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lunes, 23 de febrero de 2015

Declive energético y asignación de recursos


Queridos lectores,

Durante las últimas semanas he percibido una cierta oleada de comentarios, en diversos foros de internet (en el foro Crashoil por supuesto, pero también en comentarios de noticias en diarios y otros medios digitales) en los que se pretende hacer de menos el problema del declive energético. En general, estos comentarios - muchas veces, de tono despectivo y vejatorio, a veces incluso personalizando sus ataques contra las personas que, como yo, nos dedicamos a hablar de estos temas - suelen basar su "contra-argumentación"  a los graves problemas aquí expuestos en una u otra maravilla tecnológica o recursos fabulosos que están a punto de llegar a nuestros hogares. Así, un día se recurre a la vieja falacia de la "siempre pendiente" revolución de los hidratos de metano o clatratos, mientras que otro se le da un eco desmedido al último anuncio comercial de la compañía Tesla Motors o se le da vueltas a la quintaesencia del grafeno. Hace unos meses los temas de moda eran los reactores de fusión de bolsillo  o el reaprovechamiento de los plásticos para hacer combustible casero  (tema, por cierto, ya abordado tiempo ha en este blog). Siguiendo el orden habitual en las rondas de mesías energéticos, en los próximos meses oiremos hablar del gran potencial del aprovechamiento de los residuos y probablemente alguna cosa relacionada con el hidrógeno, la fotosíntesis artificial o las mejoras en el rendimiento de los paneles solares. Y así en una rueda perpetua en el que las tecnofantasías se suceden sin fin, de entre un conjunto de ellas que después de todo, según se comprueba por lo mucho que se repiten, es bastante limitado.

Es relativamente habitual, cuando se empieza a discutir con cierta profundidad de los problemas energéticos de nuestra sociedad, que algún comentarista se descuelgue con alguna idea leída aquí o allá acerca de la solución-milagro de su personal preferencia. Pero en el caso presente llama la atención la gran cantidad de comentarios que menudean en estos días, así como lo extremo de algunas exageraciones (por ejemplo, dando por descontado que la siguiente revolución energética está prácticamente a semanas vista), y también el encono, en ocasiones bastante brutal, contra los que no sustentamos esa visión de vino y rosas (el epíteto más suave que he leído dedicado a mi estos días es "asustaviejas"). Más allá de los insultos me he encontrado algunas cosas curiosas, como  algunas groseras tergiversaciones de mi posición real sobre la crisis energética y el problema de los recursos (gente que de repente se entera -y se felicita por "mi cambio de opinión"- de que yo pienso que el problema es más social que técnico, a pesar de los años que llevo diciéndolo) o el que me repite una y otra vez cómo de errado estaba el informe "Continously less and less", en el que - según esta persona- "Turiel se basa para sacar sus conclusiones sobre el peak everything", aludiendo a posts que yo escribí hace cinco años, como si en este tiempo Alicia Valero no hubiera defendido su tesis, no se hubiera publicado "Thanatia" o Jeremy Grantham, entre otros muchos, no hubiera analizado el problema. ¡Si hasta la Agencia Internacional de la Energía comienza a reconocer tímidamente que varias materias primas están cerca de su máximo productivo!

No creo que esta ofensiva sea casual, en absoluto. Hay una gran necesidad de nuevos ídolos y de nuevas revoluciones en un año, este 2015, que si no se produce un cambio radical de tendencia pasará a la historia como el año en que la producción de hidrocarburos líquidos llegó a su máximo volumétrico (ya sabemos que el máximo en energía fue hace unos años). Aquellas personas que apostaban todo a que la denominada "comunidad picolera" estaba radicalmente equivocada, y entre ellos algunos que viven de desinformar sobre estos temas, están buscando ansiosamente un asidero, un punto de apoyo para evitar que la gente comience a cuestionarse aspectos básicos de nuestro modelo energético, lo cual irremediablemente lleva a cuestionarse aspectos básicos de nuestro sistema económico (y eso es intolerable según para quién). Por tanto, existe cierta desesperación y necesidad de cubrir el enorme agujero que está dejando el derrumbamiento de la última "revolución energética": el fracking. Los signos de que el boom del fracking en los EE.UU. está llegando a su fin se multiplican día a día, y ya empieza a ser de dominio público que el número de pozos de petróleo activos en los EE.UU. ha caído más de un 30% desde su máximo de finales de año pasado, como muestra el siguiente gráfico.


Imagen de http://wolfstreet.com/2015/02/21/fracking-bust-deepens-sets-records/

Al mismo tiempo, hasta los analistas más rezagados se han dado cuenta de que el actual "exceso de oferta de petróleo" se debe más a la caída de la demanda de petróleo a escala global que a un gran incremento de la oferta por razón de una ofensiva saudí o alguna otra teoría conspiratoria, fruto de una ilusión de control. Como anticipábamos, muchos analistas están complementamente perdidos con respecto a la evolución del precio del petróleo, y sobrereaccionan a los movimientos de los últimos días, pensando unos que ya se va a disparar a valores en dólares por barril de tres cifras mientras que otros creen que puede caer por debajo de la mitad de su valor actual. Y prácticamente nadie quiere contemplar la posibilidad de que estemos iniciando una peligrosa espiral de destrucción de demanda - destrucción de oferta que amenaza con subvertir una gran parte de nuestro mundo.

Si es 2015 el año en que comenzará nuestro inevitable descenso energético a escala global o no es algo que sólo sabremos dentro de unos años. Aunque cada vez peores, aún existen algunas opciones para estirar la situación actual unos poco años más (Ugo Bardi se refería hace poco a la posibilidad de usar carbón para convertirlo en hidrocarburos líquidos, un proceso poco rentable que es conocido desde hace décadas). Cada una de estas opciones implica implícitamente destinar o desviar recursos de unas actividades a otras, y dado que las fuentes de energía residuales son de menor TRE (con lo que ello implica a nivel económico) apostar por estos parches significa que llegará menos energía a la sociedad y que ésta en su conjunto será más pobre. Por poner un ejemplo concreto y particular, si decidimos apostar por convertir el carbón en un mal sucedáneo del petróleo nos encontraremos con que tendremos que destinar mucho más dinero a esta actividad del que destinamos actualmente a comprar petróleo, y eso implicará más recortes sociales, más bajadas de sueldo y más paro. Pero por otro lado, si no encontramos algún hidrocarburo líquido que se pueda producir a buen precio habrá muchas actividades económicas que no podrán continuar, se cerrarán fábricas y habrá más paro, se recaudarán menos impuestos y se producirán más recortes sociales. En suma, que según parece podemos escoger entre el fuego y las brasas.

Eso no es del todo cierto. Si uno comprende y asume que el escenario más realista que tenemos por delante es el del descenso energético, se puede a partir de ahí adoptar medidas conducentes a gestionar los recursos restantes de una manera más eficiente o socialmente más equitativa. En suma, que sí que hay una cierta libertad para escoger cómo queremos realizar nuestro descenso energético. Pero para ello es muy importante comprender que estamos embarcados ya en el proceso de descenso energético, porque de otro modo la asignación de recursos no sólo será altamente ineficiente, sino socialmente muy destructiva. Nuestro actual sistema económico se basa en una premisa básica: que la cantidad de energía disponible aumentará cada año y tendrá precios asequibles. Por eso, su modelo de asignación de recursos es expansivo: se tiene que generar cada vez más actividad económica para aprovechar esa plétora de energía y materiales que tenemos a nuestra disposición. Y por eso mismo, dejando de lado la cuestión ambiental - que también es grave- este modelo es potencialmente catastrófico cuando la tendencia en la disponibilidad de energía se invierte, que es justamente lo que está pasando ahora.

Definir las pautas de la asignación de recursos en el descenso energético no es tarea simple. Como siempre cuando abordo temas de esta índole, propondré una serie de cuestiones generales que justificaré argumentalmente, y las dificultades que implican su implementación. Pero por supuesto nada de lo que ahora diré es la última palabra sobre el tema y todo es revisable; se trata de comenzar un debate largamente aplazado pero imprescindible.

He aquí la lista de cuestiones que deberían tomarse en cuenta a la hora de asignar recursos en una situación de descenso energético.

  • Planificación: Si los recursos no son tan abundantes como queramos, y si cada año tendremos en realidad menos a nuestra disposición, es necesario racionar su posesión y racionalizar su uso. No podremos soportar cualquier actividad económica que consuma recursos, ya que no hay para cubrir todas las opciones que podemos imaginar. Así pues, se tiene que decidir qué actividades son prioritarias y cuáles son accesorias o prescindibles. No sólo eso: se tiene que hacer una previsión informada y realista de cómo irá evolucionando en los años siguientes la disponibilidad de recursos puesto que actividades que hoy en día nos podemos permitir quizá nos será imposible mantenerlas el año que viene. Peor aún: quizá para mantener una cierta capacidad de satisfacer las necesidades de la población en los años venideros tendríamos que comenzar ahora a destinar parte de los recursos que tenemos en este momento y que si no hacemos esta inversión no tendremos en el futuro (en la línea de las conclusiones del trabajo que hicimos hace unos años). Nuestro futuro puede depender críticamente de las acciones que emprendamos en el presente; sin una adecuada planificación, nuestra evolución más probable no será ni mucho menos óptima. Por ejemplo, puede ser que interese invertir ahora en sistemas de producción de energía renovable, o en mejoras en el aislamiento de las viviendas, o en reagrupar población, o cambiar los usos del suelo, o en otras múltiples formas de conseguir una sociedad menos dependiente de la energía. Todos esos cambios serían mucho más fáciles de hacer con toda la energía que tenemos ahora; incluso, puede que algunos de ellos sean imposibles si no hemos hecho las transformaciones adecuadas a tiempo. Por eso, se tiene que analizar el problema con detenimiento sobre la base de las necesidades locales (ver más abajo) y hacer un plan de transición, consensuado con todos los actores. El problema más grave que plantea la planificación en la asignación de los recursos es que choca frontalmente con ideas muy asentadas durante los años de abundancia de materias primas, fundamentalmente con dos: el ideal del libre mercado y el temor a un excesivo intervencionismo por parte del Estado. El ideal del libre mercado es una hipótesis compartida por la mayoría de los economistas y responsables políticos según la cual un mercado libre es el mejor sistema de asignación de recursos. Justamente por eso, cualquier intento de controlar el mercado lleva a ineficiencias y a un desperdicio de recursos; y de todas las formas de intervención la que habitualmente se considera la más dañina es la intervención del Estado, en parte porque su gran tamaño le permite desequilibrar más el mercado que otros actores, y en parte porque, según esta parcial visión de las cosas, los entes públicos son los más ineficaces en la gestión económica. Quienes sustentan este tipo de argumentos suelen basar su visión en largas retahílas de datos que muestran la bondad de sus hipótesis, pero en general la premisa está contenida en sus conclusiones (lo cual las hace no falsables). En realidad las cosas son mucho más complicadas: aún cuando el libre mercado, como ente ideal, podría ser eficiente en la asignación de recursos, lo que se tiene en la práctica es un mercado natural, que se parece más a la ley del más fuerte.  Se defiende que el mercado es libre, cuando si uno lo observa con detalle ve que está fuertemente intervenido por los actores económicos más poderosos. En cuanto al papel del Estado, muchas veces éste actúa en cooperación con los grandes poderes económicos (yo voy aún más lejos: según mi modo de ver, Estado y capitalismo se necesitan mutuamente). El Estado es intervencionista, sí, pero con demasiada frecuencia en favor de intereses privados, y eso se refleja no sólo en el mercado sino en muchas otras relaciones humanas ahora "mercantilizadas"; con todo, ese intervencionismo del Estado todavía está un paso por detrás de lo que pasaría en el contexto de un mercado completamente natural, en el que los fuertes impondrían sus reglas. Por otro lado, la planificación ya es una parte esencial del capitalismo: las grandes empresas planifican con meses de anticipación los patrones de consumo de la siguiente temporada y maniobran para compensar cualquier desviación; la supuesta satisfacción plena de los deseos de los consumidores no es más que una ficción. En realidad, lo único que hace falta cambiar son los objetivos de esa planificación, que en vez de ser la maximización del beneficio del capital deberían ser la satisfacción de las necesidades básicas de la población con criterios de verdadera sostenibilidad.
  • Reforma financiera: Simplificando un tanto arteramente, podríamos decir que en un sistema económico feudal el señor feudal tenía derecho a recibir una remuneración anual que era un porcentaje de la producción de sus vasallos, típicamente un 10%. Nuestro sistema económico se caracteriza por que el capital, por el simple hecho de existir, tiene derecho a una remuneración anual que es un porcentaje del propio capital, típicamente el 5% nominal (de manera efectiva, ese porcentaje se reduce a un 3% teniendo en cuenta diversos efectos de reducción del capital: inversiones fallidas, inflación, desgaste del patrimonio, etc). Con todas las injusticias que tenía el sistema feudal (y el continuo estira y afloja entre señor y vasallos y el ir y venir de alguaciles que se aseguraban del correcto pago a su señor) era un sistema sostenible: si la producción era menor, la remuneración era menor, y si la remuneración era mayor era como consecuencia de una mayor producción. En cambio, el sistema capitalista es intrínsecamente insostenible: cada remuneración que recibe el capital le hace crecer, y eso obliga a que el año siguiente la remuneración exigida sea aún mayor, pues ésta es proporcional al tamaño del capital. A un ritmo efectivo del 3% el capital se multiplica casi por 20 en un siglo, lo cual obliga a que la producción crezca en la misma proporción solamente para poder pagar sus intereses. Eso obliga a crecer y a crecer, a aumentar la producción sin parar para satisfacer las ansias de un nuevo señor feudal cuya glotonería no conoce límites y crece a ritmo exponencial. El grave problema que se plantea en la actual situación de declive energético es que es imposible hacer crecer la producción; al escasear la energía y finalmente las materias primas la producción no puede seguir aumentando. Sin embargo, el señor capital exige el pago de las obligaciones, que vienen impuestas a través de títulos de deuda (préstamos e hipotecas), y tiene al Estado de alguacil para asegurarse que cobrará. Esta imposibilidad física de continuar pagando las deudas hará que el capital, incapaz de alimentarse de una producción que ya no crecerá sino que además disminuirá al disminuir la renta disponible de los que deberían pagar por ella, canibalizará - como ya lo está haciendo - al resto de actores, principalmente a la clase media (la Gran Exclusión) y al propio Estado (a través de forzados rescates de empresas consideradas estratégicas cuyas deudas tienen su origen último en la fagocitación del gran capital). Lo primero que hay que entender, por tanto, es que no tiene sentido mantener el actual sistema de deuda, porque lo único a lo que puede llevar en una situación de descenso energético es a la liquidación precipitada de activos que serán valiosos en la transición, únicamente para engordar el capital y hacer aún mayor el problema de la devolución de deudas futuras (ya que ese capital ahora incrementado, por virtud de nuestro sistema financiero, será prestado para poner en marcha otros proyectos y emprendimientos que también fracasarán por culpa del descenso energético). En tanto en cuanto se mantenga la estructura actual de nuestro sistema financiero, el bombeo de recursos con el único objetivo de la acumulación improductiva de capital continuaría hasta que virtualmente no quede nada más que bombear; en el camino, se destruirían todas las estructuras que sirven para crear la cohesión social (en particular, que todos nos creamos parte de un proyecto común al que llamamos sociedad). Es obvio que tal manera de asignar los recursos provocaría hambrunas, epidemias, revueltas y eventualmente guerras, tanto civiles como con otros países. Por otra parte, cuando la succión de recursos por parte del capital llegase al límite del sustento mínimo vital de la mayor parte de la población, ya excluida, el capitalismo como tal dejaría de existir y se convertiría, probablemente, en un sistema feudal tradicional, en el que la democracia resultaría definitivamente abolida. Es por ello que resulta imprescindible romper una dinámica tan nociva. La manera más lógica de hacerlo es "hackear" completamente el sistema financiero. El primer paso sería, obviamente, reestructurar todas las deudas: si la perspectiva es que no habrá crecimiento, devolver los préstamos será cada vez más complicado hasta volverse imposible (como no se cansa de repetir Gail Tverberg). Pero el mero jubileo de la deuda no es suficiente. Dado que la economía en su conjunto se contraerá por la pérdida de capacidad productiva que implica la pérdida de energía disponible, no se puede aspirar a sacar adelante proyectos que se basen en una financiación en la que el capital tenga un interés porcentual por exactamente el mismo motivo: aunque uno ponga la deuda a cero, la falta de viabilidad financiera de los nuevos proyectos se manifestaría desde el primer minuto, porque en un mundo en contracción energética la mayoría de los proyectos no tienen rentabilidad suficiente para garantizar el pago de intereses (Gail Tverberg ha escrito recientemente un extenso ensayo sobre por qué eliminar las deudas pendientes no sirve en un mundo con energía limitada). Este problema de escasa rentabilidad es una manifestación de la disminución generalizada de la TRE de las fuentes energéticas de las que nos abastecemos, y está en el origen del escaso entusiasmo inversor actual en proyectos de producción de energía renovable en muchos países del mundo; y sin embargo quizá son esos proyectos los que podrían garantizar un acceso razonable a la energía en las próximas décadas. Dado que la iniciativa privada, siguiendo con la lógica financiera aprendida durante los dos últimos siglos de prosperidad energética, nunca invertirá en la mayoría de proyectos, se hace necesario no sólo cancelar las deudas previas e impagables, sino también establecer un sistema público de financiación, sin interés asociado, cuyo deber sería fomentar el rápido establecimiento de aquellos sistemas y actividades que se consideren más convenientes para garantizar un descenso energético razonable. Más aún, se tendría que prohibir todo préstamo con interés e incluso aquél no destinado a los fines prioritarios dada la urgencia de la situación, lo que en la práctica significaría la prohibición o tutela muy estrecha del crédito privado y la persecución de la usura (entendida como solicitar cualquier interés por un préstamo). El problema de esta reforma tan profunda del sistema financiero es todavía mayor que con la planificación que planteábamos más arriba; si la anterior ponía trabas a la expansión del comercio no tutelado, esta reforma atenta contra el corazón mismo del capitalismo. Quien intente promover estos cambios será denostado de comunista trasnochado o algo peor, ya que tal grado de intervención suena a apropiación y estatalismo. Crítica esa un tanto a la ligera, pues el comunismo de corte estatalista que ha conocido el mundo es tanto o más nocivo que el capitalismo (como ya discutimos en su momento); pero ciertamente hay un sustrato de razón en ella, ya que los marxistas clásicos atacaban a los derechos remunerativos del capital y en ese sentido la coincidencia con lo arriba expuesto es plena. Dado que la enorme carga ideológica del debate capitalismo-comunismo durante las décadas de la Guerra Fría aún no se han disipado del todo y podrían reavivarse en medio del general cuestionamiento de las bases teóricas y prácticas de nuestro sistema económico, me parece prácticamente inalcanzable tener un debate ciudadano razonable sobre la imposibilidad lógica de mantener el crédito con interés y la imperiosa necesidad de las reformas arriba expresadas: cualquier intento de avanzar en esa discusión se empantanará en diatribas inacabables con los viejos tópicos de hace 30 años. Como vía más práctica, mi sugerencia sería, simplemente, prescindir de todo tipo de financiación convencional, recurriendo al apoyo de comunidades locales para sacar adelante pequeños proyectos concretos, mientras el sistema financiero colapsa por sí mismo. Esta estrategia tiene el riesgo de que el Estado puede lanzar algunas iniciativas legislativas para perseguir esos caminos alternativos (los recientes movimientos del Gobierno español para regular el crowfunding son un indicio de esa posibilidad); por tanto, las comunidades tendrán que tantear muy bien el terreno que pisan y asegurarse de que sus iniciativas sean siempre escrupulosamente legales y así pasen por debajo del radar.
  • Cambio del sistema productivo: En un mundo con la energía disponible en franco descenso y recursos cada vez más escasos es imposible mantener un sistema orientado a la producción. Estrategias como la obsolescencia programada tendrán que ser progresivamente abandonadas, y los esfuerzos se tendrán que ir dirigiendo a conseguir nuevos diseños que aseguren una mayor reparabilidad, reciclabilidad y reutilización.  Eso crea un problema para las empresas, que deberán reorientar sus modelos de negocio, de modo que su cuenta de resultados no dependa de vender más sino de vender mejor. En el caso de empresas que produzcan bienes de consumo masivo, ya materiales o inmateriales, cuya clientela objetivo sea la menguante clase media, tendrán el problema adicional de adaptarse a la disminución de la capacidad de compra de sus clientes y la disminución objetiva de su mercado potencial. En añadidura, las empresas tendrán que recurrir cada vez más a sus recursos financieros propios ya que su perspectiva no será la de crecer, sino inicialmente menguar y eventualmente, con suerte, estabilizarse; eso hará todo mucho más difícil y la evolución general de los proyectos mucho más lenta, a no ser que cuenten con financiación participativa a interés cero (y que sorteen los problemas indicados más arriba). Añádase a todo lo mencionado que asignar recursos para rescatar empresas cuya viabilidad en el largo plazo es dudosa es una estrategia condenada al fracaso. Por ejemplo, pensando en el medio y largo plazo no tiene sentido ayudar al sector del automóvil, como seguramente tampoco tiene sentido apuntalar a las compañías aéreas o al sector del transporte por carretera, a pesar del peso económico tan importante que tienen estos sectores ahora mismo. El gran problema con el cambio del sistema productivo es que las reformas propuestas son también muy radicales y contradicen diametralmente todo lo que se enseña hoy en día en las escuelas de negocios de todo el mundo; los especialistas en ellas formados argüirán que todos estos cambios llevan a una enorme pérdida de productividad y de eficiencia económica. Y tienen toda la razón; lo que pasa es que el problema es de imposibilidad, no de conveniencia: con recursos limitados y en descenso su modelo simplemente no funciona. Dudosamente aceptarán tales argumentos, así que sólo cabe esperar que la fuerza de los hechos les acabe convenciendo. También es verdad que, mientras dure la transición, una empresa que apostase fuertemente por el cambio de modelo sería menos competitiva mientras aún haya cierta abundancia energética, y por tanto tendría muchos problemas para sobrevivir hasta el momento en que el modelo fósil actual deje de funcionar. Por ese motivo muchos autores dan por hecho que la sociedad industrial acabará necesariamente con el fin de los combustibles fósiles. Que la industria se tendrá que redefinir es evidente; que desaparezca por completo dependerá de las decisiones que se tomen, y en cada lugar la historia será diferente. 
  • Gestión de las infraestructuras: En el momento en que fueron creadas, las infraestructuras aportaron un gran valor tanto económico como social: los ferrocarriles comunicaban ciudades antes lejanas, los puertos permitían transportar grandes volúmenes de mercancías sobre grandes distancias, la red eléctrica traía la luz en medio de la noche... Pero a medida que las infraestructuras fueron creciendo en tamaño y extensión, y al tiempo envejecían se han ido convirtiendo, progresivamente, en una mayor carga, lo que implica un mayor consumo de recursos. Salvo honrosas excepciones, en la mayoría de las infraestructuras ha faltado una planificación a largo plazo, y la ganancia marginal que suponía cada nueva capa de infraestructuras ha ido disminuyendo (y posiblemente en algunos casos se ha vuelto negativa). Reasfaltar periódicamente las carreteras es muy oneroso, la red eléctrica necesita ser revisada y mantenida, los ferrocarriles requieren un mantenimiento continuo - especialmente en las vías de altas prestaciones... hasta mantener encendidas por la noche las farolas implica un gasto constante. Pero si los recursos disponibles menguan la parte necesaria para mantener todas las infraestructuras simplemente no estará ahí. Delante de este problema hay dos posibilidades. La primera es pretender hacer ver a la opinión pública que no hay ningún problema pero por la vía de hecho descuidar algunas infraestructuras, de manera poco ordenada, con lo que los problemas se van agravando - y son por tanto más costosos de arreglar - con el tiempo (lo que nos llevaría a un abrupto precipicio de Séneca, como ya explicamos en estas páginas). La segunda opción consiste en tomar decisiones atrevidas -  no siempre bien recibidas por la opinión pública - y avanzar en un desmantelamiento ordenado de algunas infraestructuras con la intención de sustituirlas por otras menos costosas y más resistentes. Por ejemplo, la decisión que han tomado algunos condados de los EE.UU. de no reasfaltar las carreteras bajo su responsabilidad y, al contrario, volver a convertirlas en caminos de tierra y grava. De entre todas las infraestructuras en peligro de abandono voluntario o involuntario, las relacionadas con el transporte están especialmente en riesgo: en un mundo con menos energía la hipermovilidad que ha caracterizado las últimas décadas está condenada a desaparecer, con lo que se pierde el sentido de tanta y tanta carretera, puerto, aeropuerto y hasta vía férrea, que además son muy costosos. Lo ideal, de nuevo, sería diseñar un plan de descenso energético y, conforme a él, decidir qué hay que abandonar, qué hay que substituir y qué hay que mantener; y también tomar decisiones sobre qué es lo que no existe ahora pero que es necesario construir de cara al futuro (por ejemplo, puertos fluviales). El problema mayor para que se cambie el modelo de gestión de infraestructuras radica, sobre todo, en la gran capacidad de presión e influencia que tiene el sector del transporte, que interpretará cualquier decisión en línea con el declive energético que le afecte como una agresión, negándose probablemente a aceptar que no sólo los días de gloria del transporte no volverán, sino que cada vez las cosas irán a peor. También es problemática la tendencia al elitismo, que irá convergiendo hacia la creación de medios de transporte para ricos y medios de transporte para pobres.
  • Relocalización: Justamente, si falta energía ni la materia ni las personas podrán viajar grandes distancias. Por otro lado, al disminuir el tamaño de la economía también disminuirán las ligaduras de largo alcance, y será la actividad local la que generará una parte cada vez mayor de la renta de las personas. En suma, el dinero no viajará grandes distancias, y la industria local será la que cree el empleo local y satisfaga el consumo local, formando un ecosistema económico cerrado en si mismo y cada vez de menor tamaño. Para evitar el desabastecimiento de bienes y servicios críticos, como lo son los alimentos o el vestido pero también la sanidad y la educación y cosas más prosaicas pero fundamentales como motores básicos y máquinas elementales, así como vehículos automóviles sencillos, se debería planificar cuidadosamente qué se va a producir y en dónde, de manera que se asegure un mínimo nivel de funcionalidad sin tener que salir de la escala local.  El gran problema con la relocalización es que la palabra ya está, a estas alturas, bastante manoseada, y muchas veces se queda en discurso vacío, sin contenido; es mucho más fácil hablar de ello que hacer algo positivo en su dirección.
  • Rehumanización: Se requiere la introducción de valores más sólidos para las relaciones humanas y el respeto a los demás, para no tener que discutir cosas obvias como que un sistema no está funcionando bien si hay niños cuya única ingesta de alimentos se produce en el comedor de la escuela, o que es más importante tener menos desahucios que más productividad, o que si el problema del desempleo crónico afecta a varios millones de personas no es porque estas personas sean unas inútiles o unos vagos, sino porque algo está profundamente mal en el reparto y la estructura del trabajo, en particular su completa sumisión a un sistema económico inflacionario y suicida; o que satisfacer los banales caprichos de los consumidores de hoy es menos relevante que proteger la calidad de vida de las generaciones aún por venir. Más aún, hace falta mejorar la calidad de la prensa: es completamente imposible que los ciudadanos puedan ejercer como tales si no se pone el acento en la necesidad y la obligación de difundir información completa y veraz, y mucha menos propaganda meramente al servicio de unos intereses económicos no siempre confesables. El problema más grave con la rehumanización es que choca con valores promovidos por el capitalismo para crear una sociedad acrítica y consumista: en el fondo, promover nuevos valores para una nueva sociedad es, de todas, la propuesta más subversiva. Se puede trabajar en este ámbito con menos peligro que, por ejemplo, en el ámbito financiero pues estamos hablando del ámbito de las convicciones personales y es intangible; pero al tiempo es más difícil salvar el inmenso escollo de la propaganda en contra, el descrédito, la ridiculización y el ninguneo.


Como ven, la mayor dificultad para implementar los modelos de asignación necesarios chocan con la ideología imperante. Es por eso que para poder hacer el cambio de modelo económico tendrá que producirse un cambio del modelo cultural. Pero eso será asunto a abordar en otro post.

Salu2,
AMT

jueves, 16 de mayo de 2013

Rumbo de colisión

Querido lectores,

En un post reciente concluía que uno de los problemas mayores que tenemos es la incapacidad de hacer un diseño inteligente de partida y en vez de eso adaptamos soluciones evolutivas. Lo que hacemos, por tanto, es adoptar soluciones que aquí y ahora están bien aunque no lo estarán en un futuro; y cuando las circunstancias cambian y los problemas aparecen hacemos variaciones a partir de las soluciones vigentes para encontrar nuevas soluciones que aborden nuestro problema satisfactoriamente. Tal aproximación, por lógica que parezca, puede llevarnos hacia una colisión inevitable contra un escollo que se encuentra al final de la cadena evolutiva que hemos seguido; y que si hubiéramos podido ver el problema en su conjunto hubiéramos podido escoger otra solución siguiendo un rumbo perfectamente diferente.

Este tipo de lógica evolutiva (o más bien, de huida hacia adelante) está presente en muchos problemas que hoy abordamos desde la tecnología. Introducimos tecnologías que resuelven problemas sin darnos cuenta de que esas mismas tecnologías introducen otros problemas para los cuales proponemos más tecnología y así sucesivamente, hasta que chocamos contra los límites de nuestro ingenio o de los recursos disponibles. Este problema se engloba dentro del llamado Principio de las Consecuencias Imprevistas, que fue introducido por el sociólogo Robert Merton el siglo pasado. Veamos ahora un ejemplo práctico.

Sabemos que a día de hoy hay un problema grave con el diésel: la producción mundial de diésel podría haber llegado a su máximo en 2008 porque, a pesar de que esos sucedáneos de petróleo a los que llamamos "otros líquidos" han conseguido disimular la caída de la producción de petróleo crudo, el hecho es que para hacer diésel hace falta petróleo crudo y además la mezcla que se usa para refinar diésel tiene que tener cierta proporción de petróleo ligero, del cual cada vez hay menos (Irán ya no produce, Venezuela produce muy poco y en Arabia Saudita comienza a escasear). Todo esto ha hecho que la producción de diésel se esté resintiendo ya: algunas refinerías en el mundo occidental están haciendo grandes inversiones para adaptarse a la falta de petróleo ligero y a los altos costes de la materia prima y de la energía (vean aquí un ejemplo en el Reino Unido) mientras que muchas otras refinerías directamente cierran (pueden encontrar una lista en esta página web). En suma, la por fin reconocida llegada del peak oil ha generado muchos efectos no lineales en nuestro complicado mundo, y entre ellos el cierre de refinerías y la disminución aún mayor del acceso a los combustibles.

Uno de los aspectos reconocidos que han hecho más grave esta crisis del diésel es el cambio histórico de coches de gasolina por coches de diésel en Europa durante las últimas dos décadas. Tal movimiento ha respondido a una lógica evolutiva, del mercado: dado que de manera natural se producía en las refinerías una cierta cantidad de diésel y el diésel de automoción tiene mejor economía de combustible que la gasolina, de manera natural el mercado ha tendido a buscar un hueco al relativamente más abundante y más económico diésel. Como ven, todo lógica evolutiva y todo libre mercado.

Sin embargo, por las razones explicadas más arriba la llegada del pico del diésel se ha anticipado a la del pico de la gasolina y en este momento se ve el error de haber fomentado tal dieselización masiva del parque automovilístico. Llegados a este punto, ¿qué podemos hacer? Volver a la gasolina no es fácil: los motores de diésel no son compatibles con la gasolina, y forzar un cambio masivo de vehículos particulares en medio de una crisis que justamente está acarreando una caída de ventas de coche no parece ni fácil ni muy popular. Por otro lado, dejar que el libre mercado regule esta situación tampoco es la mejor opción, puesto que el transporte por carretera y la maquinaria en general usan el mismo tipo de gasoil; ya está habiendo problemas con el transporte por carretera, que se está desplomando por los altos costes del transporte y la caída de la demanda de productos, como para permitir que se agrave aún más y acabe disparando la inflación, lo que traería una mayor caída del consumo y  el agravamiento de la crisis. En suma, hemos llegado a un callejón sin salida: cualquier opción que se escoja provocará muchas consecuencias desagradables. Vamos en rumbo de colisión inevitable.

Es significativa la evolución del Gobierno francés respecto a este problema. A mediados del año pasado hubo cierto revuelo y debate público incubado por los medios de comunicación sobre la conveniencia de arrinconar el diésel, al menos en las grandes ciudades. De acuerdo con el relato que repitieron machaconamente los medios de comunicación galos, un nuevo informe de la Organización Mundial de la Salud ratificaba lo nocivo que es para la salud los gases de los motores de diésel, y eso abría el debate "urgente" sobre la necesidad del cambio. En realidad, desde hace varias décadas se sabe que los motores de diésel son más contaminantes que los de gasolina, a pesar de las muchas mejoras significativas que se ha hecho en su ingeniería; por otra parte, en Francia como en el conjunto de la OCDE (y no hablemos ya de España) el tráfico rodado ha disminuido como consecuencia de la crisis, lo cual retrae relativamente la urgencia de este debate (al menos desde una perspectiva política; el tema de la contaminación del diésel es ciertamente serio y debería haber sido abordado seriamente hace muchos años). Por tanto, da más la impresión de que este debate espoleado por los medios obedece a la necesidad de trasladar a la ciudadanía la necesidad de deshacerse del diésel aunque los motivos reales de esta necesidad se presentan maquillados.

Casi un año después, el Gobierno francés aún sigue deshojando la margarita, sin saber muy bien por dónde tirar. Saben que quieren deshacerse del diésel, pero dentro del Gobierno galo hay sensibilidades contrapuestas sin que nadie sea capaz de proponer un plan realista y viable para hacer ese abandono. Tal impasse ha llevado a algunos hasta hacer bromas sobre la supresión radical del diésel en Francia (inocentada de la que erróneamente yo mismo me hice eco). Mientras tanto, la disponibilidad de diésel sigue bajando, se prevén nuevos cierres de refinerías este año y la situación es cada vez más apurada... pero no hay ni un solo avance.

Un Gobierno debidamente informado hubiera tenido 40 años para anticipar este problema, y la sociedad hubiera podido adaptarse paulatinamente y con cierto éxito. Tal estrategia es la que se conoce como "diseño inteligente": se ve el problema en su globalidad y se diseña la mejor respuesta, con una monitorización constante del resultado. Sin embargo, la estrategia que hemos seguido es la de la respuesta evolutiva: ir dando respuestas a los problemas que se iban presentando, uno por uno, hasta llegar a un callejón sin salida (como el que se puede estar presentando ahora en Venezuela o en Egipto). Es la estrategia del corto plazo, del beneficio inmediato. Éste es el producto de la lógica de lo que llamamos libre mercado (aunque en realidad sea mercado natural, como ya discutimos).

La estrategia evolutiva se puede comparar a una escalera que construimos añadiendo un peldaño cada vez; escalera que vamos remontando sin tener garantías de llegar a ninguna parte en concreto. Y a veces estas escaleras acaban abruptamente, precipitándonos la vacío. Esto también pasa con la evolución de las especies: que a veces se llega a puntos muertos, y las especies asociadas se extinguen. Aquí se ve, una vez más, la lógica perversa de imponer una cierta concepción del darwinismo a la esfera social, y es que la selección del más apto en cada momento no es una garantía de éxito, sino que a veces lo es de un fracaso final y definitivo. Lo más cruel de este fracaso total -la extinción- es que es la coronación de una larga sucesión de éxitos.

Si queremos pervivir como especie, si queremos darle una continuidad al experimento humano, tenemos que intentar superar la lógica del cortoplacismo y encarar los problemas globalmente. Toda la gente que propone pequeños parches (esta nueva fuente de energía aquí, esta nueva fiscalidad allá...) para "resolver el problema" no se dan cuenta que la clave está en "replantear el problema". Y el primer paso es decir la verdad, cruda, a la cara. Y el segundo, pasar a la acción.


Salu2,
AMT

sábado, 8 de septiembre de 2012

Mercado libre versus mercado natural

Imagen de http://viridislumen.blogspot.com

Queridos lectores,


En post anteriores ya hemos discutido que el cambio que se tiene que hacer para llegar a una sociedad viable y sostenible es más social que técnico. Tenemos un sistema económico que conduce inevitablemente al despilfarro de recursos y al consumo sin límites, y aunque debemos hacer frente a una adaptación, a un descenso energético inevitable, para poder saber cuánta energía necesitamos de verdad debemos contar primero con un sistema económico que no nos lleve inevitablemente a una colisión con los límites del planeta. La regulación del mercado es, por tanto, aspecto clave en esta discusión, ya que en función de cómo orientemos los intercambios de bienes y servicios obtendremos un sistema inflacionario (o de crecimiento infinito como el actual, indeseable) o estacionario (en el que no hay crecimiento).

Estos tiempos revueltos, en los que de repente mucha gente en este otrora opulento Occidente se plantea cambiarlo todo en un intento inútil de volver a la "senda del crecimiento", son caldo de cultivo para que algunos actores interesados intenten vender una vez más viejas recetas. Por su facilidad de acceso a los medios de comunicación cabe destacar la multitud de voceros, surgidos del mundo de la economía, que repiten a machamartillo que la organización social ideal es la que viene dada por el libre mercado (atención: no sólo para las relaciones económicas, sino para casi todas las relaciones humanas). Desde las posiciones más suaves de los ordoliberales (que defienden un Estado que evite la formación de monopolios por ser considerados destructivos) hasta los más ultras austríacos (para los cuales prácticamente cualquier actuación del Estado y casi su mera existencia son un problema), el libre mercado es una pieza angular en sus construcciones. Pero, ¿qué es eso del libre mercado?


De acuerdo con la wikipedia, "Se puede definir el mercado libre como el sistema en el que el precio de los bienes o servicios es acordado por el consentimiento entre los vendedores y los consumidores, mediante las leyes de la oferta y la demanda. Requiere para su implementación de la existencia de la libre competencia, lo que a su vez requiere que entre los participantes de una transacción comercial no haya coerción, ni fraude, etc, o, más en general, que todas las transacciones sean voluntarias". Por supuesto hay infinidad de salvedades y disquisiciones que hacer aquí (en el artículo de la wikipedia encontrarán unas cuantas) pero para empezar la discusión ya tenemos bastante.

Desde el punto de vista de la mecánica estadística, un mercado con estas características, en el que todos los agentes son libres e iguales en su acceso, parece el paradigma de sistema autoorganizado. Los sistemas que se autoorganizan son frecuentes en la Naturaleza y son los que consiguen la mayor eficiencia bajo restricciones en la disponibilidad de recursos, porque entre otras cosas carecen de sistemas de supervisión centralizados, que son siempre costosos e ineficientes. Así pues todo parece indicar que el libre mercado es la forma ideal de organización y aquello a lo que debemos aspirar y defender.

Sin embargo, resulta fácil argumentar que nuestro sistema ni se parece ni se puede parecer nunca a esta idealización del libre mercado. Tomemos un ejemplo simple de un mercado natural autoorganizado: una comunidad rural, sin gran intercambio con el mundo exterior. En esta comunidad todos los agricultores comienzan con idéntica cantidad de tierras de semejante calidad e igual cantidad de grano. Durante años cultivan las tierras obteniendo rendimientos semejantes: grandes, los años de buenas cosechas, y magros, los años de malas. Un día, un agricultor más observador que los demás, una mente inquieta, un emprendedor, se da cuenta de que un sabio del pueblo es bastante bueno prediciendo como será la siguiente estación antes de la cosecha, si fría o cálida, si húmeda o seca. Decide arriesgarse y mientras todo el mundo planta maíz él planta trigo. La estación viene seca y fría, como decía el sabio, y su trigo medra bastante más que el maíz; el agricultor es capaz, gracias a su perspicacia, de copar una fracción mayor de lo habitual del mercado local con su grano. Así lo hace durante unas cuantas estaciones y su fortuna y patrimonio va creciendo en consonancia. Pero un año otros agricultores, alertados por su repetido éxito, empiezan a observar qué cultiva para imitar su elección, y ese año nuestro astuto agricultor no consigue sacar una mayor tajada de la cosecha, sino la misma que antaño, la que por mera proporción le corresponde. Para el año siguiente, nuestro emprendedor agricultor valla toda su propiedad, para que nadie vea lo que siembra y cómo lo cultiva, pero se da cuenta de que con eso no hay bastante: si los otros agricultores se dan cuenta de que consulta con el sabio meteorólogo, ellos también lo harán y perderá la ventaja competitiva. Así que nuestro singular protagonista decide hablar con el sabio: le dará una opulenta remuneración si le revela a él y sólo a él la predicción de la próxima estación. El sabio está atravesando una situación de penuria, su techo tiene goteras y se ha hundido en algunos sitios y a penas tiene para comer. Total, que firman un contrato para garantizar esta exclusividad durante los siguientes 20 años, con unas penalizaciones muy fuertes para cualquiera de las dos partes que incumpla; el sabio arregla su techo y compra comida mientras que nuestro emprendedor se frota las manos, satisfecho.

Al cabo de pocos años, nuestro agricultor produce tanto grano que puede bajar los precios y aún así aumentar su ganancia; de este modo poco a poco arruina a los otros agricultores, a los cuales compra sus tierras y les permite explotarlas, a cambio de un alquiler, usando su sistema. Algunos agricultores protestan diciendo que está abusando de los buenos consejos que le da el sabio y que no puede limitarles el acceso a su saber; él les responde que son libres de ir a consultar a sabios de pueblos vecinos. En realidad, después de decir esto nuestro amigo va corriendo a ver a todos los sabios de la comarca y se asegura de firmar contratos de exclusividad con todos ellos; ahora controla muchas tierras, incluso más allá de su pueblo, y se lo puede permitir. El emprendedor se codea ahora con la crema de la sociedad y no son raras sus comidas y convites con el alcalde, el juez, el cura, el comandante,...

Pero hete aquí que el resto de agricultores de la comarca se organizan, contratan un abogado y consiguen ponerle un pleito al emprendedor agrícola, por abuso de posición dominante y ocultación de información vital para la comunidad. Nuestro hombre está acorralado y no sabe bien qué hacer. Su amigo el juez le dice que se tranquilice: conoce un abogado muy bueno de la ciudad que le defenderá. El emprendedor se gasta su buen dinero, el picapleitos de la ciudad resulta ser una verdadera estrella y no sólo gana el juicio sino que consigue que se carguen las costas a la otra parte; el consorcio de agricultores se arruina con el desastre judicial y al poco tendrán que venderle sus tierras. Esa misma noche nuestro exitoso empresario agrícola celebra una gran fiesta en honor de su abogado, a la cual acuden el juez, el alcalde...

A partir de ahí todo va rodado. Algunas veces surgen querellas, por el acceso al agua, por el control del ganado (nuestro hombre es ahora un gran empresario agropecuario), pero el poder político y judicial se pone normalmente de su lado, ya que ahora da trabajo a media comarca y no pueden permitirse que sus explotaciones se detengan, so pena de hundir a la mitad de población en el paro y la miseria. En realidad, después de un pequeño revés en que la Administración no se puso de su lado, nuestro hombre aprendió que destinando un poco de dinero a tener contento al Alcalde y otros representantes de la Administración las cosas funcionan como un reloj, ya sin más contratiempos.

Lo que hemos descrito es un mercado que ha evolucionado de manera espontánea, pero no precisamente de manera ideal sino en la dirección de crear un oligopolio (en realidad monopolio en este ejemplo simple). Los más firmes defensores del libre mercado argumentarán que siempre puede surgir un pequeño agricultor que consiga hacer una innovación aún mejor que las del emprendedor que hemos comentado y arrebatarle una cuota de mercado importante; sin embargo, viendo la experiencia del mundo real está claro que esta posibilidad es pequeña y que además el agricultor dominante, en cuanto detecte la amenaza, usará su capacidad de influencia sobre el poder político y judicial para asfixiar al nuevo actor antes de que la competencia sea real. Y si no, fíjense: ¿cuantos grupos alimentarios controlan hoy el mercado en el mundo occidental? ¿cuántos holdings de productos de aseo creen que hay y qué cuota de mercado controlan? En cualquier actividad de producción masificada que quieran buscar verán que el 90% o más del mercado se lo reparten dos o tres grandes firmas. Así que el ejemplo simple que he puesto no es tan poco realista y representa bien lo que acaba pasando habitualmente en la práctica. En realidad, los liberales con corazón más humano reconocen que una de las funciones importantes del Estado es la de establecer leyes anti-monopolio y similares. Leyes por lo demás inútiles, porque una vez que esas corporaciones han crecido mucho manipulan al poder político con amenazas ("me llevaré las fábricas, ya se lo explicarás a tus votantes") o con dinero ("este sobre para tus gastos, ya sabes"). 

Lo interesante de mi simple y simplista ejemplo es plantearse qué hubiera ocurrido si nuestro avispado agricultor hubiera sido un buen hombre y hubiera compartido su descubrimiento en pro de su comunidad. Entonces, toda la comunidad hubiera prosperado, se acabarían las hambrunas y habría seguramente suficientes excedentes como para que el sabio pudiera vivir decentemente, y también para la vieja viuda de la casa del río, y para la familia con siete retoños, etc. La comunidad sería más igualitaria y compartiendo su prosperidad con otras toda la región medraría, se abrirían centros de estudios para mejorar la comprensión del clima, del suelo, de los sistemas de regadío, se mejorarían las leyes, las herramientas, etc. A nadie se le escapa que esta utopía de prosperidad compartida es bastante menos creíble que el primer escenario en el que el que consigue la ventaja se aprovecha de ella, aunque se a costa de hundir en el fango a los demás. Tal comportamiento competitivo, propio de un depredador, es una muestra más de que aún estamos dominados por la parte reptiliana de nuestro córtex. En suma: no hemos evolucionado lo suficiente y no hemos conseguido ser una especie plenamente sensible y racional, para nuestra desgracia.


Una nota curiosa: verán que, una vez más, para ejemplificar los problemas de nuestro sistema económico y social echo mano de una sociedad rural, bastante diferente de nuestra sociedad urbanizada e hipertecnificada. Ello es así porque este tipo de sociedades representan situaciones más sencillas y permiten explicar ciertos conceptos de manera divulgativa, sin tener que recurrir a la jerga propia del léxico economista. Sin embargo, se tiene que ser cauto de no hacer demasiada extrapolación a partir de unos sistemas cuyas características no siempre se corresponden con las de nuestro sistema en realidad. Y lo comento porque observo que una buena parte de la teoría económica clásica se basa en ejemplos agropecuarios, lo cual es un tanto peligroso cuando de ella se hacen deducciones lógicas que se toman como válidas en general (por ejemplo, el principio de infinita sustitubilidad, según el cual el mercado siempre encuentra reemplazos eficaces para los bienes que se agotan). En particular, muchas de las premisas que dominan los fundamentos del paradigma económico dominante se basan implícitamente en sistemas como el agrario, cuyos bienes puede ser escasos pero son de naturaleza renovable, y encima asumiendo que las tasa de explotación nunca llegan a ser tan altas como para comprometer la capacidad de regeneración del sistema. Todo lo cual puede ser acertado para describir una pequeña comunidad en desarrollo, pero es mortalmente erróneo a la hora de describir nuestra sociedad, y es lo que lleva a aberraciones como construir un sistema basado en el crecimiento infinito (y que encima cuando lo criticas aún te lo discuten con porfía).

Un mercado sin ningún tipo de regulación no es un libre mercado sino un mercado natural. El mercado natural es autoorganizado, esto es cierto, pero en él surgen asimetrías que rompen la premisa básica del libre mercado (todo el mundo tiene igual acceso a él). Un mercado natural se asemeja mucho a un ecosistema, en el que se forma una pirámide o cadena trófica, con los grandes depredadores en el vértice superior y una amplia base de herbívoros en su parte inferior. Tal organización es robusta y puede mantenerse durante el tiempo; de hecho, las estructuras sociales que teníamos antes de la Revolución Industrial tienen cierta similitud con este tipo de organización piramidal. La extrapolación no es ni mucho menos perfecta, puesto que incluso la sociedad feudal es más compleja que el ejemplo tonto que hoy hemos discutido; pero hay ciertos rasgos en común. En particular, la escasa movilidad social: es muy difícil que surja del campesinado un nuevo señor que ascienda hasta la cúpula. Fíjense que digo difícil, no imposible; un pequeño porcentaje lo conseguirá, y por cierto que ese 6% de movilidad social que hay hoy en los EE.UU. es lo que luego se publicita a bombo y platillo como si la excepción fuese la norma.


El libre mercado para el intercambio de bienes sería, probablemente, una buena forma de organización económica. Lo que sucede es que es un ideal inalcanzable, una quimera que puede verificar todas las maravillosas propiedades que uno quiera en su imposibilidad. Por otro lado, el mercado natural sí que es una manera realista y real de organización, no sólo económica. El mercado natural, con su organización piramidal, es, de manera obvia, una manera no igualitaria e injusta de organizarse. Es estable porque se resiste a los cambios, porque no permite una estructura más homogénea y a quien se rebela lo aplasta o lo absorbe como un nuevo señor, integrado en el sistema. Cuando los grandes gurús económicos pontifican desde sus tribunas que lo que necesitamos es más libre mercado y menos regulación del Estado, no se confundan, no están reclamando el libre mercado -por más que ellos digan- sino el mercado natural. Éso es lo que se defiende. 

Todo lo hasta aquí discutido es cosa conocida de viejo, de hace muchas décadas, y debatido en una extensa literatura económica, aunque por algún motivo periódicamente se tiene tendencia a ignorar todo este conocimiento. Si quieren saber más sobre el comportamiento del mercado y sus problemas, hay una lista larga de fallos del mercado tratados de manera amena y divulgativa en el blog de mi hermano mayor, Acorazado Aurora (los posts en concreto forman la serie "Citizen K", pongan esas palabras en el buscador)

Sé que con este ensayo no me ganaré amigos precisamente. Algunos reaccionarán furibundamente al leerlo, y es posible que escriban largas notas para poner de manifiesto "mi gran ignorancia de conceptos económicos básicos", "la tergiversación de verdades económicas consolidadas" y toda suerte de hipérboles y figuras retóricas que apuntalarán (en el mejor de los casos) con estadísticas sesgadas del tipo "En EE.UU. de las 100 primeras fortunas de 1.900 sólo sobreviven 3 en 2.000, fruto de una gran movilidad social", cuando si uno rasca un poco se entera de que los apellidos han cambiado, pero el linaje familiar de la mayoría de esas 100 primeras fortunas continúa (sólo perturbado por la emergencia de unos pocos nuevos magnates, como Bill Gates). Fíjense en algunos de los más furiosos detractores, de los que más eco social tienen ¿Representan al pueblo o al poder económico? Ricos ropajes, viajes en primera, lujosos restaurantes...

Salu2,
AMT 

martes, 14 de junio de 2011

Por qué los economistas no entienden el Oil Crash

Fuente: El País.com del 13 de Junio de 2011, tira por Ramón

Queridos lectores,

Durante estos días he mantenido un intenso debate en Facebook en un grupo creado ad hoc para que un conocido broker del sector de los hidrocarburos, amén de articulista en diarios económicos españoles, y un servidor pudiéramos discutir sobre la realidad y los efectos del Peak Oil. En la discusión he identificado una serie de factores que son corrientes cuando los que hablamos de la necesidad de tomar en serio el riesgo que supone el cenit de producción de petróleo intentamos que los profesionales del sector lo consideren ni tan sólo. Se añade que como quiera que estos días que he estado un tanto alejado del blog se han producido discusiones relacionadas con estas cuestiones en los comentarios del post anterior, y creo que es importante dejar claras algunas ideas, que ya han sido repetidas numerosas veces aquí pero que de vez en cuando conviene glosar y resumir. Vamos a ello.


Antes de empezar, pedir disculpas por el título; queda muy comercial eso de "Por qué los economistas no entienden el Oil Crash", pero evidentemente algunos economistas -más bien, profesionales del sector, que es en realidad a lo que nos referimos- lo entienden perfectamente, como por ejemplo Jeremy Grantham. Es una posición por el momento minoritaria, aunque esto está cambiando: ahora ya el Fondo Monetario Internacional reconoce el riesgo que supone el petróleo, y algunos bancos de inversión como HSBC también empiezan a alertar de lo mismo. Y eso sin hablar de las declaraciones recientes de François Fillon, primer ministro francés.


Analicemos por fin a grandes rasgos los puntos clave del desacuerdo entre profesionales de la inversión y estudiosos del Peak Oil:


- Falacia Q/P: Q representa las reservas de petróleo, mientras que P representa la producción; ambas variables cambian con el tiempo: las reservas aumentan con la exploración y mejoras técnicas y disminuyen al ser consumidas, y la producción, al estar ligada al consumo, aumenta con el desarrollo económico y disminuye con las crisis económicas (al menos hasta llegar al Peak Oil). Si uno divide Q entre P uno obtiene un lapso de tiempo que nos dice en cuántos años acabaríamos con las reservas actuales al ritmo de consumo actual, si es que estas reservas no aumentan y si se pudiese producir ese petróleo a un ritmo constante. Pero la realidad es que ese número no tiene ningún sentido más que para expresar las reservas en términos más comprensibles para los humanos que cantidades de miles de millones de barriles. El problema es que se desvirtúa este número y da lugar a una interpretación errónea. La apelación a la falacia Q/P es recurrente al comienzo de las discusiones, que hace que los proponentes de la abundancia petrolera desdeñen sumariamente la posibilidad de una posible escasez futura. La versión resumida de la falacia es "Hace 30 años decían que quedaba petróleo para 30 años. Ahora dicen que queda petróleo para 30 años. Siempre van descubriendo más petróleo y en realidad queda petróleo para muchas décadas, incluso siglos". El problema viene de no entender que tener reservas de petróleo no es lo mismo que tener petróleo en un depósito. Ese petróleo se tiene primero que extraer, y si la fuente es no convencional encima se tiene que procesar usando otros materiales (agua y gas natural, típicamente) para producir un sucedáneo de petróleo. Lo que nos dice el Peak Oil no es que el petróleo se agote o que esté a punto de agotarse, sino que cada vez saldrá (o se producirá, si es sintético) más lentamente, y los problemas comienzan cuando la oferta no puede satisfacer una demanda creciente. Es costoso hacer entender este problema a alguien que vive de invertir en desarrollar campos de petróleo y que ve que con precios crecientes el beneficio es creciente, y que actualmente si surgen problemas es por falta de demanda, no por falta de suministro (ahora volveremos a eso); y cuando por fin se consigue que capten el concepto es prontamente desechado porque la experiencia de más de un siglo de exploración y desarrollo indica que, invirtiendo suficiente dinero, se puede sacar tanto petróleo como se quiera.


- La tragedia de la TRE (inglés: EROEI): Un concepto completamente desconocido para muchos economistas es el de la Tasa de Retorno Energético, abreviado TRE, que es la cantidad de energía que se recupera de una determinada fuente de energía por cada unidad invertida en su recuperación. Es un concepto repetidamente discutido en este blog y de implicaciones tenebrosas. Los inversores sólo entienden de dólares invertidos y les sorprende que antes que eso está la cantidad de energía invertida. Acostumbrados a que el progreso tecnológico, combinado con las economías de escala, reduzcan de manera espectacular los costes monetarios (en el ambiente de energía muy barata en el que hemos vivido), les resulta inconcebible que no se puede ir reduciendo en igual manera la energía invertida, no digamos ya que por empobrecimiento de las fuentes que nos quedan la TRE esté bajando alarmantemente y por tanto la energía invertida suba en relación a la recuperada. El problema está en que hay una energía implícita mínima, que tiene que ver con la energía necesaria para superar la tensión superficial de los líquidos que mojan la superficie de la roca, la energía para romper o disgregar esta misma, la energía para perforar, la energía para construir una estructura mínima para el bombeo, etc. Eso implica un límite insoslayable de energía mínima a gastar para poder recuperar el petróleo, y la práctica y algunos motivos termodinámicos nos enseñan que en el mundo real nuestros dispositivos más eficientes se quedan a uno o dos órdenes de magnitud por encima de ese umbral mínimo, sin que décadas de estudio consigan reducirlo sustancialmente. Se ha de entender que si una fuente energética no es rentable termodinámicamente (es decir, si su TRE es de 1 o inferior) no puede serlo económicamente (salvo que medien subsidios, como en el caso de algunos biocombustibles). El problema es que la bajada del TRE no se manifiesta directamente, sino por su impacto sobre la economía. Al bajar la TRE media de todas las fuentes de energía de la sociedad queda menos energía neta disponible para la misma, y eso, en un sistema de libre mercado, se traduce en una competencia más feroz por los diversos usos de la energía, y en un encarecimiento de los precios que acaba atravesando toda la estructura de costes de la economía. El avezado inversionista no entiende ni "cree" en la TRE, pero sí que sabe que el acero, el cemento, los equipos electrónicos, etc son cada vez más caros y eso encarece los costes de producción. El inversionista hace un diagnóstico clásico y se fija en aquellos factores coyunturales que conoce bien: repunte de la demanda, especulación con las materias primas, exceso de liquidez consecuencia de las medidas de alivio cuantitativo, etc. Todos ellos son ciertos y actúan, pero superpuestos a un factor subyacente, aún minoritario pero que sólo sigue una tendencia,  que es la disminución de la energía neta disponible para la sociedad por culpa de la erosión de la TRE. Por eso, y aunque la producción llegue a nuevos máximos, si uno ve la energía neta que le está quedando a la sociedad es posible que el pico de toda la energía neta (y ya ni tan sólo de del petróleo) haya pasado ya. Pero desde el punto vista del inversionista no hay problema, ya que piensa que precios más altos en un sistema de libre mercado empuja a buscar sustitutos y mejorar los procesos productivos, sin entender que ambos caminos tienen un camino cada vez más limitado. Pero es normal que crea que son los caminos a seguir; simplemente, porque durante 100 años ha parecido que eran ilimitados.


- El carácter cíclico de los precios: Otro factor que desconcierta al analista y que favorece que busque explicaciones más estándar y coyunturales que el Peak Oil para entender qué esta pasando es la evolución que ha tenido el precio del petróleo durante los últimos años y la que previsiblemente tendrá en los próximos, con subidas y bajadas constantes. Para la gente de la calle, e incluso para el broker experto, este continuo tobogán, esta volatilidad extrema, lo que le indica es manipulación del mercado, cuando en realidad lo que indica es el estado crítico del suministro de petróleo. Como ya hemos comentado en otras ocasiones, la subida de los precios hasta niveles demasiado altos para que los soporte la economía (seguramente bien por debajo de los 200$, en contra de lo que piensan muchos analistas) hace que una parte de la actividad económica deje de ser viable y se abandonen negocios, se cierren fábricas, se impaguen pedidos, etc. Cuando el volumen de la destrucción económica es suficientemente elevado la demanda cae (generalmente la destrucción de demanda tampoco es un proceso continuo y se "pasa de frenada", se destruye más de lo necesario para contener el precio; otro efecto no lineal del lado derecho de la curva de Hubbert) y con la demanda cae el precio... es el fenómeno que la Agencia Internacional de la Energía viene detectando desde principios de año, aunque la falta del petróleo libio a causa de la guerra no está permitiendo que los precios bajen, y con el nuevo período estival seguramente subirán todavía más. El caso es que lo previsible, durante el primer período de cambio en la producción de petróleo (meseta inicial y declive ligero) es este continuo subir y bajar de precios. Pero tanta aleatoriedad en el precio tiene un efecto perverso en el medio y largo plazo. Todos los cálculos que los inversores hacen para determinar la rentabilidad de un determinado proyecto de explotación de hidrocarburos (plazo de recuperación de la inversión, retorno de la inversión, etc) se basan en un escenario estable, con variaciones suaves de los precios y generalmente no a la baja. Sin embargo, las oscilaciones tan salvajes de precios conducen a la pérdida de rentabilidad percibida de las inversiones y a la imposibilidad de sacarlas adelante; de hecho, como informaba la AIE en su informe de 2009, de 2009 a 2008 se constató un descenso de inversión en el segmento upstream de gas y petróleo del 19% (debido, sin duda, a los bajos precios del petróleo y gas durante 2009). En suma, que dado el marco de precios inciertos en el que viviremos se invertirá menos en la producción de más petróleo, y eso hará que falte más en un futuro no muy lejano. Pero, entre tanto, los brokers miran sólo hojas excel con escenarios suaves a cinco años vista con un ojo mientra con el otro están pendientes de las cuentas trimestrales de resultados.


- El carácter transversal y estratégico del petróleo: Se ha comentado aquí que la mayoría del petróleo que se consume en los países occidentales va al transporte (en otros países una parte muy significativa va a calefacción y producción de electricidad). Esto puede dar la falsa impresión de que el problema del petróleo es exclusivamente el transporte, problema que per se ya es bastante grave (no hablamos sólo del coche privado, sino del transporte de mercancías que son producidas en otros lugares donde hacerlo es más eficiente y transportadas por líneas de suministro que, como denuncia Lloyd's, la aseguradora más grande del mundo, podrían verse interrumpidas de modo abrupto). Pero, por si esto no fuera ya suficientemente malo nos encontramos que una cantidad minoritaria pero significativa de petróleo se usa para fines críticos. Es el petróleo que va a nuestros tractores, cosechadoras y pesticidas; es el que se usa para mantener la red eléctrica con excavadoras, grúas e incluso helicópteros (y justamente Richard Duncan, el creador de la Teoría de Olduvai, cree que el colapso de la civilización empieza por el colapso de la red eléctrica, un sistema tan complejo que sin insumos fósiles no se podrá mantener) y el que se usa para mantener nuestras infraestructuras vitales, el que dota del difícil binomio autonomía y potencia a nuestras máquinas, el que nos permite excavar de manera rentable minerales muy poco concentrados en localizaciones remotas, el que usamos en las minas de carbón y de uranio y para perforar los pozos de gas... Si el petróleo para esos usos críticos ha de competir con los demás usos, en un momento de precios altos muchas de estas actividades fundamentales para la continuidad de funcionamiento de la sociedad se abandonarán con consecuencias gravísimas. Por tanto, no sólo estamos hablando de transporte. Hablamos de la estabilidad de un sistema complejo y muy tensionado, muy frágil.


- Las implicaciones inaceptables del Peak Oil: Si al final no podemos compensar la bajada de la producción de petróleo primero y del resto de materias primas energéticas y no energéticas poco después, y estas bajadas probablemente tendrán lugar en breve plazo, hay una consecuencia que necesariamente se sigue: tenemos que adaptarnos desde ya a esta situación de carestía, La Gran Escasez. Sin embargo, aceptar y asumir La Gran Escasez implica aceptar que no podemos consumir de manera despreocupada, que no podemos limitarnos a producir los bienes y servicios que solicita el mercado sino que tenemos que aceptar restringir nuestra actividad; peor aún, planificarla, lo que es lo contrario y veneno del libre mercado. Aceptar que nuestro mundo que ya no puede crecer porque esta crisis económica no acabará nunca significa estar dispuesto a poner del revés nuestro sistema económico y financiero, tarea nada fácil porque los pocos experimentos de algo así que se han hecho acabaron catastróficamente. En todo caso, implica que soñar en retornos porcentuales de una inversión ya no es posible. Es tan desagradable y tan violento que ningún broker aceptará jamás eso hasta que no se vea él mismo en la calle. Y es posiblemente ésta la mayor dificultad: que aquéllos que tienen la mejor preparación para guiarnos en un futuro incierto tienen todos los incentivos para cerrar los ojos delante de él. Ojalá reaccionen a tiempo.




Me voy unos días a tierras no cristianas. Peléense pero no se maten.
Salu2,
AMT