domingo, 8 de marzo de 2015
Declive energético y cambio del modelo cultural
Queridos lectores,
Una de las cuestiones que se han tratado de manera fragmentaria a lo largo de estos cinco años de posts es la de la necesidad de un cambio cultural profundo para que nuestra sociedad pueda hacer frente al descenso energético. La mayoría de las discusiones que he desarrollado en el blog han tenido que ver con diversos aspectos del cambio de modelo económico y financiero. Hace unos días discutimos en estas mismas páginas algunos aspectos clave de los necesarios cambios en nuestro modelo de asignación de recursos, que en el fondo es una discusión sobre la estructura básica que tiene que tener un modelo económico que pueda funcionar cuando la energía sea menos abundante. Los aspectos que analicé en aquel post, y más aún las recetas que proponía para conseguir estructuras que puedan resistir un proceso tan agudo como es el descenso energético, no eran meramente económicos: al fin y al cabo, un sistema feudal en el que la mayoría vive en el umbral de subsistencia podría conseguir fácilmente cumplir los objetivos de sostenibilidad y resiliencia para garantizar su continuidad en el tiempo. Sin embargo, en la mente de todos está el interés de preservar algunos aspectos que habitualmente se consideran deseables del modelo social actual (la igualdad de oportunidades, la igualdad ante la ley, la democracia, la educación y la sanidad universales,...), más allá de lo lejos del ideal -a veces hasta lo grotesco- que hoy en día se encuentran estas conquistas sociales. Mucha gente que conoce la problemática de la crisis energética da por hecho que estas estructuras de carácter igualitario son fruto exclusivo de la abundancia energética y que sin ésta aquéllas no se podrán mantener. Sin embargo, la gran diversidad de sistemas de organización social que pueden encontrarse en la Historia de la Humanidad, sobre todo si uno se aleja de la visión sesgada que es norma en el mundo occidental, indica que no es del todo evidente que nuestros únicos puntos de destino para nuestra sociedad sean el autoritarismo o la extinción.
Debatir estos aspectos en profundidad y con propiedad requeriría una aproximación desde la Antropología, la Historia y la Sociología que al tiempo tuviera en cuenta las crudas realidades de la Física, la Geología y la Ecología. Poca gente tiene esa capacidad de síntesis; en general son los filósofos, como Jorge Riechmann, los que hacen este esfuerzo de comprender - en el sentido de abarcar - toda este poliédrico problema; pero yo echo en falta que gente proviniente de las tres últimas disciplinas que enumeraba más arriba hagan el esfuerzo de acercarse a las tres primeras (quizá de los pocos que podría hacerlo es mi compañero Antonio García-Olivares). Desde luego yo no tengo los conocimientos ni el bagaje cultural ni la capacidad que se necesitan para abordar con alguna garantía esta discusión. Pero no por ello el debate debe ser soslayado, y entiendo que en el contexto de este blog, que pretende ser solamente una herramienta divulgativa, seguramente esta discusión no puede postergarse más.
Así pues, enunciaré algunos aspectos de esos valores culturales, hoy comúnmente aceptados en esta parte del mundo que solemos decir occidental, que a mi pobre entender tendrán que ser revisados en un contexto de descenso energético. No podré, por no saber, proponer grandes recetas para ese cambio, sólo algunas ideas que me parecen más o menos sensatas. El objetivo de este post, por tanto, no es dar una visión acabada de la cuestión, sino en primer lugar mostrar un punto de vista bastante diferente al del supervivencialismo y del nihilismo en el que algunas personas, conscientes de los graves cambios que se avecinan, pueden caer por puro desánimo y resignación; y en un segundo término abrir la discusión.
- Individualismo: Uno de los valores más fundamentales para el correcto funcionamiento de nuestra sociedad actual es el individualismo. El individualismo consiste en que cada indivuo intente conseguir sus objetivos por si mismo sin contar con los demás, sí, pero es mucho más que eso: es la obligación de conseguir lo que uno se propone por uno mismo, sin ayuda de nadie. El individualismo es fundamental para el sistema económico porque el individuo es más propenso a comprar bienes para conseguir sus fines, ya que si cooperase con otros individuos podría pedir prestado lo que necesite o hacerlo en conjunto, evitando el gasto y por tanto el beneficio de la fábrica que produce lo que requería. En la cultura popular, sobre todo a través de la televisión y el cine, se exalta las cualidades del líder que individualmente es capaz de lograr todo aquello que se propone, por su empeño y tesón (con consecuencias no siempre positivas, como ya comentamos). El reverso tenebroso del individualismo es la competición con los demás. Tan importante como que la gente sólo cuente con sus fuerzas (o las que pueda comprar) para cubrir sus necesidades es que no recurra a las de los demás, y la mejor manera de cortar la vía de la cooperación es la competición. Exaltar la competición en la cultura popular es bastante más difícil, pues competir con nuestros congéneres, por ejemplo, por una barra de pan tiene lógicamente muy mala prensa (y es que el hombre es, contrariamente a lo que a veces se dice, un animal eminentemente social). El vehículo adecuado para la exaltación de la competitividad es el deporte: se habla de "sano espíritu competitivo" y se le da una importancia desmesurada al deporte (en mi país, al fútbol) como vehículo cultural central. Una vez que se enseña que hay un contexto en el que competir es algo correcto, resulta más fácil extender ese argumento de competitividad a otros contextos en los que no resultaría tan obvio. Por ejemplo, en las empresas: todo el mundo hoy en día da por hecho que las empresas "han de ser competitivas", lo cual en el fondo quiere decir que compiten por un hueco en el mercado a costa de otras empresas a las que les irá peor y que eventualmente cerrarán. Eso es normal, nos dicen los economistas, ya que la competitividad permite mejorar la oferta a los consumidores, y de esa manera éstos disfrutan de mejores productos. Productos que, en realidad, sirven para exacerbar su individualismo, comprando aquello que en realidad no necesitaría si pidiera ayuda. Y aquí entra otra de las características culturalmente indeseables del individualismo, pero que también es necesaria, y mucho, para que nuestro sistema económico funcione como la seda: el aislamiento. Un individuo aislado se siente vacío, incompleto; nota que le falta algo. No hay nada peor y más doloroso que la soledad para un animal social como es el hombre. Por eso el individuo aislado, desconectado de todo lo que en realidad tiene sentido para él aunque él no lo sepa, intenta suplir esas carencias comprando cosas con las que rellenarlas. La exasperación vital que genera la soledad lleva a tener individuos que consumen compulsivamente; incluso en muchas relaciones de pareja es fácil observar que actúan muchas más veces como dos individuos que como una pareja (por ejemplo, si sus actividades favoritas excluyen al otro, como ir al fútbol o ir a comprar zapatos, mientras aumentan su consumo). Para acrecentar la soledad y el consumo compulsivo, es importante incentivar la desconfianza en los demás, incluso el miedo al otro, que te lleve a encerrarte con tu morada cada vez más llena de cosas y más vacía de vida. La receta adecuada para combatir el individualismo es cooperar con los demás, e incluso antes de eso confiar en los demás. Viniendo de donde venimos esto no es fácil, pues todos desconfiamos de los demás, incluso les tenemos miedo. Pensamos que si abrimos las puertas de nuestra casa a un extraño nos robará. No se trata de ser ingenuo y confiado, peor sí creer que nos irá mejor si trabajamos todos en común, y si comprendemos que todo el mundo hace falta para conseguir una transición viable. Buscar culpables y víctimas, incluso aunque los haya, no mejora nuestra situación. Para construir una relación de confianza, el primer paso es aportar más que lo que nos ha dado el otro para demostrar nuestra buena voluntad. Quizá comenzar por sonreír sea un paso en la buena dirección, y también rebajar nuestro nivel de reactividad y aguantar un poco hasta ver si el otro quiere también colaborar o no.
- Ruptura del contrato intergeneracional: Los valores tradicionales que han sustentado todas las sociedades humanas de las que tenemos conocimiento se han basado en un principio muy sencillo: los padres siempre buscaban aquello que era mejor para sus hijos. En cierto modo, la vida de los padres está supeditada al bienestar futuro de sus hijos, y los padres aceptaban de manera natural cualquier sacrifico y privación si con eso sus hijos podrían estar en una mejor posición. Lógicamente, esos padres educaban a sus hijos en los mismos principios, con lo que se esperaba que en el momento de llegar a su edad núbil, los hijos, ahora padres, se comportasen de la misma manera. Este valor cultural, prácticamente constante en todas las sociedades humanas, tiene un valor ecológico muy importante, y es que en el fondo imprime a cada generación dominante una norma de autocontención. Siempre se vio mal que un padre inconsciente, por ejemplo, dilapidara el patrimonio familiar, o que se explotase los terrenos que habían estado en la familia durante generaciones de modo tal que quedasen esquilmados y baldíos. A cada generación se le asignaban los recursos como si ésta fuera simplemente un testaferro de la siguiente, y de ese modo se evitaba un ritmo de consumo excesivo que llevase a la insostenibilidad: recordemos que la definición más común y sencilla de sostenibilidad es "gestionar los recursos y generar residuos hoy de manera que nuestros hijos puedan hacer lo mismo mañana". Esta manera de entender la gestión de los recursos, ese fideicomiso que pasa de padres a hijos, es un contrato intergeneracional implícito con tanta fuerza o más que un contrato legal mercantil. Sin embargo, con la irrupción del capitalismo financierizado ese contrato saltó por los aires; puesto que una de las características del capitalismo es la necesidad del crecimiento exponencial, es importante quitar toda traba al consumo que evite que se crezca al deseado ritmo exponencial mientras éste es posible, y el contrato intergeneracional es un freno muy fuerte. Por tanto, es fundamental que cada generación piense a corto plazo y sólo en satisfacer sus propios deseos, y es importante que no se sienta culpable con eso; como una sublimación del individualismo explicado en el punto anterior, los padres compiten con sus propios hijos, y esperan que su descendencia sea capaz de resolver sus problemas por sí mismos, aunque éstos tengan dimensiones ciclópeas justamente por la falta de freno que tuvieron sus padres. Expresiones como "esto yo ya no lo veré" e incluso "bah, serán mis hijos o mis nietos los que tendrán que ocuparse de eso", habituales cuando uno empieza a discutir cuestiones ambientales o relacionadas con la escasez de recursos, muestran una actitud que desde la mentalidad de hace sólo un siglo sería socialmente reprobada. La receta adecuada para combatir la ruptura del contrato intergeneracional es recuperar la idea de que el bien de los hijos es lo más importante, de que nosotros sólo estamos de paso gestionando lo que tendrán que disfrutar los que nos seguirán, y recuperar el sentimiento de autocontención que ha de surgir naturalmente cuando lo que nos vemos impulsados a hacer contradice los intereses de nuestros descendientes. Es una lucha ardua, pues contradice de manera directa muchos de los mensajes publicitarios, orientados al consumo aquí y ahora.
- Pérdida del sentido de un bien común y transcendente. Muchas sociedades anteriores a la nuestra sentían que tenían un fin específico, colectivo y particular, aunque muy diferente de unas culturas a otras. Podía ser la custodia de una reliquia que era venerada por muchas sociedades vecinas (La Meca), o la responsabilidad de tener que cuidar el curso alto de un río (Alto Nilo), o la de hacer de muro de contención contra un enemigo externo ya humano (Polonia) ya natural (Países Bajos). A veces ese objetivo trascendente era un tanto absurdo, pero sin embargo siempre conseguía que los miembros de aquella sociedad tuvieran el objetivo común bien presente, y que se aprestaran a colaborar en momentos de crisis, en los que el objeto de su aspiración colectiva estaba particularmente en peligro. A veces ese bien común era simplemente una excusa para mantener a la comunidad unida en un objetivo común, a veces su finalidad era mucho más profunda; en todo caso, al fijar un objetivo común los individuos aprendían a colaborar, y a ceder una parte de su tiempo de trabajo en pro de la comunidad (por ejemplo, en la explotación de tierras comunales o en la construcción y mantenimiento de las murallas). La existencia de un bien común servía también para racionalizar el altruismo, y por eso no es raro encontrarse con muchos ejemplos en los que se establece el cómo, el cuándo y el qué dar a los demás. Muchas sociedades han funcionado de esta manera durante siglos, con una evolución a veces curiosa de los objetivos considerados comunes, a veces con cambios radicales. La ventaja de tener un bien común identificable es que esas sociedades planifican su futuro, imponiendo normas estrictas en la gestión de sus productos, a veces de manera muy eficiente; y la existencia de ese bien común y trascendente hace que todos sus miembros acepten las asignaciones que se realizan. Pero con el triunfo del individualismo, todo sentido de bien común se pierde: la sociedad ya no es una malla de cooperaciones mutuas sino un conjunto de individuos que buscan maximizar la satisfacción de sus propias necesidades, aunque sea a costa de otros. Cualquier concepto de organización común desaparece, y es importante que desaparezca para que el homo individualis consuma y consuma para que la producción pueda seguir aumentando exponencialmente. El Estado debe intervenir lo mínimo y sólo en auxilio de la mejor expansión empresarial (al fin y al cabo, como ya he argumentado, el Estado es más una sublimación del ideal de control capitalista que una herramienta de administración igualitaria). La receta adecuada para combatir la pérdida del sentido del bien común es fijar unos objetivos que desde un punto de vista racional y moderno tengan sentido, más allá de motivaciones abstractas o de carácter religioso. Esos objetivos pueden ser de sostenibilidad, en el sentido propio y no prostituido de la palabra, o el de construir una sociedad resiliente capaz de adaptarse a los retos del siglo XXI o cualquier otro objetivo que para la comunidad donde se adopte tenga sentido. Un aspecto clave es que este objetivo común no sea agresivo o irrespetuoso con los derechos de otras comunidades; por desgracia, los ideales de bien común y trascendente que más prosperan hoy en día tienen más que ver con la guerra, santa o no, que con el respeto y ayuda a los demás.
- Alienación de la propia responsabilidad en la gestión pública. El riesgo forma parte de la vida; siempre existe un cierto margen de incertidumbre sobre los resultados de nuestras acciones, y en ocasiones se producen desenlaces fatales. Hay en general la percepción de que en nuestra sociedad actual se tiene una mayor conciencia de los riesgos, sobre todo vitales, que el que existía hace por ejemplo un siglo: las medidas de seguridad laborales son incomparablemente mayores y muchos más detalladas, se anticipan necesidades en el caso de eventos especiales y multitudinarios, se planifican medidas para evitar situaciones adversas, etc. Sin embargo, a medida que se ha ido aumentando el despliegue tecnológico se ha ido reduciendo la percepción personal del riesgo, hasta prácticamente borrar la responsabilidad personal en la gestión del riesgo propio o próximo. Además de la tecnología, con la centralización de la toma de decisiones en los Estados, alejando el centro de decisión del lugar donde se aplican esas decisiones, los ciudadanos pierden la conciencia de que tengan algo que decir sobre la gestión de las cosas que les tocan cercanamente, hasta el extremo de asumir que no se puede hacer nada para cambiar las cosas. Nunca montaríamos en un autobús en el que el conductor estuviera completamente borracho o mostrase otros signos de no estar en condiciones de conducir con seguridad; sin embargo, continuamos delegando la toma de decisiones fundamentales en nuestro día a día en personas que no conocemos, que viven a cientos de kilómetros de distancia de nosotros y que repetidamente toman decisiones dañinas con nuestros intereses y en favor de grandes intereses económicos. Durante décadas se ha aceptado pasivamente este estado de cosas (era común hace unos años en España una frase idiota, en el sentido griego de la palabra: "Yo no entiendo de política"), lo cual simplemente ha agrandado los problemas con los que nos enfrentamos ahora. Incluso en este momento que surge una marea crítica, en España y otros países, con la manera de proceder que se percibe corrupta de nuestros responsables políticos, las alternativas que se configuran aspiran a la misma estructura de poder central, el centro de decisión alejado de lo gestionado, con los previsiblemente mismos problemas y resultados de lo que hay actualmente. Las consecuencias desastrosas de este sistema de gestión tan impersonal, tan alienado, no se limitan a la desatención de las cuestiones sociales, sino que acaban poniendo en peligro nuestra misma supervivencia: no puede ser que consideremos que las actuales externalidades ambientales asociadas a la "normal actividad económica" son adecuadas, si eso lleva a poner en grave riesgo nuestra misma continuidad en el planeta (si quieren ver unos cuantos ejemplos de lo que digo, lean el post correspondiente). La receta adecuada para combatir la alienación de la propia responsabilidad en la gestión pública es la relocalización, cosa no sólo necesaria a nivel de la producción y la asignación de recursos, sino también en la toma de decisiones: los centros de decisión han de estar próximos al ciudadanos y éste tiene que implicarse personalmente en las cuestiones que les atañen.
- Fijación errónea del objetivo en la vida. ¿Cuál es el objeto de nuestra existencia? Dado que estaremos en este planeta durante un breve lapso de tiempo, es crítico saber lo antes posible qué es lo que podemos esperar y cuál es el mejor uso que le podemos dar a ese tiempo tasado que tenemos. Ésta es una de las grandes preguntas de la Humanidad desde la noche de los tiempos, y cada civilización y sociedad ha intentado dar una respuesta diferente a la misma, sin que se pueda decir en puridad en la mayoría de los casos que los objetivos que se marcaron unos sociedades sean claramente superiores a los de otras. La clave es que las personas se sientan felices, realizadas en su proyecto vital, por absurdo o ridículo que éste nos parezca. ¿Es feliz al gente en la sociedad actual? Es bastante discutible; el individualismo alienante lleva a tener una insatisfacción vital que el individuo afectado no sabe exactamente de dónde le proviene. Pensemos, además, que de cara a obtener la máxima producitividad de los individuos se ha introducido, también a través de elementos culturales, una extraña medida de la realización personal: tener éxito en el trabajo. Tener éxito en el trabajo significa trabajar más, ascender en la empresa, recibir palmadas en la espalda de los jefes, ganar más dinero, tener más gastos, y tener cada vez menos horas libres. En suma, convertirse cada vez más en un autómata (propiamente, un bautómata) cuya única función en la vida es producir y consumir. Esto es lo que se considera hoy en día tener éxito de manera socialmente aceptable. ¿Es eso realmente lo que queremos para nosotros? ¿Es eso realmente lo que queremos para nuestros hijos? La receta adecuada para fijar correctamente el objetivo de nuestras vidas no existe, o al menos no es única: cada persona debería buscar la suya. La clave es mirar en nuestro interior e intentar descubrir que es aquello que nos hace íntimamente felices, aquello que nos gusta hacer y en los que nos gusta ocupar nuestro tiempo. Girar completamente el objetivo de nuestras vidas y en vez de aceptar un objetivo único y uniforme para cada uno de nosotros, que es el de vivir para trabajar (aquellos que tienen la suerte de tener trabajo, un bien cada vez más escaso), debemos por el contrario trabajar para vivir, y el tiempo que no trabajemos simplemente vivir, haciendo aquello que a cada uno nos gusta hacer y que es para cada uno de nosotros diferente.
- Objetivo de nuestras empresas. Dentro del mismo ideal de productividad creciente hasta el infinito y más allá, nuestras empresas se comportan, a una escala mayor, como nos comportamos nosotros: son entes dirigidos a producir y producir, y ganar más y más dinero. Pero como son entes incorpóreos y sin mente, se comportan de una manera más automática y más cruel; se podría decir que, si fueran seres humanos, las grandes empresas tendrían rasgos psicopáticos: de caras a conseguir sus fines son capaces de engañar, sobornar, extorsionar y hasta torturar y matar. Este comportamiento moralmente reprobable es completamente lógico, al fin y al cabo, puesto que una empresa no tiene los condicionantes morales de un ser humano: una empresa no es un ser moral, no tiene concepto del bien y del mal, sólo del beneficio, que es su fin último. ¿Es eso lo que realmente queremos? ¿Debe una empresa abstraerse de la sociedad en la que está inscrita, ser insensible a los efectos negativos que puede causar y causa sobre la propia sociedad? La receta adecuada para fijar correctamente el objetivo de nuestras vidas consiste en delimitar claramente la responsabilidad social de las empresas, cosa que se consigue no sólo con las leyes adecuadas (probablemente las leyes actuales ya son suficientes en la mayoría de los países occidentales), sino con dos cambios más profundos. Uno, educando a los directivos: se tiene que hacer pedagogía con los cuadros directivos de las empresas de modo que rechacen tomar medidas que a la larga van a dañar la sociedad de la que forman parte y poner en peligro su mismo mercado. Y dos, educando a los accionistas: no puede ser que el fin último de las empresas sea generar beneficio sin cesar, siempre creciente, cosa que tarde o temprano se tiene que revelar imposible en un planeta finito, y mucho antes se tiene que revelar dañina para la sociedad que no sólo le da sustento, sino sentido a su existencia. Invertir financieramente en una empresa no debe ser un vehículo para el propio enriquecimiento e incluso en un determinado momento podría no producir beneficio económico alguno, aunque aún así podría ser interesante si produce un beneficio social. Estas ideas son tan revolucionarias (aunque para nada modernas) que se me antojan completamente imposibles de llevar a la práctica, en buena medida porque chocan directamente contra las bases del capitalismo, al igual que vimos cuando analizábamos los cambios en el modelo de asignación de recursos durante el declive energético.
- Nuestra relación con la Naturaleza: No hace tanto los hombres tenían claro que dependían de la Naturaleza para vivir. Incluso aquellos que no trabajaban la tierra con sus manos sabían perfectamente no sólo de la procedencia de los alimentos, sino que entendían muchos aspectos del delicado equilibrio que permite que las tierras, el ganado y la pesca sean productivos. Y sin duda lo entendían mucho mejor que muchas personas hoy en día, a pesar de los años de escolarización obligatoria, porque a nadie llegaba a los extremos de alienación de la Naturaleza que se puede conseguir en algunas ciudades modernas. El hombre moderno de la urbe moderna no tiene frío ni calor ni hambre; no le duele la espalda por tenerse que agachar a recoger patatas ni los brazos por hacer ir y venir la azada; no teme por la próxima cosecha y si quiere come uvas en primavera y naranjas en verano, aunque prefiere degustar otros manjares traídos de lugares distantes miles de kilómetros. No teme coger fiebres ni morir de diarrea, cuando se encuentra mal toma la pastilla adecuada y va al médico para que le repare el problema que eventualmente se le presenta como el que va al taller mecánico a reparar el coche. Y si los problemas ambientales se empiezan a acumular, hasta el extremo de amenazar su modo de vivir, el hombre moderno de la urbe moderna confía en que la tecnología le salvará, que invirtiendo lo suficiente surgirán, porque así ha de ser, invenciones adecuadas que sin efectos secundarios le proporcionarán lo que desea y se llevarán lo que le molesta. Todas esas actitudes son las que dos siglos de energía abundante han forjado en nuestro inconsciente colectivo: a hombros de una grandiosa cantidad de energía nos creímos gigantes, embriagados y ensoberbecidos por la tremenda alzada de la montaña de combustibles fósiles donde nos apoyábamos. Pero a medida que el gigante de pies de barro que nos aupó se deshace, vencida su fuerza por la Geología y la Termodinámica, de repente chocamos con nuestras propias limitaciones, y no las queremos aceptar, malcriados como estamos. Una de esas limitaciones es que, al final, aunque no lo entendiéramos y no lo aceptemos, los humanos somos animales como cualesquiera otros. Y como todo animal dependemos de un hábitat para nuestra subsistencia, sólo que en nuestro caso se trata un hábitat muy deteriorado que mantiene una alta funcionalidad gracias a la enorme y continua inyección de energía fósil que ahora comienza a declinar. ¿Cómo produciremos alimentos masivamente sin tractores, cosechadoras, pesticidas y fertilizantes? No sólo eso: la contaminación del agua, del aire, del suelo, del mar... nos acosa y deteriora nuestra salud. Y por último el cambio climático, una peligrosa espada de Damocles que está cada vez más cerca de caer. Las personas más conscientes del problema han salido a la calle a reivindicar que tenemos que tomar medidas positivas para "salvar el planeta", pero hasta en esas personas se ve nuestra ceguera sobre lo que es la Naturaleza: si nos extinguimos los seres humanos, el planeta seguirá existiendo, e incluso seguirá habiendo vida, que se adaptará a las nuevas condiciones. Todas esas campañas bienintencionadas se equivocan en una cuestión fundamental: no tenemos que salvar el planeta, el cual no está en peligro; lo que sí que está en riesgo es nuestro hábitat, nuestro sustento vital - es el ser humano el que no podrá sobrevivir si la temperatura media del planeta sube 6 grados, el mar sube 50 metros y los fenómenos extremos se agudizan y multiplican. Un viejo amigo, aludiendo a estas cuestiones, decía que un día le gustaría sintetizar todas estas ideas en un libro que titularía "Ecologistas por cojones"; el exabrupto del título serviría básicamente para dejar claro que la única opción que nos permite mantener la vida humana es adoptar una postura ecologista radical. La receta adecuada para recuperar una relación sana con la Naturaleza pasa, en gran medida, por acercarse a ella, con tranquilidad y con humildad, sin miedo ni arrogancia. No es una cuestión mística, sino mucho más prosaica: cultivar un huerto, buscar setas o espárragos silvestres en un bosque, recoger hierbas medicinales, reconocer los signos del cambio del tiempo. Cosas que en un determinado momento pueden sernos, además, de gran utilidad. Y por supuesto no maltratarla; no alterarla más allá de lo estrictamente necesario.
- El mito del progreso. Desde la Ilustración, el programa del progreso se fue implantando y fue decididamente impulsado con la Revolución Industrial. Hoy en día, la idea de que lo único deseable es el progreso y que de hecho el progreso de la Humanidad es inevitable, entendido éste como una acumulación sin fin de conocimientos y capacidades técnicas que siempre mejoran la calidad de vida de los seres humanos. Sin embargo, la observación detallada de la realidad proyecta algunos claroscuros sobre esta visión tan optimista. ¿Realmente la Humanidad camina hacia un paraíso terrenal? ¿Realmente hay cada vez más humanos viviendo mejor, o en los últimos años se ha constatado un retroceso creciente en el opulento Occidente que hasta hace poco soñaba con esa nueva Icaria? ¿Son siempre los cambios considerados "progresistas" convenientes o cada vez más nos alejan de vivir en un mundo mejor? No todo cambio implica una mejora per se, y la idea de progreso se ha prostituido en favor del progreso de la acumulación del capital, en una dinámica simplemente autodestructiva, pero el meme del progreso es culturalmente tan fuerte que oponerse a él es simplemente un suicidio cultural: ni los partidos de izquierda osan decir que no están a favor del progreso. Esto condiciona muchísimo el tipo de soluciones que uno puede imaginar para los graves problemas energéticos que se nos vienen encima; así, gente más o menos inteligente y bien colocada en las esferas decisorias cree a pies juntillas que estamos en ciernes de una revolución renovable que seguirá unos caminos bastante convencionales: sólo es cuestión de poner más paneles solares, más aerogeneradores, más smart grids, etc, cuando en realidad, si tal revolución es posible, no es una simple acumulación aleatoria de sistemas sino algo mucho más planificado que implicará un gran esfuerzo y cooperación para después caer en una economía estacionaria que implicará de un modo u otro la superación del capitalismo. El mito del progreso es tan fuerte que nadie osa contradecirlo, y la fe ciega en él puede ser enormemente destructiva. La receta adecuada para superar el mito del progreso es adoptar una visión mucho más humilde de las cosas, aceptando que cualquier solución propuesta implica también una serie de problemas que le son propios, y que a veces para avanzar hay que retroceder, especialmente en aquellas cosas en las que hemos ido demasiado lejos; y también que las cosas no van necesariamente a ir a mejor por sí mismas, sino que sin la debida atención podrían ir a peor, y de hecho a mucho peor.
- Hipermercantilización. Uno de los valores fuertemente asentados en la sociedad a lo largo de estos dos siglos es que el dinero lo puede comprar todo, y que de hecho cualquier bien tiene un precio. Más aún: que si alguien quiere comprar algo es correcto que alguien se lo pueda vender. El dinero es la medida de todo, no sólo de las relaciones humanas sino que puede cuantificarlo todo; al final, todo es de algún modo "capital" y así se habla de "capital humano" para referirse a los trabajadores y de "capital natural" para describir los recursos y lo que los economistas clásicos llamaban "factor tierra". Mercantilizarlo todo tiene la ventaja de que no hay problema que no se puede resolver llevándolo al mercado, donde habrá un comprador y un vendedor. Todas estas ideas son profundamente falsas, como ya discutimos al hablar de la religión neoliberal, pero están tan profundamente asentadas, sobre todo entre la mayoría de los economistas, que es imposible entrar a cuestionarlas. La receta adecuada para acabar con la hipermercantilización es negarse a que determinados bienes de interés general, amén de las relacionados con la intimidad de las personas, sean mercantilizados, lo que quiere decir que no se les puede poner precio y que por tanto se tendrán que regular de otro modo. Esto a muchos economistas les sonará aberrante y obsceno, pero de hecho es como se ha conducido la Humanidad durante 10.000 años de Historia y tampoco le ha ido tan mal (es por eso moneda común en ciertos think tanks neoliberales reescribir la Historia para que cuadre con su propia narrativa, a pesar de la evidencia en contrario).
- Necesidad de valores. Una carencia básica de la sociedad moderna es tener un esquema de valores morales estructurado que todo el mundo pueda aceptar; todo el mundo percibe que necesitamos nuevos valores y más universales. ¿De dónde deben emergen? ¿Es este anhelo, como dicen alguno, el germen de una espiritualidad no cartesiana que ha de superar el exceso de cientismo que ha caracterizado al siglo XX? Yo no voy tan lejos, pero sí que creo que es necesario profundizar en la búsqueda de esos valores comunes compartidos, que posiblemente no serán exactamente los mismos según la comunidad a la que se refieran, aunque probablemente todos compartan puntos claves, como el respeto por la vida humana, por los derechos de los otros y por la Naturaleza.
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No por casualidad, todas las cuestiones que he abordado son propiamente más bien cuestiones éticas y no simplemente culturales. Sin embargo, es a través de la cultura que en numerosas ocasiones se implementan prácticas de contenido ético. Si la costumbre dice que cuando muere un hombre los vecinos deberán entregar una parte de lo que cosechen a la viuda hasta que el hijo mayor llegue a la mayoría de edad, hay en esa costumbre un principio de solidaridad que emana de un ideal ético, el de la solidaridad universal. Sin embargo, ese ideal ético responde muchas veces a un principio más prosaico que tiene sus raíces en principios físicos o ecológicos: una comunidad en la que sus miembros cuidan unos de los otros es más resiliente y por tanto más capaz de no extinguirse en épocas de gran necesidad. La costumbre y los valores culturales actúan así como un vehículo sencillo para implementar las medidas necesarias para garantizar la continuidad de la comunidad, y todo el mundo los aprende desde bien pequeños y la mayoría los acepta acríticamente porque "son la costumbre", "siempre se ha hecho así". Convertir en valores culturales y en costumbre hábitos que mejoran la resiliencia de una comunidad es una manera más práctica y más eficaz para conseguir que realmente se implementen que comenzar una ardua discusión intelectual, valorando pros y contras y discutiendo todas las alternativas y vericuetos posibles. Llevado al extremo, esas costumbres se podrían sacralizar hasta el punto de convertirse en una verdadera religión (como por ejemplo mostraba Carlos de Castro en su "Oráculo de Gaia"). Y por eso mismo no es tampoco una casualidad que el pensamiento económico actualmente dominante tenga rasgos de religión totalitaria.
El riesgo de convertir los valores de resiliencia en memes culturales o incluso en dogmas religiosos es que el entorno variante al que tendremos que hacer frente durante las próximas décadas, caracterizadas por un rápido (en términos históricos) descenso energético y un profundo cambio climático, las recetas que son hoy funcionales podrían ser dramáticamente erróneas con sólo unas pocas década de diferencia. En ese sentido, parece preferible intentar hacer una evaluación continua de la situación, en un consejo abierto de todos los ciudadanos y con un asesoramiento amplio por expertos, para en cada momento dar con la mejor estrategia que vaya, por una vez, en pro del bien común. Encontrar el punto de equilibrio entre fijar recetas útiles y eficaces y mantener un espíritu crítico y adaptable a cambios que son muy rápidos en escalas históricas pero relativamente lentos para la psique de los individuos no es una tarea fácil, y desde luego yo no sé cómo exactamente se puede lograr ese equilibrio; a fin de cuentas, yo no dije que tuviera la solución. Lo que está claro es que debemos profundizar en estas cuestiones, habida cuenta de lo que está en juego.
Salu2,
AMT
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jueves, 26 de febrero de 2015
Febrero 2015: las quiebras se aceleran en el sector petrolero
Queridos lectores,
Podría parecer que no está pasando nada especialmente relevante en la escena internacional, teniendo en cuenta el relativo estancamiento de la evolución del precio del petróleo Brent durante las últimas semanas: después de haber caído desde los 110 dólares por barril de Junio de 2014 a menos de 50 dólares por barril en Enero de 2015, parecía que la situación se invertía con un relativamente repentino repunte de 10 dólares por barril a finales de Enero. Sin embargo, casi un mes más tarde el precio del barril sigue estancado en esa marca.
En realidad es todo lo contrario: está produciéndose toda una revolución que pasa desapercibida a la mayoría de los analistas económicos, es decir, aquéllos que sólo miran la evolución de los precios sin intentar entender qué hay detrás. Y esta revolución no es una revolución energética al estilo de la tanto se cacareó que estaban haciendo los EE.UU., sino justamente el derrumbe de ese gigante con los pies de barro. Un rápido vistazo a las estadísticas de la empresa de servicios de la industria petrolera Baker Hughes nos muestra el brutal hundimiento del número de perforaciones horizontales (características, aunque no privativas, de las explotaciones de fracking) en los EE.UU., de más del 30% desde sus máximos de Octubre de 2014:
Y consecuentemente se suceden las noticias sobre explotaciones de petróleo y gas, muchas de ellas vinculadas con el fracking, que están cerrando por culpa de sus deudas o despidiendo masivamente (sólo enlazo noticias de los últimos dos meses; en los últimos meses de 2014 hay una colección de ellas de similar tamaño):
- Quiebra de WBH Energy (Enero de 2015; en el enlace encontrarán otras quiebras del año pasado).
- Quiebra de GasFrac Energy Services Inc. of Calgary (19 de Enero de 2015).
- Baker Hughes despedirá a 7.000 trabajadores (20 de Enero de 2015).
- Halliburton despedirá al menos a 5.000 trabajadores (10 de Febrero de 2015).
- Quicksilver Resources puede acabar en concurso de acreedores (18 de Febrero de 2015).
Pero esto es sólo la punta del iceberg, ya que no sólo las explotaciones de fracking están sufriendo. Al otro lado de la frontera, la situación no es mucho mejor para las explotaciones de las arenas bituminosas en Canadá:
- Concurso de acreedores de Southern Pacific Resources (Enero de 2015).
- Canadian Oil Sands Ltd. en riesgo de bancarrota (2 de Febrero de 2015).
- Concurso de acreedores de Sonde Resources Corp (2 de Febrero de 2015).
- Concurso de acreedores de Ivanhoe Energy (20 de Febrero de 2015).
Y una derivada realmente preocupante: no sólo cierran explotaciones de fracking en los EE.UU., sino también, y a un ritmo más rápido, perforaciones verticales en aquel país (las cuales son típicas de la extracción de petróleo convencional). Como verán en el gráfico adjunto, la caída en este caso es de aproximadamente el 50%, partiendo además de un número que era mucho más estable en el tiempo:
Entre tanto, el Departamento de Energía de los EE.UU., a través de su Administración para la Información de la Energía (EIA, en sus siglas en inglés), reconoce en su informe de coyuntura que la oferta ha superado a la demanda durante más de un año ya (en vez de tener el típico cruce de curvas estacional), y no espera que ambas variables empiecen a equilibrarse hasta pasado el verano:
Hasta ahora, esos excedentes de petróleo producido, aparte de llevar al precio a la baja, ha servido para que las grandes potencias se aprovisionen de oro negro. Así, los stocks de petróleo de EE.UU. y China están a rebosar, lo que algunos analistas malintencionados usan para enganar al público lego, diciendo -literalmente- que "las reservas de los EE.UU. están en máximos históricos", confundiendo así el petróleo almacenado en depósitos (y que sólo sirve para cubrir unos pocos meses de consumo) con las reservas geológicas de petróleo. La gráfica del Departamento de Energía de los EE.UU. nos muestra que esperan que la demanda de petróleo empiece a recuperarse hacia el verano. Si tal previsión no se cumple (porque se desencadena una recesión a escala global) y la demanda no sube, estando además los depósitos de petróleo muy llenos, la producción global de petróleo estaría en grave riesgo, ya que los precios se deprimirían aún más y se cerrarían aún más pozos y yacimientos, algunos de los cuales no sería tan fácil volver a poner en marcha en una eventual recuperación económica posterior.
Todos estos indicios hacen anticipar que se acerca un momento de ruptura. O bien el precio del petróleo empieza a subir pronto, porque se consiga reactivar por fin la demanda (poco probable) o porque la caída de la producción se encuentre por fin con el actual nivel de demanda, o bien está servida una crisis financiera con el fracking en su epicentro. Esperemos acontecimientos.
Salu2,
AMT
lunes, 23 de febrero de 2015
Declive energético y asignación de recursos
Queridos lectores,
Durante las últimas semanas he percibido una cierta oleada de comentarios, en diversos foros de internet (en el foro Crashoil por supuesto, pero también en comentarios de noticias en diarios y otros medios digitales) en los que se pretende hacer de menos el problema del declive energético. En general, estos comentarios - muchas veces, de tono despectivo y vejatorio, a veces incluso personalizando sus ataques contra las personas que, como yo, nos dedicamos a hablar de estos temas - suelen basar su "contra-argumentación" a los graves problemas aquí expuestos en una u otra maravilla tecnológica o recursos fabulosos que están a punto de llegar a nuestros hogares. Así, un día se recurre a la vieja falacia de la "siempre pendiente" revolución de los hidratos de metano o clatratos, mientras que otro se le da un eco desmedido al último anuncio comercial de la compañía Tesla Motors o se le da vueltas a la quintaesencia del grafeno. Hace unos meses los temas de moda eran los reactores de fusión de bolsillo o el reaprovechamiento de los plásticos para hacer combustible casero (tema, por cierto, ya abordado tiempo ha en este blog). Siguiendo el orden habitual en las rondas de mesías energéticos, en los próximos meses oiremos hablar del gran potencial del aprovechamiento de los residuos y probablemente alguna cosa relacionada con el hidrógeno, la fotosíntesis artificial o las mejoras en el rendimiento de los paneles solares. Y así en una rueda perpetua en el que las tecnofantasías se suceden sin fin, de entre un conjunto de ellas que después de todo, según se comprueba por lo mucho que se repiten, es bastante limitado.
Es relativamente habitual, cuando se empieza a discutir con cierta profundidad de los problemas energéticos de nuestra sociedad, que algún comentarista se descuelgue con alguna idea leída aquí o allá acerca de la solución-milagro de su personal preferencia. Pero en el caso presente llama la atención la gran cantidad de comentarios que menudean en estos días, así como lo extremo de algunas exageraciones (por ejemplo, dando por descontado que la siguiente revolución energética está prácticamente a semanas vista), y también el encono, en ocasiones bastante brutal, contra los que no sustentamos esa visión de vino y rosas (el epíteto más suave que he leído dedicado a mi estos días es "asustaviejas"). Más allá de los insultos me he encontrado algunas cosas curiosas, como algunas groseras tergiversaciones de mi posición real sobre la crisis energética y el problema de los recursos (gente que de repente se entera -y se felicita por "mi cambio de opinión"- de que yo pienso que el problema es más social que técnico, a pesar de los años que llevo diciéndolo) o el que me repite una y otra vez cómo de errado estaba el informe "Continously less and less", en el que - según esta persona- "Turiel se basa para sacar sus conclusiones sobre el peak everything", aludiendo a posts que yo escribí hace cinco años, como si en este tiempo Alicia Valero no hubiera defendido su tesis, no se hubiera publicado "Thanatia" o Jeremy Grantham, entre otros muchos, no hubiera analizado el problema. ¡Si hasta la Agencia Internacional de la Energía comienza a reconocer tímidamente que varias materias primas están cerca de su máximo productivo!
No creo que esta ofensiva sea casual, en absoluto. Hay una gran necesidad de nuevos ídolos y de nuevas revoluciones en un año, este 2015, que si no se produce un cambio radical de tendencia pasará a la historia como el año en que la producción de hidrocarburos líquidos llegó a su máximo volumétrico (ya sabemos que el máximo en energía fue hace unos años). Aquellas personas que apostaban todo a que la denominada "comunidad picolera" estaba radicalmente equivocada, y entre ellos algunos que viven de desinformar sobre estos temas, están buscando ansiosamente un asidero, un punto de apoyo para evitar que la gente comience a cuestionarse aspectos básicos de nuestro modelo energético, lo cual irremediablemente lleva a cuestionarse aspectos básicos de nuestro sistema económico (y eso es intolerable según para quién). Por tanto, existe cierta desesperación y necesidad de cubrir el enorme agujero que está dejando el derrumbamiento de la última "revolución energética": el fracking. Los signos de que el boom del fracking en los EE.UU. está llegando a su fin se multiplican día a día, y ya empieza a ser de dominio público que el número de pozos de petróleo activos en los EE.UU. ha caído más de un 30% desde su máximo de finales de año pasado, como muestra el siguiente gráfico.
| Imagen de http://wolfstreet.com/2015/02/21/fracking-bust-deepens-sets-records/ |
Al mismo tiempo, hasta los analistas más rezagados se han dado cuenta de que el actual "exceso de oferta de petróleo" se debe más a la caída de la demanda de petróleo a escala global que a un gran incremento de la oferta por razón de una ofensiva saudí o alguna otra teoría conspiratoria, fruto de una ilusión de control. Como anticipábamos, muchos analistas están complementamente perdidos con respecto a la evolución del precio del petróleo, y sobrereaccionan a los movimientos de los últimos días, pensando unos que ya se va a disparar a valores en dólares por barril de tres cifras mientras que otros creen que puede caer por debajo de la mitad de su valor actual. Y prácticamente nadie quiere contemplar la posibilidad de que estemos iniciando una peligrosa espiral de destrucción de demanda - destrucción de oferta que amenaza con subvertir una gran parte de nuestro mundo.
Si es 2015 el año en que comenzará nuestro inevitable descenso energético a escala global o no es algo que sólo sabremos dentro de unos años. Aunque cada vez peores, aún existen algunas opciones para estirar la situación actual unos poco años más (Ugo Bardi se refería hace poco a la posibilidad de usar carbón para convertirlo en hidrocarburos líquidos, un proceso poco rentable que es conocido desde hace décadas). Cada una de estas opciones implica implícitamente destinar o desviar recursos de unas actividades a otras, y dado que las fuentes de energía residuales son de menor TRE (con lo que ello implica a nivel económico) apostar por estos parches significa que llegará menos energía a la sociedad y que ésta en su conjunto será más pobre. Por poner un ejemplo concreto y particular, si decidimos apostar por convertir el carbón en un mal sucedáneo del petróleo nos encontraremos con que tendremos que destinar mucho más dinero a esta actividad del que destinamos actualmente a comprar petróleo, y eso implicará más recortes sociales, más bajadas de sueldo y más paro. Pero por otro lado, si no encontramos algún hidrocarburo líquido que se pueda producir a buen precio habrá muchas actividades económicas que no podrán continuar, se cerrarán fábricas y habrá más paro, se recaudarán menos impuestos y se producirán más recortes sociales. En suma, que según parece podemos escoger entre el fuego y las brasas.
Eso no es del todo cierto. Si uno comprende y asume que el escenario más realista que tenemos por delante es el del descenso energético, se puede a partir de ahí adoptar medidas conducentes a gestionar los recursos restantes de una manera más eficiente o socialmente más equitativa. En suma, que sí que hay una cierta libertad para escoger cómo queremos realizar nuestro descenso energético. Pero para ello es muy importante comprender que estamos embarcados ya en el proceso de descenso energético, porque de otro modo la asignación de recursos no sólo será altamente ineficiente, sino socialmente muy destructiva. Nuestro actual sistema económico se basa en una premisa básica: que la cantidad de energía disponible aumentará cada año y tendrá precios asequibles. Por eso, su modelo de asignación de recursos es expansivo: se tiene que generar cada vez más actividad económica para aprovechar esa plétora de energía y materiales que tenemos a nuestra disposición. Y por eso mismo, dejando de lado la cuestión ambiental - que también es grave- este modelo es potencialmente catastrófico cuando la tendencia en la disponibilidad de energía se invierte, que es justamente lo que está pasando ahora.
Definir las pautas de la asignación de recursos en el descenso energético no es tarea simple. Como siempre cuando abordo temas de esta índole, propondré una serie de cuestiones generales que justificaré argumentalmente, y las dificultades que implican su implementación. Pero por supuesto nada de lo que ahora diré es la última palabra sobre el tema y todo es revisable; se trata de comenzar un debate largamente aplazado pero imprescindible.
He aquí la lista de cuestiones que deberían tomarse en cuenta a la hora de asignar recursos en una situación de descenso energético.
- Planificación: Si los recursos no son tan abundantes como queramos, y si cada año tendremos en realidad menos a nuestra disposición, es necesario racionar su posesión y racionalizar su uso. No podremos soportar cualquier actividad económica que consuma recursos, ya que no hay para cubrir todas las opciones que podemos imaginar. Así pues, se tiene que decidir qué actividades son prioritarias y cuáles son accesorias o prescindibles. No sólo eso: se tiene que hacer una previsión informada y realista de cómo irá evolucionando en los años siguientes la disponibilidad de recursos puesto que actividades que hoy en día nos podemos permitir quizá nos será imposible mantenerlas el año que viene. Peor aún: quizá para mantener una cierta capacidad de satisfacer las necesidades de la población en los años venideros tendríamos que comenzar ahora a destinar parte de los recursos que tenemos en este momento y que si no hacemos esta inversión no tendremos en el futuro (en la línea de las conclusiones del trabajo que hicimos hace unos años). Nuestro futuro puede depender críticamente de las acciones que emprendamos en el presente; sin una adecuada planificación, nuestra evolución más probable no será ni mucho menos óptima. Por ejemplo, puede ser que interese invertir ahora en sistemas de producción de energía renovable, o en mejoras en el aislamiento de las viviendas, o en reagrupar población, o cambiar los usos del suelo, o en otras múltiples formas de conseguir una sociedad menos dependiente de la energía. Todos esos cambios serían mucho más fáciles de hacer con toda la energía que tenemos ahora; incluso, puede que algunos de ellos sean imposibles si no hemos hecho las transformaciones adecuadas a tiempo. Por eso, se tiene que analizar el problema con detenimiento sobre la base de las necesidades locales (ver más abajo) y hacer un plan de transición, consensuado con todos los actores. El problema más grave que plantea la planificación en la asignación de los recursos es que choca frontalmente con ideas muy asentadas durante los años de abundancia de materias primas, fundamentalmente con dos: el ideal del libre mercado y el temor a un excesivo intervencionismo por parte del Estado. El ideal del libre mercado es una hipótesis compartida por la mayoría de los economistas y responsables políticos según la cual un mercado libre es el mejor sistema de asignación de recursos. Justamente por eso, cualquier intento de controlar el mercado lleva a ineficiencias y a un desperdicio de recursos; y de todas las formas de intervención la que habitualmente se considera la más dañina es la intervención del Estado, en parte porque su gran tamaño le permite desequilibrar más el mercado que otros actores, y en parte porque, según esta parcial visión de las cosas, los entes públicos son los más ineficaces en la gestión económica. Quienes sustentan este tipo de argumentos suelen basar su visión en largas retahílas de datos que muestran la bondad de sus hipótesis, pero en general la premisa está contenida en sus conclusiones (lo cual las hace no falsables). En realidad las cosas son mucho más complicadas: aún cuando el libre mercado, como ente ideal, podría ser eficiente en la asignación de recursos, lo que se tiene en la práctica es un mercado natural, que se parece más a la ley del más fuerte. Se defiende que el mercado es libre, cuando si uno lo observa con detalle ve que está fuertemente intervenido por los actores económicos más poderosos. En cuanto al papel del Estado, muchas veces éste actúa en cooperación con los grandes poderes económicos (yo voy aún más lejos: según mi modo de ver, Estado y capitalismo se necesitan mutuamente). El Estado es intervencionista, sí, pero con demasiada frecuencia en favor de intereses privados, y eso se refleja no sólo en el mercado sino en muchas otras relaciones humanas ahora "mercantilizadas"; con todo, ese intervencionismo del Estado todavía está un paso por detrás de lo que pasaría en el contexto de un mercado completamente natural, en el que los fuertes impondrían sus reglas. Por otro lado, la planificación ya es una parte esencial del capitalismo: las grandes empresas planifican con meses de anticipación los patrones de consumo de la siguiente temporada y maniobran para compensar cualquier desviación; la supuesta satisfacción plena de los deseos de los consumidores no es más que una ficción. En realidad, lo único que hace falta cambiar son los objetivos de esa planificación, que en vez de ser la maximización del beneficio del capital deberían ser la satisfacción de las necesidades básicas de la población con criterios de verdadera sostenibilidad.
- Reforma financiera: Simplificando un tanto arteramente, podríamos decir que en un sistema económico feudal el señor feudal tenía derecho a recibir una remuneración anual que era un porcentaje de la producción de sus vasallos, típicamente un 10%. Nuestro sistema económico se caracteriza por que el capital, por el simple hecho de existir, tiene derecho a una remuneración anual que es un porcentaje del propio capital, típicamente el 5% nominal (de manera efectiva, ese porcentaje se reduce a un 3% teniendo en cuenta diversos efectos de reducción del capital: inversiones fallidas, inflación, desgaste del patrimonio, etc). Con todas las injusticias que tenía el sistema feudal (y el continuo estira y afloja entre señor y vasallos y el ir y venir de alguaciles que se aseguraban del correcto pago a su señor) era un sistema sostenible: si la producción era menor, la remuneración era menor, y si la remuneración era mayor era como consecuencia de una mayor producción. En cambio, el sistema capitalista es intrínsecamente insostenible: cada remuneración que recibe el capital le hace crecer, y eso obliga a que el año siguiente la remuneración exigida sea aún mayor, pues ésta es proporcional al tamaño del capital. A un ritmo efectivo del 3% el capital se multiplica casi por 20 en un siglo, lo cual obliga a que la producción crezca en la misma proporción solamente para poder pagar sus intereses. Eso obliga a crecer y a crecer, a aumentar la producción sin parar para satisfacer las ansias de un nuevo señor feudal cuya glotonería no conoce límites y crece a ritmo exponencial. El grave problema que se plantea en la actual situación de declive energético es que es imposible hacer crecer la producción; al escasear la energía y finalmente las materias primas la producción no puede seguir aumentando. Sin embargo, el señor capital exige el pago de las obligaciones, que vienen impuestas a través de títulos de deuda (préstamos e hipotecas), y tiene al Estado de alguacil para asegurarse que cobrará. Esta imposibilidad física de continuar pagando las deudas hará que el capital, incapaz de alimentarse de una producción que ya no crecerá sino que además disminuirá al disminuir la renta disponible de los que deberían pagar por ella, canibalizará - como ya lo está haciendo - al resto de actores, principalmente a la clase media (la Gran Exclusión) y al propio Estado (a través de forzados rescates de empresas consideradas estratégicas cuyas deudas tienen su origen último en la fagocitación del gran capital). Lo primero que hay que entender, por tanto, es que no tiene sentido mantener el actual sistema de deuda, porque lo único a lo que puede llevar en una situación de descenso energético es a la liquidación precipitada de activos que serán valiosos en la transición, únicamente para engordar el capital y hacer aún mayor el problema de la devolución de deudas futuras (ya que ese capital ahora incrementado, por virtud de nuestro sistema financiero, será prestado para poner en marcha otros proyectos y emprendimientos que también fracasarán por culpa del descenso energético). En tanto en cuanto se mantenga la estructura actual de nuestro sistema financiero, el bombeo de recursos con el único objetivo de la acumulación improductiva de capital continuaría hasta que virtualmente no quede nada más que bombear; en el camino, se destruirían todas las estructuras que sirven para crear la cohesión social (en particular, que todos nos creamos parte de un proyecto común al que llamamos sociedad). Es obvio que tal manera de asignar los recursos provocaría hambrunas, epidemias, revueltas y eventualmente guerras, tanto civiles como con otros países. Por otra parte, cuando la succión de recursos por parte del capital llegase al límite del sustento mínimo vital de la mayor parte de la población, ya excluida, el capitalismo como tal dejaría de existir y se convertiría, probablemente, en un sistema feudal tradicional, en el que la democracia resultaría definitivamente abolida. Es por ello que resulta imprescindible romper una dinámica tan nociva. La manera más lógica de hacerlo es "hackear" completamente el sistema financiero. El primer paso sería, obviamente, reestructurar todas las deudas: si la perspectiva es que no habrá crecimiento, devolver los préstamos será cada vez más complicado hasta volverse imposible (como no se cansa de repetir Gail Tverberg). Pero el mero jubileo de la deuda no es suficiente. Dado que la economía en su conjunto se contraerá por la pérdida de capacidad productiva que implica la pérdida de energía disponible, no se puede aspirar a sacar adelante proyectos que se basen en una financiación en la que el capital tenga un interés porcentual por exactamente el mismo motivo: aunque uno ponga la deuda a cero, la falta de viabilidad financiera de los nuevos proyectos se manifestaría desde el primer minuto, porque en un mundo en contracción energética la mayoría de los proyectos no tienen rentabilidad suficiente para garantizar el pago de intereses (Gail Tverberg ha escrito recientemente un extenso ensayo sobre por qué eliminar las deudas pendientes no sirve en un mundo con energía limitada). Este problema de escasa rentabilidad es una manifestación de la disminución generalizada de la TRE de las fuentes energéticas de las que nos abastecemos, y está en el origen del escaso entusiasmo inversor actual en proyectos de producción de energía renovable en muchos países del mundo; y sin embargo quizá son esos proyectos los que podrían garantizar un acceso razonable a la energía en las próximas décadas. Dado que la iniciativa privada, siguiendo con la lógica financiera aprendida durante los dos últimos siglos de prosperidad energética, nunca invertirá en la mayoría de proyectos, se hace necesario no sólo cancelar las deudas previas e impagables, sino también establecer un sistema público de financiación, sin interés asociado, cuyo deber sería fomentar el rápido establecimiento de aquellos sistemas y actividades que se consideren más convenientes para garantizar un descenso energético razonable. Más aún, se tendría que prohibir todo préstamo con interés e incluso aquél no destinado a los fines prioritarios dada la urgencia de la situación, lo que en la práctica significaría la prohibición o tutela muy estrecha del crédito privado y la persecución de la usura (entendida como solicitar cualquier interés por un préstamo). El problema de esta reforma tan profunda del sistema financiero es todavía mayor que con la planificación que planteábamos más arriba; si la anterior ponía trabas a la expansión del comercio no tutelado, esta reforma atenta contra el corazón mismo del capitalismo. Quien intente promover estos cambios será denostado de comunista trasnochado o algo peor, ya que tal grado de intervención suena a apropiación y estatalismo. Crítica esa un tanto a la ligera, pues el comunismo de corte estatalista que ha conocido el mundo es tanto o más nocivo que el capitalismo (como ya discutimos en su momento); pero ciertamente hay un sustrato de razón en ella, ya que los marxistas clásicos atacaban a los derechos remunerativos del capital y en ese sentido la coincidencia con lo arriba expuesto es plena. Dado que la enorme carga ideológica del debate capitalismo-comunismo durante las décadas de la Guerra Fría aún no se han disipado del todo y podrían reavivarse en medio del general cuestionamiento de las bases teóricas y prácticas de nuestro sistema económico, me parece prácticamente inalcanzable tener un debate ciudadano razonable sobre la imposibilidad lógica de mantener el crédito con interés y la imperiosa necesidad de las reformas arriba expresadas: cualquier intento de avanzar en esa discusión se empantanará en diatribas inacabables con los viejos tópicos de hace 30 años. Como vía más práctica, mi sugerencia sería, simplemente, prescindir de todo tipo de financiación convencional, recurriendo al apoyo de comunidades locales para sacar adelante pequeños proyectos concretos, mientras el sistema financiero colapsa por sí mismo. Esta estrategia tiene el riesgo de que el Estado puede lanzar algunas iniciativas legislativas para perseguir esos caminos alternativos (los recientes movimientos del Gobierno español para regular el crowfunding son un indicio de esa posibilidad); por tanto, las comunidades tendrán que tantear muy bien el terreno que pisan y asegurarse de que sus iniciativas sean siempre escrupulosamente legales y así pasen por debajo del radar.
- Cambio del sistema productivo: En un mundo con la energía disponible en franco descenso y recursos cada vez más escasos es imposible mantener un sistema orientado a la producción. Estrategias como la obsolescencia programada tendrán que ser progresivamente abandonadas, y los esfuerzos se tendrán que ir dirigiendo a conseguir nuevos diseños que aseguren una mayor reparabilidad, reciclabilidad y reutilización. Eso crea un problema para las empresas, que deberán reorientar sus modelos de negocio, de modo que su cuenta de resultados no dependa de vender más sino de vender mejor. En el caso de empresas que produzcan bienes de consumo masivo, ya materiales o inmateriales, cuya clientela objetivo sea la menguante clase media, tendrán el problema adicional de adaptarse a la disminución de la capacidad de compra de sus clientes y la disminución objetiva de su mercado potencial. En añadidura, las empresas tendrán que recurrir cada vez más a sus recursos financieros propios ya que su perspectiva no será la de crecer, sino inicialmente menguar y eventualmente, con suerte, estabilizarse; eso hará todo mucho más difícil y la evolución general de los proyectos mucho más lenta, a no ser que cuenten con financiación participativa a interés cero (y que sorteen los problemas indicados más arriba). Añádase a todo lo mencionado que asignar recursos para rescatar empresas cuya viabilidad en el largo plazo es dudosa es una estrategia condenada al fracaso. Por ejemplo, pensando en el medio y largo plazo no tiene sentido ayudar al sector del automóvil, como seguramente tampoco tiene sentido apuntalar a las compañías aéreas o al sector del transporte por carretera, a pesar del peso económico tan importante que tienen estos sectores ahora mismo. El gran problema con el cambio del sistema productivo es que las reformas propuestas son también muy radicales y contradicen diametralmente todo lo que se enseña hoy en día en las escuelas de negocios de todo el mundo; los especialistas en ellas formados argüirán que todos estos cambios llevan a una enorme pérdida de productividad y de eficiencia económica. Y tienen toda la razón; lo que pasa es que el problema es de imposibilidad, no de conveniencia: con recursos limitados y en descenso su modelo simplemente no funciona. Dudosamente aceptarán tales argumentos, así que sólo cabe esperar que la fuerza de los hechos les acabe convenciendo. También es verdad que, mientras dure la transición, una empresa que apostase fuertemente por el cambio de modelo sería menos competitiva mientras aún haya cierta abundancia energética, y por tanto tendría muchos problemas para sobrevivir hasta el momento en que el modelo fósil actual deje de funcionar. Por ese motivo muchos autores dan por hecho que la sociedad industrial acabará necesariamente con el fin de los combustibles fósiles. Que la industria se tendrá que redefinir es evidente; que desaparezca por completo dependerá de las decisiones que se tomen, y en cada lugar la historia será diferente.
- Gestión de las infraestructuras: En el momento en que fueron creadas, las infraestructuras aportaron un gran valor tanto económico como social: los ferrocarriles comunicaban ciudades antes lejanas, los puertos permitían transportar grandes volúmenes de mercancías sobre grandes distancias, la red eléctrica traía la luz en medio de la noche... Pero a medida que las infraestructuras fueron creciendo en tamaño y extensión, y al tiempo envejecían se han ido convirtiendo, progresivamente, en una mayor carga, lo que implica un mayor consumo de recursos. Salvo honrosas excepciones, en la mayoría de las infraestructuras ha faltado una planificación a largo plazo, y la ganancia marginal que suponía cada nueva capa de infraestructuras ha ido disminuyendo (y posiblemente en algunos casos se ha vuelto negativa). Reasfaltar periódicamente las carreteras es muy oneroso, la red eléctrica necesita ser revisada y mantenida, los ferrocarriles requieren un mantenimiento continuo - especialmente en las vías de altas prestaciones... hasta mantener encendidas por la noche las farolas implica un gasto constante. Pero si los recursos disponibles menguan la parte necesaria para mantener todas las infraestructuras simplemente no estará ahí. Delante de este problema hay dos posibilidades. La primera es pretender hacer ver a la opinión pública que no hay ningún problema pero por la vía de hecho descuidar algunas infraestructuras, de manera poco ordenada, con lo que los problemas se van agravando - y son por tanto más costosos de arreglar - con el tiempo (lo que nos llevaría a un abrupto precipicio de Séneca, como ya explicamos en estas páginas). La segunda opción consiste en tomar decisiones atrevidas - no siempre bien recibidas por la opinión pública - y avanzar en un desmantelamiento ordenado de algunas infraestructuras con la intención de sustituirlas por otras menos costosas y más resistentes. Por ejemplo, la decisión que han tomado algunos condados de los EE.UU. de no reasfaltar las carreteras bajo su responsabilidad y, al contrario, volver a convertirlas en caminos de tierra y grava. De entre todas las infraestructuras en peligro de abandono voluntario o involuntario, las relacionadas con el transporte están especialmente en riesgo: en un mundo con menos energía la hipermovilidad que ha caracterizado las últimas décadas está condenada a desaparecer, con lo que se pierde el sentido de tanta y tanta carretera, puerto, aeropuerto y hasta vía férrea, que además son muy costosos. Lo ideal, de nuevo, sería diseñar un plan de descenso energético y, conforme a él, decidir qué hay que abandonar, qué hay que substituir y qué hay que mantener; y también tomar decisiones sobre qué es lo que no existe ahora pero que es necesario construir de cara al futuro (por ejemplo, puertos fluviales). El problema mayor para que se cambie el modelo de gestión de infraestructuras radica, sobre todo, en la gran capacidad de presión e influencia que tiene el sector del transporte, que interpretará cualquier decisión en línea con el declive energético que le afecte como una agresión, negándose probablemente a aceptar que no sólo los días de gloria del transporte no volverán, sino que cada vez las cosas irán a peor. También es problemática la tendencia al elitismo, que irá convergiendo hacia la creación de medios de transporte para ricos y medios de transporte para pobres.
- Relocalización: Justamente, si falta energía ni la materia ni las personas podrán viajar grandes distancias. Por otro lado, al disminuir el tamaño de la economía también disminuirán las ligaduras de largo alcance, y será la actividad local la que generará una parte cada vez mayor de la renta de las personas. En suma, el dinero no viajará grandes distancias, y la industria local será la que cree el empleo local y satisfaga el consumo local, formando un ecosistema económico cerrado en si mismo y cada vez de menor tamaño. Para evitar el desabastecimiento de bienes y servicios críticos, como lo son los alimentos o el vestido pero también la sanidad y la educación y cosas más prosaicas pero fundamentales como motores básicos y máquinas elementales, así como vehículos automóviles sencillos, se debería planificar cuidadosamente qué se va a producir y en dónde, de manera que se asegure un mínimo nivel de funcionalidad sin tener que salir de la escala local. El gran problema con la relocalización es que la palabra ya está, a estas alturas, bastante manoseada, y muchas veces se queda en discurso vacío, sin contenido; es mucho más fácil hablar de ello que hacer algo positivo en su dirección.
- Rehumanización: Se requiere la introducción de valores más sólidos para las relaciones humanas y el respeto a los demás, para no tener que discutir cosas obvias como que un sistema no está funcionando bien si hay niños cuya única ingesta de alimentos se produce en el comedor de la escuela, o que es más importante tener menos desahucios que más productividad, o que si el problema del desempleo crónico afecta a varios millones de personas no es porque estas personas sean unas inútiles o unos vagos, sino porque algo está profundamente mal en el reparto y la estructura del trabajo, en particular su completa sumisión a un sistema económico inflacionario y suicida; o que satisfacer los banales caprichos de los consumidores de hoy es menos relevante que proteger la calidad de vida de las generaciones aún por venir. Más aún, hace falta mejorar la calidad de la prensa: es completamente imposible que los ciudadanos puedan ejercer como tales si no se pone el acento en la necesidad y la obligación de difundir información completa y veraz, y mucha menos propaganda meramente al servicio de unos intereses económicos no siempre confesables. El problema más grave con la rehumanización es que choca con valores promovidos por el capitalismo para crear una sociedad acrítica y consumista: en el fondo, promover nuevos valores para una nueva sociedad es, de todas, la propuesta más subversiva. Se puede trabajar en este ámbito con menos peligro que, por ejemplo, en el ámbito financiero pues estamos hablando del ámbito de las convicciones personales y es intangible; pero al tiempo es más difícil salvar el inmenso escollo de la propaganda en contra, el descrédito, la ridiculización y el ninguneo.
Como ven, la mayor dificultad para implementar los modelos de asignación necesarios chocan con la ideología imperante. Es por eso que para poder hacer el cambio de modelo económico tendrá que producirse un cambio del modelo cultural. Pero eso será asunto a abordar en otro post.
Salu2,
AMT
lunes, 16 de febrero de 2015
Argentina: de su pico del petróleo al declive energético irreversible
Gabriel Anz y Demián Morassi, en colaboración, nos ofrecen esta semana este atinado análisis de la situación del país andino. Interesante e imprescindible.
Salu2,
AMT
Argentina: de su pico del petróleo al declive energético irreversible
Presidente de la Nación Cristina Fernández (3/2/2015): “Yo sé que es políticamente correcto y muy cool hablar de las energías alternativas renovables y todos estamos con las energías alternativas renovables. De hecho estamos haciendo inversiones (...), pero también como empresarios y como dirigentes del Estado sabemos que en los próximos 30, 40 años, la energía fósil va a seguir siendo el gran motor que alimente la industria, que alimente los automóviles…”
Este artículo tiene la intención de motivar el debate en Argentina, sobre nada menos que el Pico de producción de Energía del país, ocurrido en el año 2007 y que a partir de ahora se entrelaza con otro pico... el de las exportaciones globales de petróleo y gas.
Las palabras de la presidenta en China convocando a seguir la apuesta por las energías fósiles son lógicas dentro del panorama actual; sin embargo, ese “gran motor” que son los hidrocarburos irán ofreciendo cada vez menos sustento y eso puede que sea difícil decirlo abiertamente al público, aunque no debería ser justificativo para ocultar la verdad o decirla a medias.
El problema en Argentina nace en 1998 con el Pico del Petróleo convencional, que devino en la crisis del 2001. Dicho pico se anticipó al pico mundial en siete años (ocurrido en el año 2005 y que se manifestó como crash en el 2008) y que motiva la crisis energética que todos conocemos y vivimos desde entonces (no sólo en Argentina).
La debacle de sus principales fuentes de energía, el petróleo y el gas (representan el 87% de la matriz energética), se presenta como irreversible y por ello el país deberá adaptarse a vivir con mucho menos energía de ahora en más y progresivamente.
El primer aspecto a señalar es que Argentina ha sido pionera en el subcontinente en muchos campos del desarrollo de la industria petrolífera y gasífera, y por estar fuertemente subvencionada -más allá de los aspectos positivos de esta política- ha instaurado una cultura derrochadora ... de un recurso que no se regenera a escala humana.
Como ejemplo concreto, ésta política de subsidios ha desmotivado el uso del ferrocarril en beneficio del camión (el sindicato de camioneros es, desde principios de los 90s, definitivamente el más fuerte de todos los sindicatos del país), por lo que el ferrocarril quedó en lamentable estado de abandono y deterioro, aunque en el presente se está intentando recuperar.
Un segundo aspecto a tener muy en cuenta por la situación de fragilidad que se plantea, es que Argentina, al ser un país que tiene a la agroindustria como pilar fundamental de su economía, es altamente vulnerable a esta crisis por su dependencia en el petróleo y, en menor medida, del gas.
En un país de grandes superficies despobladas, largas distancias y de matriz económica fuertemente exportadora-importadora, las necesidades de hidrocarburos que exigen estas circunstancias, no pueden ser reemplazadas en su totalidad con energía eléctrica. Por otro lado, más de la mitad de la producción de electricidad depende de centrales térmicas que funcionan a gas.
El pico nacional del petróleo
Como ya se dijo, Argentina tuvo su Pico del Petróleo en 1998. Y como muestra la gráfica de abajo, desde ese año la producción viene cayendo sin tregua, aunque hubo un leve repunte luego de la compra de Repsol por parte de YPF. Sin embargo podemos apreciar que ese pico de producción no coartó la posibilidad de un repunte industrial, luego de sus años de neoliberalismo ortodoxo, aumentando su consumo de petróleo hasta que en 2012 llegó a superar la producción, debiendo empezar a importar más petróleo del que aún se exporta (en cantidades decrecientes).
El hecho de que el país haya pasado de ser exportador a importador no ha promovido una baja en el consumo, sino todo lo contrario (la línea negra del gráfico anterior); pero el problema que se enfrenta es que las exportaciones de petróleo tocaron su techo a nivel global y cada vez es menos lo que queda para repartirse entre los importadores. Otro problema es que por seguridad los exportadores priorizan a los grandes consumidores, a la vez que deben respetar contratos precedentes, y entonces lo que se puede ver es la siguiente situación: China aumenta sus importaciones (gran consumidor) mientras que disminuyen las del resto de los países importadores.
El pico nacional del gas
En el caso del gas, Argentina ha llegado a su pico de producción en 2006 y ha pasado rápidamente de exportador a importador en 2008 (vean la línea del cero).
La diferencia con el gas, es que las importaciones se hacen sobre todo a nivel regional. En el caso de Argentina es altamente dependiente de Bolivia que no sólo ha aumentado su consumo doméstico, sino que además es demandado por el aumento en el consumo de gas de otro país vecino: Brasil. Desde 2004 a 2013 Brasil duplicó su consumo, a tal punto que hoy necesita una cantidad semejante al total que exporta Bolivia (en 2012 el 68% de las necesidades de Brasil las cubría Bolivia). Y podría pensarse que Brasil tiene la suerte de contar como vecino a Venezuela, pero resulta que este último usa el 40% de su gas para la industria del petróleo, por lo que no exporta nada. De hecho importa gas de Colombia y EEUU. ¿Pero qué pasa con Colombia entonces? Este país es un exportador neto, que podría cubrir el 20% de las necesidades de Brasil, pero hasta hoy exporta su gas principalmente a Venezuela. ¿Y Perú?... En Perú también viene en aumento su consumo y lo poco que exporta es a México. Resta decir, que hay un problema regional que por ahora se resume en “aumento de consumo”. Y así las cosas, Argentina debe complementar sus importaciones por barco, desde Trinidad y Tobago, Nigeria y Egipto.
En Argentina el gas está altamente subvencionado... tanto para uso doméstico como para generar electricidad. Pero si esta situación se modificara, podría ir disminuyendo el consumo y así poder cubrir con GNL (Gas Natural Licuado), el déficit de petróleo para el transporte. Pero lo que notamos es que en lugar de cambiar la tradición del despilfarro eléctrico o de gas por políticas de ahorro, el discurso está orientado a generar alternativas eléctricas al gas: hidroeléctrica, nuclear y eólica. Sin embargo, estas últimas aún representan una ínfima parte de la producción total, a la vez que las nuevas represas hidroeléctricas, como las existentes centrales nucleares, ya están generando amplio rechazo popular. Si, de todos modos, se convirtiera una parte mayor del transporte a gas, tampoco sería la gran solución ya que el Pico del Gas a nivel global se estima en menos de una década (las exportaciones ya están llegando a una meseta). Y de todos modos el GNL no sirve para motores Diesel, como los de camiones y barcos.
La opción del fracking
La inclusión de este método experimental de extracción ha generado grandes expectativas. En EEUU gracias al shale oil y shale gas repuntó su producción hasta niveles insospechados y si bien no lograron su independencia energética, lograron bajar sus importaciones. Argentina, un país con un consumo muchísimo menor en proporción podría hacer muchísimo más. Sin embargo EEUU tiene una gran diferencia a favor y está dada por su gran capacidad productiva, reglas económicas y políticas más claras, a la vez que muchas de sus extracciones las hacen a profundidades de entre 300 y 400 metros, mientras que en Vaca Muerta se realizan a 2.500 y 4.000 metros. Así y todo, a pesar de estas ventajas comparativas, los beneficios no les alcanzan para cubrir los costos resultantes. Sin embargo, apalancados por el sector financiero, han logrado de forma indiscutible y categórica "patear la pelota hacia adelante", otorgándole por algunos años más un relativo éxito económico y cierta holgura ante el mundo para negociar y hacer valer su poderío como la primer potencia mundial.
No es por subestimar al poder financiero argentino, pero es muy posible que la actividad del shale oil en nuestro país quede acotada a las zonas más seguras en términos económicos, aunque en otras áreas se haya comprobado la presencia de estos recursos. Por ejemplo, es más rentable realizar fracking en Neuquén o Chubut, porque en esas zonas está afincada desde hace un siglo la industria petrolera, lo cual es diferente a tener que comenzar en zonas nuevas e instalar desde cero todo el andamiaje productivo.
Por otro lado, los pozos de shale oil y shale gas tienen un ciclo corto comparado con los yacimientos convencionales, calculándose que normalmente no superan los 6-7 años de vida útil, lo cual no deja de ser un panorama muy cortoplacista como para repetir en nuestro país, si consideramos además el importante impacto ambiental de la actividad.
Para mayores dudas acerca del rendimiento del fracking, huelga decir que la fuerte caída de los precios del petróleo después de su pico a 147 dólares el barril en el mes de Julio de 2008, hizo que el sector financiero de los EEUU implementara mediante los QE (Flexibilización Cuantiativa)(1), medidas de estímulo económico, para incentivar también la inversión en petróleo shale. Mientras que en este momento esa situación se ha invertido y ya (especialmente desde enero de 2015) las noticias dan cuenta de una avalancha de desinversión, que amenaza con hacer estallar la llamada “Burbuja del Fracking”.
Cuál será el límite de precios que hagan viable el uso del fracking en Argentina está por verse. Pero llegado el caso que sea mínimamente rentable, considerando las dificultades ya mencionadas, sabido es que la actividad es altamente dependiente del petróleo convencional, desde el momento que moviliza cientos de camiones y equipamientos "también convencionales", lo cual hace caer más la de por sí baja Tasa de Retorno Energético (TRE) de estas formaciones geológicas.
Lo que a día de hoy ya se puede observar es que, incluyendo lo extraído por medio del fracking, la producción de 2014 en Argentina es inferior a la de 2013.
El petróleo es negro, por lo tanto, a menos petróleo un futuro más claro... claro que sustancialmente diferente al pasado de nuestros padres o abuelos.
Sin dudas que cuando se analiza en profundidad la situación a la que nos enfrentamos, resulta difícil aceptar que nuestro actual modelo de vida podría modificarse sustancialmente en poco tiempo, lo que en general provoca un rechazo visceral.
Pero al enfrentarnos a los gráficos y los estudios de eminencias de talla mundial en este tema, resulta inevitable sentir el frío correr por nuestra columna. Es que si nos detenemos a pensar en la tremenda dependencia que hemos creado en torno a la energía de los hidrocarburos, a sabiendas de que alguna vez se terminarían o al menos se haría difícil y costosa su extracción como para mantener la viabilidad de la empresa, veremos que nos hemos metido en un callejón con escasas salidas. Y hoy debemos pensar que la realidad es muy distinta a la de nuestros padres y abuelos, pues la población se duplicó desde entonces, la economía se concentró, el campo ha expulsado miles de personas a la ciudad y sobre todo, estamos insertos en un mundo extremadamente globalizado e interrelacionado. Y si bien, como ha dicho la Presidente Cristina Fernandez es “Cool” hablar de energías renovables, sabido es que harán un aporte muy modesto a la matriz energética, por sus características y limitaciones inherentes. Pero este es un tema que debe ser tratado aparte por su amplitud y complejidad.
La crisis del 2001 nos dio una muestra anticipada a nosotros y al mundo de cómo se pueden modificar las condiciones de vida de un momento a otro cuando hay problemas estructurales y la estructura instalada no armoniza con la capacidad productiva real, a la vez que se pretenden violar leyes físicas y naturales que están por sobre nuestras posibilidades, aunque la modernidad y las tecnologías nos proyecten un futuro maravilloso y de pleno control sobre estas.
Argentina debería hoy y sin dilaciones, readecuar su política para acompañar el declive al que ya nos estamos viendo forzados. El creer que esto es pasajero inhibe la capacidad de crear otro modelo de País, y así, frases del estilo "con el shale tenemos petróleo y gas para más de 100 años"(2) desorientan a los ciudadanos y no permiten que se vaya preparando para una vida que evidentemente será distinta a la actual.
Es hora de mirar el panorama completo:
La creatividad y el ingenio que en algún momento se orientó a modelar una Argentina petrolera, hoy se tiene que volcar hacia otros modelos de desarrollo que quizás están en las raíces de muchos habitantes... desde los pueblos originarios y pasando por la tradición gauchesca, hasta los descendientes de inmigrantes europeos y su cultura del trabajo y apego a la tierra. Un modelo que ayude a desconcentrar la economía, a minimizar la burocracia y a reconectarnos especialmente con la naturaleza, que en definitiva es la que nos brinda el sustento desde tiempos inmemoriales.
Para sumar aportes, preguntar o dejar un comentario, sugerimos hacerlo (al menos por ahora) en el Foro Crashoil.
Referencias:
1.- La Flexibilización Cuantitativa -en inglés quantitative easing o QE- es una política de algunos Bancos Centrales para aumentar la oferta de dinero reduciendo la tasa de interés a largo plazo.
2.- Cristina Fernández (26/2/2014): “La Agencia de Información Energética de los Estados Unidos estableció que la Argentina es la cuarta reserva mundial de recursos de petróleo shale (...) con 27 mil millones de barriles, y la segunda reserva mundial de gases no convencionales detrás de China, con 145 mil millones de barriles equivalentes. Estos recursos representan –escuchen bien las cifras– 123 años de consumo en petróleo y 410 años en gas. Y el 41 por ciento se concentra en el yacimiento de Vaca Muerta. (Aplausos.)”.
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