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lunes, 21 de octubre de 2019

Agitación

Rambla de Figueres, mediodía del 18 de octubre de 2019
 
Queridos lectores:

Como sabrán, hace tiempo que sostengo la idea de que la crisis catalana tiene probablemente mucho que ver con la forma que tomará el colapso en España. A la creciente conflicitividad en Cataluña le he dedicado ya muchos posts en este blog; y, teniendo en cuenta los sucesos recientes en este rincón del mundo donde vivo, parece que es bastante natural que escriba una crónica desde aquí tanto sobre lo que está pasando como sobre lo que no está pasando.

Primera una cuestión de orden: según en que lado de la divisoria entre los defensores de la independencia de Cataluña y los defensores de la unidad de España uno se coloque, suele usarse una cierta terminología para referirse a su propio grupo y al contrario. La terminología escogida por los partidarios de la independencia de Cataluña suele ser "independentistas", para ellos mismos, y "unionistas" (o a veces "españolistas") para los otros, en tanto que para los defensores de la unidad de España la terminología habitual para referirse a sí mismos es "constitucionalistas", en tanto que para los otros se les denomina tanto "independentista" como "separatista" (generalmente dependiendo de la afiliación política de quien habla). En mi caso, como he explicado muchas veces, yo no me sitúo ni a un lado ni a otro (por razones que son fáciles de entender), así que intento usar una nomenclatura con la que todo el mundo se sienta identificado. Por tanto, a los partidarios de la independencia de Cataluña les denominaré "independentistas", término que parece ser bastante aceptable para todo el mundo. En cuanto a los defensores de la unidad de España ningún término me parece aceptable: "constitucionalista" se refiere a una constitución particular, la española de 1978, que no solo reivindica la unidad de España sino que cuela muchas otras cosas de rondón, y además parece un término poco apropiado si el otro grupo se acaba dotando de su "constitución"; "unionista" tampoco me parece acertado, ya que más que defender una unión lo que se defiende es un statu quo; y "españolista" tampoco lo veo acertado por motivos similares a lo anterior y porque además parecería que se quiere achacar al otro grupo, así en su conjunto, una visión rancia y esencialista (como ya discutí en su día) que no tiene porqué ser la que le represente en realidad. "No independentista" tampoco es demasiado bueno como término, ya que daría a entender que hay solo dos grupos cuando, entre medias de ambos, hay gente que como yo que no queremos la independencia de Cataluña y que además creemos que sería contraproducente para los ciudadanos de Cataluña y de España, pero que por otro lado creemos que en una democracia todo se puede hablar y discutir, que una nación moderna se debe definir por un consenso de sus ciudadanos a querer formar libremente parte de ella, y que por tanto defendemos el derecho de los independentistas a pedir un referéndum y a acatar su resultado si es lo que la mayoría de la población de Cataluña quiere. Por tanto, y  a falta de nada mejor, les denominaré "contrarios a la independencia", de Cataluña siempre sobreentendido.

Comencemos por la parte meramente descriptiva de lo que ha pasado estos últimos días: el lunes pasado, el Tribunal Supremo (TS) de España dictó sentencia contra los nueve líderes catalanes que llevaban en prisión preventiva aproximadamente dos años. El TS consideró probado que no había habido una violencia instrumentalmente ligada a la intención de conseguir la independencia de Cataluña; no solo eso, sino que - como muchos defendimos en su momento - no había capacidad real de declarar la independencia y que toda la agitación de aquellos días no fue más que una representación destinada a forzar al Estado español a negociar. Consecuentemente, condena a los acusados con responsabilidad en la gestión del dinero de la Generalitat por malversación, a los cargos que no tocaron el dinero por desobediencia y a todos por sedición. Las penas finales oscilan desde los 13 años de prisión decretada al exvicepresidente Oriol Jonqueras hasta los 9 años para Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, que entonces eran presidentes de las asociaciones civiles Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural, respectivamente.

Como reacción a la sentencia, el mismo lunes 14 surgieron muchas protestas más o menos espontáneas, con multitud de cortes de carreteras y de vías (aquel día volver a casa me llevó ocho horas, en vez de las dos habituales). Sin embargo, en un salto cualitativo sin precedentes en esta historia, apareció un nuevo actor denominado Tsunami democràtic, un grupo organizado a través de las redes sociales y con una gran maestría en la gestión de las mismas; con una capacidad de movilización inaudita, consiguió concentrar a unas 10.000 personas en la Terminal 1 del aeropuerto de Barcelona con la intención de colapsarlo. Los manifestantes fueron tenidos a raya aunque con gran esfuerzo por los agentes antidisturbios de la Policía Nacional española y de los Mossos d'Esquadra (policía autonómica catalana), pero aún así consiguieron en parte su objetivo al lograr que algunos vuelos fueran cancelados. Después, hacia la medianoche el Tsunami Democràtic ordenó la desmovilización a través de los teléfonos celulares y el grupo se fue disolviendo de manera bastante rápida. Desde entonces, el grupo guarda silencio sobre las futuras acciones, posiblemente para evitar que se le vincule con los altercados de las noches siguientes.

Y es que durante las siguientes jornadas la situación degeneró de manera considerable. Las noches del martes al viernes han sido de auténtica batalla campal entre la policía y los manifestantes más violentos en el centro de Barcelona, con barricadas, contenedores incendiados y continuo lanzamiento de objetos por la parte de los alborotadores, mientras la policía se empleaba con contundencia para contenerlos. Estos altercados de madrugada han eclipsado las manifestaciones que los han precedido (y para los cuales han servido de excusa) y las diversas acciones de protesta pacífica de estos días, incluyendo las largas marchas desde diferentes puntos de la geografía catalan que culminaron en una multitudinaria manifestación el viernes - día para el cual, por cierto, se convocó un día de huelga con desigual seguimiento.

Las dos últimas noches, del sábado y el domingo, han registrado un cierto cambio en el patrón de la violencia callejera. De una parte, los manifestantes se han esforzado en aislar y expulsar a los que quieren aprovechar las protestas para generar disturbios, arrastrando a veces consigo a los más jóvenes e inconscientes; por el otro lado, la policía ha intensificado los filtros para evitar que algunas personas introdujesen en los lugares de concentración objetos apropiados para la batalla campal. Ambas cosas han conseguido que los disturbios de las últimas horas hayan sido prácticamente anecdóticos, aunque la situación continúa siendo tensa.

Respecto al escenario político, las palabras que mejor definen lo que pasa es ruido y confusión. La maltrecha unidad de acción de los partidos independentistas ha acabado por saltar por los aires con estos eventos; mientras el president Quim Torra apuesta por intentar, una vez más, hacer un referéndum de autodeterminación en Cataluña, sus socios de gobierno prefieren la moderación y ampliar la base social del apoyo a las tesis independentistas; en todo caso, ninguno de ellos es capaz de formular un plan para salir de este atolladero. En el ámbito de los partidos estatales, y con la espada de Damocles de las elecciones del 10 de noviembre colgando sobre sus cabezas, el discurso político está dominado por la alharaca; no hay reflexión, solo grandes voces y golpes en el pecho, y continuas llamadas por los partidos actualmente en la oposición a intervenir la desleal autonomía de Cataluña por medios legalmente dudosos, mientras que el presidente del Gobierno español en funciones parece que ni está ni se le espera, y tampoco parece que nadie haga una propuesta lógica sobre cómo detener y revertir la escalada del conflicto.

Éste es el resumen acelerado de los hechos. Analicemos ahora con un poco más de detalle su contenido. 

Comencemos por la sentencia en sí. Es evidente e indisimulable que en su huida hacia adelante de septiembre-octubre de 2017, los partidos independentistas cometieron muchos delitos. Se podría argumentar que estos delitos los cometieron de una forma consciente y justamente para favorecer un cambio en la postura del Estado español, justamente para conseguir un progreso político. A veces en política es legítimo traspasar ciertos umbrales legales como un acto extremo de protesta, pero cuando lo haces aceptas las consecuencias que se derivan de tus actos. Uno de los problemas con la sentencia es que hay muchos delitos cometidos que no han sido juzgados: prevaricación, prevalimiento, abuso de poder... Todos ellos graves y que los acusados difícilmente podrían negar haber cometido. Pero el mayor problema de la sentencia es el delito que se ha escogido para la pena principal, el de sedición. Como han explicado varios catedráticos de derecho, la sedición es un delito arcaico que data de antiguas leyes medievales, y eso se refleja en el uso en su definición de palabras hoy en desuso como "tumulto". En la época de las monarquías absolutas, un grupo de campesinos que se reunían y protestaban públicamente contra los impuestos excesivos podrían ser reos de sedición. Por supuesto se asumía que no había armas de por medio (esto sería ya rebelión), así que lo que diferenciaba una protesta dentro de los límites razonables de una sedición era el carácter "tumultuario" de la concentración, es decir, que fuese ruidosa y/o masiva. Lo que viene siendo una manifestación hoy en día, vamos. En los estados modernos, al recogerse en su legislación el derecho a la manifestación, han desaparecido mayoritariamente los delitos de sedición, siendo España una de las pocas excepciones reseñables (cosa que por cierto va a complicar la extradición del expresidente Puigdemont, huido a Bélgica cuando fue citado a declarar). Siendo como es un delito contra el orden público, llama la atención que el delito de sedición esté castigado con penas tan elevadas comparado con otros delitos semejantes, como el de desórdenes públicos (mención aparte merece el hecho que la sentencia abre la puerta a calificar como sedición cualquier obstrucción a la acción de la justicia, desde las acciones anti-desahucio hasta los cortes de carreteras por protestas por el clima). Destacados penalistas han resaltado la contradicción que supone que en una sentencia que califica los hechos de simulación y de ensoñación acabe condenando a los reos a penas comparables a las de un homicidio. Esta desproporción en las penas (que llega a verdadera saña en el caso de los dos Jordis, pues eran gente sin responsabilidades públicas) aumenta el sentimiento de agravio y de persecución ideológica en la población independentista (que, no lo olvidemos, debe ser al menos de dos millones de personas). Toda la especulación de los últimos días sobre que los reos podrán acceder pronto a un segundo o tercer grado penitenciario es completamente inane desde este punto de vista, aparte de ser evidentemente falsa porque difícilmente se accederán a los beneficios penitenciarios hasta haber cumplido la mitad de las condenas, y eso implica esperar aún dos años y medio en el caso de las condenas más bajas.

Gracias a la sentencia del Tribunal Supremo ha quedado acreditado que los hechos de septiembre y octubre de 2017 fueron una farsa a gran escala, una representación si quieren pero muy peligrosa. En estos dos años ha habido muy poca autocrítica desde el bando independentista sobre esta verdad simple, y es que realmente era imposible acceder a la independencia si no era mediante un acuerdo con el Estado y a través de un proceso (este sí, un verdadero proceso) que llevaría años. La lentitud del proceso real de independencia tiene más que ver con su carácter administrativo-logístico, necesario para evitar una salida desordenada y subsecuente caída en el caos; y en todo caso tal proceso es imposible sin forzar al Estado español a negociar. Nada se ha explicado como se debería, y la violencia desmesurada del Estado aquel 1 de octubre ha alimentado en el imaginario independentista la entelequia de que si no se consiguió la independencia fue por la represión salvaje, y no porque simplemente era imposible en los términos en los que se planteaba. Dos años después, las semillas de la frustración entonces plantada han brotado al conocerse las condenas, ejecutadas en la forma de un delito arcaico y con penas excesivas. Durante demasiado tiempo los dos bandos ha alimentado esa frustración que ahora se manifiesta de la peor manera posible: los desórdenes públicos y la violencia.

Se tiene que reconocer que la mayoría del movimiento independentista es de carácter pacífico y cívico. Sin embargo, por demasiado tiempo se ha jugado con fuego y eso ha favorecido que algunos grupúsculo contemplen la violencia como un arma legítima en el camino hacia la independencia de Cataluña. La presencia masiva de las fuerzas antidisturbios, el efecto llamada hacia los grupúsculos radicales que se mueven por toda Europa y, en ocasiones, la presencia de infiltrados y provocadores, generan esa llama inicial que se necesita para inflamar un conjunto ya bastante inflamable. Es entonces cuando comienzan los disturbios. De la parte de los elemento más autoritarios del Estado, los disturbios son positivos porque ayudarán a que los manifestantes no violentos desistan de acudir a las concentraciones y así detener la previsible oleada continua de concentraciones y actos de protesta que se pueden extender durante meses. Ese efecto de desmovilización es un incentivo perverso sobre ciertas prácticas más o menos discutibles. Por su parte, los partidos independentistas y particularmente el Govern de la Generalitat no está sabiendo actuar delante de un fenómeno que, aunque perfectamente previsible, parece desbordarles. Queda la sensación de que no hay un verdadero plan a partir de aquí, de que los partidos independentistas se han vuelto adictos a la adrenalina de la movilización pero no tienen nada claro qué hacer a partir de ahora, mientras que en Madrid menudea la retórica inflamada y la demagogia más zafia. Nadie propone un plan, ni en Barcelona ni en Madrid, y nadie parece estar verdaderamente al mando.

El tratamiento mediático de estos eventos merece un punto de discusión aparte. En los medios catalanes se ha tendido a dar una visión idílica y edulcorada de las movilizaciones, y, aunque no han ocultado la gravedad de los disturbios en general, ha predominado el tono exculpatorio, achacando a agentes externos la gravedad de los altercados. En los medios de ámbito estatal, lo que ha dominando es el morbo informativo, con una recreación absolutamente malsana en los detalles más grotescos y magnificando la gravedad del problema.  En unos y otros se comparte la incomprensión del momento que estamos viviendo y la incapacidad de ofrecer un verdadero debate público, más allá de las astracanadas de los que creen que esto se soluciona en dos patadas de manera autoritaria.

Lo que no está pasando es el retorno al sentido común. Ninguno de los dos bandos puede tener éxito en sus propuestas maximalistas, y si queremos avanzar no se pueden ignorar el uno al otro. Hace falta encontrar aquello que es compartido por unos y otros, y a partir de ahí construir algo nuevo y diferente, mejor. Sin embargo, si en los diez años en los que se ha ido alimentando este conflicto no se ha sido capaz de buscar otra vía que no fuera la de doblar las apuestas e incrementar el conflicto, es más que dudoso que ahora se haga.

Y lo que resulta curioso es que nadie establezca la conexión con otros conflictos ahora en marcha, de Ecuador a Francia, de Chile al Reino Unido, de Argentina a Italia. Las costuras de un mundo tejido con mentiras están reventando bajo el peso de una clase media que cada vez lo es menos, que cada vez es más clase excluida, pero nadie ve la conexión. Y mientras seguimos discutiendo sobre los galgos de la Declaración Unilateral de Independencia y los podencos del artículo 155 de la Constitución española, las fauces de la nueva crisis están a punto de cerrarse sobre nosotros.

Salu2.
AMT

sábado, 21 de diciembre de 2013

La España buena y la España mala



Mientras completo un largo periplo por España y Francia que me ha tenido casi una semana fuera de mi hogar, en la media penumbra de este tren regional francés que poco a poco me lleva de vuelta a casa, tengo por fin tiempo para reflexionar sobre todas las cosas que han pasado estos días y poner en orden algunas de las cuestiones sobre las que hemos discutido con los asistentes a las charlas sobre la crisis energética que he conseguido intercalar en medio de mis actividades más bautómaticas. Me detengo un rato para tomar aire y perspectiva; son muchos los pensamientos que se agolpan en esta cansada y dolorida cabeza mía. Vuelvo una vez más a las discusiones más sombrías que he mantenido, las cuales se centran en el futuro de Cataluña, de España, de Europa, del mundo...

Cataluña será independiente en un futuro no muy lejano.

Lo digo sin pena ni alegría, sin anhelarlo ni rechazarlo: yo no soy catalán y no deseo la independencia, pero entiendo perfectamente que muchos de los amigos que he hecho tras diez años de vivir en Cataluña hayan acabado deseando la independencia. El cambio en la postura de esta gente, que de estar más o menos cómodos en España han acabado por desear marcharse de este país sin moverse de su casa, se ha operado insensiblemente, alentado por un cúmulo enorme de frustraciones que han llegado a su máximo con la crisis económica que ha destrozado familias y empresas, y el hartazo con la corrupción política, la inoperancia del Estado y que se gobierne en favor de los más poderosos. Ninguno de esos problemas son exclusivos de Cataluña: pasa lo mismo en el resto de España y también en otros países. Sin embargo, mientras en mis viajes por España detecto una cierta resignación mezclada con desesperanza, un cierto derrotismo que niega que las cosas puedan mejorar puesto que no se divisa ningún partido que pueda cambiar tan nefasto rumbo, en Cataluña los promotores del independentismo han actuado con mucha astucia y han sabido canalizar el descontento popular en un proyecto ilusionante. "Que Cataluña sea independiente y las cosas comenzarán a ir bien", vienen a decir, "Abandonemos ese nido de pobredumbre que es España, gestionemos nuestro futuro y nuestro dinero, y las cosas por fuerza nos irán mucho mejor". Y así mucha gente que había perdido, al igual que en el resto de España, la esperanza de que las cosas pudieran mejorar, han encontrado en esta apuesta, en este proyecto político, una nueva ilusión. La gente habla de la independencia de Cataluña en las cafeterías, la gente se reúne en masa para manifestarse en la calle o hace una larga cadena humana con ese fin. Los ciudadanos toman la calle y se reconocen como partícipes de un proyecto colectivo, común, una promesa de mejora si Cataluña coge las riendas de su futuro y sale de una vez este barco que se hunde en su miseria y que se llama España.

Dicen las encuestas de la televisión catalana que de celebrarse hoy un referéndum un 54% de los catalanes votarían que sí a la independencia, frente un 26% que votarían que no y un 20% que a día de hoy aún no saben qué votarían. En suma, que los que quieren la independencia no sólo son mayoría sino que duplican a los que se oponen a ella. Yo no sé hasta qué punto estos datos están adulterados, pero mi experiencia del día a día me indica que no están muy desencaminados. Quizá la gente que votaría que sí no lleguen a la mitad de la población, pero la impresión que a mi me causa escuchando conversaciones, hablando con unos y con otros, es que ya son mayoría, y que su número sólo puede crecer a medida que las cosas inevitablemente empeoren. Y en este contexto el presidente del gobierno autonómico de Cataluña, Artur Mas, ha pactado con varios partidos celebrar un referéndum sobre la independencia el día 9 de Noviembre de 2014.

Desde el Gobierno central de España se percibe este desafío como una boutade de Artur Mas, sin comprender que si éste está al frente del proceso independentista es porque el movimiento por la independencia de Cataluña le arrastra, no porque él lo lidere. Mientras tanto, el movimiento independentista catalán va recabando discretamente apoyos por toda Europa. El Gobierno de España cree tener la situación controlada por el flanco europeo por las declaraciones muy medidas de algunos comisarios europeos que avisan de que una Cataluña independiente quedaría fuera de la Unión Europea y tendría en todo caso que solicitar el ingreso, sin darse cuenta de que las cancillerías del resto de Estados europeos (que son las que al final toman las decisiones) permanecen extrañamente calladas, y cuando se les pregunta directamente siempre responden que es un asunto interno de España. A partir de esa errónea sensación de seguridad que les da el falso apoyo europeo a las posiciones del Gobierno central, los diarios españoles descuentan el fracaso de la iniciativa catalana, basándose sobre todo en dos razones: porque el referéndum catalán es ilegal en el ordenamiento jurídico español y porque de consumarse finalmente la independiencia de Cataluña España quedaría dentro de la UE pero Cataluña estaría fuera, y para que fuera admitida todos los países tendrían que votar a favor pero, dan por hecho, naturalmente España se opondría. Asumiendo que fuera de la UE Cataluña se arruinaría, confían los medios españoles en que en última instancia el referéndum fracasaría porque el catalán, pueblo pragmático, no será tan suicida. Zanjado el asunto tras algunos comentarios despectivos dirigidos a los irresponsables que la prensa española cree que están al frente del desaguisado, los medios se centran en otros asuntos de más enjundia e importancia para el futuro de España.

Y sin embargo yo tengo la impresión exactamente contraria. No puedo saberlo con certeza, pobre de mi, un punto diminuto perdido en medio de una marea humana que me arrastra de un lado a otro; pero mis impresiones apuntan en la dirección completamente opuesta. De entrada el argumento de la ilegalidad de la consulta y en última instancia de la separación es completamente espurio. Por supuesto que separarse de España es ilegal con respecto a las leyes españolas, pero eso no quiere decir que sea ilegítimo: si la mayoría de un territorio quiere separarse resulta difícil de justificar desde un punto de vista moral, que no legal, que no se les tenga que escuchar. Además, no es nunca la legalidad del territorio abandonado la que impide o detiene la secesión: seguramente que cuando los países de Sudamérica se independizaron de España lo hicieron violando la ley española, lo cual llegados a ese punto es completamente irrelevante; lo que verdaderamente cuenta es la legitimidad, la voluntad mayoritaria de ser y actuar así. Tampoco importa si hay una justificación histórica o no para independencia, ni siquiera que el argumento "España nos roba" tiene grandes dosis de falsedad. Se puede intentar convencer a la gente, pero no oponerse a su determinación.

Por tanto, el único argumento que podría servir para parar a los catalanes es el de la ruina económica por quedar excluídos de la Unión Europea. Y sin embargo el sonoro silencio de los Gobiernos "amigos" indica que quizá pese a la grandilocuencia de la prensa ibérica (grandilocuencia semejante a la empleada cuando daban por hecho que Madrid sería sede olímpica) el desenlace no va a ser el previsto. De hecho, y si se mira la cuestión fríamente, la decadente Unión Europea podría tener buenas razones para desear una Cataluña independiente y en la UE.

España es un problema para la UE. Con altos niveles de endeudamiento, alto paro y actividad económica cayendo en picado, España es demasiado grande como para dejarla caer y liquidar después los restos al estilo de lo que se ha hecho en Grecia. El nivel de endeudamiento de España es tan elevado que se tiene que mantener a toda costa el diferencial de la deuda española respecto a la alemana tan bajo como se pueda, porque si no los intereses de la deuda harían peligrar la estabilidad financiera de España y al final la de toda Europa. Reestructurar la deuda española, separando la parte asumible y condonando la considerada impagable, tampoco es viable porque la confianza en la solvencia financiera de España desaparecería por muchos lustros y elevaría las dudas sobre la de otros países, inclusive alguno tan grande como Francia, lo cual haría tambalearse toda la UE. Pero si no se hace nada igualmente la deuda española combinada con su actividad económica en caída libre llevará a la quiebra de las finanzas de este Estado. La situación de España es por tanto demasiado peligrosa para la UE.

La independencia de Cataluña brinda una interesante escapatoria a este problema, si la UE permite que Cataluña se independice y una vez constituido el nuevo Estado se presiona a España para que acepte su ingreso en la UE. No es una tarea difícil: España sigue y seguirá necesitando del dinero europeo para mantener su banca y sus finanzas, e incluso aunque renunciara a conseguir más financiación del Banco Central Europeo no puede devolver toda la deuda ya contraída en su plazo de vencimiento. Una simple amenaza de que el BCE podría cerrar el grifo del dinero y España al día siguiente votaría a favor del ingreso de Cataluña, "por un sentido de la responsabilidad del que carecen nuestros vecinos del Este". La televisión pronto explicaría el necesario pragmatismo de la aceptación del ingreso de Cataluña en la UE: con una larga frontera común poner aduanas y aranceles, dado el intenso intercambio de mercancías, sería costosísimo e ineficiente; además, al usar Cataluña aún el euro y haber en ese territorio deudas y obligaciones nominadas en la divisa común europea las pérdidas por su conversión forzosa a una nueva divisa catalana, por supuesto muy devaluada, serían muy onerosas, sobre todo para las empresas españolas con intereses en Cataluña, "y no podemos permitir que encima de irse lo hagan sin pagar", como diría algún profesional de las tertulias. Sin embargo en la negociación del reparto de la deuda justamente Cataluña podría liberarse de una parte que en puridad le correspondería, endosándosela a España con la bendición de los observadores nombrados por la Comisión Europea, el BCE y el FMI para tutelar el proceso. De ese modo se lograría la cuadratura del círculo de reestructurar la deuda española sin que cundiese el pánico en los mercados, "ya que la situación de Cataluña es completamente excepcional".

Por supuesto que la situación de Cataluña no tiene nada de excepcional. La progresiva descomposición de los Estados tiene toda la lógica con la progresiva inviabilidad del sistema capitalista del que se nutren y al cual nutren, inviabilidad ocasionada por entre otras cosas la rápida disminución de las materias primas disponibles  y particularmente la del petróleo. Pero una manera posible de alargar la agonía de este sistema consiste en disgregar los territorios más productivos, capaces de asumir una porción razonable de la deuda y seguir adelante con ellos, mientras que el resto de la deuda va quedando en territorios cada vez menos productivos, iterando el proceso de disgregación hasta que se han separado todos los territorios productivos y queda uno sólo, improductivo, cuyas finanzas quiebran. Es la misma lógica del llamado "banco malo", que es un banco creado ad hoc para asumir todos los activos de rentabilidad o liquidez dudosa de otros bancos. Se trata, pues, de separar los países en su parte buena y su parte mala.

La segregación de Cataluña y el voto positivo de España a su ingreso en la UE tendrá un efecto desestabilizador sobre la sociedad española semejante al desastre del 98. Toda la grandilocuencia de la prensa española riéndose del referéndum catalán se tornará en rictus unos meses más tarde al contemplar estupefacta la entrada del nuevo Estado en Europa. Cataluña ya está, probablemente, perdida para España; pero España debería aprovechar este mazazo del destino para, en vez de encerrarse en rancios esencialismos, emprender un proceso de profunda regeneración política, económica y social. De no hacerlo así la alternativa podría ser que al final haya varias Españas buenas productivas y una España mala que sufra por las deudas de todos.

Esta noche es fría y oscura en Francia. Aún quedan unas horas para llegar a casa...

Antonio Turiel. Diciembre de 2013.

jueves, 12 de septiembre de 2013

La descomposición de los Estados




(Nota: a lo largo de todo este artículo me referiré a Catalunya como Cataluña, al ser ésta la grafía castellana para esa región, autonomía, nacionalidad o nación, según gusten Vds. considerar - del mismo modo que escribo Inglaterra o Francia, no England o France. Eso no es óbice para que la denominación oficial sea Catalunya, como corresponde en el idioma original).
 
Queridos lectores,

Ayer tuvo lugar un evento de gran trascendencia local. Una cadena humana recorrió los 400 kilómetros que separan la frontera norte de Cataluña, en los Pirineos, de la frontera más meridional y oriental, en las Tierras del Ebro. El objetivo de esa gigantesca fila humana era pedir la independencia de Cataluña. Desde hace más de 30 años Cataluña ha regulado sus relaciones con España por medio de un estatuto de autonomía, pero desde hace un tiempo se ve que el estatuto queda corto para cubrir las aspiraciones catalanas, máxime en los tiempos de estrechez que corren. Y los catalanes ahora reclaman más de lo que el Estado español y su Constitución pueden permitir.

En los 400 kilómetros de cadena había, por lógica, al menos 400.000 personas (una por metro), aunque a juzgar por lo que vi personalmente al pasear a lo largo del tramo que pasaba por mi ciudad y por las imágenes que he visto de diversas ciudades del recorrido (especialmente Barcelona) la cantidad de asistentes fue muy superior, al menos del doble, aunque seguramente no llegase a la cifra dada por el Departament d'Interior de la Generalitat de Catalunya (1.600.000 personas, lo cual sería impresionante en este proto-país con 7 millones de habitantes). Poco importa cuánta gente se dice que asistió; el caso es que es obvio que el movimiento independentista en Cataluña ha cogido mucha fuerza y que puede ser ya incluso mayoritario (una encuesta reciente encargada por el diario El País así lo mostraba). Mi experiencia del día a día, de tanto ir de aquí para allá por Cataluña, me indica lo mismo: que existe ya una gran masa social que desea, o cree desear, la independencia de Cataluña.

Cómo se ha llegado a este punto no es un misterio para los que vivimos aquí. La razón más importante por la cual se ha pasado de una minoría de independentistas a una posible mayoría es la crisis. Una crisis que es económica, sí, pero también de valores. Mientras los ciudadanos de a pie sufren para mantener sus negocios o conservar su trabajo, y muchas veces no lo consiguen, las noticias de cada día nos cuentan de nuevos y cada vez más graves casos de corrupción que afectan a las más altas magistraturas del Estado, desde los Gobiernos Autonómicos hasta el propio Gobierno del Estado e incluso afectan a la Casa Real. Tener que malvivir con un puñado de euros al mes, a veces mantenido por la propia familia, y al tiempo escuchar la retahíla de millones que se han malgastado en fastos absurdos o que simplemente se ha embolsado el aprovechado de turno, lleva a una rabia comprensible y difícil de parar. Los efectos de esta crisis económica y moral azotan una buena parte de Europa y a toda España, y seguramente con más fuerza que en Cataluña en otras autonomías españolas, pero en Cataluña ha habido un elemento aglutinante, ilusionante: un discurso que ofrece una explicación simplista de lo que pasa y una vía de acción positiva para cambiar las cosas.

El discurso que está triunfando en Cataluña es simple, como decimos: España nos roba; la Cataluña productiva mantiene la España subsidiada; y demás lindezas por el estilo. Para que se hagan una idea de a qué me refiero, les enlazo aquí un vídeo que se ha hecho popular en Cataluña y que glosa estos desequilibrios con la intención de demostrar que Cataluña está siendo expoliada por España. Los agravios que se describen en el vídeo son algunos reales, otros imaginarios, y en otros se utilizan cifras o comparaciones manipuladas para dar la imagen que se busca.

Cataluña es una de las regiones ricas de España y los fallos estructurales que tiene, fruto de la desidia a veces del Gobierno central, a veces de la Generalitat de Catalunya, son percibidos como agravios insoportables. En ese contexto, resulta muy fácil motivar a la gente buscando una vía de salida, la vía positiva: salgamos de España; gestionemos nuestro propio dinero; seríamos ricos si no tuviéramos que soportar el peso muerto de una España que nos ningunea; y otros slogans similares. La actitud de los sucesivos Gobiernos españoles no ha ayudado tampoco a desmontar esa imagen de gobernadores absolutos y chulescos que roban y humillan cuanto quieren, ya que a veces por cálculo electoral ha resultado rentable mantener una actitud beligerante contra Cataluña o su gobierno; y desde la Generalitat con frecuencia se ha recurrido al victimismo para mejorar las expectativas electorales del partido en el poder autonómico.

La agitación catalana contra "la España que nos roba" ha ido creciendo a lo largo de los últimos meses, partiendo de un poso histórico con décadas de recorrido pero que sólo se ha convertido en mainstream gracias a la crisis. En las televisiones y los diarios se han sucedido debates y columnas en los que reputados economistas analizaban la estructura económica de una Cataluña antes y después de la independencia, en algunos casos encontrando que el saldo sería positivo y en otros negativo. Para mi hay tres aspectos curiosos de esos debates, cada vez más frecuentes. En primer lugar, la disparidad de cifras ofrecidas: delante de un tema de tanto calado, lo lógico es que se creara un cierto consenso de bases para analizar fríamente la situación; pero nadie tiene ningún interés en sentar las bases claramente, probablemente porque las posiciones de unos y otros tienen más de ideológico que de lógico y se suele poner el acento en cuestiones políticas (por ejemplo, ¿sería admitida Cataluña en la Unión Europea a pesar de la previsible oposición de España?). En segundo lugar, no deja de ser curioso que todo el discurso se centre en la existencia o no de beneficios económicos con la independencia. Para alguien que se siente catalán por encima de español lo lógico es que se apelase más a sus sentimientos de pertenencia a una comunidad y de extrañeza respecto a la otra; sin embargo, esa ligazón sentimental no parece ser un buen leit motiv para la creciente masa de nuevos independentistas. El motivo que realmente moviliza es el económico, y con gran pragmatismo los sectores nacionalistas tradicionales y algunos nuevos actores se han dirigido hacia aquí. Y en tercer y último lugar, todos los análisis de viabilidad económica de Cataluña parten del supuesto del mantenimiento del BAU, de que el crecimiento económico en Cataluña y en el mundo volverán en un momento determinado, cuando en realidad sabemos que eso no es posible. En suma, que tanto los que argumentan a favor de la continuidad de Cataluña en España como los que lo hacen en contra aludiendo a razones económicas están, consciente o inconscientemente, engañando a la gente.


El proceso independentista en Cataluña es simplemente uno más de los procesos de descomposición de los Estados occidentales fruto de su inviabilidad económica. En medio del marasmo e inoperancia creciente de los Estados, a medida que se consuma la fase 3 del colapso y los Estados se sumen primero en la ineficacia y después en su desaparición, nuevas estructuras de menor tamaño emergen para intentar cubrir este vacío de poder. Lo que hoy pasa en España con Cataluña acabará pasando en los próximos años en el Reino Unido con Escocia, en Francia con Bretaña o en Alemania con Baviera, por poner sólo tres ejemplos de tres regiones en Europa; pero el problema tiene una escala global y así numerosísimos países de América, Asia y África sufren derivas centrífugas de ciertas regiones que, con el tiempo, les pueden llevar a su secesión.

¿Va a solucionar la independencia de Cataluña los problemas de Cataluña? Solamente si Cataluña comprende lo que realmente hay en juego, sólo si se comprende que el crecimiento económico no va a volver, sólo si se acepta que la deuda no se puede pagar y por tanto ni se intenta pagar. Intentar reproducir los errores del pasado pero a menor escala geográfica sólo acelera el camino hacia el colapso. Emprender un proyecto nuevo que supere el BAU, definir un nuevo modelo productivo no basado en el crecimiento económico, sentar las bases de una nueva sociedad de ciudadanos y no de consumidores, ése es el único camino hacia una independencia real.

Salu2,
AMT

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Independència

Imagen de la versión digital de El Periódico de Catalunya, http://www.elperiodico.cat

Queridos lectores,

Como norma general no me gusta hacer artículos demasiado ajustados a las noticias del último momento por evitar convertir el blog en una gaceta de novedades. Esto está bien, porque se evita que la prisa por informar sobre lo que pasa ahora mismo sustraiga tiempo al análisis sosegado y detallado de lo que está pasando en su conjunto y evita, por tanto, que se pierda perspectiva. Sucede, sin embargo, que en ocasiones determinados eventos tienen una gran trascendencia, clave incluso para entender la evolución futura, y es preciso detenerse en ellos y hasta dedicarles un post entero; de otro modo, parecería que la discusión del blog queda restringida a una mera discusión académica, fría y desconectada de la sociedad a la que pretende servir, encerrada en su torre de marfil. Así que, a mi pesar, saco del foco el interesante artículo de Gabriel (el cual les invito a que lean si no lo han hecho ya) por cubrir esta necesidad de poner en perspectiva eventos recientes.

Hoy (ayer, cuando lean esto) ha sucedido un evento que, por su magnitud, tendrá importantes implicaciones para el país donde yo vivo; un evento que indica una posible ruta hacia el colapso de la nación que se llama España, y por ende nos da pistas de cómo pueden colapsar las naciones de Occidente si no se toman medidas correctoras a tiempo. El evento en cuestión, para aquellos que no lo sepan, ha sido la increíblemente multitudinaria manifestación por la independencia de Cataluña que ha tenido lugar en Barcelona [Nota del autor: sé bien que la denominación oficial de esta nacionalidad histórica es Catalunya, y la uso en todas mis comunicaciones oficiales. Sin embargo, en el blog intento usar un castellano más o menos normativo y con tan pocos modismos ibéricos como soy consciente de evitar, por respeto a mis lectores de ultramar. El fonema de la discordia se representa por el grafema "ñ" en castellano y el "ny" en catalán, sin que éste ultimo tenga sentido en castellano].

Es importante comprender el trasunto histórico lejano y cercano de esta manifestación, pero no puedo extenderme tanto como sería necesario en el post; simplemente espero que con algunas pinceladas muy, muy breves, fruto de mi limitado conocimiento de la sociedad catalana que hace más de diez años que me acoge, se pueda captar el contexto.

[Addenda, 12 de Septiembre de 2012: Lo que sigue es una composición del relato histórico que más o menos he podido construir por las impresiones de muchos catalanes con los que he hablado. Ni es mi visión personal ni es una visión historiográfica ortodoxa: es el relato de su pueblo que a mi me cuentan sus gentes.]


Cataluña es un territorio con una identidad histórica fuerte y una lengua propia, que se integró en el Reino de España a raíz de diversas uniones dinásticas. Región fronteriza con Francia, fue de siempre una tierra dinámica en lo económico y muy volcada en el comercio, en tanto que Castilla (la otra región políticamente dominante) estuvo siempre más volcada en la guerra y en la expansión vía la conquista de otros territorios. La simbiosis de las dos visiones de España fue útil en muchos casos, como en la expansión militar y comercial de España en Sudamérica, pero en muchos otros ambas visiones han chocado. Quiso el destino que Cataluña tomase el partido del bando que finalmente resultó perdedor en la Guerra de Sucesión española (una guerra civil en toda regla), y como consecuencia de tal derrota muchos de los privilegios e instituciones políticas catalanas fueron allanadas y disueltas por medio de los infaustamente recordados Decretos de Nueva Planta. Todo lo que relato pasó hace casi 300 años, y parecerían por tanto hechos remotos; sin embargo, de una manera consciente e inconsciente esos acontecimientos han pervivido en el imaginario colectivo catalán, comenzando por la fiesta nacional catalana (que se celebra el 11 de Septiembre, efemérides de la derrota en 1714 del bando catalán con la caída de Barcelona) y siguiendo por el profundo desprecio que algunos amigos y conocidos míos tienen por el actual Rey de España, al cual el adjetivo descalificativo más usual que le suelen aplicar es el de Borbón, recordando la dinastía de nuestro actual monarca, la misma y rival que derrotó al bando catalán y acabó con sus libertades políticas. La larga dictadura del General Franco durante el siglo XX, con su nacionalismo español como elemento aglutinador y su represión por toda forma de libertad, aumentó más la nómina de agravios reales y percibidos en el imaginario catalán. Los cabos sueltos de la Transición Española a la democracia no permitieron resolver satisfactoriamente muchos temas pendientes. Aunque Cataluña, como los demás territorios que conforman España, consiguió tener un Gobierno autonómico parlamentario unicameral, sus poderes y atribuciones son limitados: demasiado limitados para ciertos sectores de la sociedad catalana, que siempre reclama más. Además, existe el sentimiento instalado en buena parte de los catalanes de que Cataluña, uno de los motores económicos de España, está contribuyendo con mucho más de lo que recibe del Estado, incluso aceptando una aportación solidaria para ayudar a otras Comunidades. Desgraciadamente, a tal percepción catalana se le opone una percepción frecuente entre los españoles de que los catalanes sólo buscan más y más dinero, sin límite, buscando sangrar al Estado (yo, al estar entre dos aguas, recibo comentarios de todo tipo según dónde me encuentre en cada momento). 

Tal desencuentro se había ido lidiando durante las últimas tres décadas y media con el pragmatismo, y a veces directamente el mercadeo, de los diversos gobiernos autonómicos catalanes con los concurrentes gobiernos del Estado español. Sin embargo, el inicio de la crisis hizo descarrilar la vía posibilista de avanzar en el autogobierno catalán por la vía de la reforma del Estatuto de Autonomía de 1979. El Parlament de Catalunya, el Parlamento Español y por referéndum el pueblo de Cataluña aprobaron y ratificaron el vigente Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006. Sin embargo, el 28 de Junio de 2010 el Tribunal Constitucional español, en respuesta a un recurso de inconstitucionalidad planteado por el entonces opositor Partido Popular, por medio de una sentencia irrevocable vació de contenido esencial la nueva norma. Se da la circunstancia de que, fruto de los extraños balances de poder del Estado español, la composición del Alto Tribunal está siempre muy mediatizada por los partidos políticos, y que en el momento de la resolución la falta de acuerdos en su renovación había preservado una composición favorable al Partido Popular, fruto de su anterior mayoría absoluta. La fatiga de 4 años de discusión de un Estatuto que nunca llegó a desplegarse del todo ha causado una cierta sensación de desapego y de falta de confianza en el engranaje del Estado español que detecto frecuentemente en mis conversaciones aquí, incluso en gente que no tiene un recuerdo muy claro sobre qué pasó con el dichoso estatuto.

En esto se produjeron los sucesivos relevos en el Govern catalán (de una mayoría de izquierdas se pasó a un gobierno de minoría de la tradicional coalición de derechas) y en el Gobierno español (pasando de una minoría del principal partido izquierdas a una mayoría absoluta del principal partido de derechas). Gobiernos, sobre todo el catalán, que han tenido que lidiar con lo más crudo de las medidas de austeridad para intentar contener los efectos de la crisis (aunque el Gobierno del PP está yendo aún mucho más lejos que su predecesor del PSOE, y eso sin llevar un año aún en el poder), y que están sufriendo un intenso desgaste y contestación en la calle. El Govern catalán se siente especialmente agraviado porque se puso desde el primer momento a tomar medidas muy impopulares de contención del gasto público mientras otras autonomías miraban para otro lado, a pesar de lo cual se ha visto castigado con diversos incumplimientos de financiación de los dos Gobiernos españoles que se han sucedido durante el último año. Y en esto se ha producido la situación de estrés que nos lleva a la ruptura actual.

El Govern catalán ya no es capaz de hacer frente a sus compromisos de pago y ha solicitado el rescate financiero al Gobierno español, por valor de 5.000 millones de euros (en realidad, no es la primera sino la tercera autonomía en pedir tal ayuda). A su vez, el Gobierno español está abocado a pedir pronto un rescate a Europa, lo cual complica aún más la situación. La Generalitat de Catalunya no quiere ni oír hablar de aceptar, encima de todo el esfuerzo ya hecho, una intervención o tutela de gasto por parte del Estado español, mientras que el propio Estado español podría verse en breve tutelado en su conjunto (autonomías incluidas) desde Bruselas. El caso es que el Gobierno de España maniobra para evitar un rescate que presiente oneroso para sus intereses, y eso le lleva a tomar decisiones que de tan duras llegan a ridículas. Así, la Generalitat pedía un anticipo rápido de unos 1.000 millones sobre los 5.000 millones del rescate para poder hacer frente a los compromisos de pago del mes de Septiembre, pero el Gobierno español le ofrece sólo 120 millones, que es lo que él estima que bastará para pagar nóminas y conciertos financieros de este mes. Y en ese contexto, la marcha que anualmente convocan durante la Diada de Catalunya asociaciones en favor de la independencia de Cataluña ha recibido un inesperado apoyo del propio Govern de la Generalitat!

Es obvio que el Govern, acorralado por los acontecimientos, ha decidido hacer una apuesta fuerte para forzar un cambio de rumbo en el Gobierno español. Oficialmente, el Govern ha convocado a los ciudadanos de Cataluña a manifestarse en protesta de lo que consideren más intolerable, desde los recortes sociales hasta la ignorada reclamación de un nuevo Pacto Fiscal (mejora de la financiación acordada con el Estado), hasta llegar si así lo desean a la reclamación de independencia. Desgraciadamente, también es obvio que el Gobierno de España no tiene ningún margen de maniobra, y a pesar del éxito de la convocatoria no tiene la más mínima pretensión de cambiar el rumbo, so pena de naufragar antes y peor.

En realidad ambas Administraciones hacen un planteamiento erróneo de la situación. En primer lugar, porque a pesar de las especificidades y debilidades incrementadas de España, la crisis económica por la que atravesamos es estructural y es un problema de escala global. Un reciente artículo de Zero Hedge indica que el 80% de la economía mundial podría estar en recesión. Los autores consideran el índice PMI de producción industrial y sólo toman una muestra de países, pero que corresponde con los países de economías  más grandes (véase tabla siguiente):


Como ya anticipábamos hace más de un año, estamos en una nueva fase de recrudecimiento de una crisis que, como ya sabemos, no acabará nunca. No acabará nunca porque la imparable escasez de recursos no permite un crecimiento económico duradero. Es más, se multiplican los signos que indica que vamos hacia un agravamiento inmediato en las condiciones de acceso a la energía y a los alimentos a escala global (el enlace anterior apunta a un programa de radio, pero espero hacer posts específicos pronto, queden a la escucha). La estrategia del Govern y del Gobierno español de aguantar la nueva embestida, en espera de volver al crecimiento ya imposible, no es sólo errónea: en realidad, es suicida. Y es suicida porque en este momento las dos administraciones están irremisiblemente y por siempre a partir de ahora en rumbo de colisión.

¿Qué piensan esos centenares de miles de ciudadanos catalanes que se han concentrado hoy en Barcelona? ¿Qué les ha llevado a Barcelona? Planteando la pregunta clave: ¿son todos independentistas, o son mayoritariamente ciudadanos enfadados, hartos de tantas mentiras sobre el fin de la crisis y de tanto recorte? Es difícil saberlo con seguridad, pero mi impresión personal es que la respuesta a esta última pregunta es una mezcla de los dos. Y es que a lo largo de los meses yo he ido detectando en muchas personas con las que hablo casi cada día una migración desde posiciones no comprometidas, de ocuparse de sus propios asuntos sin interesarse demasiado a la peligrosa utopía de una "Catalunya lliure", a un desencanto y unas ganas de enviar Espanya a fer punyetes y probar suerte "sin que nos mangoneen nuestro dinero". Prueba de que la marea independentista, fruto del hartazgo, estaría creciendo es la gran presencia de banderas catalanas estelades (con un triángulo y una estrella además de las cuatro barras rojas oficiales, éste es el distintivo de los independentistas), que en la manifestación se vieron en mucho mayor número que la oficial senyera (para regocijo de los comerciantes chinos que las vendieran). De hecho el sentimiento reivindicativo catalanista parece estar cogiendo fuerza: hace unos días observé que en mi ciudad muchos balcones mostraban ya las banderas que generalmente se reservan para el día 11.



Y un poco más allá:



Piensen que los catalanes tienen fama de ahorrativos (eufemismo para tacaños), así que posiblemente algunas de las senyeres no fueron substituidas por estelades porque ya las tenían de otros años. La aparición de tantas estelades es significativa, porque quien la exhibe dice con orgullo que no quiere saber ya nada más de España.

[Addenda, 12 de Septiembre de 2012: Al hilo de algunos comentarios que he leído por internet, quizá cabe aclarar que el párrafo anterior no se debe leer en sentido literal: es una ironía. El comentario sobre los chinos de más arriba también era una ironía. El problema de las ironías es que pasa como con los chistes: si los explicas pierden la gracia.]

Interpretado desde una perspectiva peakoiler: ¿qué está pasando aquí? Está pasando que estamos adentrándonos ya en la fase 3 del colapso: colapso del Estado. Ya discutimos sobre el modelo de colapso societario de Orlov, y de sus posibles síntomas y consecuencias. En una reciente revisión de su modelo, Dmitry Orlov llegó a la conclusión de que el esfuerzo de los Gobiernos por evitar el colapso del sistema financiero (fase 1) y del comercial (fase 2) podría llevar a que las tres primeras fases concluyeran a la vez y de manera catastrófica, dejándonos en una peor situación para evitar las dos siguientes. En este caso, la administración local (Generalitat) está intentando evitar que el colapso en marcha de la administración general (Estado español) le arrastre en su caída. Tampoco la Generalitat tiene un plan mucho más coherente que el del Estado español para hacer frente a esta crisis (aunque a su favor cuenta el que ha hecho un análisis más acertado de la situación). Por su lado, España no puede permitirse perder una de sus regiones más ricas y productivas, y por lógica se tiene que oponer, por la fuerza de las armas si es preciso, a cualquier conato separatista. Y aunque la Generalitat probablemente esté jugando de farol, sin querer llevar la partida hasta el final, la marea que hoy se ha levantado, superando todas las previsiones, le puede llevar a tener que abanderar un conflicto irresoluble. No hace falta decir que un conflicto entre España y Cataluña precipitaría nuestro colapso (el de los que vivimos aquí).

En los próximos meses veremos en qué degenera todo esto y si los actores implicados son capaces de desactivar la bomba de relojería que tontamente han montado, sin verdaderamente ser conscientes. Lo que va a ser difícil de desactivar son los sentimientos despertados en tantas personas en el día de hoy, la explosión de rabia después de dos años de medidas de austeridad aplicadas implacablemente, de seis años de humillaciones con el nuevo Estatuto, de treinta años de Transición mal resuelta, de siete décadas de ninguneo, y de tres siglos de humillación tras la derrota.

Hoy me voy a dormir en un país. Quizá mañana me despierte en otro. Y en el paro, me temo. Pero ésa es ya otra historia.

Salu2,
AMT