de los más amenazados por una inestabilidad nada lejana es Argelia, país que hace tan sólo 20 años sufrió una sangrienta guerra civil auspiciada desde Occidente. La producción de petróleo de Argelia está cayendo alarmantemente, con muchos anuncios de problemas muy serios en las explotaciones y como pasa en muchos países, una incapacidad política de aceptar que la producción de petróleo ya sólo puede caer. 





Una revuelta de gran calado en Argelia puede traer mucha inestabilidad a la región, sobre todo a los países limítrofes, aparte de cortar una de las dos vías principales de aprovisionamiento de gas natural de Europa y fundamental para España (río revuelto de que los adalides del fracking patrio intentarán sacar buen provecho, abusando de la necesidad para consumar esta estafa). Y el círculo de países potencialmente explosivos en este área (Norte de África y Oriente Medio) es bastante amplio: Yemen, Bahrein, inclusive Irán... Países con muchos desequilibrios interiores y una enorme dependencia del exterior en una cuestión crítica como es la alimentación.

Pero las cosechas de invierno en el hemisferio norte están, ahora mismo, en peligro. Todo depende ahora de que los bandazos asociados a la inestabilidad climática creciente no las den al traste. Este año el verano podría ser relativamente frío, tormentoso e inestable en Europa como consecuencia de un fenómeno bastante singular, como es la inestabilización de la Corriente de Chorro atmosférica que nos da calor y humedad. Singular no porque tal inestabilización no se haya observado nunca, sino porque parece un fenómeno persistente y creciente asociado al rápido deshielo del Polo Norte. Porque mientras el sur de Europa se extraña de ver pasar uno y otro frente borrascoso empujado por el viento polar, en las zonas más norteñas, dentro ya del Círculo Polar Ártico, los termómetros muestran asombrosas temperaturas de 30ºC. Eventos que, aisladamente, pueden reportar los anuarios estadísticos meteorológicos, pero nunca en tantos sitios a la vez y durante tantos días.

Aunque preocupante, si el verano al final es atropellado e inestable este año no es lo peor; lo verdaderamente grave es si a partir de ahora cada año la situación se reproduce, porque es cuestión de tiempo (y no mucho) que vengan varios años seguidos de malas cosechas. Malas cosechas en una de las zonas más productivas por mecanizadas del Mundo, y el granero del Norte de África y de Oriente Medio. El tiempo parece haber dado una pequeña tregua en la zona de España en la que yo vivo, aunque ya veremos lo que dura. Tendremos que vivir pendientes del cielo a partir de ahora (y mientras no llegue La Tempestad).

Ya faltan alimentos y su falta se agravará en los próximos años, por el exceso de explotación de algunas tierras, por la falta de combustibles fósiles y por el cambio climático. En este contexto, no es de extrañar que la FAO hable de comer insectos (puesto que el ganado consume mucho grano). Pero, ¿y las medusas?



La propia FAO avisaba hace más de una década que las capturas de peces habían comenzado su declinación por la sobrepesca. Si se mantuviera la presión actual, el ser humano exterminaría todas las especies de peces (las que no se usan para alimentación humana se usa como harina de pescado para engordar los peces en granjas marinas o piscifactorías) entre 2030 y 2050. A medida que el
agotamiento de las pesquerías se va haciendo más y más palpable (con bancos españoles faenando en las costas de Somalia o en las islas Malvinas) el mar se va poblando de medusas, por la drástica caída de población de sus depredadores naturales (como el atún rojo en el caso del Mediterráneo).



Así las cosas no es de extrañar que haya algunos negocios que proponen aprovechar proteínas animales de origen, digamos, inusual; uno de los más veteranos es  Edible-shop.com; vayan y sorpréndanse.

Una vez más el libre mercado triunfante encuentra sustitutos en cuanto se presentan los problemas... Pues no. Hay un problema fundamental: la capacidad de producción de biomasa de una red trófica. La frase suena enrevesada, pero la cosa es simple. Queremos comer insectos, pero, ¿qué comerán ellos? Sin los excedentes actuales, con los campos de cultivo en decaimiento, con un clima más inestable, la cantidad de insectos total será menor. Será aún más costoso cazar la cantidad suficiente de ellos para mantener a los hombres (baja TRE). Y una vez cazados dan pcoo rendimiento, con su exoesqueleto de quitina no aprovechable y más difícil de digerir. Con las medusas pasa algo semejante: ¿qué comen las medusas? plancton, crustáceos, larvas de pez... salvo que nos pongamos a comer el plancton, de todo lo demás ya estamos compitiendo con ellas. Al final, el problema es claro: los animales forman una red compleja de dependencias mutuas, llamada cadena trófica, y si destruimos demasiados eslabones de esa cadena puede colapsar completamente. Al final no podremos comer ni insectos ni medusas porque no habrá bastante, y los exterminaremos como a todo lo demás.
 

Los planteamientos discutidos en este post muestra que en el fondo no hay la más mínima intención de cambiar, de variar el rumbo. Vivimos en una continua huída hacia adelante, incapaces de ver la realidad como si los subsistemas fueran independientes del todo. Lo único importante es mantener a ultranza un programa: el del depredador a ultranza, del máximo depredador. Por eso la respuesta de los países más opulentos a la caída de la productividad de sus tierras es el acaparamiento de tierras o land grabbing en otros países. La misma lógica rapaz que estamos aplicando a los alimentos es la que aplicamos a cualquier otro recurso, y así contaminamos ríos y acuíferos para explotar las arenas asfálticas del Canadá desde hace una década:





Los biocombustibles o el fracking son simplemente expresiones últimas de esa locura crematística, que no piensa pararse ante nada, aunque acabe dejando el mundo como en la viñeta que abre el post.

Cuando todo lo demás escasee, cuando no haya nada más que depredar, aún quedará una presa. La última presa: el Hombre. En la conferencia de Barbastro hace dos años mencionamos el procedimiento corpse-to-liquids (convertir cadáveres en sucedáneos de petróleo) como salida a la crisis energética, aunque los humanos también se podrían aprovechar como alimento. Visiones de hombres cazados por hombres que cada vez más se nos transmite desde el cine, prefigurando nuestra realidad, incluso en las películas más "serias". 





Ésta es la lógica final de nuestro sistema económico, el punto de llegada de una carrera que empezamos hace dos siglos.

Salu2,
AMT

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