Mostrando entradas con la etiqueta protestas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta protestas. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de septiembre de 2025

Crónicas de la caída: Septiembre de 2025


 

Queridos lectores:

Mientras escribo estas líneas, hay todavía manifestantes en diversos puntos de Madrid, sobre todo en las inmediaciones de la Plaza de Cibeles. Estas manifestaciones en la capital de España son el colofón de tres semanas en las que las protestas contra la Vuelta Ciclista a España por la participación de un equipo israelí se han ido progresivamente recrudeciendo, desde el puñado de personas que protestó cerca de la ciudad que me ha acogido, Figueres, hasta los centenares que se congregaron en el País Vasco, Asturias y Galicia, para finalmente llegar a los probablemente decenas de miles que hoy han colapsado las calles de Madrid y han impedido la finalización de la etapa y la entrega de premios. A otras personas les corresponderá  analizar el hartazgo de la población española (y también europea) con la horrible masacre que de forma indiscriminada está aplicando el ejército de Israel a la población de Palestina (muy visiblemente en Gaza y de manera más discreta en Cisjordania), y cómo esta explosión de rabia y protesta es en buena medida un rechazo contra nuestras propias élites (que se afanan en disimular la gravedad del genocidio, e incluso cuando lo reconocen lo hacen con la boca pequeña y sin acabar de tomar medidas decisivas, en lugar de como mínimo no plegarse a la voluntad de los genocidas, por más poder económico que controlen directa o indirectamente). Pero yo aquí querría destacar otra cuestión, a saber: que la circulación de la información es cada vez más lenta y azarosa, siendo el caso de las protestas en la Vuelta una de los pocos casos en los que la población ha podido identificarse y movilizarse, en forma creciente, al darse cuenta de que los sentimientos de rechazo eran compartidos y para nada minoritarios. No es una casualidad que a medida que iban pasando los días se hayan ido sumando más y más personas a las protestas, hasta culminar con la demostración de hoy en Madrid.

Estos mismos días ha habido protestas generalizadas y masivas, en ocasiones con cierta violencia, en nuestro país vecino, Francia. El lunes cayó el primer ministro, François Bayrou, después de someterse a una moción de confianza que encontró necesaria para poder acometer medidas de ajuste económico bastante drásticas. Emmanuel Macron, no osando convocar unas nuevas elecciones legislativas de desenlace incierto, nombró en seguida un nuevo primer ministro, Sébastien Lecornu, hombre de su confianza. El miércoles, respondiendo a una convocatoria para bloquear todo el país, se dieron todo tipo de incidentes, protestas y altercados. Se prevén nuevas jornadas de protesta a finales de mes, y el ambiente está cada vez más caldeado. Pero de esto apenas se habla, muy poco, en España e imagino que en otros países vecinos de Francia.

Mientras tanto, Alemania no levanta cabeza. El último trimestre volvió a registrar un descenso del PIB que pone en peligro la incipiente recuperación económica a la que apuntaban los dos primeros trimestres de 2025. Las encuestas muestran el irresistible ascenso del ultraderechista Alternativa por Alemania, que es la respuesta que le está dando el electorado alemán a sus inoperantes élites, que no son capaces de sacarlos de una recesión instalada desde que dejó de tener acceso a la energía barata que venía de Rusia. Una buena parte de la energía todavía llega de Rusia, en realidad, pero pasando por intermediarios para camuflar su origen y por eso ya no es tan barata. Otra parte viene de los EE.UU., particularmente el gas del fracking, que nunca fue ni será barato. Y sin los insumos a bajo precio, un país como Alemania, donde los sueldos no son bajos, no puede competir en el mercado global.

La transición energética se hunde lentamente en Europa. Nadie lo va a reconocer, pero poco a poco las metas de la transición están pasando a un segundo plano. Particularmente preocupa la pérdida de competitividad francesa y alemana y la destrucción de empleo, y aún más el hundimiento constante de la industria de la automoción, una de las industrias más importantes de Europa. No pasa semana sin noticias negativas en este sector, sin que se vea una salida razonable, mientras las ventas en Europa continúan su curva descendente y las exteriores se volatilizan. Pero todas estas cuestiones se sustituyen por el rearmamento, por alimentar la amenaza fantasma de la guerra con Rusia. Y como quiera que últimamente la población está perdiendo el entusiasmo por la causa bélica, las últimas semanas han estado jalonadas por noticias, éstas sí bien iluminadas y puestas en el foco mediático, dirigidas a alimentar la psicosis: la pérdida del GPS del avión de Úrsula von der Leyen, la intrusión de drones rusos en el espacio aéreo de Polonia y Rumanía... De nuevo, los flujos de información son azarosos. Aunque no arbitrarios. 

De vuelta a España, esta semana ha sido "noticia" algo que en realidad era una nota de prensa auspiciada por las grandes compañías eléctricas, de acuerdo con la cual el 83% de los nodos de la red eléctrica española están saturados y no pueden dar cabida a toda la nueva generación renovable que supuestamente tiene que entrar. Se ha llegado a decir que esta saturación ha llevado a perder 60.000 millones de euros en "inversiones potenciales", en referencia a un informe de Spain DC que citaba esa cifra, y como ejemplo se mencionan todas las industrias que no están "pudiendo despegar" por estas deficiencias de la red, desde los centros de datos hasta "otras industrias electrointensivas" curiosamente no especificadas. Pero como respuesta a estos "apremiantes" hechos, el Ministerio de Transición Ecológica español ha anunciado esta misma semana un incremento de la partida presupuestaria a destinar para el refuerzo de la red eléctrica, que llegaría así a los 13.590 millones de euros que se van a invertir desde ahora hasta 2030. Nadie va a explicar que todo esto es mentira. Nadie va a explicar que la demanda eléctrica en España está cayendo desde 2008, 17 años ya, y que este año seguramente cerrará con una nueva caída. No hay demanda para esa generación eléctrica que se pretende incorporar: en la actualidad, se están produciendo curtailments o pérdida de energía que se podría producir pero no se aprovecha, de más del 20% en algunos momentos. Los grandes fondos de inversión se retiran desde hace meses en lo que saben que es un negocio no rentable, cuando no ruinoso. Y eso sin contar con los problemas de intentar incorporar tanta electricidad renovable sin estabilización. Da exactamente igual: el plan es seguir adelante con el REI aunque sea un fracaso, y no hay plan alternativo. Se da por sentado que se necesita nueva generación eléctrica y que ésta debe ser renovable, cuando ambas afirmaciones son mentira.

Mientras tanto, bajando al terreno de lo real, de la gente que está sufriendo el inevitable descenso energético en el que estamos embarcados, vemos que los problemas crecen en Bolivia, en México y Nigeria, convertidos en tres de los puntos calientes de la caída de la disponibilidad de combustibles derivados del petróleo tras el pico de producción de petróleo crudo y condensado que se produjo en noviembre de 2018. El precio del barril de petróleo se mantiene moderado desde hace meses, y eso hace pensar a muchos en los países occidentales que la crisis energética es algo del pasado. En realidad, lo que sucede es que la crisis no se está distribuyendo de manera equitativa, y simplemente algunos países están empezando a quedar marginados del reparto. Justamente como estrategia para que aquí no haya escasez. Esto, por supuesto, no puede mantenerse indefinidamente, pero nadie va a hacer un análisis en profundidad sobre el tema. Nadie hablará del desastre en ciernes hasta que ya lo tengamos encima y sea inevitable.

Porque, además, en este momento en el que se necesitaría tener una información precisa sobre la situación energética global, nos encontramos con que vamos a tener mucha menos. De entrada, este año la Energy Information Administration de los EE.UU. no sacará su informe anual, debido a los recortes de Trump. Y en cuanto al informe anual de la Agencia Internacional de la Energía, al cual dedicamos un post cada año en este blog, aún no tiene fecha de publicación. Otros años ha salido en octubre y a estas alturas tendríamos más que clara la fecha de publicación, pero este año parece que se va a retrasar. ¿La razón? Seguramente porque, como comenta Javier Blas, en el borrador al que ha tenido acceso se ve que se recupera un escenario que desapareció hace unos años, el de Políticas Actuales, probablemente por la presión de la actual administración estadounidense. Un escenario en el que ya no se prevé una caída del consumo de carbón, petróleo y gas, simplemente porque ya no hay voluntad en los EE.UU. (y, aunque no se quiera reconocer, tampoco en Europa) de seguir luchando para abatir el Cambio Climático. Pero, claro, hacer ese encaje de bolillos va a ser complicado. Hasta ahora se había usado la narrativa del pico de demanda, es decir, que se iba a consumir menos petróleo porque queríamos consumir menos, no porque no hubiera. Sin embargo, tanto en EE.UU. como en Europa hay ahora urgencia por un volantazo a la situación económica, y para eso necesitan combustibles fósiles, toda vez que la transición energética ha fracasado. Así que ya no queremos consumir menos petróleo. Pero, después de años de insistir en que lo que estábamos viendo era un pico de demanda, ¿quién sale ahora en la AIE a explicar que, en realidad, estamos ya en un pico de oferta, y que no va a producirse más petróleo, sino cada vez menos? Por eso la necesidad de tiempo extra, para hacer cuadrar lo incuadrable. El análisis del WEO de este año promete ser una experiencia muy emocionante...

Crisis social, crisis energética... y, recordémoslo, estamos a las puertas de un nuevo desastre climático. Este otoño es un momento de máximo riesgo. Pero tampoco se habla de ello. No sucede. Hasta que suceda. 

Por tanto, si algo caracteriza este momento es el bloqueo de la información. Algo siempre presente, pero que ahora es creciente. Azaroso, pero no arbitrario.

Así que, para despedir este post, quiero mencionar una noticia de las que se habla tan poco como se puede: la Global Sumud Flotilla, un conjunto de embarcaciones que están en este momento navegando hacia Gaza con alimentos y medicamentos. Un grupo de personas que, desarmadas, pretenden hacer llegar una ayuda de primera necesidad a quienes están siendo exterminados, y a los que el gobierno de Israel ya ha amenazado diciendo que tratará como terroristas. Entre las noticias que no habrán leído estos días está la de que, mientras estaban atracados en el puerto de Túnez, sufrieron dos ataques con drones provenientes de mar abierto y que transportaban pequeños dispositivos incendiarios, un ataque de baja intensidad pero que es una advertencia. Simplemente otra noticia sobre la que no leerán hoy pero que quizá merezca la pena que sepan.

Salu2.

AMT 

P. Data: Adelante, Juan. 

lunes, 21 de octubre de 2019

Agitación

Rambla de Figueres, mediodía del 18 de octubre de 2019
 
Queridos lectores:

Como sabrán, hace tiempo que sostengo la idea de que la crisis catalana tiene probablemente mucho que ver con la forma que tomará el colapso en España. A la creciente conflicitividad en Cataluña le he dedicado ya muchos posts en este blog; y, teniendo en cuenta los sucesos recientes en este rincón del mundo donde vivo, parece que es bastante natural que escriba una crónica desde aquí tanto sobre lo que está pasando como sobre lo que no está pasando.

Primera una cuestión de orden: según en que lado de la divisoria entre los defensores de la independencia de Cataluña y los defensores de la unidad de España uno se coloque, suele usarse una cierta terminología para referirse a su propio grupo y al contrario. La terminología escogida por los partidarios de la independencia de Cataluña suele ser "independentistas", para ellos mismos, y "unionistas" (o a veces "españolistas") para los otros, en tanto que para los defensores de la unidad de España la terminología habitual para referirse a sí mismos es "constitucionalistas", en tanto que para los otros se les denomina tanto "independentista" como "separatista" (generalmente dependiendo de la afiliación política de quien habla). En mi caso, como he explicado muchas veces, yo no me sitúo ni a un lado ni a otro (por razones que son fáciles de entender), así que intento usar una nomenclatura con la que todo el mundo se sienta identificado. Por tanto, a los partidarios de la independencia de Cataluña les denominaré "independentistas", término que parece ser bastante aceptable para todo el mundo. En cuanto a los defensores de la unidad de España ningún término me parece aceptable: "constitucionalista" se refiere a una constitución particular, la española de 1978, que no solo reivindica la unidad de España sino que cuela muchas otras cosas de rondón, y además parece un término poco apropiado si el otro grupo se acaba dotando de su "constitución"; "unionista" tampoco me parece acertado, ya que más que defender una unión lo que se defiende es un statu quo; y "españolista" tampoco lo veo acertado por motivos similares a lo anterior y porque además parecería que se quiere achacar al otro grupo, así en su conjunto, una visión rancia y esencialista (como ya discutí en su día) que no tiene porqué ser la que le represente en realidad. "No independentista" tampoco es demasiado bueno como término, ya que daría a entender que hay solo dos grupos cuando, entre medias de ambos, hay gente que como yo que no queremos la independencia de Cataluña y que además creemos que sería contraproducente para los ciudadanos de Cataluña y de España, pero que por otro lado creemos que en una democracia todo se puede hablar y discutir, que una nación moderna se debe definir por un consenso de sus ciudadanos a querer formar libremente parte de ella, y que por tanto defendemos el derecho de los independentistas a pedir un referéndum y a acatar su resultado si es lo que la mayoría de la población de Cataluña quiere. Por tanto, y  a falta de nada mejor, les denominaré "contrarios a la independencia", de Cataluña siempre sobreentendido.

Comencemos por la parte meramente descriptiva de lo que ha pasado estos últimos días: el lunes pasado, el Tribunal Supremo (TS) de España dictó sentencia contra los nueve líderes catalanes que llevaban en prisión preventiva aproximadamente dos años. El TS consideró probado que no había habido una violencia instrumentalmente ligada a la intención de conseguir la independencia de Cataluña; no solo eso, sino que - como muchos defendimos en su momento - no había capacidad real de declarar la independencia y que toda la agitación de aquellos días no fue más que una representación destinada a forzar al Estado español a negociar. Consecuentemente, condena a los acusados con responsabilidad en la gestión del dinero de la Generalitat por malversación, a los cargos que no tocaron el dinero por desobediencia y a todos por sedición. Las penas finales oscilan desde los 13 años de prisión decretada al exvicepresidente Oriol Jonqueras hasta los 9 años para Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, que entonces eran presidentes de las asociaciones civiles Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural, respectivamente.

Como reacción a la sentencia, el mismo lunes 14 surgieron muchas protestas más o menos espontáneas, con multitud de cortes de carreteras y de vías (aquel día volver a casa me llevó ocho horas, en vez de las dos habituales). Sin embargo, en un salto cualitativo sin precedentes en esta historia, apareció un nuevo actor denominado Tsunami democràtic, un grupo organizado a través de las redes sociales y con una gran maestría en la gestión de las mismas; con una capacidad de movilización inaudita, consiguió concentrar a unas 10.000 personas en la Terminal 1 del aeropuerto de Barcelona con la intención de colapsarlo. Los manifestantes fueron tenidos a raya aunque con gran esfuerzo por los agentes antidisturbios de la Policía Nacional española y de los Mossos d'Esquadra (policía autonómica catalana), pero aún así consiguieron en parte su objetivo al lograr que algunos vuelos fueran cancelados. Después, hacia la medianoche el Tsunami Democràtic ordenó la desmovilización a través de los teléfonos celulares y el grupo se fue disolviendo de manera bastante rápida. Desde entonces, el grupo guarda silencio sobre las futuras acciones, posiblemente para evitar que se le vincule con los altercados de las noches siguientes.

Y es que durante las siguientes jornadas la situación degeneró de manera considerable. Las noches del martes al viernes han sido de auténtica batalla campal entre la policía y los manifestantes más violentos en el centro de Barcelona, con barricadas, contenedores incendiados y continuo lanzamiento de objetos por la parte de los alborotadores, mientras la policía se empleaba con contundencia para contenerlos. Estos altercados de madrugada han eclipsado las manifestaciones que los han precedido (y para los cuales han servido de excusa) y las diversas acciones de protesta pacífica de estos días, incluyendo las largas marchas desde diferentes puntos de la geografía catalan que culminaron en una multitudinaria manifestación el viernes - día para el cual, por cierto, se convocó un día de huelga con desigual seguimiento.

Las dos últimas noches, del sábado y el domingo, han registrado un cierto cambio en el patrón de la violencia callejera. De una parte, los manifestantes se han esforzado en aislar y expulsar a los que quieren aprovechar las protestas para generar disturbios, arrastrando a veces consigo a los más jóvenes e inconscientes; por el otro lado, la policía ha intensificado los filtros para evitar que algunas personas introdujesen en los lugares de concentración objetos apropiados para la batalla campal. Ambas cosas han conseguido que los disturbios de las últimas horas hayan sido prácticamente anecdóticos, aunque la situación continúa siendo tensa.

Respecto al escenario político, las palabras que mejor definen lo que pasa es ruido y confusión. La maltrecha unidad de acción de los partidos independentistas ha acabado por saltar por los aires con estos eventos; mientras el president Quim Torra apuesta por intentar, una vez más, hacer un referéndum de autodeterminación en Cataluña, sus socios de gobierno prefieren la moderación y ampliar la base social del apoyo a las tesis independentistas; en todo caso, ninguno de ellos es capaz de formular un plan para salir de este atolladero. En el ámbito de los partidos estatales, y con la espada de Damocles de las elecciones del 10 de noviembre colgando sobre sus cabezas, el discurso político está dominado por la alharaca; no hay reflexión, solo grandes voces y golpes en el pecho, y continuas llamadas por los partidos actualmente en la oposición a intervenir la desleal autonomía de Cataluña por medios legalmente dudosos, mientras que el presidente del Gobierno español en funciones parece que ni está ni se le espera, y tampoco parece que nadie haga una propuesta lógica sobre cómo detener y revertir la escalada del conflicto.

Éste es el resumen acelerado de los hechos. Analicemos ahora con un poco más de detalle su contenido. 

Comencemos por la sentencia en sí. Es evidente e indisimulable que en su huida hacia adelante de septiembre-octubre de 2017, los partidos independentistas cometieron muchos delitos. Se podría argumentar que estos delitos los cometieron de una forma consciente y justamente para favorecer un cambio en la postura del Estado español, justamente para conseguir un progreso político. A veces en política es legítimo traspasar ciertos umbrales legales como un acto extremo de protesta, pero cuando lo haces aceptas las consecuencias que se derivan de tus actos. Uno de los problemas con la sentencia es que hay muchos delitos cometidos que no han sido juzgados: prevaricación, prevalimiento, abuso de poder... Todos ellos graves y que los acusados difícilmente podrían negar haber cometido. Pero el mayor problema de la sentencia es el delito que se ha escogido para la pena principal, el de sedición. Como han explicado varios catedráticos de derecho, la sedición es un delito arcaico que data de antiguas leyes medievales, y eso se refleja en el uso en su definición de palabras hoy en desuso como "tumulto". En la época de las monarquías absolutas, un grupo de campesinos que se reunían y protestaban públicamente contra los impuestos excesivos podrían ser reos de sedición. Por supuesto se asumía que no había armas de por medio (esto sería ya rebelión), así que lo que diferenciaba una protesta dentro de los límites razonables de una sedición era el carácter "tumultuario" de la concentración, es decir, que fuese ruidosa y/o masiva. Lo que viene siendo una manifestación hoy en día, vamos. En los estados modernos, al recogerse en su legislación el derecho a la manifestación, han desaparecido mayoritariamente los delitos de sedición, siendo España una de las pocas excepciones reseñables (cosa que por cierto va a complicar la extradición del expresidente Puigdemont, huido a Bélgica cuando fue citado a declarar). Siendo como es un delito contra el orden público, llama la atención que el delito de sedición esté castigado con penas tan elevadas comparado con otros delitos semejantes, como el de desórdenes públicos (mención aparte merece el hecho que la sentencia abre la puerta a calificar como sedición cualquier obstrucción a la acción de la justicia, desde las acciones anti-desahucio hasta los cortes de carreteras por protestas por el clima). Destacados penalistas han resaltado la contradicción que supone que en una sentencia que califica los hechos de simulación y de ensoñación acabe condenando a los reos a penas comparables a las de un homicidio. Esta desproporción en las penas (que llega a verdadera saña en el caso de los dos Jordis, pues eran gente sin responsabilidades públicas) aumenta el sentimiento de agravio y de persecución ideológica en la población independentista (que, no lo olvidemos, debe ser al menos de dos millones de personas). Toda la especulación de los últimos días sobre que los reos podrán acceder pronto a un segundo o tercer grado penitenciario es completamente inane desde este punto de vista, aparte de ser evidentemente falsa porque difícilmente se accederán a los beneficios penitenciarios hasta haber cumplido la mitad de las condenas, y eso implica esperar aún dos años y medio en el caso de las condenas más bajas.

Gracias a la sentencia del Tribunal Supremo ha quedado acreditado que los hechos de septiembre y octubre de 2017 fueron una farsa a gran escala, una representación si quieren pero muy peligrosa. En estos dos años ha habido muy poca autocrítica desde el bando independentista sobre esta verdad simple, y es que realmente era imposible acceder a la independencia si no era mediante un acuerdo con el Estado y a través de un proceso (este sí, un verdadero proceso) que llevaría años. La lentitud del proceso real de independencia tiene más que ver con su carácter administrativo-logístico, necesario para evitar una salida desordenada y subsecuente caída en el caos; y en todo caso tal proceso es imposible sin forzar al Estado español a negociar. Nada se ha explicado como se debería, y la violencia desmesurada del Estado aquel 1 de octubre ha alimentado en el imaginario independentista la entelequia de que si no se consiguió la independencia fue por la represión salvaje, y no porque simplemente era imposible en los términos en los que se planteaba. Dos años después, las semillas de la frustración entonces plantada han brotado al conocerse las condenas, ejecutadas en la forma de un delito arcaico y con penas excesivas. Durante demasiado tiempo los dos bandos ha alimentado esa frustración que ahora se manifiesta de la peor manera posible: los desórdenes públicos y la violencia.

Se tiene que reconocer que la mayoría del movimiento independentista es de carácter pacífico y cívico. Sin embargo, por demasiado tiempo se ha jugado con fuego y eso ha favorecido que algunos grupúsculo contemplen la violencia como un arma legítima en el camino hacia la independencia de Cataluña. La presencia masiva de las fuerzas antidisturbios, el efecto llamada hacia los grupúsculos radicales que se mueven por toda Europa y, en ocasiones, la presencia de infiltrados y provocadores, generan esa llama inicial que se necesita para inflamar un conjunto ya bastante inflamable. Es entonces cuando comienzan los disturbios. De la parte de los elemento más autoritarios del Estado, los disturbios son positivos porque ayudarán a que los manifestantes no violentos desistan de acudir a las concentraciones y así detener la previsible oleada continua de concentraciones y actos de protesta que se pueden extender durante meses. Ese efecto de desmovilización es un incentivo perverso sobre ciertas prácticas más o menos discutibles. Por su parte, los partidos independentistas y particularmente el Govern de la Generalitat no está sabiendo actuar delante de un fenómeno que, aunque perfectamente previsible, parece desbordarles. Queda la sensación de que no hay un verdadero plan a partir de aquí, de que los partidos independentistas se han vuelto adictos a la adrenalina de la movilización pero no tienen nada claro qué hacer a partir de ahora, mientras que en Madrid menudea la retórica inflamada y la demagogia más zafia. Nadie propone un plan, ni en Barcelona ni en Madrid, y nadie parece estar verdaderamente al mando.

El tratamiento mediático de estos eventos merece un punto de discusión aparte. En los medios catalanes se ha tendido a dar una visión idílica y edulcorada de las movilizaciones, y, aunque no han ocultado la gravedad de los disturbios en general, ha predominado el tono exculpatorio, achacando a agentes externos la gravedad de los altercados. En los medios de ámbito estatal, lo que ha dominando es el morbo informativo, con una recreación absolutamente malsana en los detalles más grotescos y magnificando la gravedad del problema.  En unos y otros se comparte la incomprensión del momento que estamos viviendo y la incapacidad de ofrecer un verdadero debate público, más allá de las astracanadas de los que creen que esto se soluciona en dos patadas de manera autoritaria.

Lo que no está pasando es el retorno al sentido común. Ninguno de los dos bandos puede tener éxito en sus propuestas maximalistas, y si queremos avanzar no se pueden ignorar el uno al otro. Hace falta encontrar aquello que es compartido por unos y otros, y a partir de ahí construir algo nuevo y diferente, mejor. Sin embargo, si en los diez años en los que se ha ido alimentando este conflicto no se ha sido capaz de buscar otra vía que no fuera la de doblar las apuestas e incrementar el conflicto, es más que dudoso que ahora se haga.

Y lo que resulta curioso es que nadie establezca la conexión con otros conflictos ahora en marcha, de Ecuador a Francia, de Chile al Reino Unido, de Argentina a Italia. Las costuras de un mundo tejido con mentiras están reventando bajo el peso de una clase media que cada vez lo es menos, que cada vez es más clase excluida, pero nadie ve la conexión. Y mientras seguimos discutiendo sobre los galgos de la Declaración Unilateral de Independencia y los podencos del artículo 155 de la Constitución española, las fauces de la nueva crisis están a punto de cerrarse sobre nosotros.

Salu2.
AMT

domingo, 1 de abril de 2012

Día de huelga


Imagen de www.unfotografo.es

Queridos lectores,

La semana pasada no estuve en España. Fui a hacer algo importante, previsto desde hace meses, a luchar una vez más en Europa... pero no les puedo contar más detalles. El caso es que no estuve la jornada de huelga general, probablemente una de las jornadas más decisivas para el futuro de España, y por eso no puedo narrar en primera persona qué sucedió. Pero uno de los lectores sí que estuvo, estuvo en el meollo de los acontecimientos de Barcelona, y ha accedido a escribir su crónica de ese día.

Les dejo, una vez más, con Ferran Fontelles.

Salu2,
AMT
 

29 de marzo de 2012. Huelga general. Barcelona.

Los días previos fueron tensos, irritantes, nerviosos. Se cocía algo. El ambiente llevaba macerando varias semanas, meses, pero fue la víspera cuando se empezó a notar que el día siguiente iba a ser un día largo, muy largo. Se empezó a notar la electricidad estática que emana de una buena parte del pueblo: indignado, aturdido, enrabiado, arruinado o deprimido. Alterado, vamos. Me fui a dormir recordando el cortado que hice en el bar de siempre. “Mañana abrimos, no os preocupéis, aquí no pasan los piquetes y si pasan, no la lían”. Cerré los ojos. Me dormí.

Me levanté hacia las ocho y media. Salí a la calle. Di una vuelta antes de ir a por el café. Tenía mucha curiosidad de ver como empezaba el día en mi zona. Crucé el semáforo: creí ver pocos coches. No sé si me traicionó el subconsciente, o es que había menos de lo normal (luego entendí que con Diagonal y Ronda de Dalt cortadas intencionadamente, quizás eso tenía explicación física). El bar estaba abierto y vacío. ¿Esquiroles? Supongo, pero, ¿no estaban en su derecho también? Es que al final del día hasta dudaba de cuales eran los derechos de los que abrían y los de los que estaban en huelga, cuales eran las diferencias entre autónomos o trabajadores sujetos a un jefe, si se puede llamar piquete a gente que aprovecha para robar pequeñas cosas... Llegó un hombre, pidió un café con un poco de coñac, y explicó que unos piquetes le habían hecho cerrar (su oficina de inmobiliaria, precisamente). El seguimiento de la “vaga” (huelga) era desigual en mi barrio: partes que parecían transmitir normalidad seguidas de tiendas más o menos cercanas entre sí cerradas. TaTaTaTaTaTaTaTaTaTa... el primer helicóptero del día, a media mañana. Me hice la comida. Puse la televisión: fallaba el señal a ratos. Miré Internet: iba un poco más lento de lo común. El Gobierno hablaba de “normalidad” a esas horas. La única clase que tenía ese día estaba suspendida. La profesora ya avisó de que secundaba la huelga, argumentando que estaba preocupada, que veía como el dinero de su Departamento peligraba, y que no iba a venir a dar clase. “He visto el barrio, he comido, he seguido el breve parte informativo que dieron por la TV.. ¿qué hago aquí en casa?” pensé. “Voy a ir al centro, donde está convocada la manifestación. Mier--, servicios mínimos en transporte público”. Cogí la chaqueta y salí andando. 

Durante la larga caminata, fui observando distendido qué tiendas estaban cerradas y cuales no. La gente andaba en mi dirección. Todo normal. Escuché una conversación cercana “No sé cuales sindicatos han convocado la huelga, pero estoy en el paro, y con tal Reforma Laboral no pinta bien la cosa”. Iban a la manifestación, sin duda. Luego me enteré de que fueron varias las marchas que se emprendieron separadamente para llegar al mismo punto. Llegué a los aledaños de la Plaça Catalunya (corazón catalán del Movimiento 15-M del año pasado, punto de celebraciones del Barça también, quizás el punto más amplio y céntrico de la ciudad). Estaba en una calle cercana. A partir de aquí el relato tiene tres partes: la que viví, la que pensé y la que leí.
La que viví. Llegué y vi un mosaico generacional, personas de distintas etnias y estatus. Gente de todo tipo. Padres con sus niños. Gente que iba a título individual. Gente con su grupillo. En silencio. Gritando alguna que otra consigna. Con y sin pancartas. Con música. Leí “Nuestro Presi: Atur Más” en lugar del correcto Artur Mas, President de la Generalitat (atur es paro en catalán). El ambiente era cordial. Las conversaciones entre gente que no se conocía eran habituales. “La culpa es de la corrupción y de la nula planificación de las obras públicas y de su viabilidad” decía un hombre a otro. “Acaban de echar mi compañero de curro! ¡Qué fuerte! ¡Estoy flipando!” decía a su novia un chico con la cara descolocada. “Vivíamos por encima de nuestras posibilidades pero lo de ahora tampoco hay derecho”. Y de repente... “Orgulloso de estar, entre el proletariado, es difícil llegar a fin de mes y tener que sudar y sudar... pa' ganar nuestro pan”. Me quedé helado. Una señora que podría ser perfectamente mi abuela cantando el Vals Del Obrero, del grupo Ska-p ( un grupo con un público potencial de una generación más joven respecto a la mujer que lo cantaba tan felizmente). Estaba de repente cerca de la marcha de los “Iaioflautas”, un grupo de gente mayor, curtida, que se sintió ofendida (imagino) tras el 15-M, cuando parte de los medios empezaron con lo de “perroflautas por aquí, perroflautas por allá” intentando desprestigiar tal movimiento, y decidieron que también ellos debían hacer notar su malestar. Pensé: “tiene miga el asunto que se manifiesten los que consiguieron tales derechos ahora que peligran”. 

Imagen de www.cgtbarcelona.org

 Vi varias situaciones graciosas y pancartas ingeniosas, cuando de repente oí alguien con un “ya la lían”. De repente me fijé (poco observador yo...) que salía humo negro de no sé qué calle. Había visto varias brigadas de los Mossos d'Esquadra (cuerpo de policía de Catalunya), pero estaban estáticos, erectos, inmóviles. No había visto disturbio alguno hasta el momento. La gente se quedó donde estaba, pero algunos empezaban a desfilar andando. Sabía como acabaría aquello, y me sumé a ellos: no quería tener que correr. Hasta aquí lo vivido.

Imagen de www.noticias.lainformacion.com

Quería coger el metro, pero me fui a pie: prefería andar otra hora más que subirme y estar como una anchoa dentro. Tampoco hacía mal tiempo ni era demasiado tarde. Pensaba mucho. Qué debe estar pasando. Si han empezado ya las cargas policiales. ¿Y los niños, abuelos y gente de bien que acababa de ver? ¿Y mis conocidos? ¿Qué factor es el culpable de que siempre acabe la cosa igual? Al cabo de unos cientos de pasos mi reflexión interna pasó por varias formas intermedias hasta llegar al Peak Oil, otra vez más, otro día más... ¿Y si la gente supiera la que se nos avecina energéticamente hablando? ¿Y si nos lo contasen cómo es sin más? ¿Cuál va ser el futuro? ¿Qué parte de los manifestantes se quedan solo con el “la culpa es de ZP o de la corrupción o de la evasión o de.....” y qué parte también sabe que hay algo más, algo más estructural? ¿Si ya estamos como estamos, hasta donde llegaremos, donde está la línea? ¿Que será del mundo, que será de mi? Y cuando ya tenía un barullo mental considerable, cuando las piernas me andaban solas, casi místicamente mi subconsciente se puso en alerta: el portal de mi casa, casi me lo paso de tanta abstracción.

Lo que leí. Llegué a casa, precalenté el horno para hacer una pizza y me senté en el sofá. Las redes sociales ardían ya con vídeos, fotos y comentarios de lo vivido en Plaça Catalunya y Barcelona en general. Empecé a ver vídeos que colgaba la gente en Internet. Me quedé un poco alterado: me enteré de que los Mossos de Esquadra (tras pillajes, actos vandálicos y fechorías varias de una gente que no sé que concepto deben tener de manifestación...) empezaron a usar gases lacrimógenos con el fin de dispersar a la multitud. Dicho gas se había usado de forma muy poco continua en los últimos años, señal de que fue una tarde intensa. Vi varias fotos de gente que estuvo allí con cámaras, de porrazos, de persecuciones, hasta una foto de una madre protegiendo a sus hijos de una carga de los Mossos, con las caras de los niños llorando aterrados o el vídeo donde se pega a un hombre que iba con muletas. 


Imagen de 20minutos.com


Quizás ya rizó el rizo otro vídeo donde aparecen unos bomberos enseñando a los Mossos moratones de porrazos y donde se oye a un bombero gritando “...además trabajamos juntos, somos compañeros”, y que acaba con la policía lanzando más gas lacrimógeno, para finiquitar el asunto. Me enteré de que hubo varios detenidos y pensé “como siempre, van a detener los pocos que han pillado. Qué más da lo que exactamente hicieron. Qué más da si lo hicieron con motivo de liarla solamente, o con el afán de cambiar la sociedad, o con ánimo solo de bloquear el acceso a Barcelona: son los que pillaron, unos pocos, buenos o malos, de los que estaban cerca del meollo en un momento incómodo. Pero ya los tienen, los cabecillas de turco. Y ya más adelante se empezaron a oír voces de la casta política. Que si merecen sanción digna, de que si deberían merecer penas al estilo kale borroka (¿al nivel de terroristas?), de que si “la huelga no recibió suficiente respaldo como para que el Gobierno de España deje de tomar las decisiones correctas (ministro alemán de finanzas Wolfgang Schauble dixit). Frases como la del conseller de Interior Felip Puig respecto los heridos “Ya no vale decir yo pasaba por allí”. Imagino que será el caso de los que han sido operados por rotura de bazo, tras patada de Mosso. Fotos de sangre y sudor y pancartas y enfrentamientos. Vídeos de choques, de llantos, de gritos y de pena. Llegó un momento ya que cerré el ordenador. Abrí la única lata de cerveza que me quedaba y me estiré en el sofá. Dónde vamos, dónde iremos a parar. Qué queremos. Qué hemos conseguido con la huelga. Qué ha ido bien, qué no. Qué nos queda por hacer. ¿Se enquistará tal nivel de violencia? ¿Irá a más por ambas partes? Hasta que al final, miré el techo y pensé: por hoy basta. Mañana volveremos con la “huelga”, ni que sea a título individual. Ya que, según creo, esta crisis no acabaránunca, al menos dentro del actual paradigma. Me puse en la cama. Estaba muerto de cansancio. Cerré los ojos y me dormí.

Ferran Fontelles, estudiante universitario