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miércoles, 19 de diciembre de 2018

El Ocaso del Petróleo: Edición de 2018

Queridos lectores:

Una vez más, como cada año desde 2012, les presento el análisis de la evolución previsible del volumen de hidrocarburos líquidos, de su energía bruta y de su energía neta tomando como referencia las predicciones de evolución de producción de petróleo que se recogían en el último informe anual de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), el World Energy Outlook (WEO).

Recordemos que en el WEO de este año se han presentado dos hechos cruciales respecto al petróleo. 

Por una parte, el reconocimiento por parte de la AIE que de aquí a 2025 probablemente van a faltar al menos 13 millones de barriles diarios (Mb/d) de producción de petróleo para satisfacer la demanda prevista en el escenario de referencia, cantidad que podría elevarse hasta los 34 Mb/d si realmente se produjera una desinversión muy importante en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos. Eso sobre una demanda que se va a mover sobre los 100 Mb/d significa que podría faltar hasta un tercio del petróleo demandado.




Según explica la propia AIE, la falta ese petróleo va a desencadenar diversos picos de precios altos en los próximos 7 años, con consecuencias imprevisibles.

El segundo hecho relevante es la siguiente gráfica, todo un aviso a navegantes.


En esa gráfica, la AIE nos presenta cómo evolucionaría la producción de petróleo si no se invirtiese ni un dólar en mantener la producción de petróleo, es decir, no solo no gastando más en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos, sino ni siquiera invirtiendo lo mínimo para retardar la caída de producción en los pozos que ya se están explotando actualmente. A diferencia de la gráfica anterior, ésta llega hasta 2040 y nos muestra un escenario de pesadilla, en el que la producción de petróleo no llega a ser en 2040 ni el 20% de lo que es hoy. Una reducción tan drástica solo pasaría en el caso de que se produjese una crisis económica brutal y persistente, que hicieran que las petroleras redujeran su negocio a la mínima expresión. Aunque tal posibilidad no es en absoluto verosímil, la figura 3.13 del WEO 2018 tiene la virtud de alertar a las compañías petrolíferas para que no jueguen con fuego, y quizá en cierto modo es un llamamiento a los gobiernos para que tomen cartas en el asunto, si la iniciativa privada no es capaz de hacerse cargo.

Con semejantes dos bombazos en el WEO 2018 me esperaba encontrarme una información detallada en las tablas del mismo o en la hoja Excel que la AIE proporciona adjunto al informe, información que esperaba utilizar para hacer mi análisis sobre evolución previsible de la energía del petróleo en los próximos años. Cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré con que, en vez de facilitar el procesamiento de los datos, la AIE lo ha dificultado hasta el punto de que me planteé no sacar este post este año (ya me pasó en 2013, donde solo pude combinar los datos para descubrir ciertas irregularidades contables). Y es que la AIE ha puesto dos escollos para mi análisis. El primero, menos importante, es que han omitido la información para el año 2020. Eso no es demasiado grave, pues dan los datos hasta 2017, así que en el primer período, en vez de hacer una extrapolación lineal de 5 años, como hago en todos los demás tramos, la hago de 8 años. Es menos preciso, pero como es la zona en que la curva es más plana porque está llegando a su máximo es un efecto que no se nota demasiado. Bastante peor es la otra jugarreta: en los datos de ese año, al reportar la producción de petróleo crudo la AIE no desglosa las categorías de "Actualmente en producción", "Aún no desarrollado" y "Aún no encontrado", sino que da un único valor, resultante de sumar esas tres categorías. Esto es un problema más grave, debido a las diferencias en los contenidos de energía bruta, neta y evolución previsible de cada una de estas categorías (que siempre han sido referidas en los informes anteriores). 

Esta última limitación es bastante seria y por ese motivo me planteé no sacar mi análisis este año, pero al final me decidí a hacer una aproximación simple para poder actualizar las gráficas, aunque éstas sean menos precisas que en años anteriores. Para poder realizar mi trabajo, he utilizado una aproximación, combinando la información del WEO actual con la del año pasado.

Mi aproximación es la siguiente: aprovechando que el año pasado aún daban el desglose del petróleo crudo en esas tres categorías ("Actualmente en producción", "Todavía por explotar" y "Todavía por descubrir"), he asumido que cada año las proporciones relativas de cada fracción son las mismas que en 2017. Por ese motivo, se tiene que entender que las categorías representadas son equivalentes a las de mi análisis de 2017, que estaban referidas al año 2015 en ese caso. Por tanto, cuando se hable del petróleo crudo "Actualmente en producción", se debe entender "En producción desde 2015", y de manera análoga para el petróleo "Todavía por explotar" y "Todavía por descubrir".

Dado que tan solo ha pasado un año desde el último informe con categorías desglosadas, es esperable que los errores debidos a la aproximación que enuncio más arriba no tengan demasiado impacto en nuestro análisis. Espero, eso sí, que el año que viene la AIE tenga la consideración de dar los números correctamente.

En los 7 años en los que he escrito esta serie (desde "El ocaso del petróleo" de 2012 hasta "El Ocaso del Petróleo: Edicion de 2017" y ahora el presente post), la motivación ha sido siempre mostrar que si se le quita la primera capa de maquillaje a los datos de la AIE, incluso en sus escenarios - hasta ahora optimistas - se vislumbraba un futuro de no tanta abundancia energética como se pretende. Resulta interesante repasar esos posts más antiguos e ir viendo como, a medida que han ido pasando los años, las mejores previsiones de la AIE se han ido volviendo progresivamente un poco menos optimistas y poco a poco se van alineando con las previsiones que aventuramos en este blog desde sus inicios.

Pero, bien, vayamos sin más dilación a mostrar las gráficas de ese año. La primera es la gráfica del volumen de hidrocarburos líquidos producidos en el mundo. Los datos hasta 2017 están tomados de éste y anteriores informes, en tanto que a partir de 2018 inclusive se obtienen de la previsión del escenario Nuevas Políticas del WEO 2018. Como los datos solo son ofrecidos cada 5 años en el Excel asociado al WEO (8 años para el período de 2017 a 2025), los años intermedios son interpolados linealmente.



Las categorías de hidrocarburos líquidos o "líquidos del petróleo" que se muestran son "Crudo de campos ya existentes" (franja verde), "Crudo de campos todavía por desarrollar" (rojo), "Crudo de campos por encontrar" (morado), "Líquidos del gas natural, NGL" (gris), "Petróleo ligero de roca compacta, LTO" (petróleo de fracking, naranja oscuro), "Petróleo extra pesado" (naranja intermedio), "Otros" (naranja claro) y "Ganancias de proceso" (azul). Esta gráfica es similar a las mostradas otros años, aunque en ésta se aprecian algunos detalles interesantes. En primer lugar, dado el incremento de detalle alrededor de 2015 (están los datos de 2016 y 2017) se percibe el ligero descenso de la producción de petróleo crudo convencional. En la gráfica se aprecia también la caída de producción del fracking en 2016, recuperado en 2017 (gracias a Trump) y aunque se le augura un gran crecimiento sigue siendo una fracción minoritaria del total en todo el período. Y en una tónica semejante a la de otros años, se puede comprobar que la fracción que corresponde a los líquidos del gas natural (NGL) crece muy moderadamente durante el período de estudio; de hecho, con respecto a años anteriores en este informe es en el que se espera una menor producción de NGL en 2040. 

Ya sabemos que este tipo de gráficas, en las que la AIE junta volúmenes de líquidos que son sustancias diferentes, dan una idea equivocada de cuál es la cantidad de energía real que se estaría produciendo según su escenario. Aplicando los mismos criterios de siempre (consultar el primer post de la serie, "El ocaso del petróleo" de 2012) he estimado cuál es la energía bruta que se corresponde a esta producción de volumen.



Esencialmente, desaparecen las ganancias de proceso (no es un aporte neto de energía neta del petróleo, es solo la expansión volumétrica en el proceso de refinando), el petróleo crudo se queda como estaba y al resto de hidrocarburos se les asigna un contenido energético por volumen que es el 70% del del petróleo crudo. La gráfica resultante muestra una producción de energía del petróleo prácticamente plana desde 2030. Es, de hecho, la gráfica de energía bruta más plana que hemos visto hasta ahora: de 2030 a 2040 aumenta en solo 0,6 millones de barriles equivalentes de petróleo crudo al día (Mboe/d), mientras que con los datos del WEO 2017 en el mismo período se incrementaba 1,6 Mboe/d. Este cambio es semejante a otros que hemos visto en el pasado; básicamente, a la AIE cada vez le cuesta más justificar su optimismo de caras al futuro y las gráficas van tendiendo poco a poco a aquello a lo que tienen que tender, es decir, a mostrar que en realidad la producción de petróleo y de su energía va a ir disminuyendo en los próximos años.

Pero, como sabemos, la energía bruta no es el final de la historia. Muchos de los hidrocarburos que estamos poniendo actualmente en producción, incluso dentro de la categoría de petróleo crudo convencional, son cada vez más costosos de producir. Eso quiere decir que se tiene que gastar una cierta cantidad de energía, y cada vez mayor, para producir ese petróleo, y eso quiere decir que el rendimiento energético de ese petróleo es cada vez menor. Por eso nos interesa calcular cuál es la energía neta que va a darnos el petróleo, es decir, la energía que tenemos cuando descontamos lo que cuesta producir ese petróleo. Ésa es la energía que interesa conocer, porque es ésa la que acabará llegando a nuestros vehículos y a nuestros negocios: ¿de que me sirve a mi que Arabia Saudita llegue algún día sacar 15 Mb/d si para ello ha de gastarse 10 Mb/d de energía? Eso es un rendimiento de 5 Mb/d, tan solo; para eso, mejor que siga sacando 10 Mb/d como hasta ahora, gastando solo 3 Mb/d: nos dará un rendimiento neto de 7 Mb/d. Por eso es tan importante calcular la energía neta.

Aplicando los mismos factores que siempre, ésta es la gráfica que obtengo para la evolución previsible de la energía neta del petróleo a partir de los datos del WEO 2018 de la AIE:




Esta gráfica es similar a la de años anteriores; si acaso, se ha querido dulcificar un poco el declive en contradicción con los datos históricos. Y es que, como se ve en la gráfica, los años 2016 y 2017, que ya están incorporados en esta gráfica, muestran una tendencia de declive un poco más rápido y por eso hay un pequeño punto de inflexión en 2017.

Pero ya sabemos que las previsiones de la AIE son extremada e infundadamente optimistas. Para empezar, la producción de petróleo de los campos existentes se está asumiendo que va a caer a un ritmo del 4,5% anual de 2025 a 2040 (de 44,2 Mb/d a 22,2 Mb/d). Cabe destacar que este ritmo de decaimiento, sin ser aún realista, es superior al que han usado en WEOs anteriores (por ejemplo, suponían que era del 4,2% anual en el WEO 2017): de nuevo, vemos que la AIE va progresivamente aceptando la magnitud del problema. En todo caso, como la propia AIE reconoció en su WEO 2016, el ritmo de decaimiento real es del 6,2% anual (y con tendencia a empeorar). Aplicando ese ritmo de decaimiento para los campos de petróleo crudo existentes y el resto de ajustes como se explicó en el post original, la gráfica para la evolución de la energía neta en un escenario más realista que nos resulta es la siguiente:


Para los lectores que acaben de llegar a este blog, esa gráfica será probablemente bastante impactante. Básicamente, nos está diciendo que la energía neta que de manera más realista podemos esperar que nos aporte el petróleo caerá desde los 69 Mboe/d en 2015 hasta los 33,3 Mboe/d en 2040, es decir, una caída de más del 50% en un período de 25 años. Es ciertamente una perspectiva ominosa, pero es similar a la que hemos obtenido otros años y de hecho la de este año es ligeramente mejor (0,9 Mb/d más en 2040) que la del año pasado.

No es tampoco una casualidad que esta gráfica guarde un cierto parecido con la gráfica 3.13 del WEO 2018 que puse más arriba, y que repito bajo estas líneas para mejor referencia.



Y es que la gráfica 3.13 refleja cómo sería la producción en volumen si se detuviese la inversión, mientras que la gráfica de energía neta realista que enseño más arriba nos muestra la energía descontando el coste de inversión en términos energéticos. Es decir, en ambos casos se considera un descuento asociado al esfuerzo de producir energía: descuento total, en el caso de la gráfica 3.13 (y por eso la caída en ella es más fuerte), o un descuento optimizado, en el caso de mi gráfica (y por eso la caída es algo menor). Lo más probable es que lo que acabe pasando en la realidad sea algo a medio camino entre ambas gráficas.

Conclusiones:

Con cada año que pasa, la AIE se ve obligada a dar una nueva vuelta de tuerca sobre sus previsiones en lo que respecta a la producción de hidrocarburos líquidos. Este año por primera vez ha mostrado dos gráficas que anticipan un escenario muy desagradable en lo que a la producción de petróleo se refiere, algo que por lo que parece ya estamos empezando a notar con la posible llegada del pico de producción de diésel. A medida que pasan los años y se conocen los datos de producción se muestra que la tendencias que anticipábamos hace unos años se están empezando a consolidar. Más importante aún, no acaba de aparecer algo que cambie radicalmente la situación, sino más bien al contrario: la inversión en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos cae en todo el mundo excepto en los EE.UU., hasta el punto de que actualmente Norteamérica, que produce menos del 20% de todo el petróleo mundial, se invierte más del 50% en exploración y desarrollo:


Gráfico elaborado por Tad Patzek

Y en los EE.UU., el mito del fracking como gran revolución está cada vez más expuesto: el Financial Times pone en cuestión la calidad del hidrocarburo extraído por fracking (no se puede usar para producir diésel porque sería muy costoso, entre otras cosas); y hace unos días Art Berman mostraba que, en contra del mito de los costes de explotación siempre decrecientes, resulta que en el ultimo año y medio han experimentado una apreciable subida.



Los economistas clásicos, que solo miran hacia el precio del petróleo, consideran que no hay nada de qué preocuparse porque ahora mismo el precio está bajo. No han entendido la volatilidad de precios, no comprenden los efectos de la espiral de energía. El análisis de los datos de producción, por el contrario, nos muestra una situación muy compleja por delante, previsión que a medida que pasan los años parece confirmarse.



Salu2.
AMT

miércoles, 10 de octubre de 2018

Esperando el golpe

@ Kaija Straumanis: http://www.flickr.com/photos/23558082@N03/


Queridos lectores:

Si siguen Vds. la prensa económica convencional, habrán notado que en las últimas semanas se ha estado hablando cada vez más de la próxima crisis económica, anunciándonos que cada vez está más cerca, aunque con una notable disparidad de opiniones acerca del momento concreto en el que cada analista cree que tendrá lugar. No les pondré referencias a publicaciones españolas porque mi política es no enlazar a la prensa española (por razones en su momento comentadas), pero seguro que no les costará nada encontrar tales referencias. 

En los análisis más simples, la evocación de una nueva recesión viene motivada por la efemérides de la Gran Recesión de 2008: simplemente, como pasó en el pasado, debería volver a pasar en el futuro. "Y ahora no me digan que no se les avisó", vendría a ser su divisa. Son razonamientos por analogía, sin mucho fundamento teórico, que buscan más bien dar una coartada a los analistas económicos que las escriben delante de la más que posible acusación de que no tienen ni idea de cómo funciona el sistema económico. Este tipo de artículos son recurrentes en la prensa, y salen por tandas varias veces al año: al fin y al cabo, lo más seguro es "denunciar" que hay una crisis esperándonos en algún punto del horizonte porque, más pronto o más tarde, tal crisis efectivamente va a llegar, y por tanto ésta es una predicción sin riesgo. Se puede considerar a este tipo de artículos como el "ruido de fondo": ese rumor que siempre está ahí, que tiene algún fundamento pero que en todo caso no permite anticipar absolutamente nada precisamente porque siempre está ahí y es siempre igual.

En los últimos meses, sin embargo, han aparecido otros artículos, en los que se realizan análisis más profundos y que realmente sí que aportan una señal diferente a la del ruido del fondo. Por ejemplo, éste sobre el análisis que hace JP Morgan, quien ve aparecer una grave crisis hacia 2020 de acuerdo con sus modelos numéricos. Otros analistas, sin necesidad de tanta sofisticación matemática, son capaces de ver venir la crisis debido a las múltiples debilidades financieras estructurales. Este tipo de noticias se diferencian de las anteriores en que hace tiempo ya que ubican la crisis en un marco temporal bien definido, el año 2020 - dato que coincide con alguna estimación que más de una vez ha dado Juan Carlos Barba - y lo hacen sobre la base de indicadores que van revisando a medida que pasa el tiempo y que consistentemente apuntan hacia la misma fecha. A pesar de que estos estudios tienen un contenido y significatividad muy superior a los que forman el ruido de fondo, resultan difíciles de percibir precisamente por la presencia de este último, y así la opinión pública suele ser escasamente consciente de su existencia. Peor aún, hay personas que son conscientes que la situación actual deberá acabar de manera abrupta y en la búsqueda de información no es capaz de distinguir la señal del ruido - entre otras cosas, porque los medios de comunicación no lo hacen nada fácil -  y pueden llevarse una falsa impresión de que la próxima crisis se anuncia continuamente pero nunca llega, cuando en realidad los indicadores más fiables siempre han apuntado a la misma fecha. Lo que lleva al riesgo de que acabe pasando como Pedro y el lobo.

Tanto el ruido de fondo como las verdaderas señales de la nueva crisis forman lo que podríamos denominar el paisaje estándar en lo que a este tema (la futura crisis económica) se refiere. Es lo que uno se espera encontrar en el canal informativo en cualquier momento, y que en el fondo es lo que siempre se ha encontrado allí. Hay, sin embargo, otro tipo de señal mucho menos recurrente, que lleva cogiendo fuerza en los últimos años y que se ha intensificado ligeramente durante este último año. Son los estudios, mucho más detallados y profundos, que apuntan a que el modelo capitalista, tal y como lo entendemos hoy en día, tiene los días contados. No se trata de una crisis que haya de sobrevenir este año o el que viene, o en este lustro. No se trata de un nuevo final de ciclo, más o menos traumático pero que vendrá seguido de un nuevo momento alcista. No, esos otros estudios nos informan de que estamos llegando al final de un trayecto que comenzó hace dos siglos y que ya no va a poder continuar más. Hace poco fue un informe encargado por Naciones Unidas a un grupo de científicos, que llegaron a una conclusión que hemos repetido aquí a menudo: el capitalismo ya no es viable, y cuanto más tiempo se intente mantener, peor. Este nuevo informe, este nuevo estudio, llega después de otros, también bastante recientes, también bastante impactantes. Fue la introducción de nuevos modelos numéricos que indican que un colapso puede sobrevenirnos, si mantenemos el rumbo actual. Fue la renovada advertencia de los científicos a la Humanidad, 25 años después de la primera. Son los abundantes signos de la degradación ambiental por doquiera. Son, en suma, los signos de un cambio de época. Es el fin del crecimiento. Y todas esas noticias, que los medios generalistas tratan de hacer pasar con la mayor sordina posible, es ese canto, antes rumor y mañana posiblemente fragor, que va creciendo, como una música ominosa para los estamentos económicos: "Se acaba el crecimiento, es el fin del crecimiento". Los líderes políticos y los grandes poderes económicos se niegan a aceptarlo, pero es una verdad que poco a poco se va imponiendo: se acaba el crecimiento. Por buscar ejemplos cercanos, dos tercios de los ciudadanos españoles aceptarían que se abandonase la búsqueda del crecimiento económico como un objetivo de la sociedad, y la cuestión del decrecimiento ha llegado a ser debatida en el Parlament del Catalunya (aunque ahora estemos entretenidos con otras cosas). Inclusive, hace pocos días tuvo lugar en el Parlamento Europeo una conferencia sobre "Post-crecimiento", en la que participaron destacados pensadores del decrecentismo y algunos comisarios europeos; todo un hito, a pesar de que se ha tenido que usar el eufemismo "post-crecimiento" para no asustar las delicadas sensibilidades de los políticos en la sala. Es también en esa clave de senescencia de la idea de crecimiento, de decadencia de nuestras élites, que debe ser interpretada la reciente concesión del Premio Nobel de Economía a William Nordhaus y Paul Romer, por sus contribuciones a, justamente, compatibilizar crecimiento con innovación y cambio climático. Máxime cuando especialmente Nordhaus ha minimizado el problema del cambio climático en más de una ocasión, y como siempre como algo supeditado al crecimiento económico; en su caso lo que es de destacar es que, a pesar de ser tan talibán del crecimiento haya reconocido que hay que reaccionar al cambio climático (aunque sea temperadamente).

Hay, finalmente, un cuarto tipo de noticia que nos habla de la inminente crisis pero que pasa desapercibida porque, fundamentalmente, se trata de lo que lo que se denomina un no-hecho. Es algo que, aunque pasa, se pretende que no está pasando. Hablamos, por supuesto, del tema central que se trata en este blog, de la crisis energética. A pesar de que se van acumulando los indicios de que vamos a estrellarnos muy pronto contra el muro de la dura realidad geológica, cada vez que se produce una noticia relacionada se le da una interpretación sesgada hasta el absurdo o simplemente se silencia. Como a esta información es más difícil de acceder que a las de los otros tipos, déjenme que les comente con algo más de detalle algunas noticias actuales sobre el tema.

Como hemos comentado varias veces, en este momento se está produciendo una brutal desinversión en el sector de la explotación del petróleo y resto de hidrocarburos líquidos. Este fenómeno lleva varios años de recorrido (lo comentamos en este blog a principios de 2016), pero recientemente la cosa ha tomado ya tintes dramáticos: en este momento, Norteamérica invierte más que el resto del mundo en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos.
Que una región que produce menos del 20% de todo el petróleo mundial invierta más del 50% del gasto global en exploración y desarrollo ha sido posibilitado por dos factores. Por un lado, porque después de una pequeña contracción en 2015 y 2016, el gasto en nueva exploración y explotación se ha disparado en los EE.UU., gracias fundamentalmente al fracking. Por el otro lado, en el resto del mundo la inversión cae consistentemente debido al hecho de que se acepta que no quedan ya nuevos yacimientos que merezca la pena explotar. Como ahora explicaré, ambos factores son terriblemente negativos.

Con respecto al primero, el auge del fracking no es, en absoluto, una buena noticia, y no hablo aquí en términos medioambientales (para los que también es negativo) sino financieros.. No es ninguna novedad decir que el fracking es un negocio ruinoso: yo ya lo explicaba en este blog allá por el 2013. Las compañías que se dedican al fracking no solo no consiguen beneficios, sino que acumulan cuantiosas pérdidas que financian con más endeudamiento.

Imagen cortesía de SRSrocco report, https://srsroccoreport.com/

Se trata, obviamente, de un burbuja especulativa que en cualquier momento puede explotar, pero también es algo más que una burbuja. Si no fuera por el fracking, la producción de todos los líquidos del petróleo del mundo estaría ya estancada o incluso en declive. Así que lo que EE.UU. ha hecho es subsidiar al resto del mundo el mantenimiento de nuestro estilo de vida pródigo en gasto energético. ¿Y hasta cuándo durará esta burbuja? Durante el año 2016 se observó un descenso de la producción de petróleo de fracking en los EE.UU., signo de que los productores tiraban la toalla y no querían perder más dinero. Sin embargo, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la implantación de numerosas medidas fiscales favorecedoras, la producción repuntó durante 2017 y lo que llevamos de 2018. Sin embargo, si miramos la evolución reciente de las gráficas de producción de las principales cuencas del fracking estadounidense (ver el último Drill Productivity Report del Departamento de Energía de los EE.UU.) observamos una tendencia al estancamiento en todas ellas, incluso en Permian. Durante el último mes, la producción aún ha crecido un poco, pero cada vez lo hace a menor ritmo.




Las gráficas también muestran de manera aproximada las tres fases que ha experimentado la burbuja del fracking

La primera fase fue entre 2009 y 2011, y se podría denominar la fase de tentativa. Básicamente, se tenía que intentar ver si el recurso era rentable, porque era ya la última posibilidad factible. Esta fase se caracteriza por un ascenso suave de la producción. Al final de esta fase se ve que no hay manera de hacer rentable el fracking a gran escala, pues ni siquiera con precios por encima de los 100$/barril sale rentable salvo en unas pocas localizaciones más productivas y en todo caso poco duraderas.

La segunda fase, de 2011 a 2016, es la fase de burbuja especulativa. Al principio de esta fase el precio del petróleo sube por encima de los 100$ y los grandes brokers de Wall Street consiguen convencer a muchos inversores que a esos precios todo el fracking es rentable, cuando en realidad solo lo es en determinados y escaso sitios. Esta fase se caracterizar por el fácil acceso al crédito, crecimiento exponencial de la producción y del endeudamiento de las compañías. Hacia 2014 se constata (como ya comentamos en "La ilógica financiera") que ni a 100$/barril el fracking era rentable y que las compañías petroleras de todo el mundo (no solo las dedicadas al fracking: todas) estaban perdiendo mucho dinero porque los yacimientos que quedan por explotar no son rentables a precios que la sociedad se pueda permitir. Aquí comienza una fase de contracción de la inversión global en exploración y desarrollo de nuevas explotaciones de hidrocarburos (46% menos a escala global entre 2015 y 2017), que también se da en EE.UU.: la producción de fracking cae un 10% y todo apunta a que esta burbuja se está desinflando.

La tercera fase, que comienza en 2017 y dura hasta ahora, se podría denominar la fase política o de ultima ratio. No hay duda de que el fracking no es rentable ni de que no lo será jamás, pero no se puede permitir que la producción de petróleo mundial comience ya su declive terminal, así que por razones políticas se re-impulsa la burbuja del fracking. Esta tercera fase está probablemente llegando al final debido al hecho de que los yacimientos de fracking no duran mucho tiempo y que cada vez cuesta más compensar la caída de los yacimientos actualmente en producción, como muestran las siguientes gráficas sobre la evolución de la producción de pozos preexistentes en las mismas tres cuencas indicadas arriba.




Se da la circunstancia de que el declive de los pozos en Permian es más acelerado que en las otras cuencas, como es bien conocido en el sector. Esto va a provocar que la caída del fracking será más acelerada de lo que muchos prevén, ya que Permian es y ha sido la más productiva de las cuencas asociadas a este tipo de explotación.

El final de la tercera fase del fracking va a ser doblemente negativo. Por un lado, por el descenso de la producción de petróleo, lo que va a implicar una grave crisis económica por el nuevo giro en la espiral del declive energético. Y por el otro, por la crisis financiera que va a desencadenar directamente: los inversores que han apostado fuerte al fracking están esperando a que un repunte de precios haga rentables sus inversiones y recuperen las pérdidas acumuladas, pero cuando se vea que la producción declina irremisiblemente comprenderán que no hay la más mínima esperanza de que recuperen su dinero y se desatará el pánico financiero.

Habrá más de un experto despistado que piense que la solución podría venir de fuera de los EE.UU., en esos inmensos campos de petróleo que algunos dicen que aún están por explotar. Sería mejor que se lo piensen dos veces, porque las señales que llegan del sector muestran claramente lo contrario. Circunscribiéndonos al caso de España, son bastante significativas las recientes declaraciones de Antonio Brufau, presidente de la petrolera REPSOL, en las cuales reconoce que no resulta rentable invertir en nuevas explotaciones porque cuesta mucho recuperar la inversión. De hecho, anuncia que REPSOL va a ir abandonando el negocio del petróleo, lo cual va en la línea de su reciente adquisición de centrales hidroeléctricas y su nuevo negocio como operadora eléctrica (en la misma línea que Gas Natural, ahora reconvertido en Naturgy). Según Brufau, lo que pasa es que la demanda de petróleo va a caer en los próximos años gracias a la irrupción del coche eléctrico. Lo cual es absurdo, porque ahora mismo no se ve tal irrupción y de hecho lo que sí que hay es un repunte en la demanda de petróleo que está empujando los precios hacia arriba. Aparte está el hecho de que un tipo bien informado como Brufau debe saber perfectamente que el coche eléctrico no es una opción viable a gran escala. En todo caso, la mención al fetiche del momento, el coche eléctrico, le sirve para justificar su proceso de desinversión y evitar, por el momento, el pánico financiero mientras va anunciando qué van a hacer los próximos años.

No solo es España: ayer mismo el economista jefe de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, alertaba que el precio del petróleo está entrando en la zona de peligro, y que el problema viene, precisamente, de la falta de inversión en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos a escala global. En un desesperado intento por revertir la situación, Birol llama a la OPEP a "abrir los grifos" para bajar el precio del petróleo, y les avisa de que si permiten que el precio escale a la larga les perjudicará también a ellos, porque los altos precios del crudo desencadenarán una crisis económica, y la crisis hará bajar el consumo y por tanto los precios del crudo y al final la OPEP también recibirá lo suyo. En esencia, Birol parece que por fin ha descubierto la espiral de destrucción de oferta - destrucción de demanda. Claro que si Birol hubiera leído las declaraciones de Brufau que enlazaba más arriba sabría que probablemente Arabia Saudita ya no tiene capacidad ociosa: la OPEP probablemente ya no puede abrir más los grifos porque los tienen abiertos del todo.


Por resumir, tanto el ruido de fondo, como las noticias más analíticas, como los estudios más detallados sobre el capitalismo y como el análisis de la situación actual de la crisis energética nos indican que hemos llegado a las puertas de la siguiente crisis. Para unos, esto solo es un final y el comienzo de una nueva fase similar, después de los reajustes necesarios. Para otros, los procesos que se van a desencadenar van a cambiar nuestro mundo de manera profunda y definitiva. En lo que todos coinciden es en lo que estamos haciendo para prepararnos: nada. Así que, ahora mismo, estamos ahí quietos, plantados, esperando a que nos llegue el siguiente golpe.



Salu2.
AMT

lunes, 17 de septiembre de 2018

Las buenas noticias



Queridos lectores:

A lo largo y ancho de este blog se han discutido en numerosas ocasiones los problemas que a la sociedad industrial le va a causar la disminución de la energía disponible. Con harta frecuencia, nos hemos entretenido a analizar hasta qué punto el descenso energético puede comprometer la misma continuidad de nuestra sociedad, y si al final vamos a colapsar o no. Todo el discurso que hemos hecho hasta ahora es que la paulatina pérdida de la energía disponible es un problema gravísimo y que solo nos va a deparar pesar y sinsabores, permitiéndonos solo matizar si éstos serán más o menos profundos, más duros o más sobrellevables. El caso es que, después de los más de ocho años desde que abrí esta bitácora, aún no hemos analizado la parte positiva del descenso energético.

Y sin embargo existe, realmente, un lado positivo asociado al declive energético. El hecho de que en las próximas décadas tengamos que vivir con menos energía implica que necesariamente en ciertos aspectos se van a suceder una serie de mejoras bastante sustanciales con respecto a la situación actual. Estas mejoras, por supuesto, no cancelan o eliminan los deterioros que vamos a sufrir en otros ámbitos; pero tener constancia de estos efectos benéficos puede ayudarnos tener una perspectiva más correcta de cuál es el escenario con el que vamos a tener que lidiar. Y es que muchas veces creemos que en el futuro todo será mucho más difícil porque asumimos que tendremos que continuar destinando los mismos recursos a hacer las mismas cosas que hacemos ahora, cuando en realidad es probable que algunas cosas mejoren por sí solas y así nos aligeren en parte la pesada carga que se nos viene encima.

Nunca antes habíamos hablado de esto, y posiblemente es un buen momento para tratar este tema. Es el momento de hablar de las buenas noticias. En lo que sigue, haré una enumeración no exhaustiva de las mismas, explicándolas y contextualizándolas.

+ Vamos a limitar el Cambio Climático: En la actualidad el incremento de la concentración de CO2 atmosférico continua por encima de las 2 partes por millón (ppm) al año. En recientes declaraciones, el Secretario General de Naciones Unidad, Antonio Guterres, afirmó que "el cambio climático avanza más rápido que nosotros" y que las sociedades humanas se han de conjurar para evitar lo peor de esta amenaza, y en todo caso antes de 2020. Por supuesto, no hay ni el más mínimo indicio de que se vaya a proceder a una descarbonización tan drástica y rápida en los próximos dos años. Sin embargo, el inevitable y probablemente precipitado descenso de la producción de petróleo, justamente con la crisis económica que se desencadenará, tendrán un efecto demoledor sobre la demanda y consumo del petróleo (ya saben, la espiral) y provocará un efecto similar al que vimos en 2009 y los años siguientes: un sensible descenso de las emisiones de CO2. Pero en este caso, a medida que la crisis se vuelva sistémica e instalada, el descenso no será puntual, sino permanente. Bien es cierto que, en la desesperación del capitalismo actual por sobrevivir un poco de tiempo más, en el corto plazo se recurrirá sin duda a fuentes de energía más contaminantes y con mayores emisiones de CO2 por julio de energía producido, pero aún así nuestra curva final de emisiones va a ser sensiblemente inferior a la que prevén los modelos climáticos. 

Cabe hacer dos matizaciones importantes a esta última afirmación. La primera, que todos los modelos del IPCC sobre la previsión de la evolución del clima del planeta contemplan un gran porcentaje de absorción de las emisiones de CO2 a través de tecnologías de captura y secuestro de carbono, tecnologías que no están desarrolladas ni mucho menos implantadas a una escala significativa. Así pues, la caída de emisiones asociada al descenso energético del petróleo y demás materias primas no renovables no va a mejorar mucho las previsiones climáticas que se hacen actualmente, porque éstas contemplan esa captura de carbono que no se va a producir. La segunda matización es que, dada la inercia del clima, incluso aunque ahora mismo se detuvieran las emisiones el planeta seguiría calentándose durante muchas décadas, y no se compensarían los efectos del actual cambio climático en marcha hasta que no pasase por lo menos un milenio, que es el tiempo que necesita la Tierra para deshacerse del actual exceso de CO2 atmosférico. 

A pesar de todo ello, el descenso energético va implicar, sin duda, que no vamos a desestabilizar el clima tanto como lo haríamos si pudiéramos, si tuviéramos más combustibles fósiles disponibles; y esto seguro implica que el problema tendrá una magnitud más manejable (dentro de lo difícil que será gestionarlo en todo caso).

+ Vamos a detener (en parte) la contaminación: Relacionado con lo anterior, el descenso energético va a implicar un descenso del comercio global, del transporte de mercancías, de producción de las mismas y de generación de residuos. La actividad industrial se va a reducir enormemente y tendrá que volverse mucho más eficiente en el aprovechamiento de las materias primas. Por todo ello, la cantidad de residuos generados va a ser mucho menor que la actual, probablemente varios órdenes de magnitud inferior. Lo cual va a ser muy conveniente, porque la enorme presión humana sobre el planeta está creando problemas gravísimos, y aunque tendremos que lidiar con muchos de los problemas generados por nuestros residuos durante muchas décadas, posiblemente incluso milenios, el hecho de no generar más será sin duda muy útil. Además, al dejar de generar más residuos le vamos dando una oportunidad a la capacidad de reciclaje/regeneración del planeta que aún no hemos dañado de irlos eliminando.

+ Vamos a reducir nuestra presión sobre los ecosistemas: El potencial destructivo de la Humanidad está enormemente amplificada por la abundancia de energía asequible. El esquilmamiento de las pesquerías, el acoso a las últimas reservas de animales salvajes, la profunda transformación de la biosfera planetaria para acomodar las masivas actividades agro-ganaderas... todo eso va ir disminuyendo de intensidad a lo largo de las próximas décadas porque simplemente no vamos a tener suficiente energía para continuar con la actual borrachera extractiva y destructiva. Aquellos ecosistemas más dañados, desestabilizados o directamente destruidos irán siendo progresivamente sustituidos por otros nuevos, que pueden ser muy diferentes a los anteriores y no necesariamente muy ventajosos para los seres humanos. La principal salvedad es que en el corto plazo, en la agonía del capitalismo financiero global, lo más probable es que se intenten explotar de manera muy insostenible algunos ecosistemas fundamentales (por ejemplo, con la tala incontrolada de bosques para producir leña que se queme tanto para calefacción como para producir calor de uso industrial o gases combustibles para vehículos). Pero en el medio y largo plazo, la necesidad de adaptarse a los límites biofísicos, que además serán más territorializados, hará que se alcancen nuevos equilibrios (que en algunos casos implicarán la erradicación local de la especie humana).

+ No se va a producir la Singularidad: Una de las obsesiones recurrentes de los especialistas tecnológicos y económicos de nuestro tiempo es que, con las progresivas mejoras en el desarrollo de la Inteligencia Artificial (AI) y con la extensión de internet, en un momento próximo se producirá la Singularidad: un momento a partir del cual la AI será capaz de automejorarse de manera exponencial y que hará que la AI supere a toda la capacidad intelectual humana, lo cual llevará de manera natural a que la AI tome el control del planeta. La hipótesis de la Singularidad Tecnológica tiene dos graves problemas, hoy por hoy. El primero es que los avances en AI, importantes como son, están siendo bastante exagerados por la prensa generalista, y lo cierto y verdad es que aún estamos muy lejos de que la AI sea capaz de hacer cosas que un humano encuentra básicas (al margen se encuentra la objeción no resuelta planteada por Roger Penrose de que la inteligencia humana no es de naturaleza algorítmica y por tanto no es imitable por las AI clásicas). El segundo problema, poco estudiado en general, reside en el hecho de que los grandes expertos están dando por hecho que la AI sería un ente con poca carga material o prácticamente inmaterial, cuando es justamente lo contrario: en la actualidad, las operaciones ordinarias de internet suponen aproximadamente el 5% del consumo de electricidad mundial, y de seguir aumentando al ritmo actual serían ya el 20% del consumo eléctrico en 2025. Pero si uno tiene en cuenta el coste energético de fabricación de todos esos equipos (desde los grandes centros de datos a los miles de millones de ordenadores y teléfonos móviles, pasando por los centenares de miles de kilómetros de cableados diversos), las cantidades de energía consumidas anualmente son varias veces mayores, de modo que en la actualidad las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) implican el consumo de más del 4% de toda la energía (no solo electricidad) del mundo, y de seguir así llegaría rápidamente a más del 25% antes de una década. En modo alguno las TIC son inmateriales; peor aún, las más avanzadas tecnologías utilizan elementos químicos difíciles y caros de producir, las denominadas tierras raras, las cuales no solo llevan a importantes guerras comerciales entre los países, sino que comportan un gran consumo de energía en su extracción y procesamiento. El caso es que la Singularidad no se va a producir porque el planeta no puede soportar su inmensa huella energética y material.

+ No se van a destruir empleos por culpa de la robotización: Como una derivada a menor escala de lo anterior, otra de las amenazas con la que los expertos nos amedrentan no se va a producir: la de la substitución masiva de empleos por culpa del avance tecnológico y la robotización. Entendámonos: la robotización - más bien, la automatización - de muchos procedimientos fabriles no es algo que se vaya a producir, sino que hace ya décadas que se produjo, principalmente en aquellas tareas que se podían fácilmente automatizar; es el caso, por ejemplo, de muchas cadenas de montaje fabriles. Y sin embargo, en muchos procesos la supervisión humana sigue siendo algo fundamental, porque los actuales sistemas de AI siguen siendo demasiado imperfectos, demasiado limitados para lidiar con la enorme diversidad y casuística de los problemas físicos reales que uno se encuentra en el mundo real. Eso explica, por ejemplo, los sucesivos problemas que se ha encontrado el fabricante de coches eléctricos Tesla, que de prometer grandes producciones de coches gracias a la automatización extrema de sus fábricas se ha encontrado que la automatización extrema es menos eficiente que el uso de humanos para tal fin - pero, claro, a los humanos hay que pagarles un sueldo. Y si la cosa no acaba de pitar en una línea de ensamblaje, pueden hacerse Vds. una idea de lo lejos que estamos de que se sustituyan otros empleos más sofisticados en entornos menos controlables. El tema de la robotización es muy caro a los sumos sacerdotes de esa secta religiosa destructiva conocida como liberalismo, porque justamente les permitiría conseguir una productividad por trabajador infinita (al no tener trabajadores), pero es una completa falacia lógica. Y es que robotizar todos los ámbitos implicaría una inversión de recursos descomunal, de entrada para crear la AI, pero también para desarrollar todos esos programas que se adapten a entornos complejos (y los entornos meramente verbales no son menos complejos que los completamente físicos) y para crear los sistemas físicos que, al final, tienen también una base material.

+ Vamos a relocalizar los empleos: Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es la hipermovilidad: nos movemos continuamente, rápidamente, por todas partes. Nos vamos de vacaciones a, literalmente, el otro extremo del mundo (bueno, los que pueden permitírselo), pero incluso para ir a trabajar y el resto de actividades cotidianas nos desplazamos decenas, a veces incluso centenares de kilómetros. Los trabajadores son expulsados del centro de las ciudades por culpa de los altos precios de la vivienda, sobre todo en aquéllas que padecen ese proceso denominado "gentrificación", y se ven obligados a vivir en la periferia y a incrementar su tiempo de transporte diario (ya se sabe, los ricos pagan con dinero y los pobres con tiempo). Los trabajadores menos cualificados, encima, han perdido su trabajo ya que las fábricas se han trasladado a otros países de mano de obra más barata, y los productos ya elaborados se traen desde allí en grandes cargueros. Es un flujo rápido y constante de personas y materiales.

Todo este desenfreno ha sido posible gracias a los combustibles fósiles, a la enorme cantidad de energía barata de la que disponíamos. Pero eso es justamente lo que se está acabando. En los años que vendrán, en el transcurso de las próximas décadas, la producción de cualquier bien que se quiera comercializar aquí tendrá que radicarse en algún lugar cercano, porque transportar bienes y personas ya no será tan barato - a veces ni tan siquiera será posible. Y eso implica que se va a volver a crear empleo localmente, empleo que va a estar bastante menos automatizado - porque algunos procesos automáticos implican un gran gasto energético. Quizá no sean grandes empleos, quizá los salarios no serán tan grandes, pero cuando el fragor del derrumbe de nuestro castillo de naipes haya cesado habrá muchas oportunidades de trabajo para los que se sepan adaptar.



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Los riesgos del descenso energético siguen siendo los mismos que eran: podemos sucumbir al autoritarismo y a las guerras, podemos colapsar en mayor o menor medida, puede haber problemas de escasez de alimentos o de agua potable, podemos destruir aún muchos ecosistemas al aferrarnos a un modelo inviable, y tendremos que lidiar en todo caso con un cambio climático que va a persistir durante mucho tiempo. Y sin embargo, saber que a pesar de todo habrá efectos efectos benéficos, puede ayudar a centrar nuestra atención en esos otros aspectos cuyo devenir es más incierto o de seguro peor.

Nos centramos tanto en lo que perdemos (o en lo que creemos perder) que no vemos aquello que ganamos. Entre otras cosas porque la ganancia en muchos casos se produce mediante la eliminación de algo; algo que es malo en realidad, pero que es algo que se pierde, de las misma manera y por la misma razón que perderemos cosas buenas. Lo más curioso es que habrá no pocas personas que interpretarán esa eliminación de algo malo como una pérdida cuando en realidad es una ganancia (como si, por ejemplo, nos disgustase la eliminación de un tumor porque, al fin y al cabo, el tumor era "parte de nuestro cuerpo"). Tenemos tan subvertidos los valores que no sabemos siquiera qué es lo que tiene sentido defender, qué es lo que verdaderamente deberíamos preservar y qué en realidad deberíamos eliminar. Así que quizá la primera cosa a recuperar es el sentido común.

Salu2.
AMT

sábado, 17 de marzo de 2018

El futuro de las pensiones


Queridos lectores:(*)

Hace poco, un amigo mío de Facebook (gràcies, Jofre) me sugirió que escribiera un artículo aquí sobre el actualmente muy candente en España tema de las pensiones. A priori desechaba la idea por dos motivos. Por una parte, porque aunque el tema tiene evidentes conexiones con el descenso energético y el inevitable declive económico, pensaba que se necesitaría mucha argumentación para enfocarlo correctamente desde la perspectiva de este blog, sobre todo porque al apuntar hacia el futuro parece que uno siempre se tiene que mover en un estrecho filo entre el morboso tremendismo madmaxiano y la idiota autocomplacencia tecnoreligiosa. Por otro lado, yo no soy un especialista en este tema concreto, el de las pensiones en España, y por tanto tendría que tener sumo cuidado de no perderme en ciertos detalles intrincados que pudieran desviar la atención sobre la cuestión que realmente quiero abordar, y que no es otra que la dificultad de mantener un esquema social construido basándose en una realidad socioeconómica no solamente en crisis, sino condenada a desaparecer. Sin embargo, al final he decidido arriesgarme a escribir esta pieza por que creo que puedo aportar algo, como mínimo un punto de vista bastante diferente de los que se suelen oír por ahí, y porque a pesar de mi falta de conocimientos técnicos sobre el tema estoy oyendo decir tales barbaridades y medias verdades orladas con mentiras absolutas que creo que, aunque imperfectos, mis argumentos pueden ser de más utilidad que según cuales.

En mi discusión me voy a centrar en el caso de España, porque aunque sea específico me da la impresión de que muchas de las conclusiones van a poder ser fácilmente extrapolables a otros países. Al referirme a las características del sistema de pensiones español, describiré en trazo grueso estas características porque, como he dicho, tampoco yo lo conozco en más detalle; y de antemano pido perdón por los errores y omisiones que sin duda cometeré, apelando a la paciencia de los lectores para quedarse con la conclusión más general, la validez de la cual no reposa tanto sobre esos detalles. Por supuesto agradeceré a cualquier lector que me señale los errores que encuentre en el texto para que pueda corregirlos.

Como es un post bastante largo, lo dividiré en siete secciones para facilitar su lectura.

Cómo funciona el sistema de cotizaciones a la Seguridad Social.

En España, a cada trabajador por cuenta ajena (es decir, empleado en una empresa o administración pública) se le descuentan obligatoriamente unos 180 euros por cada paga (en España lo más habitual son 14 pagas anuales, 12 mensuales y 2 extraordinarias) como contribución a la Seguridad Social (por supuesto, estoy hablando aquí del Régimen General; existen otros muchos regímenes específicos para diversos colectivos de trabajadores). Esta contribución que hace cada empleado sirve para mantener el sistema de Seguridad Social, que no solamente dota las pensiones públicas sino también el sistema de salud y los servicios sociales.

La contribución de los trabajadores no es la única, ni siquiera la mayoritaria, de la que se nutre el sistema de Seguridad Social español. Por cada trabajador asalariado que tiene una empresa, la propia empresa debe obligatoriamente satisfacer una cuota patronal a la Seguridad Social, y dicha cuota corresponde aproximadamente al 30% del salario bruto del trabajador. Por tanto, incluso en el caso de trabajadores mileuristas la empresa contribuye más a la Seguridad Social que el propio trabajador (excepto en el caso de exenciones o minoraciones de esta cuota, cosa de la cual también hay un catálogo extenso).

Por último, el propio Estado y las Comunidades Autónomas prevén en sus presupuestos una financiación adicional para ciertas componentes del sistema de Seguridad Social, principalmente en el capítulo de Sanidad y en menor medida en otras prestaciones sociales. Esta parte de la financiación está, por tanto, sufragada con los impuestos que se le aplican a todos los ciudadanos y a las empresas.

Un caso especial que me interesa destacar es el de los trabajadores autónomos. Se trata de gente que no trabaja para otra persona, sino que son sus propios empleadores. La figura del autónomo estaba pensada para los propietarios de pequeños negocios o para quien ejerce las llamadas profesiones liberales (por ejemplo, un abogado, un arquitecto, un médico con consulta propia...). Se trataría, por tanto, de gente con actividad o negocio propio, el cual les proporciona suficientes beneficios como para poder costearse su propia Seguridad Social. Aunque la casuística en este caso es bastante diversa, en líneas generales los autónomos tienen que hacer frente a una cuota obligatoria semejante a los 180 euros por nómina de los trabajadores asalariados, y tienen la opción de satisfacer una cantidad mayor equivalente a una cuota patronal minorada, con la que tendrían derecho a una mejor pensión (ver siguiente sección). El problema con los autónomos es que es una figura de la cual se ha abusado en España, gracias a la desidia si no complacencia de las autoridades, y hoy en día hay muchos trabajadores que en realidad lo son por cuenta ajena pero que se dan de alta en el régimen de autónomos aunque su estipendio no sea tan alto como para que tal cosa les fuera razonable, simplemente porque la empresa que los emplea se ahorra de este modo la cuota patronal. Estos trabajadores sufren una importante disminución de sus ingresos netos con respecto a los brutos, y generalmente cotizan lo mínimo a la Seguridad Social, con el consiguiente perjuicio para ellos a largo plazo.

Cómo funciona el sistema público de pensiones.

El hecho de haber cotizado a la Seguridad Social da derecho a recibir una pensión de jubilación al terminar la vida laboral, a otras pensiones asistenciales si fuera necesario (incapacidad, viudedad,...) y también a recibir asistencia sanitaria gratuita en el sistema público de salud. Algunos de estos derechos, particularmente las pensiones de jubilación, mejoran cuanto más años se haya cotizado a la Seguridad Social y cuanto más alta haya sido la contribución (contando en este caso la cuota patronal, lo cual para el trabajador, a efectos prácticos, es haber recibido un mejor sueldo).

Es importante tener en cuenta que el haber cotizado le da al trabajador un derecho reconocido por el Estado a través del sistema de Seguridad Social, pero en modo alguno puede considerarse que el trabajador haya puesto "su" dinero en una hucha personal. En realidad, los trabajadores en activo que están cotizando hoy están pagando las pensiones de los pensionistas de hoy, y sus pensiones del mañana serán pagadas por los trabajadores en activo en ese mañana. Es decir, que uno se gana ese derecho para el mañana pagando las pensiones de hoy.

El hecho de que uno no esté ahorrando "su" dinero y que todo lo que consiga sea un compromiso formal del Estado para que se le pague en el futuro hace que mucha gente considere el sistema de pensiones una estafa legalizada y obligada por el Estado. Sin embargo, a pesar de sus limitaciones en realidad este sistema es el mejor, el más robusto y el que mejor defiende los intereses del conjunto de los ciudadanos, como explicaré en las dos próximas secciones.


La alternativa: los planes de pensiones.

Desde hace ya unos cuantos años los bancos ofrecen la posibilidad de que los trabajadores que cuenten con suficientes recursos inviertan sus ahorros en planes de pensiones. Los planes de pensiones no son más que depósitos a largo plazo, a los cuales el Estado acuerda imponer una fiscalidad muy baja porque su finalidad última es que la persona viva de  sus ahorros cuando ya no trabaje.

El problema principal de los planes de pensiones es la inflación. Hagamos un ejercicio simple. Imagínese que decide que guardará una parte de sus ahorros anuales en una caja y los mantiene ahí durante 30 años para usarlos en su vejez. Imaginemos ahora que la inflación media durante esos 30 años es del 3% anual (no es tan descabellado: que la inflación ahora sea tan reducida no quiere decir que siempre lo haya sido durante los últimos 30 años). Pero vamos a suponer que es Vd. un tipo con suerte y que consigue que le actualicen su sueldo de acuerdo con la inflación, con lo que la cantidad que Vd. consigue ahorrar de su dinero sube también un 3% cada año. Pongamos que el primer año Vd. puso en su hucha de pensiones 1.000 euros. El segundo año pondría 1.030 euros, es decir, un 3% más, aunque debido a que ésa es precisamente la inflación los 1.030 euros del segundo año tienen el mismo poder adquisitivo que los 1.000 euros del primer año. El tercer año pondría Vd. 1.060,9 euros porque 1.060,9 =1.030 x 1,03, y esos 1.060,9 euros que Vd. habría contribuido tendrían el mismo poder adquisitivo que los 1.030 del segundo año o los 1.000 del primer año. Y así sucesivamente. Al cabo de 30 años Vd. tendría en su hucha 1.000 x (1+1,03+1,03²+1,03³+...+1,03²⁹)=47.575 euros. El problema es que el poder adquisitivo del dinero que guardó en la hucha dentro de 30 años equivaldría a 47.575/1,03³⁰=19.600 euros de ahora mismo. El caso es que Vd. renunció al equivalente en poder adquisitivo de 1.000 euros de ahora mismo cada año durante 30 años, es decir, redujo su poder adquisitivo en 30.000 euros de ahora mismo a lo largo de esos 30 años, para tener al final del período menos de 20.000 euros. En suma, por culpa de la inflación sus ahorros han perdido un tercio de su valor real.

Para eso se inventaron los fondos de pensiones, para intentar compensar el efecto de la inflación y que el que invierte su dinero en ellos no pierda poder adquisitivo real. Y la manera que tienen de combatir la inflación en sencilla, en principio: el dinero que se va depositando en el fondo de pensiones se invierte en negocios con una rentabilidad no necesariamente muy alta (basta con que gane a la inflación) y lo más segura posible. Los valores en los que se suelen invertir los fondos de pensiones son grandes empresas: petroleras, eléctricas, bancos, automovilísticas, farmacéuticas...

El mayor problema que plantea la estrategia de los fondos de pensión es que, en una inversión a 30 años vista, es muy difícil que no se produzca en algún momento una gran crisis que lleve al traste todo el beneficio acumulado. Inclusive, si la crisis es muy grave y dependiendo de la cartera de inversiones del fondo, se pueden producir pérdidas netas, que aunque no sean nominales sí lo sean en términos de poder adquisitivo. De hecho, si uno mira la evolución de los fondos de pensiones durante los últimos años se puede ver que mayoritariamente han tenido poca o ninguna rentabilidad, con lo que sus impositores no han mejorado mucho con respecto a la hucha que comentábamos arriba, y además han incurrido en el riesgo de perderlo todo.

Una cosa curiosa, tanto de estas inversiones como de cualquier otra, es que la Hacienda pública considera rendimientos del capital sujetos al pago de impuestos cualquier interés obtenido de un capital, cuando, si se creyesen los mismos principios que se aplican en el cálculo de la inflación, deberían descontar ésta. Si yo tengo un capital a un 1% de interés y la inflación ese año sube un 2%, en realidad no he realizado ningún beneficio real, sino que he perdido un 1% de poder adquisitivo (esto es, con mi capital más mis intereses puedo comprar un 1% menos de lo que podía comprar el año anterior). Sin embargo, Hacienda aplicaría en este caso el criterio de que ha habido unos beneficios del 1% y estos beneficios son tasados. Esto, que no tiene demasiada importancia cuando se habla de depósitos a plazos relativamente breves, resulta capital en los fondos de pensiones, pudiéndose dar la paradoja de que a pesar de haber tenido unas pérdidas reales en términos de poder adquisitivo uno tenga que pagar impuestos y por tanto incrementar esas pérdidas.

Por otro lado, es importante destacar que los fondos de pensiones están obviamente orientados a las clases medias. A los muy ricos todo esto, en realidad, les da completamente igual: ellos ya tienen sus vehículos de inversión y múltiples maneras para evitar pagar impuestos, y así mismo pueden asegurarse la vejez sin demasiados sobresaltos. Pero al darle acceso a las clases medias a fórmulas de inversión que solo nominalmente se parecen a las de las grandes fortunas, los fondos de pensiones alimentan la ficción de que la manera de "gestionar el propio patrimonio" es servirse de "las posibilidades que brinda el sistema financiero" capitalista. La realidad es mucho más cruda, puesto que la exposición al riesgo, al ser por un período tan largo, es mucho mayor, como ya hemos comentado más arriba; y en definitiva los fondos de pensiones son una pésima opción.


Las pensiones como contrato intergeneracional.

Se suele decir que el actual sistema de pensiones y de seguridad social fue creado por Otto von Bismarck, a finales del siglo XIX. No es en absoluto casual que el primer Estado-nación con una estructura moderna, la Prusia Bismarquiana, estableciera una estructura de seguridad social y en particular de protección de las rentas de sus mayores. En épocas anteriores, la única garantía de no tener una vejez atormentada y miserable eran los hijos. Pero con la nueva estructura estatal se hace necesario desligar los vínculos familiares tan estrechos anteriores, para que los hijos puedan ir a la guerra o para que la gente acepte trabajar en fábricas durante todo su vida útil en vez de asegurarse el acceso a un mínimo pañuelo de tierra que poder cultivar y del cual vivir toda su vida.

El sistema de pensiones como el que hay en España se basa en un compromiso establecido por el Estado, como indicábamos más arriba, pero es en realidad un contrato intergeneracional: los jóvenes cuidan de los viejos. Yo no soy lo que se dice un entusiasta de los Estados, pero entiendo que tal sistema puede funcionar, y no solo eso, sino que proporciona más seguridad a las personas, y por tanto al conjunto de la ciudadanía, que el clásico apoyo dentro de la familia. En realidad, el contrato intergeneracional que representan las pensiones lo que hace es crear una gran familia que es toda la ciudadanía, donde todos los jóvenes se están ocupando de garantizar una vejez digna a todos sus mayores. La colectivización de esta "ayuda entre generaciones" tiene muchas ventajas. En primer lugar, es inmune a los efectos de la inflación a lo largo de los años (son los que producen la riqueza de hoy los que destinan una parte de la misma a cuidar a los necesitados de hoy). Además, el hecho de que la tarea se asuma colectivamente hace que el destino de una persona concreta no dependa de su suerte o la de su familia: aunque una persona sufra más enfermedades, sus hijos mueran antes que él o no tenga hijos no tienen que temer que sus últimos días los pase en la miseria. La mala suerte de unos se ve compensada con la buena de otros y así todo el mundo tiene cierta garantía de dignidad. Finalmente, las personas más longevas no tienen por qué angustiarse ante la perspectiva de quedarse sin apoyo. Al colectivizar el cuidado intergeneracional se consigue que las anomalías, tanto positivas como negativas, no tengan ningún peso y que lo único importante para garantizar la sostenibilidad del sistema es que los promedios - que son más fáciles de evaluar y de controlar - estén controlados: cuál es la esperanza de vida, cuál es el promedio de días de baja que sufren los trabajadores, etcétera. En suma, es un sistema que da mayor seguridad individual a la clase trabajadora.

Desde el punto de vista de la clase trabajadora, este contrato intergeneracional resulta relativamente ventajoso también económicamente. Con los 180 euros mensuales que contribuyen a la Seguridad Social, incluso aunque todo se destinase a pensiones, no podrían sufragarse una pensión decente ni con el mejor plan de pensiones del mundo. Incluso contando con el 30% de su sueldo bruto de la cuota patronal su pensión no llegaría ni a mileurista si no hubiera tenido un sueldo bruto de al menos 2800 euros al mes. A pesar de lo exiguo de las pensiones españolas, el rendimiento del sistema actual es mucho mayor que lo que se contribuye precisamente porque se basa en promedios: algunos contribuyen muchos años pero no viven mucho para disfrutarlo, ayudando a los que sí que pueden llegar a hacerlo.

La existencia de un sistema de pensiones es un mecanismo que fomenta la estabilidad social. La gente puede aceptar trabajar toda la vida en trabajos no demasiado bien remunerados si sabe que al acabar su vida laboral no se morirá de hambre inevitablemente. En el caso particular de España, las pensiones de jubilación están siendo un último resorte para evitar un estallido social: en demasiados casos, las pensiones de los abuelos ayudan a mantener a hijos y nietos con empleos muy precarios o directamente sin empleo.


Por qué se ataca actualmente al sistema público de pensiones

Porque estamos llegando a un momento histórico: El fin del crecimiento. Por las razones que hemos analizado en extenso en este blog, el sistema económico actual, basado en un crecimiento ilimitado en un planeta finito, está llegando a su fin. Incluso en estos últimos tres años, en los que los bajos precios del petróleo han permitido mejorar su economía a un país importador como España, lo cierto es que la recuperación real no llega a sus clases medias, ni llegará. El momento actual es de impasse, mientras la actual situación de precio bajo del petróleo se acerca a su fin precipitado y descontrolado, lo cual desencadenará una terrible crisis económica. Es igual si esta crisis se acaba desencadenando este año o el que viene; en las condiciones actuales no pasará de 2020 antes de que vivamos de nuevo las peores escenas del 2008. Y si en este momento la situación no es agradable, entonces será mucho peor.

La ausencia de crecimiento económico pone doblemente en peligro el sistema de pensiones. El peligro directo es porque con nuestro sistema económico sin crecimiento se destruye empleo, y si se destruye empleo hay menos cotizantes para mantener a los pensionistas. Pero hay otro peligro, aún más serio pero menos directo y por tanto menos evidente. Y es que, en ausencia de crecimiento económico, los grandes capitales buscan desesperadamente las últimas oportunidades, las más marginales, para conseguir beneficio, es decir, para conseguir un interés por su inversión. Pero como el crecimiento económico se acaba, las únicas posibilidades para conseguir un rendimiento no están en actividades productivas, sino esencialmente en la apropiación de bienes y patrimonios de otros. De quien sea, en realidad. Y lo más fácil es ir a por el patrimonio de la clase media, porque es mucho más manipulable y dispone de menos información.

Este proceso de esquilmamiento final de las clases medias, el descenso forzado hacia la Gran Exclusión, tiene muchas facetas. Es la devaluación interna vía degradación de los salarios, es el aumento de los costes reales de la vida (encarecimiento de la energía, entre otros) y en última instancia es la apropiación directa del patrimonio. Un ejemplo de esa apropiación de patrimonio en España, consentida por los poderes públicos cuando no legalizada, la vimos con el escándalo de la venta masiva de participaciones preferentes justo antes de que las cajas de ahorro implosionaran: miles de millones de euros, que representaban los ahorros de millones de trabajadores tras una vida de esfuerzos, se esfumaban entre mentiras y engaños.

Sin embargo, ya cada vez van quedando menos nichos de este último negocio del capital, el saqueo de las clases medias, y la penúltima frontera son los pensionistas. A los pensionistas, principalmente a los jubilados, se les está sometiendo a una pinza destinada a que pierdan la fe en el sistema público de pensiones y que adopten otros sistemas que finalmente servirán para levantarles su patrimonio.

Por un lado, se está permitiendo una degradación del sistema público de pensiones, con una serie de medidas legislativas pensadas para reducir el poder adquisitivo de las mismas. Las últimas revalorizaciones son inferiores a la subida oficial de los precios, con lo que la renta disponible de los jubilados es cada vez más pequeña. Encima, la reforma de las pensiones que introdujo el PP en la pasada legislatura, particularmente el llamado "factor de sostenibilidad", garantiza una continua degradación de las pensiones de jubilaciones. El "factor de sostenibilidad" consiste esencialmente en fijar la cantidad máxima de dinero que va a percibir un jubilado, independientemente de cuantos años viva. Por ejemplo, si las estadísticas del Ministerio dijeran que la esperanza de los mayores de 67 años ha pasado de 20 a 25 años más, se reparten las prestaciones entre 25 años, lo cual en la práctica supone un descenso de la pensión del 20%. Es un completo contrasentido, una artimaña contable disfrazada de decisión analítica y técnica, porque no se tiene en cuenta a todos los cotizantes que mueren antes de llegar a los 67 años, y es que un aumento de la esperanza de vida de los que ya tienen más de 67 años no implica necesariamente un aumento de la esperanza de vida general, así que el cálculo ni tan siquiera se tendría que hacer como se hace. Pero es que tampoco tiene sentido que se penalice a la gente por vivir más: se tendrían que recalcular factores, cotizaciones y demás, y eventualmente cubrir lo que faltase con impuestos (más sobre eso al final). Mientras tanto, algunos acólitos de esa religión destructiva conocida como Liberalismo Económico se pasean por las tertulias de radio y televisión denostando el sistema público de pensiones, calificándolo de estafa piramidal (sin considerar que lo que verdaderamente es una estafa piramidal es nuestro sistema económico) y en general proyectando dudas al ciudadano de a pie.

El otro brazo de la pinza consiste en la idealización de las soluciones financieras para complementar la pensión pública. De un lado tenemos los planes de pensiones, cuyas condiciones de rescate anticipado el gobierno de España acaba de dulcificar, y de los que en general se hace más publicidad ahora mismo, a pesar de los problemas que les son inherentes y que ya hemos comentado. Por el otro, se promocionan productos como las hipotecas inversas, que esencialmente es una renta vitalicia para el jubilado que está respaldada por una propiedad inmobiliaria. A la muerte del suscriptor de la hipoteca inversa, sus herederos deben decidir si cancelan la deuda para poder tomar posesión de esa propiedad, o si no se la queda el banco. Las hipotecas inversas son una manera muy eficaz y barata que van a tener los bancos para apropiarse de los bienes inmuebles de las clases medias, porque mucha gente no se va a poder permitir pagar esas deudas aún cuando la casa sobre la que pesan valga sensiblemente más dinero.



La financiación de las pensiones: posibilidades para el futuro.

Si somos conscientes de que el crecimiento económico está llegando a su fin y que, además, lo único que nos espera por delante es el decrecimiento, debemos comprender que productos financieros de cualquier tipo van a ser ruinosos, porque su rentabilidad va a seguir la de la economía y por tanto va a ser negativa. Los fondos de pensiones no son una excepción a esta regla y por tanto constituyen un suicidio económico en un mundo en decrecimiento.

La única vía para mantener un sistema de retribución para la gente que ya no puede trabajar ha de pasar, por tanto y forzosamente, por un mecanismo público. Sería muy conveniente que se explicitara el carácter de contrato intergeneracional que tiene, para que la gente comprendiera por qué se deben dotar a las pensiones de recursos suficientes. Un aspecto que nuestros líderes dejan una y otra vez de lado es que no hay absolutamente ninguna barrera legal o técnica que impida que las pensiones se financien aunque sea parcialmente con impuestos. La insistencia en que los fondos que financian las pensiones han de salir de las cotizaciones es negarse a aceptar que a lo mejor la sociedad prefiere dar otros usos diferentes a los actuales a los Presupuestos Generales del Estado. Como norma general, se acepta a pies juntillas que los porcentajes dedicados a cada partida de gasto de los Presupuestos son los adecuados y necesarios, pero eso no es así necesariamente, y particularmente en los muy onerosos capítulos de Obra Pública y de Defensa. Dada la proverbial ineficacia y corrupción de la Obra Pública, no es evidente que un descenso de la inversión en la misma se traduzca en un descenso de igual proporción de la actividad económica; y si eso es así para la Obra Pública imagínense cómo deber ser en Defensa. A eso hay que añadir las multimillonarias partidas que se han dedicado al rescate bancario, a indemnizaciones varias (como la del almacén de gas Castor) o al rescate de infraestructuras deficitarias (como las autopistas radiales de Madrid): simplemente con el pago que se ha hecho para rescatar la última autopista radial se hubiera podido incrementar las pensiones de jubilación unos 300 euros al mes durante un año. La sociedad tiene derecho a tomar una decisión sobre cómo quiere encarar el declive, y por ello los porcentajes destinados a las diversas partidas pueden cambiar, apareciendo alguna nueva (como la cofinanciación de las pensiones) y quizá desapareciendo alguna de las antiguas. Negarse a discutir esos porcentajes es antrincherarse en la idea de que la presente crisis es pasajera y que todo volverá a ser como antes, lo cual no solo es falso sino que puede llevar a una gran inestabilidad social.


Conclusiones
 
Las pensiones públicas son un derecho que se la ha garantizado a los trabajadores en aras de la estabilidad social y que favorece el mantenimiento de una sociedad industrial con especialización del trabajo. Este derecho no consiste en el acceso a unos ahorros que el cotizante hubiera acumulado a lo largo de los años, sino la participación en un sistema colectivo de ayuda mutua en lo que constituye un verdadero contrato social transversal e intergeneracional.

La desaparición de oportunidades de inversión para el capital por la llegada de un momento histórico, el fin del crecimiento económico, está llevando a un debate espurio sobre el significado y el destino del sistema público de pensiones, falso debate que trata de camuflar que el gran capital no quiere perder sus privilegios y en particular porfía por asegurarse un retorno que considera adecuado para sus inversiones aunque sea a costa de esquilmar todos los recursos de las rentas del trabajo y del Estado.

El presente ataque al sistema público de pensiones acaba siendo un ataque a la estabilidad del edificio social tal y como lo entendemos ahora. De proseguir en esta dirección, se acabará en una revolución o en el establecimiento de un sistema autoritario y fuertemente represivo.

El verdadero debate que se debería abrir es sobre cómo se deben obtener y utilizar los recursos públicos en un mundo abocado inevitablemente al decrecimiento. Las dificultades y complejidades de este momento no significa que no haya soluciones posibles y perfectamente viables, pero el debate se debe plantear de manera honesta y transparente. Desgraciadamente, nuestros líderes políticos esquivan esta cuestión, en la mayoría de los casos porque son completamente ignorantes de la misma y porque asumen que las transformaciones económicas que se llevan operando en la última década son parte de un ciclo y por tanto algo pasajero, cuando en realidad son el preludio de cambios aún más drásticos, profundos y definitivos. Sin una dosis de realismo y un asesoramiento técnico más imparcial, las políticas actuales nos abocan irremisiblemente a la demagogia, al populismo, a la ineficacia y por ende a la inestabilidad social.
 

Salu2,
AMT

(*) Sebastián, eso dos puntos van por ti. Al final volveré al redil.